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Effatá

Effatá

Sanando los vínculos y la comunicación

Gustavo E. Jamut, Omv

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Introducción

Capítulo 1. La belleza del diálogo

Capítulo 2. El desarrollo de la comunicación

Capítulo 3. La sordera, problema actual

Capítulo 4. Aprendiendo a escuchar

Capítulo 5. Jesús sigue sanando por medio de los sacramentos

Capítulo 6. Sanación de la mudez

Capítulo 7. El enojo y las palabras hirientes

Momento de encuentro con uno mismo


Jamut, Gustavo EdgardoEffatá : sanando los vínculos y la comunicación / Gustavo Edgardo Jamut. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2020.Libro digital, EPUB - (Sanación en el espíritu) Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-762-058-01. Educación Religiosa. I. Título.CDD 268.4

EDITORIAL CLARETIANA ES MIEMBRO DE CLARET PUBLISHING GROUP BANGALORE • BARCELONA • BUENOS AIRES • CHENNAI • COLOMBO • DAR ES SALAAM • LAGOS • MADRID • MACAO • MANILA • OWERRI • SÃO PAULO • WARSAW • YAOUNDÈ

Diseño de apertura de colección: M. Gabriela Tavelli

1.ª edición, abril de 2015

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Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723

©Editorial Claretiana, 2015

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INTRODUCCIÓN

“Hablar con otro es, ante todo, escuchar”

(P. Michel Quoist).

Una de las dificultades que surge con mayor frecuencia para que haya auténtica armonía y buenas relaciones entre los diferentes miembros de las familias, de las comunidades cristianas, y en la mayoría de las relaciones interpersonales en general, se debe en gran medida a la incapacidad dominante en los seres humanos para relacionarnos y comunicarnos de manera sana y adecuada.

Las relaciones humanas, si bien nos enriquecen pues son expresión de nuestro instinto de socialización, también suelen tener sus complejidades, lo cual puede producir dificultades y desencuentros en la comunicación. Nuestros cuerpos tienen ansias de contacto y nuestros corazones anhelan una comunicación auténtica y profunda. Sin embargo, no todas las personas logran generar, desarrollar y mantener estos vínculos. Y, ¡cuántos sufrimientos nos evitaríamos si nos propusiéramos ―de manera real, concreta y perseverante―aprender a comunicarnos, comulgando con nuestra historia y entrenándonos en una verdadera comunión con nuestros semejantes!

El objetivo de estas páginas es lograr ―bajo la luz del Espíritu Santo― examinarnos y evaluarnos a nosotros mismos, para poder detectar cuáles son nuestros puntos fuertes y también nuestros puntos débiles en el modo de comunicarnos con las personas que nos rodean.

¿Te has fijado alguna vez en esas personas mayores que transmiten serenidad, paz, buen humor, sabiduría, y que da ganas de conversar con ellas porque siempre aprendemos algo o porque nos ayudan a madurar, a crecer y a encontrar respuestas? La clave de estas personas radica en la actitud de un continuo aprendizaje de la vida en general y del arte de la comunicación en particular, sin estar esclavizadas por prejuicios hacia quienes los rodean.

Son personas que toman las experiencias, los conflictos, incluso las discusiones, como un aprendizaje de vida, como un modo de entenderse más a sí mismos, a los demás, y al mundo.

Esa es la actitud con la cual debemos abordar la lectura de este libro: comenzar con el deseo de ser sanados de la sordera que nos impide escuchar en profundidad y con respecto a quienes nos rodean, y así, reflexionar sobre la manera de seguir transformando el modo de transmitir nuestras ideas a los demás, y alimentar la actitud para seguir mejorando la comunicación en las relaciones interpersonales.

Esto exigirá reconocer las propias debilidades en la comunicación con alguna(s) persona(s), aprender de los fracasos del pasado, ser libre de juicios sobre el hermano, y abrirnos a la gracia de la comprensión del otro y de los pasos que debemos dar para mejorar la comunicación.

Así como en los evangelios leemos que Jesús sanó al sordomudo, y que a través de la palabra effatá, y con gestos de amor y con el poder del Espíritu Santo, abrió sus oídos y sus labios (Mc 7, 31-37), estoy convencido que a lo largo de la lectura y meditación de las páginas de este libro, el Señor también tocará tus oídos, tus labios, y tu corazón para sanar las heridas relacionales de tu historia y, de este modo, te irá concediendo la capacidad de comunicarte sanamente con las personas que él ha puesto y que pondrá en el camino de tu vida.

