Kitabı oku: «El cine en fuga»

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El cine en fuga. Textos en el umbral del milenio

Primera edición impresa: octubre, 2019

Primera edición digital: abril, 2020

© Isaac León Frías

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Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN 978-9972-45-514-8

Índice

La regla del juego

Capítulo 1. La caja de Pandora

Aristarain, Subiela y Solanas

La partida de Audrey: Audrey Hepburn (1929-1993)

Las imágenes del mundo en una isla: Puerto Rico

Sam Raimi: visto y no visto en Lima

Festival del Sol: un Encuentro accidentado en el Cusco

Marcello Mastroianni: breve semblanza de un gran actor

A la búsqueda de un cine fronterizo. Comentarios a partir de los festivales de Puerto Rico y Mar del Plata

Películas y multisalas: no todo es color de rosa

Toulouse y otras pantallas latinoamericanas

Los hechos reales, ¿materia prima o algo más? (A propósito de algunas ficciones realistas recientes)

¿Neoclasicismo o neoacademicismo? Avatares de la neoqualité

Capítulo 2. Tierra en trance

El cine mexicano a comienzos de los 90

Diccionario de realizadores de largometraje

Federico García

Nora de Izcue

Óscar Kantor

José Luis Rouillon

Jorge Volkert

Rafael Zalvidea

El cine peruano: a paso de cojo

Cine peruano: presiones, carencias y aciertos en torno a los concursos de Conacine

Lo sagrado y lo obsceno: presentación de Román Chalbaud

Sobrevivir: el desafío del cine peruano

Cine peruano: a cuentagotas

Pálido ardor. Pantaleón y las visitadoras

Mejor en conjunto: Cuarto Encuentro Latinoamericano de Cine

Laboriosa atmósfera. A la media noche y media

Capítulo 3. Breve encuentro

Nuestros monstruos

La monstruosidad poética de Tim Burton

Los monstruos de David Lynch

Preferidas de La Gran Ilusión (a los 100 años)

Avaricia

Amanecer

Un tiro en la noche

Amor de perdición

India Song

Las preferencias de La Gran Ilusión: las 100 mejores

Periodo mudo

1930-1944

1945-1959

1960-1974

1975-1994

100 nombres (y uno más) para empezar el nuevo siglo

Olivier Assayas

Juanma Bajo Ulloa

Sandrine Bonnaire

Sergio Cabrera

Leos Carax

Chen Kaige

Nicolás Echevarría

Atom Egoyan

Hal Hartley

Industrial Light & Magic

Vitali Kanevski

Aki y Mika Kaurismaki

Abbas Kiarostami

Emir Kusturica

Pavel Longuine

Nikita Mijalkov

Nanni Moretti

Idrissa Ouedraogo

Alexander Sokurov

Lars von Trier

Zhang Yimou

Manoel de Oliveira

Diccionario temático del cine peruano

Barrio

Cementerio

Delincuentes

Domésticas

Militares y policías

Muerte

El sexo en el cine

Exhibicionismo: la mostración de Keitel

Prostitución: el dolor y el placer

Travestismo: la práctica de parecer “otro”

Filias y disgustos: Profundo carmesí

Diccionario (fragmentario) de los nuevos cortos peruanos

El colchón y Triunfador de Daniel Rodríguez

El cine de los 90… Y después

La muchacha de la fábrica de fósforos

Abbas Kiarostami

Takeshi Kitano

Lars von Trier

Cines orientales

El cine de autor

El cine de América Latina

Especial cine latinoamericano

Glauber Rocha

Nelson Pereira dos Santos

25 watts

A la izquierda del padre

Capítulo 4. La Vía Láctea

Tres de Fellini

“Toby Dammit”, episodio de Historias extraordinarias

Amarcord

Las voces de la luna

Cuatro de Truffaut

La piel suave

La novia vestía de negro

El amor en fuga

El último metro

Dos de Scorsese

¿Quién golpea a mi puerta?

“Apuntes al natural”, episodio de Historias de Nueva York

Una de Cronenberg

Parásitos mortales

Dos de Eastwood

Firefox

Un mundo perfecto

Tres de Coppola

Golpe al corazón

Tucker, el hombre y su sueño

“La vida sin Zoe”, episodio de Historias de Nueva York

Cuatro de Kurosawa

El duelo silencioso

Un perro rabioso

Escándalo

Los bajos fondos

Dos de Kubrick

El beso del asesino

Espartaco

Cuatro de Buñuel

La hija del engaño

Una mujer sin amor

La muerte en este jardín

El ángel exterminador

Capítulo 5. La edad de la razón

Hacia la cinenovela: La segunda patria

Las estaciones del infierno: el cine de Arturo Ripstein

Del psicho thriller al horror. Apuntes sobre algunas modalidades de la fruición criminal

La aspereza del cuero duro. Clint Eastwood actor

¿Por qué Eisenstein, por qué Mizoguchi? Introducción a dos ensayos y una cronología

Solidez de vieja estirpe: perfil de Adolfo Aristarain

Capítulo 6. Los 400 golpes

El buen juicio y el sida: Filadelfia

Ni virginal ni “respetable”: La pequeña Vera

Con pasión y furia: Las noches salvajes

Arnold lúdico: Mentiras verdaderas

Freddy se sale del guion: La nueva pesadilla

Penurias turcas: Yol

Dos de Benigni: El diablito y El monstruo

Medianía sentimental: El cartero

La forma del delirio: Al borde de la locura

“Héroe” a su pesar: Larry Flynt, el nombre del escándalo

Divertimento bizarro: Delicatessen

La simetría de la impotencia: Esposas y concubinas

Un aroma y un derrière: El marido de la peluquera y El perfume de Yvonne

Pudor y contención: El placer de estar contigo

Entre el cielo y el infierno: El apóstol

La isla y el yo: Un ángel en mi mesa

Memoria del destierro: Cristo se detuvo en Eboli

Capítulo 7. En breve

Anaconda

El amante

Europa, Europa

Il ciclone. Pasión y amor

Juegos peligrosos. Ridicule

El día de la bestia y Torrente, el brazo tonto de la ley

Secretos del poder

Lolita

Querer es un sentimiento

No va más

Referencias

Índice de títulos

A la bonhomía de Enrique Paco Pinilla y a la furia española de Rafaela Rafa García Sanabria

in memoriam

La regla del juego

La Gran Ilusión tuvo su primer número en el segundo semestre de 1993 y el último en el 2003, diez años más tarde. Era el número 13 que, en este caso, se convirtió puntualmente en el número fatal. En realidad, la continuidad de la revista se había mantenido hasta el número 12 que se publicó en el 2000, por lo que podemos decir que fue una revista de fin de siglo o en el umbral del milenio, y en ella se dio cuenta de lo que permanecía y de lo que cambiaba. Las salas se transformaban, la tecnología digital ya se iba perfilando, emergían nuevos cineastas así como cinematografías que se hacían de lugares expectantes en el concierto de los festivales y los escaparates del cine internacional. Si dejamos de lado ese último número, que quedó algo descolgado de los anteriores, podemos advertir una revista que todavía respiraba los aires de la tradición fílmica que cumplía 100 años enquistada en los soportes que le dieron nacimiento y los que se fueron agregando sin afectar la naturaleza tecnológica de la imagen y la proyección analógicas.

Por su parte, el cine peruano seguía siendo una continuación algo maltrecha del que se hizo en el periodo 1974-1992 y aún no aparecía ninguno de los realizadores que se harían visibles en la década posterior.

Los textos que se agrupan en este volumen, publicados originalmente en La Gran Ilusión, corresponden a ese periodo y a esa tradición, aun cuando algunos apunten en dirección de ciertas novedades estéticas que ya se advertían y que irían tomando cuerpo más adelante. Es una antología que cubre una buena parte de lo que escribí para esa revista que, en alguna medida, tomó la posta de Hablemos de Cine. No todos veníamos de la anterior, pero se logró reunir en la nueva publicación casi a la totalidad de los críticos más activos en ese momento e incluso a algunos con poca práctica previa, como Rogelio Llanos, que lograron hacer la parte seguramente más prolífica de su producción textual referida al cine en las páginas de esta revista en la que escribieron también Ricardo Bedoya, que fungió asimismo de editor, Federico de Cárdenas, Augusto Cabada, Emilio Bustamante, Giancarlo Carbone, Rafaela Pinilla, Fernando Vivas y, con menor frecuencia, Andrés Cotler, Javier Protzel, Enrique Silva y Carlos Torres Rotondo, quienes también pusieron lo suyo en este emprendimiento editorial, en el que asimismo colaboraron amigos y colegas extranjeros, como el español Miguel Marías, el chileno Ascanio Cavallo o el argentino Eduardo Russo.

En La Gran Ilusión se impuso la reunión semanal, a la manera en que había ocurrido con Hablemos de Cine. Tal vez la dinámica de las reuniones fue menos enjundiosa que en los tiempos de la predecesora, pero se mantuvo el espíritu entre cordial y polémico y siempre animado de los encuentros semanales que, hasta donde sabemos, no se han repetido más. Al menos no en Ventana Indiscreta, el proyecto editorial en el que desde hace algunos años estamos embarcados en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima, con una propuesta editorial distinta a la de La Gran Ilusión, que también fue una revista de la misma Facultad, pero con un aire algo académico por la extensión de los textos y la dureza del diseño. Ventana Indiscreta tiene un carácter monográfico (por primera vez nos apartamos de la actualidad cinematográfica inmediata) y sus textos, sin dejar algunos el tono académico, son más periodísticos o ensayísticos.

Decía que en este volumen está una buena parte de lo que escribí en La Gran Ilusión. No está todo porque varios textos largos fueron publicados ya en el libro Grandes ilusiones. De Eisenstein a la neo-comedia romántica (2008), y otros en la antología Tierras bravas. Cine peruano y latinoamericano (2014). En Grandes ilusiones, editado por Uqbar en Santiago de Chile, nueve de un total de diecisiete trabajos procedían de las páginas de la revista con el título de la célebre película de Jean Renoir. Eso hizo que ese título prácticamente se mantuviera, pluralizándolo para evitar la repetición literal. Tres de esos nueve textos se vuelven a publicar aquí con la intención de reforzar la sección de ensayos que hubiera quedado muy maltrecha sin ellos. En cambio, no se repite ninguno de los artículos o críticas que se incluyeron en Tierras bravas…, aun cuando con ellos la atención al cine peruano y al latinoamericano hubiese ganado significativamente. No obstante, así como está, la sección “Tierra en trance” no queda desairada.

He dividido este volumen en siete partes que corresponden a los nombres de las secciones más estables de La Gran Ilusión, lo que le puede dar a este libro la apariencia de una revista voluminosa, dado que los materiales son bastante sueltos puesto que han sido entresacados de una organización textual diferente, la que tenía cada número de La Gran Ilusión en el que varios críticos nos dividíamos las tareas de redacción. Por eso, por poner un ejemplo, en la sección “La Vía Láctea” me tocó escribir sobre unas pocas películas de cada uno de los realizadores que comparecieron allí. Y también escribí unas pocas notas en otros acercamientos temáticos de las secciones “Breve encuentro” o “Tierra en trance”. Espero que a nadie le incomode la lectura parcial de bloques en su origen bastante más amplios.

Para mantener el espíritu renoiriano, empleo para esta introducción el nombre que le asignamos a la página editorial que es, como se sabe, el título de una de las mejores cintas del autor de La gran ilusión, y como ya no puedo repetir, ni en singular ni en plural, ese título que dio nombre a la revista de donde procede lo que aquí se va a leer, y para no quebrar la filiación fílmica, juego con el título de un filme de Truffaut, brevemente comentado en el libro, que es El amor en fuga. Preciso que aplico el término fuga principalmente en su acepción musical: variaciones sobre un tema en diferentes tonos. No lo aplico literalmente; es solo una metáfora, claro está, pero es muy pertinente para hacer referencia a los textos que conforman el volumen, finalmente variaciones en torno a ciertos motivos y rodeos sobre los mismos u otros. También la fuga se asocia con el movimiento rápido, con la fugacidad, con el tiempo que avanza velozmente. Esas acepciones no están reñidas en absoluto con el carácter precisamente fugaz de los filmes y, porqué no, de los textos que se leen a continuación y que están conectados con esos años de fin-de-siecle un tanto alborotados por los cambios que anotamos en el primer párrafo.

