Kitabı oku: «La caída del Imperio ruso»




A la memoria de mi padre, José Refugio Reyes Rodríguez.
Sus relatos de fogata encendieron desde niño mi curiosidad por indagar los misterios de la vida.

La familia real rusa, 1914. Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, división de impresos y fotografías (número de reproducción LC-DIG-ggbain-14685).

Contenido
Notas del autor
Introducción
Primer acto: La caída
El hombre de Pokrovskoye
La familia Romanov
Alejandra y su búsqueda
La sangre
El místico y su poder
La tragedia
Segundo acto: El testimonio
Anastasia Manaham
Los restos
Inicia la aventura forense
El testimonio de las mitocondrias
Ana Anderson
La segunda tumba
El incidente japonés
La hemofilia de Alexei
Glosario
Lista de ilustraciones
Fuentes consultadas
Agradecimientos

Notas del autor
Esta obra construye un marco biológico en torno a la historia de la caída de la última familia imperial rusa, constituida por el zar Nicolás II, la zarina Alejandra, las duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, y el zarevich Alexei. Difiere de la historia convencional en que está enfocada en los fenómenos y pruebas genéticas que tanto influyeron en el desarrollo de los hechos como en su dilucidación. La tesis general es que la hemofilia de Alexei, una enfermedad genética, fue la condición detonadora en un momento histórico y social propicio para el fin del imperio. Asimismo, argumento que los avances en la genética, principalmente en lo que se refiere a las técnicas genómicas, fueron la clave para el fin de la controversia sobre la muerte de la familia.
Por lo que respecta a la historia convencional, he recurrido a las fuentes más confiables en lo que se refiere a libros y algunos artículos. Dos libros fueron piezas fundamentales en el tejido de esta obra: The Romanovs: The Final Chapter de Robert K. Massie y Rasputin: The Untold Story de Joseph T. Fuhrmann. Al final de esta obra, el lector podrá encontrar la lista de fuentes bibliográficas sobre las cuales me apoyé.
Al hablar de la Rusia de 1918 hacia atrás, se encuentra uno con el problema de los calendarios. El calendario Juliano se utilizó en Rusia hasta enero de 1918, y el calendario Gregoriano se adoptó a partir de febrero del mismo año. Así, el 1 de febrero de 1918 en el calendario Juliano (llamado también “viejo estilo”), pasó a ser el 14 de febrero en el nuevo sistema. Para fechas del siglo XX, la conversión de calendario Juliano a Gregoriano se logra añadiendo 13 días a la fecha del primero, en cambio para el siglo XIX el retraso del calendario Juliano es de 12 días. En este libro adopté la convención de fechar todos los eventos ocurridos en Rusia antes de febrero de 1918 con el calendario Juliano, y las fechas subsecuentes con el calendario Gregoriano. Para evitar confusiones, a todas las fechas del viejo estilo les añadí la etiqueta de calendario Juliano, mientras que las fechas del nuevo estilo no las etiqueté.
Otro problema con el que nos encontramos es la transliteración del ruso al español. En el caso de la reina, cuyo título más adecuado es “tsaritsa”, he optado por usar la palabra “zarina”, que es más común en español. En cuanto a los nombres propios, debemos recordar que las transliteraciones al español y a otros idiomas son aproximaciones a la fonética original.
En lo que respecta a los detalles genéticos, el acceso a la literatura científica ha sido de valor inigualable. El artículo de Peter Gill, aparecido en la revista Nature en 1994, y que fue pionero de los reportes genéticos de identificación de los restos de la familia Romanov, es un ejemplo de ciencia rigurosa y de metodología impecable. Ante la proliferación de estudios sobre el tema, elegí aquellos artículos clave que en su conjunto edifican una estructura de evidencias decisivas. A lo largo de la obra traté de mantener el rigor científico sin mermar la claridad para un público amplio. Ante ello, debí implementar algunos cambios en el lenguaje técnico, utilizar símiles y obviar algunos detalles y excepciones de las cuales los principios biológicos nunca están exentos. En el conocimiento de esta situación, espero que mis colegas de las áreas de genética y biología molecular sean comprensivos conmigo. Añadí un glosario de términos técnicos que serán de ayuda en la lectura de las descripciones de orden genético.

