Kitabı oku: «El antiguo Egipto»

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EL ANTIGUO EGIPTO

EL ANTIGUO EGIPTO

Los primeros grandes imperios de la historia

Irene Cordón i Solà-Sagalés


El Antiguo Egipto

© 2016, Irene Cordón i Solà-Sagalés

© 2021, de esta edición, Shackleton Books, S.L.


@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño de tripa y maquetación (edición papel): Kira Riera

Composición ebook: Iglú ebooks

© Cartografía de los apéndices: Geotec

© Fotografías (referencia a las páginas de la edición en papel): Todas las imágenes son de dominio público excepto las de WitR/Shutterstock (p. 15), Ramon Verdaguer y Christiane Maquet (Soloegipto) (p. 31, 39, 62, 88, 95, 101, 104, 114), AISA-Everett/Shutterstock (p. 33), Iexan/Shutterstock (p. 45), WiR/Shutterstock (p. 47), Anthon Jackson/Shutterstock (p. 68), Bassphoto/Shutterstock (p. 73), AISA-Everett/Shutterstock (p. 79), Pecold /Shutterstock (p. 83), Vladimir Wrangel/Shutterstock (p. 91), PerseoMedusa/Shutterstock (p. 113), Paolo Gallo/Shutterstock (p. 119), rasoulali/Shutterstock (p. 137), jorisvo/Shutterstock (p. 150), Luxon Portfolio/Shutterstock (p. 156). Icons by Icons8.

ISBN: 978-84-1361-076-4

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice de contenido

Introducción

Parecidas pero no iguales

Los primeros reyes de Egipto ~ De la dinastía 0 a la XI, c. 3100-2050 a. C. ~

La dinastía 0 y la primera escritura jeroglífica

Nace el Estado faraónico

La organización del Estado egipcio

El Reino Antiguo y la Era de las Pirámides

Los reinados de Keops, Kefrén y Micerino

Declive del Reino Antiguo

La crisis del Primer Período Intermedio

El Reino Medio y la incursión de los «hicsos» ~ De la dinastía XI a la XVII, c. 2050-1550 a. C. ~

El calendario egipcio

Los Textos de los Sarcófagos y el poder de Osiris

El culto de Osiris en Abidos

Florecimiento de la literatura

El poder de los «hicsos»

El esplendor del Reino Nuevo y las dinastías ptolemaicas ~ De la dinastía XVIII a la ptolemaica, c. 1550-30 a. C. ~

Luxor, el harén de Amón

Hatshepsut, Tutmosis III y el poder de Mitani

La reforma religiosa de Ajenatón

De Tutankhamón al Egipto de Ramsés II

El mítico Valle de los Reyes

La construcción de la tumba, paso a paso

La momificación en el Antiguo Egipto

El Reino Nuevo se apaga

El faraón Alejandro Magno

Cleopatra, el último faraón de Egipto

las civilizaciones mesopotámicas ~ c. 3500-539 a. C. ~

Las ciudades-estado sumerias

Uruk, cuna de la escritura sumeria

El Imperio acadio

El Imperio antiguo asirio

La Babilonia de Hammurabi

Los misteriosos hititas

El Imperio neoasirio

La dinastía neobabilónica

Apéndices

Introducción

Al contemplar una imagen de las majestuosas pirámides de Guiza, de la máscara de Tutankhamón o de los jeroglíficos que decoran la sala hipóstila de Karnak, cualquiera de nosotros es capaz de asociarla sin vacilación a una de las civilizaciones más importantes de la historia de la humanidad: el Antiguo Egipto. Difícilmente encontraríamos otra civilización o período de la historia tan ampliamente reconocible por el público general. Sin embargo, la inmensa popularidad de sus creaciones más icónicas no suele corresponderse con un conocimiento equivalente de las gentes que las alumbraron; cuestiones como la de quiénes fueron los antiguos egipcios, cómo vivían o cuál fue su historia, están cubiertas por una densa neblina para la mayoría de nosotros. La situación se agrava si nos desplazamos a las vecinas tierras de Mesopotamia, en las que, durante el mismo período, florecieron civilizaciones como la sumeria, la acadia, la babilonia o la asiria; nombres de pueblos que, en el mejor de los casos, constituyen un lejano recuerdo de nuestros no menos lejanos tiempos de escuela.

No se trata de una laguna menor, pues significa perderse uno de los acontecimientos más fascinantes que quepa imaginar: el tránsito de la humanidad hacia la historia. En efecto, hace unos 5000 años las gentes que habitaban la región conocida como el Creciente Fértil (la llanura que se extiende desde el golfo Pérsico hasta el mar Rojo en forma de una media luna creciente, regada por las cuencas fluviales de los ríos Nilo, Tigris y Éufrates) sentaron las bases de lo que desde entonces entendemos por civilización; inventaron la escritura (además de la rueda, el arado o la cerveza), construyeron las primeras ciudades, decoradas con delicadas piezas artísticas y monumentales templos y edificios, y forjaron los primeros reinos e imperios de la historia.

Como en otras partes del mundo, también aquí el nacimiento de la civilización estuvo estrechamente ligado a la abundante presencia de un elemento esencial: el agua. No es casual que tanto la civilización egipcia como las mesopotámicas surgieran a orillas de largos y caudalosos ríos.

