Kitabı oku: «Jonathan Edwards»

JONATHAN
EDWARDS
Un teólogo del corazón
Harold P. Simonson

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es | Copyright © 1982 The Simonson Family Trust, dela versión original en inglés por Simonson, Harold P. Esta edición está autorizada con permiso especial de Wipf and Stock Publishers. www.wipfandstock.com «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2020 por Editorial CLIE, para esta edición en español. |
Jonathan Edwards: Un teólogo del corazón
ISBN: 978-84-17620-28-8
eISBN: 978-84-17620-29-5
Biografía
Historia
Agradecimiento a los revisores
Todo escritor sabe que tiene sus puntos ciegos. Estoy muy agradecido a ese grupo de amigos, superiores, compañeros y colegas que, amablemente, han dedicado tiempo a leer algunas porciones de estas reflexiones, algunas en inglés y otras en español. Entre ellos se cuentan Kenneth Minkema, Steve Irvin, Randy Skelton y Tim Wertergren. Amigos, gracias por tomaros ese tiempo y por proporcionarme unas críticas tan valiosas como útiles. ¡Cualquier error que pueda haberse colado en el texto final es solo mío!
ÍNDICE
Prólogos
Kenneth Minkema
Douglas A. Sweeney
Ernest Klassen
Jonathan Edwards: Un teólogo del corazón (Simonson)
Prefacio
Introducción
Uno: La historia de la conversión de Edwards
1. El corazón que despierta
2. Locke y el empirismo
Dos: Edwards y el Gran Despertar
1. Vislumbres
2. La justificación solo por fe
3. El brillante valle del Connecticut
4. Triunfo y tragedia
Tres: La imaginación y la visión
1. La imaginación y la epistemología
2. La imaginación natural
3. La imaginación santificada
4. La visión
Cuatro: El lenguaje religioso
1. Problemas introductorios
2. El reto de Locke
3. Limitaciones del lenguaje
4. El lenguaje como causa “ocasional”
5. El sermón
Cinco: El pecado
1. El lenguaje del púlpito
2. El concepto de Edwards del pecado
3. El infierno como visión e imagen
4. “Pecadores en manos de un Dios airado”
Seis: La salvación
1. Preludio
2. La gracia y la salvación personal
3. La naturaleza y la historia
4. La gloria de Dios
Conclusión
Apéndices por Ernest Klassen
Apéndice 1 – Edwards y su relevancia para el avivamiento en el contexto latino
Apéndice 2 – Descubriendo la vida de Jonathan Edwards
PRÓLOGO por DR. KENNETH MINKEMA
Es infrecuente que se pueda decir esto de un libro, pero lo que tiene usted entre las manos es un instrumento tremendamente útil para beneficiar tanto a su intelecto como a su espíritu. Habla de Jonathan Edwards, un teólogo norteamericano del siglo XVIII, un personaje que ha conformado en gran medida la vida intelectual y religiosa de muchas personas hasta nuestros tiempos, y que ha influido en ella. Aunque Edwards, encuadrado en una época, un lugar y una tradición concretos, puede parecer una figura muy lejana para muchos lectores de habla hispana, el vigor y la relevancia de su pensamiento hacen que resulte atractivo para creyentes que proceden de diversos trasfondos.
En este estudio, el profesor Simonson se centra en diversas maneras esenciales para comprender y describir el camino a la salvación tal como lo expuso Edwards, incluyendo la narrativa, la experiencia y, un rasgo aún más distintivo de Edwards, “los afectos”. El lenguaje es el medio por el que transmitimos a nosotros mismos y a otros cuál es nuestro estado religioso, forjando así un contexto emocional; el propio Edwards fue un factor esencial para reformular el lenguaje religioso antiguo dándole una forma nueva y moderna de auto-revelación. La experiencia, junto con las Escrituras y la razón, fue para Edwards uno de los pilares de la vía del conocimiento. Por medio de la experiencia de la gracia, los peregrinos tienen un “sentido”, un sentido nuevo, un sentido espiritual de la realidad de las cosas divinas, un conocimiento regenerado que está por encima de lo que puedan saber las personas “naturales”. Y mientras que muchos teólogos colocan la mente o las emociones en una posición primordial como canal de la experiencia religiosa, Edwards consideraba que es toda la persona, combinando el corazón y la mente como afectos, la que participa de toda experiencia religiosa genuina.
