Kitabı oku: «El hombre y la madera»

EL HOMBRE
Y LA
MADERA
Basajaun / Madreselva
EL HOMBRE
Y LA
MADERA
Iniciación a la artesanía tradicional de la madera, para elaborar con éxito casas, sillas, molinos, tornos, toneles, zuecos, colmenas, ruecas, juguetes, instrumentos musicales y hasta mil utensilios diferentes.


Quinta edición: julio 2003
© Ignacio Abella (Basajaun/Madreselva), 1985
© RBA Ediciones de Librerías, S.A.
Pérez Galdós, 36 - 08012 Barcelona
Revisión y coordinación: Álvaro Altés
Ref.: OEBO853 / ISBN: 978-84-1626-734-7
AUTORES DE TEXTOS Y FOTOGRAFÍAS:
Basajaun/Madreselva es el autor de todos los textos e ilustraciones de esta obra y Tomás Mata el de los bodegones fotográficos, con las siguientes excepciones:
Fotografías:
—Antonio Agelet (pág. 374 arriba izqda.).
—Antonio (pág. 93, 243 dos de la izqda., 254 central).
—Álvaro Altés (pág. 409 arriba dcha.).
—Antoni Arenal (pág. 372 dos de la izqda., 373 centro dcha., 374 centro izqda., 401 arriba).
—Archivo Integral (pág. 383 abajo, 403 dos de la izqda. y arriba, 405 abajo).
—Luis Astola (pág. 401 central).
—Teresa Atxura (pág. 307 dcha., 312).
—Basajaun/Madreselva (369 ambas, 378 abajo y 380 centro).
—Ernest Costa (pág. 373 centro izqda.).
—Diego (pág. 249).
—Elizabeth Disney (pág. 375 abajo dcha., 401 abajo izqda.).
—Mara Herrero (pág. 33 y 34 todas, 160 la casa de madera, 165 las dos, 169 izqda., 385 arriba e inferior dcha., 384, 387, 180, 181, 188 y 199 todas, 221 arriba, 302 todas, 327 a 331 todas).
—François Marèchal (pág. 354).
—National Geographic Society (pág. 392-393 © NGS).
—Xabi Otero (pág. 373 arriba izqda. y abajo, bosque de la portada, 406, 407 y 311).
—Le Pèlerin (pág. 274).
—Tangerman (pág. 391).
—Víctor (pág. 115 abajo izqda.).
—Además de los grabados de la Enciclopedia Francesa de D’Alembert y Diderot, que aparecen en la obra.
Textos:
—Armando Graña («Los hórreos y las paneras en Asturias», cap. X).
—Armando Graña y Pedro Cores («La tonelería en el oeste de Asturias», cap. XXIII).
—François Marèchal («El arte de la xilografía», cap. XXV).
—Reginald y Gladys Laubin («Construcción de un tipi siux», apéndice).
Otros dibujos:
—Armando Graña (fig. 562 a 568, 800, 1004 a 1007, pág. 331 y 332).
—Pedro Cores (fig. 1008 a 1012).
—François Marèchal (grabados pág. 355 y 356).
—Reginald y Gladys Laubin (todos los del tipi siux).
El Arbol
Viajero, escucha:
Yo soy la tabla de tu cuna, la madera de tu barca, la superficie de tu mesa, la puerta de tu casa. Yo soy el mango de tu herramienta, el bastón de tu vejez. Yo soy el fruto que te regala y te nutre, la sombra bienhechora que te cobija contra los ardores del estío, el refugio amable de los pájaros que alegran con su canto tus horas y limpian de insectos tus campos. Yo soy la hermosura del paisaje, el encanto de la huerta, la señal de la montaña, el lindero del camino…
Yo soy la leña que te calienta en los días de invierno, el perfume que te regala y embalsama al aire a todas horas, las salud de tu cuerpo y la alegría de tu alma. Por último, soy la madera de tu ataúd.
Por todo esto, viajero que me contemplas, tú que me plantaste con tu mano y puedes llamarme hijo, o que me has contemplado tantas veces, mírame bien, pero… no me hagas daño.
Rabindranath Tagore

ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I La Herramienta. Hierros y Aceros
Hierros y aceros
La fragua
La soldadura
El temple
Las herramientas
Los mangos
Cuidado de las herramientas
Afilado

CAPÍTULO II La Madera
Defectos y enfermedades
Variaciones según el origen
Propiedades físicas y mecánicas
El secado
Los árboles uno a uno
fresno
haya
abedul
olmo
roble y encina
castaño
nogal
arce
serbal
cerezo
peral
manzano
cornejo
avellano
sauce
tilo
aliso
álamo
acebo
olivo
boj
bonetero
duraznillo
plátano
endrino
espino albar
brezo
tejo
aligustre
espino cerval
enebro
ciprés
abeto
pino
La tala
Herramientas para talar
La época de corta
La técnica
El transporte
El despiece
Formas de despiece
Raja

CAPÍTULO III El taller y el Banco
El aserradero en el bosque
El banco del carpintero
Tornillos y prensas de carpintero
Otros accesorios
Guías para serrar o cepillar

CAPÍTULO IV Marcar y Medir
Trazado de rectas
Las escuadras
Trazado de curvas
Plomada
Nivel
Medición
CAPÍTULO V Serrar
Los dientes
Formas de sierras
Sierras de bastidor
Sierras de arco
Sierra portuguesa, bracera o de brazos
Manejo de las sierras
Afilado y triscado de sierras
Sierra a pedal

CAPÍTULO VI Labra
Manejo
Los cepillos
Ajuste y cuidado de los cepillos
Afilado de cepillos
Manejo y trabajo con cepillos
Labra de tablas
Tablas alabeadas
Molduras
Labra de otras formas
Labra de roscas
Talla y escultura
Escoplos y formones
Gubias
Suavizado

CAPÍTULO VII Taladrar
Manejo de las barrenas

CAPÍTULO VIII Unión de Piezas de Madera
Confección de clavos
Tipos de clavos
Los tirafondos o tornillos
Herramientas para clavar y atornillar
Tecnica de clavar
Desclavar
Atornillar
Los tacos de las paredes
Clavijas de madera
Pernos o tornillos con tuerca
Acoplamientos
Contracción y alabeo en los acoplamientos
Reforzado de tableros
Acoplamiento para vigas y postes
Ensambles
Empalmes

CAPÍTULO IX Acabado de la Madera
Limas, escofinas y lija
Pegamentos, pinturas, barnices y otros productos
Pegamentos
Tratamientos de la madera, conservantes y colorantes
Tintes
Pinturas
Barnices
Preparados a base de ceras o encáusticos
Productos para proteger metales
La preparación de la superficie
Aplicación de los preparados
Las intoxicaciones por plomo y derivados
Glosario de ingredientes
CAPÍTULO X Carpintería de Armar
Estructuras de madera para cabañas
Estructuras para cubiertas de madera
Uniones y ensambles para las cubiertas
Estructura de tablas
Entramados para tabiques
Entarimados
Escaleras
Los hórreos y las paneras de Asturias
Cercados
Puertas para vallas y cercados
Puentes
Canales y canalones de madera
Andamios
Apeos
Entibado de zanjas y pozos
Encofrados

CAPÍTULO XI Carpintería de Taller
Ensambles de caja y espiga
Las ventanas
Puertas
Sujeción de marcos, puertas y ventanas en las paredes
Persianas
Dispositivos de giro
Cerraduras
Muebles
Bancos, sillas y mesas
Cajones
Asientos
Camas
Cunas
Armarios
Cajas, baúles y arcas
Talla deformas geométricas,

CAPÍTULO XII Aperos de Labranza
Escalera de mano para la recogida de la fruta
Varas para recoger fruta
Mango de guadaña
Colodra
Rastrillo de madera
Mesón
Zoqueta
Arados
Cultivadores
Gradas
Surcadores
Trilla
Traba, manea o palu
Collares y badajos
Comederos

CAPÍTULO XIII La Madera en el Transporte
Transporte a lomos
Vehículos de arrastre
Carretillas
Carros
Rabona
El carro asturiano
La rueda de radios
Carro volquete
Carruajes de cuatro ruedas
Accesorios para el carro

CAPÍTULO XIV El Arte de la Tonelería
Las piezas
Trazado del tonel
Cómo armar el tonel
Conservación y cuidado de los toneles


CAPÍTULO XV Recipientes y Utensilios
Vasos y cuencos
Tamices
Tablas de picar y de lavar
Cucharas y tenedores
CAPÍTULO XVI El Arte de hacer Zuecos
CAPÍTULO XVII Construcción de Colmenas

CAPÍTULO XVIII La Rueca y otros Útiles Textiles
La rueca
Otros útiles
CAPÍTULO XIX Piezas Curvadas y Labradas
Labra de curvas
Curvado de la madera
CAPÍTULO XX Instrumentos y Juguetes
Instrumentos musicales
Juguetes

CAPÍTULO XXI La Madera en el Fuego
Combustibles
Soportes de calderos
Alumbrado
La ceniza en la colada
Del carbón vegetal y de los carboneros
Fuelles
CAPÍTULO XXII Gomas, Resinas y Cortezas
Gomas y resinas
Resinación
Trementina y pez
Brea o alquitrán
Pez negra
Cortezas
CAPÍTULO XXIII Máquinas para trabajar la Madera
Tornos
La tornería en el oeste de Asturias
Tornos de movimiento continuo
Máquinas cepilladoras, sierras, etc.
Mortajadora
Motores de desguace
Montaje de los motores para diferentes aplicaciones
Poleas y transmisiones
CAPÍTULO XXIV Máquinas de Madera
Trituradora de hoces
El torno de alfarero
Molino bretón para cereales
CAPÍTULO XXV El Arte de la Xilografía
Xilografía a fibra
Xilografía a contrafibra
Estampación de las xilografías
APÉNDICE Construcción de un Tipi Siux
Materiales necesarios
Confección de las piezas
El montaje
Consideración final
CAPÍTULO I-XXI Selección de imágenes

Introducción
He concebido este trabajo no como la «Guía práctica del trabajo de la madera», sino más bien como una guía para empezar un camino largo y bello, que sin duda tiene tanto que ver con la evolución del ser espiritual como con las destrezas físicas y mentales. Las técnicas que se utilizan preferentemente para una cosa, aplicadas con visión pueden servir para muchas otras. Renuncio, pues, a desarrollar las mil formas de aplicar estas técnicas y dejo paso a la imaginación del artesano.
He tratado de dar a conocer las técnicas para hacer las cosas uno mismo, no porque la autosuficiencia esté de moda y pensemos que hay que tender hacia ella, sino porque se puede gozar de esta manera y nuestros actos se convierten en los actos de un ser responsable. El despilfarro desaparecería si todos hiciéramos las cosas por nosotros mismos.
«El hombre y la madera» alude a que aquí se hablará de la relación de estos dos seres. Un tratado de carpintería a la moderna diría «Las máquinas y la madera», pues ésta es la relación que existe hoy. Las carpinterías actuales parecen salas de máquinas, y en vez de la voz de las herramientas resuenan ruidos ensordecedores por todas partes. No hay que rechazar de plano las máquinas, pero cada cual habrá de ver si le interesan o no y cuáles.
Para que fluya el conocimiento de los distintos oficios y actividades, el hombre ha creado organizaciones como los gremios y cofradías, sociedades de obreros que se reunían para defender sus intereses e intercambiar experiencias, cuyo punto de unión era el trabajo, la ayuda mutua; de esta manera el saber se convertía en algo comunitario, vivo. El avance en el aprendizaje depende del desarrollo personal e íntegro del individuo, y así, en los gremios se cambiaba el nombre del compañero o socio, lo que simboliza en las distintas tradiciones espirituales el cambio de vida, la muerte del antiguo ser y el nacimiento del nuevo. Solían llamarse los compañeros con el nombre del lugar de nacimiento y unos apellidos que podían ser adjetivos, como «Corazón alegre», «Corazón leal», «Corazón fiel», «El decidido», «El pacífico», «El bienvenido»…
Otra característica de los gremios era la jerarquía, cuyo eslabón más bajo era el aspirante, que al ser aceptado se convertía en aprendiz. En esta etapa trabajaba durante cinco años, al cabo de los cuales se le ponía una prueba o trabajo relacionado con su oficio, y si era aprobado pasaba a ser compañero durante otros cinco años. Después, tras una nueva prueba, llegaba a maestro. Sin embargo, estas jerarquías tenían una validez relativa, que se manifestaba sólo en los numerosos rituales, pues ante una disputa todos los compañeros eran iguales.
En Francia, los compagnons debían dar una vuelta al país (antiguamente se hacía a pie), parando en las ciudades para trabajar con patronos que solían ser del mismo gremio. De esta manera, el obrero aprendía a trabajar con los distintos materiales, maestros y técnicas de diversas regiones, lo que sin duda representaba una formación amplia y sólida.

Antiguamente los gremios protegían al consumidor controlando la calidad de sus productos, prestaban auxilio en caso de enfermedad, repartían equitativamente el trabajo, y, como hemos dicho, contribuían con su organización al aprendizaje del oficio. Pero también ejercían coacciones: por ejemplo, estaba prohibido pasar de un oficio a otro y había una gran y obligatoria especialización en el trabajo (un sastre «de trajes nuevos» no podía remendar un traje viejo, ni un remendón hacer uno nuevo; un herrero no podía hacer una llave, etc.). Así los gremios cumplían la función de asegurar un trabajo justamente remunerado y se protegían de la competencia.
Los maestros, al menos los que yo entiendo por tales, han de enseñar el manejo de herramientas y materiales, pero sobre todo han de enseñar una actitud ante el trabajo, conducir al aprendiz al grado de control y de abandono que ha de estar presente en el carpintero como en cualquier otro oficio y actividad.
Recuerdo una frase de mi maestro Paco, en un momento en que me aceleré en el trabajo: «Tú tienes que estar tranquilo —yo dejo la lima y la sierra que estaba afilando y le escucho— aunque llueva y truene, aunque vaya a caerte un rayo encima —y se planta sacando el pecho— ¡tú tranquilo!».
A mi modo de ver, las técnicas, artimañas, artilugios y martingalas que enseña un maestro —y un maestro puede ser cualquier persona que transmita un conocimiento— sólo son dedos apuntando a la luna; no son la esencia de la enseñanza, sino la forma. Estas guías sirven para dar pie a que cada uno descubra su manera de hacer, pero nunca se terminará de aprender. «Vamos muriendo y aprendiendo» como dicen los viejos asturianos, y es que el camino de la madera es un camino con corazón y sin fin, capaz de llenar una vida.
No bastan conocimientos para trabajar con las manos, hay que alcanzar un ritmo que nos ponga en sintonía con el material y nos una a la herramienta como si ésta fuera una prolongación de nuestro cuerpo. Hay que comprender cómo trabaja cada útil y la naturaleza íntima del material que empleamos.
En este sentido, el cuerpo es punto de partida para el trabajo de la madera y la primera herramienta, por eso merece la pena tenerlo a punto, saber usarlo, no ir en su contra. Un oficio como el de leñador, carbonero, carpintero, etc., puede liberar o anquilosar el cuerpo, depende de cómo se utilice éste. El trabajo debe ser una forma de placer, de evolucionar en todos los sentidos, pero parece que esto está completamente fuera de la realidad en nuestra civilización, donde el trabajo ha llegado a ser un medio de obtener dinero y cada vez más cosas, o simplemente de subsistir. Tristemente vemos cada día más a menudo cómo los carpinteros y otros artesanos no aprecian su trabajo y lo hacen lo más rápido posible, sin importarles los resultados, el «tente horno mientras cobro» del refrán asturiano.
Manejar una herramienta es como tocar un instrumento: se aprende un método y cuando se conoce bien el útil, uno empieza a improvisar, a aprender armonía. Los autodidactas tenemos muchos defectos de forma por haber carecido en el momento preciso de una guía; cuesta igual aprender a armar bien una garlopa, que hacerlo mal. Los resultados son muy diferentes. Por eso me he extendido al tratar de la herramienta (quizá no todo lo que debía), esperando que los que inician sus trabajos bajo esta guía alcancen soltura con sus instrumentos y lleguen a hacer buena música.
El cuerpo tiene posibilidades increíbles; podemos desarrollar nuestra parte izquierda, y usando la mano, hombro y pie de este lado tendremos una visión completamente distinta. Podemos trabajar con los pies como si fueran manos. Así lo hacían antaño los cesteros; con una habilidad prodigiosa tejían con ambas manos y un pie mientras con el otro sujetaban la pieza. Los provenzales amasaban el pan pisándolo, con lo que era el peso del cuerpo y no la fuerza de los brazos la que trabajaba. Las lavanderas batían la colada con los pies…
También la respiración es esencial para llevar un ritmo y para mantener el estado de concentración y temple necesarios en el trabajo. Por ejemplo, es increíblemente efectivo al descargar el golpe con el hacha, la maza y otras herramientas pesadas, exhalar de pronto mientras se da un grito (¡hay sonidos más poderosos que otros!), pues la herramienta se dirige así con mayor precisión. También es importante llevar el vaivén de la respiración con el de la sierra o garlopa. Siempre, el momento de espirar corresponde al de cortar o hacer la fuerza.
El sonido de los materiales al golpearlos, cortarlos, etc. proporciona muchas señales sobre su estado, características, sobre la marcha del trabajo, y esto sirve no sólo para la madera sino también para el metal, la piedra y otros materiales. El oído es un auxiliar esencial para el artesano, casi tanto como la vista en algunos casos, y claro está, el tacto ocupa un lugar no menos importante.
El hecho de tener la herramienta afilada y a punto y el material adecuados, es la base de un buen trabajo y resulta fundamental para pasarlo bien durante su realización. El buen carpintero mima su herramienta y sus obras, pero esto no significa que debe estar apegado a ellas.
Y otra cosa evidente, pero que fácilmente se nos olvida: trabajar sólo cuando nuestra actitud sea positiva.
Las claves son consciencia, conocimiento de materiales y herramientas, equilibrio del cuerpo y actitud positiva, respiración adecuada, etc. No insistiré sobre ellas, pero cada uno debe descubrir su importancia por sí mismo. También he evitado repetir demasiado decir: «esto es muy importante», primero porque todo o nada es muy importante, y segundo porque cada uno tiene que descubrir qué es qué dentro del trabajo de la madera. «Cada maestrillo tiene su librillo».
Nada de lo aquí escrito está para llenar páginas, todo tiene un sentido real. Muchas cosas han quedado fuera, como carpintería de ribera, construcción de guitarras, violines, etc., marquetería, grabado en madera, toneles ovales y de otras formas, fabricación del papel, chapa de madera (contrachapados y chapeado), cestería, etc. Todas son interesantes, pero para empezar es suficiente con las que se exponen.
Sugiero que las cosas que aquí se apuntan, se tomen como preguntas más que como respuestas, de esta manera el empleo de esta información será creativo. Si tomáis todo al pie de la letra trabajaréis con mayor seguridad, pero aprenderéis bien poco.

FUENTES
Las cosas que aquí digo las he experimentado, visto o recogido de otras gentes que de una u otra forma trabajan la madera; o recopilado de librotes, algunos modernos, otros antiguos, de todo un poco. Las cosas que no he hecho ni visto hacer las he expuesto lo más detalladamente posible, para hacerlas yo un día y para que cualquiera de vosotros sea capaz de realizarlas también. Puede haber lagunas, lo cual es comprensible dado que la poca información que existe está en general desperdigada y el saber de muchos oficios y artesanías lo tienen hoy unos pocos viejos que al morir se lo llevan a la tumba por falta de aprendices.
Esta obra es una recopilación, entre otras cosas, de un saber ancestral que hoy se pierde día a día, mientras se derrochan esfuerzos para alcanzar la luna y destruir más rápida y eficazmente.
Hay que saberse ignorante para preguntar a abuelos que no saben escribir, pero conocen secretos para hacer las cosas de una manera sencilla y acorde con la Naturaleza.
Es una labor bella que cualquiera puede llevar a cabo, la de responsabilizarse de la recuperación del saber y recogerlo como un tesoro, tan minuciosamente como se pueda. Se pueden tomar medidas de una lera y planos perfectamente detallados, pero de nada valdrán si no conocemos las maderas de que se hacen las distintas piezas, capaces de darle resistencia y ligereza donde se precisa. Se trata, pues, de recoger la información necesaria para construir el artilugio o llevar a cabo el trabajo. Y para ello hay que adoptar la disposición del constructor, del que quiere copiar una idea u obra y abre bien los ojos y mira con calma, preguntándose todo.

He rebuscado hasta el fondo para encontrar un camino real y consecuente, donde las técnicas estuviesen verdaderamente al alcance de la comprensión y realización y los procesos fuesen completos, pues la experiencia me dice que cuanto más completo es un camino y más se profundiza en él, mayor es la satisfacción que produce el caminar.
Como iréis viendo, la mayor parte de la información corresponde a técnicas tradicionales de Euzkadi y de Asturias, por la simple razón de que es en esas regiones por donde siempre me he movido.
El autor nos comunica que puede escribírsele a Integral para más información sobre lo tratado, que intentará ampliar en la medida de lo posible. También espera a su vez recibir información, sugerencias y colaboraciones de todo tipo sobre esta obra y sobre los metales (herrería) y los animales domésticos.
BIBLIOGRAFÍA
Como orientación para quien desee ampliar sus conocimientos, he escogido éstos de entre los muchos libros que he utilizado, dejando de lado otros que ofrecían escasa confianza o con muy poca información interesante:
— Manual del carpintero ebanista, Librería Salesiana *.
— Tecnología de la madera, Librería Salesiana.
— N.W. Kay, Carpintería de armar y de taller, Ed. Gustavo Gili.
— Wollmann, Trabajos manuales para jóvenes, Ed. Labor.
— Heinrich Höner, Alrededor del trabajo de la madera, Ed. Reverté.
— El arte de construir muebles, Ed. José Montesó.
— Trabajo manual de la madera, tomos I y II, CEAC ed.
— D’Alambert y Diderot, Enciclopedia francesa.
— Diccionario enciclopedico, Ed. Espasa-Calpe *.
— La madera, Ed.’Blume.
— Marcelino García López, Manual del carpintero y ebanista, Librería de Cuesta, Madrid 1879.
— J.M. Feito, La artesanía popular asturiana, Ed. Ayalga.
— Le cataloge des ressources, Ed. Libraire Paralleles.
— André Leroi-Guorgan, L’Homme et la matiére. Milieu et techniques, Ed. Albin Michel.
— A. Boekholt, Manos hábiles, Ed. Vilamala.
— Abate Rozier, Diccionario de agricultura, Ed. Ignacio Boix, Madrid 1843, trad. Juan Alvarez Guerra.
— Enciclopedia del hogar, Ed. Sopena *.
— Cobijo, Ed. Blume.
— Garmendia-Larrañaga, De etnografía vasca, Ed. C.A.P. de Guipúzcoa.
— Garmendia-Larrañaga, Artesanía vasca, Ed. Auñamendi.
— R. Wearing, 200 recursos para el trabajo de la madera. CEAC ed.
— V. Rubio, Construcción en madera, tesis de la Escuela de Arquitectura de San Sebastián (sin publicar).
— J.M.a Soroa y C. F. Castro, Manual del Constructor y formulario, Bailliere e hijos, 1898 *.
— J.R. Segarra, Pintura y decoracion del hogar, Ed. Sintes. 1953 *.
— Manual de Manejo Forestal, Gobierno Vasco.
— G. Stokes, Práctica del torneado de la madera, CEAC ed.
— G. Stokes, Torneado creativo de la madera, CEAC ed.
*: Estos libros son especialmente útiles para quien busque más información sobre el capítulo IX.
CAPITULO I
La Herramienta, Hierros y Aceros
Donde se habla de los hierros y aceros, de las clases y técnicas de trabajo de éstos y de la herramienta que usa el herrero. Y de la puesta a punto, compra, afilado y cuidados de las herramientas que emplea el carpintero.


Este capítulo poco tiene que ver aparentemente con el trabajo de la madera, pero ayudará al carpintero a conocer mejor sus herramientas, a repararlas o hacerlas y a elegirlas. También abre un nuevo campo, pues con esta información pueden hacerse trabajos sencillos con hierro o acero para completar aperos o cualquier tipo de utensilio de madera y metal, herramientas simples, etc.

