Kitabı oku: «Las formas del saber en torno a la comunicabilidad universal»

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La presente publicación corresponde a la

Colección Filosofía, y ha sido sometida a referato ciego, nacional e internacional, por pares académicos.



© Harald Bluhm, 2021

Las formas del saber en torno a la comunicabilidad universal.

Aproximaciones desde Kant y Jean Paul

Registro de Propiedad Intelectual Nº 2021-A-4951

ISBN Edición impresa: 978-956-17-0952-2

ISBN Edición digital: 978-956-17-0953-9

Derechos Reservados

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Diseño: Paulina Segura P.

Corrección de pruebas: Ana Figueroa C.

HECHO EN CHILE




A Alfonsina




“Cuando hemos concluido, por qué a nosotros nos gustan los poetas: entonces sabemos también lo demás”

(JEAN PAUL)

CONTENIDO

PREFACIO DE HARDY NEUMANN SOTO

AGRADECIMIENTOS

ABREVIATURAS Y TRADUCCIONES AL ESPAÑOL

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

1. SABER Y COMUNICABILIDAD: EL SABER Y LA FUNCIÓN DE LA COMUNICACIÓN EN EL CONTEXTO HISTÓRICO

Introducción

La comunicabilidad del saber y el lenguaje de la filosofía

El saber esotérico en Platón

Lenguaje artificial o lenguaje coloquial: La posición kantiana en base a la disputa en torno a los universales

Locke y el problema de la comunicabilidad del saber

La respuesta de Leibniz a Locke

Leibniz y el problema de la claridad en el contexto del saber

El concepto de experiencia en el horizonte del saber en Kant

El debate estético en torno a Baumgarten

La controversia del panteísmo en torno a Jacobi

El debate lingüístico-filosófico con Hamann

Kant contra el saber absoluto dentro de la metafísica

Resumen

2.1 LA TEORÍA DE LAS FORMAS DEL SABER EN TORNO A LA COMUNICABILIDAD UNIVERSAL EN KANT

Introducción

Las formas del saber

La forma del saber matemático

La forma del saber empírico

La comunicabilidad universal

La forma del saber estético

La forma del saber del juicio del gusto

La forma del saber de lo sublime

La forma práctica del saber

El postulado del bien supremo

La creencia en base a los conceptos trascendentales de la razón

2.2 EL CONOCIMIENTO ANÁLOGO DE DIOS EN KANT.LA COMUNICABILIDAD DE DIOS EN TORNO A UN ANTROPOMORFISMO SIMBÓLICO

Introducción

El ideal de la razón pura

La crítica de toda la teología

El uso regulador de las ideas de la razón pura

Sobre el saber de nuestros límites del saber

El antropomorfismo de la razón práctica

El antropomorfismo del discernimiento

La comunicabilidad en la prueba teleológica sobre la existencia de Dios

El antropomorfismo antropológico

La comunicabilidad y la fe racional pura

Resumen

2.3 LA COMUNICABILIDAD DE LOS JUICIOS DEL GUSTO EN KANT. LOS CUATRO MOMENTOS DE LO BELLO

Introducción

El primer momento del juicio del gusto. La cualidad

El segundo momento del juicio del gusto. La cantidad

El tercer momento del juicio del gusto. La relación

El cuarto momento del juicio del gusto. La modalidad

Comunicabilidad y sentido común

El quinto momento del juicio del gusto: La comunicabilidad sin comunicación

La comunicabilidad universal del juicio sobre lo sublime

La comunicabilidad universal en torno a lo matemáticamente sublime

La comunicabilidad universal en torno a lo dinámicamente sublime

Resumen

3. LA TEORÍA DE LAS FORMAS DEL SABER EN TORNO A LA COMUNICABILIDAD UNIVERSAL EN JEAN PAUL

Introducción

La teoría de la metáfora en Jean Paul: La comunicabilidad universal de las ideas de la razón

La forma del saber del humor en Jean Paul

Lo romántico como lo bello sin limitación

Observaciones acerca de una estética de lo cómico en Kant

La teoría del humor de Jean Paul.El humor como lo sublime invertido

La analítica del humor en Jean Paul. El factor finito e infinito del Yo

El primer componente del humor: La totalidad humorística

El segundo componente del humor: La idea destructora u infinita del humor

El tercer componente del humor: La subjetividad humorística

El cuarto componente del humor: La sensibilidad humorística

Humor y comunicabilidad

Humor y Moral: La fundamentación de la comunicabilidad universal del humor

Resumen

4. LA POESÍA COMO FORMA DEL SABER EN KANT Y JEAN PAUL

La poesía como forma del saber en Kant

La comunicabilidad y el interés empírico en lo bello

La comunicabilidad y el interés intelectual en lo bello

La comunicabilidad de las ideas estéticas en torno al genio

Resumen

La poesía como forma del saber en Jean Paul

Genio y reflexión

La comunicabilidad de las ideas puras de la razón en la poesía

La mitología del alma o de la retórica del carácter

El segundo mundo: El acceso a lo suprasensible en la poesía

La fundamentación de la comunicabilidad universal en base a las ideas estéticas en la poesía

El misticismo o el defecto del consuelo del hombre

El enmudecer de la filosofía o del realismo de los sentimientos

La poesía como una forma del saber complementaria

Resumen

RESUMEN Y REFLEXIÓN FINAL

BIBLIOGRAFÍA

PREFACIO

En el centro de la presente investigación el lector hallará el problema de la comunicabilidad. Comunicabilidad alude a la posibilidad misma de comunicar, en este caso, el saber. Pero la posibilidad que su autor, Harald Bluhm, tiene en cuenta no es ni una mera posibilidad lógica (ausencia de contradicción) ni una posibilidad asentada en condiciones meramente fácticas de la comunicación. Comunicabilidad no sólo es más que eso, sino que tal como es planteado por el autor, ella se ubica antes, en el orden de la fundamentación. En ese respecto, teniendo en cuenta la relevancia que en la investigación asume la figura de Kant, el modo en que Bluhm plantea el tema está rodeado de un ambiente de trascendentalidad, precisamente en tanto que uno de los sentidos de esta expresión es el de condición de posibilidad. Por cuáles elementos trascendentales o cuáles se aproximan a esa calidad, es algo en lo que el lector debe acompañar al autor para saberlo. No porque aquí no se lo quiera decir, sino porque en la medida en que se avanza en la lectura se observa que hay más pensadores, quienes, en una perspectiva que excede la kantiana, también tienen algo que decir al respecto. Tal es lo que sucede con Jean Paul y la interesante noción de humor, cuyo tratamiento constituye toda una novedad.

El autor efectúa un recorrido de largo aliento en torno al tema, desde la antigüedad hasta las proyecciones del mismo en nuestra contemporaneidad, en una exposición tanto histórica como sistemática. Un tratamiento directo en torno a los asuntos estudiados resulta más bien escaso en filosofía, por lo que es de saludar la existencia de un trabajo que le dedique un tratamiento generoso.

La comunicabilidad es un rasgo fundamental del saber en cuanto tal, al que la filosofía ha debido enfrentarse desde sus inicios. Diríase que la tradición filosófica antigua y medieval trató el asunto en un sentido metafísico, sentido que atiende a la posibilidad de que alguna propiedad de un ente esté no sólo en él sino también en otro. La pregunta que entonces surge es, en términos generales, la de explicar por qué y de qué manera el rasgo que se encuentra naturalmente en quien lo posee está también en otro que lo hace suyo, como el calor, que no sólo está en el fuego, sino en la cosa calentada. Esta aproximación se encuadra, p. ej., en el tema de la causa, pues causar es precisamente un modo de comunicar, de volver común una propiedad entitativa.

Quizás si uno de los pensadores, pero no por eso el primero que comienza a parar mientes en esta circunstancia y en quien —vistas así las cosas— se reconoce una tesis fuerte asociada a la comunicabilidad en sentido metafísico, sea Platón. Para verlo, vale la pena tener en cuenta la idea según la cual aquello que se puede saber es dependiente de la inteligibilidad de ese algo por saber. Platón expresa sin matices la correlación original entre el ámbito ontológico y lógico, entendido lo lógico aquí como el rasgo formal del conocimiento. En ese respecto sostiene, en calidad de principio, la cognoscibilidad absoluta de lo que es, si aquello por conocer ejecuta su ser de modo perfecto, lo que, como se sabe, corresponde al eîdos. Así, extendiendo un pensamiento ya presente en Parménides, Platón declara que “lo que es absolutamente es absolutamente cognoscible” (Rep. 477a). Esta afirmación ofrece el fundamento ontológico para transmitir o comunicar lo conocido. Frente a ello, en correspondencia contrastante con lo anterior, el absoluto no-ser no admite aprehensión cognoscitiva: “lo que en ningún respecto es, es enteramente incognoscible” (Rep. 477a): he ahí un eclipsamiento total de lo cognoscible. De la mano de la natural correlación entre ser y cognoscibilidad se seguirá entonces para Platón —en palabras de Tugendhat— que “el concepto central, que se llega a equiparar con el ón (ὄν) (cf., p. ej., Fed. 66b-67b) y se convierte en término constante para la ‘idea’ (Fedro 247d4, 248c3, Simp. 212a5), es tò alethés (τὸ ἀληθές) lo ‘verdadero’”.1 La coincidencia entre ser y verdad se expresará posteriormente en la convertibilidad, como una de las formas fuertes de relación entre ambos, según la teoría escolástica de los trascendentales.

En el libro Alpha de su Metafísica Aristóteles da cuenta de este mismo asunto, pero poniendo esta vez el acento en el saber mismo, sin que ello signifique un abandono de la posición adoptada por Platón. Más bien importa observar que allí se incoa una tesis de base: Aristóteles cifra la condición misma de la filosofía en la comunicabilidad del saber del que la filo-sofía dispone. Si la filosofía no es comunicable, no sólo no podrá transmitírsela de hecho, sino que no será, en propiedad, filosofía. Una filosofía que no fuese enseñable, o sea, comunicable, no sería propiamente una tal, pues se da por supuesto que es propio del sabio poder enseñar, o sea, comunicar el saber. El asunto es decisivo porque no se está simplemente hablando de lo que define a una filosofía en particular, sino de lo que la caracteriza como saber máximamente universal.

Lo señalado contiene in nuce y como nudo problemático la cuestión de la comunicabilidad del saber que obra en el título del trabajo de Bluhm, pero éste lo tratará en un sentido no sólo nuevo sino novedoso, en correspondencia con los autores de su interés y su pertenencia a un ambiente filosófico distinto. Dos llamarán principalmente su atención: Kant y Jean Paul, aunque la paleta de pensadores que se revisa es aún más amplia. Al recorrer las páginas del texto, podría pensarse que lo dicho poco tiene que ver con lo que Bluhm plantea en su libro, si se sostiene, como él hace, que “el saber de algo absoluto es, según Platón, un saber que se reserva a pocos elegidos y no es universalmente comunicable”. Pero es preciso advertir que esto se refiere en Platón a la forma de acceso y a la expresión del saber y no a la calidad en sí misma comunicable de aquél por su vínculo con el ser (la idea) como fundamento para ello.

Sin hacer referencia a las cuestiones aquí esbozadas y que constituyen un rasgo presente en la tradición filosófica precisamente hasta los modernos, el planteamiento de Bluhm es, a mi juicio, una reconsideración del problema en una perspectiva estimulante. Para verlo mejor, el lector ha de tener en cuenta la transformación que como supuesto operativo permea la filosofía moderna. Se trata del desplazamiento del objeto de la filosofía, en un proceso creciente de autonomía de la verdad o de lo inteligible en cuanto tal. De allí que no una metafísica o una filo-sofía, sino una meditación (Descartes); no una ontología, sino una crítica (Kant); no una ciencia a secas, sino una ciencia de la experiencia de la conciencia en manifestación fenomenológica (Hegel), deben hacerse cargo del problema de la comunicabilidad. Fichte lo dirá sin ambages: se trata ahora no de una doctrina del ser, sino de una doctrina de la ciencia (Wissenschaftslehre), del saber mismo y, más allá, de un saber del saber, en una ciencia lógica (Hegel). Dicho en términos medievales, es lo escible (scibilis) —como propiedad de la scientia—, que constituía antes la propiedad de un ente, lo que se vuelve autónomo al convertirse él mismo en objeto primario del saber filosófico. Este cambio arroja importantes consecuencias.

Bluhm sitúa sus consideraciones en el seno de la pregunta por aquello de lo que de alguna manera es preciso ya disponer para comunicar un saber. Este “ya” de dicha disposición es decisivo. El mismo alude a condiciones a priori de posibilidad, para que algo llegue no a ser ni a ser cognoscible, sino para que llegue a ser comunicable. Para Bluhm la comunicabilidad adquiere otro cariz cuando lo que está en juego no es comunicar un conocimiento absoluto de lo absoluto (o del absoluto), pues entiende que “un saber absoluto, o un saber de lo absoluto, vale decir, aquel saber que promete la tradición metafísica antes de Kant, y que la época post-kantiana del Idealismo alemán pondrá nuevamente en el centro de la atención, no es […] alcanzable”. No basta tampoco que se destaque el concurso indispensable de la subjetividad para volver accesible a todos el conocimiento, sino que es la posibilidad misma de comunicarlo lo que tiene que hacerse también presente para acceder al conocimiento. Alcanzado este estadio, la cuestión del saber y su comunicabilidad va más allá del orden epistemológico. Como se indicará luego, Bluhm elegirá otra vía para poner en el centro la comunicabilidad como elemento indispensable del saber mismo en orden a una validación de éste: la de la comunicabilidad de nuestros juicios.

En Kant, la cuestión de la comunicabilidad puede ser observada también desde la pregunta por el modo en que pueden ser presentadas en el terreno de la experiencia las ideas de alma, mundo y Dios, objetos tradicionales de la metafísica, según la terminología heredada de los escolásticos racionalistas. Como se sabe, para Kant, más allá de que esas ideas desplieguen su sentido genuino en la razón práctica pura, admiten una presentación indirecta, pues la presentación esquemática, cuya estructura operativa es expuesta en la primera crítica, no encuentra para esas ideas el correspondiente contenido en la experiencia. Estos también son temas abordados por el autor del texto. Desde su tercera crítica, Kant llama en general hipotiposis a ese acto mostrativo, que hace equivalente a Darstellung (exposición, exhibición). Hegel elevará posteriormente este último término a elemento clave de su propia filosofía, adscribiéndole una función que trasciende con mucho su servicio como recurso del conocimiento, cuando de lo que se trate es de exponer en y por sí mismas las formas del pensar, una vez rescatadas de su hundimiento “en el lenguaje de los seres humanos” y se las contemple dinámica y dialéctico especulativamente en la trilogía de ser, esencia y concepto.

Como se anticipó, Bluhm no despliega sus reflexiones sólo en el terreno epistemológico, sino que hace acompañar a éstas de un análisis de las distintas formas en que algo puede ser tenido por verdadero, según lo expone Kant en la primera crítica. Pero no está allí lo más audaz de la propuesta del autor. Bluhm busca poner de relieve la comunicabilidad misma como elemento indispensable del saber, en orden a validar éste. Sostiene a modo de tesis fundamental que “la condición esencial de posibilidad del saber es la función de la comunicabilidad universal de nuestros juicios. Sólo los juicios que se dejan comunicar universalmente pueden ser el fundamento de una determinada comunicación, la cual, por su parte, posibilita un cierto saber”.

Esta tesis es desafiante y queda suficientemente abierta en el texto como para ser discutida también por el lector. Con ello nos encontramos ya en otro plano de la obra. Para mostrarlo ha de tenerse en cuenta las nuevas intuiciones de Kant expuestas en su tercera crítica. La alusión que a ello se hace en este prólogo sólo puede acontecer a modo de indicación formal, pero la misma motiva proyectivamente las conclusiones a las que llega Bluhm. Con el fin de apoyar su tesis, Bluhm apela a un análisis de los juicios del gusto. Un juicio de gusto lleva consigo una antinomia, pues pese a su condición subjetiva tiene pretensiones de validez universal. Y, en efecto, la antinomia se mantendrá en tanto lo evaluemos con los criterios utilizados para los juicios de conocimiento (o lógicos, como también los llama Kant). Es aquí donde los esfuerzos de Bluhm se redoblan para intentar mostrar, con Kant, que hay espacio para otra clase de universalidad y de comunicabilidad que en este plano no es dependiente de la calidad lógico-científica de nuestras afirmaciones. En esa misma línea, el carácter público de nuestros juicios no quedaría suficientemente explicado cuando se los reduce a una quaestio facti, sino que su efectivo cumplimiento supone contar con factores que trascienden esa facticidad, si es que para ello se quiere proporcionar un fundamento filosófico. El juicio de gusto es índice, pues, de un ámbito eminentemente comunitario y público, conectado a lo que ya antes de Kant se denomina, entre otros nombres, con el de sensus communis. En cambio, frente al juicio de gusto, un juicio acerca de lo agradable, es un juicio privado, apoyado en la máxima chacun a son goût. Referirse a él, por contraste, no está demás, porque la tensión entre ambos tipos de juicio perfila mejor la diferencia entre juicios privados y esa otra decisiva y decidora clase de juicio que apela a una comunidad de universalidad pública. Como decía Kant en una lección del sábado 12 de enero de 1792, “quien tiene un gusto peculiar no tiene ninguno, ya que por gusto entendemos un enjuiciamiento […] que tiene que ser válido para todos”. Así, un “un objeto se denomina bello cuando complace a todos”. Éste ya es un juicio en el terreno de la reflexión, que se acompaña de la pretensión de pública admisión, un juicio que aunque de “cantidad subjetiva” posee “validez común”. Un juicio de gusto, como el que está comprometido cuando decimos “esta rosa es bella”, pretende que también sea compartido por todos, pues aspira a que el predicado esté dotado de “cantidad estética de universalidad”, como también lo señala Kant, en fórmula que para un profesor de lógica (y Kant lo era) resultaría un galimatías. Este es asimismo el lugar al que puede integrarse un motivo quizás más contemporáneo, el de la intersubjetividad, pues ésta supone la posibilidad de disponer de “elementos comunes de juicio” o, mejor, una condición basal que hace posible compartir (mitteilen) nuestras posiciones, las que superan, así, su clausura personal, poniendo la consideración “al juicio de todos”.

El libro que el lector tiene entre sus manos hace eco también de otros temas y de otros insignes autores que han abordado los temas tratados, en distintas perspectivas. El texto de Harald Bluhm constituye un aliciente para visitar algunos autores que para quienes se dedican a la filosofía no resultan siempre conocidos. Pero también los interesados en disciplinas afines leerán con provecho el texto, pues, entre otros, Bluhm se interna en las zonas fronterizas del lenguaje y la poesía. Es de especial interés la conexión que se atreve a efectuar entre Kant y Jean Paul. Lo sublime invertido, por ejemplo, como determinación pauliana del humor, proyecta, según se echa de ver, la posición de Kant y la somete a tensión, pues se trata ahora de encontrar un punto de encuentro social también en lo finito. El humor, por cierto con manifestaciones oscilantes, pero evaluado filosófico estéticamente, se mantendría como un bajo continuo en el ser humano. Allí queda abierta la posibilidad de determinarlo o bien como una condición estructural o tan sólo fáctica, asunto, pues, disputable.

Vale la pena mencionar que el texto ofrece al lector numerosas traducciones propias de Jean Paul, de Kant y de la literatura secundaria que se acompaña como parte del aparato bibliográfico, este último, por lo demás, de primer nivel. Finalmente no puede omitirse que el estudio, generoso en sus temas y reflexiones, es fruto del trabajo que su autor ha realizado bajo la tuición de la Red Germano-Latinoamericana de Investigación y Doctorado en Filosofía (FILORED) de la que participa el Instituto de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. El mismo se presenta, pues, como resultado más de un trabajo animado precisamente por la cooperación y el compartir como plinto del saber y su comunicación.

Hardy Neumann Soto

AGRADECIMIENTOS

La presente investigación es una versión abreviada y modificada de mi tesis doctoral en Filosofía que fue aceptada, en diciembre de 2019, por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y por la FernUniversität en Hagen, Alemania, en el marco del programa doctoral de la Red Germano-Latinoamericana de Investigación y Doctorado en Filosofía, FILORED. En ese contexto quisiera agradecer en primer lugar a los profesores-guía que me han acompañado durante el camino de la investigación con sus consejos y sabiduría: al profesor Dr. Hardy Neumann Soto de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile; y al profesor Dr. Thomas Sören Hoffmann de la FernUniversität en Hagen.

Quedo muy agradecido también de la Comisión Nacional de Investigación y Tecnología CONICYT (ANID), que apoyó materialmente los estudios doctorales gracias a la adjudicación de la Beca de Doctorado Nacional. Mi agradecimiento se dirige asimismo a la Dirección de Estudios Avanzados (DEA) de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso por otorgarme varias subvenciones sin las cuales el presente trabajo no hubiera sido posible.

No quisiera dejar de mencionar aquí al profesor Dr. Johann Kreuzer de la Universidad de Oldenburg, Alemania, por ponerme sobre la pista de una investigación acerca de la relación entre Kant y Jean Paul, y por mantener el contacto entre ambos continentes a lo largo de los años.

En relación al financiamiento y edición del libro, debe hacerse mención a las siguientes instituciones y miembros de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso: al Director del Instituto de Filosofía, Dr. Hardy Neumann Soto; al Director del programa de Doctorado en Filosofía, Dr. César Lambert Ortiz; a la Vicerrectoría de Investigación y Estudios Avanzados; y a Ediciones Universitarias de Valparaíso.

Finalmente no puedo dejar de agradecer a mi familia, mis colegas y amigos; entre ellos especialmente al Dr. Pedro Sepúlveda por su invaluable apoyo en la redacción del texto en español. Por su paciencia e impaciencia, como motor motivador de mi vida, expreso infinitas gracias a mi hija Alfonsina.

ABREVIATURAS Y TRADUCCIONES AL ESPAÑOL

Lista de abreviaturas

AA Immanuel Kant: Gesammelte Schriften, Königlich Preuβische [ahora: Berlin-Brandenburgische] Akademie der Wissenschaften, Vol. 1 sig., Berlin, Georg Reimer [ahora: de Gruyter], 1900 sig.

CD Immanuel Kant: Crítica del discernimiento. Edición y traducción de Roberto R. Aramayo y Salvador Mas. A. Machado Libros, Madrid, 2003.

KU Immanuel Kant: Kritik der Urteilskraft. Editorial Felix Meiner, Hamburg, 2001.

ANT Immanuel Kant: Antropología en sentido pragmático. Edición bilingüe. Dulce María Granja, Gustavo Leyva y Peter Storandt (Trads.). Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2014.

CRP Immanuel Kant: Crítica de la razón pura. Introducción, traducción, notas e índices de Pedro Ribas. Taurus, Madrid, 2013.

CRPR Kant: Crítica de la razón práctica. Edición bilingüe alemán-español. Dulce María Granja Castro (Trad.). Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2018.

KrV Immanuel Kant: Kritik der reinen Vernunft. Editorial Felix Meiner, Hamburg, 1990.

PROL Immanuel Kant: Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presentarse como ciencia. Edición bilingüe. Mario Caimi (Trad.). Colección Fundamentos N° 153. Ediciones Istmo, Madrid, 1999.

FMC Kant: Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Edición bilingüe y traducción de José Mardomingo. Editorial Ariel, S.A., Barcelona, 1996.

VÄ Jean Paul: Vorschule der Ästhetik. Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 5, Editorial Carl Hanser, München, 1963, pp. 7-456.

Traducciones al español

Las citas de los siguientes textos son traducidas al español por el autor del presente libro:

Baumgarten, A.G.: Theoretische Ästhetik. Die grundlegenden Abschnitte aus der ‚Aesthetica‘ (1750 / 1758). Hans Rudolf Schweizer (Trad y Ed.). Lateinisch-Deutsch. Editorial Felix Meiner, Hamburg, 1983.

Becker, Ralf: Der menschliche Standpunkt. Perspektiven und Formationen des Anthropomorphismus. Editorial Vittorio Klostermann, Frankfurt a. M., 2011.

Borsche, Tilman: Einleitung. En: Klassiker der Sprachphilosophie. Tilman Borsche (Ed.). Editorial C.H. Beck, München, 1996, pp. 7-13.

Brandt, Reinhard / Klemme, Heiner F.: John Locke. En: Klassiker der Sprachphilosophie. Tilman Borsche (Ed.). Editorial C.H. Beck, München, 1996, pp. 133-146.

Fischer, Kuno: Leibniz. Thomas Sören Hoffmann (Ed.). Editorial Marix, Wiesbaden, 2009.

Fleming, Paul: The Pleasures of Abandonment. Jean Paul and the Life of Humor. Editorial Königshausen & Neumann, Würzburg, 2006.

Foessel, Michaël: Analytik des Erhabenen (§§ ٢٣-٢٩). En: Immanuel Kant: Kritik der Urteilskraft. Otfried Höffe (Ed.). Editorial Akademie, Berlin, 2008, pp. 99-119.

Freud, Sigmund: Der Humor. En: Psychologische Schriften. Studienausgabe. Band IV. Editorial Fischer, Frankfurt a. M., pp. 275-282.

Gabriel, Gottfried: Präzision und Prägnanz. Logische, rhetorische, ästhetische und literarische Erkenntnisformen. Editorial Mentis, Paderborn, 2019.

Gabriel, Gottfried: Erkenntnis. Grundthemen Philosophie. Editorial Walter de Gruyter, Berlin / Boston, 2015.

Gerhardt, Volker: Immanuel Kant. Vernunft und Leben. Editorial Reclam, Stuttgart, 2002.

Goethe, J.W.: Über epische und dramatische Dichtung. En: Hamburger Ausgabe, Bd. 12. Editorial C.H. Beck, München, 1982, pp. 249-251.

Hamann, Johann Georg: Sämtliche Werke. Band II. Schriften über Philosophie, Philologie, Kritik 1758-1763. Historisch-kritische Ausgabe von Josef Nadler. Editorial Brockhaus, Wuppertal, 1999.

Hamann, Johann Georg: Sämtliche Werke. Band III. Schriften über Sprache, Mysterien, Vernunft 1772-1788. Historisch-kritische Ausgabe von Josef Nadler. Editorial Brockhaus, Wuppertal, 1999.

Hamann, Johann Georg: Briefwechsel. Bd. 1-3, Walther Ziesemer y Arthur Henkel (Eds.). Wiesbaden 1955-1957.

Harich, Wolfgang: Jean Pauls Kritik des philosophischen Egoismus. Editorial Suhrkamp, Frankfurt a. M., 1967.

Herder, Johann Gottfried: Abhandlung über den Ursprung der Sprache. En: Sprachphilosophie. Ausgewählte Schriften. Erich Heintel (Ed.). Editorial Felix Meiner, Hamburg, 2005.

Hösle, Vittorio: Moral und Politik. Grundlagen einer politischen Ethik für das 21. Jahrhundert. Editorial C.H. Beck, München, 1997.

Hoffmann, Thomas Sören: Die logische Reduktion der Metaphysik. En: Metaphysik – Metaphysikkritik – Neubegründung der Erkenntnis: Der Ertrag der Denkbewegung von Kant bis Hegel. Begriff und Konkretion. Beiträge zur Gegenwart der klassischen deutschen Philosophie. Band 5. Editorial Duncker & Humblot, Berlin, 2017, pp. 11-26.

Jacobi, Friedrich Heinrich: Über die Lehre des Spinoza in Briefen an den Herrn Moses Mendelssohn. Auf der Grundlage der Ausgabe von Klaus Hammacher und Irmgard-Maria Piske bearbeitet von Marion Lauschke. Editorial Felix Meiner, Hamburg, 2000.

Jacobi, Friedrich Heinrich: David Hume über den Glauben, oder Idealismus und Realismus. Ein Gespräch. En: Friedrich Heinrich Jacobi´s Werke. Zweyter Band. Leibzig, bey Gerhard Fleischer d. Jüng., 1815, pp. 3-289.

Jacobi, Friedrich Heinrich: Einleitung in sämtliche philosophische Schriften. Gesamtausgabe, Band II, Klaus Hammacher y Walter Jaeschke (Ed.). Editorial Felix Meiner, Hamburg y Fromann-Holzbog, Stuttgart-Bad Cannstatt, 2004, pp. 375-436.

Kant, Immanuel: Logik, AA IX.

Kant, Immanuel: Nachlaßreflexionen, AA XIV-XXIII.

Kant, Immanuel: Vorlesung zur Anthropologie, AA XXV.

Kant, Immanuel: Vorlesungen zur Metaphysik, AA XXVIII.

Kant, Immanuel: Erste Einleitung in die Kritik der Urteilskraft. Gerhard Lehmann (Ed.). Editorial Felix Meiner, Hamburg, 1990.

Kant, Immanuel: Mutmaβlicher Anfang der Menschheitsgeschichte, AA VIII.

Kant, Immanuel: Metaphysik der Sitten, AA VI.

Kant, Immanuel: Vorarbeiten in die Rechtslehre, AA XXIII.

Kant, Immanuel: “Über den Gemeinspruch: Das mag in der Theorie richtig sein, taugt aber nicht für die Praxis”, AA VIII.

Keienburg, Johannes: Immanuel Kant und die Öffentlichkeit der Vernunft. Kantstudien. Ergänzungshefte 164. Editorial Walter de Gruyter, Berlin / New York, 2011.

Langner, Beatrix: Jean Paul. Meister der zweiten Welt. Eine Biographie. Editorial C.H.Beck, München, 2013.

Liebrucks, Bruno: Sprache und Bewuβtsein. Vol. 1. Editorial Akademische Verlagsanstalt, Frankfurt a. M., 1964.

Lipps, Theodor: Grundlegung der Ästhetik. Hamburg / Leipzig, Voss. Citado por: Texte zur Theorie der Komik. Helmut Bachmaier (Ed.). Editorial Reclam, Stuttgart, 2016.

Lyotard, Jean-François: Leçons sur l’Analytique du sublime. Kant, Critique de la faculté de jugar, § 23-29. Editorial Klincksieck, Langres, 2015.

Müller, Götz: Jean Pauls Ästhetik und Naturphilosophie. Editorial Max Niemeyer, Tübingen, 1983.

Otto, Detlef: Johann Georg Hamann. En: Klassiker der Sprachphilosophie. Tilman Borsche (Ed.). Editorial C.H. Beck, München, 1996, pp. 197-214.

Jean Paul: Vorschule der Ästhetik. Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 5, Editorial Carl Hanser, München, 1963, pp. 7-456.

Jean Paul: Über die natürliche Magie der Einbildungskraft. En: Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 4. Editorial Carl Hanser, München, 1962, pp. 195-204.

Jean Paul: Selina. En: Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 6. Editorial Carl Hanser, München, pp. 1105-1236.

Jean Pauls Sämtliche Werke. Historisch-kritische Ausgabe. Zweite Abteilung. Siebenter Band. Philosophische, ästhetische und politische Untersuchungen. Editorial Hermann Böhlaus Nachfolger, Weimar, 1999.

Jean Paul: Leben des Quintus Fixlein. En: Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 4. Kleinere erzählende Schriften 1796-1801. Editorial Carl Hanser Verlag, München, 1966, pp. 7-259.