Quiero agradecer a Milagros García Gago por su apoyo en la transcripción de los textos y en la elaboración parcial del índice, trabajo que culminó con destreza Enrique Bogardus, y recordar tanto a Rafaela García Sanabria, habitual generadora de controversias en los encuentros semanales de la revista, como a Enrique Pinilla que se fue antes de que la revista se pusiera en marcha pero cuánto le hubiese gustado participar en ella.

CAPÍTULO 1
La caja de Pandora
Aristarain, Subiela y Solanas

El cine argentino, que enfrenta desde hace rato una grave crisis de producción agravada por las difíciles circunstancias económicas que ese país ha venido arrastrando en los últimos años, levantó cabeza el año pasado con tres películas que han provocado polémica y han obtenido reconocimiento dentro y fuera. La que mayor éxito de público ha tenido es Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristarain, ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián 1992. La que ha causado las opiniones más extremas es El lado oscuro del corazón (1992), de Eliseo Subiela, Coral del último Festival de La Habana. La tercera, que es la más ambiciosa en presupuesto y amplitud argumental, está dirigida por Fernando E. Solanas y se titula El viaje (1992).

Un lugar en el mundo tiene a Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán y Leonor Benedetto en los roles principales y cuenta los avatares de los miembros de la comunidad ganadera ante las presiones de un poderoso hacendado. Pero, más que en el enfrentamiento de intereses y las luchas que puede provocar, Aristarain se centra en el grupo de personajes principales del relato, concretamente los miembros de la familia integrada por Luppi, Cecilia Roth y el adolescente más la religiosa compuesta por Benedetto y el geólogo español que hace Sacristán.

El nivel social del relato queda como un marco contextual y lo principal pasa a ser la integridad de unos hombres y mujeres aferrados a destiempo a un ideal comunitario y el aprendizaje de vida del muchacho. Son las relaciones de afecto y amistad las que llenan la película y le aportan lo mejor que tiene. Para ello la dirección de actores es medida y siempre convincente y el ritmo del relato posee temple y energía. El humanismo de Aristarain, cual Martin Ritt argentino que hubiera bebido de las fuentes de John Ford, se resiente a veces por problemas de la guionización, patente por exceso en algunos diálogos y por defecto en algunas resoluciones poco satisfactorias.

El lado oscuro del corazón es la historia de las búsquedas amorosas de un poeta argentino (el actor Darío Grandinetti) que deambula por bares, prostíbulos y departamentos en Buenos Aires y Montevideo. En la línea de exploración lírica que el realizador Eliseo Subiela se había impuesto en Hombre mirando al sudeste (1986) y Últimas imágenes del naufragio (1989), El lado oscuro del corazón lleva las cosas más lejos, pues la película se sitúa abiertamente en una dimensión límite entre el realismo cotidiano y la fantasía onírica, tratada esta última siempre con una apariencia totalmente realista, sin trucos ni efectos especiales ni marcas de separación. Componente central del filme es un abundante diálogo, cargado de citas de Borges, Benedetti y otros escritores, que le da a los personajes y especialmente al protagonista, un lado sobreintelectualizado que afecta seriamente la verosimilitud de las situaciones, de manera que lo que tiene de lograda la atmósfera se resiente con la discutible consistencia de los personajes, definidos a partir de su excesiva verbalización.

El viaje, por su parte, una vez bailados por Solanas los tangos del exilio y el retorno en Tangos: El exilio de Gardel (1985) y Sur (1988), respectivamente, es la Oda Americana del realizador argentino. Un joven que busca a su padre —y, obviamente, a sí mismo— recorre América, de la Patagonia a México, incluyendo en el trayecto al sur de Chile, Cusco, la Amazonía, Brasilia y Panamá. La pretensión, es como se ve, enorme y ha terminado por desbordar las posibilidades que el filme tenía para lograr ese cometido. Tal vez Solanas hubiera requerido el esquema de una serie dividida en capítulos para arribar a resultados más favorables. Empero, El viaje ostenta en su primera parte, con las escenas del internado y las que corresponden a la inundación de Buenos Aires y sus alrededores, virtudes reconocibles. En esta parte la propuesta alegórica encuentra imágenes y representaciones realmente sugestivas. Luego esa riqueza se pierde en la parte peruana, se retoma parcialmente durante la etapa brasileña y se pierde nuevamente en la parte final. No se alcanza, entones, el difícil equilibrio que una visión metafórica de la pluralidad de mundos latinoamericanos requería y la película avanza un poco a sobresaltos, a merced de su propio caos. De cualquier modo, posee méritos innegables y constituye, junto con las dos anteriores, un trío que da pie al debate y a la polémica, lo que no es poco en estos momentos en que el cine de América Latina pasa por uno de sus periodos más difíciles en los últimos 30 años.

(La Gran Ilusión, n.o 1, segundo semestre de 1993, pp. 9-101)

La partida de Audrey: Audrey Hepburn (1929-1993)

La princesa que quería vivir (William Wyler, 1953) la lanzó por lo grande. Oscar de la Academia a la mejor actuación femenina de 1953. Enorme popularidad inmediata. De pequeñísimos roles secundarios, como en Oro en barras (The lavender Hill Mob, 1951), de Charles Crichton, saltó al estrellato y allí se quedó hasta que en 1967, luego de hacer de ciega acosada en Espera la oscuridad (Terence Young, 1967), optó por el retiro. Cierto es que casi diez años más tarde retornó en Robin y Marian (Richard Lester, 1976), en un notable rol femenino, en plena consonancia con su edad, pero sus siguientes apariciones no merecen destacarse, salvo quizás la de Y todos rieron (Peter Bogdanovich, 1981). Su último y fugaz rol, tan breve como el de Oro en barras, lo desempeñó en Siempre (1989), el filme de Spielberg.

Si ha habido una actriz a la que es realmente imposible no haber querido en cada una de sus películas esta es, sin duda, Audrey Hepburn. La simpatía de un rostro transparente y de una sonrisa espontánea podía conquistar al más huraño espectador. Sin embargo, muy lejos estuvo Audrey de las chicas bobas e ingenuas que la precedieron en la historia del cine norteamericano.

Audrey fue la imagen alada de la fragilidad exterior y a la vez de la firmeza y fuerza de voluntad. Fue, simultáneamente, la dama elegante y fina, y también la mujer más sencilla y campechana que desfilara por las imágenes de los años 50 y 60. Supo dar los matices del entusiasmo o de la desorientación ante universos que le resultaban deslumbrantes, curiosos, desconocidos o extraños. Y también proyectar la firmeza de un carácter indómito. Si a Audrey se le ganó por algo fue por el corazón. Pocas como ella le aportaron a la mujer enamorada tal nivel de convicción. Tanto en aquellos amores que la unieron a hombres que tenían 20 o 30 años más que ella (fueran Humphrey Bogart, Gary Cooper, Cary Grant, Fred Astaire o Rex Harrison) con los que parecía sentirse más cobijada y segura, como con aquellos, los menos, más próximos a su edad. Amores que nunca fueron fáciles y fluidos, lo que permitió que Audrey proyectara esa gama de recursos que nunca parecieron producto de una interpretación, sino estados e impulsos espontáneos recogidos por la cámara.

Todo lo hizo bien, pero estuvo especialmente insuperable en las comedias románticas y en las comedias musicales: Sabrina (Billy Wilder, 1954), Amor en la tarde (Billy Wilder, 1957), Muñequita de lujo (Blake Edwards, 1961), París, tú y yo (Richard Quine, 1964), Charada (Stanley Donen, 1963), Mi bella dama (George Cukor, 1964) y Un camino para dos (Stanley Donen, 1967). En todas ellas Audrey podía pasar de la discreción a la indiscreción, de la alegría a la tristeza, de la informalidad a la sofisticación sin que se advirtiera casi la línea de separación. Su hermoso rostro de expresiones francas y acogedoras parecía no adecuarse del todo a la delgadez de su cuerpo, del que la separaba un gracioso cuello de cisne. En esas actuaciones Audrey pudo ser huidiza o cercana, impertinente o medida, desaliñada o deslumbrante, pero en todos los casos divertida y encantadora, definitivamente entrañable.

Nos anunció su muerte en Robin y Marian, donde compuso a la amada de Robin Hood. En el final de esta película, junto con la muerte de Marian, de algún modo murió Audrey para el cine porque no volvió nunca a ser la misma. En Siempre, donde hace de un ángel, Audrey ya estaba en el cielo.

(N.o 1, segundo semestre de 1993, pp. 15-16)

Las imágenes del mundo en una isla: Puerto Rico

Hubo un tiempo en que América Latina tuvo sus festivales internacionales de cine. Los de Mar del Plata de Argentina y Punta del Este en Uruguay llegaron a tener una continuidad que otros no alcanzaron. Posteriormente, el de Cartagena en Colombia ha logrado tener una duración hasta ahora no superada por ningún otro, a diferencia del Festival Internacional de Río de Janeiro en Brasil que apenas si sumó unos pocos años. Lo cierto es que, y dejando de lado el caso sui generis de Cartagena, que no tiene un carácter competitivo salvo para la parte latinoamericana, los demás festivales se propusieron exigencias que terminaron por superarlos. Una de ellas, la de ofrecer una muestra en concurso que, dada la abundancia de festivales de mayor jerarquía mundial, no ofrecía sino escasamente títulos de interés.

México ensayó hace ya algún tiempo una muestra en Acapulco, sin carácter competitivo, que reunía muchos de los títulos destacados en los certámenes de mayor envergadura, pero la experiencia tampoco tuvo una duración considerable. De todas formas, ese fue tal vez el primer ensayo en nuestra región de una modalidad festivalera que ha ido alcanzando con los años una apreciable difusión: la fórmula del “festival de festivales”, es decir, la de aquellos que reúnen una importante cantidad de películas seleccionadas, sin aspirar a otorgar premios. Con ellos se ofrece un panorama de filmes galardonados o exhibidos en distintos festivales, entre otros que pueden ser estrenos absolutos. Esta fórmula se diferencia notoriamente de las otras dos que predominan en el abultado panorama de certámenes fílmicos mundiales: las muestras competitivas y las muestras especializadas, como aquellas dedicadas al cine para niños, de mujeres, de cine fantástico o de cine latinoamericano (como el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana).

Pues bien, el Festival Internacional de Cine de Puerto Rico, que realizó en noviembre de 1994 su cuarta edición, es hoy por hoy el mayor esfuerzo hecho en el continente en la línea del “festival de festivales”, dejando de lado al que se viene efectuando anualmente en Toronto. No hay en los países de habla hispana una iniciativa similar pues el de Cartagena, lleno de altibajos, no tiene el alcance y el peso que progresivamente está alcanzando el Festival de Puerto Rico, y el que se viene realizando anualmente en Montevideo es claramente más reducido. Dirigido por Juan Gerard González y Letvia M. Arza, el Festival ha totalizado en sus dos últimas ediciones casi 100 películas de largometraje cada una con una plausible variedad de programación. En su última edición se exhibieron más de 80 películas pertenecientes a 32 países de los cinco continentes. Hay que destacar, por lo pronto, lo que significa que el público aficionado de Puerto Rico tenga acceso a títulos que de otra manera no vería en salas de cine y el ejemplo que ello supone para otros países, como el nuestro, que padecen de una endémica pobreza, si no miseria, en la oferta de la programación comercial. Es cierto que resulta imposible poder ver la totalidad de lo presentado en los 12 días que dura el festival y que es inevitable el sentimiento de frustración para los aficionados más ávidos. Pero, como no se trata de llegar a ese ideal inalcanzable de la cinefilia militante, ya es bastante con que se pueda escoger dentro de un menú variado en el que, obviamente, no todo está en el mismo nivel de calidad.

