Kitabı oku: «Circunvalación»

Ignacio Camdessus
Circunvalación

| Camdessus, IgnacioCircunvalación. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-418-81. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. TítuloCDD A863 |
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
©Libros del Zorzal, 2014
Buenos Aires, Argentina
Impreso en Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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A la familia
Índice
Martes 4 | 6
Miércoles 5 | 8
Jueves 6 | 12
Viernes 7 | 18
Sábado 8 | 20
Miércoles 12 | 26
Viernes 14 | 34
Lunes 17 | 38
Miércoles 19 | 40
Jueves 20 | 48
Viernes 21 | 54
Domingo 23 | 60
Lunes 24 | 66
Martes 25 | 70
Miércoles 26 | 73
Jueves 27 | 81
Viernes 28 | 85
Sábado 29 | 91
Domingo 30 | 94
Lunes 31 | 97
Martes 4
Sube las escaleras hasta la calle al ritmo pausado de la muchedumbre. Es un día activo, otra jornada laboral para quienes comparten su edad mediana. Un pie tras otro, con la precaución de que el paso no desentone; ni muy acelerado, para no encimarse a la figura inmediata, ni demasiado moroso, para evitar la dentellada de quien pueda arremeter desde atrás. Cualquier roce sería un gesto hostil. No muy rápido, no muy lento.
Se reincorpora a la ciudad. Uno más en el torrente, alza la mirada en busca de augurio. Recorta un fragmento de cielo despejado. La enramada de los árboles no consigue detener los rayos ni atajar la caída lenta de la polución. Las ventanas sucesivas de los edificios espejan el sol matutino. Es otro prolijo día de un otoño tardío.
Pasa frente al centro comercial acorazado. A medida que se acerca pierde perspectiva y el edificio se le vuelve solo una empalizada. Sortea la fila de proveedores sin detenerse a leer sus cajas con inscripciones y prosigue la marcha. Tuerce a la izquierda. De ahí al trabajo son solo tres cuadras. Conoce de memoria cada edificio, cada baldío reverdecido, cada construcción sin terminar. El lustrador le devuelve una sonrisa acabada. Celis intenta imbuirse de la solemnidad del caso: ahora que va a la oficina por última vez, sospecha que no volverá a transitar esas calles atareadas.
Frente al edificio se desea suerte. Cruza el vestíbulo. Llama al ascensor.
Baja y se anuncia como si fuera un día más. La chicharra suena. Entra.
Detrás del escritorio de la recepción está Carol.
—Buenos días, Celis. ¿Cómo anda?
—Buen día.
—La directora lo espera en su oficina. Preguntó por qué estaba demorado.
—¿Demorado? Son las 9 en punto.
—Las 9.03, en rigor.
—Da igual. ¿Por qué el trato de usted?
—Pase, la directora lo espera.
Le dan paso al corredor, que huele a alfombra recién pegada. Reprime el impulso de tocar con sus yemas el interruptor de luz; atraviesa a oscuras el pasillo, como ha hecho durante los últimos años. Su sentido de equilibrio le sugiere tantear las paredes, reafirmarse. Pero lo desoye, sabe que están cubiertas de cuadros, teme apoyarse y que también caigan. Golpea la puerta al final y escucha la voz de la directora que lo autoriza a entrar. Abre y la luz del ventanal que da al mar asalta sus pupilas. El aturdimiento matutino dejará de acicatear su jornada laboral, piensa.
—Siéntese —le ordena la directora mientras hace girar una estilográfica de plata con la mano huesuda—. Prefiero no hacer de esto una ceremonia. Puede imaginar la situación: su foja será depurada. Está en libertad de tomarse unas vacaciones.
—¿Puedo preguntar por qué esto, así? Siempre seguí directivas, creo no haberla defraudado.
—Mire, Celis. Preguntar puede todo lo que quiera. Pero no veo por qué responderle. —Hace una pausa y deja de girar la estilográfica—. En cuanto a expectativas, sepa que me ha decepcionado. Sus promesas y compromisos incumplidos son una carga para la compañía, y para mí, que auspicié su incorporación.
