Kitabı oku: «Coma»
IGOR OTAZO
COMA
Atrapado en el Infierno

Editorial Autores de Argentina
Igor Otazo
Coma, atrapado en el Infierno / Igor Otazo. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-1142-3
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
Editorial Autores de Argentina
www.autoresdeargentina.com
Mail: info@autoresdeargentina.com
Correctora literaria: Lic. Deyse Zurita
Ilustrador: Igor A. Diaz O.
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Agradecimientos
La escritura de este libro difícilmente hubiera sido posible sin la intervención del grupo de médicos y personal en general del Hospital Rivadavia (Buenos Aires), pidiendo disculpas a muchos por no tener sus nombres a pesar de que fueron clave en esos momentos.
En especial al Dr. Bravo Carlos –Jefe de Proctología - Lic. Alicia Gómez (Enfermera Jefe Sala catorce). Dr. Mariano Rivett -Jefe de Terapia Intensiva-, Dina -enfermera de Terapia Intensiva-
Quienes me acompañaron: Lic. Dulce Fuenmayor; Julieta Diaz, Ivonne D., Zaida D., Ibsem D. Iskar D. –Familia-
Las que me brindaron apoyo incondicional: Lic. María Lourdes Zuluaga (“Lula”); Sra. Ana María Veglio (“Ani”); Sr. Carlos Seigneur (Basílica María Auxiliadora); Padre. Juan Corso (Basílica Nuestra Señora del Inmigrante); Caritas Argentina (Buenos Aires)
Correctora literaria: Lic. Deyse Zurita.
Prólogo
La presente historia está basada en una vivencia personal, procurando mantener la narrativa, personajes y tiempos -por el carácter de omnipresencia- lo más fielmente apegado a esa experiencia.
Venezuela enero, 2018
Un pie de neurona cerebral buscó adelantarse a los acontecimientos y posarse firmemente, sin vacilaciones, en un mundo fatigado ante la bulliciosa avalancha de información.
Degradación, angustia, pesadumbre, eso es lo que se vivía en un país que perdió por completo su norte. Todo un sinfín de emociones que empujaban hacia una puerta donde al cruzarla bien podría estar un escalón de esperanza o el vacío total.
Por instantes, haciendo un esfuerzo por salir de ese tumultuoso desvarío, se logró soltar la imaginación y comenzó a tomar forma la necesidad de emprender un rumbo distinto o alternativo que condujera al sosiego, a la esperanza, a la vida.
Así, bajo esa confusa pesadilla comenzó una lucha por la subsistencia, y la mirada trazó una ruta imaginaria para todo el que habitaba en ese entonces, comienzos del siglo XXI, ese lugar llamado “Venezuela”
Luego de innumerables debates en esa mente atribulada, la difícil decisión fue tomada, y la brújula apuntó hacia el sur del continente americano, Argentina.
Argentina junio, 2018
No habían transcurrido más de tres semanas de mi arribo al sureño país, cuando una fuerte dolencia se manifestó. Ese estrés acumulado y oculto, como el germinar de una semilla bajo tierra, dio su fruto.
La sala de emergencia (La Guardia) del hospital Rivadavia de la ciudad de Buenos Aires abrió sus puertas para dar paso a una casi inexplicable situación.
La ciencia no era capaz de dilucidar el origen del mal que me aquejaba, solo bajo el decidido corte de un bisturí, aquello vino a parecer como un engendro maléfico.
Carcomido por una necrosis intestinal, ya comenzaba la inesperada entrada a un periplo infernal. Las graves complicaciones -entre la que contó significativamente una peritonitis, que extendió sus tentáculos infecciosos por gran parte de mi abdomen- desembocaron en múltiples intervenciones quirúrgicas, que llegaron a alcanzar en una primera etapa un total de nueve visitas al quirófano, casi al ritmo de una cada dos días. La muerte tocaba la puerta y templó de mí ferozmente. Solo una decidida lucha del bien contra el mal me mantenía respirando a duras penas.