En el rubro latinoamericano el título más sobresaliente fue La reina de la noche (1994), una sombría evocación de la vida de la cantante mexicana Lucha Reyes, dirigida por Arturo Ripstein, cuya carrera retomó fuerza con Principio y fin (1993) y que es en el momento el más sólido de los realizadores aztecas. También ofrece interés la ópera prima de Fernando Sariñana, Hasta morir (1994), en torno al submundo de los “cholos”, un sector juvenil marginal en México. En cambio, la selección argentina resultó decepcionante pues ni Una sombra ya pronto serás (1994), de Héctor Olivera, ni Convivencia, de Carlos Galletini, ni El amante de las películas mudas (1994), de Pablo Torre (hijo de Leopoldo Torre Nilsson) alcanzan el nivel de las películas mexicanas. Tampoco convence La tercera margen del río (1994), el filme con el que retorna al cine el brasileño Nelson Pereira dos Santos después de varios años de inactividad. Basada en varios relatos de Graciliano Ramos, la película no consigue tener una construcción suficientemente sólida y las historias que cuenta se dispersan sin acceder a las resonancias de realismo mágico a las que aspira.

Otro realizador por debajo de su nivel habitual fue el también brasileño Carlos Diegues cuyo Vea esta canción (1994), compuesto por cuatro episodios con temas de fondo de conocidos compositores del Brasil, padece de las limitaciones de un tratamiento superficialmente televisivo pese a la competencia de sus intérpretes.

La cubana Fresa y chocolate (1994), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, representó a la isla con el éxito de público que ha acompañado sus exhibiciones en todas partes. Como se anuncia su estreno en Lima, ya habrá ocasión de analizarla en las páginas de La gran ilusión. Entre las películas chilenas destacó Amnesia (1994), de Gonzalo Justiniano frente a Los náufragos (1994), de Miguel Littin y la nula Entrega total (1993), de Leonardo Kocking. Aun así, Amnesia está por debajo de otros trabajos de Justiniano.

De la amplia selección internacional hay varios títulos que sobresalen. Uno de ellos Antes de la lluvia (1994), del macedonio Milcho Manchevski, que había obtenido el León de Oro de la Mostra de Venecia. Antes de la lluvia cuenta tres historias que se articulan de manera circular y en las que se perfila un duro retrato de la violencia interétnica, con claras alusiones a la situación de la ex Yugoslavia, especialmente a la región bosnia, aunque la acción del filme tiene lugar en Macedonia y Londres.

La trilogía de Krzysztof Kieslowski, Tres colores: Blanco, Azul y Rojo (1993-1994), ofrece tres visiones distintas pero en varios sentidos complementarias de los temas del azar y el destino, el amor y la separación, el éxito y el fracaso, en tratamientos visuales diferentes (más estilizado en Azul, más llano y directo en Blanco, más depurado en Rojo), siempre marcados por la personalidad creadora de Kieslowski, en la que, entre muchos otros aspectos, hay que resaltar la ajustada dirección de actores, la valoración de espacios y objetos y el espléndido uso de la música.

Sorprendente a la vista de la carrera anterior de José Luis Garci resulta Canción de cuna (1994), en la que reecontramos después de 50 años las virtudes del melodrama americano. Como si uno volviera a ver, actualizados, a Frank Borzage y Leo McCarey, Canción de cuna es un emotivo filme de convento y monjas, abiertamente sentimental y con un notable sentido del toque melodramático en encuadres desde puntos de vista fijos que excluyen la movilidad de la cámara y valorizan el gesto, la palabra y la emoción. De la amplia selección española habría que mencionar también a Huevos de oro (1993) y La teta y la luna (1994), segunda y tercera partes de la trilogía nutricio-erótica que Bigas Luna inició con Jamón, jamón. Levemente inferiores a la primera, hay aciertos en una y otra en medio del habitual desmadre del cineasta catalán.

La canadiense Exótica (1994) de Atom Egoyan es un paso más de uno de los realizadores más curiosos del cine actual y del que aún se espera una gran película. Pero Egoyan vuelve a aportar en el nivel de una narración en la que todo parece muy simple y, ciertamente, no lo es. Otro de los consentidos de la crítica y los festivales internacionales, el finlandés Aki Kaurismaki, se hizo presente con dos películas: una es Total Balalaika Show (1994), un espectáculo musical en el que los Leningrad Cowboys, excéntrico grupo musical que Kaurismaki ha popularizado en dos filmes previos, alternan nada menos que con la Orquesta del Ejército Rojo de Moscú. La otra se titula Cuida tu pañuelo, Tatiana (1994) y se sitúa en la línea minimalista (acciones escuetas, escasez de diálogos, discontinuidad espacial, carencia de plot-points) que caracteriza el estilo del finlandés. De su hermano Mika Kaurismaki se vio Tigrero (1994), un documental en el que Samuel Fuller le cuenta a Jim Jarmush lo que pudo ser y no fue un filme de aventuras de la Fox con Tyrone Power, Ava Gardner y John Wayne que Fuller iba a filmar en la amazonía brasileña. En ese entorno ha sido rodado este documental que evoca una frustración pero también un sueño y que muestra a Fuller con una memoria, un sentido del humor y una capacidad física sorprendentes a sus 81 años.

Muy valiosa la selección francesa: No tengo sueño (1994), de Claire Denis, Montand (1994), de Jean Labib, Mina Tannenbaum (1994), de Martine Dugowson, No muy católica (1994), de Tonie Marshall y Nadie me ama (1994), de Marion Vernoux, las tres últimas óperas primas y cuatro de ellas dirigidas por mujeres.

La británica Ladybird, Ladybird (1994), de Ken Loach, ya distinguida en otros festivales, fue otro de los puntos altos en Puerto Rico y una reconfirmación de que Loach es uno de los realizadores de primera línea del cine británico actual.

Finalmente, son especialmente destacables la rumana Traición (1993), de Radu Mihaileanu, en torno a un escritor disidente en la Rumania comunista, la china Ermo (1994), de Zhow Xiao Wen, sobre los afanes de una campesina por adquirir un televisor, y la hindú La reina de los bandidos (1994), de Shakhar Kapur, un duro relato de la violencia que recibe y aplica una mujer en el medio rural de la India, insólita en el panorama de una cinematografía hasta hoy caracterizada por la extrema prudencia y recato en lo que se refiere a las imágenes del sexo y la violencia.

(N.o 3, segundo semestre de 1994, pp. 7-9)

Sam Raimi: visto y no visto en Lima

Las películas de Sam Raimi se han visto en Lima pero muy pocos lo saben. Cuando Muerte diabólica (1983) se estrenó en 1984, Raimi era un desconocido y el filme se integró a un circuito en el que resultaba difícil diferenciarlo entre la habitual producción de última categoría que allí se ofrecía. Luego, con la excepción de Darkman, el rostro de la venganza (1990), las películas de este artífice del cine fantástico han pasado prácticamente inadvertidas y en algún caso en forma casi clandestina. De manera que lo que en otras partes son filmes de culto, aquí se ha lanzado (o “quemado”, que es lo que se hace con numerosas cintas) de manera semisubterránea.

Este año se vio, primero, Ejército macabro (1993), de paso muy fugaz por la cartelera, y más tarde El Cinematógrafo de Barranco la incluyó en el programa dedicado a Sam Raimi en el que se vio también Ola de crímenes (1987), estrenada más tarde de manera fantasmal en el Cine Colina de Miraflores, una de las salas que sobrevive penosamente en la ciudad. Las funciones de El Cinematógrafo, hechas sin el menor apoyo publicitario o periodístico, reunieron apenas a un pequeñísimo puñado de aficionados, como sucede, lamentablemente, con otros programas de interés de la pequeña sala de arte barranquina. Lo mismo ocurrió con los ciclos dedicados al venezolano Román Chalbaud y al alemán Reinhardt Hauff.

Los muertos diabólicos 2 (1987) también pasó por la cartelera de estrenos sin que casi nadie se percatara de ello dos años después de su realización. Y la misma Darkman, protagonizada por un Liam Neeson aún desconocido, no fue un éxito ni mucho menos, pese a un mejor lanzamiento que correspondía a su carácter de producción clase A, por más que tuviera ese aire de cine fantástico clase B que suele preferir el realizador. En efecto, sus otras películas son típicas low budgets, hechas con un pequeño grupo de actores y escasos escenarios. Incluso Ejército macabro, que salta del presente a la época del rey Arturo y desarrolla una ficción inspirada en los inventivos trucos del célebre Ray Harryhausen, que culmina con una original batalla contra un ejército de calaveras, no cuenta con el presupuesto del que habitualmente disponen filmes de época y con escenas de masas.

Sam Raimi se nutre de los comics fantásticos, de la tradición bizarra, aventurera y cómica del cine clase B y de la imaginería del gore que se inicia con La noche de los muertos vivientes (George Romero, 1969). Sus películas en buena medida son derivativas y, como en el caso de la trilogía de Muerte diabólica (la tercera parte es Ejército macabro), parecen hechas utilizando locaciones y utilería de algún filme de mayor presupuesto previamente realizado. Esto no significa que no personalice sus cintas, logrando en algunas de ellas una exacerbación del gore como no encontramos en otros realizadores; Muerte diabólica y Los muertos diabólicos 2 son verdaderos tours de force en los que Raimi se permite todos los excesos posibles en la serie de carnicerías guiñolescas que allí se suceden en torno a la cabaña en el bosque, en que un grupo de jóvenes soporta el ataque de fantasmas y la conversión de casi todos ellos en horribles muertos vivientes. Cierto, habría que ser un fanático incondicional de las licencias del gore para aceptar el íntegro de los recursos que Raimi pone en juego. Pero hay que reconocer que asume el horror de manera realmente pantagruélica, sin temor a superar los límites de las convenciones del género fantástico.

En Ola de crímenes que es, con Darkman, su mejor película, se incorpora en forma ostensible el slapstick al horror. Los criminales y sus víctimas son aquí figuras de un entramado de portazos, caídas y carreras que no ofrecen tregua a lo largo de los 83 minutos de duración. Sam Raimi hace ver, en compañía de Joel y Ethan Coen, coguionistas de la cinta, que se habían dado a conocer con Simplemente sangre (Raimi, 1984), nunca estrenada aquí, que el juego y el humor no excluyen el efecto de shock y la crueldad.

Ejército macabro, por su parte, se aleja en sus 80 minutos del metraje de una obra de reconstrucción de la Edad Media que pretenda un cierto nivel. Es, hasta hoy, la última demostración de las virtudes de una forma de hacer cine que debería mantenerse en los límites de la producción B para, desde allí, seguir modelando fantasías sin pretensión ninguna que en las antípodas de su estilo no dejan de hacer pensar en lo que, por ejemplo, significó el fantástico de Jacques Tourneur en su época, sin que esto quiera indicar similitud en los logros. Todavía Sam Raimi está lejos de conseguir su La marca de la pantera (1942), Yo dormí con un fantasma (1943) o Una cita con el diablo (1958), las tres de Tourneur.

(N.o 3, segundo semestre de 1994, pp. 18-19)

Festival del Sol: un Encuentro accidentado en el Cusco

La última semana de junio de 1991 se realizó en el Cusco el Segundo Encuentro de Cineastas Andinos conjuntamente con una Muestra de Cine Latinoamericano. El primer Encuentro había tenido lugar casi una década atrás en Quito, pero la voluntad de realizarlo con más frecuencia se vio impedida por la falta de una coordinación efectiva entre los diversos países de la región. El Segundo Encuentro recogió las banderas del acercamiento del cine andino en una de las ciudades más indicadas por su ubicación e interés histórico y turístico. El Segundo Encuentro se promovió anunciándose que Cusco sería la sede del Festival del Sol a partir de 1992. El balance de la experiencia de 1991 fue satisfactorio en lo que se refiere al encuentro de los cineastas de los diversos países vecinos con los de casa. A nivel local fue asimismo muy promisoria la aproximación entre los cineastas peruanos con los distribuidores y exhibidores ahí presentes. En ese entonces toda la gente que hacía cine estaba en la Asociación de Cineastas del Perú o próxima a ella y eso facilitaba la comunicación con los representantes de un gremio que siempre había estado divorciado del interés de los cineastas: el de los exhibidores. Más tarde, claro, vino la derogación de los beneficios de la ley de cine y, luego, la ruptura con la Asociación de un grupo en el que Federico García desempeñaba, junto con Armando Robles Godoy, el rol de líder.