Es en este sentido que el padre Raniero Cantalamessa afirma:

Si la sordera y la mudez consisten en la incapacidad de comunicarse correctamente con el prójimo, de tener relaciones buenas y bellas, entonces debemos reconocer enseguida que todos somos, quien más quien menos, sordomudos, y es por ello que a todos dirige Jesús aquel grito suyo: effatá, ¡ábrete! (1)

Efectivamente, lo que Jesús obró un día, sanando en el plano físico al sordomudo, quiere hacerlo ahora por ti, en el plano espiritual, ya que nuestro Señor se identifica con los sufrimientos de tu vida, de tu familia y de quienes te rodean, pues: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades (Mt 8, 17).

Por lo tanto, ánimo, levántate en victoria, porque si el Señor en su providencia ha permitido que este libro llegara de un modo u otro a tus manos, es porque en sus proyectos está darte las gracias que tanto tú como otras personas de tu entorno necesitan para descubrir la belleza de la comunicación, de la fraternidad y de la amistad que debe existir en el matrimonio, en las relaciones de familia, con los hermanos de comunidad y compañeros de trabajo, así como en todas las relaciones interpersonales.

P. Gustavo E. Jamut, omv


“El diálogo es muy importante para la propia madurez, porque en la confrontación con otra persona, en la confrontación con las demás culturas, incluso en la confrontación con las demás religiones, uno crece: crece, madura.” Papa Francisco


1- Zenit, Italia, 8 de septiembre de 2012, Comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. - predicador de la Casa Pontificia - a la liturgia del próximo domingo, XXIII del tiempo ordinario.

CAPÍTULO 1

LA BELLEZA DEL DIÁLOGO

Etimología de la palabra diálogo

“Que el grito de las armas deje lugar

a las armas del diálogo” (Juan Pablo II).

La palabra “diálogo” proviene de las raíces griegas: dia y logos. El prefijo dia significa “a través de”, o también puede significar “de un lado a otro de”. Mientras que logos significa “verbo” o “palabra”.

La imagen que nos sugiere esta etimología indica una corriente de comunicación que fluye entre dos o más personas quienes, a través de las palabras y de lo que ellas significan o quieren expresar, se avocan al descubrimiento compartido de la verdad.

A partir de este análisis etimológico, el término diálogo podría remitir a palabras expresadas que van de un punto al otro. Lo que evoca el ejercicio de un razonamiento recíproco y un intercambio de mensajes, ideas o pensamientos por medio de las palabras.

Estas ideas en torno a la definición del diálogo nos ofrecen unos tips o claves para evaluarnos a nosotros mismos con respecto a la forma en que nos comunicamos, expresamos e interactuamos con los demás, de manera tal de reconocer aquello que debemos aprender y en qué debemos cambiar en cuanto a la comunicación con los demás.

Dejando de lado lo estrictamente etimológico, el término diálogo popularmente evoca la idea de algo entre dos, lo cual se contrapone al término “monólogo”, que quiere decir “conversación o discurso de uno” (de quien habla solo). Diálogo en cambio nos da a entender que es una “conversación o coloquio de a dos”; así, el ejercicio del diálogo siempre enriquece a ambas partes.

Cuando alguien mantiene ante otra persona un monólogo, generalmente es porque lo está sermoneando o arengando, sin que haya una apertura a la reciprocidad, al pensamiento diverso, a la búsqueda de lo mejor. Esto es algo que sucede con mucha frecuencia en el ámbito político y también en los grandes medios de prensa. Mientras que en el diálogo, la prioridad que se persigue de ambas partes no es querer convencer al otro, sino buscar la recta y sincera verdad, y el bien común.


Jesús, el logos

Al principio existía la Palabra (Jn 1,1).

En la Biblia, Jesús es llamado el logos, porque es la comunicación de Dios con nosotros. Es la gran Palabra de Dios a la humanidad con la que no solo nos ha transmitido ideas o conocimientos, sino que se nos ha comunicado Él mismo, dándonos además la capacidad para comunicarnos en profundidad de amor los unos con los otros.

Jesús, el Verbo, es nuestro maestro de escucha, de diálogo y de comunicación fluida, quien nos enseña a vivir en comunidad, recibiendo vida y dando vida por medio de las palabras bien empleadas. Cuán ciertas son al respecto las palabras de santa Edith Stein: “En el diálogo amoroso de un alma con Dios, germinan los grandes acontecimientos que cambian el rumbo de la historia”.

El primero que en el cristianismo usó la palabra logos fue san Juan; pero cuando san Jerónimo vierte la Biblia del griego al latín, traduce logos como verbum o palabra, y lo hace interpretando a san Juan para quien en logos presenta no a una idea, sino la persona del Hijo de Dios.

El texto evangélico que define a Jesús como logos, como Palabra, es: Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe... (Jn 1,1-3).

Jesús no es cualquier verbo, ni cualquier palabra. Él es la Palabra, con mayúscula, porque viene a comunicarnos el amor del Padre y nos enseña a amarnos y a comprendernos los unos a los otros, más allá de las diferencias y dificultades que puedan existir en la vida familiar y comunitaria.