HIERROS Y ACEROS
El hierro dulce o forjado es el hierro casi puro que se obtiene por laminación reiterada del hierro, calentado al rojo y golpeado con martillo. Se forja bien y no se oxida tan fácilmente como otras formas de hierro; es maleable, no se endurece por temple y suelda consigo mismo a elevada temperatura.
El hierro de fundición y otros tienen menos interés en este caso. El de fundición es duro y frágil y para el herrero ofrece muchas menos posibilidades que el dulce o los aceros.
Pero para la casi totalidad de las herramientas que necesita el carpintero, el hierro no reúne la suficiente dureza y se recurre entonces al acero.
En la India comenzó a fabricarse acero calentando varias veces hierro dulce y apagándolo inmediatamente en agua. Esto es suficiente para dar un ligero acerado en la superficie. En algunos lugares se encuentran minas con acero natural; los egipcios lo sabían bien y aunque el metal era raro, su uso estaba extendido. Los japoneses disponían el hierro dulce en barras y las colocaban en lugares pantanosos hasta que se cubrían de una capa de orín, entonces las retiraban y las batían de nuevo. Luego ponían otra vez el hierro en el pantano por ocho o diez años. Lo que quedaba del hierro que no se había oxidado presentaba ya las propiedades del acero.
Los aceros toledanos y otros antiguos se obtenían intercalando capas sucesivas de hierro dulce y carbón y percutiéndolas con un martinete en frío. Más modernamente, se aceraba el hierro calentándolo dentro de una caja con carbón y cerrada lo más herméticamente posible a fin de que el carbono fuera penetrando el metal en vez de combinarse con el oxígeno del aire; de la misma manera puede acerarse un hierro metido dentro de una carbonera. Hoy los procesos industriales son infinitamente más complejos y quedan fuera del alcance de esta obra.
El acero está formado por una asociación de cristales de varias materias, algunas de las cuales son duras y otras blandas. La proporción y la forma en que se alean puede modificarse más o menos mediante cambios de temperatura debidamente regulados y por la presencia de cantidades pequeñas de otros metales. Al calentarse excesivamente, el acero se quema y vuelve, frágil; su estructura más o menos cristalina se ve afectada por el calor.
Lo más útil para el herrero es comprar los aceros en piezas, barras, láminas, etc.
Hay muchos aceros que no podemos manipular sin grandes medios. Los inoxidables, por ejemplo, aparte de ser difíciles de trabajar interesan poco para las herramientas de carpintería, dada la dificultad de afilarlos y el mal corte que se obtiene; y el acero al tungsteno no puede templarse. Así pues, quedan aquí fuera de lugar y sólo comentaremos los más corrientes, útiles y fáciles de trabajar.
No podemos hablar de aceros sin citar la marca Bellota, fabricante de aceros de una calidad excepcional, lo mismo en barras para los herreros que en herramientas, sean para labranza, carpintería o cualquier otra cosa, al menos en comparación con otras marcas españolas, y esto pueden atestiguarlo los paisanos al decir qué marca de azada o guadaña prefieren. Bellota fue creada por un herrero ya mítico, que empezó de la nada y gracias a un gran conocimiento de su oficio (dicen que valoraba la calidad del acero por su sabor, chupando el metal), acertó en las combinaciones de elementos que entran en la composición de sus productos.
En el mercado (ferreterías) no es fácil encontrar acero de esta marca en barras o en otras formas. Hay tres calidades diferentes, de una, dos y tres bellotas; esta última es el acero más refinado y el mejor para soldar y caldear, tiene más cohesión y es también el más apropiado para herramientas de filo; sirve para las mismas cosas que el de ballesta pero además lo aventaja en que puede soldarse, aunque es más caro.
Los herreros llaman acero de ballesta al que proviene de las ballestas de amortiguación de toda clase de vehículos y se compra en chatarrerías. Es buen acero para herramientas, pero no puede soldarse por no resistir la temperatura adecuada y por tanto sólo pueden hacerse con él herramientas de una pieza: hoces, formones, hojas de cepillo, cuchillos, llegras, tajaderas para hierro, barrenas, etc.
El pistolete es un acero que se encuentra con cierta dificultad en las chatarrerías o en minas abandonadas, en forma de barras que sirven para las máquinas de perforar piedra. Es muy duro y se utiliza para hacer punteros, tajaderas y otras herramientas para trabajar el hierro.
Ah, los que no frecuenten las chatarrerías —lugares donde se encuentran grandes tesoros— han de saber que son templos del regateo, donde rara vez piden por las cosas el precio que verdaderamente esperan obtener, y a veces se aprovechan un poco del incauto.
En general, para conocer la calidad del acero en barras, de una herramienta o en cualquier otra presentación, se suele golpear. Un sonido limpio y sonoro es señal de buen acero.
LA FRAGUA
Basta una tejabana, cualquier rincón cubierto, para montar una fragua; de hecho se ven muchas herrerías de antaño y aún hoy en cuartuchos de 4 × 4 metros, con poca luz y desvencijados.
Para trabajar el hierro en caliente puede bastar el horno de una cocina económica calentado con carbón, pero lo cierto es que cuesta muy poco levantar un hornillo de fragua, que consiste en un simple pedestal de piedra o ladrillo (los ladrillos de la superficie serán refractarios). El aire del fuelle entra por debajo de la plataforma y sale al exterior por una especie de embudo, llamado tobera, que ha de ser de un metal resistente al fuego o simplemente de barro (fig. 1). Si hay campana de chimenea para la salida de humo, mucho mejor, pero no es imprescindible, sobre todo si se emplea carbón vegetal. Se enciende el fuego sobre la tobera procurando que la brasa se concentre. Los metales se calientan justo sobre la tobera y se utiliza una barra de hierro llamada hurgón para remover las escorias, ya que estos residuos del carbón se acumulan e impiden el libre paso del aire.
El fuelle o barquín, de cuya construcción se hablará más adelante, insufla el aire hacia la tobera para atizar el fuego; se acciona por una simple cuerda o cadena, o un sistema de pedal.
Cerca de la fragua se encontrará el yunque, esencial para el herrero (fig. 2). Hay yunques en venta en los rastros y chatarrerías y vienen a costar de 15 a 20.000 ptas. (precio del verano del 83); es posible que puedan encontrarse más baratos en alguna herrería abandonada.
El yunque se fija sobre un tajo o tocón de madera fuerte (olmo, encina, haya, etc.) y próximos están los duernos o recipientes con el agua, aceite y líquidos de temple. Es importante que fuego, agua y yunque estén cerca, pues el tiempo es esencial para el herrero, que ha de trabajar antes de que el metal se enfríe y enfriar o calentar en el momento preciso.
Pueden encontrarse muchos tipos de yunques. Es importante que la cara superior del yunque sea bien plana y lisa, pues los defectos que pueda tener se plasmarán en los trabajos. Además de esta superficie plana, del yunque salen unas orejas puntiagudas por los extremos, de formas redondeadas y llamadas bigornias, que sirven para hacer las formas curvas. Se utiliza mucho la esquina, que debe estar bien escuadrada, para doblar en ángulo recto, hacer rebajes, adelgazar una parte de un hierro sin adelgazar el resto, etc. También tiene el yunque un agujero en su parte plana, cuadrado (fig. 2a), en el que se mete la espiga de la tajadera (fig. 3) cuando se quiere cortar algo. Hay tajaderas para cortar el metal en frío y otras para hacerlo en caliente. El corte de este utensilio queda hacia arriba y sobre él se pone el hierro en el punto por el que se quiere cortar; con el macho o martillo se golpea hasta separar las dos partes.
Hay tajaderas con mango (fig. 4) que actúan golpeando sobre su cabeza y cortando el metal puesto sobre el yunque. Lo mismo que en las anteriores, se distinguen las que sirven para cortar en frío y las que cortan en caliente. Otro instrumento de corte por percusión es el cortafríos (fig. 5), que se maneja como un formón y que como su nombre indica sirve para cortar en frío, generalmente chapas o barras delgadas.
Para golpear sobre las tajaderas, centradores (fig. 6), punzones y otras herramientas, o sobre el mismo metal cuando se trata de soldar o forjar (dar forma), se utilizan machos o martillos de fragua (fig. 7) que pesan entre 1 y 1,5 kg. y los de bola (fig. 8). Para el primero es condición indispensable el peso; se maneja procurando economizar fuerzas, dejándolo caer por su peso con el único esfuerzo de guiarlo y aprovechando su rebote para elevarlo de nuevo; para mirar, descansar un momento o simplemente parar, nunca se detiene el martillo en el aire, sino que se deja caer sobre el yunque, y se sigue sujetando por el mango hasta que cesan sus rebotes y se posa. El martillo de bola tiene una de sus bocas semiesférica y se utiliza para dar formas especiales y para los roblones y remaches.
Utilizar bien el martillo es mucho más difícil de lo que parece; para descubrir esto no hay nada mejor que trabajar con metales. No sólo se trata de dar el golpe preciso, sino también de llevar la parte plana del martillo con la inclinación necesaria para aplanar sin mellar, o para dar la forma deseada. Hay que practicar muchísimo para llegar a forjar o moldear bien el metal. Es fácil dar algunas formas sencillas, doblar en ángulo recto, achatar o aplanar, cortar, curvar, agujerear, pero ¿os imagináis hacer una barrena con vástago en hélice? Se necesitan muchas horas de práctica para lograr estas cosas. Trabajar el hierro al rojo es algo así como trabajar con arcilla, claro está que es más rígido, pero se dobla de una forma parecida bajo los golpes del martillo. Parece increíble, pero una barra plana puede quedar doblada en un momento y convertirse en una herradura.
Para coger el metal sin quemarse y amortiguar los golpes, se usan tenazas que el herrero suele hacer él mismo a la medida de sus necesidades. Dos tipos, de los muchos que necesita alguien que trabaja asiduamente con el hierro, son los de las fig. 9 y 10. Para hacer unas tenazas se utiliza un acero suave o hierro dulce, preferiblemente en barras redondas. Cuanto mayores sean los brazos y más corta la boca mayor es la fuerza, pero existe el límite de la comodidad para agarrar con las manos y poder coger los hierros sin tener que abrir demasiado, pues las tenazas han de agarrarse con una sola mano para dejar libre la otra que maneja el martillo. Normalmente, con el fin de sujetar mejor los hierros, las bocas se hacen cuadradas y el primer paso es escuadrar los extremos (solamente éstos, ya que el mango redondo es más cómodo); se apoya la parte al rojo sobre el yunque y se golpea para achatar la redondez. Luego se da la forma curva o ángulo de las bocas. El punto de unión de los dos brazos o piezas de las tenazas se puede hacer de formas diferentes, por ejemplo aplanando este punto en los dos brazos y torciendo si es necesario las bocas para que una quede frente a la otra; o bien haciendo un rebaje en una de las piezas en el que se asienta la otra. De cualquier forma que se haga, deben tener juego para girar una sobre la otra. El eje para este giro es un simple remache que se introduce en agujeros practicados en los puntos de unión.
Este remache, pieza de hierro dulce, tendrá un extremo o cabeza más ancho que el resto: el vástago del remache. Esta cabeza se pone sobre el yunque y por el vástago se insertan las dos piezas de las tenazas. El vástago debe sobresalir un poco para que con el martillo de bola, u otro en su defecto, se vayan dando golpes no muy fuertes para que no doble y dirigidos verticalmente sobre el eje del vástago. Así, con los martillazos suaves y repetidos el extremo del remache se va ensanchando y forma una cabeza como la otra. Se ha de tener cuidado de que esta cabeza no apriete tanto a los brazos de las tenazas que los impida girar y de que no quede tan floja que las dos piezas tengan movimiento o juego lateral. De esta forma se puede remachar en frío o en caliente y podemos también unir dos piezas de madera o cuero, además de metal (tijeras, chapas, etc.). Si un remache se afloja por desgaste —esto es muy corriente en tijeras y cizallas— basta entonces con golpear una de las dos cabezas.
Se pueden comprar los remaches ya preparados para que sólo sea necesario unir las piezas y achatar el extremo, o hacerlos de la misma forma que se explica para hacer clavos en el capítulo 8. En este caso el vástago del remache no ha de ser puntiagudo pues se doblaría, y la cabeza puede hacerse como la del clavo antes de meter en la clavera, o bien como queda después, achatada y redondeada.
También son útiles las tenazas en la fragua para sujetar, doblar o cortar en frío alambres u otras piezas pequeñas, pues con el calor las bocas de los alicates se destemplan.
Para hacer agujeros en el metal se pueden usar punzones o taladros. Los primeros se utilizan en frío si se trata de chapas delgadas, o en caliente, al rojo, cuando se han de agujerear hierros más gruesos, como las herraduras o las piezas de tenazas. Se trabaja sobre el yunque o un tajo de madera.
Cuanto se refiere al taladrado de metales con brocas (fig. 11) puede encontrarse en el capítulo de taladrado de madera. Ahora bien, para los metales más que para ningún otro material es necesario marcar el punto del taladro con un punzón o centrador antes de barrenar, pues de otra manera la broca no penetra y resbala en la superficie, tanto más cuanto más dura y lisa sea ésta. Punzones y centradores pueden hacerse fácilmente con barritas de acero o limas viejas un poco destempladas para que pierdan algo de su fragilidad en su parte media; para ello la punta se protege del destemple ensartando en ella una patata, o manteniéndola en agua mientras se calienta el resto con soplete en la fragua.
Para cortar en frío piezas de hierro o aceros no demasiado duros, se utilizan las sierras de metal (fig. 12). Pueden construirse de una forma similar a la que se explica para la sierra de arco en el capítulo de sierras para madera. Interesa que las hojas sean recambiables porque se embotan y rompen con facilidad, como también que los arcos sean extensibles para adaptar distintas longitudes de hoja. Las sierras de metal cortan mejor si se mueven enérgicamente pero con lentitud; no se debe apretar con fuerza en los movimientos de retroceso y para conseguir un mejor rendimiento se pasa cada vez toda la longitud de la hoja. Esta hoja debe estar bien tensa en la sierra y la pieza a serrar bien sujeta, pues de lo contrario puede romper aquélla.
Para cortes no muy precisos se puede serrar un pedazo y sobre esta línea doblar la pieza hasta separarla. No conviene utilizar hojas nuevas en cortes ya empezados, porque esto altera el triscado. En las ferreterías se sirven hojas de muy distintas calidades; cuanto mejores son más duras, más frágiles y más caras; para aprender conviene utilizar hojas baratas que se rompen muy difícilmente, aunque no sirven para cortar aceros duros.
Otra herramienta para cortar es la cizalla, tijera para cortar chapa que a veces se sujeta por uno de sus brazos a un tocón de madera (fig. 13), o a un banco. Se afila con un bisel o ángulo mucho más plano que el de las tijeras, por lo que tarda mucho en desafilarse. Este bisel va solamente por la parte exterior de cada hoja (fig. 13, a), nunca por la interior, que debe ser plana.
Para sujetar las piezas se usa la mordaza, tornillo de banco o morsa (fig. 14), accesorio casi imprescindible en la fragua. Su coste es elevado aunque se compre en rastros y chatarrerías. Los mejores son los que tienen un pie que se empotra en el suelo y los que están hechos de acero forjado en vez de fundido. Con los primeros se puede golpear con tranquilidad, y con la sujeción mejor que proporciona el pie, los golpes se amortiguan y las fuerzas de palanca no afectan gran cosa. Son buenos tornillos los que fabrica Acesa, pero no los hacen con pie, sino solamente para sujetar en el banco.
Con este aparato, aparte de sujetar para doblar, limar, serrar y otras mil operaciones, se pueden cortar chapas con la ayuda de un cortafríos como si de una cizalla se tratara; para esto último se fija la chapa con el tornillo y se golpea con el cortafríos junto a la línea de sujeción (fig. 15).
Para trabajar cómodamente, el tornillo debe colocarse a una altura tal que su boca quede a la par del codo. Para que el rallado que suelen llevar las mandíbulas con el fin de agarrar mejor no dañe las piezas delicadas, se pueden interponer unas falsas bocas de plomo, madera u otro material más blando. El desbastado de metales con limas se trata en el capítulo de desbastado y acabado de la madera.

LA SOLDADURA
La soldadura más común y la que trataremos aquí es la que se realiza con las dos piezas de metal al rojo y a golpe de martillo; otras formas son la soldadura con caldas, que son unas plaquitas de una sustancia que se interpone entre los dos pedazos a unir, la autógena, la eléctrica, etc.
Las piezas a soldar se mantienen en continuo movimiento dentro del fuego y se les da una y otra vuelta con el máximo fuego y soplo del fuelle.
Para evitar el desintegrado y la descarburación del acero se utiliza la arena, que ha de ser muy fina, pesada y silícea, de monte o de río pero no de playa. También suelen usarse las escorias de carbón vegetal finamente pulverizadas que quedan como residuo en la tobera, bien quemadas y sin piedrillas u otras impurezas.
Se calientan las dos partes a soldar hasta que después del rojo alcanzan un color blanquecino; el hierro o acero debe notarse fluido por fuera. En este momento, sobre el metal candente dentro del fuego, se echa el polvo de arena o la arena con escorias. Estos polvos uniformizan la temperatura del exterior con la del interior del metal, que alcanza con ello un punto cercano al de fundición; su color es casi blanco, chisporrotea y echa algo de llama. Es el momento de poner pieza sobre pieza y golpearlas para que se suelden.
Para que la soldadura sea perfecta, las dos superficies se empiezan a golpear por un extremo y se va gradualmente hacia el otro (fig. 16). De golpear en los bordes o extremos de la superficie a soldar podrían quedar en el interior del punto de soldadura impurezas que debilitarían la unión (fig. 17).
Se ha de tener en cuenta también que al golpear repetidamente sobre el hierro al rojo se puede adelgazar demasiado el punto de soldadura respecto al resto de la pieza. Esto se remedia fácilmente haciendo venir el metal con suaves golpes, cuando aún está la unión al rojo (las flechas de la fig. 18 indican la dirección de éstos), o poniendo la barra verticalmente sobre el yunque y golpeando con cuidado de no doblarla.
Conviene recordar que cuanto mayor sea la proporción de carbono y más duro el acero, más difícil es de soldar.
Un ejemplo del trabajo de soldadura sencillo pero que requiere práctica y tiempo es la forja de cadenas: los eslabones se hacen con alambre o barras de hierro cortadas, curvadas y engarzadas en el trozo de cadena ya hecha, que luego se sueldan.

EL TEMPLE
Es un arte difícil que requiere mucha experiencia, pero imprescindible para hacer herramientas de buen corte.
Se trata de calentar el acero al rojo y enfriarlo rápidamente en un líquido a fin de obtener una mayor dureza. Esta dureza depende del acero, del grado de calentamiento a que se le ha sometido, del líquido en que se le enfría y de su temperatura. El acero templado puede destemplarse calentándolo de nuevo (cuanto mayor sea la temperatura más se destempla) y dejando que se enfríe al aire.
Una dureza extremada hace a la herramienta frágil, por lo que el acero debe quedar lo suficientemente duro para cortar el material a que se destina y lo bastante tenaz para no romperse.
A veces puede ser necesario que una herramienta tenga en sus distintas partes diferentes durezas. Así, un cincel ha de tener el filo bien templado para cortar bien, pero la cabeza blanda para recibir los golpes con cierta elasticidad (se forma rebaba pero el acero no salta ni se rompe); su dureza disminuye progresivamente del filo a la cabeza. Por la misma razón las bocas de los martillos van templadas y la parte media no; o limas, escoplos, etc., llevan templada su parte cortante y siempre destempladas las espigas que se embuten en los mangos. Esta diferencia de dureza se consigue a veces en las fábricas alternando diferentes aceros.
Cuando calentamos una barra de acero comienza a tomar un color rojo, al principio apagado y cada vez más intenso conforme aumenta el calor, luego llega al rojo cereza y más tarde a un blanco luminoso que indica que se acerca al punto de fusión. Pero para templar sólo se llega por lo general al rojo cereza, pues si se sigue adelante el temple suele ser excesivo. Hay que tener muy en cuenta que las partes más delgadas del metal, las puntas y los filos, pueden quemarse fácilmente e inutilizarse; por ello se calienta siempre por detrás de estas partes para que les llegue el calor adecuado, y en ningún caso se mete entre las ascuas una punta o un filo (esto vale tanto para el hierro como para el acero).
Es preciso poner especial atención a la luz de la fragua al comprobar el rojo del metal: de noche o a la sombra el color puede hacernos creer que el metal está más caliente de lo que en realidad está, y de día y a la luz que está más apagado, más frío. Esto se nota especialmente si cambiamos de luz durante el trabajo, y puede llevarnos a errores en cualquier tipo de manipulación (temple, forja, soldadura, etc.).
Para templar se mete el acero en el fuego y se cubre de ascuas, se atiza con el fuelle y se saca de cuando en cuando para ver su temperatura. Una vez conseguido el rojo cereza se saca la pieza y se mete el filo (uno o dos centímetros del corte) en el líquido durante un instante. Con este primer enfriamiento o temple se pierde el rojo en la parte sumergida, pero el resto del acero aún caliente trasmite su calor en esta parte, en la que se forma una especie de sutil herrumbre, que aunque es producto de la oxidación, se parece más a un vaho coloreado o un reflejo. Esta herrumbre cambia de color con la temperatura, conforme va reviniéndose (o destemplándose) el primer temple (revenirse es perder la primera dureza que podría ser excesiva). El color del revenido indica al herrero el momento adecuado para bañar por segunda vez la pieza y darle su temple definitivo.
En ocasiones, antes del primer baño se da un poco de jabón en la superficie del metal para que quede más limpio y se aprecien mejor los colores del revenido. Estos colores van desde el blanco o amarillo al azul, pasando por el pajizo, pardo o perdiz. Si se templa la herramienta cuando está de color blanco queda demasiado dura para la mayor parte de las tareas. El azul, que es el temple más blando, suele ser el más utilizado para las herramientas de carpintería.
Es importante el momento de labrar el filo o bisel. Casi siempre, especialmente cuando el acero es muy duro y va a darse temple duro, merece la pena labrarlo antes de templarlo, pues se trabaja mejor con la lima o amoladora. Si el acero es más blando puede labrarse el filo después de templarlo y así no hay peligro de requemarlo en el fuego.
En ocasiones, tras el primer baño se deja enfriar del todo o casi el acero y luego se vuelve a calentar moderadamente hasta lograr un color rojo violáceo. Tradicionalmente se usa un cuerno de carnero para medir esta temperatura: tocándolo con el acero caliente, no debe tostarse ni producir humo. Hecha esta prueba se verifica el revenido y se templa de forma definitiva.
El acero de la marca Bellota por ser blando se reviene hasta un color pardo azulado. Los duros de ballesta lo hacen hasta el azul (no el primer azul vivo que queda al principio, sino otro más apagado que va quedando cuando el primero se reviene). El acero de ballesta no se ha de recalentar demasiado, pues se «corta» o raja (se oyen unos chasquidos) al enfriarse. El pistolete se calienta poco y en cuanto está algo pardo se mete entero (toda la herramienta) en el agua.
Es importante la forma de dar los baños. Si el corte de una herramienta se mete en el líquido y se deja quieto en él, se da una gran diferencia de temperatura entre la zona templada, enfriada repentinamente, y el resto de la herramienta aún caliente. El acero queda «herido» en la línea de separación (a veces queda marcada con una raya negra), pues mientras a un lado de ésta el metal se halla muy contraído por el enfriamiento, en el otro está dilatado por el calor. Cuando eso sucede suele oírse un clic, que se repite al volver a meterlo en el baño. El temple resultante saltará con facilidad al usar la herramienta: por ejemplo al descargar un golpe con un hacha y especialmente si su acero está frío por la helada, salta todo o parte del corte o boca (se dice que se desboca, o desgarra si sólo salta un pedacín). Para evitar este defecto, que suele ser muy común, basta agitar un poco el líquido del baño para impedir la formación de la línea de herida, o sacar y meter un poco la herramienta.
Los líquidos de temple más usuales son el agua o cualquier tipo de aceite. Estos templan más blando y suelen usarse mucho cuando con acero de ballesta se hacen llegras, cuchillos, raseros, barrenas y otras herramientas de carpintería. El agua caliza templa más blando que la proveniente de un terreno arenoso; de esta última se dice que es más viva. El vinagre de sidra o de vino y los orines templan más duro que el agua. Para limas y escofinas puede usarse esta fórmula de baño: un litro de agua, 50 g. de sal amónica y 250 g. de sal marina. Cuanto más frío esté el líquido de temple más duro templará; a veces es necesario calentarlo un poco.
Si el temple queda demasiado blando, la herramienta no corta; si demasiado duro el afilado ha de ser perfecto para obtener un buen corte y el acero queda frágil. Una buena prueba para saber la dureza conseguida es afilar el acero en el esmeril o asperón: cuanto mayor sea la dureza menos agarra la piedra de afilar. Cuando el herrero no conoce un acero, hace pruebas hasta dar con el temple idóneo.
Ya podemos ejercitarnos con el material, por ejemplo hacer tomar a una lima vieja la forma de un cuchillo. Calentándola al rojo y dejándola enfriar lentamente, queda bastante blanda y dúctil para afilarla con facilidad. Luego basta volverla a calentar al rojo y templarla en el agua para que de nuevo adquiera dureza. Sólo falta ponerle un mango. También podemos retorcer esta lima al rojo con el martillo haciendo un eslabón y templarlo en aceite para que al golpearlo con un pedernal dé chispas y permita encender fuego. Con limas viejas enteramente destempladas, o bien destempladas y vueltas a templar en aceite, se pueden hacer destornilladores, formones y escoplos, etc.
Las herramientas forjadas se blanquean, limpian y refinan en la piedra, eliminándose las deficiencias de la forja.
Podéis hacer lo que se os ocurra, claro está que para determinados trabajos, como una guadaña o un hacha, se necesitan años de aprendizaje, y aún así hay que ser hábil para hacerlos bien, pero para empezar nos dedicamos a cosas sencillas. Algunas ideas sobre trabajos concretos con el metal se desarrollarán más tarde.
LAS HERRAMIENTAS
Para el carpintero, las herramientas constituyen el símbolo de una larga herencia. Las usa con sumo cuidado, profundo respeto, habilidad y economía.
Según la diversidad de herramientas con que cuente se ampliarán las posibilidades de trabajo. Para obras toscas y sencillas se puede decir que bastan estas herramientas clásicas: una regla, una plomada, una cuerda, un compás, un hacha, una sierra, una barrena, un mazo y un escoplo y aún añadiría una azuela de madreñero. Con sólo esto se pueden hacer infinidad de trabajos, pero está claro que según se añaden otras herramientas a esta lista, se gana en rapidez, precisión y delicadeza de ejecución. Lo mejor, por supuesto, es disponer de todas las herramientas que se citan a lo largo de la obra y aún de algunas más. Una lista ideal aunque no completa puede ser ésta:

— Banco de carpintero, barrilete, sargentos, gatos, tornillo y prensa del banco, caja de ingletes, plancha de cepillar y otras guías.
— Regla, plomada, metro de carpintero, nivel, cuerda de cordear, escuadra, falsa escuadra, compás, lápiz de carpintero, gramil, punzón, calibre.
— Sierra para hierro, sierra de carpintero, serrotes y serrote de cortes, serrucho de punta, tronzadora, sierra de arco, serrón o sierra portuguesa (estas últimas sólo si vamos a cortar o trocear nosotros mismos los árboles); los serruchos de hojas recambiables pueden servir para hacer alguna chapucilla, pero en general dejan mucho que desear.
— Hachas de tala y de labra, azuelas, azuela de madreñero, rasero, cepillos, garlopas, garlopín, mediajunta, acanalador, guillame, machihembra, cepillos de moldurar, cuchilla de carpintero.
— Berbiquí y brocas, barrenas, barrenillo para metales.
— Machos y cuñas (para hender), maza de madera, martillo, tenazas, alicates, formones, escoplos, gubias, destornilladores, llave inglesa, chapa de hacer clavijas.
— Limas y escofinas, lija, cola de carpintero.
— Esmeril (mejor manual), piedras de afilar de agua y aceite, entramador, lima en triángulo para afilar sierras, chaira.
Según se vayan a hacer otros trabajos distintos de la carpintería corriente, por ejemplo tonelería, vaciado de recipientes o madreñas, carretería, etc. se irán viendo las herramientas necesarias en cada capítulo. Sirva pues esta lista de guía, que cada uno puede aumentar o disminuir según sus necesidades.
También veremos cuáles de estas herramientas podemos hacer nosotros mismos, con los medios de que disponemos.
A la hora de comprar en ferreterías, ¿qué marcas de herramientas y dentro de éstas, qué herramientas parecen mejores?
La empresa Urko de Eibar fabrica buenos cepillos, y construye asimismo excelentes garlopas y garlopines con cajas de madera o totalmente metálicos. Alyco de Ermua tiene alicates de excelente calidad, barrenas, berbiquíes, brocas, destornilladores y formones. Arrue y Onraita de Oñate tienen muy buenas hachas de tala, labra, poda, etc. y azuelas. Irazola de Eibar hace destornilladores de excelente calidad. Acesa de Vitoria es una de las empresas más importantes, con un gran surtido de herramientas generalmente buenas, en especial llaves inglesas de tubo y otras, mordazas, etc. Palmera de Irún tiene una producción que resulta parecida en cualidades y tipos de herramientas. La marca Mifer de Barcelona tiene las mejores gubias, escoplos y formones. Bellota de Legazpia fabrica hachas, sierras de todo tipo, limas y escofinas y un sinfín de herramientas de calidad inmejorable; tiene gran surtido de tamaños y formas diferentes y hace aún lo que ya todos han dejado de hacer. En cualquier caso, debo añadir que no conozco a fondo todas las marcas existentes.
Al comprar gran número de herramientas (por ejemplo para una comunidad) merece la pena ir a buscarlas a las fábricas; algunas no tienen costumbre de hacer las ventas de esta manera, pero hablando se entiende la gente.
Aparte de las ferreterías, otros lugares para adquirir herramientas son los rastros (en el de Gijón puede encontrarse de todo a buenos precios; el de Barcelona es algo más caro); las chatarrerías y anticuarios siempre suelen guardar sorpresas; en los talleres y casas de labranza mucha herramienta manual queda relegada por las máquinas (un carpintero me contó que había quemado 200 cepillos diferentes y vendido los hierros para chatarra); y en las ferreterías, sobre todo en las grandes y antiguas, se queda gran cantidad de material anticuado o sin salida por estar un poco roñoso (por esta razón nos regalaron montones de cajas de tirafondos, tronzadoras y otras herramientas y accesorios) y podemos conseguirlo por poco o ningún dinero
El caso es estar alerta para que no pasen las oportunidades y sobre todo moverse y buscar.
Cuidado con los aprovechados que suelen abundar en chatarrerías, rastros, etc.: si pueden os venderán las cosas más inverosímiles aunque no sirvan para nada, y al precio más elevado posible; regatead cuando las circunstancias así lo requieren y al hacerlo procurad no mostrar demasiado interés.
La herramienta de segunda mano, si está en buen uso, puede ser mil veces mejor que la nueva. Hoy no se fabrican aceros como esos viejos ingleses o suecos (suelen llevar la marca grabada) de algunos serrotes, cepillos, formones, etc.; por estas piezas merece incluso pagar más que por las modernas y nuevas, porque resultan mucho mejor y a la larga son más económicas.
Sin embargo, por buen acero que tengan, nunca merecen la pena un hacha, formón, etc. con poco hierro en el corte proporcionalmente a su tamaño, herramientas desgastadas por haberse afilado en muchas ocasiones y por tanto con poco temple (como se ha explicado, el temple suele estar cerca del corte).
Una sierra con la hoja torcida, especialmente si es de costilla, no sirve para nada. En cambio si los dientes están desiguales, e incluso si falta alguno, puede rectificarse y volverse útil.
En los berbiquíes se mirarán atentamente los sistemas de mordaza, carraca, etc. Para arreglar la mordaza a veces basta poner un muelle (van bien esos de los mecheros tipo Bic) entre las piezas que agarran la broca, o bien lubrificarlo. Las brocas torcidas hacen un trabajo defectuoso y vale más desecharlas.
Nunca se desechará una sierra o cualquier otra herramienta por falta de mango, pues si vamos a trabajar la madera bueno será que empecemos por ponérselo.
Las limas y escofinas desgastadas no merecen la pena porque tendremos que trabajar mucho más para conseguir un mínimo rendimiento respecto a las nuevas. De todas maneras, en el capítulo 9 se indica una forma de recuperarlas.
Muchas veces es preferible hacer las herramientas de precisión uno mismo o comprarlas nuevas. No hay que excluir la posibilidad de encontrarlas de segunda mano en buen estado, pero hay que examinarlas con especial atención.
A veces merece la pena comprar los cepillos aunque sólo sirvan las hojas —si éstas son de buena calidad— y hacer nosotros la caja de madera. La madera sucia o mohosa no tiene importancia mientras por dentro esté sana, porque pasando un trapo untado en aguarrás o aceite recupera admirablemente el verdadero color de la encina.
Como es bastante corriente salir estafado, nunca se insistirá bastante en ir a comprar conociendo los precios de la herramienta en ferretería.
Para muchos útiles extraños y anticuados tendremos que recurrir a la búsqueda en el medio rural o a los herreros, o mejor, aprender nosotros mismos a trabajar el metal.

