Kitabı oku: «El calzoncillo de Perón y otros relatos absurdos»

Yazı tipi:

El calzoncillo de Perón

y otros relatos absurdos


Hernán Ciarma

Ilustraciones de Sandra Alegre

Ciarma, Hernán

El calzoncillo de Perón y otros relatos absurdos / Hernán Ciarma. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2020.

124 p. ; 20 x 14 cm.


ISBN 978-987-4116-56-7


1. Narrativa Humorística Argentina. I. Título.

CDD A867


Montaje de foto de tapa: Ana Casal

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

ISBN 978-987-4116-56-7

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

Impreso en Argentina.

Agradecimientos y dedicatorias

A mi mujer, Cristina, primera receptora y reidora de mis relatos.

A mis hijas, Lucía y Agustina, quienes, colgadas de mi cuello durante toda la cuarentena, me acompañaron, a su manera, durante la tarea de escritura.

A mi vieja, porque, para ella, todo lo que haga va a estar bien.

A mi hermano, a mis cuñados y cuñadas, y a mis sobrinos y sobrinas.

A mis amigos de la vida, quienes, con sus anécdotas y experiencias, han contribuido a nutrirme de historias.

A Miguel Rottemberg, cuyos elogios sobre mis relatos me dieron la dosis de autoestima que necesitaba para que confiara en mí.

A Natalia Scopino, por su colaboración en las redes sociales.

A Hernán Blanco, mi primo, escritor de Las Mariposas y el tiempo, quien me dio el impulso final para que me decidiera a publicar este libro.

A mi viejo.


Prólogo de Sandra Alegre

Además de pasar momentos encantadores leyendo y releyendo las historias aquí contenidas, ilustrar El calzoncillo de Perón y otros relatos absurdos fue todo un desafío para mí, pues quería que mis ilustraciones no interrumpieran el clima tan particular que logra el autor con su agudo sentido de la observación.

Poco a poco, me fui sumergiendo en su imaginario y me dejé llevar hasta entender el hilo conductor de todos los cuentos: un sinfín de situaciones disparatadas, ácidas, llenas de dinamismo y humor, que giran alrededor de personajes como vos y yo, queribles, a los que lo descabellado les juega una mala pasada. Protagonistas del absurdo, atravesando situaciones cómicas que fluyen con facilidad hasta ese final imprevisto, casi teatral, que tan bien maneja Hernán Ciarma. Así surgieron estas escenas ilustradas, que hacen de telón de fondo para esta insólita galería de personajes que desnudan tan bien nuestra idiosincrasia. Estoy segura de que vas a identificarte fácilmente con alguno de ellos. Pero no te digo más, ¿el resto?: vas a tener que leerlo y dejarte llevar. Disfrutalo.

Prólogo del Autor

Nunca imaginé que muchos de los cuentos que escribí en el celular mientras esperaba el tren llegarían a formar parte de un libro. De mi único libro (ojalá sea el primero de muchos). Como todo escritor nuevo, tengo más dudas que currículum al respecto. Por eso aquí estoy… haciendo el prólogo yo mismo.

Llevo algunos años escribiéndole solo a mi entorno de las redes sociales. «Seguir»; «pulgar para arriba» y «caritas sonrientes» fueron mis aplausos virtuales, que me impulsaron a llevar a cabo este proyecto. ¿Dije proyecto? Me parece que es demasiado. Prefiero dejar esa palabra a los arquitectos. Prefiero decir sueño… pero tampoco, esa palabra está muy trillada. Mejor se la dejo a los que bailan, cantan o patinan en TV.

Ilusión. Esa es la palabra. Tenía la ilusión de que me leyera gente desconocida y de que me pararan en la calle para decirme: «A mí me pasó lo mismo que al de ese cuento…», o «¡A vos solo se te ocurre escribir sobre eso!», y que luego de esas frases nos riamos juntos.

Les propongo, entonces, que intenten ponerse en los zapatos de los personajes que integran estos relatos. Dichos calzados no pretenden ser exclusivos, son más bien populares y de medida estándar, así que espero que les calce el tipo de humor que están a punto de recibir, estimados lectores.

Obsesiones, ansiedades, temor al ridículo, prejuicios, anécdotas y leyendas forman parte del universo absurdo que los invito a compartir.

Hernán Ciarma, Buenos Aires, diciembre de 2020

Un atento de mierda

El humor consiste en poner una cosa donde no va.