Fue precisamente Federico García quien dirigió el Segundo Encuentro de Cineastas Andinos. Lo que decididamente no marchó bien en aquella ocasión fue la muestra de películas. Ninguna de las salas del Cusco ofrecía las condiciones mínimas para una proyección decorosa y no hubo previsión al respecto. Encima, y dentro de una tónica regionalista exacerbada por el apoyo que la Municipalidad del Cusco y su alcalde, Daniel Estrada, ofrecieron al evento, las puertas de los cines fueron abiertas al pueblo en una iniciativa que, a priori, podía sonar plausible. Que el pueblo del Cusco, como cualquier otro, tuviera acceso a películas que nunca se ven y que estas fueran latinoamericanas parecía la realización de un sueño bolivariano. Pero ver las películas en salas de imagen borrosa y sonido inaudible y que estas, además, respondieran a propuestas casi siempre exigentes (Imagen latente [Pablo Perelman, 1988], Caluga o menta [Gonzalo Justiniano, 1990] o Rodrigo D: No futuro [Víctor Gaviria, 1990], por ejemplo) en medio de salas atiborradas donde los chicos corrían por todas partes, convertía la iniciativa en un gesto populista. ¿Qué sentido podía tener que un público no preparado para ver esas películas y en esas condiciones penosas las viera? ¿Qué beneficio podía aportarles eso?

La terminación de la ley y las dificultades subsiguientes, la falta de un equipo organizado estable y otras razones hicieron que el proyectado Festival del Sol se fuera postergando hasta que este año fue convocado, junto con el Tercer Encuentro de Cineastas Andinos, siempre como una iniciativa de Federico García. Se realizó, esta vez, en junio de 1996 y los resultados, nuevamente, dejaron mucho qué desear, con el agravante de que se trataba de una segunda oportunidad que debió haber corregido los errores de la primera. A favor hay que decir que el Encuentro propiamente marchó bien, pero con menos asistentes extranjeros de los que hubo en 1991 y con la ostensible ausencia de los cineastas pertenecientes a la Asociación de Cineastas del Perú, que constituyen numéricamente el 90 % o más de la gente que hace cine en el país. Solo los representantes de la Sociedad Peruana de Productores y Directores Cinematográficos (Socine), con la única excepción de Fernando Espinoza, estuvieron presentes, pues José Antonio Portugal, miembro de la Asociación, asistió en su calidad de representante del Consejo Nacional de Cinematografía (Conacine), cuyo presidente, José Perla Anaya, también participó en el Encuentro. El anuncio del presidente Alberto Fujimori de la entrega de medio millón de soles para activar la ley resultó magro frente a las expectativas, pero que Fujimori lo dijera allí en el Cusco y que destacara la importancia del cine como un medio de expresión fue, sin duda, significativo.

Por otra parte, el Festival como tal, es decir, la exhibición de películas que esta vez se reducía a dos salas, volvió a demostrar una clamorosa imprevisión. Ni el Teatro Municipal estaba habilitado para ofrecer filmes, ni el cine Ollanta, que exhibía una muestra internacional, contaba con la imagen y el sonido requeridos. No había un programa escrito y la información era inadecuada. De ese modo, y pese al voluntarismo de los escasos organizadores, el Festival no podía llegar a buen puerto. Aun así, las películas latinoamericanas presentes (aunque no todas) se exhibieron y hubo entrega de premios a Casas de fuego (1995), de Juan Bautista Stagnaro, Amnesia (1994), de Gonzalo Justiniano y La nave de los sueños (1996), de Ciro Durán (de primero a tercer premios, en ese orden) y a Cuestión de fe (1995), de Marcos Loayza (Bolivia), como mejor película de temática andina. Pero el balance de conjunto aconseja una seria revisión de la propuesta del Festival si es que se quiere establecer algo que sea sólido y eficaz en términos de tribuna para el cine regional. Básicamente se requieren dos cosas: un equipo organizador que, con las funciones claramente diferenciadas, trabaje todo el tiempo necesario para que las cosas marchen bien, y salas de cine en buen estado. Es verdad que para eso se necesita dinero y apoyo, pero sin esas condiciones no tiene futuro posible el Festival del Sol, lo que sería lamentable para el Cusco, el cine peruano y la posibilidad de establecer un espacio anual de encuentro andino y latinoamericano que podría atraer a muchos aficionados nacionales y de los países vecinos.

(N.o 6, 1996, pp. 11-12)

Marcello Mastroianni: breve semblanza de un gran actor

Antes de hacerse mundialmente conocido como el disoluto periodista romano de La dolce vita (Federico Fellini, 1960), Marcello Mastroianni había actuado ya en una enorme cantidad de películas a lo largo de la década de 1950. La mayor parte de ellas eran comedias y melodramas que difundieron su figura atractiva, su aire un tanto distraído y soñador. Y pese a que La dolce vita fue, si se quiere, una redefinición de la carrera del actor, los roles posteriores van a mantener algunos de los trazos básicos del Mastroianni joven. Recordemos algunos de los títulos que promovieron su popularidad y fueron asentando algunos de los rasgos que marcarían su estilo: Tiempos nuestros (Alessandro Blasetti, Paulo Paviot, 1954), Crónica de los pobres amantes (Carlo Lizzani, 1954), Lástima que sea tan canalla (Alessandro Blasetti, 1954), Diabluras de padres e hijos (Mario Monicelli, 1957), Cuentos de verano (Giani Franciolini, 1958)… En esas películas participó mayormente de ese protagonismo grupal tan característico de las comedias italianas de los 50. Igual rol le cupo en Los desconocidos de siempre (1958), la extraordinaria comedia social de Mario Monicelli. Una excepción en esa primera etapa de su carrera fue el personaje que hizo para Luchino Visconti en la única película de prestigio autoral que filmó en esos años, Puente entre dos vidas (1957), basada en el relato de Dostoievski, con la alemana Maria Schell y el francés Jean Marais en los otros papeles centrales. Es asimismo en Puente entre dos vidas donde se anticipa, mejor que en otras, el futuro perfil actoral del italiano. En efecto, en este filme se asoman de manera más trabajada los rasgos inseguros y dubitativos, el lado sensible y frágil, la expresión que transmite melancolía y un vago pesar que serán recurrentes en el Mastroianni posterior.

Sin embargo, sería fácil y erróneo decir que antes de La dolce vita, y con la excepción señalada de Puente entre dos vidas, Mastroianni hizo películas populares y después películas de autor. Eso no es exacto, aunque es verdad que, convertido ya en una gran figura del cine de su país, Mastroianni se vio muy solicitado y tuvo la suerte de actuar con directores reconocidos que le dieron espacio para el lucimiento, permitiéndole, a la vez, una contribución decisiva al logro de sus películas. Aquí hay que situar, en primer lugar, el célebre 8 ½ (1963), de Fellini, en el que compone al director de cine en crisis. También al marido adúltero de Divorcio a la italiana (1961), de Pietro Germi. Al escritor hastiado de La noche, de Michelangelo Antonioni. Al hermano mayor de Dos hermanos, dos destinos (1962), de Valerio Zurlini. Al profesor de Los compañeros (1963), de Monicelli. Al enjuiciado en El extranjero (1967), de Visconti. A la pareja de Sofía Loren en Ayer, hoy y mañana (1963), Matrimonio a la italiana (1961) y Los girasoles de Rusia (1970), las tres de Vittorio de Sica. Más tarde los roles de Mastroianni se diversificaron en producciones norteamericanas, francesas y otras, pero el predominio en cintas de su propio país se mantuvo firme.

Con la excepción de las películas más radicalmente personales, tipo 8 ½ o La noche, Mastroianni participó en producciones donde la expresión del director no era incompatible con la apelación a un auditorio amplio y popular, en una época en que el cine italiano tenía ganado un importante espacio en el mercado mundial. Con el paso del tiempo y el deterioro de los términos de comunicación entre el cine peninsular y el público internacional, es posible que varias de las películas del actor, por ejemplo las que dirigió Marco Ferreri, vieran limitado su público potencial. Pero, de todas formas, Mastroianni nunca quiso confinarse al reducto de las salas de arte y alternó con producciones de mayor convocatoria como las que hizo para Ettore Scola, desde Celos estilo italiano (1970) hasta Macaroni (1985).

Cuando se fueron desdibujando los rasgos jóvenes que el rostro del protagonista de La dolce vita mantuvo más allá de la edad en que otros asumen decididamente el aire adulto, el actor supo ser fiel en lo que cabía a ese perfil inestable y nervioso que varias de sus cintas más logradas expresaron con claridad. Y cuando, con el correr de los años, la inevitable vejez le dio el encuentro no tuvo el menor inconveniente en asumir esa nueva etapa de su carrera y hacerlo en una de las formas más dignas que se recuerde en la historia del cine.

Así, la vejez cinematográfica de Mastroianni puede ser comparada con la de otros dos magníficos actores fallecidos en años anteriores, el francés Yves Montand y el norteamericano Burt Lancaster. Ellos también gozaron del estrellato en sus años jóvenes y compusieron personajes teñidos por el romanticismo de la aventura (Lancaster) y del romance (Montand), dos eficaces modalidades de la seducción. Igual que Mastroianni tuvieron luego una destacada actividad en papeles acordes con una edad avanzada, como los policías maduros que interpretó Montand, que no excluyeron su capacidad seductora, pero le dieron otras inflexiones de agotamiento o cansancio, ese que Lancaster también supo modular, por ejemplo en Grupo de familia (Luchino Visconti, 1974) o Atlantic City (Louis Malle, 1980).

Por eso, el Mastroianni de Ginger y Fred (1986), de Fellini, de ¿Qué hora es? y Splendor (ambas de 1989), de Scola, de Querer es un sentimiento (1990), de Francesca Archibugi, de Sostiene Pereira (1996), de Roberto Faenza, es un Mastroianni envejecido pero consecuente con un talante emocional que lo hace inconfundible. No fue un director italiano, sin embargo, el que le facilitó hacer la síntesis de su obra interpretativa; fue el ruso Nikita Mijalkov quien dirigió al Romano de Ojos negros (1987), casi una summa de los rasgos actorales más destacados del italiano.

Ahora de pronto nos vemos privados de lo que hubiera sido, sin la menor duda, la continuación de una carrera cuyo límite seguramente no hubiera sido otro que el de la muerte. Pero de una muerte más tardía y no como en realidad ocurrió cuando contaba con 72 años. Nos queda, por el momento, esperar a verlo en ese rol postrero que ejecutó para el portugués Manoel de Oliveira en Viaje al comienzo del mundo (1996).

(N.o 7, primer semestre de 1997, pp. 10-12)

A la búsqueda de un cine fronterizo. Comentarios a partir de los festivales de Puerto Rico y Mar del Plata

El autor asistió a los últimos festivales de Puerto Rico y Mar del Plata como miembro, en ambos casos, del jurado Fipresci (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) que en Puerto Rico premió como mejor filme latinoamericano a El impostor, de Alejandro Maci (Argentina, 1997) y en Mar del Plata a La pelvis de J. W., de João César Monteiro (Portugal, 1997), mejor filme en la competencia oficial, y Pizza, birra y faso, de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro (Argentina, 1997), mejor cinta de América Latina. Lo que sigue no es una reseña de esos festivales sino una introducción informativa y un comentario sobre las películas que encontró más relevantes a partir de las razones que expone.

