Kitabı oku: «Ilíada»
HOMERO
ILÍADA
Traducción, introducción y notas de
EMILIO CRESPO GÜEMES

La Biblioteca Clásica Gredos (BCG), fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.
Publicado originalmente en la BCG con el número 150, este volumen presenta la versión de la Ilíada a cargo de Emilio Crespo Güemes, catedrático de Filología griega de la Universidad Autónoma de Madrid, quien ha ampliado y actualizado la introducción original, y ha introducido correcciones y mejoras en la traducción.
Asesor de la colección: Luis Unceta.
La traducción de este volumen ha sido revisada por Carlos García Gual.
© de la introducción, traducción y notas: Emilio Crespo Güemes.
© de esta edición: Editorial Gredos, S.A., 2019.
Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.
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El autor ha realizado esta traducción con una «Ayuda a la creación literaria»
del Ministerio de Cultura y en el marco del proyecto de investigación «Homero: crítica textual y estudios lingüísticos» (CICYT 917/84).
Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 1991
Primera edición en este formato: abril de 2019.
REF.: GEBO52
ISBN: 978-84-249-3903-8
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.
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INTRODUCCIÓN
La Ilíada es el poema épico más antiguo de la literatura europea. Fue compuesto poco antes del 700 a. C., probablemente en la costa occidental de Anatolia o en una de las islas adyacentes, por un poeta llamado Homero (el autor seguramente también de la Odisea), del que ni los propios griegos de la Antigüedad conocían nada con seguridad. La Ilíada es un poema que pertenece a una larga tradición. Los poetas, llamados aedos, componían de memoria y sin ayuda de la escritura. Sus poemas estaban destinados a ser cantados con acompañamiento de un instrumento de cuerda. Se ignora cuándo la Ilíada, destinada también a ser difundida de manera oral quizá en las fiestas colectivas, fue puesta por escrito; pero, en todo caso, antes del 520 a. C. existía en Atenas un texto normalizado, que era el usado en los certámenes consistentes en la recitación de la epopeya. El texto que está en la base del que reproducen nuestros manuscritos conservados de época bizantina procede de los filólogos alejandrinos de época helenística, de Aristarco de Samotracia, en particular. Ignoramos con precisión el texto que Aristarco en la primera mitad del siglo II a. C. preparó y difundió, aunque debió de conceder una especial importancia a algún ejemplar ático.
La Ilíada está compuesta en una forma lingüística del griego antiguo que nunca existió en la realidad. Aparecen indisolublemente mezcladas formas muy arcaicas y otras más recientes, formas de distintos dialectos (básicamente el dialecto es el jónico, pero hay formas que coinciden con los dialectos eolios o con el dialecto micénico y arcadio-chipriota y grafías propias del ático), y formas que no han existido nunca en ningún dialecto griego y que son propias de la lengua artística. El poema está compuesto en versos llamados hexámetros dactílicos. Su ritmo se basa en la repetición de una unidad constituida por una sílaba larga y dos breves (u otra larga) seis veces. Cada verso está separado del siguiente por una pausa. Hay posiciones del verso donde se busca el fin de palabra, y otras en las que se evita.
La Ilíada (como también la Odisea) está dividida en veinticuatro cantos y tiene una extensión de 15.690 versos. La división en cantos fue realizada en época helenística. Cada canto fue nombrado con una letra del alfabeto griego, pero es citado con un título que da idea del tema.
La Ilíada narra un breve episodio del décimo y último año de la guerra de Troya. Se dan por conocidos el tema general del poema y los héroes y dioses que intervienen, sin que haya ninguna explicación o presentación previa del tema ni de los personajes. Agamenón, el caudillo de la expedición de los aqueos (llamados también argivos o dánaos, pero nunca griegos), arrebata a Aquiles, jefe de los mirmídones, su parte en el botín para compensar la pérdida del lote que le había correspondido, la esclava Criseida, hija del sacerdote de Apolo, que a instancias de Crises ha enviado una peste contra los griegos para exigir su devolución. Aquiles, lleno de cólera por tal deshonra, decide retirarse del combate. Zeus, a instancias de Tetis, la madre de Aquiles, ha resuelto causar la perdición de los aqueos, pero antes, éstos, con Aquiles ya lejos de la batalla, obtienen resonantes victorias durante todo un día de lucha. En los dos días siguientes, los troyanos acampan cerca del campamento de los aqueos, logran herir a la mayoría de los caudillos, penetrar en el muro defensivo y llevar el combate hasta las propias naves. Patroclo pide a Aquiles sus armas para ayudar a sus compañeros. Sale a la lucha y muere. Aquiles decide regresar a la batalla para vengar a su amigo Patroclo y, tras reconciliarse con Agamenón, comienza sus proezas guerreras. Al cabo de ellas, mata a Héctor, caudillo troyano. Aquiles celebra el funeral de su amigo Patroclo, a la vez que ultraja el cadáver del vencido Héctor. Finalmente, Príamo llega a ocultas a la tienda de Aquiles, logra el rescate de Héctor y regresa a Troya, donde se celebran las exequias por su muerte.
La muerte de Aquiles y el final de la guerra de Troya no son na-rrados en la Ilíada, aunque existe la certeza de que ambas cosas sucederán de una manera inmediata. Tampoco se relatan las causas de la guerra desde el juicio de Paris, ni la conquista de la ciudad. Un rasgo muy notable de la Ilíada es que, a pesar de su extensión, la acción se concentra sólo en unos pocos días de combate, sin mención de la totalidad de la guerra. El tema concreto es la cólera de Aquiles, pero en la narración de cuatro días completos de combate se incorporan escenas que parecen corresponder al comienzo de la guerra y queda simbolizada la totalidad de la misma.
La sociedad que aparece representada en la Ilíada, en la medida en que la podemos conocer por las noticias fragmentarias y ocasionales que jalonan el relato, es sumamente primitiva y está poco diferenciada: los dioses, que patrocinan todas las actividades humanas y rigen los fenómenos de la naturaleza, intervienen de modo permanente en las acciones de los héroes. Estos dioses son antropomórficos, personales y están organizados conforme al mismo esquema familiar de los hombres. Son inmortales, no envejecen, no tienen interés en los seres humanos y viven una existencia feliz. A veces, entre los hombres existe una diferencia nítida entre los héroes, aristócratas de nacimiento que poseen excepcionales cualidades naturales y están particularmente sujetos a los caprichos divinos, y las «huestes» innominadas, cuyos hechos casi nunca ofrecen el interés de ser siquiera mencionados. Las actividades económicas están muy poco diferenciadas; en el contexto bélico predominante de la Ilíada, la agricultura y ganadería, el comercio y la artesanía casi sólo son mencionadas en los símiles. La organización social se basa en la monarquía de origen divino; existen además un consejo y una asamblea general dominados por la minoría aristocrática. El derecho es puramente consuetudinario. Es difícil saber en qué medida la sociedad homérica es histórica y, si lo es, de qué época, y en qué medida es el producto de la imaginación poética.
El mito de la guerra de Troya posee un núcleo histórico que se sitúa cerca del 1200 a. C., en la Edad del Bronce y en plena época del dominio y la riqueza de Micenas y de los documentos griegos más antiguos que se han conservado, las tablillas de arcilla con signos que constituyen un silabario mediante el que se registran bienes del palacio. De este trasfondo histórico existen algunas reminiscencias en la Ilíada, lo mismo que de las épocas sucesivas hasta la fecha de la composición final.
La influencia de la Ilíada no sólo en la literatura griega posterior y en la literatura europea, sino también en la propia cultura europea, es difícil de exagerar.
I. NOTICIAS DE OTROS POEMAS ÉPICOS EN LA «ILÍADA» Y EN LA «ODISEA»
Algunos episodios de los poemas homéricos, particularmente de la Odisea, proporcionan noticias relativas a la épica antigua en Grecia y al ambiente en el que ésta se desarrolló; por ellas es útil comenzar, pues la información que dan ofrece una primera descripción de la epopeya arcaica griega. La conclusión más interesante que espero extraer de esta primera descripción es que la Ilíada es en cierta medida un simple representante, aunque ciertamente el más eximio, y la culminación de una tradición de poemas épicos, sólo en parte conocida para nosotros.
a) La épica en Homero
Cuando los embajadores griegos llegan a la tienda de Aquiles para intentar que renuncie a su cólera y regrese al combate (Ilíada IX 185 ss.), lo hallan cantando al son de la fórminge gestas de héroes, para recrear su ánimo. No es aventurado suponer que la Ilíada es también el relato cantado de una de estas gestas, a las que el poeta atribuye un contenido histórico, que conoce por haberlo presenciado en persona (cf. Odisea VIII 488 ss.) o por haber recibido la inspiración de un dios, casi siempre de la Musa (cf. Ilíada II 484 ss.; Odisea XII 189 ss.), y que mediante el ornato de la narración pretende entre otras cosas el deleite (cf. C. W. MacLeod, Homer. Iliad. Book XXIV, Cambridge, 1982, «Introduction»).
En el entorno bélico de la Ilíada existen pocas ocasiones, aparte de la citada, para este género de entretenimientos; hay que recurrir a las escenas palaciegas de la Odisea para encontrar noticias más numerosas e incluso algún poema breve, cantado en este caso por cantores o aedos profesionales al servicio de la comunidad, Demódoco en la corte de los feacios (Odisea VIII) y Femio en la corte de Ítaca (Odisea I 325 ss.). Estos aedos poseen la capacidad de improvisar poemas gracias a la inspiración divina (cf. Odisea VIII 74), que les ha enseñado el contenido (cf. Ilíada II 485 ss.), y los difunden mediante el canto ante un auditorio cortesano y aristocrático. El fondo de leyendas del que el aedo elige el tema de su canto es muy amplio y en cada ocasión escoge la narración de un episodio particular y concreto (cf. Odisea VIII 500). El propio prólogo de la Odisea (I 10) solicita a la Musa que comience el canto relativo a Ulises «en cualquier parte» del conjunto de las leyendas referidas a este héroe. Esta capacidad de improvisación permite que a veces sea un miembro del auditorio (Odisea VIII 490 ss.) quien proponga al aedo el relato de un episodio concreto de su repertorio. Otras veces el propio aedo elige un episodio «cuya fama entonces llegaba al vasto cielo» (Odisea VIII 74).
Los aedos de la Odisea son capaces de improvisar un poema, que cantan acompañados por un instrumento de cuerda, no porque repitan de memoria un texto previamente aprendido, como los rapsodos de época posterior, un representante de los cuales es Ión de Éfeso, el interlocutor de Sócrates en el diálogo de Platón titulado Ión, sino porque dominan ciertas técnicas tradicionales para componer poemas sin ayuda de la escritura. En realidad, el cuadro que presenta la Odisea sobre los aedos, aunque cuadra mejor con la hipótesis de una tradición de composición oral que con la idea de la repetición de un poema escrito y aprendido de memoria, ya que en Homero la escritura sólo se menciona una vez (Ilíada VI 168) y con tintes aparentemente oscuros y siniestros, no da datos que lo prueben de manera fehaciente. Son los resultados proporcionados por la literatura comparada y ciertos rasgos de los poemas homéricos, a los que luego nos referiremos, los que permiten rechazar la tesis de un texto prefijado y repetido de memoria. En la ejecución los aedos de la Odisea utilizan el mismo instrumento que Aquiles en la Ilíada.
b) Temas tradicionales
Los tres breves episodios que canta Demódoco en la corte del país de los feacios en presencia de Ulises (Odisea VIII) tienen un tema cuyo contenido y personajes son familiares para el auditorio. Estos temas pertenecen bien a las acciones de los dioses (como el relativo a los amores de Ares y Afrodita, en Odisea VIII 266 ss.), bien a una época concreta del pasado heroico, considerado histórico (como el episodio del caballo y la toma de Troya, en Odisea VIII 499 ss., y el de la disputa entre Ulises y Aquiles, en Odisea VIII 73 ss.). También Penélope elogia el extenso repertorio de cantos que posee Femio, en el que se incluyen «gestas de héroes y de dioses» (Odisea I 338). En todo caso, el tema nunca se presenta como perteneciente al mundo de la ficción: los propios personajes de la Ilíada lamentan a veces (cf. VI 354 ss.) que sus desgracias se van a convertir en tema de canto para los hombres futuros. Del mismo modo, Eneas (Ilíada XX 204) dice a Aquiles que ambos conocen sus respectivos linajes gracias a «los famosos relatos de los mortales». El tema tampoco pertenece nunca al presente.
No hay que entender que haya aquí ningún desinterés por el presente; más bien hay que pensar que el pasado heroico, una estrecha franja limitada a unas pocas generaciones anteriores y posteriores a la de la guerra de Troya, posee rasgos que lo hacen superior a la actualidad y, por tanto, representativo de todas las épocas, la presente incluida. La característica esencial de la edad heroica, según aparece en el mito, es la intervención ostensible de los dioses en la vida humana, frente a lo que sucede en la actualidad y ha sucedido en otras épocas, excepto en la heroica. La intervención divina, al ser visible, hace que las acciones sean transparentes en sus móviles y causas, y que no estén ocultas como sucede en la vida corriente. Ésta es en el fondo la razón esencial por la que el tema dominante de la literatura clásica es el pasado mítico.
c) Los personajes
Los personajes centrales que intervienen en estos episodios no necesitan ninguna presentación previa, no son personas comunes; o bien son héroes pertenecientes a una época muy concreta del pasado, cuando los dioses intervenían de manera patente en los asuntos humanos y cuando los hombres eran más corpulentos y fuertes que los actuales, o bien son dioses presentados con rasgos humanos, que hacen ostentación de sus caprichos o favoritismos y de su poder. Es llamativo observar que mientras el tema relativo a los dioses es fundamentalmente de naturaleza jocosa, los temas relacionados con los héroes son de carácter triste y luctuoso. Algo semejante sucede también en la Ilíada, donde contrastan los sufrimientos de los hombres que narra el poema y la existencia fácil y despreocupada de los dioses. Un ejemplo notable lo proporciona Ilíada I: la asamblea de los hombres termina con augurios sombríos por la retirada de Aquiles, y la disputa de los dioses termina entre risas en el banquete (cf. J. Griffin, Homer on life and death, Oxford, 1980).
d) Los motivos
Aparte de ser conocidos para el auditorio los temas y los personajes, los motivos forman también, en la medida en que podemos juzgar, un grupo más o menos cerrado y tradicional. El primero de los episodios que Demódoco canta en la corte de Alcínoo ante Ulises tiene una disputa como motivo central, lo mismo que la Ilíada, que narra en sustancia la cólera de Aquiles y sus consecuencias. Por su parte, Femio en el palacio de Ulises (Odisea I 326 s.) canta el regreso de los aqueos, uno de los motivos centrales de la Odisea.
Si además utilizamos las digresiones de la Ilíada y de la Odisea como término de comparación para descubrir qué otros motivos son tradicionales en la epopeya griega arcaica, observamos igualmente que los motivos en tales digresiones pertenecen al mismo repertorio limitado: la historia de Meleagro parte de una disputa y de la obcecación del héroe; la insolencia humana ante la superioridad de los dioses aparece en la referencia al destino de Níobe y de los antecesores de Glauco; la elección consciente de un determinado tipo de vida aparece en muchos guerreros menores y también en el propio Aquiles, etc. En muchos casos el honor y la gloria del héroe aparecen como móviles de la acción.
Por supuesto, si además de repasar los motivos que aparecen en los poemas cantados por los aedos de la Odisea y los de las digresiones de ésta y de la Ilíada, incluimos los motivos de los poemas del llamado Ciclo épico, poemas perdidos, pero de los que conservamos noticias acerca del contenido, bien por los resúmenes en prosa del mito que proporcionan la Crestomatía de Proclo, algunos escolios y las narraciones de los mitógrafos de época tardía, bien por fragmentos conocidos gracias a la transmisión indirecta, la lista de motivos comunes a varios poemas se incrementaría, lo mismo que la lista de motivos compartidos por la Ilíada con otros poemas.
e) Los efectos del canto épico
Además de los temas y personajes, los motivos y el tipo de ejecución, las referencias a los poemas breves de Demódoco y Femio dan cierta información sobre los efectos que la poesía épica ejerce sobre el auditorio. Las palabras más frecuentes para referirse a ello son «recrear», «deleitar», «hechizar» y «conmover». Los cantos de Demódoco en Esqueria proporcionan placer al auditorio de los feacios y mueven en dos ocasiones a Ulises al llanto. Lo mismo le sucede a Penélope en Ítaca al escuchar los cantos de Femio y oír el relato de las desgracias sufridas (Odisea I 338 ss.). En el caso de los propios héroes que han tomado parte en las acciones relatadas por los aedos, el llanto es una consecuencia del recuerdo de las desgracias padecidas por la voluntad de los dioses (cf. Ilíada VI 357 s.; Odisea VIII 577 ss.); en el caso de los restantes miembros del auditorio, la piedad que inspiran las desgracias de los héroes procede en último término de la comprobación de que la desgracia es la suerte común de los hombres. Entre éstas, la desdicha decisiva es la muerte, con la que los héroes de la Ilíada se enfrentan constantemente en la guerra. Es decir, el deleite de la poesía consiste también en inspirar la compasión por las desgracias humanas cuya narración constituye la materia del canto.
f) La «Ilíada» y las noticias sobre la épica en Homero
La Ilíada presenta claramente al menos algunas propiedades de los poemas que cantan Femio y Demódoco, como su prólogo indica claramente. Es cierto que existen algunas notables diferencias entre los poemas cantados por los aedos de la Odisea y lo que la propia Ilíada (y la Odisea) deja ver. La más llamativa es la referida a la extensión: frente a los breves episodios de la Odisea, la monumentalidad de la extensión de la Ilíada. Sin embargo, las analogías son numerosas. El tema pertenece a un momento concreto del décimo año de la segunda guerra de Troya, datada en la edad heroica (en el 1184 a. C., conforme a la cronología mítica más extendida, basada en Eratóstenes). La narración se instala en el pasado heroico y evita toda referencia al presente del poeta y a su propia individualidad. El contenido y los motivos básicos (la cólera del héroe, la importancia de la amistad, la venganza por la muerte del amigo, el deseo de obtener honra) son igualmente tradicionales. Los personajes no requieren ninguna presentación previa. Se da por supuesto el conocimiento de la totalidad de la leyenda y se anuncia a partir de qué punto concreto del mito, considerado como algo puramente histórico, va a comenzar la narración. La acción transcurre conforme a un plan divino. Es la Musa quien canta el tema propuesto. Además, dado que el contenido se presenta como luctuoso, hay que suponer que la consecuencia primera en el auditorio debe de ser el llanto y la compasión ante las desdichas sufridas por los héroes en la guerra.
Para algunos otros detalles no disponemos de elementos de juicio que ayuden a determinar qué analogía existe entre la Ilíada y los poemas que canta Demódoco en la Odisea. Esta ignorancia procede de las diferencias que impone la propia monumentalidad de la Ilíada y afecta a algunas cuestiones sumamente importantes. Destaquemos entre ellas las siguientes. Demódoco canta sus poemas con ocasión de una reunión y un banquete en la corte de Alcínoo: ¿para qué ocasión ha sido compuesta la Ilíada? Su enorme extensión hace al menos difícil que haya sido compuesta para cantarla en un banquete. Existen diferentes fuentes (Heródoto, V 67; Platón, Ión; Hiparco 228 b) que indican que los aedos profesionales recitaban poemas épicos en los festivales religiosos tradicionales durante los siglos VI y V a. C. Incluso en épocas más antiguas, existían competiciones públicas de poemas épicos en los festivales religiosos (cf. Himno a Apolo 149 s.) y en los funerales de personajes ilustres (cf. Hesíodo, Trabajos y Días 654 ss.). Por todo ello, no sería nada extraño que los poemas homéricos hubieran sido compuestos para certámenes de esta naturaleza. Las fiestas jónicas documentadas con más antigüedad son las Panionia del monte Mícale y las propias de Delos, mencionadas en el Himno a Apolo.
¿Ha sido compuesta sin la ayuda de la escritura? Sea cual sea la respuesta, parece en todo caso seguro que la difusión se ha realizado de manera oral. Demódoco parece improvisar sus cantos entre el conjunto de leyendas: ¿qué relación guarda la Ilíada con los poemas orales improvisados? O, dicho de otra manera, ¿la Ilíada es una composición oral improvisada para una ocasión concreta? Y, en caso de que sea así, ¿cuándo ha sido redactada por escrito?, ¿qué modificaciones se han introducido hasta su redacción escrita? Aunque no hay una solución segura para estas preguntas, más adelante expondremos algunas posibles respuestas.
g) Noticias sobre otros poemas épicos
Hasta aquí, pues, la Ilíada, en la medida en que comparte ciertos rasgos con otros poemas semejantes, aparece simplemente como un representante más de un tipo de relatos que debió de ser común en los primeros siglos del I milenio a. C. en Grecia y en la costa oriental del mar Egeo. De estos poemas sólo quedan fragmentos o noticias que resumen su contenido. Algunos, los llamados poemas del Ciclo épico, fueron compuestos en época posterior a la Ilíada y completaban la leyenda troyana que no está relatada en ésta. Hubo además seguramente versiones de estos poemas, tanto del Ciclo, en general, como del Ciclo troyano, en particular, que fueron compuestos en fecha anterior, pues en la Ilíada hay alusiones a algunos de sus episodios. En varios pasajes (Ilíada IV 370, V 800), hay referencias a la leyenda de los Siete contra Tebas y a la victoriosa expedición de los epígonos, que logran conquistar la ciudad, y tanto la Tebaida como los Epígonos fueron compuestos por escrito en época posterior a la Ilíada y atribuidos a veces o siempre a Homero. Igualmente, hay alusiones a la leyenda de Hércules y a cierto episodio de rebelión de los dioses contra Zeus. También en la Odisea hay referencias a la leyenda de los Argonautas (XII 69) y, sobre todo, al regreso y asesinato de Agamenón y a la venganza de Orestes, saga que constituye un paradigma al que se contrapone el regreso de Ulises y la fidelidad de Penélope. Otro de los poemas del Ciclo, los Nostos, relataba el regreso de los caudillos griegos tras la conquista de Troya. Además, los relatos de Néstor, por ejemplo, constituyen breves incursiones en la leyenda de Pilo; Glauco resume las hazañas de Belerofontes, etc. En definitiva, la Ilíada y la Odisea son poemas sobre la leyenda heroica, que se enmarcan en una tradición a la que pertenecían otros muchos poemas no conservados. Algunos rasgos que poseían tales poemas pueden ser reconstruidos gracias al examen de las propias referencias a la epopeya que se encuentran en los poemas homéricos.
II. LA TRADICIÓN ÉPICA EN GRECIA
Los datos proporcionados por los propios poemas homéricos presentan el cuadro, ciertamente vago y poco preciso, en el que ha surgido la Ilíada. De este cuadro se deduce que la Ilíada es un poema inserto en una tradición con la que comparte temas, personajes, motivos y otros elementos. Ahora, antes de describir lo propiamente homérico y lo específico de la Ilíada, en la medida en que sea posible, intentaré identificar las demás características de tal tradición y determinar sus orígenes. Procuraré describir los rasgos de la tradición épica en esta sección, y reservaré para la siguiente la determinación de sus orígenes históricos.
a) Las fórmulas
Incluso para el lector actual más distraído, lo primero que destaca al comenzar la lectura de la Ilíada es la frecuencia con la que se repiten determinados epítetos, aplicados con regularidad al mismo sustantivo, y sólo a él. Así, Agamenón es con frecuencia «soberano de hombres»; Aquiles, «el de los pies ligeros»; Héctor, «el de tremolante penacho»; la espada, «tachonada de argénteos clavos», las naves «veloces», etc. Aparte de los epítetos específicos, atribuidos a un solo sustantivo, hay otros genéricos, que aparecen con varios nombres diferentes. Estos sintagmas repetidos suelen denominarse fórmulas y se pueden definir como grupos fónicos cuyo grado de expectación mutua es elevado (cf. J. B. Hainsworth, The flexibility of the Homeric formula, Oxford, 1968; M. N. Nagler, «Towards a generative view of the oral formula», TAPhA 98, 1967, 269-311). Los ejemplos más conspicuos, porque son rígidamente fijos y los más repetidos, son las fórmulas integradas por un epíteto atribuido a un nombre propio (cf. M. Parry, L’épithète traditionelle dans Homère. Essai sur un problème de style homérique, París, 1928, trad. inglesa en págs. 1-190 de The making of Homeric verse. The collected papers of Milman Parry, ed. A. Parry, Oxford, 1971); pero, en realidad, cualquier tipo de repetición puede ser considerado una fórmula.
Las fórmulas tienen una longitud variable, oscilando entre un número pequeño de sílabas y varios versos enteros. Cuando son menores que el verso, tienden a ocupar el mismo lugar en el hexámetro. Igualmente, cada palabra, según su estructura prosódica, tiende a ser localizada en el mismo lugar del verso (cf. E. G. O’Neill, «The localization o metrical word-types in the Greek hexameter», YCS 8, 1942, 102-176). El grado de rigidez de las fórmulas es variable: algunas están constituidas por grupos de palabras que aparecen invariables sin excepción; otras, en cambio, muestran un grado mayor o menor de flexibilidad y admiten flexión y otros accidentes fonológicos o morfosintácticos, separación o inversión de sus componentes, expansión con elementos adicionales, movilidad de sus miembros, sustituciones y otros tipos de modificación (cf. J. B. Hainsworth, The flexibility of the Homeric formula, Oxford, 1968).
Normalmente, el grupo repetido que constituye una fórmula posee una unidad de significado, pero a veces la repetición es de sonidos, estructuras sintácticas y otros tipos de asociaciones basadas en fenómenos más difícilmente aprehensibles (cf. M. N. Nagler, Spontaneity and tradition. A study in the oral art of Homer, Berkeley-Los Ángeles, 1974). Las repeticiones formulares más o menos literales afectan a todos los pasajes y varían entre las que se repiten en las dos epopeyas o sólo en una de ellas (para las fórmulas propias de la Odisea, cf. D. L. Page, The Homeric Odyssey, Oxford, 1955) y las que están limitadas a un pasaje concreto, por ejemplo, a la transmisión de un mensaje dado, en los que el mensajero suele dar el recado recibido, repitiendo literalmente las palabras que le han transmitido. No hace falta señalar que elementos que no se repiten en las epopeyas conservadas pueden ser en realidad fórmulas cuya existencia no es posible demostrar por falta de documentación en los textos que han llegado a nosotros.
b) Las propiedades de los sistemas de fórmulas
El empleo de fórmulas y otras clases de repetición constituye, pues, la primera característica de la tradición épica griega. En realidad, estas repeticiones no están en absoluto ausentes de la lengua coloquial y de otros poemas antiguos o modernos, aunque en la Ilíada su frecuencia es enorme y mayor que todo lo imaginable en la conversación cotidiana y en toda la literatura de la Antigüedad. Además, lo característico de la epopeya arcaica (pues hay que incluir también en este punto los poemas de Hesíodo y algunos Himnos homéricos) es que las fórmulas más rígidas constituyen sistemas complejos que se definen por dos propiedades denominadas extensión y economía. Con estos términos se entiende que, por ejemplo, para introducir un discurso (cf. M. W. Edwards, «Homeric speech introductions», HSCPh 74, 1970, 1-36) o para referirse a los navíos (cf. B. Alexanderson, «Homeric formulae for ships», Eranos 68, 1970, 1-46) u otros objetos (cf. «Homeric epithets for things», CQ 41, 1947, 109-121, reimpreso en The language and background of Homer. Some recent studies and controversies, ed. G. S. Kirk, Cambridge, 1964), existen en el repertorio de fórmulas diferentes expresiones que ocupan un verso completo o una porción especial del verso, y que todas estas expresiones, de valor prosódico diferente y aptas para rellenar partes distintas del hexámetro, componen un sistema formular. Cada miembro del sistema formular es usado siempre que las necesidades concretas del contexto lo requieren (extensión), sin que existan en general expresiones con idéntico valor prosódico que alternen para ocupar una misma porción del verso (economía).
Las excepciones a la propiedad de la extensión son difíciles de probar, y las excepciones a la economía son raras y, a veces, interpretables como un rasgo deliberado de estilo. La existencia de sistemas formulares obliga a descartar la idea de que las repeticiones sean de la misma naturaleza que las que aparecen en la conversación coloquial o en otras obras literarias posteriores, donde las fórmulas no aparecen integradas en sistemas formulares.
La complejidad del sistema de fórmulas sólo es comprensible en el ámbito de una larga tradición, en la que los poemas se componen y difunden mediante un procedimiento oral. El aedo no compone palabra a palabra ayudado de la escritura para luego memorizar la composición, sino que improvisa directamente con la ayuda, entre otras cosas, del dominio de los sistemas de fórmulas. Éstos facilitan la composición y permiten descargar la concentración de los aspectos más propiamente artesanales del oficio del aedo. Además, sólo en el marco de la improvisación oral se explica que en el curso de la tradición las propias fórmulas y los sistemas que éstas componen hayan ido evolucionando para acomodarse a la lengua de cada momento o a los gustos del poeta.
En efecto, hay fórmulas para las que podemos reconstruir sus prototipos, es decir, la forma que poseían en una fase más arcaica de la tradición épica (cf. A. Hoekstra, Homeric modifications of formulaic prototypes, Amsterdam, 1965). Al contrario, la poesía arcaica posterior a la Ilíada permite observar el estado que muchas fórmulas documentadas en ella han alcanzado en la época de los poemas de Hesíodo (cf. G. P. Edwards, The language of Hesiod in its traditional context, Oxford, 1971), del Ciclo o de los Himnos homéricos (cf. J. A. Notopoulos, «The Homeric Hymns as oral poetry», AJPh 83, 1962, 337-368; A. Hoekstra, The sub-epic stage of the formulaic tradition: studies in the Homeric Hymns to Apollo, to Aphrodite and to Demeter, Amsterdam, 1969).
Todo ello permite reconstruir la historia de los sistemas de fórmulas, así como el proceso de creación y solidificación de las mismas. Hemos de imaginar (cf. J. B. Hainsworth, «Good and bad formulae», en Homer. Tradition and invention, ed. B. C. Fenik, Leiden, 1978, 41-50) que el aedo profesional, gracias a su adiestramiento y a la repetición, adquiere asociaciones internas que se manifiestan en formas verbales concretas. Las expresiones más usadas se van osificando progresivamente y pierden su versatilidad originaria. La productividad de estas expresiones específicas hace que otras anteriores vayan desapareciendo o queden como venerables restos, incomprensibles o poco menos, que están a punto de desaparecer. En esta fase del desarrollo se encuentran los sistemas formulares más productivos y económicos, que son capaces de crear otras expresiones derivadas e incluso sugerir episodios. La productividad de las fórmulas tiende a convertirlas en genéricas y a hacer laxos los vínculos que las asocian a un contenido concreto. Con esto pierden parte de su carga significativa y tienden a ser reemplazadas por otras expresiones, que son, a su vez, manifestaciones de asociaciones existentes en la mente del aedo. La Ilíada ofrece ejemplos numerosos para ilustrar cada uno de los estadios del desarrollo de las fórmulas.
c) Escenas típicas
Las fórmulas no son la única clase de repetición sistemática que hay en la Ilíada. Hay temas fijos que se repiten con regularidad y que se denominan escenas típicas (cf. en general, W. Arend, Die typischen Scenen bei Homer, Berlín, 1933, y la reseña de M. Parry, CPh 31, 1936, 357-360, recogida en The making of the Homeric verse, ed. A. Parry, Oxford, 1971, 404-7). Entre las escenas típicas más frecuentes en la Ilíada, están las de batalla (cf. B. Fenik, Typical battle scenes in the Iliad, Wiesbaden, 1968), que ocupan la mayor parte de los cantos V, VIII, XI-XIII, XV-XVII, XX y XXI, y en las que habría que distinguir, a su vez, subtipos numerosos, y las de duelos singulares (en los cantos III, VII y XXII, acerca de las cuales, cf. G. S. Kirk, «The formal duels in Books 3 and 7 of the Iliad», en Homer. Tradition and invention, ed. B. Fenik, Leiden, 1978, 18-40); las de llegada (II 167 ss.; X 150 ss.; XI 769 ss.; XVIII 616 ss.; I 359 ss.; XVIII 65 ss.; XXIV 121 ss.), que a veces aparecen en secuencias encadenadas (cf. IV 251 ss., 273 ss., 292 ss., 326 ss., 364 ss; X 73 ss., 136 ss., 150 ss.; VI 116 ss., 313 ss., 369 ss.); las de visita, que se pueden considerar como un subtipo del anterior (XI 644 ss., 769 ss.; IX 182 ss.; XVIII 146 ss.; XXIV 322 ss., 448 ss.); las de embajada, transmitida por un mensajero humano (VII 372− ss.; IV 192 ss.; I 320 ss.; XVII 384 ss.; XVIII 16 ss.) o divino (XI 185 ss.; II 156 ss.; XV 54 ss., 145 ss.; 220 ss., 157 ss.; XXIV 74 ss., 143 ss., 333 ss.; IV 69 ss.; XIV 354 ss.; VIII 398 ss.; XVI 666 ss.; XIX 341 ss.); o las de sueño, que son una variedad de los tipos anteriores en la medida en que se trata de la llegada o visita de un dios a un héroe dormido (II 7 ss.; XXIV 682 ss.; XXIII 65 ss.). Otros grupos de escenas típicas son las de ofrenda de un banquete (II 402 ss.; I 447 ss.; VII 314 ss.; XXIV 621 ss.) o de una libación (IX 171 ss.; 656; etc.); las de llegada a un puerto (I 430 ss.; 484 ss.; etc.); o las de viaje por tierra en carro (III 259 ss.; V 364 ss.; VIII 41 ss.; XIII 23 ss.; V 720 ss.; VIII 382 ss.; XXIV 189 ss.; etc.); las que describen el momento en que un héroe se arma para el combate (III 328 ss.; XI 16 ss.; XVI 130 ss.; XIX 364 ss.; cf. V 733 ss.; VIII 384 ss.; X 333 ss., acerca de las cuales, cf. J. I. Armstrong, «The arming motiv in the Iliad», AJPh 79, 1958, 337-354) o se viste (X 21 ss., 131 ss.; II 42 ss.); las que describen el sueño, y especialmente en combinación con los preparativos para el lecho de un huésped (IX 617 ss.; XXIV 635 ss.); la reunión de la asamblea (II 50 ss., 211 ss.; VIII 489 ss.; IX 9 ss.; XX 4 ss.; cf. I 54 ss.; XIX 40 ss.; XXIII 258 ss.); el juramento (XIV 271 ss.; XIX 108 ss.; cf. X 321 ss.); los discursos (cf. D. Lohmann, Die Komposition der Reden in der Ilias, Berlín, 1970) y monólogos (XI 401 ss.; XXI 553; XXII 99 ss.; XVII 91 ss., acerca de los cuales, cf. B. Fenik, «Stylization and variety: four monologues in the Iliad», en Homer. Tradition and invention, ed. B. Fenik, Leiden 1978, 68-90), etc.