LOS MANGOS
Saber hacer buenos mangos es esencial no sólo para el carpintero sino para el labrador y el obrero de muchos oficios.
Podemos distinguir dos clases de mangos muy diferentes: los largos, para hacha, azuela, bieldos, pala, tajamatas, etc. y los cortos de destornilladores, formones, escoplos, limas y escofinas, etc.
Los mangos largos suelen estar sujetos a grandes esfuerzos, sobre todo de flexión, como también aquellos menos largos de las herramientas de percusión lanzada (mazas, martillos, etc.).
Las maderas más apropiadas son, pues, las resistentes a la flexión y en general las tenaces, duras y fuertes. Entre éstas el fresno y el cornejo son las mejores, pero se utiliza mucho también el roble, haya, avellano y otras muchas.
Es muy importante que la fibra se mantenga entera en toda la longitud de la madera y que esté perfectamente seca. Puesto en verde, el mango dura como mucho un par de días, al cabo de los cuales se contrae y encoge, empieza a bailar dentro del ojo y sale del mismo.
Las maderas demasiado secas pueden ser frágiles y si tienen nudos u otros defectos se rompen fácilmente por ellos.
Si un mango no se utiliza durante varias semanas puede haberse contraído un poco y desajustarse. Al meterlo en agua durante un par de horas la madera se hincha y agarra perfectamente. También conviene untar de vez en cuando con aceite de linaza todo el mango, para conservarlo y mantenerlo elástico y en buen estado.
Cuando un mango se rompe, sobre todo cuando el punto de rotura es cercano al ojo, es difícil sacarlo y muchas veces hay que recurrir al fuego para carbonizar la madera en el interior del ojo: se hace una hoguera sobre éste teniendo cuidado de no destemplar el corte. Hacha, azuela, azada y martillo se entierran con el corte abajo, de forma que sólo sobresalga el ojo. Para bieldos y palas esto no es tan necesario si se mojan de vez en cuando mientras se calienta el ojo.
Para vaciar el ojo de los mazos de madera puede serrarse el mango a ras de la cabeza y agujerear con un taladro el lugar que ocupaba el extremo del mango dentro de la cabeza. Esto requiere alguna precisión, y en agujeros pasantes conviene hacer el agujero hasta la mitad por un lado y complementarlo por el otro.
Los mangos por lo general son rectos, pero en algunos casos, como en las hachas y los machos o mazos para manejar con dos manos, se hacen con doble curva para conseguir un lanzamiento más efectivo (en el próximo capítulo veremos cómo fabricarlos). Entre los rectos, las mayores diferencias estriban pbr una parte en la sección y por otra en su intersección en el ojo, que depende de la forma de éste. La sección suele ser ovalada o redonda según preferencias y tipos de herramienta; así, suelen llevar mangos redondos casi todas las herramientas de labranza, y ovales las hachas y mazos.
Los ojos pueden ser de infinidad de formas, incluso cuadrados, pero lo más normal es que sean cilíndricos de sección circular (fig. 19), conos truncados de sección circular (fig. 20), ovales de igual sección en toda su longitud (fig. 21) y ovales troncocónicos (fig. 22). El mango también puede sujetarlo la herramienta formando un tubo cilíndrico (fig. 23) o cónico (fig. 24) como en bieldos, palas, etc., o bien sencillamente doblándose sobre el mango (fig. 25) como se ve en algunas tajamatas; este último tipo es el más fácil de hacer en el caso de herramientas forjadas por uno mismo.
Los mangos para ojos de sección igual en toda su longitud se fijan en las herramientas por medio de cuñas introducidas en la testera, de forma que la madera se abre y es presionada contra las paredes interiores del ojo. Esta técnica, así como la de hacer los mangos ovales de sección cónica, se explica en el capítulo siguiente.
Los mangos que se insertan en tubos se trabajan en un extremo con la forma precisa, se meten a presión y se fijan clavando una punta o atornillando un tirafondo por un agujero que suele tener el hierro con este objeto. La cabeza del clavo o tornillo debe quedar siempre por fuera del agujero con objeto de impedir que el mango pueda salir hacia atrás.
Como ejemplo de los mangos de sección circular veamos cómo se mete uno de azuela o azada. El mayor diámetro del ojo es siempre el exterior, el contrario a la dirección del mango. Se buscará una vara o palo de las maderas antes dichas, que en su parte más gruesa sea de mayor diámetro (sin contar la corteza) que la parte más ancha del ojo. Una vez seca, se empieza a labrar con el cepillo: se apoya la parte gruesa de la vara en un tocón, se sostiene el mango con una mano y con la otra se cepilla en redondo, hacia abajo (fig. 26), sin quitar nada de madera en la parte más gruesa correspondiente al ojo. Se reduce así la madera en el resto de su longitud hasta que pueda entrar por la parte más estrecha del ojo y se mete éste en el mango.
Se coge el palo verticalmente por la punta estrecha y se golpea por la testera gruesa sobre el tocón, firmemente, pero bien de plano cuidando de no astillar la testa de la madera (fig. 27). De esta manera se aprieta el hierro hacia abajo en la parte ancha. Luego se saca cogiendo un poco más abajo que antes el palo en el aire y golpeando con un mazo de madera sobre la testa más estrecha (fig. 28); así el hierro se desajusta y sale de la parte ancha. Se saca del mango y se trabaja en los lugares en los que el metal ha marcado la madera, sea con magulladuras, herrumbres o pintura. Si vemos que sobra mucha madera, utilizaremos el cepillo; si poca, la escofina. Así vamos ajustando hasta que tanto en un lado como en otro la madera rellena completamente el ojo. Entonces se unta de grasa la madera en el punto de ajuste y se mete el hierro a golpes contra el tocón, como antes pero esta vez fijando definitivamente el mango. Luego se corta el sobrante en ambos extremos y se matan con la escofina las esquinas de las testas para que no se astillen. Para terminar, se refina la empuñadura utilizando escofina, cuchilla de carpintero o un pedazo de cristal y lija, a fin de que las manos no sufran y se deslicen suavemente.
Aunque se hablará del manejo del cepillo en el capítulo de labra, labrar un palo es de alguna manera moldearlo. Un palo torcido puede rectificarse en gran medida con un poco de vista. Primero hay que tener en cuenta el concepto de contraveta y fijarse en qué lugares hay que quitar y en cuáles respetar la madera; cuando el cepillo no agarra lo primero que hay que pensar es que en ese punto el palo es cóncavo y por tanto no hay que desbastar ahí.
Los mangos de herramientas tipo pala y bieldo, que necesitan voltearse, pueden llevar en la testa una empuñadura como en la figura 29 que permite un manejo mucho más firme y cómodo. La unión se realiza mediante una espiga que lleva el mango en su testa, introducida en el agujero o mortaja de la empuñadura. Esta unión puede encolarse y fijarse con un clavito que atraviese ambas piezas por la espiga.
No es muy corriente ver una sierra sin empuñadura, sobre todo porque es un tipo de mango poco expuesto a roturas o desgaste, pero es útil saber cómo se hace, a fin de reparar, reponer o cambiar una empuñadura incómoda. En las figuras 30, 31 y 32 pueden verse tres tipos de empuñaduras: para serrucho corriente, de cortes o de costilla y de punta respectivamente. Se sierra el contorno a partir de una tabla, preferentemente de fresno, y se redondea con escofina. El agujero para los dedos puede vaciarse con taladros y escofinas.
Los mangos cortos, y especialmente aquellos sobre los que se golpea, como los de escoplos y gubias, han de ser de maderas duras. Se prefiere el boj al resto de las maderas y se usa mucho también la de haya, fresno, etc.
Las hojas de estas herramientas poseen una espiga que se introduce en el mango, y para impedir que éste se abra se utilizan unas virolas o anillos de metal, que pueden cortarse de un tubo mediante la sierra para metal o cortatubos de fontanero y abrazan las partes más expuestas, es decir las testas del mango (fig. 33). Para meter las virolas se hace un rebaje alrededor de la madera: con el serrote de cortes se sierra una línea (fig. 34) alrededor, se quita la madera con el formón (fig. 35) y se redondea y desbasta el cilindro hasta que la virola entre justa con ligeros golpes de martillo. Metidas las virolas se agujerea el centro del mango por la testa con una broca tan fina como la parte más delgada de la espiga de la hoja, y de longitud la de la espiga. Luego, como esta espiga se ensancha conforme se acerca a la hoja, se hará otro taladro mayor más corto que el anterior, o bien con un escoplo o gubia finos se quitará un poco de madera en derredor del agujero. Lo importante es que la espiga quede bien ajustada, pero no hacia el fondo sino más bien hacia la virola, el lugar menos expuesto a abrirse; es decir, que conviene que en el resto del agujero, en lo más profundo, quede la espiga algo holgada. Se mete el mango cogiendo la herramienta por la hoja y golpeando el mango sobre madera.
La mayoría de estos mangos suele ser de sección circular, pero mucho más útiles son en muchos casos los de otras (exagonal, octogonal, ovalada, etc.) que permiten un mejor agarre, especialmente cuando se trata de bedanos (escoplos), formones, gubias, limas redondas y destornilladores. En general, cualquier otra sección ofrece un mejor agarre que la circular. Las caras longitudinales pueden hacerse desbastando con la escofina. También es muy común hacer mangos en el torno en vez de por labra.
CUIDADOS DE LAS HERRAMIENTAS
Es importante no dejar las herramientas al aire libre, sean de carpintería o de labranza, pues hasta las más toscas se oxidan y sus mangos se agrietan o pudren cuando se resecan o humedecen demasiado.
Si hubiera signos de herrumbre o mal estado de hierros y maderas se les dará aceite o aguarrás, un poco de lija o una pasada de piedra para quitar el óxido.
Los filos se tratan con mucho cuidado para no tener que afilarlos continuamente (y economizar tiempo y acero), o lo que es aún peor, emplearlos desafilados. Cada herramienta ha de tener su lugar y se procurará que los cortes no entren en contacto con materiales más duros que ellos: no está bien dejar un formón con el corte tocando una chapa de hierro, piedra, etc., pues lo más fino del filo se mella y pierde corte y lo mismo puede decirse de un cepillo, hacha, sierra, etc. Las herramientas, al trabajar o guardadas en cajas, se rozan entre sí y pierden filo; los roces de escofina con escofina u otros hierros son escalofriantes para el carpintero cuidadoso. Por desgracia, antes de tomar conciencia de estas cosas, los principiantes suelen estropear muchos filos, quizá porque al principio no se aprecia suficiente la necesidad de tener muy afilada la herramienta. Se pueden proteger los filos con fundas de cuero, madera (basta serrar una ranura en un listón y meter el filo en ella), tela (envolviendo), cuerno (el cuerno se pone derecho calentándolo al horno y se le hace una ranura como al listón de madera, con sierra de hierro; ver la fig. 36), y otros materiales. Así se lleva la herramienta segura de un sitio a otro y cuando se necesita está siempre a punto.

El afiladooooor con mi rueeeeeda de afilaaaaar por el mundo voy corriendooooo. Afilar coti cotelaaaaas navallas o tijeraaaaas otra cosa cualesquieraaaaas. El afiladooooor (Copla de afiladores asturianos.)
AFILADO
Antiguamente los afiladores iban de pueblo en pueblo cantando coplas y llamando la atención con algún instrumento; anunciaban su habilidad y las mujeres les llevaban sus cuchillos y los hombres sus herramientas, dormían bajo los hórreos y en pajares; a menudo les pagaban la comida, y, afiladas las herramientas de un lugar, cogían sus cachivaches y andando o en sus caballerías —más tarde en bicis o motocicletas— iban de pueblo en pueblo.
Hay dos tipos de herramientas de corte: las sierras, que se afilan con lima triangular y se entraman o lizan con entramador, y las herramientas de corte continuo, que pueden afilarse con lima o piedra de afilar o con ambas.
Las limas se utilizan para afilar las herramientas fuera del taller, o cuando por la forma del corte es difícil llegar a él con una piedra. También se emplea una lima fuerte cuando se trata de quitar mucho metal, para desbastar rápidamente (ver el capítulo 9). Por lo general, el trabajo de la lima es basto y se precisa refinarlo pasando después una piedra.

Piedra arenisca de grano fino para refinar los filos. Se lubrifica con agua o aceite.
Las piedras tienen formas redondas, cuadradas, etc. Las primeras actúan acopladas a máquinas giratorias, carretónes, mojellones, etc., movidas manualmente o con motor. Las cuadradas se asientan y la herramienta se desliza sobre ellas.
Hay piedras artificiales hechas con polvo de esmeril u otros materiales duros en polvo, unidos fuertemente con un cemento. Las naturales tienen una estructura parecida pero se producen en la naturaleza; pueden ser areniscas o calizas, y también pizarra por la finura de su grano y dureza. Se encuentran en terrenos apropiados y es fácil que en la región en que vivimos los paisanos puedan informarnos de los lugares en que las cogían antiguamente. Podemos hallarlas sueltas, por caminos o en el campo, o bien en canteras. Los medios para sacar los bloques de estas últimas son los mismos que para cualquier otra piedra y la labra suele ser fácil, sobre todo para las areniscas, pues son piedras blandas. Se procurará que no tengan grietas marcadas y se trabajarán con cuidado para que no salten pedazos demasiado grandes. Para conocer la calidad de una piedra, se apoya en un punto sobre el suelo y se sostiene con uno o dos dedos; con cuidado de no romperla se golpea con un martillo, si es buena produce un sonido limpio, metálico. Por el contrario, el sonido sordo evidencia grietas, vetas y defectos. La piedra ha de tener un grano fino e igual y al rascarla no debe desprenderse polvo de ella con excesiva facilidad. Para labrarle una cara plana, cantos redondeados (para afilar gubias por ejemplo), u otras formas, se pule la piedra deslizándola sobre un trozo llano de losa y empleando arena fina con agua como abrasivo. También se puede trabajar sobre una piedra arenisca labrada, mojada, sin necesidad de mediar arena. Así se obtiene la forma de piedra deseada, que para gubias y cepillos de moldear suele ser curva o con ángulos que se adapten a la forma del corte de la herramienta. A veces se utilizan piedras de este tipo que tienen la forma necesaria en el canto, son circulares y se amoldan a máquinas para hacerlas girar.

Piedra de guadaña, pizarrosa de cantera, con la forma para llevar al monte y afilar hachas u otras herramientas. Se moja con agua.
Las muelas o piedras redondas para mover con manubrios, pedales, etc., se labran en forma de rueda, con un pequeño agujero generalmente cuadrado en el centro. (Las piedras naturales no sirven para acoplar en motores, pues se rompen con las revoluciones excesivas.)
Para, afilar poco o solamente pequeñas herramientas, basta instalar una piedra pequeña, de 20 o menos cm. de diámetro y dos o tres de grueso, pero si se tiene un taller en condiciones, en el que se trabaja continuamente, y más aún si tenemos una fragua y nos hacemos algunas herramientas, conviene disponer de una muela grande de 40 a 70 cm. de diámetro y 7 cm. de grueso. Esta piedra, además de afilar, permite desbastar y hacer otros trabajos.
Para montarla en un mollejón (fig. 37) se asienta en el agujero cuadrado central la parte media también cuadrada del eje de hierro (a), que podemos confeccionar nosotros mismos. Este eje apoya sus extremos de sección circular en dos soportes fijos en la artesa o mollejón y sobresale por uno de los lados hacia afuera, doblado dos veces para formar un manubrio, del cual pende una cadena o un vástago con un estribo o pedal en su extremo para imprimir en la piedra el movimiento de rotación. La artesa en la que se moja la piedra (de ahí el nombre de mollejón) va sobre un banco o mesa soporte a un metro de altura aproximadamente; se puede hacer de forma cuadrada y el recipiente debe ser estanco para contener agua.

Las dos fotos superiores son dos tipos de amoladoras montadas en mollejones.

Un afilador con su carretón, una estampa que cada dia se ve menos.
Para montar el eje en el centro de la muela, se tumba ésta, se introduce el eje y se centra con cuñas de madera. Se atraviesa por el eje un cartón agujereado e interpuesto entre el banco y la piedra, de forma que éste quede un poco ajustado en el agujero del cartón. Se comprueba con la escuadra que el eje quede en ángulo recto con el plano de la piedra. Entre las cuñas se vierte entonces una mezcla a partes iguales de plomo y cinc fundidos (pueden fundirse en una simple lata sobre el fuego de la cocina), a tal temperatura que un papel sumergido en la masa no se tueste, o lo que es lo mismo, se vierte inmediatamente que acaba de fundirse el metal. Fijada de este modo la piedra en el eje, sólo queda asentarlo en los lugares de giro y soporte sobre la artesa. El eje está en esos puntos adelgazado, para impedir así su movimiento hacia los lados.

Antes de empezar a utilizar la muela se comprueba que la circunferencia es perfecta, y para ello se hace girar en seco, es decir sin echar agua en la artesa. Se apoya en una de las paredes laterales del mollejón una lima vieja y se acerca poco a poco a la cara plana de la muela, lo más cerca posible de su borde circular. Sujetando firmemente el acero, la punta trazará un círculo en la piedra, que indica las desigualdades de su canto, que es la parte útil (aunque también se utiliza la cara plana en muchas ocasiones). Si estas desigualdades son muy notables, se desmonta la piedra y con la ayuda del cincel o gradilla se trabaja y se vuelve a montar: luego se tornea en seco girando la piedra y rozando su canto contra una chapa de acero para quitar así sus desigualdades. Luego ya se puede utilizar la piedra una vez llena de agua la artesa.
Existen muchos tipos de armazones para montar las piedras: acopladas a bicicletas, a motores eléctricos de desguace, etc.
Se pueden también comprar las piedras artificiales, y acoplarlas a nuestros aparatos, o la afiladora completa. La empresa Larrañaga y Elorza de Eibar tiene una que se encuentra fácilmente en cualquier ferretería, cuesta alrededor de 2.000 ptas. incluida la piedra y es excelente para cualquier taller, ¡funciona aunque haya apagones de luz! El manubrio se engarza de modo que pueda girar hacia cualquier lado. Al cabo del tiempo, si no se cuida mucho, este engarce acaba gastándose; es el punto débil de esta afiladora. Se calza en cualquier banco de trabajo con un sargentillo que lleva adosado y tiene engranajes para multiplicar las revoluciones con lo que la piedra gira bastante rápidamente.

Cuando las piedras compradas no vienen con la máquina, es conveniente tener en cuenta la velocidad de giro para la que están hechas. Estas muelas artificiales suelen trabajar siempre en seco, pero es muy importante mojar el corte que se afila en cuanto se caliente para que no se destemple e inutilice la herramienta.
Las piedras artificiales, móviles o asentadas, se mojan con agua o aceite según la clase. Normalmente, cuando son de grano muy fino se usan con aceite; sirven para afinar el corte y se emplean especialmente para gubias, formones, cuchillas de cepillos y otros filos delicados.
Las piedras de afilar guadañas, que pueden usarse también para hachas y otras herramientas, se mojan con agua y algunos segadores dicen que con los orines afilan aún mejor.
El agua en la muela evita el calentamiento de ésta, la mantiene blanda, limpia el polvo producido en el amolado y refrigera los hierros impidiendo que se destemplen. Después de afilar se seca bien la herramienta para que no se oxide.
El trabajo en seco es mucho más rápido que mojando la piedra, pero no se obtienen filos tan finos, la piedra se desgasta mucho más rápidamente y se produce mucho calor.
En cuanto a los aceites, los mejores son los minerales, pues los vegetales y animales tienden a solidificarse, pero en general sirve cualquiera.
Para facilitar y mejorar el afilado, se puede preparar una guía (fig. 38) que ajuste el ángulo del bisel. En la figura puede verse aplicada a una muela movida por motor. El mecanismo de sujeción de la hoja es un simple tornillo que al ser apretado hace un juego de palanca, de manera que el apriete se realiza en dos puntos. Este sistema gira y se mueve de izquierda a derecha y viceversa, a través de un tubo que corre por una barra horizontal. Otro sistema de guía más primitivo puede verse en la pág. 54-55.
Cuanto más fina sea la piedra de afilar, más finos y cortantes serán los filos obtenidos. La piedra se desgasta y deforma con el uso y es necesario rectificarla, utilizando los métodos ya vistos para aplanarlas o tornearlas. Esta deformación puede remediarse en parte evitando la tendencia que se tiene de utilizar siempre el centro o el canto de la muela. Si se procura afilar empleando toda la superficie útil de la piedra, habrá que rectificarla mucho menos a menudo.
Las piedras asentadas suelen fijarse sobre tablas con muescas con la forma de la piedra.
Hay que tener mucho cuidado con cualquier tipo de piedra, pues son bastante frágiles y costosas de hacer o comprar.
Hay quien prefiere afilar haciendo girar la muela en un sentido de giro y quien en el contrario. Esto no tiene mucha importancia; la única diferencia notable es que cuando la muela pasa por debajo del filo alejándose deja mucha más rebaba o filván, y cuando viene de frente afilar es quizá algo más difícil y peligroso al empezar. El filván es una laminilla muy fina de acero que queda prolongando el corte a causa de que la muela, en vez de atacarla, la dobla. El filván impide el buen corte y ha de quitarse afinando la herramienta en la piedra de aceite.
El filo es un adelgazamiento en el extremo de la hoja de la herramienta. Algunos tipos de corte se van adelgazando por las dos caras hasta terminar en el filo, que queda centrado en la hoja (fig. 39). A este tipo pertenecen los cuchillos y hachas de tala. El adelgazamiento en este caso no es recto sino curvo (abombado o convexo), y se consigue moviendo ligeramente la herramienta sobre el canto de la muela según el sentido de las flechas de la fig. 40, y también la parte trasera de la hoja (dorso de los cuchillos y ojo del hacha) de arriba a abajo con un suave vaivén.
Otros tipos de corte están afilados por una sola cara (cepillos, formones, azuelas, etc.) y el bisel suele ser cóncavo (fig. 41), salvo algunas excepciones de herramientas que precisan un corte fuerte, como por ejemplo gubias de tornero, cuyo bisel es recto. El bisel recto se consigue en la cara plana de la muela y el cóncavo en la curva sin mover la herramienta de arriba a abajo (como en la fig. 40) y sí en cambio en el sentido de la fig. 42.

Afiladoras que trabajan en seco. En la página anterior, una manual. En ésta, a motor (se está afilando una hoja de cepillo).
Cuanto más agudo sea el ángulo del bisel, más penetra en la madera, pero es más difícil sacarlo de ella y más frágil. Por esto hay que buscar el punto adecuado para cada herramienta y trabajo.
La cara contraria al bisel no se afila, pero se pasa un poco por la cara plana de la muela con objeto de quitar puntos de óxido y rebabas que pudieran perjudicar el corte.
Es muy importante para trabajar bien, especialmente en herramientas como los cepillos y formones, que la línea de corte vaya a escuadra con el eje longitudinal de la hoja (en realidad el corte del cepillo es débilmente arqueado, pero es necesario que el arco esté escuadrado). Para esto se comprueba con la escuadra. Los que empiezan han de mirar constantemente el bisel para ver cómo va el trabajo, pues es fácil pasarse y que la piedra coma de más en un sitio que en otro. Con la práctica uno se hace más idea y necesita mirar menos.
La herramienta se mantiene contra la piedra con una mano sujeta por detrás y los dedos de la otra sobre la hoja, cerca del corte, para apretar mejor y notar si se calienta demasiado el corte.
Las herramientas cuyo mango molesta para el afilado se desmangan para trabajar sólo con el hierro.
Como normalmente se trabaja con piedras un poco bastas para mayor rapidez, es preciso afinar después la herramienta para quitar el filván y dejar el corte regular y fino. Para esto, las herramientas biseladas se posan sobre la piedra de aceite con el bisel plano sobre su superficie. Para mantener el ángulo del bisel se puede fabricar en madera una cuña con el ángulo exacto que se pone bajo la hoja apoyada en la piedra, Así memorizamos la inclinación adecuada visualmente y por medio de la postura del cuerpo. Después de verter unas gotas de aceite en las superficies de la piedra, se pasa la herramienta con movimientos circulares y en todos los sentidos, cuidando de no variar el ángulo de inclinación. La forma de sostener la hoja puede verse en la fig. 43.
El lado plano de la herramienta se afila posado de plano sobre la piedra sin la más mínima inclinación; en la fig. 44 puede verse un correcto afilado y en la fig. 45 uno incorrecto. El primero ataca el material y tiende a entrar, el segundo da un corte huidizo, que no puede atacar sino perpendicularmente a la superficie, lo que no interesa en modo alguno para el trabajo de formones, cepillos, etc. Es un fallo frecuente que deja la herramienta totalmente inútil y obliga a afilarla de nuevo.
Un afinado periódico en el momento oportuno evita tener que afilar y ahorra tiempo y herramienta. Merece la pena.
Cada persona tiene su método para comprobar un buen filo. Se puede mirar el filo a la luz y de frente; el defectuoso deja ver una línea fina que refleja la luz; el buen filo no es visible. Otros prueban si corta el vello del brazo, o sencillamente pasan —con cuidado de no cortarse— la yema del dedo, o lo prueban cortando madera.
Aparte de las razones dichas para tener la herramienta afilada —esto es, ahorrar acero y tiempo— está la efectividad en el trabajo. Una herramienta afilada hace un trabajo limpio, rápido y bien acabado, se goza trabajando con ella. No hay cosa que más fatigue y desilusione que cortar con una herramienta desafilada.
COMPROBACIÓN DEL AFINADO
Para comprobar que no haya rebaba, aunque no se vea a simple vista, se desliza ligeramente el dedo sobre el lado plano de la hoja, hacia el borde. Al hacerlo perpendicularmente al corte no se detecta, y a lo largo del corte podemos cortarnos.