Introducción
La historia tiene mucho que enseñarnos sobre la naturaleza biológica humana. La separación de las ciencias naturales y las sociales es, a final de cuentas, una abstracción necesaria derivada de las diferencias en los métodos de estudio, ya que la complejidad del funcionamiento de las sociedades es tal que requiere herramientas muy particulares. Se atribuye a Pitágoras el haber afirmado que, para no perder tiempo, no es necesario más que leer los anales de un solo pueblo, ya que todos los pueblos se parecen. Sin aceptar del todo semejante afirmación, la que resulta ser menos que una aproximación, hay que destacar que la historia registra, a lo largo del espacio y del tiempo, pautas comunes en los que intervienen fenómenos causales como la territorialidad, la lucha por el poder y el encumbramiento, la rivalidad por el acceso a una pareja sexual, el desafío al liderazgo, y la guerra por el agua y el alimento, entre otros. A pesar de un conjunto de causas biológicas comunes, no podemos hablar de un determinismo, porque cada sociedad ha tomado sus caminos, variaciones al tema de nuestra naturaleza biológica enraizada en el proceso evolutivo.
Dentro de la riqueza histórica, hay relatos que perduran a través de los años, que viven dentro de la conciencia colectiva y nunca pierden la flama que los anima. Son parte inseparable de nuestra memoria social, y los sucesos que ocurren en el presente parecieran, por su similitud, ser una réplica de aquellos hechos. Son historias que nos hacen escuchar risas, pero también llantos de mujeres, hombres y niños, detonaciones de fusiles y de cañones, cascos de caballos y vientos que rugen entre la nieve. Nos hacen evocar tanto los aromas de flores como el hedor de la muerte y de las casas incendiadas. Aparecen así, a los ojos de la mente, rostros iluminados que ríen e infantes que juegan sin tener la menor idea de aquello que les espera en el siguiente recodo de la vida, así sea la sangre y la muerte.
Esas historias que viven por cuenta propia, se entretejen con los fundamentos mismos de la vida. Se funden con el misterio de las células que nos componen, y que en su centro llevan escrito, en un código casi universal, la integración de nuestro ser, la preparación para el aprendizaje, los afanes de vivir y perpetuarnos a través de la descendencia. Los instintos básicos que nos llevan a buscar el alimento, a protegernos de los peligros de la noche y también a enamorarnos, están de alguna manera inscritos en una molécula llamada ADN, ese libro con lenguaje de origen aún misterioso y que se llama código genético. Es en esta misma molécula donde podemos encontrar el origen y la trama de historias como la que les contaré. Y, por si fuera poco, esa molécula es capaz de arrojar luz sobre sucesos que parecían enterrados en el polvo de los años. Es, en fin, una substancia orgánica que puede ser culpable y testigo al mismo tiempo, en el vasto tribunal de la vida.
Tal es la historia de la última familia imperial de Rusia, los Romanov, personificados por el zar Nicolás II, su esposa la zarina Alejandra y su descendencia de cuatro damas y un varón. La familia más poderosa de la Rusia de inicios del siglo XX. No obstante su alta investidura, era una familia como las que podemos encontrar en cualquier lugar. Con infantes que ríen y juegan, con un padre que, aunque agobiado por las graves responsabilidades, no deja de convivir alegremente con ellos, con una madre angustiada por el destino de su hijo varón, y porfiada implacablemente por encontrar la magia lo salve.
Era una familia donde la sangre jugaba un lugar preponderante, no solo en su concepción antigua como símbolo de los linajes y como transmisora de la herencia biológica. La sangre en esta familia era algo más; se hacía tangible, se hacía presente con su color púrpura una y otra vez, y era en la sangre misma donde se encontraba la raíz de su tragedia y su lucha de cada día. Veremos cómo, detrás de este fluido púrpura, la molécula clave de la vida, el ADN, aparece con un mensaje misterioso e invencible, y se convierte en la torre que amenaza diariamente a la reina en la residencia imperial de Tsarskoye Selo, y pone continuamente en jaque al rey. En este tablero imperial de ajedrez, toda la esperanza de la dama se deposita en un alfil, un personaje intrigante a quien mantiene muy cerca de ella y de toda su familia: Rasputín.