Jean Paul: Rede des toten Christus vom Weltgebäude herab, dass kein Gott sei. En: Jean Paul: Siebenkäs. Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 2, Editorial Carl Hanser, München, 1966, pp. 7- 576.

Jean Paul: Übungen im Denken. En: Sämtliche Werke. Abteilung II, Band 1. Jugendwerke und vermischte Schriften. Editorial Carl Hanser, München, 1974.

Jean Paul: Titan. Sämtliche Werke. Abteilung I. Band 3. Editorial Carl Hanser, München, 1961.

Jean Paul: Blumen-, Frucht und Dornenstücke oder Ehestand, Tod und Hochzeit des Armenadvokaten F. St. Siebenkäs. En: Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 2. Editorial Carl Hanser, München, 1959, pp. 7-576.

Jean Paul: Flegeljahre. En: Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 2. Editorial Carl Hanser, München, 1959, pp. 577-1088.

Jean Paul: Heperus. En: Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 1. Editorial Carl Hanser, München, 1960.

Jean Paul: Über die Fortdauer der Seele und ihres Bewustseins. En: Sämtliche Werke. Abteilung II, Band 2. Jugendwerke II. Vermischte Schriften I. Editorial Carl Hanser, München, 1976, pp. 776-798.

Jean Paul: Kampaner Tal. Sämtliche Werke. Abteilung I, Band 4. Editorial Carl Hanser, München, 1962, pp. 561-716.

Jean Paul: Clavis Fichtiana seu Leibgeberiana. En: Sämtliche Werke, Abteilung I, Band 3, Editorial Carl Hanser, 1961.

Pfotenhauer, Helmut: Jean Paul. Das Leben als Schreiben. Editorial Carl Hanser, München, 2013.

Pieper, Annemarie: Kant und die Methode der Analogie. En: Kant in der Diskussion der Moderne. Gerhard Schönrich (Ed.). Editorial Suhrkamp, Frankfurt a. M., 1996, pp. 92-112.

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Poser, Hans: Gottfried Wilhelm Leibniz. En: Klassiker der Sprachphilosophie. Tilman Borsche (Ed.). Editorial C.H. Beck, München, 1996, pp. 147-160.

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PRÓLOGO

“Lo descrito hace comprensible algo que, sin duda, corresponde al deseo de verdad del que los describe, pero no a la verdad, porque la verdad no es en absoluto comunicable. Describimos una cosa y creemos haberla descrito de conformidad con la verdad y con fidelidad a la verdad, y tenemos que comprobar que no es la verdad. Hacemos comprensible un estado de cosas, y no es nunca, jamás, el estado de cosas que queríamos hacer comprensible, siempre es otro distinto. Tenemos que decir que nunca hemos comunicado nada que fuera la verdad, pero durante toda nuestra vida no hemos renunciado al intento de comunicar la verdad. Queremos decir la verdad, pero no decimos la verdad. Describimos algo verídicamente, pero lo descrito es algo distinto de la verdad. Tendríamos que ver la existencia como el estado de cosas que queremos describir, pero, por mucho que nos esforcemos, no vemos jamás, por medio de lo que hemos descrito, el estado de cosas. Sabiendo esto, hubiéramos debido renunciar hace tiempo a querer describir la verdad, lo mismo que decimos la verdad no puede decirse jamás. La verdad que conocemos es lógicamente la mentira, la cual, como no podemos evitarla, es la verdad. Lo que aquí se describe es la verdad, sin embargo, no es la verdad, porque no puede ser la verdad. En toda nuestra existencia de lectores no hemos leído aún jamás una verdad, aun cuando una y otra vez hayamos leído hechos. Una y otra vez, nada más que la mentira como verdad, la verdad como mentira, etcétera. Lo que importa es si queremos mentir o decir y escribir la verdad, aunque jamás puede ser la verdad, jamás sea la verdad. […] Lo que aquí se describe es la verdad; y no lo es por la sencilla razón de que la verdad sólo es, para nosotros, un deseo piadoso”.2

INTRODUCCIÓN

Desde su inicio, la filosofía pregunta por la posibilidad de lo que podemos saber y por la posibilidad de comunicar este saber. ¿Es el saber, más bien, esotérico y sólo accesible a pocos, y por lo tanto sólo indirectamente comunicable, o es el saber accesible y comunicable en base a una capacidad universal del entendimiento? Este planteamiento lleva a la siguiente pregunta: ¿la filosofía, para la comunicación del saber, tiene que construir un lenguaje propio, o acaso los fundamentos de su comunicación se encuentran en el ámbito del lenguaje familiar? Hay que preguntar, por ello además, si la filosofía como ciencia es dependiente de hechos empíricos, o si puede ser realizada mediante declaraciones lógico-conceptuales. A este respecto, se puede decir que la filosofía occidental desde Parménides empezó su tarea con la construcción de un lenguaje filosófico especial, bajo la suposición de que el saber se deja comunicar de modo universal y adecuado, y ello sin desmedro de las influencias empíricas. Consiguientemente, todos los sistemas filosóficos relacionados con este método vienen a ser la expresión de un intento de refinamiento de esta construcción lingüística. La metafísica tradicional, antes de Kant, seguía principalmente este procedimiento racionalista. Según esta forma de entender, un saber absoluto es posible y comunicable a través de conclusiones lógico-conceptuales. La razón es aquella facultad que puede llevar al ser humano a una certeza sobre el mundo y las últimas cosas, sin relación con la sensibilidad. Como expresión más alta de esta convicción seguramente puede aludirse a las pruebas a priori de la existencia de Dios, basadas en una argumentación puramente lógica, y que deducen la existencia de Dios sólo desde su concepto, y de modo independiente respecto de la experiencia.3 A la concepción del saber racionalista, desde el siglo diecisiete, se opone dentro de la historia de la filosofía la corriente del empirismo que, por su parte, rechaza un saber que no tenga relación con hechos empíricos, y expulsa con ello el saber metafísico hacia el reino de la especulación o de la creencia. Para el empirismo, lo dado en la experiencia es el punto de partida y la piedra de toque de todas las reflexiones, respecto de las cuales intenta defenderse sin fundar principios a priori. Esto tiene, naturalmente, consecuencias para la comunicabilidad del saber, de tal manera que producto de ello queda puesto en el centro de la meditación el problema del lenguaje coloquial, universalmente entendible. El debate entre el racionalismo de un Descartes, Spinoza y Leibniz, por un lado, y el empirismo de un Bacon, Locke y Hume, por el otro, forman la posición de base para el surgimiento de la filosofía crítica de Immanuel Kant.

Con la revolución en la manera de pensar de Kant se cambia también el planteamiento de un posible acceso al saber. Un saber absoluto, o un saber de lo absoluto, vale decir, aquel saber que promete la tradición metafísica antes de Kant, y que la época post-kantiana del Idealismo alemán pondrá nuevamente en el centro de la atención, no es, pues, alcanzable. Nosotros no podemos saber, en base a nuestras capacidades del conocimiento, cómo son las cosas en sí, ya que para nosotros únicamente las apariencias de las cosas forman el fundamento de nuestro conocimiento. Respecto de los conceptos puros de la razón, además, y en base a la misma teoría del conocimiento, no podemos saber nada, porque no tenemos de ellos intuición alguna. Pero también el acceso al saber únicamente por medio de la costumbre y el hábito queda rechazado en la filosofía crítica de Kant, debido a que la argumentación trascendental instala, como es sabido, ciertas funciones a priori que van allende la experiencia, y que a la vez la constituyen. ¿Qué nos queda, entonces, para poder hablar de un saber? La suposición general de nuestra investigación es que, a partir de Kant, es posible hablar de formas, que en un nivel antropológico-empírico posibilitan un saber, toda vez que, en el nivel trascendental, puedan ser comprobadas las condiciones de posibilidad de ese mismo saber. Nuestra tesis principal consiste así en que la condición esencial de posibilidad del saber es la función de la comunicabilidad universal de nuestros juicios. Sólo los juicios que se dejan comunicar universalmente pueden ser el fundamento de una determinada comunicación, la cual, por su parte, posibilita un cierto saber.

En la discusión filosófica del siglo dieciocho, junto al debate acerca de la interpretación racionalista o empirista de la facultad del conocimiento humano, hay otra temática que obtiene gran importancia. Esta temática se refleja en una corriente filosófica que puede ser denominada la “filosofía del sentimiento”. A continuación del debate del panteísmo introducido por Friedrich Heinrich Jacobi, fue planteada la pregunta, si acaso no es el sentimiento aquel órgano decisivo respecto del conocimiento que debe aplicarse a una forma cognoscitiva del conocimiento. Este debate tuvo también un efecto retroactivo respecto de la filosofía trascendental, pues en el camino de la segunda a la tercera Crítica de Kant, la posición del sentimiento en el proceso del conocimiento y del saber desarrollada por el filósofo de Königsberg gana más y más importancia. Ya en el ámbito de la razón práctica, Kant reconocía el sentimiento del respeto (Achtung), el cual se basa en la ley moral, como un sentimiento universalmente válido; un sentimiento que tiene que ser incluido en el cálculo de todos a la hora de pensar en la orientación y constitución del hombre.

Después, en la Crítica del discernimiento, siguiendo a Alexander Gottlieb Baumgarten, y también por estímulos provenientes de la reflexión de la filosofía del sentimiento de Johann Georg Hamann, Johann Gottfried Herder y Friedrich Heinrich Jacobi, Kant llega a una revalorización notable del sentimiento también en el ámbito de juicios estéticos. Es verdad que Kant está muy lejos de sacrificar su comprensión filosófico-trascendental por una filosofía de la creencia o del sentimiento. Por ningún motivo, Kant eleva el sentimiento a un nivel como lo hace Jacobi, donde la razón es igualada al sentimiento o reemplazada por éste. Pero Kant sí reconoce que en el proceso del saber y del conocimiento, al lado del ámbito moral-filosófico, también en el nivel estético-artístico, el sentimiento juega un rol decisivo, y tiene que ser tomado en consideración debido a la posibilidad de universalización, concebida aquí como el componente constitutivo y garante del saber, y que constituye de este modo la posición del hombre en el mundo. Kant llega así en la Analítica del discernimiento estético de su tercera Crítica a las determinaciones de un sentido común (Gemeinsinn), el cual se basa en un juicio sobre lo bello, y llega, además, a la determinación de una universalidad de los juicios sobre lo sublime, a través de las relaciones directas que tienen estos juicios con la libertad, la moral y el sentimiento moral del respeto.

En base a lo anteriormente expuesto, la presente investigación aborda las formas del saber en torno a la concepción de la comunicabilidad universal de nuestros juicios en Kant y Jean Paul. Nos interesa indagar aquí, en la conexión entre ambos pensamientos, ¿qué relación guardan respecto de lo indicado el filósofo trascendental de Königsberg y el novelista y esteta de la Alta Franconia? A este respecto, es interesante que Jean Paul normalmente sea vinculado al grupo de los críticos de Kant, entre los nombres de Hamann, Herder y Jacobi. Nuestra pretensión precisamente no es presentar a Jean Paul como un pensador que rechaza la filosofía kantiana, sino como un poeta-filósofo que siguió y continuó en forma singular los motivos fundamentales de Kant. ¿En qué estamos pensando específicamente?

Hablamos en Kant de un posible saber, de tal manera que primero debemos considerar cuándo se constituye una forma del saber, esto es aquí, cuándo ella aparece sujeta, en el nivel filosófico trascendental, a una comunicabilidad universal. Solamente juicios universalmente comunicables pueden llegar en el ámbito pragmático a un posible saber. En relación a los juicios empíricos, puestos en evidencia en la Doctrina del método de la Crítica de la razón pura, el saber posible de ellos se encuentra sujeto a los modos de tener algo por verdad (Fürwahrhalten). Además del modo del saber, los juicios se dejan expresar también en el modo del opinar o del creer. Pero si se trata del modo del saber, este juicio tiene que ser acompañado por la convicción de su validez tanto subjetiva como objetiva. Ahora bien, esta convicción podemos lograrla, según Kant, únicamente a través de la exposición de nuestro juicio a un otro. Debemos hacer público nuestro juicio y debemos además dejar comprobarlo por el otro, es decir, por la razón ajena. A través de la afirmación del otro es posible llegar a aquella convicción más firme que Kant denomina, en este contexto, un saber. Si nuestro juicio no es afirmado, tal vez nos quedamos en nuestra convicción porque el argumento del otro no nos convenció, o bien cambiamos el modo del saber al modo del opinar o del creer, y viceversa. En ello, sin embargo, nunca alcanzamos un saber absoluto de la cosa debido a sus infinitas posibilidades de determinación, pues un supuesto saber puede (y debe) ser modificable en base a nuevas comprensiones. Aquello que en una situación, y bajo una cierta perspectiva, nos parece un saber, puede transformarse, por otras informaciones y nuevas perspectivas, en un opinar o un creer. Por otro lado, una opinión se deja modificar debido a las nuevas convicciones en un saber. En todo esto vale, sin embargo, lo siguiente: todos los juicios están sujetos a la función transcendental de la comunicabilidad universal. En este sentido, un saber privado caduca frente a la crítica.

Ahora bien, nosotros mencionamos como otro ámbito de la investigación, al lado de los juicios lógicos-empíricos, los juicios estéticos. Con ellos se abre una nueva concepción de la determinación del saber. Es verdad que Kant llega también a la convicción, en el caso de los juicios estéticos, de que ellos, para poder generar un saber, deben ser universalmente comunicables. Sin embargo, los juicios estéticos no son dependientes del principio de tener algo por verdad, pues la base de su universalidad consiste en un sentimiento, es decir, en un estado del ánimo (Gemütsstimmung). Lo común de tales formas de juicio es la satisfacción universal (allgemeines Wohlgefallen), que es provocada cuando enjuiciamos algo como bello. La validez universal subjetiva de tales juicios se constituye en base a un sentimiento. Este sentimiento se hace universalmente válido por la suposición de un sentido común (Gemeinsinn). Nosotros enjuiciamos algo como bello y suponemos que este sentimiento de la satisfacción también es generado en todos los hombres que expresan un juicio sobre lo bello. Para el juicio estético sobre lo sublime vale además la premisa de que no estén sujetos a un sentido común, como los juicios del gusto. Sin embargo, la comunicabilidad universal de ellos, o la base para poder convertirse en una forma del saber, se confirma en su relación con la libertad, la ley moral y el sentimiento moral del respeto.

Y este es precisamente el punto en que se encuentran Kant y Jean Paul. El poeta-filósofo de la Alta Franconia tenía un estrecho contacto con Jacobi y, sin duda, fue influenciado –aunque hasta cierto punto–, por su filosofía del sentimiento. Pero en la discusión con las determinaciones de la Crítica del discernimiento, Jean Paul desarrolla, por su parte, una teoría propia del humor, la cual se une, tal es nuestra tesis, con la teoría de lo sublime en Kant. Y, en el ámbito de la poesía, Jean Paul continúa las declaraciones kantianas acerca del arte y del genio en su tercera Crítica. Los dos pensadores descubren en el sentimiento, es decir, en el estado del ánimo (Gemütsstimmung), como Kant lo expresa, un factor esencial en el proceso del conocimiento y del saber del ser sensible-racional que es el ser humano.

Con Jean Paul pretendemos mostrar, entonces, que en el ámbito de los juicios estéticos, al lado de lo bello y de lo sublime, también el humor representa una forma del saber que no debemos descuidar. El punto esencial de la conexión entre los juicios del gusto, de lo sublime y del humor se debe a la comunicabilidad universal del sentimiento, que a su vez es provocada en el juicio del humor. Este sentimiento, tal es también nuestra tesis, se conecta, al igual que en lo sublime, con el sentimiento del respeto en el juicio moral. En el ámbito del arte y, especialmente de la poesía, la conexión se realiza, además, por la comunicabilidad universal de las ideas estéticas. Y también en ellas es el sentimiento el punto de conexión entre Kant y Jean Paul, es decir, aquel estado de ánimo que es generado en el observador, lector o hermeneuta, gracias a la exposición de las ideas estéticas creadas por el genio. La idea estética estimula, según Kant, el ánimo y provoca un sentimiento que se forma a partir de la representación de una conexión con algo suprasensible. Jean Paul se halla en esto de acuerdo con Kant y llama, por su parte, a este vínculo del hombre con lo suprasensible, una síntesis orgánica, y en su respuesta llega incluso a preguntar, por qué justamente la poesía abre acceso a un segundo mundo que, en el nivel epistemológico, se encuentra clausurado para nosotros, y a partir de ahí avanza hasta su concepción de un realismo de los sentimientos.

En un marco más amplio, la tesis de nuestra investigación es, entonces, la siguiente: Después de la revolución del modo de pensar operada por Kant no se puede hablar ya más de un acceso a un saber absoluto. Lo que queda como acceso al saber da como resultado distintas formas del saber. Aquí tratamos entonces de estas formas del saber, pues se trata, en primer lugar, del esfuerzo por mostrar de acuerdo a qué base es posible constituir un saber, y de las condiciones de posibilidad del saber de una forma específica del saber. Un factor decisivo en este empeño es que un juicio, que se puede transformar en un posible saber, tiene que ser universalmente comunicable. La comunicabilidad universal es la función trascendental que, en un nivel pragmático, hace posible además la comunicación de los juicios. Al lado de la concepción del “tener por verdad” referida a los juicios lógicos-empíricos, Kant descubre además para los juicios estéticos un sentido común, que es el criterio crucial para una universalización de lo bello, y su relación con la libertad y la moral en lo sublime. En el ámbito de los juicios estéticos la universalidad subjetiva es garantizada a través de una disposición generalizable del sentimiento.

Aquí comienza el punto de vista de Jean Paul, quien desarrolla su teoría de lo cómico y del humor sobre la base de los resultados kantianos. El humor es el sublime invertido, dice Jean Paul. Pero también es, tanto como lo sublime, aquello que se conecta con la libertad y la moral y, en este sentido, se parece al sentimiento moral del respeto. Es esto lo que hace del humor, según nuestra convicción, algo universalmente comunicable y apto para poder hablar de él como una forma del saber. La poesía, por su parte, es capaz de abrir al hombre un mundo hacia lo suprasensible. Pero no en el entendimiento de un idealismo intelectual, sino que a través de un “realismo del sentimiento”, como lo expresa Jean Paul. Kant habla en sus explicaciones sobre el arte, en la Crítica del discernimiento, de la comunicabilidad universal del estado del ánimo, el cual es despertado precisamente por la aplicación de las ideas estéticas en la poesía. Jean Paul retoma estas comprensiones y atribuye al sentimiento la función decisiva dentro de la poesía, que por su parte puede presentar al hombre un mundo nuevo. En su teoría de la metáfora, Jean Paul se encuentra, además, cerca del pensamiento analógico de Kant. Esto es evidente sobre todo en el ámbito de la exposición de los conceptos puros de la razón. Mientras Kant permite, por ejemplo, el conocimiento de Dios únicamente a través de la analogía de un antropomorfismo simbólico, también Jean Paul desarrolla un acercamiento a las ideas trascendentales a través de su teoría lingüística. Veremos, además, que Jean Paul describe, en su teoría sobre el ingenio, precisamente tal capacidad, que se denomina discernimiento estético en Kant. En este punto se mostrará que la analítica de lo cómico y del humor se encuentra en estrecha conexión con las declaraciones de Kant en torno al juicio estético de lo sublime.

Para confirmar estas tesis y llenarlas de contenido, tenemos que retroceder aquí a las preguntas iniciales. Tenemos, pues, que aclarar de este modo, en primer lugar, cómo y por qué no podemos hablar en Kant de un acceso a un saber absoluto. Y habrá que investigar, e interpretar con ello, cómo llegamos a la suposición de que el saber se puede constituir solamente a través de distintas formas (del saber), y a cuáles criterios se encuentra sujeta una forma concreta del saber. Sólo entonces podremos presentar a Jean Paul como una suerte de sucesor de Kant y de su teoría de las formas del saber, para explicar así nuestra tesis interior, vale decir, que con Jean Paul es posible hablar en el ámbito del humor y de la poesía de una forma del saber, algo que, por cierto, no ocurre en Kant, o no fue formulado con todo detalle. Para realizar este acercamiento intentaremos comprender introductoriamente la posición kantiana, de acuerdo a ciertos pasos previamente seleccionados, en base a la tradición filosófica y a la discusión desarrollada en la segunda mitad del siglo dieciocho. ¿Cuáles son entonces los puntos de partida de la filosofía crítica y qué modificaciones efectúa ella?

Ya hemos mencionado la influencia del debate estético en base a Baumgarten, la disputa sobre el panteísmo y la filosofía del sentimiento. Pero si planteamos nuevamente la pregunta acerca de la comunicabilidad del conocimiento y el saber con Kant y Jean Paul, entonces se vuelve necesaria al mismo tiempo una reflexión acerca de una filosofía que se ocupe de este planteamiento desde su comienzo. En efecto, ya en Parménides y Platón se plantea la pregunta, acerca de si el saber filosófico es algo que se puede decir de todos los hombres, o si se trata más bien de un saber elitista y de cada uno.

En este punto se agrega además la pregunta de si acaso existe, para la aspiración filosófica a un saber, la necesidad de construcción de un propio lenguaje, o si es suficiente contar con el uso normal de un lenguaje familiar (coloquial), para poder asegurar el conocimiento. Un ejemplo de tal discusión dentro de la historia de la filosofía es el de la disputa en torno a los universales (Universalienstreit), cuya deriva llega hasta la filosofía moderna y, por lo tanto, también al desarrollo de la filosofía trascendental de Immanuel Kant, y con ello al pensamiento filosófico-estético de Jean Paul. En este contexto es necesario reflexionar sobre el modo de concebir a la metafísica en Kant, pues en aquella comprensión de que el saber debe hacer sitio al creer (a la fe), radica precisamente un punto central de la filosofía trascendental del filósofo de Königsberg. Para nuestra temática surge aquí la pregunta de si acaso es posible determinar la filosofía práctica en base a los postulados de Dios, eternidad y mundo como formas del saber, dado que un saber en torno a estas ideas es excluido estrictamente en la filosofía teorética.

Recién después de la descripción e interpretación de tales predisposiciones históricas, podemos llegar al entendimiento respecto del por qué, y cómo, se debe hablar en Kant de formas del saber en oposición a la metafísica tradicional que describe un saber de tipo absoluto. Después de la aclaración de las predisposiciones históricas, llegaremos entonces, en un siguiente paso, a discutir las formas del saber en Kant. Destacaremos allí que dichas formas del saber y la concepción de la comunicabilidad de nuestros juicios deben ser vistas dentro de la filosofía trascendental en dos niveles. En el nivel trascendental, la comunicabilidad universal de nuestros juicios será entendida como el criterio principal de una posible forma del saber. La comunicabilidad universal es entonces la condición de posibilidad de la comunicación. La comunicación, sin embargo, no llega sin más a un consenso entre los juzgadores. La comunicación está sujeta más bien a la limitación estética del hombre y a la diferencia estética entre los hombres. La comunicación se realiza en el nivel antropológico-empírico de cada situación, y la exigencia moral que nace de tal hecho es que alguien que juzga y expone su juicio al otro, siempre debe respetar el juicio del otro. En vez de reprochar a Kant de ser un filósofo subjetivista, pretendemos con ello mostrar que el planteo del filósofo es más bien un planteo pluralista en base a una concepción comunicativo-lingüística. Resumimos pues los objetivos de la investigación y consideramos así la serie de capítulos del trabajo:

a) En una primera parte introductoria, el concepto de la comunicabilidad, como concepto lingüístico-filosófico, es observado desde su contexto histórico. La comunicabilidad de la verdad y el saber preocupaba a la filosofía ya desde sus principios. De este modo fue planteada la pregunta si acaso los conocimientos se dejan constituir en base a un lenguaje familiar (Umgangssprache), o si se necesita una construcción filosófico universal del lenguaje capaz de garantizar una validez universal de conocimientos. Con estos planteamientos de fondo queremos acercarnos a la comprensión de la comunicabilidad en Kant, en base a su argumentación trascendental. En un breve compendio indicaremos las estaciones lingüístico-filosóficas esenciales para que podamos, sobre esta base, describir y evaluar la concepción de la comunicabilidad universal dentro de la filosofía trascendental.

La problemática de la comunicabilidad de un saber universal (absoluto) será analizada, al principio, con Platón, quien habitualmente es denominado como el primer filósofo occidental del lenguaje. Dentro de la filosofía moderna nos ocuparemos especialmente de Locke y Leibniz, dos pensadores de gran importancia para la comprensión de la argumentación transcendental de Kant y de sus determinaciones de la comunicabilidad de nuestros juicios. Más adelante nos enfocaremos en la revolución de la manera de pensar de Kant, para poder describir la posición inicial de una investigación acerca de las concepciones de la comunicabilidad, el saber y las formas del saber.

Para corroborar la relevancia del aspecto de la comunicación para la época de Kant y Jean Paul desde un punto de vista lingüístico-filosófico, presentaremos a la figura de Hamann, un pensador del lenguaje, contemporáneo a la época de Kant y Jean Paul, quien a su tiempo respondió, como es sabido, con el establecimiento de una meta-crítica a la filosofía kantiana. Esta metacrítica contiene, entre otros elementos, el prominente reproche de que Kant habría olvidado el aspecto histórico del lenguaje. La primera parte de la presente investigación sigue entonces la tesis de que Kant, con su concepción de la comunicabilidad de nuestros juicios, llega al centro de un pensar del lenguaje, aunque él mismo no desarrolló expressis verbis una filosofía o teoría propia del lenguaje. El frecuente reproche hecho a Kant de su supuesto olvido del aspecto del lenguaje, deberá ser allí, sin embargo, relativizado.

b) En la segunda parte del trabajo, el aspecto de la comunicabilidad (universal) es observado a través de las siguientes estaciones: 1. Un conocimiento de las ideas trascendentales, según Kant, es epistemológicamente imposible, ya que falta en él la relación con la sensibilidad. En el nivel de la razón práctica, sin embargo, las ideas de Dios, eternidad y alma tienen que ser postuladas, porque ellas son el garante de la sensatez del hombre como ser moral. Para la comunicabilidad de nuestros juicios esto significa, desde el aspecto epistemológico, que las ideas trascendentales no son universalmente comunicables. En relación a la razón práctica, sin embargo, dichas ideas obtienen su necesidad y su validez universal, y son por ello también una forma de la creencia (fe), universalmente comunicables. No obstante: La comunicación se realiza en base a analogías lingüísticamente fundadas y, por tanto, sólo es indirectamente posible. 2. Los juicios estéticos son juicios subjetivos que generan un sentimiento. Se trata entonces de supuestos juicios de tipo privado que no pueden ser universalmente comunicados. En la Crítica del discernimiento, Kant descubre y describe, esta vez mediante los juicios estéticos sobre lo bello y lo sublime, la necesidad de suponer la comunicabilidad universal en base al sentimiento que es provocado por dichos juicios. En ello, se comprueba la comunicabilidad de lo bello en torno a un sentido común (Gemeinsinn), y asimismo la comunicabilidad de lo sublime a través de la relación con la libertad y la ley moral. Los juicios subjetivos se encuentran, así, sujetos a una validez universal subjetiva y son, por este motivo, universalmente comunicables. 3. Hablamos, pues, de un saber absoluto, cuya única forma de expresión es, según Kant, en base a la idea de la libertad y la ley moral. Todos los otros conocimientos están sujetos a los modos del tener algo por verdad (Fürwahrhalten). Sin embargo, en sus declaraciones acerca del arte y el genio, Kant señala una posible relación adicional con lo suprasensible que se confirma por la creación del genio-artista y su talento de la imaginación, que le permite realizar las ideas estéticas en su obra de arte.

c) En la tercera parte de la investigación, se complementan los resultados en torno a Kant con las comprensiones estético-filosóficas de Jean Paul. A partir de las tres estaciones mencionadas sobre Kant, se llevarán a cabo, a continuación, tres comentarios en relación con Jean Paul. El escritor de la Alta Franconia era sin duda un crítico de la filosofía trascendental de Kant y Fichte, y, en ese sentido estaba muy cerca de la meta-crítica de Hamann, Herder y Jacobi. Pero eso no debe llevarnos al engaño de que Jean Paul habría rechazado la revolución de la manera de pensar de Kant por completo. Más bien, y esta es nuestra tesis, él sigue de manera singular el pensamiento de Kant, precisamente en los ámbitos investigados en la primera y segunda parte de nuestro trabajo: 1. Kant llega a la comprensión que las ideas de Dios, inmortalidad y alma se dejan exhibir solamente en forma de analogías. Para evitar aquí un antropomorfismo dogmático, hay que acercarse más bien a la idea de un creador del mundo (Welturheber), en la forma de un antropomorfismo simbólico. Jean Paul elabora, en este contexto, un acceso semejante al de Kant, basado en su teoría de la metáfora, con la que llega a un conocimiento de Dios a través de una suerte de antropomorfismo metafórico. 2. Kant trata la comunicabilidad universal de los juicios estéticos sobre lo bello y lo sublime, y Jean Paul sigue este mismo curso con su teoría sobre lo cómico y el humor. En base a estos motivos de Jean Paul llegaremos a la tesis de que la comunicabilidad universal de los juicios estéticos no se deja reducir solamente a lo bello y lo sublime, sino que a ellos hay que agregar el humor como un juicio estético fundamental del hombre. Sin comprender al hombre como un ser que habita en el contexto de lo cómico y el humor, no llegaremos pues a una imagen total de su existencia. 3. Jean Paul desarrollará una estética en la que el artista es elevado a una función central. Con ello, Jean Paul retoma ciertas declaraciones acerca de la teoría del genio en Kant y las complementa en determinados aspectos esenciales. El artista, en virtud de su fantasía, es capaz de comunicar al hombre una comprensión de lo suprasensible. El momento decisivo en este procedimiento es, según Jean Paul, que la persona misma del artista debe convertirse para el hermeneuta en un signo de esta esfera intangible. El artista se convierte en la comunicación misma. En la obra de arte nos imaginamos el alma del artista y, con esto, su relación a un nivel (mundo) suprasensible generado por su talento en la creación.

d) En la última parte resumiremos los resultados de las investigaciones anteriores y los relacionaremos con el contexto actual. En la obra del arte no se confirma la idea estética, sino que ella queda más bien sometida a un juego reconocido con la apariencia (Schein, Anschein) de nuestra imaginación. Lo que en verdad se confirma es, por lo tanto, la idea suprasensible de la libertad en torno al artista. La libertad y la ley moral son así el fundamento de la pretensión del hombre de vivir una vida digna de ser feliz. Por su parte, la libertad del arte, comunicada por el artista, es aquí la base de aquella pretensión del hombre de hacerse consciente de su sensatez a través del arte. El hombre es, pues, un ser racional-moral y un ser racional-artístico a la vez. Recién cuando asumimos los dos ámbitos en nuestra conciencia, podemos llegar a proyectar una imagen completa del hombre. El arte, por su parte, lleva al hombre a la apertura del mundo, es decir, el hombre sólo obtiene una imagen de su existencia sensata cuando su relación con el artista (y el arte) se eleva a la conciencia.