El río Nilo, rico en minerales, sedimentos fértiles, vegetación y vida, desempeñó un papel crucial en la formación política y social de la civilización egipcia, y las crecidas anuales de sus aguas marcaron el ritmo de vida de sus habitantes durante milenios. Con mucha razón el historiador griego Heródoto, que visitó el país a mediados del siglo V a. C., escribió: «Egipto es un don del Nilo». A lo largo de su recorrido, el río tiene seis cascadas, cuatro de las cuales están hoy en territorio sudanés (de la tercera a la sexta cascada), otra hace de frontera entre Sudán y Egipto (segunda cascada) y la restante se encuentra en Egipto, a la altura de la moderna Asuán (primera cascada). El territorio donde se desarrolló la civilización faraónica se situaba en el tramo del valle del Nilo comprendido entre la primera cascada y el mar Mediterráneo.

Los ríos Tigris y Éufrates desempeñaron un papel equivalente al del Nilo en la región que los griegos bautizaron, de forma significativa, como «Mesopotamia» (‘entre ríos’). Desde su nacimiento en las altas montañas de Turquía oriental, el Tigris y el Éufrates siguen su curso hasta el golfo Pérsico bañando a su paso las tierras que rodean su cuenca fluvial. Aquí florecieron cuatro de las civilizaciones más importantes del mundo antiguo: los sumerios, que crearon las ciudades-estado e inventaron la rueda; los acadios, forjadores del primer imperio de la historia; los babilonios, que promulgaron leyes para proteger al pueblo, y los asirios, maestros en el arte de la guerra. La cercana Anatolia fue a su vez la cuna del imponente Imperio hitita.

Parecidas pero no iguales

No cabe duda de que la civilización faraónica y las mesopotámicas están hermanadas por algunos rasgos significativos: compartieron un mismo escenario geográfico (el Creciente Fértil) y florecieron todas ellas en torno a los grandes ríos de la región durante el mismo período histórico. Pero no es menos cierto que Mesopotamia y Egipto concibieron, en los tres milenios anteriores a Cristo, civilizaciones que se diferenciaron en algunos aspectos relevantes.

A orillas del Nilo se desarrolló una civilización muy homogénea que mantuvo su continuidad a lo largo de más de 3000 años. Los protagonistas de su historia se sintieron siempre parte de una misma realidad cultural y política, desde el primer faraón Narmer hasta Cleopatra. Por supuesto, ello no significa que no se produjeran evoluciones, progresos o puntos de inflexión, que se han procurado recoger en la periodificación en la que se subdivide la historia del Antiguo Egipto.

No se dio tal continuidad en Mesopotamia y las tierras adyacentes. En lugar de una única civilización destinada a perdurar durante milenios, aquí fueron varios los pueblos que se sucedieron como poder hegemónico en la región, confiriendo cada uno de ellos una impronta única y personal al período histórico en el que dominaron.

Tanto o más representativas fueron las diferencias en la arquitectura política e institucional que se erigió en ambas regiones. En Egipto todo giró en torno a la figura del faraón, un auténtico catalizador de fuerzas cósmicas y sociales. Su función principal, antes que atender las tareas de gobierno y las militares, era la de mantener la maat, es decir, la justicia, la harmonía, el equilibrio, el orden cósmico, y la de desempeñar un papel de intermediario entre el mundo de los dioses y el mundo de los hombres. El faraón, asimismo, debía estar —aunque pocas veces lo estuvo— al servicio de la comunidad y garantizar su bienestar y desarrollo. Todo esto lo hacía en virtud de su propia esencia, ya que, a diferencia de los reyes mesopotámicos, el rey de Egipto era un dios. Como tal, el faraón no era un gobernador o tirano arbitrario y estaba sometido a severas limitaciones y prohibiciones en su vida personal y pública. Según señala el historiador griego del siglo I a. C. Diodoro de Sicilia, el faraón no podía salirse de la norma establecida, no podía ejercer un poder autocrático y actuar a su antojo, ya que todos sus actos (no solo los de carácter administrativo, sino también aquellos relacionados con el modo en que ocupaba el tiempo cada día e incluso los alimentos que ingería) estaban regulados por leyes consuetudinarias.

A diferencia de los faraones, los reyes mesopotámicos eran tan solo mediadores entre los dioses y los humanos, y se los consideraba «grandes hombres», cuyas gestas debían ser relatadas a lo largo de los años. La creencia común de la antigua Mesopotamia era que la persona más encumbrada de la comunidad, el rey, también debía ser quien representara al pueblo ante los dioses. Se esperaba de ellos que fueran hombres fuertes, líderes carismáticos y, sobre todo, grandes estrategas militares en el campo de batalla.

En la parcela política, el Antiguo Egipto se organizó desde sus orígenes como un Estado monárquico territorial, constituido por una extensión física que comprendía varias ciudades, todo bajo la autoridad central del faraón. Eso distingue profundamente las concepciones políticas originales de los egipcios y las de los mesopotámicos, también creadores de estados tempranos. Los mesopotámicos se organizaron de entrada en ciudades-estado (un núcleo urbano central y su territorio), y hasta el final del tercer milenio antes de nuestra era, cuando los egipcios ya llevaban 1000 años de organización estatal territorial, no crearon el primer Estado unitario.

Pero más allá de sus diferencias y similitudes, lo esencial es que Egipto y Mesopotamia conforman el primer capítulo del largo relato de la historia que llega hasta nuestros días. Un capítulo que merece ser leído, pues al hacerlo disfrutaremos descubriendo a personajes memorables e innovaciones decisivas.