El cuerpo, medio abandonado por una esencia etérea que deambulaba en mi alrededor, libraba una verdadera guerra donde, batalla tras batalla, en un limbo terrorífico, se dilucidaba si era merecido vivir o no.
Así, la ciencia, ya al extremo de sus capacidades, habiendo ofrecido todo lo que tenía, una vez más entregó sus instrumentos a la decisión de un ser supremo u otra voluntad, para ver si podría rescatarme de ese lugar que para muchos resulta indescriptible, nulo o vacío, para otros una luz paradisíaca acompañada de gratas sensaciones de paz y armonía, de donde no se quiere regresar, o quizás como en este caso, ¡una dimensión completamente infernal! Allí, en ese lugar, donde la noción del tiempo y espacio desaparecen; en el que persiste un delgado hilo entre la existencia o no; entre la vida y la muerte, El Coma.
¿EN OTRO PLANO?
Un fuerte frío que carcomía hasta mis huesos colmaba el ambiente de aquella sala. El sonido de equipos electrónicos que constantemente monitoreaban mi insipiente cuerpo, era lo único que me acompañaba a lo largo de un ya prolongado tiempo.
Inmóvil, sin poder hablar, no tenía como pedirle a alguien que por favor graduara el termostato de aquel equipo, de manera tal que fuese soportable la temperatura ambiental, pues ésta, ya por naturaleza, en éstos lugares suele brindar la sensación que tienen los cuerpos fallecidos.
Ante esa muy incómoda situación tenía que ver cómo lograba que ello fuese posible, pues, estaba completamente sumergido en un estado comatoso, tan grave, que era imposible que lo hiciera por cuenta propia.
Pero... ¿Qué de mí en ese momento era capaz de determinar si podía o no? ¿Qué o quién en sí podía generar aquellos pensamientos? ¿O esa sensación térmica?
Algo muy confuso comenzaba a producirse. ¿Estaba o no consiente?
Al menos, algo de mí estaba funcionando, deduje que debería ser mi pensamiento.
Ya, desesperado por esa helada situación, y sin ver cómo lograr que alguien me auxiliara, pensé en ver cómo me valía por propio esfuerzo en llevar a cabo tan imposible misión.
Pero ¡¿Cómo?! Si solo mi mente parecía funcionar. Sin embargo, a pesar de tener los ojos completamente cerrados, insólitamente lograba percibir lo que me rodeaba. ¿Qué combinación de sentidos u otra parte de mí se conjugaba para lograr aquello?, ¿Temperatura?, ¿vista? ¿Acaso, eso que de manera indeterminada comenzaba a manifestarse en mí sería capaz de realizar alguna otra inusitada proeza?
Estas ideas, aparte de producir esas interrogantes, más que intriga, ahora se le sumaba una sensación de nerviosismo que comenzaba a apoderarse de ésta cosa que no sabía qué era, mente, cuerpo, ambas o... ¿ninguna de ellas? Todavía me sentía comprometido con ese cuerpo de carne y huesos, pues creo que no había salido de él de un todo; pero ya comenzaba a manifestar algunas de éstas - hasta ahora sensaciones- nada propias de lo que era capaz ser humano alguno, al menos, sin que éste hiciera uso de algún truco circense.
Procuraba mantener la calma y así poder dilucidar sobre la posición en que me encontraba. Si era física, percibía que estaba casi completamente muerto. Si no fuese porque la respiración, el corazón y no sé si alguna parte del cerebro aún medio andaban, daría por sentado que había expirado.
Si se trataba de absoluto pensamiento, hasta donde yo tenía conocimiento, ello solo podía ser viable mediante el accionar de alguna parte del cerebro, no tenía conocimiento que éste se manifestase de una manera etérea, fuera de un cuerpo. Solo algunos cuentos al respecto había escuchado, que de existir, no sabía de algún caso científicamente comprobado. Sin embargo, aquí algo muy inusual estaba ocurriendo. Ya daba por descartado el que fuese una mezcla de ambos planos pues, el que ello sucediera solo era posible en una persona con plenitud de facultades, y eso distaba por completo de mi situación.