En esta obra, narro la historia del zar Nicolás y la zarina Alejandra, de sus hijas Olga, Tatiana, María y Anastasia, de la búsqueda desesperada de Alejandra por un hijo varón que heredase el trono, del sufrimiento causado por la enfermedad del zarevich Alexei y de la madrugada trágica del 17 de julio de 1918. Examino también el arduo camino de la búsqueda de la verdad histórica. Pero la historia que les presento tiene un enfoque diferente al ofrecido por la historia convencional: el genético. Es como si estuviese escrito con tinta de ADN, porque es en esta molécula donde se buscan las causas de la tragedia y también ahí se buscan respuestas a lo que ocurrió.
Podríamos trazar las aportaciones de la genética al entendimiento de la historia de la última familia imperial rusa, remontándonos a los orígenes de esta disciplina científica y aún antes. Los resultados de los experimentos del monje agustino Gregor Mendel en hibridación de chícharos dulces, y su mente analítica y creativa, lo llevaron a la postulación de los principios de la segregación de los factores de la herencia. Sus hallazgos permanecieron ocultos desde 1866 hasta 1900, cuando se redescubrieron sus principios y se empezó a fraguar la teoría mendeliana de la herencia en una aventura que dura hasta 1920. El descubrimiento de los ácidos nucléicos por el químico alemán Friedrich Miescher, acaecido en 1869, aún no tenía un significado importante en la ciencia de la vida, a pesar de que él mismo había sugerido el papel de esos ácidos en el proceso hereditario. Por su parte, Mendel nunca imaginó la relación entre esas substancias y sus factores de la herencia. A esos factores de la herencia hoy les llamamos genes, y están hechos precisamente de ácidos nucléicos, particularmente de Ácido Desoxirribonucléico (ADN), en la gran mayoría de los seres vivientes.
Se hace aún más patente, en la trama de la historia que les relataré, la odisea científica que incluyó el descubrimiento de la estructura de los ácidos nucléicos y que marca un parteaguas con la publicación, en la revista Nature, del artículo de James Watson y Francis Crick “Molecular Structucre of Nucleic Acids” (“Estructura molecular de los ácidos nucléicos”) en 1953. Después de esta fecha, seguiría una serie de desafíos intelectuales, y uno de ellos era explicar la manera en que los ácidos nucléicos codifican la fabricación de proteínas. Como resultado de tal desafío y la conjunción de un puñado de mentes brillantes, la humanidad atestiguó lo que yo considero el descubrimiento más elegante de la biología molecular: el código genético. Se refiere a la manera en que los aminoácidos, que forman las proteínas, están codificados con las “letras” de la secuencia de los ácidos nucléicos, y que fue finalmente descifrada en 1966.
Las aportaciones tecnológicas posteriores fueron dando forma a la biología molecular moderna, con herramientas como las enzimas de restricción, la secuenciación del ADN, la reacción en cadena de la ADN polimerasa y la bioinformática. Esos recursos hoy en día le dan a la genética forense una capacidad enorme, y permiten estudiar ADN de seres humanos que vivieron hace muchos años, para su identificación, especialmente. Pero la aportación de la genética no termina ahí, como veremos más adelante, ya que no solamente podemos identificar personas que vivieron en un pasado más o menos remoto, sino que existe la capacidad de conocer algunas particularidades de índole fisiológica, enraizadas en el funcionamiento de los genes, ya que ocasionalmente se pueden identificar antiguas mutaciones.
Asomémonos a indagar lo que dice el ADN sobre la tragedia de la última familia imperial rusa, las causas biológicas que contribuyeron con fuerza a su caída y el largo y tortuoso camino que llevó a esclarecer las discrepancias históricas. Ya que esta molécula tiene la capacidad de conservarse en los esqueletos por muchos años y hoy en día es parte integral de la investigación forense, nos acercaremos a escuchar lo que dicen los huesos. Averiguaremos la fría verdad que esconden sus tejidos.


