Kitabı oku: «Aguas turbulentas»

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Título original: The Falls

© Ian Rankin, 2002.

© de la traducción: Francisco Martín Arribas, 2003.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO371

ISBN: 9788491871996

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Cita

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Epílogo

Ian Rankin. John Rebus

Ian Rankin. Malcolm Fox

Notas

PARA ALLAN Y EUAN,

QUE LO PUSIERON EN MARCHA.

No por mi acento, del cual no perdí ni un ápice cuando vine a vivir a Inglaterra, sino más bien mi temperamento, esa parte típicamente escocesa de mi carácter, promiscua, agresiva, mezquina, morbosa y, pese a mis mejores de seos, profundamente deísta.

Era, y siempre seré, un prófugo asqueroso del museo de historia antinatural...

PHILIP KERR, «The Unnatural History Museum»

1

—Cree que yo la maté, ¿verdad?

Estaba sentado en el borde del sofá, la cabeza caída sobre el pecho. Tenía el pelo lacio, con flequillo largo, y las rodillas le temblaban como dos pistones; los talones de sus mugrientas zapatillas de deporte ni siquiera tocaban el suelo.

—¿Has tomado algo, David? —preguntó Rebus.

El joven alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, cansados, y en su rostro alargado y anguloso se apreciaba que no se había afeitado. Se llamaba David Costello. No Dave o Davy, sino David; eso lo había dejado claro. Nombres, etiquetas y clasificaciones son datos muy importantes. Los periódicos diferían en su descripción: era «el novio», «el desdichado novio» o «el novio de la estudiante desaparecida». Era «David Costello, de veintidós años» o «el estudiante David Costello de veintipocos años», que «compartía piso con la señorita Balfour» o era «visitante habitual» del «piso de la misteriosa desaparecida».

Tampoco el piso era un piso más, sino «el piso en la lujosa nueva ciudad de Edimburgo», el «piso de un cuarto de millón de libras de los padres de la señorita Balfour». John y Jacqueline Balfour eran «los atribulados padres», «el anonadado banquero y su esposa», y su hija era «Philippa, de veinte años, estudiante de historia del arte en la Universidad de Edimburgo», «guapa», «vivaz», «despreocupada», «llena de vida».

Y había desaparecido.

El inspector Rebus, que estaba delante de la chimenea de mármol, cambió ligeramente de posición y se desplazó hacia un extremo de la misma. David Costello siguió con la mirada el movimiento.

—El médico me recetó unas pastillas —dijo por fin.

—¿Las has tomado? —preguntó Rebus.

El joven negó despacio con la cabeza sin apartar los ojos de Rebus.

—No te lo reprocho —dijo Rebus metiendo las manos en los bolsillos—, te dejan unas horas aplatanado pero no cambian nada.

Hacía dos días que Philippa, «Flip» para los amigos y la familia, había desaparecido. No era mucho tiempo, pero era una desaparición inexplicable. Hacia las siete de la tarde habían ido a verla unos amigos al piso para confirmar que se reuniría con ellos una hora después en un bar del sector sur; era uno de esos pequeños locales modernos que habían surgido alrededor de la universidad a tenor del auge económico y del gusto por la iluminación discreta y los combinados carísimos.

Rebus los conocía porque había pasado por allí camino de la comisaría y al volver a casa.

No muy lejos había un pub anticuado donde se podían tomar combinados de vodka por una libra y media; sin embargo, las sillas no eran precisamente de lo último, y el personal, aunque sabía zanjar los altercados, no estaba muy al día en cuestión de cócteles.

La desaparecida salió del piso probablemente entre las siete y las siete y cuarto. Tina, Trist, Camille y Albie ya iban por la segunda ronda. Rebus había leído el expediente para verificar los nombres. Trist era el diminutivo de Tristram, y Albie, de Albert. Trist era pareja de Tina, y Albie, de Camille. Flip tenía que haber ido con David, pero este, como ella les anunció por teléfono, no iba a acudir.

—Otra ruptura —les dijo en tono despreocupado.

Antes de salir del piso había conectado la alarma, aquello era para Rebus algo nuevo: un piso de estudiante con alarma; echó la llave de seguridad, bajó un tramo de escalera y salió a la calle. Hasta Princes Street había una buena cuesta, y otra más para alcanzar el sector sur en la Ciudad Vieja. No era corriente que lo hiciera a pie; pero no había ningún registro en el teléfono del piso ni en el móvil que demostrara que hubiese llamado a alguna empresa de taxis. Luego, si había tomado uno, debió de ser sobre la marcha, en la calle.