Los festivales de cine siguen siendo los espacios de mayor capacidad de convocatoria entre los que pugnan por hacer de las películas un producto diferenciado e individual (otros espacios son las cinematecas, las salas de arte, los cineclubes). Que se organice durante una semana, 10 o 12 días un amplio programa de películas, con asistencia de realizadores, actores y cámaras fotográficas y de televisión, constituye normalmente un atractivo especial para el público aficionado. Y uno puede comprobarlo asistiendo a los festivales. Dos de ellos se han realizado casi sucesivamente en San Juan de Puerto Rico y Mar del Plata, desde fines de octubre hasta el 9 de noviembre de 1997 el primero, y del 3 al 22 del mismo mes el otro. El Festival Internacional de Cine de Puerto Rico llegó este año a su séptima edición, mientras que el de Mar del Plata, que había realizado once ediciones hasta 1970, fue relanzado el año 1996 y en 1997 llegó, por lo tanto, a su decimotercera edición. Ambos tienen carácter internacional pero el de Mar del Plata está organizado por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales y cuenta con un elevado presupuesto, mientras que el de Puerto Rico responde a una iniciativa privada y su presupuesto es, ciertamente, mucho más reducido. La diferencia se puede comprobar en el mayor número de películas, salas y horas de programación de Mar del Plata y en la presencia de numerosos actores y directores. Esta vez, por ejemplo, se congregó a Sofía Loren, Catherine Deneuve, Jacqueline Bisset, Alain Delon, Giancarlo Giannini, Kathleen Turner, Geraldine Chaplin, Peter Fonda, entre otros nombres consagrados, amén de numerosos directores y actores. El alcance del Festival de Puerto Rico es bastante menor.

De cualquier modo, ambos festivales apuntan a convertirse, si es que las circunstancias (políticas en el caso de Mar del Plata, económicas y organizativas en Puerto Rico) lo favorecen, en los certámenes internacionales de mayor significación en sus respectivas regiones. América Latina no ha contado hasta ahora con festivales de proyección universal realmente significativos, a no ser, precisamente, Mar del Plata en los años cincuenta y sesenta. El de Cartagena ha tenido siempre un alcance más limitado, y otros como el de Punta del Este o, más tarde, el de Río, no llegaron a consolidarse. Por su parte, y a escala del cine latinoamericano, el de La Habana ha logrado una encomiable continuidad.

La oferta festivalera

El material exhibido por los dos festivales —el de Puerto Rico no tiene carácter competitivo, mientras que el de Mar del Plata sí ofrece una sección oficial de competencia, además de varias otras muestras— reúne títulos de procedencias diversas que tienen en general un común denominador: su carácter alternativo en mayor o menor grado al de la producción masiva.

Aquí habría que hacer una distinción. Parte de esas películas constituyen ese bolsón del llamado cine de calidad que encuentra en los festivales el ámbito propicio para su ratificación, si se quiere oficial, como producto culto o selecto. Títulos como Despabílate amor (1996) o Pequeños milagros (1997), del argentino Eliseo Subiela; La belleza de las cosas (1995), de Bo Widerberg; Pajarico (1997), de Carlos Saura; La buena estrella (1997), de Ricardo Franco; Carne trémula (1997), de Pedro Almodóvar; Capitán Conan (1996), de Bertrand Tavernier; La tregua (1997), de Francesco Rosi; Washington Square (1997), de Agnieszka Holland, y Wilde (1997), de Brian Gilbert, entran en esta categoría. Nótese que lo dicho no implica un juicio de valor. Hay en esa lista algunos filmes logrados como La belleza de las cosas, Capitán Conan y Carne trémula, pero lo expresado vale para todos. Se trata de películas que ingresan sin mayor dificultad a los circuitos, ya no solo de las salas de arte, sino de las salas comerciales en su acepción más genérica, pues esas cintas se proyectan hoy en día en pantallas de multicines al lado de otras que nunca serían exhibidas en festivales internacionales. Son, en todo caso, los productos alternativos en menor grado a la producción masiva y pueden incluso obtener una asistencia superior a la de las cintas estándar de género y, a veces, a la de los mismos blockbusters.

La otra parte es la que corresponde a un cine más refractario a los gustos, digamos, selectivos del público. Un cine que apunta a una expresión más libre y, a veces, radical. Es en relación con este cine que los festivales realizan un aporte indispensable en tanto que lo dan a conocer y lo convierten en un objeto de controversia, aunque en una medida muy pequeña en un atractivo suficiente para los distribuidores de la región.

La franja limítrofe

Como quiera que al menos parte de los títulos que integran esa franja del cine de calidad, sancionado como tal por la convergencia de festivales, crítica y prensa especializada y por los mismos distribuidores, se está estrenando con cierta regularidad en los últimos tiempos y puede, por tanto, ser materia de críticas o comentarios de nuestras secciones habituales, voy a centrarme en algunos de los filmes que con seguridad no veremos en las pantallas de estreno y que en el mejor de los casos podrán tener alguna exhibición en la Filmoteca de Lima. Selecciono de lo visto unos cuantos que encuentro especialmente valiosos o sugestivos: Happy Together (1997), de Wong Kar-wai; Conspiraciones del placer (1996), de Jan Svankmajer; ¿Quién diablos es Juliette? (1997), de Carlos Marcovich; Genealogías de un crimen (1997), de Raúl Ruiz; Hana-Bi (1997), de Takeshi Kitano (vistas en Puerto Rico), y Viaje al comienzo del mundo (1996), de Manoel de Oliveira; Western (1997), de Manuel Poirier; Madre e hijo (1997), de Alexander Sokurov; Tren de sombras (1997), de José Luis Guerin; La anguila (1997), de Shohei Imamura; La pelvis de J.W., de João César Monteiro y El sabor de las cerezas (1997) de Abbas Kiarostami (vistas en Mar del Plata).

Happy Together es un relato de los desencuentros de una pareja homosexual que viaja de Hong Kong a Buenos Aires. Los datos argumentales son escuetos y Wong Kar-wai, el más talentoso realizador de Hong Kong, se aboca a la creación de una atmósfera febril, con reiterada presencia del color rojo y una planificación en tomas breves y espacios cerrados. El movimiento deambulatorio, sin un norte seguro, que suelen tener los personajes de los filmes de Wong Kar-wai, alcanza aquí tal vez su máxima expresión.

Conspiradores del placer, del checo Jan Svankmajer, célebre animador de marionetas, es un extraño filme sin diálogos en el que un grupo de excéntricos, cada cual por su cuenta, ensaya complicadísimas formas de proporcionarse a sí mismos placeres físicos de diverso tipo, desde el que utiliza para sobar cada rincón de su cuerpo una combinación de brochas y cepillos hasta la muer que “flagela” un muñeco. Cultor de un surrealismo propio, Svankmajer hace un seguimiento implacable y a la vez cómplice y divertido de los exagerados afanes de sus personajes.

¿Quién diablos es Juliette? es la ópera prima del argentino radicado en México Carlos Marcovich y ha sido filmada en su mayor parte en La Habana. Atípico reportaje a una muy joven “jinetera” cubana, el filme logra recoger de manera muy fresca, a contravía de la habitual rigidez del esquema testimonial, la comunicación de la muchacha y de quienes son próximos a ella. No tiene el mismo nivel el testimonio alterno de la modelo mexicana, que no se desliga de una estética publicitaria, reformulada de modo más creativo en algunos segmentos de la parte cubana.

Genealogías de un crimen, producción francesa del prolífico realizador chileno Raúl Ruiz, es una sofisticada intriga policial o, más bien, una reflexión sobre los mecanismos de ese tipo de relato, a los que el guion elaborado por Ruiz y Pascal Bonitzer se acercan con inteligencia, elegancia y sorna pero, a la vez, de manera muy cerebral y estudiada.

Hana-Bi es una depurada historia de asesinatos y venganzas en la que policías y criminales se entremezclan casi sin distingos. En medio de ella, la figura impasible del protagonista, interpretado por el propio Kitano, como en Sonatina (1993), se yergue incólume, con una secreta y silenciosa dignidad. Hana-Bi ofrece imágenes muy abiertas y limpias, con tendencia a los espacios al aire libre, principalmente marinos, y combina la sequedad de la violencia con originales y muy medidos toques líricos. Casi un cruce de Jean-Pierre Melville y Kenji Mizoguchi, en un filme a fin de cuentas personalísimo.

Viaje al comienzo del mundo es la aproximación más cálida que se le conoce al portugués Manoel de Oliveira, hacedor de un cine habitualmente ritual y estilizado. El viaje de un grupo de cineastas a Portugal permite que el veterano realizador Manoel, interpretado por Marcello Mastroianni en la última actuación de su vida, reencuentre lugares no vistos por mucho tiempo, y que Afonso, un actor francés hijo de un portugués (Jean-Yves Gautier), se reencuentre con la familia de su padre. Con absoluta sencillez y la cámara atenta a las voces y gestos apacibles y confesionales, Viaje al comienzo del mundo es una lección casi rosselliniana de comprensión, respeto y afecto por los personajes y su circunstancia.

Algo hay de lo anterior en la sorprendente Western, del francés nacido en el Perú, Manuel Poirier. El accidentado encuentro y el viaje de dos seres disímiles, un catalán y un ruso, constituye la base de un road movie a la europea, en el que no hay heroísmo ni épica, sino la dimensión más cotidiana de los dos protagonistas a los que el director sigue en un vagabundeo que apenas oculta la búsqueda de echar raíces. Ejemplo de un estilo fílmico que se sitúa a la altura de sus personajes, Western es una crónica emotiva y divertida, ajena a la menor afectación o énfasis dramático o sentimental.

Madre e hijo es, probablemente, la mejor película de uno de los realizadores más rotundamente personales del cine contemporáneo, el ruso Alexander Sokurov. Una madre enferma y su hijo en un ambiente campestre. Unas pocas situaciones que se muestran en los 73 minutos de duración. Planos de larga permanencia que no tienen siempre un centro visual de atención. Poderosa presencia del entorno natural en imágenes de una coloración terrosa. Valoración de la banda sonora, sensible a los menores ruidos. Inmovilidad casi total del encuadre. Sin embargo, estamos ante una obra de una lacerada tensión interior que se percibe a través de la fijeza de una observación de un rigor extremo.

Tren de sombras, del español José Luis Guerin, es una de esas cintas en las que los límites de la ficción y el documental se desvanecen. A partir de unos fragmentos de supuestos home movies filmados por un abogado parisino en 1930, Guerin trata de indagar en el misterio de esas imágenes sueltas, mostrando, a través de un montaje sincopado y prescindiendo del uso de la voz, expresiones y detalles que delatan un “más allá” de lo que las viejas imágenes muestran. Menos acertadas son las breves reconstrucciones ficcionales hechas por el director.

La anguila, del japonés Shohei Imamura, se inicia como un melodrama pasional. Pero el filme subvierte luego su propuesta y deriva en un inasible tono, más cerca de una matizada comedia farsesca que del drama que está en la base de la historia. Asimismo, a partir de un perfil o configuración esquemática, los personajes devienen seres que no corresponden a ese supuesto inicial. Imamura logra de este modo un filme que puede aparentar puerilidad pero que resulta sorprendentemente ingenioso en su opción expresiva.