—¿Compromisos incumplidos? —y en el momento en que Celis quiere completar su alegato, justificarse y retrucar, la directora lo interrumpe.
—Por no hablar de confidencialidad violada y otras prácticas irregulares. —Lo apunta con la lapicera—. Tiene suerte de que su foja solo vaya a ser depurada, Celis. Todavía podríamos empezar un sumario. Tome este sobre con su liquidación y márchese.
—Espere.
—No espero, Celis. Váyase de vacaciones y permanezca lejos.
La directora amaga con pulsar el timbre que alerta a la custodia. Son tipos broncos, Celis los ha visto en acción otras veces. Intenta mirarla fijamente para hacerle saber que no se olvidará de ella y que deberá cuidarse de él cuando, en la calle, sea una silueta más de regreso a casa. Sus miradas se cruzan; un estremecimiento eléctrico lo acobarda.
—Yo solo quería.
—Lo que quiera carece de importancia ¿se da cuenta? Váyase de una vez, Celis, antes de que sea peor.
Entonces antes de obedecer Celis toma el sobre, arrebata la estilográfica de plata de la mano de la directora, y a los tumbos sale de la oficina hacia la recepción, y de ahí a la calle.
Miércoles 5
Celis despierta a la hora de siempre sin necesidad de alarma. Deja la cama de plaza y media y gira sin concierto por el departamento. Luego encadena sus acciones matutinas. Del espejo empañado del baño pasa a la cocina mínima en desuso para quitarse la sed. Esquiva la única silla del comedor sin informes apilados, regresa a la habitación. Le lleva unos minutos caer en la cuenta de que el departamento no se ha inmutado con las novedades. Se echa encima la última ropa limpia que encuentra y sale.
Sabe dónde ir. Años de apuro por estas calles para llegar a tiempo al trabajo. El café frente a la plaza, cruzando la avenida, fue siempre un remanso imposible, el lujo de una vida contemplativa de la que carecía. Allí piensa replegarse.
Entra y se deja caer sobre una silla lindera con la ventana como si fuera un paquete. El lugar es amplio y el día luminoso. Pasan autobuses cargados con gente, autobuses vacíos y peatones que se dirigen a sus trabajos o simplemente se pierden. El café se le hace a Celis un lugar propicio para que las ideas también circulen. A esta hora los clientes son pocos, apenas un par de mesas. Celis los mide, preocupado por juzgarse igual o diferente de ellos. Diferente a la pareja de jóvenes al fondo, cuyas miradas anticipan los juegos de habitación. Igual al hombre desaliñado de cabellera canosa, sentado frente a él a unas mesas de distancia, que toma apuntes y mira por la ventana. Apoyada en la barra, una camarera con delantal hojea un diario. Afuera, una formación de palomas sucias sobrevuela la plaza.
Contabiliza los pesos de la billetera en el bolsillo interno izquierdo de su saco. Unos doscientos mil, sin considerar el cambio y el cheque de la liquidación por cobrar. Espera a que la camarera repare en él y con un gesto la llama para ordenar un café concentrado.
Desde la ventana el movimiento de la calle parece el de cualquier día laborable. En esta mano de la avenida, la descarga de mercadería para una tienda interrumpe un carril y lentifica la circulación en dirección al núcleo de la ciudad. En la mano de enfrente en cambio el tránsito se ve normal. Aunque es temprano, los espacios para estacionar están ocupados; ningún auto marcha atrás entorpece el tráfico. Solo queda un lugar libre, protegido por conos fluorescentes.
La camarera apoya el café en la bandeja sobre la barra y toma el diario. Ahora camina hacia su mesa. La luz que entra por la ventana realza una piel espectral y lustrosa. Celis le calcula unos diez años menos que él.