Si es que había llegado a avistar alguno.

—Yo no he sido, ¿sabe? —dijo David Costello.

—No has sido, ¿qué?

—Quien la mató.

—Nadie ha dicho que lo hicieras.

—¿No? —replicó alzando la vista y clavándola en Rebus.

—No —respondió Rebus, pensando que en definitiva era su trabajo.

—Esa orden de registro... —empezó a decir Costello.

—Es algo rutinario en un caso como este —le informó Rebus.

Lo era, efectivamente: cuando se trata de una desaparición hay que comprobar todos los lugares en que puede hallarse la persona; se aplica el reglamento y se firma todo el papeleo para despejar cualquier incógnita. Había que registrar el piso del novio. Rebus podría haber añadido: «Lo hacemos porque nueve de cada diez veces el responsable es alguien conocido por la víctima». No son extraños los que buscan una víctima en plena noche, sino tus seres queridos los que te asesinan: cónyuges, amantes, hijos o hijas. Tu tío, tu mejor amigo; la persona en quien más confiabas. Te había engañado o la habías engañado tú. Sabías algo, tenías algo que les provocaba envidia o desprecio; o bien necesitaban dinero.

Si Flip Balfour estaba muerta no tardaría en aparecer el cadáver; si vivía y no quería que la encontraran, la tarea sería más difícil. Sus padres habían comparecido en la televisión rogándole que se pusiera en contacto con ellos; en la casa paterna había agentes para interceptar las llamadas en caso de que alguien pidiera un rescate, y la policía registraba el piso de David Costello en Canongate, esperando encontrar algo, y también el piso de Flip Balfour. «Protegían» a David Costello para impedir que los medios de comunicación se le acercaran demasiado. Eso le habían dicho al joven y en parte era verdad.

La víspera se había hecho el registro del piso de Flip, del que Costello tenía llaves. A él le habían llamado a su piso a las diez de la noche: Trist le preguntaba si sabía algo de Flip, que tendría que haber salido hacia Shapiro’s y no había llegado.

—Contigo no está, ¿verdad?

—En mí sería en el último en quien habría pensado —replicó Costello dolido.

—He oído que os habíais enfadado. ¿Por qué ha sido esta vez?

Trist se lo preguntó en tono dubitativo, un tanto en broma. Costello no contestó. Cortó la comunicación y llamó al móvil de Flip y, al saltarle el contestador, le dejó un mensaje para que le llamase. La policía había escuchado la grabación para detectar posibles indicios de falsedad en cada palabra, o frase. Trist volvió a llamar a Costello a medianoche; habían ido al piso de Flip y, como no estaba, preguntaron a otros amigos, pero nadie sabía nada. Aguardaron allí hasta que Costello llegó y abrió, pero en el piso no había ni rastro de Flip.

Todos pensaron que este caso pertenecía a la categoría de lo que la policía denomina «persona desaparecida», pero decidieron esperar a la mañana siguiente para avisar a casa de la madre de Flip en Lothian este. La señora Balfour marcó inmediatamente el 999. La mujer consideró que la centralita de la policía se la había sacado de encima, y llamó a su esposo al despacho de Londres. John Balfour era el socio mayoritario de un banco privado y, aunque el jefe de policía de Lothian y Borders no era cliente suyo, lo cierto es que al cabo de una hora ya había agentes asignados al caso por orden superior de la Casa Grande, es decir, de la Jefatura Central de Policía de Fettes Avenue.

David Costello abrió el piso a los dos agentes del Departamento de Investigación Criminal. Todo estaba en orden y no encontraron indicio alguno del posible destino de Philippa Balfour. Era un piso precioso, con el suelo de madera y paredes recién pintadas. El salón era amplio, con dos balcones, y había dos dormitorios, uno de ellos transformado en estudio. La cocina moderna era más pequeña que el cuarto de baño, recubierto de madera de pino. En el dormitorio había muchas pertenencias de Costello y su ropa estaba apilada en una silla con libros, CD y una bolsa de ropa sucia encima.

Cuando interrogaron a Costello al respecto, contestó que suponía que era cosa de Flip. «Nos enfadamos y seguramente reaccionó de esa manera», fueron sus palabras textuales. Sí, habían discutido en otras ocasiones, pero no recordaba que ella hubiese hecho un montón como aquél con sus cosas.

