Kitabı oku: «Las sombras del poder»

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Título original: The impossible dead

© John Rebus Limited, 2018.

© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2018.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO337

ISBN: 9788491871521

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

UNO

1

2

3

4

DOS

5

6

7

TRES

8

9

10

CUATRO

11

12

13

14

CINCO

15

16

17

18

19

SEIS

20

21

22

SIETE

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24

25

OCHO

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27

NUEVE

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29

30

DIEZ

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32

33

ONCE

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35

DOCE

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38

39

40

TRECE

41

42

43

CATORCE

44

RAIAN

RAIAN

OTROS TÍTULOS DE IAN RANKIN

NOTAS

EN MEMORIA DE DAVID THOMPSON

UNO

1

—No está aquí —dijo el sargento de recepción.

—¿Y dónde está?

—De servicio.

Fox miró fijamente al hombre, consciente de que no serviría de nada. El sargento era uno de esos veteranos que creían estar de vuelta de todo y se enfrentaban a lo que fuera. Fox buscó el siguiente nombre en la lista.

—¿Haldane?

—Está de baja.

—¿Michaelson?

—También ha salido con el inspector Scholes.

Tony Kaye se encontraba justo detrás de Fox, a su izquierda. Poco antes, Fox ya sabía lo que iba a decir su compañero.

—Esto es una tomadura de pelo.

Fox se volvió hacia Kaye. Ahora la noticia correría como la pólvora por toda la comisaría: misión cumplida. Asuntos Internos había llegado a la ciudad, sin haber encontrado a nadie en casa, dando muestras de irritación. El sargento del mostrador apoyó el peso en el otro pie, tratando de no parecer demasiado satisfecho ante el giro inesperado de los acontecimientos.

Fox se tomó unos instantes para estudiar el entorno. Los avisos colgados en las paredes no revelaban nada extraordinario. Aquella era una comisaría moderna, lo cual significaba que lo mismo podía ser la recepción de la consulta de un cirujano que una oficina de la Seguridad Social, siempre que se hiciera caso omiso del cartel que advertía que el nivel de alerta había pasado de bajo a moderado. Nada que ver con Fox y sus hombres: habían llegado informes de una explosión ocurrida en los bosques de Lockerbie. Seguramente fuera obra de unos críos; además, había sucedido lejos de Kirkcaldy. No obstante, todas las comisarías del país debían de haber recibido la notificación.

Junto al botón del mostrador, un cartel escrito a mano rezaba pulse si desea ser atendido, cosa que Fox había hecho tres o cuatro minutos antes. Detrás colgaba un falso espejo a través del cual el sargento seguramente observaba a los recién llegados: el inspector Malcolm Fox, el sargento Tony Kaye y el agente Joe Naysmith. La comisaría esperaba su visita. De hecho, se habían programado entrevistas con el inspector Scholes y los sargentos Haldane y Michaelson.

—¿De veras cree que es la primera vez que nos la juegan? —le preguntó Kaye al sargento—. Quizá sea usted el primero al que entrevistemos.

Fox le echó un vistazo a la segunda hoja que llevaba en la carpeta.

—¿Y su jefa, la comisaria Pitkethly?

—Todavía no ha llegado.

Kaye consultó su reloj de forma exagerada.

—Está reunida en la central —explicó el sargento.

Joe Naysmith, que se encontraba a la derecha de Fox, parecía más interesado en los panfletos que había sobre la mesa. A Fox le gustó: denotaba tranquilidad y confianza, la seguridad de que esos agentes serían interrogados, de que las maniobras de evasión no eran nada nuevo para Asuntos Internos.

«Asuntos Internos»: el término estaba desfasado, aunque Fox y su equipo no podían evitar utilizarlo; al menos, entre ellos. Ese había sido el título oficial hasta hacía muy poco. Ahora se suponía que conformaban el Departamento de Ética Profesional. Al año siguiente volvería a cambiar de nuevo: se había barajado el nombre de Normativa y Valores, pero no había gustado. Eran Asuntos Internos sin más, los policías que investigaban a otros policías. Por eso los demás policías nunca se alegraban de verlos.

