Kitabı oku: «Florentino Ameghino y hermanos»
IRINA PODGORNY
FLORENTINO AMEGHINO Y HERMANOS
Empresa Argentina de Paleontología Ilimitada

A finales del siglo XIX, las ciencias en la Argentina eran un mundo por construir. En particular la arqueología y la paleontología, la investigación del pasado remoto. La palabra prehistoria apenas se usaba. En ese entonces, hacia 1870, un joven llamado Florentino Ameghino, maestro en una escuela de Mercedes, en la Provincia de Buenos Aires, decide cambiar su profesión por la búsqueda de huesos, de las huellas de la vida antigua en el continente americano.
Con la ayuda de sus amigos de Mercedes y Luján y una capacidad de trabajo a prueba de cualquier contratiempo, Ameghino inicia una carrera fulgurante. Sus descubrimientos, su talento para que alcancen notoriedad pública, lo vuelven una figura de referencia. En 1878 viaja a París para la Exposición Universal, escribe libros, compra y vende piezas paleontológicas, aprende –de la mano de colegas y comerciantes europeos y estadounidenses- a observar estratos, a preparar fósiles, a clasificarlos. Se casa y regresa a Buenos Aires, donde suma a sus hermanos a su cruzada, rastrea en el norte y en el sur los restos que validen sus teorías, se bate en polémicas con colegas argentinos y extranjeros que desconfían mientras otros aplauden sus hallazgos, presiona a las autoridades nacionales y provinciales para que apoyen sus investigaciones y funden un Museo. Nunca solo, pero –a veces mal asesorado. O por lo menos, sorprendido por la política de un país imprevisible. Cuando muere en 1911, nace el Sabio Nacional.
Irina Podgorny, con una prosa exquisita y una investigación exhaustiva, reconstruye la vida de Florentino Ameghino y las tramas del saber y la política, de la prensa y la enseñanza, donde batalló sin descanso, con suerte diversa, pero sin rendirse jamás. Su libro es una biografía de una figura impar y de una Argentina que en muchos aspectos todavía estaba en formación, que premiaba el rigor pero también los emprendimientos de los aventureros y los cantamañanas.
Podgorny, Irina
Florentino Ameghino y hermanos / Irina Podgorny. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-603-9
1. Biografías. 2. Historia Argentina. I. Título.
CDD 920.7
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición en formato digital: abril de 2021
© Irina Podgorny, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2021
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C1054AAT Capital Federal
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ISBN 978-987-628-603-9
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Índice
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Portada
Sobre este libro
Créditos
Prefacio
Primera parte Capítulo 1. La prehistoria y el preceptor de Mercedes El informe del inspector Trinidad Osuna La prehistoria y la antigüedad del hombre Un infatigable explorador de los secretos de la tierra Virtudes fósiles Capítulo 2. Un argentino en París La Exposición de París El mercado de fósiles del Terciario Los mamíferos fósiles, el hombre del Gran Tatú y el Cuaternario de Chelles Regreso Capítulo 3. La Exposición Continental de Buenos Aires y el museo que no fue Fósiles y taquigrafía Capítulo 4. Moluscos y mamíferos neotropicales El Terciario americano Restos de publicaciones Los fósiles del Paraná Capítulo 5. Filogenia y Eduardo Ladislao Holmberg Encuentros en el Instituto Geográfico Juicio sobre. Filogenia Armas contra la Iglesia Capítulo 6. “Gringo diablo rubicundo”. La Universidad de Córdoba y la Expedición al Chaco El viaje al Chaco “Hijo, dedícate a tu profesión” La excursión fluvial Profesor sin alumnos Capítulo 7. El Museo de La Plata: lo que es, lo que será (y lo que no fue) Los indios del parque La Exposición Industrial y el Museo: vidriera del progreso Monte Hermoso y la Patagonia
Segunda parte Capítulo 8. Argentinos, ¡a las mechas! La ¿”Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles”? Carlos de la Patagonia La vida después de la exoneración Las misiones del Museo de La Plata a Santa Cruz y a Chubut en 1888-1889 Capítulo 9. Se vende o se permuta La controversia patagónica Ojos propios Vicios privados, vicios públicos Pistas falsas Capítulo 10. Un paleontólogo en busca de Museo Pobre sabio nuestro Un edificio para el Museo Nacional Un tesoro en el barro Los precursores argentinos de la humanidad “Un complejo de opiniones subjetivas” Colofón. En el país de Ameghino “Ha fallecido el único sabio que teníamos” La nacionalidad de Ameghino
Agradecimientos
Bibliografía abreviada
Sobre la autora
BIOGRAFÍAS ARGENTINAS
colección dirigida por
GUSTAVO PAZ y JUAN SURIANO
Para el ingeniero Podgorny y la doctora Dalla Valle, desde siempre, el orgullo de su hija.
Prefacio
Restos de discursos
El 20 de noviembre de 1876, El Correo Español de Buenos Aires salvaba una errata:
Ayer dimos cuenta de haber sido encontrado en Mercedes un colmillo del Sr. Sarmiento, el cual, equivocadamente, decía “La Reforma” pertenecer a un mastodonte.
El hallazgo fue hecho por D. Florentino Ameghino, que hace muy pocos días tuvo el placer de sacar de las entrañas de la tierra una cabeza y una parte de un panoctus tuberculatus, piezas que hacen honor a las ciencias naturales, y que ha tenido una nueva satisfacción, que grandemente recompensa su constancia y amor al trabajo.
El hallazgo a que nos referimos, consiste en el enorme colmillo de mastodonte.
El citado colmillo es de un color negruzco: mide dos metros cinco centímetros de largo y 38 centímetros de circunferencia en su parte inferior.
Este colmillo fue perdido por el Sr. Sarmiento en aquel célebre viaje a Chivilcoy.
En uno de los discursos se le saltó.
El Correo Español, uno de los tantos periódicos sostenedores de la candidatura presidencial de Bartolomé Mitre en 1874, se refería al director general de Escuelas, hasta hacía poco presidente de la República Argentina y aliado del actual, el tucumano Nicolás Avellaneda. En “Programa de Chivilcoy”, su discurso del 3 de octubre de 1868, Domingo F. Sarmiento había celebrado los avances de esa ciudad, un anticipo de su futuro gobierno y un resultado de la ley de tierras que había promovido como senador. De las civilizaciones muertas, de los mundos del pasado ya se encargarían los filósofos; para los estadistas, sobraban estas ciudades donde la agricultura, el trabajo y el capital triunfaban sobre el destino pastoril de la pampa. Pero ahora, ocho años más tarde, en los coletazos del crack de Viena de 1873, una de las crisis financieras más graves de la Argentina, la prensa le enrostraba esas palabras, fósiles del pasado reciente. Una burla que, a pesar de todo, destilaba confianza en el progreso. A fin de cuentas, el colmillo estaba en manos de un joven con apellido italiano, un hijo de inmigrantes que enseñaba en las escuelas de la campaña y honraba a las ciencias y el trabajo.
El 27 de noviembre, una semana después de esta humorada, quizá casualmente, quizá no, los nombres de Sarmiento y Ameghino volverían a reunirse en el informe que el inspector escolar Trinidad S. Osuna le dirigía al expresidente. Osuna, aprovechando una ida a Mercedes por asuntos del servicio, había visitado las escuelas comunes de aquella ciudad. Su estado no era desfavorable pero había irregularidades en la escuela municipal, a cargo de Luis Traverso y su ayudante, don Florentino Ameghino.
Probablemente su nombre le sonara de la prensa, donde, de un tiempo a esta parte, se hablaba de su dedicación al estudio del noroeste de la provincia. Hijo de una familia genovesa llegada a la ciudad de Luján en 1854, el mismo año de la fundación de Chivilcoy, Ameghino trabajaba en Mercedes, donde había adquirido la costumbre de salir cada tanto a pasear por el campo y recorrer la vera de los ríos. Pronto aprendió que, con las sequías, afloraban osamentas y, seguidamente, los viajantes italianos, franceses o argentinos, dispuestos a cosecharlas y llevarlas a Buenos Aires. También reparó en que, buscando agua o enterrando la basura, uno podía toparse con esqueletos, las placas de un peludo gigante o, por lo menos, con un diente, como ese de Sarmiento llegado a la boca de los mitristas, con quienes el joven comulgaba. Percatado de ese interés y de la particular abundancia de fósiles en los terrenos de la pampa, Ameghino cambió su destino de maestro de campaña por una promesa de gloria: la posibilidad de comprobar la antigüedad de la humanidad en el Plata, es decir, la convivencia en tiempos geológicos entre los hombres, los megaterios y los gliptodontes, esos mamíferos fósiles que daban renombre al territorio rioplatense. Y que aquí, en Luján, Mercedes y Buenos Aires, la Edad de la Piedra había sido una realidad. Con ese objetivo Florentino Ameghino, primogénito de un zapatero de Moneglia, se decidió a marcar el tono de las prácticas científicas de la Argentina finisecular.
Arnoldo Momigliano, en su trabajo sobre el desarrollo de la biografía en Grecia, afirmaba: “Ninguna historia, por más que dependa de las decisiones colectivas, puede desembarazarse de la presencia perturbadora de los individuos”. El problema, en todo caso, es qué hacer con ella. Para resolver esa pregunta, este libro eligió seguir los derroteros de un clan familiar de la Italia septentrional, residente en la Argentina y embarcado en las obsesiones del hijo mayor. Un derrotero que se inicia en 1873, cuando Florentino empieza a llevar el registro de su vida y obra recurriendo a las técnicas a su alcance en una ciudad de provincia: la colección de huesos, las copias de sus cartas, publicaciones y recortes de periódicos, todo ordenado según las reglas de la administración escolar y comercial y las categorías vigentes en la prehistoria y la paleontología. Como muchos de sus contemporáneos, desde la prensa avivó el debate y buscó el apoyo de los personajes más diversos. Esa elección le impuso una determinada estructura a su vida: ¿qué conocedor de las biografías y ficción ameghinistas no sabe de sus furibundas polémicas y de su carácter explosivo? Nadie los explica, asumiendo su origen ligur o identificándolo con el mal carácter de Sarmiento, su supuesto alter ego. Este libro plantea otra cosa: Ameghino llega hasta nosotros modelado por los medios que usó para construir su reputación. Unos medios que deben entenderse históricamente y que, en el caso de la prensa del fin del siglo XIX, están dominados por la lógica del escándalo, del enfrentamiento, la fragmentación y la adscripción a una facción política o de otro tipo. Esa lógica terminaría dictándole quién era y cómo debía hacer ciencia apelando a la opinión pública y al llamado “bombo mutuo”. Las polémicas o las conferencias publicadas en los periódicos servían, en ese marco, para prohijar un nombramiento, una suscripción o el descrédito de los contrincantes, parte visible de los acuerdos tejidos en privado a través del intercambio de fotos, de cartas y de fósiles. La vida de los Ameghino permite recorrer, de esta manera, la complicada relación entre ciencia y política, mostrando cómo las prácticas científicas replicaron los mecanismos de imposición de candidatos del orden conservador, la negociación de influencias, la movilización y la transferencia de lealtades, adhesiones y alianzas.
Ameghino no llevó un diario de su vida, el dispositivo más emblemático de la subjetividad decimonónica. Le alcanzó con registrar sus huesos en un cuaderno de librería, copiar sus cartas y recortar y pegar con cierto orden las noticias aparecidas en los diarios. Tiene sentido: trabajaba como una empresa o una institución y se modeló a sí mismo con sus herramientas. A fin de cuentas, como creía en su gloria, dejó que la prensa llevara el registro de sus acciones. Esta historia se inicia a mediados de 1870 y termina en 1911. Se detiene en los episodios menos conocidos y en los años iniciales de la carrera fosilífera de Ameghino, quien, en muchas partes, opta por esfumarse de la historia. Se trata de momentos que, iluminando a otros personajes y otros agentes (el comercio, el transporte, los reglamentos), resaltan o tratan de entender sus acciones. Florentino también desaparece porque esta biografía intenta mostrar el lado colectivo de la práctica científica. No se extrañe el lector si de vez en cuando se pierde entre los nombres de las especies argentinas, vivas y fósiles, humanas y no tanto. Sin llegar a nuestros días, las últimas páginas se internan en el siglo XX y en las distintas versiones que trataron de dar cuenta de la vida del sabio nacional. Allí aparece el período que va entre su nacimiento en 1853 (o 1854) y 1870, años de los que él no dejó constancia y que, para entreverlos, el mito reemplazó a la historia.
Esta biografía puede leerse como una historia de la paleontología y de la arqueología, de las prácticas de campo y de la clasificación geológica, pero también de las técnicas culturales que modelaron la subjetividad de los habitantes de nuestro país: la prensa, el correo, las cartas, los medios de comunicación, las técnicas del registro, los museos y las colecciones. Menos protagonismo tienen los rótulos al estilo de “positivismo”, “evolucionismo”, “darwinismo” y “transformismo”. Espero que su ausencia ayude a ver otros matices de la historia y los azares que gobiernan el pasado y el futuro.
IRINA PODGORNY, París, junio de 2017
Primera parte
Capítulo 1
La prehistoria y el preceptor de Mercedes
EL INFORME DEL INSPECTOR TRINIDAD OSUNA
Mercedes, la Perla del Oeste, situada sobre el río Luján, a cien kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, conectada mediante el ferrocarril con el puerto y las provincias, contaba, según el censo de 1869, con 8.146 habitantes, de los cuales más de mil niños se encontraban en edad escolar. Cuando el inspector escolar Trinidad Osuna visitó la ciudad en 1876, sumaba cinco establecimientos educacionales importantes: el Colegio Municipal de Varones, el Colegio Franco-Argentino de Eduardo Vitry, el Seminario Anglo-Francés, el Colegio Hispano-Argentino y la Nueva Escuela de enseñanza primaria, elemental y superior, orientada hacia lo mercantil. El Colegio Franco-Argentino impartía enseñanza científica, comercial y literaria en idiomas inglés y francés; en un departamento anexo, la hija del director-propietario atendía la Escuela de Niñas. El Colegio Hispano cultivaba la educación religiosa, científica y literaria, incluyendo la historia natural y agregando portugués a los idiomas brindados por los preceptores del establecimiento. Por su parte –señalaba el inspector– Luis Traverso, el director de la escuela municipal de varones, había ideado un procedimiento para asegurar la disciplina: los alumnos con buena conducta tenían asueto a las once por el término de una hora para ir a almorzar. Más allá de esta innovación, la escuela municipal se destacaba por cierta inconsistencia en sus registros: “En el libro de matrículas aparecen anotados 234 alumnos; la asistencia media, sin embargo, fluctúa entre 100 y 110, debido mas que nada á la falta de local, de asientos y de personal docente; pues el actual ayudante, según informes fidedignos, de acuerdo con lo que pude observar, carece de las dotes pedagógicas necesarias, á mas de ser sumamente corto de vista”. El ayudante, de unos veinte años de edad, se llamaba Florentino Ameghino.
Irritados por estos comentarios, los diarios de Mercedes publicaron el informe de la comisión examinadora como un acto de cumplida justicia que hacía honor al viejo y competente director de la escuela: sobre 93 niños examinados, 38 habían merecido la calificación de distinguido y 36, la de bueno. No obstante, reconocían la diferencia entre el número de alumnos contabilizados, causada por la insuficiencia del salón para contener un número tan crecido de niños, a cargo de un solo preceptor y su ayudante, motivo por el cual muchos padres habían retirado a sus hijos para ponerlos en escuelas particulares. También se sentía la falta de útiles y materiales, remedados por el sueldo del director. Se pedía, por lo tanto, el ensanchamiento del colegio o la división en cuatro escuelas con cuatro preceptores. La comisión llamaba a llevar adelante estas reformas, mejoras que “todos tenemos el derecho de esperar de la completa actuación de la nueva ley sobre la educación común”, que había entrado en vigor hacía unos pocos meses.
Por entonces, la enseñanza privada había alcanzado un notable desarrollo en los principales centros urbanos de la provincia y competía en respetabilidad con las débiles escuelas del Estado. En esos primeros meses de la implementación de la ley, el informe del inspector Osuna terciaría en la elección del reemplazante del malogrado Traverso, quien, inesperadamente, en el inicio de 1877, dejaría vacante el cargo de director. Para relevarlo, el Consejo Escolar recibió cuatro solicitudes, dos de ellas suscriptas por el subpreceptor de otra escuela y un joven recién iniciado en la carrera del profesorado. La tercera estaba firmada por el francés Eduardo Vitry, reputado educacionista de la zona con experiencia en otra escuela de San Antonio de Areco y en la escuela francesa de Mercedes. La última era la del subpreceptor Ameghino, reconocido por los servicios prestados al municipio en campañas tales como la demolición del tajamar del molino local, fuente de exhalaciones pútridas e insalubres.
En cada oportunidad que se otorgaba un empleo público, los periódicos se plegaban a la razón que habían asumido en la vida pública argentina: transformar en política de facciones los conflictos entre los particulares y los actos más nimios de la administración. Los numerosos periódicos de Mercedes tomaron partido, apoyando a uno u otro candidato. Pero otros también solicitaron sacar el puesto a concurso para evitar los favoritismos, actuando con independencia y en consonancia con la ley. En abril de 1877, una parte del vecindario pediría completar la vacante con el señor Ameghino. “Un padre de familia” protestaría, expresando que el candidato era demasiado joven, trayendo a colación la observación del inspector Osuna y agregando: “Está demasiado ocupado con sus fósiles, a los que se ha dedicado con un ahínco que lo honra, pero que no constituye una esperanza de que prefiera la educación de los niños, a la descubierta de estos”. El director del periódico publicaba esta carta y la objetaba: Ameghino cultivaba los estudios científicos en sus horas de descanso, después de haber cumplido con los deberes de su cargo, probando con ellos su amor a la ciencia. Cuestionaba, asimismo, el juicio del inspector. Hablando en nombre de los mercedinos, reflexionaba: “Sabemos cómo esos señores aprecian los hombres que viven en la campaña, a vuelo de pájaro o por el traje que llevan puesto. Y como el señor Ameghino no es muy paquete que digamos, es posible que el Inspector haya juzgado el traje de aquel y no sus conocimientos profesionales”. Él, que no había cultivado jamás su relación, podía referirse a Ameghino con toda libertad: un hombre honrado, inteligente, apasionado por el trabajo.