Al final de nuestro estudio se habrá mostrado que, a pesar de nuestra limitación respecto de las distintas formas del saber frente a un saber absoluto inalcanzable, somos igualmente capaces de llegar a un saber sobre nuestro destino humano gracias a nuestras facultades sensibles-racionales. Este saber no es, sin embargo, un saber absoluto en el sentido de conocimiento de la existencia de cosas en sí. El criterio principal consiste aquí en entender que el saber es un fenómeno comunicativo. En este sentido, el saber se deja describir solamente en la conciencia de aquello que no podemos saber. Por ello, también en el ámbito de los sentimientos podemos hablar de un saber, es decir, de formas del saber, cuando dichos sentimientos se dejan comunicar universalmente. La comunicabilidad universal de los estados del ánimo en Kant, sobre todo en el ámbito de los juicios estéticos y de las ideas estéticas, encuentra de esta manera su recepción y revalorización en las declaraciones de Jean Paul acerca de un realismo de los sentimientos que se manifiesta en la poesía.

Ahora bien, ¿cómo podemos describir y justificar la importancia de la temática de nuestra investigación? Los cotidianos malentendidos políticos y religiosos se basan esencialmente en el hecho de que quien juzga lo hace de manera egoísta y de modo prejuicioso. Un prejuicio egoísta se genera entonces cuando el propio juicio no es comprobado por el juicio del otro. El juzgador supone que él está en posesión de un saber que no debe ser modificado. Supone pues erróneamente estar en posesión del monopolio del saber. Y esto se puede ampliar también a un determinado grupo que enjuicia pensando que cuenta con un monopolio del saber, y que los otros, en cambio, se encuentran en el estado de una supuesta ignorancia (desconocimiento). Cuando, por ejemplo, un grupo argumenta a favor de la convicción de que hay razas humanas superiores e inferiores, y cuando esta convicción se cierra en contra de cualquier juicio que niega esta convicción, ello trae pues consecuencias irremediablemente fatales tal y como la historia nos ha enseñado. Y cuando, en el ámbito de las religiones, la creencia (la fe) se hace pasar por un saber, el que trata a las otras formas de creencia como ignorantes, y a los otros creyentes como no creyentes, entonces esto se convierte rápidamente en un tipo de dogmatismo o fundamentalismo de la creencia (de la fe), que obviamente puede tener consecuencias terribles. Por esa razón es tan importante aceptar y tomar conciencia de que no puede haber un saber absoluto entre hombres que son estéticamente diferentes.

Ahora bien, se podría criticar que esto podría conducir a un relativismo del saber. A ello se puede responder, con Kant, que nuestro enjuiciamiento, en tanto que acción práctica, debe seguir siempre a las leyes de nuestra razón práctica. La acción de amenazar, por convicción religiosa, a otros creyentes o no creyentes, no se puede convertir en una ley universal; mientras que la tolerancia y el respeto frente a aquellos que tienen otras creencias, corresponden de suyo a esta ley, y la expresan en efecto de modo adecuado. De esta forma resulta claro que la cultura política y los agentes políticos tienen que actuar en base a sus convicciones, vale decir, que podemos (y debemos) perfectamente defender nuestras convicciones subjetivas, y hacerlo de manera autónoma. Pero al mismo tiempo, debemos también indagar siempre y contrastar, además, aquellos juicios que son diferentes a los nuestros. Debemos estar dispuestos a cambiar ciertas convicciones en caso necesario, en la medida en que los juicios de los otros sean más acertados. Pero esto solamente es posible si respetamos la razón ajena, y si prestamos atención a su juicio. Debemos y podemos intentar, pues, convencer siempre al otro en base a nuestro horizonte del saber, pero también y en igual medida, tenemos que aceptar cuando nuestra intención de convencer a alguien falla. Debemos, pues, respetar al otro en su juicio, si acaso éste, por su parte, cumple también con las normas filosófico-morales. Esto tiene por efecto la exigencia de veracidad (Wahrhaftigkeit), en nuestro tener por verdad (Fürwahrhalten), es decir, el contenido de nuestra comunicación en forma de un juicio tiene que concordar con nuestro pensamiento, y nuestro hablar tiene que ser en este sentido además un prometer. Las máximas kantianas del juzgar contienen exactamente esto, a saber, primero debo generar un modo del tener por verdad desde mi propio pensar; después debo incluir en el proceso del juicio también al pensar del otro, para así, y en tercer lugar, intentar que mis juicios también puedan concordar con mi propio pensar. A este respecto, hay que tomar en cuenta, según Kant, “las siguientes máximas del entendimiento humano común (...): 1) pensar por uno mismo; 2) pensar poniéndose en el lugar de cualquier otro; 3) pensar siempre en concordancia con uno mismo”.4 Recién a partir de este triple paso es posible llegar a un juicio verdadero.

El respeto frente al otro encuentra su aplicación también en el juicio sobre lo bello. También en nuestros juicios del gusto deberíamos abstenernos de un egoísmo, el cual puede ser denominado un egoísmo de tipo estético. Es posible pensar que se trata, en nuestros juicios, del gusto generalmente de juicios puramente subjetivos, es decir, de juicios privados, y que por lo tanto una discusión acerca de los objetos bellos no sería posible. Pero Kant comprueba que estas formas del juicio concuerdan de hecho con una forma peculiar de la validez universal (Allgemeingültigkeit). Kant desarrolla así una teoría que suena un tanto paradójica. Se trata de la teoría de una validez universal subjetiva en base a la idea de un sentido común. Y aquí es importante entender que Kant, en la Analítica de los juicios estéticos, sí incluye a la naturaleza emocional del hombre en el proceso del saber. El sentimiento de la satisfacción es entonces generado en el juicio del gusto, y obtiene de esta forma una validez universal. Pero eso no significa que todos los que juzgan una cosa llegan al mismo juicio. Lo que uno encuentra como bello no necesariamente es enjuiciado de la misma forma por otro. Se puede debatir sobre el objeto del juicio del gusto precisamente porque está supuesta una validez universal del sentimiento en quien juzga. Si no fuera de este modo, entonces no se podría “pretender validez” en “la concordancia necesaria de otros con este juicio”.5 La discusión acerca de lo que es bello es en Kant el fundamento para que el hombre pueda “progresar y mejorar”. Y el egoísta estético es quien se opone justamente a dicho progreso:

“El egoísta estético es aquel al que le basta su propio gusto, por malo que los demás puedan encontrarlo o por mucho que puedan censurar o hasta burlarse de sus versos, cuadros, música etc. Este egoísta se priva a sí mismo de progresar y mejorar aislándose con su propio juicio, aplaudiéndose a sí mismo y buscando sólo en sí la piedra de toque de lo bello en el arte”.6

Además de los mencionados egoísmos lógicos y estéticos también debe ser evitado el egoísmo de tipo moral en el ámbito de la razón práctica. Tal egoísmo es caracterizado por el hecho de que reduce “todos los fines a sí mismo, [y] no ve más utilidad que la que hay en lo que le es útil, y [lo que] pone meramente en la utilidad y en la propia felicidad”. Este egoísmo es propio de “quien llega a no tener ninguna piedra de toque del deber, el cual ha de ser absolutamente un principio de validez universal”.7

En el contexto de los posibles egoísmos, la exigencia de Kant es que debemos actuar siempre y en todo de forma pluralista. El pluralismo es, pues, “aquel modo de pensar que consiste en no considerarse ni conducirse como encerrado en el propio sí mismo al mundo entero, sino [que] como un simple ciudadano del mundo”.8 Esta exigencia de una orientación pluralista del hombre se vincula estrechamente con la oportunidad de hacerse consciente de las limitaciones y posibilidades del saber. Solamente cuando incluimos en nuestro propio enjuiciamiento el propio y el ajeno “tener algo por verdadero”, podemos entonces evitar los egoísmos que pueden convertirse en una forma de dogmatismo o fundamentalismo. La comprensión de los límites del saber de nosotros y de los otros en cada juicio debe convertirse así en una máxima moral.

Por otra parte, la actualidad de Jean Paul se halla, según nuestra convicción, en su reconocimiento del humor como una disposición universal y fundamental del hombre. La incongruencia y lo insensato, aquello que es la base de una situación cómica, son generalizados y son entendidos de esta manera como una caracterización básica de la esencia sensible-racional del hombre. A través de la universalización del juicio de humor se establece una forma de igualdad entre los hombres. El humor es, de esta forma, democrático por naturaleza, y es con ello la expresión de un derecho humano que indica la posibilidad de liberarnos, por lo menos temporalmente, de la comprensión de la propia finitud y la tontería (Torheit). A través de la universalización en la forma de la idea estética de la poesía, la finitud es por tanto convertida en algo infinito y abre un contacto con algo suprasensible.

Ahora bien, para Kant el hombre es entendido como un ser racional-moral que debe ser “mesurado” en todas las relaciones vitales, debido a la pretensión universal de la moralidad. Esto también tiene consecuencias para el aspecto de la comunicabilidad universal, pues en los ámbitos en los que, en base a la filosofía crítica, tenemos que decir directamente que se trata de juicios estrictamente subjetivos. La comunicabilidad universal se obtiene por el hecho de que dicho juicio se encuentra en relación estrecha con la razón práctica, es decir, con la libertad, la ley moral y el respeto. Así es, por ejemplo, en el ámbito de los juicios estéticos sobre lo sublime. El juicio sobre lo sublime no está sujeto a un sentido común, tal y como lo es en el caso, por ejemplo, del juicio del gusto. Pero ya que el sentimiento del placer crece dentro de lo sublime en base a la conciencia del hombre de ser un ente racional; y porque la libertad y la moralidad son necesarias y universalmente válidas, podemos presuponer en este camino la comunicabilidad universal de lo sublime. A lo bello está sujeto, como se ha mencionado, un sentido común que nos permite esperar la validez universal de dicho juicio en todos los hombres. Más allá de esto, lo bello en Kant está relacionado siempre con la filosofía práctica. La belleza es descrita en la Crítica del discernimiento como un símbolo de lo moralmente bueno. Gracias a esta conexión de lo estético y la moral es posible fundamentar la validez universal de los juicios estéticos. En el ámbito de las ideas de la razón y al interior de su teoría del conocimiento, Kant llega al resultado de que en estricto rigor no podemos saber nada de Dios, la inmortalidad y el alma, a causa de una falta de relación con la sensibilidad. Aquí no existe, por lo tanto, ninguna posibilidad de comunicabilidad universalmente válida. Este tipo de juicios son así pura especulación. En el ámbito de la razón práctica, sin embargo, tenemos que atribuir absolutamente una cierta pretensión de saber a las ideas de Dios, la inmortalidad y el alma, para poder comprender al hombre como ente moral. La forma de exhibición de dichas ideas, sin embargo, sólo puede realizarse en base a los rendimientos de una transmisión de tipo análoga. Hablamos en este ámbito de una comunicabilidad universal, y entonces es preciso hablar aquí de la comunicabilidad universal de las analogías. Semejante comunicabilidad universal se basa sobre todo en la aplicación del lenguaje. Esta comprensión es válida también para Jean Paul, quien discute, de hecho, un posible acceso al saber de las ideas trascendentales tomando como base la calidad metafórica del lenguaje.

Un especial punto de unión entre Kant y Jean Paul se da en el ámbito de los sentimientos comunicables, es decir, en el ámbito de los estados del ánimo (Gemütsstimmungen). Kant descubre en el ámbito de los juicios estéticos, y de los sentimientos que se generan en base a estos juicios, una condición que hace posible objetivarlos y generalizarlos. Jean Paul, por su parte, llega, dentro de sus reflexiones estéticas, a la concepción de una “síntesis orgánica” (organische Synthese), y de un “realismo de los sentimientos” (Realismus der Gefühle), como precondición de la comunicabilidad de los sentimientos causados por los juicios estéticos dentro de la poesía. En la revalorización del sentimiento en el proceso del saber dentro de la constitución estética del hombre, encontramos un claro paralelismo entre nuestros dos pensadores.

Después de la revolución de la manera de pensar en Kant ya no es posible volver a hablar más de un saber absoluto del hombre. El hombre, también en su facultad de saber, aparece como un ciudadano de dos mundos. La razón humana lo tiene como una particularidad en la que es posible la especulación, y puede de este modo poner a la vista un conocimiento por encima de las capacidades humanas. A la vez, el pensador crítico debe tener conciencia de que este saber es solamente un saber ilusorio, porque las ideas no tienen relación alguna con la sensibilidad. La razón, por consiguiente, tiene que ponerse en relación consigo misma. Ella misma tiene que reconocerse como la causante de su propio arte de persuasión, y tiene que distinguir estrictamente el límite entre lo que se puede saber (y conocer), y lo meramente especulativo. Especular no está, por lo tanto, prohibido, pero tampoco puede servir como base de la certeza. En el ámbito del arte, por ejemplo, el juego con la apariencia (la ilusión, [Schein]) es parte crucial de la propia determinación esencial del arte. En este juego, no obstante, la apariencia aparece en forma abierta.

La filosofía de Kant y de Jean Paul se comprometen, al fin y al cabo, con un pensar de la diferencia. Se trata entonces de un pensar de la limitación, de los puntos de vista y de los distintos horizontes del saber de los individuos. Es verdad que en el nivel trascendental se puede decir sin duda que la comunicabilidad es un principio trascendental, pues, de lo contrario, no habría ningún tipo de comunicación. Pero la comunicación no significa, en el nivel antropológico, que necesariamente se realiza una comunicación efectiva. Y esto es lo que experimentamos cada día, lo que vivimos de hecho en un mundo donde falta la comprensión y abunda el malentendido. En este nivel, la comunicabilidad depende del respectivo modo de tener algo por verdadero (Modus des Fürwahrhaltens). El saber es un modo de tener algo por verdadero, equivalente a los modos del opinar y del creer. Esto, para Kant, ya tiene consecuencias filosófico-morales, pues lleva a la exigencia de respetar siempre el juicio del otro, que probablemente juzga desde un modo de tener por verdad diferente al de nosotros. Para Jean Paul se hace posible, de este modo, el acceso para poder enfrentar la falta de comprensión y la incongruencia en el mundo a través del humor. El humor descubre en este sentido las “tonterías” del hombre y las generaliza. El sentimiento que se constituye en el humor es parecido al sentimiento del respeto, y garantiza por ello la comunicabilidad universal de los juicios sobre el humor.

La posición de Jean Paul es interesante en este contexto, porque, por un lado, se opone a la filosofía trascendental de Kant en forma meta-crítica, y, por otro, comparte sin embargo el resultado kantiano de una diferencia inderogable en el nivel epistemológico. Jean Paul no es entonces un defensor de una respuesta idealista en forma especulativa frente al programa filosófico de Kant. Pero es igualmente notable que en el nivel antropológico, y en la forma de su teoría de la poesía, del humor y de su concepción de un “realismo del sentimiento”, Jean Paul llegue a posibles respuestas en torno a la pregunta acerca de las maneras de enfrentar la diferencia que establece la filosofía trascendental. Se trata de respuestas respecto de cómo es posible soportar y aceptar dicha diferencia por lo menos temporalmente. Jean Paul presenta esta superación a través de la poesía.

Jean Paul no es por lo tanto aquel tipo de racionalista que cree poder comprobar a Dios por el camino de la razón. Él es más bien un realista, y su realismo es de tipo optimista. Es un realista de los sentimientos. Esto lo aprendió de Jacobi (ver capítulo 2.9). Sin embargo, durante toda su creación poético-filosófica, estuvo siempre en constante discusión con Kant, preocupado específicamente de la problemática del conocimiento de las cosas trascendentales. Tal y como Kant, él también llega a la conclusión de que un conocimiento directo y absoluto de dichas cosas es imposible en base a una pura reflexión intelectual. Si somos, según Kant, seres con una visión general limitada, teniendo que vivir con conciencia de constantes contradicciones, incongruencias y con conciencia de finitud, en Jean Paul encontramos justamente una teoría de aquellas contradicciones en base a otra teoría acerca de lo cómico y del humor. Éste será, por lo tanto, el centro conceptual de nuestro trabajo. Un criterio fundamental en este contexto es por ello la comunicabilidad universal de nuestros juicios.

Puestas las cosas de este modo, el presente trabajo se preocupará, por un lado, de la temática lingüístico-filosófica de la comunicabilidad universal dentro de la filosofía trascendental y de la antropología de Kant, y por otro lado, de la respuesta de Jean Paul frente a esta concepción; una respuesta que ciertamente es motivada desde una perspectiva lingüístico-filosófica. La filosofía trascendental se despide, sin duda, de la posibilidad de un saber absoluto como la tradición metafísica todavía lo planteaba (ver capítulo 2.11). El saber es dado, según ella, solamente en distintas formas del saber. Una investigación acerca de la concepción de la comunicabilidad dentro de estas formas del saber debe mostrar, en un primer paso, en qué consiste la diferencia revolucionaria de Kant en oposición al pensamiento de la tradición, para así poder descubrir, en un segundo paso, aquellas formas del saber en Kant y cuáles son los criterios para poder hablar realmente de un saber.

Al final de las presentes declaraciones introductorias debemos decir que el método y el contenido de nuestra investigación coinciden en parte, en el sentido en que entendemos las obras filosóficas interpretadas, esto es, precisamente como obras de una razón ajena. La razón ajena siempre está puesta en una diferencia estética frente a la razón propia del intérprete. En virtud de esta diferencia estética, el intérprete de una obra filosófica no puede anticipar el punto de vista del autor: “Ninguna interpretación puede exigir que un autor deba ser entendido necesariamente de tal forma como ella lo entiende, sino solamente, que el autor puede ser entendido así, o que él, bajo ciertos criterios, debe ser entendido mejor así”.9 En torno a un supuesto reproche, en este contexto, sobre un posible razonamiento arbitrario es posible responder que el intento de comprensión de los textos interpretados siempre debe ser vinculado con la exigencia de un interés práctico, cuestión que corresponde de modo general con el programa de Kant acerca de un mejoramiento de las condiciones del ser humano. En ello hay que considerar, en palabras de Josef Simon, que “cada interpretación se distingue del texto que la interpreta. Ella transmite los signos del texto, a su manera, de otros signos, y ninguna puede exigir haber sido la última”.10

PARTE 1

SABER Y COMUNICABILIDAD:

El saber y la función de la comunicación en el contexto histórico

1. Introducción

Según Aristóteles, el hombre aspira por naturaleza al saber.11 Immanuel Kant agrega que la aspiración al saber se expresa en una “inclinación a juzgar”, es decir, en una necesidad de comunicarse. En una tradición socrática, el filósofo de Königsberg sigue la comprensión de un saber del no-saber. Un saber absoluto, como lo presupone la tradición metafísica antes de Kant, con Kant ya no es más accesible. Esto describe su programa trascendental según el cual nuestro conocimiento no se refiere a las cosas en sí, sino solamente a las cosas tal y como ellas aparecen. De Dios, la inmortalidad y el alma no podemos saber nada porque estas ideas trascendentales no están en ninguna relación con la intuición y la sensibilidad. En el ámbito de los juicios pragmáticos, en tanto que seres sensibles-racionales, y a causa de nuestra limitación estética, estamos pues siempre expuestos al error. Este error, sin embargo, no es causado por nuestra ignorancia. El error es causado más bien por no considerar a la sensibilidad, es decir, a la limitación estética en nuestros juicios.

“Bien es verdad que la naturaleza nos ha negado muchos conocimientos, ella nos deja en ignorancia sobre muchas cosas, pero ella no es la causa del error. A ello nos induce nuestra inclinación a juzgar y decidir, también ahí donde, por causa de nuestra limitación, no somos capaces de juzgar y decidir”.12

La fuente del error radica entonces en que no se nota la influencia de la sensibilidad sobre nuestros juicios o no se reflexiona en torno a ella. Por causa de la influencia de la sensibilidad consideramos, pues, “razones meramente subjetivas por objetivas”, y confundimos “la mera apariencia de la verdad con la verdad misma”.13 A partir de ello se genera para Kant la exigencia moral-filosófica de juzgar solamente cuando es necesario, cuestión a la que el sujeto es llamado a estar atento por la limitación estética en cada expresión de sus juicios. Después de la revolución de la manera de pensar de Kant, que también significa un giro en el ámbito de la posibilidad del saber, hay que considerar consiguientemente desde el principio dos aspectos fundamentales: por un lado, tenemos que aceptar que nuestros conocimientos y nuestro saber generalmente son limitados. No podemos saber todo. Por otro lado, a causa de nuestra limitación estética y de la diferencia estética entre nosotros, tenemos que tomar en cuenta que siempre debemos revisar nuestros juicios y dejar que sean revisados y juzgados por otros para evitar posibles errores. Esta exigencia (demanda), tal es nuestra tesis, ya no puede ser expresada frente a un supuesto saber absoluto o saber de lo absoluto, sino solamente en el ámbito de las formas del saber, cuestión que pone en el centro de la atención la problemática de la comunicación de un posible saber. Para llegar a una definición acerca de qué se trata cuando hablamos de formas del saber y para aclarar la importancia de la comunicabilidad y de la comunicación de dichas formas, queremos, en un primer paso, tematizar el problema de la comunicabilidad del saber en un contexto histórico-filosófico. Sobre esta base la posición kantiana podrá ser entendida de mejor manera.

2. La comunicabilidad del saber y el lenguaje de la filosofía

Si partimos desde la historia lingüística (semántica) alemana de las palabras comunicabilidad (Mitteilbarkeit) y comunicación (Mitteilung), entonces es cierto que se trata de determinaciones más bien nuevas en el marco del pensamiento filosófico. Pero si partimos de aquello para lo cual el concepto de la comunicabilidad es un signo, a saber, la transmisión de verdades y realidades, entonces lo cierto es que esta problemática se deja observar ya desde el principio de la filosofía. Kant fue probablemente el primer pensador que asignó una posición y función cognoscitiva relevante a los conceptos alemanes de Mitteilbarkeit y Mitteilung.14 La importancia de la función descriptiva y de la función comunicativa del lenguaje, sin embargo, es retomada en la discusión filosófica mucho antes de Kant. Y esto es muy natural, pues la filosofía se expresa siempre en la forma de la palabra o la escritura. Y porque los documentos históricos existen solamente en forma escrita, y no podemos consultar al autor, surge debido a ello, según Josef Simon, la pregunta acerca de “cómo repercute el lenguaje histórico en el esfuerzo (empeño) de formular conocimientos universales e intemporales, o de decir ‘la’ verdad”. Brota así en especial el siguiente problema, a saber, “cómo se relaciona el pensar con su comunicabilidad lingüística”.15 Este planteamiento, según Simon, es tan antiguo como la historia de la filosofía misma y habría empezado, dentro de la historia de la filosofía europea ya con Parménides y Platón, quienes se habían preguntado, “si [acaso] el pensar sea algo esotérico, una cosa de pocos que se había dejado comunicar solamente de una manera desfigurada y superficial, (…) o si consistiría en una capacidad del entendimiento de todos”.16 Formulado en otras palabras: El tema esencial es aquí si la ciencia necesita hechos empíricos para sus conocimientos, o si las certezas filosófico-científicas se fundan más bien en contextos formales de conceptos y enunciados. Si Parménides, por ejemplo, fija la certeza absoluta de algo exclusivamente en la correspondencia lógica de conceptos, independiente de los hechos empíricos, entonces esto trae consigo una importancia fundamental para el lenguaje de la filosofía y para la conexión entre el pensar y la comunicabilidad lingüística, pues, para esto, la deducción racional de la verdad y el saber necesita de un lenguaje que se eleve por sobre aquello que hoy denominamos como lenguaje coloquial (Umgangssprache). El pensar lógico-formal opera con estructuras para las cuales hay que construir explícitamente una cierta terminología y leyes propias del lenguaje. Si pensamos por ejemplo en el concepto ἰδέα de Platón o οὐσíα de Aristóteles, se confirma rápidamente lo anteriormente dicho. Muy temprano en la historia del pensar nos encontramos con la diferencia entre racionalismo y empirismo. En sentido lingüístico-filosófico nos enfrentamos además con la pregunta de si un conocimiento (o un saber) absoluto se vincula con un pensar que opera independiente de condiciones temporales, o si este pensar no siempre está sujeto a un uso normal que depende de cuestiones históricas, y opera por fuera de una construcción lingüística propia. En este contexto, Simon presenta a Parménides como un defensor de la variante puramente racionalista. En el camino del pensar del filósofo presocrático fue necesaria la creación de un lenguaje que se presentara como “lenguaje puro de la verdad”.17 Con ello el pensar es entendido como un pensar auto-productivo que es capaz de construir estructuras lingüísticas y términos que permiten acercarse a la verdad y el saber. Al mismo tiempo, este planteamiento excluye la opción de que el uso coloquial del lenguaje permita tal acceso. Con la creación de un lenguaje puro del pensar, el pensar recién se destaca como un pensar verdadero: “La filosofía no sería, entonces, el simple ejercicio de una capacidad universal del pensar, sino la ciencia que confirma en primer lugar el pensar verdadero, y sobre su fundamento, sería recién posible una ciencia especial”.18 Si se piensa, al contrario, que la construcción de un lenguaje puro, liberado del uso coloquial del lenguaje, no es posible, entonces quedan solamente dos posibilidades: O hay que construir un lenguaje puro que considera este aspecto de una inseparabilidad del lenguaje familiar, o se exige la posibilidad de expresar verdades intemporales en base al lenguaje históricamente dado.

La filosofía europea habría empezado, según Simon, con la construcción de un “lenguaje filosófico especial en el que el pensar creía poder expresarse adecuadamente”.19 Para el aspecto de la comunicabilidad en la tradición filosófica occidental esto significa que debería ser posible llegar a un saber absoluto a través de la construcción de un lenguaje puro. La historia de la filosofía, se puede así concluir, sería el intento de afinar y perfeccionar más y más este lenguaje construido, cuestión que por cierto trae consigo el consecuente alejamiento del lenguaje familiar.

3. El saber esotérico en Platón

En este punto será examinada la problemática de la comunicabilidad de los conocimientos y del saber en base a un ejemplo prominente para después poder comprender mejor la posición decisiva para nuestro estudio de Immanuel Kant al respecto. En relación al aspecto de la comunicabilidad podemos descubrir en la filosofía tardía de Platón una posición más bien escéptica. El diálogo tardío Fedro y la séptima carta contienen este escepticismo acerca de la posibilidad de la comunicación de la verdad y del saber. En el Fedro, el Dios Theut ofrece al faraón egipcio Thamus el arte de las letras, para así, como lo dice Theut, hacer al pueblo egipcio “más sabio” y “más memorioso”. Pues la escritura había sido inventada “como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”.20 El faraón responde no obstante que esta inversión de las letras provocaría justamente lo contrario, “porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprenden”.21 Pues si se confiase únicamente en la escritura, entonces se trataría solamente de un “recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, (…)”. No se trataría entonces de un recuerdo “por sí mismo”, sino que sería “un simple recordatorio”.22 Así la memoria llevaría únicamente a un “reflejo” de la sabiduría, en el cual no se reconoce la cosa misma. Frente al discurso muerto que es representado por la escritura y en el que, tal y como en la pintura, no se responden preguntas y tampoco es posible defenderse contra un mal uso e interpretaciones erróneas, se encontraría la forma comunicativa de “el que sabe (…) el discurso lleno de vida y de alma”.23 Y así la escritura no sirve tampoco para una comunicación adecuada de un asunto del conocimiento, sino que sólo para la memoria cuando uno se hace olvidadizo en la vejez. Teniendo esto en cuenta, Platón llega a la conclusión de que la sabiduría consta de la capacidad de poder defenderse adecuadamente en el discurso oral. Esto es una indicación del carácter provisional del saber, ya que el único sabio de verdad sería Dios, y aquellos que redactan algo escrito, son en el mejor de los casos poetas y personas que escriben discursos o autores de leyes.24

También en su séptima carta, supuesta su autenticidad, Platón tematiza la falta de credibilidad de un saber que se manifiesta a través de la escritura. Platón ahí reprocha a aquellos receptores que no han entendido nada de su doctrina:

“En todo caso, al menos puedo decir lo siguiente a propósito de todos los que han escrito y escribirán y pretenden ser competentes en las materias por las que yo me intereso, o porque recibieron mis enseñanzas o de otros o porque descubrieron personalmente: en mi opinión, es imposible que hayan comprendido nada de la materia. Desde luego, no hay ni habrá una obra mía que trate de estos temas”.25

Debido a que no hay una base universal del conocimiento, del entendimiento y del saber, Platón aclara a continuación que, dado el caso, entonces su doctrina solamente puede ser entendida por “unos pocos que están capacitados para descubrir la verdad”.26 En general habría para cada verdad que es expresada por la escritura, “un argumento serio que se opone”.27 Platón desarrolla sobre esta base un modelo gradual del conocimiento. Su pretensión con esto fue poder indicar la razón por la cual las consideraciones filosóficas no se dejan exhibir adecuadamente. Para un completo conocimiento espiritual de una cosa hay que considerar cinco elementos: “El primer elemento es el nombre, el segundo es la definición, el tercero, la imagen, el cuarto, el conocimiento”.28 El quinto elemento es el conocimiento racional de la verdadera imagen originaria (la idea) de la cosa. Ahora bien, para gozar del quinto elemento, es necesario haber recorrido los primeros cuatro elementos. Pero para llegar al quinto elemento no se necesita de ningún medio lingüístico, porque este elemento no es comunicable. Aquel que no tiene la capacidad de reconocer la idea de un círculo, del círculo originario, por así decir, no puede ser conducido hacia esta idea ni por medios escritos ni por medios lingüísticos. La escritura y el lenguaje, tal es el resumen de su doctrina, son inadecuados para poder llegar al conocimiento. El lenguaje, entonces, para Platón ni es útil como un medio del conocimiento ni como un medio de la comunicación. El camino hacia un entero conocimiento espiritual se realiza más bien a través de una visión de las ideas (Ideenschau). Esta forma del conocimiento es, sin embargo, independiente del lenguaje y, por consiguiente, no es comunicable. Así, el pensar en Platón “se deja comunicar solamente de una manera superficial y desfigurada”.29 No se puede hablar por tanto de una capacidad universal del entendimiento. Sabiduría y ciencia quedan reservados al círculo íntimo de los filósofos.

En el diálogo República, Platón describe este estatus elitista de los filósofos. Son ellos quienes protegen y cuidan el verdadero conocimiento intemporal frente a los “ciegos”, quienes son “privados del conocimiento”, porque “no tienen en el alma un paradigma manifiesto, ni son capaces, (…) de dirigir la mirada hacia lo más verdadero (…)”.30 Los filósofos, al contrario, obtienen ambas capacidades. Ellos reconocen las cosas como son, y se destacan además en los ámbitos de la experiencia y la práctica. Los filósofos tienen conocimientos de “aquel estudio que les hace patente la realidad siempre existente y que no deambula sometida a la generación y a la corrupción”.31 Ellos obtienen “un alma que haya de suspirar siempre por la totalidad íntegra de lo divino y lo humano”, y su espíritu corresponde a la “contemplación sublime del tiempo todo y de toda la realidad”.32 Pero estos pocos elegidos siempre están en oposición a la multitud que los critica.33 Visto desde esta perspectiva, el lenguaje en Platón, es de hecho algo esotérico. A través del lenguaje disponible en su uso cotidiano, las cosas verdaderas del pensar no son comunicables. La comunicabilidad del saber es reservada a un ámbito de elite.