Solo era posible procurar tener una idea de lo que ocurría si me aventuraba a realizar alguna otra cosa para la cual no estaba aparentemente en capacidad, al menos físicamente, estoy seguro que no.
Motivado por mayúscula intriga, así como por la desesperada necesidad de lograr alcanzar una temperatura más confortable en aquel lugar, decidí intentar algo que desde cualquier punto de vista racional parecería una locura.
Y así, a sabiendas que nadie podría juzgarme por estar intentando ejecutar semejante disparate, me di a la tarea de mirar fijamente el equipo de aire acondicionado; dirigí mi vista hacia una pequeña palanquita ubicada del lado izquierdo de este, mediante la cual (aparentemente) un desplazamiento hacia arriba o abajo podría ajustar la temperatura; busqué concentrar, más que mi vista, el pensamiento, como si yo formase por completo parte de él. Quería ser capaz de hacer algo con mi mente, eso que han llamado telequinesis, tanto había escuchado sobre ello, que tal vez existía aunque sea un ápice de cierto en esos cuentos.
Más que viendo la palanquita, quise pensar y sentir, con una enorme convicción, que con la vista, aunada a una concentración máxima de poder mental, podría hacer que se desplazara ese control.
Así, fijé vista y mente en ella. Me hacía la idea que a través de mis ojos (aunque cerrados) proyectaba un brazo con una inmensa fuerza capaz de salir y manipular aquello. Un solo pensamiento ocupaba todo mi cerebro. Hacer fuerza mental para tal cometido.
La mente sentía que se sobrecargaba exageradamente con aquel inusitado intento de violar toda ley física conocida. Cuando sentí que no había de dónde sacar más concentración, más esfuerzo, dando de mí todo lo imaginable, sintiéndome como fatigado, agotado y ya dando casi por sentado lo absurdo de aquello, exclamé, ¡No puede ser! Comencé a ver cómo aparentemente se desplazaba aquel control. ¿Sería cierto? O ¿era alguna ilusión? La sorpresa fue tal, que perdí violentamente la concentración que tanto me había costado lograr, y se detuvo lo que pensé haber visto.
El agotamiento fue muy grande, y es que lo cierto era que mi condición no estaba para esas cosas. Me dormité por lo que pensé fue un instante, hasta solo despertar cuando escuché que alguien se quejaba del calor que sentía, y mientras se dirigía hacia el equipo de aire acondicionado preguntaba quién había movido el control.
Una emoción indescriptible me embargó al percatarme que lo observado quizás no había sido tan solo un espejismo, ¡Sí la desplacé! Y es que, a pesar de encontrarme en un estado agónico, algo de mí permanecía presente y con una fuerza indescriptible. Me dije, muy regocijante: si el cuerpo fallese, si queda algo o un todo completamente inmóvil, aquí sigo, y llegué a creer que quizás hasta con más presencia que antes.
Una vez que la enfermera graduó el control para bajar la temperatura, al cabo de un rato, me presté a intentar de nuevo aquello que percibí como un muy posible experimento exitoso.
Debía ahora tener en cuenta el agotamiento que esto me acarrearía y el probable riesgo, hasta ese momento desconocido, que podría correr. Así que procuré llevar a cabo la concentración de manera gradual, tratando que fuese solo lo suficiente como para intentar lograr el cometido, no tan precipitado, y así lo fui haciendo, hasta que... ¡Sucedió¡ ¡La moví de nuevo!
Me sentía tan extasiado y contento que creo que en mi rostro algo se reflejó pues; luego de haber realizado exitosamente, y en varias oportunidades aquella pericia, comprendí que ello se convertía en una especie de juego del gato y el ratón, donde las enfermeras buscaban averiguar quién estaba detrás de aquel misterio, ¿quién andaba manipulando el equipo? Pensé que todo esto, evidenciado, que a todas luces estaba sumido en una visible inconciencia, no debería despertar la más mínima sospecha.