A continuación, para comprobar el filo ya afinado, se deja caer suavemente sobre la uña, teniendo la herramienta ligeramente inclinada para que corte. Si se engancha y no se desliza sobre la uña, ese punto está bien afilado. Se procede así con todo el filo.

Visto al microscopio, el corte ideal está algo redondeado. «a» es el espesor correcto. Si la punta de la herramienta tiene el grosor «b», conviene afinarla al grosor «a» en la piedra de afinar, pero no más fina pues el metal se rompería o doblaría.

FORMA DE AFILAR GUBIAS CURVAS
Los movimientos sobre la piedra se hacen elípticos y cíclicamente, como es habitual en el afilado. La mano izquierda guía el extremo de la hoja, mientras que la derecha gira la herramienta en torno a su eje más largo. Este movimiento oscilante produce el bisel. Las superficies de corte han de ser bien planas para que no «salten» de la madera las herramientas cuando se empleen y no haya que luchar contra la herramienta.

Ilustraciones del libro «Making of Tools», de Alexander G. Weygers. Van Nostrand Reinhold Co
CAPITULO II
La Madera
Donde se habla de las propiedades de este material, de las distintas especies de madera, su secado, características, tala, transporte, etc.


La madera es el esqueleto del árbol y su soporte; por ella circula la savia que alimenta a este ser y ascienden el agua y los minerales de la tierra absorbidos por las raíces. Las hojas, con la ayuda del aire y del sol, elaboran y transmutan esta «sangre» bruta para volverla asimilable. El nuevo líquido circula de nuevo por todo el cuerpo, alimentándolo y vitalizándolo. Parte de este alimento queda en el árbol y va engrosando poco a poco el tronco, y mientras va muriendo la madera más vieja hacia el centro, secándose y endureciéndose (el duramen), nace otra nueva hacia el exterior: la albura (fig. 46).
Reciben el nombre de albura los anillos anuales más jóvenes, que contienen todavía células vivas y sustancias de reserva y transportan aún agua. El duramen es el leño más viejo, en cuyos vasos ha entrado aire; es más denso y pesado, da resistencia al tronco y se distingue a menudo de la albura por ser más oscuro, principalmente a causa de los taninos, protectores de la descomposición. Presentan un duramen típico Pinus, Larix, Juniperus, Taxus, Quercus, Robinia, Ulmus, Juglans y Prunus. En cambio, no se forma duramen en Acer, Alnus, Betula, Carpinus y Populus (todas las células contienen agua por igual y la sección del tronco da un color uniforme). En Abies otro Acer, Fagus Picea y Tilia sí se forma, pero no se impregna con sustancias protectoras, por lo que los troncos se vuelven fácilmente huecos cuando envejecen a consecuencia del ataque de los hongos.
Hay un cilindro alrededor del tronco llamado cambium, que continuamente crea nuevas células: unas hacia dentro para formar más madera, y otras hacia afuera que aumentan el perímetro de la corteza. Todo el sistema circulatorio funciona a través de las inmediaciones del cambium. La savia asciende por el leño nuevo, situado en la parte interna del cambium, y desciende por el liber, situado al exterior, hacia la corteza.
Las fibras huecas de que está formada la madera son los vasos o tubitos que recorren de arriba a abajo toda la longitud del tronco. Por estas fibras, veta o hilo de la madera circulaba la savia.
Cada año, cuando llega el invierno, los árboles se aletargan, se cierran en sí mismos y todas sus actividades se adormecen, en unos más (árboles de hoja caduca) y en otros menos (perennes), pero todos sienten la llegada del frío y frenan su desarrollo. Si cortamos un árbol transversalmente con un corte limpio, veremos una primera madera porosa (vasos más anchos), que corresponde a la primavera, luego una madera de verano más compacta, y por último una línea estrecha que marca la llegada del invierno. La distancia entre estas líneas corresponde al año, y el anillo comprendido se llama anillo anual; el número de estos anillos es la edad del árbol (fig. 48).
Cuando el crecimiento de la madera es rápido, los anillos anuales son anchos y la madera generalmente esponjosa y blanda. Si en cambio el crecimiento es lento, los anillos serán delgados y la madera compacta, pesada y dura. Sin embargo, esta regla tiene excepciones, como veremos más adelante al estudiar la procedencia de la madera.
En el interior del anillo anual hay, pues, dos formaciones distintas: la inicial de primavera y la de verano. En el roble, castaño, olmo, fresno, etc. se ven a simple vista; en otras, en cambio, la totalidad del anillo anual aparece uniforme: haya, carpe, frutales, boj, etc. Esta distinción es importante para el reconocimiento de las maderas.
Dicha alternancia tan fuerte de vasos es la que da al fresno su gran flexibilidad y hace que unas maderas sean de grano fino —aquellas cuyas «venas» no son visibles— como el tejo, boj, etc., y por lo tanto se pulan mejor por ser más apretadas, mientras otras como el roble, nogal, fresno, etc. sean de grano grueso —pues sus poros son bien visibles— y dan una sensación visual menos «suave». Por otra parte, la importancia relativa de la madera estival se mide por el concepto de textura. La textura es fuerte cuando la zona fibrosa dura es grande y cubre más de la mitad del crecimiento anual. La textura es débil —y por tanto la madera más blanda y ligera— cuando la zona porosa es mayor. Un factor importante de la resistencia es la textura.
Los radios de las maderas —células que van del corazón al exterior— pueden ser visibles o no. El sauce, álamo y castaño, al igual que las resinosas, sólo tienen una fila de células y por lo tanto no son visibles. Cuando estos radios son visibles, forman lo que se llama la malla de la madera (fig. 47). Roble, encina, haya y avellano tienen malla. Estas maderas se hienden o rajan según la línea de los radios; las grietas nunca se abren perpendicularmente a los radios de la malla. Las mallas se dilatan y contraen con los cambios de humedad, de ahí que cuando una tabla está cortada en su dirección no se agrieta ni varía más que en su espesor (fig. 55a), en cambio las tablas cortadas perpendicularmente se pueden deformar o alabear (fig. 55b).

La «duraminización» precoz de algunas maderas, como la del castaño, permite que sus pies jóvenes puedan utilizarse para escaleras, postes, pértigas, etc.
En general puede decirse que la madera del corazón es más fuerte, resistente y duradera que la de albura, y además se contrae y alabea menos. El duramen de roble se conserva perfectamente mientras que la albura es rápidamente atacada por hongos e insectos y en contacto con el suelo se pudre rápidamente. Sin embargo hay casos, como el abedul, en que la madera es más tenaz y fuerte hacia el exterior que hacia el interior, y en el fresno, tilo y álamo no hay diferencia.
La madera de la base suele ser mucho más resistente, densa y pesada y de menor tendencia a abrir que la de ramas y copa. La médula, en el centro del árbol suele estar formada por fibras muy débiles. En unas especies esto no se aprecia, pero otras, como el saúco, las tienen en gran cantidad.
En los árboles caducos viejos el corazón se ablanda y pudre y a menudo quedan huecos por dentro.
La parte del árbol que da al norte suele tener un desarrollo más lento que la del sur, pues esta última recibe más sol. Así, la primera es más dura y compacta, y a veces, para evitar que una misma tabla tenga madera del norte y el sur, el despiezado del tronco se hace serrando en la dirección esteoeste.
DEFECTOS Y ENFERMEDADES
Una madera sana se caracteriza por un color homogéneo, olor agradable y ausencia de agujeros, pero la mejor prueba es la del sonido: si ponemos un tablón sobre dos soportes en sus extremos y lo golpeamos en su mitad con un mazo, el tono será limpio y sonoro si está sano; si tiene defectos sonará hueco o secamente, y atacado por hongos dará un sonido sordo. Con práctica se puede llegar a distinguir perfectamente el estado y clase de madera.
Lo dicho sirve para reconocer las maderas sanas después de abatidas, ¿pero cómo saber si una madera lo está con el árbol en pie? Las principales características del árbol sano son unas ramas superiores robustas y vigorosas, debe hacerse caso omiso del estado de las inferiores, que puede deberse a la falta de luz; corteza clara, lisa y de color uniforme; ausencia de líquenes, que absorben la humedad de la atmósfera y la transmiten a la corteza, determinando la putrefacción de la madera. La corteza lisa y blanca en los olmos acusa madera buena pero blanda. Cuando hay escarzos (hendiduras longitudinales) y cicatrices de ramas, es posible que existan caries en el interior del tronco. Las hojas amarillas o de un verde pálido, caedizas antes de otoño, se deben a alguna enfermedad o a que las raíces no pueden extenderse. Las horquillas deben ser limpias, sin hendiduras por donde pueda penetrar el agua y alterar la madera.
Veamos los principales defectos que suelen tener las maderas.
Rodaduras (fig. 49) son las rajas circulares que se encuentran en el interior, separando dos capas anuales que no se soldaron en el momento de su formación, generalmente debido a heladas, vientos o escarchas que desprendieron la corteza impidiendo que la capa siguiente se soldase por completo. La rodadura, puede ser parcial o total cuando la raja forma un círculo completo.
Hendiduras (fig. 50) son las rajas que parten del centro del árbol y van a su circunferencia. Provienen de las heladas, que en los inviernos muy fríos congelan la savia y hacen que la madera salte.
Grietas (fig. 51) son las rajas que parten de la circunferencia y van hacia el centro, provienen de una desecación demasiado rápida del tronco.
Cuadraturas (fig. 52) son el encuentro en el corazón del árbol de una grieta y una hendidura.
Nudos son las inserciones de las ramas en el tronco. Las ramas muertas pueden separarse y caer al cabo del tiempo. Los nudos vivos son igualmente perjudiciales, pues dificultan mucho el trabajo y restan resistencia a la madera «Los noyos no son madera» dicen los asturianos.
Fibra torcida o revirada es la inclinación en hélice de las fibras alrededor del eje del árbol. Si la torsión es muy acentuada, la madera sólo sirve para traviesas y postes, pues constantemente se parte la veta o hilo de la pieza al serrarla. Es un defecto frecuente en árboles fuertes y vigorosos, robles, castaños, pinos y a veces también en chopos, alisos y sauces. Se nota en el exterior por la corteza que se rasga en espiral. Esta formación la causa el terreno donde vive el árbol.
El corazón rojo del haya es un color que aparece en ciertas estaciones y cubre irregularmente toda la parte central, como se ve en una sección transversal. No se sabe si es enfermedad o defensa del árbol contra el frío u otro ataque. La madera es atacada simultáneamente por un hongo, contiene una proporción anormal de taninos y los vasos se obstruyen, aunque las propiedades mecánicas se modifican poco. Es prácticamente imposible impregnarla con antisépticos, y al no poder creosotarla se la rechaza para traviesas.
La doble albura del roble es un anillo, completo o no, de madera de color y propiedades de la albura, presente en plena zona duraminizada. Es un defecto grave que puede inutilizar la madera para muchos empleos.
El recalentamiento es un ataque fúngico que se produce en la madera después de abatirla, en el lugar del corte, y a veces en la madera serrada, antes del secàdo. En el haya es muy frecuente. Se desarrolla sobre todo en primavera y durante el verano. Se manifiesta por manchas y jaspeados característicos, de olor ácido y desagradable, debidos a que la savia fermenta en la madera. Las piezas recalentadas son mucho más quebradizas y blandas, pero se tolera un principio de recalentamiento en ciertos usos en los que no se busca la resistencia mecánica. Para la lucha contra este mal, basta impregnar con un líquido antiséptico el corte y las heridas del tronco (ramas cortadas etc.). Es preciso también sacar la madera del bosque, trocearla y secarla antes del verano para evitar una posible infección.
El contrahílo (fig. 53) es un cambio en la dirección de la fibra, serio inconveniente para el cepillado y acabado de la madera.
La excentricidad de la médula (fig. 54) hace que las características de la madera a un lado y a otro de la médula sean diferentes (a, madera de tensión, b, de compresión). Este efecto se produce cuando el viento, la inclinación del terreno u otras causas tuercen el tronco.
La acebolladura, colaña o tronco hueco se reconoce al golpearlo en el exterior. Se desecha para cualquier uso que no sea leña o carbón.
La ictericia es el amarilleo de las hojas fuera del tiempo. Esta madera se suele desechar para cualquier trabajo.
Carne de gallina son los puntos blancos que manchan el color de la madera, la cual se desecha siempre.
Madera borne es la proveniente de ramas superiores secas o muertas; generalmente no se utiliza para carpintería.
Los insectos que más a menudo atacan las maderas suelen ser coleópteros, termitas y tijeretas. Las maderas sanas tienen menos propensión a ser atacadas, y la creosota, aceites, barnices y pinturas previenen en gran medida estos daños. Los coleópteros perforan la madera hasta inutilizarla y hacerle perder toda resistencia y dan al exterior un olor nauseabundo. La carcoma es un coleóptero que hace un ruidito peculiar. Las tijeretas hacen también galerías y echan fuera el serrín; cuando trabajan se oye un rac-rac característico. Las termes devoran rápida y discretamente las maderas más duras.
Los hongos son comunes cuando se descuida el secado. Las especies de hongos que se alimentan de madera son innumerables y los daños que producen llegan a inutilizarla en poco tiempo. Impide el desarrollo de los hongos una madera seca, cerrada herméticamente con pinturas o barnices o sumergida en el agua, pues los hongos necesitan oxígeno para vivir; también les afectan las temperaturas bajas.
Muchas de las enfermedades que antes hemos visto están producidas por hongos. Algunos métodos para proteger la madera contra estos ataques se explicarán en el capítulo IX. En el comercio existen muchas marcas de productos, aunque es posible que a veces contribuyan a seleccionar cepas más destructoras e inmunes. Cuando la enfermedad se declara hay que aislar la madera durante su tratamiento o cortar por lo sano y quemarla para que el daño no pase a otras piezas. Las fumigaciones de azufre y el curado al humo pueden tener alguna eficacia cuando la enfermedad, producida por insectos u hongos, no está muy extendida.
VARIACIONES SEGÚN EL ORIGEN
Existen factores poco conocidos que pueden cambiar las cualidades de una madera de forma increíble; los conocen mejor que nadie los paisanos de la comarca donde vivimos, y más que de éste u otros manuales puede uno fiarse de ellos, porque están familiarizados con la naturaleza de cada bosque y de cada ejemplar de árbol. Cualquier árbol, como cualquier animal, dentro de su especie es un mundo inigualable. Por ejemplo, el fresno que crece a la vera de un río tendrá una madera inmejorable si buscamos las propiedades que normalmente tiene el fresno; en cambio, si vive en la espesura del bosque, y más aún, si éste es seco, su madera sólo servirá para leña. Un pino albar en la montaña, donde la estación de vegetación es corta, tendrá la madera de primavera más reducida que el mismo árbol en llano, ya que será en verano cuando más materia forme; por esto el anillo anual será estrecho y la madera más dura, densa y de mejores propiedades mecánicas que la procedente del llano. Un roble en suelo rico y fértil tiene un crecimiento rápido y anchos anillos anuales; la zona porosa será amplia, pero la madera de verano ocupará la mayor parte del anillo, y será por ello dura y «nerviosa». Por el contrario, en terreno pobre y seco los anillos serán estrechos, la zona porosa existirá igual pero la zona fibrosa de verano será más estrecha y la madera resultante será blanda y ligera, de escasa resistencia mecánica. Un roble dentro de un bosque tupido se desarrollará menos, los anillos serán estrechos y regulares, dará una madera blanda, ligera, más fácil de trabajar y buscada para ebanistería por la regularidad y finura de su grano. Al contrario, un roble aislado, crece más deprisa e irregular pues recibe desigualmente la luz; su madera es más pesada y difícil de trabajar, más nerviosa, y se utiliza en carpintería, construcción, carretería, etc.
Un pie asentado en suelo magro, arcilloso, pesa bastante más y tiene más resistencia que otro alimentado en terreno calizo.
La definición de la cualidad de una madera es siempre muy relativa: hay quien considera una madera con una cualidad y quien no; depende de las maderas que estemos habituados a trabajar, las características del árbol debidas a la región y el lugar donde crece, etc. Estos datos pueden servir de guía para decidir si es dura o blanda, resistente o no a las fuerzas que habrá de sufrir, pero a fin de cuentas es mejor confiar tan sólo en la experiencia propia.
PROPIEDADES FÍSICAS Y MECÁNICAS
En general, se dice que una madera es tenaz cuando ofrece resistencia a romperse o deformarse. La cualidad contraria es la fragilidad. La dureza es la resistencia a ser rayada y cortada. Lo contrario es blandura.
Cizallamiento o corte con cizalla es el corte de un material con un instrumento cortante que incide presionando de una forma continua (se excluyen pues las sierras). Una raja o hendidura es una grieta longitudinal que se abre en la madera por causas naturales, como el secado defectuoso. Cuando voluntariamente separamos en longitud las fibras, según un plan de despiezado y por medio de la introducción de cuñas, llamamos a esta acción hendido o raja. El tilo es fácil de cortar y sus fibras se reparan fácilmente, pero no es útil henderlo con cuñas pues se parte transversalmente y no abre larga raja. Hay quien llama hender a serrar al hilo.
Algunas maderas se hienden especialmente bien, como el roble y el castaño. Las maderas «recalentadas» (ver «defectos y enfermedades», unas páginas antes) se hienden más fácilmente que las sanas. Las piezas hendidas duran más y son muy apropiadas para postes y otros usos a la intemperie, pues al no cortar la fibra, los vasos porosos, y por tanto receptivos de la humedad y otros daños, quedan intactos y la madera impermeable (excepto en las testas). Por la misma razón se fabricarán así las duelas de los toneles que han de contener líquidos. Las maderas de raja se usan también para cajas de cepillos y mangos de útiles que deban tener cohesión longitudinal, es decir, conservar sus fibras enteras. La leña de maderas duras arde mejor rajada que serrada, pues el fuego encuentra más astillas y salientes y entrantes donde cebarse. Las maderas torradas al fuego (carbonizadas ligeramente en la superficie o simplemente calentadas) hienden mejor y también son más flexibles.
Conducción del calor. Las maderas ligeras aíslan mejor que las pesadas por ser más esponjosas.
Contracción-dilatación. La madera seca que retoma humedad del ambiente se dilata. Cada vez que la humedad del aire cambie, cambiarán las dimensiones de la madera. Se dice que la madera «trabaja». La contracción en el sentido radial es casi la mitad que en sentido tangencial (fig. 55 a y b). La contracción axial (en sentido longitudinal, de las fibras) es casi nula. Esta contracción se refleja en el dicho que contaba un madreñero, marcando con un pedazo de teja sobre una roya de castaño (fig. 55 bis): «la cruz del paliquín no encueye (encoge) per aquí (a), encueye per aquí (b), y doblao per aquí (c)».
Una plancha cortada tangencialmente (fig. 56) al secarse «tira al corazón» ya que el lado exterior se contrae más por predominar en el sentido tangencial; si en cambio se corta radialmente, cambia de dimensiones pero no de forma. El álamo, nogal, etc. presentan una débil contracción; las resinosas, media.

Es una precaución secar las maderas hasta el grado de humedad del lugar donde van a utilizarse. También se puede impermeabilizar la superficie con barniz, pinturas impermeables o lacas y así impedir la absorción y evaporación del agua; para ello la madera ha de estar bien seca, pues húmeda o verde se pudriría dentro de esta protección.
Flexión. Se rompe mucho más fácilmente y dobla más un tablón puesto plano (fig. 57) que de canto (fig. 58) en razón de la menor o mayor cantidad de madera que soporta la fuerza.
Una pieza colocada horizontalmente sobre dos soportes resiste más según como se distribuya la carga que tenga encima, y si ésta no se mueve (fig. 59) como es el caso de vigas, andamios, etc., que si se mueve (fig. 60), como ocurre en los mangos de herramienta, por ejemplo.
La madera verde, húmeda o caliente es más flexible que la seca y fría, y las maderas jóvenes lo son más que las viejas. La capacidad de flexión no tiene que ver con la elasticidad, que es la propiedad por la cual la pieza curvada vuelve a la posición primera al cesar la fuerza que la obligó.
En general, la madera cocida durante horas (depende del grueso de la pieza) se curva con facilidad, y si aún húmeda se la mete en un molde o se fuerza a una posición conserva luego la forma recibida.
Compresión, choque y desgaste. La madera se comprime más en la dirección tangencial y menos en la dirección axial y longitudinal de las fibras. También la resistencia al choque es mayor en las testeras (longitudinalmente), menor en las secciones tangenciales y muy pequeña en las radiales. La resistencia al desgaste es mayor en las testeras (longitudinalmente), menor en las secciones tangenciales y muy pequeña en las radiales.
EL SECADO
El buen curado de las maderas es importante cuando van a trabajarse para objetos de precisión, ensambles y piezas que corran peligro de alabearse o agrietarse, o que no deban contraerse (aunque muchas veces es mejor trabajar la madera en verde, pues en estas condiciones es más blanda y se labra, tornea, etc. mucho más fácilmente).
Los troncos troceados en tablas se secan mejor y mucho antes que estando el árbol entero.
La desecación desigual y rápida crea contracciones mayores en unos lugares que en otros, lo que hace que la madera sufra tensiones y se resquebraje. Las partes más expuestas al aire y al sol, las partes externas y extremas de las piezas, son más susceptibles de agrietarse que el resto. Un, tronco abatido se resquebraja por los cortes, donde carece de la protección de la corteza. Los extremos de las tablas apiladas también se rajan con mayor rapidez.
Un secado demasiado rápido es pues muy nocivo, tanto más cuanto más fina sea la madera. Hay que cuidar especialmente las madreñas y recipientes puestos a secar; dejarlos tan sólo un día expuestos al viento o al sol, incluso en un desván o lugar con corriente, puede suponer que se rajen de arriba abajo (el viento del sur es muy nocivo por su calor y sequedad). Estos útiles y objetos vaciados y otros que corran peligro de agrietarse se secan en lugares protegidos como bodegas y cuadras, entre cebada, arena fina del río, serrín, ceniza, etc. Dicen que el estiércol cura inmejorablemente (por su temperatura y humedad) y también el barro de humedales y barrizales. En cualquiera de estos medios se pueden curar las piezas sin temor a que se agrieten. Han de quedarse así algunos meses.
Un secado excesivo que no deje ninguna humedad en las maderas las vuelve inflexibles y las inutiliza para labores como curvado, tonelería y otras. Esto puede remediarse poniéndolas a remojo durante unas horas.
Tampoco debe curarse la madera demasiado lentamente. Si los troncos se guardan mojados y con corteza, a la sombra y en lugar poco aireado, se pudren muy pronto. La corteza retrasa el secado pero también protege la madera del sol y el aire. A veces, para la mejor conservación de piezas que precisan un largo secado (por ejemplo los ejes de carro de madera de fresno, cuyo curado suele ser de siete años), se hacen muescas levantando justamente la corteza para una mejor transpiración y secado (fig. 61).
Las varas que servirán para mangos, puestas a curar bajo techado se descortezan quitando sólo algunas tiras longitudinales y dejando otras. Se respetará también la corteza de los extremos, más expuestos a agrietarse.
Secado de tablas. Las maderas blandas, que secan más fácilmente, se apilarán en primavera y principios de verano, ya que toleran mejor un secado rápido. Las duras y las blandas que secan más lentamente se apilan en invierno.
Los cobertizos para apilar las tablas deben estar en terrenos inclinados a fin de que no se encharquen, y es mejor que el piso sea impermeable. Los lugares altos ofrecen la ventaja de una menor humedad, mayor ventilación y escasez de nieblas. Se prefiere la orientación sur y este (vientos secos) para los secaderos, pero se ha de procurar apilar al resguardo de los vientos reinantes. Si no hay cobertizos, al menos se procurará evitar los rayos directos del sol cubriendo las maderas con cortezas, costeros, tablas de desecho, ramas, retama o cualquier otro techado que sobresalga bastante de la pila. La alternancia de calor y frío, humedad y sequedad, afecta mucho a las maderas.

Curado de tablas toscas, apoyadas en un palo horizontal.
Por lo general, en el secado natural, sin forzar por medios artificiales, las tablas tardan de dos a tres años en secar, aunque esto depende de muchos factores. Las maderas duras en tablones de 5 a 7 cm. de grosor no se secan sino al cabo de 5 a 6 años; las de 8 a 12 cm. han de permanecer expuestas al aire 10 años por lo menos.
Apilado. Aserradas las tablas, en ocasiones se dejan un par de meses secándose al aire libre a la sombra, antes de apilarlas bajo cobertizo. Hay muchas formas de hacer las pilas. Normalmente se amontonan en bloques de 2 a 3 m. de altura, colocando las piezas unas encima de otras y separadas entre sí por tacos de 1 cm. aproximadamente de grosor, dispuestos por toda la anchura de las tablas y a cada metro de longitud (esto es muy importante para que no se alabeen). Los tacos permiten la circulación del aire en torno a cada pieza. Las maderas nunca se apilarán sobre la tierra o el suelo, pues absorben la humedad o el calor de éstos y se pudren o resquebrajan rápidamente. Los montones se ponen siempre sobre durmientes, (fig. 62-67a).
En la fig. 62 se ve la forma de apilar postes pequeños, la 63 es de otros mayores, la 64 es de varas, pértigas, etc.; la 65 corresponde a un tronco serrado y puesto a secar con tacos entre tabla y tabla. La 66 es una pila de traviesas y la 67 de tablas.
Activación del secado o secado artificial. Para que la madera se cure más rápidamente se la somete a diversos tratamientos; he aquí algunos:
Flotamiento. Se sumergen las tablas (a veces los troncos enteros) en agua corriente durante cinco o seis semanas; después se dejan secar al aire uno o dos meses hasta que pierdan la humedad, y entonces pueden utilizarse. Este proceso se activa calentando el agua a 30 °C; bastan entonces de 10 a 12 días de flotación, sin embargo este método resta algo de resistencia a las maderas porque se diluyen algunas sustancias.
Hornos. La madera se va pesando conforme se somete al calor; y en el momento en que el peso se estabiliza porque deja de perder humedad, ya está seca.
Agua con cal. Se sumergen los tablones durante diez días en agua con cal; se dejan secar al aire libre o a la sombra; una vez curada, esta madera es inalterable y no sufre ningún tipo de modificación con los cambios atmosféricos (al menos eso dicen).

Arriba, pila de tablas; abajo, con tejadillo.
A la derecha, arriba, pila de traviesas; abajo, varas de castaño sumergidas para secarlas, rajarlas mejor y mantenerlas flexibles para hacer cestas.
Los Arboles
FRESNO (Fraxinus sp.).