Igual que sucede en el plano de las fórmulas, es posible reconstruir el modelo teórico que subyace a cada tipo de escena típica, del que son manifestaciones los diversos ejemplos concretos. Cada ilustración concreta de una escena típica presenta variaciones con relación al modelo, y son estas variaciones las que adaptan el material tradicional al pasaje concreto y a la finalidad estilística que éste persigue. Una comparación sistemática de los ejemplos de una misma escena típica permite valorar la finalidad concreta que cada pasaje persigue. Por esa razón (y dado que es imposible en el margen de un breve prólogo un comentario más detenido), hemos indicado en el párrafo precedente los ejemplos más representativos de la Ilíada. Cada ejemplo concreto de una escena típica presenta con respecto al modelo teórico, como sucedía con las fórmulas, un grado de flexibilidad variable. Mientras algunas aparecen altamente formalizadas, otras comprenden expansiones, reducciones, inversiones y otras clases de alteraciones. Un ejemplo bien conocido es el tema tradicional del héroe armándose para el combate, del que hay cuatro ejemplos claros en la Ilíada: Paris (III 330 ss.), Agamenón (XI 17-44), Patroclo (XVI 131-144) y Aquiles (XIX 369-391); aparte de la extensión distinta, el contenido de cada uno introduce profundas variaciones. Además, las escenas típicas suelen estar agrupadas en secuencias que también se repiten. Es de suponer que tanto las escenas típicas como las secuencias de las mismas han podido adquirir en el curso de la tradición épica un significado específico.
d) Estructura narrativa
También otros temas característicos de la narración épica, como los catálogos (cf. M. W. Edwards, «The structure of the Homeric catalogues», TAPhA 110, 1980, 81-105), los símiles (W. C. Scott, The oral nature of the Homeric simile, Leiden, 1974), las digresiones (cf. J. A. Gaisser, «A structural analysis of the digressions in the Iliad and the Odyssey», HSCP 73, 1969, 1-43) y los discursos, presentan ciertas regularidades, no sólo en el tipo de acciones o descripciones que su contenido relata, sino también en la manera en que se estructura la información que contienen. Así, los símiles se localizan en unos puntos relativamente concretos y tienen un contenido que está asociado a cada tipo de contexto y, por tanto, es previsible en cierta medida. Igualmente, el contenido de las digresiones, los catálogos y los discursos es expuesto conforme a un número relativamente reducido y cerrado de estructuras, en todas las cuales se buscan distintas formas de simetría. Las estructuras más comunes son las que se denominan «composición anular», «en ritornelo» y diversas formas derivadas de éstas, todas las cuales tienen en común la presencia de ciertas simetrías de contenido y, generalmente, también de forma. En general, las simetrías en la estructura abundan en la Ilíada, no sólo en el nivel de los detalles más breves, sino también en las unidades mayores.
Los ejemplos de escenas típicas a los que hasta el momento me he referido documentan repeticiones de contenido dentro de la propia Ilíada. Pero también algunas escenas, temas o motivos que aparecen una sola vez en la Ilíada es seguro, probable o al menos posible que sean temas tradicionales, y no producto de la creación ex nihilo en el momento de la composición final de la Ilíada. Sin embargo, la carencia de puntos de comparación al haberse perdido la gran mayoría de los poemas épicos de la literatura griega arcaica impide a veces tener seguridad completa acerca de su carácter tradicional. En realidad, el grado de seguridad acerca del carácter tradicional de un tema o un motivo dado que aparece en la Ilíada depende de que existan paralelos o analogías en la literatura conservada. Naturalmente, el caso más favorable se produce cuando existen variaciones de una misma escena o motivo de la Ilíada en la Odisea. Y el grado de seguridad disminuye conforme más remotos sean los paralelos existentes: los poemas del Ciclo troyano o de otros ciclos épicos, los Himnos homéricos, la poesía de Hesíodo, las referencias a otros poemas épicos cuyo contenido se puede reconstruir a partir de los resúmenes de los mitógrafos, las tradiciones épicas de otras lenguas o países, indoeuropeos o no, de la misma o de otras épocas, etc. Así, la amistad entre Patroclo y Aquiles halla correlatos muy próximos en, por ejemplo, Roldán y Olivier, el Cid y Álvar Fáñez, y Gilgamés y Enkidu; ello permite suponer que la amistad caballeresca del héroe es un motivo tradicional de la epopeya popular, aunque no exista seguridad de que haya sido un motivo de la tradición arcaica griega.
e) Temas y motivos
Entre las escenas típicas más breves, que a veces ocupan un número muy reducido de versos, y los temas generales o el motivo central de la Ilíada, no hay ninguna diferencia cualitativa que permita afirmar el carácter tradicional de aquéllas y negar el de éstos. En realidad, los temas dominantes en el conjunto de la Ilíada son motivos tradicionales que han experimentado un alto grado de expansiones cuantitativas y a los que se han subordinado otros motivos. Así, la elección consciente del tipo de vida, que caracteriza el destino de Aquiles, es uno de los temas centrales y también aparece como motivo en la descripción de muchos guerreros menores. La venganza que un héroe se cobra por la muerte de un amigo aparece también con frecuencia en las escenas de batallas. Igualmente, el interés del héroe por velar por su honor aparece no sólo en el Aquiles de la Ilíada, sino también en otros muchos poemas épicos, como en el Cantar de Mío Cid, circunstancia que hace verosímil la hipótesis de que el motivo, aun cuando no estuviera testimoniado en la tradición arcaica griega, pertenezca al fondo común del género épico. En definitiva, los motivos centrales de la Ilíada son igualmente tradicionales. La diferencia radica, sin embargo, en la extensión de las expansiones del tema principal y, como trataremos de ver más adelante, en la subordinación de otros temas a los motivos centrales.
Incluso la propia secuencia de acontecimientos principales que se relata en la segunda parte de la Ilíada halla un paralelo sumamente próximo en el resumen de la Crestomatía de Proclo acerca de los sucesos relativos a Memnón en la Etiópida, que atribuye a Arctino de Mileto. Conforme al resumen de Proclo, Memnón, el hijo de la Aurora, llega en ayuda de los troyanos con una panoplia fabricada por Hefesto. Antíloco es matado por Memnón, que muere a manos de Aquiles. Éste persigue a los troyanos hasta que Paris y Apolo lo matan. Tetis y las Musas lloran a su hijo, y los aqueos celebran los juegos fúnebres. Si se sustituyen Sarpedón por Antíloco, Patroclo por Memnón, Héctor por Aquiles, y Aquiles por Paris, resulta que la secuencia de sucesos que se relataban acerca de Memnón en la Etiópida (y, por tanto, también en las versiones del relato sobre Memnón anteriores a la Ilíada) era muy parecida a la de la Ilíada. Es probable que la narración de Arctino imitara deliberadamente la Ilíada; pero tampoco hay que descartar que las versiones tradicionales no conservadas que tuvieran el tema de la Etiópida presentaran la misma secuencia de acontecimientos. En definitiva, no cabe excluir la posibilidad de que la secuencia de escenas bélicas que forma la segunda parte de la Ilíada sea tradicional y producto del mismo modelo heredado que el de la Etiópida (cf. H. Pestalozzi, Die Achilleis als Quelle der Ilias, Erlenbach-Zurich, 1945; W. Schadewaldt, «Einblick in die Erfindung der Ilias», recogido en Von Homers Welt und Werk, Stuttgart, 19654; W. Kullmann, Die Quellen der Ilias (Troischer Sagenkreis), Wiesbaden, 1960). La antigüedad de algunos de los motivos de la Etiópida vendría corroborada por ciertas referencias adicionales que la Ilíada hace a su contenido. Se ha supuesto en concreto que la escena de Diomedes y Néstor (VIII 100 ss.) procedería de la Etiópida. Es más, incluso se ha defendido la prioridad de ésta sobre la Ilíada basándose en una supuesta mejor adecuación, al contenido de la Etiópida, de ciertos detalles que la Ilíada relata. Según esta hipótesis, el pesaje de las almas de Aquiles y Memnón en presencia de sus madres, las diosas Tetis y Aurora, cuadraría mejor en el contexto de la Etiópida, lo mismo que los lamentos de Tetis y las Nereidas o las Musas por su hijo, que en la Ilíada tienen lugar antes de su muerte, y el anuncio que Tetis hace a su hijo de su muerte inminente si decide luchar.
El carácter tradicional de buena parte del contenido de la épica, integrado por escenas típicas y motivos o temas familiares en los que intervienen los personajes conocidos del pasado legendario, produce dos efectos que conviene destacar (cf. G. S. Kirk, Homer and the Epic, Cambridge, 1965, 91 ss.): por un lado, el interés del relato no se centra en el descubrimiento del desenlace de la acción, que es conocido en cuanto que es tradicional, sino en el cuándo y en el cómo se va a llegar a tal desenlace. De ello se derivan dos consecuencias: las anticipaciones y retardaciones del tema central tienen gran importancia en la estructuración del contenido (cf. sobre estos procedimientos, especialmente, W. Schadewaldt, Iliasstudien, Leipzig, 19422 [ = Darmstadt, 1987]); además, las digresiones sirven en parte para retardar el cumplimiento del tema central, en el caso de la Ilíada el plan de Zeus que se anuncia en los primeros versos. El segundo efecto que interesa destacar es que el contenido, en la medida en que es tradicional, es en un sentido muy vasto, pues abarca el mundo de los dioses y el de los hombres; pero en otro sentido el contenido es muy restringido, pues en él sólo tiene cabida lo que está consagrado por la tradición.
f) La lengua
Otro de los rasgos más notables de la tradición épica a la que pertenece la Ilíada es la propia forma lingüística (sobre la cual, cf. para una descripción sistemática P. Chantraine, Grammaire homérique, I-II, París, 19735 y 19583). En la lengua de los poemas homéricos destaca un conjunto de rasgos que reciben su mejor explicación en el marco de una larga tradición de composición improvisada, sin ayuda de la escritura, y difusión oral de cantos épicos. Estos rasgos son básicamente la conservación de arcaísmos que en el momento de la composición de la Ilíada ya habían desaparecido de la lengua hablada, la mezcla inextricable de rasgos procedentes de dialectos geográficos distintos, aunque la base predominante es jónica de Asia Menor, y la existencia de formas artificiales exclusivas de la lengua artística («Kunstsprache») de la epopeya y ajenas a todas las variedades conocidas, locales o sociales, del griego. La presencia simultánea de estas características lingüísticas hace muy difícil suponer que la Ilíada no pertenezca a una tradición de composición improvisada. Además, como trataremos de ver más adelante, el examen de los rasgos de la lengua de Homero permite, junto con otras cosas, reconstruir la historia de la tradición, fijando sus orígenes, su localización y las áreas geográficas por las que se extendió, y determinar el lugar y la época de la composición final.
g) El verso
El verso épico es otro elemento característico de la tradición de la epopeya griega. El hexámetro cantado por los aedos basa su ritmo, como indica su nombre, en la repetición de un dáctilo (secuencia integrada por una sílaba larga y dos breves, y simbolizada _
) o de un espondeo (dos sílabas largas, simbolizado _ _ ) seis veces entre dos pausas (| |). El ritmo, por tanto, se consigue mediante la repetición regulada de la alternancia de sílabas largas y breves, distinción fonológica en griego antiguo. Además, los fines de palabra no están distribuidos al azar en el hexámetro; un fin de palabra fonético es obligatorio al final de cada verso y es muy frecuente en determinados lugares dentro de un dáctilo (cesuras, |) o entre dos dáctilos (diéresis, |). Por el contrario, el fin de palabra fonético es muy raro en otras posiciones del verso (puentes,
). El esquema resultante es:

Aunque en principio es de suponer que la frontera del verso equivale a la frontera de la frase, se ha hecho relativamente frecuente que no coincidan la unidad métrica que es el verso y la unidad de sentido que es la frase. Se produce entonces un desplazamiento del sentido de un verso a otro (encabalgamiento de sentido). Es característica de la poesía homérica la elevada frecuencia de un tipo de encabalgamiento de sentido peculiar, que consiste en la coincidencia con el fin de verso de un final de frase potencial y con sentido completo, pero de hecho continuada tras la frontera del verso mediante la adición de un epíteto, un participio o, en general, la expresión de una circunstancia cualquiera. Ejemplos de este tipo de encabalgamiento de sentido proporcionan los versos 1-5 de Ilíada I. Este tipo de encabalgamiento de sentido es particularmente frecuente en Homero en comparación con la epopeya literaria de Apolonio de Rodas o de Virgilio (cf. M. Parry, «The distinctive character of enjambement in Homeric verse», TAPhA 60, 1929, 200-220, recogido en The making of Homeric verse. The collected papers of Milman Parry, ed. A. Parry, Oxford, 1971, 251-265; G. S. Kirk, «Studies in some technichal aspects of Homeric style», YCS 20, 1966, 73-152). La frecuencia de esta clase de encabalgamiento de sentido junto con la abundancia de la parataxis o mera yuxtaposición de frases sin expresión de subordinación gramatical produce la impresión de estilo aditivo y acumulativo propia de Homero.
h) Los datos de la literatura comparada
Las características formales y de contenido que hemos enumerado no sólo son propias de la tradición poética griega a la que pertenece la Ilíada, sino que también aparecen en otras muchas culturas y en otras épocas que van desde la Antigüedad babilónica hasta el propio siglo XX. Los ejemplos de poesía tradicional heroica van desde el poema babilonio de Gilgamés, del que hay versiones que remontan al II milenio a. C., a los recogidos mediante grabaciones hasta mediados del siglo xx en áreas de la antigua Yugoslavia y parcialmente publicados (cf. M. Parry y A. B. Lord, Serbocroatic Heroic Songs, vol. I, Cambridge, 1954); pero los más familiares en la historia europea son los poemas épicos tradicionales de la Edad Media en Francia, Alemania, Inglaterra, Grecia y España. En efecto, muchos de los rasgos que hemos indicado a propósito de la Ilíada podrían ser afirmados respecto a la Chanson de Roland, al Nibelungenlied (cf. ya Tácito, Germania 2-3), y al Cantar de Mío Cid. Particular importancia ha desempeñado en los estudios homéricos (y también en los relativos a la épica medieval) la analogía proporcionada por los poemas serbocroatas, pues el hecho de que la tradición haya continuado hasta al menos mediados del siglo XX ha facilitado reunir numerosos datos que permiten hacer inferencias acerca de la tradición homérica. En todos los casos se trata de poesía narrativa cantada por un cantor profesional o semiprofesional al son de un instrumento musical en todo tipo de reuniones sociales. Estos poemas cantados tienen una forma lingüística y métrica específica y tradicional, no son reproducidos conforme a un texto fijo, sino improvisados una y otra vez con ayuda de la repetición de fórmulas y escenas típicas, y su contenido pertenece al pasado heroico.
La literatura comparada, al poner de relieve las semejanzas existentes entre la tradición griega y otras tradiciones poéticas mejor conocidas por estar mejor documentadas o por pertenecer al presente, abrió, ya desde las primeras décadas del siglo xx, nuevas perspectivas en el estudio de los poemas homéricos y permitió hallar una razón que explicara el carácter tradicional de la métrica y de las fórmulas, la propia existencia de repeticiones de fórmulas y de temas, y la presencia de arcaísmos en la lengua y en el contenido. Al propio tiempo, la comparación con otras tradiciones basadas en la composición improvisada y sin ayuda de la escritura presentaba un mundo básicamente semejante al de la Ilíada en los temas, los motivos, los héroes, los personajes, el pasado legendario, el honor, la sociedad aristocrática, etc. La comparación proporciona nuevos datos que en parte vienen a paliar la desaparición de la mayor parte de los poemas griegos arcaicos y permite describir con trazos más concretos la tradición épica griega. En todos los lugares y épocas, la poesía que presenta rasgos análogos a los de la Ilíada es compuesta por poetas iletrados mediante la improvisación oral. A partir de aquí se puede inducir que la Ilíada manifiesta los rasgos descritos por pertenecer a una tradición poética que se difunde de manera oral.
Sin embargo, la admisión de una tradición de naturaleza iletrada y oral y, en general, la aplicación de los resultados proporcionados por la literatura comparada a los poemas homéricos abre también otros interrogantes. En concreto, algunos de los más interesantes podrían ser los siguientes: ¿en qué medida hay diferencias entre la tradición homérica y otras tradiciones orales modernas, particularmente la serbocroata, y hasta qué punto es próxima la analogía?; ¿podemos trazar la historia de la tradición oral que ha conducido a la Ilíada y determinar sus orígenes?; ¿en qué aspectos debemos buscar la capacidad innovadora de cada poema si la gran masa es tradicional y heredada?; ¿la tradición oral supone que la composición final se ha hecho de modo también oral y sin ayuda de la escritura?, y, en caso de que sea así, ¿cuándo fue puesto por primera vez por escrito? En los párrafos siguientes intentaremos exponer algunas respuestas a estas cuestiones.
III. LA PREHISTORIA DE LA TRADICIÓN ÉPICA
La tradición épica que culmina en Homero ha ido acumulando en su curso materiales de cronología y procedencia diversas, tanto en su forma como en su contenido. Por eso el rasgo más notable de estos poemas es su carácter artificial. Ni la lengua homérica fue hablada nunca en ningún lugar de Grecia, ni pertenecen a una misma época y lugar la sociedad de la que se describen ciertos retazos, la organización política y militar que subyace al relato, ni las costumbres o los objetos materiales que aparecen. En el curso de la tradición, como en una bola de nieve que rueda montaña abajo, se han incorporado elementos de cronología y procedencia diferentes. El mundo de los héroes homéricos no reproduce las condiciones sociales, históricas y materiales de ninguna época histórica concreta, ni del período micénico (hasta circa 1150-1100 a. C.), ni de los llamados siglos oscuros (1100-900), ni de la época posterior a la colonización jónica (900-700), sino que conserva una amalgama en la que aparecen mezclados y desfigurados recuerdos de la época micénica y reminiscencias de los siglos oscuros de la historia de Grecia con elementos contemporáneos a la composición de los poemas homéricos en un área indeterminada en la que se hablaba dialecto jónico. Es decir, los poemas homéricos conservan ciertas huellas de la tradición épica a la que pertenecen, de los lugares en los que se ha desarrollado y del lapso de tiempo que ha transcurrido desde la incorporación de un elemento determinado hasta la composición final de la Ilíada. Por eso, gracias al examen de la lengua, del verso y del contenido, podemos hacer ciertas hipótesis acerca de la prehistoria de la tradición épica que culmina en la Ilíada, de la historicidad del tema, de su localización geográfica y de la cronología a la que remonta.
La datación y adscripción dialectal de los rasgos lingüísticos o prosódicos que usa la epopeya, la comparación de los objetos materiales mencionados o descritos en Homero con los procedentes de los hallazgos arqueológicos datados en el milenio comprendido aproximadamente entre 1500 y 600 a. C., y la confrontación de la lengua y el contenido de las tablillas escritas en el silabario lineal B con la lengua y el contenido de los poemas homéricos son los tres procedimientos básicos para tratar de determinar el trasfondo histórico de la epopeya y reconstruir la prehistoria de la tradición épica griega. También han aportado datos importantes los documentos hititas cuneiformes de la segunda mitad del II milenio a. C. y otros documentos de las civilizaciones orientales.
a) La historicidad de la guerra de Troya
Existe en la Ilíada un primer horizonte, que corresponde al de la época en la que se sitúa la acción. Como ya hemos señalado, la Ilíada presenta su contenido como verdad histórica perteneciente a un momento concreto del pasado. La acción se sitúa en la Edad del Bronce griega (antes de 1100 a. C.), en un momento indeterminado del décimo año de la guerra de Troya. La leyenda presenta esta guerra, la segunda en que Troya es conquistada, según el mito (cf. Il. V 641), como una expedición colectiva de la mayoría de los reinos griegos para castigar el rapto de Helena, esposa de Menelao, por obra de Paris. Al mando de la expedición figura Agamenón, el rey de Micenas, que ocupa una posición jerárquica superior a la de los demás reyes. Los griegos de la Antigüedad clásica, considerando plenamente histórica la guerra de Troya o atribuyendo al menos un fondo histórico al contenido de los poemas, defendieron varias dataciones para la guerra de Troya, sin alcanzar la unanimidad. La cronología que remonta a Eratóstenes (cf. Clemente de Alejandría, Strom. I 21, 139), que es la más extendida, data la guerra a fines del siglo XII a. C. (1193-1184). Por su parte, el Marmor Parium asigna el fin de la guerra a la fecha que corresponde al 1209-8, conforme a nuestro cómputo. Otros cálculos, basados en el número de genealogías, dan una datación algo más temprana (Heródoto: en torno, a 1250) o un siglo anterior (Duris de Samos: en 1334-3). En todos los casos, las cronologías propuestas parten de la datación de los héroes de la leyenda. Sea como sea, la datación mítica de la guerra de Troya coincide con el período que los arqueólogos denominan Heládico Reciente, que se data entre circa 1550 y 1050 a. C., y que corresponde a la época del auge de la civilización micénica, desde la conquista y asentamiento en Creta y en otras zonas del Mediterráneo oriental hasta el comienzo de la Edad del Hierro. La Ilíada, donde el hierro aparece como objeto precioso para los premios (XXIII 261, 834, 850) y raramente como material del que están fabricadas las armas (sólo en VII 141; IV 123; cf. XXI 205, 521; Od. XIX 13), a diferencia del bronce, que es el metal común para la manufactura de las armas, cuadra bien con la datación general en la Edad del Bronce.
La acción transcurre en el ángulo noroccidental de la península de Anatolia, cerca de los estrechos, y la ciudad de Troya es presentada como la capital de un reino cuyo poder se extiende al menos por todo el noroeste de Asia Menor. El asedio, aunque el final del mismo no forma parte del tema de la Ilíada, termina con la invasión de los griegos y el incendio de la ciudad.
La primera cuestión que surge, por tanto, es la de la historicidad de la guerra de Troya, un episodio de la cual narra la Ilíada (E. Crespo, «La historicidad de la guerra de Troya: progresos recientes», en Desmontando mitos ¿Ocurrió realmente como nos lo han contado?, ed. Juan Piquero Rodríguez y Jesús Quílez Bielsa, Madrid, Delegación de Madrid de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, 2017, 13-28). Casi toda la Antigüedad (existe otra tradición, más difundida en época medieval, que presenta a Homero como un embustero y prefiere seguir la versión consagrada en los relatos tardíos de Dictis cretense y Dares troyano) consideró la narración homérica como algo netamente histórico, no como una ficción poética. Desde fines de la Antigüedad hasta mediados del siglo XIX no hubo dudas acerca del carácter ficticio de la guerra de Troya. Sin embargo, las excavaciones de Schliemann en la colina de Hisarlik hacia 1870, si es que es legítimo identificar los hallazgos estratigráficos de la colina de Hisarlik con la ubicación de la Troya homérica, han hecho que se considere más probable la existencia de un núcleo histórico originario, como sucede con otras tradiciones épicas europeas. Los hallazgos correspondientes al estrato de la ciudad denominado VIIa muestran por toda la ciudad construcciones específicas para almacenar provisiones, indicio de medidas adoptadas ante una emergencia general, restos de cadáveres en las calles y huellas de destrucción por obra de un fuego devastador. Los fragmentos de cerámica micénica importada inducen a una datación entre 1300-1250. Todo ello hace verosímil que exista un núcleo histórico en la leyenda de la guerra y destrucción de Troya a manos de un invasor.
¿Los autores de esta destrucción pueden haber sido otros aparte de los griegos micénicos, a quienes Homero nunca llama con un término genérico único, sino dánaos, aqueos o argivos? El control de Creta por los griegos micénicos desde el siglo XV y el propio contenido de algunas tablillas de Pilo inducen a suponer que los micénicos tuvieron capacidad suficiente para la organización de una expedición militar naval y para dominar al menos una parte del mar Egeo. Eso quiere decir que no hay nada inverosímil en la tradición. Por otro lado, en los documentos hititas del siglo XIII hay menciones de dos estados cuyas denominaciones, Wilusa y Ahhiyawa, pueden identificarse con las del país de Ilio y los aqueos, respectivamente (G. Beckman – T. Bryce – E. Cline, The Ahhiyawa Texts, Atlanta, Society of Biblical Literature, 2011). La localización del primero de ambos estados es incierta, aunque probablemente forma parte de una confederación situada en el ángulo noroccidental de la península de Anatolia; en todo caso, los segundos están asentados en el oeste de la península de Anatolia y tienen dominios fuera de ella. Es, por tanto, verosímil que haya un núcleo histórico, aunque muy distorsionado, en la conquista de Troya por un grupo de aqueos. Hay que recordar a este respecto que en la Chanson de Roland existe un núcleo histórico, aunque la identidad de los propios enemigos aparece confundida. Mucho más incierta es la posibilidad de que algunos personajes homéricos conserven el recuerdo de personajes históricos reales, como sucede en las epopeyas europeas. En todo caso, aunque esto fuera así, la demostración de la historicidad de Paris-Alejandro y su identificación con el Alaksandu de un documento hitita, o la de Eneas y Sarpedón, por ejemplo, sería difícil de probar.
b) La «Ilíada» y el mundo micénico
Una cuestión distinta de la concerniente a la historicidad de la guerra de Troya es la relativa al trasfondo histórico de la epopeya. La narración épica, sin pretender, por supuesto, retratar un período histórico, da ciertas informaciones acerca de la cultura material, de la organización política y social, de la geografía y de las costumbres de la época en que se sitúa la acción; ello nos permite valorar el grado de verdad de esta pretendida historicidad mediante la comparación de la información proporcionada por la Ilíada con otros datos referidos a la misma época y de cuyo carácter histórico no es posible dudar. Afortunadamente, contamos con algunos testimonios escritos del II milenio, descifrados a mediados del siglo XX e identificados como una forma muy arcaica de griego, para comprobar la historicidad del contenido de la Ilíada y el trasfondo histórico del mundo heroico: son las tablillas escritas en el silabario lineal B, datadas probablemente, según los lugares de hallazgo, entre 1400 (en el caso de Cnoso) y 1200 a. C. (Pilo, Micenas y Tebas). Aparte de estas tablillas (sobre la sociedad y las gentes que en ellas aparecen, cf. especialmente M. S. Ruipérez y J. L. Melena, Los griegos micénicos, Madrid, 1990; A Companion to Linear B, I-III, ed. Y. Duhoux y A. Morpurgo Davies, Lovaina la Nueva, 2008-2014; Manuale di epigrafia micenea. Introduzione allo studio dei testi in lineare B, I-II, ed. M. del Freo y M. Perna, Padua, 2016), que registran asientos de diferentes materias, animales o personas que intervienen en la economía o en la administración del palacio, los testimonios escritos más antiguos, procedentes ya del primer milenio antes de nuestra Era, son de las últimas décadas del siglo VIII. Se trata de breves inscripciones sobre objetos cerámicos que no proporcionan informaciones suficientes como para contrastar el fondo de los poemas homéricos y que en algunos casos al menos suponen el conocimiento de la Ilíada y, por tanto, la posterioridad cronológica. La inexistencia de otros testimonios escritos obliga necesariamente a utilizar los datos procedentes de la arqueología como instrumento para contrastar el grado de historicidad que se oculta tras los mitos de la epopeya, sobre todo en aquellos casos en los que las tablillas no ofrecen información. Por supuesto, este proceder entraña innumerables riesgos, pero es el único que hay a nuestro alcance.
En términos generales, se puede afirmar que la epopeya guarda un trasfondo que mantiene desde la segunda mitad del segundo milenio a. C. el vago recuerdo, a veces deformado, de un contenido histórico, de un sistema de organización económico, social o militar, o del uso de un objeto material determinados. Las reminiscencias que pueden remontar hasta el segundo milenio se hallan sobre todo en el ámbito de la geografía, los mitos, las instituciones políticas y sociales y ciertos objetos de la cultura material. En este punto, después del desciframiento del silabario micénico, la crítica ha evolucionado de manera radical: si hasta el decenio de 1970 se pensó que la relación entre el mundo heroico y el micénico era muy estrecha, en la actualidad se tiende a destacar las diferencias. En términos generales, el mundo que describen parcialmente las tablillas micénicas tiene sus paralelos más estrechos con los reinos de Oriente próximo durante el segundo milenio a. C., caracterizados por la rígida centralización de la administración burocrática al servicio del rey, mientras que el mundo heroico homérico y aristocrático es más compatible con una organización del poder mucho más laxa. En todo caso, prácticamente nunca se puede demostrar la existencia de una tradición poética en hexámetros que se conserve en la Ilíada y que remonte al II milenio (a favor de una tradición con elementos lingüísticos de época micénica, cf. C. J. Ruijgh, L’élément achéen dans la langue épique, Assen, 1957; «Le mycénien et le grec d’Homére en Linear B: survey, ed. Y. Duhoux y A. Morpurgo, Lovaina la Nueva, 1987). En cuanto a la localización geográfica de la tradición o tradiciones que confluyeron en la Ilíada, aunque nada se puede afirmar con seguridad, parece probable que la Ilíada pertenece a una única tradición lingüística (proto)jónica a la que se incorporaron préstamos de otra tradición compuesta en dialecto eólico, a menos que haya que contar con una fase eólica en la tradición épica, como a primera vista indicaría la presencia de elementos lingüísticos propios de tal área dialectal.
Los ejemplos concretos en los que es más probable la conservación de una reminiscencia de época micénica son pocos y se refieren a ciertos objetos de la cultura material (cf. en general, G. S. Kirk, «Objective dating criteria in Homer», MH 17, 1960, 189-205). El escudo «como una torre» que lleva Ayante aparece en las representaciones micénicas hasta aproximadamente el siglo XIV-XIII y poco después es sustituido (¿totalmente?) por otro tipo redondo y más pequeño. La espada tachonada con clavos de plata halla paralelos arqueológicos con ejemplares datados en el siglo XV. El casco hecho con colmillos de jabalí, que Meríones presta a Ulises para su salida nocturna en Il. X 261 ss., sólo tiene correlatos arqueológicos de época micénica. El uso de grebas, sobre todo si el autor de la Ilíada se refiere a espinilleras metálicas, puede remontar a hábitos de la misma época, pues éstas se han hallado en la Edad del Bronce y, más tarde, sólo en el siglo VII. La copa de Néstor (Il. XI 632 ss.) muestra semejanzas con un vaso hallado en la tumba IV del círculo de tumbas A de Micenas. El uso masivo del carro de guerra, aunque los héroes únicamente lo emplean como medio de transporte en el campo de batalla y no como vehículo desde el que combatir, reproduce condiciones del II milenio; las tablillas micénicas de Cnoso registran un buen número de carros completos y piezas diversas. En Homero, sin embargo, el recuerdo del uso de esta clase de táctica militar aparece desfigurado. La técnica del trabajo de los metales que supone Il. XVIII, aunque el relato presenta una descripción distorsionada, tiene paralelos micénicos. El número de los ejemplos más probables no es grande, y en todos los casos hay que tener presente la posibilidad de que los hallazgos arqueológicos no conserven testimonios del uso de tales objetos en otras épocas por carencia de datos, o incluso de que un objeto fabricado en una época haya permanecido en uso hasta una fecha muy posterior a la de su fabricación.
La geografía homérica, tal y como es descrita especialmente en el llamado Catálogo de las Naves del canto II, ha sido también considerada a veces como un ejemplo notable de la continuidad de una tradición desde el II milenio (cf. R. Hope Simpson-J. F. Lazenby, The Catalogue of ships in Homer’s Iliad, Oxford, 1970; así como las observaciones de J. L. García Ramón, «En torno al Catálogo de las naves homérico», CFC 7, 1974, 145-180). Y, en efecto, alguna mención geográfica, pertenezca o no al Catálogo, como la de Tebas egipcia con sus cien puertas (IX 381-4) o la atribución a Micenas del adjetivo pol
khrysos «rica en oro», parece uno de los ejemplos más seguros de herencia micénica. En lo que se refiere al Catálogo, es probable que ninguna de las dos hipótesis extremas sea cierta, ni la que sostiene que es un documento micénico que reproduce el orden de batalla de la guerra de Troya histórica, ni la que afirma que refleja la situación de los siglos VIII y VII en Grecia. Es destacable con todo que casi una cuarta parte de los lugares mencionados en el Catálogo no sean conocidos en el I milenio, y que muchos de los lugares destacados en la leyenda de Troya o en las referencias a otras leyendas que aparecen en la Ilíada sean lugares importantes en el segundo milenio, pero olvidados u oscuros o inexistentes parajes después del fin de la Edad del Bronce (cf. G. S. Kirk, The Iliad: a commentary, vol. I, Cambridge, 1985). No obstante, la geografía del reino de Pilo, que las tablillas micénicas permiten conocer con relativa precisión, tiene poca relación con la descrita en Homero. Igualmente, el reino atribuido a Agamenón como rey de Micenas en el Catálogo, sin Argos ni la llanura argiva, adscritos al reino de Diomedes, cuadra mal con la documentación arqueológica y con la situación geográfica de ambas ciudades.
Igualmente, parece claro que los mitos griegos del pasado heroico se originaron en la Edad del Bronce, ya que los ciclos legendarios transcurren muchas veces en centros que fueron importantes en la Edad del Bronce, como Micenas, Pilo, Calidón y Tirinte, pero nada relevantes en el I milenio (cf. W. Burkert, Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche, Stuttgart, 1977; M. P. Nilsson, Geschichte der griechischen Religion, Munich, 19673).
También las instituciones y la organización social y políticas que suponen los poemas homéricos guardan un eco lejano de la situación histórica en Grecia durante la Edad del Bronce. Es evidente que a fines del siglo VIII, fecha de la composición de la Ilíada, el nivel general de pobreza era mucho más alto que el que presentan los poemas homéricos, donde aparecen grandes palacios y multitud de objetos preciosos. La expresión regular en Homero, Micenas, rica en oro, sólo se comprende bien referida a Micenas en la Edad del Bronce. Nada semejante han facilitado los hallazgos arqueológicos correspondientes al siglo VIII a. C. o a los anteriores hasta el XII, a fines de la Edad del Bronce.
Hay que suponer también que en los primeros siglos de la Edad del Hierro Grecia sólo conoció minúsculos estados con una débil capacidad de maniobra. Frente a eso, el relato de la Ilíada presenta una tupida red de poderosos estados estrechamente relacionados entre sí. Además, las tablillas micénicas documentan ciertos términos relativos a las instituciones que también aparecen en Homero. Es el caso de wanax («soberano») y basileus («rey»), aunque en las tablillas tienen una referencia más concreta y precisa que en la Ilíada. Sin embargo, las semejanzas no son más que ecos lejanos. El mundo micénico, que los documentos contemporáneos permiten describir con mayor aproximación, no coincide con el homérico (cf. R. Hope Simpson, Mycenaean Greece, Park Ridge, 1981). Es cierto que las alusiones de Homero a las instituciones del mundo heroico no son tan precisas como para que siempre se puedan contrastar con los documentos, sino sólo referencias vagas. Sin embargo, en bastantes ocasiones los documentos micénicos permiten comprobar que Homero sólo conserva vagas reminiscencias, mezcladas con anacronismos y distorsiones.