Y rara vez cooperaban de buen grado.

—¿Por central se refiere a Glenrothes? —le preguntó Fox al sargento de recepción.

—Exacto.

—¿Cuánto se tarda en coche? ¿Veinte minutos?

—Si no se pierden...

En ese momento empezó a sonar el teléfono que había tras el sargento.

—Siempre pueden esperar —dijo mientras se volvía para alzar el auricular, darle la espalda a Fox y responder en voz baja.

Joe Naysmith sostenía un panfleto sobre seguridad nacional. Se repantingó en una de las sillas que había junto a la ventana y se dispuso a leer. Fox y Kaye se miraron.

—Y tú ¿qué opinas? —preguntó Kaye al fin—. Ahí fuera hay una ciudad entera esperando a que la exploren...

Kirkcaldy era una población costera de Fife. Kaye los había llevado en coche. Se hallaba a cuarenta minutos de Edimburgo, circulando casi siempre por el carril rápido. Mientras cruzaban el puente de Forth, habían comentado la larga hilera de tráfico que se divisaba al otro lado de la autovía, con destino a la capital, al comienzo de otra jornada de trabajo.

—Vienen aquí a robarnos el trabajo —bromeó Kaye, haciendo sonar el claxon y agitando la mano. Naysmith parecía conocer la región.

—Kirkcaldy era famosa por el linóleo. Y por Adam Smith.

—¿Con quién jugaba? —preguntó Kaye.

—Era economista.

—¿Y Gordon Brown? —añadió Fox.

—También es de Kirkcaldy —confirmó Naysmith, asintiendo despacio.

En ese momento, en la recepción de la comisaría, Fox sopesaba sus opciones: o bien se sentaban a esperar, lo cual los pondría nerviosos, o bien llamaba a su jefe en Edimburgo para formular una queja. Luego, su jefe llamaría a la central de Fife y ya se vería qué ocurriría. Era el equivalente del mocoso que va corriendo a contarle a papá que su hermano mayor ha perpetrado una travesura.

O...

Fox miró de nuevo a Kaye. Este sonrió y golpeó el panfleto de Naysmith con el reverso de la mano.

—Ponte el salacot, joven Joe —dijo—. Nos vamos a la selva.

Aparcaron el coche en el paseo marítimo y contemplaron Edimburgo, que se erigía al otro lado del estuario de Forth.

—Parece que allí hace sol —protestó Kaye mientras se abotonaba el abrigo—. Ojalá te hubieras puesto algo que abrigara más que esa chaqueta de lanilla ¿eh?

Joe Naysmith ya estaba inmunizado contra los comentarios sobre su última compra de diseño, pero se levantó el cuello de la chaqueta. Soplaba un fuerte viento del mar del Norte. El agua estaba revuelta y los charcos que salpicaban el paseo dejaban a las claras que la marea solía rebasar el rompeolas. A las gaviotas parecía costarles mantener el vuelo. Había algo extraño en el trazado de aquel paseo marítimo: prácticamente no se había utilizado. Los edificios parecían darle la espalda al paisaje y mirar hacia el interior de la ciudad. Fox lo había visto en otros lugares de Escocia: desde Fort William hasta Dundee, los urbanistas parecían negar la existencia del litoral. Nunca lo había entendido, aunque dudaba que Kaye y Naysmith pudieran serle de ayuda.

Joe Naysmith propuso pasear por la playa, pero Tony Kaye se encaminaba ya hacia los senderos que subían la colina, en dirección a las tiendas y los bares de Kirkcaldy. Visto lo visto, Naysmith se dispuso a buscar ochenta y cinco peniques sueltos para abonar el aparcamiento. La angosta calle principal estaba en obras. Kaye cambió de acera y continuó el ascenso.