En última instancia, una de las enfermeras, no sé si a manera de chanza o tal vez burla, dijo en voz alta para que sus compañeras oyeran.
— ¡Mmm...! Creo que Igor es quien está detrás de todo esto.
— Mirándome ahora, agregó: Por algo estás, medio sonriente.
Tamaña sorpresa para mí, y creo que hasta para ella, pues por ahora todo indicaba que estaba en estado más que catatónico, estaba casi muerto ¿Cómo era posible que siquiera reflejara en el rostro la más leve manifestación de emoción alguna? Y es que si ellas no tenían las respuestas, menos yo.
Sin embargo, de alguna manera tenía conciencia de lo que había estado haciendo, aunque ninguna seguridad plena de cómo lo había logrado. No sabía si de mí comenzaba a darse alguna manifestación de desprendimiento energético, y que por momentos deambulaba fuera del cuerpo, y en otros, dentro de él. Lo cierto es que dentro de él, no lograba mayor cosa que esa que al parecer sucedió, una leve sonrisa, ¡Aaah...! y mantenerme aparentemente vivo.
Pero las sospechas que ellas tenían, no eran nada infundadas, así que estas lejos de desaparecer, se acrecentaban pues; luego de descartar que alguna falla en el equipo produjese aquel resultado, concentraron toda su atención en mí, y aunque no sabían cómo lo había hecho, se dieron a la tarea de investigar muy cautelosamente.
La cacería que me montaron era de locura; pero no transcurrió mucho tiempo sin que el jueguito se me escapara de las manos a tal extremo que fueron capaz de dilucidar que era yo quien lo hacía, aunque no lograban comprender de qué manera.
Aquello levantó una polvareda. El rumor de lo que acontecía no sé hasta dónde llegó; pero lo cierto es que cuando menos lo pensé, un equipo de científicos-investigadores, que no sé de qué parte venían, se apersonaron para evidenciar tan extraño fenómeno.
Por supuesto, el que me abordaran no fue nada fácil, ya que literalmente estaba completamente inanimado, mudo, solo era un cuerpo suspendido de manera artificial por un sin número de sondas y cables adosados a mi cuerpo.
Luego de una gran cantidad de intentos por abordarme, bien sea por la prensa u otro curioso, se apareció alguien a entrevistarme, este había logrado acceder a la terapia intensiva del hospital. No sé si era un periodista u otro científico. Lo cierto del caso es que este parecía ser sacado de una película de ciencia ficción. Un tipo alto; contextura muy balanceada; trajeado con un flux y corbata oscura; camisa blanca, y un rostro marcadamente anglosajón. Y así, sin presentación alguna, se dio a la tarea de hacer preguntas de manera exhaustiva, todas como para desbaratar lo que muchos decían haber evidenciado y confirmar lo que me había enterado que él pensaba “Son puras artimañas”. Aunque el solo hecho de imaginar eso de quien estaba postrado en una cama, ya era merecedor de ser algo muy fuera de cualquier explicación lógica o científica que hasta ese momento existiera, ¡¿Yo capaz de mayúscula artimaña?! O ¿la sospecha recaía sobre el cuerpo de enfermeras?
De manera cizañera la emprendió conmigo, y hacía pregunta tras pregunta, como esperando alguna respuesta o reacción de mi parte, buscaba provocarme a ver si caía es su juego. Todo aquello se mostraba como una cosa traída de los pelos. Aquel personaje, ya notoriamente de una innegable investidura científica ¡¿hablando con un “muerto”?! Pretendía, quizás con ello, el que de alguna manera exteriorizara ese supuesto poder mental que tanto habían difundido o por lo menos una expresión en mi rostro. Creí que quizás hasta estaba dispuesto a correr el riesgo que, como un ser maléfico, enfilara mi artillería mental contra él a manera de posesión. Sin embargo, nada de ello sucedió.