Existen, pues, innumerables indicios de que la épica homérica conserva un recuerdo, siquiera vago, del mundo micénico y de que la tradición, al menos en forma de relatos en prosa, remonta a la Edad del Bronce. Es posible que el fresco de Pilo que representa un pájaro alejándose de un citarodo ilustre una tradición poética. Por otro lado, es probable que esta tradición haya recibido impulsos y préstamos de los reinos orientales del II milenio, como los archivos de Mari, junto al Éufrates, y de Ugarit, en Siria, documentan. De hecho, algunos temas de los poemas conservados en los textos del Oriente próximo muestran estrechas semejanzas con otros de la poesía de Hesíodo. Tal teoría se admite comúnmente para explicar la proximidad del mito de Tifoeo y del mito de la sucesión de Urano, Crono y Zeus con otros procedentes de Oriente (cf. M. L. West, «Prolegomena» en Hesiod, Theogony, Oxford, 1966, 1 ss.). Igualmente, el relato de Gilgamés manifiesta ciertas semejanzas con la Odisea, sobre todo (cf. Ancient near Eastern texts relating to the Old Testament, ed. J. B. Pritchard, Princeton, 19693). Los préstamos de los temas poéticos orientales deben ser datados con toda probabilidad en la época del Heládico Reciente, que es cuando las relaciones comerciales y los contactos entre Grecia y los reinos orientales han sido más intensos.
Es incluso posible que la tradición griega remonte a la época de comunidad indoeuropea. Ésta sería al menos una manera de explicar ciertas coincidencias verbales entre algunas fórmulas homéricas y otras védicas (cf. M. L. West, Indo-European Poetry and Myth, Oxford, 2007). ¿Fórmulas como hierón ménos «sagrado vigor» o kléos áphthiton «fama imperecedera», que tienen un correlato exacto en las védicas iSirám mánas, srávas ákSiti, deben ser interpretadas como puras coincidencias o como los últimos restos de una comunidad poética?
¿Estas vagas reminiscencias proceden directamente de un tipo de poesía narrativa hexamétrica en la Edad del Bronce? La existencia de una poesía aquea de la que procede la tradición homérica sólo se puede suponer si en Homero, aparte de la memoria del trasfondo histórico, hay huellas lingüísticas de esta poesía. Por tanto, para responder a la cuestión anterior hay que contestar antes a la siguiente pregunta: ¿la lengua de Homero conserva rasgos que sólo puedan ser interpretados como heredados de la época micénica? Hasta mediados de la década de los cincuenta sólo la coincidencia entre los dialectos arcadio y chipriota permitía reconstruir el dialecto aqueo, es decir, la lengua propia del Peloponeso en época micénica. Los rasgos compartidos por dos dialectos tan geográficamente distantes sólo pueden proceder de la época previa a la migración de los futuros chipriotas, y esta época debe de corresponder a la Edad del Bronce. Pero desde el desciframiento del dialecto micénico, sensiblemente igual en todas las áreas en las que hay documentación, contamos con más datos, a pesar de las insuficiencias gráficas del sistema de escritura lineal B, para determinar si existe un elemento micénico o aqueo en la lengua épica.
En conjunto, los rasgos lingüísticos compartidos por el dialecto homérico y el grupo arcado-chipriota y/o micénico, o bien pertenecen al vocabulario y, por tanto, tienen poco peso como prueba, o bien, si son gramaticales, no son concordancias que excluyan con seguridad a otros grupos dialectales contemporáneos, cuya existencia en el II milenio es segura en el caso del dorio o de los dialectos noroccidentales, o hipotética en el caso de los dialectos jónico-ático (cf. E. Risch, «Die Gliederung der griechischen Dialekte», MH 12, 1955, 61-75) y eolio (cf. J. L. García-Ramón, Les origines postmycéniennes du groupe dialectal éolien, Salamanca, 1975). Con todo, es cierto que existen unas pocas fórmulas en las que la probabilidad de que hayan sido heredadas de una supuesta poesía hexamétrica de la Edad del Bronce es elevada. En unas confluyen el vocabulario específicamente aqueo con la datación del objeto designado (phásganon argyró7lon «espada tachonada con clavos de plata») y en otras aparecen ciertos rasgos que probablemente son propios del dialecto aqueo o que, en todo caso, sólo en micénico y/o en arcado-chipriota están documentados (Dií m<tin atálantos «émulo de Zeus en ingenio», cuyas irregularidades prosódicas pueden ocultar una forma más arcaica en la que la desinencia de dativo de singular era -ei, constituyendo por tanto una sílaba larga, y el antiguo valor consonántico de h- conservado en *hatálantos, y pótnia H<r7 («venerable Hera», en la que el encuentro de vocales sin elisión entre el adjetivo y el sustantivo puede igualmente remontar a la época en que h- tenía valor consonántico). Los ejemplos probables son extremadamente raros.
En conclusión, la tradición homérica tiene un trasfondo que remonta a la Edad del Bronce, durante la que ha sufrido probablemente influjos orientales, y en último término parece ser una herencia de la época de comunidad indoeuropea. Es, no obstante, mucho más difícil datar el comienzo y situar el nacimiento de la poesía hexamétrica de contenido heroico narrativo. En cuanto a la posibilidad de localizar geográficamente la tradición poética que culmina en Homero, la uniformidad lingüística de los documentos del II milenio, procedan de Pilo, Cnoso, Micenas o Tebas, impide cualquier conclusión. Se suele suponer, aunque sin base suficiente, que la tradición se localizaba en el Peloponeso. En todo caso, es de suponer que a fines de la Edad del Bronce esta tradición se refugió, como una gran parte de la población micénica tras la destrucción de los palacios, en Ática y en Atenas, la única ciudad cuya fortaleza micénica no sufrió incendio y en cuyos contornos, según muestra la arqueología, se aglomeró gran número de refugiados procedentes de otras áreas griegas en época submicénica (V. R. d’A. Desborough, The last Mycenaeans and their successors, Oxford, 1964; The Greek Dark Ages, Londres, 1972).
c) La «Ilíada» y la ‘Edad Oscura’
Además de las referencias a la época en la que se desarrolla el tema de la Ilíada, existen otros datos fechables con ayuda de la información arqueológica en el período intermedio entre el fin de la Edad del Bronce y el momento de la composición, poco antes del 700, aproximadamente. En realidad, pocos son los fenómenos que puedan ser datados con cierta seguridad en los llamados ‘siglos oscuros’ (1100-900), pues la civilización material en esos siglos conoció un grave retroceso que incluso la pobreza y relativa rareza de los restos arqueológicos manifiesta. Es probable que el interés en la leyenda troyana, que relata un episodio de la expansión griega a través de la costa de Anatolia, haya prendido especialmente en la época de la colonización de Eólide y Jonia. A esta época se adscriben las menciones de la cremación, sobre todo aquellas que no pueden ser atribuidas a las circunstancias especiales de la guerra (cf. Od. XI 218), las ocasionales referencias a los fenicios, que aprovecharon la decadencia del poder marítimo micénico para extenderse por el Mediterráneo, la ausencia de escribas y escritura, sólo mencionada con ciertos tintes casi mágicos en Ilíada VI 168, y la alusión a los dorios de Odisea XIX 177.
Mientras que la arqueología da una escasa información acerca de los siglos iniciales de la Edad del Hierro y el comienzo de la colonización de la costa de Anatolia, la reconstrucción interna a partir de los datos lingüísticos documentados en fecha posterior y la geografía lingüística permiten hacer ciertas hipótesis acerca de la tradición épica durante los siglos oscuros. Mientras que los elementos lingüísticos documentados en Homero que se puedan atribuir a la Edad del Bronce son escasos, es seguro que un número amplio de innovaciones que se atestiguan con regularidad en Homero (contracciones de vocales, los llamados alargamientos compensatorios, la evolución de /a:/ a /ε:/, la desinencia -san de tercera persona de plural de los pretéritos) proceden de esta época. Muchas de estas innovaciones son comunes a los dialectos ático y jónico, circunstancia que induce a suponer que se produjeron en un período de comunidad, datable en fecha anterior a la migración jonia, probablemente desde Ática. A este respecto, hay que señalar que en el período submicénico, Ática parece haber concentrado una gran parte de la población griega y muestra indicios de haber conocido cierto grado superior de civilización material en comparación con otras zonas (cf. V. R. d’A. Desborough, The Greek Dark Ages, Londres, 1972). Estas circunstancias han llevado a suponer a veces que en la tradición épica que culmina en Homero Atenas ha jugado un papel decisivo (cf. T. B. L. Webster, From Mycenae to Homer, Londres, 1958; C. H. Whitman, Homer and the heroic tradition, Cambridge Mass., 1958).
Igualmente, los elementos eolios (ejemplos de conservación de /a:/ heredada del indoeuropeo, algunas formas con labial procedentes del tratamiento de las consonantes labiovelares heredadas, ciertas desinencias de la declinación o de la flexión verbal, algunos elementos del vocabulario, etc.) han debido de incorporarse en esta misma época a la tradición (cf. L. García Ramón, Les origines postmycéniennes du groupe dialectal éolien, Salamanca, 1975), bien como resultado de la mezcla de dos tradiciones lingüísticas distintas (quizá la eolia únicamente en prosa), bien por la adopción de préstamos en la tradición proto-jónica. Algunos de estos eolismos coinciden con las formas dialectales propias de los dialectos eolios del continente griego (tesalio y beocio) y discrepan con las formas documentadas en Lesbos en fecha posterior. Este hecho invita a considerar que la intervención eolia en la tradición épica procede de la zona de Tesalia, la región de la cual es originario Aquiles.
d) La «Ilíada» y la época posterior a la colonización jónica
Otros elementos de la cultura material mencionados en Homero, así como ciertos rasgos de la lengua homérica, aún deben ser datados en un período posterior al de los siglos oscuros, en plena época posterior a la colonización, entre 900 y 700. Es de suponer que algunos de ellos se han incorporado en el preciso momento de la composición final de la Ilíada. Los testimonios más notables de carácter reciente en la Ilíada son los relativos a la lucha en formación cerrada (XIII 126 ss., XVI 211-7), que parecen indicar el uso de una táctica militar asociada a los hoplitas, que en todo caso parece ser posterior a la caballeresca (cf. Aristóteles, Política 1289b 36-39) guerra lelantina entre Calcis y Eretria, cada una con sus aliados, en los años finales del siglo VIII a. C. (cf. A. Snodgrass, Early Greek Armour and Weapons, Edimburgo, 1964, 176-182); las menciones de la cabeza de Górgona (V 741; VIII 349; XI 36) como motivo decorativo, cuyos paralelos arqueológicos más próximos pertenecen al siglo VIII (cf. H. L. Lorimer, Homer and the Monuments, Londres, 1950, 190); la mención del templo y de la estatua sedente de culto en el interior del mismo que aparece en Ilíada VI 303; la alusión (IX 404 s.) a la riqueza del santuario de Delfos (cf. P. Amandry, La mantique apollinienne à Delphes, 1950, 209 s.). Otras menciones, como el uso de una pareja de lanzas arrojadizas, en lugar del empleo de una sola que se mantiene siempre empuñada, son más difíciles de datar, aunque, en todo caso, es probable que este doble uso resulte de referencias a hábitos de épocas distintas. La costumbre citada en VII 334 s. de enviar los huesos de los muertos en combate a la patria para que reciban honras fúnebres se ha atribuido a la Atenas del siglo V (F. Jacoby, «Patrios nomos», JHS 64, 1964, 37 ss.), en cuyo caso al menos esos versos serían una adición o interpolación posterior a Homero.
e) Los elementos ‘recientes’
Ya los alejandrinos, al comentar el texto de la Ilíada, observaron que ciertos detalles como montar a caballo (Il. XV 679), la trompeta (Il. XVIII 219) o la cocción de la carne (Il. XXI 362) sólo aparecen en los símiles. Igualmente, es llamativo el hecho de que los héroes en la narración sólo comen carne asada, y que los símiles, en cambio, muestran un mundo en el que la pesca es un fenómeno natural y cotidiano. Otros datos que sólo se documentan en los símiles, como los atavíos de marfil coloreado, el combate desde los carros y los tiros de cuatro caballos, deben de proceder también de la experiencia directa del autor. En términos generales, los símiles introducen el mundo real y circundante en el ámbito heroico tradicional.
Cabe la posibilidad de que alguna de estas alusiones proporcione un terminus post quem para la datación de la Ilíada. Sin embargo, como las referencias a hechos considerados recientes están ligadas a pasajes concretos, es difícil asegurar si tal referencia es un elemento introducido en fecha tardía en la tradición del poema o una interpolación de rapsodos posteriores a la composición de la Ilíada. Por otro lado, la dificultad de datar la mayoría de los detalles es evidente. Por ejemplo, la sociedad aristocrática que es representada en la Ilíada, vitalista, guerrera, caballeresca, autárquica y, en ciertos aspectos, feudal parece corresponder a la nobleza y al código de honor de los terratenientes del siglo VIII; sin embargo, es imposible precisar diferencias entre la sociedad contemporánea a la composición de la Ilíada y la de otras épocas precedentes.
También hay rasgos lingüísticos que deben datarse en el período final de la tradición que culmina en Homero. Los rasgos recientes aparecen normalmente en contextos no formulares, y se ha observado que se aglomeran en los símiles, en la Odisea más que en la Ilíada y, dentro de ésta, en ciertos cantos (VIII, X, XXIII y XXIV) y, en general, en las digresiones ajenas al tema principal, como los relatos de Néstor (cf. G. P. Shipp, Studies in the language of Homer, Cambridge, 1972). Cuando se habla de elementos recientes en la epopeya homérica, se utiliza el término reciente en un doble sentido: o bien como sinónimo de interpolado por rapsodos en época posterior a la de Homero, o bien como sinónimo de perteneciente al estilo del autor final de la Ilíada. Por supuesto, convendría distinguir ambos conceptos mediante el uso de términos distintos para referirse a una u otra cosa, pero en la práctica es imposible asegurar qué sentido hay que atribuir a reciente para un pasaje dado. Según se entienda lo primero o lo segundo, la valoración de un mismo pasaje suele ser muy diferente. Aunque no es posible en la mayoría de los casos fijar la cronología absoluta de las evoluciones que documentan, la reconstrucción interna permite establecer con bastante precisión la cronología relativa de los fenómenos y, por tanto, su carácter más o menos tardío en el conjunto de fenómenos documentados en la lengua épica. La desaparición de la semiconsonante /w/, tanto en interior como en inicial de palabra, la metátesis de cantidad y la introducción facultativa de /-n/ en algunas categorías morfológicas son algunos de los fenómenos más recientes del dialecto jónico en la epopeya.
Este último estadio en la tradición épica se localiza en las colonias jónicas, según indican fundamentalmente la forma lingüística y ciertos datos que suponen un buen conocimiento de la franja litoral de Asia Menor por parte del autor (cf. XIII 12 ss., II 459 ss., II 144 ss., IX 5). Las referencias al continente griego, por el contrario, si se exceptúa el Catálogo, son más genéricas y vagas. En el apartado dedicado a la cuestión homérica, añadiremos algunos detalles más acerca del lugar en que Homero ha compuesto la Ilíada.
f) La ‘traditio’ ática
Además de eso, y especialmente importante para la historia de la transmisión del texto escrito de la Ilíada, hay que citar un número de aticismos, que en la mayoría de los casos son fenómenos puramente gráficos y que muestran que el texto que hemos heredado de la Ilíada ha sido puesto por escrito en Atenas después de la redacción final o, al menos, que la edición sobre la que descansan en último término nuestros códices medievales estaba muy influida por un texto con variantes dialectales gráficas atenienses. Un tratamiento más detallado de este punto corresponde al apartado dedicado a la exposición de la transmisión del texto homérico.
g) La «Ilíada» como fuente para la historia de Grecia
Por otro lado, el contenido y, sobre todo, la propia lengua de la Ilíada ofrecen ciertos datos, sin duda fragmentarios y sujetos a interpretación, sobre el hombre homérico y sus creencias, y sobre la sociedad homérica y sus modelos de conducta. No hace falta insistir en que los datos proporcionados por la Ilíada no pueden ser atribuidos con seguridad a ninguna época concreta de la tradición épica, y en que sólo pueden ser llamados ‘homéricos’, entendiendo por tal nombre simplemente que son pertenecientes a un período indeterminado de la tradición. Aún más, no estamos en condiciones de saber con certeza en qué medida la representación homérica del hombre y de los valores de su sociedad es un puro resultado de la imaginación poética y del arcaísmo deliberado, y en qué medida reproduce la concepción dominante que existió en una época de la tradición épica. Hechas estas salvedades, hay que indicar ante todo que la sociedad y el hombre homéricos reflejan una mentalidad muy antigua.
Para empezar, el hombre homérico no parece tener una conciencia clara sobre su propia unidad individual, aunque la psykhé o principio que alienta la vida está próxima a designar tal unidad. No existe un término genérico para «cuerpo»; los términos homéricos cuyo significado está más próximo al de cuerpo designan distintos aspectos del mismo, como el contorno, las articulaciones, los músculos, la flexibilidad, la estatura, etc. Tampoco existe una concepción unitaria de la actividad anímica e intelectual del hombre, sino que los términos más próximos a tal contenido suelen designar órganos físicos y corporales en los que se asientan de manera disgregada e imprecisa los sentimientos, las percepciones, los impulsos y los afectos.
El hombre homérico busca la excelencia en la actividad bélica y en la palabra. La manifestación más evidente de esta excelencia es el éxito, con el reconocimiento público y la atribución de los honores personales que este reconocimiento comporta. En general, aunque no siempre, la supremacía va asociada a la nobleza de la estirpe. Se suele decir, en consecuencia, que los actos de los héroes no están guiados por consideraciones morales ni por la conciencia de que haya que rendir cuentas ante la sociedad, sino con vistas exclusivamente a lograr el éxito personal. Por supuesto, los dioses no aparecen necesariamente como garantes de la justicia, sino que se limitan a disfrutar de todo con facilidad en su existencia placentera y sin riesgos. Por otra parte, el héroe homérico toma sus decisiones bajo la influencia de un dios, que sugiere la idea, con la cual el héroe se manifiesta conforme y que en seguida pone en ejecución. No quiere esto decir que el héroe en la concepción homérica carezca de libre albedrío; al contrario, lo que la divinidad sugiere y la propia decisión personal del héroe nunca entran en conflicto, a diferencia de lo que sucederá en la tragedia. La exuberante vitalidad del héroe homérico se interrumpe siempre bruscamente por la muerte que Zeus y el destino le fijan; tras ella, la existencia del héroe es lóbrega y sombría en el reino de Hades.
IV. LA INDIVIDUALIDAD DE LA «ILÍADA»
Hasta ahora nos hemos ocupado del marco tradicional en el que se inscribe la Ilíada y hemos descrito las características de la tradición épica y los aspectos más importantes que podemos reconstruir acerca de la prehistoria de tal tradición. Ha llegado ahora el momento de referirnos directamente a los rasgos propios de la Ilíada. Si conserváramos otros poemas épicos además de la Ilíada y de la Odisea, estaríamos en condiciones de valorar más atinadamente la singularidad de la Ilíada. Sin embargo, como sólo perduran la Ilíada y la Odisea, además de las obras de Hesíodo, entre los poemas épicos arcaicos, es difícil saber en qué medida los rasgos de estos poemas deben ser atribuidos al género literario y en qué medida son peculiares. Sólo los resúmenes del ciclo épico procedentes de la Crestomatía de Proclo, conservados en uno (el famoso Venetus Graecus 822, antes Marcianus 454, al que luego nos referiremos, en el caso de los Cipria, el poema que trata de la leyenda troyana anterior a la relatada en la Ilíada) o en varios manuscritos de la Ilíada y, de manera más resumida, en la Biblioteca de Focio, y los escasos fragmentos de estos poemas, aparte de los Himnos homéricos y los poemas de Hesíodo, proporcionan un punto de referencia que permite distinguir los rasgos homéricos y los que son épicos, en general. Con esta precaución podemos enumerar las características individuales de la Ilíada, muchas de las cuales son también aplicables a la Odisea (para las diferencias de estilo entre ambos poemas, cf. Homer’s Odyssey, ed. L. E. Doherty, Oxford, 2009).
a) La extensión monumental
Lo primero que destaca sobremanera es la monumentalidad de la extensión. Todos los demás poemas que conocemos, conservados o por noticias, son breves en comparación con la Ilíada. Aunque la división de los poemas épicos en cantos se data en la época alejandrina (las noticias relacionan dicha división con la escuela de Aristarco, aunque puede que sea anterior) y, por tanto, no se puede descartar que otros poemas fueran divididos en cantos más largos que los de la Ilíada, destacan los veinticuatro cantos de ésta, con sus 15.690 versos, frente a los once cantos de los Cipria, los cinco de la Etiópida de Arctino, los cuatro de la Pequeña Ilíada de Lesques, los dos de la Iliou persis, también de Arctino, los cinco de los Regresos de Agias de Trezén, y los dos de la Telegonía de Eugamón de Cirene, por referirnos únicamente a los poemas del Ciclo troyano. Además, según el Certamen de Homero y Hesíodo, composición pseudobiográfica, al menos en parte, que relata la vida y, en particular, la competición poética entre Hesíodo y Homero con ocasión de los juegos fúnebres en honor de Alcidamante, personaje muerto en la época de las guerras de fines del siglo VIII por el dominio de la llanura junto al río Lelanto en Eubea, tanto la Tebaida como los Epígonos tenían alrededor de siete mil versos. La extensión que podemos atribuir a los poemas del Ciclo, siempre y cuando la longitud de sus cantos sea semejante a los de la Ilíada, es la regular en otras tradiciones épicas, en las que no parece haber ningún paralelo con la Ilíada, si exceptuamos la propia Odisea. Sólo Las bodas de Smailagic Meho, de Avdo Mededovič, el mejor guslari de la tradición yugoslava en el siglo XX del que haya noticia, se aproxima a la extensión de la Ilíada. En parte hay que suponer que la longitud de tal poema es excepcional, pues fue compuesto por su autor a instancias de M. Parry, deseoso de comprobar en qué medida es posible emular la extensión de la Ilíada.
La extraordinaria extensión de la Ilíada plantea la cuestión de determinar para qué ocasión fue compuesto un poema tan largo. En efecto, tal longitud excluye probablemente el banquete aristocrático, según aparece en la Odisea, como ocasión festiva para la que fue compuesto y, al mismo tiempo, elimina probabilidades de que la composición final se haya realizado sin ayuda de la escritura, igual que la tradición previa, y estuviera destinada a una difusión exclusivamente oral.
b) Unidad temática
La segunda gran diferencia que exhibe la Ilíada frente a los demás poemas épicos, ya señalada por Aristóteles en la Poética 23 (1459 a-b), consiste en la unidad temática de aquélla frente a la dispersión en los temas de éstos. Según Aristóteles, los autores de los Cantos ciprios y de la Pequeña Ilíada abarcan varios temas trágicos en cada poema, mientras que la Ilíada y la Odisea comprenden una o a lo sumo dos tragedias. Así, el tema de la Ilíada se puede resumir mediante el contenido del primer verso de la misma, la cólera del Pelida Aquiles; sin embargo, según Aristóteles, la Pequeña Ilíada comprende al menos ocho temas trágicos «el juicio de las armas, Filoctetes, Neoptólemo, Eurípilo, la mendicidad de Ulises, las lacedemonias, la destrucción de Troya, la partida y las troyanas».
Con esto se relaciona una diferencia fundamental que existe entre los poemas cíclicos relativos a la leyenda troyana y la Ilíada: mientras la unidad de aquéllos consiste en el hecho de relatar un período concreto de la saga troyana, la de ésta consiste en referir un tema concreto, el de la cólera de Aquiles, motivo simple al que se subordinan numerosos y extensos episodios y múltiples temas secundarios, pertinentes para la acción principal, según Aristóteles, Poética 17 (1455 b 13). Ya nos hemos referido a la posibilidad de que la secuencia principal de acciones de la Ilíada, que guarda profundas semejanzas con la de la Etiópida, según el resumen de la Crestomatía de Proclo, no sea una invención atribuible a la composición de la Ilíada, sino un elemento tradicional compartido con parte de la Etiópida. La unidad temática halla un estrecho correlato en la concentración del tiempo en el que transcurre la acción de la Ilíada. Si se prescinde de los nueve días de la peste (I 53), de los doce en que los dioses están ausentes en compañía de los etíopes (I 493), de los doce días en que el cadáver de Héctor es ultrajado (XXIV 31) y de los nueve días en que los troyanos apilan leña para el funeral de Héctor (XXIV 794), la acción relatada entre los cantos II y XXII comprende sólo cuatro días de batalla. Análoga es la concentración espacial: la narración transcurre en su totalidad en un número muy restringido de escenarios.
c) Digresiones del tema central
La combinación de extensión monumental y simplicidad en el tema general comporta ciertas exigencias en la narración y en el estilo del poema. Por un lado, el número y la amplitud de las digresiones ha de ser necesariamente grande para llegar a la extensión final de la Ilíada. Por otro lado, muchos episodios, aunque muestran conexiones numerosas con el tema principal y cumplen algún objetivo en la composición general, conservan cierta individualidad, que hace que puedan ser considerados como piezas independientes de un mismo rompecabezas. En efecto, fragmentos como la aristía de Diomedes en V y parte de VI (el propio encuentro de Glauco y Diomedes en VI 119-236 posee una cierta independencia), de Agamenón en XI, de Patroclo en XVI, o de Aquiles en XX-XXII, el Catálogo de la naves en II, la revista de tropas o epipólesis por parte de Agamenón en IV, la Dolonía (X), el engaño de Zeus en XIV, el escudo de Aquiles en XVIII, los juegos fúnebres en XXIII, el rescate del cadáver de Héctor en XXIV, aun estando más o menos directamente imbricados en el tema general, poseen un cierto grado de independencia que los hace susceptibles de ser considerados de manera aislada.
La conexión de cada episodio con el tema general se puede producir en niveles diferentes. Así, las aristías anteriores a la de Aquiles corresponden a héroes que aparecen como sustitutos suyos durante el período de su ausencia. En la medida en que sustituyen a Aquiles, quedan incorporados al tema genérico de la cólera. Hay que señalar además que Diomedes es herido por Paris en el pie (XI 369 ss.). Por otro lado, los discursos de Glauco y Diomedes subrayan la impotencia humana ante los dioses y, por una parte, sirven como cierre de las proezas del teómaco Diomedes, narradas en V, y, por otra, ponen de relieve la separación insondable que existe entre hombres y dioses, que jugará un papel esencial en la presentación del destino mortal de Héctor, Patroclo y Aquiles, sobre todo (cf. en general, W. Schadewaldt, Iliasstudien, Leipzig, 19432 = Darmstadt, 1987; J. Griffin, Homero, trad. esp., Madrid, 1984).
d) Procedimientos para crear incertidumbre en el relato
Ya hemos indicado que el tema principal de la Ilíada es un tema tradicional y que, por tanto, no cabe esperar ninguna sorpresa en cuanto al desenlace final. Sin embargo, un procedimiento especial para dar trabazón al contenido monumental consiste en procurar cierto suspense en cuanto al modo por el que se va a llegar al desenlace y en cuanto al momento en que éste se ha de producir. Los procedimientos usados con mayor frecuencia en la Ilíada para lograr este propósito son las anticipaciones y retardaciones del contenido (especialmente en la Odisea: cf. B. Fenik, Studies in the Odyssey, Wiesbaden, 1974) y la duplicación del uso de un motivo dado (como los duelos formales en III y VII, respectivamente) o de un personaje concreto y la interrupción de un tema cuyo relato se comienza y que a veces se abandona de manera definitiva. Ya el prólogo de la Ilíada anticipa que la cólera de Aquiles causó muchas muertes entre los aqueos; y, en el propio canto I, Zeus promete a Tetis honrar a su hijo causando la derrota de los aqueos. Tales anuncios, sin embargo, no comienzan a cumplirse hasta mediados del canto XI, con el relato de las heridas de los principales héroes aqueos.
Como veremos más adelante, el destino de Aquiles y de Héctor y la ruina de Troya son anunciados y anticipados de manera insistente; pero, una vez anticipado su contenido, el cumplimiento real de lo anunciado se retrasa una y otra vez. A veces, sin embargo, el contenido anunciado no llega a cumplirse. Desde XVIII 334 s. (cf. XXII 395, XXIII 20 s.), Aquiles, en su decidido deseo de venganza, anuncia su propósito de ultrajar y mutilar el cadáver de Héctor. No obstante, después de haber anunciado el curso que va a tomar el relato en un momento dado, de hecho no sucede nada semejante, tanto por la actuación de Apolo como por el acuerdo obtenido con Príamo. Quizá un ejemplo semejante ofrece la teomaquia (XX-XXI 385), pasaje que a veces se ha interpretado como prueba de la intervención de varios poetas distintos en la composición de la Ilíada. Cuando al comienzo de XX los dioses descienden al campo de batalla y se producen extraordinarios portentos, en el momento en que van a comenzar el combate, el relato vuelve a ocuparse de las proezas de Aquiles (el encuentro con Eneas y, al principio de XXI, la lucha contra el río Escamandro). Sin embargo, el comienzo del tema no queda definitivamente olvidado, sino que continúa a partir de XXI 385, introducido ahora por el duelo entre Hefesto y el río Escamandro.
e) La conexión de los episodios
Es cierto que, si bien la relación de algunos episodios con el tema central es clara y evidente, la conexión de otros muchos sólo se deja vislumbrar tenuemente o incluso parece no existir (el ejemplo más notable en la Ilíada es el canto X, la llamada Dolonía), o incluso mostrar contradicciones con respecto a otro pasaje. Para valorar estos ejemplos, la crítica homérica ha recurrido bien a la hipótesis de la interpolación, o incorporación al poema de ciertos episodios adecuados para la narración suelta en fecha posterior a la composición final de la Ilíada, bien a la pura consideración de la insuficiente conexión de un episodio concreto con la totalidad del poema, como parece suceder en los poemas del Ciclo y como sería regular en las fases más arcaicas de la tradición, bien a la hipótesis de la mezcla inconsistente entre dos versiones existentes en la tradición, bien, finalmente, al intento de desvelar una conexión inexistente en apariencia.
En todo caso, al menos algunas de las contradicciones más secundarias que aparecen en la Ilíada han de explicarse con bastante probabilidad mediante el recurso a las condiciones que impone la difusión oral del poema. Por un lado, en el ámbito de la difusión oral de un poema es prácticamente imposible que todos los detalles menores que han sido utilizados en el relato precedente se mantengan en la memoria durante todo el poema. Así, aparece un Pilémenes, rey de los paflagonios, muriendo a manos de Menelao en V 576, y más tarde (XIII 658) lamentando la muerte de su hijo Harpalión. La razón de tal contradicción descansa seguramente en el hecho de que el poeta dispone de un número de nombres para referirse a las víctimas en el combate y en el segundo pasaje ha olvidado que tal nombre ya había sido usado. Si esta explicación es cierta, sería sorprendente que no existan más ejemplos de este género. Los peonios son descritos mediante epítetos distintos y están a las órdenes de jefes diferentes en II 848 y XXI 155. En XV 63, Zeus declara que Héctor perseguirá a los aqueos hasta las naves de Aquiles, pero al final del canto (704) su ataque va dirigido contra la nave de Protesilao. Cuando Posidón llega al campo de batalla (XIII 23 ss.) se describe con cierto detalle el carro en el que viaja; sin embargo, al salir del campo (XV 218 s.), no se hace ninguna mención del carro, que había custodiado. Del mismo modo, Hera y Atenea descienden del Olimpo en un carro, según se relata en V 775; pero cuando regresan (907) ya no se menciona el carro. Aquiles, al comienzo de su aristía, apoya su lanza en un tamarisco y prosigue la lucha con la espada; pero en 67 vuelve a aparecer con la lanza. Héctor deja el escudo apoyado en el muro antes del duelo contra Aquiles (XXII 97), pero ya lo tiene cuando la lucha comienza (111 ss.). Aquiles afirma varias veces (I 356, 507; II 240, cf. IX 107; XIX 89) que Agamenón en persona le ha arrebatado el botín, aunque en realidad son los heraldos (I 326 ss.).
Por otro lado, algunas otras contradicciones existentes en la Ilíada deben de proceder de la utilización de un motivo concreto en un momento dado de la narración con un fin específico, motivo que luego, una vez utilizado y obtenido un propósito, vuelve a quedar en la penumbra. Existe una necesidad de que los héroes aqueos queden fuera de combate como parte del plan de Zeus. Sin embargo, una vez relatadas sus heridas en XI, reaparecen en el relato sin que se hable para nada de su recuperación, que hay que considerar efectuada. Diomedes dice a Glauco (VI 128 s.) que él no se atrevería a luchar contra los dioses, cuando hace poco que ha herido a Afrodita (335 ss.) y a Ares (855 ss.). En todo caso, Diomedes no tiene ninguna capacidad para reconocer a los dioses en la batalla, por lo que debemos suponer que este poder, que Atenea le había otorgado en V 127, ha cesado.
El encuentro de Héctor y Andrómaca (VI 370 ss.) es uno de los pasajes más unánimemente alabados en la historia. Sin duda, todo lector actual supone que ambos esposos ya no se volverán a ver, y que la homilía es la despedida final. Sin embargo, en VII 310 se narra el regreso de los troyanos a Troya, y se podría suponer que ambos esposos se habrán visto de nuevo. Parece probable que todas las escenas de VI, y entre ellas el diálogo con Andrómaca, están destinadas a presentar la valía heroica de Héctor, en contraste con Paris, y la identificación de su destino con el de Troya. El diálogo de Héctor y Andrómaca consigue, entre otras cosas, crear la seguridad del fin inminente de Héctor, de cuya próxima muerte él mismo parece ser consciente, y que será un tema capital en el conjunto del poema. Una vez conseguido esto, el relato en VII 310 silencia lo que sería una concesión al realismo y un anticlímax con respecto al pasaje precedente.
Cuando Patroclo pide prestadas a Aquiles sus armas y éste accede a su petición, Patroclo intenta, y así lo declara explícitamente (XVI 40 ss.), que los troyanos, durante un tiempo al menos, lo confundan con Aquiles. Sin embargo, esta acción, que consigue en un primer momento su propósito (XVI 278 ss.), no parece engañar a Sarpedón (XVI 423 ss.), que ignora quién es el que lleva las armas de Aquiles, pero que está seguro de que no es el propio héroe. Finalmente, tras su muerte, no parece haber ninguna sorpresa por parte de los troyanos al descubrir a Patroclo.
Las contradicciones, aparentes o reales, que existen en el relato y a las que hasta ahora nos hemos referido se pueden interpretar sin grave riesgo de error bien como lapsos de la memoria, mínimos y esperables en un poema cuya difusión es oral, bien como manifestaciones de la concentración en el presente de la narración, aun a riesgo de la posible existencia de interferencias con otros pasajes del relato. No obstante, algunas otras plantean problemas más delicados para los que no se ha llegado a una solución que pueda ser considerada definitiva. Son, por orden de aparición, la propuesta de Zeus ante el Consejo de probar la moral de las tropas (II 73 ss.), que se reconcilia mal con el sueño que Zeus ha enviado a Agamenón; la muralla que circunda el campamento aqueo, construida en un solo día (VII 434-465) por consejo de Néstor (VII 337), que en XIV 31 parece haber sido construida a comienzos de la guerra (como también deduce Tucídides, I 11, sin dar como prueba la narración homérica), que conforme a XII 10-33 fue destruida al acabar la misma, aunque al final de XII es derruida por Héctor y en XIV 361 ss. (sólo parcialmente) por Apolo, y, sobre todo, que en XII y XIII aparece y desaparece sin otra razón clara que relatar sólo en cada lugar lo que es relevante para el pasaje; los duales al comienzo de la presbeía (IX 182-198), cuando son tres los embajadores que van ante Aquiles; las afirmaciones de Aquiles, contenidas en XI 609 s. y XVI 72 s., que por su contenido parecen ser incompatibles con la propia existencia de la embajada de IX.
f) La cólera de Aquiles como símbolo de la guerra de Troya
El tema central de la Ilíada no es la guerra de Troya, sino un episodio de la misma, la cólera de Aquiles y sus consecuencias. No obstante, gracias a la organización peculiar del contenido, este episodio concreto aparece como símbolo de la totalidad de la guerra de Troya. Varias razones contribuyen a la posibilidad de que un episodio concreto y simple pueda aparecer como símbolo de la totalidad de la guerra. Por una parte, a la concisa exposición del tema central siguen amplias escenas de combate por Troya. Esto hace que en muchos episodios el tema de la cólera esté fuera de la atención y que lo central sea la propia guerra entre troyanos y aqueos.