4. Lenguaje artificial o lenguaje coloquial: La posición kantiana en base a la disputa en torno a los universales

Ahora bien, según Josef Simon, en la observación del lenguaje de la actualidad se plantea la pregunta si el pensar “puede separarse de las condiciones temporales con las cuales es conectado por el lenguaje históricamente disponible, denominado lenguaje familiar”.34 Si inevitablemente se partiera de un pensar que no pudiera separarse del lenguaje coloquial, entonces se debería desistir de la exigencia de “resultados intemporales e incondicionalmente válidos (…) en el concepto de la verdad”. Pero si éste fuese posible de separar, se podría en cambio plantear la pregunta por la estructura de un lenguaje que el pensar construye de acuerdo a sus fines: “Pues solamente a través de la construcción de un propio lenguaje [el pensar] se dejaría exhibir como él mismo, en disociación al pensar habitual”.35 De esta forma, si por un lado existe un lenguaje artificial del pensar y, por otro lado, también un así denominado lenguaje familiar, entonces naturalmente hay que preguntar por el contenido de verdad de los dos. El lenguaje artificial hubiera sido elaborado de esta manera con la exigencia de posibilitar un acceso exclusivo a la verdad. Entonces el lenguaje familiar habría de ser visto como un medio insuficiente, al igual que el mundo de la doxa caracterizado por Platón. Se plantearía con ello, al final, la pregunta de si pertenece de hecho al ámbito de lo posible el “que el pensar, más allá de su sujeción al lenguaje histórico, pueda entenderse como una facultad de la verdad y pueda encontrar un correspondiente concepto de sí mismo y un autoconocimiento”.36 En base a esto podemos ahora preguntar por la posición de Kant respecto a la pregunta por una necesaria construcción filosófica del lenguaje como predisposición de la comunicabilidad, la cual queda opuesta a la posibilidad de una comunicación cotidiana del saber.37 Un esbozo de las reflexiones kantianas aparece muy bien descrito en el contexto que habitualmente se denomina en la literatura como la disputa en torno a los universales (Universalienstreit).38

En este marco, un problema fundamental en la filosofía del lenguaje se relaciona con aquello que Josef Simon denomina la “crisis nominalista”39 y que se halla en estrecha relación con la disputa acerca de los universales, que, por cierto, es una de las temáticas más discutidas dentro de la historia de la filosofía. Simon nos explica que por “universalia” se entienden conceptos universales como el hombre, el animal, lo bueno, lo bello, etc. Aquellos pensadores que se entienden, en este contexto, como nominalistas, dicen que no es posible atribuir a estos universalia una existencia independiente de una estructura lingüística. Fuera del lenguaje no se puede determinar lo que son los universales. Pero si a los universalia se les priva de su existencia, entonces también las oraciones enunciativas, como, p. ej., “Sócrates es un hombre”, pierden su fundamento ontológico. Como ontológicamente existente quedaría entonces solamente el nombre de Sócrates. En el nominalismo radical, sin embargo, el nombre propio también es cuestionado, porque cuando se dice “Sócrates”, entonces se está diciendo todo lo que está relacionado histórica y temporalmente con Sócrates. En consecuencia, dado que en el nominalismo los conceptos universales no gozan de existencia, aquello que provoca que los enunciados sean afirmativos o negativos tiene, pues, que ser buscado fuera del lenguaje. Lo que hace que ciertos enunciados sean evaluados como verdaderos o falsos tiene entonces su causa más allá del lenguaje. Aquello que es enunciado, el sentido del enunciado, da así indicios de aquello que es exterior al lenguaje. Simon indica que se puede, con el filósofo Quine, denominar un estímulo (stimulation) a aquello que queda justamente fuera del lenguaje.40 Este estímulo sería lo no-nombrado, algo que nos lleva a afirmar o negar un enunciado. Tal nominalismo radical no permite una distinción entre juicios sintéticos y analíticos. Así es imposible determinar qué significado tiene un concepto a priori: “No se sabe a priori lo que alguien entiende bajo una expresión. Cuando alguien dice que solteros son solteros, también se puede suponer que él quiere comunicar algo y, por consiguiente, no ocupa la palabra ‘soltero’ en el sentido de que ‘estar soltero’ ya había estado incluido en esta palabra. Había construido [así] un juicio sintético”.41

Ahora bien, en la filosofía trascendental de Kant no se habla de estímulo, sino de la afección de los sentidos: “Todas las intuiciones, en cuanto sensibles, se basan en afecciones, mientras que los conceptos lo hacen en funciones”.42 Según lo anteriormente dicho, las palabras de afecciones son rechazadas por el nominalismo porque requieren un concepto universal. Teniendo en cuenta la crítica del nominalismo se debería presuponer, por lo tanto, solamente “algo”, “que nos induce a un juicio como afirmación o negación de un estado de cosas”.43 Simon pregunta a este respecto, a qué hay que referirse en la argumentación trascendental de Kant. Un “derecho a la verdad” tiene, según Kant, “formas de frases”. Hay que comprobar ahora que estas formas tienen una validez objetiva, bajo la meta de “que podamos decir que los contenidos de tales formas sean verdaderos o falsos, es decir, que ellas podrían ser verdaderas o falsas como condición de posibilidad de la experiencia”.44 Pero lo que se mantiene, tanto en la afirmación como en la negación, es la forma del juicio. Y en este contexto Kant habla de una “gramática trascendental”. Esta gramática trascendental es presupuesta en las condiciones de posibilidad de la experiencia. Los “criticados universales” son reemplazados en Kant por las formas, es decir, por funciones trascendentales. Estas formas siempre están supuestas en todos los juicios afirmativos y negativos. Y son estas formas trascendentales de la constitución de los juicios las que Kant determina como “conceptos del entendimiento” (Verstandesbegriffe) o “categorías”.45 Los conceptos empíricos se dejan construir, entonces, subjetivamente. Pero las categorías hay que verlas como universalia, y, por lo tanto, como conceptos universales, necesarios para la constitución de la objetividad. La posición de Kant parte consiguientemente de la convicción de que existe una fundamentalidad de la forma de la frase. Josef Simon refleja este mismo aspecto cuando dice:

“Cuando se quiere expresar en adelante en forma metafísica, se puede decir, [que] las frases simples no serían dentro de nuestra autoconciencia, según su forma, nuestra creación, sino [que estarían] previamente dadas como obra de un entendimiento arquetípico. Nuestra obra sería [así] únicamente la formación de frases compuestas a partir de dichas frases simples que tienen la forma universal: lo singular es algo universal, si uno sabe cuál universal lo es o no”.46

La “condición relacionada con la condición de la filosofía trascendental” es la suposición “de la idea de un entendimiento (arquetípico)”. El “pensar intuitivo” de este entendimiento arquetípico debe ser concebido como “completamente adecuado”. Desde esta perspectiva, aclara Simon, sí existe, entonces, un pensar absoluto según Kant. De esto se distingue, sin embargo, el entendimiento humano (discursivo), el cual permanece limitado por la influencia de la sensibilidad y, como lo mencionamos más arriba, queda siempre expuesto al error.47

En base a lo hasta ahora enunciado se vuelve claro que hay un cambio fundamental en la imagen de la metafísica en Kant, y con ello también de la comunicabilidad y la comunicación lingüística frente a una comprensión de la metafísica tradicional. Y con ello se vuelve clara también la necesidad de determinar el concepto de la comunicabilidad en un doble sentido, a saber, por una parte, en relación a las funciones universales del entendimiento como condición de posibilidad de la comunicabilidad, y, por otra parte, en relación al entendimiento humano discursivo. Y en el nivel de este entendimiento discursivo, en relación al saber, todo depende, en definitiva, del correspondiente tener algo por verdad (Fürwahrhalten). Esto será expuesto en el siguiente capítulo (ver capítulo 3.), en el contexto de nuestra definición de las formas del saber y de la comunicabilidad universal.

5. Locke y el problema de la comunicabilidad del saber

En el primer capítulo, De las palabras, o del lenguaje en general, del tercer libro de su Ensayo sobre el entendimiento humano, John Locke caracteriza al hombre como una creatura sociable-comunicativa. Locke habla de una “inclinación” y una “necesidad” que tiene el hombre “de tener buen trato con los de su propia especie”.48 Dios ha creado al hombre de acuerdo a la necesidad de formar una comunidad con sus congéneres. El vínculo entre los hombres se forma, a este respecto, en el lenguaje. Por naturaleza, entonces, el hombre tiene según Locke la capacidad de articular palabras para comunicarse. Los sonidos que el hombre es capaz de articular por naturaleza deben ser además entendidos como “signos de ideas”. Los sonidos son así, como signos de ideas, a la vez “señales de las ideas alojadas” en el hombre, “a fin de que éstas pudieran ser conocidas por otros hombres” y de esta forma “los pensamientos en las mentes de los hombres pudieran ser comunicados de unas mentes a otras”.49 Al principio del segundo capítulo, De la significación de las palabras, Locke habla explícitamente de las palabras como signos sensibles, los cuales son necesarios para la comunicación de las ideas.50 Locke opone en la primera parte de su ensayo un programa de la teoría del conocimiento que parte de las “ideas innatas”. Dicho programa se formula a partir del segundo libro del ensayo, en una teoría que parte de las “ideas simples” en nuestro conocimiento. Locke divide en este segundo libro de su ensayo las ideas en tipos y clases. Cuando el hombre percibe ideas simples, lo hace a causa de un “sentido exterior” o de un “sentido interior”. Cuando son comparadas y combinadas las ideas simples se producen de este modo ideas complejas, como por ejemplo ideas de la cantidad, conceptos éticos o también ideas de la relación y substancias. Determinadas ideas simples significan o algo singular o algo universal. Pero las ideas para Locke son al fin siempre algo singular, pues, lo que existe es para él algo de suyo singular. En el primer libro de su ensayo, Locke se preocupa de refutar el innatismo de las ideas. En el segundo libro presenta luego su propia doctrina de las ideas, para pasar a discutir en el cuarto libro preguntas de teoría del conocimiento y para poder reflexionar por esta vía sobre el saber y la verdad. La instancia decisiva de la mediación entre la doctrina de las ideas y la doctrina del conocimiento, entre el segundo y cuarto libro, lo constituye pues, la filosofía del lenguaje de Locke, la cual es desarrollada en el tercer libro en base a sus reflexiones acerca de las palabras. Sólo una vez aclarado el problema de la relación entre las palabras y las cosas, podemos esperar consideraciones confiables acerca de nuestros conocimientos. “El alcance y la certidumbre de nuestro conocimiento” está en “una conexión (…) estrecha con las palabras”. Sin una observación exhaustiva de “su fuerza y su manera de significar, muy poco sería lo que podría decirse con claridad y precisión acerca del conocimiento”.51 El tema de la comunicabilidad y de la comunicación del saber es pues ya para Locke un tema decisivo, el cual incluye tanto preguntas de la teoría del conocimiento como preguntas prácticas. Desde una perspectiva histórico-lingüística, Locke sigue la doctrina de la representación de Aristóteles consignada en la escritura del perì hermēneías. Aristóteles determina ahí al principio que el hombre tiene en su alma (psyché) reproducciones de las cosas. Estas reproducciones las denomina Aristóteles representaciones (pathémata). Signo de tales representaciones es aquí un sonido o una palabra (phoné). Este sonido o esta palabra es, por su parte, un signo (sýmbola) para una semejante representación. Las pathémata del alma son, para Aristóteles, en todos los hombres las mismas.52 Para Locke, estas representaciones siempre están vinculadas al hombre particular que ocupa los sonidos o palabras y que tiene, así, ideas simples o complejas. Las ideas del individuo no se dejan percibir por el otro, y se vuelven comunicables únicamente a través del lenguaje. Por eso, el lenguaje es dado al hombre como un “vínculo común de la sociedad”, y por eso “El hombre (…) tiene sus órganos de tal modo dispuestos naturalmente que está equipado para poder formar sonidos articulados, que llamamos palabras”.53

“Si es cierto que estas ideas complejas no son siempre copiadas de la naturaleza, de todas maneras siempre son adecuadas a los fines para los cuales se forjan las ideas abstractas, y aunque sean combinaciones hechas de ideas que son sueltas, y que, en sí mismas, tienen tan poca unión como muchas otras, a las cuales la mente nunca les presta una conexión que las combine en una sola idea, sin embargo, siempre se forman para las conveniencias de la comunicación, que es el fin principal del lenguaje”.54

Al lado de esta función de la comunicabilidad como “fin principal del lenguaje”, el lenguaje sirve además para la preservación (custodia) y la utilización interior de las representaciones.55 Las ideas para Locke son, en primera línea, de naturaleza privada, y este asunto lleva (tal como más tarde en Kant) a la pregunta por las condiciones de posibilidad de una comunicación sobre esta base de lo privado. Las ideas simples de Locke deben ser entendidas ahora en el sentido de las pathémata del espíritu en Aristóteles. Cuando se refieren a cualidades primarias de los objetos, las mismas son reproducidas de igual forma, es decir, en todos los hombres de la misma manera. Respecto de las ideas de cualidades secundarias, esta pregunta no es pertinente, porque Locke parte de la convicción de que ellas también son iguales para todos los hombres.56 En el ámbito de las ideas simples es suficiente entonces la referencia a los objetos públicos. Las palabras muestran en este sentido la misma cosa para diferentes personas. Pero cuál es el sentimiento que se conecta en la persona con la idea, es un asunto que no se puede saber a partir del otro. Cuando, entonces, una cosa es especificada como rojo, dos personas distintas reconocen de todas formas esta misma cosa como roja. La sensación (el sentimiento) que provoca este rojo no es transferible, de modo que se puede decir que este rojo es igual para todos. Un rojo en común, sin embargo, no existe, pero la comunicabilidad de las ideas simples queda con ello asegurada. Brandt / Klemme comentan:

“La comunicación de nuestras ideas simples (…) es, por lo tanto, posible sin problemas: En el caso de las cualidades primarias son, esto es cierto, privadas, pero en todos idénticas, y en el caso de cualidades secundarias, la composición no idéntica de los sentimientos es irrelevante para la comunicación porque ocupamos para ellos las mismas palabras como en el ámbito de los objetos”.57

Las ideas complejas se expresan, para Locke, en forma de modos, relaciones y substancias. De la substancia misma, sin embargo, no tenemos idea clara alguna. A una cosa pueden corresponder distintas ideas, pero porque se trata solamente de lo mismo, ella es unificada por nuestro entendimiento en un sujeto y es dada a conocer con un nombre. Por un descuido este sujeto es visto en sí mismo como idea y es además tratado en el lenguaje como expresión de una idea. Pero, hay que mencionar, que en el fondo se trata de una conexión de las demás ideas. A partir de este asunto, Locke aclara que no es posible imaginar “de qué manera puedan subsistir por sí mismas esas ideas simples”, ya que estamos acostumbrados a “suponer algún substratum”, del cual las ideas tienen su fondo y de donde ellas nacen, y que “llamamos substancia”.58

“(…) aunque la idea que tenemos de ambas no sea sino la complejidad o combinación de aquellas diversas ideas simples de las cualidades sensibles que habitualmente encontramos unidades en esas cosas llamadas caballo y piedra, sin embargo, porque no podemos concebir de qué manera puedan subsistir solas, ni la una en la otra, suponemos que existen y que están sostenidas en y por un sujeto que les sea común; cuyo soporte designamos con el nombre de substancia, si bien es seguro que no tenemos ninguna idea clara o distinta acerca de esa cosa que suponemos sea el soporte”.59

Las ideas de ciertas substancias son, por consiguiente, combinaciones de las ideas simples. La idea del sol, por ejemplo, es según lo planteado, “un agregado de las diversas ideas simples de luminoso, caliente, redondez, que tiene un movimiento constante y uniforme, a cierta distancia de nosotros, y quizás alguna otra más, según, quien haya pensado o discurrido sobre el sol, (…)”. Son “cualidades sensibles, ideas o propiedades”, aquellas que pertenecen a las substancias.60 Ya en Locke, entonces, la pregunta central en el ámbito de la comunicabilidad es por la posibilidad de generalizar ideas singulares (en el sentido de Kant como juicios subjetivos). Locke está consciente de que tenemos que partir por la ampliación del conocimiento de algo universal que pertenece a las ideas, aunque se constate, como punto de partida, que solamente algo individual tiene existencia. Brandt y Klemme comentan en este sentido que las “ideas universales normalmente designan más que un individuo sin hacerse por sí mismas universales. Lo universal es entendido, según Locke, como la creación artística de objetos”.61

En el tercer capítulo del tercer libro del ensayo de Locke, en el párrafo seis, cuyo título reza “Cómo se forjan las palabras generales”, se plantea la pregunta acerca de cómo podemos adquirir expresiones generales, aun cuando todas las cosas que existen son, en primer lugar, cosas particulares, es decir, que tienen individualidad en sí mismas. “¿Dónde es que encontramos esas naturalezas generales que se convierten en generales (…)?”.62 En este punto Locke se une a un grupo de pensadores del lenguaje, quienes atribuyen una función de signos a las expresiones: “Las palabras se convierten en generales al hacerse de ellas signos de ideas generales, (…)”. Las ideas, por su parte, se convierten en algo universal “cuando se les suprime las circunstancias de tiempo y de lugar y cualesquiera otras ideas que puedan determinarlas a tal o cual existencia particular”.63 Locke es un pensador del lenguaje que está consciente de su ambigüedad. La comunicabilidad de nuestros juicios en él se torna alrededor de un posible abuso del lenguaje que debe ser corregido. Una constante fuente de equívoco es, según nuestro filósofo, que los nombres son tratados como esencias reales. En efecto, el décimo capítulo del tercer libro del ensayo trata exclusivamente acerca “Del abuso de las palabras”, y exactamente en el primer párrafo de este capítulo, Locke dice que en el fondo se trata de un abuso de la comunicación:

“Aparte de la imperfección que naturalmente se halla en el lenguaje, y de la obscuridad y confusión que tan difícilmente puede evitarse en el uso de las palabras, hay ciertas faltas intencionales y negligencias voluntarias de que los hombres son culpables en esta manera de la comunicación, por las cuales hacen que esos signos sean aún menos claros y distintos en su significado de lo que tienen que ser”.64

Ya en Locke encontramos, pues, el problema de la claridad y la imprecisión de la comunicación de lo pensado y de los estados de las cosas. El filósofo especifica tres “fines del lenguaje” en nuestra comunicación con otros: “Primero, dar a conocer los pensamientos o ideas de un hombre a otro; segundo, hacerlo con la mayor facilidad y prontitud que sea posible, y tercero, transmitir el conocimiento de las cosas”.65 Si uno de estos fines es violado se trata o de un abuso del lenguaje o de que el lenguaje mismo es deficiente. En el primer caso, alguien no es capaz de transmitir sus ideas al otro. La causa de esta incapacidad es que los nombres se expresan por algo para lo que el orador no tiene una cierta idea en mente, y en este sentido, o el orador ocupa nombres universalmente conocidos para otras ideas, o la causa es un cambio irregular en el uso de los nombres como signos de las ideas. En el segundo caso, los hombres no son capaces de comunicar sus pensamientos con la velocidad necesaria, y esto ocurre porque se quiere comunicar ideas complejas para las que faltan los correspondientes nombres como signos. Esta carencia puede ser una carencia del lenguaje mismo cuando falta una palabra para un correspondiente significado, o se trata de una carencia en el hombre que todavía no ha aprendido el correspondiente nombre para una idea. En el tercer caso se ocupa de palabras que no coinciden con las cosas, de modo que no se puede constituir un conocimiento. Esta sería la causa de las ideas que no corresponden con la naturaleza de las cosas. Cuando el hombre ocupa dichas ideas insuficientes como signos de cosas realmente existentes, pero dichas cosas nunca llegan a una realidad o existencia, se produce un abuso del lenguaje. Cuando Kant habla de la imposibilidad de la exhibición de las ideas trascendentales, el filósofo de Königsberg expresa, dentro de su argumentación trascendental, algo muy parecido a lo que Locke señala en este punto.

Para Locke, el abuso del lenguaje tiene, aparte de consecuencias teoréticas en el conocimiento, también consecuencias prácticas, pues, cuando la comunicación en una comunidad no funciona, está en peligro la paz de dicha comunidad. El lenguaje es “el gran vínculo que mantiene unida la sociedad, y el conducto común por el cual se transmiten de hombre a hombre y de generación en generación los adelantos del conocimiento, (…)”. Por eso “es asunto que bien merece nuestra reflexión más seria el considerar qué remedios pueden hallarse a esos inconvenientes (…)”.66

¿Pero cómo es posible el buen destino de este remedio? En Kant, una de las tareas esenciales de quien juzga es, de ser posible, no expresar un juicio innecesario, sino que dejarlo más bien in suspenso.67 Locke dice que nunca deberíamos ocupar una palabra sin significado. El significado de una palabra debe ser claro y debe dirigirse, además, al uso coloquial del lenguaje. Si eso no es posible, hay que aclarar entonces el significado de la palabra. Si se trata de ideas simples, las palabras podrían ser determinadas según su existencia. Si se trata de substancias, hay que encontrar definiciones universalmente válidas. También la investigación de la naturaleza ayuda en la puntualización de los significados de las palabras. Locke imagina aquí desarrollar un diccionario que contenga dibujos explicativos. A este respecto, es importante recalcar que las declaraciones de Locke se refieren siempre al lenguaje natural, y que la búsqueda de los llamados remedios no es fácil, porque ya en Locke, y después también en Kant, los malentendidos y el abuso en el intercambio lingüístico es causado por la limitación de la visión general del hombre a partir de una tendencia simultánea y egocéntrica de los mismos: “No es tanta mi vanidad como para que alguien pueda pretender el intento de una reforma perfecta de los lenguajes del mundo, ni tan siquiera la del idioma de su propio país, sin incurrir en ridiculez”.68 No es esperable que todos los hombres lleguen a ocupar “ideas determinadas y uniformes”. Tampoco que los hombres hablen mucho o poco, dependiendo de si saben mucho o poco. Pero si uno se dirige hacia la filosofía, entendida como aspiración a la verdad, allí sí es muy necesario, según Locke, evitar “la obscuridad, (…) la dubitabilidad y (…) los equívocos”.69 Ya en Locke, como después en Kant, la prevención del malentendido y del abuso del lenguaje, únicamente es posible a través de una posición consciente del individuo sobre su actuar lingüístico. La causa principal de los errores es, según Locke, el mal uso de las palabras. Este mal uso es enfrentado constantemente y provoca la duda de “si el lenguaje, según ha sido empleado, ha contribuido más al adelantamiento o al estorbo del conocimiento del género humano”.70 Cuando, por ejemplo, “las ideas que les anexan son muy confusas o muy vacilantes, o quizá inexistentes”, no queda duda alguna de que las conclusiones y pensamientos morales “acaben en pura obscuridad y equívoco, sin mezcla alguna de claro juicio o conocimiento”.71 Las confusiones y la obscuridad pueden afectar tanto al individuo en su reflexión privada, que Locke llega incluso a hablar aquí de “meditaciones particulares” en su comunicación con los otros:

“Porque, como el lenguaje es el gran conducto por el cual los hombres transmiten, los unos a los otros, sus descubrimientos, sus raciocinios y sus conocimientos, quien haga de él un uso indebido, si bien no corrompe las fuentes del conocimiento, que están en las cosas mismas, sin embargo, logra, hasta donde él puede, romper u obstruccionar las vías por donde se distribuye el conocimiento para el uso y el bien públicos del género humano”.72

Incluso las ciencias están llenas de “términos obscuros o equívocos, y de expresiones sin significación”. Un problema de comunicación entre dos personas ocurre entonces cuando son confundidas las cosas con los nombres de las cosas: “Porque si no hay un acuerdo entre quien habla y quien escucha acerca de la idea significada por la palabra, el argumento no será sobre cosas, sino sobre nombres”. Y la consecuencia de ello es que “tantas veces cuantas aparezca entre ellos una palabra sobre la cual no hay acuerdo acerca de su significado, otras tantas ocurrirá que sus entendimientos no tienen por objeto otras cosas en que estén de acuerdo, sino meramente el sonido, puesto que las cosas de que piensan en ese momento, y que creen expresar por esa palabra, son algo muy diferente”.73 Locke plantea así la pregunta acerca de “si la mayor parte de las disputas en el mundo no son puramente verbales, y si no giran en torno al significado de las palabras”. Porque si se definiesen las expresiones de mejor forma y si las considerásemos como consecuencia de ideas simples, no habría entonces lugar para las denominadas disputas. El disputar en muchos casos no sería más que una “vana ostentación de sonidos”. Recién cuando todas sus expresiones se encuentren limpias “de toda ambigüedad y obscuridad” se podrá hablar de alguien como de un combatiente “del conocimiento, de la verdad y de la paz, y no […de un] esclavo de la vanagloria, de la ambición y de su capilla”.74

A continuación, Locke entrega un cierto catálogo de reglas para evitar las carencias y el mal uso del lenguaje.75 En primer lugar, uno no debería ocupar ninguna palabra sin tener claridad de su significación. Es decir, hay que estar consciente de la idea cuyo nombre ocupamos como su signo. Si esto no es tomado en consideración, podría ocurrir un uso vacío de las palabras como signos de las ideas, y es esto lo que hay que evitar. La condición para poder evitarlo es el hacerse consciente de lo mismo, esto es, que lo lingüístico debe ser elevado a la conciencia.76 Las palabras son entonces signos de las ideas. Si se ocupan ideas simples, entonces estas ideas deben ser “claras y distintas”. Si se trata de ideas complejas, son ellas mismas las que exigen una determinación exacta de las ideas particulares que constituyen las ideas complejas. Esto resulta muy necesario sobre todo en el caso de las palabras morales, ya que no existen objetos de ellas en la naturaleza, es decir, que no hay originales de la correspondiente idea. Por eso estas ideas tienden siempre a la confusión: “Justicia es una palabra que anda en boca de todos los hombres, pero comúnmente con una significación muy vaga e indeterminada; lo cual siempre será así, a menos que un hombre tenga en la mente una comprensión distinta de las partes componentes de que consiste esa idea compleja, (…)”.77 Más tarde Kant va a alegar razones para que la búsqueda de las supuestas ideas simples dentro de las ideas complejas sea, en el fondo, un proceso infinito, por cuanto nunca es posible alcanzar un concepto fijo que sea el último. Siempre hay algo que se deja ampliar en la determinación de nuestros conceptos, y por consiguiente en un momento debemos interrumpir este proceso cuando pensamos que podemos comunicarnos. Lo que damos a entender al otro, sin embargo, siempre queda incierto. Según Locke se debería, si es necesario, en cada momento tener claras todas las partes del nombre “justicia” como signo de la correspondiente idea. De no ser el caso, no deberíamos estar sorprendidos de que haya “mucha controversia en [las] conversaciones con los otros hombres”. Las ideas de las substancias tienen que, tal es otra regla de Locke, coincidir con las cosas: “Semejante exactitud es absolutamente necesaria en las investigaciones sobre conocimientos filosóficos, y en controversias acerca y en busca de la verdad”.78 Mientras en la vida cotidiana un lenguaje coloquial es suficiente y natural y, por ejemplo, los mercaderes, amantes y sastres “tienen palabras con que les basta para arreglárselas en sus asuntos ordinarios”, también los filósofos deberían tener sus propias palabras, “siempre que tengan el deseo de entender y de darse a entender con claridad”.79 Otra exigencia decisiva de Locke consiste en que la idea debe corresponder al uso coloquial del lenguaje. Pero si en el transcurso de nuestro progreso en el saber, son creadas nuevas expresiones, o si las expresiones ya conocidas son modificadas con nuevos significados, algo que en la filosofía ocurre frecuentemente, pero que ahora debe también ser referido al uso coloquial del lenguaje, entonces resulta oportuno explicar el sentido de dichas nuevas palabras, las cuales ya no existirían de esta forma en el uso normal del lenguaje. Hay que explicarlas entonces para evitar malentendidos y dudas. Si seguimos las reglas de Locke, al final, y esta es la convicción de nuestro filósofo, sería posible también poder llegar a un saber seguro en el ámbito de la moral: “Si se usan los nombres de las substancias como deben usarse en los discursos de orden moral, no pueden causar más desorden que en los discursos matemáticos”.80 Para poder tener una comprensión de la moral es necesario entonces definir exactamente las ideas morales. Únicamente a través de la definición se puede llegar a una claridad y seguridad moral, y la definición es así “la única manera por la cual puede conocerse el sentido preciso de las palabras morales, (…)”.81

Podemos resumir este apartado con la idea de que la comunicabilidad del saber que describiremos en nuestra investigación sobre Kant, ya se vislumbra en parte en John Locke. La dificultad de una adecuada comunicación es puesta en relación por el propio Locke mediante el conocimiento de la visión general limitada de quienes juzgan. En efecto, partes importantes de su ensayo se preocupan de hacer consciente el hecho de que en todos nuestros juicios no es posible partir de la idea de un saber absoluto. Lo que nos queda como seres sensibles-racionales es el intento de expresarnos y comunicarnos tan claro como sea posible. Esta exigencia es retomada después por Leibniz en su diferenciación entre una claridad obscura, clara y adecuada. Los pensamientos de Locke y Leibniz acerca de la posibilidad de la comunicación de un supuesto saber son retomados por Kant.

Sin duda, Kant fue influenciado por la filosofía del conocimiento y del lenguaje de John Locke. Varias menciones de reconocimiento, pero también críticas, a Locke en los escritos kantianos así lo testifican. Kant reconoce, por ejemplo, que Locke habría indicado que los conceptos se desarrollan por etapas desde una mera percepción hasta un concepto universal. Locke habría sido el primero en ver este proceso, dice Kant en su Crítica de la razón pura. Sin embargo, Locke se quedó en el nivel de la experiencia y no fue capaz de deducir los conceptos universales a priori, cuestión que para Kant era claramente un paso necesario de su argumentación trascendental. Los conceptos a priori son justamente para él independientes de la experiencia, necesarios a la vez para poder constituir aquella misma experiencia. La deducción de tales conceptos tiene que ser, entonces, una “deducción trascendental”. En este ámbito, Kant va por consiguiente más allá de Locke en la teoría del conocimiento.82 Locke había derivado los conceptos puros del entendimiento también de la experiencia, “con tal inconsecuencia que quiso obtener con ellos conocimientos que sobrepasan ampliamente todos los límites de la experiencia”.83

Recién Hume fue quien descubrió el origen a priori de los conceptos puros. Pero de la misma forma los había derivado otra vez de la experiencia. Hume llegó así al resultado de que es imposible “ir más allá de los límites de la experiencia, ni con esos conceptos, ni con los conocimientos científicos a priori que poseemos”.84 Bien es verdad que Hume entendía muy bien que para la razón a priori es imposible comprobar la conexión de causa y efecto, pero su conclusión de derivar de esto que la razón generalmente no contiene ninguna facultad para pensar estas conexiones, había sido más bien precipitada. Según Kant, el pensamiento en la metafísica siempre opera con conexiones a priori, no solamente en el caso de la causa y el efecto. Estos conceptos del entendimiento no se pueden derivar, como Hume lo proclamó, a través de la experiencia, sino que deben ser derivados a partir de un entendimiento puro. Estos conceptos puros del entendimiento se dejan clasificar, y Kant llega a su determinación a través de las categorías. El planteamiento empírico dentro de su filosofía trascendental se basa claramente en la influencia de Locke y Hume. Pero esto es solamente una perspectiva. A continuación, quisiéramos presentar a un pensador ícono del planteamiento racionalista en torno a la temática de la comunicabilidad en Kant, nos referimos a Gottfried Wilhelm Leibniz.