La lengua apacible es árbol de vida (Prov 15,4).


Para reflexionar

1. ¿Qué aspectos positivos del diálogo forman parte de tu vida?

2. En base a lo leído, ¿qué aspectos del diálogo aún tienes que desarrollar?

3. En un momento de intimidad con Dios, pídele al Espíritu Santo que sea tu maestro de escucha y de sana expresividad con quienes tienes divergencias.


Imagina que Jesús te dice:

“Hoy tráeme todo lo que se ha conversado en tu familia a lo largo de los años, y ponlo todo en mi divino Corazón. Yo con mi amor quiero bendecir todos esos momentos de encuentro y de diálogo familiar.


María, Madre del Verbo, ruega por nosotros.


CAPÍTULO 2

EL DESARROLLO DE LA COMUNICACIÓN

Etimología

“La comunicación es imagen de la mente.

Así como es un hombre, así es su modo de comunicarse”

(Anónimo).

Entender el significado de las palabras es de gran ayuda para poder poner en práctica los aspectos positivos que ellas expresan. En este sentido, ya en el comienzo del capítulo anterior, hemos ido profundizando el origen del término diálogo. Lo mismo haremos ahora con el término “comunicación”, tratando de que no quede sólo en un conocimiento intelectual y teórico, sino que a medida que vayamos siguiendo la lectura y la reflexión, también crezca en nosotros el deseo de seguir mejorando en la práctica de estos valores humanos.

El verbo “comunicar” proviene del latín communicare, que significa “compartir algo, ponerlo en común”. Por lo tanto, la comunicación es una acción esencial en la relación que los seres vivos mantenemos cuando nos encontramos en grupo.

Comunicar es mucho más que informar. Se refiere más a lo íntimo, a lo que pasa por lo profundo del corazón: sentimientos, experiencias, dificultades, temores, etc.

Quienes aprenden a comunicar con discernimiento, caridad y prudencia (2) parte de su mundo interior alcanzan a vencer la sensación de soledad y agobio, logrando tender puentes de encuentro y fraternidad.

El acto de comunicar consiste en transmitir ideas y pensamientos con el objetivo de ponerlos en común con otro. Esto supone hablar el mismo lenguaje. Por lo que en el proceso comunicativo, en el cual se tiene la intención de dar a conocer un mensaje, el que lo comunica con palabras, tono de voz, miradas y gestos, debe hacerlo de tal modo que el receptor del mensaje llegue a comprenderlo.

Del mismo modo, para que la comunicación sea exitosa, el receptor debe contar con las habilidades que le permitan decodificar el mensaje.

El proceso comunicativo luego cambia de dirección, cuando el receptor responde, transformándose, de este modo, en emisor, con lo cual se va desarrollando el acto comunicativo y se van acercando los diferentes puntos de vista.

Otro término que tiene la misma raíz latina que comunicación es el vocablo “comunión” (communio). Por lo cual, también podemos afirmar que la verdadera comunicación nos hace comulgar con un fragmento de la historia del otro.

Sin embargo, la palabra comunión también puede derivar del término griego koinonía, en el cual la raíz koin significa “lo que hay en común”, dando lugar a expresiones tales como compañerismo, participación, comunión y solidaridad.

También el término “comunidad” (communitas) tiene la misma raíz que comunicación. De lo cual, entiendo que no hay comunidad sin una verdadera comunicación entre las partes.


“El lenguaje es lo más humano que existe. Es un privilegio del hombre... Cada palabra lleva consigo una vida, un estado, un sentimiento.” Carmen Conde


Modelo de comunicación trinitaria

Una respuesta suave aplaca la ira,

una palabra hiriente exacerba el furor (Prov 15,1).

Las tres personas de la santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se encuentran en una permanente comunicación de amor entre ellas. El ser humano, al haber sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), y al haber recibido la vida como don del amor del Creador, necesita comunicarse de modo sano y fluido con otras personas, de manera tal que se da a sí mismo, y recibe lo que los otros tienen para darle a él.

Tu vida se vuelve más luminosa a medida que tiendes puentes de comunicación con otras personas. Tu alma se libera de la soledad a medida que descubres la riqueza de los encuentros fraternos, del diálogo y de la complementariedad.

Por eso el Señor quiere sanar aquellas heridas de nuestra historia que nos llevan a encerrarnos en nosotros mismos y a aislarnos de los demás. Él nos enseña a disfrutar cada día de vida, y nos enriquece por medio de las relaciones interpersonales, animándonos a que fijemos nuestra atención especialmente en las cosas buenas y positivas de quienes nos rodean, y que minimicemos los defectos de ellos.