Además, esta identificación entre un tema episódico del décimo año de lucha (cf. II 134, 329) y la propia totalidad de la guerra por Troya se demuestra por la incorporación a la epopeya de escenas y episodios que se presentan como el comienzo de un día de batalla después de la peste enviada por Apolo contra el campamento griego, pero que en realidad podrían pertenecer (y de hecho parecen más adecuadas) al comienzo de la guerra: el catálogo de las fuerzas aqueas (II 484 ss.), en el que se incluye a Filoctetes, abandonado en Lemnos (II 718) y a Protesilao, muerto al desembarcar y cuya ausencia lloran sus súbditos (II 698 ss.), y de los contingentes troyanos (II 811 ss.) cuadra mejor con la asamblea de barcos en Áulide; la teichoscopía, es decir, la presentación que Helena hace ante Príamo de los caudillos griegos (III 121 ss.), entre los cuales se admira de no ver a Cástor y a Pólux (III 237 s.), es más acorde con el comienzo de la guerra que con el amanecer de un día del décimo año de la guerra; el acuerdo para resolver la querella mediante un enfrentamiento singular entre ofensor y ultrajado (III 58 ss.) y el duelo singular entre el causante de la guerra, Paris, y Menelao (III 324 ss.) corresponden también al comienzo de la guerra. La presentación de estas escenas muestra la decidida intención de identificar el episodio de la cólera de Aquiles con la totalidad de la guerra de Troya, las primeras fases de la cual abarca. Ahora bien, tales escenas han sido incorporadas al tema general de la cólera. A este respecto, la ausencia de Aquiles en las luchas que ocupan los cantos IV-VIII, que retrasan el cumplimiento de la promesa de Zeus a Tetis, es una prueba de la incorporación de distintos episodios de la guerra al tema de la cólera de Aquiles, pues, de otro modo, su ausencia no tendría ninguna justificación.
En el otro extremo, la Ilíada muestra un decidido propósito de abarcar también el fin de la guerra. Ya desde el comienzo de la misma, Agamenón (IV 164), el propio Héctor (VI 448) y Diomedes (VII 401) enuncian con sombría certeza la seguridad de la caída de Troya. Pero las afirmaciones sobre la inminencia de la ruina de Troya van haciéndose más frecuentes a medida que avanza el poema: véase, además del pronóstico que hace Zeus en XV 70 s., XIII 623 ss., 815; XV 213 ss.; XVI 97 ss., 698; XVIII 265; XX 29 ss., 313 ss.; XXI 308 s., 428 ss., 517, 544, 583 ss.; XXII 60 ss. Además, la identificación de Héctor con la propia ciudad que defiende y su posterior muerte a manos de Aquiles contribuyen también decididamente a la impresión final de que la ruina de Troya, aun sin estar relatada en el poema, está ya consumada. Eso es lo que dan a entender Aquiles en XXII 381 y Príamo en XXII 410 s., lo mismo que el lamento de Andrómaca al final de XXII (cf. especialmente 506 ss.), pero, sobre todo, las hazañas guerreras de Héctor y su eficaz participación en el combate a lo largo del poema. A su vez, el destino de Héctor ya está configurado al final de VI, en la escena de su despedida de Andrómaca.
Desde esta perspectiva hay que interpretar probablemente la existencia de dos duelos en la Ilíada, entre Paris y Menelao, en III, y entre Ayante y Héctor en VII. El primero pone de relieve la causa directa de la guerra, el rapto de Helena, y el segundo, entre los mejores soldados de cada bando en ausencia de Aquiles, muestra que la guerra se ha convertido en una lucha por Troya (cf. M. Bowra, «Composition», en A companion to Homer, ed. A. J. B. Wace y F. H. Stubbings, Londres, 1962, 53 s.). Todo ello justifica que, aun relatando sólo de manera directa un episodio concreto, la Ilíada tenga un título que hace referencia al destino de Troya entera.
g) Omisión de elementos de la leyenda troyana ajenos al tema central
La fijación de la acción en un único tema y la concentración del tiempo en el que transcurre la acción corren paralelas con la omisión deliberada de casi todos los elementos de la leyenda que son ajenos al motivo principal, y concretamente de otras partes de la saga troyana. Y en algunos lugares al menos podemos asegurar que ese silencio no procede del desconocimiento del autor de la Ilíada, sino que es resultado de una omisión deliberada. La ira de Atenea y Hera contra Troya aparece como algo sombrío y sin explicación. Según los Cipria, este odio procedía de que ambas habían sido postergadas por Paris frente a Afrodita en el juicio acerca de la belleza de las diosas. Este juicio había sido la consecuencia de la venganza de la Discordia, que, no invitada a las bodas de Tetis y Peleo, había comparecido y arrojado una manzana entre los convidados, destinada para la más bella. En la Ilíada se menciona la boda y algunos de los regalos de boda (XVI 866 s., XVII 443 s., XVIII 84 s., XXIV 62 s.), razón por la que podemos asegurar que Homero, aun conociendo la causa del odio (cf. XXIV 28-30), ha preferido dejarlo como algo inexplicado.
Igualmente, Homero conoce el tema de la juventud de Aquiles en Esciros y de sus amores con Deidamía, de los que nace Neoptólemo, pues en XIX 326 s. Aquiles habla de su hijo Neoptólemo en Esciros. Sin embargo, ha preferido omitir la narración de este detalle. Tampoco hay ninguna alusión a otros personajes de la saga troyana posterior a la Ilíada, como Troilo, Pentesilea, Memnón o Políxena, o a episodios anteriores en el mito al contenido de la Ilíada, como la invulnerabilidad de Aquiles o el sacrificio de Ifigenía en Áulide (aunque se menciona la reunión de las naves, II 303). En todo caso, si Ifigenía debe ser identificada con Ifianasa, la hija de Agamenón que éste ofrece a Aquiles en matrimonio si pone fin a su cólera (IX 415), existiría una contradicción entre la leyenda homérica y la posterior del sacrificio. Algunos de estos temas, que en la tradición posterior a Homero han alcanzado gran importancia y han sido objeto de múltiples tratamientos literarios, están sencillamente ausentes de la Ilíada. En algunos casos al menos se puede asegurar que esta omisión es deliberada.
h) La elevación de las acciones de los personajes
Se reconoce generalmente que es específicamente homérica la supresión de todos los actos de brutalidad y de magia existentes en la leyenda, como los oráculos relativos a ciertas condiciones que deben ser cumplidas para que Troya pueda ser saqueada (el regreso de Filoctetes con su arco, la participación de Neoptólemo, el robo del Paladio, etc.), excepto algún ejemplo en una situación notable (las palabras del caballo Janto en XIX 411-423), la omisión de ciertos aspectos de la sociedad, como la esclavitud, que sin duda conoce, y la ignorancia o la atribución del uso del arco como instrumento de combate a guerreros mediocres como Paris y Pándaro. También Homero niega de manera implícita o calla posibles menciones de amor homosexual entre Aquiles y Patroclo (cf. IX 633-8), y Zeus y Ganimedes (XX 234). Cuando la tradición impone algún acto de brutalidad, lo despacha del modo más rápido, como en IX 451 ss., a propósito de las tentativas de Fénix para matar a su padre. El sacrificio de los doce troyanos ante la pira de Patroclo (XXIII 175 s.) es el producto del deseo de venganza de Aquiles; las repetidas amenazas de ultrajar el cadáver de Héctor son desechadas por la actuación de Apolo (XXXIII 184 ss.).
Por el contrario, sería creación del autor de la Ilíada la importancia atribuida a la elevación espiritual y a la humanidad de los héroes. Personajes como Héctor, Fénix y Patroclo, que juegan un papel muy limitado en el resto de los poemas del Ciclo y que encarnan estos valores humanos, deben de ser invenciones o desarrollos del poeta de la Ilíada. En el extremo opuesto, el desprecio al que Tersites se hace acreedor se debe a su bajeza respecto al ideal heroico. Aunque existen muchos contrastes entre la conducta de los aqueos y la de los troyanos que muestran la inferioridad de éstos respecto de aquéllos (son más ruidosos y fanfarrones, van vestidos a veces de manera ostentosa y son menos disciplinados), los enemigos nunca aparecen como despreciables, y algunos muestran su excelencia heroica. El resultado de todo ello es que existe un contenido moralizante, aunque expuesto de manera implícita, en el comportamiento atribuido a los personajes humanos. Con esta valoración implícita de la conducta humana contrasta el capricho y la inexistencia de trabas morales en la conducta de los dioses.
De la misma manera, la concentración de la Ilíada en los hechos esenciales implica una estilización, ajena al puro realismo. Así, existe un profundo desinterés por el marco en el que la guerra se desarrolla, y no hay indicaciones ni acerca de la estación del año ni de la topografía ni del escenario geográfico en el que tienen lugar los combates. Los propios duelos son estilizados, y se evita toda herida o mutilación que no termine con la muerte. Mientras se relata un encuentro entre dos guerreros, el resto del campo de batalla parece desvanecerse, y sólo cobra nueva vida el movimiento colectivo de las tropas cuando una serie de encuentros o duelos ha terminado. No hay muertes accidentales ni traiciones ni armas mágicas, sino sólo duelos singulares que hacen abstracción de todo el entorno y que terminan con la exhuberante vitalidad de algún héroe. Con esta estilización en la narración heroica, ajena al realismo de la narración, contrastan profundamente los símiles que se diseminan por doquier y que incorporan el mundo real del poeta. El resultado final es que en unos aspectos el mundo de la Ilíada es plenamente realista, mientras que en otros no lo es. No obstante, se ha señalado con acierto (cf. J. Griffin, Homer on life and death, Oxford, 1980) que la impresión general de realismo que comunica la Ilíada radica en el hecho de que su autor describe con fidelidad la muerte, común a todos los seres humanos, especialmente en el combate.
i) Los héroes y su destino
La concentración en los temas centrales y la omisión de muchos motivos de la leyenda o de la realidad por accesorios, a pesar de la amplitud de los desarrollos episódicos, corre pareja con la concentración en algunos héroes individuales. Esto no quiere decir que no exista una caracterización de los personajes en general. De hecho, se exponen reacciones distintas de héroes diferentes ante circunstancias similares; así sucede, por ejemplo, con los monólogos que pronuncian, al quedarse solos y rodeados de enemigos, Ulises (XI 401 ss.), Agénor (XXI 553 ss.), Héctor (XXI 99 ss.) y Menelao (XVII 91). En todos estos pasajes, el héroe, después de un monólogo en el que calibra las diferentes posibilidades, adopta una decisión característica. Otras veces, los héroes obran de una manera determinada por motivos no siempre explícitos (cf. J. Griffin, Homer on life and death, Oxford, 1980, 52 ss.). Como es normal, se tiende a que el carácter implique rasgos lingüísticos específicos. Sin embargo, es cierto que la acción se concentra sobre todo en el destino trágico de Héctor y Aquiles.
Los destinos de Aquiles y de Héctor desempeñan un papel relevante a lo largo de todo el poema y sirven para trabar muchos de sus episodios. Héctor, cuyo carácter virtuoso y heroico es expuesto en el canto VI mediante los diálogos consecutivos con Hécuba, Helena y Andrómaca y mediante el contraste con la conducta de Paris, es consciente de su propio destino en su despedida de Andrómaca (cf. VI 462 ss.), aunque su sentido del honor le impulsa a regresar al combate (cf. VI 441-6). Sus victorias posteriores, no obstante, parecen hacerle perder la conciencia de que su éxito es pasajero y así desatiende la advertencia tres veces reiterada por Polidamante (XII 195 ss., XIII 725 ss., XVIII 265 s.). Sólo cuando ya ha resuelto enfrentarse a Aquiles (XXII 101) reconoce su error y recuerda que no ha hecho caso de aquellos consejos. Pero, desde el canto VI hasta el XXII, Héctor parece aferrarse a todas las esperanzas humanas: supone que será capaz de expulsar a los griegos (VIII 527 ss.), de matar a Aquiles (XVI 860 s., XVIII 305 ss.) e incluso, en el último momento, de obtener la piedad de su implacable enemigo (XXII 111 ss.). La inminencia de su destino, sin embargo, es declarada por el propio Zeus (XVII 198 ss.). Desde este punto de vista, el acto de pesar las almas (XXII 210) no viene más que a confirmar lo que ya era seguro.
Aquiles supera a Héctor porque en todo momento es plenamente consciente de su destino, inminente aunque no relatado en la Ilíada. Frente a la respuesta que Héctor da al moribundo Patroclo (XVI 859 ss.), declarando la inseguridad del porvenir, cuando Héctor, al expirar, advierte a Aquiles de su muerte próxima, éste manifiesta ser plenamente consciente de la inminencia de su destino (XXII 365). Otras afirmaciones que muestran la conciencia que Aquiles tiene de su propio destino aparecen ya desde I 416, en palabras de Tetis, que Aquiles recuerda en IX 410 ss.; pero se hacen especialmente frecuentes una vez que decide vengar a su amigo Patroclo (cf. Tetis en XVIII 95; el caballo Janto en XIX 411-423; el propio Aquiles a Licaón en XXI 111 ss., y en su imprecación a Zeus en 277 s.; el moribundo Héctor a Aquiles en XXII 359; y la sombra de Patroclo a Aquiles en XXIII 80).
Además, la exposición del destino de los héroes adquiere una tensión creciente y se presenta con acentos propios de la tragedia en dos sentidos distintos: por un lado, la acción se concentra e intensifica en lugar de discurrir de manera regular como sucede en muchos episodios y como se atribuye a la narración épica según estaría representada por los poemas del Ciclo; por otro, el interés final de la narración es la descripción del sufrimiento y la muerte de los héroes frente a la existencia feliz y despreocupada de los dioses. Ya el prólogo de la Ilíada anuncia que el tema va a ser el relato de la perdición de numerosos héroes conforme al plan de Zeus. Y, en efecto, tanto Patroclo como Sarpedón y Héctor, que son muy amados por Zeus (cf. XVI 645 y XXII 168), hallan la muerte; y también es inminente el destino que Aquiles mismo ha elegido, la vida breve y gloriosa en lugar de la larga y oscura.
Lo que confiere su superioridad a Aquiles es la certeza y la aceptación de que el destino de los seres humanos consiste en el sufrimiento y en la muerte. Este reconocimiento de la condición humana, caracterizada sobre todo por la vaciedad que produce la muerte y por el distanciamiento de los dioses, es lo que da su grandeza al encuentro de Aquiles y Príamo en Ilíada XXIV (cf. Homer, Iliad, Book XXIV, ed. C. W. MacLeod, Cambridge, 1982, 8 ss.). Los héroes se hallan especialmente próximos a los dioses, pero esta proximidad también los hace más vulnerables a sus caprichos, al tiempo que objeto de su más vivo interés y compasión antes del fin definitivo. Es en sus postreras hazañas donde más sobresale el fulgor de los héroes que precede inmediatamente a la oscuridad total de la muerte y que los hace más dignos de compasión a ojos de los dioses.
j) Los dioses
Por eso los dioses, a pesar de sus rasgos humanos, de hecho están separados de los hombres por una distancia incalculable. En ellos se mezcla lo sublime y lo frívolo, el capricho y la amoralidad, y ciertos aspectos siniestros e irracionales. Es difícil deslindar en este terreno lo que pertenece a la tradición y lo que es específico de la Ilíada. Sin embargo, la concepción trágica del héroe debe de ser un rasgo homérico en la medida en que la muerte aparece como un oscuro vacío en la Ilíada. Eso es al menos lo que da a entender Heródoto (II 53), cuando afirma que Hesíodo y Homero han elaborado la teogonía de los griegos y han atribuido a cada dios sus atributos, sus apelativos y su ámbito de actuación. Con esta concepción homérica de la muerte contrasta la difusión en el siglo VIII del culto a los antepasados en Grecia, circunstancia que invita a atribuir a esta sociedad la creencia en el poder de los antepasados aun después de la muerte y, por tanto, un tipo de existencia con mayores capacidades que la que Homero atribuye.
Los dioses son presentados a veces como dueños de su futuro y a veces como sometidos al destino, que es una fuerza impersonal superior a la que está sujeto el propio Zeus, que no puede librar a Sarpedón de la muerte. En otros pasajes, como en particular en el duelo de Aquiles y Héctor, Zeus (Ilíada XXII 167 ss.) invita a los dioses a decidir a quién otorgar la victoria. Finalmente, Zeus saca la balanza, pone en ella los destinos de ambos héroes. La de Héctor se inclina, y entonces Apolo lo abandona. Esta aparente incoherencia en el pensamiento acerca de la jerarquía otorgada a los dioses y al destino produce sensación de realismo y refleja una concepción popular muy extendida también hoy.
El mundo heroico tiene características distintas del mundo reflejado por los símiles. Así, la dieta de los héroes y el material del que están fabricados los objetos de los héroes son distintos de la dieta y los materiales mencionados en los símiles. Los objetos de los dioses son fabricados con metales preciosos. El nombre dado a algunos animales y seres mitológicos por los dioses es distinto del usado entre los hombres.
En la Ilíada hay un interés por lo humano y lo ético que emergen sobre el fondo de una sociedad bélica primitiva. Esa preocupación por lo humano se manifiesta en el desapego por lo grotesco, lo hiperbólico y lo brutal, por lo mágico y lo maravilloso, en las valoraciones morales implícitas y, sobre todo, en la compasión por el sufrimiento y la muerte, que unen a todos los hombres. Esa compasión facilita el encuentro entre Príamo, el padre que solicita al matador de su hijo el rescate de su cadáver, y Aquiles, el matador que sabe que con su hazaña no ha hecho más que precipitar su propia muerte. Este interés por lo humano preludia la tragedia clásica y el afán característico de la cultura griega antigua por la explicación racional.
k) El estilo
El estilo de la Ilíada no es uniforme en todos sus pasajes. No es posible entrar en el detalle, pero al menos conviene dejar constancia de las diferencias más notables en el contenido. Por un lado, el mundo heroico tiene características distintas del mundo real, que representan sobre todo los símiles. Así, la dieta de los héroes y el material del que están fabricados los objetos son distintos de la dieta y los materiales mencionados en los símiles. Lo mismo sucede con los objetos del mundo de los dioses, fabricados de metales preciosos, o la propia denominación de algunos animales o seres mitológicos, que no coinciden con los que existen entre los hombres.
Por otro lado, hay enormes diferencias en el contenido y en el estilo de las partes narrativas y de los discursos, como ya observó Aristóteles, según informa el escolio A a Ilíada XIX 108. Ya es llamativa, en primer lugar, la enorme proporción que ocupa el estilo directo, próximo a la mitad del poema, rasgo, al parecer, único frente a otros poemas épicos en Grecia arcaica. Pero además, el contenido asociado a la narración tiene ciertas diferencias con respecto al de los discursos (cf. J. Griffin, JHS 106, 1986, 36-57). En los discursos se admiten ciertos contenidos ausentes en la narración: las intervenciones sobrenaturales, las personificaciones, la relativa frecuencia de los nombres abstractos, las generalizaciones que evitan afirmaciones que sólo el narrador puede hacer gracias a su omnisciencia y, sobre todo, la expresión y explicitación del significado moral de los actos. La limitación de estos tipos de contenidos a los discursos en estilo directo produce ciertas diferencias en el estilo de los mismos con respecto al de la narración. Como consecuencia de todo ello, el relato presenta un aspecto de arcaísmo respecto a los discursos por su contenido concreto, su precisión y la ausencia de elementos moralizadores. En comparación con ellos, los discursos y símiles producen una apariencia de modernidad por la mayor abundancia de abstracciones y personificaciones, por las inseguridades que a veces manifiesta el contenido y por la presencia de la valoración moral de los actos. La presencia de todos estos elementos está ligada a la presencia de ciertos elementos de vocabulario raros en el relato. Por supuesto, no hay que atribuir a capas cronológicas distintas lo que obedece a un rasgo de estilo deliberado.
V. LA CUESTIÓN HOMÉRICA
La cuestión homérica, título tradicional para referirse a los problemas relativos a la identificación, datación y patria de Homero, y a la autenticidad y unidad de la composición de la Ilíada y de la Odisea, es uno de los temas que más tinta ha hecho correr en la historia de la filología clásica, ya desde la Antigüedad. La amplitud de la bibliografía dedicada al tema haría de todo punto imposible elaborar aquí un resumen sumario de la historia de los esfuerzos que se han realizado para precisar la cuestión o para intentar resolverla (cf. J. A. Davison, «The Homeric question», en A companion to Homer, ed. A. J. B. Wace y F. H. Stubbings, Londres, 1962, 234 ss.; A. Heubeck, Die homerische Frage, Darmstadt, 1984; F. R. Adrados, «La cuestión homérica», en Introducción a Homero, ed. L. Gil, Madrid, 1984 = 1963). Por eso me voy a limitar a presentar algunas fuentes antiguas, que proporcionan la información decisiva, y a exponer algunas hipótesis de las que me parecen más verosímiles.
a) Las fuentes antiguas sobre la vida de Homero
La información que poseemos acerca de la biografía de Homero procedente de la Antigüedad (hay además biografías de época bizantina de Juan Tzetzes, Suidas y Eustacio, editadas por Allen en el tomo V de los Homeri opera) se halla, sobre todo, en ocho obras breves, de las que siete son biografías en sentido estricto (una procedente de la Crestomatía de Proclo, otra del autor que al comienzo de la biografía afirma ser Heródoto, otra atribuida a Plutarco, y anónimas las cuatro restantes) y la última expone el Certamen de Homero y Hesíodo. Todas estas obras fueron escritas después del comienzo de nuestra Era, pero citan a muchos autores anteriores, algunos de los cuales se remontan al siglo VI a. C., y relatan, en un tono novelado la mayoría de las veces, las discrepantes versiones de los autores cuya información transmiten sobre la cronología de Homero, su lugar de nacimiento y muerte, su nombre y las diferentes circunstancias y avatares de su vida. Además, en la Vida de Hesíodo y en otras muchas obras y autores de toda la Antigüedad, a partir de los fragmentos de Jenófanes (Vorsok. 21 frag. B 10, 11 y 12 Diels-Kranz) y Simónides (frag. 564 de Poetae Melici Graeci, ed. Page) aún en el siglo VI y de la Historia (cf. II 53 en particular) de Heródoto en pleno siglo V a. C. con seguridad (pues los versos atribuidos a Hesíodo de Certamen 213 s., ed. Allen, y del fragmento 357, ed. Merkelbach-West, que nombran a Homero, son de autenticidad hesiódica dudosa), hay múltiples referencias más o menos ocasionales a la vida, a la datación de Homero o a Homero como autor de distintos poemas épicos conservados o perdidos. Ni en la Ilíada ni en la Odisea hay la menor alusión al autor, aunque la idéntica actitud de silencio que ambos poemas mantienen acerca de este punto produjo pronto en la Antigüedad la impresión de que ambas son obras de un solo poeta.
Con distintas variaciones, estas biografías presentan los viajes y estancias en diferentes ciudades griegas, sobre todo de Jonia, de un poeta itinerante que canta ante amplios auditorios sus poemas. Estos poemas son la Ilíada y la Odisea, en particular, aunque también, según la Vita Herodotea, «la expulsión de Anfiarao a Tebas», Himnos a los dioses, la Pequeña Ilíada, la Focaida, Cércopes, la Batracomiomaquia y «los demás paegnia» (aún en la primera mitad del siglo VII, Calino, frag. 6 = Pausanias, IX 9, 5, atribuía a Homero los poemas épicos que trataban del ciclo tebano, pero ya Heródoto, IV 32, duda de que los Epígonos sea de Homero). Las demás fuentes varían en cuanto al número y título de las demás obras atribuidas a Homero, aparte de la Ilíada y de la Odisea. Acerca de su nombre real, de la identidad de sus padres y de su patria, sobre todo, las biografías informan sobre las numerosas hipótesis que los escritores anteriores a tales biografías habían emitido.
En la Vita Herodotea, la biografía más extensa, se dice que el nombre real de Homero era Melesígenes, por haber nacido junto al río Melete de Esmirna, y que el nombre posterior lo recibió al quedarse ciego, ya que ése es el significado de hómeros en el dialecto de Cume y Esmirna, pues los ciegos necesitan un rehén (sentido frecuente de hómeros) que los guíe como lazarillos. Otras biografías explican que fue capturado como rehén de los colofonios o de los lidios, y que esta circunstancia dio origen a su apodo, o que acompañó (otro significado del verbo homereîn, aparente derivado de hómeros) a los magistrados de Esmirna en su emigración fuera de la ciudad, dominada entonces por los lidios. El nombre de la madre era Creteide, y la patria Esmirna, aunque gran parte de su vida transcurre no sólo en Esmirna, sino también en Colofón, Cume, Focea y Quíos, localidades todas del sur de Eólide y norte de Jonia, y en la isla de Ítaca, antes de la muerte en la isla de Íos, detalle en el que coinciden todas las biografías y fuentes. La polémica acerca de la patria de Homero es el motivo de un nutrido grupo de epigramas de la Antología griega (cf. AP IV 296, que las Vidas que lo citan atribuyen a Antípatro, y AP XVI 294 ss., XI 102). La discusión acerca de la patria de Homero quizá remonta a fecha antigua (según la Vida atribuida a Plutarco, II 7, Píndaro, frag. 264, afirmaba que Homero era ya de Esmirna, ya de Quíos), a menos que no exista una contradicción real si se trata de un poeta que ha nacido en un sitio y ejercido su actividad en el otro. La Vita Herodotea data su vida ciento sesenta y ocho años después de la guerra de Troya y seiscientos veintidós antes de la expedición de Jerjes contra Grecia (480 a. C.).
La Vida atribuida a Proclo, la atribuida a Plutarco y las que Allen numera con IV, V y VI informan en particular acerca de las hipótesis que sobre su patria y obras, sobre el nombre de sus padres, la causa del apodo y su datación habían formulado otros autores. Las noticias de Tzetzes, Eustacio y Suidas añaden otras referencias a las ofrecidas por los autores antiguos. Es evidente que al menos parte de los datos que facilitan las biografías deriva de atribuir al autor lo que la Ilíada y la Odisea narran sobre los personajes. La leyenda de la ceguera de Homero es incompatible con el contenido de algunas anécdotas narradas por las Vidas. Cabe, pues, la posibilidad de que haya sido atribuida a Homero a partir de Demódoco, el cantante ciego de la Odisea, o del cantante ciego de Quíos, mencionado en el Himno a Apolo.
La variedad de hipótesis contradictorias y el amplio número de personas que ha intervenido en la discusión permite suponer que hubo durante toda la Antigüedad una viva polémica, pero que poco o nada se conocía con seguridad. Muy ilustrativo es a este respecto que se haya supuesto una filiación o una descendencia divina ya en el siglo V a. C. (cf. Vorsok. 82 Gorgias B 25 Diels-Kranz = Proclo, Vida de Homero, p. 100, 5 Allen). En todo caso, para nosotros es imposible distinguir en estas noticias lo que hay de legendario y un hipotético núcleo histórico, si es que lo hay. Es de notar que Heródoto, el primer autor que nombra la Ilíada y la Odisea como obras de Homero (II 116, 2, 4; IV 29), hace constar que él es el único (cf. II 53, 3) responsable de la cronología que atribuye a Homero y a Hesíodo («me han precedido en cuatrocientos años y no en más», II 53, 2, afirmación que Tucídides, I 3, 3, no critica). Es interesante la noticia de Artemón de Clazómenas (en Suidas, s. u. Arctino, núm. 3960, p. 361 Adler; cf. Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas I 68, 2), que databa la madurez de Arctino de Mileto, el autor de la Etió-pida, que comenzaba donde acaba la Ilíada, en torno del 700 a. C. La narración de Heródoto (II 53) indica que tenía a Homero y a Hesíodo por contemporáneos, aunque ya Jenófanes (Vorsok. 21 frag. B 13 Diels-Kranz) deja ver que existían distintas opiniones.
Igualmente, la razón que Heródoto (II 116-7) expone para no atribuir los Cipria a Homero no es ningún testimonio, sino la observación de la discrepancia entre Ilíada VI 289 ss. y el contenido de los Cipria (cf. frag. 14 Bernabé). Es posible que la afirmación de Esquilo (en Ateneo, VIII 347 e) de que sus tragedias eran «tajadas de los grandes festines de Homero» indique de modo implícito que consideraba todos los poemas épicos como obras del propio Homero. Aún Píndaro (frag. 265 = Eliano, Varia historia IX 15) contaba la historia de que Homero había regalado los Cipria a su hija como dote. La impresión general, que confirma el testimonio de la Vida de Homero de Proclo (p. 102, 2 ss.), es que en una fase muy antigua toda la épica era atribuida a Homero y que poco a poco se ha rechazado la autoría de todas las epopeyas excepto la Ilíada y la Odisea. El contenido de la Poética de Aristóteles deja ver que ya sólo consideraba obras de Homero la Ilíada, la Odisea y el poema burlesco perdido, titulado Margites. Lo mismo consideró en adelante la filología de los alejandrinos. (El tratado Sobre lo sublime IX 11-13, es el primero, en la medida que sé, que atribuye la Ilíada a la madurez del poeta, y la Odisea a la vejez del mismo.) Incluso la Vida de Homero de Proclo (p. 102, 3) indica que Jenón (sólo conocido por otra mención en el schol. a Ilíada XII 435) y Helanico, discípulo de Agátocles, que, a su vez, lo había sido de Zenódoto, afirmaban que la Odisea no es de Homero. A pesar de todo (cf. R. Pfeiffer, History of classical scholarship. From the beginnings to the end of the hellenistic age, Oxford, 1968, 43 s.), es verosímil que este conjunto de biografías tardías, lo mismo que las referencias literales que nombran a Homero, hereden también una tradición que remonta al siglo VI a. C. (cf. Wilamowitz, Die Ilias und Homer, Berlín, 1916, 367, 439). Una prueba de que tal tradición remonta a esa época es la noticia de que Teágenes de Regio, hacia 520 (cf. Vorsok. frag. 8. 1 = Taciano, in Graecos 31; cf. frag. 8 A 2 = schol. B a Il. XX 67), fue el primero que «investigó sobre la poesía de Homero, su linaje y su datación».
Teágenes de Regio inició las defensas de Homero contra los ataques dirigidos por Jenófanes (cf. Vorsok. 2 frag. B 11 Diels-Kranz) y otros, que culpaban a Homero y a Hesíodo de haber presentado a los dioses como autores de todas las fechorías entre los hombres. Jenófanes de Colofón y Teágenes de Regio inauguran una tradición de críticas y exculpaciones de Homero, respectivamente, que continuará a lo largo de toda la filosofía griega (cf., por ejemplo, Diógenes Laercio, VIII 21, acerca de Pitágoras; Heráclito, frag. 42 Diels-Kranz; etc.). Es probable (cf. R. Pfeiffer, History of classical scholarship. From the beginnings to the end of the hellenistic age, Oxford, 1968, 9 s.) que Teágenes usara la explicación alegórica como defensa de Homero contra los ataques de Jenófanes. En todo caso, este género de explicaciones ya era familiar a Platón, según indican Rep. 378 d y el comienzo de Ión. Diversos ecos de este género de explicaciones se hallan en las Alegorías homéricas del Pseudo-Heráclito y las Cuestiones homéricas de Porfirio. No podemos saber con seguridad en qué medida esta tradición puede haber conservado algún elemento histórico que remonte a la propia vida del poeta Homero.
Hay aún otras probables referencias a Homero más antiguas que las señaladas hasta el momento, pertenecientes al siglo VI, como la relativa a la defensa de Helena contra el mito homérico que había en la Palinodia de Estesícoro (192 Page = Pl., Phaedr. 243 a), tema que luego utilizaron Gorgias y Eurípides, y la noticia atribuida a Arquíloco (frag. 153 Bergk Eustacio, Com. a Aristóteles, Ética a Nicómaco 6, 7, 1141 a 12, aunque la validez de esta cita es dudosa) de que Homero compuso el Margites. Las alusiones, imitaciones o adaptaciones que hacen los líricos desde Arquíloco, Alceo, 44, Alcmán y Tirteo de pasajes homéricos ofrecen un margen de inseguridad mayor. Finalmente, hay que mencionar algunas referencias muy antiguas al hombre de Quíos, que es posible que nuestras fuentes identifiquen con Homero y que, en todo caso, ya Tucídides (III 104, 5) identificaba. El poeta del Himno a Apolo 169 ss., tras preguntar a las muchachas quién es el aedo más grato y el que más les deleita, las invita a que respondan que es el ciego de Quíos. La datación del Himno a Apolo no es segura, aunque debe de pertenecer al siglo VII (a mediados, según R. Janko, Homer, Hesiod and the Hymns, Oxford, 1982, 99 ss., 200). Por otro lado, Estobeo (IV 24, 38) cita un poema en el que menciona Ilíada VI 146, que atribuye al hombre de Quíos. Si la atribución de este poema a Semónides es cierta, habría que datar en la segunda mitad del siglo VII la atribución del verso documentado en la Ilíada al hombre de Quíos. Sea o no cierto que Homero debe ser identificado con el hombre de Quíos, el caso es que ya Acusilao (2 F 2 de Fragmente der griechischen Historiker, ed. Jacoby), antes de las guerras contra los persas, y, poco después, Píndaro (Nem. II 1 s.) hablaban de los homéridas de Quíos, pretendidos descendientes de Homero que cantaban sus poemas en sucesión. No podemos saber si la designación de homéridas hace referencia estrictamente a un grupo de rapsodos que se presentaban como descendientes de un poeta concreto cuyo nombre era Homero, o si el nombre se refería simplemente, conforme a un sentido más laxo, pero bien documentado, del morfema de patronímico, a todos los profesionales de la recitación épica.
b) La tradición homérica en Atenas
En el desarrollo de la cuestión homérica han tenido gran importancia ciertas noticias que hablan de una intervención de los tiranos de Atenas, y de Pisístrato en particular, en los poemas homéricos. Según el Hiparco, 228 b, diálogo atribuido a Platón, pero de autenticidad dudosa, Hiparco, el hijo mayor del tirano Pisístrato, fue el primero que llevó a Atenas los poemas homéricos y obligó además a los rapsodos a recitarlos en las Panateneas en orden seguido unos tras otros, «como aún todavía hacen». La llegada tan tardía de los poemas homéricos a Atenas hallaría un correlato en la noticia de que Cinetón de Quíos fue quien primero recitó los poemas de Homero en Siracusa entre el 504 y el 500 a. C. (schol. Pínd., Nem. II 1 c Drachmann). La veracidad de esta información, aunque no plenamente confirmada, es corroborada por lo que dice el orador Licurgo, Contra Leócrates 102, que afirma que «vuestros padres estimaron que Homero es un poeta de tal valor que establecieron una ley por la que sus poemas serían los únicos recitados por rapsodos en todas las celebraciones de las Panateneas cada cuatro años». La existencia de un texto oficial de los poemas homéricos, conforme al cual debían hacer la recitación los rapsodos que intervenían en las Panateneas, ya en el siglo VI, se desprende también de Diógenes Laercio, I 57, que atribuye a Solón una ley según la cual los rapsodos debían recitar los poemas de Homero en orden seguido.