John Balfour llegó a Escocia en un jet privado que alquiló a un cliente comprensivo, y se presentó en el piso de la Ciudad Nueva casi antes que la policía.

«¿Y bien?», fue su primera pregunta, a la que Costello no supo responder más que con un «Lo siento».

Los del DIC, hablando en privado del caso, habían atribuido diversos significados a tales palabras: podría tratarse de una discusión con la novia que acaba mal, la mata, esconde el cadáver pero, frente al padre, mantiene su educación innata y balbucea una semiconfesión.

«Lo siento».

Había muchas maneras de interpretar esas palabras. Siento haber discutido con ella; siento que lo hayan molestado; siento que haya sucedido esto; siento no haberla cuidado; siento lo que he hecho...

Habían llegado también los padres de David Costello, que reservaron dos habitaciones en uno de los mejores hoteles de Edimburgo. Vivían en las afueras de Dublín. El padre, Thomas, era un hombre que «había hecho fortuna» y Theresa, la madre, era interiorista.

Dos habitaciones. En St Leonard’s se había hablado de aquel detalle de las dos habitaciones. Sí, era un matrimonio de un solo hijo, y vivían en una casa de ocho dormitorios.

Se había hablado aún más de por qué se ocupaba St Leonard’s de un caso ocurrido en la Ciudad Nueva; la comisaría más próxima al piso era la de Gayfield Square; sin embargo habían asignado especialmente a la investigación a agentes de Leith, St Leonard’s y Torphichen.

Todos interpretaban que alguien había movido los hilos para que se dejaran pendientes las demás investigaciones y se concentraran en el asunto de «la hija de un rico que se ha largado de casa».

Rebus, en su fuero interno, pensaba lo mismo del tema.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó—. ¿Café, té?

Costello negó con la cabeza.

—¿Te importa que...?

Costello lo miró un tanto perplejo, pero inmediatamente comprendió.

—Por supuesto —respondió—. La cocina... —añadió con un gesto.

—Sé dónde está. Gracias —dijo Rebus.

Cerró la puerta al salir y se detuvo un instante en el pasillo, contento de estar fuera del agobiante salón. Le palpitaban las sienes y sentía la tensión de los nervios oculares. Oyó ruido en el estudio y asomó la cabeza por la puerta.

—Voy a poner el agua a hervir —dijo.

—Buena idea —repuso la agente Siobhan Clarke sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.

—¿Alguna cosa?

—Té, gracias.

—No, quiero decir si...

—Ya. Todavía no tengo nada. Cartas a amigos y algunos fragmentos de sus trabajos de clase. Pero he de comprobar miles de correos electrónicos y necesitaría la contraseña.

—El señor Costello afirma que ella no se la dijo.

Clarke carraspeó.

—¿Qué significa eso? —preguntó Rebus.

—Significa que me pica la garganta —respondió Clarke—. Lo tomo con leche. Gracias.

Rebus la dejó, entró en la cocina, llenó la tetera y buscó bolsitas de té y tazas.

—¿Cuándo podré marcharme?

Rebus se volvió hacia Costello, de pie en la entrada.

—Sería mejor que no te marchases —respondió Rebus—. Los periodistas y las cámaras... te acosarán y te llamarán constantemente por teléfono.

—Lo descolgaré.

—Te sentirás como un prisionero.

Vio que el joven se encogía de hombros diciendo algo que no entendió.

—¿Cómo dices?

—Aquí no puedo quedarme —repitió Costello.

—¿Por qué no?

—No lo sé..., es que... —Volvió a encogerse de hombros y se pasó las manos por el pelo aplastándoselo hacia atrás—. Echo de menos a Flip y casi no lo aguanto. No dejo de pensar que la última vez que la vi tuvimos una discusión.

—¿Por qué motivo?

—Ni siquiera lo recuerdo —respondió Costello con una risa hueca.

—¿Fue el día en que desapareció?

—Sí, por la tarde. Me largué hecho una furia.

—Discutíais mucho, ¿no? —preguntó Rebus como quien no quiere la cosa.