Piensa en su estado económico, flujo y stock. Haber perdido el trabajo no es una amenaza inmediata porque sus gastos corrientes de los próximos meses están cubiertos por fondos que ya ha desembolsado. Sin embargo necesitará suplantar ingresos una vez que agote su liquidez. Hoy no es optimista; se siente derrotado y aturdido por la promesa de bienestar que la jornada ofrece a los ocupados.
El humo que asciende del pocillo se disipa, y Celis se detiene unos minutos en la tapa del diario. Pasado mañana será fiesta patria y la Administración nacional anticipa discursos a partir de mediodía y un desfile minutos antes del crepúsculo. Luego las multitudes gozarán de descanso.
Un automovilista se detiene frente a los conos, pone la baliza y baja del auto con determinación. Viste de oficinista. Gesticula ampulosamente, parece indignado. Empieza a quitar los conos —quiere estacionar y cree tener derecho al lugar vacante— pero ni bien lo hace dos muchachos jóvenes, nervudos y vestidos con chaquetones azul armada surgen de la plaza y lo enfrentan. Uno de ellos lo empuja y se golpea el pecho mientras el otro restituye los conos y lo rodea. La refriega y el auto en doble fila detienen el tránsito. Los bocinazos ensordecen. El oficinista recompone como puede su vestimenta y se va. El espacio permanece libre.
En el interior del café Celis busca la mirada de la camarera, pero la encuentra distraída, tal vez con las palabras cruzadas. Piensa que debería sopesar con método los clasificados. Pero la idea de adentrarse en el tumulto de columnas y filas grises, palpar esas hojas y mancharse los dedos de tinta lo inhibe. Da un sorbo al café tibio. Enfrente el hombre mayor se embarulla la cabellera canosa con la mano mientras roe un bolígrafo.
Entonces llega un automóvil de aspecto ministerial, un sedán oscuro con vidrios turbios. Se detiene apenas pasados los conos. De la plaza aparecen los dos muchachos que hace instantes enfrentaron al oficinista y apilan los conos en la vereda. El sedán estaciona en el espacio reservado. Uno de los muchachos abre la puerta trasera del auto mientras el otro espera en la vereda. Del auto sale una mujer alta y seca, que ha de sumar más años de los que aparenta. Viste como para un velorio o una recepción oficial. De los puestos delanteros del sedán salen dos hombres de gris, que llevan anteojos solares y el pelo con fijador. La dama acomoda su falda de un movimiento y se echa a caminar. La siguen a pocos metros los hombres de gris. Los muchachos de los chaquetones abren las puertas traseras del sedán y entran.
Celis se levanta. Teme que la camarera lo suponga dispuesto a irse sin pagar. Ella le devuelve una sonrisa insinuada. Celis se siente habilitado a cruzar el salón y desciende unas escaleras de metal espiraladas hasta el baño de caballeros. Cuando está por asir el picaporte, la puerta se abre de golpe y de un sacudón seco le magulla la nariz. Empuja la puerta un hombre vigoroso, con chaqueta, boina y una barba parcial. Parece apurado y se disculpa con un gesto leve; Celis se toma la trompa con ambas manos. El hombre sube las escaleras al trote. El metal retumba, y Celis se figura al agresor involuntario como una mole humana. Se acomoda frente al mingitorio. Siente la nariz latir.
Elige otra preocupación. Tal vez sea una buena idea llevar un registro de gastos, piensa. Podría inaugurar el listado con el café sin terminar que lo espera en el salón. Lava sus manos con el poco jabón restante y se mira al espejo. El golpe se manifiesta en su nariz como un enrojecimiento que pasa por vergüenza o embriaguez.
Regresa a la mesa y se desploma sobre la silla. Busca el sedán negro estacionado enfrente: para su sorpresa se mueve. La ventanilla delantera está baja, y al mando, el hombre que hace segundos estuvo a punto de romperle el tabique. El auto se aleja. En la vereda quedan los conos fluorescentes.
A unas mesas de distancia, el hombre desaliñado deja de tomar apuntes, tose como un fumador y sale disparado a la calle. Se aleja con su libreta bajo el brazo.