Primer acto: la caída
El hombre de Pokrovskoye
En el siglo XIX, la gran Siberia era una tierra casi inhabitada, vasta, salvaje, cubierta de tundra congelada y oscuros bosques, que se extendía desde los montes Urales hasta el océano Pacífico. Fue en este territorio donde el 9 de enero de 1869 (calendario Juliano), en el pueblo de Pokrovskoye, nació Gregory Rasputín, hijo de Efim Rasputín y su esposa Anna, una mujer fiel a su fe en la Iglesia ortodoxa. El linaje masculino de Gegory en ese pueblo se puede trazar hasta Izosim, hijo de Fedor, quien llegó a Siberia en 1639 y se estableció en Pokrovskoye en 1643 (Figura 1).

Figura 1. Rasputín. A. El rostro de Gregory Yefimovich Rasputín. B. El místico con su hijos Matryona, Varvara y Dimitri. C. Pokrovskoye, lugar de nacimiento de Rasputín, en una estampa reciente.
Mucha tinta ha corrido acerca de Gregory Rasputín. Se han escrito muchos libros y artículos, se han hecho películas, documentales y música. El hit de 1978 “Rasputin” del grupo euro disco Boney M, causó furor por su popularidad y, al momento de escribir estas líneas, uno de los videos de esta canción en YouTube tiene cerca de 58 millones de vistas. La foto de Gregory aparece en marcas de cerveza. Bares y restaurantes ostentan o han ostentado su nombre en varias partes del mundo, como lo fue el famoso Rasputin Vodka Bar en Toronto. A semejante personaje se le ha llamado, entre otros calificativos, “el monje loco”, quizás derivado del libro que escribió sobre él Iliodore, cercano suyo y también uno de sus más férreos enemigos.
Rasputín creció en el campo, trabajando en los cultivos, pescando en el río y montando a caballo. Llegó a ser un hombre muy avezado en el cuidado y conocimiento de los caballos, y no perdía oportunidad para hablar de las costumbres sexuales de los equinos. Se caracterizaba él mismo por tener un poderoso e incontrolable impulso sexual. A esto se añadía su afición por el alcohol, y no es difícil imaginarlo de joven montando su caballo por las calles del pueblo y profiriendo maldiciones bajo los influjos del licor.
Sin embargo, también fue un hombre fuertemente místico, que buscó la iluminación y la espiritualidad, y que realizó larguísimas caminatas, peregrinaciones a los lugares sagrados, en busca de ese encuentro espiritual. Su mirada era cautivante, y parecía atravesar como el acero los corazones de las mujeres y los hombres. Sus ojos de un color azul grisáceo, tenían la fuerza hipnótica que lo acompañó a lo largo de los años, y que contribuyó al gran poder que ostentó en toda Rusia.
Los ojos azules en los humanos modernos, dentro de los cuales situamos a Gregory Rasputín, están relacionados con una mutación en un gen llamado Herc2. Si una persona tiene dos copias de esta mutación en sus cromosomas, tendrá el color azul en el iris de sus ojos. Esta mutación fue encontrada en los restos óseos de un hombre que vivió hace aproximadamente 7,000 años en la península ibérica. Ésta es la evidencia más antigua de una mutación, que se piensa ocurrió hace aproximadamente 10,000 años en individuos que vivían cerca del mar Negro. Se sugiere que todas las personas con ojos azules descienden de la misma familia con esta mutación, y que el gen con dicho cambió viajó por Europa antes de la implantación de la agricultura. Aún no se sabe a ciencia cierta por qué dicha mutación se difundió a gran escala en el mundo. Una teoría afirma que este cambio genético prevenía desórdenes ópticos por los bajos niveles de luz solar en Europa; la otra teoría es que el color azul en los ojos hacía a sus portadores sexualmente más atractivos. Ambas explicaciones están en el marco de la selección natural o la selección sexual, propuestas por Charles Darwin para explicar la evolución biológica.