Eduardo Vitry salió al ruedo. “Ameghino es demasiado joven, yo soy demasiado viejo.” No se proponía defenderlo, pero no podía soslayar que su dedicación a las ciencias naturales valía más que ocupar su ocio en los cafés, “como probablemente lo hace el padre de familia que critica el estudio en un joven”. En cuanto a él, con sus cincuenta y cuatro años de edad, se creía más capaz de dirigir cualquier establecimiento de educación que un cuarto de siglo antes, cuando, en Buenos Aires, había dirigido el Colegio de las Naciones con cuatrocientos discípulos. Vitry continuaba: “Tengo un año menos que Bartolomé Mitre y creo que Mitre es tan capaz de ser Presidente de la República como nunca lo ha sido [...] El malogrado D. Luis Traverso era de mi edad y quizás me ganaba en años y regenteaba muy bien su escuela”. Sin duda, Vitry conocía las reglas del ataque y la defensa en la prensa: en la década de 1850 no sólo había dirigido un colegio sino también L’Union, un periódico en francés, cuestionado por Sarmiento en El Nacional, el diario dirigido entonces por Avellaneda. Las escuelas particulares, la creación de diarios, la pluma educada a favor de una facción de la escala que fuera florecían en la pampa, formando argentinos en la naturalidad de esa lógica y de la pródiga gracia nacional.
Los mecanismos y argumentos de este episodio –los enfrentamientos por el puesto de director de la escuela municipal de varones, un cargo que finalmente obtuvo– marcarían las estaciones de la vida de Ameghino: la del joven preceptor de Mercedes, la del naturalista de Buenos Aires, el profesor de Córdoba y el gran sabio postergado en su librería de La Plata. El apoyo en la prensa y las solicitadas anónimas firmadas por “un amigo”, “un aficionado”, “un padre” o “un vecino” se repetirían toda vez que estuvieron en juego los recursos o el empleo del Estado. Las reglas de la pampa copiaban las estrategias de la política conservadora y las de los charlatanes de feria, esos que curaban y ofrecían remedios milagrosos, agitando los diarios con testigos y campañas encabezadas por “los amigos de la verdad”. ¿Por qué no hacerlo? A fin de cuentas, la profesión de charlatán había tenido éxito, gozando de más de medio milenio de buena salud al compulsar, según criterios plebiscitarios, la verdad y la falsedad en la plaza y en los periódicos. Pero a diferencia de ellos, que no escribían ni construían nada, la lógica facciosa de la vida científica fue sedentaria. Así nacieron instituciones, museos y colecciones para el bien del país y de los habitantes de buena voluntad que habitaron la nación argentina.
La prensa, por otra parte, propagó muchas novedades. Conectada a la red de cables, telégrafos, corresponsales o correo, definiría la circulación de las primicias científicas. Leyendo esos periódicos, repletos de invenciones y de inflamación por la ciencia, se despertaron deseos de emulación, de producir electricidad para el pueblo, anestesia para los sufrientes. Y, también, de encontrar la prehistoria del Plata.
LA PREHISTORIA Y LA ANTIGÜEDAD DEL HOMBRE
En la segunda mitad de la década de 1870, prehistoria era una palabra relativamente nueva en el vocabulario de las lenguas europeas. Denotaba un nuevo campo de conocimiento y la consolidación internacional de determinadas tradiciones académicas. Este término, que se aplica a los períodos del pasado humano carentes de testimonios escritos, fue discutido por la incongruencia que planteaba al sugerir la existencia de un momento de la humanidad cuando esta habría carecido de historia. De procedencia escandinava, fue acuñado en inglés alrededor de 1850 y empezó a ser aceptado recién a partir de la década siguiente gracias a unas conferencias publicadas en Londres en 1865 bajo el nombre de Pre-Historic Times. “El pasado sin palabras”, la historia de la humanidad más remota y la de los pueblos sin escritura, le debía todo a las piedras, a los huesos y a la basura.
La nueva disciplina, denominada arqueología prehistórica o geológica, un puente entre los tiempos geológicos y los de la historia, aceptaba la contemporaneidad del hombre con la fauna extinguida del continente europeo: el mamut, el ciervo de astas gigantes y el rinoceronte peludo. En Francia, las exhibiciones universales de 1867 y 1878 y sus congresos antropológicos ayudaron a su consolidación. Desde 1865 contó con sus congresos específicos, una iniciativa del francés Gabriel de Mortillet y el marco donde se afianzaría la clasificación e internacionalización de las edades prehistóricas. Pronto chocó con la consolidación del americanismo, esa disciplina definida por el continente y que desde 1875 reunió en otros congresos a los historiadores, diplomáticos, coleccionistas, políticos y hombres de letras interesados en la historia y la geografía del territorio americano. En su segunda convocatoria (Luxemburgo, 1877), de la que participaron los argentinos Vicente Quesada y Juan María Gutiérrez, se debatió la antigüedad del hombre en América y la terminología apropiada: “La calificación de hombre prehistórico que en Europa es el hombre ante diluviano, cuyos restos se buscan en las osamentas fósiles, en América es, por el contrario, el hombre ante colombiano, pues nuestra historia solo comienza en la época del descubrimiento del Nuevo Mundo”. Mientras en Europa la distinción se basaba en la asociación con la fauna extinguida, en este continente se trataba de un acontecimiento histórico reciente. Por eso la expansión de la arqueología prehistórica hacia el Nuevo Mundo, empresa a la que se lanzó Ameghino, implicaba discutir este problema.
Juan María Gutiérrez, rector de la Universidad de Buenos Aires, celebraba que la cátedra de Historia Natural del Departamento de Ciencias Exactas ayudara a varios jóvenes a inclinarse al estudio de la naturaleza y del “hombre cual fue en tiempos anteriores a la conquista española”. Confiada primero a Pellegrino Strobel y luego a Giovanni Ramorino, ambos italianos, prohijó nuevas instituciones y varias colecciones privadas. Strobel, durante sus dos años de permanencia en América del Sur, informó regularmente a De Mortillet sobre sus hallazgos en San Luis, Mendoza y la Patagonia, defendiendo que la secuencia prehistórica europea no podía aplicarse a todas las regiones del globo por igual. En 1867 lo reemplazaba Ramorino, nacido en Génova, con experiencia de campo en Moneglia y graduado en Ciencias Naturales en la Universidad de Turín. Asistente de la cátedra de Zoología y Anatomía Comparada de la Universidad de Génova, había trabajado sobre el problema del hombre fósil en Europa y participado en la fundación del Congreso Internacional de Arqueología y Paleontología Prehistóricas. Miembro de la Sociedad Científica Argentina, en 1872 actuó en el establecimiento del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades. Asimismo, realizó varios informes para la Sociedad Científica, incluyendo uno sobre la piedra movediza de Tandil: “Un monolito colocado allí, tal vez por los indios peruanos, para perpetuar la memoria de algún hecho importante”.
Gutiérrez, al alabar el entusiasmo de los jóvenes, se refería a quienes habían decidido armar su reputación alrededor de las antigüedades prehistóricas y la antigüedad del hombre en la provincia de Buenos Aires: Estanislao Severo Zeballos y Francisco Pascasio Moreno. El primero, nacido en Rosario, hijo de un teniente coronel, exgobernador interino de Santa Fe, fue uno de los principales promotores de la Sociedad Científica Argentina (1872). Había estudiado en el Colegio Nacional y en la Universidad de Buenos Aires, donde se dedicó al Derecho y a la Ingeniería, obteniendo sólo el primero de esos títulos. Moreno, hijo de una familia de estancieros, financistas y comerciantes, dirigía desde 1877 el Museo Antropológico de Buenos Aires, creado bajo el auspicio del ministro Vicente Quesada. Según este amigo de su padre las frecuentes exploraciones patagónicas del joven habían suministrado numerosos datos sobre la antropología y etnografía de esas regiones.
En el norte del país, Juan Martín Leguizamón e Inocencio Liberani se topaban, en esos mismos años, con restos y ruinas de otro tipo. El primero, comerciante de Salta e hijo de un coronel de la Independencia, se educó en Córdoba y en Buenos Aires, para luego hacerse cargo de los negocios familiares. Iniciado en la política provincial en 1863, compartió su tiempo con los estudios anticuarios, antropológicos y arqueológicos, interesándose por las antigüedades indias, el origen del hombre, la discusión darwiniana y la exhumación de documentos para dilucidar los límites argentinos. Liberani, por su lado, había nacido en Ancona y estudiado en la Universidad de Roma, donde se diplomó en Ciencias Naturales. Llegó al Plata en 1873 como profesor del Departamento de Agronomía y del Colegio Nacional de Tucumán. Con sus recursos y la ayuda de sus alumnos inició la formación de un museo. En 1876, designado profesor de Historia Natural, Fisiología, Higiene, Física y Química en la Escuela Normal de Tucumán, Liberani encontró restos de animales fósiles y vestigios de una ciudad enterrada. Norteños y porteños se alinearían en los estudios prehistóricos de los pueblos nómades o sedentarios, en la Edad de la Piedra o la del Bronce según las evidencias halladas en sus provincias y según las redes de proveedores de objetos y de datos a su disposición.
En Buenos Aires, por otro lado, la atracción por los mamíferos fósiles tenía una historia similar pero algo más larga que el interés en las antigüedades de los indios. Los descubrimientos de huesos gigantescos en los pagos de Arrecifes, Luján, Salto, el río Salado, el Matanzas y el Carcarañá abundaban desde el fin del siglo XVIII. A través de distintas circunstancias, estos huesos se incorporarían en las redes internacionales del comercio de historia natural, creando un flujo que involucraba a distintos agentes e intereses. Hermann Burmeister, director del Museo Público de Buenos Aires desde 1862, se encaramó como el portavoz de esta enorme riqueza fosilífera, intentando regular su exportación y acaparando la descripción de nuevas especies para cimentar su nombre como la autoridad científica de la Argentina. Burmeister desdeñó tanto el interés en la prehistoria como muchas de las iniciativas –que lo incluyeran o no– surgidas en las décadas de 1860 y 1870 para fomentar las ciencias exactas y naturales en el país. La lista de personajes despreciados por Burmeister es larga: entre ellos, François Séguin, un confitero del Macizo Central francés, instalado en Buenos Aires desde la década de 1840, quien en 1855 vendió al Muséum d’Histoire Naturelle de París una colección de mamíferos fósiles en 36.000 francos. Atacado por la fiebre fosilífera, regresó al Plata en 1861 para continuar su trabajo ya por encargo de la administración del Muséum, regresando en 1867 con una colección ofrecida en 50.000 francos y que, según el confitero, contenía la prueba de la asociación entre la fauna extinguida y la humanidad prehistórica de las pampas. En Buenos Aires Burmeister le solicitó que, en servicio de la ciencia, le mostrara esos restos humanos pretendidamente antiguos. Séguin, inmutable, empacó y dejó el país. Burmeister llegó a la conclusión de que todo se trataba de un embuste comercial: la divulgación de la aceptación de la antigüedad del hombre en Europa “había dado a conocer al Señor Seguin el gran valor que podían adquirir, y por esta razón trató de aumentar el efecto de su nueva colección, llevando sus huesos fósiles a París e incluyendo entre ellos las primeras muestras del hombre fósil de la pampa”. Burmeister bien sabía de la avidez local por las noticias de Francia, donde por esos años se regulaba el precio de las colecciones. Agudamente, reconocía la relación de la ciencia con el mercado de historia natural, pero también veía que sus agentes, ocasionales o no, estaban al tanto de las novedades científicas de su época.
UN INFATIGABLE EXPLORADOR DE LOS SECRETOS DE LA TIERRA
Por esos años, Ameghino se iniciaba en la colección de animales antediluvianos, similares a los observados en el Museo de Buenos Aires. Un curioso más de la zona de Mercedes, uno de los tantos proveedores de los museos metropolitanos. Gracias a los contactos de Antonio Pozzi, el taxidermista genovés del Museo Público, envió un esqueleto de “hombre fósil” al Museo de Milán. Por entonces no tenía intenciones de dedicarse a estos temas, pero para el año 1873 había entrevisto la posibilidad de una carrera en este ramo. En un itinerario profesional recurrente entre los hijos de los artesanos y los pequeños comerciantes, Ameghino supo aprovechar la oportunidad de vivir en un territorio rico en fósiles, orientando sus actividades en función de las perspectivas de ascenso social que le ofrecían esas circunstancias y su red de relaciones. En esa faena, empezó a recortar los diarios, a registrar sus cartas y huesos, a guardar unos y otras.
No era el primero ni sería el último: Goethe y varios otros se habían archivado a sí mismos para aliviarle el trabajo a la historia. Quizá supiera de ellos. A fin de cuentas, había estudiado en la Escuela Normal de Preceptores de Buenos Aires, cuyos estatutos provisorios de julio de 1865 establecían que en el primer año, además de lectura, caligrafía, rudimentos de historia sagrada y argentina, métodos de enseñanza, la Constitución del país y de la provincia de Buenos Aires, había de aprenderse aritmética comercial y teneduría de libros. En el segundo año llegarían la historia universal, las nociones de astronomía para la inteligencia de los mapas, la geografía americana y general, la geometría para el dibujo, gramática del idioma nacional, elementos de psicología, lógica y retórica, además de “composiciones escritas sobre las materias estudiadas, ejercicios en el género epistolar, en comunicaciones oficiales, informes, cuadros estadísticos, sinópticos y otros semejantes”.
Las formas de la comunicación a través de memorias y cartas, los modos de presentar la información y los datos de manera clara y visual se hicieron carne en el preceptor de Mercedes. Para resolver sus necesidades de coleccionista, Ameghino recurrió a las prácticas comerciales y administrativas de su formación normal. Con paciencia y buena letra, empezaría a organizar el archivo de sus pasos y el itinerario de sus huesos, incorporando, en ese registro, los de los vecinos y comportándose como el secretario de una institución interesada en llevar la memoria de sus acciones, las entradas y las salidas de sus huesos y papeles. Gracias a ella sabemos del intercambio con el veterano agrimensor Manuel Eguía, uno de los antiguos miembros de la comisión que organizó el Departamento Topográfico, aficionado a la lectura, a la historia natural y a la meteorología, ya sin fortuna y a punto de perder la vista. Eguía había participado de innumerables diligencias de mensura y conocía el territorio de la provincia como pocos. Compartían el entusiasmo por el llamado hombre de Menton: dos esqueletos humanos descubiertos en 1872 en la gruta de Baoussé-Roussé, en el sur de Francia, y en la Liguria, cerca de Niza. Un hombre en posición de descanso, con sus adornos, armas, brazaletes y collares de dientes y caracoles agujereados, piedras calcinadas y carbón, junto con restos de lobos, ciervos, rinocerontes, mostraba la enorme antigüedad del hombre en la mismísima tierra de los Ameghino. Mediante los consejos y libros prestados por Eguía –principalmente la obra de Burmeister–, Ameghino se animó a clasificar los huesos hallados en sus excursiones. Seguro de haber dado con una especie nueva de gliptodonte, se atrevió a recomponer las partes faltantes y a interpretar los usos y orígenes de las cosas atesoradas: un incisivo humano, un fragmento de mandíbula inferior, un hueso ilíaco, cuatro vértebras, cuatro costillas, fragmentos de las manos y el pie, carbón vegetal y un cuerno de ciervo con huellas hechas por un ser inteligente, un pulidor de piedra y huesos carbonizados. Retribuía la generosidad del anciano con coprolitos y otros desechos sin olor. Eguía muy probablemente le diera indicaciones acerca de cómo observar, o quizá fue en la lectura de los hallazgos franceses donde aprendió que las cosas se disponían en estratos, como los renglones de los cuadernos de papel.
A partir de 1875, Ameghino empezó a describir sus objetos distribuidos según las características de las capas del terreno y de su frecuencia en ellos. Asimismo, repetía con admiración las discusiones e ideas de Burmeister y, al hacerlo, caía en las trampas tendidas por el futuro gobernador de Chubut, Luis Fontana. Este, en su época de preparador del museo, le había hecho creer a su jefe que los gliptodontes estaban cubiertos en el dorso y en la panza por “corazas óseas que alcanzaban a tener hasta dos pulgadas de espesor”. Ameghino lo repetía, ignorando que Burmeister había corregido su error y despedido al insolente.
Tanto fue su empeño fosilífero que, en junio de 1874, varios periódicos reportaban que un joven del pueblo de Mercedes, “conocido allí por su constante afición a los estudios jeológicos y de historia natural”, había encontrado en una de sus excursiones una especie llamativa, con señales de estar recubierta por una carapaza huesosa, circunstancia hasta entonces desconocida. Se trataba de un ejemplar de un animal cuyas primeras noticias se debían a Peter Lund en Brasil y a Charles Darwin en el este de Buenos Aires. Se lo conocía como Scelidotherium y había sido descripto por Richard Owen en Inglaterra. Era extraordinario, el único completo de su tipo. Con este esqueleto, colocado en exhibición, Ameghino principiaba su colección. Algunos diarios anunciaron la probable visita de Burmeister a Mercedes. Quien llegaría para examinar el sitio de hallazgo de un supuesto hombre fósil sería, en cambio, Giovanni Ramorino, una conexión allanada por la afinidad genovesa. Lombardos y franceses, tanto en Europa como en América, estaban interesados en la posibilidad de establecer una rama argentina de la arqueología prehistórica, cuyos hallazgos se sucedían en el espacio geográfico de los Alpes mediterráneos. Gracias al dialecto se reencontrarían en las pampas, donde, a pesar de no poder recrear las cuevas y el mar ligur, recompondrían vínculos y proyectos. Ramorino practicó excavaciones con Ameghino y planificó proseguirlas “de modo formal”.