—¿Qué hace? —protestó Naysmith.

—Tony tiene olfato —explicó Fox—. Cuando busca un bar, no se conforma con cualquier antigualla.

Kaye se detuvo frente a una puerta, se cercioró de que podían verlo y entró. El Pancake Place era luminoso y amplio y no estaba demasiado concurrido. Ocuparon una mesa en un rincón e intentaron parecer clientes habituales. Fox se preguntaba si era cierto que los policías de todo el mundo solían actuar así. Le gustaban las mesas esquineras, desde donde podía atisbar cuanto ocurría o estaba a punto de suceder. Naysmith aún no había aprendido esa lección y parecía satisfecho con sentarse de espaldas a la puerta. Fox se había apretujado junto a Kaye, escudriñando la sala; solo se encontró a varias mujeres absortas en sus conversaciones y que hacían caso omiso de los tres recién llegados. Estudiaron la carta en silencio, pidieron y esperaron unos minutos a que la camarera regresara con la bandeja.

—El bollito tiene buena pinta —dijo Naysmith, mientras cogía el cuchillo y se disponía a disfrutar de un alimento bajo en grasas, según anunciaba la etiqueta.

Fox había llevado la carpeta consigo.

—No quiero que os pongáis demasiado cómodos —dijo, y vació el contenido sobre la mesa—. Mientras se enfría el té, podéis refrescaros la memoria.

—¿Merece la pena correr ese riesgo? —preguntó Tony Kaye.

—¿Qué riesgo?

—Una mancha de mantequilla en la portada. No quedará muy profesional cuando hagamos las entrevistas.

—Hoy me siento con arrestos —repuso Fox—. Me la jugaré...

Tras un suspiro de Kaye, los tres empezaron a leer.

Paul Carter era el motivo por el que habían viajado a Fife. Carter ostentaba el cargo de agente y había sido policía durante quince años. Tenía treinta y ocho y pertenecía a una familia de policías: su padre y su tío habían servido en el Cuerpo de Fife. El tío, Alan Carter, había presentado la demanda original contra su sobrino. En ella lo acusaba de adicción a las drogas, de solicitar favores sexuales y de amiguismo. Después, dos mujeres salieron a la palestra y aseguraron que Paul Carter las había detenido por conducta etílica, pero que se ofreció a retirar los cargos si se mostraban «complacientes».

—Pero ¿de verdad alguien dice «complacientes»? —farfulló Kaye mientras leía hacia la mitad de una página.

—Los tribunales y los periódicos —respondió Naysmith, apartando las migas de su copia con las notas del caso.

Malcolm Fox tenía algunos de esos artículos de prensa delante de él. Había fotos que mostraban a Paul Carter abandonando los juzgados al final de una jornada de declaraciones. Llevaba un corte de pelo de tazón y la cara picada de acné, mientras le lanzaba una mirada asesina al fotógrafo.

Habían transcurrido cuatro días desde que se dictara la sentencia de culpabilidad y el juez había comentado que los colegas del agente Carter parecían «deliberadamente estúpidos o deliberadamente cómplices», lo cual significaba que sabían desde hacía años que Carter era un mal policía, pero lo habían protegido, habían mentido por él, y tal vez incluso habían tratado de falsificar declaraciones de testigos y de presionarlos para que no hablaran.

Todo ello había empujado a Asuntos Internos a la ciudad. El Cuerpo de Policía de Fife necesitaba saber y, para garantizar a la ciudadanía (y, lo que es más importante, a los medios de comunicación) que la investigación iba a ser rigurosa, le había pedido a un equipo vecino que dirigiera las pesquisas. A Fox se le había entregado una copia con las Consideraciones sobre el proceso de suspensión de Fife, además de un informe por escrito del jefe de Policía en el que resumía por qué los tres agentes investigados seguían en activo, lo cual, aseguraba, era «lo mejor para el Cuerpo».