Schopenhauer

No había un tipo más atento y amable que Leticio. Demasiado, para los tiempos que corren. Poseía una caballerosidad extrema que asfixiaba, y también era un predicador del optimismo hasta el límite del absurdo. Pasaba todo el día adelantándose para evitar cualquier mínimo esfuerzo de las personas: corría y acomodaba las sillas a las mujeres que amagaban a sentarse, abría las puertas a los ancianos, ayudaba a una mamá que caminaba con su carrito de bebé por una vereda rota o movía los objetos que pudieran obstaculizar el recorrido de un niño que aprendía a caminar. No se permitía jamás estar sentado en un colectivo si veía a una mujer parada, cualquiera fuera la edad que tuviera; inmediatamente, le cedía el asiento. Muchos de los detalles caballerescos que una mujer podría esperar de un hombre los tenía Leticio, aunque en exceso, con lo cual terminaba provocando el efecto contrario en ellas. La grata y enorme sorpresa que causaban sus virtudes cuando alguien lo conocía terminaba siendo proporcional al rechazo que provocaba con su exageración.

Leticio era un gran tipo, no tenía maldad. En eso coincidían todos los que lo conocían, aunque inmediatamente, luego de enumerar sus virtudes, le seguía un «pero» muy largo… así, con la letra e extendiéndose. Sin embargo, para los amigos del barrio, era un personaje que no podía faltar en un asado, porque en las sobremesas le jugaban bromas para esperar las reacciones más previsibles y divertidas. Su bondad y su predisposición crónicas eliminaban toda posibilidad de que alguien osara considerarlo un plomo.

Su problema era, fundamentalmente, con las mujeres. Ya estaba un poco grande y todavía no había conseguido una novia que le durase más de un mes. No era un tipo lindo, claramente. Tampoco era lo que se dice feo. Ni siquiera tenía una fealdad exótica a la cual sumarle onda; no tenía facciones o rasgos que pudieran ser recordados. Tenía un rostro aburrido, fácil de olvidar. Y, con las mujeres, tenía la obsesión de piropearlas, aunque siempre muy educadamente: su estilo galante era el de los tangueros de los años cuarenta. No ganaba demasiado dinero ni tenía un trabajo atractivo como para mantener una conversación interesante como punto de partida. No se le conocía ninguna destreza física. Tampoco era muy inteligente, y sus conversaciones eran un manojo de frases hechas. Aburría, aunque se propusiera mentir sobre sí mismo con entusiasmo. En síntesis: carecía de las mínimas armas de seducción.

Sus amigos le aconsejaron que probara con aprender a tocar algún instrumento como para atraer a las mujeres, y también para que se quedara quieto y callado en las reuniones. Aunque esto último no se lo dijeron. Leticio, sabiendo de sus limitaciones, les hizo caso y, sin confesarlo, se dispuso a estudiar música, casi a escondidas, para darlo a conocer una vez que aprendiera algo digno de ejecutar.

Pero hasta la elección del instrumento fue desacertada. No había remise ni taxi que le quisiera llevar el arpa; incluso sus amigos ponían excusas para pasarlo a buscar en auto cuando se juntaban o festejaban algún cumpleaños. Sin embargo, Leticio, una vez que aprendió una melodía para presentarla ante sus amigos y ante alguna eventual invitada desconocida, insistía en llevarla consigo y tomaba colectivos o subtes si era necesario; y siempre llegaba tarde a toda reunión, porque debía esperar a que pasara la hora pico para ingresar con su arpa, sin que fuera echado por el resto de los pasajeros.

Un día, en el cumpleaños del primo de un amigo, Leticio vio —o creyó ver— la oportunidad de amenizar la sobremesa tocando un par de temitas, y se guardó un tercero por si le pedían bises. Ante la sorpresa de todos, salió decidido a la puerta y sacó el arpa del baúl de su Ford Falcon, recientemente adquirido, y volvió a entrar, pasando con su gran estuche por el pequeño pasillo camino al living. Algunas personas que allí conversaban debieron interrumpir su charla para permitirle el paso. Pidiendo reiteradamente perdón, a diestra y siniestra, Leticio atravesó el camino y se sentó en un viejo puf y sacó del estuche el gigantesco instrumento. Sus amigos le hacían señas para que terminara de agradecer y de pedir disculpas exageradamente, pero él seguía en su mundo. Si hubiera cronometrado los minutos que le insumía decir por día tantas veces las palabras gracias, permiso y perdón, tal vez hubiera considerado utilizar ese tiempo en estudiar una carrera. Pero no, él era demasiado educado y no le importaba que tanta amabilidad generara, como mínimo, una rara incomodidad.