Confío en que esta introducción a los paradigmas de Edwards transmitirá algunos de los conceptos esenciales de su visión, hasta tal punto que usted se sienta lo bastante intrigado como para leer sus obras. Le prometo que será un viaje tan desafiante como gratificante.
Dr. Kenneth Minkema
Jonathan Edwards Center Universidad de Yale
PRÓLOGO por DOUGLAS A. SWEENEY
Me alegra mucho ver la traducción al español de esta obra clásica sobre Edwards y el corazón del cristiano, porque nos enseña mucho sobre lo que quiere hacer Dios en nosotros por medio del Espíritu Santo.
Como leerá en las páginas siguientes, Jonathan Edwards enseñaba, basándose en las Escrituras, que cuando Dios convierte a los pecadores, lo más importante que hace es renovar sus corazones. Les llena de su Espíritu; altera sus “afectos”. Insufla en sus almas el anhelo profundo de caminar con Él, de conocerle mejor y de honrarle en todo lo que hagan.
De modo que cuando Edwards aconsejó a las personas sobre la posición que tenían delante de Dios, no les habló principalmente de los aspectos externos de la religión. Les preguntó qué cosas amaban, cómo deseaban invertir su tiempo, a qué aspiraban en la vida. De hecho, el núcleo central de sus 35 años de ministerio pastoral se centró en ayudar a las personas a discernir la obra del Espíritu en sus vidas, transformando sus deseos y reordenando sus amores.
Edwards afirmaba que Dios está activo, de una forma real y activa, en nuestros quehaceres cotidianos. Además, Dios diseñó a los seres humanos para cooperar en su misión de amor redentor en este mundo. Pero nosotros no podemos hacer esto bien, no podemos vivir conforme a ese plan, sin la ayuda del propio Espíritu de Dios. En realidad, el Espíritu juega un papel esencial en los corazones de las personas que medran en este mundo.
Edwards insistía a los suyos que la conversión es algo real. Puede concedernos un corazón nuevo. Puede mostrarnos la verdad divina. Puede liberarnos de las inclinaciones autodestructivas. Puede ayudarnos a encontrar la plenitud en las cosas que satisfacen verdaderamente. Puede ponernos en contacto con Dios, salvar nuestra alma y hacer que nuestra vida cotidiana sea emocionante e importante. ¿Qué podría ser mejor que esto, entonces o ahora?
Douglas A. Sweeney
Profesor de Historia de la Iglesia y del pensamiento cristiano
Director del Jonathan Edwards Center Trinity Evangelical Divinity School
PRÓLOGO ERNEST KLASSEN
Estoy profundamente agradecido a CLIE por su iniciativa al dar a conocer en español esta obra sobre el pensamiento de Jonathan Edwards como teólogo del corazón, una obra que se publicó originariamente como una serie de reimpresiones sobre la excelencia académica. Edwards es la personificación del dicho “la mente y el corazón van de la mano”. Sin duda, Edwards fue un teólogo brillante que tiene una influencia tremenda en nuestro mundo actual. Pero su concepto del corazón es genuino y profundo, y contiene ideas estimulantes que son muy importantes para quienes pretenden integrar la mente, el corazón y la práctica (la cabeza, el corazón y las manos, o el cerebro, el corazón y la conducta). En mi opinión, su obra clásica sobre los afectos religiosos sigue sin tener rival. Simonson hace un trabajo excelente al presentar a Edwards como un teólogo del corazón. El concepto que tiene Edwards de la conversión y del corazón avivado, su experiencia y sus reflexiones teológicas sobre el Primer Gran Despertar (donde fue tanto protagonista como crítico), además de su visión sobre la gracia y la gloria de Dios, justifican por entero el dinero invertido en este libro.
Edwards habla de conceptos como la belleza y la imaginación santificada de una manera que sigue resultando útil tanto para los académicos como para cualquier otra persona. Su tratamiento del lenguaje y del papel que este juega en los sermones es importante, así como muy útil.