La selección natural era implacable en aquellos lugares helados de la Siberia del siglo XIX. La mortalidad infantil era alta; solamente los fuertes sobrevivían, y eso era aceptado como un patrón normal de la vida. En efecto, Rasputín fue el único sobreviviente de los ocho hijos de Efim y Anna, y la vida de aquel infante que sobrevivió no era fácil, ni la de cualquiera de los demás habitantes de su pueblo.
Rasputín se casó con una mujer llamada Proskovoya en 1887, y fue 10 años después, en 1897, cuando decidió hacer su primera caminata mística rumbo a Verkhoturye, al gran monasterio siberiano de San Nicolás, a una distancia de 523 kilómetros de Pokrovskoye. La gente del pueblo aceptó su propuesta, con la esperanza de una reformación espiritual de semejante hombre incómodo. Fue así como Rasputín empezó a ingresar en las páginas de la historia como un hombre místico. Su afán de búsqueda lo llevó al extremo de decidir, en el año 1900, emprender una caminata desde el corazón de Siberia hasta Grecia. Fue precisamente en ese año cuando se redescubrían por de Vries, Correns y Tschermak las llamadas Leyes de Mendel, tiempo en el que apenas se iniciaba la gestación del conocimiento sistemático de la herencia. La genética, el estudio de la herencia y la variación biológica, no solo explicaría más tarde el porqué de los ojos claros de Rasputín, sino también la fuente misma de su poder en el imperio ruso. En la Rusia de ese mismo año cumplía su quinto aniversario de nacimiento la gran duquesa Olga Nikolaevna Romanova de Rusia, la primera hija del zar Nicolás II y la zarina Alejandra Feodorovna.
En ese año, 1900, inició Rasputín su peregrinaje hacia el monte Athos en Grecia, el centro monástico del mundo ortodoxo occidental. Dios lo estaba llamando. Se convirtió en un strannik, un “caminante eterno”, aquellos que no buscaban el confort, sino una vida austera y estoica. Caminaba entre 43 y 53 kilómetros diarios bajo el sol, viento y lluvia. Comía lo poco que conseguía en el camino y leía algunos pasajes de la Biblia cada noche. Así, después de cruzar Siberia y Ucrania, arribó a Grecia, y en particular al centro monástico ortodoxo Monte Athos. Después de algunos meses estaría de regreso en Siberia.
Rápidamente Gregory fue ganando reputación como starets, es decir, un maestro espiritual. Era buscado no solamente por la gente del pueblo si no por los líderes de la Iglesia ortodoxa. Su mirada hipnótica, su hablar fluido y carente de gramática, hacía que la gente escuchara aquello que quería escuchar. El atractivo espiritual emanaba a pesar de su vida licenciosa que transcurría entre el alcohol y las mujeres. Aparentemente tenía relaciones sexuales con muchas de sus seguidoras religiosas, cosa que él no trataba de ocultar. Cándidamente declaraba que el pecado era la vía para acercarse a Dios.
Cuando un hombre tiene varias parejas sexuales femeninas, se incurre en la llamada poliginia, que es un caso de poligamia. La poliginia que practicaba Rasputín se debía por una parte a un impulso sexual poderoso y, por otra, al estatus y atractivo espiritual que tenía. Este fenómeno, la poliginia, ha sido explicado de una forma muy interesante por la psicología evolutiva en términos económicos. La psicología evolutiva es un enfoque biológico que trata de explicar los comportamientos y tendencias humanas como productos de la selección natural y en términos de su valor adaptativo, con énfasis en su papel sobre la capacidad de perpetuar la información de nuestros genes. Si hablamos de un “mercado de la reproducción”, en el sentido biológico y en su enfoque genético–evolutivo, podemos decir que los óvulos son caros y escasos, mientras que los espermatozoides son baratos y abundantes. Al ser los óvulos un verdadero lujo biológico, la mujer tiende a buscar al mejor candidato posible para su fecundación, basándose inconscientemente en los atributos genéticos del hombre y en gran medida en su estatus; busca la calidad más que la cantidad. Por otro lado, al ser los espermatozoides abundantes, en esta lotería genética de la reproducción, el hombre puede tender a buscar una mayor cantidad de oportunidades, que le permitan tener una descendencia que explore el máximo número de variaciones genéticas. No es que lo haga en forma consciente, simplemente es un impulso genético adquirido en el proceso evolutivo.