6. La respuesta de Leibniz a Locke

Leibniz concuerda con Descartes que hay conceptos originarios (Urbegriffe) que están sujetos al conocimiento. Con ello es posible hablar de realidades originarias que anidan en nuestra alma. El concepto originario de Dios, por ejemplo, es para Descartes en sí algo innato. Pero según Leibniz, tales conceptos originarios se generan a su vez como realidades originarias en la naturaleza del espíritu humano. No son por tanto entregados desde afuera, ya que «el afuera» no puede penetrar a las mónadas. El filósofo alemán Kuno Fischer comenta esta diferencia con las siguientes palabras: “Descartes explica los principios del conocimiento a partir de la fuerza de Dios que los ha implementado en el espíritu humano, Leibniz los explica desde la disposición del espíritu humano que está dada como una realidad originaria sin nuestra intervención”.85 Con esta comprensión, Leibniz representa una posición intermedia entre la filosofía dogmática y la filosofía crítica de Kant. En el dogmatismo, la idea de Dios es un producto de Dios mismo. En la filosofía crítica, en cambio, la idea de Dios es el producto de la autoconciencia del ser humano. Y para Leibniz la idea de Dios es ante todo el producto de la naturaleza del espíritu humano. Kuno Fischer lo resume del siguiente modo: “En la medida que explica el espíritu humano a partir de la naturaleza, su manera de representación aún consiste en el carácter naturalista de la filosofía dogmática; pero él forma el antecedente de la filosofía crítica, porque sólo en la esencia del ser humano descubre el fundamento del conocimiento”.86

Con estas reflexiones previas, es posible ahora acercarnos nuevamente a Locke. Como buen empirista, para él no existen ideas innatas de ningún tipo. El ser humano es por naturaleza un papel en blanco que se llena a lo largo de su vida gracias a sus experiencias. El espíritu obtiene en ello las representaciones de los sentidos desde afuera, y dado que toda obtención de impresiones exteriores presupone una esencia material, Locke llega a la conclusión que el alma del ser humano probablemente también consiste en una naturaleza corporal. La pregunta que se genera entre Descartes y Locke es por lo tanto la siguiente: ¿Si no hay representaciones conscientes, entonces no es posible afirmar la existencia de representaciones originarias en general? Por esta vía, el dilema entre el racionalismo y empirismo adquiere una forma más determinada, y a fin de cuentas es el propio Leibniz quien encuentra una salida a este dilema. Leibniz concede a Locke que un conocimiento es algo que se forma. Pero esto no significa que el conocimiento se genera únicamente a partir de la percepción sensible. También es verdad para él que el espíritu es una esencia originaria, tal y como Descartes lo ha declarado. El espíritu es por ello una esencia originaria que piensa y representa. En caso de rechazar este punto, se rechazaría al mismo tiempo la existencia del espíritu. Leibniz explica a este respecto los conocimientos del ser humano sobre la base de una cierta disposición espiritual y su consecuente desarrollo. Existen entonces distintos niveles de conciencia que se presentan a su vez en distintas variedades de claridad. La conciencia originaria en Leibniz se encuentra por ello en un constante desarrollo. El espíritu humano no es por lo mismo ni un papel en blanco ni un conocimiento consciente. El espíritu humano abarca en sí desde el inicio los principios de niveles más conscientes. El error tanto de Locke como de Descartes reside para Leibniz en el hecho de que ambos tomaron la representación y el saber como una unidad. Con la filosofía crítica de Kant veremos a lo largo de nuestro texto que las posiciones de Locke y Descartes quedan necesariamente puestas en cuestión. La posición de Leibniz será también modificada, pero esta vez de una manera en que los distintos niveles de la conciencia podrán efectivamente ser identificados como diversas formas del saber.

7. Leibniz y el problema de la claridad en el contexto del saber

Hemos visto con Josef Simon que para Kant la condición de la filosofía trascendental consiste en “la idea de un entendimiento (arquetípico)”, “cuyo (pensamiento intuitivo) es completamente adecuado”. La idea de una cosa es en este pensar “determinada completamente en todos sus predicados a la vez”. El entendimiento humano, al contrario, es visto por Kant como un entendimiento discursivo, y por tanto como un entendimiento que se constituye en distintas etapas.87 El pensar, concebido como el conocimiento a través de conceptos, es un conocimiento discursivo que está enfrentado a la intuición. El contraste entre algo intuitivo y algo discursivo se muestra en la relación entre el entendimiento y la sensibilidad. Esta suposición general tiene su origen para Kant en la teoría racionalista de Gottfried Wilhelm Leibniz. Observaremos ahora más en detalle de qué manera la teoría de Leibniz del concepto, el signo y la realidad hace valer su influencia en la filosofía trascendental. Nos enfocaremos, en este contexto, en el breve pero igualmente amplio escrito Meditaciones sobre el conocimiento, la verdad y las ideas de Leibniz.88 En continuidad con Descartes, Leibniz formula una teoría del conocimiento que distingue entre un conocimiento obscuro o confuso (cognitio obscura), un conocimiento claro (cognitio clara) y un conocimiento distinto (cognitio distincta).89 Si podemos diferenciar entre cosas que se dejan colocar bajo un concepto y cosas que no se dejan colocar bajo un concepto, entonces el conocimiento es más bien claro. En este caso es suficiente el concepto de una cualidad de una cosa para poder conocer en base a estas cualidades. Si podemos atribuir a una cosa tantas características como para poder llegar a distinguirla de otras cosas, entonces el conocimiento es de tipo “distinto”. En él son claras todas las características de la diferencia, y para este caso Leibniz también habla de una definición nominal. Lo contrario de ella sería de manera correspondiente un conocimiento confuso. Si todos los conceptos de un conocimiento distinto serían distintos por sí mismos, entonces este conocimiento sería según Leibniz un conocimiento adecuado (cognitio adaequata).90 En el contexto de tal conocimiento que normalmente no está al alcance de los hombres, la filosofía habla, en oposición a la definición nominal, de una definición real. La claridad del conocimiento se constituye en base a la posibilidad del reconocimiento (Wiedererkennung) de una cosa. La distinción se determina a través de la posibilidad de diferenciación de una cosa respecto de todas las demás cosas al interior de un sistema conceptual. Pero tal adecuación va por encima de lo humanamente posible, y únicamente en la matemática sería posible acercarse a ella, aunque Leibniz no establece límites exactos entre la distinción y la adecuación.

En el ámbito de la distinción, el hombre ocupa ahora determinadas palabras como signos que representan ciertas cosas. Este conocimiento de signos también es denominado por Leibniz como un conocimiento ciego o simbólico (cogitationem caecam vel etiam symbolicam).91 Con esta determinación de un conocimiento simbólico, Leibniz complementa la división tripartita del conocimiento de Descartes, en un conocimiento confuso, claro y distinto. Es el conocimiento simbólico el que permite “agregar un tipo del conocimiento humano a lo que no hace llegar la inmediatez de una mirada divina, pero que, no obstante, llega a resultados confiables”.92 Pero una adecuación completa no es posible porque nuestro pensar es un pensar momentáneo que necesita de una abreviación en el tiempo. En lugar de las ideas nos servimos entonces solamente de las palabras, “cuyo significado se presenta a la mente de manera oscura o, por lo menos, imperfecta”. Un conocimiento en base a las palabras es exactamente este conocimiento ciego o simbólico, “del que nos servimos en el álgebra y en la explicación, más aun, en casi todo”.93 Si se trata de un concepto muy compuesto, no seremos capaces de determinar todos los conceptos que caracterizan a dicho concepto compuesto. Pero si somos capaces de pensar un concepto con todos los conceptos que lo constituyen, entonces este conocimiento es, según Leibniz, un conocimiento intuitivo (cognitio intuitiva): “De una noción distinta primitiva no hay otro conocimiento que el intuitivo, así como de las nociones compuestas no hay, la mayoría de las veces, sino conocimiento simbólico”.94

¿Qué resulta de lo anteriormente descrito para el pensar lingüístico-filosófico? Simon indica que en las afirmaciones de Leibniz acerca de un conocimiento distinto y un conocimiento adecuado se encuentran reflexiones que influyen hasta el día de hoy en la discusión lingüístico-filosófica. A este respecto, Leibniz presenta una diferencia decisiva entre un pensar objetivo y un pensar de meras palabras. La diferencia consta de un grado de distinción:

“¡Palabras representan cosas, es decir, ellas son signos (y no meras cosas), porque su significado, entonces la realidad de la cosa, no es suficientemente explicada (distinta), o, porque no es visto como necesario por la posición de las cosas, porque la intención del conocimiento se dirige a algo diferente, o porque por la posición de las cosas es imposible. Una palabra es entonces, por así decirlo, per definitionem algo que (todavía) hay que explicar, es decir, algo que no es distinto!”.95

Para Leibniz esto tiene por consecuencia el hecho de que “suponemos falsamente que algunos términos, de los que nos servimos, ya los hemos explicado anteriormente”. No nos preocupamos entonces de una resolución suficiente de los conceptos y, por lo tanto, esto genera el peligro “que nos pasa inadvertida la contradicción que acaso encierra la noción compuesta”.96 De esta forma, seríamos capaces de distinguir todas las nociones involucradas de un concepto compuesto y complejo, y podríamos hablar de esta suerte de conceptos reales. Sin embargo, para Leibniz esto no es más que una mera idea, porque nosotros como seres finitos-lingüísticos, siempre dependemos de palabras que no son distintas en su totalidad. Solamente en el caso de los conceptos más simples, respecto de los cuales es posible captar intuitivamente, se puede hablar de una definición real. Dependemos entonces de las palabras cuya aplicación lingüística discursiva hay que entenderla de manera pragmática. Aclaramos de este modo una palabra por otras palabras que no aclaramos del mismo modo. Con ello el significado de las palabras queda más bien incompleto e inadecuado. Como se trata de una cosa en sí, según Leibniz, solamente podría ser comprobada cuando todos los significados de la cosa son aclarados: “La cosa misma solamente es posible en tal sistema (que para nosotros no es accesible) de todas las afirmaciones sobre ella en conceptos completamente explicados, es decir, cognoscible conceptualmente”.97

Resumimos las anteriores fuentes de influencia de una forma breve, antes de observar con la descripción del concepto de experiencia en Kant una de las posiciones más relevantes de su argumentación trascendental. Cuando se comparan las cosas, es preciso para Kant plantear primeramente la pregunta por “el lugar al que corresponden las representaciones de las cosas que se comparan”.98 La pregunta es, si las cosas son dadas por un entendimiento puro o por la sensibilidad en la apariencia. Si se comparan las cosas de una manera puramente lógica, entonces no es posible justificar, cómo es que llegamos hasta las cosas mismas. Para esto, según Kant, es necesario primeramente una “reflexión trascendental que determine de qué facultad cognoscitiva han de ser objetos”, es decir, si estos son primeramente objetos del entendimiento puro o de la sensibilidad. Si no se plantea esta pregunta, el uso de los conceptos es más bien incierto, y se llegaría de esta forma a “principios sintéticos” que la razón crítica no puede reconocer. Resultaría de esta forma una “confusión del objeto del entendimiento puro con el fenómeno”. Leibniz habría pues confundido la “tópica trascendental” en su “sistema intelectual del mundo”99 , en la medida en que habría creído poder reconocer la naturaleza interna de las cosas comparándolas con los conceptos formales del entendimiento. Por consiguiente, para Leibniz el fenómeno (la apariencia) ya era a la vez la representación “de la cosa en sí misma”.100 De esta forma, proclama Kant, Leibniz “intelectualizó los fenómenos, al igual que Locke sensificó todos los conceptos del entendimiento”.101 La posición de partida después de Locke y Leibniz, para Kant debía ser entonces la siguiente:

“En vez de buscar en el entendimiento y en la sensibilidad dos fuentes de representaciones que, si bien son completamente distintas, sólo cuando actúan conjuntamente pueden juzgar con validez objetiva, cada uno de esos dos grandes hombres se atuvo tan sólo a una de las dos fuentes, a aquella que, en su opinión, se refería inmediatamente a las cosas en sí mismas, mientras que la otra fuente no haría otra cosa que confundir las representaciones de la primera, o bien ordenarlas”.102

Al final de la Doctrina del método de la Crítica de la razón pura, en el capítulo Historia de la razón pura, Kant vuelve otra vez sobre las posiciones de Locke y Leibniz que para él abrieron nuevos horizontes en el camino hacia su filosofía trascendental. Con vista a la pregunta por el origen de los conocimientos puros de la razón, Locke habría defendido la tesis de que dichos conocimientos “derivan de la experiencia”. Leibniz, al contrario, habría declarado que ellos “proceden de la razón”. Ambas posiciones, la empirista de Locke y la racionalista de Leibniz, “no han logrado llegar a una solución del problema”.103 Con ello queda formulada la posición de partida de la argumentación trascendental de Kant, la cual dice, como es sabido, que los conocimientos siempre se constituyen en base al conocimiento del entendimiento y la sensibilidad. Se constituye en base a ambas facultades del conocimiento y los conocimientos de la razón pura hay que investigarlos en el marco de esta comprensión cognoscitiva.

Para nuestra temática de la comunicabilidad del saber esto significa que un posible saber se puede generar tanto en torno a la determinación de la comunicabilidad universal de nuestros juicios en el nivel trascendental-filosófico como en el ámbito de la comunicación en el nivel empírico-pragmático de los juicios. Con Locke y Leibniz se constituyó de esta forma el fundamento de dos posiciones, la empirista y la racionalista, que más tarde fueron reunidas en la filosofía trascendental de Kant. Con ello se ha alcanzado una comprensión decisiva acerca del concepto de experiencia en la filosofía trascendental, y por esta misma razón buscaremos a continuación observar el concepto de experiencia en el contexto del saber en Kant.

8. El concepto de experiencia en el horizonte del saber en Kant

Las declaraciones filosófico-trascendentales de Kant se basan histórica y sistemáticamente en la filosofía lingüística de Locke y Leibniz. Según Kant, no somos capaces de reconocer cómo son las cosas en sí, mientras que intentamos efectuar afirmaciones lingüísticas sobre ellas, pues en el ámbito de lo lingüístico ocupamos siempre expresiones abreviadas para la distinción del significado de las cosas. ¿Cómo, entonces, podemos relacionar generalmente juicios o frases a una realidad? La filosofía del lenguaje de Leibniz forma, según Josef Simon, el punto de partida para el programa filosófico trascendental de Kant. Como resultado de ello podemos decir con Simon: “Las reflexiones filosófico-trascendentales han elevado las reflexiones del problema de los universales a un nivel que no debe ser menospreciado”.104 Una afirmación de este tipo debe ser antes justificada. Hablamos en primer lugar de las cosas en sí, que al fin y al cabo no podemos conocer, porque no pueden ser llevadas completamente a un concepto. A esta comprensión le sigue el planteamiento acerca del problema de si nuestros juicios en general se dejan relacionar con una realidad o no. Kant dice al respecto que nuestros juicios sólo pueden relacionarse con aquello que para nosotros es la apariencia de las cosas. Las cosas, tal y como aparecen en el tiempo, son para nosotros las cosas reales. Y cuando decimos, por ejemplo, que la rosa es roja, esta frase nos aparece como una frase sin contradicción y, por lo tanto, como una frase válida. Pero si acaso hay más determinaciones del concepto rosa que van por encima de la apariencia, es esta una cuestión que no podemos saber en su totalidad. Debería ser así suficiente que, según nuestra experiencia, rosa y rojo nos permiten un juicio sintético-empírico sin contradicción. Kant pregunta a partir de allí por la posibilidad de juicios sintéticos a priori, es decir, pregunta por la posibilidad de juicios lingüísticos que van más allá del uso pragmático-empírico. Recién cuando se dejan pensar tales juicios también sin contradicción, se puede asignar una objetividad al lenguaje que no se refiere sólo a un nivel puramente pragmático. Esta argumentación puede ser bien descrita con el concepto de experiencia, un concepto que, por cierto, es decisivo para la filosofía en general. La definición de experiencia que ofrece Kant reza del siguiente modo: “La experiencia es un conocimiento empírico, es decir, un conocimiento que determina un objeto mediante percepciones”.105 Respecto a un juicio empírico como La rosa es roja se puede decir que los conceptos rosa y roja se conectan justamente porque son percibidos de conjunto. A través de la percepción es creado de este modo un nivel de la realidad. Pero al fin sabemos sólo en un sentido pragmático que la conexión de ambos conceptos percibidos para nosotros es ciertamente un verdadero conocimiento sin contradicción. La reunión de rosa y roja está sujeta, pues, a nuestra percepción subjetiva. Si rosa y rojo también coinciden fuera de nuestra percepción, es un asunto que no podemos saber. La percepción no admite “la necesidad de enlazar (…) la existencia de los fenómenos que une”.106 Simon indica aquí la frase que para él es decisiva en Kant dentro de su argumentación trascendental, a saber, “ahora bien, la experiencia es un conocimiento de los objetos por medio de percepciones y, consiguientemente, la relación entre lo diverso ha de ser representada en ella tal como es objetivamente en el tiempo, no tal como es compuesta en el tiempo, el que, a su vez, no puede ser percibido”.107 Se aclara muy bien en este contexto que lo importante es aquello que se entiende para Kant bajo el concepto de experiencia. La experiencia es un conocimiento de los objetos a través de percepciones. Este concepto de la experiencia es para Kant la condición de posibilidad de un conocimiento objetivo. Según Simon, esta condición se relaciona con la comprensión metafísica kantiana de que “no nos es posible un conocimiento adecuado por conceptos”.108 Simon explica además en torno a este punto lo siguiente: “Entran, entonces, masivas condiciones previas lingüístico-filosóficas y crítico-lingüísticas en el concepto trascendental-filosófico de la experiencia”. Esto es decisivo para la determinación final de la comunicabilidad, pues únicamente por percepciones no es posible llegar a una experiencia de los contextos objetivos. Para ello necesitamos de los conceptos a priori que se conectan necesariamente.109 Únicamente a través de estos conceptos funcionales sintéticos a priori, nuestras percepciones se convierten en experiencias. Mientras que nosotros, en vista de los otros conceptos, solamente podemos presuponer que significan algo real, sin saber qué significado pueden tener por encima del significado subjetivo, los conceptos funcionales deben tener así una necesidad no engañosa. A cada significado de conceptos debe ser presupuesto, por consiguiente, un significado formal. En el nivel del contenido nos aparecen las cosas, tal como lo hemos visto en Leibniz, como oscuras o confusas o inadecuadas. En el nivel formal que debemos presuponer para cada juicio, las formas obtienen una realidad en sí. Para la determinación de aquello, entonces, que es entendible por encima de la mera relación con percepciones, se requiere “la realidad inmediata de las formas conectivas para dar consistencia a este concepto”.110 Recién en este momento podemos decir que las cosas de nuestra experiencia hacen sentido objetivamente, es decir, cuando el concepto de la experiencia sobre la determinación de los conceptos funcionales necesarios tiene un significado real. Y así se llega a la conclusión de que el “argumento trascendental” justifica “la condición previa de la realidad de los universalia como rojo, rosa etc., (…) en tanto que son utilizadas en frases de la percepción”.111 Hablamos entonces de la experiencia dentro de la filosofía trascendental, cuando referimos a un concepto justificado por las funciones a priori que están antes de él. A través de “medios lingüísticos discursivos” se produce la referencia “a una prioridad ontológica del ámbito de la experiencia antes del lenguaje”. Kant construye en su filosofía trascendental una “teoría universal del significado (referencia) objetivo de conceptos universales en su uso empírico (…)”.112 Qué significado tienen estos conceptos universales de modo adecuado, es una cosa que tampoco podemos saber con exactitud. Para nosotros ellos pueden ser claros o distintos, pero nunca adecuados. Si se quiere llegar, a pesar de esta limitación, a una justificación de dichos conceptos, esto puede ocurrir solamente cuando se justifica también el uso del concepto de experiencia. La construcción de un concepto de experiencia sin contradicción presupone pues su objetividad. Esta necesidad se deduce solamente de la pretensión de una necesidad de los conceptos funcionales del entendimiento, respecto de los cuales el concepto de experiencia se encuentra conectado:

“Porque también y sobre todo después de Kant no contamos con una distinción absoluta de conceptos, [y] el concepto de experiencia es, por así decirlo, aclarado como alternativa, haciéndose [de este modo] la pregunta, bajo cuáles condiciones la experiencia, que se puede denominar, pueda ser [así] pensada como posible”.113

De esto resulta que debemos presuponer ciertos conceptos como mínimamente problemáticos. Sólo así podemos encontrar las condiciones de posibilidad de una experiencia en el sentido definido. Según Simon, la argumentación de Kant tiene, al final, la forma de una prueba (demostración). Los conceptos funcionales del entendimiento se declaran como necesarios debido a que una negación de esta validez objetiva no llevaría al significado del concepto de experiencia en el sentido mencionado.114 “Si se considera, que ‘experiencia’ es una palabra con significado, entonces debe aceptarse que los conceptos del entendimiento tienen un significado como conceptos conectivos”.115 Pero esto no significa que estos conceptos tengan un significado por antonomasia. Son significativos sólo en vista del significado de la experiencia. Kant presupone, entonces, con esto la realidad de los conceptos de la experiencia. Si es posible hablar aún en este contexto de una ontología, entonces se trata de una “ontología en [torno a] la limitación a las cosas de una posible experiencia”.116

Nuestros juicios están por tanto siempre sujetos a ciertas formas gramático-trascendentales. Esto guarda también, por supuesto, importantes consecuencias para la comunicabilidad de nuestros juicios, pues para poder comunicar algo en general, algo que exige una pretensión universal, deben ser tomadas en consideración, en un nivel superior, las relaciones con los conceptos funcionales, es decir, con los conceptos del entendimiento o los conceptos enlazados. Recién así puede producirse en consecuencia una comunicación. Pero esto no quiere decir que la comunicabilidad se resuelva siempre en una comunicación exitosa, ya que en la base de lo expresado se vuelve así comprensible que en el nivel pragmático-empírico la determinación de conceptos y sus contenidos nunca puedan ser llevados a un fin. Y lo cierto es que los juicios particulares tampoco llegan evidentemente al mismo lugar de la distinción de un concepto. El sujeto interrumpe siempre en un cierto lugar la variedad del posible contenido del concepto. Este es el lugar en que el sujeto piensa que el concepto lo exhibe a él mismo con suficiente claridad. Pero ello no debe ser necesariamente válido para otra persona. En este punto para Kant se vuelve valiosísima la necesidad de atender, en el nivel antropológico-empírico, al tener algo por verdad (ver capítulo 3.4.).

9. El debate estético en torno a Baumgarten

Las reflexiones de Kant y Jean Paul sobre lo bello y el arte se basan en dos planteamientos opuestos de aquello que se podría denominar el “debate estético” del siglo dieciocho. Tal como lo hemos descrito en los capítulos sobre Locke y Leibniz acerca de la teoría del conocimiento, también en el debate estético se presentan una corriente racionalista y otra empirista. El representante principal del racionalismo fue Alexander Gottlieb Baumgarten y el representante principal del empirismo fue Edmund Burke. El racionalismo estético de dicha época proclama que la estética es una disciplina equivalente a la lógica y le atribuye con ello el estatus de una ciencia. En el centro del empirismo estético son tratados, al contrario, hechos de la experiencia y la crítica del gusto, sin reclamar el carácter científico de dicha disciplina.117 El interés que toma Kant en este debate se confirma ya con su escritura pre-crítica, en continuidad con Burke, y que lleva por título Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime del año 1764.118 En este texto, Kant sostiene la tesis de que las reglas de los juicios del gusto nacen en su relación con lo empírico. Esta posición es mantenida por Kant hasta la Crítica de la razón pura, donde rechaza las intenciones de Baumgarten de “reducir la consideración crítica de lo bello a principios racionales y […] elevar al rango de ciencia las reglas de dicha consideración crítica”. Los criterios de lo bello son, así comenta Kant, “meramente empíricos y, consiguientemente, jamás pueden servir para establecer [determinadas] leyes a priori por las que debiera regirse nuestro juicio del gusto”.119 En el tránsito hacia la Crítica del discernimiento, Kant cambia su punto de vista y llega a la convicción de que también los juicios estéticos sobre lo bello y lo sublime están sujetos a funciones trascendentales. Nosotros ya presentamos aquí la tesis de que la función trascendental decisiva en el contexto de los juicios estéticos es la comunicabilidad universal.120 También Jean Paul está consciente de su participación en el debate estético cuando habla, por ejemplo, en sus Investigaciones estéticas, de la “época del empirismo ([Henry H.B.] Home, Burke)[,] del racionalismo (Baumgarten, Kant, Lessing quien hace la transición)”.121

En este contexto de la transición del empirismo al racionalismo, como Jean Paul lo indica, se puede describir la problemática de la comunicabilidad en Kant como una consecuencia que surge de la presuposición de que el conocimiento sensible es, por un lado, un conocimiento que se limita al sujeto cognoscitivo, pero que este conocimiento conlleva a la vez la exigencia de una validez universal. El conocimiento sensible del particular debe ser así comunicado para poder convertirse en un conocimiento universal.

Ya Baumgarten intentaba en su Aesthetica, por medio de la prueba del conocimiento sensible, presentar “un concepto universal y universalmente válido de la belleza”.122 Según él, una perfección del conocimiento sensible es alcanzable únicamente por y en la belleza: “El objetivo de la estética es la perfección (perfeccionamiento) del conocimiento sensible como tal. Pero con ello se mienta la belleza”.123 En cambio, tanto las perfecciones ocultas como también las imperfecciones del conocimiento sensible no interesan al esteta. El concepto opuesto a la belleza es lo feo, y según Baumgarten hay tantas fealdades como bellezas, razón por la cual lo feo indica individualmente a lo erróneo del conocimiento sensible:124 “La belleza universal del conocimiento sensible es (...) la armonía de los pensamientos (…)”. Es la belleza universal la que trae orden al conocimiento sensible, y es ella quien permite reflexionar sobre las armonías entre el pensamiento y las cosas, y verificarlas.125 Así, la belleza se manifiesta, por ejemplo, en la expresión de las palabras, la conversación y el discurso. En el procedimiento de comprobar la vinculación del pensamiento, la cosa y el orden, el conocimiento sensible del individuo obtiene un carácter universal. Ella se hace predisposición del conocimiento de lo bello, porque el conocimiento sensible se encuentra por lo tanto en las demandas de una armonía entre el pensamiento y la cosa, y con ello va por encima de lo meramente individual. Lo bello resulta, consiguientemente, universalmente válido y merece así ser comunicado. Lo feo, al contrario, se refiere más bien a lo individual. Pero, porque en general indica también lo erróneo del conocimiento sensible, de igual forma hay en él algo universalmente válido. En su Crítica del discernimiento, Kant sigue de este modo el planteamiento de la validez universal y de la comunicabilidad de lo bello. Su investigación, sin embargo, se ejerce bajo las determinaciones de la argumentación trascendental, y el objeto de la investigación es, ante todo, el problema del juicio puro estético. Como principio trascendental de los juicios del gusto se menciona allí el discernimiento reflexionante.126

Sobre esta base, podemos sostener que Kant, en el ámbito de la comunicabilidad de los juicios estéticos, lleva a cabo el desarrollo de una posición empirista hacia una posición de tipo filosófico-trascendental, en la cual se mantiene el momento de dependencia de la experiencia a un nivel empírico-pragmático. Kant descubre por esta vía que los juicios estéticos sobre lo bello y lo sublime están sujetos, de todas formas, a una función trascendental. Y esta función es precisamente la comunicabilidad de los juicios. Dicha comunicabilidad universal se confirma en el juicio del gusto por la presuposición de un sentido común, y en el juicio sobre lo sublime, por la relación con la libertad y la ley moral. Aquello que es universalmente comunicable en estos juicios estéticos es el estado de ánimo, es decir, el sentimiento de satisfacción, o sea de placer o displacer. El debate estético aquí descrito contribuyó a que Kant integrase la constitución emocional del hombre a su argumentación trascendental. En los siguientes apartados, sobre todo en el asunto acerca de las formas del saber en base a los juicios estéticos, será presentada en detalle la respectiva posición kantiana.

Jean Paul no menciona a Burke y Baumgarten explícitamente en su Vorschule. Sus afirmaciones sobre lo bello y lo sublime fueron más bien influidas por Schiller y Kant. Las reflexiones de Baumgarten en torno a lo feo, sin embargo, podrían ser puestas en relación con la teoría del humor de Jean Paul. Pues, como lo habíamos visto, lo feo consiste para Baumgarten en algo deficiente (erróneo) respecto del conocimiento sensible. Esta comprensión se podría vincular aquí con las determinaciones de Jean Paul respecto del juicio estético del humor, pues tal juicio se refiere precisamente a las incongruencias, la insensatez y las contradicciones dentro de las facultades humanas del conocimiento que forman parte de una situación cómica. El humor es, en primer lugar, tal y como todos los juicios estéticos, un juicio subjetivo del individuo. Baumgarten define que el juicio sobre lo feo es un juicio individual que se opone a un juicio sobre lo bello, y que por su parte es universalmente válido y merece pues su comunicación. Pero Baumgarten ya observa que lo deficiente (erróneo) del conocimiento sensible, en tanto que es parte del conocimiento en general, se basa en algo universalmente válido. Volveremos sobre este punto en detalle una vez que abordemos el problema del humor. Las incongruencias y la insensatez, o lo que se supone como deficiente, es entonces totalizado, es decir, se refiere a todo el mundo, como se expresa Jean Paul en su Vorschule. Con ello, lo deficiente se hace universalmente válido, y, así nuestra tesis de la mano de Jean Paul, y más allá de Baumgarten, se hace además universalmente comunicable, de tal manera que el humor puede ser así concebido dentro de nuestras determinaciones, como una forma del saber. Estamos convencidos al respecto que en sus reflexiones sobre el humor radica el aporte esencial de Jean Paul al debate estético del siglo dieciocho.