Costello no contestó, se quedó mirando al vacío y negó despacio con la cabeza. Rebus dio media vuelta, cogió dos bolsitas de té Darjeeling y las echó en las tazas. ¿Estaba Costello a punto de confesar? ¿Escuchaba Siobhan detrás de la puerta del estudio? Les habían encomendado el cuidado de Costello, y formaban parte de un equipo que hacía turnos de ocho horas; pero también lo habían llevado allí por otro motivo, pues era evidente que les era útil para aclararles los nombres que iban apareciendo en la correspondencia de Philippa Balfour. Rebus quería, además, que estuviera allí porque quizá fuese aquel el escenario del crimen, y cabía la posibilidad de que David Costello tuviera algo que ocultar. En St Leonard’s había empate de opiniones; en Torphichen, las apuestas eran dos contra uno y, para los de Gayfield, Costello era el sospechoso.

—Tus padres dijeron que podías ir a su hotel —dijo Rebus, volviéndose hacia el joven—. Han reservado dos habitaciones. Así que probablemente hay una libre.

Costello no entró al trapo. Siguió mirando al policía unos segundos, se dio media vuelta y asomó la cabeza por la puerta del estudio.

—¿Ha encontrado lo que buscaba? —preguntó.

—Tardaremos aún —respondió Siobhan—. Lo mejor será que nos deje seguir.

—Ahí no va a encontrar nada —replicó él refiriéndose a la pantalla del ordenador; como ella no contestó, se irguió ligeramente y ladeó la cabeza—. ¿Es usted especialista?

—Es que es una tarea que hay que hacer —respondió ella en voz baja, como si no quisiera que se oyera fuera del cuarto.

Costello estuvo a punto de replicar, pero cambió de idea y volvió enfurecido al salón. Rebus entró con el té para Siobhan.

—Vaya estilo —dijo ella al ver la bolsita flotando en la taza.

—No sabía si te gustaba muy fuerte o no —repuso Rebus—. ¿Qué te ha parecido?

Clarke pensó un instante.

—Parece sincero.

—A lo mejor te dejas engañar por su carita de bueno.

Clarke resopló, sacó el sobre de té y lo echó a la papelera.

—Tal vez —dijo—. ¿A ti qué te parece?

—Mañana, conferencia de prensa —le recordó Rebus—. ¿Crees que podremos persuadir al señor Costello para que haga un llamamiento público?

Para hacer el turno de tarde llegaron dos agentes de Gayfield Square. Rebus se marchó a casa y se preparó un baño. Tenía ganas de estar un buen rato en el agua; echó lavavajillas bajo el chorro del agua caliente y recordó que era lo que hacían sus padres cuando él era niño. Llegaba sucio de jugar al fútbol y se daba un baño caliente con lavavajillas. No es que no pudiesen comprar gel de baño de burbujas, pero como decía la madre: «El lavavajillas está muy bien de precio».

En el cuarto de baño de Philippa Balfour había más de diez bálsamos, lociones de baño y aceites de burbujas. Rebus hizo recuento: maquinilla, crema de afeitar, pasta dentífrica, un cepillo de dientes y una pastilla de jabón; en el botiquín tenía tiritas, paracetamol y una cajita de condones. La abrió y vio que solo quedaba uno; la había comprado en verano. Al cerrar el armarito vio reflejado en el espejo un rostro gris, de pelo canoso y carrillos fláccidos incluso cuando sacaba barbilla. Esbozó una sonrisa y vio una dentadura que se había saltado las dos últimas citas con el dentista, quien ya lo había amenazado con borrarlo de la lista.

—Paciencia, amigo, que hay más que esperan —musitó dando la espalda al espejo para desvestirse.

La fiesta de jubilación del comisario Watson, alias el Granjero, comenzó a las seis. Era en realidad la tercera o cuarta fiesta, pero la última con carácter oficial. Habían adornado el Club de la Policía en Leith Walk con serpentinas, globos y una gran pancarta que decía: del arresto a un retiro bien merecido. En la pista de baile habían echado paja, completando la ambientación de una granja con un cerdo y una oveja hinchables. El bar estaba concurridísimo cuando llegó Rebus, quien en la entrada se cruzó con tres jefazos de la central que se iban. Miró el reloj y vio que eran las siete menos veinte. Habían concedido al jubilado cuarenta minutos de su precioso tiempo.