La anfitriona, entusiasmada al ver lo que se venía, trajo del fondo a su madre anciana y la ubicó, con su silla de ruedas, al lado de Leticio, para que presenciara el show lo más cerca posible, dada su incipiente sordera. Su marido, el cumpleañero, codeó de manera canchera a su esposa, como atribuyéndose que, entre sus invitados desconocidos, hubiera un artista para sorprender a su suegra.

Leticio giró levemente su silla, para evitar darle la espalda a la octogenaria; y esta correspondió el gesto caballeresco con una sonrisa. Sus amigos le hacían señas para que arrancara, de una vez por todas.

Finalmente, llegó el momento tan esperado por Leticio. Cansado de que solo fuera reconocido por sus modales y nunca por alguna destreza, esta vez tendría su gran oportunidad. Y, como objetivo final, quizá lograra enamorar a alguna de las señoritas que ahora estaban mirándolo.

«¡Ahora verán!», pensó. Con modales elegantes y ante el silencio del auditorio, ajustó las cuerdas de su arpa. La expectativa estaba lograda, y eso, para Leticio, ya era un logro en sí mismo, acostumbrado a pasar desapercibido durante toda su vida. Eligió, para comenzar, la bella canción paraguaya Pájaro campana, una de las tres melodías que había preparado y practicado hasta el hartazgo de sus vecinos de la pensión en la que vivía. Con los primeros acordes, se dispuso a recorrer, con un solo ojo, a cada uno de los invitados, a los que increíblemente estaba hipnotizando con el sonido de las cuerdas. Pero, al cabo de unos minutos, algunos hablaban entre sí; otros resoplaban fastidiosos o jugaban con su teléfono, y los más dispersos ya habían salido a fumar a un patiecito. La única persona que estaba prestándole real atención era una empleada doméstica que se había detenido luego de dejar las copas en la mesa y que ahora, con la bandeja en la mano, lo observaba como subyugada por la música. Leticio advirtió que la mujer lo contemplaba detenidamente, y esto le dio más confianza en sí mismo. Ahora no tocaba las cuerdas, más bien las acariciaba, y se acompañaba con impostados gestos de falsa emoción, dándose aires de gran artista. Ya para entonces había dejado de importarle el resto del auditorio. Solo tocaba para ella. Si en ese momento no hubiera tenido las manos y su mente ocupadas con el instrumento, ya le habría ofrecido algo de beber o le habría cedido su asiento.

Tener a esa mujer enfrente mirándolo embelesada con tanta atención era para Leticio como tocar el cielo con las manos. Sentía que era un reconocimiento no solo a su interpretación, sino además a todo el sacrificio y al esfuerzo que había estado haciendo en los últimos tiempos, a los fines de agradarle a alguien, por primera vez en su vida.

Cuando finalizó la canción, se oyeron tibios aplausos de compromiso; algunos apenas sonrieron, pero Leticio no lo advirtió, ya que —galante como era— estaba sutilmente guiñándole el ojo a su única admiradora. Ella, muy seria, no emitió palabra alguna, solo se tapó la boca con ambas manos; gesto que Leticio interpretó como una emoción profunda que la había dejado sin aliento. Se sintió orgullosamente responsable de la reacción provocada en ella y también del nudo en la garganta que le impedía emitir palabra. La empleada volvió en sí y prosiguió con sus quehaceres. Leticio, aprovechando que se había agachado cerca suyo a levantar unos platos, le dijo al oído:

—Sabía que le iba a gustar, la elegí para usted.

La empleada doméstica giró sobre sus talones, lo miró fijo a los ojos de manera incriminatoria y preguntó ofendida:

—¿Por qué pensó que me iba a gustar?

—Porque… bueno, es un tema… popular, que a todas ustedes les suele gustar —atinó a justificarse Leticio.

—¿A todas quiénes?, ¿a todas las mucamas, querés decir? —dijo la empleada ofuscada, quien abandonó la bandeja y se paró frente a él con los brazos en jarra.

—A todas… a todas las mujeres —quiso corregirse, titubeando descolocado.

Ella continuó desafiante:

—Porque soy mucama, pensaste que soy paraguaya… ¡y, por ser paraguaya, tengo la obligación de que me guste la canción de ese pájaro de mierda!