10. La controversia del panteísmo en torno a Jacobi

Otro gran debate del siglo dieciocho que fue reflexionado y comentado por Kant y Jean Paul fue la así denominada controversia del panteísmo, iniciada por el escrito de Friedrich Heinrich Jacobi con el título Cartas sobre la doctrina de Spinoza al Señor Mendelssohn del año 1785 (segunda edición ampliada 1789). Allí, Jacobi comunica a Mendelssohn, en diversas cartas, que Lessing se declaró a favor del panteísmo de Spinoza, cuestión que provocó primeramente un debate entre Jacobi y Mendelssohn, y que más tarde inició un debate fundamental sobre el racionalismo y el Idealismo trascendental.127 Según Jacobi, para Spinoza una fe revelada sería innecesaria porque la naturaleza trabaja por sí sola en forma divina (deus sive natura). Jacobi ve en esta postura una filosofía mecánica que conduce finalmente al ateísmo. A esto habría que oponer una fe necesaria, la cual lleva más bien a una mecánica de la naturaleza. El concepto fundamental en la interpretación de Spinoza por Lessing es el Ἓν καὶ Πᾶν (Hen kai Pan), la unidad absoluta, lo que significa de suyo la unidad inseparable del ser, y con ello, la unidad inseparable de la naturaleza, el hombre y la divinidad. El hombre es así uno con el universo. Pero para Jacobi y Mendelssohn este concepto no es apropiado para describir la relación entre el hombre y la naturaleza, entre el sujeto y el objeto. Al amplio concepto de libertad en Spinoza, además, se opone de esta forma el concepto de la autonomía del individuo. Sobre la base de este debate se entiende mejor el énfasis que Kant pone en el concepto de autonomía en su filosofía práctica y en su filosofía de la religión.128

Kant queda involucrado en el debate cuando Jacobi publica en el año 1787 su texto David Hume sobre la creencia, o idealismo y realismo. Una conversación, en donde acusa finalmente, desde el lado de Spinoza, también indirectamente a Kant de ateísmo.129 Jacobi se refiere en su texto a los Prolegómenos de Kant del año 1783, y concluye allí que para Kant la fe tiene su ubicación más allá de la teoría del conocimiento, mientras Jacobi pretende pensar al conocimiento y la fe simultáneamente. En el fondo se trata del conocido reproche contra Kant que señala, por un lado, que éste habría destruido la metafísica, para después reinstalar, “por la puerta trasera”, una fe de la razón (Vernunftglauben) en su filosofía práctica. Sin embargo, esta fe de la razón habría que entenderla como una fe que se distingue estrictamente de los procedimientos teoréticos del conocimiento. La filosofía de la fe de Jacobi se construye al contrario sobre el concepto del sentimiento. Las cosas que son inalcanzables para los sentidos son reconocidas en el sentimiento como algo verdaderamente objetivo. Y también el saber se relaciona de este modo con el sentimiento: “Cuando alguien dice, él sabe, entonces preguntamos con razón, ¿de dónde sabe? Inevitablemente tiene que remitirse a uno de los dos: o al sentimiento de los sentidos o al sentimiento del espíritu”.130 Este saber que surge de un sentimiento del espíritu, es en Jacobi la fe: “Sólo se puede creer en la virtud, por lo tanto, en la libertad, por lo tanto, en el espíritu y en Dios.131 En ello, este saber por fe no se subordina a un saber que se constituye a través de la intuición sensible y que, según Jacobi, llamamos “el verdadero saber”: “El sentimiento, sin embargo, que funda el saber en la intuición sensible (el llamado verdadero saber), se encuentra tan poco por encima del sentimiento que funda el saber en la fe, como la especie de animales por encima de la especie del hombre, el mundo material por encima del intelectual, la naturaleza por encima de su autor creador”.132 La ausencia de sentimiento en el hombre lleva al completo repudio del mismo, en tanto que al animal se le puede perdonar cuando carece del conocimiento de lo bueno, lo verdadero, lo bello. Pero en el hombre, al contrario, la ausencia de tal conocimiento es “contranatural” (widernatürlich) y nosotros vemos tal hombre “como una repugnante criatura deforme, (…) con horror o como un ser satánico (…)”.133 Sentimiento y razón están en el hombre en una relación indisoluble. Donde falta el sentimiento objetivo puro, tampoco está presente la razón. Pero si están presentes los sentimientos objetivos, ella también está presente. El sentimiento puro, es decir, él junto con la razón son el fundamento de la “libertad, [la] virtud, [el] conocimiento de Dios, [la] sabiduría y [el] arte”. Con ello, el sentimiento se convierte en Jacobi en un órgano de lo suprasensible.134 También cuando no puede darse ninguna convicción de nuestra existencia por pruebas racionales, de igual manera podemos ser convencidos como hombres de nuestra existencia y nuestro Dasein. Tal certeza ya está en nosotros como la fe, antes de todo saber racional. A este respecto, Jacobi escribe a Mendelssohn: “Todos nosotros hemos nacidos en la fe, y debemos quedarnos en la fe, tal y como todos hemos nacidos en sociedad, y debemos quedarnos en sociedad”.135 Algunas líneas más tarde, Jacobi explica su principio de fe de la siguiente manera:

“Por la fe sabemos que tenemos un cuerpo, y que fuera de nosotros existen otros cuerpos y otros seres que piensan. ¡Una verdadera revelación! Pues sólo sentimos nuestro cuerpo, hecho así o hecho distinto; y mientras lo sentimos hecho así o distinto, no sólo nos damos cuenta de sus cambios, sino que además de algo muy distinto de ello, que ni es mero sentimiento ni pensamiento; nos damos cuenta de otras cosas reales, a saber, con la misma certeza con la cual nos damos cuenta de nosotros; pues sin el Tú, el Yo es imposible. Recibimos, entonces, todas las representaciones simplemente por cualidades que presuponemos, y no hay ningún otro camino de un conocimiento real; pues la razón, cuando pare cosas, [ellas] son entonces quimeras”.136

La fe sensible para Jacobi es entonces una fe, propia de la revelación. Aquello que se revela debe ser, según él, una fuerza creadora que es responsable de la formación de la existencia. La filosofía de Jacobi como filosofía de la fe se opone, por consiguiente, a un idealismo del entendimiento. Y si después de todo parte de una objetividad de nuestras representaciones, entonces ésta sólo puede ser postulada en base a la fe. La fe sensible es el fundamento de todo conocimiento posible. ¿Pero cómo puede llevar dicha fe a una certeza? Ya que sólo con ello se nos revelan las cosas fácticamente, esta revelación sólo puede ser un milagro. No tenemos, entonces, más que la existencia de una cosa, pero aquello que podemos percibir es algo del todo inexplicable. Sin embargo, llegamos a la convicción de que podemos percibir la existencia de las cosas, justo así, como ellas se nos revelan.137 La así denominada fe en Jacobi es, por lo tanto, una fe en la revelación como fe en Dios, es decir, religión. La fe sensible se posiciona en contra del idealismo, la fe de Dios en contra de cualquier nihilismo. En ello, la fe es una fe del corazón que ni el idealista ni el ateísta puede destruir. El corazón cree. El entendimiento cuestiona la fe. La fe es una capacidad crucial que da sentido y está sujeta a nuestra capacidad de percibir. Y es justamente este sentido el que Jacobi denomina en su Introducción a todos los escritos filosóficos como “sentimiento” o “razón”.138 El sentimiento es el fundamento del conocimiento humano que no puede ser alcanzado por el conocimiento del entendimiento. Es verdad que el entendimiento posibilita los conocimientos dentro de la naturaleza, pero el punto es que Dios no entiende. El hecho de que haya una primera causa de todo, es una cuestión que al entendimiento le resulta imposible pensar, pues lo originario está lejos de su capacidad de comprensión. Sin embargo, el hombre es capaz de sentir esta originalidad y la convierte así en una certeza. Por encima del entendimiento, el hombre se destaca por esta originalidad y se destaca frente a todos los otros seres. Con ello, Jacobi se distingue de los programas filosóficos de Spinoza y Leibniz, entre otros; éstos diferencian el hombre sólo gradualmente de otros seres naturales. Desde el punto de vista de Jacobi, estos filósofos permanecen como naturalistas puros, cuestión que se caracteriza por la concepción de la originalidad humana.

Ahora bien, es interesante que Jacobi, en su crítica a Kant se refiera preferentemente a la primera edición de la Crítica de la razón pura y a los Prolegómenos. El punto principal de su crítica es el supuesto idealismo de Kant al que Jacobi responde con su concepción de un realismo del sentimiento. Kant interviene en la controversia del panteísmo con sus escritos ¿Cómo orientarse en el pensamiento? (Was heiy Algunas observaciones del Señor Profesor Kant (Einige Bemerkungen von Herrn Professor) Kant, los dos del año 1786. Su Refutación del Idealismo (Widerlegung des Idealismus) del año 1787 también puede ser visto como una reacción a la disputa de Spinoza. Por cierto, en el mismo año se publicará el escrito de Jacobi acerca de Hume. Ahora bien, en 1788, Kant publica su Crítica de la razón práctica, en la que se describe el sentimiento del respeto en el juicio moral, basado en la libertad y la ley moral. En 1790 se publica la Crítica del discernimiento, donde el sentimiento, es decir, el estado de ánimo dentro de los juicios estéticos ocupa una posición fundamental. En efecto, se podría decir que la filosofía de Kant en el trascurso de sus tres Críticas se acerca cada vez más a la conciencia de la importancia del sentimiento dentro de las capacidades cognoscitivas del hombre. Se trata ante todo de sentimientos en el juicio moral y en los juicios estéticos sobre lo bello y lo sublime, que deberán ser universalmente comunicables, y que llevan con ello a una forma del saber. Pero Kant no toma aquí el camino de Jacobi, quien termina finalmente igualando al sentimiento con la razón. Kant sigue más bien su propio camino crítico, pero también llega a la comprensión de un posible acceso al saber a través del mundo de los sentimientos. El sentimiento en Kant, sin embargo, se mueve dentro de un marco controlado entre el entendimiento y la razón, entre la capacidad del conocimiento y la capacidad de desear. Pero además, sobre todo en sus consideraciones estéticas y del arte en la tercera Crítica, la comunicabilidad universal de los sentimientos de los juicios estéticos y de las ideas estéticas, es aquello que va a confirmar a fin de cuentas un posible acceso al mundo suprasensible.

La filosofía crítica de Kant es, entonces, también una respuesta a la tensión entre la filosofía dogmática y una filosofía del sentimiento y de la fe de su época. Dicho en otras palabras, su filosofía crítica forma, con su revolución de la manera del pensar, un cierto cierre de una época que se inició con la filosofía de Leibniz y terminó con el principio de la fe en Jacobi, Hamann y Herder. Ahora bien, es decisivo para la comprensión de la filosofía crítica que, a más tardar con la tercera Crítica, el sentimiento, como un estado del ánimo, haya sido incluido en la argumentación trascendental. A partir de allí también los estados del ánimo serán generalizables, y los sentimientos estarán sujetos a una validez universal, en la medida en que se esté dispuesto a hablar de un mundo de sentimientos en el que los hombres se mueven. Cuando Kant habla en este contexto del sentimiento, se refiere evidentemente tan sólo a un ámbito específico de aquello que denominaríamos coloquialmente como sentimiento. En la estética se trata de estados del ánimo que se constituyen en el juicio sobre lo bello o sobre lo sublime, es decir, se trata de sentimientos del placer o displacer. En el área de la moral, Kant habla del sentimiento del respeto frente a la ley moral. Este ámbito del sentimiento de los estados del ánimo se relaciona con otras capacidades del conocimiento, como el entendimiento y la razón. No se trata, entonces, de pasiones, de sentimientos corporales como el dolor, o de virtudes o vicios de los sentimientos como la avaricia o la compasión, o de deseos como estímulos para la acción.139

En definitiva, es preciso destacar aquí que la inclusión por parte de Kant de los estados humanos del ánimo a la investigación de aquello que entendemos como formas del saber en base a la comunicabilidad universal de los juicios, es algo sencillamente notable, y que esto es, según nuestra opinión, a menudo subvalorado en las interpretaciones cognoscitivas-teoréticas en torno a Kant. Kant sí responde, con la inclusión del fenómeno del sentimiento en su argumentación trascendental, al debate contemporáneo de su época, el cual se expresa, por ejemplo, en la crítica a Kant hecha por Jacobi, la que, por cierto, también para Jean Paul será decisiva; así, por ejemplo, cuando él refiere, para poder comprobar la participación humana en un segundo mundo inmanente y suprasensible, a una síntesis orgánica, es decir, a un realismo del sentimiento.140

11. El debate lingüístico-filosófico con Hamann

A la pretensión de lo absoluto del saber, Johann Georg Hamann opone en una carta a Jacobi: “Nuestra propia existencia y la existencia de todas las cosas fuera de nosotros debe ser creído y no puede ser sabido de ninguna otra manera”.141 La creencia en este contexto hay que entenderla, según Detlef Otto, como el “escuchar individual de algo lingüísticamente comunicado. La creencia obtiene aquí entonces en Hamann no tanto un valor sensualista o teológico sino más bien un valor lingüístico-retórico”.142 El concepto de comunicación en Hamann indica ante todo una comunicación entre Dios y el hombre. Dios se comunica con los hombres de la misma manera que los hombres comunican algo entre ellos. De forma escrita en la Biblia y en forma humana a través de la encarnación de Cristo, Dios ingresa al nivel del hombre para comunicarse con él. Dios imita así a los hombres para comunicarse con ellos y revelarse: “Naturalmente nos creó según su imagen – porque esto lo perdimos, Dios tomó nuestra propia imagen (…), aprendió a llorar – balbucear – hablar – leer – escribir poesía como un verdadero hijo de Dios; nos imitó para animarnos a su imitación”.143 Mientras que en Kant estamos en la búsqueda de una justificación de lo universal en lo individual, en Hamann se trata más bien de la legitimidad y aceptación de lo individual, es decir, de su razón de ser frente a lo universal. En referencia a los sentimientos y las experiencias individuales, las que aparecen sobre todo en el área de las ideas, Hamann pone de relieve lo subjetivo dentro del pensar lingüístico y rechaza una explicación sistemática del lenguaje por principio.144 La comprensión no es alcanzable para Hamann a través de un método, sino que, como lo explica Josef Simon, consiste siempre en la “posibilidad de comunicación de algo nuevo”.145 En esto Hamann está cerca de Humboldt, quien también deja abierta la comprensión y subraya las infinitas posibilidades de modificación. También en la interpretación de Kant llevada a cabo por Simon encontramos un planteamiento similar, cuando observamos que el procedimiento de llevar algo a un concepto es siempre un interrumpir las infinitas posibilidades de determinación de algo. Simon indica que es por la consecuencia filosófico- trascendental que las determinaciones conceptuales nunca llegan a un fin, y de esta forma crece la consecuencia antropológico-pragmática, a saber, que en la convivencia de los hombres entre sí siempre hay que llegar a una ruptura de las determinaciones conceptuales debido a su necesidad de comunicarse. Por eso, Kant no habla ya en su Antropología de forma filosófico-trascendental sobre las capacidades humanas, sino de forma pragmática, “bajo el punto de vista de que, por la orientación en el actuar, hay que llegar pragmáticamente a un fin con la determinación de que algo es y con ello también de qué sea el hombre y qué sea su lenguaje”. Se evita aquí el relativismo, dado que esta postura está sujeta “a la dirección crítica de la filosofía práctica y de su propia [y] más alta objetividad (el imperativo categórico), que determina, qué fines pragmáticos son a la vez deberes éticos”.146 Mientras en Kant, el enfoque está en lo dialógico, en la relación indispensable entre Yo y Tú como condición de posibilidad de la comunicación y del lenguaje en general, parece que en Hamann el centro yace más bien en la acentuación de la no-identidad de Yo y Tú. Es esta no-identidad la que debe llevar también el ámbito de la comunicabilidad hacia un reconocimiento de los límites de lo comunicable. Hamann se preocupa así por la “exhibición de lo particular en un lenguaje universal dominante”.147 El peligro de la pérdida de la individualidad se refleja en el estilo de hablar y escribir de Hamann, pues es sobre todo lo interior aquello que intenta comunicar lingüísticamente en sus textos. En Hamann el acento está en “la posibilidad de una comunicación real en el extremo de una individualidad no mediada”.148 Pero esta acentuación de lo particular e individual en Hamann no conduce por ello a un solipsismo o relativismo, pues la manera individual del pensar en él es, a la vez, el “fundamento de una simpatía”, que se muestra en la comunicación con otros.149 Este fundamento de una simpatía, así se podría expresar también, es por tanto el fundamento de la conversación. Sin embargo, en tal conversación siempre aparece en Hamann el momento individual. Hamann es un pensador del lenguaje ambivalente, ya que por un lado, el lenguaje es visto como “signo”, vale decir, como “signo (…) de una nueva, separada e indecible unión, [como la] comunicación y comunidad de energías e ideas divinas”150 , pero por otro lado, el lenguaje es también un “centro del malentendido de la razón consigo misma”.151 El hecho de que en esta forma se muestra un cierto carácter dialéctico del lenguaje es para Hamann la confirmación para poder rechazar una explicación sistemática de un origen del lenguaje. Hamann se opone con ello también al “carácter universal de un lenguaje filosófico que ya está inventado”,152 ya que según él no hay “un lenguaje suficiente sobre el lenguaje”.153 En este contexto se vuelve importante en Hamann (tanto como después también en Kant y Humboldt) la comprensión del carácter analógico del lenguaje. Simon explica al respecto: “La comprensión del lenguaje se desarrolla para Hamann, [allí] donde en ella se comunica algo verdaderamente nuevo, según la analogía en la cual, de manera formal y lógica, no hay implícita ninguna necesidad y con ello tampoco ninguna posibilidad de control”.154 De este modo, la analogía no produce las mismas representaciones en el otro, sino que, como máximo, las representaciones correspondientes. La comprensión del interlocutor permanece entonces abierta y libre, y queda así lejos de cualquier pretensión dogmática. Un acercamiento al lenguaje como sistema, para Hamann, no permitiría entonces esta libertad de la comprensión. Por tal razón, la analogía se convierte en algo significativo, porque va por encima de las conclusiones lógico-formales y con ello por encima de aquello que habitualmente se acepta como universalmente válido. La analogía es, en resumidas cuentas, aquello que es capaz de crear algo nuevo. ¿En qué consiste ahora exactamente la crítica de Hamann a Kant? En primer lugar, en que la posición crítica de Kant, se presenta para Hamann en un punto decisivo como no-crítica. Se trata en concreto de la predisposición de los conceptos trascendentales que son independientes de la sensibilidad. En realidad no podemos saber nada de ellos porque, tal y como ha sido dicho, no tienen ninguna relación con la sensibilidad. Sin embargo, ellos son igualmente presupuestos por Kant como la función de un posible conocimiento. Kant convierte, según Hamann, lo sensible y el entendimiento “en un algo trascendental = X, del cual no podemos saber nada, cuando se separa de los datos sensibles”.155 Este “algo trascendental = X” es para Hamann, dentro del programa crítico, algo no-crítico. Simon indica que la crítica de Hamann va más allá de un mero cuestionar la cosa en sí, de la cual, según Kant, no podemos saber nada, pero que, en cambio, podemos presuponer. En la crítica de Hamann se trata más bien del hecho de que en ella queda desatendida la indeterminación sensible de los conceptos determinados. De esta forma se deja de lado lo histórico y lo variable del lenguaje, pues la sensibilidad justamente es aquello que se media a través del lenguaje. Cuando Kant opera entonces con los conceptos de a priori o a posteriori, o cuando denomina los conceptos “entendimiento” y “sensibilidad” como dos raíces del conocimiento, se olvida allí que en estos conceptos se trata también sólo de figuras lingüísticas que sirven en la orientación del pensar: “Tales conceptos opuestos como figuras mismas, son una posible condición de este autoconcepto del hombre como un ser que reconoce”.156 Hamann extraña en la dialéctica trascendental de Kant una explicación acerca de las supuestas contradicciones en las cuales la razón cae consigo misma. Esta contradicción ya es, para Hamann, un signo de la fuerza productiva de la razón y del lenguaje, cuestión que confirma su carácter activo.

La crítica de Hamann a Kant como una meta-crítica se puede resumir según Simon de la siguiente manera: Kant no había pensado en la razón misma como fuente y objeto de todo conocimiento posible, como fuente y objeto de las “condiciones de todos los conceptos en general, inclusive [de las] meras afirmaciones y suposiciones”, cuestión que también es una predisposición que, por su parte, no indaga de modo crítico. Por ello, en Hamann se trata (tal y como también en Herder y Jacobi) de una meta-crítica de la razón (pura).157 El reproche de Hamann a Kant, desarrollado en su escrito Metakritik über den Purismum der Vernunft, refiere al intento de Kant de independizar a la razón “de toda transmisión, tradición y creencia”, y de desprender así a la razón “de la experiencia y de su inducción cotidiana”.158 Bajo la idea de “purismo”, Hamann critica el supuesto olvido del lenguaje en Kant, porque el lenguaje sería “el único, primer y último órgano y criterio de la razón, sin otra acreditación que la transmisión y el uso”.159 La crítica está formulada entonces en la suposición de que Kant había determinado lingüísticamente los “conceptos puros” de manera arbitraria. Para Hamann, en cambio, las leyes del pensar tienen su propia validez, cuestión que ciertamente pone en tela de juicio al así denominado carácter “puro”. Los supuestos conceptos universales serían, pues, solamente conceptos particulares.160 La crítica de Hamann, según Simon, no consiste en la destrucción de las leyes lógicas, sino en el rechazo de un concepto universal del pensar: “Al pensar le falta según él [Hamann, H.B.] este concepto universal puro de sí mismo [y] que debería tenerlo, según Kant, a priori, antes de toda experiencia y antes de todo verdadero pensar de algo en conceptos particulares, para poder deducir completamente desde este concepto las formas puras del pensar a priori”.161 También si se partiese de un concepto más universal o más original, este concepto resultaría, de la misma forma, desde el lenguaje. Simon considera tal punto de la siguiente manera: “Tal vez se puede formular el reproche de Hamann en contra de Kant de manera que también una deducción completa de las formas del pensar sería en su aparecer una posible acción de un lenguaje particular y con ello algo casual”.162 Todas las formas del pensar permanecen finalmente siendo parte del organismo del lenguaje que se ha formado en (o a lo largo de) la tradición filosófica. El lenguaje que, según Hamann, nunca se puede apartar de su sustancia metafórica, al final obtiene también para él “puras formas a priori”. No obstante, no se trata únicamente de las formas del pensar, sino también de los “sonidos” y las “letras”.163 Aquello que pertenece al sentimiento o al concepto de la cosa, aún no está incluido en estas formas a priori, “pues aquello que pertenece al sentimiento o al concepto, debe ser transmitido recién por ellos”.164 De esta forma, el centro del pensar en torno al lenguaje se relaciona en Hamann con su interpretación de la polisemia en la expresión lingüística. Las palabras son ambiguas y su uso es posible en distintos contextos. Con ello, un signo lingüístico puede representar distintos contenidos significativos, y esta polisemia puede, por un lado, provocar malentendidos y, por otro lado, sin embargo, ella puede ser también la condición de una fuerza creativa del lenguaje.165 Una determinación del lenguaje va también naturalmente siempre por encima de la función comunicativa y comprensora. La variabilidad de las palabras también es el tema de la conocida cita de Hamann de su escrito Sokratische[n] Denkwürdigkeiten que reza: “Las palabras tienen su valor, como los números, desde el lugar donde están y sus conceptos son, en sus determinaciones y relaciones, igual a las monedas, variables según el lugar y el tiempo”.166 Esta comprensión también influye en la determinación de un supuesto contenido proposicional de un teorema. Pues tal frase pierde, en su ambigüedad, su derecho a una universalización y, con ello, para comprobar una frase, son necesarias nuevas frases, de tal manera que en Hamann el concepto del significado se convierte en la creencia de un significado. Con este concepto de la creencia se establece una relación con el programa de los modos de tener algo por verdad en Kant, y a la vez se caracteriza la dimensión religiosa en la cual, para Hamann, se ubica el lenguaje y la comunicabilidad. La fe es así para Hamann un “escuchar individual de algo lingüísticamente comunicado”.167

Para nuestra investigación es decisivo que, en base a la interpretación de Josef Simon, se pueda defender a Kant de los reproches de Hamann. Y esto se logra precisamente por la acentuación de la comprensión kantiana de la limitación, es decir, de la dependencia del punto de vista en nuestros juicios y, además, por la aceptación del nivel emocional dentro de nuestros procesos del enjuiciamiento. Aquella revalorización del nivel emocional en nuestros conocimientos se formula sobre todo en la Crítica del discernimiento. Hamann no conocía esta tercera Crítica, motivo por el cual su meta-crítica se refiere sobre todo a la Crítica de la razón pura. Pero, según nuestro modo de ver, ya en base a esta primera Crítica es posible enfrentar las mencionadas críticas de Hamann. En efecto, el propio Josef Simon parte en su interpretación del reproche de Hamann frente a Kant de que las “abstracciones en el interés comunicativo (…) serían actos de una pasión simpatética”.168 Simon remite a la siguiente cita de Hamann de la Aesthetica in nuce: “Sólo la pasión da tanto abstracciones como hipótesis, manos, pies, alas: – Imágenes y signos, espíritu, vida y lengua”.169 Lo importante en esto es que el interés comunicativo de una persona no tiene que coincidir con el interés de otra. Por este motivo, para Hamann es importante el concepto de la traducción. Se trata de la problemática de la traducción de las representaciones del uno a las representaciones del otro. Y esta traducción está sujeta, según Hamann, a un nivel emocional: “Hablar es traducir – desde un lenguaje de ángeles a un lenguaje de los hombres, es decir, pensamientos en palabras, – cosas en nombres, – imágenes en signos”.170 Según Simon, también Kant está consciente de la “dimensión emocional del movimiento de los puntos de vista”. También para él, el intento de poner en uno al mundo de las representaciones del otro a través de la abstracción, es dependiente de un sentimiento simpatético.171 Simon alude aquí a un pasaje de la Crítica de la razón práctica: “Pero toda comprensión humana termina cuando llegamos a las facultades o fuerzas fundamentales, porque la posibilidad de éstas no puede ser concebida en modo alguno, pero tampoco puede ser inventada y supuesta arbitrariamente”.172 Pero en la teoría del conocimiento, no puede presuponerse una coincidencia de conceptos utilizados entre las personas que juzgan, y, sin embargo, ella misma debe ser posible, al menos para poder alcanzar de este modo la coincidencia. Esto vale también para el lenguaje de la filosofía. Simon señala que, según Kant, el filósofo no construye conceptos, sino que sólo integra los conceptos ya dados y más distintos, “según su respectiva necesidad y su respectivo interés filosófico”.173 También en el lenguaje de la filosofía, las palabras se utilizan como signos. La comprensión de estos signos, sin embargo, se queda en cada uno como una comprensión individual. La frase central, al respecto, de la Crítica de la razón pura, no es otra según Simon, que la siguiente: “Unos ligan la representación de cierta palabra a una cosa, otros a otra; la unidad de la conciencia no es, en lo empírico, necesaria y universalmente válida en relación con lo dado”.174 La “diferencia estética” que de hecho existe entre las personas, así Simon, lleva en Kant a una “orientación práctica” acerca de “cuestiones de creencia, justificadas sólo subjetivamente”.175 Y esto tiene como consecuencia que precisamente no se puede atribuir a Kant, como Hamann lo expresó, el hecho de “independizar la razón de toda transmisión, tradición y creencia”.176 La idea de que la razón se piensa como algo independiente de la experiencia, es, sin duda, algo que no se podría reprochar a Kant. Para Kant, el concepto de la razón también es primeramente existente en su distinción estética, esto es, sólo como una palabra. Cuando es utilizada esta palabra, entonces ella está sujeta absolutamente en este uso a la tradición y a la experiencia: “También la palabra ‘razón’ es transmitida y, en este sentido, ‘dada’ por su uso, y Kant da a esta palabra y a otras ‘palabras fundamentales’ de la filosofía, en continuidad con los significados transmitidos, nuevos significados, para poder [así] seguir utilizándolas sin caer [con ello] en contradicciones”.177

Simon termina sus reflexiones en torno a Hamann y Kant con palabras que pueden entenderse como un pequeño resumen de su interpretación de Kant en general. Estas palabras deben indicar, además, una cierta cercanía entre Hamann y Kant, y pueden con ello entenderse además como una cierta rehabilitación de Kant frente a la meta-crítica de Hamann. Simon lo dice en el siguiente tenor:

“Lo que dice uno, no sólo no tiene que significar ‘lo mismo’ para otros, sino que ni siquiera [tiene que] significar ‘algo’ [en general] para ellos. Nadie tiene, antes que los otros, una visión de conjunto de las cosas, libre de su propio horizonte. Sólo se puede intentar transmitir la propia visión a los otros, [de modo] tan distinto como parezca posible y necesario desde el propio punto de vista. El logro tiene que quedar abierto, pues la convicción y la persuasión no se dejan distinguir desde ningún punto de vista”.178

Debido a que esta diferencia estética entre aquellos quienes juzgan no se puede anular, tanto un supuesto saber como también un posible modo de tener algo por verdad, puede ser realizado sólo a través de la comprobación de nuestros juicios por los otros. Nosotros debemos comunicar nuestros juicios al otro para posibilitar que sean comprobados, cuestión que en el nivel filosófico moral surge por la exigencia de respetar siempre el juicio de la razón ajena. La temática de la comunicabilidad de nuestros juicios y de una posible comunicación en el nivel pragmático-empírico puede llevar a una posible determinación de una forma del saber, y con ello es posible también analizar, según lo presentado en este capítulo, el punto de vista del debate lingüístico-filosófico entre Hamann y Kant. Para poder entender mejor la posición kantiana sobre el saber absoluto de la metafísica, demos paso en este punto al siguiente apartado.

12. Kant contra el saber absoluto dentro de la metafísica

En el presente capítulo pretendemos aclarar más en detalle la comprensión del saber de la filosofía trascendental de Kant en oposición al entendimiento del saber de la tradición metafísica antes de Kant. Con Thomas Sören Hoffmann decimos que en Kant se trata de un “giro metafísico-crítico de la filosofía”. Este giro es retomado más tarde por Hegel quien, según Hoffmann, llevó este giro a su fin.179 Nosotros enfocamos el marco de nuestro trabajo en Kant y preguntaremos a este respecto, ¿qué se entiende por “metafísica”, cuando hablamos de aquella metafísica tradicional de la que Kant se aparta? Esto puede explicarse bien a partir de Hoffmann y en base al concepto sistemático de la metafísica. Hoffmann habla de tres “preconceptos” de la metafísica desde los cuales puede realizarse un acercamiento a aquello que se entiende por metafísica. Se puede hacer así una distinción entre un “concepto metafísico sistemático, histórico y formal”.180 Nos dedicamos en este lugar específicamente al preconcepto sistemático. El concepto metafísico sistemático se refiere a la metafísica como la “disciplina majestuosa de la filosofía que nos familiariza con los fundamentos más profundos de lo existente en general, como también con los fines más altos del orden del Ser y del actuar”.181 Se trata de la metafísica clásica de un Platón y un Aristóteles, o la metafísica de los sistemas del orden medieval. Ahora bien, Kant fue el filósofo que cuestionó radicalmente esta forma de la metafísica, a la cual está sujeta una forma doctrinal del pensar. Según él, precisamente no es posible alcanzar las afirmaciones últimas de la verdad sobre Dios, la inmortalidad y el alma, sino sólo a través del pensamiento. Kant refuta pues con vehemencia “la pretensión de la metafísica tradicional, de haber exhibido y logrado el pensamiento que se puede autorrealizar”.182 Él describe, al contrario, en su programa crítico, “la no-factibilidad de las pretensiones metafísicas del conocimiento, en el sentido de que no son exhibibles”.183 Esta metafísica sistemática, para Kant es entonces solamente un saber de la apariencia. Si es verdad que este saber es “real (…) como disposición natural”, sin embargo es también al mismo tiempo “dialéctico e ilusorio”, y contiene el peligro de seguir una “apariencia falsa”. Para escaparse de la ilusión es necesaria, pues, una crítica de la razón que, por su parte, permita evitar caer “en una persuasión engañosa”.184 Hasta este punto seguimos a Hoffmann y agregamos ahora, por nuestra parte, a Kant.