De todas estas fuentes hay que deducir que en Atenas ya en el siglo VI fue importado un texto, al que se dio carácter de oficial, para su uso en los certámenes de recitación en las Panateneas. El ejemplar ateniense parece ser, pues, el primer texto homérico cuya existencia es segura. La curiosa noticia (schol. A a Il. I 381) acerca de que Teágenes discrepaba de la lectura de su texto supone también la existencia de un texto escrito. Más incierto es determinar qué poemas incluía este supuesto texto, sólo la Ilíada y la Odisea como se suponía en el siglo IV, fecha de las noticias, o bien otros poemas épicos además, como era común en el siglo VI, cuando todas las epopeyas podían ser atribuidas a Homero. En todo caso, es de imaginar que si adquirió carácter oficial en Atenas, debía de ser por la seguridad existente acerca de su valor, bien por la antigüedad, bien por la procedencia. Según Plutarco, Vida de Licurgo 4, 3-4, el legislador espartano en su viaje a Asia copió los poemas de Homero y los difundió en el continente griego. También Estrabón, X 4, 19 (482), añade que Licurgo vio a Homero en Quíos. Si la noticia transmitida por Plutarco recuerda un dato real (su fuente parece ser Heraclides Póntico, según Aristóteles, frag. 611, 10 Rose = Tit. 143, 2, 10 Gigon), habría que retrotraer la fecha del primer texto escrito de Homero del que haya recuerdo.
c) La difusión del texto escrito en la Antigüedad
Desde mediados del siglo V a. C., el libro fue desplazando poco a poco a la difusión oral como medio de comunicación entre el autor literario y el público. Según el cómico Éupolis (frag. 327 Kassel-Austin), había un área del mercado de Atenas dedicada al comercio de libros, y Platón presenta a Sócrates en la Apología (26 d) diciendo ante el jurado que las obras de Anaxágoras podían ser compradas por el módico precio de una dracma. A este cambio progresivo de hábitos contribuyó la organización del comercio del libro a partir de esta misma época. Hemos de suponer que las necesidades de este mercado librero impulsaron la aparición de las ediciones de Homero hechas por personas de relieve, como las de Antímaco de Colofón, que los escolios citan a veces, y la de un Eurípides (cf. Suidas s.v. Eurípides trágico), que parece haber sido sobrino del trágico, o las que los escolios atribuyen a diferentes ciudades griegas. El uso personal de un texto escrito concedió nuevas posibilidades de examinar con detenimiento los poemas épicos y, por tanto, de hallar con más facilidad las contradicciones que la pura audición apenas haría perceptibles. En el hallazgo de estas inconsistencias existentes en el relato se significó sobre todo Zoilo de Anfípolis, que en el siglo I a. C. escribió nueve libros Contra la poesía de Homero (cf. FGH) y mereció el sobrenombre de «azote de Homero», según indica Suidas (s. v. Zoilo). A él y a Platón, que había excluido a los poetas de su ciudad ideal (cf. República 377 e − 378 e, 598 d − 601 a, 605 c − e, 607 a), pretendieron sin duda, rebatir Aristóteles, en sus Problemas homéricos, y Heraclides Póntico, otro discípulo de la Academia y luego del Liceo, en sus Soluciones homéricas. Obras de esta naturaleza continuaron escribiéndose durante toda la Antigüedad.
El tono de crítica contra Homero también es visible en algunos pasajes de los historiadores, Heródoto en particular. Así, en II 116-120 justifica la versión homérica del rapto de Helena como un intento de presentar una leyenda apta al género épico, aunque indica que el propio Homero conocía la realidad del rapto de Helena y sus viajes. El mismo tono polémico contra Homero, aunque de hecho no se le menciona, se observa en los primeros cinco capítulos de su Historia, que dan una versión muy diferente de los orígenes de la rivalidad entre Grecia y Asia. Las críticas de naturaleza histórica contra Homero también aparecen en Tucídides, II 41, 4.
En esta polémica entre los detractores del texto homérico por sus amoralidades, inconsistencias o contradicciones y los defensores de Homero, que utilizaban la alegoría como justificación, la existencia de un ejemplar oficial ateniense hizo que algunos ataques fueran dirigidos contra éste. Algunos restos de esta actividad quedan en ciertas fuentes. Según Diógenes Laercio, I 57, el historiador de la historia local de Mégara, Diéuquidas (FGH 485 frag. 6), al que se suele datar en el siglo IV a. C., aunque quizá es algo posterior, acusaba a Pisístrato de haber introducido dos versos en el Catálogo de las naves (II 546 s.) para elogiar a los atenienses. También Aristóteles, Retórica I 15, 1375 b 30, señala que, en el curso de las disputas por la posesión de Salamina en el siglo VI a. C., los megarenses acusaban a los atenienses de haber incorporado al Catálogo unos versos (probablemente II 557 s., según Estrabón, IX 1, 10 1394]) como apoyo en favor de las reivindicaciones de Atenas sobre Salamina en contra de los derechos de los de Mégara, que proponían una versión distinta. Según Estrabón, la interpolación era atribuida a Solón (lo mismo en Plutarco, Vida de Solón X 1; Diógenes Laercio, I 48; schol. B a II 557) o a Pisístrato. Las ediciones alejandrinas de Zenódoto y Aristarco, en particular, lo mismo que las monografías que surgían como productos complementarios de la edición, contenían, a juzgar por las noticias que dan los escolios, numerosas discusiones de la misma naturaleza, aunque casi nunca podemos juzgar si sus conclusiones estaban basadas en argumentos sólidos y en datos procedentes de recensiones anteriores, y no en meras especulaciones. En todo caso, las marcas críticas con las que señalaban las dificultades del texto que editaban o las atétesis que consideraban necesarias, actividad de la que los escolios conservan cierto recuerdo, procedían en parte de consideraciones acerca de lo que estimaban incongruencias en la narración, en la lengua, en el metro o en el mundo real homérico.
d) La «redacción» pisistrática
Desde el siglo I a. C., quizá como manifestaciones de una teoría formulada por primera vez en la escuela de Pérgamo durante el siglo II a. C. a partir de las noticias dispersas acerca de la regla ateniense de las Panateneas y de las interpolaciones puntuales atribuidas a Pisístrato o a Solón, algunas fuentes hablan de una supuesta redacción de los poemas homéricos en época de Pisístrato. El testimonio capital procede de Cicerón, De orat. III 34, 137, que afirma: ‘según se dice, Pisístrato fue el primero que dispuso los libros de Homero, con anterioridad confusos, como ahora los tenemos’. Otros testimonios que hablan de la supuesta redacción pisistrática aparecen en AP XI 442, epigrama citado en las Vidas homéricas IV 11 ss. y V 29 ss.; schol. B a Ilíada X 1; Suidas, s.v. Homero, 40 ss. Allen; y Eliano, Var. hist. XIII 14.
Se ha sugerido que el origen de la teoría hay que buscarlo en la polémica de las escuelas de Pérgamo y Alejandría durante el siglo II a. C.; como réplica a Aristarco, que defendía que Homero era ateniense (cf. Vita II 13, V 7 s. Allen), los filólogos de Pérgamo habrían desarrollado la teoría de la redacción pisistrática. Esta teoría ha tenido una importancia decisiva en el desarrollo de la cuestión homérica en época moderna a partir de los Prolegomena ad Homerum, de F. A. Wolf, publicados en 1795, libro del que hay traducción inglesa, Princeton, 1985 (acerca del cual, cf. R. Pfeiffer, History of classical scholarship. From 1300 to 1850, Oxford, 1976, trad. esp., Madrid, 1981, 287 ss.), y que ha contribuido a reforzar la desconfianza en la propia existencia de Homero. En general, el uso de los testimonios precedentes se ha combinado con el que proporciona el escrito apologético de Josefo, Contra Apión, que en I 2, 12, a propósito de la superioridad de la literatura hebrea sobre la griega, indica: «Dicen que Homero ni siquiera dejó sus poemas por escrito, sino que se transmitieron de memoria y más tarde fueron compuestos a partir de las canciones». Como apoyo de estos testimonios, se aduce el desconocimiento de la escritura en los poemas homéricos, sólo mencionada en VI 169 (cf. además schol. A a VI 169 y a VII 175). Igualmente, las apariciones de los aedos de la Odisea (cf. supra, § 1) son una clara muestra de que los poemas épicos estaban destinados a ser difundidos de manera oral, no escrita.
Con estas piezas se podría componer un cuadro muy distinto del que en conjunto ofrecen las fuentes antiguas. Homero, una sombra en esta concepción, habría compuesto en fecha anterior a la adaptación del silabario fenicio para la notación del griego y habría destinado sus poemas a la difusión oral. En el curso de esta tradición se habrían producido múltiples añadidos y modificaciones que habrían desfigurado el original, hasta que finalmente fueron puestos por escrito en la época de Pisístrato. De todo ello resultaría un cuadro sensiblemente diferente del que en conjunto transmite la Antigüedad, que nunca dudó de la realidad histórica de Homero, y de la unidad artística y la alta calidad de los poemas épicos conservados bajo su nombre.
e) La cuestión homérica desde el siglo XVIII
El replanteamiento de la cuestión homérica en la época moderna, desde comienzos del siglo XVIII, ha utilizado en gran medida los mismos argumentos que ya desde Jenófanes y Zoilo de Anfípolis los antiguos habían empleado con profusión.
1. Las contradicciones e inconsistencias en el contenido. − Así, se han intentado explicar las contradicciones en el mundo cultural homérico o las inconsistencias en la narración, algunas de las cuales han sido mencionadas en las páginas 55 ss., como prueba de la imperfecta fusión de primitivos poemas breves que con mayor o peor fortuna, según los autores, habría reunido Homero, o como prueba de la ampliación de una primitiva epopeya en el curso de la difusión oral de la épica. Las diferencias lingüísticas entre unos pasajes y otros se han interpretado con frecuencia como resultado de la incorporación al poema de interpolaciones o adiciones posteriores. Los anacronismos y la existencia de estratos culturales distintos se han aducido también como muestras de la confluencia de poemas primitivos en la Ilíada o en la Odisea, o como resultado de la compilación de varias epopeyas breves. En general, los juicios acerca de lo que es o no es adecuado a Homero desde el punto de vista de la moral, de su civilización, del estilo o de la belleza literaria atribuida a su poesía han sido las piedras de toque esenciales en la crítica homérica que se reanuda en la Edad Moderna con el abate D’Aubignac y, sobre todo, con F. A. Wolf. Aunque su interés es enorme porque han contribuido a plantearse con detalle el papel de cada pasaje en el conjunto de la composición, es imposible entrar aquí en este tema.
2. Los datos dialectales jónicos. − Por eso, en lugar de exponer un conjunto de teorías cuya variedad es desconcertante (sobre las cuales, cf. A. Heubeck, Die homerische Frage, Darmstadt, 1974; F. R. Adrados, «La cuestión homérica», en Introducción a Homero, ed. L. Gil, Madrid, 1984 [ = 1963]; J. A. Davison, «The Homeric question», en A companion to Homer, ed. A. J. B. Wace y F. H. Stubbings, Londres, 1962, 234 ss.), me voy a referir brevemente a los nuevos procedimientos aplicados a la cuestión homérica. Por una parte, el examen de los elementos lingüísticos homéricos, gracias al conocimiento más detallado de los dialectos griegos propiciado por el estudio sistemático de las inscripciones y la aplicación de métodos más depurados, ha ofrecido nuevos argumentos a favor de una localización o una cronología concreta de los poemas. Baste señalar aquí que en estos últimos años se ha llamado la atención sobre la existencia de rasgos compartidos por la lengua homérica con la variedad septentrional del dialecto jónico, tanto occidental (Eubea y Oropo), como oriental (Quíos y Eritras). Además, estos rasgos no son formulares, de modo que han de haberse incorporado al final de la tradición. En ciertos rasgos muy específicos, el dialecto homérico muestra coincidencias con los dialectos jónicos occidentales (Eubea y Oropo) y/o con los dialectos del Noreste jónico (Quíos, Eritras, Focea, Cume, Esmirna, etc.), sin que se pueda afirmar que es coincidente en todos los detalles con ninguno de ellos. En estas condiciones es insegura cualquier hipótesis, sobre todo porque los datos de las inscripciones proceden de una época muy posterior, y es seguro que en el intervalo se han producido profundas modificaciones en tales dialectos, en especial en los de Jonia oriental y en las islas próximas. En todo caso, los datos lingüísticos nos acercan (sobre todo en el caso de Quíos) a las tradiciones antiguas. Igualmente, la tradición que habla de la existencia de un ejemplar oficial ático posterior destinado a la difusión oral tras el fin del período de composición oral viene a coincidir con la existencia de aticismos en el texto homérico tradicional. Por todo ello, y a falta de argumentos en contra, consideramos que no hay razón para desechar las tradiciones antiguas sobre Quíos y sobre la existencia de un texto de procedencia ática que ha tenido especial repercusión en la tradición manuscrita de los poemas homéricos.
3. La geografía. − Aparte de los datos proporcionados por el dialecto, el contenido de la Ilíada revela que su autor estaba bien familiarizado con la costa occidental de la península de Anatolia. La afirmación (Ilíada XIII 12 ss.) de que Troya es visible desde Samotracia (por encima de la isla de Imbros) puede proceder del conocimiento real del paraje. Las referencias a lugares pequeños como Teba, Pédaso y Lirneso o a la figura de Níobe en el monte Sípilo pueden indicar también familiaridad con tales lugares. De todos modos, los ejemplos más numerosos de aparente familiaridad con la geografía de Jonia se hallan en los símiles: las aves en las praderas de la desembocadura del Caístro (II 459 ss.), la tormenta en el mar Icario (II 144 ss.), los vientos que soplan desde Tracia (IX 5 s.). Por el contrario, si se exceptúa el catálogo de las naves en II, la información sobre el continente griego es sumaria, aunque es verdad que esto puede ser por la propia localización de la acción fuera de Grecia continental.
4. Las representaciones cerámicas. − Las representaciones de los vasos, cuando exhiben un tema que con razonable seguridad procede de la Ilíada o de la Odisea, proporcionan un terminus ante quem para la datación de los poemas. Se conservan representaciones con temas que parecen estar tomados de la Odisea desde las primeras décadas del siglo VII: las más célebres son una procedente de Egina, que representa a Ulises y a sus compañeros huyendo del Cíclope bajo los lomos de ovejas (cf. Rumpf, Malerei und Zeichnung, 1953, 25), y otra que se conserva en Argos y representa a Ulises cegando a Polifemo. En lo que respecta a la Ilíada, la copa hallada en Isquia y datada hacia 720 a. C., en la que hay una inscripción que la compara con la copa de Néstor (cf. Il. XI 632 ss.), podría ser la referencia más antigua (cf. O. Hackstein, «The Greek of Epic» en A companion to the ancient Greek language, ed. E. G. Bakker, Malden, 2010, pp. 418-420). Se ha insistido también con frecuencia en los numerosos datos arqueológicos que prueban la difusión del culto a los héroes y heroínas en torno al año 700 a. C. y se ha subrayado la posibilidad de que en este surgimiento la epopeya haya jugado un papel importante (G. Nagy, The Best of the Achaeans: Concepts of the Hero in Archaic Greek Poetry, Revised Edition, Baltimore, 1998).
5. La literatura comparada. − Sin duda, han sido los datos proporcionados por la literatura comparada los que más han contribuido a renovar y a presentar bajo nuevas perspectivas los problemas relativos a la cuestión homérica. Ya en la década de los treinta del siglo pasado la observación de que el Kalevala, la epopeya popular finesa, estaba compuesta mediante la combinación de fragmentos recogidos entre poetas iletrados, que en las sucesivas ediciones fue incrementando su extensión, llevó a suponer a Lachmann que la Ilíada (y el Cantar de los Nibelungos) había sido compuesto del mismo modo. Así, creyó identificar dieciocho poemas breves, a los que finalmente se les añadieron a modo de epílogo XXIII y XXIV (para un resumen más circunstanciado de las teorías del siglo XIX, cf. W. Schmid y O. Stählin, Geschichte der griechischen Literatur I 1, Munich, 1929, 133 ss.).
Pero ha sido sobre todo desde la década de 1930, cuando, gracias a los trabajos y publicaciones de M. Parry y A. B. Lord sobre la épica tradicional yugoslava, la analogía con otras literaturas ha intervenido más decididamente en la cuestión homérica. A algunos datos ya nos hemos referido en los parágrafos anteriores; aquí será suficiente exponer algunas analogías que pueden ayudar a determinar el papel de la escritura en la composición de los poemas homéricos. La poesía homérica está destinada a ser difundida de manera oral y pertenece a una tradición de poesía compuesta sin la ayuda de la escritura; pero no hay datos directos acerca de si fue compuesta y transmitida de modo exclusivamente oral, o si, por el contrario, la escritura intervino desde el primer momento de la composición. En ausencia de datos, la analogía yugoslava puede hacer más o menos probables ciertas hipótesis.
Se ha defendido con frecuencia la idea de que la extensión de la Ilíada y la minuciosidad de algunos detalles de su composición, con referencias cruzadas de unos a otros pasajes y con anticipaciones y retardaciones de la acción, excluye la composición oral y sólo es comprensible si ha habido ayuda de la escritura (cf. A. Lesky, «Mündlichkeit und Schriftlichkeit im homerischen Epos», FS Kralik, Viena, 1954, 1-9). También se suele dar por buena la idea de que un poeta oral, en cuanto aprende las ventajas de la escritura, pierde su espontaneidad y sus versos se hacen pretenciosos y vanos (cf. A. B. Lord, «Homer’s originality: oral dictated texts», TAPhA 84, 1953, 124-134; G. S. Kirk, «Homer and modern oral poetry: some confu-sions», CQ 10, 1960, 271-281; A. B. Lord, «Homer as oral poet», HSCP 72, 1967, 1-46). Finalmente, se supone que un poema improvisado que no se conserva por escrito, por altas que sean sus excelencias, por muy reclamado que sea por el auditorio y por mucho que sea objeto de la imitación por parte del propio autor en otras audiciones y por parte de otros aedos, estaría ineludiblemente abocado a la disolución en un margen relativamente corto de tiempo como consecuencia de los inevitables cambios que cada nueva recitación introduciría (cf. A. Parry, «Have we Homer’s Iliad?», YCS 20, 1966, 177-216). Es decir, la conservación de poemas tan extensos mediante la pura memoria se estima como algo imposible. Además, sería difícil explicar por qué el texto de los poemas homéricos presenta en conjunto pocas variaciones, siendo relativamente fijo. Por todo ello, lo más común es sostener que la Ilíada y la Odisea fueron puestas por escrito en el propio momento de su composición. Esta hipotética redacción escrita sería obra del propio poeta, que habría aprendido la nueva técnica de la escritura que le procuraba la adaptación del silabario fenicio para la notación del griego, o bien de alguien que habría copiado al dictado la composición oral. De hecho, muchos poemas serbocroatas recogidos por Parry y Lord eran dictados ante el ayudante de M. Parry, que, al tiempo que los copiaba, señalaba ciertas incongruencias en el relato o algunos defectos en la métrica. Si esto es cierto, los poemas podrían haber sido compuestos no para ninguna ocasión ni festividad especial, sino como una pura manifestación de las capacidades de un aedo especialmente dotado, quizá a instancias de algún poderoso.
Este punto de vista, que parte del uso de la escritura en la composición de la Ilíada, bien como dictado bien por su uso directo, tropieza en principio con la dificultad de imaginar un texto escrito seguido de grandes dimensiones, muy poco después de la adaptación del silabario fenicio a la notación del griego. Es improbable, por lo demás, que un acontecimiento de tal magnitud, que se supone contemporáneo aproximadamente de las primeras inscripciones griegas conservadas, ninguna de las cuales llega a un centenar de signos, no haya dejado ninguna noticia. Sin embargo, estos no son argumentos en contra, sino muestras de las limitaciones de nuestro conocimiento. La propia adopción del alfabeto fue un hecho más memorable aún, pero no ha dejado ningún rastro en nuestra documentación.
6. El incierto papel de la escritura en la difusión de la «Ilíada». − Algunas suposiciones que se han hecho teoría común como argumentos en favor del uso de la escritura en la composición de la Ilíada son claramente desmentidas por los poemas de carácter oral. Así, la supuesta imposibilidad de que un poema tan extenso como la Ilíada pueda ser independiente de la escritura es falseada por Las bodas de Smailagic Meho, de Avdo Medjedovič, que contiene unos doce mil versos. La existencia de múltiples conexiones, que a menudo se estima como el criterio decisivo para rechazar la composición sin ayuda de la escritura, no es quizás tampoco tan concluyente como se ha intentado considerar. La intensificación de la declaración de Zeus en los cantos VIII, XI y XV, la reiteración de las advertencias de Polidamante en XII, XIII y XVIII, y otros muchos ejemplos semejantes (cf. XIV 516 y XVII 24; II 860 en comparación con XXI; II 827 y IV; VII 77 y XXII; VI 417 y XXII; etc.), que se han presentado como prueba irrefutable de una concepción escrita de la Ilíada, quizá no son más que una prueba de las enormes cualidades de un poeta que tiene conciencia clara de la unidad de su composición, sin que ello implique nada acerca de la composición con o sin la ayuda de la escritura. Sin embargo, esto no quiere decir que la teoría en su conjunto no sea la mejor que permiten imaginar nuestros datos, aunque sea cierto que algunos argumentos que se han aducido no van a favor de la teoría en realidad.
Lo mismo se puede decir acerca del postulado de que la adquisición de la escritura destruye las capacidades y relaja la espontaneidad del poeta iletrado que compone poemas improvisados. En realidad, no es el aprendizaje de la escritura per se lo que produce el cambio, sino el progresivo abandono del procedimiento de composición oral y su sustitución por el escrito. Ahora bien, no hay por qué imaginar contradicción entre manejo de la escritura y composición oral.
Algunos detalles mencionados por M. Parry y A. B. Lord en Serbocroatian Heroic Songs (Cambridge, 1954) son ilustrativos en cuanto a la capacidad de los poetas iletrados para repetir literalmente un poema propio o ajeno. Demail Zogi (Serbocroatian Heroic Songs, I 239 ss.), uno de los guslari entrevistados, insistía en que su propósito era repetir el poema exactamente igual y en que, aun dentro de veinte años, sería capaz de repetir con las mismas palabras el poema, del que habían sido recogidas dos versiones en el espacio de cuatro meses, sensiblemente iguales en cuanto al tema, pero de longitud distinta (núms. 24 y 25). Diecisiete años después de esta entrevista, Lord le instó a repetir el poema, y según éste (págs. 40 ss.), la nueva versión sólo tenía pequeñas diferencias de detalle (sustituciones de fórmulas, adiciones o eliminaciones de ciertos incidentes), con el resultado final de que el poema tenía unos sesenta versos más que la versión antigua, que constaba de 1370 versos (= 4,4 %). Tales cambios en dos versiones de un poema breve de un solo poeta dejan suponer que un poema de la longitud de la Ilíada en el curso de varias generaciones de transmisión puramente oral habría quedado enteramente desfigurado respecto al original.
Siendo tales las condiciones de la transmisión oral, sólo puede recibir con justicia el nombre de autor de un poema aquel cuya versión ha sido puesta por escrito. Lo mismo sucede en la tragedia, donde un mismo tema aparece tratado por autores distintos; el tema es tradicional y es la versión concreta lo que es de cada autor. Todos los demás poemas sólo aprendidos y transmitidos de manera oral, pero no perpetuados mediante la escritura, son anónimos; la propiedad del autor del canto, como las palabras, es alada y se la lleva el viento. Es de suponer, por tanto, que ha habido seguramente otras versiones del tema de la cólera anteriores a la Ilíada, pero que sólo aquella versión que ha sido puesta y transmitida por escrito (y es de suponer que de manera oral, al mismo tiempo) ha conservado el nombre de su autor. El autor de la composición escrita y, por tanto, Homero debe ser identificado bien con el autor de la versión oficial de las Panateneas (la primera redacción escrita segura), bien con una anterior. En esta elección, las fuentes antiguas y la ausencia de otros elementos del siglo VI hacen preferible considerar que Homero es el autor de la primera redacción escrita, que debe ser situado a fines del siglo VIII a. C., y que tal redacción probablemente tuvo lugar en Quíos o en una comarca del noroeste de Jonia (J. Signes Codoñer, Escritura y literatura en la Grecia arcaica, Madrid, Akal, 2004).
VI. LA TRANSMISIÓN DEL TEXTO DE LA «ILÍADA»
El contenido de la hipotética redacción de Homero realizada a fines del siglo VIII a. C. en Quíos o en algún lugar de Jonia, si realmente existió, sufrió una larga y complicada historia hasta llegar a los manuscritos medievales, de los que básicamente dependen nuestras ediciones impresas modernas.
a) La difusión en la época arcaica
En primer lugar, es seguro que el texto escrito, de haber existido desde el principio, no habría constituido el vehículo principal de difusión, sino una especie de tesoro custodiado por una cofradía del tipo de la de los homéridas de Quíos del siglo VI; o un monumento ofrendado en algún santuario, como se indica expresamente del Himno a Apolo en el Certamen de Homero y Hesíodo 319 ss. Allen, custodiado en el santuario de Ártemis de Delos, del ejemplar de la obra de Heráclito en Diógenes Laercio, IX 6, guardado en el templo de Ártemis de Éfeso, y de las máximas de los Siete Sabios en Platón, Protágoras 343 a, expuestas en una inscripción en el templo de Apolo en Delfos. En efecto, hasta finales del siglo V a. C. el uso de la escritura no aparece ligado a la difusión de la obra literaria. El procedimiento de difusión prácticamente exclusivo hasta esa época, y aun el más común después, era la audición colectiva del poema, quizá casi siempre en el marco de las fiestas de los nobles, como Demódoco y Femio, y en el de las festividades populares, religiosas o profanas. En un principio, como dejan ver los testimonios homéricos, el aedo cantaba, acompañándose con un instrumento de cuerda, en ciertas ocasiones sentado (Ilíada IX 189) y en otras de pie mientras un coro danzaba (Odisea VIII 261 ss.). La comparación con lo que sucede en otras tradiciones poéticas cuya difusión es oral induce a suponer que cada nueva ejecución habrá dado lugar a desviaciones más o menos notables, pero en todo caso ciertas, con respecto al contenido de la composición final.
La fama de los poemas homéricos debió de extenderse poco a poco por todo el mundo griego a través de las audiciones. Sin duda, la calidad excepcional de la Ilíada y de la Odisea estimuló la demanda de estos poemas, cuya repetición literal hemos de figurarnos que era reclamada por el auditorio (aunque en Odisea I 351 s. se elogia la capacidad de innovación en el canto). Es probable que ya desde el siglo VII existieran recitadores profesionales itinerantes, que ya no componían nuevos poemas, sino que con un bastón (quizá para marcar el ritmo) y sin acompañamiento musical, se conformaban con recitar los poemas homéricos (o épicos, en general). Pronto debieron de organizarse los certámenes de recitación. Estos recitadores son llamados por las fuentes griegas rapsodos. Es de suponer que también la difusión del aulós o flauta de tubo doble como instrumento de acompañamiento musical en el siglo VII, que impedía que el ejecutante del poema fuera la misma persona que acompañaba musicalmente, tuvo cierta importancia en la aparición de los rapsodos. Heródoto (V 67, 2) menciona los certámenes de rapsodos profesionales que en Sición suprimió Clístenes, tirano de esa ciudad entre 600 y 570. Aparte de Heródoto, Platón en el Ión, donde Sócrates dialoga con Ión, un rapsodo especialista en Homero, y el escolio a Píndaro, Nemea II 1 (ed. Drachmann, III 28 ss.), además de la representación iconográfica de uno de estos personajes en un vaso del pintor de Cleofrades (BM E 270, Beazley, ARV, 122, núm. 13), ofrecen la información esencial acerca de los rapsodos. La existencia de versiones rapsódicas, con competiciones regulares en Sición, Epidauro y Atenas (cf. Ión 530 a-b), y seguramente en otros lugares, era una fuente de alteraciones en los poemas, pues los rapsodos pretenderían exhibir su virtuosismo para conseguir el premio antes que reproducir la literalidad del poema. Uno de los que tenía fama de introducir muchos versos en la poesía homérica era Cineto de Quíos, autor de la primera recitación rapsódica en Siracusa entre 504 y 500 (cf. schol. Pínd., Nem. II 1). Por tanto, la propia existencia de un texto escrito no habría impedido la aparición de variaciones rapsódicas en el poema.
La reglamentación del texto en las Panateneas de Atenas, atribuida a Hiparco (Platón, Hiparco 228 b), a Sólon (Diógenes Laercio, 157) o a «vuestros padres» (Licurgo, Contra Leócrates 102), trataba de evitar los atropellos en el texto, la recitación de pasajes selectos y adecuados a la exhibición con exclusión de aquellos otros menos dados al lucimiento personal y otros fenómenos semejantes. Éste es el primer texto de los poemas homéricos (y no sabemos si hay que entender homéricos en sentido estricto o épicos, en general) que existió con seguridad (contra R. Pfeiffer, History of classical scholarship. From the beginnings to the end of the hellenistic age, Oxford, 1968, 110, para quien la historia sobre la existencia de una copia oficial ateniense no sería más que una invención alejandrina basada en la copia oficial de las tragedias). Es de suponer que los atenienses, en el momento de regular el uso de un texto oficial para las Panateneas, buscaron alguno previamente existente, que bien por su antigüedad bien por su procedencia gozaba de autoridad y, por tanto, podía ser impuesto. Si hemos de hacer caso de los escolios a algunos pasajes (Il. VII 238, XI 104, XIV 241, XXI 362, 363; Od. 152, 275), este antiguo ejemplar ático estaba escrito en el alfabeto epicórico, y algunos errores de ciertas ediciones proceden de una incorrecta transliteración del antiguo alfabeto ático al alfabeto de Mileto, que finalmente se hizo común en todo el mundo griego y también en las ediciones de autores literarios. Hay que señalar, no obstante, que ninguno de los ejemplos que los escolios interpretan como transliteraciones incorrectas a partir de un antiguo texto escrito en alfabeto epicórico ático es seguro. Por otro lado, el barniz ático del texto homérico quizá es el resultado de la importancia que el texto oficial ático ha tenido en la tradición posterior.
Es probable que los homéridas de Quíos de los que hablan las fuentes (Acusilao de Argos, FGH 2 frag. F 2; Píndaro, Nemea II 1) ya desde el siglo VI, que pretendían ser del linaje de Homero y que «cantaban su poesía por derecho de herencia», fueran una corporación de rapsodos que, también por la admiración de la belleza de los poemas homéricos, evitaba la introducción de las deformaciones que producía la recitación rapsódica. No sabemos en qué medida los derechos que esgrimían y la autoridad que pretendían tener sobre los poemas homéricos tenían una sólida base.
b) La tradición del texto en la época clásica
En todo caso, parece seguro que, en los últimos decenios del siglo VI a. C. al menos, ya existía un texto escrito de la Ilíada, si es que hemos de dar crédito a la noticia del schol. A a Ilíada I 381, según el cual Teágenes de Regio seguía una lectura distinta de una partícula de este verso. Es de suponer que esta discrepancia de detalle implica la existencia de un texto escrito. A partir de aquí al menos hasta el siglo III a. C., fecha de los primeros papiros de la Ilíada conservados en Egipto, sabemos que existía algún texto escrito, aunque sólo conozcamos acerca de éste referencias indirectas. También Aristóteles, Poética, 25, 1461 a 22, cita las lecturas que un desconocido Hipias de Tasos, cuya datación es incierta, proponía para los versos de la Ilíada II 15 y XXIII 328. Sin embargo, las numerosas citas, alusiones, imitaciones y críticas o defensas de la obra de Homero, esparcidas por toda la literatura griega, no suponen necesariamente la utilización directa de un texto homérico. Las interpretaciones alegóricas de Teágenes de Regio, continuadas en el siglo V, entre otros, por Metrodoro de Lámpsaco (Vorsok. 61), que explicaba no sólo los dioses sino también los héroes en términos de fenómenos físicos naturales, o las pesquisas acerca de la poesía, la vida y la época de Homero, como las que parece haber emprendido en el siglo V Estesímbroto de Tasos (FGH 107), maestro de Antímaco de Colofón, el autor de la primera edición erudita de Homero de la que tengamos noticia, o la explicación de glossai o términos oscuros propios de la épica, tarea en la que Demócrito de Abdera (Vorsok. 68 A 33, XI 1 = B 20 a − 25), posiblemente Glauco (o Glaucón) de Regio (conocido sólo por la mención de Platón, Ión 530 c) y, con seguridad, los sofistas, en general, manifestaron su interés y descollaron, o las críticas contra las mentiras o inmoralidades propias de los poetas, como desde Jenófanes es común en la filosofía griega, no requieren la existencia de un texto escrito, cuya utilización, por otro lado, resulta muy verosímil, como en toda actividad erudita. Igualmente, el comienzo de las especulaciones sobre la lengua, asociadas con frecuencia a la discusión de pasajes homéricos, como sucede en el caso de Protágoras (Vorsok. 80 A 29; cf. 30), también supone seguramente el uso de un texto escrito.
Cada texto escrito poseía seguramente numerosas lecturas variantes. Además de las discrepancias causadas por las recitaciones rapsódicas, otra fuente de divergencias en la literalidad de los poemas homéricos debió de ser su propio uso en la escuela. El papel que en la educación griega jugaron los poemas homéricos difícilmente se puede exagerar a la vista de afirmaciones como las de Platón Rep., 606 e: «ha educado la Hélade». Algo semejante indica Heródoto, II 53, 2, al afirmar que Hesíodo y Homero, entre otras cosas, «han dado a los dioses sus epítetos, han precisado sus prerrogativas y competencias y han señalado su fisonomía». El elevado número de papiros que contienen versos de Homero, algunos de ellos claramente escolares, muestra lo mismo. Las anécdotas que Plutarco, Vida de Alcibíades 7, 1-2, narra sobre la infancia de Alcibíades también indican la importancia de Homero en la educación, así como los riesgos a que el texto estaba sometido en la enseñanza escolar. En una anécdota es reprobado un maestro que no tenía un texto homérico, y, en otra, Alcibíades replica con desprecio a otro maestro que le dijo que tenía un texto corregido por él mismo. Un fragmento de Aristófanes, Los convidados (frag. 233, 1-2 Kassel-Austin), presenta a un padre preguntando el significado de algunas palabras oscuras (glossai) homéricas.