Jueves 6
La luz que traspasa las persianas clarea la habitación, y Celis rueda en la cama sin conseguir levantarse ni regresar al sueño. Luego se asea y se viste como si todavía lo contuviera su rutina agotada.
Desayuna de pie para no desorganizar ninguna de las pilas de papeles sobre las sillas. El tercer sorbo de café amargo afina sus ideas. Piensa en Julián, su hoyuelo de alegría cuando lo pasa a buscar. Ahora que dispone de tiempo podrá estar más presente; Marcia debería agradecer que la aligere de responsabilidad. Pero postular por más tiempo de Julián le requeriría a Celis justificarse, y una explicación en falso podría hacer que Marcia le retacee al niño. Debe medir sus palabras.
Celis dobla en tres el cheque y lo guarda en el bolsillo interior derecho del saco. Recuesta en la repisa la foto de Julián y Marcia radiantes, de vacaciones. En la calle, el vaivén de peatones y vehículos lo anima a enfrentar el día. Al fin y al cabo, el tráfico mantiene el pulso, y aunque Celis se sienta a la rastra, excedido, también cree saberse parte de un curso que, por no detenerse nunca, tampoco lo abandonará a su suerte. Como si la circulación exigiera cargar con los rezagados.
Pasa un autobús atestado que lo ignora y Celis decide caminar. La distancia hasta el núcleo no es poca pero tiene tiempo. A los pocos minutos se le calientan las piernas y se le abren los pulmones. El aire allí es todavía límpido. A medida que franquea las cuadras que lo separan de la Caja de Ahorros los edificios se espigan, se cargan de sentido; Celis dialoga con cada uno de ellos. Intenta alzar el mentón y enfrascarse en luz solar, pero le cuesta quitar la vista de los pares de pies que lo preceden o lo enciman.
Llega a la Caja de Ahorros. Fuera del enrejado, un grupo de personas concierta algo: no son más de una docena con mamelucos; forman un círculo y dirigen la atención a los transeúntes, a la Caja, y a uno de sus integrantes, quien parece al mando y por momentos ocupa el centro del círculo, desde donde imparte órdenes.
Celis duda si cruzar el enrejado. En el atrio de la Caja de Ahorros hay otra aglomeración de personas, vestidas con elegancia. Miran todos hacia la doble puerta bruñida. Cargan arroz en las manos.
Se abre camino entre las personas, pendulando sus hombros a izquierda y derecha, con roce mínimo y una voz impersonal para pedir permiso. Llega al umbral de la doble puerta, que reluce y duplica el gentío. El paso está atascado de gente sin cuidado de su presencia. Entonces se agazapa y se adentra en la Caja gateando.
Una vez traspuesta la multitud, se incorpora y busca el baño para lavarse de polvo y arroz las manos. Se enjabona y abre la canilla; el agua no sale. Prueba en otras sin resultado. Con las manos empastadas, toma una toalla de papel y se las repasa hasta secarlas, pero le quedan pegajosas y con olor artificial.
Deja el baño en busca de las cajas. Quiere cobrar su cheque y marcharse: la presencia de tanta gente bajo el mismo techo lo impacienta. Cruza una antesala y llega al salón central, donde las ventanillas se disponen en círculo y conforman un islote pleno de oficinistas, máquinas que cuentan billetes, detectores y registradoras. Desde un entrepiso que balconea al salón, cuatro policías vigilan las cajas. Cada uno camina hacia la posición del siguiente, una persecución estéril.
Celis va a la fila que ha frecuentado cada mes durante los últimos años y espera su turno. Se distrae pensando en el destino del monto que cobrará; tal vez compre un superhéroe para Julián, quien comienza a distinguir y clasificar entre las posesiones que despiertan la codicia y las que pasan desapercibidas. Tal vez le lleve chocolates caros a Marcia. Ninguno de estos gastos es el más juicioso, pero preferiría permitirse un uso despreocupado del dinero. En vez, sabe que irá descontando en su cabeza cada millar de pesos que, sin compensación, abandone su cuenta bancaria hacia cuentas ajenas.