Me siento honrado porque CLIE me haya solicitado que presente al mundo hispanohablante el pensamiento de Edwards; encontrará mi aportación en los dos apéndices de esta obra. En el primero intento demostrar su importancia para una comprensión más plena del avivamiento. Edwards, por sus cualidades de equilibrio, apertura y sabiduría, resulta especialmente útil para quienes anhelan un tipo de avivamiento que refuerce los valores esenciales de la Reforma. En el segundo apéndice he tenido la intención de destacar algunas de las maneras únicas en las que Edwards habla al mundo de habla hispana moderno. Creo que Edwards es especialmente importante para ese ámbito en asuntos tales como la relación entre mente y corazón, el valor que tiene ministrar juntos como pareja y su pasión por la gloria de Dios. Confío en que mis reflexiones sobre la relevancia que tiene Edwards para los líderes hispanohablantes le estimulen a leer las obras de Edwards. No es “de lectura fácil”, pero se verá más que compensado por perseverar y analizar las consecuencias que tiene su pensamiento para su vida y para su esfera de influencia.
Ernest Klassen
Autor de La predicación que aviva:Lecciones de Jonathan Edwards (CLIE, 2016) Pastor de la Comunidad Cristiana El Campello, http://www.elcampellochristiancommunity.org/ Decano académico de INFORMA (España) institutoinforma.com
JONATHAN EDWARDS:
Un teólogo del corazón
Harold P. Simonson
Para mi familia, con un recuerdo especial
de St. Andrews
PREFACIO
a la edición de 2009
Si el teólogo Jonathan Edwards (1703-1758) hubiera vivido cien años antes, habría disfrutado de relaciones sociales con personas con quienes se habría avenido bien: los calvinistas estadounidenses Thomas Hooker, Thomas Shepard, John Cottton, personas carentes de todo rival en su predicación y su erudición. Edwards, que nació solo tres años antes que Benjamin Franklin (1706-1790), se enfrentó al arminianismo herético y a todo tipo de disensiones religiosas: una democracia política incipiente, no una sagrada Confederación; el deísmo y el ingenio yanqui en lugar del santo visible que da testimonio de su experiencia de redención.
En 1759, el laicado liberal expulsó a Edwards de su púlpito en Northampton, que había ocupado durante veintitrés años. Sospechando lo que le aguardaba, Edwards había compartido sus inquietudes mediante una dilatada correspondencia con determinados ministros escoceses, como John Erskine de Edimburgo, William McCulloch de Cambuslang, John MacLaurin de Glasgow, James Robe de Kilsyth, Thomas Gillespie de Carnoch y John Willison de Dundee, que se veían muy apurados para mantener sus propios fundamentos calvinistas. Con unas palabras tremendamente personales, Edwards expresó su angustia a esos ministros escoceses. Lamentablemente, se mudó con su familia a Stockbridge, y durante siete años fue el pastor de esta reducida congregación fronteriza y sirvió como misionero entre los indios mohicanos. Al año siguiente, el colegio universitario de Nueva Jersey (hoy día Universidad de Princeton) le confirió el cargo de presidente, el tercero de esa institución; tres semanas más tarde, ese mismo año, murió a consecuencia de una vacuna contra la viruela.
La llamada “tragedia de Northampton” que le envió al “desierto” se achacó frecuentemente a una teología exhausta que admitía la faceta oscura de la condición humana, la mancha intensa del pecado y sus consecuencias eternas a menos que el individuo recibiera el nuevo nacimiento por medio de la gracia amorosa de Dios. En una época temprana, tanto en su Diario como en sus Resoluciones, obras escritas antes de cumplir los veinte años, Edwards ya había empezado a sondear sus propios abismos genuinos, lugares en que la vida se vuelve compleja y melancólica. Llegó incluso más abajo en su Narrativa personal, escrita cuando sobrepasaba los cuarenta años. Como el poeta Robert Frost, que escribió “Me he familiarizado con la noche”, Edwards no se vio exento del inframundo de la vida, que incluyó experiencias de miedo —de terror incluso— así como una especie de “temor y temblor” propios de Kierkegaard.