El venerable padre Bruno Lanteri, fundador de mi congregación, los Oblatos de la Virgen María, solía decir que, cuando no puedas justificar la acción (palabras, obras u omisión) de una persona, debes tratar de comprender su historia, con todo aquello que la lleva a hablar o a actuar de ese modo.

Esto me parece un magnífico ejercicio para esquivar la tentación diabólica de que nuestra atención quede focalizada en los errores del prójimo, y nos incapacite para ver lo bueno que hay en ellos. De aquí se deriva que muchas veces al día negamos nuestros propios defectos y puntos débiles, censurándolos en los demás; ya que lo que más nos molesta de los otros es posible que sean los defectos no asumidos que aún están en nosotros, vertiendo su poder contaminante.


Receta para una buena comunicación

“Es mucho más sabio quien pronuncia elogios,

que quien encuentra defectos” (Anónimo).

Una buena comunicación presupone el deseo, o al menos la voluntad, de tener un encuentro real con la otra persona. A lo que se suman otros ingredientes como son la misericordia, la humildad, el respeto, la escucha atenta y amable del interlocutor, la serenidad (un corazón sin ira), el deseo objetivo de encontrar puntos en común y posiciones de acuerdo.

En este sentido, una buena comunicación se asemeja a una rica comida. El primer paso ha de ser tener los ingredientes; el segundo es poner la voluntad, la decisión de prepararla; y el tercero, conocer la receta.

Los ingredientes te los he mencionado anteriormente, aunque todavía sumaría otros más, tales como la paciencia con el otro, el propósito de perdonarlo, el saber tolerar algunas cosas, el aprendizaje de la corrección en el momento y con el tono oportuno, la valoración por el otro, nada de lo cual se podría hacer si no invocásemos frecuentemente al Espíritu Santo, y mantuviésemos con Él una auténtica amistad.

Pero aún nos falta la receta de un buen diálogo, de una buena relación interpersonal, de una comunicación más o menos fluida incluso con aquellas personas de trato no fácil. ¿Dónde encontramos esta receta?

La encontramos en los consejos evangélicos que nos ha dejado nuestro Señor Jesucristo en todas aquellas ocasiones en las cuales, de modo implícito o explícito, nos habla de las relaciones interpersonales y nos enseña cómo hacer para pasar de la confrontación a la comunicación y comunión con el hermano.

Lo mismo sucede cuando analizamos las relaciones interpersonales entre los discípulos, en los evangelios, en Hechos de los Apóstoles, así como también todas las enseñanzas que al respecto encontramos en el resto de los libros del Nuevo Testamento.

Es muy significativo que en la vida de todos los santos un elemento común a todos ellos ha sido la capacidad de entrar en comunicación incluso con las personas de carácter difícil. Posiblemente esto fue uno de los elementos que más les llevó a agradar a Dios, a crecer en santidad y a dar frutos y que estos fueran duraderos.

Ellos prepararon el banquete de la santidad: primero, porque desde la oración adquirieron los ingredientes necesarios; segundo, porque pusieron la voluntad del diálogo desde el amor a Dios y al prójimo; y tercero, porque en la meditación de la Palabra de Dios encontraban la mejor receta de cómo superar los obstáculos de división y desencuentro, y así preparar el banquete de la reconciliación en el cual Dios les permitía alimentar a muchos.

No lo dudemos: si ellos lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.


“Antes que abrir al otro las puertas de los oídos, es necesario abrirle, por medio de la cordialidad y el respeto, las puertas del corazón.”Anónimo


Para reflexionar:

1. ¿Le das importancia a la comunicación frecuente, sincera y afectuosa en tu familia y comunidad?

2. ¿Creas momentos de encuentro para preguntarle a los otros cómo se encuentran, qué necesitan, qué cosas se deben mejorar, etc.?

3. ¿Cómo reaccionas en los momentos de diálogo con la pareja, con los hijos, con los hermanos de comunidad, o en otros ambientes?

4. ¿Eres dominante, explosivo, evasivo, conflictivo, amenazante, solamente informativo? O, por el contrario, ¿eres atento, amable, sereno, constructivo, paciente, abierto a opiniones diferentes?


Imagina que Jesús te dice:

“Hoy tráeme todos los momentos de fiesta y de alegría familiar; son momentos en los que yo estuve presente en medio de ustedes, derramando mi amor y celebrando el don de la vida. Hoy quiero ayudarte a evocar esos momentos para que al recordar esos gozos, me permitas sanar tu corazón de otras situaciones que no han sido tan agradables.


Nuestra Señora del Encuentro, ruega por nosotros.


2- Comunicar con discernimiento y prudencia es ―a mi entender―, cuando al hablar de las cosas íntimas, no lo hacemos con cualquier persona, sino con quien corresponde hacerlo y en el momento oportuno.

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