La crítica facilita según Kant la posibilidad de “aspirar (...) a la comprensión y la convicción”.185 “La crítica es a la metafísica habitual de las escuelas como la química es a la alquimia, o como la astronomía es a la astrología adivinatoria”.186 La vieja metafísica como “sofística ciencia ilusoria” despierta en el hombre una “perspectiva segura de un saber determinado y concluyente”.187 Kant proclama con ello “el tiempo de la decadencia de toda metafísica dogmática” y promete “el tiempo de su renacimiento por medio de una radical y acababa crítica de la razón”.188 Esta renovación debe lograrse por la necesidad de tomar por base la filosofía trascendental de cada metafísica futura para así poder llegar a respuestas seguras en torno a la pregunta acerca de cómo es posible un conocimiento en base a la razón pura. Dicho de otra forma, un saber absoluto bajo estas condiciones no es posible, y sin embargo en el trascurso de la crítica se abre para la metafísica un nuevo acceso en el ámbito de la filosofía práctica, pues la razón práctica pura postula, por su parte, en el fundamento de la libertad un posible acceso al conocimiento práctico de las ideas puras de la razón, es decir, de las ideas de Dios, la inmortalidad y el alma. En el ámbito teorético del conocimiento, sin embargo, estas ideas permanecen siempre incomprobables y no pueden ser sabidas, sino que, como máximo, creídas. De ninguna cosa podemos saber más de lo que pertenece a la experiencia de esta cosa. No podemos conocer la cosa en sí, pero tampoco podemos decir que esta cosa no existe, pues podría ser que también existan otras formas de conocimiento que van allende las nuestras. Pero dado que las determinaciones del espacio, el tiempo y los conceptos del entendimiento posibilitan la experiencia, no podemos acceder, en estricto rigor, a algo más que a un conocimiento de la experiencia. Las ideas trascendentales nos facilitan además la determinación de los límites del conocimiento, pues es la naturaleza de la razón misma la que lleva a intentos dialécticos.189 La metafísica no puede, de ninguna manera, ser destruida, pues ella “está puesta en nosotros por la naturaleza misma, quizá más que ninguna otra ciencia“.190 La tarea de la crítica es entonces elevar esta comprensión a la conciencia. La metafísica, para no producir “meras quimeras”, necesita de una deducción. Es una deducción “para sí misma”, pues la metafísica se refiere a la ocupación de la razón “exclusivamente de sí misma”.191 Ella insiste en objetos que no se hallan en la experiencia, y, a su conocimiento, es decir, a su certeza, tampoco es posible llegar a través de la experiencia. Un saber en tanto que ciencia, según Kant, es real, cuando “es real, al menos en la idea de todos los hombres”, cuando “los problemas que conducen a ella se le plantean a cada uno por la naturaleza de la razón humana”.192 Así, la razón humana ha realizado varios intentos de acercarse a esta ciencia, pero independientes del camino crítico estos intentos permanecen, sin embargo, en el error. Esto significa que la metafísica es necesariamente real, pero siempre subjetiva. La crítica es así aquella facultad para investigar, cómo es que la metafísica es objetivamente posible, con el fin de poder llegar a las determinaciones necesarias de ella. La crítica hace posible evitar de esta forma el supuesto engaño de la razón y la ilusión que produce. Es un engaño y una ilusión que yace en su propia naturaleza. Esta ilusión se genera porque “el fundamento subjetivo del juicio es tenido por objetivo”.193 Se trata de lograr con ello que la razón misma se vuelva consciente de su propia aspiración a un uso trascendental, para que así ella misma pueda defenderse frente a las posibles confusiones. Cuando la razón hace referencia de manera trascendental a un objeto, un objeto que en verdad es sólo el sujeto, entonces nos encontramos frente al germen de la confusión. Las ideas de la razón contienen aspiraciones que van por encima del entendimiento. En la matemática y en las ciencias naturales, en cambio, la interacción de la naturaleza del entendimiento y de la naturaleza de la razón es “muy bien [realizada] y con completa seguridad, aun sin toda esta deducción sutil”. Aquí se ve, entonces, que el “entendimiento se une a las ideas de la razón pura para un propósito situado más allá del uso empírico del entendimiento, uso del cual hemos dicho, empero, más arriba, que era, en este respecto, completamente imposible, (…)”.194 Pero esto es justamente aquello que debía ser evitado, para poder escapar de las posibles confusiones. Sin embargo, y este es el asunto, debe existir una “concordancia” entre la naturaleza de la razón y del entendimiento. ¿Cómo se puede resolver esta supuesta contradicción? A este respecto, Kant dice lo siguiente: “[La] razón pura no pone la mira, con sus ideas, en objetos particulares que estén fuera del terreno de la experiencia, sino que exige solamente [la] integridad del uso del entendimiento en la concatenación de la experiencia”.195 Se trata, entonces, de una aspiración a la perfección del entendimiento que permanece siempre en sus limitaciones. Pero el asunto no consiste por ello en la simple integridad de las intuiciones y las cosas, porque en tal caso obtendríamos con seguridad un conocimiento de los objetos de las ideas puras de la razón. Según Kant, sólo se puede tratar entonces de una “integridad de los principios”.196 Ahora bien, estos principios son pensados por la razón como conocimientos del objeto. Este objeto es pensado así como completamente determinado. Pero con ello se trata de una idea, y esta idea ayuda para poder pensar la integridad del conocimiento del entendimiento. En los Prolegómenos, Kant describe con insistencia su programa de un supuesto saber de las ideas de la razón. Hasta el momento se trataba en la metafísica de una “presunta ciencia”, y de la necesidad de llegar finalmente a una certeza en torno al saber y a la ignorancia de la metafísica: La “profundidad” debe ser diferenciada de una “charlatanería superficial”.197 Anteriores intentos –Kant nombra en su prólogo explícitamente a Locke y Leibniz– debieron pues hacer sitio, como lo sabemos por la Crítica de la razón pura, a un camino seguro para la ciencia.198 El empuje decisivo lo recibió Kant, como es sabido, de David Hume, quien cuestionó las funciones de la metafísica en base a su crítica de la concepción causa-efecto.199

En el prólogo de los Prolegómenos, Kant discute distintos planteamientos filosóficos dentro de un pensamiento metafísico que se refieren específicamente a un “sentido común” [gemeiner Menschenverstand]. Bien es verdad que poseer un sentido común “es un gran don de los cielos”, pero es necesario comprobarlo mediante la acción y la palabra, para no permanecer en el nivel de un puro oráculo. Cuando aparecen las dificultades en el ámbito de los intentos explicativos metafísicos, rápidamente se alude a un sentido común para poder “remitirse al juicio de la multitud”.200 También si un “entendimiento sano” se vuelve importante en la determinación de los juicios de la experiencia, lo cierto es que en la metafísica ya no habrá lugar para “ningún juicio en absoluto”.201 Aquí vale, por tanto, la necesidad de evitar cualquier especulación. El receptor se acerca al estudio de un sistema filosófico con su “propia manera de pensar”, la que se convierte, de hecho, “en naturaleza por la larga costumbre”.202 Para entender algo nuevo y para acercarse a lo nuevo sin prejuicios, pero críticamente, se requiere una capacidad para poder salir de la norma de una manera de pensar estancada.203 La exigencia de Kant de pensar por sí mismo, en tal proceso, lleva a la necesidad de la comprobación. Kant exhibe así su nueva ciencia al juicio de los otros. Los otros comprueban de manera reflexiva y pueden, en cualquier momento, formular preguntas, y, sin embargo, éstas deben ser réplicas justificadas, una vez realizada la ponderación y el estudio acabado del asunto. Sólo así puede cumplirse con las exigencias que Kant formula en su programa crítico. Lo que Kant propone podría ser aceptado o refutado radicalmente, pero no puede ignorarse sin prueba alguna.204

Nos dirigimos al final de este capítulo con aquellas formulaciones de Kant que son decisivas para nuestra investigación acerca de las formas del saber en torno a la comunicabilidad universal. Nos referimos en concreto a la diferenciación de distintos tipos de conocimientos. Esta reflexión será integrada en nuestra interpretación de las distintas formas del saber en Kant. ¿Cómo procede aquí el filósofo de Königsberg? Al principio de los Prolegómenos, en la Advertencia preliminar, que trata justamente de las fuentes de la metafísica, Kant habla de las diferencias del conocimiento como ciencias. Habría que determinar entonces con precisión las peculiaridades de las ciencias, porque de lo contrario los límites de las ciencias podrían ser confundidos, y un tratado sistemático al respecto sería así pues del todo imposible. Las peculiaridades podrían consistir, según Kant, en “la diferencia del objeto, o en la de las fuentes del conocimiento, o también en la del modo de conocer, o en varios de estos aspectos, cuando no en todos ellos juntos, (…)”.205 La diferencia entre un conocimiento metafísico y uno empírico radica en que las fuentes del conocimiento metafísico no pueden ser empíricas, porque se trata de un conocimiento “situado allende la experiencia”.206 El conocimiento metafísico es entonces debido a “un conocimiento a priori, o por entendimiento puro y razón pura”.207 En base a esto debemos diferenciar, por lo tanto, entre dos niveles del conocimiento y del saber, a saber, el nivel metafísico y el nivel empírico. La realidad se convierte con esto, para Kant, en una modalidad. Presuponer una realidad como ya dada, y que debe dirigirse como tal a nuestro pensamiento, es para Kant un dogmatismo incomprobable. La realidad pasa siempre por el hombre. Al dogmatismo de la realidad, Kant contrapone su programa trascendental que primeramente pregunta por las condiciones de posibilidad del conocimiento de los sujetos. El planteamiento novedoso de Kant es precisamente el de no preocuparse de las cosas sin un proceso previo del conocimiento, ya que un conocimiento de las cosas en sí es para Kant algo imposible. Con Kant fijamos la atención más bien en las cosas que, ante todo, creamos por nuestro conocimiento, y en éste son cruciales para nosotros las formas subjetivas de la intuición del espacio y el tiempo, y los conceptos del entendimiento que dan estructura lógica a las cosas que aparecen en aquel espacio-tiempo.

Es nuestra convicción que la comunicabilidad de nuestros juicios y el lenguaje pertenecen esencialmente a las condiciones de posibilidad del conocimiento y del saber. La filosofía trascendental no parte de una realidad ya dada, sino más bien de una realidad que es creada por nosotros “los hombres”, y por lo tanto, a través de la comunicabilidad y el lenguaje. No se puede prescindir del lenguaje tampoco en la filosofía trascendental, pues la mera posibilidad de exhibición de ella misma es lingüística. O en resumen, ya en Kant no es posible salir del lenguaje con el lenguaje.208

13. Resumen

Hemos descrito hasta aquí los distintos acercamientos al fenómeno del saber y su posible comunicabilidad universal en base a nuestros juicios. Lo que hemos pretendido es aclarar filosófico-históricamente el punto de apoyo de la comprensión kantiana acerca de las formas del saber y de la función trascendental de la comunicabilidad universal. Dicho en otras palabras, las estaciones anteriores cumplieron la función de preparar la siguiente discusión de las formas del saber en Kant. A la vez se ofreció un fundamento en el orden del pensamiento para las formas del saber en torno a los juicios sobre lo cómico, el humor y el arte. Son estas formas del saber las que queremos presentar con Kant, y con Jean Paul, más allá de Kant en la segunda parte de nuestro trabajo. Pero, ¿qué es lo que precisamente hemos ganado hasta este momento?

Recapitulemos: el saber de algo absoluto es, según Platón, un saber que se reserva a pocos elegidos y no es universalmente comunicable. Para Kant, al contrario, el saber es limitado para todos de la misma manera. Todos nosotros contamos con la misma razón, que tiene, en efecto, sus propios límites. Lo que se encuentra al alcance de las capacidades del conocimiento vale pues para todos los hombres. Veremos a este respecto, que la garantía de la posible comunicación de un saber en base a nuestros juicios es justamente la función trascendental de una comunicabilidad universal. Kant pretendió de esta forma encontrar en su concepción de la comunicabilidad universal un principio que es necesario y válido para todos quienes emiten juicios. Aquí no hay prescripción alguna que sea de tipo elitista, sino que, por el contrario, se trata más bien de un planteamiento pluralista y democrático. Al hombre pertenece tanto lo que puede saber como aquello que no puede saber, lo que es comunicable universalmente y lo que no es comunicable universalmente. Lo importante es ante todo poder tomar en consideración nuestra limitación estética. Lo esencial es por ello tener consciencia del límite de nuestra razón y no permanecer en la ilusión de un probable saber absoluto.

Con John Locke hemos aprendido a este respecto que el lenguaje como medio de comunicación, en el nivel empírico, siempre está en peligro de caer en el abuso y que él mismo es insuficiente para garantizar una comunicación adecuada o perfecta. Esto ya anticipa en parte la comprensión de Kant acerca de la diferencia estética y la limitación estética de los que juzgan. La tesis de Kant de que un juicio siempre se relaciona con el punto de vista de la persona que expresa un juicio, y que el horizonte del saber del que juzga es diferente al horizonte del otro, ya fue pues anticipada por Locke. La consecuencia filosófico-moral consiste aquí en la necesidad de respetar el juicio de la razón ajena y considerar la limitación del juicio propio. Lo que describiremos en el siguiente capítulo es en concreto la manera en que el nivel pragmático-antropológico de una determinada forma del saber guarda sus raíces en la filosofía del lenguaje de Locke.

A continuación de Locke, la idea de que la comunicación de nuestros juicios está sujeta a distintas clases de distinción, quedará expuesta en detalle a partir de Leibniz. Con el mismo resultado que en el nivel empírico-antropológico, se deducirá la imposibilidad de llegar a una distinción adecuada de lo comunicado, pues los conceptos de nuestros juicios siempre son infinitamente ampliables. Kant retoma las normas lingüístico-filosóficas de Leibniz y desarrolla, por su parte, una teoría de la distinción de juicios. Tanto la distinción lógica como la distinción estética forman parte de una distinción comunicativa, en la cual el consenso en la comunicación no es garantizable. En el nivel pragmático-empírico hay que ver siempre de nuevo bajo qué modo del “tener algo por verdad” uno expresa su juicio. En el ámbito de los juicios estéticos, por ejemplo, un entendimiento entre los juzgadores depende principalmente del estado del ánimo en que se encuentra cada juzgador. Estas premisas llegan, como será visto más adelante, a la exigencia moral de comunicarse siempre bajo el mandato de la veracidad, y del respeto frente a la razón ajena.

La consecuencia que el debate del panteísmo produce en Kant radica en la revalorización del sentimiento, es decir, del estado del ánimo como parte del proceso humano del conocimiento. Kant encuentra de este modo la importancia del fundamento emocional en la universalización de los juicios estéticos sobre lo bello y lo sublime, y en el ámbito del arte, especialmente en la poesía. Precisamente en este punto se encuentran, según nuestra tesis, Kant y Jean Paul. Los dos pensadores compartieron el gran interés en el debate iniciado por Jacobi, y en ambos autores podemos encontrar huellas que confirman el impacto causado por dicho debate. En Kant, por ejemplo, el estado del ánimo se convierte dentro de su argumentación trascendental en la función decisiva para poder garantizar la comunicabilidad universal de los juicios estéticos. En Jean Paul, la influencia de este punto de vista se expresa en su teoría del realismo de los sentimientos, incluida dentro de su teoría del conocimiento y el saber.

La revalorización del componente del sentimiento en el contexto del saber fue influida también por el debate estético del siglo XVIII. Este debate tuvo su impacto en la filosofía kantiana y en la estética de Jean Paul, sobre todo en la constitución de la forma del saber en base a juicios estéticos y a las ideas estéticas en el ámbito del arte. La comprobación de tal influencia será presentada también en el transcurso de los siguientes capítulos.

Por el debate de los universalia nos hicimos conscientes de manera general respecto de la problemática de la comunicabilidad del saber. La pregunta fue allí si acaso el lenguaje filosófico se orienta al lenguaje coloquial o no. La posición de Kant expresa sobre esta base que la filosofía ocupa de hecho un lenguaje propio, pero que este lenguaje está sujeto siempre al cambio histórico. Es cierto que los conceptos filosóficos son en gran parte tomados de la tradición. Sin embargo, estos conceptos obtienen en cada filósofo, en relación al punto de vista y la posición en el tiempo, su significado correspondiente, cuestión que en otro filósofo puede adquirir eventualmente otra forma y otro significado. Un entendimiento histórico del lenguaje relaciona entonces siempre la comunicabilidad filosófica con el uso familiar del lenguaje. Cuando Kant discute el alcance y los límites de la razón, por ejemplo, lo hace bajo su comprensión del concepto de la razón, y el hecho es que éste mismo puede ser cambiado por otras formas de comprensión y/o por otros filósofos. Una consecuencia de la comprensión del estatus histórico del lenguaje implica para nosotros la refutación del reproche en contra de Kant acerca de un supuesto olvido del aspecto lingüístico, tal y como lo formulase Hamann.

Finalmente hemos visto que la metafísica en Kant sufrió una revolución. La metafísica clásica-tradicional es caracterizada como dogmática, especulativa y caduca según la revolución de la manera de pensar, propia de la Crítica. Un conocimiento y un saber en base a conceptos puros de la razón no están ya más, a partir de Kant, al alcance del ser humano. El saber tiene que hacer así sitio a la creencia. Pero como veremos, esta creencia no es menor en grado que el saber. Su valor es más bien el mismo. Esto nos llevará a la comprensión de que, junto a las formas del saber en Kant, en el ámbito de las ideas trascendentales, hay que postular además una forma de la creencia. Como preparativo para dicha comprensión resultaron ser útiles dentro de nuestra introducción histórica las afirmaciones acerca del modo de entender la metafísica en Kant.

Después de la aclaración del punto de partida de Kant y Jean Paul en las ya presentadas reflexiones histórico-filosóficas, estamos pues preparados para dirigirnos al siguiente capítulo que trabaja la temática de las formas del saber en Kant en torno a la comunicabilidad universal de nuestros juicios.

PARTE 2.1

LA TEORÍA DE LAS FORMAS DEL SABER EN TORNO A LA COMUNICABILIDAD UNIVERSAL EN KANT

1. Introducción

Por la diferencia estética que hay entre nosotros, cada uno puede expresar sus juicios desde su punto de vista individual, el cual se distingue en principio del punto de vista de los otros. Cada uno tiene por tanto su propia perspectiva que enfrenta con la perspectiva del otro, juzgando siempre en base a su propio horizonte de saber. Siguiendo esta idea, para realizar una comunicación exitosa, debemos expresarnos lo más claramente posible. Pero, si llevamos esto al nivel de los juicios empíricos de la experiencia no encontraremos allí garantía alguna en relación al hecho de que dicha claridad lógica sea suficiente para el entendimiento del otro: “Unos ligan la representación de cierta palabra a una cosa, otros a otra; la unidad de la conciencia no es, en lo empírico, necesaria y universalmente válida en relación con lo dado”.209 Si nuestro juicio no es lo suficientemente claro, siguiendo lo aquí propuesto, tenemos entonces que buscar desde la claridad estética, a través de ejemplos, analogías, metáforas o símbolos para poder aclarar al fin nuestro juicio, buscando los puntos en común. Pero lo cierto es que ni la claridad lógica ni la estética nos lleva al final a una claridad adecuada, sino meramente a una claridad comunicativa, la cual tiene que ver más que nada con la aspiración humana a la sociabilidad. El hombre “siente (...) fuertemente la necesidad de abrirse al otro (incluso sin tener ninguna intención en esto)”.210 Pero eso no significa que el ser humano no debe reflexionar siempre sobre lo que expresa en su juicio, ya que es su responsabilidad frente a la razón ajena no articular ciertos juicios, sobre todo acerca de otros hombres.211

Desde esta idea, todos los juicios son, en definitiva, juicios subjetivos, incluso si obtienen, como un juicio objetivo y universalmente válido, un carácter público. En cada nueva situación hay que ver si alguien entiende lo mismo que otro acerca de un concepto dado. Entonces ya en el ámbito de un posible saber en base a juicios lógicos y conceptos del entendimiento, no puede garantizarse un consenso de la comunicación. Lo único que nos quedaría es pues exponer nuestros juicios y respetar aquellos de los otros. Y a partir de aquí, un saber sólo puede constituirse siempre y únicamente a través de la comunicación, cuestión que supone la inexistencia de un saber de tipo privado.

Cuando preguntamos en la filosofía por lo que podemos saber, no solamente se trata de un saber de los hechos, sino también de un saber que se conecta fuertemente con las preguntas de nuestra propia razón. Queremos saber el sentido del hombre en el mundo como un ser racional-sensible, queremos saber algo también sobre la conexión entre cuerpo y alma, y sobre la perspectiva de algo infinito, pero todas estas cuestiones se encuentran inevitablemente por encima de la finitud fáctica de nuestra existencia. De la misma forma, queremos saber, además, de qué manera podemos llegar a una posible respuesta a las grandes preguntas acerca de la libertad, la inmortalidad, del alma y el mundo. Y por último, queremos saber también si hay un Dios. ¿Qué puedo saber? Esta es entonces la primera de las cuatro famosas preguntas de Kant a las que debe responder nuestra razón. ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?, y, en forma resumida ¿Qué es el hombre? En estas preguntas ha sido sintetizado el interés de nuestra razón. Si nuestro trabajo se ocupa del saber y de su comunicabilidad, tenemos que aclarar entonces, en primer lugar, qué podemos saber respecto de la posición del hombre en el mundo una vez consumada la revolución de la manera del pensar de Kant, cuestión que de hecho implicó también una revolución en el ámbito del saber.

Un primer acercamiento, siguiendo a Kant, nos permite plantear de este modo la pregunta ¿Qué puedo saber? Dicha interrogante se encuentra dentro de la Doctrina del método de la Crítica de la razón pura, específicamente en el segundo apartado del Canon de la razón pura, el cual contiene el tránsito de la filosofía teorética a la filosofía práctica.212

Acerca de la pregunta por el saber esto significa entonces que dicha pregunta en este lugar ya no es planteada estrictamente de forma epistemológica, sino en relación a un contexto antropológico-pragmático. Josef Simon indica que desde la consecuencia filosófico-trascendental, que afirma que las determinaciones conceptuales nunca llegan a un término, se deriva que en la vida fáctica del ser humano siempre hay que llegar a una ruptura de las determinaciones conceptuales por razones de necesidad comunicativa. Por lo tanto, y volviendo Kant, es evidente que en este contexto de su filosofía crítica no se puede hablar ya de las capacidades humanas de manera filosófico-trascendental, sino que más bien de forma pragmática, “a saber, bajo el punto de vista de que, por causa de la orientación en el actuar, hay que llegar pragmáticamente a un término con la determinación de lo que es algo y por consiguiente también de lo que es el hombre y lo que es su lenguaje”.213

No obstante, a partir de aquí no podría ser deducida la idea de una filosofía relativista, ya que dicho procedimiento “es puesto bajo la dirección de la filosofía práctica y de su propia ‘objetividad’ superior (del imperativo categórico), la cual determina que los fines pragmáticos son a la vez deberes éticos”.214 Estas afirmaciones se pueden confirmar de hecho en la Doctrina del método, específicamente en el apartado siguiente al Canon, en donde Kant da a entender que, en el nivel pragmático, el saber es únicamente un modo del tener por verdad (Fürwahrhalten), que se presenta como equivalente a los modos de la opinión y de la creencia.

“El tener por verdad, o validez subjetiva del juicio, en relación con la convicción (que posee, al mismo tiempo, validez objetiva), tiene los tres grados siguientes: opinión, creencia y saber. La opinión es un tener por verdad con conciencia de que es insuficiente tanto subjetiva como objetivamente. Si sólo es subjetivamente suficiente y es, a la vez, considerado como objetivamente suficiente, se llama creencia. Finalmente, cuando el tener por verdad es suficiente tanto subjetiva como objetivamente, recibe el nombre de saber”.215

El criterio del tener por verdad en el modo del saber es, por consiguiente, que el ser humano que juzga tiene que ser convencido de su juicio, pensando que su juicio es subjetiva y objetivamente válido. Pero esta convicción puede ser verificada solamente cuando el que juzga expone su juicio a la comprobación del otro. Solamente así se puede diferenciar “externamente” si se trata de una convicción (Überzeugung) o de una mera persuasión (Überredung): “El criterio para saber si el tener por verdadero es convicción o mera persuasión es, por tanto, externo, y consiste en la posibilidad de comunicarlo y en comprobar su validez para toda razón humana”.216

Subjetivamente no se puede distinguir entre convicción y persuasión. Pero la comunicación del juicio es, según Kant, la única manera de descubrir si se podría tratar de un juicio privado o una mera persuasión. El criterio principal para poder llegar a una convicción y a un tener por verdad, en el modo del saber, es entonces que este tener por verdad sea universalmente válido y con esto también universalmente comunicable.

Damos aquí de nuevo un paso hacia atrás. Cuando Kant plantea la pregunta ¿Qué puedo saber? en la Doctrina del método, lo cierto es que su respuesta se encontraba ya hace tiempo presente en la teoría del conocimiento de la Doctrina de los elementos de la Crítica de la razón pura. Acerca de las cosas en sí, dice el filósofo que no podemos saber nada, pues la base de nuestros conocimientos, y con esto también de nuestro saber, no es más que la simple apariencia de las cosas. Y justamente acerca de las últimas cosas –Dios, inmortalidad y alma– no podemos saber nada de nada, porque ellas adolecen de cualquier tipo de relación con la sensibilidad. El supuesto saber absoluto de la tradición metafísica se convierte en la filosofía crítica de Kant en un objeto de la fe. “Tuve, pues, que suprimir el saber para dejar sitio a la fe”.217 Solamente tenemos que presuponer una idea tanto para la filosofía teorética como para la práctica. Se trata de la idea de la libertad como principio supremo de la filosofía trascendental. Sin esta condición previa de la libertad no serían posibles ni nuevos conocimientos ni una determinación del hombre como un ser libre-moral. Esto significa, respecto a nuestro acercamiento a las posibles formas del saber, que el criterio supremo consiste aquí en que estas formas en el nivel más alto siempre tienen que relacionarse con la idea de la libertad. Por el contrario, para todos los demás conceptos puros de la razón, un saber absoluto, tal y como lo proponía la tradición metafísica antes de Kant, queda pues ahora excluido. Estas ideas trascendentales obtienen sin embargo en la filosofía práctica una relevancia esencial a la manera de postulados o principios regulativos, y pueden ser exhibidos, por lo menos lingüísticamente, en forma de una analogía. Un saber como conocimiento de la existencia de estos objetos, sin embargo, según Kant, definitivamente ya no es posible. En el marco de estas conexiones, la pregunta ¿Qué puedo saber? se vuelve así problemática una vez más. Todo el saber queda así sujeto de modo filosófico-trascendental a la libertad como principio universal y necesario. Lo que los hombres en el nivel pragmático-antropológico juzgan, en base a distintos modos del tener por verdad, es causado entonces por su limitación estética y por la diferencia estética entre ellos mismos.

Resumimos:

Un saber absoluto o un saber de lo absoluto no está a nuestro alcance. Es cierto que todo lo que se puede denominar como saber está sujeto a la premisa de la libertad, pero en el nivel pragmático, un supuesto saber se encuentra siempre relacionado con el principio del “tener por verdad”. El hecho de que el saber en este nivel esté sujeto a la modalidad ya indica que puede (y que debe poder) cambiar el modo, pues una convicción obtenida puede ser disuelta en una situación distinta. Un saber se puede convertir con ello en una opinión o en un creer, y, al revés, una opinión puede ser reconvertida en base a una convicción captada por un saber. Tal concepto del saber tiene también que reconocer siempre el cambio histórico. El “tener por verdad” es por lo tanto la consecuencia de la diferencia estética entre aquellos que juzgan; una diferencia que el individuo que juzga de manera responsable intenta superar a través de la claridad más grande posible. Parte de este juzgar responsable es por ello también que el individuo en ciertas situaciones se abstenga de establecer juicios.

2. Las formas del saber

Ahora bien, es tiempo de explicar lo que entendemos por la idea de una forma del saber, y a qué criterios se encuentran sujetas estas formas. La tesis aquí propuesta es, como ya se ha mencionado más arriba, que no hay un saber absoluto, y que el saber se constituye siempre a partir de un fundamento comunicativo. Hablamos como consecuencia de tal hecho de una forma del saber, y por lo tanto hablamos también del modo cómo es posible un saber, es decir, que no se trata en primer lugar de la pregunta ¿qué puedo saber?, sino que antes bien es preciso preguntar, ¿cómo podemos obtener un posible saber? Esto incluye, planteado de manera trascendental, la pregunta por la condición de posibilidad de una forma del saber, y, de manera pragmático-antropológica, también la pregunta por los criterios necesarios para que el posible saber pueda ser trasladado a un saber por convicción, presente en individuo que juzga.

Recién cuando estas preguntas puedan ser respondidas, podremos pasar a preguntarnos por el contenido del saber, es decir, por lo que sería aquello que nos deja saber una forma del saber. Explicaremos estos criterios, en primer lugar, a través de un ejemplo supuestamente poco problemático, a saber, a través de la matemática.

3. La forma del saber matemático

La forma del saber de la matemática presupone su saber en base a juicios. Su particularidad consiste en que ella exhibe sus conceptos a priori en la intuición. Los juicios matemáticos son, por tanto, juicios intuitivos y se distinguen por ello de los juicios discursivos de los conceptos propios de la filosofía. Es cierto que la filosofía es capaz de establecer doctrinas apodícticas y que puede explicarlas a través de intuiciones, pero ella no puede deducirlas en forma de intuiciones puras como sí lo hace la matemática. Es la intuición pura de la matemática, por consiguiente, la que transforma sus juicios intuitivos en algo universalmente válido. Y porque estos juicios se basan en principios trascendentales son, sin duda alguna, universalmente comunicables. La intuición pura es entonces la condición de posibilidad que permite que la matemática pueda exhibir y constituir sus conceptos “en concreto y por lo tanto a priori”.218 Con la comprobación de la intuición pura dentro de la matemática pura también se explica la posibilidad de las proposiciones sintéticas. En la intuición empírica los conceptos de objetos de la intuición son constantemente ampliados sintéticamente por nuevos predicados. De una manera parecida lo hace ahora también la intuición pura de la matemática, “con esta única diferencia: que en el último caso el juicio sintético será cierto a priori y apodíctico, en el primero en cambio será sólo a posteriori y empíricamente cierto, porque ésta sólo contiene lo que se halla en la intuición empírica contingente, aquélla en cambio contiene lo que debe hallarse necesariamente en la pura, pues ella está, como intuición a priori, enlazada inseparablemente con el concepto antes de toda experiencia o percepción particular”.219 Para la temática de la comunicabilidad esto significa lo siguiente: Los juicios matemáticos intuitivos son, a través de su fundamentación a priori, en cada momento universalmente comunicables y llegan a ser por lo tanto un posible saber. Posible, en el sentido de que en la aplicación pragmática de estos juicios siempre pueden ocurrir errores. También el matemático tiene que exponer sus juicios al otro para la comprobación y evitar así caer en un egoísmo lógico. En este nivel tampoco la matemática tiene privilegios:

“No se diga que al menos la matemática tiene el privilegio de sentenciar por su propia autoridad soberana; porque si no hubiese precedido la universal concordancia percibida de los juicios del matemático con el juicio de todos los demás que se han dedicado con talento y solicitud a esa disciplina, no se habría sustraído esta misma a la inquietud de incurrir en algún punto en el error”.220

Es posible ver aquí la diferencia de los dos niveles de comunicabilidad y comunicación con claridad. La comunicabilidad universal del saber en base a juicios matemáticos es garantizable gracias a la relación con la intuición pura a priori. La aplicación de los juicios matemáticos, para poder certificar también el saber en forma fáctica, necesita una comunicación de tales juicios y una inspección por la razón ajena. La consideración de las dos referencias debe convertirse en una exigencia para todas las formas del saber presentadas. Observemos aquí nuevamente la forma del saber en base a juicios empíricos.