Sin embargo, la convicción de pecado precede necesariamente al gozo “inefable y glorioso”, palabras que Edwards citaba de 1 Pedro 1:8 como prólogo a su monumental Tratado relativo a los afectos religiosos (1746). Su tema principal fue siempre el gozo de la salvación. Lo definió como el propósito último de Dios cuando creó el mundo; es decir, la emanación y la transmisión de Su plenitud infinita y, por consiguiente, la meta final del creyente sería el reencuentro con esta plenitud.
Los sermones de Edwards, sus majestuosos estilos teológico y filosófico, unidos al propio autoexamen al que se sometía y a sus visiones sobre otros, le incluyen en el panteón más elevado de los pensadores religiosos estadounidenses. Su prosa revela una mente compleja. Los lectores consideran que sus ideas son profundas, a veces difíciles, pero su estilo siempre es lúcido si lo seguimos de cerca. De hecho, la cadencia, las imágenes y las metáforas de su prosa hacen que a menudo esta se remonte al ámbito de la poesía más excelsa. Cabe destacar que en los estudios universitarios modernos sobre la literatura americana del siglo XVIII, Franklin y Edwards destacan en claro contraste mutuo. El primero, en su Autobiografía, define su credo personal con una abstracción concisa, usando el menor número de palabras, que cabrían en un sello de correos, mientras que el corpus literario de Edwards lo forman veinticinco imponentes volúmenes.
Los dos volúmenes del historiador Perry Miller, The New England Mind (1939, 1953), suscitaron una renovación del interés por el pensamiento puritano y sus repercusiones en el siglo posterior. Desde entonces, se ha producido un despertar de impresionante erudición e interpretación crítica, que ha exigido la atención pública tal como lo hiciera el resurgir de Herman Melville entre los eruditos de Yale a finales de la década de 1940. Para los especialistas en Edwards, un volumen primordial es el de las Obras, que se concluyó recientemente y que ha publicado Yale University Press. Como escritor cuya mirada penetrante en la condición humana se interna tanto en el territorio psicológico como en el religioso, donde operan los grandes artistas de la literatura, solo Melville, Nathaniel Hawthorne, Emily Dickinson, Henry James y William Faulkner están a la altura de Edwards.
Dos textos especialmente conmovedores son los dos “sermones de despedida” de Edwards, uno cuando se fue de Northampton y el otro al abandonar Stockbridge. Para el primero eligió el tema del “juicio”: el juicio de la congregación sobre él, el suyo sobre ellos y, por último, el juicio de Dios sobre todos. El segundo sermón, que Wilson H. Kimnach describe como “muy breve, como un esbozo”, consiste en un pasaje bíblico (“Velad, pues, en todo tiempo, orando”, Lc. 21:36), seguido de cinco proposiciones (que suelen ser frases individuales) con subtítulos, acompañadas de algunas aplicaciones a modo de conclusión. Kimnach considera que las breves palabras de Edwards son “emotivamente premonitorias, una triste despedida”.
En Los afectos religiosos Edwards escribió “que nunca se ha producido ningún cambio considerable en el pensamiento o en la conversación de ninguna persona, mediante cualquier factor de naturaleza religiosa… que no haya conmovido a sus afectos”, entre ellos el “temor, la esperanza, el odio, el deseo, el gozo, la tristeza, la gratitud, la compasión y el celo”. Esta sucinta afirmación permea Jonathan Edwards: Un teólogo del corazón. Este volumen evidencia mi interés constante por Søren Kierkegaard, Blaise Pascal, retrocediendo hasta san Agustín, y llegando por último hasta el apóstol Pablo. Todos ellos procuraron comprender la naturaleza de la experiencia religiosa, no solo en abstracciones sino mediante el conocimiento existencial del corazón, el corazón redimido y santificado donde Edwards proclamó que residen las verdades más profundas.