Una tercera fuente de divergencias en el texto de los poemas épicos procede del uso del prestigio homérico para conseguir unos objetivos políticos concretos. Ya nos hemos referido a las acusaciones que un desconocido historiador de Mégara llamado Diéuquidas, citado por Diógenes Laercio, I 57, en su vida de Solón, dirigía contra Pisístrato por haber intercalado los versos II 546-558 del catálogo de las naves, en los que aparece el contingente ateniense en Troya. Añadamos que, según Plutarco, Vida de Teseo 20, 1-2, otro escritor de Mégara llamado Héreas acusaba también a Pisístrato de haber interpolado Odisea XI 631, para elogiar a Teseo. Algunos escolios (cf. A a Ilíada III 230, IV 273; B a II 557) y Aristóteles, Retórica 1375 b 30, dan otras informaciones sobre otras pretendidas interpolaciones o sobre el uso del texto homérico con fines políticos. Ya hemos visto más arriba que parece verosímil que estas informaciones dispersas hayan dado lugar en época helenística a la teoría sobre la llamada «redacción pisistrática», de la que la primera fuente es Cicerón, De orat. III 137.
Desde finales del siglo V a. C., las referencias a la escritura comienzan de repente a hacerse cada vez más frecuentes, como prueban las numerosas alusiones que se hallan en las tragedias y comedias (cf. R. Pfeiffer, History of classical scholarship. From the beginnings to the end of the hellenistic age, Oxford, 1968, 25 ss.). En conjunto, se puede sospechar que la difusión escrita de la obra literaria pasa por entonces a ser el vehículo esencial de transmisión de la literatura en detrimento de la audición y la pura difusión oral. La primera mención de la lectura como entretenimiento aparece en el Erecteo de Eurípídes (frag. 370 Nauck), datada entre 424-1 a. C. Poco después (405) se sitúa la alusión a la lectura de la Andrómeda de Eurípides en Aristófanes, Ranas 52 s. y 1114. El comercio de libros en Atenas aparece en numerosos fragmentos de la comedia, aunque las primeras referencias datadas son las de Aristófanes, Aves (974 ss., 1024 ss., 1288), representada el 414. En el siglo IV hay noticias acerca de personas que poseían buenas colecciones de libros (cf. Jenofonte, Memorables IV 2, 1 ss.). La extensión del comercio de libros y el uso de Homero en la escuela deben de haber contribuido a la aparición de un buen número de copias de los poemas homéricos. No hay ninguna razón para suponer que estas copias pretendieran conservar la literalidad de los poemas; más bien todo induce a pensar que entre unas y otras versiones escritas habría divergencias, cuya importancia no podemos determinar. Las citas homéricas de los escritores áticos, de Platón en particular, muestran, junto a coincidencias notables en el número de versos y en la presencia de ciertos pasajes que han sido discutidos (el fin de la Odisea, la mención de los atenienses en el Catálogo, etc.), discrepancias indudables con respecto al texto de nuestras ediciones. Algunas parecen ser erróneas, y de éstas no todas han de ser atribuidas al hábito de citar de memoria, sino que han de ser consecuencia de divergencias en el texto. Es llamativo que Platón (Ión 537 b) y Jenofonte (Banq. I 6), al citar Ilíada XXIII 335, discrepen entre ellos y también de las ediciones modernas. Todo ello indica que no parece haber existido nada que pueda considerarse como una vulgata ateniense del siglo VI a la que remontarían todas las ediciones posteriores. Por supuesto, siendo esto así, no existe ninguna posibilidad de reconstruir algo parecido a un texto común ático, a favor de cuya existencia no parece haber argumentos y sí algunos indicios en contra.
Estas revisiones del texto homérico han sido sin duda muy diferentes según la calidad del autor de cada una. Sin embargo, en conjunto tienen mala fama en las fuentes, como muestrá la anécdota que narra Plutarco, Vida de Alcibíades 7, 2, a la que nos hemos referido, y la historia que Diógenes Laercio, IX 113, narra sobre Timón, que respondió a Arato, cuando éste le interrogaba sobre cómo obtener un texto fiable de Homero, que buscara una copia antigua que no hubiese sido revisada. En el otro extremo debían de estar la edición de la Ilíada de Antímaco de Colofón alrededor del 400 a. C. (schol. a Ilíada I 298, etc.), otra de un Eurípides, sobrino del trágico (cf. Eustacio a Ilíada II 865, 366, 13 ss. = Van der Valk, I, págs. 577, 5 ss.), que añadía dos versos (848 a y 866 a), y la revisión que Alejandro llevó a Asia y con la que dormía todas las noches, conocida con el nombre de «la del estuche», cuyo autor, según Plutarco, Vida de Alejandro 8, 2-3, y otros, fue el propio Aristóteles. La edición de Antímaco, la más antigua de que poseemos noticia, es citada con frecuencia por los escolios y, en consecuencia, es seguro que era usada por los filólogos de Alejandría. Por el contrario, la revisión de Aristóteles, que en cualquier caso escribió seis libros de Problemas homéricos, de los que sólo se conservan algunos fragmentos, no es citada nunca. Las citas aristotélicas de Homero difieren más de nuestras ediciones que las de Platón.
c) Las ediciones de las ciudades
La adopción de un texto oficial de los poemas homéricos en Atenas no debió de ser un fenómeno excepcional en las ciudades-estado griegas. Por un lado, Plutarco, Vida de Licurgo 4, 3-4, siguiendo información tomada de Heraclides Póntico, autor del siglo IV a. C., indica que fue el propio legislador quien llevó el primer texto homérico a Esparta. Por otro lado, los escolios mencionan con relativa frecuencia las ediciones de las ciudades, entre las cuales están algunas tan distantes como Marsella y Sinope, en el mar Negro, además de Argos, Quíos, Chipre, Creta y Eólide. Ignoramos la cronología de estas ediciones, aunque se ha supuesto sin razones suficientes que procederían como muy temprano del siglo II a. C. En todo caso, la mención de estas ediciones en los escolios indica que fueron usadas por los filólogos alejandrinos en sus ediciones y estudios sobre los poemas homéricos. No sabemos ni la cronología de estas ediciones ni si eran oficiales en las festividades o en las escuelas de estas ciudades, o si, por el contrario, designaban sólo ediciones que habían llegado a la Biblioteca de Alejandría desde esas ciudades. Una de estas ediciones es llamada «polística» por los escolios, a causa de su tendencia a incluir un número de versos superior a las restantes.
d) Los papiros
Los papiros conservados más antiguos pertenecen ya al siglo III a. C. y con ellos entramos en la fase histórica de la transmisión de los poemas homéricos. El número de papiros asciende paulatinamente hasta el siglo II d. C. y a partir de entonces desciende poco a poco hasta llegar al siglo VII d. C. En total, el número de papiros con texto homérico o con escolios, interpretaciones, comentarios, etc., asciende a algo menos de dos mil (siendo los de la Odisea alrededor de la cuarta parte), abarcando alrededor de una quinta parte de la totalidad de los papiros literarios conservados; además, esta cantidad se sigue incrementando poco a poco. Algunos de ellos contienen una buena porción de uno u otro poema. En conjunto, los papiros más antiguos difieren no sólo de los manuscritos medievales conservados hasta la actualidad, sino también de los papiros posteriores al 150 a. C. aproximadamente, tanto en el número de versos y de lecturas, como en las omisiones, aunque éstas en menor número. Además hay divergencias mutuas, excluyendo, por tanto, la uniformidad de la tradición anterior y la existencia de una vulgata prealejandrina. La mayoría de las variantes que contienen son banales y pretenden eliminar dificultades; las adiciones comprenden versos de naturaleza superflua. En cambio, los papiros posteriores a la mitad del siglo II tienen menos diferencias tanto entre sí como con el texto de los manuscritos medievales. Es de suponer que la razón de esta uniformidad estriba en que intentan reproducir el texto de las ediciones de los filólogos alejandrinos, al igual que los manuscritos medievales. En consecuencia, el texto establecido en la edición alejandrina poco anterior a esa fecha ha debido de convertirse en la vulgata reproducida por doquier, llevando a la desaparición de otras variantes antiguas. Con esto no parece concordar la mención ocasional en los escolios de una edición o de ediciones vulgares, a las que se les atribuye lecciones que coinciden, aunque no siempre, con la mayoría de los códices manuscritos medievales.
e) Las ediciones alejandrinas
Los primeros estudios filológicos sobre la obra de Homero merecedores de tal nombre se realizaron en la Biblioteca de Alejandría en el siglo III a. C. La primera actividad de la Biblioteca fundada por iniciativa de Ptolomeo I Lago, antiguo general de Alejandro y primer miembro de la dinastía de los Ptolomeos, consistió en el acopio de libros procedentes de todo el mundo griego. La llegada de textos homéricos de variada procedencia a Alejandría hizo que pronto se observaran las divergencias textuales existentes entre las copias, así como la necesidad de una edición propia de la Biblioteca, que sirviera como punto de referencia.
La primera edición de los poemas de Homero fue llevada a cabo por Zenódoto de Éfeso, discípulo de Filitas de Cos, tutor de Ptolo-meo II (rey entre 288 y 247 a. C.), primer bibliotecario y seguramente colaborador en la recolección de textos literarios griegos. El contenido y el valor de su edición crítica de los poemas de Homero sólo puede ser juzgado a través de los escolios, notas marginales que se leen en algunos manuscritos y que resumen los comentarios de los filólogos de época posterior. Éstos casi sólo citan a Zenódoto cuando las ediciones posteriores, Aristarco en particular, discrepaban de su lectura. Como Zenódoto no escribió ningún comentario en el que justificara su texto, las razones que los escolios atribuyen a veces a las decisiones de Zenódoto deben de proceder de la conservación de una tradición oral de sus enseñanzas o, más bien, de la pura especulación. El texto editado por Zenódoto era más conciso que la vulgata posterior y, en la medida en que los ejemplos procedentes de la información de los escolios permiten averiguarlo, estaba basado en lecturas documentadas, no en conjeturas propias (cf. R. Pfeiffer, History of classical scholarship, I, Oxford, 1968, 105 ss.). Aparte de excluir un número de versos incluidos en las ediciones posteriores, aunque marcados con una señal, marcó otros con un signo crítico llamado obelós, una línea horizontal que indicaba que su genuinidad era dudosa. Esta indicación de sospecha acerca de la legitimidad de un verso se denomina atétesis.
El interés de Zenódoto por Homero no es una excepción. En Alejandría, sus contemporáneos Calímaco y Teócrito reaccionaron con su poesía ante la epopeya tradicional; sus sucesores en el cargo de la Biblioteca Real de Alejandría, Apolonio de Rodas, que escribió un Contra Zenódoto, y Eratóstenes, imitaron o estudiaron ciertos aspectos como la cronología de Homero. Fuera de Alejandría hay noticias de una edición de Arato, el autor de los Fenómenos. En la siguiente generación hubo otra edición del poeta Riano de Creta, que los escolios citan con relativa asiduidad.
La segunda gran edición de los poemas homéricos fue realizada por Aristófanes de Bizancio, director de la Biblioteca de Alejandría entre 195 y 180 a. C. Esta edición es menos conocida que la de Zenódoto, pues, como Aristarco discrepaba menos de Aristófanes que de Zenódoto, su edición es citada menos veces por los escolios. Además, Aristófanes y Aristarco comparten un conservadurismo más acusado que el de Zenódoto, de modo que las exclusiones se hicieron más raras. En general se puede afirmar que el texto de la Ilíada fue haciéndose más largo en el curso de las ediciones de los eruditos alejandrinos. Los escolios afirman con relativa frecuencia acerca de un verso o de una pareja de versos que «Zenódoto no lo escribía» o que lo añadieron «algunos», los «grammatistaí», los «sophistaí» o los «diorthotaí». Al contrario, en otros pasajes los eruditos alejandrinos creían haber detectado ciertas adiciones, que, no obstante, editaban, aun señalando los versos con signos críticos. Por lo demás, Aristófanes perfeccionó el sistema de signos críticos, cuyo uso paliaba en parte la ausencia de un comentario que no escribió y que, como en el caso de Zenódoto, podría haber justificado las decisiones adoptadas en el texto. Su edición era la primera de la que tenemos constancia de que tenía signos de puntuación. Su influencia en la tradición parece haber sido limitada, pues sólo alrededor de la mitad de las lecturas que se le atribuyen aparece alguna vez en los códices.
El discípulo más notable de Aristófanes y el autor de la edición definitiva de los poemas homéricos en la Antigüedad fue Aristarco de Samotracia (circa 215 − circa 144 a. C.), a cuya labor e influencia hay que atribuir seguramente el cambio que se observa en el texto de los papiros desde mediados del siglo II a. C. y la uniformidad que a partir de entonces posee el texto homérico. Alrededor del 180 sucedió al frente de la Biblioteca de Alejandría a Apolonio Eidógrafo, sucesor de Aristófanes. Los disturbios del 144 a. C., cuando Ptolomeo VIII Evérgetes II Fiscón asesinó a su sobrino Ptolomeo VII y usurpó su trono, obligaron a Aristarco y a muchos de sus discípulos a huir a Chipre. A resultas de ello, la Biblioteca sufrió una profunda crisis, como muestra el hecho de que fuera nombrado bibliotecario un funcionario militar. La información de los escolios hace probable (cf. Pfeiffer, History of classical scholarship, I, Oxford, 1968, 214 ss.) que Aristarco escribiera primero un comentario basado en el texto de Aristófanes, más tarde una nueva edición, y luego un nuevo comentario sobre su propia edición, de la que discípulos suyos hicieron una segunda recensión. Así se explicaría el hecho de que los escolios mencionen a veces dos ediciones de Aristarco. Además escribió numerosas monografías de carácter polémico acerca de diversos aspectos de los poemas homéricos, entre los que hay discusiones contra Comano, uno de sus detractores, y contra Jenón, uno de los eruditos, llamados khorízontes, que no atribuían a Homero la Odisea.
La relativa uniformidad de los papiros posteriores a esta época y de los códices medievales, en todos los cuales han desaparecido las profundas diferencias en el número de versos y en la forma lingüística, induce a pensar que el texto de Aristarco se impuso con carácter general. Sin embargo, los escolios informan acerca de muchos pasajes en los que la lectura de Aristarco no coincidía con la vulgata. En total, de las algo menos de novecientas lecturas que los escolios documentan como de Aristarco, según la información de T. W. Allen (Homeri Ilias I Prolegomena, 199 s.), sólo algo menos del diez por ciento se impuso en la tradición, mientras que casi la mitad de ellas o no aparece en ningún manuscrito o sólo en alguno aislado. De las lecciones de Aristarco, sólo un grupo minoritario es regular o frecuente en los manuscritos. Esto plantea el delicado problema de determinar el origen de la vulgata que parecen representar los códices manuscritos medievales y la inmensa mayoría de los papiros posteriores al siglo II a. C. Se ha supuesto que existía una vulgata, mencionada por los escolios, sobre la que la crítica alejandrina no fue capaz de ejercer su influencia, pero es más probable que el texto editado por Aristarco sea el que se ha convertido en vulgata, y que la aparente contradicción resulte de que el texto editado por Aristarco no siempre coincidía con el que prefería su juicio personal. Si esto es así, estaríamos ante una prueba fehaciente de que Aristarco distinguía nítidamente entre lo que su criterio personal habría preferido y lo que la documentación manuscrita e histórica imponía. Entre los documentos que Aristarco usaba debía de valorar de manera especial algún o algunos ejemplares atenienses, cuyo texto, no obstante, era a veces objeto de su desacuerdo y su crítica. Con esto concuerda el barniz ático de la redacción y el hecho de que Aristarco consideraba a Homero como ateniense (cf. Vita. Hom. ed. Allen, II 13, V 7-8; Proclo, 58-62 Severyns).
Por lo demás, la edición de Aristarco usaba, alterando en parte su significado, los signos críticos marginales que ya Zenódoto había empleado. En cuanto a la valoración de sus procedimientos filológicos, es difícil dar un juicio contundente, aunque, en todo caso, cuando los escolios ofrecen información, se observa que las lecturas de Aristarco concuerdan con las de otras ediciones anteriores, circunstancia que parece indicar que Aristarco se separaba de la vulgata con apoyos documentales, al menos con frecuencia. Además, las lecciones parecen responder a veces a ciertas ideas sistemáticas sobre la lengua de los poemas. Aristarco expuso por escrito en comentarios separados del texto el valor concreto que atribuía a cada signo y, en general, todas las observaciones y discusiones sobre el propio texto editado. Hemos de suponer que tales comentarios, destinados a un círculo de eruditos, tuvieron una difusión muy limitada, mucho menor en todo caso que el propio texto editado, y que, por tanto, influyeron poco sobre la edición propiamente dicha. Contra esta interpretación, que atribuye más influencia a la edición de Aristarco de lo que ha sido común, parecen militar las referencias ocasionales de los escolios a la o a las ediciones «comunes», aunque las lecturas que los escolios adscriben a esta edición no siempre coinciden con las de los manuscritos medievales.
Las fuentes antiguas también indican que en el círculo de Aristarco se realizó la división de la Ilíada y de la Odisea en veinticuatro cantos y que a cada canto se le asignó una de las letras del alfabeto milesio. Ya desde Heródoto y la literatura ática se usan títulos específicos para citar ciertos episodios de la Ilíada.
f) Los escolios
Después de Aristarco, el texto de los poemas homéricos y de la Ilíada, en particular, ha sufrido alteraciones mínimas. En lo sucesivo, el interés básico se centró en la conservación de las explicaciones e interpretaciones de Aristarco, expuestas en sus comentarios independientes del texto. Éstos no se han conservado, pero poseemos informaciones indirectas acerca de su contenido. En 1781, el francés J.-B. d’Ansse de Villoison redescubrió en Venecia dos códices manuscritos, de los siglos X y XI respectivamente, que, procedentes de la biblioteca de Juan Aurispa, habían sido llevados por el cardenal Besarión en el siglo XV de Constantinopla a Venecia, donde habían quedado olvidados en la Biblioteca Marciana. Ambos contienen notas marginales (el del siglo X tiene tres series: en los márgenes, otras entre texto y márgenes, y una tercera entre las líneas, además de signos críticos empleados de manera sistemática), que fueron publicadas por primera vez en 1788, en Venecia, junto con la edición de la Ilíada y otros grupos de escolios ya conocidos con anterioridad. De los publicados entonces por vez primera, el códice manuscrito más antiguo es el Venetus Graecus 822 (antes Marcianus 454), que quizá es copia del ejemplar que perteneció a Aretas (ca. 862-932), discípulo de Focio y arzobispo de Cesarea, que reunió a lo largo de su vida un buen número de códices con obras de la literatura griega. Este esmerado códice, para el que se usa comúnmente la sigla A en las ediciones, contiene suscripciones al final de la mayoría de los cantos, en los que se hace referencia al comentario de los «cuatro hombres»: Dídimo, Sobre la edición de Aristarco; Aristonico, Sobre los signos de la Ilíada y de la Odisea, en referencia a los signos críticos utilizados por Aristarco en su edición (ambos de época de Augusto); Nicanor, Sobre la puntuación (1.ª mitad del siglo II d. C.); y Herodiano, Sobre la acentuación (2.ª mitad del siglo II d. C.).
De entre ellos, el más notable es Dídimo, autor de tal número de libros que, según el malévolo dicho de sus contemporáneos, era incapaz de recordar todo lo que había escrito. Entre otras obras, Dídimo fue autor de una monografía Sobre la edición de Aristarco, en la que hemos de suponer que comentaba el texto de Aristarco y en ocasiones daba sus opiniones, y de otros comentarios sobre la Ilíada y la Odisea, con informaciones exegéticas y mitográficas. Tanto estos escolios como los comentarios de Eustacio, arzobispo de Tesalónica desde 1175, han utilizado como fuente un mismo resumen, elaborado por dos desconocidos cuyos nombres son Apión y Herodoro, quienes, a su vez, parecen depender de la compilación realizada en el siglo V o VI d. C. por un Nemesión del comentario de los «cuatro hombres». De este resumen, independiente de la edición e incómodo de manejar, se habrían tomado los datos para incorporarlos como notas marginales en el mismo códice que el texto. A las notas marginales procedentes del resumen se habrían añadido otras relativas al contenido.
Otros códices manuscritos de la Ilíada también contienen notas marginales distintas; las más importantes son las que en conjunto se conocen como escolios exegéticos, conservados en el Venetus Graecus 821 (antes Marcianus 453), del siglo XI, que se suele siglar con B y que constituye un grupo homogéneo (b) con otros códices manuscritos (entre los que se encuentran dos de El Escorial), y en el T «Townleianus» o códice Burney 86 del Museo Británico (editado por primera vez junto con todo el material restante conocido por C. G. Heyne, en 1802). Los escolios de ambos códices, con los cuales forman un grupo otros procedentes de un códice de Leipzig y los del Genevensis 44, del siglo XIII (utilizados por Henricus Stephanus en su edición titulada Poetae Graeci Principes heroici carminis, de 1566, y editados por J. Nicole, en 1891) proceden de la misma tradición (c) que los de A y que en parte remontan a Aristarco, pero sobre todo al final de la época helenística, aunque contienen también textos de época posterior, procedentes quizá de obras como las perdidas Cuestiones homéricas de Porfirio. Algunos papiros conservan también escolios, entre los que destaca el papiro de Oxirrinco 221, atribuido a Amonio, el discípulo y continuador de Aristarco, con un prolijo comentario a los versos 1-363 de Ilíada XXI.
Los escolios a los que nos hemos referido hasta ahora se conocen como scholia maiora o vetera. Los scholia minora o escolios didimeos (D), llamados así por haber sido atribuidos a Dídimo, fueron editados por Juan Láscaris en 1519 y forman en teoría un grupo distinto aunque no siempre fácilmente separable, porque no aparecen en códices concretos y distintos de los restantes códices, sino, aunque sólo sea parcialmente, en los mismos códices. En general contienen breves notas de carácter lexicográfico, cuyo origen cronológico se hace remontar a época antigua, o largas explicaciones con influencia ocasional de Aristarco sobre historia, geografía y mitología, cuya datación se atribuye a una época posterior a Porfirio.
Existen otros códices que contienen escolios y que sólo en parte coinciden con todos o con algunos de los grupos precedentes. Entre ellos hay que mencionar los llamados escolios Aloysii Alamanni, incluidos en la edición anónima de Cambridge, de 1689 (cf. Allen, Homeri Ilias I, Prolegomena, 260 ss.); los scholia Leidensia; los Lipsiensia; etc.
g) La transmisión en Bizancio
En cuanto al propio soporte material en el que se ha transmitido el texto de la Ilíada, hay que imaginar que hacia el siglo II d. C. la edición en diferentes rollos de papiro fue sustituida por la nueva copia realizada en volúmenes de forma de libro, conforme al proceso que fue común en muchas otras obras de la literatura griega; igualmente, es probable que poco después se haya pasado del papiro al pergamino. La sustitución del rollo por la edición con forma de libro debió de favorecer el abandono de los volúmenes independientes para el comentario y la incorporación del contenido de los comentarios al propio libro mediante la utilización de los espacios marginales. El cierre de la Escuela de Atenas en el 529 por orden de Justiniano marca el comienzo de una nueva época, en la que la copia y el estudio de las obras clásicas sufrió un frenazo, prácticamente hasta poco después del 800, cuando la emperatriz Teodora acaba con un siglo de disputas entre iconoclastas e iconodulos, restaura transitoriamente el culto de las imágenes y restablece el papel de los escritores antiguos en las escuelas. Alrededor de esos años la antigua mayúscula uncial comienza a ser sustituida por la minúscula en Constantinopla. La sustitución del tipo de letra es, en parte, un resultado del incremento de la demanda de ejemplares de las obras de la literatura griega antigua. Es de suponer que en esta época no todas las copias en minúscula de la Ilíada se realizaron a partir del mismo original, sino que existían al menos varios ejemplares unciales sobre los que se elaboraron distintas copias. El resultado de la ausencia de un modelo único es que los códices conservados de la Ilíada no proceden en su totalidad de un único arquetipo o modelo común. Allen (Homeri Ilias I, Prolegomena, 93 ss.) identificó para la Ilíada veinticuatro familias distintas de códices, aunque la corrección constante de las copias ha producido contaminación general entre las distintas familias de códices. Por eso la identificación de las familias no presupone el establecimiento de la historia de la transmisión del texto.
A partir de la mitad del siglo XIV, comienza el flujo de códices griegos procedentes de Bizancio hacia Europa occidental, en particular hacia Italia. El progresivo conocimiento de la literatura griega, difundida primero por los eruditos bizantinos que emigraban del Imperio Romano ante la presión turca, estimuló su difusión a grupos cada vez más amplios. La intensa demanda de las obras antiguas hizo que las copias de las mismas se multiplicaran; en efecto, los códices manuscritos de la Ilíada datados en los siglos XIV y XV son mayoría, y muchos de ellos se han conservado. Algunos de los copistas de esta época son personajes bien conocidos, tanto por su actividad y conocimientos como por las copias que han realizado y la pulcritud y calidad de sus trabajos.
Una fase radicalmente nueva comienza con la invención de la imprenta. La editio princeps de Homero fue compuesta por Demetrio Calcóndilas e impresa en Florencia por Demetrio Damilas. Fue publicada en 1488 y era copia de un manuscrito de una de las familias identificadas, pero desaparecido, probablemente destruido por los propios editores, como era costumbre de la época. A partir de entonces, la historia del texto homérico está vinculada a las sucesivas ediciones, una lista de las cuales aparece en W. Schmid, Geschichte der griechischen Literatur, I 1, Munich, 1929, 193, lista que está comentada por T. W. Allen, Homeri Ilias, I Prolegomena, p. 248 s., 258 ss. La única edición posterior completa de la Ilíada es la de P. Mazon en la colección Budé (París, 1937-8).
VII. LA INFLUENCIA DE LA «ILÍADA»
No es posible abordar en el marco de un breve prólogo a la traducción de la Ilíada un tema tan vasto como el de la influencia de la misma en la literatura en las demás bellas artes y en el pensamiento occidental. Por ello nos conformaremos con las breves observaciones que siguen y con remitir a algunas obras generales donde se puede hallar una exposición detallada y más autorizada del tema.
Los poemas homéricos y, en particular, la Ilíada permean la cultura europea y occidental desde la Antigüedad clásica hasta hoy. Situados en los orígenes de la cultura europea, en todos los periodos de la cultura griega antigua fueron un referente constante para la literatura, las bellas artes y la educación, tanto en su vertiente de difusión del conocimiento de las creaciones humanas como en la de promoción de principios humanistas para guiar la conducta individual y colectiva. La cultura latina nació con la traducción de la Odisea al latín y el imperio romano adoptó la Ilíada y la Odisea como expresión depurada de la belleza literaria. De manera simbólica, los poemas homéricos sirvieron de modelo en muchos aspectos para la Eneida de Virgilio. Transmitidos básicamente a través de copias medievales, los humanistas a partir del Renacimiento, gracias especialmente a la invención y difusión de la imprenta, editaron y tradujeron la Ilíada y la Odisea a las lenguas europeas. Algunas traducciones se convirtieron en modelos para la literatura escrita en algunas lenguas europeas actuales. Además, los poemas homéricos entraron a formar parte de la educación de una minoría de jóvenes como una de las expresiones más definitorias de la cultura y como ejemplos de belleza literaria y modelos artísticos. Durante toda la Edad Moderna sirvieron también como tema de inspiración para muchos creadores artísticos, sobre todo en la literatura, pero también en la escultura, la pintura y el dibujo y la música culta entre las bellas artes. En la Edad Contemporánea, el progreso económico y los avances industriales y técnicos facilitaron la difusión de la cultura y la extensión progresiva de la educación reglada a los jóvenes y permitieron difundir de manera más profunda y mucho más general el conocimiento de los poemas homéricos. Ya en fecha más reciente los poemas homéricos se han extendido a escala global gracias a la obligatoriedad de la educación primaria y secundaria en los países más desarrollados, a los avances tecnológicos como la industria editorial, el radio y el cine, a la posibilidad de manejar varias traducciones o versiones (unas que aspiran a la fidelidad, otras a emular la creación poética, otras a trasladar el tema a formatos como la serie televisiva, el serial radiofónico y el cómic), a la edición de libros a precios económicos, a la música popular y últimamente gracias a las tecnologías de la información y la comunicación. La difusión exponencial de versiones de la Ilíada a través de los medios de comunicación de masas y a través de formatos diversos ha conducido a la disponibilidad de innumerables versiones cultas de la Ilíada y de otras adaptaciones más o menos vulgares, transferidas a otros géneros literarios o formatos. Algunos expertos suelen deplorar más las vulgarizaciones que valorar la riqueza de la oferta.
Con la globalización y universalización del conocimiento, que vemos aumentar día a día, solo cabe esperar que los poemas homéricos en el futuro próximo superen el escalón de ser una referencia restringida a las personas que viven en la civilización y la cultura llamadas occidentales y terminen por convertirse en hitos de la literatura, de las bellas artes y de la cultura humanista de la especie humana. Pero también hay que esperar que mejore el conocimiento acerca de cómo surgieron los poemas homéricos y por qué se constituyeron como modelos de la creación artística e inspiradores de la conducta humana gracias a la aplicación de nuevos métodos de investigación, como la comparación con creaciones de otras culturas, y al uso de nuevos instrumentos, como la consideración sistemática de todos los datos relevantes que permitan describir en qué consiste su carácter modélico y, llegado el caso, reproducirlo y repetirlo.
En conjunto, el capítulo de la Introducción a Homero, ed. L. Gil, Madrid, 1984 (= 1963) sobre «Homero y la posteridad» de M. Fernández-Galiano ofrece un conjunto numeroso de datos contrastados, así como múltiples referencias bibliográficas. Hay que añadir además las páginas (46 ss.) de su Introducción a la traducción de la Odisea de J. M. Pabón, publicada en esta misma colección, Madrid, 1982. Aparte de eso, las obras generales para el tema son W. Schmid y O. Stählin, Geschichte der griechischen Literatur, I 1, Munich, 1929, 173 ss.; G. Finsler, Homer in der Neuzeit von Dante bis Goethe, Leipzig, 1912; J. E. Sandys, A history of classical scholarship, I-III, Cambridge, 1903-8; G. Highet, La tradición clásica, I-II, trad. esp., México, 1954. Numerosas referencias contienen también los dos volúmenes publicados de la History of classical scholarship de R. Pfeiffer, Oxford, 1968 y 1976 (trad. esp., Madrid, 1980 y 1981). Una orientación muy útil contienen las páginas de J. A. K. Thomson, «Homer and his influence», 1-15 de A companion to Homer, ed. A. J. B. Wace y F. H. Stubbings, Londres, 1962; B. Snell, Die Entdeckung des Geistes (trad. española Las fuentes del pensamiento europeo, Madrid, 1965); y, especialmente, J. Griffin, Homero, trad. esp., Madrid, 1984, 56 ss.
Para la influencia de Homero en la literatura española hay que consultar especialmente J. Pallí Bonet, Homero en España, Barcelona, 1953. Los datos sobre las traducciones españolas de Homero se encuentran recogidos por primera vez en M. Menéndez-Pelayo, Bibliografía hispano-latina clásica, vol. X, ed. E. Sánchez Reyes, Santander, 1953, 171-210. Además, cf. D. Ruiz Bueno en su Introducción a la traducción de la Ilíada, Madrid, 1956, 124 ss.
VIII. BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
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M. L. WEST, Homeri Ilias, I-II, 1998-2000.
J. LATACZ, Homers Ilias, Gesamtkommentar, Stutgart, Munich, Berlín, 2000-.
H. VAN THIEL, Homeri Ilias, Hildesheim, 2010.
F. JAVIER PÉREZ, Homero, Ilíada, Madrid, 2012 (edición bilingüe).
L. M. MACÍA - J. GARCÍA BLANCO - J. DE LA VILLA POLO, Homero, Ilíada, I-IV, Madrid, 1991-2013 (edición bilingüe).
G. S. KIRK, The Iliad: a Commentary, I: books 1-4, Cambridge, 1985; II: books 5-8, Cambridge, 1990.
Scholia Graeca in Homeri Iliadem ex codicibus aucta et emendata, ed. G. DINDORF (I-IV), Oxford, 1875; ed. E. Maass (V-VI), Oxford, 1888.
Scholia Graeca in Homeri Iliadem I-VI, ed. H. ERBSE, Berlín, 1969-1983.
Eustathii Commentary ad Homeri Iliadem pertinentes, ed. M. VAN DER VALK, Lugduni Batavorum, I (1971), II (1976), III (1979), IV (1987).
b) Traducciones castellanas (cf. J. PALLÍ BONET, Homero en España, Barcelona, 1953; E. Crespo, «Homero», Diccionario de la historia de la traducción en España, ed. F. Lafarga & L. Pegenaute, Madrid, Gredos, 2009, 529-533).
J. GÓMEZ DE HERMOSILLA (Madrid, 1831); L. SEGALÁ Y ESTALELLA (Barcelona, Montaner y Simón, 1908, con innumerables ediciones y reimpresiones); D. RUIZ BUENO (Madrid, Biblioteca Clásica Hernando, 1956); F. SANZ FRANCO (1971); F. GUTIÉRREZ (1980); L. A. DE CUENCA, canto I, Poesía, núm. 25, 1985-86, págs. 55-83; A. LÓPEZ EIRE (Salamanca, Cátedra, 1989); C. RODRÍGUEZ ALONSO (Madrid, Akal, 1989); R. BONIFAZ NUÑO (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996-1997); Ó. MARTÍNEZ GARCÍA (Madrid, Alianza, 2010). Las traducciones mencionadas, excepto las cuatro últimas, aparecidas cuando ya la presente traducción estaba terminada, han sido utilizadas en la elaboración de la presente versión, además de la francesa de P. MAZON (París, Budé, 1937) y las inglesas de R. LATTIMORE (Chicago, The University of Chicago Press, 1951, 2011) y de R. FITZGERALD (Oxford, Oxford University Press, 1984).
c) Estudios
F. RODRÍGUEZ ADRADOS, M. FERNÁNDEZ-GALIANO, L. GIL, J. S. LASSO DE LA VEGA, Introducción a Homero, Madrid, 1984 (= 1963).
M. W. EDWARDS, Homer, poet of the Iliad, Baltimore, 1987.
M. FINKELBERG (ed.), Homer Encyclopedia, Chichester, West Sussex Malden, MA, 2011.
J. GRIFFIN, Homer on life and death, Oxford, 1980.
—, Homero, trad. esp., Madrid, 1984.
A. HEUBECK, Die homerische Frage, Darmstadt, 1984.
—, Homer. Tradition und Neuerung, ed. J. Latacz, Darmstadt, 1979.
G. S. KIRK, The songs of Homer, Cambridge, 1962.
—, Homer and the epic, Cambridge, 1965.
A. LESKY, Historia de la literatura griega, trad. esp., Madrid, 1968.
—, «Homeros», Realenzyklopädie der klassischen Altertumswissenschaft, 11 Suppl.-Band (1967).