En eso está cuando un llamado lo trae de regreso.
—¡Siguiente!
Busca el cheque doblado en tres. Se acoda en la ventanilla.
—Buen día, señor, vengo a cobrar este cheque —se lo extiende al cajero con cuidado de no tocarle la mano.
—El Señor no atiende aquí.
—¿Disculpe?
—Que no mente su nombre en vano.
—No fue mi intención, le ruego que me perdone.
El cajero se aparta hacia el centro del islote, a supervisar el cheque con un superior. Celis mira con impaciencia alrededor: son cientos los clientes que forman fila mansamente. Levanta la vista y ve policías que sin cesar van y van, como maniquíes armados.
El cajero conversa dentro del islote con su superior. Al cabo regresa.
—Aquí está lo suyo.
Sigue la cuenta a su par. Recibe un billete de quinientos mil, cinco de cien mil y cuatro de cincuenta mil. Un millón doscientos mil. Está pronto a guardarlos en el bolsillo interior cuando el tacto lo alerta. Los billetes se ven nuevos, pero son porosos y toscos. Moneda falsa.
—¡Siguiente!
—No, espere, discúlpeme —pero la voz le sale atenuada.
Desde atrás, un oficinista de hombros caídos y camisa arrugada se acerca a la ventanilla.
—¡Espere, que no terminamos aquí! —le reclama, y se vuelve al cajero—. Estos billetes son todos falsos.
El cajero reacciona con un reflejo. Mientras asiente al vacío invita al oficinista a allegarse. Celis intenta conservar la calma.
—Digo que estos billetes son falsos.
—Por supuesto.
—¿Perdón?
—Que sí, son falsos. Le estoy pagando un serie B.
Celis busca en el cajero un indicio que desmienta que habla en serio, pero solo encuentra en él un leve abultamiento de labios que no le dice nada. Piensa en la estilográfica de plata, punzante, colgada del bolsillo frontal de su saco. Se refrena.
—¿Cómo dice? ¿qué cheque?
—Serie B —dice. Cuando nota que pese a la desazón Celis no está dispuesto a irse, agrega—: Es un serie B, y se paga en su moneda correspondiente. ¡Siguiente!
Confundido y con un millón doscientos mil pesos falsos en el bolsillo, Celis deja la Caja de Ahorros. La vereda está bloqueada por un contenedor de basura repleto, y Celis camina por la calle, entre los autos, hasta la esquina. Debería apersonarse en el trabajo una vez más, piensa, y hacerse oír. Pero está impedido de regresar. Tal vez no tenga más remedio que apelar a una de las cuevas donde los pasadores compran moneda falsa a una fracción del valor de los billetes, para luego hacerla correr entre el público desatento. Nunca creyó tener la necesidad de servirse de ese circuito: sus ingresos fueron siempre tan fijos como legítimos. Ahora, cargado de papeles ilusorios, se pregunta qué pasó y dónde comenzar la búsqueda.
Podría darle un billete a Julián para que empiece a intimar con las maravillas pecuniarias y sus restricciones, piensa. Pero Marcia reprobaría la idea. O podría poner en circulación él mismo el dinero falso: buscar la presa indicada y colarle como un mago los pesos; una aventura sin dudas más rentable, pero que podría acabar en confinamiento si la Administración nacional lo descubriese, o si alguien lo denunciara.
En tanto, Celis ha entrado en la peatonal y se ha dejado llevar por la corriente rumbo al núcleo de la ciudad, en sentido contrario al Jardín del Retiro. No debería haber aceptado la cita con su madre, piensa, menos allí, donde ella acostumbra cebar a las palomas mientras charlan. Pero es tarde para desistir. Sin distracción, y con el cuidado de que no lo atropellen, corrige el rumbo hacia la cita.