Los primeros reyes de Egipto
~ De la dinastía 0 a la XI, c. 3100-2050 a. C. ~

La compleja historia de la civilización faraónica se forjó a lo largo de varios milenios y se desarrolló en una de las zonas desérticas y áridas más extensas del mundo. Sin embargo, el origen de Egipto se halla en un entorno muy distinto, concretamente en una vasta sabana. En efecto, hace miles de años el actual desierto del Sáhara no era tan árido como lo conocemos hoy. A comienzos del Holoceno (hacia el año 10 000 a. C.) se inició en el Sáhara una fase climática muy favorable conocida por los geólogos como Gran Húmedo Holocénico. Durante este período, los territorios del actual Sáhara central y Libia se llenaron de lagos permanentes e incluso, durante algunos intervalos, de «playas» estacionales alimentadas por generosas lluvias locales. El entorno acogía abundante flora y fauna, que a su vez atrajo a numerosos grupos de cazadores-recolectores. En esta etapa el Sáhara se convirtió en una especie de paraíso donde diversos grupos humanos tenían una existencia nómada, siguiendo en sus desplazamientos a los grandes rebaños de herbívoros, como los búfalos, o se establecían de forma estacional en algunas zonas para cazar liebres, gacelas o jirafas, y recolectar cereales silvestres.

Pero hacia el año 6000 a. C. el clima empezó a cambiar y dio lugar a un período de altas temperaturas y escasas precipitaciones; se inició el proceso de desertización que ha conducido al estado actual de esas regiones. La sabana dio paso al desierto, los lagos se secaron sin remedio, y a medida que el entorno ya no era capaz de proporcionar recursos alimenticios, las tribus que habían aprendido a vivir en la zona del Sáhara se vieron obligadas a migrar hacia el este, desplazándose hacia la principal fuente de agua de la región: el Nilo.

Así fue como el río Nilo empezó a desempeñar su crucial papel en la formación y el desarrollo de la civilización egipcia. Fuente inagotable de recursos, el río aportó a estos primeros pobladores el agua y los alimentos necesarios para su subsistencia, y también constituyó la principal vía de navegación para el transporte de personas y mercancías por todo el país.

Los primeros asentamientos humanos se concentraron básicamente en dos zonas: una en el norte del país, en las regiones del delta y del oasis de el Fayum, y la otra en el sur, desde el Egipto Medio hasta Hieracómpolis. Aquellos primeros pobladores se adaptaron rápidamente al medio acuático fluvial y basaron su economía en la pesca, la caza y la recolección, el cultivo del trigo y la cebada, y la ganadería. Vivían en pequeños poblados o aldeas, con hogares muy frágiles construidos con materiales perecederos (cañas, ramitas, hojas, barro, etcétera). Los poblados del norte estaban compuestos por núcleos familiares relativamente independientes. Quizá esta incomunicación es la razón por la que, a diferencia de sus vecinos del sur, desconocían los metales y no practicaban rituales funerarios complejos.


Los antiguos egipcios se asentaron únicamente en los últimos 1300 kilómetros del cauce del río Nilo, donde era posible la navegación fluvial.

Mientras esto ocurría al norte, los asentamientos del sur mostraban rasgos más homogéneos y experimentaban transformaciones que los conducirían sin solución de continuidad al desarrollo de la civilización faraónica. En efecto, aquí, en lo que más tarde se denominaría Alto Egipto, dio comienzo la gran historia de este imperio. Desde un inicio, esta cultura sureña, llamada «badariense» (de Badari, su yacimiento epónimo), aprendió a trabajar el metal (el cobre) y destacó por el enterramiento de sus difuntos en cementerios situados en el desierto. Parece ser que los badarienses creían en una vida de ultratumba, pues colocaban a sus muertos en fosas ovales excavadas en el suelo, y a su alrededor distribuían un sencillo ajuar funerario consistente en cerámicas, algún collar y armas.

Los agricultores altoegipcios aprendieron pronto a aprovechar la crecida anual del río con unas incipientes técnicas de irrigación artificial, de tal manera que consiguieron aumentar la productividad y se atrevieron con una mayor variedad de cereales, frutos y verduras. Todo ello tuvo como consecuencia un considerable aumento de la población. Estas comunidades, cada vez más amplias, tuvieron que organizarse, y así surgieron los primeros jefes o caudillos aceptados y respetados por la colectividad, tanto por sus aptitudes como gobernantes como por sus supuestas atribuciones cósmicas. Alrededor de 3500 a. C. destacaron en el Alto Egipto, a juzgar por la extensión e importancia de las necrópolis, tres núcleos poblacionales o protorreinos de dimensiones considerables: Hieracómpolis, Nagada y Abidos (con capital en Tinis). Como consecuencia del crecimiento y desarrollo de estos «protorreinos», y con el propósito de conseguir la supremacía en todo el territorio, surgió entre ellos una gran rivalidad. Fue Hieracómpolis la que se alzó con la victoria y unificó el Alto Egipto bajo un gobierno fuertemente centralizado. Pero la sed de territorios no se calmó con esta unificación y los victoriosos gobernantes de Hieracómpolis decidieron abandonar su ciudad natal y establecerse en Tinis-Abidos, con vistas a expandirse más hacia el norte.