Por la mañana había tenido lugar una presentación en St Leonard’s a la que él no había asistido porque tenía servicio de vigilancia en el piso de la desaparecida, pero le habían explicado el discurso del ayudante del jefe de policía, Colin Carswell, y que otros oficiales de diversos destinos anteriores de Watson, algunos también retirados, habían pronunciado unas palabras. Estos eran los que se habían quedado para los festejos de la tarde y, por lo visto, se la habían pasado bebiendo a juzgar por las corbatas torcidas o ausentes y los rostros encendidos. Uno de ellos cantaba a voz en grito compitiendo con la música de los altavoces del techo.

—¿Qué quiere tomar, John? —dijo Watson levantándose de la mesa para acercarse a Rebus, que había ido a la barra.

—Tal vez medio whisky, señor.

—¡Sirva aquí media botella de whisky cuando pueda! —vociferó Watson al camarero que llenaba jarras de cerveza. Entornó los ojos y miró a Rebus—. ¿Ha visto a esos cabrones de la central?

—Me los he cruzado al entrar.

—Se han tomado un zumo de naranja, luego un simple apretón de manos y adiós. —Watson se esforzaba en no arrastrar las palabras para que no se le trabase la lengua y vocalizaba exageradamente—. Nunca había entendido del todo la expresión de «escoceses de pega», pero eso es lo que eran aquellos tipos.

Rebus sonrió y le pidió al camarero que le sirviese un Ardbeg.

—Pero que sea un buen doble —ordenó Watson.

—Ha estado poniéndose a gusto, ¿eh, señor? —preguntó Rebus.

—Han venido unos antiguos compañeros a despedirme —dijo Watson dando un fuerte resoplido y asintiendo con la cabeza en dirección a la mesa.

Rebus miró hacia allí a su vez y vio a un grupo de beodos.

Más atrás había un buffet dispuesto sobre unas mesas con sándwiches, panecillos con salchichas, patatas fritas y cacahuetes. Vio caras conocidas de la jefatura regional de Lothian y Borders. Macari, Allder, Shug Davidson y Roy Frazer. Bill Pryde charlaba con Bobby Hogan, y Grant Hood estaba junto a Claverhouse y Ormiston, de la Brigada de Investigación Criminal, tratando de aparentar que no le interesaba de qué hablaban. George Hi-Ho Silvers comenzaba a darse cuenta de la inutilidad de sus intentos de ligue con las agentes Phyllida Hawes y Ellen Wylie. Jane Barbour, de la central, charlaba con Siobhan Clarke, que había estado destinada un tiempo a sus órdenes en la Unidad de Delitos Sexuales.

—Si lo supieran los delincuentes harían su agosto —dijo Rebus—. ¿Quién hay en la comisaría?

—Sí, en St Leonard’s se han quedado en cuadro —contestó Watson echándose a reír.

—Ha venido mucha gente. No creo que haya tanta cuando yo me jubile.

—Me apostaría algo a que acudirá más —dijo Watson inclinándose—. Los primeros, los jefazos para asegurarse de que no es un sueño.

Rebus sonrió. Alzó el vaso y brindó por su jefe. Saborearon el whisky y Watson se pasó la lengua por los labios.

—¿Cuándo va a ser eso? —preguntó.

Rebus se encogió de hombros.

—Aún no llevo treinta años en el cuerpo.

—Poco le faltará, ¿no?

—Ni idea.

Pero mentía, porque casi todas las semanas pensaba que con treinta años de servicio tendría derecho a jubilarse con la pensión máxima, el ansiado objetivo de casi todos los policías: retirarse a los cincuenta en un chalecito junto al mar.

—Le voy a explicar una historia que no suelo contar —dijo Watson—. Mi primera semana en el cuerpo, estaba yo de servicio en el turno de noche, en el mostrador de atención al público, cuando entró un chaval, no tendría ni trece años, que fue directamente a mí. «He roto a mi hermanita», dijo. —Watson miraba al vacío—. Parece que le estoy viendo decirlo... «He roto a mi hermanita». Yo no sabía qué quería decir, pero resultó que la había empujado por la escalera y la había matado. —Hizo una pausa y bebió un trago de whisky—. Eso en mi primera semana en el cuerpo. ¿Sabe lo que me dijo el sargento? «La cosa irá a mejor». —Watson forzó una sonrisa—. Nunca he estado muy seguro de que tuviese razón... —Alzó de pronto los brazos y sonrió abiertamente—. ¡Ah, por fin! ¡Aquí está! Pensaba que me daba plantón.

Dio un abrazo asfixiante a la comisaria jefa Gill Templer secundado por un beso en ambas mejillas.

