Kitabı oku: «Tratado de excitantes modernos»

Honoré de Balzac
Tratado de los excitantes modernos

| Balzac, Honoré deTratado de excitantes modernos. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012. - (Trazos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-212-21. Literatura Francesa.CDD 843 |
Traducción: Iair Kon
Ilustración de Tapa: Nicolás Arispe
Diseño: Débora Kapustiansky
Este libro de realizó con el apoyo de la Dirección General de Industria, Comercio y Servicios de la Subsecretaría de Producción, G.C.B.A.
© Libros del Zorzal, 2008
Buenos Aires, Argentina
Libros del Zorzal
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
I. Planteo de la cuestión | 5
II. Del aguardiente | 11
III. Del café | 17
IV. Del tabaco | 24
V. Conclusiones | 31
I. Planteo de la cuestión
La absorción de cinco sustancias, descubiertas hace casi dos siglos e introducidas en la economía humana, registra desde hace algunos años una expansión tan desmedida que las sociedades modernas pueden resultar considerablemente modificadas a causa de ello.
Estas cinco sustancias son:
1- El aguardiente o alcohol, base de todos los licores, cuya aparición data de los últimos años del reino de Luis XIV, y que fueron inventados para confortarlo en su fría vejez.
2- El azúcar. Esta sustancia ha invadido la alimentación popular en fecha reciente, cuando la industria francesa estuvo en condiciones de producirla en grandes cantidades y restablecer su antiguo precio, que sin duda seguirá bajando, pese al fisco que la acecha para gravarla.
3- El té, conocido desde hace unos cincuenta años.
4- El café. Aunque antiguamente descubierto por los árabes, en Europa, este excitante empezó a consumirse en grandes cantidades hacia la mitad del siglo XVIII.
5- El tabaco, cuyo consumo por combustión se generalizó después de la paz en Francia.
Para comenzar, examinemos esta cuestión desde la perspectiva más general.
Una porción indeterminada de fuerza humana se aplica a la satisfacción de una necesidad; esto último origina esa sensación, variable según los temperamentos y según los climas, a la que llamamos placer. Nuestros órganos son los ministros de nuestros placeres. Casi todos tienen una doble finalidad: aprehenden sustancias y las incorporan en nosotros; luego, las restituyen, total o parcialmente, bajo cualquier otra forma, al receptáculo común, la tierra. Estas pocas palabras constituyen la química de la vida humana.
Los científicos no podrán rebatir esta fórmula. No hallarán ustedes un solo sentido –y por sentido hay que entender todo su aparato– que no obedezca a esta regla fundamental, sea cual fuere el órgano en que se localice. Todo exceso se funda en un placer que el hombre quiere repetir más allá de las leyes ordinarias promulgadas por la naturaleza. Cuanto menos ocupada está la fuerza humana tanto más tiende al exceso; el pensamiento la conduce a él irresistiblemente.
1
Para el hombre social, vivir es desgastarse más o menos rápido.
De ello se sigue que, cuanto más civilizadas y tranquilas son las sociedades, más avanzan en el camino de los excesos. La paz es un estado funesto para ciertos individuos. Quizá sea esto lo que hizo decir a Napoleón: “La guerra es un estado natural”.
Para absorber, reabsorber, descomponer, asimilar, restituir o recrear cualquier sustancia, operaciones que constituyen el mecanismo de todo placer sin excepción, el hombre envía su fuerza, o una parte de su fuerza, a aquel o aquellos órganos que ofician de ministros del placer predilecto.