Leticio no podía creer lo que estaba sucediendo. Esa mujer, en la que hacía minutos había depositado una ilusión, se encontraba ahora lagrimeando, con el orgullo herido. Leticio, seguro de no haber tenido mala intención, buscó apoyo en algún testigo, pero no encontraba a nadie que lo sacara de esa situación. Sus amigos, avergonzados, le esquivaban la mirada al cumpleañero, que buscaba al responsable de haber traído a Leticio. Atento como era, se agachó para sacar de su bolsillo trasero un pañuelito descartable y se levantó para alcanzárselo a la mujer y ayudarla a secar sus lágrimas, con tal mala fortuna que golpeó con la punta de su arpa a la anciana que estaba a su lado, sentadita en su silla de ruedas. Rápido de reflejos, giró una vez más, ahora para atender a la anciana, que le sangraba la cara, pero un nuevo y torpe movimiento volcó la copa de vino que estaba en la mesa ratona. La anfitriona intervino con un trapo para atender a su madre, mientras maldecía a su marido y lo culpaba por la presencia de Leticio. La empleada doméstica trataba de frenar el desastre levantando la copa, cuyo contenido seguía ensuciando la alfombra. A Leticio no le alcanzaba esta vez su conocido énfasis en el pedido de disculpas, ya que nadie estaba aceptándolas. Tampoco podía pararse a ayudar a nadie, porque estaba atado a su instrumento, que entorpecía sus intenciones de ser él mismo quien reparara los daños que estaba ocasionando. Uno de los invitados tomó suavemente los mangos de la silla de la suegra y la corrió del centro de la escena. Leticio quiso ayudar, y todos lo obligaron a que se quedara en su lugar y se callara la boca. Otra empleada doméstica, que fue a ayudar y que lo miraba de reojo, le dijo a Leticio:

—¡Justo esa canción se le ocurrió tocar! ¡Le hace recordar al marido, que lo mataron en el tren! Lo empujaron a las vías cuando estaba tocando ese tema en el arpa.

Leticio, dirigiéndose a sus amigos, que estaban casi de espaldas, yéndose, dijo ya derrotado:

—Perdón, yo no sabía. Quise ser atento.


El Matador

El humor es la manifestación más alta de los

mecanismos de adaptación del individuo.

Sigmund Freud

Nunca quise estar en aquella fiesta de quince. Mucho menos, de haber sospechado lo que allí me iba a ocurrir. Aquella noche pasé de ser un invitado desconocido a involuntaria estrella de la noche.

Ocurrió hace unos años, pero nunca lo olvidaré. Mi mujer me anunció con mucho tiempo de antelación sobre una fiesta a la que estábamos invitados: el cumpleaños de quince de la hija de una prima, con la que no se habían visto desde hacía muchos años. Solo conocía a la cumpleañera por fotos en Facebook.

En esa relación familiar yo no existía; nada sabían de mí y yo nada sabía de ellos. Pero, en la carta de invitación, pasé a la categoría de acompañante, y la referencia fue: «El que se había casado con la Cris».

—¿Qué tengo que hacer yo en esa fiesta? —atiné a decir.

Y, por la mirada incriminatoria con la que me apuntó mi mujer, me encontré en la obligación de cambiar mi actitud.

Los días pasaron y mi fastidio inicial se me fue olvidando. Veía cómo en casa se revolvían cajones y perchas del placar en busca de qué ponerse o se pedían turnos en la peluquería y con la manicura. Llegando a la fecha de la fiesta, los preparativos de mi mujer iban en aumento. Como todos los hombres, yo no me caracterizaba por la habilidad para tales arreglos; con una camisa y una corbata que tuviera a mano, no habría de desentonar.

Llegó el día de la fiesta. Llegamos a horario y nos presentamos en la puerta del salón. Allí había una mesa de ingreso, que retenía el acceso y donde daban el visto bueno a los invitados. Mi mujer quedó detrás de mí, hablando con alguien que la había reconocido y que la distrajo unos minutos. Quedé solo, explicándole a un señor muy parco sobre quién era yo, y con vergüenza ofrecí ayudarlo a encontrarme en una larga lista de invitados. Esperé unos incómodos segundos deletreando con fastidio mi apellido, a la vez que el señor buscaba y negaba con la cabeza. Momento incómodo.

—Ah, sí, mesa 30 —me asignó.