Cuando el misterioso personaje se daba por vencido en sus infructuosos intentos, terminó exclamando:
— ¡Eres un farsante! Tal poder no existe, no tienes ni siquiera poder para levantar un párpado. No creo que llegues más lejos de donde estás. Cuando mucho, al cementerio.
De esta manera, y con semblante mal humorado, recogió sus notas en blanco y se levantó de la silla en la que había permanecido durante aquel mal intencionado interrogatorio. Ya cuando estaba por abandonar el lugar, se percató que el equipo de aire acondicionado comenzó a prender y apagar repentinamente, como si una baja de tensión eléctrica no le dejase arrancar, no obstante ¡Sí arrancaba! Cuestión para la que no están diseñados estos equipos, pues una vez que paran, tienen que esperar un tiempo predeterminado antes de volver a ponerse en marcha el compresor. Totalmente estupefacto, dirigió una mirada hacia mí, y soltó una muy leve expresión de sonrisa maliciosa, como para competir con una que igualmente yo le mostraba.
El individuo, a pesar de su intento frustrado por sacarme alguna información, se despidió lucubrando sobre si en realidad era una parte de mí quien decidía si le contestaría o no. Creo que pudo deducir el que “mi yo biológico”, si bien no estaba en facultades como para mover un dedo o un párpado, había otra parte invisible, una de quizás pura energía, que podría manifestarse a su antojo, y sí fue al final, capaz de burlarse de quien intentó timarlo.
Abandonó la sala muy pensativo, sin pronunciar palabra adicional alguna. Solo llegó a dirigir su mirada, de manera muy intrigante y por última vez, antes de cruzar la puerta, a aquel aparato de aire acondicionado.
Ya solo, sumergido en mi más profundo pensamiento, dirimiendo qué va a ser de esto que estoy experimentando, busco refugio en un aparente sueño, un letargo, donde sigo sin la menor idea de si este sería para siempre.
EL INFIERNO
Sonidos de compuertas acompañados de pequeños golpes hacían vibrar mi cuerpo mientras un pequeño mareo, como producto del vaivén del oleaje sobre el casco de una embarcación, emborrachaba a tal punto que era casi imposible sostener el cuerpo en una posición estable, produciendo simultáneamente vacíos en el estómago que pensé andaba en una montaña rusa.
Abruptamente una pausa, dos voces se daban instrucciones sobre cómo cargar algo ...¿un saco? me pregunté dentro de aquel confuso estado, donde hasta ahora no me había sido posible abrir los ojos para examinar qué era lo que acontecía a mi alrededor, cuando levemente logro subir uno de mis párpados y me percaté que dos corpulentos individuos, ataviados con unas batas azules, rostros medio visibles, pues una especie de bozal casi del mismo material le cubría gran parte de sus rostros, solo unos ojos sobresalían acompañando los movimientos de sus manos para no perder ni una puntada.
— ¡Toma tú aquellas dos esquinas!
— okey.
— A la cuenta de tres subimos.
— Un, dos, tres.
El vacío que me venía acompañando intermitentemente en el estómago se aceleró; sentí como si parte de mi cuerpo se separaba, quedando estático. Mientras la otra parte era catapultada por el aire. Todo con una velocidad que no me dio chance de siquiera buscar sostenerme. Envuelto en una sábana, veía como si un paracaídas se enredaba en mí, y allí vendría la inexorable caída, el impacto, aunque brusco, no llegó a fracturar parte alguna de mi esqueleto, ni un rasguño, ni un dolor, nada de qué quejarme, sentí como aquella caída era amortiguada por un manto acolchado.
Mientras mi cuerpo daba movimientos a un lado y el otro, como una salchicha durante su cocción en una caliente plancha, de nuevo intercambian instrucciones.
— Gíralo a la derecha
— Tiempla más por la esquina de abajo
— Allí va
— ya casi
— ¡listo!