Harold P. Simonson
Universidad de Washington
Abril de 2009
PREFACIO
a la edición 1982
Como fuentes primarias de este estudio me he basado, sobre todo, en la edición de 1834 de The Works of Jonathan Edwards (2 vols.), editados por Edward Hickman, que contienen la valiosa Nota biográfica del nieto de Edwards, Sereno E. Dwight. Excepto cuando se diga lo contrario, la documentación de los escritos de Edwards hace referencia a esa edición. Para facilitar la cita de las referencias, he incorporado la mayoría de ellas, tal como se indica, en el texto escrito. Sin embargo, cabe advertir que cuando hacemos referencia a las obras de Edwards disponibles actualmente en las nuevas ediciones de Yale, he elegido estas ediciones y no la de Hickman. Los volúmenes de Yale incluyen El libre albedrío (ed. Paul Ramsey), Un tratado sobre los afectos religiosos (ed. John E. Smith), El pecado original (ed. Clyde E. Holbrook) y El Gran Despertar (ed. C. C. Goen). En este último volumen, cuyo título proporciona el profesor Goen, figuran Una narración fiel, Los rasgos distintivos y Pensamientos sobre el avivamiento, las tres de Edwards. Cuando hago referencia a estas tres obras, cito la edición de Goen. También recurro a las obras individuales editadas por Perry Miller y William K. Frankena cuando abordo Imágenes y sombras de cosas divinas y La naturaleza de la auténtica virtud, de Edwards.
Escribí la mayor parte de este libro en St. Andrews, Escocia. La facultad del St. Mary’s College y el personal de la biblioteca universitaria me dedicaron unas atenciones que recordaré durante mucho tiempo. Me complace especialmente agradecer las útiles sugerencias del profesor J. K. Cameron, que leyó un borrador temprano del manuscrito, y las conversaciones con el profesor N. H. G. Robinson, el profesor James Whyte y el director Matthew Black. Pecaría de ingrato si no mencionase la amabilidad de James y Maud Harrison y de Arthur y Emmine McAllister, con quienes siempre asociaré la generosidad escocesa en su máxima expresión. Mi mayor gratitud es para mi esposa Carolyn y mis tres hijos, Eric, Greta y Peter, cuyo amor me respaldó mientras estudiaba el de Edwards.
Harold P. Simonson
Universidad de Washington
INTRODUCCIÓN
En su libro Temor y temblor, Søren Kierkegaard relata la historia de Abraham e Isaac, repitiéndola literalmente una y otra vez, y en cada una de esas ocasiones aprecia en ella una riqueza, una complejidad y una fuerza adicionales. Su repetición del episodio pretende sugerir la manera en que él mismo regresó a esta historia después de haberla leído por vez primera siendo niño. Había algo en el relato que le indujo a hacerlo, y durante varios años sus lecturas reiteradas fueron acrecentando su sospecha de que esa narrativa contenía un enigma —el enigma de la fe religiosa— que exigía toda su atención. La fe de Abraham atraía irresistiblemente a Kierkegaard a grados de entendimiento cada vez más profundos, y fue precisamente en esas profundidades donde escribió esa obra.
Aunque estos dos pensadores se encuentran separados por un siglo y por un océano, el pensamiento de Jonathan Edwards se vio dominado por esta misma profunda sensación de urgencia. También él despertó en un momento temprano de su vida al misterio de la religión, y se había visto igual de impactado por el poder sobrenatural de las palabras de la Biblia. En su caso, fueron las de san Pablo: “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos” (1Ti. 1:17). En su Narración personal escribió: “Para mí, ningún otro mensaje de la Escritura se asemejó a estas palabras”. Dijo que se infiltró en su alma “una sensación de la gloria del Ser divino; una nueva sensación, muy distinta a cualquier otra cosa que hubiese experimentado antes”. A lo largo de los años amplió estas palabras creando una colección literaria magnífica en la que propugnó el tema de la gloria de Dios y su percepción por parte del corazón humano. Edwards experimentó esta refulgencia en un grado superior al de Kierkegaard; a pesar de ello, en ambos escritores se hizo patente una pasión religiosa que dominó sus vidas, y un atisbo del corazón que destilaban sus palabras, hasta el punto de que el lector moderno se siente curiosamente motivado a leer una y otra vez sus obras.