La Naturaleza dispone que todos los órganos participen de la vida en proporciones iguales, mientras que la sociedad desarrolla en los hombres una suerte de inclinación por tal o cual placer, cuya satisfacción provee a tal o cual órgano más fuerza de la que debe recibir, y en muchos casos incluso toda la fuerza; para asegurar el funcionamiento de ese órgano, los afluentes privan de fuerza a los demás, y esa privación es proporcional a la cantidad que se destina al órgano ávido. Eso puede dar origen a muchas enfermedades y produce, en última instancia, la abreviación de la vida. Esta teoría es pavorosamente cierta, como todas aquellas que se basan en hechos, en vez de ser promulgadas a priori. Si uno concentra toda su actividad vital en el cerebro mediante trabajos intelectuales constantes, la fuerza se desplegará en él, dilatará sus delicadas membranas, enriquecerá su pulpa; pero habrá abandonado en tal modo los órganos inferiores que el hombre de genio descubrirá en ellos la enfermedad que los médicos muy decentemente han llamado frigidez. Por el contrario, si uno pasa su vida al pie de divanes ocupados por mujeres infinitamente atractivas, si se enamora intrépidamente, no tardará en convertirse en un verdadero franciscano sin hábito. La inteligencia es incapaz de funcionar en las altas esferas de la concepción. La verdadera fuerza se encuentra entre esos dos excesos. Cuando un hombre de genio lleva una vida intelectual y amorosa a la vez, muere como murieron Rafael y lord Byron. Si es casto, muere por exceso de trabajo; si no lo es, lo mata el desenfreno en los placeres sensuales; no obstante, esa clase de muerte es muy poco frecuente. El exceso de tabaco, el exceso de café, el exceso de opio y de aguardiente producen graves desórdenes y conducen a una muerte precoz. El órgano, continuamente irritado, continuamente estimulado, se hipertrofia: adquiere un volumen anómalo, sufre y vicia la máquina, que acaba por sucumbir.
Cada cual es dueño de sí mismo, según la ley moderna; pero, si los elegibles y los proletarios que leen estas páginas creen que sólo se dañan a sí mismos al fumar como chimeneas o beber como esponjas, se equivocan extrañamente: adulteran la raza, envilecen la generación; de ahí la ruina de tantos países. Una generación no tiene derecho a degradar a la siguiente.
2
La alimentación es la generación.
Grabemos este axioma con letras de oro en nuestros comedores. Es extraño que Brillat-Savarin1, tras haber reclamado a la ciencia el desarrollo de la nomenclatura de los sentidos, del sentido genésico, haya olvidado señalar la relación que existe entre los productos del hombre y las sustancias que pueden cambiar las condiciones de su vitalidad. Me hubiese gustado leer en su obra el siguiente axioma:
3
La marea produce a las niñas, la carnicería hace a los varones; el panadero es el padre del pensamiento.
El destino de un pueblo depende de su alimentación y de su régimen. Los cereales crearon a los pueblos artistas. El aguardiente destruyó a las razas indígenas. Considero que Rusia es una autocracia gobernada por el alcohol. ¿Quién sabe si el abuso del chocolate no ha tenido alguna incidencia en la degradación de la nación española, que, en el momento del descubrimiento del chocolate, estaba por reinstaurar el Imperio Romano? El tabaco ya condenó a los turcos, a los holandeses; y amenaza Alemania. Ninguno de nuestros hombres de Estado, que por lo general están más ocupados en sí mismos que en la cosa pública –a menos que consideremos sus vanidades, sus amantes y sus capitales como cosa pública– sabe adónde acabará Francia con sus excesos de tabaco, su consumo de azúcar y de aguardiente, la sustitución del trigo por la papa, etcétera.
Compárese la coloración y la contextura de los grandes hombres actuales con los de siglos pasados: ambas resumen las generaciones y las costumbres de una época. ¿Cuántos talentos no hemos visto abortar hoy, extenuados tras una primera obra enfermiza? Nuestros padres son los autores de las mezquinas voluntades de nuestro tiempo.
Expongo a continuación el resultado de un experimento realizado en Londres, cuya veracidad me garantizaron dos personas dignas de confianza: un científico y un político; dicho experimento se relaciona directamente con el tema que vamos a abordar.
El gobierno inglés permitió disponer de la vida de tres condenados a muerte; les dio la opción de ser colgados, según el procedimiento usual en aquel país, o de vivir exclusivamente uno de café; el otro, de té; el otro, de chocolate, sin añadir ningún otro alimento, sea cual fuere su naturaleza, ni beber otros líquidos. Los muy astutos aceptaron. Es probable que cualquier otro condenado hubiese hecho lo mismo. Como cada alimento ofrecía alguna posibilidad de supervivencia, echaron a suerte la decisión.
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