— llama a la enfermera y dile que ya puede venir
Logré, a duras penas, percatarme que regresaba de otro viaje a ese lugar donde acuciosas e impidas manos procuraban hacer un acto de magia pura -sin trucos- para procurar mantener éste cuerpo ligeramente animado, respirando.
Aún bajo el efecto de quién sabe qué coctel de anestésicos, me sumí en un profundo sueño, ya no sé por cuanto tiempo sería. Yo no sabía si despertaría.
A pesar de mi nada agorero último pensamiento, parece que logré despertar. Sin embargo, sentí una sensación muy extraña, algo me aprisionaba, me asfixiaba, el respirar era muy dificultoso, procuré mirar a los lados y vi que estaba de pie sin tener la menor idea de cuándo había llegado a esa posición. Mi sorpresa fue mayúscula cuando observé que tendido en una cama había un reflejo de mi cuerpo y otro, yo, el que estaba de pie, extrañamente veía varios reflejos míos en distintas direcciones, como en un salón de espejos. Una angustia comenzaba a apoderarse de uno de esos cuerpos, ése que trataba de mirarse a sí mismo, buscando esclarecer en algo aquella enredada y confusa maraña de reflejos; pero por más que traté de inclinar mi cabeza hacia mis extremidades o torso, algo me mantenía inmovilizado, y solo los pies medio podían dar unos cortos pasos de pingüino, lo que aproveché para girar suavemente y percatarme en una de esas proyecciones que lo que me mantenía aprisionado a lo largo del cuerpo eran dos gruesos cristales que en forma de sándwich me cubrían desde la cabeza hasta los tobillos, manteniéndome como un insecto momificado en un bloque de resina transparente.
Busqué inútilmente zafarme de allí, pues no había manera de articular nada de mí, todo rígido, dentro de aquel pesado cristal que me asfixiaba, con una desesperada respiración, buscaba aunque sea una bocanada de aire, intenté luchar, hasta que se me fue apagando lentamente la luz. Sentí como aquel caparazón de cristal tragaba este cuerpo momificado, llevándolo quizás a otra vida, esa donde los egipcios de alta jerarquía creían o sabían que dejando sus cuerpos, morarían sus almas. Un más allá que casi nadie se atreve a contar, pues el que ha logrado regresar difícilmente menciona un ápice de esa experiencia, tal vez por algún pacto hecho desde ése más allá o por temor a ser tomado como un demente.
Cuando todo lo daba por perdido, una vez entregado inexorablemente al sueño eterno, súbitamente un intenso calor, sofocante, quemante, bañaba de sudor un pensamiento, algo de mente etérea, toda fuera de mí. Desorientado, como lanzado desde un infinito vacío, a un lugar donde una rosácea claridad predominaba en mí rededor; debatiéndose entre la degradación de un claro oscuro: un claro, rojo fuego; un oscuro, negro absoluto.
Un fuerte resplandor de llamaradas incandescentes inundaba la baja atmósfera; iluminación que se perdía sobre la negrura que cubría todo. En la indefinida altura, como en una inmensa bóveda, la luz era devorada por una oscuridad que iba más allá de lo negro, nada de materia donde algo pudiese flotar, donde nada podría estar, la propia inexistencia; pero con un enorme peso que se apoyaba sobre mí, todo un agujero negro rodeado de las candentes estrellas prestas a formar parte del zaceo de su voraz apetito.
Atmósfera ausente de aire respirable, solo un ardiente dolor se desplazaba por mis fosas nasales e inundaba los pulmones que sentía quemarse cada vez que procuraba inhalar algo de aquel tóxico ambiente.
Desde muy corta distancia surgía una estruendosa bulla de un desafinado coro de cantos agonizantes, gritos de lamentos, dolor penetrante, alaridos de sufrimiento, un inmensurable coctel de llantos estremecía mi cuerpo -cuerpo de no sé qué, igualmente vacío, solo ocupado por escasos pensamientos- que infringían punzadas como aguijones inyectando la rabia de un inmenso enjambre de voraces avispas.