En 1903, Rasputín hace su primera aparición en San Petersburgo, la ciudad imperial rusa de aquel tiempo. La personalidad seductora, el lenguaje críptico, la mirada penetrante y el conocimiento de los textos bíblicos sorprendía a los líderes religiosos, quienes buscaban entre la gente del pueblo hombres o mujeres cercanas a Dios, que hicieran un puente entre la Iglesia ortodoxa y los campesinos y obreros. Uno de los más importantes contactos que logró hacer Rasputín en San Petersburgo fue el archimandrita Feofan, inspector de la academia teológica y confesor del zar y su esposa. Un personaje obviamente conectado con los círculos sociales más altos, lo cual fue aprovechado al máximo por el starets Rasputín. Dos personajes que conoció a través de Feofan fueron clave en lo que habría de ser un cambio total en su vida: las hermanas Militsa y Anastasia, princesas de Montenegro, ambas casadas con familiares del zar Nicolás II. La obscura presencia de las hermanas montenegrinas les acarreó los apodos de “Cuervos” y de “Perlas Negras”.
Aquel hombre enjuto, de cabello largo, pómulos salientes y mirada penetrante, causó una poderosa impresión en ellas, sobre todo en Militsa, una seria estudiante de las grandes religiones del mundo. El lenguaje críptico del starets la cautivó. Ese mismo año Rasputín regresó a Pokrovskoye, a nutrirse espiritualmente con la simplicidad de la vida rural. Pero pronto retornaría a San Petersburgo, al encuentro con su turbulento destino.

La familia Romanov
Un año antes que Gregory Rasputín, en 1868, nace Nicolás (Nikolái Aleksándrovich Romanov), quien habría de ser el último zar de Rusia. Un hombre de estatura mediana, ojos claros, barbado con bigote espeso y de cabellos rubios. Era de presencia atractiva, bien educado, entregado esposo y magnífico padre de familia, si bien sus aptitudes para gobernar el país más grande del mundo resultarían cuestionables con el paso del tiempo.
El zar Nicolás II fue descendiente directo, por la vía Romanov, del zar Pedro el Grande. Sus padres fueron el zar Alejandro III y la zarina María Fiódorovna Romanova. El poderío de la familia Romanov se remonta al año 1613, con la elevación al poder de Miguel I de Rusia (Mijaíl Fiódorovich Romanov), así que estamos ante una familia que ocupó el trono de Rusia durante tres siglos.
Cuando pensamos en reyes y príncipes, evocamos grandes lujos y comodidades, pero ese no fue el caso del joven Nicolás. Dormía con su hermano en camas plegables y una recámara con la mínima cantidad de muebles. Aprendió, además de su idioma natal, el alemán, el francés y el inglés. Este último lenguaje lo manejaba con tal fluidez, que podía hacerse pasar por nativo de Gran Bretaña. Bailaba de forma elegante y era un magnífico jinete y tirador. Sin embargo, su vida estaría marcada por el sendero de la sangre. En 1881 el zar Alejandro II, su abuelo, sufre un atentado con una carga explosiva que lo hiere terriblemente; “al palacio para morir ahí” alcanzó a murmurar el monarca. Ya en el palacio, el joven Nicolás, de tan solo 12 años, siguió el rastro de la sangre hasta la alcoba de su abuelo, quien yacía terriblemente desfigurado. Esta muerte llevó al padre de Nicolás, Alejandro III, al frente del imperio ruso y lo convirtió a él en zarevich, heredero de la corona.