La pelvis de J.W., del portugués João César Monteiro, no alcanza al altísimo nivel creativo de La comedia de Dios (1995), su filme precedente y uno de los más notables de los últimos años. Presentada como una comedia filosófica y religiosa para los profanos acerca de Dios, Lucifer y John Wayne, La pelvis de J.W., que está dedicada a Jean-Marie Straub y Danielle Huillet, no tiene la coherencia de estilo y tratamiento de La comedia de Dios, centrada en los placeres de un heladero erotómano interpretado por el mismo Monteiro. En La pelvis de J.W., el propio Monteiro vuelve a hacerse cargo del rol principal en una cinta que se inicia con largas tomas que contienen una clara ritualidad litúrgica. Pero lo que comienza como una suerte de auto sacramental profano, deriva luego a otros espacios y a otros modos de representación algo menos teatralizados. Así, el entorno de un restaurante, del comedor de una residencia campestre y de algunos exteriores que incluyen un viaje a Alaska, sirven para que en ellos se planteen diversos vínculos y situaciones ajenos a cualquier regla de causalidad dramática y en planos de muy larga duración en los que el verbo es abundante así como el tono provocador. Las fuentes de Monteiro son claras: Straub, desde luego, pero también Godard y Rivette, este último especialmente en una larga escena de un ensayo de una supuesta obra teatral. Pero, más allá de esos referentes, no hay duda de que el estilo de Monteiro, con sus desmesuras y excesos y su acentuado egocentrismo es, como lo indican las credenciales de identidad, personal e intransferible.

El sabor de las cerezas, del iraní Abbas Kiarostami, da cuenta de otro estilo nítidamente diferenciado. Aquí la historia de un hombre de mediana edad que quiere suicidarse y busca para ello el apoyo de la gente que va encontrando a su paso por las afueras de Teherán, permite una reflexión sobre el sentido de la vida y las relaciones entre los seres humanos. Pero no se trata de una película “con mensaje”. Es, más bien, una película que muestra a un hombre encerrado en sí mismo y cuyo recorrido en auto se va haciendo circular y repetitivo, así como la distancia de la cámara se va alejando en forma progresiva, procedimiento estilístico que Kiarostami ya empleaba en Y la vida continúa (1991) y A través de los olivos (1994), diferenciándose de la permanente proximidad de la cámara de sus cintas anteriores. Película obsesiva y agobiante detrás de un tono en apariencia relajado, El sabor de las cerezas reafirma a Kiarostami como una de las personalidades más destacadas del cine actual.

Son propuestas como las que he reseñado brevemente las que justifican, al menos en mi perspectiva de crítico, la existencia de los festivales. En ellas el cine se renueva, se busca a sí mismo, se cuestiona sus rutinas y procedimientos, descubriendo zonas y regiones que el común de la producción no alcanza siquiera a vislumbrar.

(N.o 8, segundo semestre de 1997, pp. 27-31)

Películas y multisalas: no todo es color de rosa

En los números 7 y 8 de La Gran Ilusión ofrecimos, respectivamente, un panorama bastante alentador de la distribución y exhibición de películas en Lima (la situación en el resto del país es calamitosa). Hay, sin duda, una mayor variedad en la oferta de películas, lo que ha convertido al año 1997 en el mejor en los últimos 15 en calidad de estrenos. Asimismo, el número de salas ha aumentado en los primeros meses de 1998 con la apertura de los cines América en la cuadra 18 de la avenida Brasil y la inauguración de la sala de arte Elcine, del Centro Cultural de la Universidad Católica. El aumento del público a las salas ha ido en alza y este año se ha visto impulsado por el atractivo de Titanic (James Cameron, 1997), desde ya el filme más taquillero en muchísimo tiempo. Estamos a la espera de contar con datos más precisos sobre el volumen de espectadores, pero para ello habrá que esperar que termine su recorrido comercial por las salas y, por lo visto, aún tiene para rato.

Sin embargo, conviene matizar un poco el tono, si no entusiasta, al menos muy afirmativo que animaba esos textos. Por el lado de la distribución, el lanzamiento de títulos alternativos a los que ofrecen las compañías norteamericanas se ha visto disminuido en los primeros seis meses del años; los mejores han sido: Profundo carmesí (Arturo Ripstein, 1996), Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997), El placer de estar contigo (Claude Sautet, 1995), Principio y fin (Arturo Ripstein, 1993) y Carne trémula (Pedro Almodóvar, 1997, de la Warner-Fox); siguen luego: Trainspotting (Danny Boyle, 1996), Sin límites (Robert Towne, 1998), La vida en rosa (Alain Berliner, 1997), Tesis (Alejandro Amenábar, 1996), Despabílate amor (Eliseo Subiela, 1996) y Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (Sabina Berman, 1996), estas dos últimas estrenadas en exclusividad por el Centro Cultural de la Universidad Católica. A estas alturas, en 1997 se había estrenado buena parte de los que, a la larga, fueron los mejores estrenos del año, en gran medida provenientes de las distribuidoras independientes: Contra viento y marea (Lars von Trier, 1996), La ceremonia (Claude Chabrol, 1995), Secretos y mentiras (Mike Leigh, 1996), Caro diario (Nanni Moretti, 1993), La flor de mi secreto (Pedro Almodóvar, 1995), El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), Blanco, Rojo (de la trilogía Tres colores de Krzysztof Kieslowsi, 1994), Un corazón en invierno (Claude Sautet, 1992) y Underground (Emir Kusturika 1995). Sin considerar otros, también algo insólitos en la cartelera limeña, que llegaron a través de las distribuidoras norteamericanas: Crash (David Cronenberg, 1996) y En busca de Ricardo III (Al Pacino, 1996), especialmente. Es verdad que en los seis meses siguientes no se alcanzó el mismo nivel. Cabe destacar en ese periodo Esposas y concubinas (Zhang Yimou1991), El callejón de los milagros (Jorge Fons, 1995), La ley del deseo (Pedro Almodóvar, 1987) y Mucho ruido y pocas nueces (Kenneth Brannagh, 1993), entre los estrenos de compañías independientes, pero con méritos más discutibles hubo una continua presencia de cintas de esas empresas: El amante (Jean-Jacques Annaud, 1993), Europa, Europa (Agnieszka Holland, 1995), El perfume de Yvonne (Patrice Leconte, 1994), Mrs. Dalloway (1997), de Marleen Gorris, El amor y la furia (1994) y Abuso de poder (1995), ambas de Lee Tamahori, Romance salvaje (1993), de Tony Scott, Kolya (1996), de Jan Sverak, Una mujer infiel (1994), de Regis Wargnier.

En todo caso, en lo que se refiere a la distribución independiente cabe señalar que muchos de los títulos han llegado con un clamoroso retraso y, por lo visto, hay varios más en la nómina de espera que tienen más de cinco e incluso 10 o 15 años de filmados. Está bien que se recuperen cintas de ese largo periodo en que nuestra cartelera estuvo al margen del cine que no fuera norteamericano, pero convendría no incurrir en el atraso prolongado de títulos recientes y que las copias, especialmente de esos filmes que tienen ya un cierto número de años, no estuvieran en el estado más bien defectuoso en que varias de ellas se encuentran.

De cualquier modo, el panorama de la exhibición sigue dominado por las filiales locales de los complejos UIP y Warner-Fox y ese dominio se ha hecho más claro que nunca en los últimos meses. Las reglas de juego están planteadas para ellas: bienvenidas las nuevas pantallas, siempre y cuando permitan expandir los espacios para sus cintas. Es cierto que en este periodo el fenómeno Titanic, que ha sido tan exitoso para la Warner-Fox y para el espectáculo fílmico en general, ha producido también una distorsión, pues esa película se ha concentrado durante muchas semanas en un elevado número de salas, “taponeando” una mayor fluidez en la circulación de títulos. Pero a estas compañías no les interesa esa posible fluidez sino el máximo provecho posible que pueda extraerse de las películas, aun cuando permanezcan durante periodos limitados. Por eso es que excluyen de manera taxativa títulos que a priori consideran poco atractivos, como ha ocurrido con Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), la última película de Clint Eastwood que ilustrara la portada de nuestro número anterior. Sin embargo, se estrenan otros que, probablemente, obtienen una recaudación aún más baja de la que podría alcanzar Medianoche en el jardín del bien y del mal o cualquiera de las cintas de Spike Lee que han sido sistemáticamente rechazadas por la distribuidora UIP en Lima. No hay, entonces, criterios claros sino supuestos y prejuicios que deciden qué es lo que deben y lo que no deben estrenar, cerrando con ello la posibilidad de acceder a un mayor número potencial de cintas procedentes de esas mismas compañías y, al mismo tiempo, limitando también las posibilidades para las películas de otras distribuidoras, incluidas las películas peruanas, por las presiones y condiciones que se imponen sobre los dueños de las salas a partir del ofrecimiento de los títulos comercialmente más atractivos.

Todo esto hace que el aumento del número de pantallas no redunde necesariamente, como uno tendería a pensar, en un aumento proporcional del número de películas. La fórmula que se ve venir es, más bien, a mayor número de salas, más espacios para un puñado de cintas potencialmente exitosas. Por otra parte, no todo es color de rosa en las nuevas salas. El sonido en general ha ganado bastante pero hay salas como las de El Pacífico que utilizan proyectores reciclados con altibajos luminosos sobre pantallas que recortan la parte superior o los lados del cuadro. Las mismas pantallas del Cinemark, supuestamente las más modernas y tecnificadas, ofrecen disparidades y, a poco más de un año de su inauguración, no reciben aparentemente el mantenimiento debido. Aunque esto, por ahora, parece no afectar mucho a los espectadores, puede más tarde contribuir a una baja del volumen de asistencia. Todavía no hay, en cuanto a las multisalas, ninguna que pueda servir de modelo indiscutible de proyección aunque, no vamos a negarlo, se ha avanzado en relación al estado de años anteriores y hay salas como las de El Polo y varias de Cinemark que aprueban holgadamente un test de calidad.

Por último, la reciente aplicación del impuesto general a las ventas (IGV) a las salas (18 % sobre el precio neto de la entrada) ya ha producido un aumento en el precio del boleto y puede tener efectos imprevisibles sobre la marcha del negocio, exceptuando las salas ubicadas en las zonas de mayor capacidad adquisitiva.

(N.o 9, primer semestre de 1998, pp. 9-11)

Toulouse y otras pantallas latinoamericanas

El autor estuvo en Toulouse, pero no con motivo del mundial de fútbol sino previamente, en los X Encuentros de los cines de América Latina que se desarrollan en esa ciudad del sureste de Francia en el mes de marzo. Ahí presidió el Jurado que otorgó el premio Coup de Coeur a la película argentina Pizza, birra y faso (1997), de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro. A partir de lo visto en los Encuentros, a lo que suma los filmes latinoamericanos previamente conocidos en los últimos festivales de Puerto Rico y Mar del Plata, ha elaborado el siguiente comentario.

Las pantallas de encuentro del cine latinoamericano

El volumen de festivales y certámenes dedicados al cine de esta parte del mundo aumenta de manera gradual, al punto que ya en Lima tenemos uno, el que organiza el Centro Cultural de la Universidad Católica que en agosto de 1998 ha celebrado su segunda edición. Sin ánimo exhaustivo cabe destacar algunos de los más importantes espacios de exhibición y, en menor medida, confrontación o debate, de las cinematografías de la América de habla hispana y portuguesa. El de mayor ambición es el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Sigue el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Están, luego, el Festival de Cartagena de Indias, el de Gramado en Brasil, el de Viña del Mar, que aún no define un perfil claro luego de su relanzamiento hace cinco años. Están, también, los festivales de cine latino de Nueva York y Chicago, los espacios que festivales de carácter internacional como Puerto Rico y Mar del Plata le conceden y los Rencontres de Toulouse que en la práctica han venido a reemplazar en Francia lo que antes aportaba el Festival de Biarritz, que tiene en la actualidad una cobertura más amplia. Asistir a los X Rencontres de Toulouse significa no necesariamente ponerse al día, pues la producción en nuestros países es más amplia de lo que pudiera parecer, pero sí conocer buena parte de lo más notorio de la producción reciente. Como, además, había formado parte de los jurados de la Fipresci en los últimos festivales de Puerto Rico y Mar del Plata puedo, a partir de todo ello, transmitir algunas impresiones, ciertamente provisionales.