P. MAZON, P. CHANTRAINE, P. COLLART, R. LANGUMIER, Introduction à l’Iliade, París, 1937.
D. L. PAGE, History and the Homeric Iliad, Berkeley, 1959.
A. RUIZ DE ELVIRA, Mitología clásica, Madrid, 1975.
W. SCHMID-O. STÄHLIN, Geschichte der griechischen Literatur, I Teil. Die klassische Periode der griechischen Literatur, 1 Band Die griechische Literatur vor der attischen Hegemonie, Munich, 1959 (= 1929).
A. J. B. WACE-F. H. STUBBINGS, A Companion to Homer, Londres, 1962.
IX. NOTA A LA TRADUCCIÓN
La traducción que sigue, basada en la edición de Monro-Allen, está en prosa y pretende, sobre todo, verter con precisión el contenido del original, aun a sabiendas de la enorme distancia que separa la lengua homérica del español actual. Cada línea de mi traducción corresponde casi sin excepción al contenido de cada hexámetro. En la medida de lo posible, el orden de palabras de la traducción es el mismo que el del original. Las fórmulas repetidas del texto original tienen una traducción también repetida. Cada término distinto en griego se corresponde casi siempre a un término distinto en la traducción. Las notas han sido reducidas al mínimo y sólo pretenden orientar la lectura, nunca exhibir erudición.
ILÍADA
CANTO I
La cólera[1] canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,
maldita, que causó a los aqueos incontables dolores,
precipitó al Hades muchas valientes vidas
de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros
5y para todas las aves —y así se cumplía el plan de Zeus—,
desde que por primera vez se separaron tras haber reñido
el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles, de la casta de Zeus.
¿Quién de los dioses lanzó a ambos a entablar disputa?
El hijo de Leto y de Zeus. Pues, irritado contra el rey,
10una maligna peste suscitó en el ejército, y perecían las huestes
porque al sacerdote Crises había deshonrado
el Atrida. Pues aquél llegó a las veloces naves de los aqueos
cargado de inmensos rescates para liberar a su hija,
llevando en sus manos las ínfulas del flechador Apolo
15en lo alto del áureo cetro, y suplicaba a todos los aqueos,
pero sobre todo a los dos Atridas, ordenadores de huestes:
«¡Oh Atridas y demás aqueos, de buenas grebas!
Que los dioses, dueños de las olímpicas moradas, os concedan
saquear la ciudad de Príamo y regresar bien a casa;
20pero a mi hija, por favor, liberádmela y aceptad el rescate
por piedad del flechador hijo de Zeus, de Apolo.»
Entonces todos los demás aqueos aprobaron unánimes
respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate,
pero no le plugo en su ánimo al Atrida Agamenón,
25que lo alejó de mala manera y le dictó un riguroso mandato:
«Viejo, que no te encuentre yo junto a las cóncavas naves,
bien porque ahora te demores o porque vuelvas más tarde,
no sea que no te socorran el cetro ni las ínfulas del dios.
No la pienso soltar; antes le va a sobrevenir la vejez
30en mi casa, en Argos, lejos de la patria,
aplicándose al telar y compartiendo mi lecho.
Mas vete, no me provoques y así podrás regresar sano y salvo.»
Así habló, y el anciano sintió miedo y acató sus palabras.
Marchó en silencio a lo largo de la ribera del fragoroso mar
35y, yéndose luego lejos, muchas súplicas dirigió el anciano
al soberano Apolo, al que dio a luz Leto, de hermosos cabellos:
«¡Óyeme, oh tú, el de argénteo arco, que proteges Crisa
y la muy divina Cila, y sobre Ténedos imperas con tu fuerza,
oh Esminteo![2]. Si alguna vez he techado tu amable templo
40o si alguna vez he quemado en tu honor pingües muslos
de toros y de cabras, cúmpleme ahora este deseo:
que paguen los dánaos mis lágrimas con tus dardos.»
Así habló en su plegaria, y Febo Apolo le escuchó
y descendió de las cumbres del Olimpo, airado en su corazón,
45con el arco en los hombros y la aljaba, tapada a ambos lados.
Resonaron las flechas sobre los hombros del dios irritado,
al ponerse en movimiento, e iba semejante a la noche[3].
Luego se sentó lejos de las naves y arrojó con tino una saeta;
y un terrible chasquido salió del argénteo arco.
50Primero apuntaba contra las acémilas y los ágiles perros;
mas luego disparaba contra ellos su dardo con asta de pino
y acertaba; y sin pausa ardían densas las piras de cadáveres.
Nueve días sobrevolaron el ejército los venablos del dios,
y al décimo Aquiles convocó a la hueste a una asamblea:
55se lo infundió en sus mientes Hera, la diosa de blancos brazos,
pues estaba inquieta por los dánaos, porque los veía muriendo.
Cuando se reunieron y estuvieron congregados,
levantóse y dijo entre ellos Aquiles, el de los pies ligeros:
«¡Oh Atrida! Ahora creo que de nuevo a la deriva
60regresaremos, en caso de que escapemos de la muerte,
si la guerra y la peste juntas van a doblegar a los aqueos.
Mas, ea, a algún adivino preguntemos o a un sacerdote
o intérprete de sueños —que también el sueño procede de Zeus
que nos diga por lo que se ha enojado tanto Febo Apolo,
65bien si es una plegaria lo que echa de menos o una hecatombe,
para ver si con la grasa de carneros y cabras sin tacha
se topa[4] y entonces decide apartar de nosotros el estrago.»
Tras hablar así, se sentó; y entre ellos se levantó
el Testórida Calcante, de los agoreros con mucho el mejor,
70que conocía lo que es, lo que iba a ser y lo que había sido,
y había guiado a los aqueos con sus naves hasta Ilio
gracias a la adivinación que le había procurado Febo Apolo.
Lleno de buenos sentimientos hacia ellos, tomó la palabra y dijo:
«¡Aquiles! Me mandas, caro a Zeus, declarar
75la cólera de Apolo, el soberano flechador.
Pues bien, te lo diré. Mas tú comprométete conmigo, y júrame
que con resolución me defenderás de palabra y de obra,
pues creo que voy a irritar a quien gran poder sobre todos
los argivos ejerce y a quien obedecen los aqueos.
80Poderoso es un rey cuando se enoja con un hombre inferior:
incluso si en el mismo día digiere la ira,
mantiene el rencor aún más tarde, hasta satisfacerlo,
en su pecho. Tú explícame si tienes intención de salvarme.»
En respuesta le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
85«Recobra el buen ánimo y declara el vaticinio que sabes.
Pues juro por Apolo, caro a Zeus, a quien tú, Calcante,
invocas cuando manifiestas vaticinios a los dánaos,
que mientras yo viva y tenga los ojos abiertos sobre la tierra,
nadie en las cóncavas naves pondrá sobre ti sus manos pesadas
90de entre todos los aqueos, ni aunque menciones a Agamenón,
que ahora se jacta de ser con mucho el mejor de los aqueos.»
Y entonces ya cobró ánimo y dijo el intachable adivino:
«Ni es una plegaria lo que echa de menos ni una hecatombe,
sino que es por el sacerdote, a quien ha deshonrado Agamenón,
95que no ha liberado a su hija ni ha aceptado el rescate,
por lo que el flechador ha dado dolores, y aún dará más.
Y no apartará de los dánaos la odiosa peste,
hasta que sea devuelta a su padre la muchacha de vivaces ojos
sin precio y sin rescate, y se conduzca una sacra hecatombe
100a Crisa; sólo entonces, propiciándolo, podríamos convencerlo.»
Tras hablar así, se sentó; y entre ellos se levantó
el héroe Atrida, Agamenón, señor de anchos dominios,
afligido: de furia sus negras entrañas a ambos lados muy
llenas estaban, y sus dos ojos parecían refulgente fuego.
105A Calcante en primer lugar dijo, lanzando malignas miradas:
«¡Oh adivino de males! Jamás me has dicho nada útil:
siempre los males te son gratos a tus entrañas de adivinar,
pero hasta ahora ni has dicho ni cumplido una buena palabra.
También ahora pronuncias ante los dánaos el vaticinio
110de que por eso el flechador les está produciendo dolores,
porque yo el espléndido rescate de la joven Criseida
no he querido aceptar; pero es mi firme voluntad tenerla
en casa; pues además la prefiero antes que a Clitemnestra,
mi legítima esposa, porque no es inferior a ella
115ni en figura ni en talla, ni en juicio ni en habilidad.
Pero, aun así, consiento en devolverla, si eso es lo mejor.
Yo quiero que la hueste esté sana y salva, no que perezca.
Mas disponedme en seguida otro botín; que no sea el único
de los argivos sin recompensa, porque tampoco eso está bien.
120Pues todos lo veis: lo que era mi botín se va a otra parte.»
Le respondió el divino Aquiles, de protectores pies:
«¡Oh gloriosísimo Atrida, el más codicioso de todos!
¿Pues cómo te van a dar un botín los magnánimos aqueos?
Ni conocemos sitio donde haya atesorados muchos bienes comunes,
125sino que lo que hemos saqueado de las ciudades está repartido,
ni tampoco procede que las huestes los reúnan y junten de nuevo.
Mas tú ahora entrega esta joven al dios, y los aqueos
con el triple o el cuádruple te pagaremos, si alguna vez Zeus
nos concede saquear la bien amurallada ciudad de Troya.»
130En respuesta le dijo el poderoso Agamenón:
«A pesar de tu valía, Aquiles igual a los dioses, no trates
de robármela con esa excusa; no me vas a engañar ni convencer.
¿Es que quieres que mientras tú sigues con tu botín, yo así
me quede sentado sin él, y por eso me exhortas a devolverla?
135Sí, pero si me dan un botín los magnánimos aqueos
seleccionándolo conforme a mi deseo, para que sea equivalente;
mas si no me lo dan, yo mismo puede que me coja
el tuyo o el botín de Ayante, yendo por él, o el de Ulises
me llevaré y cogeré. Y se irritará aquel a quien yo me llegue.
140Pero esto ya lo deliberaremos más tarde.
Ahora, ea, una negra nave botemos al límpido mar,
reunamos remeros a propósito, metamos en ella una hecatombe,
y a la propia Criseida, de bellas mejillas,
embarquemos; sea su único jefe uno de los consejeros,
145Ayante o Idomeneo o Ulises, de la casta de Zeus,
o tú, oh Pelida, el más terrorífico de todos los hombres,
para que nos propicies al Protector, ofrendando sacrificios.»
Mirándolo con torva faz, replicó Aquiles, de pies ligeros:
«¡Ay! ¡Imbuido de desvergüenza, codicioso!
150¿Cómo un aqueo te va a obedecer, presto a tus palabras,
para andar un camino o luchar valerosamente con los hombres?
No he venido yo por culpa de los troyanos lanceadores
a luchar aquí; porque para mí no son responsables de nada:
nunca hasta ahora se han llevado ni mis vacas ni mis caballos,
155ni nunca en Ftía, de fértiles glebas, nutricia de hombres,
han destruido la cosecha, pues que en medio hay muchos
umbríos montes y también el resonante mar;
a ti, gran sinvergüenza, hemos acompañado para tenerte alegre,
por ver de ganar honra para Menelao y para ti, cara de perro,
160de los troyanos[5]. De eso ni te preocupas ni te cuidas.
Además me amenazas con quitarme tú mismo el botín
por el que mucho pené y que me dieron los hijos de los aqueos.
Nunca tengo un botín igual al tuyo, cada vez que los aqueos
saquean una bien habitada ciudadela de los troyanos.
165Sin embargo, la mayor parte de la impetuosa batalla
son mis manos las que la soportan. Mas si llega el reparto,
tu botín es mucho mayor, y yo, con un lote menudo, aunque grato,
me voy a las naves, después de haberme agotado de combatir.
Ahora me marcho a Ftía, porque realmente es mucho mejor
170ir a casa con las corvas naves, y no tengo la intención
de procurarte riquezas y ganancia estando aquí deshonrado.»
Le respondió entonces Agamenón, soberano de hombres:
«Huye en buena hora, si ése es el impulso de tu ánimo;
no te suplico yo que te quedes por mí. A mi lado hay otros
175que me honrarán, y sobre todo el providente Zeus.
Eres para mí el más odioso de los reyes, criados por Zeus[6],
porque siempre te gustan la disputa, las riñas y las luchas.
Si grande es tu fuerza, es porque un dios te la ha otorgado.
Vete a casa con tus naves y con tus compañeros,
180y reina entre los mirmídones; no me preocupo de ti,
ni me inquieta tu rencor. Pero te voy a hacer esta amenaza:
igual que Febo Apolo me quita a Criseida,
y yo con mi nave y con mis compañeros la voy a enviar,
puede que me lleve a Briseida, de bellas mejillas,
185tu botín, yendo en persona a tu tienda, para que sepas bien
cuánto más poderoso soy que tú, y aborrezca también otro
pretender ser igual a mí y compararse conmigo.»
Así habló, y la aflicción invadió al Pelida, y su corazón
dentro del velludo pecho vacilaba entre dos decisiones:
190o desenvainar la aguda espada que pendía a lo largo del muslo
y hacer levantarse a los demás y despojar él al Atrida,
o apaciguar su cólera y contener su furor.
Mientras revolvía estas dudas en la mente y en el ánimo
y sacaba de la vaina la gran espada, llegó Atenea del cielo;
195por delante la había enviado Hera, la diosa de blancos brazos,
que en su ánimo amaba y se cuidaba de ambos por igual.
Se detuvo detrás y cogió de la rubia cabellera al Pelida,
a él solo apareciéndose. De los demás nadie la veía.
Quedó estupefacto Aquiles, giró y al punto reconoció
200a Palas Atenea; terribles sus dos ojos refulgían.
Y dirigiéndose a ella, pronunció estas aladas palabras:
«¿A qué vienes, ahora, vástago de Zeus, portador de la égida?[7].
¿Acaso a ver el ultraje del Atrida Agamenón?
Mas te voy a decir algo, y eso espero que se cumplirá:
205por sus agravios pronto va a perder la vida.»
Díjole, a su vez, Atenea, la ojizarca diosa:
«Para apaciguar tu furia, si obedeces, he venido del cielo,
y por delante me ha enviado Hera, la diosa de blancos brazos,
que en su ánimo ama y se cuida de ambos por igual.
210Ea, cesa la disputa y no desenvaines la espada con tu brazo.
Mas sí, injúrialo de palabra e indícale lo que sucederá.
Pues lo siguiente te voy a decir, y eso quedará cumplido:
un día te ofrecerá el triple de tantos espléndidos regalos
a causa de este ultraje: tú domínate y haznos caso.»
215En respuesta le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
«Preciso es, oh diosa, observar la palabra de vosotras dos,
aunque estoy muy irritado en mi ánimo, pues así es mejor.
Al que les obedece, los dioses le oyen de buen grado.»
Dijo, y sobre la argéntea empuñadura puso la pesada mano.
220En la vaina empujó de nuevo la enorme espada y no desacató
la palabra de Atenea. Y ésta marchó al Olimpo, a la morada
de Zeus, portador de la égida, junto a las demás deidades.
El Pelida de nuevo con dañinas voces
habló al Atrida y no depuso aún la ira:
225«¡Ebrio, que tienes mirada de perro y corazón de ciervo!
Nunca tu ánimo ha osado armarse para el combate con la hueste
ni ir a una emboscada con los paladines de los aqueos:
eso te parece que es la propia muerte.
Es mucho más cómodo en el vasto campamento de los aqueos
230quitar los regalos al que hable en contra de ti.
¡Rey devorador del pueblo, porque reinas entre nulidades!
Si no, Atrida, ésta de ahora habría sido tu última afrenta.
Mas te voy a decir algo y prestaré además solemne juramento:
por este cetro[8], que ya nunca ni hojas ni ramas
235hará brotar, una vez que ha dejado en los montes el tocón,
ni volverá a florecer, pues el bronce le peló en su contorno
las hojas y la corteza, y que ahora en las palmas llevan
los hijos de los aqueos que administran justicias y velan
por las leyes de Zeus, y éste será para ti gran juramento:
240añoranza de Aquiles llegará un día a los hijos de los aqueos
sin excepción, y entonces no podrás, aunque te aflijas,
socorrerlos, cuando muchos bajo el homicida Héctor
sucumban y mueran. Y en tu interior te desgarrarás el ánimo
de ira por no haber dado satisfacción al mejor de los aqueos.»
245Así habló el Pelida, y tiró al suelo el cetro,
tachonado con áureos clavos, y se sentó.
Y el Atrida al otro lado ardía de cólera. Entre ellos Néstor,
de meliflua voz, se levantó, el sonoro orador de los pilios,
de cuya lengua, más dulce que la miel, fluía la palabra;
250durante su vida ya se habían consumido dos generaciones
de míseros mortales que con él se habían criado y nacido
en la muy divina Pilo, y ya de los terceros era soberano.
Lleno de buenos sentimientos hacia ellos, tomó la palabra y dijo:
«¡Ay! ¡Gran pena ha llegado a la tierra aquea!
255Realmente, estarían alegres Príamo y los hijos de Príamo,
y los demás troyanos enorme regocijo tendrían en su ánimo,
si se enteraran de todo esto por lo que os batís los dos
que sobresalís sobre los dánaos en el consejo y en la lucha.
Mas hacedme caso; ambos sois más jóvenes que yo.
260Ya en otro tiempo con varones aún más bravos que vosotros
tuve trato, y ellos nunca me menospreciaron.
Pues todavía no he visto ni creo que vaya a ver a hombres
como Pirítoo, Driante, pastor de huestes,
265Ceneo, Exadio, Polifemo, comparable a un dios,
y Teseo Egeida, semejante a los inmortales[9].
Aquéllos fueron los terrestres que más fuertes se criaron.
Los más fuertes fueron y con los más fuertes combatieron,
con las montaraces bestias, que de modo asombroso aniquilaron.
Con ellos traté yo cuando acudí desde la lejana Pilo,
270aquella remota tierra, pues ellos mismos me habían convocado.
Y yo combatí solo por mi propia cuenta. Contra aquéllos nadie
de los mortales que ahora pueblan la tierra habría combatido.
Y atendían mis consejos y hacían caso a mis palabras.
Mas hacedme caso también vosotros, pues obedecer es mejor.
275Ni tú, aun siendo valeroso, quites a éste la muchacha;
dejásela, pues se la dieron como botín los hijos de los aqueos,
ni tú, oh Pelida, pretendas disputar con el rey
frente a frente, pues nunca ha obtenido honor similar
el rey portador del cetro, a quien Zeus otorga la gloria.
280Y si tú eres más fuerte y la madre que te alumbró es una diosa[10],
sin embargo él es superior, porque reina sobre un número mayor.
¡Atrida, apacigua tu furia! Soy yo ahora quien te suplica
que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos
los aqueos alto bastión que defiende del maligno combate.»
285En respuesta le dijo el poderoso Agamenón:
«Sí que es, oh anciano, oportuno cuanto has dicho.
Pero este hombre quiere estar por encima de todos los demás,
a todos quiere dominar, sobre todos reinar,
y en todos mandar; mas creo que alguno no le va a obedecer.
290Y si buen lanceador lo han hecho los sempiternos dioses,
¿por eso le estimulan a proferir injurias?»
Le interrumpió y respondió Aquiles, de la casta de Zeus:
«De verdad que cobarde y nulidad se me podría llamar
si es que voy a ceder ante ti en todo lo que digas.
295A otros manda eso, pero no me lo
ordenes a mí, que yo ya no pienso obedecerte.
Otra cosa te voy a decir, y tú métela en tus mientes:
con las manos yo no pienso luchar por la muchacha
ni contigo ni con otro, pues me quitáis lo que me disteis.
300Pero de lo demás que tengo junto a la veloz nave negra,
no podrías quitarme nada ni llevártelo contra mi voluntad.
Y si no, ea, inténtalo, y se enterarán también éstos:
al punto tu oscura sangre manará alrededor de mi lanza.»
Tras reñir así con opuestas razones, ambos se levantaron
305y dieron fin a la asamblea junto a las naves de los aqueos.
El Pelida fue a sus tiendas y a sus bien equilibradas naves
con el Menecíada y con sus compañeros.
Y, por su parte, el Atrida botó al mar una veloz nave,
puso en ella veinte remeros elegidos, una hecatombe
310cargó en honor del dios, y a Criseida, de bellas mejillas,
llevó y embarcó. Y como jefe montó el muy ingenioso Ulises.
Y tras subir, comenzaron a navegar por las húmedas sendas.
El Atrida ordenó a las huestes purificarse;
y ellos se purificaron y echaron al mar el agua lustral,
315y sacrificaron en honor de Apolo cumplidas hecatombes
de toros y de cabras junto a la ribera del proceloso mar.
Y la grasa ascendió al cielo enroscándose en el humo.
De esto se ocupaban en el campamento; mas Agamenón no
olvidó la riña ni la amenaza proferida contra Aquiles;
320por el contrario, dijo a Taltibio y a Euríbates,
que eran sus dos heraldos y diligentes servidores:
«Id ambos a la tienda del Pelida Aquiles,
y asid de la mano y traed a Briseida, la de bellas mejillas.
Y si no la entrega, yo mismo en persona puede que la coja
325yendo con más; y eso será todavía más estremecedor para él.»
Tras hablar así, los despachó con este riguroso mandato.
Ambos mal de su grado, bordeando la ribera del proceloso mar,
llegaron a las tiendas y a las naves de los mirmídones,
y lo hallaron junto a la tienda y a la negra nave
330sentado. Realmente no se alegró Aquiles al ver a ambos.
Los dos, por temor y respeto del rey,
se detuvieron sin atreverse a decir ni a preguntar nada.
Pero él se dio cuenta en sus mientes y les dijo:
«¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres!
335Acercaos. No sois vosotros culpables de nada, sino Agamenón,
que a ambos ha despachado en busca de la joven Briseida.
Mas, ea, Patroclo, descendiente de Zeus, saca a la muchacha
y entrégasela para que se la lleven. Sean ambos testigos
ante los felices dioses y ante los mortales hombres,
340y ante él, ante el implacable rey, si alguna otra vez
hay necesidad de mí para apartar un ignominioso estrago
de los demás. Pues con mente funesta se lanza ahora furioso
y no sabe mirar al mismo tiempo hacia delante y hacia atrás,
para que los aqueos luchen por él a salvo junto a las naves.»
345Así habló, y Patroclo obedeció a su compañero,
y sacó de la tienda a Briseida, la de bellas mejillas,
y se la dio para llevarla. Volvieron a las naves de los aqueos,
y la mujer marchó con ellos de mala gana. A su vez, Aquiles
se apartó al punto de sus compañeros y se echó a llorar sentado
350sobre la ribera del canoso mar, mirando al ilimitado ponto.
Muchas plegarias dirigió a su madre, extendiendo los brazos:
«¡Madre! Ya que me diste a luz para una vida efímera,
honor me debió haber otorgado el olímpico
Zeus altitonante. Ahora bien, ni una pizca me ha otorgado,
355pues el Atrida Agamenón, señor de anchos dominios, me
ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder.»
Así habló vertiendo lágrimas, y le oyó su augusta madre
sentada en los abismos del mar al lado de su anciano padre
y al punto emergió, como nubareda de polvo, del canoso mar[11].
360Se sentó delante de él, que seguía vertiendo lágrimas,
lo acarició con la mano, lo llamó con todos sus nombres y dijo:
«¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pena invade tus mientes?
Habla, no la ocultes en tu pensamiento, sepámosla ambos.»
Con hondos suspiros respondió Aquiles, de pies ligeros:
365«Lo sabes. ¿Por qué relatarte todo eso que ya conoces?
Fuimos a Teba, la sacra ciudad de Eetión,
la saqueamos por completo y nos trajimos aquí todo.
Los hijos de los aqueos se distribuyeron el resto con equidad
y seleccionaron para el Atrida a Criseida, de bellas mejillas.
370Entonces Crises, sacerdote de Apolo, que dispara de lejos,
llegó a las veloces naves de los aqueos, de broncíneas túnicas[12],
para liberar a su hija, cargado de inmensos rescates,
llevando en sus manos las ínfulas del flechador Apolo
en lo alto del áureo cetro, y suplicó a todos los aqueos,
375pero, sobre todo, a los dos Atridas, ordenadores de huestes.
Entonces todos los demás aqueos aprobaron unánimes
respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate;
pero no le plugo en su ánimo al Atrida Agamenón,
que lo alejó de mala manera y le dictó un riguroso mandato.
380El anciano se marchó irritado. Y Apolo
le escuchó en su súplica, porque le era muy querido,
y lanzó contra los aqueos su funesto dardo. Las huestes
morían en rápida sucesión, y los venablos del dios recorrían
por doquier el vasto campamento de los aqueos. El adivino,
385gracias a su saber, reveló el vaticinio del arquero,
y al instante yo mandé el primero que se aplacara al dios.
El Atrida entonces fue presa de la ira y al punto se levantó
y profirió una amenaza que ya está cumplida:
a la una con una veloz nave los aqueos, de vivaces ojos,
390la acaban de enviar a Crisa y llevan regalos para el soberano;
y con la otra se han ido de mi tienda ahora mismo los heraldos,
con la muchacha de Briseo, que los hijos de los aqueos me dieron.
Mas tú, si puedes, socorre a tu hijo.
Ve al Olimpo y suplica a Zeus, si es que alguna vez en algo
395has agradado el corazón de Zeus de palabra o también de obra;
pues a menudo te he oído en las salas de mi padre
jactarte, cuando afirmabas que de Zeus, el de oscuras nubes,
tú sola entre los inmortales alejaste un ignominioso estrago,
cuando quisieron atarlo entre todos los demás olímpicos,
400Hera y también Posidón y Palas Atenea.
Mas tú, oh diosa, ascendiste y lo soltaste de las ataduras,
llamando de inmediato al espacioso Olimpo al Centímano,
a quien los dioses llaman Briáreo, y todos los hombres
Egeón, porque él es a su vez más fuerte que su padre[13],
405quien se sentó al lado del Crónida, ufano de su gloria;
los felices dioses sintieron miedo de él y ya no lo ataron.
Recuérdaselo ahora, siéntate a su lado y abraza sus rodillas,
a ver si quiere proteger a los troyanos
y acorralar en las popas y alrededor del mar a los aqueos
410entre gran mortandad, para que todos disfruten de su rey,
y se entere el Atrida Agamenón, señor de anchos dominios,
de su yerro, por no dar satisfacción al mejor de los aqueos.»
Respondióle entonces Tetis, derramando lágrimas:
«¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te crié si en hora aciaga te
415di a luz? ¡Sin llanto y sin pena junto a las naves debiste
quedarte sentado, ya que tu sino es breve y nada duradero!
Temprano ha resultado ser tu hado e infortunado sobre todos
has sido; por eso, para funesto destino te alumbré en palacio.
A comunicar ese mensaje a Zeus, que se deleita con el rayo,
420voy yo misma al muy nevado Olimpo, a ver si me hace caso.
Mas tú ahora, sentado junto a las naves, de ligero curso,
conserva tu cólera contra los aqueos y abstente del combate.
Zeus fue ayer[14] al Océano a reunirse con los intachables etíopes
para un banquete, y todos los dioses han ido en su compañía.
425Al duodécimo día regresará al Olimpo,
y entonces yo iré a la morada, de broncíneo piso, de Zeus
y me abrazaré a sus rodillas, y creo que me hará caso.»
Tras hablar así, se marchó y lo dejó allí mismo,
irritado en su ánimo por la mujer, de bello talle,
430que por la fuerza y contra su voluntad le habían quitado.
En tanto Ulises llegó a Crisa conduciendo la sacra hecatombe.
Cuando arribaron al interior del puerto, de múltiples simas,
arriaron velas y las depositaron en la negra nave,
abatieron el mástil sobre la horquilla, arriándolo con cables
435raudamente, y a remo impulsaron el barco hasta el fondeadero.
Echaron cameras anclas y ataron las amarras de popa.
Saltaron ellos mismos sobre la rompiente del mar
y sacaron la hecatombe en honor del flechador Apolo.
Y salió Criseida de la nave, surcadora del ponto.
440Luego, el muy ingenioso Ulises la condujo hacia el altar,
la puso en manos de su padre y le dijo:
«¡Crises! Agamenón, soberano de hombres, me ha enviado
a traerte a tu hija y a ofrecer a Febo una sacra hecatombe
en favor de los dánaos, para propiciarnos al soberano,
445que ahora ha dispensado deplorables duelos a los argivos.»
Tras hablar así, la puso en sus manos, y él acogió alegre
a su hija. Con ligereza la sacra hecatombe en honor del dios
colocaron seguidamente en torno del bien edificado altar
y se lavaron las manos y cogieron los granos de cebada majada.
450Crises oró en alta voz, con los brazos extendidos a lo alto:
«¡Óyeme, oh tú, el de argénteo arco, que proteges Crisa
y la muy divina Cila, y sobre Ténedos imperas con tu fuerza.
Ya una vez antes escuchaste mi plegaria, y a mí me honraste
e infligiste un grave castigo a la hueste de los aqueos.
455También ahora cúmpleme este otro deseo:
aparta ya ahora de los dánaos el ignominioso estrago.»
Así habló en su plegaria, y le escuchó Febo Apolo.
Tras elevar la súplica y espolvorear granos de cebada majada,
primero echaron atrás las testudes, las degollaron y desollaron;
460despiezaron los muslos y los cubrieron con grasa
formando una doble capa y encima pusieron trozos de carne cruda.
El anciano los asaba sobre unos leños, mientras rutilante vino
vertía; al lado unos jóvenes asían asadores de cinco puntas.
Tras consumirse ambos muslos al fuego y catar las vísceras,
465trincharon el resto y lo ensartaron en brochetas,
lo asaron cuidadosamente y retiraron todo del fuego.
Una vez terminada la faena y dispuesto el banquete,
participaron del festín, y nadie careció de equitativa porción.
Después de saciar el apetito de bebida y de comida,
470los muchachos colmaron crateras[15] de bebida,
que repartieron entre todos tras ofrendar las primicias en copas.
Todo el día estuvieron propiciando al dios con cantos y danzas
los muchachos de los aqueos, entonando un peán[16] en el que
celebraban al Protector; y éste se recreaba la mente al oírlo.
475Cuando el sol se puso y sobrevino la oscuridad,
se acostaron a lo largo de las amarras de popa de la nave,
y al aparecer la hija de la mañana, la Aurora, de rosados dedos,
se hicieron a la mar hacia el vasto campamento de los aqueos;
un próspero viento les enviaba el protector Apolo.
480Izaron el mástil y desplegaron a lo alto las blancas velas,
el viento hinchó de pleno el velamen, y las rizadas olas
gemían a los lados de la quilla al compás del avance de la nave.
Y ésta surcaba olas abajo, llevando a término la ruta.
Mas una vez llegados al vasto campamento de los aqueos,
485remolcaron la negra nave sobre tierra firme,
la vararon arriba en la arena y la calzaron con largas escoras;
y luego ellos se dispersaron por las tiendas y las naves.
Velaba su cólera sentado junto a las naves, de veloz curso,
el hijo de Peleo, descendiente de Zeus, Aquiles, de pies ligeros,
490y ni frecuentaba la asamblea, que otorga gloria a los hombres,
ni el combate, sino que iba consumiendo su corazón
allí quieto y añoraba el griterío de guerra y la batalla.
Pero al llegar a partir de aquel día la duodécima aurora,
entonces volvieron al Olimpo los sempiternos dioses juntos
495con Zeus a la cabeza. Tetis no había olvidado los encargos
de su hijo y emergió de las ondas del mar
y ascendió de mañana al elevado cielo y al Olimpo.
Halló al Crónida, de ancha voz, sentado aparte de los demás
en la cumbre más elevada del Olimpo, lleno de riscos.
500Se sentó delante de él mismo, le abrazó las rodillas
con la izquierda y, asiendo con la diestra su barba por debajo[17],
dijo, suplicante, al soberano Zeus Cronión:
«¡Padre Zeus! Si alguna vez entre los inmortales
te he favorecido de palabra o de obra, cúmpleme este deseo:
505honra a mi hijo, sujeto al más temprano hado entre todos
y a quien, además, ahora Agamenón, soberano de hombres,
ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder.
Mas tú véngalo, providente Zeus Olímpico,
e infunde poderío a los troyanos, hasta que los aqueos
510den satisfacción a mi hijo y lo exalten de honores.»
Así habló, y nada respondió Zeus, que las nubes acumula,
y permaneció un rato sentado en silencio. Tetis, una vez asida
a sus rodillas, seguía así agarrada y preguntó por segunda vez:
«De verdad prométemelo y asiente a ello,
515o deniégalo, ya que no cabe el temor en ti; así sabré bien
hasta qué punto soy la divinidad más vilipendiada entre todas.»
Muy enojado, le respondió Zeus, que las nubes acumula:
«¡Desastres se avecinan, pues me impulsarás a enemistarme
con Hera, cuando ella me provoque con injuriosas palabras!
520Aun sin motivo, una y otra vez entre los inmortales dioses
me recrimina y afirma que protejo a los troyanos en la lucha.
Mas tú ahora márchate de nuevo, no sea que note algo
Hera. De mi cuenta quedará eso para cumplirlo.
¡Ea, asentiré con la cabeza, para que me hagas caso!
525Entre los inmortales esta señal, viniendo de mí, es la prueba
más segura; pues es irrevocable, no tiene engaño
y no queda sin cumplir lo que garantizo con mi asentimiento.»
Dijo, y sobre las oscuras cejas asintió el Cronión;
y las inmortales guedejas del soberano ondearon
530desde la inmortal cabeza, y el alto Olimpo sufrió una honda sacudida.
Los dos, tras deliberar así, se separaron. Ella entonces
se zambulló en el profundo mar desde el resplandeciente Olimpo,
y Zeus volvió a su morada. A una los dioses se incorporaron
de sus asientos a la vista del padre, y ninguno osó aguardar
535quieto su llegada, pues todos se levantaron a su paso.
Sentóse allí, sobre el trono, y no ignoró Hera,
al verlo, que con él había trazado ciertos planes
Tetis, la de argénteos pies, la hija del marino anciano.
Al punto, con mordaces palabras dijo a Zeus Cronión:
540«¿Qué dios, urdidor de dolos, ha trazado esta vez planes
contigo? Siempre te gusta deliberar cuando estás lejos de mí
y tomar decisiones clandestinas, y jamás hasta ahora conmigo
has sido benévolo ni has osado decirme el plan que proyectas.»
Le respondió entonces el padre de hombres y de dioses:
545«Hera, no esperes realmente todos mis propósitos
conocer; difícil para ti será, aun siendo mi esposa.
El que convenga que escuches ningún otro
de los dioses ni de los hombres lo conocerá antes que tú;
mas de los que lejos de los dioses yo quiera decidir
550ni preguntes por cada uno ni trates de indagarlos.»
Le respondió entonces la augusta Hera, de inmensos ojos:
«¡Atrocísimo Crónida! ¿Qué clase de palabra has dicho?
No es excesivo lo que a veces te pregunto y procuro indagar,
sino que muy tranquilo deliberas lo que quieres.
555Mas ahora un temor atroz tengo en mi mente de que te engañe
Tetis, la de argénteos pies, la hija del marino anciano.
Pues al amanecer sentóse junto a ti y te abrazó las rodillas.
Creo que con tu veraz asentimiento le has garantizado honrar
a Aquiles y arruinar a muchos sobre las naves de los aqueos.»
560En respuesta le dijo Zeus, que las nubes acumula:
«¡Desdichada! Siempre sospechas y no logro sustraerme a ti.