Es el árbol que según la mitología germana sostiene el mundo.
— Madera: Es blanca, dura y tenaz, de fibras largas. De contracción media. Excelente cuando se requieran elasticidad y flexibilidad, aunque algunas son excepcionalmente rígidas. Muy resistente al choque y a las vibraciones. Los árboles de más rápido crecimiento dan maderas más densas. Es perecedera e inadecuada para exteriores, a menos que sea previamente tratada. Se seca pronto y resulta moderadamente estable.
— Trabajo: Se sierra y se trabaja a máquina con facilidad. Proporciona un buen acabado aunque a veces saltan astillas cuando se cepilla. Puede doblarse al vapor sin ninguna dificultad y también cociéndola.
— Usos: Sirve para la fabricación de útiles de labranza y transporte, y en carretería se hacen muchas piezas: arcos, radios y cubos de las ruedas, ejes, lanzas y todas aquellas que requieran resistencia y elasticidad. Resortes, bielas de transmisión de máquinas, poleas, piezas cimbradas y curvadas (sillas, bieldos, etc.), muebles, ebanistería fina, escaleras de mano, remos, esquís, arcos, etc. Los mangos de fresno son muy buenos y resisten en herramientas de trabajo duro como mazos, hachas, etc. Para hacer estiles (mangos de guadaña) se suele cuartear, esto es, hender la madera en cuatro pedazos para quitar el corazón, pues a veces tiene la médula blanda.
De esta madera seca nunca se tira nada: los pedazos pequeños sirven para dientes de garabatos, cuñas de guadaña, clavijas, etc.
— Leña: «Quema fresno verde, digno de una reina». Arde tan bien que se puede echar al fuego incluso verde o húmedo, y ahí va otro dicho: «El fresno le dijo a la “foya” (haya en bable), osté haya desventurada, si no fuera por vergüenza ardiera bajo del agua». Da un excelente carbón.
HAYA (Fagus silvatica)

— Madera: Los suelos calizos dan las mejores calidades de haya, maderas de color claro llamadas «haya dulce», fáciles de trabajar y de contracción relativamente moderada. Sobre terrenos silíceos es más nerviosa. En lugares cálidos proporciona una madera dura, nerviosa, de crecimiento rápido, densidad elevada, a veces difícilmente utilizable a causa de la fuerte contracción que sufre al secarse.
Se recalienta fácilmente y debe ser aserrada y puesta a secar rápidamente después de abatido el árbol.
La malla del haya es muy visible, sea en corte radial o tangencial. Esta madera es de grano fino y estructura regular, se comporta bien en compresión, tiene buena cohesión transversal, resistencia relativamente elevada. Es rígida e inflexible.
En el agua se ennegrece y pudre rápidamente, y a la intemperie es poco duradera también. Es poco estable y ante cambios en la humedad resulta extraordinariamente activa.
— Trabajo: Se cepilla bien y no se abre fácilmente, lo que la hace recomendable para la construcción de tuercas y otras piezas de maquinaria y carretería. Al vapor se deforma con facilidad y toma un color pardo rojizo. Una vez vaporizada, la madera queda perfectamente estable y puede utilizarse en instrumentos de precisión como reglas y bastidores de sierras. Se tornea muy bien. Expuesta a un fuego alimentado por sus propios desperdicios se endurece mucho.
— Secado: Seca pronto pero tiende a torcerse. Una vez seca sufre movimientos muy apreciables.
— Usos: Se utiliza con innumerables fines. Entarimados, muebles (sillas, mesas), mangos de herramientas y cepillos (de púas, cerdas, etc.), enseres de cocina (vasos, cuencos, cucharas de madera), madreñas, remos, etc. Tratada al vapor y curvada, se utiliza en muebles cimbrados, aros de cedazo, etc. y en duelas y fondos de barril, para guardar y transportar harina, cemento, jabones grasos, salazones, petróleo. Las partes altas de la copa al nivel de las primeras ramas se utilizan para hacer traviesas para el ferrocarril; se les inyecta creosota y tienen entonces una duración casi igual a la del roble.
— Leña: Es un combustible excelente, especialmente apreciado para calentar hornos de pan. Las ramas se utilizaron mucho para hacer carbón y para leña, por eso hoy vemos tantas hayas «desmochadas», con un crecimiento de ramas que denota la fuerte poda a que fueron sometidas. Por destilación seca da otros productos como alquitrán, creosota, ácido acético, etc.
ABEDUL (Betula sp.)

Es el árbol de los muertos, de la vida y de la ciencia.
— Madera: Blanca, débilmente naranja o rosada. Ligera o semipesada, de buena resistencia mecánica, poca dureza pero gran tenacidad, bastante flexible. En condiciones favorables a la putrefacción dura muy poco. Algo mejor que el fresno en cuanto a resistencia, excepto en la dureza. Es más fuerte y dura la parte exterior que la interior, por lo que es preferible no quitar demasiada madera exterior al trabajarla. Repele a los insectos.
Se trabaja bien y al secarse raja fácilmente.
— Usos: En carpintería y carrocería, carretería, muebles, entarimados, trabajos de torneado, montantes de escalera, timones, llantas, ruedas, esquís, mangos de escoba, madreñas, vasos y otros recipientes para la leche, cajitas, pipas, etc. Las ramitas finas sirven para hacer escobas y cepillos bastos, y algo más gruesas para cestas y sogas flexibles (en algunos lugares se utilizan para amarrar las almadías).
— Leña: Es buen combustible, de elevado poder calorífico. Da un excelente carbón de brasa intensa y duradera, usado en las fraguas y para hacer pólvora.
— Corteza: Es rica en taninos, de los que se extrae un aceite muy usado para curtir pieles (piel de Rusia). Es impermeable y casi imputrescible por lo que sirve de subsuelo para pavimentos sobre piedra o terrenos húmedos. Las mujeres vikingas se pintaban los ojos con ella ennegrecida por el fuego. Se hacían también las yérgolas (teas o velas): por Santiago se recogía y se enrollaba sobre sí misma. Luego se ataba con una brizna de yerba o retama para que no se desenroscara y se dejaba secar; una vez seca, sirve para el alumbrado, dura menos que la cera, pero la llama clara y serena y el olor exquisito merecen la pena, y también sirven para encender el fuego. Cuando mejor se separa es bien entrada la primavera. Si se corta también la corteza interior (el cambium), no vuelve a regenerarse, el árbol queda desnudo y muere. Ambas «cortezas» se usaron para hacer polainas, sandalias, tejas para techumbres (para este uso sirve también sólo la exterior), cajas, etc. En tiempos de carestía se ha usado la corteza interna, molida y mezclada con otros alimentos, por la fécula y azúcar que contiene (recordemos las maravillosas virtudes del agua de vida o savia de abedul).
OLMO (Ulmus sp.)

— Madera: Es dura y pesada, de fibras entrelazadas, resiste bien la compresión axial y transversal, difícil de hender, de fuerte cohesión transversal, soporta bien el cizallamiento. La albura es casi tan buena como el corazón. El grano a menudo es irregular. Es duradera y los hongos la atacan difícilmente.
Necesita un secado rápido para que no se recaliente; seca pronto y si tiene grano irregular tiende a torcerse.
— Trabajo: Se cepilla mal por ser el grano bastante apretado. El pulimento y barnizado son asimismo difíciles, sin embargo se trabaja bien en general. Absorbe la cola por ser porosa. No se agrieta y se corta fácilmente.
— Usos: Se emplea siempre que se requiere gran fuerza y cohesión. Conviene también para las piezas que han de llevar muchos o grandes agujeros. Es común en carpintería especial, construcción de escaleras, apuntalamientos y pilotes, pues se comporta muy bien en el suelo húmedo y en contacto con el agua: para cañerías, subterráneas o no, dura muchísimo (siglos), y sirve en general para todo tipo de construcciones que vayan a permanecer en el agua, como barcas, embarcaderos, canales, etc. sirve mejor que ninguna otra por ser sólida aun cuando sus fibras estén retorcidas. Es la madera típica de carretería en razón de su fuerte cohesión, y para cubos de rueda (pieza central donde encajan los radios) sirve especialmente la de fibra revirada. Por ser dura, pesada y partirse muy difícilmente se utiliza para mazos, tajos y bancos de carpintero. Se emplea también para hacer tablas de chilla, cofres, muebles, entarimados, bolos de tornería y los nudos para cazoletas de pipa.
La corteza entretejida se utilizaba para hacer camastros, esteras y cuerdas; en general tiene los mismos usos que la de abedul.
— Leña: Arde mal a no ser en finas astillas. Se dice que «el olmo arde como el fuego fatuo del cementerio y hasta sus mismas llamas son frías».
ROBLE Y ENCINA (Quercus sp.)

Cunqueiro decía que en tierras de Miranda «el lobo trata de usted al roble, mientras que el roble se permite tutear al lobo». Estos árboles han recibido siempre una veneración muy especial. Los robles y la encina presentan propiedades muy parecidas, pues no en vano son parientes. Hablaremos de ellos como si se tratara de un solo árbol.
— Madera: Tiene gran dureza y resistencia al agua, dentro de la cual se endurece aún más. Sus excelentes cualidades han hecho que sea una de las más buscadas, y por ello la población de robles desciende vertiginosamente. Las fibras son largas, rectas y flexibles, el grano grueso y tosco. Cuando el árbol crece rápidamente, la madera suele ser densa, fuerte, duradera y dura, de manera que puede resultar bastante difícil de trabajar. La contracción depende también de la procedencia: la madera blanda sufre una contracción media o débil y la dura es de fuerte contracción. Los clavos que se meten en el roble, especialmente si la madera está algo fresca, son casi imposibles de sacar: «el roble le dijo al clavo, sacarás la cabeza pero dejarás el rabo». Se comprende que no se utilice la clavazón para piezas que tan sólo han de unirse provisionalmente; sin embargo, es la madera perfecta para clavar o meter tirafondos que hayan de quedar para siempre.
Resiste a la compresión y flexión. Es medianamente elástica y flexible. Se hiende fácilmente por la malla.
El secado artificial es bastante delicado, sobre todo el del roble duro y nervioso.
— Usos: La corteza sirve para curtir. Las tiras de esta madera hendida se usan para hacer cestos muy duraderos.
La madera se utiliza especialmente para maquinarias y construcciones navales y acuáticas, traviesas de ferrocarril, etc. En estructuras de edificios presenta gran solidez y duración, y es muy estimada en la fabricación de muebles, ebanistería, revestimientos, entarimados, bastidores de puertas y ventanas. Se prefiere para las duelas de los barriles de whisky, Jerez y toda clase de vinos, pues les comunica su sabor añejo característico. En carretería es muy apreciada la madera nerviosa para ruedas y piezas fuertes.
La encina, de muy larga malla, muy dura y flexible, sirve para piezas de máquinas, mangos de herramientas, mazos, cajas de cepillos y garlopas, arados, etc. Si no se tiene cuidado, se alabea y agrieta mucho al secarse.
— Leña: Para leña se suelen utilizar las ramas de la poda. Tiene gran poder calorífico y es muy solicitada por los carboneros. Antiguamente, varas bien secas de roble se utilizaban para alumbrar: se encendían por la punta que había sido hendida o machacada para abrirla un poco y no se apagaban hasta que se consumían por entero.
CASTAÑO (Castanea sativa)

— Madera: Es comparable en cuanto a propiedades con la del roble, aunque se distingue de éste por la ausencia de malla visible. La madera es muy duradera, especialmente bajo el agua. En ambiente húmedo puede corroer piezas de hierro, pero empotrada en mampostería se corrompe fácilmente. Resiste bien a los insectos. Es muy fibrosa.
El secado ha de ser lento. Se contrae mucho.
— Trabajo: Hiende fácilmente. Es más fácil de trabajar que el roble, aunque no se cepille bien. Se presta a ser curvada y una vez seca es muy estable.
— Usos: Para escalas, pértigas y estacas bastan piezas de poco diámetro, que en proporción tienen mucho duramen. Las piezas de mayores dimensiones sirven en carpintería y ebanistería y reemplazan al roble para hacer mesas, armarios y todo tipo de muebles. Las chapas proporcionan un revestimiento sencillo y agradable. Es excelente para exteriores y se emplea en construcción. Las tablas rajadas radialmente y colocadas a modo de escamas sirven para cubrir techos y paredes. A menudo se utiliza hendida o no para hacer cercas. Las tiras de castaño son un excelente material para confeccionar cestos. También se hacen con ella parihuelas (ver capítulo XIII) para el transporte en caballerías, y las varas jóvenes rajadas sirven para hacer cinchos de toneles.
Antiguamente se hacían cinturones con tiras de la corteza.
NOGAL (Juglans sp.)

Se tala cuando durante algún tiempo antes ha reinado el viento norte, seco y frío.
— Madera: Es semipesada, de buenas resistencias mecánicas, poco nerviosa y poco variable a los cambios de humedad, moderadamente resistente a los hongos, duradera, tenaz y elástica, se hiende y agrieta muy difícilmente. Su corazón es muy bello.
Es fácil de trabajar, encolar, pulir, barnizar, etc. Se seca con lentitud.
— Usos: En ebanistería, muebles, escaleras elegantes, marquetería, torneado, escultura, moldes de fundición y hélices de avión. Con la corteza verde del fruto se hace la nogalina (ver el capítulo IX).
ARCE (Acer sp.)

— Madera: Es homogénea, de grano fino, semidura, poco nerviosa, de buenas resistencias mecánicas. La más apreciada es la del pseudoplatanus, particularmente para ebanistería y decoración. Es muy blanca y normalmente tiene la fibra continua, pero a veces presenta una fibra ondulada muy apreciada. Su gran densidad y fina textura le confieren una gran resistencia a la abrasión. No le ataca la carcoma.
Los arces campestre y platanoides también poseen un grano bastante fino y se utilizan más o menos igual que el haya.
Se secan bien aunque lentamente, y son moderadamente estables.
— Trabajo: Es fácil de serrar, cepillar, tornear y adquiere un pulimento muy fino y brillante.
— Usos: Es madera de ebanistería, tornería y carpintería, empleada en la fabricación de muebles, objetos torneados o esculpidos, instrumentos de música y piezas delicadas, cuencos y otros recipientes y utensilios de cocina.
SERBAL (Sorbus sp.)

Todas las especies de serbal tienen parecidas propiedades.
— Madera: Es muy blanca y hermosa, homogénea. A pesar de su densidad la tendencia a la contracción es relativamente débil. Se trabaja bien pero es algo difícil de serrar, pues por su dureza embota las herramientas cortantes. Se cepilla y pule excelentemente. Es dura, resistente al uso y desgaste y de excelentes propiedades mecánicas. Es fuerte y tenaz. En condiciones favorables a la podredumbre es poco duradera.
— Usos: Es muy buscada en ebanistería y torneado. Sirve para la fabricación de ciertas piezas de máquinas que han de sufrir grandes rozamientos, para la confección de cajas de cepillos y garlopas, pequeños objetos torneados como carretes, rodillos, mangos de herramientas, husos, husillos de prensas de aceite, vino, sidra, etc. y buena para tallar carretes de lanzadera donde se devana el hilo (canillas), grabados y esculturas artísticas.
Debe secarse lentamente para prevenir la torsión.
Las ramitas finas de la especie aucuparia sirven para cestería. Hace años, en Asturias se hacían recipientes con corteza cosida, se llenaban de arándanos y los enviaban a la Argentina en barco, y dicen que gracias a las propiedades de esta corteza llegaban tan frescos.
CEREZO (Prunus sp.)

Se aprecia mucho para muebles y ebanistería, sobre todo cuando el tono es claro.
— Madera: Se trabaja muy bien y es susceptible de bello pulimento. Templada en agua de cal o en ácidos durànte 24 horas, adquiere un tinte rojo muy pronunciado. Debe secarse con precaución pues tiende a torcerse, pero una vez seca es bastante estable. Tiene buena resistencia, aunque no es particularmente rígida. Se sierra fácilmente y se trabaja bien tanto a mano como a máquina. Dura mucho en exteriores.
— Usos: Para dientes de engranajes, tallas, carpintería y ebanistería. Su leña es un combustible excelente.
PERAL (Pyrus communis)

Su textura es muy fina y uniforme, se seca despacio y tiende a torcerse, especialmente si la fibra es irregular. Es fuerte, muy resistente y rara vez se resquebraja, bastante dura de serrar y embota un poco la herramienta, pero en general se trabaja y acaba bien. Dura poco en medios desfavorables. Se utiliza en marqueteria, escultura, reglas y escuadras, pequeños objetos torneados, etc.
MANZANO (Malus sylvestris)

La madera es parecida a la del peral. Es de textura fina, color claro o pardo, dura y fuerte, pesada. Seca lentamente y durante el secado tiende a alabearse y agrietarse. Una vez seca es estable. Se utiliza para ruedas dentadas de maquinaria, lanzaderas, cajas de cepillos y garlopas, empuñaduras de sierras, etc.
CORNEJO (Cornus mas)

Es de consistencia córnea, muy compacta y pesada. Gran dureza y tenacidad, no resiste la podredumbre, difícil de trabajar, aunque puede conferírsele un acabado muy suave. Seca bien pero lentamente. Por el tamaño reducido del árbol sólo se consiguen piezas de pequeñas dimensiones. Debido a que no se desgasta por el trabajo continuado se utiliza en la industria textil para lanzaderas y husos, husillos de prensas, arandelas, cojinetes, clavijas, mangos de herramientas inmejorables (hachas, martillos, mazos), horcas, y al igual que el serbal sirve para engranajes de maquinarias.
AVELLANO (Corylus avellana)

Da una madera semidura, correosa y flexible, muy tenaz, poco duradera. Se emplea para aros de cubas y cestos. Las varas más rectas sirven de bastón. Los zahoríes hacen las horquillas con las cuales buscan agua y minerales con ramas de este arbusto, cortadas del grosor de un dedo y hasta 40 cm. de longitud. Realizan la operación a la salida del sol y preferiblemente en junio. «La leña ablaniza (de «ablano», avellano en bable), ni da fuego ni ceniza, ni calienta al que la trae, ni tampoco al que la tiza». El carbón se emplea en minas de lápiz y pólvora.
SAUCE (Salix sp.)

La madera es muy parecida a la del álamo, se seca rápidamente y una vez seca es estable. A pesar de que no es particularmente fuerte, absorbe los impactos sin fisurarse. Se trabaja sin dificultad y adquiere un buen acabado. Es perecedera en condiciones que favorezcan la putrefacción; ligera y tenaz, fácil de hender. Por resistir la fricción y tardar mucho en encenderse sirve para zapatas de frenos. Se utiliza para madreñas, dientes de rastrillo, escultura y en carpintería de armar para cabrios pequeños y tablas de chilla. Por su facilidad para curvarse se pueden hacer con esta madera buenos bastones. Las varas más gruesas de los sauces desmochados sirven para estacas y zarzos. Para hacer setos vivos se plantan estaquillas (ramas y tronquitos), y si el lugar es algo húmedo enraizan enseguida. Se suele entrelazar avellano o el mismo sauce entre las estacas hasta que crece. Si queremos tener sauces cerca de casa, no hay árbol tan fácil de plantar; aunque lo plantemos al revés, vive convirtiendo sus ramas en raíces y viceversa. Con las ramas gruesas se hacen aros de cubas y con las delgadas se atan ristras de maíz, cebollas, etc. Todos los sauces pueden utilizarse para hacer cestos, si bien el más apropiado es el mimbrero: se recogen mejores mimbres cuando ya se ha podado el año anterior, entonces las ramillas crecen más finas y derechas.
La corteza es rica en taninos y se utiliza para curtir; también da un colorante rojo vivo. En tiras permite hacer esteras y sirve para amarrar. La salicina que contiene es un sustituto sano de la «aspirina-perfora-estómagos». Además hace bien a los reumáticos.
TILO (Tilia sp.)

La madera es ligera, flexible, de grano muy fino, se corta fácilmente en todos los sentidos y se tornea muy bien. Es blanda, tiene poca resistencia mecánica y duración. Se seca rápido y bien, y aunque presenta cierta tendencia a la torsión, una vez curada es estable. Se utiliza en carpintería fina y modelado de fundición, y es una de las mejores maderas para ser tallada. Sirve para utensilios y recipientes de lecherías por ser poco susceptible de infectarse. Por su ligereza es la madera preferida para estructuras de maderas móviles y escaleras de mano. La corteza se usa para hacer cestos y da una fibra textil grosera, utilizada en cordelería y para hacer redes y esteras. Cortada longitudinalmente puede servir como canal de agua o canalón de tejado. Cuando se seca encoge un poco, pero en cuanto recibe algo de agua se extiende de nuevo y así dura bastante tiempo.
ALISO (Alnus glutinosa)

— Madera: Es blanca, blanda, de densidad media y textura fina, se hiende fácilmente. En condiciones normales no es duradera, sin embargo completa y sumergida de forma constante en agua dura indefinidamente y adquiere resistencia y dureza. Se seca pronto y sin problemas.
— Trabajo: Admite el pulimento y el barniz. Como su grano es apretado se presta para trabajos delicados. Se sierra y corta fácilmente, siempre que la herramienta esté afilada.
— Usos: Por su débil contracción sirve para carpintería y armazones de muebles. En construcción se utiliza para pilotes, especialmente si han de ir bajo el agua, diques, etc. Es excelente para el modelado de fundición, hormas de zapatos, zuecos (se aprecia para esto por su ligereza), talla, pipas, lanzaderas y bobinas, palos de escoba, dorso de cepillos, juguetes, etc.
— Leña: Es una de las maderas que peor arde y proporciona un combustible de mala calidad, quema sin humo. Su carbón se emplea en la confección de pólvora.
— Corteza: Sirve para curtir cuero y preparar tintes negros y rojos. Las fibras se utilizaban para confeccionar redes de pesca.
ÀLAMO (Populus sp.)

— Madera: Es blanda, ligera, no se agrieta ni astilla fácilmente. Es poco nerviosa y tiende a la putrefacción en condiciones que la favorezcan. Se seca bien y es bastante estable.
— Trabajo: Se sierra y trabaja con facilidad, pero su superficie tiende a ser lanuda. Al clavar en ella no se hiende.
— Usos: Para carpintería, interiores de muebles, molduras, tableros de puertas, tabiques de barracas, entarimados, cajas, zuecos.
— Leña: Es muy mala, necesita un largo secado y su olor acre es molesto en el interior de las casas.
ACEBO (Ilex aquifolium)

— Madera: Es blanca como el marfil y amarillea con el tiempo, muy dura y densa. El secado es difícil, y para prevenir la torsión, hacia la que está muy inclinada, se corta en pequeñas piezas. Una vez seca puede alterarse con la humedad.
— Trabajo: Difícil. Se cepilla con cepillos especiales, que tienen una gran inclinación de la hoja.
— Usos: Se utiliza en sustitución del boj para matrices de imprenta y en grabados de madera. Sirve también para mangos de herramienta, torneado, etc. Por su resistencia al calor se emplea para mangos de cacerolas.
La leña es un excelente combustible.
La corteza contiene taninos y un principio viscoso utilizado para la fabricación de la liga (ver el capítulo IX).
OLIVO (Olea sp.)

La madera es amarilla, con vetas y manchas oscuras, compacta, resistente y dura. El secado es muy delicado. Se utiliza para tornear o esculpir. También para mangos de hacha y otros.
BOJ (Buxus sempervirens)

La madera es durísima y de grano prieto. Se utiliza para hacer instrumentos de geometría y de música (gaitas, flautas), grabar y tornear, cajitas, peines, cucharas, tenedores, tallas, bolillos de hacer encajes, juguetes. Se resquebraja con cierta facilidad al secarse y a menudo desafila y mella la herramienta con que se trabaja. Es muy pesada: se hunde en el agua.
La madera de boj se ha utilizado preferentemente junto a la de peral en la xilografía, procedimiento de reproducción de grabados que se empleó sobre todo para el estampado de telas y naipes. Estos grabados se hacen en el boj por la testa y en el peral al hilo. También pueden prepararse sellos para estampar en cartas y papeles, o troqueles para marcar sobre barro.
BONETERO (Evonymus europaeus)

Su madera porosa y dura se astilla y abre con facilidad y se emplea para agujas de media, clavijas, husos y trabajos de torneado. Quemada en vaso cerrado da un carboncillo llamado fusain, útil para dibujo y pólvora. Contra los parásitos y sarna de los animales y el hombre se utiliza el tóxico polvo de los frutos secos.
DURAZNILLO (Viburnum tinus)

Sus tallos jóvenes, muy flexibles, sirven para hacer lazos y cestos. Con la parte interna de la corteza y los brotes se hace liga. La madera es buena para pipas.
PLÀTANO (Platanus hybrida)

Su madera es ligera, blanca, fibrosa, parecida a la del haya, no se alabea al secarse. Se conserva bien sumergida en el agua, pero en el exterior no resiste la humedad. Es apropiada para molduras, carretería, etc. y buen combustible.
ENDRINO (Prunus spinosa)

Da una madera dura, de color pardo rojizo, que se usa para hacer bastones y mangos de herramientas. Ofrece buen material de talla y un excelente cierre para impedir la entrada de animales en los cultivos. Dice una tradición vasca que cuando alguien es herido con sus espinas, ha de pedir perdón al arbusto.
ESPINO ALBAR (Crataegus monogyna)

Los celtas decían que en este árbol viven las hadas. Tiene una madera rosada, fácil de trabajar, que sirve para tallar y hacer cucharas, boles, etc. Con sus ramas finas se hacen buenos bastones. Los setos de este arbusto constituyen una sólida defensa espinosa, y a veces se cortan y entraman las ramas con este fin. Da buena leña para el horno de pan.
BREZO (Erica sp.)

Las raíces, normalmente gruesas, se usan para hacer objetos de adorno y pipas. Las ramas proporcionan buena leña, escobas para barrer y camas para el ganado. Da un carbón excelente para las fraguas de herrería.
TEJO (Taxus baccata)

Este árbol que puede vivir hasta 2.000 años… si se le deja, es todo tóxico excepto la pulpa roja que envuelve sus negras semillas. La madera es muy dura, elástica y de gran duración, y a menudo mella la herramienta con que se trabaja. Lo emplean ebanistas, escultores y torneros. Se utilizó para hacer palas destinadas a la extracción del mineral de cobre. Son eternos los postes y vallados a la intemperie hechos con esta madera. También se usa para hacer cucharas, arcos y ballestas. Adquiere un bello pulimento.
ALIGUSTRE (Ligustrum vulgare)

Tiene una madera elástica, dura y resistente que se emplea en trabajos menudos de tornería. Las ramas sirven para cestería fina.
ESPINO CERVAL (Rhamnus cathartica)

Su albura es blanca y el duramen rojizo. Su pesada madera, fibrosa, toma bello pulimento, es buena para mangos de herramientas y pequeñas piezas de torneado. Da un combustible de excelente calidad.
ENEBRO (Juniperus sp.)

La madera, muy dura, se conserva por mucho tiempo y repele a los insectos. Las astillas se utilizan como mondadientes. La leña arde bien y da buen olor. La resina, echada sobre ascuas, purifica el ambiente y desprende un aroma muy agradable. Con resina de enebro y aceite de linaza se hace un líquido para lustrar la pintura y barnizar el hierro.
CIPRÉS (Cupressus sp.)

Es casi imputrescible, admite bien el pulimento, es duro, resinoso y compacto; arde bien, con olor agradable.
ABETO (Abies pinisapo)

Su madera es fácil de trabajar y hender, de color blanco amarillento, ligera, blanda, elástica y muy resistente. Es bastante duradera si está sumergida en el agua o totalmente al aire, pero se vuelve enseguida mohosa al cambiarla de un ambiente húmedo a otro seco y viceversa. Se seca con rapidez y sin complicaciones. Se emplean para andamios, armazones y entramados los árboles cuyos anillos de crecimiento anuales no sean mayores de 6 a 7 mm. de espesor, pues si el tronco ha crecido demasiado aprisa se raja fácilmente. Sirven también para mástiles y piezas de instrumentos de música.
PINO (Pinus sp.)