Como parte de su educación fue enviado a visitar Egipto, India y Japón, en compañía de su primo Jorge de Grecia y Dinamarca, en 1890. El zarevich Nicolás habría de sufrir una afrenta en Japón en 1891. Regresaba de un viaje en Otsu, cuando fue atacado con un sable por Tsuda Sanzo, uno de los policías japoneses de su escolta. En el primer golpe de espada la hoja causó una herida en la cara del zarévich, y un segundo golpe, que pudo ser mortal, fue hábilmente neutralizado con un bastón por su primo Jorge, a la sazón teniente de navío de la marina rusa. La herida fue proferida en el lado derecho de su frente y su sangre escurrió hasta manchar su camisa. Causó una cicatriz de nueve centímetros que lo acompañaría toda la vida. Pero en el curso de la historia, veremos que la huella de su sangre sería más perdurable y aún más importante que aquella cicatriz.
Es posible que el suceso haya tenido impacto en las futuras relaciones ruso-japonesas. En todo caso, el emperador Meiji atendió rápidamente el asunto, tratando de paliar este bochornoso suceso. El hombre del sable fue encarcelado y murió de enfermedad el mismo año. Por intrigante que nos pueda parecer a los occidentales, una mujer japonesa, como acto de contrición por la afrenta a un dignatario como el zarevich, se cortó la garganta con una navaja frente a la prefectura de Kyoto, lo cual le causó la muerte. La mujer fue admirada en Japón por su valentía y patriotismo.
El zarevich Nicolás, aún inexperto, accedió al trono en 1894 tras la muerte de su padre, con lo que se convirtió en el zar Nicolás II. Con disposición temerosa e insegura, tomó las riendas del país más grande del mundo. A pesar de su educación y sus viajes, estaba inmaduro para semejante responsabilidad.
Menos de un año antes de la muerte de su padre, el zarevich Nicolás había viajado a Alemania, con la firme idea de proponerle matrimonio a Alix de Hesse-Darmstadt, de quien se había enamorado años antes, cuando la bella princesa asistió a una boda en Rusia. Ante la propuesta de matrimonio del apuesto zarevich, Alix se negó, alegando una diferencia en religiones: luteranismo y ortodoxia. Un matrimonio entre los dos implicaba la conversión de la adhesión religiosa de ella. En un segundo intento del porfiado zarevich, Alix accedió. Fue recibida en la Iglesia ortodoxa rusa como Alejandra Feodorovna, y sin terminar aún el período oficial de honras fúnebres de Alejandro III, fueron celebradas las nupcias entre ella y Nicolás II en noviembre de 1894.
El 3 de noviembre de 1895 (calendario Juliano), nace la primera hija de la pareja real: la gran duquesa Olga Nikolaevna Romanova. Siguiendo el estilo de la infancia de Nicolás, Olga, la ahijada de su bisabuela la reina Victoria, fue criada bajo una vida relativamente simple, durmiendo en catres de campaña y bañándose cada mañana con agua fría, cuando las condiciones de salud lo permitían. Se caracterizaba Olga por su aguda inteligencia, si bien con arranques autocráticos.
El 29 de mayo de 1897 (calendario Juliano) nace su segunda hija, Tatiana Nikolaevna Romanova. Fue la mejor conocida entre las cuatro hermanas a lo largo de su vida. Al crecer se convirtió en una dama alta, elegante y de facciones finas. El azar genético hizo que su apariencia externa fuera la más similar a la de su madre Alejandra. La aportación genética de cada padre hacia un hijo es aproximadamente del 50%. Sin embargo, hay rasgos que son más notorios a los ojos de los familiares y amigos, como los detalles faciales, el tipo de cabello, el color de ojos y la complexión corporal, y un sesgo aleatorio del complemento genético relacionado con estos caracteres nos hace relacionarlos más fuertemente con el papá, la mamá o algún otro familiar. Sin embargo, esto no debe hacernos pensar que el sesgo genético es generalizado hacia uno de los progenitores, puesto que hay muchas características heredadas y en su mayoría no saltan a la vista. Dentro de ellas podemos contar caracteres simples, como los grupos sanguíneos, hasta complejos, como el temperamento y la inteligencia, que si bien son producto de una fuerte influencia ambiental, tienen un componente genético innegable.
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