En este estudio he analizado el concepto del corazón que tiene Edwards. He decidido hacerlo porque, en primer lugar, este tratamiento no ha desempeñado un papel preponderante en las obras sobre Edwards. Perry Miller, el más destacado intérprete moderno de Edwards, enfatiza una epistemología lockiana, y al hacerlo no logra dar el lustre necesario al sincero pietismo que constituyó el cimiento de la vida y del pensamiento de Edwards. El segundo motivo para llamar la atención sobre lo que se puede definir como una epistemología de la conversión religiosa es que incide en toda la teología de Edwards. El propio Edwards no permitió jamás que la ciencia empírica definiese la naturaleza de la experiencia religiosa; William James haría lo mismo un siglo y medio después, y Miller fundamenta su interpretación de Edwards en proposiciones similares. Independientemente de las influencias de los siglos XVII y XVIII que tuvieron efecto sobre Edwards, las esenciales se remontan a Juan Calvino, incluso más atrás a San Agustín, y por último a San Pablo. La idea central tiene que ver con la conversión religiosa, con el hecho irrazonable, ofensivo y radical de la gracia divina. Según Edwards, de esto nace todo conocimiento ulterior. O, por decirlo de otro modo, todo lo que no pertenezca al corazón redimido no debe considerarse, en última instancia, como conocimiento real. Al adoptar esta postura, vemos que Edwards se coloca junto a Kierkegaard que, en La enfermedad mortal, reiteró la doctrina paulina de que lo que no es de la fe es pecado. En términos epistemológicos: lo que sabemos depende de lo que somos. Edwards se pasó la vida declarando que lo que somos depende del corazón, del corazón redimido y santificado.
Con objeto de preparar el terreno para la teoría del corazón que tenía Edwards, dedico los dos primeros capítulos al hecho de la experiencia religiosa en su relación, primero, con la biografía de Edwards, y luego con su época en Nueva Inglaterra. Sus primeros años como alumno de Yale y como ministro novel en Northampton, Massachusetts; su lectura de John Locke; sus inquietudes teológicas que fueron evidenciando cada vez más la influencia de Calvino a la par que la de Locke… todas estas cosas se entienden como hitos importantes precedentes de sus afirmaciones radicales, en 1731 y 1734 respectivamente, sobre la soberanía de Dios y la justificación por la fe. Estos pronunciamientos importantes que establecieron su postura calvinista dieron pie a debates teológicos que conformaron toda su carrera. Estas doctrinas, representativas de su oposición arrolladora al liberalismo arminiano, fueron también el fundamento del reavivamiento religioso que, hacia 1735, se había extendido por el valle del río Connecticut.
No fue la intrépida defensa que hizo Edwards del calvinismo per se lo que dio relevancia especial a su liderazgo durante el Despertar; fue más bien su profunda convicción de que la teología calvinista era cierta en la experiencia humana. Estaba convencido de que la experiencia humana corrobora los paradigmas calvinistas. Edwards insistió en que, a menos que la teología se enraizase en la experiencia, no podía ser otra cosa que especulación intelectual. Al trascender la teoría de la sensación de Locke, Edwards insufló vida a las doctrinas del pecado original, la justificación por la gracia, la elección y la salvación, y proporcionó el tono espiritual para todo el Despertar.
Para conseguir que el reavivamiento fuera convincente desde el punto de vista teológico, Edwards tuvo que distinguir entre el emocionalismo y los afectos religiosos genuinos. Los ministros revivalistas eran criticados (a veces con motivo) por no saber distinguir entre ambas cosas, y el propio Edwards les advirtió sobre la importancia de hacerlo. Entre sus primeros escritos sobre el tema destacan Marcas distintivas de la obra del Espíritu de Dios (1741) y Algunos pensamientos sobre el avivamiento presente de la religión en Nueva Inglaterra (1743), obras que los lectores contemporáneos, independientemente de su postura teológica, reconocieron como tratados notables por propio derecho. Cuando en 1746 se publicó el Tratado sobre los afectos religiosos, no cupo ninguna duda de que había surgido una voz importante entre ellos. A pesar de que esta obra apareció cuando ya se había producido el Gran Despertar, clarificó de una vez por todas la postura esencial de su autor. Él afirmaba que la religión no consiste solamente en una comprensión especulativa, sino en la voluntad, la inclinación, el apego. La religión concierne a un afecto genuino que induce al corazón a apartarse del egocentrismo y a centrarse en Dios. El tema que desarrolló Edwards durante toda su vida fue qué supone esto cuando se traduce a la experiencia humana.