Fox bebió un sorbo de té y leyó por encima otra página de notas. Casi todas las frases habían sido subrayadas o resaltadas. Los márgenes estaban llenos de preguntas, inquietudes y signos de interrogación garabateados por él mismo. Se lo había aprendido casi de memoria y podría haberse levantado para recitárselo a los clientes del bar. Puede que incluso estuviesen cuchicheando sobre el tema. En una ciudad de esas dimensiones debía de haber tomas de postura y hasta opiniones inconmovibles. Carter era un canalla, un sinvergüenza y un depredador. O acaso lo habían engañado un yonqui de baja estofa y un par de novias baratas. ¿Qué mal había causado con sus actos? Y en especial, ¿qué había hecho exactamente?

Poca cosa, salvo desprestigiar al Cuerpo de Policía de Fife.

—Me recuerda un poco a Colin Balfour —intervino Tony Kaye—. ¿Os acordáis?

Fox asintió. Era un policía de Edimburgo a quien le gustaba visitar las celdas cuando alguna mujer pasaba la noche allí. La acusación mostraba sus reservas, pero una investigación interna precipitó su expulsión del Cuerpo.

—Es curioso que acabara hablando su tío —comentó Naysmith, reconduciendo la conversación al caso que los ocupaba.

—Pero después de jubilarse —añadió Fox.

—Aun así... Debió de sembrar cizaña en la familia.

—Puede que tengamos una historia —dijo Kaye—. Ahí hay mala sangre.

—Tal vez —coincidió Naysmith.

Kaye dio un manotazo sobre el montón de papeles que tenía frente a él.

—¿Adónde nos lleva todo esto? ¿Cuántos días vamos a andar de un lado para otro?

—Los que haga falta. Quizá solo una semana o dos.

Kaye lanzó una mirada desdeñosa.

—¿Solo para que el Cuerpo de Policía de Fife pueda decir que tiene una manzana podrida y no una fábrica de sidra entera?

—¿La sidra sale de las fábricas? —preguntó Naysmith.

—¿Y dónde crees que la hacen si no?

Fox no se molestó en intervenir. Estaba elucubrando de nuevo sobre el protagonista, Paul Carter. No tenía sentido intentar interrogarlo, aunque estuviera disponible. Había sido hallado culpable y arrestado, pero aún no le habían impuesto una condena. El juez de distrito estaba «deliberando». Fox opinaba que Carter iría a la cárcel un par de años y que tal vez lo incluyesen en el Registro de Delitos Sexuales. Sin lugar a dudas, estaría proponiendo una apelación a sus abogados.

Sí, hablaría con su equipo legal, pero no con Asuntos Internos. No conseguiría nada delatando a sus compañeros de comisaría, a quienes lo habían defendido. Fox no podía ofrecerle ningún tipo de acuerdo. A lo sumo, podían aspirar a que se le escapara algo. Si es que llegaba a hablar.

Cosa que no iba a hacer.

Fox dudaba que nadie fuese a abrir la boca. O, más bien, hablarían, pero no dirían nada que mereciera la pena. Los habían avisado con mucha antelación de que llegaba ese día. Scholes. Haldane. Michaelson. El juez los había señalado por sus testimonios contradictorios o confusos, por enturbiar las aguas, por sus lapsus de memoria. El comisario Laird, su superior inmediato en el Departamento de Investigación Criminal (DIC), había eludido las críticas, al igual que una agente llamada Forrester.

—Con quien tendríamos que hablar es con Forrester —dijo Kaye de repente, aparcando su discusión con Naysmith.

—¿Por qué?

—Porque su nombre de pila es Cheryl. Mis años de experiencia me dicen que eso la convierte en mujer.

—¿Y?