4. La forma del saber empírico

La condición previa de un saber de la naturaleza consiste en que los juicios subjetivos de la percepción se conviertan en juicios de experiencia sobre la base de conceptos puros del entendimiento. La percepción debe ser subsumida entonces bajo un concepto del entendimiento. Recién así el juicio obtiene su necesidad. Todos los juicios son en primer lugar juicios de la percepción y son válidos por lo tanto sólo subjetivamente. Recién cuando se refieren a un objeto se puede exigir, “que ello sea válido para nosotros también en todo tiempo, y que sea igualmente válido para cualquier otro”.221 Es decir, únicamente cuando todos los juicios sobre la misma cosa coinciden entre sí, y por ello son ahora objetivamente válidos, se puede de esta forma hablar de una “necesaria validez universal” del juicio, “pues no habría razón por la cual otros juicios debieran concordar necesariamente con el mío, si no fuese la unidad del objeto, al cual todos se refieren, [y] con el cual concuerdan, debiendo por tanto concordar también entre sí”.222 En el nivel trascendental, los conceptos puros del entendimiento (las categorías) garantizan por tanto que un juicio puramente subjetivo de la percepción se convierta en un juicio objetivo de la experiencia. Los conceptos puros del entendimiento garantizan así la condición de posibilidad de un saber en base a juicios de la experiencia. En el nivel pragmático tales juicios están sujetos, como vimos anteriormente, al principio de tener algo por verdad y a la claridad comunicativa. El juicio empírico, entendido como forma del saber, es de este modo la base para poder llegar a un posible saber, de manera que la convicción se vuelve suficiente para expresar nuestro juicio en el modo del tener por verdad de un saber, y para poder así comunicarlo universalmente. En el caso de una convicción faltante, sin embargo, el juicio empírico puede ser expresado igualmente en el modo de la opinión o de la creencia. Pero en este caso no se trata de un saber. La forma del saber de juicios empíricos, concebida como el modo para poder llegar a un saber, debe ser definida antes bien por el criterio de la convicción y la comunicabilidad universal. Llegamos por esta vía, a través del “tener por verdad” a un saber determinado, a la necesidad de evaluar en cada situación de qué contenidos de aquel saber se trata.

5. La comunicabilidad universal

El aspecto de la comunicabilidad y la comunicación del saber en torno a nuestros juicios se observan en las interpretaciones kantianas actuales con una atención cada vez más intensa. Estas investigaciones se fundan esencialmente en el rechazo de una comprensión de la filosofía trascendental como un tipo de subjetivismo. Por el contrario, se asume una interpretación que, por un lado, no niega las precondiciones subjetivas de la argumentación trascendental, pero que por otro lado, subraya que las determinaciones del sujeto sólo se dejan explicar por completo cuando se entiende su intención pluralista, su intención de dirigirse al público. Volker Gerhardt, por ejemplo, realza en su estudio Vernunft und Leben la conexión indisoluble de la facultad de la razón con las fuerzas vitales del hombre.223 Pero con ello el hombre nunca es visto como singular, sino siempre ya como parte de la humanidad concebida como una comunidad de la razón: “El ‘Yo’, en el que Kant pone una atención tan grande, sería insignificante sin la relación al ‘nosotros’. Este ‘nosotros’, sin embargo, significa en él –de la primera a la última escritura– todos los hombres”.224 La relación decisiva para nuestra investigación entre comunicabilidad y saber también ha sido destacada por Gerhardt cuando habla del saber como un “rendimiento comunicado”.225 Los rendimientos del conocimiento se muestran en nuestros juicios y los juicios son la comprobación de que el saber debe ser primeramente expresado, para que pueda ser con ello conocido como saber. Además, los juicios atestiguan con insistencia la idea de que “el hombre que ocupa su saber está en un contexto comunicativo con sus semejantes”. En base a esta comprensión, la declaración decisiva de Gerhardt para nosotros se resume en la siguiente expresión: “Saber es aquello que solamente resalta en la comunicación”. Y en relación con las determinaciones kantianas de la comunicabilidad en la Crítica del discernimiento, Gerhardt sigue explicando: “En la tercera Crítica, Kant incluso ha elevado la capacidad comunicativa a un rango de una condición trascendental”.226

Johannes Keienburg sigue, en este sentido, directamente la obra de Gerhardt.227 El trabajo de Keienburg sobre lo público de la razón “está explícitamente en la tradición de un nuevo acceso a Kant el cual fue iniciado por Volker Gerhardt”.228 Concordamos con Keienburg, sobre todo, en su refutación del reproche de subjetivismo en Kant. Keienburg declara: “El reproche de subjetivismo es tan antiguo como la filosofía de Kant misma – y es relacionado a todos su ámbitos”.229 Estamos de acuerdo con Keienburg cuando afirma lo siguiente respecto al reproche de subjetivismo: “Nada está más lejos de la filosofía de él [Kant] que una racionalidad monológica, subjetivista o incluso solipsista”.230 Es cierto que el conocimiento para Kant es un procedimiento que tiene lugar “en mí mismo”,231 que está dirigido por “condiciones subjetivas”.232 La naturaleza tiene que dirigirse a nuestro fundamento subjetivo de la apercepción –esto señala la revolución de la manera de pensar que Kant introduce–. En la filosofía práctica también el Yo autónomo forma el centro de todas las reflexiones. Keienburg comenta aquí: “Nadie me puede quitar a mí mi moralidad, soy yo quien se comporta moralmente o no, dependiente de qué máxima como principio subjetivo del querer sigo”.233 De esta forma, comenta Keienburg con insistencia, no hay en Kant una razón subjetivista. El filósofo aclara más bien que la razón siempre es la razón de individuos en tanto que portadores. Pero su revolución de la manera de pensar consiste justamente en el hecho de que la razón no viene objetivamente de los objetos, sino que ella se halla subjetivamente en nosotros, y ciertamente por ello se producen los malentendidos y las diferencias estéticas entre los individuos. La razón, sin embargo, que yace en nosotros, no es ningún tipo de razón privada, sino que se trata de la “razón humana” como tal, y este es un hecho que Kant menciona ya en la primera frase del prólogo de la primera edición de la Crítica de la razón pura.234 Y esto significa, citamos aquí una vez más a Keienburg:

“Ya al observarnos como seres dotados de razón, al relacionarnos con nuestra razón y sus rendimientos, nos relacionamos, a la vez, con aquello que vincula al hombre con los hombres. Y Kant no deja el asunto en esta conexión. Él exige más bien al Yo teorético orientarse activamente hacia la razón de todos los demás, de comunicarse e intercambiarse, para estar seguro de que se trata realmente de la razón humana universal a la que seguimos. En una palabra: Ella necesita de la piedra de toque del público”.235

La condición, la predisposición de dicho público, queremos añadir, es la comunicabilidad de nuestros juicios. La comunicabilidad aplicada en la forma de la comunicación tiene que realizarse, sin embargo, atendiendo a la diferencia estética. Y cuando la claridad lógica llega a su límite, la comunicación tiene que realizarse a través de la claridad estética en la forma de rendimientos de una transmisión análoga.

Para Josef Simon, la disposición fundamental del hombre es que él mismo puede llegar a un conocimiento y a un supuesto saber desde una perspectiva subjetiva. En su libro Kant. Die fremde Vernunft und die Sprache der Philosophie, Simon indica que el hombre actúa desde una visión general limitada y solamente es capaz de llegar a un juicio dentro de su horizonte temporal.236 Lo hace, o lo debe hacer, por lo menos, siempre en una interacción con otros hombres. Para Simon, el respeto de la razón ajena se convierte así en la exigencia decisiva de la filosofía moral de Kant. También Simon, como Gerhardt y Keienburg, parte su razonamiento desde una concepción pluralista del hombre. Con ello, el singular está en la posición de juzgar solamente desde un cierto modo de tener algo por verdad. La piedra de toque del modo del saber es siempre el juicio del otro. Lingüísticamente presentamos nuestro juicio al otro, es decir, nosotros le comunicamos este juicio. También para Simon, los sujetos se conectan a través de la comunicabilidad. Pero aquello que es comunicable no por ello se convierte inmediatamente en una comunicación exitosa. Pues la determinación de una objetividad común es para Kant, bajo el principio de un correspondiente tener algo por verdad, solamente una suposición. Más no se puede pedir, “porque la posibilidad de la comunicación no implica que hay necesariamente un acuerdo en el contenido de lo mismo en la aplicación de las mismas formas”.237 Una comunicación no tiene entonces una base en común, sino que ella siempre es la expresión de una suposición, y en esta suposición confía por tanto el sujeto que actúa. En relación a un posible saber común, según Simon, “no se sabe realmente lo que los otros se imaginan”. Y Simon lo comprueba con la siguiente cita de Kant: “Unos ligan la representación de cierta palabra a una cosa, otros a otra; la unidad de la conciencia no es, en lo empírico, necesaria y universalmente válida en relación con lo dado”.238 Para hablar de una forma del saber, sin embargo, debemos postular una comunicabilidad universal que acompaña nuestros juicios.

También para Ulrich Schlösser las interpretaciones clásicas de Kant que parten de un punto de vista subjetivo universal, y por ello desde una perspectiva en primera persona, deben ser actualizadas por un nuevo planteamiento. Este nuevo planteamiento debe “tomar en consideración, desde el principio, la relación interpersonal entre sujetos y con ello también los sujetos particulares”.239 Este nuevo planteamiento de Schlösser también se pone en el contexto del tener algo por verdad (Fürwahrhalten). Y en este sentido es parecido a lo que hemos visto con Josef Simon. En el ámbito de los juicios estéticos, Schlösser prefiere hablar de un tener algo por válido (Fürgeltendhalten) porque esta expresión describe mejor la pretensión de una universalidad subjetiva de los juicios estéticos. El autor pregunta así de manera general, ¿cómo el sujeto puede validar sus pretensiones para que ellas ganen validez también para los otros? O, dicho con otras palabras: ¿Cómo puede comunicarse el sujeto con otros sujetos? Schlösser enfoca su pregunta a partir del nuevo planteamiento interpersonal de la Doctrina del método de la Crítica de la razón pura, en la Crítica del discernimiento y en los Prolegómenos. La problemática de lo interpersonal surge, según, del hecho de que a los juicios de conocimiento (Erkenntnisurteile) preceden los juicios de percepción (Wahrnehmungsurteile). Estos últimos, sin embargo, son juicios generalmente subjetivos y no son comunicables. En este nivel entonces no se puede hablar de una relación interpersonal entre los sujetos. También las representaciones que forman el fundamento de los juicios son subjetivas y están lejos de lo interpersonal. Ahora bien, en la estética de Kant la problemática se intensifica, porque el centro de la atención lo asumen los juicios de gusto (Geschmacksurteile). Estos juicios generan en nosotros un sentimiento que habitualmente es evaluado como algo privado. Juicios privados, así el razonamiento, no son comunicables. Sobre este fondo Schlösser desarrolla su teoría de la comunicabilidad en Kant, “según la cual debe ser explicado, por qué los contenidos de estados mentales y las opiniones que los acompañan son comunicables”.240 Con ello es esencial el intento de hacer válido el aspecto de la comunicabilidad para los conocimientos en su totalidad. En la mayoría de las interpretaciones usuales sobre Kant, según Schlösser, la comunicabilidad es “identificada conceptualmente con la validez universal subjetiva”.241 Nuestro autor problematiza esta suposición para llegar a resultados que toman la comunicabilidad por base y también desde fuera de la estética. Su argumentación se desarrolla con ello en torno a un cambio del punto de vista de la primera frente a la tercera Crítica de Kant. Mientras en la Crítica de la razón pura el punto de partida es el sujeto y sus rendimientos, en la Crítica del discernimiento “la perspectiva se invierte”.242 Así, menciona Schlösser, la cosa se convierte en una condición de posibilidad de lo interpersonal del conocimiento, es decir, “en un argumento trascendental que es dirigido al sujeto, [y con ello] Kant también concluye la característica común de aquellas facultades del conocimiento que no son responsables de la afección, sino que de la reflexión de la cosa. Ellas son primeramente el entendimiento y la imaginación”.243 Otro cambio entre la primera y tercera Crítica de Kant se puede observar en la manera de comprender la cosa en las representaciones, cuestión que se confirmaría según Schlösser generalmente a través de una conexión sintética de la representación y su función. En la primera Crítica dicha conexión sintética de representaciones garantizaría la condición para que podamos decir frente a la variedad de representaciones, que se trata de nuestras representaciones. En la tercera Crítica de Kant, Schlösser rencuentra ahora un giro hacia lo interpersonal:

“Puesto que el componente emocional, que representa las características cualitativas, no es comunicable, Kant precisa de relaciones basales para poder explicar en general, por qué los contenidos de la representación y las opiniones que los acompañan, pueden ser compartidos entre personas”.244

Estas relaciones basales son generadas activa y sintéticamente por el entendimiento y la imaginación. Esto lleva al resultado de que la comunicabilidad de representaciones es posible porque las cosas y los contenidos de la comunicabilidad se constituyen en una síntesis de imaginación y entendimiento. Tales facultades del conocimiento, y este es el punto de partida de la interpretación de Schlösser, tienen que ser evaluadas como “capacidades en su orientación a un fin”.245 Podemos resumir la interpretación de Schlösser acerca de la comunicabilidad de conocimientos, con la inclusión de la finalidad y la comprensión de un cambio del punto de vista frente a la cosa que nos afecta de la siguiente manera: Cuando nos afecta una cosa, entonces se ponen en marcha nuestras capacidades del conocimiento, y con ello nuestras capacidades son dirigidas siempre hacia la finalidad que les corresponde. Las cosas, sin embargo, afectan nuestras capacidades del conocimiento de distintas maneras. Kant habla aquí de distintas proporciones del estado de ánimo (Stimmung). En una determinación lógica, la proporción del estado del ánimo llega a un concepto comunicable y con esto también a un conocimiento. Pero en una determinación estética, en el juicio del gusto preferentemente, la proporción no llega a un concepto. El conocimiento no aparece y la finalidad que pertenece a las capacidades cognoscitivas, se mantiene igualmente, sin embargo, en la determinación estética. Y esto conduce al hecho de que la pretensión de una comunicabilidad universal de los sentimientos generados en el juicio estético puede ser al fin confirmada. Para la determinación de la comunicabilidad universal desde el punto de vista de una relación con la cosa, para Schlösser es central la siguiente afirmación de Kant en la Crítica del discernimiento:

“Pero sólo el conocimiento y la representación en tanto que forma parte de él pueden comunicarse universalmente. Pues sólo en esta medida la representación es objetiva y sólo así tiene un punto de referencia universal con el que se ve obligada a coincidir la capacidad de representación de todos”.246

Si debe ser atribuido un carácter a los conocimientos y juicios que sobrepase a la persona singular, entonces hay que presuponer un “punto de relación” (Beziehungspunkt) universal. Este punto es identificado por Schlösser como la cosa que se encuentra para todos en el espacio y en el mismo lugar. Pero esto no significa que todas las personas entienden la cosa de la misma manera. Las perspectivas individuales son inevitables debido a la limitación estética de las personas singulares. Pero las representaciones de las personas singulares se refieren igualmente a la misma cosa que se encuentra en el mismo lugar en el espacio. Dicha cosa es para todas las personas en esta situación algo común, también cuando se pueden tomar, frente a ella, distintos puntos de vista. En vista a la cosa común ahora, vale, al revés, que el correspondiente punto de vista produce en las distintas personas la expectativa de que también las otras personas, cuando toman este punto de vista, pueden llegar a la misma perspectiva frente a la cosa. Recién por esta relación con la cosa se constituye la base de una comunicabilidad universal de conocimientos.

En base a las investigaciones anteriores podemos acercarnos mejor a la pregunta: ¿Cuál es el criterio principal para poder hablar de una forma del saber y de un saber? Ya en el Canon de la Doctrina del método de Kant, específicamente en las explicaciones acerca del tener algo por verdad, fue señalado este mismo criterio. Se llama: Solamente algo que es universalmente comunicable puede llegar a ser un posible saber. Pero para que la comunicabilidad se convierta en una condición de posibilidad del saber, ella tendría que ser elevada no obstante al rango de una función trascendental, es decir, al rango de una función a priori, universal y necesaria. En la Crítica del discernimiento se encuentra la siguiente declaración de Kant que reafirma precisamente lo aquí expuesto:

“Los conocimientos y los juicios, junto con la convicción que les acompaña, deben poder comunicarse universalmente, pues de lo contrario no les incumbiría compatibilidad alguna con el objeto: serían en su conjunto un juego meramente subjetivo de las capacidades de representación, exactamente tal y como lo reclama el escepticismo”.247

Resumimos:

La comunicabilidad universal es la condición de posibilidad de la comunicación del saber en base a una de sus formas. El estatus trascendental de la comunicabilidad universal posibilita en principio realizar la comunicabilidad y el saber. Pero en el nivel pragmático la comunicabilidad aún no permite alcanzar un determinado consenso. Sin embargo, la comunicabilidad universal es la condición de posibilidad de todo consenso. De ahí que la determinación de la comunicabilidad debe ser vista desde dos niveles: en el nivel trascendental-filosófico y en el nivel antropológico-pragmático. En este último, el saber tiene que verificarse en cada situación constantemente, estando así sujeto al tener algo por verdad, como también, a la claridad comunicativa.

6. La forma del saber estético

Hemos referido ya a los juicios matemáticos y lógico-empíricos como formas del saber. De ellas se supone normalmente que no hay grandes dificultades en el ámbito de la comunicación, pues en el juicio lógico el objeto del juicio siempre llega al concepto. Pero hemos visto que ya en este ámbito, a causa de la diferencia estética, se aplican usualmente distintos modos del “tener algo por verdad”. Cuando decimos que esta rosa es roja, es altamente probable que este juicio pueda ser comprobado por el otro, de tal manera que este juicio puede ser expresado como una convicción en el modo del saber. Pero lo cierto es que tampoco esto es garantizable. Tal vez, la rosa puede parecer a un otro más rosada que roja, o incluso para él puede no tratarse finalmente de ninguna rosa. Estamos convencidos que es una rosa, por ejemplo, pero el otro nos convence que en realidad se trata de un tulipán. Tal vez el otro me muestre una ilustración en un libro especializado, y en definitiva debamos cambiar nuestra perspectiva inicial a una nueva perspectiva. Finalmente nos convencen, y expresamos a partir de ello un nuevo juicio: el tulipán es rojo, etc. En cada caso, vale que mis juicios lógicos sean universalmente comunicables y que ellos tengan así un acceso a un posible modo del saber sobre la base de una cierta convicción.

7. La forma del saber del juicio del gusto

Ahora bien, ¿cómo debemos entender el juicio cuando decimos que algo es bello? Es decir, ¿qué pasa en el caso de los juicios estéticos? ¿También podemos declarar que estos juicios son universalmente comunicables y que por tanto nos puedan llevar a un saber? A primera vista, se diría probablemente que este no es el caso, pues, cuando enjuiciamos algo como bello se trataría más bien de un juicio privado, esto es, tal y como habitualmente se dice, que sobre el gusto “no hay nada escrito”, y que por tanto de ello es posible debatir.

Esta fue por mucho tiempo (más o menos hasta el tiempo de la publicación de la Crítica de la razón práctica) justamente la convicción del propio Kant. Pero por supuesto también Kant dependía de su propia teoría del tener por verdad, de tal manera que en el marco de las preparaciones a la publicación de la Crítica del discernimiento, el filósofo de Königsberg encontró al fin la decisiva “función puente” entre la facultad del conocimiento y la facultad de desear, llegando a una nueva convicción: los juicios sobre lo bello, es decir, los juicios del gusto también satisfacen las exigencias de la comunicabilidad universal. Es cierto que los juicios estéticos en general siempre son juicios subjetivos, pero lo decisivo es que en el ámbito del juicio del gusto esta subjetividad se deja objetivizar, de modo tal que según Kant sí es posible hablar, aunque parezca paradójico, de una validez universal subjetiva.

Con todo, hay que aclarar que lo universalizable no es lo relacionado con el objeto de la observación, sino más bien con el estado del ánimo (Gemütsstimmung). Este es provocado, en el juicio sobre lo bello, en quien juzga (el juzgador), tratándose ante todo de un sentimiento de satisfacción, y es precisamente este sentimiento aquello que debe ser universalmente comunicable. Recordamos aquí la declaración anterior que expresa que todos los juicios deben ser universalmente comunicables para poder garantizar de esta forma la conformidad con el objeto. Pero el asunto aquí es que ahora se trata en realidad de un estado del ánimo que debe ser generalizable. ¿Es esto realmente posible? En efecto, según Kant lo es. La cita central continúa aquí de la siguiente manera:

“Pero si los conocimientos han de poder comunicarse, también debe poder comunicarse universalmente el estado del ánimo, esto es, la coincidencia armónica de las capacidades cognoscitivas con un conocimiento en general. Y, ciertamente, debe poder comunicarse aquella proporción que se requiere para una representación (mediante la cual se nos da un objeto), para a partir de aquí constituir conocimiento, pues sin ella, en tanto que condición subjetiva del conocer, el conocimiento, en tanto que efecto, no podría surgir”.248

Cuando queremos presentar el juicio del gusto según nuestras normas previas como una forma del saber, entonces este juicio tiene que cumplir el criterio de la comunicabilidad universal. Según las afirmaciones de Kant, esto parece ser posible. Pero el juicio del gusto no está sujeto al tener algo por verdad, tal y como éste se da precisamente en un juicio lógico. No decimos, por ejemplo, yo sé que la rosa es bella, o, yo opino que la rosa es bella, ni menos creo que la rosa es bella, sino que decimos simplemente la rosa es bella. Y la comprobación de que se trata de un juicio del gusto se encuentra en que nuestro sentimiento de la satisfacción puede ser presupuesto en todos los demás seres humanos. En el juicio del gusto tenemos que encontrar otro criterio entonces, diferente a la convicción en el modo del saber que confirma al otro, y es la filosofía de Kant la que posibilita justamente este criterio en la forma de un sentido común (sensus communis), donde los juicios del gusto son sujetos a dicho sentido, y por tal razón este sentimiento se supone también en todos. La posibilidad de la comunicación es así una condición humana previa y universal, como “también (…) el estado del ánimo, esto es, el estado del ánimo de las capacidades cognoscitivas (…)” se deja comunicar de modo universal.249 Si no existiera esta condición subjetiva, no podría originarse el conocimiento como efecto. Esto significa ahora, en la interpretación de Josef Simon, que “el otro, cuando él quiere entenderme a mí, tiene que intentar entender el estado desde el cual yo formo en este momento mi juicio”.250 Kant habla además del hecho de que el estado del ánimo de las facultades de conocimiento “tiene diferente proporción según el carácter diferenciado de los objetos dados”.251 Hay entonces una diferencia en los estados del ánimo y en los distintos intereses del conocimiento. Pero esta diferencia de los intereses “no puede determinarse de otra manera que [no sea] por medio del sentimiento ([y] no según conceptos)”.252 El sentido común queda de este modo presupuesto como “la condición necesaria de la comunicabilidad universal de nuestro conocimiento”.253 Este sentido común, según Kant, “podemos aceptarlo con fundamento”, (…) “sin tener que tomar pie en observaciones psicológicas”.254 Incluso los estados del ánimo son determinados, según Kant, por su importancia comunicativa. A este respecto Simon explica: “Al concepto crítico de la objetividad pertenece la condición previa de la comunicabilidad también del estado del ánimo desde el cual el sujeto quiere su conocimiento y lo evalúa como suficientemente determinado para poder expresarlo frente a otros”.255

El sentimiento de satisfacción es referido incluso por Kant bajo la exigencia de ser comunicado. En relación al contenido del saber a través del ámbito determinado del saber, la dedicación a lo bello promete un aporte al fomento de la cultura y la humanidad del hombre. Además, lo bello se encuentra en analogía con el bien-moral (lo bueno), y obtiene desde este frente su más alta importancia en vista a la determinación del ser humano. En el nivel trascendental-filosófico también para el juicio del gusto vale que su condición de posibilidad contenga la función trascendental de la comunicabilidad universal.

En este punto, debe agregarse algo decisivo, a saber, el sentido común no puede confirmar si hay un principio supremo que certifique su necesidad y universalidad. Kant encuentra este principio en lo que denomina el sustrato suprasensible de la libertad. Recién a través de la conexión del juicio del gusto con dicha determinación trascendente se puede hablar entonces de un sentido común. El juicio del gusto podemos denominarlo de este modo como una forma del saber, porque su comunicabilidad universal es garantizable por un sentido común sujeto al principio de la libertad.

Resumimos:

La condición de posibilidad a priori para aquel tipo de comunicabilidad que llamamos “forma del saber” es la comunicabilidad universal del juicio. En el ámbito de los juicios lógicos el saber se confirma como convicción en el modo del tener por verdad del saber. En el ámbito de la forma del saber del juicio del gusto, en cambio, el saber y su comunicabilidad están sujetos a un sentido común que se confirma por su parte en la relación con el sustrato suprasensible de la libertad. También los estados del ánimo pueden ser comunicados universalmente y se convierten entonces en el fundamento de un posible saber.

8. La forma del saber de lo sublime

Kant trata en la analítica de la facultad del discernimiento de su tercera Crítica, junto con el juicio del gusto sobre lo bello, también el juicio estético sobre lo sublime. También aquí vale que se trate de un juicio puramente subjetivo, por lo cual la suposición de su comunicabilidad parece en principio problemática. Y esto resulta así incluso siguiendo la comprensión de Kant, cuando afirma que este juicio no está sujeto a un sentido común –como en el caso del juicio sobre lo bello–. Pero no podemos relacionarlo con el criterio de un tener por verdad, pues yo no opino o no creo que algo es sublime, sino que lo sublime se confirma nuevamente a través de un estado del ánimo. Este estado del ánimo en un primer paso es de orden negativo, pues nosotros sentimos la impotencia de nuestra imaginación frente a algo desmesurado, grande o poderoso. Nosotros nos sentimos así, frente al objeto sublime, insignificantes y pequeños. En un segundo paso, sin embargo, nuestra imaginación cambia su interlocutor y pasa del entendimiento a la razón. Esto nos capacita de tal forma que podemos llegar a sentirnos sublimes (frente al objeto sublime), ya que nos reconocemos como seres libres y morales que ocupan una posición elevada dentro de la naturaleza. Con ello experimentamos un sentimiento de placer, y este sentimiento es universalmente comunicable porque se encuentra en relación directa con la libertad, la moralidad y el sentimiento moral del respeto (Achtung). Está, de este modo, en relación con principios que son necesarios y universales. Se confirma por esta vía la comunicabilidad universal de lo sublime, pudiendo hablarse así también en este ámbito de una forma del saber. El saber que nos transmite la forma del saber del juicio estético es aquel saber sobre nuestra determinación libre-moral.

Resumimos:

Presentamos de qué manera, según nuestra convicción, es posible hablar de una forma del saber y a cuáles criterios ella está sujeta. Y comprendemos en ello, que como condición de su posibilidad, hay que presuponer además la comunicabilidad de los juicios como una función trascendental. En el nivel antropológico-pragmático, el posible saber se constituye a través de la comunicación y es determinado en el caso de juicios empírico-lógicos según el correspondiente tener por verdad del juzgador. En el caso de los juicios estéticos, en cambio, el posible saber en base al juicio del gusto se comprueba por la exigencia de la comunicación del estado del ánimo bajo la suposición de la idea de un sentido común y su relación con la idea de la libertad. En el juicio sobre lo sublime se muestra pues la conexión con la libertad, la moralidad y el sentimiento moral del respeto.

A partir de aquí es posible continuar preguntando por las restantes formas del saber. En nuestro trabajo profundizaremos particularmente en las nociones de lo cómico y el humor como formas del saber en el ámbito de los juicios estéticos; y, en la forma del saber del arte en base a las ideas estéticas. En el trabajo hasta aquí realizado, los criterios giran siempre alrededor de la comunicabilidad de los juicios y su posible comunicación en el ámbito pragmático-antropológico.

9. La forma práctica del saber

En este capítulo nos ocupamos de la posibilidad del saber, y su criterio de comunicabilidad universal de las ideas puras de la razón en el ámbito de la filosofía práctica en Kant. Primero expondremos cómo Kant rechaza un saber de la razón pura en el ámbito de la filosofía teorética, para averiguar así en un segundo paso, y al cabo de una descripción sobre el esquema de la transición de la filosofía teorética a la filosofía práctica, si acaso es posible constituir dentro de la filosofía práctica, y en base a nuestros criterios, una forma del saber. Preguntamos especialmente entonces, si es que es posible hablar de una forma del saber en base a las ideas de Dios, la eternidad y el alma. La Crítica de la razón pura responde con ello a la pregunta ¿Qué puedo saber? En concreto, y con vistas a las ideas de la razón no es posible saber nada de estas cosas, sino que, como máximo, las podemos creer. Por su parte, en la Crítica de la razón práctica son planteadas las siguientes preguntas ¿Qué debo hacer? y ¿Qué puedo esperar? La primera de las dos preguntas se dirige a la ley moral como instancia de su respuesta. La segunda pregunta es respondida ante todo por la determinación del ideal del bien supremo, es decir, de la “idea de tal inteligencia, en la que la más perfecta voluntad moral, unida a la dicha suprema, es la causa de toda felicidad en el mundo”.256 En principio, hay que considerar que Kant separa estrictamente la razón práctica de la razón teorética. Los elementos epistémicos no son considerados en la Crítica de la razón práctica, sino que a lo más únicamente en el momento de la comparación entre las dos capacidades. En el contexto del desarrollo de las formas del saber, hemos dicho que la libertad en todos nuestros juicios siempre debe ser presupuesta como el principio supremo a priori. De las ideas de libertad, Dios y la inmortalidad, según la primera Crítica, sólo la idea de la libertad es considerada como algo constitutivo. No obstante, el concepto de libertad se presenta como un concepto negativo al lado del concepto de la naturaleza.257 Ahora bien, en la segunda Crítica el concepto de libertad sí es comprobado. La libertad forma con ello “la piedra angular de toda la construcción de un sistema de la razón pura, incluso de la especulativa”.258 La comprobación de la libertad es tan relevante, porque confirma también “todos los otros conceptos (de Dios e inmortalidad), los cuales, (…) adquieren con él y por él consistencia y realidad objetiva”.259

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
731 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789561709539
Yayıncı:
Ediciones PUCV
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