El más utilizado en España es el pino silvestre, también llamado pino albar o rojo, escocés, pino del norte, balsain o serrano.
Su madera es fácil de labrar, admite la clavazón y toma bien la cola. Se seca fácilmente y es estable, pero los nudos tienden a separarse. Sus características varían en gran medida según las regiones donde crezca. Cuando la madera de esta especie es de buena calidad, debe presentar siempre una alternancia de vetas duras y blandas, más claras.
Los usos varían mucho según la calidad. Se utiliza a menudo para la construcción, cubiertas, armaduras, postes, estanterías, muebles, entarimados, puertas y ventanas. Es de las maderas más baratas y comunes.
Por la cantidad de resina que contiene resiste muy bien a la intemperie y el pino piñonero conviene para pilotes.
Junto al alerce y al ciprés, el pino es de las maderas más utilizadas para postes de minas.
LA TALA
Los leñadores vascos decían a los árboles antes de talarlos: «Guk botako zaitugu eta barkatu iguzu» (nosotros te derribaremos, y perdónanos).
Hubo un tiempo, según leyenda recogida por Barandarián, en que los árboles iban por su propio pie a los caseríos para ser quemados. Este acuerdo se trastornó a causa de una mujer, y desde entonces hemos de buscar nuestra leña y el pan de cada día.
Los árboles son seres vivos que merecen todo nuestro respeto, que vibran igual que nosotros aunque muchas veces no seamos capaces de sentirlos.
Cuando vamos a cortar un árbol, porque lo necesitamos, hemos de mirar que la madera sirva realmente para aquello que la destinamos, que el árbol no sea sacrificado inútilmente y pueda aprovecharse al máximo. Hay que abrir los ojos y tratar de entender la naturaleza de esta madera que se nos ofrece, los defectos que pueda tener, si alcanza el tamaño, la curva o la recta que precisamos, cómo la vamos a sacar del lugar donde está…
Para la elección es importante tomar conciencia de dónde hacemos menos daño y podemos sacar el máximo provecho. Así, es mejor cortar un árbol que crece junto a otros y quizá estuviera destinado a morir en la competencia, que cortar uno aislado con más probabilidades de vida.
No acaba con los bosques quien corta la leña para sí y para su familia o comunidad cercana, ni el que tala para construir su casa o para crear formas en la madera. Es la tala bestial para traviesas de ferrocarril, la industria del papel, del mueble, los barcos, la que ha terminado con magníficos robledales y otros bosques. Si estas mismas talas se hicieran con cabeza y repoblando después o dejando posibilidades al mismo bosque de recuperarse, se evitarían muchos problemas como el empobrecimiento y la erosión del suelo, las inundaciones, la sequía, las plagas, la falta de aire puro, la escasez de madera… y tendríamos algo que entregar a las generaciones que vendrán.
HERRAMIENTAS PARA TALAR
Existen aparatos monstruosos como bulldozers y motosierras, pero las herramientas que nos permiten sentir al árbol y relacionarnos con él son el hacha, el mazo, las cuñas y la tronzadora.
El hacha es una de las herramientas más antiguas y de mayor tradición. En muchos pueblos se la veneraba o invocaba antes de derribar el árbol. Los leñadores germanos hacían bendecir sus hachas por los sacerdotes del culto de Biel (dios protector de los bosques y de la vegetación). Entre el pueblo vasco y otros de Europa, era costumbre poner un hacha con el filo hacia el cielo durante las tormentas para protegerse de los rayos. Es famosa la prueba de fuerza y habilidad en el manejo de esta herramienta por los aitzkolaris, en la que se intenta cortar un árbol tumbado antes que los competidores.


Aitzkolari



En primer término el hacha canadiense, en segundo plano la carbonera.
Resulta increíble la cantidad de modelos diferentes que se fabrican hoy día. Aquí sólo veremos dos tipos: la carbonera (fig. 58 y 59) utilizada por los aitzkolaris, y el hacha canadiense (fig. 60). En la primera todo el mango pasa por el ojo hasta que se ajusta en él la parte más ancha, haciendo imposible que la hoja se escape. El mango es recto o con una curvatura muy ligera.

El ojo de la canadiense es apenas o nada troncocónico. El mango se mete con cierta presión por detrás y queda sujeto al hierro hincando una cuña en la testera (fig. 61); y está curvado dos veces, lo que permite sostener y lanzar mejor la herramienta. Para estos mangos, las mejores maderas son el fresno y el cornejo. Se hacen labrándolas primero con el hacha, luego con el cepillo y por último se desbastan con una escofina y se afinan con lija. Cuanto más liso sea el acabado, mejor se deslizarán y menos sufrirán las manos durante el trabajo. Casi siempre se deja en el extremo de la madera opuesto al hierro un ensanchamiento para que la mano no se escurra hacia atrás y pierda el control de la herramienta. Los puntos a y b de la fig. 60 corresponden al máximo y mínimo de las dos curvas y están dispuestos a un tercio de la longitud total. La espiga se puede hacer con una simple navaja (fig. 62) o con serrucho y formón (en el capítulo que trata los ensambles a caja y espiga se explica cómo). Una vez terminada la espiga, se le da un corte longitudinal con sierra casi hasta el fin (fig. 62d), y de la misma madera del mango se hace una cuña (fig. 63). Se mete la espiga en el ojo del hacha a tope (fig. 62e) y la cuña se hinca a mazazos en la ranura. Este método de fijar el mango es sin embargo poco seguro, pues a la larga el hierro siempre sale y a veces resulta despedido peligrosamente. También se puede hacer un mango con doble curva y metido como el recto, con las variaciones necesarias para que pase por el ojo. Es muy importante que las maderas estén bien curadas, de lo contrario, al secarse dentro del hierro, se contraen y aflojan. La longitud del mango oscila entre 70 a 90 cm. según la estatura del leñador, y de 30 a 35 cm. para las pequeñas hachas de mano.

El hacha se lleva siempre afilada como una hoja de afeitar, trabajar con ella de otro modo es matarse para obtener un mínimo rendimiento. Se afila en la piedra (como se describió antes en «el afilado») o, aunque siempre queda peor, en el monte con una lima, apoyando la hoja sobre algo y limando despacio, de atrás hacia el corte (fig. 64). El filo ha de estar en su punto (fig. 65); al adelgazarlo demasiado por detrás (fig. 66) penetrará en la madera mucho más, pero también será más difícil sacarla y el trabajo se tornará más penoso. Este defecto de afilado no puede corregirse. En el caso contrario de un filo demasiado grueso (fig. 67) el hacha no entra ni se clava en la madera. Hay que adelgazar justo la punta y poco por atrás.








El filván que queda en el corte tras pasar la piedra (fig. 68) se quita dando un hachazo seco perpendicularmente a la superficie de un tajo, o mejor con una piedra de aceite o de agua como la de guadaña (fig. 69).
Algunas hachas van guarnecidas por un saliente llamado peto, a veces en forma de martillo (fig. 70a). Se pueden utilizar entonces para golpear sobre cuñas, clavar, etc. El corte del hacha (fig. 70b) se llama pala, y en ocasiones, entre la pala y el ojo, hay una ranura (fig. 70c) que sirve para sacar clavos: se meten éstos por la muesca y se eleva al extremo del mango, que hace de palanca.
La sierra de talar es la tronzadora (fig. 71); se maneja entre dos, como el resto de las sierras manuales, con un movimiento alternativo hacia uno y otro lado. Este movimiento se imprime atrayéndola hacia uno mismo y dejando que el compañero se la lleve él solo, sin empujarla nunca. Durante el trabajo los dos mangos tienen que estar siempre en línea con el corte, ya que si se suben o bajan el esfuerzo que hay que hacer es mucho mayor, dado que roza en el corte.
Cuando se utiliza esta herramienta para tronzar madera verde, se triscan sus dientes como en las otras sierras, pero dejando entre cada cuatro (o cada dos si no es suficiente) uno sin triscar, destinado a sacar el serrín y aligerar el roce (también se puede echar unas gotas de aceite sobre la hoja para lubrificarla). Cuando se sierra madera seca se trisca normalmente. El afilado se hace como en todas las sierras de serrar al través (ver el capítulo V). Su especial disposición de dientes le permite cortar en cualquiera de los sentidos del vaivén de forma indistinta.
La manera de llevar la tronzadora de un sitio a otro (sirve también para la sierra de aire), se ilustra en la fig. 72. Cuando os canséis de trabajar con la tronzadora podéis jugar con ella: se pone apoyada por un extremo en el suelo y sujeta en vertical por el otro; si se la golpea en una cara con un palo o mejor con algo metálico, da un tono que varía según se dobla la hoja más o menos. Puede obtenerse una música metálica muy melodiosa.
LA ÉPOCA DE CORTA
En luna menguante todo se interioriza y recoge. La savia «queda» en las raíces. Es el tiempo de recoger lo que ha de conservarse. El mejor menguante es el de enero, pues las maderas cortadas en estos días son muy duraderas (se consideran menguantes los dos o tres días antes y después de esta fase); le sigue el de agosto y después los menguantes de invierno, pues el invierno es como el sol menguado. También es bueno respetar el menguante de día: la tarde. En verano la savia del árbol está llena de sustancias susceptibles de fermentar, azúcares, etc. Las maderas cortadas en cuarto creciente sólo sirven para leña, pues son demasiado activas, se alabean, agrietan, pudren y parten por flexión más fácilmente. Si se cortan los árboles cuando la savia «asciende» (los crecientes y en primavera) y se les descorteza, tienen gran cantidad de líquido en su superficie. En novilunio las maderas tienden a apolillarse antes.
En los países del norte de Europa descortezan el árbol en pie, lo dejan así una buena temporada y lo derriban luego en menguante de otoño; las maderas son más resistentes y de esta forma aprovechan también la albura de los Quercus y otros árboles, sin embargo su agonía es lenta.
En cuanto a la leña, es mejor cortarla en creciente y se alega que la savia se seca antes por estar en las capas exteriores, aunque otros dicen que es mejor el menguante, porque entonces arde mejor y sin humo. También el mejor carbón es el que está hecho con leña de luna menguante.
LA TÉCNICA
Hay personas que hablan al árbol, le piden perdón, le explican por qué lo cortan y le agradecen su madera. El que tala un árbol economiza al máximo su madera, pues sabe que proviene de un ser vivo al que ha sentido.
El árbol puede arrancarse de cuajo, con raíces. Se ata una cuerda a la copa y con el extremo opuesto de aquélla se rodea otro pie cualquiera (fig. 73). Con un pico se cava en derredor del árbol, partiendo cuantas raíces sea posible. Luego se tira de la cuerda al compás del vaivén del árbol. Si para tirar utilizamos poleas, el esfuerzo será menor.
El método de tala más fácil y empleado es el corte del tronco. Con él se aprovecha la madera al máximo al cortarlo lo más al ras del suelo posible. Una vez bien elegido el árbol, hay que tener cuidado no sólo por nosotros sino por el entorno, por los otros árboles o casas que le rodean y para que no quede a caballo de otros pies, en cuyo caso, si las dimensiones no permiten moverlo desde la base, habría que derribar el sostén.
Cuando no estamos seguros de que caiga hacia el lado conveniente habrá que subir al árbol para atar una cuerda lo más alto posible. Si tiene bastante ramaje se sube a pelo; si el tronco es de difícil ascensión puede usarse una de las tres técnicas de la fig. 74: en árboles de poco o ningún ramaje, atarse una cuerda alrededor de los tobillos y del tronco con la presión justa para que no escape de los tobillos y nos permita correrla por el árbol con los pies y sujetarnos en ella ensanchando los tobillos. Una variante es pasar la cuerda por la cintura. Otro método es emplear un «gabito», vara (en Asturias suele ser de avellano) en forma de V con un palo de 3 a 4 metros y el otro de 20 ó 30 cm. Con un poco de práctica permite subir en un periquete.
Una vez atada la cuerda a la copa, el otro extremo se anuda como antes a otro pie situado en la misma dirección de la caída, y empezamos a cortar con el hacha en esa misma dirección. Los dos primeros golpes del hacha levantan un triángulo de madera (fig. 75) y se corta luego una de las caras del siguiente. Con golpes alternativos, primero a un lado y luego a otro, se llega a una muesca como la de la fig. 76, que supera el centro del árbol y cuya cara inferior será paralela al terreno.
Se trabaja a un lado del corte, evitando ponerse enfrente o detrás (fig. 77), pues al caer, la base del árbol se desplaza hacia atrás y sube hacia arriba, por estar muy alto su centro de gravedad. Se maneja el hacha sin precipitaciones, llevando una respiración rítmica y haciendo un juego con la mano más cercana al ojo para obtener el máximo rendimiento con el mínimo trabajo (ver en la fig. 79 el juego de las manos para trocear un tronco en el suelo).

Si el árbol se siguiera cortando por la muesca empezada es muy fácil que acabe rasgándose (fig. 80), con la pérdida de madera y el peligro resultante, pues en este caso el árbol gira imprevisiblemente sobre la parte que sigue unida (a). Ha de darse un segundo corte (fig. 81) por la parte opuesta y un poco por encima, hasta que falten unos cuatro dedos; si hemos atado un cuerda, es fácil que caiga ya tirando de ella. En caso de dar el segundo corte con tronzadora (fig. 82), es probable que ésta vaya quedando aprisionada por el peso del árbol y el vaivén que le da el viento. Habrá que meter entonces una cuña de hierro o de madera con el mazo para abrir un poco la ranura o tirar y mantener tensa la cuerda. Cuando vemos que falta poco para la caída, podemos consumarla sacando la sierra y metiendo una cuña profundamente.
Derribado el árbol, se desrama cortando con el hacha en el sentido de la base hacia la copa (fig. 82) para que las ramas no se desgajen ni queden profundas hendiduras en el tronco. Ahora sólo falta trocearlo en las medidas adecuadas para su transporte y utilización, teniendo en cuenta las contracciones que sufrirá al secarse. Lo mejor para esto es emplear la tronzadora, que desperdicia el mínimo de madera.
Aparte de cortar nuestra propia madera, podemos conseguirla de otras formas. Comprarla suele ser muy caro, claro que entonces no hay que esperar a que seque, o al menos así debería ser. También se pueden conseguir maderas de segunda mano en las basuras, casas antiguas, desvanes e incluso en la orilla del mar, que difícilmente se agrietarán o torcerán si no lo han hecho ya, y a menudo de especies y calidades excelentes; pero hay que prestar mucha atención a su estado: es mejor desechar las carcomidas aunque aún sirvan a contagiar otras maderas del taller o de la casa.
EL TRANSPORTE
Para mover los troncos de un sitio a otro, la primera herramienta que se usa es el hacha, que clavada profundamente en la madera permite arrastrar pesos tirando del mango con relativa comodidad, aunque la madera sufre un poco con el hachazo.
También se usan ganchos especiales que se hincan en el tronco (fig. 83). Podemos hacerlos de hierro, en la fragua, o encargarlos al herrero. La punta ha de afilarse con frecuencia, manteniendo los biseles; el bisel hacia el interior de la curva no se toca. Con un correcto afilado del gancho, al tirar en dirección longitudinal, éste no se desclava (a). El afilado de la punta debe permitir desclavarlo con facilidad; se lleva colgando del cinto por su funda.
Para el arrastre con caballerías, vacas o bueyes se utilizan principalmente dos métodos. Uno de ellos es el amarre con nudos de arrastre o corredizo (fig. 84). El nudo sencillo de la fig. 85 es menos seguro pero también eficaz. Para el transporte de varios troncos (fig. 86) basta hacer los nudos completos en el primer tronco y en los siguientes se forma un anillo con la cuerda (ha de quedar hacia los troncos el extremo de la cuerda libre, y hacia las testas el que los une), por el cual se mete un madero, se vuelve a formar para el próximo y así sucesivamente, tirando cada vez de la cuerda libre para que queden pegados los troncos. Basta dejar 20 cm. o menos desde el amarre a la testera para que el lazo no salga, y se tiene cuidado de que el primer y el último leño sean los más gruesos y largos. Maderos, postes, leña, varas, etc. se atan en un abrir y cerrar de ojos con un poco de práctica y quedan muy seguros. Este amarre y los anteriores pueden hacerse con cadena en vez de cuerda. Para arrastrar conviene que la parte más gruesa de los palos o árboles quede siempre hacia adelante.
El otro método de arrastre consiste en clavar en el tronco un pincho del cual se tira por medio de una cuerda o cadena unida a él. El pincho más sencillo es una simple herradura cuyos pies están afilados y se clavan a mazazos en la cabeza del tronco (fig. 87). A ella se engancha la correa de tiro. Hace las mismas funciones con cierta ventaja una cuña de hierro hincada y atravesada con una argolla para atar la cadena (fig. 88). Este pincho se encuentra por los pueblos, aún se usa y lo hacen algunos herreros. Por último, un método más perfeccionado lleva una deslizadora sobre la que se apoya el tronco (fig. 89), pero puede suplirse con un buen coronado del tronco, esto es, matando el borde con el hacha para que no ofrezca tanta resistencia al arrastre (fig. 87 y 88a).
Otra forma de transporte para terreno llano son los rodillos, que ruedan bajo el tronco y van quitándose de atrás y poniéndose delante, pero es lento y penoso.
En las regiones montañosas se usan trineos tirados por hombres o animales, que resbalan por hielo, nieve, traviesas transversales fijas en el suelo para este fin o sobre el mismo terreno (hablaremos de su construcción más adelante, ya que prestan muy buen servicio en el transporte por terreno accidentado).

Pincho de arrastre.
Las corrientes de agua también se usan para el transporte de madera, lo que permite así una especie de secado por flotamiento.
Para mover troncos muy pesados en pequeños trechos se utilizan palancas; para subirlos a carros, caballetes de serrar, etc. Se usan dos maderos paralelos que salvan el desnivel (fig. 90), y sobre ellos se ruedan, empujan y tiran con palancas y poleas (fig. 91) si es necesario.

Polea para elevar vigas.
Para elevar vigas sobre paredes o armazones, aparte de los sistemas de poleas y otros, es muy útil el sistema de una palanca o leva de madera fuerte que se apoya en un tronco grueso (fig. 92), el cual tiene una ranura en la que entra la leva y que sólo permite usarla como tal, eliminando movimientos laterales. La palanca lleva sobre sí, encajado con una espiga y en un extremo, un madero vertical o tentemozo, a cuyo extremo superior se sube la viga encajada en la otra espiga del tentemozo. Hay que accionar la leva con mucho cuidado para que no caiga la viga, y se puede ayudar al equilibrio con cuerdas atadas y atraídas desde arriba. Subido un extremo del tronco, se repite la operación con el otro. Este método, practicado con inteligencia, necesita de pocas fuerzas y manos, y caso de ser la altura demasiado grande, se puede elevar la viga por partes, apoyándola en andamios escalonados. Así se levantan también los hórreos de sus pegollos cuando hay que cambiarlos.
Con palancas metidas en las anillas de los pinchos, se mueven eficazmente los maderos a su lugar definitivo.
Otros sistemas elevadores son el torno chino, o torno diferencial (fig. 93), que puede accionarse con dos tipos de manivela (a y b) o una correa de transmisión (c). Dos cilindros de diferente grosor pero formando una sola pieza enrollan la cuerda o la sueltan. Cuando se arrolla sobre el cilindro de mayor diámetro (d), el peso sube, pero a igual número de vueltas, «d» recoge más cuerda y «e» suelta menos. Este aparato permite también vencer grandes resistencias con pequeños esfuerzos.
El trinquete (fig. 94) es un sistema de bloqueo que mantiene suspendido el peso elevado cuando soltamos la cuerda. El vástago «a» oscila sobre un eje y resbala por los dientes de una polea dentada cuando gira subiendo la carga, pero mediante la espiga «b» la frena cuando la carga tiende a hacerla girar en sentido contrario.
Para llevar haces de palos o troncos al hombro se ponen sobre éste con el peso bien nivelado adelante y atrás. Apoyando el hacha sobre el otro hombro (fig. 95) se alivia el peso por la parte trasera (en este caso la carga se pone un poco más hacia atrás) y se reparte entre ambos hombros.
EL DESPIECE
En el despiece de maderas para leña se utilizan tronzadoras y sierras de arco además de las hachas. Se trabaja sobre un caballete o banco de serrar (fig. 96) o sobre un simple tronco que tiene dos palos insertos en forma de V, entre los que se sujetan los troncos (fig. 97).

Caballete de serrar.
Para despiezar un tronco en tablas, tablones, listones o vigas (estas últimas también pueden labrarse con hacha y azuela, como se describirá en el capítulo sobre labra) se utilizan sierras pesadas con los dientes inclinados hacia abajo, que se manejan entre dos o tres personas y trabajan verticalmente sobre el tronco puesto en horizontal (fig. 98). Más adelante hablaremos de las herramientas y los procesos adecuados para separar piezas más pequeñas. El trabajo manual es fortísimo, hay que almorzar bien y tener la sierra muy afilada.
El serrón o sierra de aire es una hoja larga y fuerte, que aún podemos encontrar en antiguos caseríos (fig. 98). Tiene dos sujeciones para los mangos; la de arriba, fija con remaches, termina en un ojo por el que entra el mango de unos 50 cm. de largo, y la de abajo se llama «la cabrita», pues agarrarse a ella supone acabar lleno de serrín por todo el cuerpo (los que trabajan abajo usan gorras con visera para protegerse los ojos). Esta cabrita se sujeta a la hoja entre dos de sus dientes y con una cuña a un lado; acaba también en un ojo atravesado por un mango más largo, de unos 80 cm., para que lo agarren dos personas. Esta sujeción de abajo puede montarse y desmontarse con facilidad quitando la cuña, pues, como se verá, el trabajo así lo exige. También se puede subir o bajar respecto a la altura de la hoja para que el agarre sea más cómodo. Los dos mangos son de madera y quedan perpendiculares a la hoja, y los serradores los llevan con las dos manos.
El serrón se afila con lima de media caña, un diente por un lado, el siguiente por el contrario y así sucesivamente. La parte más sobresaliente del diente ha de ser la punta y no el lomo (fig. 99).
Para triscarlo y que los dientes no salten, en tiempo frío se calienta pasándole una llama durante un instante, o bien se entrama después de un rato de trabajo. Se triscan dejando uno cada cuatro y es bueno marcarlo por una o ambas caras con la lima para acordarse. Cuando se trabaja con madera verde (casi siempre, pues cuesta muchísimo menos) se tuercen más los dientes.
Como las demás sierras, si se desvía el corte, se da más entrama a los dientes del lado contrario hacia el que tiende a irse. Y para corregir las desviaciones durante el serrado, el que está arriba maneja el mango como un manillar de bicicleta.
La sierra bracera o portuguesa (fig. 100) trabaja básicamente como la de aire, es más ligera, cómoda y precisa y la manejan dos hombres con facilidad. Va dentro de un bastidor de madera; en el extremo superior de la hoja está el mecanismo que templa y regula la tensión, y el inferior puede soltarse fácilmente de la estructura aflojando la tensión y sacando el pasador. El travesaño inferior del bastidor también se llama cabrita.
Para serrar con cualquiera de los dos tipos de sierra hay que elevar los troncos sobre dos caballetes o andamios o aprovechar un desnivel del terreno (fig. 98) —cavando una pequeña fosa si es necesario— sustentando un extremo sobre dos simples postes.

A la izquierda serrón o sierra de aire. A la derecha sierra bracera o portuguesa.
El tronco se sujeta a los travesaños —con la curva, si tiene, hacia arriba— mediante los gatos (fig. 101), que son barras de hierro de 1 cm. de grosor aproximadamente, dobladas al rojo y afiladas con las puntas hacia un mismo lado o, mejor, perpendiculares. También puede hacerse un gato clavando dos puntas sobre un listón fuerte de madera. Un gato a cada lado del tronco en el travesaño trasero es más que suficiente para sujetarlo. El delantero no se fija tanto, aunque se le suele clavar algún gato, pues habrá que correrlo a medida que se llega hasta él con la sierra. Los travesaños contribuyen a elevar la estructura, y cuanto más gruesos sean, mejor.

Gatos.
Puesto el tronco en su sitio y bien sujeto, se marca con una regla y lapicero o tiza si se ha quitado un costero. Pero como la superficie es normalmente desigual, casi siempre se cordea, esto es, se suelta bruscamente una cuerda de lana, impregnada en tinte y tensada, sujeta con los dedos a cada extremo de la línea que se quiere marcar y apartada del tronco por una tercera persona en su mitad. Estos tintes suelen estar disueltos en agua y los más utilizados son hollín (para obtenerlo se queman pajas en una lata), polvo de teja machacada (desafila un poco la herramienta, pues suele contener alguna piedrecilla) y almazarrón (piedra rojiza que suele encontrarse cerca de las minas de hierro y se machaca hasta que quede reducida a polvo).
En algunos lugares los serradores usan un cordel que se arrolla por medio de una manivela en un aparato sencillo que impregna el hilo en la solución cuando pasa por un recipiente que la contiene (fig. 102). Para que el trazo sea preciso, la cuerda debe escurrirse siempre que se moja en el tinte y en el aparato anterior aparece ya escurrida al salir por un agujero muy pequeño.
Cordeada la primera línea que corresponde al corte del primer costero, se toman las medidas para trazar las líneas paralelas de cada tabla, teniendo en cuenta lo que come la sierra y la contracción que sufrirá la madera al secarse. Luego se echa la plomada en los extremos para marcar las líneas verticales sobre las testeras y por último se unen todos los trazos cordeando por debajo del tronco. Y ya se puede serrar.
Se empieza con la sierra un poco inclinada hacia delante, y cuando penetra se endereza.
El que se pone arriba dirige el corte: al subir la sierra es cuando trabaja, separa un poco los dientes de la madera adelantando los brazos para evitar un roce innecesario y eleva la herramienta (fig. 103). En el punto más alto vuelve a atraer la sierra hacia sí para que agarre y corte, y los de la cabrita dan un tirón fuerte y seco hacia abajo. Y se vuelve a elevar enseguida más lentamente. Las voces (Eeee-Hoop) son buenas para mantener el ritmo; lejos de cansar, animan y ayudan a concentrarse.
Se sierran todas las líneas hasta el travesaño y se corre éste hacia adelante, bajo la parte ya cortada. Entonces se saca el serrón quitando la cabrita, se mete en la ranura tras el travesaño y se vuelve a poner la cabrita para seguir trabajando. Antes de llegar al final del tronco se dejan sin cortar 8 ó 10 cm. de madera en cada ranura para que las tablas se mantengan unidas. Al terminar todos los cortes se separarán con una simple cuña.