Miré fugazmente lo que ese hombre tenía en su mano, espiando el planito con los dibujitos de las mesas. Noté que la nuestra casi se caía del papel, como orillando el borde del plano. «Mejor —pensé—, lo más alejadito posible, de bajo perfil».

Al entrar, sentí que todos nos miraban. En un evento así, la ropa suele igualarnos, pero hay algo que se percibe cuando uno es un invitado de compromiso y, en aquella noche, se notaba aún más. No sé si por el olor rancio de mi traje que no me cerraba o por mi actitud timorata cuando me ofrecían algo de la bandeja, como si me diera culpa servirme algo.

Permanecí parado frente a una estatua de hielo iluminada de azul, haciendo tiempo, mientras mi mujer dejaba sus cosas en el guardarropa. Mientras contemplaba ese arte tan efímero, ponía cara de que me interesaba. Como no sabía qué hacer con las manos y todavía no me animaba a servirme ni un quesito, tomé una copa de algo espumante. Sorbía con elegancia cuando escuché que mi mujer me llamaba para comenzar a presentarme personas.

Poco a poco, se iba concretando y sucediendo todo lo que yo me esperaba. Los comentarios iniciales para ponerse al día eran: «¡Qué linda la fiesta!», o «La nena, ¡qué grande está!», o «¿Qué es de tu vida?», o «¡Qué flaca estás!»…

Como mandan las reglas de cortesía, me dispuse a saludar y a ser presentado a decenas de personas, cuyos nombres, al instante de conocerlos, olvidaba automáticamente. Lo que sí le había prevenido —y recalcado— a mi mujer era que nunca me dejara en una situación incómoda y que nunca olvidara presentar a este gil que la seguía detrás, para no quedar pagando mientras ella se abrazaba con todos los parientes. Tuve que fingir asombro ante anécdotas totalmente ajenas a mi interés, o recibir y dar elogios de compromiso, que cumplí como un caballero. La procesión siguió varios minutos, en la que me agoté besando viejas y gritándoles al oído mi nombre. Me resigné también a que ingratos niños eludieran mi saludo, aunque los entendí, ya que yo hubiera hecho lo mismo.

Una vez que llegamos a la mesa asignada, y mientras retirábamos las sillas para sentarnos, saqué una instantánea visual y confirmé que se trataba de la mesa del rejunte, allí en donde ubican a todos los invitados de compromiso, sueltos y reunidos sin criterio alguno.

—Si yo hubiera estado soltera, hubiera integrado otras mesas más destacadas —me dijo mi mujer al oído.

Sonreí y saludé a todos, aunque de ellos obtuve a cambio una tibia respuesta. Tomé aire, me relajé y me dije: «Está cumplida la primera parte, espero que lo siguiente fluya mejor».

A continuación, tuve que iniciar una charla para evitar el incómodo silencio. «Si no arranco ahora, después será peor», pensé. Mi mujer abandonó la mesa inmediatamente y fue a visitar otras más atractivas. Mientras ella abrazaba a tíos y se sorprendía por sobrinos ya mayores, yo permanecía solo, en medio de desconocidos. Para ganarles de mano y copar la parada, decidí avanzar preguntando con falso interés:

—¿Ustedes de dónde la conocen? ¿Cuál es el vínculo?

La respuesta no me importaba, pero sentí que, al ser el primero en intentar entablar una charla, me adueñaba de la situación. Cualquier excusa era buena para sacar un tema de conversación, aunque mucho éxito no tuve. Había un matrimonio que se estaba peleando por lo bajo, era evidente, así que la tensión que había era terrible; junto a ellos, había una adolescente obesa que miraba fijo el plato y que ya estaba comiendo los pancitos de la panera; su hermano, también adolescente, muy introvertido, estaba con la cabeza sumergida en su teléfono. También se encontraba en esa mesa un matrimonio de ancianos a quienes ofrecí gentilmente servir gaseosa o jugo, pero solo me contestaba la señora. Luego, esta me confesó que su marido era sordo. Era evidente que esa mesa iba a ser difícil. No habría de encontrar allí ni siquiera una charla en la que pudiera hacer tiempo, mantenerme con bajo perfil, oculto, y lejos de la exposición, hasta que llegara una hora prudencial para irme, sin que pareciera descortés.