La dinastía 0 y la primera escritura jeroglífica

Entre la creación de ese reino en el Alto Egipto y la unificación política del país entero transcurrió un período de tiempo difícil de cuantificar, pero inequívocamente fue una anexión lenta, compleja y, en algunas etapas, sangrienta. Los monarcas que protagonizaron el avance militar hacia el norte, que culminó con la unión de los «dos Egiptos», forman lo que se conoce como los «reyes de la dinastía 0». Resulta interesante destacar que conocemos los nombres y el orden de sucesión de estos últimos soberanos conquistadores del norte e integrantes de la dinastía 0, ya que ellos mismos fueron dejándolo por escrito en diferentes soportes, como cerámicas y canteras. Efectivamente, los egipcios inventaron la escritura jeroglífica en el cuarto milenio, al inicio de su historia, antes de la dinastía I y de que se produjera, por lo tanto, la unificación de las Dos Tierras. La evidencia más antigua de escritura documentada en Egipto (datada hacia 3350-3250 a. C.) fue hallada en el interior de una tumba real de la dinastía 0 en el cementerio de Abidos. Se trata de inscripciones con signos jeroglíficos sobre cerámicas, vasos de piedra y pequeñas etiquetas de marfil horadadas, que se utilizaban para identificar el contenido de la jarra a la cual iban sujetas y además aluden al sitio de donde procedían las ofrendas del ajuar. La identidad del propietario de la tumba nos es desconocida, pero como el signo del escorpión es el que más veces se ha encontrado escrito, se ha propuesto que el soberano de esta tumba se llamara Rey Escorpión. Seguramente, se trata del nombre del monarca en clave simbólica, y el signo del escorpión haría referencia a una de las múltiples manifestaciones del poder y de la fuerza del rey.

La invención de la escritura en Egipto estuvo inicialmente vinculada a la realeza y al mundo funerario, pero con los años, como veremos, el uso de los jeroglíficos se amplió a la esfera administrativa, intelectual y a todas las demás formas de comunicación externa.

La escritura jeroglífica

Los sistemas de escritura con los que se trascribió la lengua egipcia antigua (actualmente una lengua muerta, como el latín) sobre un soporte físico fueron cuatro: el jeroglífico, el hierático, el demótico y el copto.

El jeroglífico y el hierático existieron desde el comienzo de la tradición escrita egipcia y los testimonios más antiguos conocidos datan del IV milenio a. C. El jeroglífico se empleó esencialmente sobre soporte duro, como por ejemplo la piedra. Se trata de una escritura de trazo cuidado, empleada sobre todo en textos religiosos y monumentos áulicos. Los encontramos en grandes construcciones, como los templos, y casi siempre en contexto sacro. El jeroglífico era una escritura ideográfica, en la que los dibujos representaban objetos, animales, personas, árboles, barcos, etcétera. Se trataba, por lo tanto, de signos pictográficos.

El hierático, en cambio, era una escritura paleográfica, es decir, trazada «a mano con tinta y estilete» sobre un soporte preferentemente blando, como por ejemplo el papiro, y siempre se escribió de derecha a izquierda. De hecho, el hierático no es otra cosa que la cursiva del jeroglífico. Los signos hieráticos eran mucho más estilizados que los jeroglíficos y se caracterizaban por las ligaduras al escribir con trazo rápido. Se empleó básicamente para fines administrativos, documentales y textos literarios.

El demótico apareció más tarde, en la Baja Época (c. 717 a. C.) y «gráficamente» era una «cursiva de la cursiva» (es decir, del hierático), una estilización aún mayor de los signos hieráticos.

El jeroglífico, el hierático y el demótico eran escrituras no alfabéticas, donde se combinaban signos de valor fonético, con signos ideográficos y otros con valor meramente semántico. Sin embargo, durante los siglos III a V de nuestra era, estos tres sistemas escriturarios cayeron en desuso y fueron sustituidos por un nuevo sistema: el copto.

Nace el Estado faraónico

La unificación del Alto y el Bajo Egipto en un Estado territorial quedó completada hacia el año 3100 a. C. por Narmer, considerado por la tradición posterior el primer rey de la dinastía I; el Estado faraónico había nacido. Narmer hizo representar la culminación del proceso de unificación en una paleta de esquisto que hoy se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo. En ella, el monarca aparece tocado con la corona blanca del Alto Egipto y con la corona roja del Bajo Egipto. La decoración en bajorrelieve de ambas caras de la Paleta de Narmer presenta los cánones que rigieron toda la producción artística del Antiguo Egipto en los 3000 años de historia de esta civilización.

Las dos primeras dinastías egipcias reciben el nombre de «tinitas» porque sus reyes procedían precisamente de la región de Tinis-Abidos, en el Alto Egipto. Completada la unificación, los reyes tinitas concibieron el Estado como un territorio formado por dos mitades complementarias: el Alto y el Bajo Egipto. En el norte se hallaba el Bajo Egipto, que iba desde Menfis hasta la fértil región del delta, con vastas zonas ocupadas permanentemente por lagunas y pantanos, conocida como la «tierra del papiro» por la gran abundancia de esta planta. La economía de la zona se basó más en la ganadería que en la agricultura; aunque en el delta occidental se han documentado extensos cultivos de vid.

En el sur, el valle del Nilo o el Alto Egipto se extendía desde Menfis hasta la Primera Catarata, en Asuán. Se caracterizaba por ser una franja cultivable muy estrecha ya que el desierto llegaba a pocos kilómetros de la orilla del Nilo. La economía del Alto Egipto estaba basada en el cultivo del trigo y la cebada, aunque también de legumbres, frutas, dátiles y lino. El concepto de las «Dos Tierras» (para referirse a la unión del Alto y el Bajo Egipto) responde a la idea egipcia de que un todo se compone de dos partes contrarias y complementarias a la vez, con sus propios dioses protectores y símbolos heráldicos.