A sabiendas de las diversas colecciones vendidas en el pasado al Muséum de Historia Natural de París, Ameghino, en octubre de 1875, le escribiría al zoólogo Paul Gervais, profesor de la cátedra de Anatomía Comparada, preguntando por el paradero del hombre fósil de la colección de Séguin. Le pedía, además, varias cosas: la primera, una descripción de los objetos para adjuntar a la publicación que preparaba sobre la antigüedad del hombre en las pampas argentinas; la segunda, si podía preguntarle a Séguin –siempre que viviera– por la procedencia exacta de sus hallazgos para poder emprender nuevas excavaciones; la tercera, si en el siguiente número de su revista, el Journal de Zoologie, podría incluir la noticia de sus descubrimientos y el anuncio de la obra en preparación. Gervais, en sus inicios, había sido hostil al transformismo, adepto a una creación progresiva de los seres vivos; sólo sobre el fin de su vida –es decir, en los años del intercambio con Ameghino– admitió, pero apenas a título de hipótesis, una cierta forma de evolución lenta de las especies, una posición bastante cercana a la sostenida por Burmeister en Buenos Aires. Siguiendo la costumbre de dar a conocer las cartas de los corresponsales de las partes más remotas del globo, Gervais cumplió con esta parte del pedido.
Ameghino, a través de Pozzi que viajaba a Europa, le escribiría en los mismos términos a Antonio Stoppani, uno de los principales promotores de los estudios prehistóricos, responsable de las colecciones paleontológicas y geológicas del Museo de Milán. Le contaba, en italiano, los mismos detalles que a Gervais, agregando una de las ideas por las que se lo recuerda hasta hoy: a raíz del hallazgo de sílices y de huesos trabajados dentro de la coraza de un gliptodonte, Ameghino pensaba que, a falta de cavernas, los hombres antiguos de la pampa habrían habitado dentro de estos caparazones gigantescos. Como a Gervais, le solicitaba la descripción del esqueleto que él mismo había remitido.
Ameghino guardó las copias de estas cartas y, dedicado a compilar las noticias de los hallazgos prehistóricos rioplatenses, armó una carpeta de recortes de periódicos, moviéndose de acuerdo con las novedades que se iban publicando. Los hombres coleccionaban objetos, pero las cosas también reunían –y desunían– personas. Así, al leer en La Libertad de Buenos Aires que en diciembre de 1875 cerca de Bosque Alegre, en la falda oriental de la sierra de Córdoba, unos señores habían descubierto huesos humanos antediluvianos, los contactó, explicándoles cuánto le interesaba ese tipo de descubrimiento. Si, como decía el periódico, su extracción era fácil, les solicitaba remitir en una cajita a Ramorino los huesos de la cabeza. Se trataba de un favor a la ciencia, de cuyo transporte y costes él se haría cargo.
La colaboración con Ramorino produjo más frutos: a partir de su visita a Mercedes, el periódico La Aspiración se puso a disposición. Se trataba del primer diario de la mañana del interior de la provincia de Buenos Aires, complementado desde 1876 con el diario La Reforma, que en 1877 trasladó su redacción a Chivilcoy. Ambos estaban dirigidos por Luis A. Mohr, un antiguo guerrero del Paraguay que luego se haría conocido por su defensa de los derechos de la mujer. Mohr, nieto de Francisco José Mohr, primer cónsul prusiano, exsocio de la casa Mohr & Ludovici, comerciantes de Buenos Aires, ofrecía difundir gratuitamente la obra de ese educacionista que invertía el poco dinero obtenido de su trabajo en una ciencia combatida “por la vulgaridad y el egoísmo de los sabios”. Que, a la hora de la verdad, no era tanto: en noviembre de 1875, “por sus investigaciones científicas, por su contracción y anhelo en la investigación de los secretos de la ciencia paleontológica”, recibía una mención honorífica en el primer concurso y exposición de la Sociedad Científica Argentina reunida en el gabinete de Física del Colegio Nacional de Buenos Aires.
La Aspiración, poco después, anunciaría un “descubrimiento importante” en la cañada de Rocha, afluente del Luján: un “paradero de hombres prehistóricos, de una época muy remota”. En quince días de excavaciones, Ameghino había encontrado más de doscientos cincuenta pedazos de antiguos vasos y utensilios de barro, cincuenta instrumentos de piedra y hueso en forma de puntas de flecha, punzones, cuchillos y raspaderas, cuarenta cuernos de ciervo trabajados por el hombre, un millar de huesos largos y más de cinco mil huesos de diversos animales, muchos de ellos rotos longitudinalmente para extraer la médula. Mamíferos, reptiles, pájaros y pescados, un centenar de cráneos y mandíbulas de ciervos, guanacos, armadillos, perros, zorros, vizcachas, lagartos mezclados con cenizas, carbón, huesos quemados y conchillas. Además, había un mustélido y un caballo de pequeña talla, ambos extintos. Estas noticias, gracias a los contactos de Mohr, prontamente aparecieron en los diarios de Buenos Aires. Otro inspector de escuelas, el señor Timoteo Fontova, atraído por el asunto, escribió planteando, palabras más, palabras menos, las mismas preguntas que Ameghino les hacía a sus corresponsales cordobeses: ¿es cierto el hecho, o no? ¿A qué distancia se encuentra del pueblo el sitio con las osamentas? ¿Cómo se llega, qué medios de locomoción hay disponibles? ¿Hay huesos de hombre? ¿Se permite estudiarlos? Quería ir a verlos un domingo, su día libre. Ameghino le contestaba desde la casa familiar de Luján –era verano y estaba de vacaciones, instalado con sus padres y con Juan y Carlos, sus hermanos menores, quienes lo ayudaban en sus excursiones–: las noticias de los diarios eran ciertas; el sitio estaba a una legua de la villa y se podía llegar a caballo o en carruaje; los objetos, guardados en Mercedes, a disposición.
Poco antes, un amigo de Buenos Aires lo había visitado, maravillado por esas “curiosidades” que en Europa se pagarían a peso de oro. El joven tenía condiciones para sabio, se pasaba tres días en el agua con peligro para su salud, para extraer del fondo del lodo los restos de algún animal antediluviano. Con perseverancia y una fe inspirada por la ciencia, había conseguido descubrir cuarenta especies completamente desconocidas.
Donde ningún ojo profano descubre nada, él ve un vestigio, un utensilio, un arma, un esqueleto prehistórico. Así ha podido armar más de veinte esqueletos de mamíferos que causarían la delicia y el éxtasis científico de Burmeister. Así ha podido coleccionar más de mil ejemplares de sílex trabajados, pertenecientes a la edad de la piedra. Así ha podido remitir a la Sociedad Científica Argentina, la más rica colección de instrumentos de hueso que existe en el país, con la cual prueba la existencia del hombre fósil, en esta parte del mundo llamada nueva, y que la palabra inflexible de la ciencia, viene a revelar que quizás es la más vieja.
Se trataba de un joven muy modesto, muy sencillo y, sobre todo, muy estudioso, tanto que los mozos de su edad juzgaban su despreocupación por infelicidad y lo saludaban con una sonrisita de lástima.
En abril de 1876, estimulado por sus hallazgos, la prensa y Ramorino, Ameghino presentaría a la Sociedad Científica otra memoria sobre El hombre cuaternario en la Pampa para demostrar la convivencia, en las pampas argentinas y en una época geológica anterior a la presente, del hombre cuaternario con los animales colosales cuyos restos ornamentaban los museos de Europa y América. Se basaba en el examen de los huesos animales con huellas humanas, los pedernales tallados, el carbón vegetal, la tierra cocida y los fósiles humanos. Ramorino, sin embargo, no pudo cumplir con su promesa de defenderlo: enfermo, se iría a morir a Génova. Ameghino, con sus protectores débiles o al borde de la muerte, envió “todas las clases de pruebas” para que hablaran por sí solas.
La Sociedad Científica Argentina era el tribunal para los hallazgos de carácter dudoso, como el realizado por los hermanos Breton, unos franceses de la provincia de Buenos Aires que desde 1866 proveían de fósiles al Museo Público y también sostenían contar con restos del hombre fósil de las pampas: una punta de flecha, extraída en presencia del juez de paz de Luján y otros testigos, quienes certificaban haberla visto asociada a los restos de otras épocas. Florentino y sus hermanos no tardaron en visitar el lugar pero sin pedir permiso a los descubridores: poco después, el mismo juez de paz habría de imponerle la abstención de excavar en esos parajes marcados por el “señor Greton”. El derecho consuetudinario zanjaba la propiedad de los hallazgos frente a esta intromisión que pasó por encima de las reglas de cortesía que Ameghino bien conocía y hacía valer para sí mismo.
VIRTUDES FÓSILES
Mientras tanto, en Mercedes, buscar fósiles se había combinado con el orgullo y la creación de un héroe local. La Aspiración anhelaba la celebridad científica de la ciudad y publicitaba La antigüedad del hombre en las pampas argentinas, una obra en preparación, con veinticinco capítulos, dos volúmenes y más de setecientas láminas con las armas y los instrumentos encontrados por el autor, cuya vida de penurias también promocionaba. En el invierno, La Prensa de Buenos Aires había recogido una noticia de un diario de la ciudad del preceptor: una desagradable aventura sufrida en las excursiones campestres y los paseos solitarios de aquel “infatigable explorador de los secretos de la tierra”. Estando ocupado en sus tareas, como a dos leguas de la ciudad y sobre la otra banda del río Luján, fue sorprendido por tres individuos, que a pie y de una manera hostil cayeron sobre él. Completamente desarmado, no tuvo otro recurso ni medio de ponerse a salvo que el de arrojarse al agua, en un río de márgenes fangosas y profundas. Gracias a que los bandidos no se animaron a zambullirse y a su “presencia de ánimo, resolución y habilidad”, se escurrió de las garras de los asaltantes. La Prensa lo felicitaba por tan hábil escapada y le recomendaba ser más previsor en el futuro.
Esas virtudes coincidían con la campaña de otros diarios de la capital –muchos de ellos mitristas– en pos de la formación de una generación joven “austera, sencilla, laboriosa y educada al amparo de los sanos principios de la moral” para enfrentar la decadencia propia de esos días tristes de la patria. Las ciencias naturales y físico-matemáticas aparecían como el ancla para evitar el desbande. El furor del lujo seducía al niño desde que comenzaba a salir a la calle, y muchos padres hacían de los niños de escuela caballeros de salón, caballeritos que tomaban a la universidad como mero instrumento de socialización, continuada luego debajo del Cabildo. Varios editoriales denunciaban: “Marchamos a vapor en pos de la fortuna terrenal”. A pesar de que “nuestra juventud consagrada al cultivo de la ciencia y de las letras, se encuentre al corriente del movimiento europeo, sea por el órgano de varias asociaciones, sea directamente, posee las revistas y libros que diariamente aparecen en Ultramar en los idiomas inglés y francés”, la triste realidad mostraba cómo, cada día, se reducía más y más el número de los que amaban la ciencia y la literatura. Con pesar señalaba que la suscripción pública a los Anales de la Sociedad Científica sólo había producido “ONCE SUSCRITORES espontáneos”; los demás eran de compromiso, “llevados por los socios que invocaban la amistad al afecto, y aun así mismo no pasan de ochenta”. La Prensa no dejaba de subrayar: “Y cuidado que en la Sociedad hay personas respetables, notables e influyentes”. Distribuida gratuitamente entre ciento treinta socios y ochenta suscriptores, el resto de la edición de quinientos números circulaba fuera del país. La biblioteca de la Sociedad, bastante rica en autores locales e internacionales, en todo 1876 había tenido un solo lector de la universidad a pesar de haberse gestionado un permiso especial para que se le franqueara el acceso a sus estudiantes. El busilis de todos los males: en Buenos Aires no se lee… o se leen novelas, o la manteca rancia de los novelones españoles, de los mercachifles de la literatura. Y, curiosamente, el diagnóstico los incluía: dada la masa de población, los mismos diarios eran poco leídos. Nadie reparaba en que, dada la enorme cantidad de periódicos, un individuo alfabetizado difícilmente pudiera comprarlos o leerlos todos. Con el entusiasmo redentor de las ciencias, La Prensa tampoco reconocía que la nueva generación de jóvenes naturalistas nacía modelada por ella misma, según las reglas de esa sociabilidad de caballeros enrolados en la tarea de construir una reputación a través de su afiliación política o a una facción.
En un marco hostil al catolicismo del presidente Avellaneda, La Prensa también le recordaba al clero que “el descubrimiento del hombre, vulgar e impropiamente llamado fósil, que vivió hace ochenta o cien mil años”, no era un ataque a las creencias religiosas y que “el esqueleto de una generación antigua como la tierra habitable”, tarea en la que se desvelaban Moreno, Zeballos y otros jóvenes, no debía maltratarse en los programas de las escuelas públicas o particulares. Sin embargo, cuestionaban el pesimismo de un suelto de la mañana, convencidos de que “mucho se avanza cuando en la sociedad hay más de un diario empeñado en dirigir las masas hacia el buen derrotero. ¿Cederá vencida la prensa por la mala dirección que lleva la juventud en sus estudios elementales que tal vez deciden de su porvenir intelectual?”.
La Tribuna se sumaba a esta misión, destacando que “hoy la ciencia y la poesía han celebrado alianza ofensiva y defensiva para las grandes cruzadas del progreso humano”. La influencia de la pasión de la ciencia “curará en parte a las generaciones argentinas de los paroxismos de la pasión política. Hay enfermedades que se curan, provocando otras nuevas”. La geología, la antropología, la paleontología ya descollaban en el pensamiento argentino y, de vez en cuando, aparecían trabajos notables que revelaban una decidida vocación. Francisco Moreno había penetrado en las regiones australes, recogiendo datos y ampliando con sus descubrimientos las observaciones de Paul Broca sobre la capacidad material del cráneo de las razas humanas. “El fanatismo de las grandes causas es contagioso. El fanatismo de Moreno, está haciendo prosélitos.” Y así cada periódico empezaba a construir el centro de propulsión de esta nueva cruzada, al punto tal que La Creación, un libro de juventud de Burmeister, se volvía una obra superior al Kosmos de Humboldt y su autor, el maestro de una generación de jóvenes argentinos en la que, por supuesto, no faltaba Luis Fontana.
A pesar de que no se leyera, en la Argentina se publicaba. Y mucho. Para enterarse de los avances de la arqueología prehistórica o la arqueología americana, se avanzaba sólo con hojear los diarios. Así La Libertad –probablemente con textos redactados por Zeballos– resumía los resultados y publicaciones de los americanistas, reunidos en Nancy en 1875 y en Luxemburgo en 1877, los avances en la interpretación de los manuscritos mexicanos sobrevivientes a la conquista y la memoria de Théophile Bermondy sobre los grandes y hermosos patagones, los miserables y asquerosos fueguinos y los peculiares araucanos, dedicados especialmente a la agricultura, distintos de los anteriores tanto en lo moral como en lo físico. El Correo Español, por su parte, había publicado varias columnas con un estudio paleontológico sobre aquel “hombre pre adámico de Mentón” admirado por Eguía y Ameghino. Reportaba los hallazgos de restos humanos en grutas y terrenos de gran antigüedad, determinada por las especies de árboles y plantas, los esqueletos fósiles y las hachas de sílex que los acompañaban. De veinte mil a veinticinco años. ¿Cómo se podía estimar ese tiempo transcurrido? Nada más fácil: existió en los siglos remotos un animal muy notable, contemporáneo del hombre, llamado mamut, y las pruebas de que el hombre vivió en los mismos siglos que este paquidermo son numerosas. ¡Hasta grabados tenemos de los tiempos de entonces! Mucho más grande que el elefante, cada mamut debía de vivir por lo menos dos o tres siglos. Eran tantos los restos que había de ellos en Siberia que los siglos se hacían incontables, la imaginación quedaba estupefacta de sólo intentarlo. Y en esas eras, en las pampas, vivían el gliptodonte y el megaterio, cuyos esqueletos nos miraban desde el Museo de la ciudad de Buenos Aires.
La pasión por las grutas prehistóricas como las de Menton, descubiertas gracias al tendido de la línea férrea que en marzo de 1872 conectó Marsella con Ventimille, prendió entre los genoveses del Río de la Plata. Sin embargo, la naturaleza pampera, esquiva a las montañas y a los abrigos, no colaboraba: los fósiles y las piedras aparecían desprotegidos, a merced del humor variable de sus ríos y arroyos. La Banda Oriental, con su cercanía a los afloramientos de Brasil, tendría mejor suerte: en 1877 el boticario genovés Mario Isola exploraría la caverna conocida como el palacio subterráneo de Porongos, a unos doscientos cincuenta kilómetros de Montevideo. Isola –que supo aplicar la química a ingeniosas invenciones tales como una fórmula del cloroformo, la promoción del alumbrado público por combustión de gases y la explotación del oro en Tacuarembó– leía las noticias y las transformaba en realidad. El “palacio”, para él, se trataba de un edificio, un monumento de la antigüedad uruguaya, construido por excavación o perforación, terraplenado, con columnas con base y capitel, arcos que tendían a la forma semigótica. Para recorrerlo apeló a la luz magnesiana, producto de sus talentos, e indagó entre los pobladores: una respetable anciana de ciento nueve años de edad, propietaria de ese campo, aseguraba que en su juventud, en los tiempos de la yerra, el palacio era el punto donde se festejaba, con el mate, el asado con cuero y los pastelitos, una fiesta campestre, que concluía con los tristes de las guitarras, que en ese monumento retumbaban de un modo particular. Sus abuelos, como los antiguos soldados de la Independencia y otros vecinos, recordaban que en tiempo de los charrúas ese palacio ya existía. Varias personas inteligentes lo habían visitado con el objeto de cerciorarse de su origen: algunos lo atribuían a la naturaleza; otros a los grandes trabajos de minería practicados por los antiguos españoles. Isola, en cambio, opinaba que se trataba de una obra defensiva de los indios yaros, semejante a las de un confluente del Amazonas. Su situación cercana a las fuentes de agua, en una zona protegida del pampero, y el hallazgo de geodas similares a las encontradas en la década de 1860 en el abrigo de la Magdalena, en la Dordoña, le sugerían el origen remotísimo de esta cripta o catacumba, foro o asamblea, templo ergástula, o quizá postrer baluarte y asilo de una raza mucho más civilizada que las tribus nómades de la conquista española. Isola pedía al gobierno promover la excavación ordenada del portento, “que puede dar tan importante contribución a la arqueología del Uruguay, a la antropología de sus razas extintas y aún quizás de las misma paleontología y a la historia del hombre prehistórico”. La Reforma de Mercedes reprodujo esta noticia del genovés de la otra banda, quien, por su parte, la dio a conocer en los diarios orientales y costeó la publicación de un folletito sobre sus investigaciones en la cueva.
Ameghino, acordando con esta interpretación, la incluiría en sus Noticias sobre las Antigüedades Indias de la Banda Oriental, un folleto de 1877 surgido de la imprenta de La Aspiración con las primeras fotografías de objetos prehistóricos tomadas y editadas en la Argentina. Realizadas por Pedro Annaratone, rematador y fotógrafo de Mercedes, estas láminas de los objetos de piedra de la Edad Neolítica se agregaron pegadas a las hojas del folleto (Fig. 1).

Figura 1: Fotografías de Pedro Annaratone publicadas en Noticias sobre las Antigüedades Indias de la Banda Oriental (cortesía de Roberto Ferrari).
Eran el resultado de un viaje realizado a fines de 1876, luego de la visita de Osuna, estimulado por el ingeniero francés Octavio Nicour, con quien se había encontrado en Mercedes y quien le había proporcionado bibliografía y datos sobre la otra orilla del Plata. Nicour había estado a cargo de la construcción de represas y terraplenes en Mendoza y San Juan y, como buen ingeniero, estaba familiarizado con los hallazgos prehistóricos: las obras de remoción de tierra a raíz del tendido de vías férreas y la construcción de caminos, puertos y edificios lo transformarían en coleccionista o en proveedor de piezas para otros. Asimismo, el entrenamiento en la observación de la estructura geológica de los suelos le permitía reconstruir la posición de los objetos en su lugar de descubrimiento. Nicour le brindó detalles sobre las cuevas cavadas en las rocas y en forma de horno, una verdadera ciudad troglodita hallada en los Andes, y sobre la geología y los yacimientos de objetos antiguos de la Banda Oriental. Cerca había bancos de conchas marinas de una potencia bastante considerable: podría ser que entre estos y las piedras de las cercanías hubiera alguna relación, contándole entonces de los depósitos llamados Kjökkenmöddings de las costas de Dinamarca, pequeñas colinas compuestas de valvas de caracoles acumuladas por el hombre. Por esta analogía, Nicour atribuía los hallazgos uruguayos a tribus indígenas pescadoras e interpretaba la enorme cantidad de bolas entremezcladas como plomadas para las redes. Nicour, además de ponerlo al tanto de estas novedades, le regaló algunos especímenes.
Convencido y con varias cartas de recomendación obtenidas en Buenos Aires, Ameghino partió hacia Uruguay, donde recolectó los objetos con los cuales definió la etapa más reciente de la prehistoria: el Neolítico o edad de la piedra pulida. Para ello comparó los objetos orientales con las figuras publicadas por Sven Nilsson, Charles Lyell y John Lubbock en las versiones francesas de sus obras y con las descripciones de los prehistoriadores Gabriel de Mortillet, Émile Sauvage, el español Juan Vilanova y el divulgador francés Figuier. Ameghino, dominando la cuestión, se preguntaba: en presencia de tantos vestigios de una civilización extinguida de un extremo al otro del continente, ¿qué relación hay entre la Banda Oriental, Catamarca, San Luis, Brasil, California, Nueva Granada, México, Yucatán, el Titicaca y otros puntos de América? La prehistoria no podía limitarse a las fronteras de un país; necesitaba la reunión de datos en una escala temporal y espacial descomunal, una tarea que recién empezaba.
Mientras tanto, la comisión directiva de la Sociedad Científica solicitaba a Zeballos y a Moreno un informe para juzgar la memoria sobre el hombre cuaternario o la antigüedad del hombre en el Plata. Estaban abiertos a la cuestión, ya planteada por Peter Lund en Brasil. Los sedimentos de las cavernas europeas y Minas Gerais habían actuado como sustrato seguro para la asociación entre animales fósiles y seres humanos; los terrenos de las pampas, en cambio, todavía no habían arrojado las claves para una lectura no conflictiva de su historia: “la naturaleza del terreno llano y generalmente uniforme no permite con frecuencia el estudio de sus capas inferiores”. Por otra parte, se conocía “la existencia de cavernas con restos humanos en varias provincias del Interior y especialmente en San Luis, donde se han hecho descubrimientos de este género en 1875”. Se referían a los restos de guanaco encontrados en la caverna de Intihuasi, cuyo fondo estaba cubierto por una capa de estiércol. De allí procedían los huesos rotos por las manos de ese hombre primitivo que, a falta de fuego, comía la médula cruda. En junio de 1876 la comisión aconsejaba aplazar el juicio: “Otros descubrimientos análogos no dieron los resultados que esperaban sus autores. Por esta razón, y por la naturaleza del terreno visitado por uno de nosotros, en que ha hecho sus investigaciones el autor de la Memoria, opinamos que no debe considerarse resuelto el problema hasta que no se haga un estudio fundamental y detenido sobre los objetos encontrados. En Europa se ha agitado también durante largo tiempo la cuestión del hombre fósil, y sólo después de maduras observaciones y profundos estudios se ha arribado a una conclusión definitiva como la que busca el señor Ameghino”.
Este los invitaría a visitar los yacimientos, reflexionando sobre las excavaciones metódicas realizadas con “constancia, paciencia y esmero”. Por otro lado, no tenía testimonio de la visita mencionada, sospechando que alguien les había indicado un punto incorrecto y datos falsos. “Nada tiene de extraño que personas sin conocimientos en la materia no hayan hallado objetos trabajados por el hombre”, afirmaba, haciendo de la experiencia de campo, y no del gabinete, el espacio donde se adquirían las prácticas de observación y las destrezas necesarias para llevar adelante estas ciencias. Los invitaba a explorar en su compañía los sitios adecuados, prometiendo extraer de la tosca cuaternaria del río Luján –en su presencia y “sin hacerle esperar muchas horas”– “a lo menos veinte fragmentos por cada metro cúbico de terreno removido”.
Ameghino tenía razones para estar sorprendido: Zeballos y Moreno, antes de expedirse, lo habían contactado al leer las noticias en la prensa. Zeballos había demostrado interés y ofrecido comprar algunos objetos con destino a su colección particular ya que, además de fomentar el de la Sociedad Científica, estaba armando otro pequeño museo como aficionado, donde había reunido una bonita colección que no estudiaba ni describía por falta de competencia. Ameghino le regalaría una cajita con cráneos incompletos, huesos largos partidos, fragmentos de alfarería y piedras talladas de la cañada de Rocha, restos de un pueblo mucho más antiguo que el hallado por los conquistadores. No podía satisfacer el pedido de enviarle un cráneo entero –la debilidad de Zeballos– porque, de los cien obtenidos, estaban completos solamente uno de perro y otro de un ciervo. Zeballos –perseguido en esos días por la policía– respondió tardíamente, acusando recibo y transcribiendo estas noticias en La Libertad, el periódico donde colaboraba. Por su parte Moreno, como director del Museo Antropológico, le expresó, a pesar de diferir con él en algunas de sus opiniones, el deseo de visitarlo y estudiar su colección. Zeballos y Moreno nunca cumplirían con lo prometido, y la Memoria pareció diluirse en la nada.
Por otro lado, en marzo de 1877 Ramón Lista, quien también quería ganarse un lugar en la cuestión, publicaba un escrito sobre el hombre fósil argentino, señalando que “la autenticidad de estos descubrimientos es muy sospechosa si se atiende a la condición de los descubridores”. Este “hombre joven que piensa como un hombre maduro”, nieto de guerreros de la Independencia y protegido de Burmeister, se refería a los hermanos Breton y traía a colación las opiniones sobre la relativa modernidad de los restos de las industrias indias de la Edad de la Piedra y del Bronce, pertenecientes, según Lista, a los aluviones modernos, anteriores a la conquista. Lista había visitado cursos de ciencias en Europa gracias a su fortuna familiar y se estaba dedicando a los paraderos querandíes de la provincia de Buenos Aires. Contaba con una colección particular obtenida a través de amigos y en sus excursiones, y proponía clasificar los objetos en dos épocas distintas: la prehistórica, anterior a la conquista, y la moderna. Ameghino se indignó en la prensa: “No me habría ocupado para nada del trabajo del señor Lista por no traer nada nuevo […], pero en él se hace referencia a mis trabajos de un modo poco favorable y adulterando la verdad de los hechos”. Con esa respuesta, Ameghino ratificaría su sendero en la polémica como una de las maneras de abrirse camino en la sociedad porteña: “¿Por qué el Sr. Lista no ha bebido en fuentes más claras los datos que deseaba adquirir tocante a nuestros trabajos?”. La respuesta: porque desde el inicio habían sido mirados con desdén o combatidos con armas nada nobles, “hasta se ha llegado a suponer que íbamos guiados por el deseo de efectuar especulaciones indignas”. Todo se volvería “obra de nuestros sabios, egoistas por excelencia”, incapaces de “tolerar que se atribuyan a un ignorante lo que solo ellos se creen en aptitud de poder realizar”.
Los periódicos se regocijaron: la juventud empezaba a empeñarse en los estudios científicos que hasta ahora eran el patrimonio exclusivo de los distinguidos extranjeros. “Hoy dos jóvenes investigadores de los secretos de nuestras formaciones geológicas, se empeñan en un debate interesantísimo. ¿Existe el hombre cuaternario o antediluviano en Buenos Aires? En otros términos, ¿es cierto, como la Iglesia lo pretendió a menudo, que el hombre apenas tiene una antigüedad de cinco a siete mil años, o vivió en Buenos Aires, como en Europa queda demostrado, hace sesenta mil años? Tal es la cuestión.” Pero la cuestión no era esa: la Iglesia no andaba proclamando esa edad o, por lo menos, no en 1877. Sin ir más lejos, el presidente del Comité Internacional de las Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas era un sacerdote católico, aquel abad Stoppani del Museo de Milán, el tío de María Montessori, un íntimo colaborador de los anticlericales más furibundos, con quienes estaba embarcado en la tarea de probar la antigüedad del hombre y la existencia de la prehistoria en un espacio mucho más extenso que Francia y cercanías. Ameghino se peleaba con Lista no por la antigüedad de los restos sino porque se sentía maltratado. Lista y la Sociedad Científica, por su parte, decían que las pruebas no eran convincentes. Si Lista calificaba los hallazgos como estupendos, Ameghino lo tomaba a mal: veía allí un desprecio. Pero La Prensa, interesada en estimular las buenas costumbres y el empeño científico de la juventud, celebraba y también le daba sentido glorioso a la pelea, tanto que los participantes empezaron a creer que lo tenía y a armarse con vista al porvenir. Varios periódicos reprodujeron la polémica:
El Sr. Lista. Dónde se habrá metido este célebre naturalista? Porqué no contesta a Ameghino? Acaso está acopiando datos para pulverizarlo a nuestro amigo? Lo dudamos… mucho!
Se encontró –en el río de Moreno, como a dos leguas de ese pueblo, nuestro amigo Ameghino ha encontrado el cráneo de un Megalonix perfectamente conservado. También anteayer encontró como a dos leguas de esta ciudad, en el río Luján un cráneo que parece de perro; lo mismo, bastante bien conservado. A que no tiene el Sr. Lista, ningun ejemplar, como los que dejamos indicados? A que no?
La pasión de la ciencia no parecía amortiguar la pasión de la política –esa que se malgastaba en explosiones estériles y turbulentas, sin objeto–. La prensa insistía: “Fomentemos esta predisposición del espíritu argentino, no lo desanimemos”. En 1877 empezaban los problemas con los que se inició este capítulo y Ameghino publicaba los resultados de su cosecha uruguaya. Había decidido partir hacia la Exposición Universal de París, la meca de la prehistoria. Empaquetó sus colecciones y cruzó con ellas el Atlántico. Aquel padre de familia, finalmente, había tenido razón: a este joven, como a unos el alcohol y a otros tantos la política, lo consumía otro vicio, menos difundido pero no por ello menos contagioso: la fiebre fosilífera de las pampas.
Capítulo 2
Un argentino en París
Ameghino partió a inicios de marzo de 1878. La travesía pasaría sin tiempo ni oportunidad de extrañar: a bordo había pan, frutas y verduras frescas, bueyes, vacas, carneros, puercos, pavos, gallinas y una carnicería donde todos los días se carneaban los animales necesarios para alimentar a la tripulación y al pasaje. Hacia fines de mes desembarcaba en Marsella para seguir hacia París en tren, donde arribó luego de dos días y una noche. En la estación lo esperaba José Larroque (o Joseph Larroque), un vecino de Areco que había prometido acompañarlo y acogerlo en la casa que había alquilado amueblada y por todo el año, en el número 32 de la Avenue Millaud (hoy Rue Crémieux), calle abierta en 1858 cerca de la Gare de Lyon gracias a los negocios inmobiliarios de Moïse Polydore Millaud, el gran empresario de la prensa francesa del siglo XIX. La llamada cité Millaud estaba compuesta por una treintena de casas pequeñas, destinadas a los obreros (petites maisons à loyers économiques), (Fig. 2). Contaban con un subsuelo, donde se encontraba la cocina, y tres pisos con seis piezas amplias. Estaban provistas con agua y una amplia escalera. Sin conserje, sin vecinos, cada locatario, por unos 700 francos anuales, se volvía su propio dueño. Amplias, cerca de la plaza y de la estación de la Bastilla y de la conexión férrea con Marsella a través de Lyon, eran ideales para convivir con los huesos de la pampa. Además, estaban a un paso del Jardin des Plantes, los laboratorios y cátedras del Muséum de Historia Natural y las colecciones de fósiles más completas del orbe. Para llegar, bastaba con pasear por uno de los escenarios de los enfrentamientos de la comuna de París de 1871, caminar unos diez minutos hacia el Sena y cruzar el puente de Austerlitz. Del otro lado, a la derecha, el gran parque del museo, veintitrés hectáreas, con su ménagérie, jardín botánico y edificios donde trabajaban y vivían los profesores y sus familias.
Desde principios de siglo, el Muséum atraía corresponsales de todas partes del mundo, dispuestos a cambiar huesos por dinero u honor. No sólo eso: hasta los inicios del siglo XX, ofreció cursos para naturalistas viajeros, prestos a colocar sus ahorros y a ofrecer los resultados de la cosecha al mejor postor. La compra y venta, la inversión en huesos y libros, el aprendizaje de las reglas de clasificación y de la observación de los caracteres para distinguir las formas de un fémur, un cráneo o un diente conformaban las prácticas de la paleontología decimonónica, estructurada en múltiples espacios y personajes. Ameghino ya era uno de ellos, pero ahora, en París, se compenetraría en ese ramo del comercio cada vez más próspero: el de los gabinetes o comptoirs de historia natural, donde preparadores, libreros, editores, taxidermistas, profesores y artistas se asociaban para vender y promover el gusto por los objetos y el conocimiento de los tres reinos de la naturaleza.

Figura 2: Vista contemporánea de la Rue Crémieux, antigua Avenue Millaud (Foto de Irina Podgorny).
LA EXPOSICIÓN DE PARÍS
La Exposición Universal, realizada entre el 1° de mayo y el 31 de octubre de 1878, esperaba más de 55.000 expositores. Ocupó una superficie de 720.000 metros cuadrados, el cuádruplo de la primera de Londres de 1851. Celebraba la Tercera República Francesa en contraste con la de 1867, convocada bajo los auspicios del Imperio y diferenciándose por una mayor superficie, nuevos criterios de disposición y una arquitectura rectangular frente al diseño concéntrico de la anterior. Adquirió, además, un tono marcadamente laico: la inauguración no incluyó en su programa una misa consagratoria. El clero francés, en revancha, exhortó a no concurrir a esta celebración del materialismo, una invitación rechazada por dieciséis millones de visitantes. Ameghino, allí apersonado sin renunciar a su puesto del colegio de Mercedes, relataría boquiabierto:
París me tiene tan sumamente sorprendido que si me pusiera a contarles todo lo maravilloso que he visto y veo todos los días, tendría para llenar una resma de papel [...] Por ahora les diré que es una verdadera Babilonia. Una ciudad inmensa que tiene más de doce leguas de superficie y para atravesar la cual a pie de un extremo a otro se necesita más de medio día. Tiene edificios inmensos, plazas diez veces más grandes que la de Luján; jardines públicos tan grandes que uno se pierde en ellos; calles anchísimas con hileras de árboles y veredas de 3 y cuatro varas; y un tránsito increíble. Hasta las plazas más grandes y las calles más anchas están constantemente llenas de gente, tanto que se transita con dificultad [...] Los ferrocarriles atraviesan la ciudad por encima de las casas. En fin, el Palacio en que va a tener lugar la exposición y que aún no está concluido es tan grande como tres veces la Villa de Luján. Una vez que uno está adentro, ya no encuentra la salida y se pierde en esa cantidad de salas y salones sin fin en que se ven las cosas más curiosas y valiosas de todo el mundo. Para saber en donde era el lugar reservado a la República Argentina, y que no es chico, tuve que preguntar a más de cien empleados de la Exposición, y ninguno de ellos lo sabía.
El lugar de la Argentina no era pequeño pero sí insignificante frente a la inmensidad de París y su extenso programa de festejos, acompañado de numerosos congresos y acontecimientos científicos. Entre ellos una reunión de mujeres, el congreso geológico y la exposición antropológica, cuyo catálogo se publicó a destiempo por lo que varios países lo incluyeron en sus secciones nacionales, como el argentino, donde figuraba entre los objetos dedicados a la educación y la enseñanza, el material de las humanidades (arts libéraux), la “organización, métodos y material para la enseñanza superior”.
Las colecciones de fósiles y antigüedades de Ameghino estaban destinadas a la Exposición Internacional de Antropología y Paleontología. La Comisión Central Argentina había asumido el costo de transporte desde Mercedes hasta París, negociando el libre transporte en el Ferrocarril del Oeste hasta el puerto de Buenos Aires. En las bodegas de los barcos iban, además, los despachos de otros particulares y las imágenes, los planos y las publicaciones de tres museos oficiales: el Museo del Colegio de Tucumán, el Museo Público y el Antropológico de Buenos Aires. La lista incluía las colecciones de Juan Martín Leguizamón de antropología prehistórica del norte de la república; las vasijas de tierra cocida encontradas en las necrópolis de los indios calchaquíes por Jerónimo Lavagna, párroco de Salta y de la villa de Cachi; dos cráneos de la época de los malones de Pincén coleccionados por el doctor Joseph Roubaud, y las colecciones de mamíferos fósiles de otros franceses radicados en las pampas: J.B. Bonnement, José Larroque –con los huesos de sus estancias de San Antonio de Areco– y Jean Brachet –con mamíferos extinguidos del norte de Buenos Aires–. Llegaron hechas añicos. En París, las Antigüedades Indias del Uruguay se mostraron al lado de las publicaciones de Burmeister, los Anales del Museo Público, la Description Physique de la République Argentine y Die fossilen Pferde der Pampasformation (Los caballos fósiles de la formación pampeana), preparadas para la Exposición de Filadelfia de 1876, ilustradas con cuidadosos grabados e impresas en París o Buenos Aires a costo de la provincia. Roubaud, en otras secciones, presentaba margas del Saladillo y varios vellones de oveja de algunos de sus vecinos. Lavagna exhibía, en el grupo de industrias extractivas (productos en bruto y trabajados), arenas auríferas, piritas del Acay, azufre de La Poma, sal de Atacama, piedra pómez, calcáreos de San Antonio de los Cobres y muestras de oro en pepitas, todos procedentes de la provincia de Salta.
Para los corresponsales de la Sociedad Científica Argentina las colecciones en la exposición antropológica de Portugal y Francia ratificaban la existencia del hombre terciario en Europa. También acogían los documentos presentados por el profesor Whitney de los Estados Unidos sobre el descubrimiento de restos humanos en el Plioceno (Terciario) de Calaveras, California. Aclaraban: “Aunque los que los han hallado no son personas científicas, puede considerarse el descubrimiento verídico, puesto que se encontraban envueltos en un conglomerado perteneciente a esta época geológica (Fig. 3), y que fue sacado en la universidad de Cambridge en presencia de personas competentes. Presentan además, los caracteres de la fosilificación más completa”.
Por el lado de los antropólogos franceses, la exposición antropológica de la República Argentina fue saludada con entusiasmo a pesar de que, por una fatalidad increíble, se le hubiese atribuido un lugar equivocado en el Campo de Marte, mezclada con una colección geológica.

Figura 3: Exposición Universal de París de 1878, Colección de fósiles argentinos (Archivo Histórico del Museo de La Plata).
Armand de Quatrefages, profesor del laboratorio de antropología del Muséum, aprovecharía la exhibición para solicitar que se abrieran las vitrinas de los cráneos argentinos para tomar notas y hacerlos medir por los adjuntos de su laboratorio. Uno de los antiguos protectores de Boucher de Perthes, defensor de la existencia del hombre fósil desde la década de 1850, el antidarwinista de Quatrefages era partisano de la unidad de origen de la especie humana. Las colecciones fueron festejadas como un museo prehistórico en sí mismo. Los objetos eran tantos como imposible enumerarlos; incluían distintas épocas y distintos materiales:
1º Época paleolítica: objetos que permiten establecer la contemporaneidad en la cuenca cuaternaria de la provincia de Buenos Aires entre el hombre y los grandes animales extinguidos; 2º Época mesolítica: objetos extraídos de un paradero humano antiguo en la orilla derecha de la Cañada de Rocha; 3º Época neolítica: objetos en piedra de los antiguos Querandíes, que ocupaban el territorio de la actual ciudad de Buenos Aires; 4º Cerámica de los antiguos Querandíes; 5º Objetos de piedra y cerámica de los antiguos indios Charrúas; 6º Paleontología cuaternaria de las pampas.
Ameghino, sin duda, había leído y observado al detalle las imágenes de las publicaciones francesas e inglesas, disponiendo los objetos según las etapas de la prehistoria europea. La muestra argentina, en su conjunto, despertó numerosas expectativas; entre ellas, la posibilidad de una exposición internacional de antropología y arqueología organizada por la Sociedad Científica en Buenos Aires en 1880. Paradójicamente allí, donde faltaban cavernas y los argentinos veían sólo desventajas, los franceses vislumbraban un territorio menos abierto a la mezcla de razas, donde la arqueología podría llegar a revelar un pasado relativamente simple. El hombre tenía más de cien mil años y sólo se conocían las razas más modernas. Empeñados en buscar el secreto de los orígenes de la humanidad de ese lado del Atlántico, ante los hallazgos sudamericanos se preguntaban si la respuesta final no llegaría desde el sur del Nuevo Mundo.
Mientras tanto, en 1878, Ameghino seguía prisionero de la prensa de Buenos Aires. Dávalos, Lavagna, Roubaud, Moreno y Liberani habían decidido que, al cierre de la exposición, sus envíos en papel o en hueso pasaran a la Sociedad de Antropología de París, dirigida por Paul Broca. En octubre, los ocho o diez cráneos presentados por los tres primeros aún no habían sido entregados, y La Reforma del Plata había publicado una carta dirigida a Paul Topinard, profesor de la Escuela de Antropología de París, donde cuestionaba esta situación. Topinard, en su calidad de conservador del museo y corresponsal de los caballeros argentinos ansiosos por ver reconocido el valor de sus cráneos, se los reclamó a Ameghino explicando que Moreno y Leguizamón, sus corresponsales desde 1876, aparentemente no habían comprendido sus instrucciones. Pronto tendría que anunciar la realización del congreso de Buenos Aires promovido por Zeballos y, sin los cráneos en su poder, debería admitir que aún no los había visto. El asunto estaba adoptando un tono preocupante. Topinard, un experto recolector de cráneos y colaboradores, no quería ofenderlos ni perder a sus informantes. Afortunadamente, todo se encaminó: Moreno y Leguizamón terminaron recibiendo las felicitaciones de Topinard y la lista de las razas cuyos cráneos aún faltaban en París y a las cuales podrían seguir dedicándoles su afán científico. Ninguno dudó de la sinceridad de estos elogios y cada uno publicó su carta en el diario correspondiente. Ameghino, por su parte, le mandó a Zeballos el catálogo presentado: había visto en la prensa de Buenos Aires la noticia sobre la venta de sus colecciones de antropología por dos millones de pesos. Se trataba de un bolazo, un disparate: no había vendido, no había pensado venderla, no la vendería. Se había deshecho de algunos duplicados y de algunos objetos de la parte paleontológica, “que para mí no tienen ningún interés”, habiendo adquirido en cambio numerosas colecciones de objetos prehistóricos de Europa y América del Norte. Como les contaba a sus padres: por los duplicados había obtenido 45.000 francos.
EL MERCADO DE FÓSILES DEL TERCIARIO
Los fósiles habían llegado estropeados. Ameghino abrió caja por caja y se dispuso a restaurarlos. Recorrió los comercios del ramo, compró cola y yeso y reportó los gastos a quienes sustentaban su vida en Francia: un círculo de inmigrantes genoveses y franceses de Mercedes y de los pagos de Areco que lo admiraban y apoyaban a través de su familiaridad con la lengua y los negocios encauzados a través de París. José Larroque le daba alojamiento; Pedro Annaratone, además de ayudarlo con su retrato y con las imágenes de los objetos publicadas en las Antigüedades del Uruguay, le abría un crédito de mil francos. Casimiro Nogaró y Camilo Salomone lo ayudaban financieramente y con consejos de expertos comerciantes. Se sentían orgullosos imaginando las cincuenta mil morisquetas diarias que los espectadores le estarían dedicando en París. Entre ellas, las del holandés Joseph M. Cornély, un celoso promotor de la aclimatación animal y de la cría de aves, a quien Ameghino prometió ayudar a conseguir ejemplares de maras o liebres patagónicas y otros animales del Plata para el Castillo de Beaujardin en Tours. Cornély ofrecía recompensarlo con faisánidos exóticos, como el tragopán sátiro y el de Temminck o el faisán de Swinhoe del Lejano Oriente. Aunque, en realidad, prefería pagar al contado una vez que los animales llegaran a Burdeos. Le interesaban también las tortugas: ya había experimentado con la aclimatación de la tortuga moteada de América del Norte y quería probar con las del sur. Tenía cauquenes y patos picazo, y le consultaba sobre la importación de aguarás guazú, vizcachas, liebres de Mendoza, cuises, carpinchos, vicuñas, alpacas, tapires, ñandúes, chajaes, gansos, patos y la chuña patinegra o Dicholophus burmeisteri. Ameghino quizás haya entrevisto la posibilidad de aclimatar en Tours al homenajeado en esa especie, pero lo cierto es que los libros exhibidos en París, verdaderos catálogos de la fauna y flora americanas, despertaban más de un sueño comercial. Por ello sus protectores de Mercedes, con la experiencia del negociante de ganado, reflexionaban: si Ameghino pretendía guardar para sí la colección antropológica y parte de la paleontológica y, con el resto, hacer hasta 80.000 francos, triplicaban la apuesta. “Deshágase de todo y transfórmelo en dinero.” Con plata se volvería un gran señor, casi infalible,
lo que diga, eso será; y sus amigos Burro maestro, Moreno, etc, bajarán humildemente la cabeza, siendo sumamente fácil que llegue a voltearlos y tomar sus lugares […] Haga dinero, mi amigo, y con él, yo respondo que Ud., en un año se armará de una colección de fusiles tan buena o mejor que la que ahora anda mañereando para no vender. Déjese, pues, de tonterías y recuérdese que en América, a donde le es forzoso volver, el dinero vale más que la honradez, la ciencia y todos los fusiles del mundo.
Con los modos de la venta de vacas y ovejas, preocupados, los genoveses se reunían en Mercedes para discutir el futuro de la carrera del antiguo preceptor:
Venda cuanto tenga, reservándose solamente uno que otro objeto, que deberá traerse en una valijita, que no le abandone nunca. Tenga en cuenta, querido amigo, que si vuelve sin dinero, no volverá a sacar colecciones para sacarlas a tal o cual Exposición, porque se lo impedirán. Tenga presente que, sin dinero, será Ud. “Ameghino” (tal vez menos) de quien se rieron en la Exposición de París. Sepa que, con dinero, será DON Florentino Ameghino, para quien toda persona decente se sacará el sombrero, saludando a diez cuadras de distancia, si a mano viene, y para quien toda persona decente tendrá abierto sus salones. Reflexione además cuán peligrosa y azarosa es la vuelta a esta ciudad, de la mejor parte de su colección; corre riesgo de que un cajón o varios se caigan al mar, de que la chalupa que deberá traerlos desde el buque hasta el puerto de Buenos Aires tenga algún furioso contratiempo que la obligue a desembarazarse de su carga, etc. Sepa también que aquí se come si hay monis y que se ayuna si no los hay; y que si no se los trae de allí, no se los hallará en los ríos o arroyos de Mercedes, siendo además más que probable que si llega a verse obligado a ganarse la vida, no tendrá ni siquiera una insignificante escuela que dirigir. Según decía Ud. antes de su salida, el Dr. Burmeister había dicho que si hubiese conocido la importancia de su colección, no la habría dejado salir del país. Pues bien: parece ahora que esto es completamente falso y corre el ruido de que su colección no vale absolutamente nada. Parece que sus objetos son pura porquería y que no sirven para nada, yendo algunos hasta afirmar que si Ud. los vuelve a traer es con el fin de darse importancia para con sus conocidos y porque el transporte de vuelta no le costará absolutamente nada. Fíjese, pues, cuál es el valor que le dan y la suerte y el honor que alcanzará con sus objetos.
Con estas sugerencias Nogaró ratificaba, por si Ameghino no había entendido, cuál era el medio más potente para construir un nombre para sí y su colección. Venderla, transformarla en circulante, le daba –frente a los argentinos– significado internacional; conservarla implicaba regresar al estrecho circuito de Mercedes, donde los dimes y diretes del mundillo bonaerense alimentaban enemistades y desconfianzas.
Siguiendo estos consejos, Ameghino encaró la venta según un camino conocido y exitoso: desde la década de 1840, París se había vuelto una plaza central para el mercado de historia natural, un camino de ida que enfurecía a Burmeister porque lo despojaba de las piezas para alimentar las arcas del Museo Público, los Anales y su fama. Las exposiciones universales y la expansión del comercio multiplicaron las oportunidades: al ponerlas a la vista de todo el mundo, las sacaban de las relaciones personales y aumentaban la posibilidad y la cantidad de ofertas en este circuito que tenía unos límites bastante estrechos. El mercado parisino, por ejemplo, estaba saturado de fósiles. Lo mismo ocurría con el londinense y su larga historia de provisión a través de los cónsules y de los estancieros de Buenos Aires. El Museo de Milán, por su parte, no disponía de fondos, el presupuesto anual para adquisiciones y la generosidad ciudadana, a la que se había apelado en otras oportunidades, pasaban por sus peores momentos. Además, ya contaba con milodontes, scelidoterios, gliptodontes y ciervos. Los coleccionistas estadounidenses, en cambio, estaban ansiosos por las novedades del Cenozoico sudamericano y dispuestos a llevarse dientes y esqueletos.
En París y Londres abundaban los comercios de historia natural, cuyos preparadores se asociaban a los profesores del Muséum para acopiar y comercializar minerales, fósiles, aves y animalitos embalsamados. Ligadas a ello, proliferaban la publicación y venta de manuales sobre las técnicas para la conservación y el cuidado de bichos, herbarios, huesos y piedras, los profesionales y materiales del embalaje y del despacho y el alquiler de depósitos temporarios para estos objetos en viaje. Sin embargo, los grandes coleccionistas preferían evitar a esos intermediarios, dispuestos a lucrar con las obsesiones de sus clientes y a exagerar los cuidados requeridos por la naturaleza muerta. Las exposiciones universales servían, precisamente, para gestionar estas transacciones sin recurrir a ellos, especializados, por otra parte, en el buscador de adornos o en los gabinetes para la enseñanza en los establecimientos públicos. Esta dimensión económica de la historia natural explica por qué, en el catálogo de la exposición internacional, los fósiles se presentaban en el rubro de los materiales para la educación, una de las tantas ramas del comercio, motor y razón de ser de ella y de los envíos de los franco-argentinos como Brachet, el cual había mandado colas y piezas de gliptodontes, colmillos de mastodonte y varias especies de milodonte. Larroque había viajado con una cabeza completa de tigre, con sus fémures, tibias, peronés, dos omóplatos, rótulas, clavículas, seis vértebras cervicales, dieciséis dorsales, veintiocho costillas, dos calcáneos y dos astrágalos. Al felino lo acompañaban un esqueleto de Mylodon robustus, piezas de mastodontes, megaterios, gliptodontes, toxodontes, “macroquenias” y dientes para repartir: veintidós para los milodontes, uno de megaterio, seis de mastodontes, catorce de macrauchenia, diez de toxodonte, doce de gliptodonte, seis de vaca, cuatro de caballo, uno de oso, otro de cerdo y siete de ciervo. El de Sarmiento no figuraba, por lo menos con ese nombre.
Ameghino quedó a cargo de la instalación de la sección antropológica y paleontológica argentina. Preparó su catálogo y reparó las colecciones de los conocidos. Sin embargo, como no frecuentaba a Bonnement, sus huesos quedaron embalados. En octubre, en vísperas del cierre de la exhibición, le ofreció guardarlos hasta recibir instrucciones, comentándole que devolver los cajones a Buenos Aires equivaldría pasar por otra etapa de molienda y que se hicieran harina. Proponía comprarle los objetos, por los que sólo podría pagarle unos tres mil a cuatro mil francos; o arreglarlos y restaurarlos a costo de Bonnement y venderlos, quedándose con un 30 por ciento del precio de venta, o asumirlos él mismo. En ese caso, la comisión ascendería al 50 por ciento. Ameghino, para que Bonnement no se hiciera ilusiones, le comentaba los precios logrados y, al hacerlo, mostraba para qué servía el catálogo que había preparado y ahora adjuntaba: su colección, la más grande, que ocupaba las fojas 33 a 54, había sido vendida al naturalista Edward Cope por 45.000 francos; la de Larroque, en las fojas 55 a 59, iba al Museo de Filadelfia por 20.000 francos, y la de Brachet, fojas 59 a 64, por 17.500 francos. Ameghino estimaba que la de Bonnement, una vez arreglada, podría venderse a unos 15.000 a 20.000 francos, 22.000 a lo sumo. Bonnement, mientras tanto, había decidido depositarla en consignación chez Charles Barbier, una casa dedicada desde el siglo XVIII al comercio de cristales, piedras semipreciosas, porcelanas, terres de pipe (mezclas para el modelado) y grabados, en un local que, por más de un cuarto de siglo, se alojó en el Palais-Royal. En 1809 se había mudado al número 24 de la Rue des Bons-Enfants, Hôtel du Commerce, pero hacía envíos a toda Francia. Desde 1835 atendía en 3, Rue Saint-Louis en l’Île, donde Bonnement dejó sus guijarros en comisión y Ameghino debió tratar el negocio.
Ameghino, por su lado, había encontrado un buen cliente en Edward Drinker Cope, uno de los teóricos de la paleontología de entonces, anatomista y coleccionista de Filadelfia, que dedicó su herencia a la compra de huesos y a la organización del trabajo de campo en los territorios del oeste y el centro de los Estados Unidos. Su padre había muerto tres años antes y, desde entonces, se había trasladado a dos casas adyacentes, cada una con varios pisos, donde instaló una colección siempre en aumento. En 1875 había publicado “On the general significance of the science of paleontology” junto con la descripción de los vertebrados de las formaciones cretácicas del oeste norteamericano. En 1878 Cope, que concebía la paleontología como una ciencia exacta, con leyes o generalizaciones obtenidas por inducción, estaba en Europa. Invitado a la reunión de la British Association for the Advancement of Science de Dublín, aprovechó para asomarse a la vidriera parisina, comprando las colecciones argentinas para revenderlas en su país. Las negociaciones continuarían por carta. En diciembre, ya en Filadelfia, definió los detalles de cómo completar el pago a través del océano. Ameghino había recibido 2.000 francos, por lo que Cope supuso que la colección se encontraba en manos de la empresa encargada del embalaje, la cual, con rapidez y mano de obra suficiente, la había preparado. En el ínterin, publicó un comentario sobre el hombre de las pampas en The American Naturalist. Incansable como su corresponsal, recuperándose de una enfermedad que lo tenía postrado, Cope se levantaba de la cama para escribirle, curioso: “¿Me podría recordar qué especie era aquella que, junto con Macrauchenia, ud. tenía en venta en París, en esas cajas cerradas?”. Mientras tanto, Ameghino se ocupaba del envío de las colecciones de Larroque, Brachet y la propia. Le había ofrecido, también, moldes de algunos mamíferos extintos de América del Sur dado que Cope, por entonces, tenía intenciones de explorar la parte septentrional del continente ameghiniano. El encargado de los embalajes, algo enojado por no recibir comisión, pretendía cobrar las cajas y el remito de los duplicados. Frente a estas demoras, Cope, en marzo de 1879, propuso un complicado ajuste de saldos: calculando que podían venderse en una suma superior a 10.000 francos, se los ofrecía a ese precio. Es decir, como aún le debía 18.000 francos, le mandaría un pagaré por 8.000, saldándose el resto con los dobles. Cope creía que en los Estados Unidos podría llegar a colocarlos en unos 12.500 francos, pero prefería cerrar el negocio de este modo. Para entonces había decidido que la mejor manera de enviar valores a Europa era a través de Drexel, Harjes & Co., el banco de inversiones con base en París fundado en 1868 por otro caballero de Filadelfia que, afiliado con Pierpont Morgan, constituiría uno de los pilares de las finanzas globales de la segunda mitad del siglo XIX. En el caso de que Ameghino no aceptara, mandaría otro pagaré de 10.000 francos a su colega Émile Sauvage, del laboratorio de herpetología del Muséum, sugiriendo que el museo también podría comprar los duplicados. Si ninguna de estas posibilidades era viable, pues bien, le pedía que se los devolviera a través del consignatario y se despacharan vía El Havre.
Ameghino no aceptó. Los museos de Bruselas, Holanda y París no estaban interesados; los dobles, sin preparar, se habían dispersado. Además, el encargado del embalaje los había mezclado, mandando parte al negocio de un comerciante de objetos de historia natural, que los mantenía en un estado lamentable. Ordenarlos llevaría un tiempo del que no disponía. Como ejemplo, le refería que el colmillo de un mastodonte –como el de Sarmiento– estaba tirado, desparramado en decenas de pedazos en el piso superior del almacén de M. Arthur Éloffe. Este preparador naturalista y profesor de taxidermia, situado en 20, Rue de l’École-de-Médecine, no debía confundirse con otro negocio que llevaba el mismo nombre, situado en el número 10 de la misma calle: Éloffe & Co., una casa fundada en 1845 por el geólogo Nérée Boubée y que, heredada por su hijo, pasó, ca. 1865, a la plaza de St-André-des-Arts con el nombre de Comptoir Central d’Histoire Naturelle, dedicada a rocas, minerales, fósiles, caracoles, mamíferos y aves. Arthur Éloffe había publicado un Tratado práctico del naturalista preparador, un género abundante desde los inicios del siglo XIX, destinado a los aficionados a la ciencia pero también a la propaganda de las técnicas conservadoras difundidas por estas casas comerciales: el tratado incluía el catálogo y el precio de las colecciones. Así, por ejemplo, doscientas rocas de la cuenca terciaria parisina, acompañadas de los fósiles característicos, costaban 40 francos; una colección de cien a quinientos de los fósiles característicos de los distintos estratos geológicos iba de 35 a 250 francos. También ofrecían análisis cualitativos y cuantitativos de minerales certificados por los especialistas en la materia; la determinación de otros objetos de historia natural, así como numerosos –y muy baratos– minerales, caracoles y fósiles para la confección de fuentes y cascadas. Las colecciones se vendían en cajas de madera blanca con varios compartimentos separados por cartones finos que costaban entre 4 y 7 francos (Fig. 4).

Figura 4: Tratado práctico del naturalista preparador de A. Éloffe.
Éloffe, además, confeccionaba modelos en yeso siguiendo las instrucciones de un antiguo modelador de la Escuela de Bellas Artes, entre ellas la reproducción de Glyptodon clavipes, el más caro de todos. Costaba 5 francos más que los iguanodontes, vendidos a 25 francos. En 1862 promocionaba la venta inminente de un modelo de Mylodon robustus: a los primeros cincuenta suscriptores se les descontaría un tercio del precio de venta, aún desconocido. Las piezas se ofrecían bronceadas o pintadas del color del sedimento de origen. De primorosa ejecución, formaban parte de varios establecimientos públicos. Un gabinete de historia natural para la universidad costaba entre 150 y 300 francos pagaderos en cuotas trimestrales; un gabinete completo llegaba a los 5.000 francos; pagando 1.000 se obtenían 1.800 piezas con las que se podía llenar una sala completa. Los precios incluían el embalaje en cajas preparadas con tablones, tornillos y correas, con tanto cuidado que aun las piezas más frágiles soportaban los viajes sin sufrir averías. Éloffe también daba instrucciones sobre cómo buscar fósiles, y vendía los instrumentos recetados: tamices de metal, guata para envolverlos, limas en punta biselada y pincetas, en una panoplia que muestra el desplazamiento hacia la paleontología de los instrumentos inventados –o adoptados– por los relojeros, los grabadores, los mineros y los artistas de las escuelas de bellas artes.
El estado del colmillo en la Maison Éloffe contrastaba con las instrucciones de su manual, mostrando la artificialidad de este mundo natural y los cuidados a los que había que someterlo para que no se desintegrara nuevamente. Las colecciones de Ameghino y sus colegas ya cargaban con varias reparaciones realizadas en el campo, Mercedes y París que implicaban, además, la experimentación con distintos materiales para pegar y mantener unidas esas sustancias que tendían a quebrarse. Los huesos estaban muy lejos de la vida y la naturaleza: modelados por instrumentos, cuidados entre algodones, se componían de minerales y gomas de distinto origen, factores que explicaban su valor de mercado. Y a pesar de ello, las confusiones eran inevitables. Ameghino, mientras se peleaba con los consignatarios, encontró la mandíbula de zarigüeya fósil que correspondía al número 5.011 de su catálogo, escabullida de las cajas y reaparecida partida en dos pedazos. Además, la mitad de una mandíbula de una nueva especie de Scelidotherium se había reducido a polvo: restaurada por los preparadores del Muséum, ya estaba lista para partir hacia Filadelfia. Sumado a ello, había surgido un imprevisto: Paul Gervais había enfermado y fallecido en febrero de ese año. Las colecciones, depositadas en su laboratorio, quedaron inaccesibles hasta abril, y hasta agosto no pudo cumplir con el envío, que incluía fragmentos de un aerolito.
Ameghino, mientras tanto, se volvió un experto en alquileres y depósitos: después de haber vivido con Larroque, se había mudado con los huesos de Cope a dos piezas en el 66, Rue Lebrun para él y a razón de 350 francos al año u 87,50 francos por trimestre. Hizo de esa casa su dirección comercial en París, donde recibía y enviaba correspondencia en papel membretado al efecto. Cope le solicitaba un catálogo de los duplicados de la colección de Buenos Aires, cuya consigna seguía pagando. Las casas de historia natural, aunque Cope y Ameghino trataran de evitarlas, definían los precios y las pautas del comercio, incluyendo la necesidad de un catálogo que, como en una librería, se modificaba según las compras y las ventas. Ameghino rehízo sus catálogos en función de esos movimientos y de las pérdidas asociadas al embalaje y traslado de los objetos entre tantos espacios diferentes: el campo, Mercedes, Luján, París… Y, al hacerlos, aprendió a ordenar con criterio comercial y a controlar las existencias reales y faltantes. Cada vez más compenetrado con la anatomía de los mamíferos, recorría laboratorios y comercios, publicaba, dibujaba y se corregía a sí mismo: la mandíbula número 8.500 de su catálogo, bien mirada, tenía cinco molares inferiores, por lo que no pertenecía a la especie Auchenia lama como había creído sino a Paleolama. Ameghino esperaba comparar sus observaciones con las del experto de Filadelfia, sin saber que las cajas llegadas desde París nunca fueron abiertas. Cope, como Ameghino, fue una máquina de escribir impulsada por la competencia y alimentada con los reptiles y mamíferos fósiles del suelo norteamericano. El sur del continente no formaría parte de esa obsesión. A la espera de tiempos mejores, en 1897 lo sorprendió la muerte.
LOS MAMÍFEROS FÓSILES, EL HOMBRE DEL GRAN TATÚ Y EL CUATERNARIO DE CHELLES
Ameghino dispuso en París de un muestrario completo de los mamíferos fósiles de las pampas, una oportunidad que muy pocos habían tenido y que nadie volvería a repetir por varias décadas. Durante su estadía (1878-1881), Ameghino contó con las colecciones realizadas por Alexander von Humboldt en Quito y Colombia (1802), Alcide d’Orbigny a orillas del Paraná (1827) y en la Patagonia, y Auguste de Saint-Hilaire y Peter Claussen (1838-1839) en Brasil. En París también se encontraban los esqueletos reunidos por el médico militar Francisco X. Muñiz despachados en la década de 1840 por el gobernador Juan Manuel de Rosas, los materiales que el médico uruguayo Teodoro Vilardebó había comprado a Pedro de Angelis y revendido al Muséum, los acopiados por Claude Gay en Chile, por Francis de Castelnau en Perú, por Hugh Weddell en Tarija y por Séguin en las pampas argentinas. A diferencia de lo que ocurría en Buenos Aires, donde las lecturas estaban mediadas por la buena voluntad y las relaciones personales, la biblioteca del Muséum, sin preguntarle quién era, puso a su disposición una serie de libros con las descripciones y las imágenes publicadas en distintas partes del mundo. Entre ellas, las memorias de paleontología del dinamarqués Peter Lund, el investigador de la fauna fósil de Brasil, quien, desde inicios de la década de 1840, insistía en que la caverna de Sumidouro en Minas Gerais contenía evidencia de la antigüedad del hombre sudamericano.
Ameghino educó su mirada y amplió sus referencias frecuentando los laboratorios, las bibliotecas, las colecciones y los yacimientos europeos. Su francés mejoraría al casarse con Léontine Poirier, de la familia de Justin Poirier, quien desde 1877 se desempeñaba como ayudante naturalista de Edmond Perrier, profesor del laboratorio de moluscos, gusanos y zoófitos del Muséum. Ameghino, mientras era admitido en varias sociedades científicas francesas, publicaba y colaboraba con la clasificación de la fauna del Plata almacenada en los laboratorios. Acometería esta tarea con otro ayudante-naturalista del Muséum, Henri Frédéric Gervais, el hijo del fallecido profesor, una familia que, como muchas otras del Muséum, había ascendido socialmente gracias al trabajo, los estudios, los acuerdos políticos y matrimoniales. Sin embargo, como ocurrirá con Henri, estos no siempre resultaban: Henri Gervais nunca pudo suceder a su padre, a pesar de haberse casado con una joven amante de las ciencias naturales y que su hermana Ernestine Marie Zélie en 1881 contrajera enlace con Camille Marié-Davy, el hijo del director del observatorio del Parque de Montsouris. En el caso de Ameghino, el casamiento con Léontine y la colaboración con H. Gervais forman parte de esta dinámica y de las expectativas sobre su futuro.
Henri Gervais y Ameghino publicarían un catálogo de los mamíferos fósiles sudamericanos reunidos hasta entonces en Europa y en América, una lista de 309 especies, de las cuales setenta eran de creación de los autores. Publicado en francés y castellano, con sello de las casas editoriales de Savy (en París) e Igón Hermanos (en Buenos Aires), aparecía con fecha de 1880, firmado en el laboratorio de anatomía comparada del Muséum, ahora a cargo de Georges Pouchet, el amigo de Flaubert y su referencia para la escritura de Bouvard y Pécuchet. Ameghino se presentaba como “Ex-director del Colegio Municipal de Mercedes”. Igón Hermanos, como ocurriría también con La antigüedad del hombre en el Plata, simplemente era el consignatario de la obra en Buenos Aires. Para redactar este catálogo recurrieron a la bibliografía y consultaron la colección del Muséum de París, la del Colegio de Cirujanos de Londres y la del British Museum, a cuyos directores les agradecían la buena voluntad y el empeño con que habían puesto a disposición sus materiales. Allí estudiaron las colecciones enviadas por Charles Darwin y el cónsul Woodbine Parish en la década de 1830, así como las vendidas por Pedro de Angelis diez años más tarde. En el Museo de Copenhague, el director les confió algunos de los ejemplares que antes le había comunicado al profesor Paul Gervais. También apelaron a las colecciones de los museos de Milán, Buenos Aires y de la Escuela Normal de París, a los ejemplares de la Exposición Universal de 1878 que ahora pertenecían al profesor Cope y la colección particular en poder del señor Charles Barbier y del mismo Ameghino: “En una palabra, hemos podido examinar la casi totalidad de los huesos de mamíferos fósiles recogidos en América del Sud”.
En Los mamíferos fósiles de la América Meridional, Gervais y Ameghino recopilaron más de doscientas especies definidas en los últimos cuarenta años a ambos lados del Atlántico, agregándoles las que surgían de ordenar las colecciones de Séguin, aún sin clasificar. De las existentes, unas ciento treinta habían sido establecidas por Peter Lund y otra veintena por el ingeniero de minas francés Auguste Bravard. Burmeister y Richard Owen, cada uno, habían definido cerca de quince especies. Ameghino, por su parte, contabilizaba seis especies de su autoría, un número mucho menor del que se había hablado en los diarios argentinos, donde, aparentemente, confundían especies con el número de especímenes. La colaboración con Henri Gervais, el acceso a las colecciones del museo y la reparación de las de sus coterráneos de la pampa le descubrieron un mundo de dimensiones hasta entonces no entrevistas.
En 1879, Ameghino sostenía el carácter terciario (Plioceno) de la Formación Pampeana en todo su conjunto y, con ese argumento, hacía terciarios a los restos de hombre fósil contemporáneos a los megaterios y gliptodontes. La gran antigüedad del hombre del Grand Tatou, como lo llamaría Topinard, era también plausible para Broca, cuya cautela recordaba la posible supervivencia de la fauna terciaria americana en períodos cuando su análoga europea se había extinguido. Sin embargo, también admitía la autenticidad de los hallazgos, aceptando “que el hombre que vivió en el caparazón de un armadillo era por lo menos tan antiguo como las razas más viejas de Europa”.
Ameghino publicó en París un resumen de su exposición prehistórica y de la obra anunciada ya en Mercedes, L’Antiquité de l’homme dans la Plata, el inicio de una serie destinada a iluminar las “graves cuestiones antropológicas del momento” según el élan del espíritu francés. Esperaba ser merecedor del apelativo de “les Français de l’Amérique du Sud”, alineándose con ellos en la expansión universal de la prehistoria y soslayando que los franceses estaban atravesados por una posición filosófica y política, el debate sobre el compromiso de la ciencia en relación con el laicismo y la posibilidad de ir más allá de los hechos observados. Ameghino, sin compromisos directos con la política francesa pero deseoso de ganar reconocimiento, se cruzaría con una de estas polémicas al intervenir en la cuestión del Cuaternario de Chelles.
Ameghino se suscribiría a la revista dirigida por el calvinista Émile Cartailhac, sobrino de A. de Quatrefages. Tras las huellas del esqueleto de la colección Séguin, a través de Ernest Chantre, subdirector del Museo de Lyon, entraría en contacto con los proveedores de fósiles de esa región, de quienes obtendría diversos materiales. Asimismo, combinaría sus estudios sobre las colecciones con su trabajo sobre la clasificación, la antigüedad y la geología de la localidad prehistórica de Chelles, investigación por la que ganaría la estima de sus colegas franceses. En contradicción y colaboración con Ernest d’Acy y Louis-Alexandre-Edmond Chouquet-Guillon, detectó fallas e intrusiones en ese yacimiento. Así, el 3 de diciembre de 1880 Gabriel de Mortillet le escribía a Georges Lecocq, abogado, miembro de la Corte y de la Société d’Anthropologie de París, para que Ameghino pudiera visitar su colección y aconsejarlo sobre cómo sacar provecho a las excursiones a St. Acheul y otras localidades de los alrededores de Amiens, donde este residía. El colega de Cope, Émile Sauvage, el 14 de diciembre le escribe a otro de la Société de Géologie pidiéndole ayudara a Ameghino a observar los terrenos cuaternarios de Abbeville. Sauvage le indicaría la bibliografía para estudiar la relación entre las épocas geológicas europeas y americanas. Los fósiles de insectos mostraban conexiones con las partes cálidas de la América septentrional, tropical y subtropical. Con esa base algunos autores, según Sauvage, planteaban relaciones entre la fauna del fin del Eoceno de ambos continentes. P. Gervais había constatado analogías similares entre los mamíferos y Sauvage, entre los peces: esto probaba la existencia de la comunicación entre América y Europa hasta una época geológica relativamente reciente. Como los peces consistían en especies litorales y no pelágicas, no se podían explicar por migraciones, y algunos malacólogos tendían a recurrir a la idea de algún tipo de conexión continental, sin descartar la Atlántida. Sauvage lo llevaría a la reunión de los geólogos en Boulogne-sur-Mer en septiembre de 1880, y Ameghino viajaría por Normandía e Inglaterra haciendo “numerosos descubrimientos prehistóricos y paleontológicos”.
La polémica sobre Chelles surgía en el marco de las disputas nacidas entre los grupos positivistas, materialistas y católicos en búsqueda de un lenguaje y unos códigos que oscilaban entre el compromiso político y la definición de un lenguaje neutral. D’Acy era uno de esos prehistoriadores católicos, opuestos al materialismo de G. de Mortillet y a su secuencia, sobre todo en lo referido a las bases inferiores del Paleolítico. La presencia de las distintas especies del género Elephas sería central en esta cuestión, lo mismo que el límite entre lo observado y lo interpretado. En junio de 1880 Ameghino acompañó a De Mortillet, por entonces profesor de la cátedra de Antropología Prehistórica y subdirector de la Escuela de Antropología de Broca, a los yacimientos de Chelles, a unos dieciocho kilómetros de París, departamento de Seine-et-Marne, sobre la orilla derecha de este río. Allí, en una arenera de las cercanías y en un depósito cuaternario, explotado por la Compañía de Ferrocarriles del Este para extraer el balasto necesario para la conservación de las vías, se habían encontrado un colmillo de elefante, un molar de Elephas antiquus y hachas en piedra del tipo Saint-Acheul.
Regresaría, solo, al día siguiente para encontrar otras hachas y varias láminas en sílex que lo estimularían a realizar sucesivas excursiones a las siete canteras de Chelles para estudiar la estratigrafía, observando diferencias en la disposición y el espesor de sus capas. La de arena grisácea, de donde provenían las hachas, se presentaba en la base de algunos cortes; en otros, no se manifestaba o lo hacía en diagonal, hacia arriba. La estratigrafía mostraba una fauna de clima cálido, con elefantes antiguos y rinocerontes, un ciervo desconocido, hipopótamos, caballos y roedores; en suma, una serie diferente de la fauna fría del mamut (Elephas primigenius). La secuencia teórica propuesta por De Mortillet parecía completarse con los instrumentos musterienses de la capa 2 y un cementerio y útiles propios del Neolítico surgidos en el nivel más superficial.
En febrero de 1881 Ameghino enviaba una nota sobre el Cuaternario de Chelles a la Société Géologique de France, discutiendo el método a adoptar para el estudio del Cuaternario. A partir de abril, Ameghino, Chouquet, d’Acy, Cartailhac y Madame Ameghino visitaron varias veces los yacimientos de Chelles. Esta excursión sumó al asunto la colaboración de Paul Henri Fischer, ayudante naturalista en el área de malacología e invertebrados del Muséum, quien clasificaría los moluscos procedentes de los estratos del Marne. Ameghino había invitado a De Mortillet a reunirse el 26 de abril en la Gare de l’Est a las 9.40, aclarándole: “Desacuerdo en muchos puntos con M. d’Acy y nos hemos propuesto discutir en el campo. Espero convencerlo”. Ese día se sumarían, además, Cartailhac y Auguste Nicaise. Chouquet lo acompañaría entre el viernes 29 y el domingo 1° de mayo. D’Acy, enfermo, sólo pudo acompañarlo a fines de mayo. Cartailhac, Chouquet y De Mortillet aguardarían ansiosos las novedades. Ameghino se sorprendería: M. d’Acy, un espíritu difícil de convencer, no era un obstinado. “Para admitir un hecho, necesitaba pruebas, evidentes, indiscutibles […] No dudo que M. d’Acy terminará por reconocer el progreso y la transformación de la industria durante los tiempos cuaternarios.” Se embarcaría a Buenos Aires escribiendo cartas con sus impresiones acerca del Cuaternario de Chelles, no sin antes presentar sus trabajos en las sesiones de las sociedades de Antropología y de Geología de París. Sin olvidarse de los mapas ni de los perfiles geológicos.
REGRESO
Gracias a la infraestructura de caminos y vías férreas, Ameghino fue y volvió de Chelles o de Amiens cuantas veces quiso o pudo. Alcanzaba con pagar un pasaje de tren, sin otra intermediación que la del dinero. Con estas costumbres y la formación adquiridas en París regresaría al Plata, donde viajar no sería tan simple y donde Burmeister nunca hizo gala de la disposición del achacoso d’Acy. Mientras Burmeister seguía empeñado –como algunos de sus colegas estadounidenses– en desestimar la prueba de la contemporaneidad entre los mamíferos gigantescos y el hombre de las pampas, Zeballos había publicado unas “Noticias preliminares sobre el hombre primitivo de la Provincia de Buenos Aires”, donde recurría al método comparativo y experimental y se detenía “allí donde las investigaciones arqueogeológicas dejan de hablar a los sentidos y a las facultades del alma”. Para Zeballos, el hombre prehistórico de Buenos Aires había vivido en los primeros tiempos de la formación geológica moderna:
Esto, empero, no importa negar redondamente su existencia en el período diluviano, problema que si bien ha sido ya planteado, no alcanzó todavía la solución que se busca. Es una cuestión del porvenir, de la cual pienso como Moreno en su comunicación al Congreso de Stokolmo, que es necesario esperar que personas competentes en la Paleontología, descubran restos humanos en terreno Cuaternario no removido por acciones naturales ó artificiales, para abrir juicio sobre la existencia del hombre bonaerense en dicha época [...] Los huesos humanos hallados en Buenos Aires y atribuidos al período prehistórico, carecen de autenticidad, no respecto de las personas que los levantaron, sino a su situación. Pequeños fragmentos, comúnmente tarsos y metatarsos: hé ahí todo, no habiendo sido anunciado jamás el descubrimiento de un esqueleto, ni siquiera de un cráneo.
Zeballos discutía el orden de la secuencia y de la antigüedad de la prehistoria americana en relación con la europea. Preparando su gran obra, Ameghino le escribiría para negociar cómo referirse a su posición acerca de la antigüedad del hombre en el Plata. Le exigía definirse:
Cumplo con el deber de participarle que se haya (sic) ya en prensa mi obra sobre el hombre prehistórico en el Plata, la que se compondrá de tres tomos bastante voluminosos y con numerosas ilustraciones. El primero tratará el hombre indígena anterior a la conquista. El segundo comprenderá el estado geológico de los terrenos Cuaternarios y de los fósiles que contienen. El tercero está destinado a tratar la cuestión del hombre fósil argentino a la que ya también se haya (sic) ligado su nombre. En su estudio geológico de la provincia de Buenos Aires hay un párrafo en el que U. dice que una colección de armas e instrumentos de los indios los he clasificado como del hombre fósil y en uno de los números de los Anales de la Sociedad Científica Argentina se haya (sic) otro en que U. dice que he considerado como fósiles objetos que tienen trescientos a cuatrocientos años. U. bien sabe que esto ha sido una suposición hecha algo a la ligera y creo, mas bien, que tengo la seguridad de que mas tarde debe haber modificado su opinión, tanto mas que ha tenido en su poder las piezas del proceso. No quisiera hacerle decir pues, algo diferente de lo que U. actualmente piensa y, por otra parte, no puedo prescindir de insertar esos dos párrafos en el lugar correspondiente de la historia y controversias sobre el descubrimiento del hombre fósil en la pampa. Desearía, pues, si ha modificado su opinión me lo haga saber, o mas bien dicho me diga categóricamente cuál es su opinión sobre la cuestión del hombre fósil argentino y me autorize (sic) para publicarla en la obra mencionada. Si además U. quiere enviarme algún segundo trabajo sobre el cementerio de Campana me haré un deber de insertarlo en el primer tomo.
Sin respuesta, asumiendo que Zeballos no había recibido esa carta, en 1880 les enviaba a él y a Moreno sus obras publicadas, la lista de las por publicar y una aclaración: de las 309 especies de mamíferos enumeradas en la obra hecha con Gervais, 180 estaban representadas en su colección particular, que incluía otra de cuatro mil objetos prehistóricos europeos, blancos, sin pintura, tratados con goma laca, obtenidos en parte por intercambio de calcos de objetos sudamericanos. Se había guardado para sí todos aquellos que podían ser utilizados en la discusión sobre la antigüedad del hombre y el Paleolítico de las pampas argentinas.
En 1880, Florentino Ameghino publicaría en Buenos Aires y en París La antigüedad del hombre en el Plata, una gran síntesis con la cual cumplía su promesa –y las nunca realizadas de Zeballos y Moreno–. Esta obra afianzaba su vínculo con Topinard, Quatrefages y Broca y su cercanía de G. de Mortillet. En ella insistía en la contemporaneidad del hombre con la fauna extinguida. Discutía la homogeneidad de los indígenas, la idea de una sola raza americana y la predicación del cristianismo en América con anterioridad a la conquista española. No descartaba los contactos con el Viejo Mundo, pero sí el origen del hombre americano en un único foco de Asia Central, afirmando su independencia de las razas del antiguo continente: para Ameghino, siendo el hombre americano tan antiguo como el de Eurasia, nada impedía pensar en migraciones e intercambios en ambos sentidos. La diversidad y complejidad de lenguas, cráneos y vestigios de civilizaciones hablaban de la alta antigüedad de la humanidad de este continente. El posterciario del Plata, desde ahora, contaba con objetos y yacimientos de época neolítica, mesolítica –ambos correspondientes al período geológico pospampeano– y paleolítica, del período pampeano, con sus tiempos de los grandes lagos, pampeano moderno y antiguo. También daría a conocer al hombre prehistórico de las pampas morando en las corazas de los gliptodontes y haría circular los dos tomos en Francia y en la Argentina.
Moreno, refugiado en París luego de haber desertado de uno de sus viajes a la Patagonia, agradecería el envío con cálidas palabras y desestimaría las diferencias de antaño: las clasificaciones de sus primeros trabajos habían sido provisorias y la antigüedad del hombre en las pampas, un gran hecho, imposible de negar. Moreno argumentaba desconocer los trabajos de Ameghino al publicar el suyo de 1874, confesando:
Nunca he negado la antigua vida humana en la pampa y para que Ud. vea que lo ha habido en mí, solo es prudencia debo decirle que desde 1871 tengo en las colecciones el esqueleto destruido de un guanaco encontrado por mí, en la arcilla pampeana no removida, a orillas de la laguna de Vitel, a dos o tres metros de un G. tuberculatus, el cual estaba a mitad sepultado en el humus. Cerca encontré también gran parte del esqueleto de un Eutatus. Dicho guanaco ha servido de alimento al hombre. Su cráneo está dividido en dos partes para sacar los sesos y todos los huesos hendidos para extraer la médula, y muchos de ellos parecen haber sido pisados sobre piedras para extraerles una mayor cantidad de grasa. Conservo varios trozos de tosca, en los que están aún adheridos dichos fragmentos.
Moreno insistía: había tratado de extremar la prudencia antes de dar a conocer estos datos tan interesantes para los problemas geológicos y antropológicos americanos. Destacaba, sí, su desacuerdo en otras cuestiones pero se mostraba un convencido partidario del hombre contemporáneo a los animales extinguidos de las pampas. Moreno autorizaba a Ameghino a disponer de esta carta y, con ello, el acuerdo público sobre estos asuntos.
Ameghino respondería después del año nuevo, todavía en París, relatándole el inicio de sus desavenencias con Burmeister allá por 1874, en una ocasión en la que lo creía acompañado de su discípulo, el joven Moreno, quien poco después publicaría su trabajo en el Congreso de Estocolmo. En esa entrevista Burmeister lo habría despedido sin más ceremonias, negando todo interés en su hallazgo del hombre fósil. Ameghino le recordaba la indiferencia de la Comisión de la Sociedad Científica –es decir, de Moreno y de Zeballos– frente a sus hallazgos y a su invitación a visitar los yacimientos. En esta carta plagada de reproches Ameghino, quizá sin pensarlo, enraizaba el origen de su nueva profesión en el desprecio de los otros: “Para algo sirve la desgracia; si cuando me presenté al Dr. Burmeister, él hubiera examinado el humilde fruto de mis desvelos de aficionado, yo habría quedado satisfecho, ya no me habría ocupado de tales objetos, y sería hoy un humilde maestro de escuela. Pero la incredulidad e indiferencia que encontré hirieron mi amor propio, me obligaron a estudiar y a buscar medios de buscar nuevos materiales, y es a esas dificultades que actualmente debo el honor de que Ud. me de el inmerecido título de colega”. Este intercambio confirmaba las palabras de Casimiro Nogaró sobre el poder del dinero y fue el preludio de una nueva y efímera amistad. Moreno y Ameghino reconocían los errores del pasado exhibiendo con crudeza ese entramado de celos, resentimientos y obsesiones donde se sostenía la prehistoria. Consumidos por ellos, la prudencia, el respeto y el deseo de emular a las autoridades científicas de Buenos Aires, se asociarían –para fracasar– en el establecimiento del nuevo Museo Nacional en Buenos Aires.
Antes de partir, en abril de 1881, Ameghino despachó tres cajones de libros con 270 ejemplares de los dos volúmenes de La antigüedad del hombre en el Plata para vender en Igón Hermanos a 250 pesos cada uno. La impresión de quinientos ejemplares le había costado 5.500 francos. Agregaba, además, veinticuatro ejemplares de La formación pampeana, cuatro para la Sociedad Científica Argentina, a la cual se lo había dedicado. Los veinte restantes podían ser vendidos a 75 pesos cada uno. A ello se sumaban 325 ejemplares de la Taquigrafía Ameghino. Su precio: 25 pesos el ejemplar. Deseaba la mayor publicidad para este nuevo sistema de escritura en el que había puesto sus esperanzas, “único que permite seguir la palabra del orador mas rápido. Se lee más correctamente que la escritura común. Se aprende en 3 horas y sin maestro”. Su hermano Carlos sería el primer –y único– discípulo de este método que, en otras variantes, proliferaba en la Europa de 1870 como parte de la preocupación acerca de la mecanización de la escritura y el registro de la palabra hablada, una cuestión que –a fines del siglo XIX– se conjugaría con la llamada revolución administrativa del gobierno y del comercio. Sabiendo que no regresaría a su cargo escolar, Ameghino había invertido en obras que suponía le permitirían, a él y a sus hermanos, sobrevivir en la Argentina de 1880.
Capítulo 3
La Exposición Continental de Buenos Aires y el museo que no fue
El 18 de junio de 1881 Florentino Ameghino se embarcaba hacia Buenos Aires. No había cumplido aún los treinta años. Hacía dos que no era director de la escuela de Mercedes, a pesar de que, al despedirse de sus colegas, indicaba la dirección en esa ciudad para la correspondencia. En el Plata lo esperaban sus padres y sus hermanos; uno en Luján, el otro trabajando como dependiente en Fray Bentos, Uruguay. Florentino no regresó a la ciudad de su familia: prefirió instalarse con su esposa –conocida por suegros y cuñados como Leontina– en la calle Victoria 629 (actual Hipólito Yrigoyen) de Buenos Aires.
Contaba con sus colecciones, los tres libros publicados en París y una red de contactos en el mundo de los museos europeos. Para alimentarla, antes de partir, se ocupó de enviar ejemplares de La antigüedad del hombre en el Plata a las principales figuras y bibliotecas de un continente que no volvería a visitar. Les solicitaba mantener la correspondencia y, aprovechando que tendría a su disposición la materia prima y que había aprendido las técnicas para modelar y restaurar huesos fósiles, se ofrecía como proveedor de modelos de animales extinguidos. Proyectaba realizar, para la venta o el intercambio, una serie con “sus” fósiles principales. Algunos, como el Museo Cívico de Milán, se entusiasmaban y, recíprocamente, le prometían copias de mamíferos fósiles e instrumentos prehistóricos lombardos; otros, como el Museo de Cirujanos de Londres, habían cambiado el foco de su interés y, saturados de fósiles, sólo recibirían piezas, sanas o patológicas, de anatomía humana. Calculaba también con que el gobierno nacional adquiriera por suscripción unos cincuenta ejemplares de su Antigüedad del hombre. Sin embargo, en agosto de 1881, las partidas presupuestarias estaban agotadas y los 12.500 pesos se esfumaron en el aire.
Ameghino creía en los proyectos de Moreno, ligados al nuevo orden político de la Argentina resultado de la revolución de 1880, la nacionalización de la ciudad y de la aduana de Buenos Aires. En esos años se estaba decidiendo el emplazamiento de la ciudad para la administración provincial y el destino y reparto de las instituciones de la nueva capital de la nación; entre otras, los museos, la biblioteca y el archivo. Así, recién llegado de Europa, en septiembre de 1881 compartía con su hermano Juan el entusiasmo ante la inminente creación de un nuevo museo porteño, similar a aquellos visitados en Europa. Traía una colección “más numerosa de la que había llevado”, compuesta por quince mil piezas escogidas de fósiles y de objetos prehistóricos. Estos objetos, junto con los hallazgos realizados en su ausencia por Carlos y Juan, permitían fundar “un Museo de fósiles”, asunto del que prometía ocuparse seriamente. Evaluaba, asimismo, llevar a sus dos hermanos como empleados: de esa manera repetirían las excursiones a los que los venía acostumbrando desde la niñez. Carlos había nacido en 1865, Juan en 1859.
Juan respondía conmovido, contándole que todo el campo uruguayo estaba sembrado de piedras de cuarzo, muy pocas con la forma de algún instrumento. Tampoco había oído de huesos o moluscos fósiles. Sin embargo, le habían llegado noticias de que del otro lado del río, cerca de Gualeguaychú, se habían encontrado huesos humanos mezclados con piedras y alfarería. Como la palabra “museo” podía tener varios significados, preguntaba si se trataba de uno “particular tuyo” o “uno por cuenta del Gobierno”, como el que en septiembre se anunciaba en los diarios de Montevideo según un telegrama de Buenos Aires: en acuerdo de gabinete, se había autorizado al ministro de Instrucción de la nación para solicitar fondos en el Congreso para instalar en la capital, y sobre bases iguales, un museo semejante al que posee la provincia de Buenos Aires. Florentino, al contestarle, definiría sus propósitos y alianzas necesarias:
Mi intención era fundar un establecimiento en alguna otra población de la República que no fuese Buenos Aires, para estar allí completamente independiente; pero no he podido conseguirlo; y tampoco me habría reportado grandes ventajas, porque a excepción de Buenos Aires las otras localidades no pueden disponer más que de recursos muy limitados. Viendo estos inconvenientes, me propuse fundar ese establecimiento en la misma ciudad de Buenos Aires; pero para combatir la oposición y el prestigio de Burmeister yo solo no era suficiente. Así, pues, me he puesto de acuerdo con Moreno para fundar un gran Museo en la ciudad de Buenos Aires, y el proyecto ya ha sido aceptado por el Gobierno y las Cámaras, de modo que dentro de pocos días será cosa hecha. El Museo será nacional, y el Museo público que dirige el Dr. Burmeister será suprimido o saldrá a la campaña, allí donde se lleve la Capital de la provincia de Buenos Aires. El nuevo establecimiento será un gran Museo por el estilo de los de Europa. Yo quedaré a cargo de la Sección paleontológica, con la facultad de viajar por toda la República y países limítrofes en busca de fósiles y objetos prehistóricos, teniendo, además de mi sueldo, todos los gastos de viaje pagados por el Gobierno. Tan pronto como haya reunido un número bastante crecido de fósiles será necesario un preparador y entonces te pondré al corriente y te haré nombrar para ese puesto; pero esto no será hasta el mes de Enero o el de Febrero del año próximo.
El ruido que Burmeister había generado frente a esta noticia le había impedido visitarlo en Fray Bentos. Pero ahora, muy pronto, empezaría a desempeñarse en su nuevo cargo y podría hacerlo con los gastos y viáticos del gobierno. Su deseo: contar con un lugar donde depositar las colecciones, estudiar sin interferencias pero como funcionario del Estado. Y para ello se aliaba con su nuevo amigo.
El proyecto para el museo, informado a las Cámaras el 25 de octubre, había sido estudiado en comisión, la cual, sustituyendo el original enviado por el Poder Ejecutivo, autorizaba “para gastar hasta la suma de cinco mil pesos en esploraciones, con el fin de adquirir objetos, que, con los que existen, sirvan para la fundación de un Museo Nacional de Arqueolojia, Antropolojia é Historia Natural”. La propuesta del Ejecutivo había sido otra: establecer un museo nacional. Los senadores, con la alternativa propuesta, querían “hacer economías positivas creyendo que esto no era de carácter urgente y que podía haber sido aplazado para ser tratado en las sesiones del año próximo”. Pero tampoco querían dejar de “hacer honor á un talento argentino como lo es el doctor Moreno, naturalista muy distinguido; y bien merece la pena que se haga este gasto, á fin de que este señor complete la colección que tenia de varios objetos disecados, cráneos, etc.”. El senador a cargo de explicar el despacho de la comisión prefirió no ahondar en el asunto, dejándole la palabra al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, el doctor Manuel D. Pizarro (1841-1909), presente en la sesión, donde también se discutiría un proyecto para la construcción de un nuevo edificio para la nacionalizada Universidad de Buenos Aires.
“¿Cuánto puede gastarse en la formación de un museo?”, preguntaba el ministro en voz alta, sin brindar una respuesta, aceptando de buen grado la propuesta de la comisión, sin considerarla como excluyente o contradictoria con la suya sino, todo lo contrario, como un primer paso de algo con costo indeterminado. En esos mismos años (1882, 1883), el Museo Público erogaba, en personal, 12.300 pesos, y el Museo Antropológico 6.500 pesos al mes, una diferencia surgida de la cantidad de empleados y los salarios de los directores. El primero contaba con un inspector y bibliotecario, un preparador, un ayudante y un cazador. Si el ministro hubiese querido contestarse, podría haber informado que el Museo Público costaba anualmente 193.800 pesos y el Museo Antropológico, 108.000 pesos. Los sueldos de los directores representaban el 44,58 por ciento para el primero y el 55 por ciento para el segundo. Aristóbulo del Valle (1845-1896), senador por Buenos Aires y un antiguo defensor de subvenciones para la obra de Moreno, se presentó al debate con datos concretos para mantener el objetivo de estas colecciones, es decir, la fundación de un Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia Natural, al cual, reconocía, debía fijársele un límite de gastos. En la Cámara de Senadores se rumoreaba que la provincia cedería a la nación el Museo Antropológico de Moreno. La comisión, sin rodeos, expresaba que el motivo principal para promover el museo residía en Moreno: titubeando acerca de su urgencia, querían, en cambio, agraciar al naturalista, quien, además de sus virtudes como explorador, contaba con inmejorables dotes y conexiones para las relaciones públicas. Por otro lado, la comisión consideraba que había una necesidad coyuntural e inmediata: la exhibición de esos objetos del museo en la próxima Exposición Continental a celebrarse en Buenos Aires en 1882. El presupuesto nacional era escaso para comprometerse con instituciones y el largo plazo, pero generoso con algunos individuos y los acontecimientos efímeros.
La colección de fósiles como actividad comercial otorgaba a los particulares la posibilidad de sobrevivir a través de la compra-venta o los subsidios del Estado. Pero, como bien veían Burmeister y Moreno, mientras los fósiles y las antigüedades permanecieran en el circuito de la propiedad privada, “el museo nacional” estaría sujeto a un drenaje permanente. El empleo en el Estado y el cuidado público de las colecciones fomentarían la constitución de un fondo enajenable. Del Valle defendía la letra del proyecto del Poder Ejecutivo: “Modificado este pensamiento como lo ha hecho la Comisión del Interior, sucedería esto: que se harían grandes esploraciones, se traerían las riquezas que existen en los distintos puntos de nuestro territorio y no habría siquiera donde colocarlas, porque el Gobierno de la Nación no estaría autorizado para la fundación del museo, ni aún para aceptar el museo planteado por el Gobierno de la Provincia cuya conservación reclama gastos”.
El proyecto siguió su curso como “fomento del museo” y se debatió en la Cámara de Diputados el día 13 de diciembre, al tratarse la “provisión, conservación y fomento de los establecimientos de Instrucción Superior”. Se solicitaban 500 pesos “Para fomento del Museo Antropolójico y arqueológico” (alquiler de casa, sueldo de empleados, viajes al interior de la república y a las costas patagónicas), mientras que el señor Moreno, diputado por Buenos Aires, propuso “en reemplazo de esa partida 8ª del ítem 1º, un ítem 2º, con el título ‘Museo Nacional. - Para sus gastos, ochocientos pesos fuertes al mes. - Para gastos de instalación, cinco mil pesos fuertes’. Esta última partida por una sola vez”. La creación del Museo Nacional, aprobada en Senadores y en la comisión respectiva de la Cámara de Diputados, era uno de los veinte asuntos que el Poder Ejecutivo había retirado del período de prórroga de las Cámaras. Ante ello, la comisión de Diputados introdujo –y redujo en relación con la cifra aprobada en Senadores– esa subvención al Museo Arqueológico provincial para que este “subsistiera” hasta tanto se tratara el asunto en el próximo período de sesiones ordinarias. Otros diputados, por el contrario, intentaron reintroducir el proyecto a través de la equiparación del Museo Arqueológico y Antropológico al proyectado Museo Nacional. Para ello se basaban en la voluntad manifestada por el Ejecutivo nacional y el provincial de entregar dicho establecimiento a la nación, la sanción del Senado y el consejo favorable de la comisión de la Cámara de Diputados. Sin embargo, el Museo Nacional era todavía una institución de la que sólo existía la voluntad de establecerlo en base a otro dependiente, administrativa y políticamente, del presupuesto provincial. Como observaba el ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, “actualmente no hay Museo Nacional”, y se estaba votando por la conservación de un museo inexistente. Algunos diputados parecieron perderse entre tantos museos a punto de fundarse o de cambiar de administración. La creación de empleos nacionales debía ser dispuesta por ley y, por ello, varios se oponían a un presupuesto para objetos aún no creados. Optaban, en cambio, por seguir el procedimiento regular, es decir, esperar por el nuevo período de sesiones ordinarias, dictar entonces la ley de creación del Museo Nacional y fijar la dotación de empleados y su remuneración. En la justificación del paso contrario –es decir, legislar sobre la base de la voluntad y no de la ley– reaparecían la urgencia y los tópicos de la discusión del Senado: las transacciones con fósiles que tenían lugar en París y en Europa, las ideas del siglo de la ciencia y el honor nacional. La capital de la república debía estar a la altura de los demás países civilizados de la Tierra: “Una de las cosas que visita el viajero científico al llegar a un pueblo en las condiciones del nuestro, es su Museo”. Y ese gran Museo Nacional debía ser el museo formado por Francisco Moreno y transformado en la vitrina científica de la capital. El señor diputado Calvo personalizó el argumento insistiendo en la deuda de la nación con el joven Francisco Moreno:
Distinguir entre lo que es un Museo Nacional, un Museo de Provincia o un Museo particular, puede ser tarea de otro momento y de otro asunto; pero en este caso no hay más en que un Museo Antropológico en toda la República, y es probable que en toda la América. Por consiguiente, pues, nosotros sabemos perfectamente que es lo que quiere decir el Museo Arqueológico y Antropológico. Quiere decir los trabajos de un argentino patriota, que en una edad muy temprana, ha podido aglomerar preciosos conocimientos. Ahora, este Establecimiento que se ha abierto en nuestro país, debe ser fomentado por el Gobierno, sea que pertenezca a un individuo, sea que pertenezca a una Provincia, sea que pertenezca a la Nación. Es propiedad de la Nación Argentina, porque es la ciencia argentina en sus últimas espresiones. Si hay algun punto sobre el cual no se puede discutir es este: el Museo Arqueológico es una gloria argentina. Todos sabemos que ese Museo es la obra de un joven, tan modesto como meritorio, que, estando yo en Londres, me escribía: –“Un muchacho, a cuyo padre conoció Ud., le envia a Ud. su libro”–. Con toda esa modestia se espresaba entonces este muchacho, que hoy es una celebridad universal. El Museo Antropológico pertenece á la Nación, aun cuando sea la propiedad de un niño, que se ha adelantado a su edad, y que ha descubierto lo que nadie ha descubierto. Este Museo ha atraido las miradas de la ciencia europea, y traerá probablemente la visita de sabios distinguidos. Bajo este concepto, señor presidente, si algun señor Diputado propusiera, como un premio especial, dar a don Francisco Moreno, veinte mil pesos fuertes, yo votaría con mucho gusto en su favor. En este sentido, he de votar por la cantidad de mil pesos fuertes, para fomentar los trabajos de este buen argentino.
El entusiasmo del diputado Calvo disolvía las diferencias entre la propiedad nacional, provincial e individual, entre la ley y la voluntad de legislar, entre el reconocimiento universal, los actos de un niño y las responsabilidades de la nación. La espera por los tiempos de la ley se oponía a la necesidad de ponerse a la altura de otros países y evitar el despojo de las riquezas científicas nacionales. Con ello pretendía convencer a los demás diputados de que “la irregularidad ni es sustancial ni compromete principios ò antecedentes de que la Cámara no puede prescindir”. En esta carrera la rivalidad se planteaba, sobre todo, a nivel continental y subcontinental:
Norte América no se ha quedado atrás en esta clase de estudios; el Museo Nacional de Washington está reconstruyendo metódicamente la ante-historia de la región comprendida entre el Istmo y el Polo, ayudado por inmensas colecciones que forma un personal idóneo, y las investigaciones que se hacen en esta parte austral del Continente no son de menor importancia [...] En Río de Janeiro ya hay un Museo Nacional y los argentinos no debemos quedarnos atrás, ni permitir en cuanto de nosotros dependa que otra Nación Sudamericana tenga la prioridad en esta clase de estudios. Para Marzo, próximo se prepara en el Brasil una gran esposición de Antigüedades [...] Se anuncia, ahora por ejemplo, el envío de un esplorador notable; el señor Crèvaux, que se dice traer por objeto examinar las nacientes del Río Uruguay. Pero parece que tiene tambien por propósito examinar algunas de las grandes ruinas que existen en varias de las Provincias, y con este motivo indudablemente se llevará para su país, objetos curiosos é importantes. Y cuando digo objetos curiosos, no me refiero á aquellos que solo sirven de entretención á la curiosidad de los espíritus pocos ilustrados. Empleo las palabras, objetos curiosos, para referirme principalmente á aquellos que pueden servir para reconstruir la ante-historia de nuestro país. Tratar que el extranjero no lleve todos estos elementos, me parece que es un propósito laudable, un propósito plausible.
Otro diputado despersonalizaba el debate, demostrando conocimiento de las disciplinas específicas, y reforzaba la importancia de la creación de un Museo Nacional como institución dedicada a la investigación científica y a la exhibición de las riquezas naturales del país. El diputado por Córdoba apreciaba esa diferencia: “Veo de lo que se trata es de adquirir el Museo Antropolójico y Arqueolójico de la Provincia de Buenos Aires, y no de aprovechar el trabajo A ó B de un individuo particular”. Pero, sin embargo, reputaba inconstitucional el hecho de destinar una suma a la creación de empleos nacionales, una de las facultades otorgadas por la Constitución al Congreso de la nación, afirmando: “Si hubiese de desaparecer el Museo por salvarse la Constitución, yo preferiría ver desaparecer ese Museo”. Sugería esperar a 1882 y seguir los pasos normales. El diputado Calvo procuró demostrarle: con esta partida no estaban creándose empleos nacionales y el museo, a pesar de que tenía como “dueño” a Francisco Moreno, “era de la gran República Argentina, de la ciencia argentina”. La precisión del derecho cedió cuando otro diputado argumentó de la siguiente manera:
La cuestión entre nosotros viene á hacerse ahora de derecho constitucional: ¿hay ó no empleados? No hay empleados públicos. El Museo es una propiedad de la Provincia que va á ser mañana de la Nación y que la tenía antes el señor Moreno, y para continuar el fomento, el crecimiento, el perfeccionamiento, ó como quiera llamarse, de este Museo, el Congreso le acuerda á la Provincia de Buenos Aires, la Nacion al Señor Moreno [...] y permítaseme, esta vez, como siempre que se haga una observación constitucional, en que diga que es necesario fijarse perfectamente bien en la naturaleza del objeto al cual quiere aplicarse esa disposición constitucional. Yo digo que en este caso esta es una propiedad nacional porque la naturaleza de la cosa misma se hace así. Es tan alto el objeto y es tan grande el resultado obtenido por este caballero, que ha dejado de ser suyo; es la ciencia argentina quien en ello gana. Puede ser transitoriamente dueño de esta propiedad, que yo considero valiosísima, porque a mi entender tal vez la hubiera podido vender por cuarenta o cincuenta mil patacones; pero él, patriota como es, ha preferido regalarla á su país, al Gobierno de la Provincia, y de este pasa al de la Nación, así como le ha pasado la Capital [...] Quinientos pesos para fomento del Museo Antropolójico, puede incluir hasta un portero, y sin embargo no es la creación de empleos, sino el fomento del Museo mismo [...] Las cuestiones de propiedad no son de nuestra competencia; las de creación de empleos secundarios tampoco son de nuestra competencia: es la institución la que fomentamos; es para la institución, para la cual pedimos la protección del Congreso.
A mediados de diciembre Ameghino no dudaba… la victoria sería inminente, y le escribía a Juan entusiasmado:
El proyecto de fundar un Museo Nacional, después de haber sido aprobado por la Cámara de Diputados estuvo en vísperas de fracasar por completo. Fue retirado de los asuntos que las Cámaras debían tratar en las sesiones de prórroga de este año, a última hora. De modo que hemos tenido que emprender una nueva campaña para ver si se podía conseguir que figurase en el presupuesto del año entrante; y la Cámara de Diputados ha votado ayer la suma de mil (pesos) fuertes mensuales para la planteación de dicho Museo, y ahora sólo falta que el Senado lo apruebe a su vez, y casi estamos seguros de tal aprobación. Así no habríamos perdido más que dos meses y empezaríamos a instalarlo en Enero próximo. Burmeister está furioso; y dicen que si conseguimos fundar el Museo renunciará y se irá a Europa.
Mientras tanto, Florentino recibía un billete de Moreno con el agradecimiento del ministro. Todo se haría oficial después del 1° de enero. Y le pedía: “Puede entregar el fémur al portador”. El jueves 5 de enero de 1882 Florentino, ignorando que estaba escribiendo la última carta dirigida al ministro Pizarro, donaba sus colecciones de estudio para el gran Museo Nacional destinado a la conservación de “las preciosidades antropológicas, arqueológicas y paleontológicas que se encuentran enterradas en nuestro subsuelo”:
Ha llegado el momento de que todos los ciudadanos que se hallen en estado de hacerlo cooperen en su engrandecimiento [del Museo]. Las colecciones de estudio particulares surgen de la ausencia de establecimientos públicos que puedan proporcionar los materiales de estudio necesarios; pero desde el momento en que esta deficiencia desaparece, ellas se hacen insuficientes para sus mismos propietarios, por cuanto aún las más ricas son necesariamente incompletas. Indispensable es entonces reunirlas en un solo centro, en donde se completen unas a otras y en donde el sabio que quiera emprender la redacción de serias monografías encuentre a su disposición series incomparablemente más completas que las que puedan ofrecerles las colecciones que haya reunido personalmente. Heme decidido a dar el ejemplo.
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