En los dos capítulos siguientes (3 y 4) analizaré cuáles son las consecuencias importantes de la experiencia religiosa según la teología de Edwards. Voy a centrarme concretamente en la imaginación (visión) y el idioma. Estos capítulos más especulativos del libro hablan de lo que Edwards explicitó solo de vez en cuando, pero que fue un elemento subyacente en su gran predicación sobre el pecado y la salvación. Edwards creía que el conocimiento depende del conocedor, y que todo conocimiento cristiano se basa en la experiencia de la conversión. Esto quería decir que la imaginación, como concesión hecha al hombre natural, no incluye nada espiritual hasta que el alma (el corazón) acepta a Dios por la fe. En resumen: el ser humano cree primero para poder imaginar, percibir y ver de verdad. Según Edwards, la imaginación santificada permite captar lo que es invisible e incognoscible para el hombre natural. Por consiguiente, el individuo lo percibe todo como imágenes o sombras de las cosas divinas y existentes dentro de la unidad del sentido divino. Cuando se contempla desde dentro del círculo de la fe cristiana, todo es una emanación divina. Solo dentro de este contexto, que Edwards identificó como la revelación cristiana, es digna de confianza la imaginación humana. Solo cuando el alma “se une” a Cristo y la gracia ilumina el corazón, la visión estética se vuelve cristiana y el artista se convierte en santo.
El idioma religioso es el idioma de la fe. Al adoptar este paradigma, Edwards se desvió mucho de Locke, quien concebía las palabras como señales arbitrarias impuestas a las ideas, que no tenían ninguna conexión inseparable con ellas. Para Locke, las palabras vienen después de las ideas y solo tienen una relación arbitraria con ellas. Por otro lado, Edwards vinculó las palabras con las ideas reales (una idea real, bajo el punto de vista de Edwards, fue siempre una experiencia que participase de la emoción además del conocimiento), de modo que las palabras sirven para salvar el vacío entre el conocimiento y el ser, la cognición y la aprehensión. Fue un paso más lejos, intentando relacionar las palabras con la experiencia religiosa. Por supuesto que no lo consiguió, y él era consciente de que así sería. Conocía las limitaciones del lenguaje religioso, aunque no eran tan restrictivas como las de la estética. Edwards dijo que el lenguaje religioso nunca puede expresar plenamente el sentido del corazón. Tampoco puede ser el medio definitivo de la gracia. Las palabras son la causa “ocasional”, nunca la “suficiente”; preparan el corazón induciendo una disposición emocional para la aprehensión de la verdad religiosa, pero nunca son los medios suficientes para transmitirla.
En su calidad de predicador y escritor, Edwards utilizó las palabras como medios para preparar el corazón del oyente y del lector. En los dos últimos capítulos (5 y 6) analizo las maneras en que Edwards hizo esto, sobre todo cuando dio expresión a las grandes doctrinas cristianas del pecado y la salvación. Por lo que respecta a su tratamiento del pecado, presto una atención especial a “Pecadores en manos de un Dios airado”, el sermón más famoso que haya nadie predicado en Estados Unidos. Debato las ideas de Edwards relativas tanto a la salvación personal como a la historia de la salvación, incluyendo sus ideas sobre la creación y la escatología, aunque el comentario sobre ellas exige necesariamente un examen de la teología subyacente que estableció Edwards en determinadas obras no homiléticas. En este sentido, tienen una importancia especial obras como El pecado original (1758), La naturaleza de la verdadera virtud (1765) y Sobre el fin que tuvo Dios al crear el mundo (1765).
Copyright © 1982 The Simonson Family Trust, dela versión original en inglés por Simonson, Harold P. Esta edición está autorizada con permiso especial de Wipf and Stock Publishers. www.wipfandstock.com «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2020 por Editorial CLIE, para esta edición en español.