También parece ser obra de Narmer la fundación de una nueva capital. Si durante el período de unificación Tinis fue la capital que acogió a los máximos mandatarios egipcios, durante las primeras dinastías egipcias ese papel recayó sobre Menfis. La elección del emplazamiento no fue casual; Menfis se alzaba en el vértice del delta, en la «Mitad de las Dos Tierras», equilibrando el Alto y el Bajo Egipto, y esto confería a la ciudad un fuerte valor simbólico, además de una óptima posición estratégica. Su nombre egipcio era Ineb-hedy, «el muro blanco», en referencia al muro sagrado y ritual que la rodeaba, y también al aspecto de residencia fortificada que debía reflejar. La escasez de restos arqueológicos no permite determinar, por el momento, cómo era la ciudad de Menfis. Esto se debe, en parte, a que el material básico utilizado para las construcciones —también el más económico, practicable y asequible en el país del Nilo— fue el adobe, compuesto de ladrillos de barro y paja triturada puestos a secar al sol.

Manetón y las dinastías egipcias

Los egiptólogos tienen en los textos de Manetón una fuente privilegiada para estudiar la civilización egipcia. Este sacerdote, que vivió en el siglo III a. C., es el autor de una obra que fue conocida como los Aegyptiaca, donde enumera a 30 dinastías egipcias con el nombre de sus soberanos y, para cada soberano, la mención a algún suceso o acontecimiento importante de su reinado.

La historia dinástica, según Manetón, empezaba con Menes, considerado el primer faraón de Egipto, fundador de la I dinastía. En el período anterior a Menes (también llamado Narmer), el país del Nilo habría sido gobernado por dioses, semidioses y espíritus. Sin embargo, la documentación arqueológica sugiere que mucho antes del reinado de Narmer hubo un largo proceso de unificación de todo el territorio egipcio llevado a cabo por unos reyes, que integran la llamada «dinastía 0», originarios del Alto Egipto.

El dios patrón de la ciudad era Ptah, una antigua divinidad protectora de los albañiles, los constructores y los escultores, adorada por un sacerdocio dirigido por el «maestro de aquellos que supervisan a los artesanos». En su apogeo, el templo de Ptah de Menfis debió de haber sobrepasado, tanto en tamaño como en complejidad, al resto de los templos y santuarios erigidos por todo Egipto. Por desgracia, hoy en día el complejo sagrado prácticamente ha desaparecido. Según un mito de la creación, Ptah era un dios demiurgo, el creador supremo, una especie de «padre de todos los dioses», que fue capaz de crear las cosas por medio de su corazón (los antiguos egipcios creían que en el corazón residían la memoria y el intelecto) y de la palabra hablada (es decir, las órdenes).

Narmer, el primer faraón de Egipto

Narmer, también llamado Menes, es el primer rey del cual se sabe con certeza que gobernó sobre la totalidad de Egipto, desde la Primera Catarata, en el sur, hasta los márgenes del delta, en el norte. Provenía de la ciudad de Tinis y fue reconocido por sus contemporáneos como el unificador de todo el territorio egipcio y considerado por ello el primer rey de la dinastía I. Un paso clave en este proceso de extensión territorial pudo haber sido el matrimonio de Narmer con una mujer poderosa llamada Neithotep, la primera reina de Egipto, procedente de la región de Nagada, uno de los centros más importantes del Alto Egipto. Esta alianza estratégica habría sido la base para construir un consenso político más amplio. También se le debe a Narmer la fundación de la primera capital del Egipto unificado: Menfis. Según Manetón, Narmer reinó durante 62 años y pereció al ser arrollado por un hipopótamo.


Paleta de Narmer, el faraón que unificó el Alto y el Bajo Egipto y fundó Menfis como nueva capital del reino.

Mientras en el templo de Ptah en Menfis se iba formando una casta sacerdotal notable e influyente, cerca de la ciudad, en Heliópolis, otro núcleo de sacerdocio iba conquistando poder y privilegios. Hablamos de la sede del culto al dios Sol, Re. En efecto, los cleros heliopolitanos influyeron muy decisivamente no solo en los reyes de la dinastía I, sino a lo largo de toda la historia del Antiguo Egipto. El sacerdocio heliopolitano inculcó a los primeros faraones las doctrinas solares según las cuales el dios Re era el señor de un reino de ultratumba que se hallaba en el cielo, de manera que la resurrección se obtenía por ascensión a su reino. Otro clero importante del país durante esta primera etapa fue el de Hieracómpolis, en el Alto Egipto, donde se rendía culto al dios halcón, Horus. Los soberanos de la dinastía I depositaron en el templo de Hieracómpolis importantes objetos votivos dedicados al dios de la ciudad de la que era originaria su estirpe.

De la mano del culto religioso se desarrollaron los ritos funerarios. Al establecerse en Menfis, los primeros faraones de Egipto inauguraron la necrópolis menfita (Saqqara), pues deseaban hacerse enterrar cerca de su nueva capital. Saqqara estaba destinada a convertirse en una de las grandes necrópolis del mundo antiguo, ya que desde ese momento estuvo durante más de tres mil años reservada a albergar las tumbas de miembros de la realeza y de la élite egipcia.

Aun así, los primeros reyes unificadores de la dinastía I conservaron también la costumbre de hacerse enterrar en el cementerio de Abidos, junto a sus antepasados. Por ello, estos primeros reyes egipcios poseyeron dos tumbas: una en Abidos (en el Alto Egipto y junto a Tinis) y otra en Saqqara (en el Bajo Egipto y junto a la nueva capital). En ambos casos se trataba de tumbas de base rectangular, hechas de adobe, llamadas por los egiptólogos «mastabas». Estas consistían en una subestructura construida bajo tierra, donde se hallaba la cámara funeraria y otras estancias para depositar el ajuar funerario, y una superestructura (un pequeño túmulo en el caso de las tumbas de Abidos, y una construcción mucho más monumental, de unos siete metros de altura, en el caso de las de Saqqara).