De un buen tiempo a esta parte solo es posible ver las películas que se hacen en la región en muestras, semanas o festivales. No hay otra opción, si es que se las quiere ver en pantalla grande. Los títulos que las pantallas comerciales ofrecen son escasos y ya es bastante decir que en el curso de poco más de un año se han estrenado en Lima tres Ripstein (La reina de la noche, de 1994, Profundo carmesí, de 1996, y Principio a fin, de 1993, en ese orden), además de El callejón de los milagros (Jorge Fons, 1995) y Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (Sabina Berman, 1996), es decir, cinco películas mexicanas. A ellas hay que sumar dos de Subiela, El lado oscuro del corazón (1992) y Despabílate amor (1996) lo que, en conjunto, constituye una cifra récord en muchos años. Pero esa cifra récord nos daría una visión limitadísima si no fuera por las muestras que ofrece la Filmoteca de Lima y por los encuentros que, después de la fallida experiencia del Festival del Sol en el Cusco, se han iniciado de manera promisoria en Lima.

Entre la globalización y la marginalidad

El balance crítico obliga a las reducciones y si se trata de situar algunas tendencias que hoy parecen caracterizar a las películas de la región, aquí van algunas de ellas a partir de una caracterización que, desde ya, encuentro discutible pero, mal que bien, cubre las cuarenta que he visto recientemente. El esquema utilizado sitúa en un extremo, los filmes que tienen una proyección más internacional, y en el otro los que, por razones de presupuesto o vocación, o ambas a la vez, se sitúan en los márgenes de la producción estable o estándar, si es que la hay, o en esa tierra de nadie comúnmente ajena a los circuitos de exhibición comercial en países donde no hay una industria fílmica local.

La aspiración universal

No deja de ser algo curioso que sea Brasil, donde en los años sesenta floreció el cinema novo y con él una expresión de raigambre marcadamente nacional, quien ofrezca los títulos más notoriamente destinados a una audiencia masiva. Productos de un acabado impecable, capaces de competir en su mismo terreno con los relatos hollywoodenses de género; cintas como Cuatro días de setiembre (1997) de Bruno Barreto, Cómo nacen los ángeles (1996) de Murilo Salles, Los matadores (1997) de Beto Brant, La guerra de los canudos (1997) de Sergio Rezende y Estación Central (1998) de Walter Salles, no renuncian a sus raíces brasileñas pero, unas más que otras, ostentan una dramaturgia genérica que no hace distingos de fronteras. Así, Cuatro días de setiembre, en torno al secuestro de un embajador norteamericano en Río de Janeiro a fines de los sesenta, y Cómo nacen los ángeles, sobre el encierro al que son sometidos un norteamericano y su hija por una peculiar banda formada por un adulto y dos niños; thriller político en la línea de Estado de sitio (1973) de Costa Gavras, el primero; thriller claustrofóbico, en mayor grado que el anterior, casi una versión de Tarde de perros (Sideny Lumet, 1975) a la brasileña, el segundo. Ambos exhiben solvencia narrativa pero también inclinación a los golpes de efecto y a la intimidación emocional del espectador. Son filmes sin buenos ni malos, que quieren ofrecer las razones de unos y otros y cuyo punto de vista, finalmente, oscila entre una pretendida neutralidad periodístico-narrativa y una complacencia con los mecanismos de sobredramatización (Cómo nacen los ángeles) o la superficialidad sumaria (Cuatro días de setiembre).

Los matadores es un thriller de frontera. Asesinos a sueldo dirimen rencillas mafiosas en la frontera brasileño-paraguaya. Buen pulso rítmico en un relato con vacíos e imprecisiones.

A su vez, La guerra de los canudos es una epopeya histórica, la desigual lucha que enfrenta a los canudos liderados por Antonio Conselheiro con las tropas del ejército que intentan desalojarlos del territorio que ocupan. Casi una miniserie de acción, la historia del filme, similar en lo sustancial a la que relata Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo (aunque el guion del filme no es una adaptación de la novela), exhibe un tratamiento bastante convencional.

Estación Central, por su parte, es la crónica sentimental de un viaje, el que realiza una mujer mayor, interpretada por una notable Fernanda Montenegro, junto con un niño, en dirección al nordeste brasileño en busca del padre, luego de que la madre del niño muere en un accidente. A la manera de un diario de viaje en el que dos extraños se van conociendo y de paso van descubriendo un mundo nuevo a través del recorrido efectuado, Estación Central es convincente pese a algunas coartadas sentimentales bastante discutibles.

Los predios del cine de autor

Aquí se reúnen trabajos tan apreciables como los de Jaime Humberto Hermosillo en De noche vienes, Esmeralda (1997), Román Chalbaud en Pandemonium, la capital del infierno (1997), Walter Lima Jr. en La ostra y el viento (1998), Adolfo Aristarain en Martín (Hache) (1997) y Alejandro Agresti en La cruz (1997), hasta propuestas tan objetables como las de Eliseo Subiela en Despabílate amor y Pequeños milagros (1997). De estas últimas me ocupé en el número anterior de La Gran Ilusión. De las otras hay varias cosas que destacar. En De noche vienes, Esmeralda, el ingenio de Hermosillo para orquestar una farsa donde la siempre acertada María Rojo es acusada por mantener varios vínculos matrimoniales. Metáfora de la inversión del machismo mexicano la de Hermosillo. En Pandemonium Chalbaud diseña una metáfora de la connivencia del poder y la corrupción en imágenes donde asoma, una vez más, esa propensión a lo grotesco que el realizador venezolano suele pergeñar en sus filmes.

En La ostra y el viento el brasileño Walter Lima relata, a la manera de un cuento de aventuras en el límite de lo onírico, con reminiscencias de Stevenson y Conrad, los avatares de una niña en medio de un grupo de marinos en una isla-faro. Martín (Hache), drama familiar afincado en una casa de playa, es la más dialogada y sentenciosa de las películas del argentino Aristarain pero con una estupenda dirección de actores y un sentido de la narración y del manejo del tiempo inusual en nuestras cinematografías. La cruz, por último, ratifica la valía de Agresti. Heredero a su modo de una suerte de cinéma vérité dramatizado en el que se puede reconocer, asimismo, la impronta de John Cassavetes, pero sin que ello desmerezca la filiación porteña de los personajes que pueblan el filme, especialmente ese Norman Brisky, en una actuación excepcional, que deambula por los diversos lugares dispuestos en la construcción narrativa abierta del filme que sigue, a través del personaje, una continuidad lineal, diferente de la construcción episódica del también apreciable, pese a algunas escenas chirriantes, Buenos Aires viceversa (Alejandro Agresti, 1996).

Las propuestas novedosas

Dos son los filmes que se destacan en este rubro, ambos operas primas: Quién diablos es Juliette (1997) del argentino afincado en México Carlos Marcovich, ya comentado en el número anterior, y Pizza, birra y faso (1998), de los argentinos Adrián Caetano y Bruno Stagnaro. Este último es una crónica social sobre un grupo de jóvenes delincuentes, narrado sin la menor intención aleccionadora o moralista, atendiendo las manifestaciones más banales de las conductas y la entonación espontánea de las voces. Pizza, birra y faso es casi un filme antiargentino si es que por argentino identificamos esa tradición que ha hecho de la impostación verbal una forma de señal de identidad nacional. Antiimagen, al mismo tiempo, del Buenos Aires de postal que tantas veces se ha visto, la recreación visual sombría y azulada del centro de la urbe contribuye a la visión inhóspita, sin estridencias ni acentuaciones de ningún tipo, que el filme propone.

Pizza, birra y faso es una de las más legítimas sorpresas que el cine argentino y latinoamericano todo ha aportado en los últimos tiempos, una bocanada de aire nuevo, pese a desarrollar un motivo que ha sido repetidas veces tratado por las cinematografías del continente. Aquí se demuestra, por enésima vez, que los temas o asuntos no envejecen ni se desgastan si es que están desarrollados con un punto de vista propio. Eso es lo que hace distinta a Pizza, birra y faso.

Pese a que quiere presentarse como original, decepciona, en cambio, una cinta como Bocagem, el triunfo del amor (1997) del brasileño Djalma Limongi Batista, evocación del poeta portugués Bocagem, narrado con imágenes que recuerdan a Fellini Satyricon (Federico Fellini, 1969), y a los filmes de Diego Risquez en un cóctel más bien imbebible. Igualmente, la argentina La dama regresa (1996) de Jorge Polaco, versión kitsch de la vuelta al cine de la sex-symbol platense Isabel Sarli. Aquí se hubiera requerido a un Werner Schroeter inspirado para salvar la empresa del franco ridículo al que ha sido condenada.

Las experiencias marginales

Dos son las películas que se ubican en este espacio alejado de la producción central. Ellas con Ciudad de Dios (1997), de Víctor A. González, filmada en 16 mm e Invierno mala vida (1997), de Gregorio Cramer, ambas argentinas. Se habla a veces de un cine independiente y hace poco se presentó en la Filmoteca de Lima una muestra de cine independiente argentino. El calificativo de independiente no tiene en nuestros países la misma connotación que en los Estados Unidos, por ejemplo, pues a no ser que se trate de productos de compañías estables y con una continuidad de trabajo o de obras financiadas por el Estado, todo lo demás es independiente y en ese sentido, Pizza, birra y faso no se diferencia de las cintas incluidas en este apartado, e incluso hubiera podido ingresar perfectamente en este rubro. Si establecemos una diferenciación es por acentuar el carácter más atípico y excéntrico que poseen filmes como Ciudad de Dios e Invierno mala vida. Con Pizza, birra y faso comparten el aire de improvisación, el lado semidocumental, la sequedad del tono. Pero en Ciudad de Dios hay una apariencia casi amateur y en Invierno mala vida una distensión narrativa y rítmica mucho más acusada. Más lograda resulta Invierno mala vida, pero hay en Ciudad de Dios una mirada personal que se proyecta sobre la historia pasional en un ambiente miserabilista recreada por el filme. Ambos son filmes poco a nada agradables, incómodos, que se construyen a partir de una estética del desaliño o de la fealdad dentro de un realismo de primer nivel, siendo estilísticamente más trabajada Invierno mala vida, con planos de larga duración y una destacada actuación del protagonista.

(N.o 9, primer semestre de 1998, pp. 21-24)

Los hechos reales, ¿materia prima o algo más? (A propósito de algunas ficciones realistas recientes)

El azar ha hecho que entre los títulos más prominentes en la entrega de los premios Oscar, haya varios que se inspiran en personajes y hechos de probada existencia real. Por si necesita aclaración, no importa, para efectos de estos comentarios, la contingencia de las candidaturas o los premios. Tal circunstancia no abona a favor de dilucidar la pertenencia de esas películas a la categoría “basadas en hechos reales” y, en todo caso, puede dar cuenta de una preferencia o de una inclinación de los miembros de la Academia por una modalidad de relato realista, pero esto no es en absoluto una preferencia excluyente. De cualquier modo, el razonamiento de este texto sigue otra línea: la que intenta situar algunas características definitorias de esas películas dentro de la producción norteamericana más reciente que, más allá de ciertos indicios formales y, en menor medida, de inflexión dramática, mantienen rasgos que se pueden extrapolar en el tiempo y que corresponden al común de los relatos que se inspiran en personajes y situaciones previamente existentes.