Serrando con motosierra.
La motosierra es una valiosa herramienta para hacer tablas, más ruidosa y onerosa pero rápida y cómoda. Para este trabajo ha de usarse una máquina de no menos de 70 cm.3, tan ligera como sea posible y de una longitud de espada de 40 cm. Se coloca el tronco sobre otros de apoyo perpendiculares y sujeto con gatos (fig. 104). Hay unas claves muy simples para hacer bien las tablas. La primera es trabajar sobre terreno perfectamente llano, porque cualquier bache o elevación de terreno que nos haga cambiar la posición y el punto de vista se ve reflejado en una irregularidad en la tabla. Tampoco puede moverse el tronco hasta acabar de serrarlo, pues nunca conseguiremos ponerlo en la posición en que se hallaba exactamente. La segunda es mirar el corte por encima de la hoja de sierra. Si no hay otra forma que mirar por un lado —siempre por el mismo en todo el tronco— el corte tendrá entonces una inclinación respecto a la vertical, pero en todas las tablas será la misma.
Se marca el tronco con almazarrón pero sólo por la cara que va a serrarse en el momento. Se empieza a serrar primero superficialmente, en toda la línea por igual, y luego ahondando cada vez más a una misma altura; es una locura pretender serrar el tronco con motosierra empezando de lleno por su cabeza, como haría cualquier otra sierra. Con cierta práctica las tablas salen casi tan bien como en el aserradero; eso sí, el corte es menos limpio y para que queden lisas y uniformes hay que garloparlas.
Para empezar a serrar hay que poner el tronco «caballero» (fig. 104), es decir con la convexidad hacia arriba. Así se corta el primer lado con corteza llamado costero, y luego el opuesto (fig. 105). El tronco se tumba sobre una de estas caras planas para cortar el tercer costero y se van serrando las tablas hasta que lleguemos a la última, también con corteza.
FORMAS DE DESPIECE
El tronco cuyo corazón resinoso o defectuoso interesa aislar se sierra como en las fig. 106 y 107. En el despiece total con cortezas (fig. 108) las tablas del centro son poco susceptibles de alabearse, pero las de los extremos, con mucha albura, se contraen mucho y se alabean fácilmente.
A veces, tras estos cortes, se matan los cantos para quitar la albura y la corteza. Se hace así en roble delgado, fresno, haya y olmo por su comodidad, ya que no hay que mover el tronco. Esta técnica es muy utilizada en el serrado manual.
El despiece entre costeros (fig. 109), al menos elimina éstos; con él se obtienen tablas iguales. El despiece al cuarto (fig. 110, 111 y 112), es una técnica difícil para el serrado manual, sin embargo, las tablas se secan fácilmente, no se alabean ni agrietan, son más resistentes al desgaste y al roce y se utilizan para ebanistería por los bellos dibujos que resultan en su superficie. Es un corte apropiado para el roble, haya y arce.
En la fig. 112 se aprecia la técnica húngara (a), francesa (b) y americana (c), de despiece radial.
RAJA
Se raja en vez de cortar, labrar o serrar para evitar el corte transversal de las fibras, que resta resistencia a la madera y aumenta su porosidad y por lo tanto su permeabilidad (ver lo dicho sobre hendido o raja en las propiedades de la madera, pág. 31).
Para rajar el haya se empieza por la parte más próxima a la punta del tronco; por el contrario el roble y la encina se rajan más fácilmente y mejor comenzando por la base: «El haya por el grumo y la encina por el culo» que dicen en tierras de Álava (por el culo suelen partirse mejor las coníferas y por la copa las frondosas en general).
Para hender se utilizan cuñas de madera o hierro. Podemos hacer las primeras en el bosque (fig. 113); se biselan o coronan las testeras para que no se abran con los golpes.
Para empezar a introducir estas cuñas es necesaria una grieta natural o hacer una con el hacha; si no confiamos en nuestra puntería, en vez de lanzarla la posamos en la línea a hender y con un mazo de madera la golpeamos en su dorso de hierro para que entre. También podemos hacer el mazo en un momento (fig. 114), sin más herramienta que el hacha y teniendo cuidado con las contravetas (ver el capítulo sobre labra) para que el mango salga recto. Con el mismo mazo metemos a golpes la primera cuña en la raja y conforme se va abriendo la madera por la presión se meten otras cuñas un poco más adelante; éstas aflojan la primera y abren más brecha, hasta que el tronco se parta en dos (fig. 115).
Si el tronco es recto y sin nudos ni malformaciones se pueden sacar tablones toscos hendiendo cada mitad en otras dos (fig. 116).

Mazo y cuñas de hierro para hender la madera.
Las cuñas de hierro se meten con maza de hierro, no necesitan grietas para entrar y ellas mismas se clavan a mazazos; se trabaja más rápidamente con ellas y pueden hender nudos difíciles (para leña o carbón) que con el hacha costaría mucho trabajo partir.
Pero la aplicación más importante de la raja es sin duda la fabricación de las duelas de los toneles. Se buscan normalmente troncos de por lo menos 35 cm. de diámetro y sin nudos. Se trocea el tronco a la longitud que se precisa y con el hacha o con cuñas se hiende en dos mitades, atacando por el corazón. Cada uno de estos dos pedazos se hiende de nuevo siguiendo las mallas o radios, en dos o cuatro trozos según el grueso. Luego se quita el corazón y la albura de cada gajo (fig. 117 a y b) con una herramienta especial que consiste en una cuchilla en forma de cuña alargada y de mango corto llamada hendedor (fig. 118). Con ayuda de golpes de mazo sobre su dorso se realiza la operación antedicha y se hiende de nuevo, esta vez transversalmente a la malla (fig. 117c) en trozos de la anchura de las duelas. Para esta labor se pone la madera en un caballete de horquilla (fig. 119). Una vez el hendedor entra en la madera, se hace palanca con el mango para seguir penetrando hasta el final. Por último se hiende o sierra de nuevo en dirección radial, pues entonces el peligro de cortar fibra es mínimo si las piezas son rectas y regulares. Estas piezas se dejan secar y una vez refinadas serán las duelas definitivas (ver el capítulo sobre tonelería). De esta forma se raja el roble, la encina, el haya, etc. Las duelas de pino para las paredes del tonel se rajan con cuchillas encorvadas (fig. 120). Para rajar las varas destinadas a los aros del tonel, se sujetan en un banco especial y se hienden con la cuchilla curva con ayuda de los golpes de un mazo o la fuerza del brazo. Es difícil seguir el hilo y obtener dos aros de igual grosor. Si es posible se hiende de nuevo cada mitad para obtener cuatro aros, y a continuación se aplanan y encorvan a medida.
La técnica de raja se emplea mucho para obtener tablas de ripia o chilla, hendidas radialmente en rectángulos delgados. Por su impermeabilidad se utilizan para cubiertas de techos y paredes de edificios, dispuestas a modo de escamas.
CAPITULO III
El Taller y el Banco
De la instalación del taller, construcción y utilización del banco y accesorios de carpintero.


EL ASERRADERO EN EL BOSQUE
1) El tronco del primer árbol derribado nos sirve de tajo para los primeros trabajos. Herramientas de derribo: hacha, mazo, cuñas de hierro y sierra.
2) Caballete para haces de leña según modelo en uso en Ile de France. Las dos palancas unidas por una cadena amontonan las ramas muy apretadas entre los dos montantes mientras se les ata.
3) Reserva de leña.
4) Depósito de pértigas.
5) El tajo elevado es un grueso tronco metido a presión entre dos horcas y un piquete en la punta.
6) Banco modelo «Froisart», útil para grandes piezas de madera.
7) Muela de arenisca montada sobre un armazón de cremallera que permite calar las herramientas para afilar en un ángulo constante y deja libre la mano izquierda para girar el manubrio.
8) Banco para afilar. El filo de la sierra está calado por una cuña de hierro en una raja.
9) Herramientas: limatón para afilar, triscador para dar la triscadura, yunque y caja de grasa.
10) Caballete para cazar los troncos que se han de perforar con el taladro.
11) Banco de leñador para pequeños trabajos. Un extremo (12) sirve de tajo. Las piezas en que se ha de trabajar están sujetas entre dos calces (13) y por un pedal; también pueden sujetarse con un tope que podemos colocar en varios agujeros. Podemos trabajar de pie, sentados o a caballo en el banco.
14) Mazo tallado en un leño de una sola pieza.
15) Taburete porta herramientas con cuchilla, serrucho, lima, tijeras, bedano, escoplo.
16) Prensa para tallar, tensada por un torniquete.
17) Torno para madera. La fuerza motriz la transmite una cuerda tendida entre una rama de árbol (18) que forma el resorte y un pedal. Esta cuerda rodea a la pieza que se ha de tornear y la hace girar en ambos sentidos alternadamente. La pieza está sujeta por dos puntas, una de las cuales es móvil y se aprieta por medio de una cuña (19). Para trabajar, las herramientas se apoyan en el bloque móvil que está detrás de la pieza. Construir el torno bastante alto para mantener la amplitud de giro del pedal. (Lámina del libro «Manos Hábiles», de Albert Boekholt.)

Según como esté instalado el taller, el banco y otros accesorios de sujeción, guía, etc. será la precisión, comodidad y posibilidades de trabajo.
El taller al aire libre, y más aún dentro del bosque, tiene el inconveniente de la humedad, que afecta a las maderas y sobre todo a las herramientas; será necesario guardarlas a cubierto y preferiblemente aisladas del suelo, en un armario con patas, por ejemplo.
El taller cubierto puede ser una prolongación de la casa en forma de una simple tejabana, orientada para evitar los vientos que traigan humedad. Se preferirá una habitación o cobertizo alejado de ruidos molestos porque es muy fastidioso trabajar con ellos.
Podemos adaptarnos a un espacio pequeño, pero es preferible la amplitud para trabajar a gusto. El suelo debe ser firme para resistir los golpes transmitidos desde el banco, yunque, tajos, etc.
Es importante la buena iluminación, a poder ser natural, situada detrás del banco o desde el lado izquierdo (o derecho si el operario es zurdo).
En invierno es importante la calefacción, que puede ser una estufa calentada con desechos. Las virutas sirven para encender y el serrín y la madera para quemar. Si se trabaja mucho, este combustible puede abastecer la casa. La recogida de estos desechos que quedan en el suelo es mejor hacerla periódicamente para no perder pequeñas piezas, clavos, tuercas, etc. que luego no hay quien encuentre.
El orden de materiales y herramientas ayuda a su conservación y a la concentración y efectividad en el trabajo.
En la fig. 121 vemos algunos detalles que nos ayudan a ahorrar espacio. El banco puede aumentar o disminuir su superficie con el sistema de tablero abatible sujeto a la pared. El accario se utiliza para preservar herramientas y accesorios del polvo y conviene colocarlaen una esquina a fin de que la puerta no estorbe, sobre un tablero viejo se cuelga la herramienta y para los sargentos podemos construir un colgador de pared (fig. 122), que nos ayuda a tenerlos ordenados y a mano.
Guardar las herramientas en cajas no es un buen sistema excepto cuando están debidamente compartimentadas y las herramientas tienen los filos protegidos, pues de otra forma es difícil evitar el roce de unas herramientas con otras. Las garlopas, sierras, etc. pueden colgarse del mango en un colgador metálico como un clavo fuerte, o de madera, hecho con la horquilla de una rama (fig. 122b). También se puede atravesar con un agujero el extremo del mango de ciertas herramientas como hachas, martillos, azuelas, gramil, para colgarlas por una cuerda.
La herramienta menuda —tenazas, alicates, destornilladores— se puede sujetar con un listón clavado o atornillado sobre una tabla con el intermedio de tacos en sus extremos (fig. 123). De guardar así también limas, formones, escoplos y gubias, deben tener el filo protegido o estar distantes unas de otras o separadas por tacos para que al sacarlas no se dañen unas con otras. La herramienta más menuda como brocas, pequeñas limas, etc., se guarda en tacos agujereados (fig. 124), así quedan protegidos los cortes y puntas. Es muy útil separar las brocas del berbiquí de las de barrenillos o taladros eléctricos; las de madera de las de hierro y las de widia, etc., y si junto a cada agujero en el taco se pone la medida de la broca se ahorra mucho tiempo.
Si embutimos los dos extremos de una «v» de madera a un lado del banco o en una viga o poste, podemos dejar en el interior colgando por su cabeza mazas, martillos, etc.
EL BANCO DEL CARPINTERO
Aparte de los accesorios sin los cuales de poco serviría, un banco debe reunir las siguientes condiciones para ser útil: ha de ser robusto, rígido y estable, tanto en sus piezas como en sus ensambles, capaz de resistir los esfuerzos a que estará sometido sin estropearse, vibrar o tambalearse. En el banco fijo es una buena virtud el peso, que lo hace estar bien asentado.
Tiene que haber espacio para trabajar cómodamente alrededor de él.
Se ha de construir de tal forma que no sobresalga de él nada metálico (como clavos) que puede mellar la herramienta, excepto los accesorios que no son fijos.
Puestos de pie en actitud natural, la muñeca nos señala la altura justa del banco, y el codo corresponde a la altura a que debe hallarse el tornillo metálico de fijación de piezas.
El tablón o tablero que forma la superficie suele ser de fresno, olmo, haya o chopo. Las patas y travesaños de encina y muy robustos. Los pies se unen entre sí por cuatro travesaños, con ensambles de caja y espiga. A veces entre estos travesaños se tienden tablas que sirven para dejar herramientas y cosas encima y contribuyen a dar peso y estabilidad. También es útil dotarlo de cajones para guardar las herramientas, siempre que no estorben a los accesorios (como el barrilete).
El tablón debe ser de 1,5 a 2,5 m. de largo, 5 cm. de grueso y unos 40 a 60 cm. de ancho. Como es difícil y costoso obtenerlo de una sola pieza con semejante anchura, pueden unirse dos o más tablones con las técnicas siguientes:
Si se atraviesan las dos tablas con pernos o tornillos (fig. 125) o mejor varilla roscada, el agujero se hace marcando los cantos en su parte media con el gramil y trazando una línea (a) con la escuadra, con cuidado de que su situación no estorbe a los ensambles con las patas, el agujero del barrilete (fig. 147) u otros accesorios. Se agujerea con el berbiquí por ambos cantos en cada tabla, hasta que los agujeros se hallen en medio. Luego se meten los tomillos atravesando ambas piezas. Las tuercas que fijan ambos tablones por los lados se embuten en una entalladura que se hace con una broca más ancha. En todo el tablero se ponen tres de estas varillas, dos en los extremos y una en medio. Esta unión es muy sólida.
Se pueden sustituir las varillas metálicas por otras de madera, siempre que los cabezales o testeras de las tablas estén unidos de las formas que se indican un poco más adelante o de cualquier otra. Estas clavijas de madera pueden hacerse de fresno y en vez de atravesar por entero el tablero meterse solamente hasta la mitad de cada pieza, de forma que sólo hay que hacer un agujero en el canto interno de cada tablón (si hay más de dos tablas, las intermedias se atraviesan enteras).
Los cabezales se unen con un travesaño unido a caja y espiga (fig. 126), de modo que las caras y cantos de este travesaño queden en el mismo plano que el tablero. Se puede fijar la unión con clavijas de madera que atraviesan la caja y la espiga y con cola. Otra forma es una pieza fuerte de hierro, previamente agujereada y clavada o mejor atornillada con tirafondos en las testas de las tablas (fig. 127).
Una forma sólida para ensamblar las patas es introducirlas en forma de espigas en el tablero (fig. 128). También es fuerte y sencillo descansar el tablero sobre las tablas laterales, atornilladas con tirafondos a los lados de las patas y unidas también con travesaños ensamblados en cola de milano (fig. 129). El tablero se clava en los cantos de estas tablas laterales y en los travesaños superiores de las patas, teniendo mucho cuidado de que las cabezas de los clavos no queden fuera, para lo cual se embuten a una profundidad de más de 1 cm. en un taladro previo hecho con una broca del mismo diámetro de la cabeza y empujando la cabeza con el botador. Los agujeros pueden rellenarse con clavijas de madera seca, bien ajustadas.
Una mesa de cocina puede convertirse en banco si se la retuerza. Para ello se le añade un tablero sobre el viejo y una tabla lateral, clavada a las patas, a fin de soportar la prensa (antes de clavar la tabla, se cepilla el borde sobresaliente del tablero hasta eliminarlo).
TORNILLOS Y PRENSAS DE CARPINTERO
Sirven para sujetar las piezas mientras se las cepilla, clava, encola, escofina, sierra, etc. Vamos a ver sólo algunos de los muchos tipos diferentes.
El husillo es una pieza roscada de madera de serbal, cornejo, boj o fresno (para hacer la rosca ver el capítulo sobre la labra) que tiene además una cabeza más gruesa por la que atraviesa la palanca (fig. 130), la cual a su vez tiene dos cabezas en sus extremos que impiden que salga del agujero. La palanca puede hacerse de madera y tener una cabeza fija y la otra roscada o también fija con una clavija.
Entre la cabeza y la parte roscada (el husillo propiamente dicho) el vástago tiene un adelgazamiento (fig. 130 y 131) destinado al círculo interior de una arandela partida metálica, que va clavada o mejor atornillada con tirafondos en la tabla de la prensa. De esta forma el husillo queda fijo a la prensa y la atrae o lleva en sus movimientos, mientras que el husillo puede girar.
La prensa es una tabla fuerte por cuyo agujero gira el husillo.
El husillo atraviesa la tabla lateral del banco junto a la pata; mientras los tornillos metálicos suelen ir siempre dentro de la pata, en los de madera, necesariamente más gruesos, se procura evitar esto para no debilitarla, aunque se la puede hacer más fuerte. También se puede roscar el agujero de la pata, pero esto no suele bastar a no ser que sea muy gruesa, pues sobre este agujero recae el peso del husillo y la prensa y la fuerza del aparato al apretar las piezas. Por ello se recurre casi siempre a una nuez, pieza algo gruesa cuyo agujero está roscado y que se fija a la tabla lateral (o a la pata) con cuatro tirafondos por la parte interior. Esta nuez es de madera en los husillos de madera y de acero en los de acero.
La tabla de la prensa puede acercarse o alejarse en virtud del movimiento que le transmite la rosca del husillo, y pillar o soltar piezas contra el tablero lateral para trabajarlas. Para que no se tuerza y rompa el eje —pues mientras un extremo está apoyado el otro queda libre y la fuerza que actúa en el centro acercaría este extremo libre hacia la tabla lateral— y para que la pieza sea agarrada de plano, se utilizan varios procedimientos. El más sencillo es poner en el lado opuesto un simple taco algo más grueso que la pieza a sujetar. También es muy común usar una barrita o tubo de metal o un palo de madera que atraviesa el extremo libre y la tabla lateral del banco por agujeros un poco ajustados, y en cuanto hay una pequeña inclinación la barra queda cogida entre ambos agujeros y el extremo libre de la tabla-prensa no puede seguir inclinándose.
Mucho más efectivo y cómodo es poner una guía (fig. 130 y 132) ensamblada a doble espiga en la prensa y encolada. La guía puede entrar o salir de una caja formada por cuatro tablillas fijas entre sí y a la pieza del banco más cercana (travesaño, parte inferior del tablero, etc.) mediante clavos o tirafondos.
El listón guía está agujereado para fijar su movimiento mediante una clavija metida en el agujero más conveniente (fig. 132) por el exterior del banco y haciendo tope contra éste. La caja se monta sobre la guía con la tabla de prensa cerrada completamente.
Para el buen ajuste del husillo y de la nuez, se atornilla ésta al banco con el husillo dentro, atravesando el agujero de la pata o tabla lateral.
El tornillo vertical es muy parecido. Se coloca verticalmente la tabla de prensa, el husillo entra en la pata y la guía también, más abajo; no necesita caja pues la pata es suficientemente gruesa. La boca o extremo de la prensa que agarra queda paralela al plano del tablero del banco y a la misma altura.
El tornillo vertical es el más común, pero ambos son igualmente útiles. Siempre que haya una tabla lateral, el vertical puede convertirse en horizontal metiendo la guía en esta tabla (a través de una caja) y teniendo cuidado de que la distancia entre la boca de la prensa (o superficie de tablero del banco) y el centro del husillo, sea la mitad de la anchura de la tabla-prensa (fig. 130a); así, puesta horizontalmente, queda pareja también con la superficie del banco.
En las ferreterías puede conseguirse husillo, palanca, arandela partida y nuez metálicos, es decir, todo excepto la guía y la tabla-prensa. Se monta igual que el de madera y es mucho más fuerte por fabricarse de acero.
Otro tornillo diferente que podemos hacer también de madera es el de la fig. 133; puede montarse sobre la pata del banco o fuera de éste, sobre un madero clavado en el suelo. En cualquier caso, el tornillo se fija al madero mediante una espiga cuadrada en su extremo posterior, la cual se encola y atraviesa con una clavija o clavo. Una tuerca con dos manijas u orejas aprieta la tabla de prensa a modo de mariposa. El agujero de la tabla de prensa es de paredes lisas y diámetro un poco más amplio que el tornillo. Tiene el inconveniente, poco importante, de que para abrir la boca de la prensa después de aflojar el tornillo hay que atraer la tabla. Este tipo de tornillo ha de llevar guía como los anteriores.
Hasta aquí hemos visto algunos tornillos que aprietan a los lados del banco, apropiados para trabajar los cantos de las tablas (cepillarlas, hacerles rebajos o labrarles determinadas formas), para piezas estrechas, o para serrar, escofinar, hacer espigas en las testas, etc.
Ahora vamos a ver otros tipos que se sujetan sobre la superficie del banco con la ayuda de topes o corchetes y se utilizan sobre todo cuando se ha de trabajar la cara de tablas anchas, para cepillarlas, encolar tableros, tallar superficies, etc.
El tornillo horizontal cuya prensa sobresale un poco del tablero del banco (fig. 134) lleva dos guías para mantenerla paralela a éste, cerca de los extre mos y ensambladas y fijas, que se deslizan por agujeros labrados a escoplo (o taladrados si las guías se hacen redondas) en el canto del tablero. La nuez va embutida y fijada en el canto del tablero (si no es suficientemente grueso se puede fijar bajo el tablero una pieza soporte). Hay que taladrar previamente un agujero de la longitud del husillo por el interior del tablero. No es preciso que este tornillo se abra mucho pues se puede regular la anchura de fijación en las piezas por medio de los topes o corchetes que retienen por el otro extremo y pueden colocarse en agujeros a distintas distancias. Igual que los corchetes, interesa que la prensa no sobresalga mucho del tablero para poder trabajar tablas delgadas, lo cual es importante sobre todo al cepillar.
El tornillo de la fig. 135, parecido al de ebanista, consiste en una varilla roscada con un extremo acodado y rematado en una punta para acoplar un mango. El doblado y adelgazamiento se hace al rojo. El otro extremo de esta varilla tiene un rebaje (hecho a la lima o al rojo sobre la esquina del yunque) que atraviesa y sobresale de un listón corto. A su salida se coloca una arandela y una tuerca lo más ajustada posible, agujereada de lado a lado para pasar un remache que traspasará también la espiga de la barra roscada; si disponemos de terrajas, podemos roscar la espiga y colocar la tuerca como tal (a). En el banco se hace una caja o ranura cerca del borde y de la anchura del listón, y un agujero para que se pase la varilla roscada. Se ensancha el principio de este agujero con el escoplo, de modo que entre una tuerca de la varilla y quede justamente embutida, sin posibilidades de giro. Se encierra la tuerca con una chapa algo fuerte sujeta con tirafondos y provista de un agujero para que pase la varilla y se enrosque en la tuerca (b). El sistema queda listo con los topes fijos, que van en línea con la ranura, como en el caso anterior. Una vez metida la varilla y el listón dentro de la ranura, puede colocarse el clavo y doblarse su punta tras poner dos arandelas metálicas para evitar el excesivo roce. El giro de la varilla moverá el tope por la ranura.
El tornillo de ebanista es más costoso de hacer, pero ofrece mayor solidez y algunas ventajas frente al anterior (fig. 136). Una condición esencial para su construcción es que el banco sea suficientemente grueso, como mínimo 7 cm.
Este tornillo va sobre un rebaje en el banco de unos 50 × 20 cm. Dos listones fuertes (a y b) se unen en ángulo recto por medio de cola de milano y se sujetan firmemente bajo el tablero con tirafondos. Otros dos listones (c), se fijan también con tirafondos a la cara longitudinal del rebajo; estos listones tienen sección en forma de L y sirven para guiar a una tabla (d) que corre entre ellos y lleva consigo la caja del tornillo, paralelamente a la longitud del banco.
La misma función de guía y soporte cumplen los listones a y b. La caja está formada por una cabeza (e) con un agujero en su parte superior destinado a fijar un tope o corchete, y una parte saliente en la cara inferior, cuyo fin es por una parte guiarse por el listón (a), gracias a una ranura (f), y por otra servir de tope a la abertura de la caja contra el listón b. La tabla d se fija con tirafondos a la pieza e, cuidando de embutir perfectamente las cabezas.
En la parte opuesta de la caja, una tabla (g) agujereada hacia su centro deja pasar un tornillo metálico (h) con la cabeza atravesada por una varilla que hace de manija. La punta de este tornillo viene a introducirse en la cabeza (e) y se fija a ésta por el sistema de arandela partida (i), de manera que puede girar libremente pero no salir ni entrar en la cabeza. Una tuerca (j) a la que se ha soldado perpendicularmente una varilla algo fuerte se coloca cerca del extremo de la caja. La varilla se mete por el agujero (k) en la cara del rebaje del banco y ha de entrar en éste justamente y al menos 10 cm.; además se la puede fijar agujereándola en dos puntos y haciendo una muesca bajo el banco hasta encontrar los agujeros de la varilla, que se atraviesan con tirafondos o clavos para sujetarla a la madera. Esta varilla pasa —en el movimiento de la caja producido por su tuerca—través de una ranura longitudinal en la pieza d. La caja terminará de cerrarse con una tabla encima (que puede llevar agujero para otro corchete), una tabla en el lado exterior y otra en la parte inferior, que se fijan por tirafondos.
El montaje del tornillo se hace de la forma siguiente: primero se fijan los listones (c), luego la pieza d a la c, después se mete por el agujero la varilla, se pone la tabla g al tornillo, se pasa éste por la tuerca, se fija con la arandela partida (i) a la pieza e y se fija la varilla. A continuación puede colocarse el resto de las piezas de la caja y al final los listones a y b. Conviene que antes del montaje todo está preparado al detalle, especialmente los agujeros para los tirafondos, y los encajes perfectamente acabados para no tener que volver a soltar piezas.
El tornillo puede agarrar lo mismo entre los topes que entre su cabeza e y la testa del rebajo en el banco.
Es muy útil para el carpintero y para muchos otros trabajos —especialmente relacionados con metales— tener sobre el banco un tornillo metálico, y más si posee una plataforma especial como yunque. El único inconveniente que tiene es el precio. Los hay que se fijan al tablero mediante pernos, preferiblemente cerca del extremo opuesto a la prensa vertical (fig. 137), o mejor, que se anclan en el suelo —de pie— como el mentado al hablar de la fragua. Trabajando sobre este tipo de tornillos con limas y otras herramientas de corte hay que tener mucho cuidado de no rozar el hierro. Las maderas delicadas se pueden proteger del apretón poniendo entre las mandíbulas del tornillo una tablillas inservibles y mejor si son piezas en L, apoyadas en la superficie de encima de la boca.
Una mordaza o tornillo de banco de madera se puede construir de infinidad de formas; el de la fig. 138 tiene un brazo más largo para sujetarlo en la prensa del banco y una pieza metálica sirve de guía. El agujero para el tornillo de apriete se hace un poco holgado verticalmente para permitir el giro de la mordaza móvil. Para la mejor sujeción de las piezas pueden ponerse unas bocas de goma. Sirve para toda clase de trabajos finos, pero, evidentemente, no puede exigírsele la robustez de un tornillo metálico.