—Y si un compañero suyo fuera un moscón, seguramente habría tenido un pálpito, habría estado rodeada de tíos cuando empezaron a correr rumores... Tiene que saber algo. —Kaye se puso en pie—. ¿Otra ronda?

—Déjame comprobarlo primero. —Fox sacó el teléfono y buscó el número de la comisaría—. A lo mejor Scholes ha vuelto ya de hacer pipí.

Fox marcó el número y esperó, mientras Kaye le tocaba la nuca a Naysmith y le ofrecía sus servicios como peluquero.

—¿Sí?

Era una voz de mujer.

—Con el inspector Scholes, por favor.

—¿De parte de quién?

Fox miró a su alrededor.

—Llamo del Pancake Place. Ha estado aquí y pensamos que se ha dejado algo olvidado.

—Espere, le paso con él.

—Gracias.

Fox colgó el teléfono y se dispuso a recoger todos los documentos.

—Bien hecho —observó Tony Kaye. Después le dijo a Naysmith—: Ponte la chaqueta de lanilla, Joe, y arranca el martillo neumático.

2

El inspector Ray Scholes se tocó el cabello, corto y negro. Estaba sentado en la única sala de interrogatorios de la comisaría. Fox había dejado en sus manos la elección del lugar, siempre y cuando tuviera una mesa y cuatro sillas.

—Y un enchufe —añadió Joe Naysmith.

El enchufe era para el adaptador. Naysmith había montado la videocámara y acababa de terminar con la grabadora de audio. Había dos micrófonos. Uno de ellos apuntaba a Scholes y el otro estaba centrado, entre Fox y Tony Kaye. Este tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido. Ya le había dicho a Scholes cuánto le gustaba su pequeña argucia.

—Yo no calificaría de «argucia» un caso oficial de la policía —replicó Scholes—. Por otro lado, esto podría considerarse prácticamente una pérdida de tiempo.

—¿Solo «prácticamente»? —respondió Malcolm Fox, que estaba ocupado con la documentación.

—Todo listo —anunció Naysmith.

—¿Podemos empezar? —le preguntó Fox a Scholes.

Este asentía cuando le sonó el teléfono. Respondió identificándose como «Ray Scholes, enemigo público número uno». Por lo visto, al otro lado de la línea estaba su novia, quien le pedía que comprara algo para cenar. Pero sabía lo de Asuntos Internos.

—Sí, están aquí —contestó Scholes arrastrando las palabras, con la mirada clavada en Fox.

El aludido se pasó un dedo por delante de la garganta para indicarle que colgara, pero Scholes no tenía prisa. Cuando por fin terminó la llamada, Fox preguntó si podía apagar el teléfono. Scholes meneó la cabeza.

—Nunca se sabe cuándo va a ocurrir algo importante.

—¿Cuánto tardará en sonar de nuevo? —preguntó Fox—. ¿Será ella todo el tiempo o ha repartido la tarea entre sus amigos? —Se dirigió a Tony Kaye—: ¿Cada cuánto suelen hacerlo? ¿Cada cinco o diez minutos?

—Diez —repuso Kaye con rotundidad.

Fox volvió a centrarse en Ray Scholes.

—Dudo que pueda hacer algo que no se haya intentado cien veces. Así que ¿por qué no apaga el teléfono?

Scholes logró esbozar una sonrisa e hizo lo que le pedían. Fox se lo agradeció con un cabeceo a modo de asentimiento.

—En su opinión, ¿era Carter un buen policía? —preguntó Fox.

—Lo sigue siendo.

—Ambos sabemos que no va a volver.

—¿Por qué odian tanto a los policías?

Fox miró al hombre que se sentaba al otro lado de la mesa. Scholes rondaba los treinta y cinco años, pero parecía más joven. Tenía el rostro pecoso y los ojos de color azul celeste. Una extraña imagen centelleó en la memoria de Fox: una gran bolsa de canicas que tenía de pequeño. Su favorita era una de color azul pálido, cuyas imperfecciones solo eran visibles al escrutarla, girándola lentamente entre los dedos...