La organización del Estado egipcio

Bajo el mando de los primeros faraones instalados en Menfis se produjo el desarrollo de una sociedad fuertemente jerarquizada y regida por una poderosa administración central.

Por encima de todo existía el mundo divino, estrictamente ordenado. El rey de Egipto, en la cúspide de la sociedad humana, poseía una esencia divina, era un dios encarnado, y se situaba como mediador entre la esfera divina y la humana. Al identificarse con el dios cósmico Horus, la función esencial del faraón en el mundo era garantizar el mantenimiento del orden cósmico, llamado también maat, que estaba personificado por una diosa con una pluma en la cabeza. Para asegurar este orden y dominar el caos, pero también para garantizar la abundancia y el bienestar y la prosperidad de su pueblo, el rey de Egipto realizaba actos rituales y de gobierno a diario. Del mismo modo, para complacer y apaciguar a los dioses, construía templos provistos de comida, bebida y otras ofrendas. El caos se representaba bajo varias formas: como un enemigo extranjero o como una agresión de la naturaleza (una excesiva crecida del Nilo, una virulenta tempestad de arena procedente del desierto...). Es por ello que a lo largo de la historia dinástica, la imagen de los faraones egipcios como victoriosos guerreros se repite una y otra vez. El mensaje de dicha imagen, sin duda más simbólica que real, es que el rey cumplía con su deber sagrado de mantener la maat. Esta idea de un gobernante poderoso, con connotaciones cósmicas, cuya función primordial es mantener el orden de las cosas, ya se había gestado, tal como se ha visto, entre las comunidades predinásticas.

El peldaño inmediatamente inferior estaba ocupado por la élite, que constituía alrededor de un 1% de la población, formada básicamente por escribas y sacerdotes que vivían y trabajaban en los templos. Y por debajo de esta se situaban los artistas, artesanos y profesionales menores, que eran analfabetos. En la base de la pirámide se hallaba la inmensa mayoría de la población, es decir, los campesinos, también analfabetos, que trabajaban la tierra.

A la cabeza de la administración se encontraba, por lo tanto, el faraón de Egipto, que tomaba decisiones rodeado de un grupo de altos dignatarios, al frente del cual estaba el visir, que desempeñaba funciones comparables a las de un «primer ministro». De hecho, el visir aparecía a menudo citado justo después de los miembros de la familia real, precediendo a los responsables de otros departamentos administrativos y al personal de la corte. Los visires tenían distintas responsabilidades; entre ellas, el control supremo del granero, del tesoro y de los talleres de palacio, así como la supervisión de las labores habituales de gobierno y la toma de decisiones, ayudado por funcionarios subalternos.

El faraón y sus funcionarios controlaban una administración cada vez más compleja. Y lo hacían con mano dura. Los documentos que nos han llegado mencionan distintos departamentos administrativos y estos conciernen solamente al control de recursos y personas. Nada hay escrito que indique una inquietud, una intranquilidad o una preocupación por destinar recursos a mejorar las condiciones de vida de la población o a introducir adelantos en la organización de la agricultura. No disponemos de ningún testimonio (¡ni un solo documento!) que avale la imagen idílica de un faraón preocupado por su pueblo. Los problemas de los campesinos no atañían a las élites.

Los dioses egipcios

El Egipto faraónico fue una civilización politeísta que adoró a innumerables divinidades, alrededor de 1500. Una de las características más relevantes de los dioses egipcios era su apariencia: algunos dioses presentaban una forma humana (Osiris, Ptah o Isis), otros adoptaban una forma animal (el toro Apis, el halcón Horus, el ibis Tot, el chacal Anubis o la vaca Hathor) y la gran mayoría tomaban una forma híbrida entre animal y humano (Tot con cabeza de ibis, Jepri con cabeza de escarabajo o Sejmet con cabeza de leona).

Según los textos, la carne de los dioses egipcios era de oro, sus huesos de plata y sus cabellos de lapislázuli; además desprendían un olor embriagador. La mayoría de los dioses egipcios empezaron siendo divinidades locales, adoradas en localidades concretas que, con el posterior desarrollo político, adquirieron cada vez mayor importancia, terminando por convertirse en divinidades veneradas en todo el país. Estos fueron precisamente los dioses relacionados con la realeza egipcia (Osiris, Isis, Horus, Set, Neftis, Neit, Re, Ptah, Amón, Gueb o Nut).


Anubis, el dios con cabeza de chacal, era el guardián y señor de la necrópolis, y patrón de los embalsamadores.

En cuanto a la administración provincial, se caracterizó por la existencia de funcionarios itinerantes enviados desde Menfis a los nomos (provincias de Egipto) para controlar e inspeccionar la gestión de los intereses del faraón en cada lugar.

Tal y como se ha indicado, la primera sociedad egipcia era fundamentalmente agrícola; es decir, la mayor parte de la población vivía del trabajo del campo y la principal fuente de ingresos de la clase dominante procedía de los impuestos y las rentas que gravaban la producción agrícola. El comercio, en esta primera época, desempeñó un papel menor en la formación de las riquezas de los egipcios.