Banco de talla de cadenas de madera, más decorativas que útiles. Está hecho a una altura un poco más elevada que el de carpintero, necesaria para los trabajos de talla. El respeto por las formas naturales de la madera es aquí evidente: las uniones del banco carecen de piezas de hierro y cada cosa tiene su función, desde el barrilete de madera a esos palos con múltiples agujeros que se elevan de la superficie del banco y por los cuales se meten otros en los que se apoya el listón del que talla la cadena. Quizá lo más atractivo de todo es la expresión de satisfacción del paisano.
OTROS ACCESORIOS
Como las tablas largas no quedan bien sujetas a la hora de labrar los cantos con sólo el tornillo vertical, se hace necesario recurrir a artilugios que sujeten el otro extremo de la pieza. Lo más fácil es hacer unos agujeros de unos 2 m. a lo largo de la pata del mismo lado de la prensa. En el agujero que convenga por su altura se mete una clavija de fresno con la punta algo cónica para mejor sujeción, y sobre ella se posa la tabla. Esto es suficiente casi siempre.
Otra forma de sujeción consiste en una L metálica fijada bajo el tablero del banco con tirafondos (fig. 139) para apretar sobre ella un sargento y entre ambos la tabla o pieza (fig. 140). 2 ó 3 de estas L colocadas sobre una mesa pueden sustituir el tornillo vertical. Pero claro está, el tornillo agarra mejor y más firmemente.
Puede hacerse un soporte de cremallera (fig. 141) con un fuerte listón con una serie de muescas dispuestas longitudinalmente, labradas con serrote y formón, y encajado a caja y espiga en una base formada por una cruz de tablas unidas a media madera. En el fondo de cada diente se apoya y sostiene un taco mediante una brida de acero (fig. 142) formada por dos chapas, una a cada lado del taco y unidas por dos pasadores con los extremos remachados, a una separación un poco mayor que la anchura del montante.
Hay infinitas formas de sujeción y muchas de ellas aún por inventar. Ahora veremos los topes o corchetes, que se elevan de la superficie del banco para retener piezas a la hora de cepillarlas o sujetarlas en otras labores, normalmente hechas en la dirección de la mayor longitud del banco.
Es corriente ver en muchos bancos un listón clavado con puntas bien embutidas en la cabecera de la superficie del banco (fig. 143); sirve para retener las tablas mientras se cepillan o se les pasa la garlopa. Como la herramienta sólo trabaja hacia el listón, y hacia atrás sólo se desliza suavemente o se lleva en el aire, no suele ser necesario retener la tabla en este sentido; pero si lo fuera, basta poner un tope y ajustar con unas cuñas.
Otro tope de mejor agarre que el anterior consiste en un listón cuadrado de unos 3 cm. de lado y 20 cm. de largo (fig. 144), que en una de sus testas lleva embutida y fija con un tirafondo largo una chapita dentada, triangular (puede cortarse de una sierra vieja o hacerse con una chapa fuerte de acero). El listón atraviesa el tablero del banco por un agujero hecho justamente a su medida, con las paredes bien lisas y perpendiculares al mismo. En esta posición vertical el listón sube o baja con pequeños golpes de maza; cuando no se necesita puede sacarse y a la hora de sujetar una tabla se ponen los dientes de la uña o corchete a menor altura que la mitad del grueso de la tabla, contra la testa de la misma; dando unos golpes en la testera opuesta queda la tabla bien prendida en el tope. Si ponemos dos de estos corchetes, la seguridad de la fijación es mucho mayor.
Hay topes que son simples listones fijados en el agujero con una cuña o por una chapita procedente del resorte de un reloj, atornillada al listón por sus extremos de manera que quede abombada (el acero de resorte sólo puede agujerearse después de destemplado, pues es muy duro). Se venden corchetes más complicados, pero no ofrecen ventajas sustanciales respecto a los citados.
Un tope para serrar es el fijado en una entalladura en la testera del tablero con un tirafondo que le permite girar y meterlo sin que sobresalga de la superficie del tablero (fig. 145). Contra él se apoyan las tablas para serrar (fig. 146) y basta entonces sujetarlas encima del banco con una mano; claro que muchas veces es mejor utilizar las prensas, los sargentos o el barrilete para este menester.
Aunque es muy difícil verlo, antiguamente y aún hoy en el medio rural, en el centro de los bancos se encuentra una pieza fuerte de hierro en forma de L que se llama barrilete (fig. 147) y sirve para sujetar las piezas que han de trabajarse en cualquier dirección. Con un martillazo contundente sobre el ángulo, el barrilete caza la pieza contra el banco y queda a su vez cazado entre las paredes de su agujero; para aflojarlo se puede golpear por encima o por debajo del banco (flechas discontinuas). Cuando la pieza que se sujeta es delicada o blanda, se interpone una madera bajo el barrilete.

En los rastros se pueden encontrar fácilmente estos útiles, pero si tenemos una fragua bien podemos hacerlos doblando una barra de hierro dulce de unos 2 ó 3 cm. de grueso y achatando un poco el extremo de lado corto. En una ocasión vi a un artesano un barrilete de madera, hecho aprovechando la unión de una rama con su tronco; lo utilizaba para sujetar la piedra de afinar. Fresno y roble sirven.
Hay otros barriletes un poco más complicados con sistemas de tornillo para evitar la brusquedad de los golpes, pero, como se ha dicho, basta casi siempre con interponer un taco.
Esta simple pieza hace mucho servicio para serrar, cepillar, abrir escopleaduras, trabajar con gubias, formón, etc. Su mayor inconveniente es él mismo, pues queda siempre encima de la pieza que se trabaja y a veces molesta para ciertas labores, especialmente el cepillado.
El sargento y el gato sirven para sujetar una pieza al banco o dos piezas entre sí, para trabajarlas el primero o para encolarlas el segundo (fig. 101).
Pueden hacerse de madera, con la forma básica de los de hierro, pero han de ser piezas más gruesas y de maderas fuertes (fig. 148). Un sargento consta de una pieza guía larga sobre la que corren los dos brazos perpendiculares o uno solo y el otro está fijo (fig. 122). Uno de estos brazos tiene cerca de su extremo libre un husillo metido en el agujero roscado y dispuesto paralelamente a la pieza guía y provisto de un mango. La punta del husillo aprieta las piezas interpuestas contra el otro brazo y de esta forma las une. Cuando el husillo no llega a apretar por ser demasiado corto, se corren los brazos sobre la guía para acercarlos. Al apretar el husillo los brazos quedan fijos en sus agujeros en la guía, de una manera análoga al barrilete en su agujero.
Para que el husillo no dañe las maderas, se interpone un taco. Los metálicos suelen estar provistos de un ensanchamiento en su extremo que tiene este objeto.

Sargento de madera, combinado con soporte de cremallera.
Los sargentos destinados a sujetar o encolar piezas pequeñas suelen ser de una pieza en U, es decir que los brazos son fijos y sólo se mueve el husillo (fig. 148 y 149).
Los grandes suelen hacerse con acero de ballesta. Muy a menudo se utilizan para fijar piezas al tablero del banco, caballetes, etc., pillando la pieza contra estos soportes.
Con objeto de asegurar piezas pequeñas y proteger el banco, se trabaja con el formón o el serrucho sobre el cortador o cabezal de banco. Es una simple tablilla, preferiblemente de madera contrachapada de unos 20 × 30 cm., que tiene un listón en cada extremo, uno en una cara y el otro en la opuesta (fig. 150), fijos con clavijas encoladas que se meten en agujeros taladrados con cierta inclinación para mejor sujeción. El cortador es muy útil para disponer de una superficie llana cuando el banco es tosco.
Para serrar grandes tablas a lo largo con el serrucho de hender, se puede hacer fácilmente un borriquete (fig. 151) para sostenerlas en el aire a una altura aproximada de 70 cm. sobre el suelo. Consiste en dos listones fuertes ensamblados en ángulo agudo y sujetos con dos travesaños, cada uno por un lado del ángulo.
La cabeza de la tabla que se va a serrar se mete entre ambos travesaños, apoyando en el inferior, y el otro extremo del tablón se apoya en el suelo. El conjunto forma tres pies.
El caballete (fig. 152) tiene múltiples usos dentro y fuera del taller. Se emplea casi siempre una pareja de caballetes, que pueden servir además de para serrar, para confeccionar un andamio o una mesa provisional uniéndolos con una tabla encima, etc. Su construcción es bastante más compleja de lo que a simple vista parece. Partiendo de una línea media entre ambas patas se traza una plantilla a tamaño natural del perfil del par de patas y los travesaños que los unen, marcando los ensambles a caja y espiga. Las líneas inclinadas de las cajas de la pieza superior donde se ensamblan las espigas de las patas se trazan con la falsa escuadra sobre las testas y sus extremos se prolongan por las caras. El larguero que une los travesaños inferiores no tiene mayor dificultad que la de las espigas y mortajas comunes. La pieza inclinada que va desde uno de los travesaños inferiores a la parte inferior del asiento o pieza superior se fija con clavos. La inclinación de sus extremos biselados puede tomarse por medio de una cuerda tensa con la falsa escuadra.

Cortador de ingletes.
El tajo es imprescindible en el taller (fig. 153). Es un tronco que sirve sobre todo para manejar el hacha encima e impedir que se melle. Fuera del taller, sobre este tocón se parte la leña, se hienden maderos, se cortan alimentos con cuchillo o se sienta uno. Los mejores tajos son los nudosos, pues se abren más difícilmente, y de maderas como el olmo, haya, encina, etc. Algunas veces, para sujetarlos e impedir que se abran se les aplican herrajes. Para mayor estabilidad se entierra en ocasiones un poco su base, o se le ponen tres patas para elevarlo.

Dos modelos de tajos.
A la derecha, sargento de metal.
Para contornear tablas delgadas con serrucho de punta, sierra de calar o marquetería es útil el burro de madera (fig. 154), que consiste en un taburete sencillo al que se fija una tabla de madera flexible, serrada por la mitad a lo ancho y en sentido longitudinal, a fin de formar una ranura o boca con la cual caza las piezas. Esta tabla está ensamblada al banco por medio de una espiga que atraviesa el taburete y se fija debajo por medio de dos cuñitas o espigas (fig. 155). Por encima se logra una mejor fijación colocando una tabla que abraza este tornillo y una tornapunta o listón inclinado que sujeta una de sus quijadas. Al otro lado del taburete se eleva un montante anclado al asiento por una espiga como la anterior, y por cuyo extremo superior pasa el eje del brazo o palanca móvil que se apoya sobre la quijada libre y la aprieta al bajar contra la otra. Una cuerda parte del brazo, atraviesa el asiento y se fija al extremo de una tabla larga, apoyada por el otro extremo en el suelo y que hace de pedal. En este artilugio se sujetan las piezas a serrar metiéndolas en la boca y accionando el pedal, que a su vez baja el brazo que oprime la quijada que sujeta la madera.

GUÍAS PARA SERRAR O CEPILLAR
La caja o guía de serrar ingletes (ángulos de 45°) consiste en una U formada por tres tablillas unidas por tirafondos y serradas en ángulo de 45° (fig. 156). Los ángulos se trazan haciendo primero un cuadrado y marcando en los cantos los extremos de las diagonales (líneas discontinuas de la fig. 156), que se sierran verticales hacia abajo, hasta llegar a la pieza base. Hecha la caja basta meter dentro de la U los listones o piezas a serrar y guiando la sierra por las ranuras se cortan en el ángulo adecuado.
Claro está que mucho más fácil es guiarse para hacer la caja de ingletes con otra caja, pero antes hay que asegurarse de que esté bien construida.
Una variante lleva atornilladas dos tablillas sobre la caja anterior, de modo que se tiene otra guía más ancha (fig. 157).
Dentro de estas guías las piezas pueden sujetarse por medio de cuñas o simplemente con la mano. Hay guías que se colocan sobre la pieza a trabajar (fig. 158) y otras que sólo tienen un lado de la caja, y por ello más grueso (fig. 159, obsérvese que tiene otra ranura a escuadra, para guiar en ángulo recto).
Para cepillar los cantos de las tablas a escuadra se utiliza la plancha de cepillar llamada tirador (fig. 160). Las dos tablas que la forman se disponen con los corazones alejados uno de otro y la inferior lleva atornillados dos travesaños para impedir el alabeo. Un tercer listón hace de tope y se fija en la tabla superior que lleva un rebajo o bisel a lo largo de su borde inferior para que el serrín o las virutas no se acumulen en la esquina y saquen el cepillo.
Cuando se cepillan en el tirador cantos de tablas que han de acoplarse entre sí a tope (ver el capítulo sobre unión de piezas), se ponen estas tablas unas hacia arriba y otras hacia abajo alternativamente para tener en cuenta la ligera curva que hace el filo de la garlopa. Aunque la diferencia sea poca, no cuesta nada hacerlo así.
La guía de cepillar ingletes (fig. 161) cepilla los cantos con su ángulo y se hace de forma parecida a la anterior, esto es, apoyando la tabla a trabajar en la superficie inclinada, con la testera contra el tope y el canto sobre el borde de modo que la garlopa, garlopín o cepillo tumbados de costado sobre la plancha base lo vayan comiendo.
Si a estas planchas de cepillar se les atornilla por debajo un listón en el centro y a lo largo de la pieza base, podremos cazarlas por este asidero en el tornillo de banco y trabajar más cómodamente; otra forma es sujetarlas con el barrilete o sargentos o simplemente con un corchete.
CAPITULO IV
Marcar – Medir
De las técnicas y útiles para marcar, medir, comprobar, nivelar, aplomar, escuadrar, trazar…


TRAZADO DE RECTAS
Para trazar líneas rectas en cualquier sentido, se utiliza la regla. Las mejores en cuanto a precisión llevan en su canto embutido o abrazado un filete metálico. Este instrumento, esencial para el carpintero, parece la cosa más sencilla de construir, y sin embargo requiere una labor delicadísima, un trabajo minucioso y preciso, a menos que se cuente con buenas guías o medios mecánicos para serrar y cepillar su listón. Es importante que la madera utilizada sea completamente estable, como la del peral o el haya vaporizada, y tenga un secado perfecto. Conviene asimismo protegerla con barniz o pintura.
La labra de una regla conlleva un proceso igual al de una tabla, pero con la dificultad de una gran longitud respecto al grosor y anchura. Gran parte de los problemas quedan solventados si disponemos de otra regla con la cual comprobar su rectitud, o de una superficie completamente plana para pasar un trazo de lápiz siguiendo el canto e invertir luego la regla de modo que los extremos se intercambien de lugar: si está bien hecha el borde de la regla se ha de confundir con la línea trazada en toda su extensión. La operación se repite con el lado opuesto.
Si no se puede conseguir una buena regla para hacernos la nuestra, lo mejor es comprarla o encargarla a un carpintero de confianza (y comprobarla). Una regla imprecisa hace que todo salga mal y lo mejor es usar su listón para otra cosa.
La longitud del instrumento depende de los trabajos a realizar: para pequeñas cosas basta un metro, pero para labrar o serrar largas piezas, listones, troncos, tablas, etc. merece la pena tener una de 2 a 2,50 m.
Hay que tener cuidado de no mellar la regla con golpes o caídas (a estas mellas se les llama luces, porque aplicada la regla a una superficie plana deja entrever la luz) pues los defectos quedarán reflejados en cualquier trazo.
Un truco útil si se dispone de banco o superficie bien plana, es extender un rollo de papel de lija bien tenso o adherido con chinchetas o clavitos sobre el cual se pasa el listón labrado para eliminar los pequeños defectos.
La regla se puede sustituir en algunos casos por la cuerda de cordear (ver pág. 49). La cuerda se usa especialmente en superficies irregulares, pisos, paredes, etc., pero en trabajos precisos ha de ser fina además de absorbente y no ha de impregnarse demasiado de tinte para que trace una línea limpia de borrones.
Para trazar rectas paralelas y cercanas al canto, cara o testa de una tabla existen varias formas. La primera y más artesana es la «guía del dedo», que consiste simplemente en tomar el lápiz entre índice y pulgar a la distancia que queremos trazar dentro de la tabla y deslizar la mano, por ejemplo poniendo el anular y meñique en el canto (fig. 162). Esta forma es rápida y precisa con un poco de práctica, claro es que la precisión de éste y otros métodos depende de la perfección en la labra de la pieza, pues la línea del lápiz reflejará exactamente un canto o superficie curva. Por otra parte, cuanto más hacia el interior de la pieza haya que hacer la línea, más difícil e imprecisa resulta y a cierta distancia llega a ser imposible realizar el trazado de esta manera. Lo ideal es emplear el método para trazos hasta unos 3 cm. al interior de la arista.
Es equivalente emplear una regla graduada para mantener la distancia con la uña del pulgar y del índice contra el canto (fig. 163).
Con un gramil las líneas serán mucho más precisas; consiste en una tablilla con una cara bien plana que sirve de guía y uno o dos listones que la atraviesan, pueden deslizarse por su agujero y fijarse en una posición por medio de cuñas o tornillos (fig. 164). Los listones tienen cerca del extremo, en una de sus caras, un punzón que marca la madera. Así pues, el gramil se utiliza para trazar líneas paralelas a una cara o arista y para trazar escopleaduras, es decir agujeros abiertos por ambos lados de una pieza, que se encuentran con exactitud. Todos sus componentes suelen hacerse en madera de encina por su resistencia al desgaste o roce, pero también en serbal, roble, fresno, haya, etc., siempre que estén secos y perfectamente estables.
La tablilla que sirve de guía (fig. 165a), una vez bien labrada se alisa y acaba por la caraguía frotándola sobre una lija fijada bien tensa sobre una superficie plana, hasta ver que es atacada por la lija en toda su superficie. En esta tablilla se abren dos escopleaduras cuadradas que la atraviesan. El trazado de estos agujeros puede hacerse con otro gramil o bien con una escuadra. Se abre otro agujero en forma de cuña de lado a lado de los cantos utilizando un escoplo estrecho y marcando con gramil y falsa escuadra. La diferencia de anchura entre su entrada y su salida se marca con la falsa escuadra sobre las caras (líneas discontinuas en la fig. 165a) y se pasan los extremos de estas líneas con la escuadra corriente a los cantos. Es una escopleadura difícil de realizar también porque comunica con los agujeros abiertos en las caras. Naturalmente, se empieza a abrir el agujero por un lado y al llegar a la mitad se abre por el otro para no astillar la madera ni salirse del ángulo. Cuanto más se abre este agujero hacia el centro, mayor es la facilidad de que raje una línea entre los agujeros de las caras; hay que tener pues mucho cuidado en el manejo del escoplo.
Los dos listones (b) son de sección cuadrada y llevan un punzón cerca del extremo, que puede hacerse con un simple tirafondo metido en la madera y cuya cabeza, cortada con las tenazas, se deja sobresalir aproximadamente medio cm. y se afila con una lima. Su filo debe estar biselado en dos direcciones: una para rayar mejor la madera y otra para acercar la guía al canto (fig. 166). El sentido del movimiento del instrumento al trazar determina estas inclinaciones, pues unos manejan el gramil tirando de él hacia sí y otros empujándolo. Utilizarlo en sentido inverso al adecuado hace que el trazo sea discontinuo, como a saltos, y tienda a separarse la guía.
Los dos listones entran cada uno en su agujero después de meter las piezas c, que son dos en forma de U y de anchura (z) igual a la del agujero; quedan abrazando la tablilla a y mirándose una a la otra, encajadas de tal modo en el agujero que dejan pasar los listones b.
Estas piezas tienen una ranura (x), que se hace con gubia, más profunda y ancha en el lado por el que entra la cuña (d) que en el lado por el que sale. La posición de esta ranura corresponde a la del agujero para la cuña sobre el canto de la tablilla a; si está en la mitad del canto, irá en la mitad de la pieza. Estas piezas sirven para hacer presión contra los listones sin dañarlos, a fin de fijarlos cuando se aprieta la cuña; las ranuras acogen los cantos de esta cuña.
La cuña y los listones deben tener las aristas de las testas bien rematadas para soportar golpes sin abrirse.
Conociendo este tipo de gramil podemos hacer cualquier otro especial. Los hay que sirven para marcar líneas muy adentradas (fig. 167), o que tienen un punzón de altura regulable para marcar líneas sobre una cara irregular, con entrantes y salientes (fig. 168), que aprietan el listón contra las paredes del agujero mediante un tornillo de punta achatada (fig. 169). Se emplean gramiles cuyas guías son cóncavas o convexas cuando se trabaja sobre superficies curvas.

Gramil marcando una línea paralela al canto
Al marcar con el gramil la guía debe estar de plano sobre el canto, y no apoyada solamente en un punto o línea de éste.
LAS ESCUADRAS
Para trazar líneas perpendiculares a una superficie, esto es con ángulo de 90°, se utiliza la escuadra. Se compone de dos piezas: el talón o árbol, que sirve de guía y va apoyado en toda su longitud sobre el canto o superficie de referencia, y la hoja, más delgada y ensamblada a la anterior (fig. 170). Gracias a la diferencia de grosores, la hoja puede quedar sobre un plano para trazar una línea en él, mientras que el talón se aplica en el costado de esa superficie para guiar el ángulo preciso (fig. 171).

Izquierda: escuadra de ángulos. Arriba: escuadra. Abajo: falsa escuadra. En la página siguiente: regleta o escuadra de ángulos y compás de madera.
Podemos hacer una escuadra con talón de madera y hoja a partir de una lámina de sierra, o enteramente de madera. En el primer caso se corta la lámina a la medida adecuada con la sierra de metales después de marcada con regla y lezna o clavo de acero, y se refinan los bordes con lima y papel esmeril hasta comprobar con la regla que estén bien rectos y escuadrados. En el talón se hace entonces una ranura serrando la testa a una profundidad igual a la anchura de la hoja. Se mete esta hoja en la ranura y se fijan ambas piezas en ángulo recto mediante otra escuadra, taco escuadrado, plantilla del ángulo trazado a partir de un cuadrado, etc. Entonces se les hace con un barrenillo de hierro dos o tres agujeros atravesándolas enteramente, la una dentro de la otra. Estos agujeros serán del diámetro exacto de los remaches o tornillos que unirán estas piezas y se hacen con muchísimo cuidado para que el ángulo no se mueva. Por último las cabezas se embuten en la madera.
La escuadra con hoja de madera se hace de igual forma, sólo que esta hoja ha de ser más gruesa que la metálica, y por tanto también la ranura del talón, que en este caso se hace con dos cortes de sierra y vaciando el interior con un escoplo estrecho.
Siempre hay que comprobar la escuadra antes de comprarla de segunda mano o después de hacerla, y para esto se traza con ella una línea perpendicularmente a un canto bien recto, manteniendo el talón de la escuadra por ejemplo a la izquierda; sobre esta línea se marca otra con el mismo canto de la hoja, pero con el talón vuelto a la derecha; si las líneas coinciden, la escuadra sirve, pero si forman una V (fig. 172), no vale para nada y hay que desecharla.
Otra manera de emprender la confección de una escuadra es basarse en el hecho de que siempre que en un triángulo la relación de las longitudes de sus lados es de 3, 4 y 5, aparece un ángulo recto (fig. 173) —ya lo dijo Pitágoras. Los lados en ángulo recto (catetos) del triángulo así formado se ensamblan como en un escuadra normal, y el travesaño que los une (hipotenusa) se asienta sobre sendos rebajos en las piezas que hacen de talón y de hoja. Las uniones se pueden clavar.
La escuadra de ingletes (fig. 171) tiene en la unión del talón y la hoja un ángulo de 45°, que permite usarla tanto para trazar ángulos rectos apoyando el talón de plano como para los de inglete.
También suele llamarse escuadra de ingletes a una regleta construida con un talón ranurado a lo largo del cual se introduce una tablilla encolada que tiene por un lado ángulo recto y por los otros ángulos de 135°, todos ellos tomados a partir del talón, pero entre sí los lados forman ángulos diferentes.

El ensamblador o escuadra de tope (fig. 174) es una tablilla de unos 10 × 10 cm. y dos de grueso encolada en el extremo de un listón de igual anchura y grosor, y longitud acorde con las tablas que vamos a trabajar. Se utiliza para marcar y comprobar ángulos rectos, sobre todo para acoplamientos de tablas por sus cantos para formar tableros, es decir para obtener líneas-guía para cepillar o serrar los cantos.
La falsa escuadra (fig. 175) tiene el talón unido por un tornillo con mariposa a la hoja, que está provista de una ranura en el centro en toda su longitud y permite su giro y deslizamiento alrededor del tornillo. Al apretar la mariposa, la hoja queda fija en la ranura del talón con el ángulo deseado, y puede colocarse de tal forma que por un lado mide un ángulo y por el otro su complementario. Se utiliza para comprobar biseles, trasladar ángulos, trazar colas de milano, etc.
Recordemos que las maderas para todos estos artilugios han de estar bien secas y ser estables, y que las más apropiadas son las de frutales —como de peral o cerezo— y la de haya vaporizada, encina, roble, boj, etc.
TRAZADO DE CURVAS
Los compases sirven para trazar círculos y arcos. El compás de varas se utiliza (fig. 176) para trazar los grandes diámetros de carretería, tonelería, construcción, etc. y consiste en un listón cuadrado de madera o una barra de hierro sobre la que se deslizan dos tacos atravesados y provistos de una punta de acero que puede ser un simple clavo metido y con la cabeza cortada y el extremo libre afilado. Los tacos móviles se fijan por medio de tornillos de punta achatada (a) o cuñas (b).

Los compases de exteriores e interiores (fig. 177), también llamados calibres, se usan para medir y comprobar distancias en el interior y exterior de distintas piezas. Quizá donde tengan más uso sea en los trabajos de torneado.
Para círculos muy pequeños se utiliza el compás de puntas (fig. 178) cuyas puntas de igual forma y longitud deben tocarse entre sí cuando está cerrado. Excepto este último de precisión, los otros tipos podemos hacerlos nosotros mismos, los calibres por ejemplo forjando y uniendo con un remache dos varas de acero puntiagudas para que puedan girar, o sobreponiendo remachadas dos láminas de hoja de sierra con la forma precisa y las puntas dobladas para que se enfrenten.
Es muy útil en todos los casos, lo mismo en el trazado que en la medición y traslado de medidas (fig. 179), tener un tornillo como eje para fijar una abertura. No tiene ninguna dificultad construir en madera un compás corriente, con una palomilla para fijarlo y permitir el giro de los brazos, encajados el uno en una ranura dentro del otro y con un rebajo a inglete para permitirles cerrarse. Si se quiere poner un lápiz para trazar, sustituyendo una de las puntas (fig. 180), podemos acortar un poco el extremo de uno de los brazos y rebajarlo uno o dos cm. de longitud todo alrededor para embutirle un tubo de latón u otro metal, ajustado y fijo con un clavito pasador a la madera. El cilindro está partido longitudinalmente en su parte inferior por varios cortes hechos con la sierra de metales. Una arandela algo fuerte y un poco más ancha que el tubo se mete por él y los bordes del cilindro se doblan hacia afuera para que no salga. Al meter un lápiz bien ajustado en el tubo, éste se abre por los cortes longitudinales y la arandela se baja y fija el lápiz.
En el medio rural es muy común ver viejos bieldos metálicos desdentados y arrinconados cuyas púas pueden usarse para hacer un compás, como el de la fig. 178. El resultado ha de ser tal que se toquen las puntas y el remache esté apretado justamente como para que el juego se realice y a la vez no se muevan los brazos durante el trazado o medición.
Es muy probable que alguna vez nos veamos en el caso de tener que trazar una circunferencia cuyo centro es un agujero. Para esto se rellena el agujero con un tapón de madera a la medida que sobresalga lo menos posible y sobre éste se traza.
Para trazar una elipse se trazan los dos ejes del rectángulo en cuyo interior se quiere inscribir (fig. 181). Con el compás abierto hasta una medida igual a la mitad del eje mayor se traza un arco (DE) desde el centro A. Los puntos en que este arco toca el eje mayor son los focos de la elipse (BC), en donde se clavan unas estacas, clavos o alfileres (lo más apropiado para la magnitud de la obra) y otro más en el punto F. Con una cuerda se hace un anillo que abarque de F a C. Luego se quita el clavo de F y se tensa la cuerda con la punta de un lápiz, lezna u otro instrumento de trazar y se va marcando la elipse a medida que se desplaza.
PLOMADA
Utilizando un tubo metálico o un molde de hojalata, puede hacerse una plomada rellenándolo de plomo derretido. Este metal se funde a baja temperatura y puede calentarse en una simple lata de conservas y sobre un fuego de cocina. Una vez líquido se vierte en uno de estos moldes y se saca ya frío y solidificado; entonces se le practica un agujero con barrenillo para metales destinado a pasar por él la cuerda (fig. 182), acabada en un simple nudo. Así tenemos ya una plomada que marca la verticalidad de cualquier cosa. Lo más importante es que sea pesada; si se añade a este sencillo instrumento una chapa cuadrada de lado igual al diámetro de la plomada y agujereamos su centro para pasar la cuerda, mejoraremos mucho la utilidad y precisión: apoyando en un punto alto la chapa lateralmente contra la pared o superficie a comprobar, la plomada, más abajo, justo rozará la pared si está aplomada y se apoyará sobre ella o quedará despegada si no lo está.
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