Mientas sorbía de una copa (vaya a saber Dios de qué cuernos era el jugo), miraba hacia atrás o giraba y elevaba el cuello, buscando a mi mujer… pero era inútil, ella estaba ocupada, contenta, recibiendo piropos y poniéndose al día con sus parientes. Para ganar minutos, decidí ir al baño. Al rato, volví y noté que el matrimonio en conflicto hacía un silencio incómodo al verme regresar. Claramente, seguían discutiendo; su hijo estaba enviando mensajitos con su celular, su hermana obesa seguía comiendo pancitos de la panera y la vieja le hablaba a su marido sordo al oído. Hice un paneo de la mesa y, resignado, me senté a esperar quien sabe qué.

Más tarde, opté por hacer comentarios triviales, a hablar del clima o de la originalidad del centro de mesa, pero seguía sin conseguir revertir la situación. Parecía un tenista jugando solo. Para distender el clima tenso y apaciguar las aguas con el matrimonio en conflicto, ofrecí pedir hielo para todos. Apenas asintieron con la cabeza. Sin embargo, el mozo, que estaba lejísimo, no me miraba… estaba atento siempre a las mesas de mayor jerarquía. Le hice un ademán con las manos en alto, como dibujando un garabato con forma de cubito en el aire, para que me viera sin tener que acercarse. Tampoco me dio bola. Era evidente que nuestra mesa, o yo, no existíamos. El hielo no llegaba. Culpé, entonces, al pésimo servicio, pero lo cierto era que, en realidad, ni siquiera había registrado mi pedido. Entendí que mi presencia era transparente.

Comenzó a sonar el vals y, en ese instante, me corrió un escalofrío por la espalda. «No creo que tenga que verme obligado bailar, no hay razón —pensé—. ¿Y si bailan todos?». Saqué rápidos cálculos mentales y llegué a la siguiente conclusión: si un vals dura unos cuatro minutos, y cada uno que pasara tardara quince segundos en bailar o hacer unas vueltitas, sonreír y posar para el fotógrafo, habría tiempo para dieciséis invitados por cada tema. Con dos valses, podrían, entonces… pasar unos treinta invitados, aproximadamente. Por lo tanto, si existiese una lista imaginaria de varones con un ranking de jerarquía de vínculos, yo no figuraba. No creí tampoco que el musicalizador pasara más de dos valses… Pues no, me equivoqué: se le había dado por unos enganchados de Strauss que preanunciaban que la cosa sería eterna. A los varones se los veía muy predispuestos a bailar. ¡Iban todos! Para colmo, el trámite de las fotos y la vueltita pasaba muy rápido. La fila que se había formado para esperar turno con la quinceañera no se reciclaba. Mis cálculos habían fallado.

«¿Y ahora? —pensé—, no vaya a ser cosa que la cumpleañera se quede sin partenaire y que ese incómodo papel me toque a mí por descarte». No faltaron los vigilantes de la buena onda que, sentados en sus mesas y habiendo ya participado, buscaban nuevos hombres para delatar y mandarlos a la pista. Busqué salvación a mi alrededor, pero el adolescente de mi mesa ya se había levantado en un arranque de desenvoltura hasta entonces oculto, me había ganado de mano y me había dejado cada vez más solo. ¿Por qué no fui antes? Ya era tarde para lamentos, ahora no tenía excusas; escaparme al baño no era buena idea. En ese preciso momento, divisé a mi mujer, feliz, sonriente, muy cómoda, que estaba hablando con su prima, madre de la quinceañera, y de lejos me hacía señas para que fuera yo el siguiente.

Increíble, tener que bailar con esa chica que no me conocía y, además, posar sonriente para una foto que a nadie le interesaría comprar. Los valses seguían y seguían… Nadie acusaba recibo de que el asunto se estaba prolongando demasiado y de que la agasajada estaba quedando expuesta a bailar sola. Yo deseé que la tierra me tragara. Busqué algo para tirarle a mi mujer, pero la panera estaba vacía, solo quedaban migas. Sin otro objeto contundente que arrojarle, le dediqué una mirada amenazante, pero ella nunca registró mi intención. Tampoco quería que su prima, la gran anfitriona, me viera negarme con tanta tozudez, ya que, después de todo… qué me costaba bailar un poquito. Así que opté por levantarme como un resorte y resolver la situación adelantándome al problema, sacándomelo de encima, escapando para adelante, como hacen los hombres decididos, pero con el miedo escondido a no tener alguien que me reemplazara luego de mi intervención en la pista.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
100 s. 18 illüstrasyon
ISBN:
9789874116567
Sanatçı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: