Kitabı oku: «Un puñado de esperanzas»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2018 Irene Mendoza Gascón

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un puñado de esperanzas, n.º 212 - diciembre 2018

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1307-249-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Cita

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Segunda parte

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Epílogo

Recomendación de la autora

Si te ha gustado este libro…

Fue aquel un día memorable para mí, porque me trajo grandes cambios. Pero en todas las vidas ocurre lo mismo. Imaginad que se suprime de ellas un día determinado, y pensad cuán diferente habría sido su curso. Deteneos los que esto leéis a pensar por un momento en la larga cadena de hierro y oro, de espinas y flores, que nunca os hubiera atado de no haber sido por un primer eslabón que se formó en un día memorable.

Grandes esperanzas, Charles Dickens

Primera parte

Capítulo 1
Yellow

Pongamos que me llamo Mark y ella Frank. Ambos con «k».

En realidad es Marc, con «c» de Marcus, pero un día me lo cambié porque mi amigo Pocket me dijo que mi nombre sonaba mejor así.

Soy Marcus Declan Gallagher. Mi amigo tampoco se llama Pocket, pero leyó Grandes esperanzas a los diez años y quiso llamarse así porque nuestra amistad había comenzado igual que la del protagonista de la novela de Dickens: por culpa de una pelea. El libro se lo había prestado mi padre.

Pocket es Jamal Moore, de Forest Hills, nuestro barrio en Queens, de donde son los Ramones y Spiderman. Y, aunque también tiene apellido irlandés, es negro negrísimo. A mí me llama «blancucho», pero es y será siempre mi mejor amigo y quien hizo posible que conociese a Frank.

En mi vida he sido chico de los recados, camarero, paseador de perros, dependiente de zapatería, modelo y actor ocasional. Lo que se tercie para poder comer, aunque en realidad me considero pianista. Bueno, no un pianista al uso. Durante años he tocado jazz por los abrevaderos de Nueva York. No se gana gran cosa, pero siempre me ha encantado tocar el piano. Soy feliz mientras toco.

Pero, por aquel entonces, lo que de verdad quería era ser pianista de jazz en la Costa Azul. Creo que se puede decir que eso era lo más parecido a un sueño que había tenido jamás.

Nunca lograba ganar lo suficiente como para irme a Francia, pero tampoco perdía la esperanza. A mis veintiocho años mis posesiones más preciadas eran mi piano y mis seis camisas a medida que me hice gracias a mi último sueldo como modelo, a los veintiuno. Siete años más tarde ya no tenía cara de niño y sí mucho pelo en el pecho, por lo que no había vuelto a conseguir trabajo como efebo. Aunque aún me valían las camisas y estaban como el primer día. La calidad se nota.

Pocket siempre ha dicho de mí que soy un tío raro, como pasado de moda. Y su madre, Charmaine, que era totalmente cierto y que mi verdadera posesión es mi sonrisa.

No es por dármelas de guaperas, pero tengo unas bonitas cejas pobladas, con carácter, ojos verdes, una estupenda cabellera oscura y muy buena planta, herencia de mi padre. Y he de reconocer que siempre he imitado un poco el estilo de tipos como Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada. Me encanta esa película. Gracias a mi buen aspecto y a mi sonrisa lo había conseguido todo. Empezando por los trabajos. Todos los logré gracias a esa sonrisa torcida y canalla.

Aquella fría mañana de diciembre me desperté con la sensación de que ese día no iba a ser como los demás, que algo estaba a punto de suceder, algo que me iba a cambiar la vida. Era la misma sensación que se tiene cuando uno sueña y nada más despertar aún tiene la certeza de lo soñado, pero ya no lo recuerda apenas.

En el gimnasio de Joe, donde Pocket y yo nos poníamos en forma boxeando y tras acudir a mi último y desastroso casting como modelo, mi amigo me ofreció un trabajo: ser el chófer de la hija de un millonario.

Acababan de despedir al último por llegar «puesto» y necesitaban a alguien para esa misma noche.

—Tú conduces muy bien, tío, no bebes, no te drogas. Pasarás el examen médico previo sin problemas. ¿Qué tienes que perder? —dijo Pocket.

—La paciencia. —Sonreí con sarcasmo—. Además, no me gustan los uniformes.

—Solo tienes que llevar un traje oscuro, corbata y camisa blanca. ¡Estarás elegante y eso te gusta, tío!

—No creo que… —bufé negando con la cabeza.

—¡Venga, joder! En realidad, lo que no te gusta es que te manden, te conozco. Pero pagan bien. Santino es un tipo legal, no tendrás problemas —dijo mi amigo, dándome una palmada en la espalda—. Lo de modelo olvídalo ya. No vas a conseguir ser como ese que se ha «calzado» a la Hilton. Eres viejo.

—¿Viejo? —exclamé sorprendido y dolido en mi orgullo.

—Sí, tienes casi treinta, tío.

—¡Solo tengo veintisiete!

—Veintiocho, tenemos la misma edad, ¿recuerdas? ¡Venga! Mi jefe no paga mal.

—Es un buen trabajo. Solo quieren a alguien que cumpla. Y el millonario es anónimo. Los famosos solo dan problemas —dijo Pocket.

Pensé en mi padre, que siempre fue un buen hombre, honrado y sincero, no como yo. Yo no había sido un buen chico. Él siempre intentó hacer lo correcto y no logró nada en la vida salvo una cirrosis que se lo llevó a la tumba. Cuando murió me dije que a mí no me iba a pasar lo mismo. Iba a tomar de la vida lo que quisiese sin pedir permiso a nadie.

Él solo fue el hijo de un emigrante irlandés, un perdedor, uno más de todos los malditos descendientes de irlandeses que llegaron a Nueva York con mil esperanzas y que jamás consiguieron nada del famoso sueño americano, salvo ahogarlo en alcohol.

Como me dijo una vez: no hay ninguna olla de oro al final del arcoíris.

Mi padre hizo algo bueno por mí, me enseñó a tocar el piano.

Aidan Gallagher, neoyorkino de Queens, era mi padre y tocaba el piano como nadie. Era su don. Él decía que todos tenemos un don.

Nunca supe donde aprendió. En realidad, sé muy poco de él. Solo que jamás dejó de querer a mi madre, una chica venida del sur, descendiente de franceses, que le abandonó para irse a triunfar en Hollywood. Creo que solo la amó a ella porque jamás se le volvió a ver con ninguna mujer.

Mi padre no era ningún inculto. Leía a James Joyce y a Scott Fitzgerald con veneración, a los clásicos de la literatura inglesa, y le encantaba el cine, el jazz, Van Morrison y los Mets tanto como la cerveza y el whisky. Mientras pudo trabajó en big bands para fiestas privadas de los ricos de Manhattan, pero cuando mi madre se fue y la adicción tomó el mando se escondió en garitos de mala muerte donde yo esperaba dormido a que terminase de tocar y cobrase, para sacarlo a rastras antes de que se lo gastase todo en alcohol y no en comida. Pero nunca tuve mucha suerte en esa tarea y creo que sobreviví gracias a la madre de Pocket y sus deliciosos platos de pollo frito.

Un día ya no pudo tocar, le temblaban demasiado las manos y tuve que dejar de estudiar para cuidarle y ponerme a trabajar con mi abuelo. Me quería a su manera y siempre deseó que fuese a la universidad porque yo era un buen estudiante, pero no pudo ser.

Pronto me di cuenta, junto con Pocket, de que eso de ganarse la vida no iba a ser tan sencillo, pero enseguida comprendí que contaba con un arma muy poderosa: mi físico.

Luego estaba mi encanto con las mujeres. Soy simpático, buen conversador y las hago reír. Desde que tengo catorce años todas han querido lo mismo de mí, y a cambio yo he conseguido lo que he querido de ellas. Solía beneficiarme primero a la madre y luego a la hija, la edad no era un problema. Solo tenían que ser mayores de dieciocho y menores de… pongamos cincuenta, pero muy bien llevados, eso sí. Y ricas, claro.

No penséis mal, yo no iba de ese rollo del típico crápula, caradura y machista. A mí me encantan las mujeres y estar en su compañía. Siempre me he llevado genial con ellas. Creo que son mucho más inteligentes, profundas y sutiles que nosotros. Nos dan cien mil vueltas a los hombres.

Reconozco que todo lo que he conseguido y aprendido en esta vida ha sido gracias a bellas damas, aburridas de sus maridos ocupados y distantes, que solo querían divertirse un rato y que, a cambio de compañía, charla y sexo, me trataban bien. Me llevaban a comer y a cenar, me compraban cosas caras, me invitaban a fiestas y lugares con clase y, de vez en cuando, me conseguían un trabajo. Yo solo tenía que dejarme querer.

Llegué a trabajar de jardinero de una rica y hermosa dama de la que no puedo decir el nombre. Su poderoso marido se enteró y tuve que salir por pies de aquella casa porque sacó una pistola. Aquello también tenía su peligro. En mi defensa diré que solo intentaba sobrevivir con las armas que poseo.

Pero llevaba una mala racha, la famosa crisis mundial aún golpeaba con fuerza Nueva York y había mucha competencia, así que tuve que aceptar el trabajo que me ofrecía Pocket.

Era fácil. Solo tenía que estar disponible para pasear a la hija de un millonario y mantenerme sobrio siempre. Y eso no significaba un problema. Ya no bebía. Lo había dejado. No quería ser como mi padre. Tenía mis vicios, claro, pero eran pocos porque solo me podía permitir uno: tabaco. Entre mis cuentas pendientes estaba conducir coches caros, pero con estilo, a poder ser antiguos y de importación.

En resumen, me gustaba el jazz y las mujeres bonitas, elegantes, con clase e inteligentes. Y si eran francesas o hablaban francés, más. No sé por qué, pero siempre me habían chiflado las francesas. Era una fijación que puede que tuviese que ver con mi madre. Pero prefiero no pararme a pensarlo mucho.

Ahora sé que ella, Frank, fue la horma de mi zapato. Françoise Valentine Sargent Mercier, medio francesa. Todo un peligro.

Hasta entonces, yo, Marcus Gallagher, sobrevivía y era relativamente feliz, lo suficiente. No había tenido mucha suerte en la vida, pero me conformaba. Hasta que la vi. Nunca me había sentido solo hasta que la conocí a ella. Ni fui tan ingenuo ni tuve esperanzas tan elevadas, como diría Dickens.

El día que la vi por primera vez fue mi primer día de trabajo como chófer.

Chófer disponible a cualquier hora del día o de la noche, horario completo. En parte me fastidiaba tener que prescindir de mis noches bohemias tocando jazz al piano, pero pagaban muy bien por una vez.

Pocket me dio la dirección de la casa del señor Sargent, un diplomático de una larga casta de antepasados ilustres, entre ellos el famoso retratista estadounidense John Singer Sargent.

El señor Sargent era viudo, gran mecenas del arte y millonario, y tenía una hija a la que yo debía llevar de su casa frente a Central Park a su mansión en Los Hamptons, a sus clases de danza, de compras por Manhattan o a la ópera. Al parecer, la niña, hija única, era el ojito derecho de papá y trabajaba en un musical de Broadway como bailarina. Quería ser actriz, pero sin la ayuda de papi. Adorable.

Me afeité y me corté el pelo esa misma tarde, me presenté en el teatro donde trabajaba, en el musical West Side Story, y esperé a que saliese por la puerta de emergencia, por donde pasaban los actores y bailarines. Tenía orden de llevarla directamente a casa del señor Sargent sin demora.

—A pesar de lo que ella te diga —me advirtió el mismísimo Sargent. Sonreí para mis adentros. Una niñita díscola. Solo faltaba que fuese guapa.

¡Y vaya si lo era! Estaba apoyado en el coche, un elegante Mercedes Maybach negro con las lunas tintadas, asientos de cuero, con la música puesta. Sonaba Yellow, de Coldplay, y sentí una señal divina o algo parecido porque de pronto vi a una chica menuda salir corriendo del teatro, despidiéndose de las demás compañeras entre risas, mientras se ponía un abriguito amarillo. Aquel precioso torbellino vestido de amarillo corrió hacia mí y supe que era ella. Guapa, elegante, con vaqueros ajustados, una camiseta de rayas y el pelo recogido en una coleta. Puro charme francés.

En aquel preciso instante, Chris Martin cantaba para ella.

Entró como una tormenta dentro del coche y no me dio tiempo ni de abrirle la puerta. La seguí, me senté al volante y me volví hacia el asiento trasero.

—Hola, ¿te vas a quedar ahí toda la noche? —dijo sonriendo y soltándose la coleta.

—Eh… no, claro —respondí molesto por mi falta de reflejos.

«Parezco nuevo», pensé rabioso mientras me acomodaba en el asiento del conductor.

Por el retrovisor me fijé en su rostro, ya sin una gota del maquillaje de la función. No pude evitarlo. Era preciosa, de piel tersa y pecosa, con las mejillas coloradas por el frío. No tendría más de veinte años. De labios llenos, con una forma muy sensual. El de arriba un poco más abultado en el centro. Dientes perfectos, los típicos dientes de niña bien y ojos de color miel. De pelo largo, castaño muy claro, con reflejos rubios que acababa de despeinar y que le daba un aire muy sexy, cuando hacía un momento, aún con la coleta, me había parecido la típica alumna modosita de colegio de monjas.

Un tenue perfume suave y dulce lo invadió todo. Y pensé que era su pelo el que olía tan bien, como a miel y limón o algo parecido.

—Me llamo Françoise, pero todos me llaman Frank —dijo tendiéndome la mano sin dejar de sonreír—. ¿Y tú eres…?

—Mark Gallagher, encantado. Soy su nuevo chófer. Su padre me ha dicho…

Su pequeña mano de uñas cortas, perfectamente pintadas de rojo, apretó la mía con firmeza. Cuando soltó mi mano aún sentí durante unos segundos su efusividad y su calor.

—¡Oh, paso de mi padre! Me aburre y odio aburrirme. ¡Llévame por ahí, Mark! Diremos que estaba tomando un capuchino con mis compañeras de función.

—Perdona, pero acabo de empezar hoy y pretendo conservar este trabajo para pagar el alquiler y poder comer todos los días… Frank —dije con voz suave, sonando un poco paternalista y dedicándole mi mejor sonrisa.

—No te asustes, nunca me pilla. —Sonrió guiñándome un ojo.

Rebuscó en su bolso donde se advertían claramente las dos «ces» de Chanel y cogió una barra de labios dorada con la que se pintó los labios de rojo con dos firmes y seguras pasadas, e inmediatamente volvió a guardar la barra y sacó un paquete de cigarrillos.

—¿Y a dónde se supone que debo llevarte?

—¿Te gusta divertirte, Mark? —Sonrió desafiante, tendiéndome un cigarrillo sin inmutarse.

«Fuma la misma marca que yo», pensé. Tomé el cigarrillo aceptando el reto y recordé lo que solía decirme mi abuelo: no existen las casualidades.

La miré y le sonreí con una de esas sonrisas que siempre me funcionaban. Sus ojos se cruzaron con los míos, unos ojos suaves, grandes y dulces que me examinaban curiosos. Nos quedamos absortos el uno en el otro tan solo un segundo y finalmente ella me devolvió la sonrisa, una sonrisa preciosa, contagiosa, que me hizo sonreír de verdad. Creo que fue en ese instante cuando me enamoré de Frank.

Capítulo 2
Bye Bye Black Bird

¿Creéis en los flechazos? Yo nunca había creído en ellos. Reconozco que a veces he podido ser un tipo enamoradizo, pero pronto se me pasaba el interés. Siempre era solo curiosidad y no me duraba mucho, enseguida descubría que me gustaba más mi libertad y no dar cuentas a nadie.

Yo tenía una máxima en mi vida que quería que me sirviese de epitafio:

LA VIDA ES CORTA

ROMPE LAS REGLAS

SUEÑA COMO SI FUESES A VIVIR PARA SIEMPRE

VIVE COMO SI FUESES A MORIR MAÑANA

Y la aplicaba a rajatabla intentando no hacer un daño innecesario a nadie para no tener que arrepentirme de nada. No lo he hecho nunca, no me arrepiento. No merece la pena.

Pero esa vez algo cambió y me di cuenta enseguida. Al mirar a aquella chica y respirar, el pecho se me llenó de un dolor cálido y supe que todo acaba de transformarse para mí, todos mis impulsos y mis esperanzas eran nuevos, y al oír su voz los viejos hábitos habían muerto para siempre.

Porque tenía la sospecha de que ahora llegaría, que vendría esa parte de mi vida por fin, algo que me faltaba, lo más auténtico de mi existencia.

«¿Te gusta divertirte, Mark?», me preguntó Frank.

Acababa de meterme en problemas. De los gordos. Porque no pude decirle que no.

«Con esa sonrisa ella podría conseguir lo que quisiese de mí y de cualquiera. La horma de mi zapato», pensé.

—Me encanta divertirme, es mi especialidad —dije con un tono de lo más pedante.

—Genial, entonces nos vamos a llevar muy bien tú y yo. ¡Uf, joder! Me rugen las tripas un montón. Estoy muerta de hambre —dijo Frank.

—¿Quieres cenar algo primero?

—Sí, estaría bien.

—¿A dónde te llevo? —Sonreí divertido.

—Sorpréndeme.

Y lo hice, la llevé a un garito de Queens donde nos conocían a Pocket y a mí perfectamente, al pub de Sullivan. Allí trabajaba su tío como cocinero. Era una taberna al más puro estilo irlandés, como su dueño, y ponían las hamburguesas más deliciosas de todo Forest Hills.

Ahora que lo pienso, si hubiese sido un chico malo, esa noche la hubiese llevado de garito en garito hasta emborracharla y así aprovecharme de ella, pero supongo que en el fondo no lo soy tanto porque en sus ojos vi algo que me infundió ternura, algo dulce que me invitaba a protegerla de este jodido mundo. Así que me porté como un buen chico y la llevé a cenar a mi barrio. Y eso pareció gustarle, como quien va de excursión a algún lejano país exótico.

Me dediqué a fijarme en Frank mientras cenábamos, no podía apartar mis ojos de aquella chica. Había algo en ella… una especie de frenesí salvaje, una hiperactividad. Lo observaba todo a su alrededor y por supuesto sacaba conclusiones. Daba su opinión, sin cesar, jurando como un camionero. Y eso me hacía reír.

«Es… simpática, inteligente y realmente expresiva», pensé. No como todas las niñas pijas que había conocido. Ninguna había logrado emocionarme lo más mínimo. Ninguna tenía alma.

«No es para ti», recapacité de inmediato, bajando a la tierra y siendo el que siempre había sido, un tío práctico. Pero esa sonrisa suya hacía creer en sueños y cosas bonitas. Como cuando era niño y tenía la mágica idea de que un día llegaría alguien y me diría que yo había heredado una fortuna de un pariente muy rico que había muerto en alguna parte y entonces todo sería sencillo, mi padre dejaría de beber y ya nunca nos faltaría de nada.

—¿Y tus amigas? —pregunté.

Recordé que todas aquellas niñas bien solían llevar adosadas un par de amigas que siempre dificultaban la tarea de quedarme a solas con ellas. La solución solía ser tirarme también a las amigas.

—Estarán todas con sus novios pijos y aburridos. O esquiando en Aspen o en el club de tenis de Los Hamptons, pescando marido —criticó lúcida e insolente, masticando su hamburguesa doble a dos carrillos.

—¿Y tú? ¿No te vas de vacaciones? —reí.

No me atreví a preguntarle si ella también buscaba marido, pero tuve la sospecha de que eso no iba con Frank.

—Prefiero trabajar en la obra. Es mi primer sueldo —dijo orgullosa y sonreí con ternura al escuchar su entusiasmo—. Estoy solo de sustituta, pero da igual. Me encanta mi trabajo, adoro actuar y no quiero un jodido marido rico, ya tengo mucho dinero, o lo tendré. Dentro de un año, cuando cumpla veintiún años y herede lo que me dejó mi madre.

—Tu madre… —empecé a decir, pero Frank enseguida se me adelantó. No podía estar callada.

—Mi madre fue Valentine Mercier, la famosa mezzosoprano francesa.

—Sí, la recuerdo. Era muy hermosa. No sabía que tenía una hija —dije extrañado.

—Ella lo prefería así. A una gran diva le hace mayor decir que tiene una hija —dijo encogiéndose de hombros y dejando de sonreír.

—¿Ah, sí? —pregunté sonriéndole con toda mi alma e intentando que ella también lo hiciera.

En ese momento supe que no quería verla triste jamás.

—Ella era genial, no sé qué pudo ver en mi padre —bufó y enseguida volvió a sonreír—. ¿Y tú, Gallagher?

—¿Yo? —reí—. Yo trabajo para el señor Sargent. Ahora él paga mi apartamento, mi comida y mi tabaco.

—No pareces ningún idiota, no sé qué mierda haces trabajando de chófer.

—No te callas nunca, ¿eh? —Sonreí hechizado por aquella niña impertinente.

—No, ¿te ofendo?

—Para nada, pero… no todos nacemos en el Upper East Side, chéri.

—Pronuncias fatal, mon amour —dijo con un gracioso y perfecto acento francés.

—Es que soy de Queens, nena. Y mi abuelo era irlandés, del condado de Cork, y nunca he salido de Nueva York —dije exagerando el acento irlandés.

—¿Nena? —rio poniendo los ojos en blanco.

Pocket llegó más tarde y nada más vernos se unió a nosotros. Bebieron cerveza de barril, yo té helado, y los tres jugamos al billar. Frank era una consumada jugadora y nos dio una paliza a ambos.

En un momento en el que ella se fue al baño, Pocket se dedicó a ponerme verde.

—¡Pero en qué coño estás pensando, tío! ¡Es la hija de un cliente!

—Ya, pero no estoy haciendo nada malo. Solo quería cenar y parece ser que no le gusta hacerlo sola. Solo le estoy dando conversación —alegué.

—Y por eso le sonríes como un auténtico memo cada vez que ríe una de tus gracias. A mí no me la das, tío. Sé cuándo te las quieres llevar al «catre».

—¡Oh, joder tío! Así con los brazos en jarras pareces tu madre —bufé molesto—. La llevaré a casa y ya está.

—Esa tía es peligrosa. Es guapa, lista y…

—Vale, vale, te capto, mamaíta.

—No, no me captas en absoluto, tío. Hazme caso. Estás jugando con fuego. No sois compatibles y las incompatibilidades se pagan caras. Ya sabes cómo terminaron esos dos.

—¿Quiénes?

—¡Romeo y Julieta!

Solté una carcajada y Pocket se calló porque Frank regresó del lavabo. Pocket se despidió de Frank para irse a casa y nos dejó jugando a los dardos.

—Esa hamburguesa… ¡estaba deliciosa, joder! —dijo tirando el dardo con fuerza.

—Sí, son las mejores hamburguesas de Queens, te lo garantizo. ¡Eh, eres buena!

—Soy buena en todo, tío —dijo imitando a Pocket y arrancándome una carcajada.

—Ya lo veo —susurré sonriendo con mi sonrisa—. Ahora debería llevarte a casa.

—No me trates como a una niña, Gallagher. No lo soy —dijo acercándose a mí hasta rozar mi cadera con la suya.

De camino a su apartamento frente a Central Park, se sentó a mi lado en vez de en el asiento trasero y comenzó a bostezar. Nunca más volvió a sentarse detrás a partir de esa noche. Siempre fue a mi lado.

Puse la radio y ella rozó mi mano intentando sintonizar algún dial que no tuviese radio fórmula, así que la dejé y volví a poner toda mi atención en el volante del Mercedes. De pronto captó una emisora de su agrado y subió el volumen.

Una voz femenina cantaba Bye Bye Blackbird y ella comenzó a tararearla demostrando tener una voz maravillosa, profunda y sincera.

Su suave canto provocó un torrente de sentimientos en mí. Fue como si conociese esa melodía, como si viniese de algún lugar lejano en mi mente, de mi pasado. Como una voz en el tiempo que me tranquilizaba.

Deseo, ternura, nostalgia. Era algo que ella tenía, una especie de cadencia suave y casi ronca, muy sensual. Cantaba con el alma y su alma era triste, lo percibía.

Eran más de las dos de la madrugada cuando llegamos a su casa.

—Te veo mañana, ¿no, Mark?

—Espero no ser despedido por tu culpa —bromeé.

—Tranquilo, mi padre no está y mañana tendrá cargo de conciencia por pasar la noche con su putilla de treinta años, así que será todo amabilidad con el planeta entero —dijo con desprecio—. Él la llama «novia», pero solo es su amante. Mi padre le dobla la edad. ¡Es asqueroso!

La miré en silencio. Había mucho rencor en esas palabras y adiviné una infancia llena de lujos, pero muy carente de afecto.

La acompañé hasta la entrada de su apartamento y ella me miró fijamente antes de cruzar la puerta. Se quitó el abrigo amarillo muy despacio, tentadora, incitante. Estaba claro lo que quería.

—¿No quieres pasar? —susurró mordiéndose el labio de un modo muy provocativo.

Después se apoyó en el marco de la puerta con una sensual indolencia, haciendo que todo mi cuerpo comenzase a desearla intensamente.

—Nos vemos mañana, señorita Sargent —dije sonriéndole con ternura.

—Vale, será lo mejor. Au revoir —asintió sonriendo también para, acto seguido, ponerse seria—. Tienes que saber que no tengo corazón, Mark.

De pronto una niebla de tristeza cubrió su mirada y sentí ganas de abrazarla. Quise decirle que lo dudaba, que sabía que no era así, susurrándole muy bajito, al oído, acariciando su pelo, que no podía existir una belleza como la suya sin corazón.

—Y yo no soy un buen chico, Stella.

Me miró fijamente a los ojos y su mirada volvió a cambiar. Esta vez se volvió fría y distante para, inmediatamente, volver a tornarse desafiante y alegre.

—Dickens, ¿eh? ¿Ves como no eres ningún palurdo?

—Autodidacta y sinvergüenza. —Sonreí con una de esas sonrisas que hacían que las mujeres se volviesen suaves y dulces entre mis brazos.

—No te creo —rio y sus ojos brillaron provocadores.

—Hasta mañana Frank, que tengas dulces sueños —dije sin dejar de sonreír, caminando hacia el ascensor muy despacio. No quería marcharme de allí.

«Sueña conmigo», deseé con fuerza.

De pronto me llamó.

—¡Eh, Gallagher!

—¿Qué? —dije volviéndome a mirarla.

—¿Entrarás a verme al teatro mañana?

—¿Yo? —pregunté descolocado por su proposición.

—Sí, venga, me haría ilusión —pidió Frank haciendo pucheros como una niña pequeña.

—Bueno… sí, vale —reí azorado.

—Y después elijo yo el sitio, Mark —me dijo justo antes de que las puertas del ascensor se cerrasen.

Esa noche sentí que conectábamos, que éramos dos doloridas almas solitarias, muy parecidas, tal vez demasiado.

Quizás el mirlo negro se iba a marchar por fin, iba a levantar el vuelo y dejar de acechar mi puerta y la suya.

Y al regresar a casa solo, tras dejar a Frank en su casa y el Mercedes en el garaje de los Sargent, sentí que la ciudad era más bonita, el mundo más amable, la existencia más confortable. Porque ahora que sabía que ella habitaba este mundo, que existía un ser como Frank, esta vida ya no se parecía tanto a una broma pesada o a un fraude.

Tal vez había llegado la hora de añadir algunas nuevas frases a mi epitafio.