—No me diga que viene a animar la velada con el espectáculo de su persona... Perdone el lenguaje sexista —añadió haciendo amago de darse un palmetazo en la frente—. ¿Va a denunciarme?

—Lo dejaré pasar por esta vez —respondió Gill Templera cambio de una copa.

—Pago yo la ronda —dijo Rebus—. ¿Qué tomas?

—Un vodka largo.

Bobby Hogan llamó a voces a Watson para que zanjara una discusión.

—El deber me llama —se excusó Watson para dirigirse a la mesa con paso tambaleante.

—¿Es su numerito? —aventuró Gill Templer.

Rebus se encogió de hombros. La especialidad de Watson era recitar de carrerilla los libros del Antiguo y Nuevo Testamento y su récord era menos de un minuto; en aquella ocasión seguro que no iba a ser menos.

—Un vodka largo —dijo Rebus al camarero de la barra—. Y otros dos de estos —añadió alzando el vaso—. Uno es para Watson —aclaró al ver la mirada de Gill.

—Por supuesto —dijo ella con sonrisa de compromiso.

—¿Tienes ya fecha para tu fiesta? —preguntó Rebus.

—¿Cuál?

—La primera comisaria de la policía escocesa..., creo que merece una fiesta, ¿no?

—Me tomaré un zumo cuando me lo digan. —Vio que el camarero echaba un chorrito de angostura en su vaso—. ¿Qué tal el caso Balfour?

—¿Es mi nueva jefa quien lo pregunta? —replicó Rebus mirándola.

—John...

Era curioso cuánto podía expresar una sola palabra. Rebus no acababa de captar todos los matices, pero sí los suficientes.

«John, no insistas».

«John, sé que hay una historia entre nosotros, pero de eso hace mucho tiempo».

Gill Templer se había roto los cuernos por llegar a ocupar aquel cargo, pero sabía que, en cualquier caso, iban a fiscalizarla al máximo porque había muchos que se alegrarían de un fracaso por su parte, y entre ellos algunos que ella habría calificado de amigos.

Rebus asintió con la cabeza, pagó las bebidas y echó el resto del whisky en el nuevo vaso.

—Para que no beba más —dijo señalando con la cabeza a Watson, que ya recitaba los libros del Nuevo Testamento.

—Tú siempre sacrificándote por los demás —soltó Gill Templer.

Watson concluyó su retahíla y se oyó una ovación. Alguien contó que era un nuevo récord, pero Rebus sabía que no, era solo un cumplido protocolario como el reloj de oro de pulsera o de sobremesa. El whisky sabía a algas y a turba, y estaba convencido de que a partir de entonces, cuando bebiera Ardbeg, pensaría en aquel niño entrando en la comisaría...

Siobhan Clarke fue hacia ellos cruzando el salón.

—Enhorabuena —dijo dando la mano a Gill Templer.

—Gracias, Siobhan —contestó ella—. Quizá tú llegues algún día.

—¿Por qué no? —repuso Siobhan—. El que la sigue la consigue —añadió alzando un puño sobre la cabeza.

—¿Tomas algo, Siobhan? —preguntó Rebus.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada.

—Es casi para lo único que sirven —dijo Siobhan haciendo un guiño; se echaron las dos a reír y Rebus se alejó.

El karaoke comenzó a las nueve. Rebus fue a los servicios y notó el sudor enfriándosele en la espalda. Se había guardado la corbata en el bolsillo y tenía la chaqueta colgada en el respaldo de una silla junto a la barra. Ya se habían marchado muchos de los asistentes, algunos para incorporarse al turno de noche, otros porque habían recibido una llamada por el móvil o por el busca, pero ahora llegaban otros que venían de cambiarse el uniforme en casa. Una agente de la sala de comunicaciones de St Leonard’s se había presentado con falda corta y era la primera vez que Rebus le veía las piernas. Un bullanguero cuarteto de veteranos destinados en comisarías de Lothian oeste, donde había trabajado Watson, irrumpió con fotos del Granjero Watson de hacía veinticinco años. Les habían añadido huellas dactilares y la cabeza de Watson estaba unida a cuerpos de tíos cachas, algunos en posturas más que exageradas.

Rebus se lavó las manos y se echó agua en la cara y en la nuca. Como de costumbre, había solo secamanos eléctrico y sacó su pañuelo para usarlo como toalla; en aquel momento entró Bobby Hogan.

—¿Tú también estás borracho? —preguntó Hogan dirigiéndose a los urinarios.