Nada, empero, podrás conseguir, sino de mi ánimo
estar más apartada. Y eso para ti aún más estremecedor será.
Si eso es así, es porque así me va a ser caro.
565Mas siéntate en silencio y acata mi palabra,
no sea que ni todos los dioses del Olimpo puedan socorrerte
cuando yo me acerque y te ponga encima mis inaferrables manos.»
Así habló, y sintió miedo la augusta Hera, de inmensos ojos,
y se sentó en silencio, doblegando su corazón:
570Se enojaron en la morada de Zeus los celestiales dioses,
y entre ellos Hefesto, el ilustre artífice, comenzó a hablar,
procurando complacer a su madre, Hera, la de blancos brazos:
«Calamitosas serán estas acciones y ya no tolerables,
si vosotros dos por culpa de unos mortales os querelláis así
575y entre los dioses promovéis reyerta. Tampoco del banquete
magnífico habrá gusto, pues lo inferior está prevaleciendo.
A mi madre yo exhorto, aunque ella misma se da cuenta,
a que procure complacer al padre Zeus, para evitar que vuelva
a recriminarla mi padre y a nosotros nos perturbe el festín.
580Pues el fulminador Olímpico incluso si quiere
de los asientos arrojarnos, es con mucho el más fuerte;
mas tú atráetelo con palabras halagadoras.
Entonces pronto el Olímpico nos será propicio.»
Así habló y alzando una copa de doble asa,
585se la puso a su madre en la mano y le dijo:
«Soporta, madre mía, y domínate, aunque estés apenada;
que a ti, aun siéndome tan querida, no tenga que verte con mis ojos
apaleada. Entonces no podré, aun afligido,
socorrerte, pues doloroso es rivalizar con el Olímpico:
590ya en otra ocasión a mí, ansioso de defenderte,
me arrojó del divino umbral, agarrándome del pie[18].
Y todo el día estuve descendiendo y a la puesta del sol
caí en Lemnos. cuando ya poco aliento me quedaba dentro.
Allí los sinties me recogieron nada más caer.»
595Así habló, y se sonrió Hera, la diosa de blancos brazos,
y tras sonreír aceptó de su hijo en la mano la copa.
Mas él a todos los demás dioses de izquierda a derecha
fue escanciando dulce néctar, sacándolo de la cratera.
Y una inextinguible risa se elevó entre los felices dioses,
600al ver a Hefesto a través de la morada jadeando.
Así entonces durante todo el día hasta la puesta del sol
participaron del festín, y nadie careció de equitativa porción
ni tampoco de la muy bella fórminge, que mantenía Apolo,
ni de las Musas, que cantaban alternándose con bella voz.
605Mas al ponerse la refulgente luz del sol,
se marcharon a acostarse cada uno a su casa,
donde a cada cual una morada el muy ilustre cojitranco,
Hefesto, había fabricado con su mañoso talento.
También a su lecho marchó Zeus, el Olímpico fulminador,
610donde descansaba cada vez que le llegaba el dulce sueño.
Allí subió y se durmió, y a su lado Hera, de áureo trono.
[1] La primera palabra del poema cumple la misma función que el título en los libros modernos. También en la primera frase se indica a partir de qué momento de la leyenda comienza el poema. Los escolios dan títulos a distintas partes del poema, muchas de las cuales coinciden con un canto completo; en el caso del canto I, el título tradicional es el de «Cólera» (Mênis).
[2] El epíteto o bien es un derivado de un nombre de un topónimo de la Tróade o bien hace referencia a la creencia de que el dios Apolo libera de las pestes de ratones caseros. La invocación que aquí hace Crises obedece a la peste que en seguida enviará Apolo contra los aqueos.
[3] Es decir, «negro de ira».
[4] La parte de los sacrificios que arde y, al ascender al cielo, llega hasta los dioses.
[5] La expedición de los diferentes estados griegos pretendía recobrar a Helena, raptada por Paris, y castigar la fechoría de los troyanos.
[6] Aunque Agamenón es el general en jefe de la expedición, hay otros reyes de estados y pueblos independientes, por lo que la autoridad de Agamenón es poco segura siempre y a veces puramente nominal.
[7] La égida es el escudo de piel de cabra que es atributo de Zeus.
[8] Que debe de tener en la mano, pues en la asamblea el que está en uso de la palabra lleva el cetro.
[9] Los héroes del pasado mencionados son lápitas de Tesalia que, ayudados por Teseo de Atenas, lucharon contra los Centauros cuando intentaron durante la celebración de las bodas de Pirítoo e Hipodamía raptar a las mujeres.
[10] Tetis.
[11] Tetis, la madre de Aquiles, es una diosa marina, una hija de Nereo.
[12] El epíteto puede hacer referencia al escudo o a la coraza.
[13] Los demás ejemplos en los que se menciona una denominación distinta en la lengua de los dioses y en la de los hombres son II 813 s., XIV 290 s., XX 74, Od. X 305, XII 61.
[14] Los versos 221 ss. anteriores dan por sentado que Zeus y las demás deidades están ese mismo día en el Olimpo. Otro período de once días, durante el que hay una tregua para el funeral de Héctor, se menciona en XXIV 664 ss. (cf. 784 ss.).
[15] Recipientes donde se mezcla el agua y el vino que luego se escancia en las copas. La transcripción correcta de la forma griega al castellano sería cráter, pero la transliteración caprichosa cratera o crátera se ha hecho común.
[16] Canto o grito de alegría con el que se invoca a Peán, nombre que a veces se aplica a Apolo.
[17] Ésta es la postura típica y ritual del suplicante.
[18] Es probable que se refiera al incidente aludido en XV 18-24. Hubo además otra ocasión en la que Hefesto fue arrojado del Olimpo (cf. XVIII 394 ss.). Una o ambas caídas deben de explicar la cojera del dios.
CANTO II
Los demás dioses y hombres, dueños de carros de guerra,
durmieron toda la noche, mas el grato sueño no dominaba a Zeus,
que dudaba en su mente cómo honrar a Aquiles
y aniquilar a muchos sobre las naves de los aqueos.
5Y he aquí el plan que se le reveló el mejor en su ánimo:
enviar sobre el Atrida Agamenón al pernicioso Ensueño.
Y, dirigiéndose a él, le dijo estas aladas palabras:
«Anda, ve, pernicioso Ensueño, a las veloces naves
de los aqueos, y entra en la tienda del Atrida Agamenón
10y declárale todo muy puntualmente como te encargo:
ordénale que arme a los aqueos, de melenuda cabellera,
en tropel: ahora podría conquistar la ciudad, de anchas calles,
de los troyanos, pues los dueños de las olímpicas moradas,
los inmortales, ya no discrepan, porque a todos ha doblegado
15Hera con súplicas[19], y los duelos se ciernen sobre los troyanos.»
Así habló, y partió el Ensueño al oír este mandato.
Con presteza llegó a las veloces naves de los aqueos
y marchó sobre el Atrida Agamenón. Lo encontró
durmiendo en la tienda; el inmortal sueño se difundía alrededor.
20Se detuvo sobre su cabeza, tomando la figura del hijo de Neleo,
Néstor, a quien de los ancianos más honraba Agamenón.
A él asemejándose, le dirigió la palabra el divino Ensueño:
«Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de caballos.
No debe dormir toda la noche el varón que tiene las decisiones,
25a quien están confiadas las huestes y a cuyo cargo hay tanto.
Ahora atiéndeme pronto, pues soy para ti mensajero de Zeus,
que, aun estando lejos, se preocupa mucho por ti y te compadece.
Ha ordenado que armes a los aqueos, de melenuda cabellera,
en tropel: ahora podrías conquistar la ciudad, de anchas calles,
30de los troyanos, pues los dueños de las olímpicas moradas,
los inmortales, ya no discrepan, porque a todos ha doblegado
Hera con súplicas, y los duelos se ciernen sobre los troyanos
por obra de Zeus. Guarda esto en tus mientes, y que el olvido no
te conquiste cuando el sueño, dulce para las mentes, te suelte.»
35Tras hablar así, se marchó y lo dejó allí mismo
imaginando en su ánimo cosas que no se iban a cumplir:
estaba seguro de conquistar la ciudad de Príamo aquel día,
¡insensato!, no conocía las acciones que Zeus estaba tramando,
pues aún iba a causar dolores y gemidos
40a troyanos y dánaos a lo largo de violentas batallas.
Se despertó del sueño; la divina voz aún se difundía alrededor.
Se sentó incorporándose, se puso la suave túnica,
bella y recién fabricada, y alrededor se echó el gran manto.
En los lustrosos pies se calzó unas bellas sandalias
45y se colgó a hombros la espada, tachonada de clavos de plata.
Cogió el paterno cetro, siempre inconsumible,
y con él fue por las naves de los aqueos, de broncíneas túnicas.
La diosa Aurora subió al vasto Olimpo,
para anunciar la luz a Zeus y a los demás inmortales.
50Él, por su parte, a los heraldos, de sonora voz, ordenó
convocar a asamblea a los aqueos, de melenudas cabelleras.
Aquéllos fueron pregonándola, y éstos se reunieron muy aprisa.
Mas antes citó a sesión al consejo de magnánimos ancianos
junto a la nestórea nave del rey nacido en Pilo.
55A éstos convocó y les expuso su sagaz plan:
«¡Oídme, amigos! El divino Ensueño me ha venido en sueños
durante la inmortal noche; sobre todo a Néstor, de casta de Zeus,
en aspecto, talla y naturaleza muy de cerca se parecía.
Se ha detenido sobre mi cabeza y me ha dirigido estas palabras:
60‘Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de caballos.
No debe dormir toda la noche el varón que tiene las decisiones,
a quien están confiadas las huestes y a cuyo cargo hay tanto.
Ahora atiéndeme pronto, pues soy para ti mensajero de Zeus,
que, aun estando lejos, se preocupa mucho por ti y te compadece.
65Ha ordenado que armes a los aqueos, de melenuda cabellera,
en tropel: ahora podrías conquistar la ciudad, de anchas calles,
de los troyanos, pues los dueños de las olímpicas moradas,
los inmortales, ya no discrepan, porque a todos ha doblegado
Hera con súplicas, y los duelos se ciernen sobre los troyanos
70por obra de Zeus. Guarda esto en tus mientes.’ Tras hablar así,
ha marchado volando, y a mí me ha soltado el dulce sueño.
Ea, veamos cómo logramos que los hijos de los aqueos se armen.
Primero yo los probaré con palabras, como es debido[20],
y les ordenaré huir con las naves, de muchas filas de remeros;
75vosotros procurad por separado retenerlos con vuestros consejos.»
Tras hablar así, se sentó, y entre ellos se levantó
Néstor, que era soberano de la arenosa Pilo.
Lleno de buenos sentimientos hacia ellos, tomó la palabra y dijo:
«¡Amigos, de los argivos príncipes y caudillos!
80Si algún otro de los aqueos hubiera relatado el sueño,
afirmaríamos que es mentira y nos alejaríamos con más razón.
Mas lo ha visto quien se jacta de ser el mejor de los aqueos.
Ea, veamos cómo logramos que los hijos de los aqueos se armen.»
Tras hablar así, fue el primero en salir del consejo,
85y se levantaron e hicieron caso al pastor de huestes
los reyes, portadores de cetro. Se precipitaron detrás las huestes.
Como las tribus de las espesas abejas salen
de una hueca roca en permanente procesión,
vuelan en racimos sobre las primaverales flores
90y en multitud revolotean, unas aquí y otras allá,
tan numerosas tribus de guerreros desde las naves y las tiendas
delante de la profunda costa desfilaban
en compactas escuadras hacia la asamblea. En medio ardía la Fama,
mensajera de Zeus, instándolos a acudir, y ellos se reunieron.
95Estaba alborotada la asamblea, la tierra gemía debajo
al sentarse las huestes, y había gran bullicio. Nueve heraldos
pugnaban a voces por contenerlos, por ver si al fin el clamor
detenían y podían escuchar a los reyes, criados por Zeus.
A duras penas se sentó la hueste y enmudecieron en los asientos,
100poniendo fin al griterío. Y el poderoso Agamenón se levantó
empuñando el cetro, que Hefesto había fabricado con esmero.
Hefesto se lo había dado al soberano Zeus Cronión;
por su parte, Zeus se lo había dado al mensajero Argicida.
El soberano Hermes se lo dio a Pélope, fustigador de caballos,
105y, a su vez, Pélope se lo había dado a Atreo, pastor de huestes.
Atreo, al morir, se lo había dado a Tiestes, rico en corderos,
y, a su vez, Tiestes se lo dejó a Agamenón para que lo llevara
y fuera el soberano de numerosas islas y de todo Argos[21].
En él apoyándose, dijo entre los argivos estas palabras:
110«¡Amigos, héroes dánaos, escuderos de Ares!
Zeus Crónida me ha atado fuertemente con pesada ofuscación,
¡el cruel!, que antes me prometió y garantizó con su asentimiento
que regresaría tras saquear la bien amurallada Ilio,
y ahora ha decidido un pérfido engaño y me ordena
115regresar a Argos sin gloria, tras perder numerosa hueste.
Así parece que va a ser grato al prepotente Zeus,
que ha demolido las cumbres de numerosas ciudades
y aún destruirá otras, pues su poder es el más excelso.
Vergonzoso es que se enteren de esto los hombres venideros:
120de que tal y tan numerosa hueste de aqueos en vano
está combatiendo y luchando en ineficaz combate
contra menos hombres, y que el final aún no está a la vista.
Pues si los aqueos y los troyanos deseáramos sancionar
con sacrificios leales juramentos y contar ambos bandos,
125y seleccionáramos a cuantos troyanos hay en sus hogares,
y nosotros, los aqueos, nos distribuyéramos en grupos de diez
y cada grupo escogiéramos un troyano para escanciarnos vino,
muchas décadas carecerían de escanciador.
Tanto más numerosos aseguro que somos los hijos de los aqueos
130que los troyanos que habitan la ciudad. Mas tienen aliados
venidos de muchas ciudades, guerreros que blanden la pica,
que me hacen vagar a gran distancia y que me impiden
muy a mi pesar arrasar la bien habitada ciudadela de Ilio.
Nueve son los años del excelso Zeus que han transcurrido,
135y la madera de las naves está carcomida y las sogas sueltas.
Nuestras esposas e infantiles hijos
están sentados en las salas aguardando, y la empresa
por la que vinimos aquí se halla incumplida.
Mas, ea, como yo os voy a decir, hagamos caso todos:
140huyamos con las naves a nuestra tierra patria,
pues ya no conquistaremos Troya, la de anchas calles.»
Así habló, y en el pecho se les conmovió el ánimo
a todos los de la multitud que no habían asistido al consejo.
Se agitó la asamblea como las extensas olas del mar
145—del ponto icario—, que tanto el Euro como el Noto
alzan al irrumpir impetuosos desde las nubes del padre Zeus.
Como cuando el Zéfiro al sobrevenir menea la densa mies,
soplando pujante por encima, y cae sobre las espigas y las comba,
así se agitó toda la asamblea. Entre alaridos
150se lanzaron a las naves, y bajo sus pies una nube de polvo
se iba levantando y ascendiendo. Unos a otros se ordenaban
echar mano a las naves y remolcarlas a la límpida mar,
y limpiaban los canales. Al cielo llegó el clamor de aquéllos,
ávidos de regresar a casa. Y quitaban las escoras de las naves.
155Entonces se habría producido el regreso de los argivos
contra el destino, si Hera no hubiera dicho a Atenea:
«¡Ay, vástago de Zeus, portador de la égida, indómita!
Así a casa, a su tierra patria, se disponen ya
a huir los argivos sobre los anchos lomos del mar,
160y dejarían como galardón para Príamo y para los troyanos
a la argiva Helena, por cuya causa muchos de los aqueos
han perecido en Troya lejos de la tierra patria.
Ve ahora por la hueste de los aqueos, de broncíneas túnicas,
y con tus amables palabras retén a cada hombre
165y no los dejes remolcar al mar las maniobreras naves.»
Así habló, y no desobedeció Atenea, la ojizarca diosa.
Descendió de las cumbres del Olimpo presurosa,
y con presteza llegó a las veloces naves de los aqueos.
Encontró en seguida a Ulises, émulo de Zeus en ingenio,
170parado; no había tocado la negra nave, de bellos bancos,
pues la tristeza le invadía el ánimo y el corazón.
Deteniéndose cerca, le dijo la ojizarca Atenea:
«¡Laertíada del linaje de Zeus! ¡Ulises fecundo en ardides!
¿Así a casa, a vuestra tierra patria, os disponéis ya
175a huir cayendo en las naves, de muchas filas de remeros,
y dejaríais como galardón para Príamo y para los troyanos
a la argiva Helena, por cuya causa muchos de los aqueos
han perecido en Troya lejos de la tierra patria?
Mas ve ahora por la hueste de los aqueos, no cejes todavía
180y con tus amables palabras retén a cada hombre
y no los dejes remolcar al mar las maniobreras naves.»
Así dijo, y él comprendió que la voz de la diosa había hablado.
Echó a correr y tiró la capa, que le recogió
Euríbates, el heraldo itacense que le acompañaba.
185Él, por su parte, yendo al encuentro del Atrida Agamenón
recibió su ancestral cetro, siempre inconsumible,
y con él fue por las naves de los aqueos, de broncíneas túnicas.
A cada rey y sobresaliente varón que encontraba,
con amables palabras lo retenía, deteniéndose a su lado:
190«¡Infeliz! No procede infundirte miedo como a un cobarde;
sé tú mismo quien se siente y detenga a las demás huestes.
Pues aún no sabes con certeza la intención del Atrida.
Ahora nos prueba, mas pronto castigará a los hijos de los aqueos.
¿No hemos escuchado todos en el consejo qué ha dicho?
195Cuida de que su ira no cause daño a los hijos de los aqueos.
Grande es la animosidad de los reyes, criados por Zeus.
Su honra procede de Zeus, y el providente Zeus lo ama.»
Mas al hombre del pueblo que veía y encontraba gritando,
con el cetro le golpeaba y le increpaba de palabra:
200«¡Infeliz! Siéntate sin temblar y atiende a los demás,
que son más valiosos. Tú eres inútil y careces de coraje:
ni en el combate nunca se te tiene en cuenta ni en la asamblea.
De ninguna manera seremos reyes aquí todos los aqueos.
No es bueno el caudillaje de muchos; sea uno solo el caudillo,
205uno solo el rey, a quien ha otorgado el taimado hijo de Crono
el cetro y las leyes, para decidir con ellos en el consejo.»
Así recorrió como caudillo el campamento. A la asamblea
de nuevo se precipitaron desde las naves y las tiendas
entre ecos, como cuando la hinchada ola del fragoroso mar
210en una gran playa brama, y el ponto retumba.
Todos se fueron sentando y se contuvieron en sus sitios.
El único que con desmedidas palabras graznaba aún era Tersites,
que en sus mientes sabía muchas y desordenadas palabras
para disputar con los reyes locamente, pero no con orden,
215sino en lo que le parecía que a ojos de los argivos ridículo
iba a ser. Era el hombre más indigno llegado al pie de Troya:
era patizambo y cojo de una pierna; tenía ambos hombros
encorvados y contraídos sobre el pecho; y por arriba
tenía cabeza picuda, y encima una rala pelusa floreaba.
220Era el más odioso sobre todo para Aquiles y para Ulises,
a quienes solía recriminar. Mas entonces al divino Agamenón
injuriaba en un frenesí de estridentes chillidos. Los aqueos
le tenían horrible rencor y su ánimo se llenó de indignación.
Mas él con grandes gritos recriminaba a Agamenón de palabra:
225«¡Atrida! ¿De qué te quejas otra vez y de qué careces?
Llenas están tus tiendas de bronce, y muchas mujeres
hay en tus tiendas para ti reservadas, que los aqueos
te damos antes que a nadie cuando una ciudadela saqueamos.
¿Es que aún necesitas también el oro que te traiga alguno
230de los troyanos, domadores de caballos, de Ilio como rescate
por el hijo que hayamos traído atado yo u otro de los aqueos,
o una mujer joven, para unirte con ella en el amor,
y a la que tú solo retengas lejos? No está bien
que quien es el jefe arruine a los hijos de los aqueos.
235¡Blandos, ruines baldones, aqueas, que ya no aqueos!
A casa, sí, regresemos con las naves, y dejemos a éste
aquí mismo en Troya digerir el botín, para que así vea
si nosotros contribuimos o no en algo con nuestra ayuda
quien también ahora a Aquiles, varón muy superior a él,
240ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder.
Mas no hay ira en las mientes de Aquiles, sino indulgencia;
si no, Atrida, ésta de ahora habría sido tu última afrenta.»
Así habló recriminando a Agamenón, pastor de huestes,
Tersites. A su lado pronto se plantó el divino Ulises
245y, mirándolo con torva faz, le amonestó con duras palabras:
«¡Tersites, parlanchín sin juicio! Aun siendo sonoro orador,
modérate y no pretendas disputar tú solo con los reyes.
Pues te aseguro que no hay otro mortal más vil que tú
de cuantos junto con los Atridas vinieron al pie de Ilio.
250Por eso no deberías poner el nombre de los reyes en la boca
ni proferir injurias ni acechar la ocasión para regresar.
Ni siquiera aún sabemos con certeza cómo acabará esta empresa,
si volveremos los hijos de los aqueos con suerte o con desdicha.
Por eso ahora al Atrida Agamenón, pastor de huestes,
255injurias sentado, porque muchas cosas le dan
los héroes dánaos. Y tú pronuncias mofas en la asamblea.
Mas te voy a decir algo, y eso también quedará cumplido:
si vuelvo a encontrarte desvariando como en este momento,
ya no tendría entonces Ulises la cabeza sobre los hombros
260ni sería ya llamado padre de Telémaco,
si yo no te cojo y te arranco la ropa,
la capa y la túnica que cubren tus vergüenzas,
y te echo llorando a las veloces naves
fuera de la asamblea, apaleado con ignominiosos golpes.»
265Así habló, y con el cetro la espalda y los hombros
le golpeó. Se encorvó, y una lozana lágrima se le escurrió.
Un cardenal sanguinolento le brotó en la espalda
por obra del áureo cetro, y se sentó y cobró miedo.
Dolorido y con la mirada perdida, se enjugó el llanto.
270Y los demás, aun afligidos[22], se echaron a reír de alegría.
Y así decía cada uno, mirando al que tenía próximo:
«¡Qué sorpresa! Ulises es autor de hazañas sin cuento
por las buenas empresas que inicia y el combate que apresta;
mas esto de ahora es lo mejor que ha hecho entre los argivos:
275cerrarle la boca a éste, un ultrajador que dispara palabrería.
Seguro que su arrogante ánimo no le volverá a impulsar otra vez
a recriminar a los reyes con injuriosas palabras.»
Así decía la multitud, y Ulises, saqueador de ciudades,
se levantó con el cetro en la mano. Al lado, la ojizarca Atenea,
280tomando la figura de un heraldo, mandó a la hueste callar,
para que los hijos de los aqueos, desde el primero al último,
escucharan su proyecto y meditaran su consejo.
Lleno de buenos sentimientos hacia ellos, tomó la palabra y dijo:
«¡Atrida! Ahora a ti, soberano, quieren los aqueos
285dejarte como el más desmentido entre los míseros mortales,
y pretenden no cumplir la promesa que te hicieron cuando aún
estaban en ruta hacia aquí desde Argos, pastizal de caballos:
regresar sólo tras haber saqueado la bien amurallada Ilio;
pues he aquí que como tiernos niños o como mujeres viudas,
290unos con otros se lamentan de que quieren regresar a casa.
Cierto que es dura tarea regresar a casa lleno de tristeza;
cualquiera que permanece un solo mes lejos de su esposa
con la nave, de numerosos bancos, se impacienta,
si los vendavales invernales y el mar encrespado lo acorralan.
295Para nosotros este que pasa girando es ya el noveno año
que aguantamos aquí. Por eso no puedo vituperar a los aqueos
por impacientarse junto a las corvas naves. Pero, aun así,
es una vergüenza aguantar aquí tanto tiempo y volver de vacío.
Resistid, amigos, y permaneced un tiempo, hasta que sepamos
300si el vaticinio de Calcante es verídico o no.
Lo recordamos bien en nuestras mientes, y de ello sois todos
testigos, excepto a quienes las parcas de la muerte llevaron.
Parece que fue ayer o anteayer cuando las naves de los aqueos
se unieron en Áulide para traer la ruina a Príamo y los troyanos,
305y nosotros estábamos alrededor del manantial en sacros altares
sacrificando en honor de los inmortales cumplidas hecatombes
bajo un bello plátano de donde fluía cristalina agua. Entonces
apareció un gran portento: una serpiente de lomo rojo intenso,
pavorosa, que seguro que el Olímpico en persona sacó a la luz,
310y que emergió de debajo del altar y se lanzó al plátano.
Allí había unos polluelos de gorrión recién nacidos, tiernas criaturas
sobre la cimera rama, acurrucados de terror bajo las hojas:
eran ocho, y la novena era la madre que había tenido a los hijos.
Entonces aquélla los fue devorando entre sus gorjeos lastimeros,
315y a la madre, que revoloteaba alrededor de sus hijos llena de pena,
con sus anillos la prendió del ala mientras piaba alrededor.
Tras devorar a los hijos del gorrión y a la propia madre,
la hizo muy conspicua el dios que la había hecho aparecer;
pues la convirtió en piedra el taimado hijo de Crono.
320Y nosotros, quietos de pie, admirábamos el suceso.
Tan graves prodigios interrumpieron las hecatombes de los dioses.
Calcante entonces tomó la palabra y pronunció este vaticinio:
‘¿Por qué os quedáis suspensos, aqueos, de melenuda cabellera?
El providente Zeus nos ha mostrado este elevado portento,
325tardío en llegar y en cumplirse, cuya gloria nunca perecerá.
Igual que ésa ha devorado a los hijos del gorrión y a la madre,
los ocho, y la novena era la madre que había tenido a los hijos,
también nosotros combatiremos allí el mismo número de años
y al décimo tomaremos la ciudad, de anchas calles’.
330Eso es lo que aquél proclamó, y todo se está cumpliendo ahora.
Mas, ea, permaneced todos, aqueos, de buenas grebas,
aquí mismo hasta conquistar la elevada ciudad de Príamo.»
Así habló, y los argivos gritaron —las naves alrededor
resonaron pavorosamente a causa del griterío de los aqueos—,
335elogiando la propuesta del divino Ulises.
También tomó la palabra Néstor, el anciano conductor de carros:
«¡Qué sorpresa! Realmente habláis en la asamblea como niños
chiquititos a quienes nada importan las empresas guerreras.
¿Por dónde, decidme, se irán convenios y juramentos?
340En el fuego ojalá ya estuvieran consejos y afanes de hombres,
pactos sellados con vino puro y diestras en las que confiábamos.
Inútilmente estamos porfiando con palabras, y ningún remedio
somos capaces de hallar después del tiempo que llevamos aquí.
¡Atrida! Tú, igual que antes, con inquebrantable decisión
345sigue mandando sobre los argivos en las violentas batallas
y deja a éstos, que sólo serán uno o dos, que sin los aqueos
proyecten por su cuenta —nada se les cumplirá—
ir a Argos, incluso antes de cerciorarse sobre
si es o no mentira la promesa de Zeus, portador de la égida.
350Afirmo con seguridad que asintió el prepotente Cronión
aquel día en que partieron en las naves, de ligero curso,
los argivos para traer a los troyanos la matanza y la parca,
cuando relampagueó a nuestra derecha dando buenos auspicios.
Por eso, que nadie se apresure aún a regresar a casa
355antes de acostarse con la esposa de alguno de los troyanos
y cobrarse venganza por la brega y los llantos por Helena.
Si alguno quiere con terrorífica ansia regresar a casa,
que ponga la mano en su negra nave, de buenos bancos:
así alcanzará antes que los demás la muerte y el hado.
360Traza, soberano, un buen plan y acata el consejo de otro.
No va a ser desdeñable la advertencia que te voy a hacer:
distribuye a los hombres por tribus y clanes, Agamenón,
de modo que el clan defienda al clan, y la tribu a la tribu.
En caso de que obres así y te obedezcan los aqueos,
365pronto sabrás quién de los jefes o huestes es cobarde,
y quién es valeroso, pues lucharán por grupos separados;
y sabrás si por deseo divino no vas a asolar la ciudad
o por la cobardía e impericia de los hombres en el combate.»
En respuesta le dijo el poderoso Agamenón:
370«Otra vez, anciano, has superado a los hijos de los aqueos
en la asamblea. ¡Zeus padre, Atenea y Apolo, ojalá
tuviera yo diez consejeros así entre los aqueos!
Entonces pronto se combaría la ciudad del soberano Príamo,
bajo nuestras manos conquistada y saqueada.
375Mas me ha causado dolores Zeus Crónida, portador de la égida,
que es quien me arroja entre ineficaces disputas y querellas.
También ahora Aquiles y yo hemos reñido por una muchacha
con enfrentadas palabras, y yo fui el primero en irritarme.
Si una vez llegamos a coincidir en una decisión única, ya no
380habrá para los troyanos ni la más mínima demora en su ruina.
Ahora id a comer, para que luego trabemos marcial lucha.
Bien cada uno afile la lanza, bien colóquese el escudo,
bien dé cada uno el pienso a los caballos, de ligeros cascos,
e inspeccione bien los lados del carro con miras al combate,
385porque todo el día tomaremos como árbitro al abominable Ares.
Pues no habrá entre tanto ni siquiera el más mínimo descanso,
sino la noche, que al llegar separará la furia de los guerreros.
Sudará alrededor del pecho el tahalí del broquel, que cubre
entero al mortal[23], y se fatigará la mano de empuñar la pica;
390y sudará el caballo por el esfuerzo de tirar del pulido carro.
Al que yo vea que por su voluntad lejos de la lucha
trata de quedarse junto a las corvas naves, no habrá para él
medio de librarse de los perros y de las aves de rapiña.»
Así habló, y los argivos prorrumpieron en gritos, como el oleaje
395cuando el Noto viene y lo encrespa contra un elevado acantilado,
saliente atalaya que nunca dejan en reposo las hinchadas olas
que diversos vientos levantan al soplar aquí y allá.
Y, levantándose, partieron y se dispersaron por las naves.
Ahumaron con el fuego las tiendas y tomaron la comida.
400Cada uno hizo un sacrificio a uno de los sempiternos dioses,
implorando huir de la muerte y del fragor de Ares.
Por su parte, Agamenón, soberano de hombres, sacrificó un buey
pingüe, cinqueño, en honor del prepotente Cronión
e invitó a los ancianos paladines del bando panaqueo:
405a Néstor, ante todo, y al soberano Idomeneo,
y luego a los dos Ayantes y al hijo de Tideo,
y en sexto lugar a Ulises, émulo de Zeus en ingenio.
Por su cuenta fue Menelao, valeroso en el grito de guerra,
pues sabía en su ánimo qué apremiado estaba su hermano.
410De pie en torno del buey cogieron los granos de cebada majada
y en el centro pronunció una plegaria el poderoso Agamenón:
«¡Oh Zeus, el más glorioso y excelso, de oscuras nubes,
morador del éter! Que no se ponga el sol ni venga la oscuridad
hasta que yo abata de bruces la ahumada viga maestra
415del palacio de Príamo, prenda con fuego abrasador la chambrana
y desgarre alrededor del pecho la hectórea túnica, hecha
jirones con el bronce. Y que muchos compañeros a su alrededor
de bruces en el polvo muerdan con sus dientes la tierra.»
Así habló, pero aún no iba a cumplir su plegaria el Cronión,
420que aceptó las víctimas, sino que aumentó su nada envidiable faena.
Tras hacer la súplica y espolvorear los granos de cebada majada,
echaron atrás las cabezas de las víctimas, y las degollaron
y desollaron; despiezaron los muslos y los cubrieron con grasa
formando una doble capa y encima pusieron trozos de carne cruda.
425Los fueron quemando con astillas sin hojas, pincharon
las entrañas en espetones y las dejaron al fuego de Hefesto.
Después de consumirse los muslos al fuego y catar las vísceras,
trincharon el resto y lo ensartaron en brochetas,
lo asaron cuidadosamente y retiraron todo del fuego.
430Terminada la faena y dispuesto el banquete,
participaron del festín, y nadie careció de equitativa porción.
Después de saciar el apetito de bebida y de comida,
entre ellos tomó la palabra Néstor, anciano conductor de carros:
«¡Gloriosísimo Agamenón Atrida, soberano de hombres!
435No sigamos hablando más otra vez, ni todavía largo rato
demoremos la acción que el dios pone en nuestras manos.
Los heraldos a la hueste de los aqueos, de broncíneas túnicas,
convoquen y congreguen junto a las naves;
y nosotros, juntos como aquí, el ancho ejército de los aqueos
440recorramos, para despertar cuanto antes al feroz Ares[24].»
Así habló, y no lo desatendió Agamenón, soberano de hombres,
que al punto ordenó a los heraldos, de sonora voz,
pregonar alarma a los aqueos, de melenuda cabellera.
Aquéllos fueron pregonándola, y éstos se reunieron muy aprisa.
445A ambos lados del Atrida, los reyes, criados por Zeus, corrían
enardecidos haciéndolos formar, y en medio la ojizarca Atenea
con la muy venerable égida, incólume a la vejez y a la muerte,
de la que penden, enteramente áureos, cien borlones,
todos bellamente trenzados y del valor de cien bueyes cada uno.
450Con ella atravesó presurosa la hueste de los aqueos,
instándolos a marchar, e infundió a cada uno brío
en el corazón para combatir y luchar con denuedo.
En seguida el combate les resultó más dulce que regresar
en las huecas naves a la querida tierra patria.
455Igual que el voraz fuego abrasa un indescriptible bosque
en las cimas de un monte, y desde lejos brilla la claridad,
así desde el portentoso bronce de los que iban en marcha
el luminoso fulgor ascendió por el éter y llegó al cielo.
Como las numerosas razas de las volátiles aves,
460gansos o grullas o cisnes, de luengos cuellos,
en la asiática pradera a los lados de los cauces del Caístro
revolotean acá y allá gallardas con sus alas, posándose
más adelante entre gritos, y el prado se llena de algarabía,
tan numerosas eran las tribus de los que desde naves y tiendas
465afluían a la llanura escamandria; y por debajo la tierra
pavorosamente resonaba bajo los pasos de los guerreros y los caballos.
Se detuvieron en la florida pradera escamandria,
incontables como las hojas y flores que nacen en primavera.
Igual que las bandadas numerosas de espesas moscas
470que vagan con errantes giros por el pastoril establo
en la estación primaveral, cuando las cántaras rezuman de leche,
tantos aqueos, de melenuda cabellera, frente a los troyanos
se fueron apostando en el llano, ávidos de hacerles añicos.
Como los cabreros a los talados rebaños de cabras
475disgregan fácilmente de los ajenos al mezclarse en el pasto,
así los jefes los ordenaban en grupos separados aquí y allá
para ir a la batalla y, en medio, el poderoso Agamenón,
con los ojos y la cabeza como Zeus, que se deleita con el rayo,
con la cintura como Ares, y con el pecho como Posidón.
480Igual que en la vacada el buey más sobresaliente de todos,
el toro, se destaca entre las vacas reunidas a su alrededor,
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