Apenas ha trascendido nada sobre la vida cotidiana del campesinado durante la mayor parte de la historia faraónica. Este grupo social no produjo documentos escritos, pues como hemos visto eran analfabetos, por lo que nuestro conocimiento del campesino egipcio se fundamenta en las opiniones y visiones emitidas por otros sectores de la sociedad. A pesar de la falta de información, sí podemos afirmar que la mortalidad infantil era muy elevada y la esperanza de vida para el hombre adulto era de veintinueve años, tres menos para las mujeres. Del análisis de los restos humanos de algunas necrópolis de las primeras dinastías se desprende que, debido a la acusada malnutrición, había una fuerte incidencia de la mortalidad en el grupo de la población comprendido entre los diecisiete y los veinte años. Las enfermedades infecciosas eran muy habituales, para la mayoría de la población la alimentación era deficiente, las condiciones de trabajo eran durísimas y, periódicamente, eran víctimas de plagas, hambrunas, epidemias, infecciones parasitarias y guerras. Asimismo, la casi absoluta falta de higiene causaba una elevada mortalidad femenina, sobre todo debido a las precarias circunstancias en que tenían lugar los partos. El resultado era una población que vivía al límite de la subsistencia, con un lento crecimiento demográfico.


Las llamadas «escenas de vida cotidiana» que aparecen en las paredes de las tumbas o capillas no son una representación fiel de la vida corriente de los habitantes del valle del Nilo. Estas pinturas y relieves reflejaban una visión estereotipada e idealizada de las actividades agropecuarias.

Aunque se hayan recuperado textos médicos del Antiguo Egipto que contienen prescripciones quirúrgicas muy detalladas (como el célebre Papiro Edwin Smith, del Segundo Período Intermedio, o el Papiro Ebers, de inicios del Nuevo Reino), hemos de tener presente que los conocimientos descritos en dichos papiros no eran aplicados a la población en general, sino tan solo a los egipcios pertenecientes a la minoritaria clase alta.

La crecida anual del Nilo inundaba las tierras cultivables durante varias semanas (de finales de junio hasta mediados de octubre), depositando una fina capa de sedimentos y nutrientes, renovada de año en año, lo que aseguraba la fertilidad de la tierra. Durante la crecida, el pueblo egipcio dirigía las aguas, por una red de canales, para asegurar la distribución gradual sobre el terreno. El éxito de la campaña agrícola dependía de la capacidad de las comunidades campesinas para mantener en buenas condiciones el canal de conducción y para regular las aperturas y cierres de las brechas en los diques que permitían la circulación del agua. Una vez evacuada el agua de la crecida, la tierra ya quedaba lista para ser sembrada (a mediados de octubre) con las cosechas de trigo, cebada y lino que serían recogidas en primavera. También plantaban olivares y viñedos (en la zona del delta y en los oasis).

Debemos tener presente en todo momento que, desde la cosecha de primavera hasta la crecida de otoño, la mayor parte de la tierra permanecía sin cultivar. Por lo tanto, y dadas las condiciones particulares del régimen de la crecida del Nilo, la labor humana quedaba reducida a reforzar o construir canales y acequias, limpiar y acondicionar los mismos, reforzar los márgenes del Nilo y trabajar para su faraón, ya fuese en la construcción y ornamentación de su tumba o en las de templos a las divinidades.

El Reino Antiguo y la Era de las Pirámides

Tras la Época Tinita, que como hemos visto aglutina las dos primeras dinastías, comenzó el Reino Antiguo. El período que comprende las dinastías entre la iii y la vi (c. 2700-2200 a. C.), época conocida también como la «Era o Edad de las Pirámides», es sin lugar a dudas una de las etapas que más interés despierta entre el público. Para comprender esta época, primero debemos volver a hablar de la ciudad que los antiguos griegos bautizaron con el nombre de Heliópolis («ciudad del Sol»), que ya habíamos citado con motivo de la emergencia de nuevas castas sacerdotales. Heliópolis se alzaba a 30 kilómetros de Menfis y, como ya se ha apuntado, era el principal centro de culto del dios Re. Según las doctrinas heliopolitanas, Re era un dios demiurgo creador del universo que habitaba en las alturas. En efecto, para los poderosos sacerdotes heliopolitanos la resurrección se alcanzaba con la ascensión hacia el cielo. Se trataba, por lo tanto, de un Más Allá completamente distinto al de Osiris, el poderoso dios de los muertos, para quien la llave de la resurrección se hallaba en un lugar oculto y bajo tierra, así que entre los seguidores de Osiris se imponía el entierro de los cuerpos.

Para entender cómo consiguieron tal poder Heliópolis y sus sacerdotes, conviene detenerse en la figura de Dyesert. El faraón Dyesert subió al trono hacia el año 2667 a. C. e inauguró la dinastía III y, con ella, el Reino Antiguo. Es uno de los faraones clave en la historia de Egipto. Su política interior se centró en consolidar la centralización administrativa, por lo que adoptó una medida controvertida: decidió nombrar personalmente a los funcionarios que sustituirían a los antiguos nomarcas (gobernadores locales de cada nomo o provincia de Egipto) que regían el Alto Egipto y las localidades del delta. El gobierno seguía presidido por el visir, que dirigía la administración central y periférica del Estado egipcio. De esta forma, y bajo el reinado de Dyesert, Egipto se convirtió en un Estado centralizado, gobernado por el rey y administrado por una élite alfabetizada y competente. Los cambios se notaron pronto y, durante el Reino Antiguo, el país experimentó un extenso e ininterrumpido período de prosperidad económica y estabilidad política.