Eloísa todavía no ha llegado. Celis busca lugar en el banco donde suelen encontrarse, pero está ocupado por unas oficinistas que deshacen paquetes con su almuerzo. Tal vez hayan madrugado y ya estén hambrientas. El banco lindero tiene una tabla partida y está libre. Celis se sienta a esperar mientras se deja llevar por el tintineo de las oficinistas.
Mira hacia el otro extremo del jardín, el portón desde donde debería aparecer Eloísa. A mitad de camino, a la sombra de la pérgola que ocupa la rotonda central, unos motoristas negocian o se estafan a los gritos. Llevan paquetes y cajas en forma de cubos con los vértices machados, como dados gigantes.
Celis ve a Eloísa, quien se despide de un señor mayor que lleva un clavel blanco en el bolsillo de su saco, cruza el portón, y lo saluda torpemente a distancia menguante. Sonríe, se bambolea mientras se aproxima. Celis la recibe con una palmada y un beso por cada mejilla.
—Celi.
—Madre.
—Pensé en traerte flores pero después pensé que podía comprometerte.
—¿Y eso?
—Creí que volver al trabajo con flores se prestaba a confusión.
—Pero estoy de vacaciones, madre.
—¿De vacaciones? No me tuviste al tanto.
—Fueron repentinas. Terminamos otro proyecto para la Administración nacional. Nos ganamos un descanso.
—Qué bravo. Me complace contarles a las chicas tus logros. Me enorgullece tu posición.
—¿Qué posición, madre? Además, no se supone que andes hablando con tus amigas de mi trabajo.
A la distancia, Celis ve a los motoristas intercambiar cajas.
—¿Vas a llevarte a Julián fuera de la ciudad? —interrumpe Eloísa.
—Lo pensé, pero volvió de sus vacaciones con Marcia hace nada.
—Qué suerte: a ese niño le sienta mal desplazarse. —Eloísa guarda silencio, finge desinterés; pero sus opiniones son más fuertes que ella—: En realidad, creo que padece que seas tan satélite.
—Madre, no volvamos sobre esto.
Eloísa saca de su cartera una bolsa plástica turbia, mete la mano y comienza a esparcir pan triturado.
—¿Quién era el señor del que te despediste?
—¿Ese? Un aspirante. Presuntuoso. Primero quiso regalarme una flor. Como la rechacé pretendió vendérmela. Dijo que tomaba mis pesos falsos. Como si los tuviera.
—A propósito, madre, necesitaría cambiar.
—Ay, Celi ¿muchos?
—Nada grave, madre. Una deuda por cobrar.
—Las chicas pueden saber, ellas se jactan de esas cosas —dice Eloísa, rodeada por un revoloteo de palomas que defienden sus migas a picotazos.
El conjunto de motoristas se disgrega; ruedan como en un billar hacia cada portón del jardín, cargados con sus cajas machadas.
Viernes 7
La luz diurna va retrayéndose mientras Celis termina de aprontarse y sale con rumbo a plaza Unión, donde está armado el escenario de los discursos y donde culminará el desfile organizado por la Administración nacional. Ha estudiado en el periódico los pasos habilitados y los retenes; espera que el operativo de seguridad no le depare sorpresas. Lleva consigo parte del dinero falso, encubierto en un doblez de su ropa interior.
En la calle el ánimo se corresponde con el día festivo. La gente camina en grupos. Algunos componen espirales espontáneas en las que todos dialogan con todos. Otros se toman de los brazos y avanzan en formación, impidiendo el paso en sentido contrario. A diferencia de cualquier día ordinario, los trayectos confluyen en uno solo: apuntan como una flecha irrevocable a plaza Unión.
Por un instante Celis también es partícipe; está allí por los mismos motivos que cualquier otro: una combinación renovable de curiosidad, expectativa y sentido patrio. A medida que los manifestantes se acercan dejan de pisar sobre asfalto para hacerlo sobre papel. La hojarasca está formada por millares de ejemplares del mismo panfleto que, superpuesto de todas las maneras concebibles, parece un organismo vociferante. La lectura de los títulos entremezclados del panfleto se hace imposible. Celis supone que ha de reproducir tramos de los discursos oficiales. Considera agacharse a recoger un ejemplar, pero lo disuade el temor de ser arrollado.