Aterrado, solo acompañado de mí más férrea voluntad de despertar de lo que a todas se vislumbraba como un mal sueño, me sentía aparentemente bajo tierra, inframundo que no se sabe dónde está. Al pie de un rocoso y grisáceo cerro, en una pequeña playa de arena casi negra, miraba atónito un mar de lava incandescente que bordea la costa, y de donde surgía el escalofriante ruido del dolor de una tumultuosa multitud casi infinita, la que conformaba gran parte de esas llamaradas en brazos alzados pidiendo clemencia en cada grito desesperado, agotados, mostrándose sin mayor esperanza que estar confinados, quién sabe desde cuando, a ese sufrimiento por los tiempos de los tiempos.

No existe ni en la más torcida imaginación, un lugar donde el nivel de sadismo fuese tan grande. ¿Quién era capaz de infringir semejante castigo, de desbordada indolencia, con la mayor e inescrupulosa frialdad? ¿Quién lo permitía? Nada terrenal se asemejaba. No había lugar dentro de lo conocido para tanta macabra maldad. ¿Dónde estaba? ¿Qué lugar tan terrorífico podía ser? Infinitas preguntas corrían por mi absorta mente, ¡nada!, solo una respuesta cabía para describir tan horrendo lugar: ¡El Infierno!
No terminaba de dilucidar en dónde podría encontrarme cuando, sin poder agregar alguna conjetura más, estoy en otro lugar, un cruce de uno a otro sin intermedios, sin transiciones, disparado a un nuevo ambiente no sé cómo ni por qué.
Ahora me veo desplazándome como fugitivo a la boca de una cañería de aguas negras que se encontraba en el suelo; levantando una pesada tapa redonda que franqueaba entre el piso y lo que más abajo me esperaba. Procedo a internarme en aquel oscuro túnel, sin espaviento, me lanzo a un nuevo vacío, donde sentí que me esperaba un largo recorrido en distancia; pero aparentemente no así en tiempo, o viceversa; luego de rodar sin control cuesta abajo, en franca caída libre, increíblemente surgió de la nada como una gigante mano, que haciéndome como si yo fuese un pequeño muñeco, evitó el esperado impacto con alguna superficie donde suponía, o más bien esperaba poder llegar, así fui colocado con una suavidad nada compatible con mi abrupta y violenta procedencia, sobre un sólido terreno. Nunca supe quién o qué me sujetó.
Mi ahora humilde y básica imaginación no daba para la existencia de un lugar más profundo que ese que acaba de abandonar; pero mis atónitos ojos veían con incredulidad que en ese inimaginable, ahora estaba; rocas candentes y cerros escarpados, sin vegetación ni un ápice de algo que semejase vida alguna, en todo alrededor franqueaban un sendero de una negra tierra apisonada por el peso de lo que mostraba el paso de infinitas huellas, propias del inmenso transitar desde tiempos perdidos, de quién sabe cuántas personas o almas que no lograba divisar por ningún lado.
Siempre, encerrado bajo la misma abovedada atmósfera, como si fuese una inmensa cámara de alguna caverna. Solo ese rojizo reflejo, esta vez desde más lejos; resplandor de la lava que daba algo de claridad al suelo en tinieblas. El infernal y quemante calor, no cesaba, más bien se intensificaba; haciéndose sentir sobre lo que debería ser una piel que no lograba divisar.
De pronto, me veo escoltado por otros cuerpos, perdidos en la nada, vacíos de existencia, esos que ahora supongo han venido apisonando por infinitas veces el polvo hasta llegar a compactarlo. Estos emprendían una especie de marcha como autómatas salidos de sus tumbas. Desplazándose con un paso lento no sé a dónde, sus cuerpos cubiertos de una rasgada piel que denotaba un enorme desgaste infringido por el tiempo, el calor, y quién sabe cuáles más castigos y sufrimientos.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.