Pero más que por potenciar el centralismo del Estado, Dyesert ha pasado a la historia por ser el primer faraón que se decantó por las doctrinas solares impulsadas por los sacerdotes heliopolitanos y, como consecuencia de ello, el primero que mandó erigir una pirámide de piedra que albergara sus restos cuando muriera. Efectivamente, a partir del reinado de Dyesert y durante siglos, el destino de ultratumba del faraón iba a ser únicamente solar, y ese destino pasaba a ser exclusivo y reservado a él (y a la reina), de manera que, una vez fallecía el faraón, resucitaba cuando ascendía al cielo para unirse con su padre, el dios Re. Esta es la explicación de cómo la tumba del faraón pasó a ser una pirámide, símbolo y medio ideal para ascender hacia el cielo, ya se tratara de una escalera —la pirámide escalonada— o de una rampa —la pirámide de caras lisas que aparecerá en la siguiente dinastía—. Por el contrario, los súbditos, es decir, el resto de la población egipcia, seguirían obteniendo la resurrección construyéndose mastabas y haciéndose enterrar en cámaras funerarias bajo tierra, es decir, siguiendo el ritual de carácter osiríaco.

Para albergar su pirámide, Dyesert ordenó la construcción de un imponente recinto funerario en Saqqara. Contó con la colaboración de Imhotep, visir, sumo sacerdote de Heliópolis y arquitecto real, que erigió para su rey la primera pirámide escalonada en piedra con una altura de 60 metros. Imhotep, uno de los pocos «arquitectos» faraónicos cuyo nombre se conoce, tuvo la idea de sustituir la tradicional mastaba por seis de diferentes tamaños, una sobre la otra. El genial arquitecto fue deificado durante la Baja Época (dinastías XXV a XXX, c. 715-332 a. C.), por el recuerdo de hombre excepcional que la tradición egipcia guardó siempre de él.

El recinto funerario de Dyesert está orientado según un eje norte-sur, el eje del Nilo. Dentro del recinto, además del elemento central de la pirámide de seis escalones, había otros tipos de construcciones para que el ka («fuerza vital» o «doble») del rey difunto pudiera celebrar el festival Sed en el Más Allá.


Recinto funerario de Dyesert, en Saqqara. Al fondo, la pirámide escalonada de 60 metros de altura. En primer plano, distintas construcciones para la celebración del Heb Sed en el Más Allá.

El festival Sed (llamado «Heb Sed» en egipcio) era la ceremonia de rejuvenecimiento y renovación del poder cósmico del faraón, a fin de que este recuperara su vigor y fuerza para seguir gobernando con todas sus cualidades y poder. Esta especie de jubileo real se celebraba al cumplir los treinta años de gobierno de un faraón y consistía en una serie de ceremonias de varios días de duración. Resulta interesante señalar que, dada la corta esperanza de vida media de los egipcios de entonces, pocos fueron los faraones que vivieron y gobernaron lo suficiente como para poder celebrar su Heb Sed.

Los efímeros sucesores de Dyesert se erigieron también pirámides escalonadas, pero ninguno edificó un recinto como el de su glorioso y prestigioso antecesor. Con la entrada de la dinastía IV, se dio un nuevo empuje constructor. Se trata del período en el cual los soberanos alzaron uno de los centros monumentales más sobresalientes de la civilización faraónica: las pirámides de Dashur y Guiza, necrópolis menfitas del Bajo Egipto.

Desde un punto de vista arquitectónico, a principios de la dinastía IV se produce un cambio esencial en la estructura de los recintos funerarios reales: el proceso de solarización se completa. En primer lugar, la pirámide pasa a tener las caras lisas. La entrada seguirá situándose en la cara norte, orientada hacia las estrellas circumpolares, como en las pirámides escalonadas de la dinastía III. A través de un pasaje oblicuo se llegaba al eje central de la pirámide, a la altura del suelo o más arriba (depende de la pirámide), donde se hallaba la cámara funeraria. El material empleado para este tipo de construcciones siguió siendo la piedra, ya empleada e inaugurada a gran escala por Imhotep en el recinto funerario de Dyesert. El cuerpo de la pirámide se construía con piedra procedente de la misma roca del desierto donde se iba a erigir. La pirámide terminada se revestía entonces con piedra caliza blanca de buena calidad (la mayoría de las veces procedente de la cantera de Tura, cerca de Menfis) e incluso eventualmente con granito rosa (procedente de las canteras de Asuán, en el Alto Egipto) que algunos faraones emplearon para cubrir la parte inferior de su pirámide. Hoy en día, los revestimientos de las pirámides se han perdido y quedan pocos rastros de ellos.

Otro dato importante a señalar es que el templo funerario, donde tiene lugar el culto y los ritos funerarios del monarca fallecido, pasó de la cara norte a construirse contra la cara este de la pirámide. Apareció, además, el llamado «templo del valle» y la rampa que unía el templo del valle con el templo funerario. Esto indica claramente que las pirámides a partir de la dinastía IV se edificaron según un eje este-oeste, el eje que evoca el recorrido diario del sol. Allí donde nace, en el este, se encuentra el templo del valle, junto a la zona cultivada. El curso diurno del sol por el firmamento estaría representado por la rampa o calzada. Por su parte, el templo funerario se ubicaba en el extremo oeste del complejo, donde muere el sol. Y aquí se situaba la pirámide, el elemento ascensional que permitiría al faraón elevarse y unirse con las demás divinidades.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
02 temmuz 2025
Hacim:
139 s. 33 illüstrasyon
ISBN:
9788413610764
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Telif hakkı:
Bookwire
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