Parte de la multitud, Celis desfila delante de dos o tres retenes sin apercibimiento. Cada vez toma el recaudo de escrutar al amparo del gentío a los policías antimotines. Intenta deducir de sus rostros y su lenguaje corporal las órdenes que horas atrás puedan haber recibido. Pero si los movimientos nerviosos y las sonrisas encajadas significan algo, Celis es incapaz de descifrarlo.
La procesión se tapona. Plaza Unión debe desbordar. Celis se hace lugar a un par de metros del cerco de seguridad que preserva el desfile. Mira alrededor y descubre que ha quedado entre grupos uniformados; cada uno levanta carteles con consignas diferentes, que a Celis se le hacen intercambiables. Siente mareo.
El desfile marcha por el cauce que demarcan los cercos de seguridad paralelos, custodiado y bajo la admiración atenta de los asistentes. Celis ve pasar oficinistas y operarios que cargan sacos con inscripciones. De su lado del cerco, cree encontrar pasadores en plena tarea, aprovechando la desatención general. También llega a ver personas que usan cajas como asientos; quisiera la propia, ahora que su nariz palpita y la presión empieza a caerle en picada.
Pero no se cree autorizado para pedirle a cualquiera lugar en su caja. Se siente tironeado entre el embriagador impulso de comunión colectiva, que lo lleva a vivar a los desfilantes y a hacerse de la fuerza del número, y el pavor al apagón súbito, solo en un horizonte de desconocidos. Entonces se le vuelve perentorio escindirse; casi trastabillando se abre camino cada vez más lejos del cerco, de espaldas a los operarios que ahora ejecutan fanfarrias, y recupera el aire suficiente como para equilibrarse y saber que podrá valerse por sí mismo para regresar a casa.
Deja atrás un retén y antes de llegar al siguiente se topa con un vendedor improvisado que exhibe souvenirs y baratijas. Entre ellas, réplicas del superhéroe que la Administración nacional acaba de presentar: Superbomba. Diez mil pesos su valor. Quita del doblez de su ropa interior un billete falso de cincuenta mil y se lo pasa abollado al vendedor, que apenas lo mira y le da a cambio la réplica y cuatro billetes de diez mil.
Celis se aleja por las calles sucias disimulando su premura. El vocerío se aplaca al poner distancia. Sin muchedumbre alrededor la temperatura cae un par de grados y oprime. Recién cuando dobla en la cortada desarbolada de su casa y palpa el vuelto en su bolsillo encuentra que el intercambio se ha hecho enteramente en moneda falsa.
Sábado 8
Toca el timbre como un vendedor de enciclopedias vespertino. En la mochila carga con el obsequio para Julián. Se anuncia, Marcia autoriza su entrada y el portero abre. Celis lo conoce desde hace años, pero a diferencia de cuando vivía allí, el portero no parece ahora urgido por interceptar su paso. Sube al ascensor.
Es una caja impersonal, con un espejo que hace de cada viaje un momento de contrición. Se mira primero a los ojos, después en conjunto, y le cuesta detectar marcas del que vivió allí hasta hace tres años; conserva recuerdos, pero arrumbados; el rostro parece anestesiado, no lo identifica. Con un pañuelo de por medio pulsa el botón de siempre.
Primero. Algo en la iluminación ya no es igual.
Segundo. Nada es igual. Cuatro billetes falsos de diez mil son más difíciles de colocar que uno de cincuenta mil.
Tercero. Cada vez más cerca de Julián.
Quinto. Y de Marcia.
Octavo. La vida previa. Un superhéroe.
Noveno. Si el cuerpo de Marcia estuviese disponible.
Undécimo.
Bruscamente el ascensor frena.
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