—¿Acaso me has oído cantar, Bobby?

—Tú y yo deberíamos cantar a dúo «Mi cubo tiene un agujero».

—Seguro que somos los únicos que conocemos esa canción.

Hogan contuvo la risa.

—¿Recuerdas la época en que nosotros éramos los jóvenes reformistas?

—Hace un siglo de eso —replicó Rebus como hablando consigo mismo.

Hogan pensó que había oído mal, pero Rebus lo reiteró asintiendo con la cabeza.

—Bueno, ¿quién es el próximo homenajeado? —preguntó Hogan camino de la puerta.

—Yo no —dijo Rebus.

—¿No?

—Yo no puedo jubilarme, Bobby —respondió Rebus secándose de nuevo el cuello—. Me moriría.

Hogan lanzó un bufido.

—Lo mismo me sucede a mí, pero el trabajo también me está matando.

Se miraron un instante y Hogan hizo un guiño al abrir la puerta. Volvieron al salón ruidoso y agobiante y Hogan, al ver a un viejo amigo, lo saludó con los brazos abiertos. Uno de los colegas veteranos de Watson empujó un vaso hacia Rebus.

—Bebe Ardbeg, ¿no?

Rebus asintió con la cabeza, relamió un poco lo que se le había vertido en el dorso de la mano y, al ver de nuevo a un chiquillo entrando en la comisaría, alzó el vaso y lo apuró de un trago.

Sacó las llaves del bolsillo y abrió el portal del edificio. Eran llaves nuevas, relucientes, hechas aquel mismo día. Rozó la pared con el hombro camino de la escalera y subió agarrándose bien a la barandilla. Con la segunda y tercera llave abrió la puerta del piso de Philippa Balfour.

No había nadie y la alarma no estaba conectada. Encendió las luces. La gruesa alfombra parecía enroscársele en los tobillos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para avanzar, agarrándose a la pared. Las habitaciones estaban tal como las había dejado, pero faltaba el ordenador, trasladado a la comisaría, donde Siobhan estaba segura de que el servidor de Internet de Balfour les facilitaría la contraseña de la desaparecida.

En el dormitorio ya no estaba el montón de ropa de David Costello. Se imaginó que se la habría llevado el muchacho sin permiso, porque no podía sacarse nada del piso sin autorización de los jefes. Aquellas prendas habrían debido examinarlas primero los del equipo forense para tomar muestras; aunque ya había oído rumores de que tenían que apretarse el cinturón porque en un caso como aquel los gastos podían ser astronómicos.

Fue a la cocina a servirse un gran vaso de agua y luego se sentó en el salón en el mismo sitio que había ocupado David Costello. Le chorreó agua por la barbilla. Los cuadros abstractos de las paredes producían visiones raras y se desplazaban cuando movía los ojos. Se agachó para dejar el vaso vacío en el suelo y acabó a gatas. Algún cabrón le había echado algo en el whisky; no había otra explicación. Se dio la vuelta para sentarse y cerrar los ojos un instante. Personas desaparecidas: a veces es una pérdida de tiempo, porque al final aparecen o borran la pista si no quieren que las encuentren. Desaparecidos había muchos...; en la comisaría recibían constantemente descripciones y fotos de rostros ligeramente desenfocados como si ya fueran camino de convertirse en fantasmas. Parpadeó para abrir los ojos con fuerza y miró el techo y las elaboradas molduras. En la Ciudad Nueva, los pisos eran grandes, pero él prefería su barrio, había más tiendas y menos niebla.

Al Ardbeg tenían que haberle echado algo. Seguramente no volvería a beberlo para que no le evocara el fantasma del crío. Se preguntó qué habría sido de aquel chiquillo. ¿Lo habría hecho por accidente o ex profeso? Un chiquillo que ya sería padre, abuelo quizás. ¿Seguiría soñando con la hermana a la que había matado? ¿Recordaría al joven agente uniformado, nervioso, detrás del mostrador? Pasó las manos por el suelo. Era un suelo de madera bien pulido. No habían levantado aún los tablones; advirtió un hueco entre dos tablones y metió las uñas pero no consiguió nada y tumbó sin querer el vaso, que rodó por el suelo, llenando con su ruido el cuarto. Lo siguió con la vista hasta la puerta, donde lo detuvieron unos pies.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
01 ağustos 2024
Hacim:
540 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788491871996
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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