—Es una pregunta original... —le contestó Tony Kaye a Scholes—. Dudo que nos la planteen más de varias docenas de veces al mes.

—No entiendo por qué quieren castigar a todos los que han trabajado con Paul.

—A todos, no —especificó Fox—. Solo a los que ha mencionado el juez.

Scholes resopló.

—¿A eso lo llama juez? Pregúntele a cualquier miembro del Cuerpo. Colin Cardonald es quien debe llevarse la puñalada. En diversos casos ha hecho todo lo posible por poner trabas al acusado...

—Siempre hay alguno de esos —reconoció Kaye.

—¿Hubo algún problema entre el juez Cardonald y el agente Carter? —preguntó Fox.

—Alguno.

—¿Y entre el juez y usted? —Fox esperó sin obtener respuesta—. ¿Me está diciendo que el juez Cardonald escogió algunos nombres por rencor?

—Sin comentarios.

—Hace casi un año se presentó una denuncia contra Paul Carter, ¿no es cierto? Incluso su tío dijo que Carter había reconocido que se aprovechó de una mujer. Se abrió una investigación.

Fox buscó de manera ostentosa la página en cuestión que contenían sus notas.

—No pudieron probar nada —aseveró Scholes.

—Al principio, no. Solo cuando Teresa Collins decidió que ya había tenido bastante... —Fox hizo una pausa—. ¿Conocía usted al tío de Carter?

—Era policía.

—Eso es un sí, entonces. ¿Por qué cree que dijo lo que dijo?

Scholes se encogió de hombros.

—¿Otra rencilla? ¿Y las tres mujeres: la denunciante original y las dos que salieron a declarar más tarde? ¿También lo hicieron por rencor? Muchos rencores me parecen contra su amigo, el «poli bueno» Paul Carter.

Fox se inclinó hacia delante, fingiendo interés en algunas páginas concretas. Los recortes de prensa estaban sobre la mesa, a la vista de todos. Kaye y Naysmith sabían que a veces el silencio resultaba útil y que cuando Fox volvió a recostarse en la silla no lo hizo porque se hubiera quedado sin preguntas. Naysmith comprobó el equipo; Kaye estudió su reloj de pulsera.

—¿Hemos terminado con los entrantes? —preguntó Scholes al final—. ¿Vamos a por los platos principales?

—¿Los platos principales?

—Cuando intentan arrastrarme con Paul. Cuando se inventan que mentí en el juicio, que traté de coaccionar a los testigos...

—Teresa Collins asegura que estaba usted en el coche con Carter cuando se le acercó y le dijo que iría a su casa ese mismo día para mantener relaciones sexuales.

—Eso no es cierto.

—Cuando presentó la denuncia, usted la telefoneó e intentó que la retirara.

—No.

—Su teléfono móvil aparecía en el de ella. Fecha, hora y duración de la llamada.

—Como ya dije en el juicio, fue una equivocación. ¿Cuánto duró la llamada?

—Dieciocho segundos.

—Exacto. En cuanto me di cuenta, colgué.

—¿Por qué tenía su número?

—Estaba anotado en un trozo de papel que había sobre una mesa de la oficina.

—¿Le entró la curiosidad y por eso llamó al número misterioso?

—Eso es.

Tony Kaye meneaba la cabeza lentamente; se mostraba incrédulo.

—Así que niega haberle dicho... —Fox consultó de nuevo sus notas— que «retirara la puta denuncia»?

—Sí.

—¿Salía con Carter cuando no estaban de servicio?

—Alguna cerveza de vez en cuando.

—Y algún club... Excursiones a Edimburgo y Glasgow en sus días libres...

—No es ningún secreto.

—Exacto. Trascendió todo en el juicio.

Scholes resopló.

—Unos polis se hacen amigos y, como les gusta tomarse una copa de vez en cuando, ya salen en portada.

—Carter era agente; usted, inspector.

—¿Y?

—Que nunca había conseguido un ascenso. Tenía el rango más bajo del Departamento de Investigación Criminal y llevaba tanto tiempo en el Cuerpo como usted.

—No todo el mundo quiere un ascenso.

—No todo el mundo se lo merece —espetó Fox—. En el caso de Paul Carter, ¿qué ocurrió?

Scholes se disponía a responder cuando se abrió la puerta de la sala de interrogatorios y apareció una mujer uniformada.

—Siento interrumpir —dijo, aunque no parecía sentirlo en absoluto—. Pensé que estaría bien saludar.

La agente vio que Naysmith apagaba las grabadoras. Se dirigió a la mesa y se presentó como la comisaria Isabel Pitkethly. Fox se levantó como a desgana y le tendió la mano.

—Inspector Malcolm Fox —dijo.

—¿Todo en orden? —Pitkethly miró en derredor—. ¿Disponen de todo lo que necesitan?

—Estamos bien.

Medía casi treinta centímetros menos que Fox, pero tenían más o menos la misma edad, poco más de cuarenta años. Llevaba una media melena castaña y sus ojos azules centelleaban detrás de las gafas. Lucía una blusa azul reglamentaria con charreteras en los hombros y una falda oscura que le llegaba justo por encima de las rodillas.

—¿Ray se está comportando?

Pitkethly soltó una carcajada nerviosa y Fox se percató de que las últimas semanas habían hecho mella. Probablemente se sentía como el capitán de un barco hermético y ahora la estructura se había visto dañada desde dentro.

—Acabamos de empezar —informó Tony Kaye sin molestarse en disimular su enojo.

—Es curioso. Pensaba que íbamos a comer queso con galletas —repuso Scholes.

—Inspector Scholes, debe asistir usted a otra reunión dentro de cinco minutos —dijo Pitkethly—. La fiscalía tiene que preparar un caso...

Scholes se puso en pie a toda prisa.

—Caballeros, ha sido un placer.

—¿Cuándo volverá a honrarnos con su presencia? —preguntó Fox a Pitkethly.

—Probablemente a media tarde.

—A menos que el fiscal tenga otros planes.

Scholes había vuelto a encender el teléfono y estaba leyendo los mensajes.

—¿Un par de llamadas perdidas?

Scholes miró a Fox y sonrió.

—¿Cómo lo ha adivinado?

Pitkethly parecía preguntarse lo mismo.

—¿Podemos hablar un momento en mi despacho, inspector?

—Iba a proponérselo ahora mismo —contestó Fox.

Un minuto después, Kaye y Naysmith se encontraban solos en la sala de interrogatorios.

—¿Lo recojo todo? —preguntó Naysmith, con la mano apoyada en el trípode.

—Será lo mejor. Vete a saber si Scholes y su equipo no piensan entrar con el propósito de pasear la polla por todas partes...

—Siéntese —indicó Pitkethly desde el otro lado de la mesa.

Fox permaneció de pie. La mesa estaba vacía. Había otra situada en ángulo recto, sobre la cual descansaban un ordenador y una bandeja atestada. La ventana daba al aparcamiento. No había cachivaches sobre el alféizar, ni tampoco fotografías de seres queridos. Las paredes estaban desnudas, salvo por un cartel de prohibido fumar y un almanaque.

—¿Lleva mucho tiempo aquí? —preguntó Fox.

—Unos meses.

—¿Y antes?

Fox notó que estaba molesta: por alguna razón era él quien formulaba las preguntas. Pero la educación exigía una respuesta.

—Glenrothes.

—¿Jefatura?

—¿No iría más rápido consultando mi expediente?

Fox alzó las manos a modo de disculpa y, cuando Pitkethly le indicó que se sentara, decidió no negarse por segunda vez.

—Lamento no haber estado aquí esta mañana —comenzó—. Esperaba poder mantener esta conversación con usted antes de que empezara su trabajo.

Parecía un discurso preparado... porque lo era. Con toda probabilidad, Pitkethly tenía amigos en la Jefatura de Glenrothes y había ido allí a pedir consejo para lidiar con Asuntos Internos. Fox podría haberle escrito el guion él mismo. En la mayoría de los casos, algún mandamás lo había invitado a su despacho para soltarle la misma historia.

La plantilla es muy buena.

Tenemos trabajo que hacer.

A nadie le interesa que los agentes sean apartados del servicio.

Por supuesto, nadie quiere tapaderas.

Pero daba igual...

—De modo que si pudieran trasladarme cualquier asunto a mí primero...

Pitkethly se había ruborizado. Fox imaginó lo mucho que debió de alegrarse cuando le ofrecieron estar al mando de una comisaría. Y ahora, eso.

Le habían explicado lo que debía decir, pero no había tenido tiempo de ensayar. Empezó a bajar el tono de voz y se aclaró la garganta, lo cual estuvo a punto de provocarle un ataque de tos. A Fox le gustaba todavía más por su aparente torpeza. Se dio cuenta de que tal vez no había echado mano de influencias, aunque la hubieran citado en Glenrothes.

«Esto es lo que debe transmitirle, comisaria...».

—¿Quiere que le traiga algo para beber? —preguntó Fox—. ¿Un poco de agua?

Pero ella declinó la invitación con un gesto. Fox se inclinó hacia delante.

—Por si sirve de algo —dijo—, intentaremos ser discretos. Y rápidos. Eso no significa que no vayamos a cuidar los detalles. Le pro­ meto que seremos exhaustivos. Y no podemos facilitarle ningún dato. Nuestro informe irá directo a su jefe. Lo que haga con él ya es cosa suya.

Pitkethly se había recompuesto y asintió, con los ojos clavados en los de Fox.

—Causar problemas no es nuestro cometido —prosiguió.

También había pronunciado aquel discurso en numerosas ocasiones y en salas muy similares a aquella.

—Solo queremos la verdad. Queremos saber si se han seguido los procedimientos y cerciorarnos de que nadie cree estar por encima de la ley. Si puede ayudarnos a transmitir ese mensaje a sus agentes, estupendo. Si podemos utilizar una sala como base de operaciones, mucho mejor. Debe poder cerrarse con llave y necesitaré todos los juegos. Espero poder dejarla en paz en una semana.

Fox decidió no añadir «o dos».

—Una semana —repitió Pitkethly.

Fox no sabía si lo consideraba una buena o una mala noticia.

—Esta mañana me han dicho que el sargento Haldane está de baja...

—Tiene gripe —confirmó ella.

—Sea gripe, parálisis o peste, tenemos que interrogarlo.

Pitkethly asintió de nuevo.

—Me aseguraré de que esté al corriente.

—También nos sería útil un poco de información sobre la zona; dónde podemos comer decentemente o tomar un bocadillo. Pero que sean lugares que no frecuenten sus agentes.

—Pensaré en ello.

Pitkethly se puso en pie. Era su manera de anunciar el final de la reunión. Fox permaneció en su asiento.

—¿Alguna vez ha sospechado del agente Carter?

Le llevó unos momentos decidir si respondía, pero al final meneó la cabeza.

—¿Y alguna de las mujeres que trabajan aquí...? —insistió.

—¿Qué?

—Cotilleos en los baños... avisos sobre una mano demasiado larga...

—Nada —afirmó.

—¿Nunca ha tenido dudas?

—Ninguna —repuso con firmeza mientras se dirigía hacia la puerta y se la abría a Fox. Este se tomó su tiempo y le dedicó una sonrisa al pasar junto a ella. Kaye y Naysmith lo esperaban al final del pasillo.

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14 kasım 2024
Hacim:
400 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788491871521
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