Preliminares

El análisis de las películas que trabajan a partir de referentes reales (empezando por los nombres y apellidos) no es diferente del de aquellas que no exhiben tales atributos. Es evidente, al respecto, que no tiene ningún sentido intentar el menor cotejo o confrontación entre el relato y su referente porque lo que se instala en el espacio fílmico son relatos de ficción que tienen la particularidad de apoyarse en hechos o acontecimientos previos. Pero los relatos funcionan de manera autónoma y los referentes reales pasan a ser insumos de la ficción representada, de la misma manera en que lo son los referentes literarios, por ejemplo. El conocimiento seguramente parcial e incompleto que se pueda tener de los personajes o los hechos referidos, ofrece una información adicional para el espectador, pero las ficciones imponen sus propias reglas y crean un campo singular de pertinencia. Ellas no son, ni podrían ser, espejos duplicadores de los hechos aludidos y el trabajo del crítico no es ni podría ser el de un notario que constata la supuesta fidelidad o infidelidad a los insumos reales de la historia representada. Al decir ficciones, y que se me dispense el tono escolar de estas precisiones, decimos que se trata de relatos organizados a partir de un guion y elaborados a través de una puesta en escena que incluye la participación de actores profesionales, un diseño escenográfico y visual, un manejo rítmico y un montaje que articula el desarrollo de las situaciones narradas. En este caso estamos ante una modalidad de las ficciones, la modalidad realista. Algunos de estos filmes pertenecen a la categoría de las biographical pictures (biopics), mientras que los hay basados en procesos o hechos políticos o judiciales de resonancias colectivas; otros se inspiran en crónicas policiales o fait divers, y, finalmente, otros en testimonios de experiencias vividas. A la primera categoría pertenecen Huracán (1999), de Norman Jewison, y Música en el corazón (1999), de Wes Craven. A la segunda, El informante (1999), de Michael Mann, y Erin Brockovich, una mujer audaz (2000), de Steven Soderbergh. A la tercera, Los muchachos no lloran (1999), de Kimberly Pierce, y a la última, Inocencia interrumpida (1999) de James Mangold.

El peso de la tradición

Son notorias las raíces conservadoras que suelen primar en los relatos acerca de la biografía de personajes y de ello no se libra buena parte de las películas en cuestión. Huracán, basada en las desventuras del boxeador Rubin Carter, quien paga largos años de cárcel debido a una imputación racista, es un claro exponente de un relato de largo aliento, más apegado a la variante del cine social carcelario de denuncia que al subgénero boxístico apenas tangencial. El canadiense Norman Jewison retoma la crítica de la discriminación racial, que hace más de 30 años le valiera el Oscar con Al calor de la noche (1967), aferrándose a fórmulas narrativas de vieja estirpe en la secuencialización del pasado del boxeador y de su largo cautiverio. Fórmulas narrativas que aquí, como suele ocurrir en el promedio de la filmografía de Jewison, no superan la medianía. Rubin Hurricane Carter es la víctima de un sistema injusto y el filme se esmera en ir ofreciendo, progresivamente, los datos argumentales que abonan la dimensión denunciativa. Carter, a través de la contundencia actoral de Denzel Washington, se erige en un paradigma de la resistencia y la solidez moral. Pero el actor no es solo el mediador, es quien incorpora y hace suya la identidad del personaje que interpreta, cargándolo con sus atributos personales y, en tal sentido, nivelando al personaje de Carter con el de cualquier ficción creada especialmente para la pantalla. Otro tanto ocurre con la mecánica acumulativa del relato y el recurso del flashback, claros procedimientos de novelización fílmica.

En Música en el corazón el esquema argumental deriva de la conjunción de melodrama/vida de un músico o un intérprete/tono edificante. Por una vez, Wes Craven, a quien habría que decirle “zapatero a tus zapatos”, deja los predios del horror para demostrar que no debió dejarlos nunca. Porque lo que hace aquí es la más llana aplicación del recetario de convenciones aplicado a los avatares de una intérprete —la violinista Roberta Guaspari—, interpretada por una esforzada Meryl Streep que brega por enseñar el arte del violín a los estudiantes de un colegio de un barrio popular en Nueva York. Que la historia se inspire en una experiencia real es un dato muy poco relevante, pues se tiene la impresión de que lo que se está viendo ha sido visto en muchas ocasiones y con muy pocas variantes; por ejemplo, en Querido maestro (Stephen Herek, 1995), con Richard Dreyfuss en un rol equivalente al que aquí desempeña Streep.

Individuos versus aparatos económicos

El conservadurismo ético y estético de Música en el corazón se reproduce en Erin Brockovich, una mujer audaz, de Steven Soderbergh. Es cierto que Erin tiene un comportamiento más desenvuelto que el de Roberta en Música en el corazón. Julia Roberts puede exhibir una sensualidad, unos trajes y un lenguaje desenfadado que no le van, claro está, a Meryl Streep. Pero el esquema de mujer abandonada con dos hijos pequeños que sale adelante a fuerza de empeño y tenacidad es similar. Cabe señalar que en Erin Brockovich la abundancia de lugares comunes que abruma a Música en el corazón es menor y que hay un aire de contemporaneidad de la que carece la cinta de Wes Craven, que podría haber sido realizada casi sin variantes hace 20 o 30 años. No cabe duda de que el ritmo de Erin Brockovich es más vivaz y el tono narrativo más fluido, así como no hay la exaltación sentimental y triunfalista de Música en el corazón; pero, en definitiva no es más que una muy liviana puesta al día y sin acentos graves del esquema de la vida ejemplar, en este caso de la mujer común y corriente que se enfrenta a una gran empresa.

En cambio, El informante es un thriller tenso y crispado que se inscribe, de manera mucho más nítida, en esa tradición del cine liberal norteamericano que muestra enfrentamientos entre individuos y grandes aparatos económicos o políticos. Es el cine que tiene a Frank Capra como su paradigma mayor. Es verdad que un hombre como el periodista Lowell Bergman que encarna Al Pacino, aún cuando no tenga (ya no podría tenerla a estas alturas de la historia) la pureza del James Stewart de Caballero sin espada (Frank Capra, 1939), representa los ideales de independencia y honestidad que los héroes liberales de Hollywood han mantenido de manera incólume. Pero la película de Michael Mann trasunta ese espíritu crítico de buena ley que ha alimentado las mejores expresiones de esa veta polémica y no utiliza señuelos discutibles ni se extralimita en los alcances del testimonio entre periodístico y novelado, un poco a la manera de Todos los hombres del presidente (1976), de Alan Pakula.

Marginalidad e integración

Historia de búsqueda de una identidad sexual distinta a las mayoritarias, Los muchachos no lloran exhibe buen pulso narrativo y un cierto grado de sordidez, especialmente en sus tramos finales. La cinta se ambienta en una pequeña comunidad de Nebraska en la que prospera la relación de Teena Brandon, una muchacha que asume ropas y comportamiento masculinos y que se hace llamar Brandon Teena, y Lana, una joven del lugar. Las interpretaciones de Hilary Swank y Chloe Sevigny en los roles de Teena y Lana, respectivamente, constituyen uno de los puntos más detacados del filme, pero igualmente es un logro el tratamiento más bien seco y poco mitificador de un ámbito social sombrío que la realizadora Kimberly Pierce aplica en el filme, al margen de que, al final, la propuesta crítica se haga inevitablemente manifiesta.

Inocencia interrumpida es el relato de una experiencia terapéutica, la que vive durante 18 meses la joven Susanna Kaisen, interpretada por Winona Ryder. Filme de vocación didáctica que tiene tras de sí muchos dramas ambientados en clínicas psiquiátricas, se constituye en una suerte de antítesis de Atrapado sin salida (1975), de Milos Forman. El único personaje disolvente, el que ejecuta Angelina Jolie con una dosis de perversión que podría aprovechar mejor en propuestas de mayor interés, queda desplazado por el moralismo de una historia que avanza con laxitud hacia un final de previsible readaptación emocional. Tanto Inocencia interrumpida como Música en el corazón, Erin Brockovich e incluso Los muchachos no lloran, entre las películas que comentamos en este texto, podrían ser perfectamente guiones especialmente elaborados para el cine. No hay, en rigor, nada que haga evidente su nivel referencial a hechos ocurridos, a no ser los datos que aparecen al inicio o al final. Es distinto el caso de Huracán o El informante porque se trata de personajes o procesos de mayor resonancia y porque los nombres de personas, empresas o instituciones son conocidos, aunque el entramado narrativo sea, también en estos casos, propio de las estructuras de género que las películas emplean, aun con las particularidades que puede exhibir, parcialmente, El informante. No hay, pues, gran novedad ni es necesariamente mayor el volumen de adaptaciones de “hechos de la vida real” el que se filma en la actualidad. Más interés ofrecen los llamados reciclajes de géneros o estilos o los modos en que la contemporaneidad se incorpora al espacio visual y dramático en la producción norteamericana.

(N.o 12, 2000, pp. 10-12)

¿Neoclasicismo o neoacademicismo? Avatares de la neoqualité

François Truffaut escribió hace ya casi medio siglo en la revista Arts el más polémico de sus textos, “Una cierta tendencia del cine francés”, en el que arremetía, quizás con exceso, contra un cine que categorizaba como realismo psicológico y que ubicaba dentro de lo que consideraba una mal llamada tradición de calidad. A partir de ahí la noción de un cine de qualité, nítidamente diferenciado del buen cine, se hizo común entre los críticos y cinéfilos que adhirieron a los criterios de Truffaut y del equipo de Cahiers du Cinema. Algunos estrenos recientes sirven para ilustrar la supervivencia de esa “tradición de calidad”, no en este caso en el seno de la producción francesa, sino en la producción anglonorteamericana.

Por coincidencia, las películas en cuestión son todas adaptaciones de novelas, lo que no significa que necesariamente todas las versiones fílmicas de novelas pasen a sumarse a esa tradición que se ha venido prolongando a través del tiempo. La reciente y muy personal adaptación de la novela de Washington Irving que Tim Burton ha realizado en La leyenda del jinete sin cabeza (1999) confirma que el recurso no supone siempre un impasse creativo. Las películas a las que hacemos referencia son El ocaso de un amor (1999), de Neil Jordan, basada en la novela de Graham Greene; Mientras nieva sobre los cedros (1999), de Scott Hicks, sobre una obra de David Gutterson; La hija de un soldado nunca llora (1999), de James Ivory, que adapta el libro de Kaylie Jones; Las reglas de la vida (1999), de Lasse Halstrom, sobre la novela homónima de John Irving y, en menor medida, El talentoso señor Ripley (1999), de Anthony Minghella, a partir de la obra de Patricia Highsmith.

Conviene aclarar desde ya que no se trata de malas películas. La de mayor interés, en mi opinión, es El talentoso señor Ripley, y las más insatisfactorias El ocaso de un amor y Mientras nieva sobre los cedros. Las otras dos no pasan de una discreta medianía, pero son las que mejor representan la opción que este texto quiere destacar: la de un cine bien hecho, con una progresión dramática equilibrada, buenas actuaciones y un control que no permite la menor audacia o transgresión. Son películas que cuentan experiencias de aprendizaje de vida y que rozan escasamente algún pequeño nivel de emoción y que, cuando quieren sugerir sentimiento o nostalgia, transmiten languidez en la misma medida en que lo hace un ritmo que se contagia de lo que quiere aparecer como contención pero se manifiesta más bien como desapego o indolencia.

En la búsqueda de un justo medio expresivo, La hija de un soldado nunca llora y Las reglas de la vida navegan en aguas tibias en una dirección previsible, sin lugar, no ya para la sorpresa o el descubrimiento de lo nuevo, ni siquiera para un acceso realmente sentido a ese proceso de autoconocimiento que sufren sus respectivos protagonistas: Channe (Leelee Soviesky), en la primera, y Homer Wells (Toby Maguire), en la otra. La hija de un soldado nunca llora y Las reglas de la vida no son exponentes de un neoclasicismo si entendemos que en las expresiones del estilo clásico, detrás de las iteraciones narrativas o formales había energía, impulso creador, genuina capacidad de hacer variaciones sobre los mismos temas. Son exponentes, más bien, de un neoacademicismo. Si de encontrar analogías se trata, están más cerca de lo que Victor Fleming o San Wood representan en el Hollywood de los 30 y 40 que de Frank Borzage o de John Cromwell.

Ese neoacademicismo es más flagrante aún en El ocaso de un amor, bastante acicalada recreación de una pasión amorosa, en una cinta que carece por completo de pasión, en el Londres de la Segunda Guerra. Y lo es de una forma distinta en Mientras nieva sobre los cedros, en la que hay una construcción narrativa que alterna el presente con el pasado de la acción y que exhibe una profusa tendencia a la afectación visual, similar a la que el australiano Hicks había mostrado en Claroscuro (1996), la película que lo dio a conocer. Estamos aquí ante una opción más explícitamente estetizante, si por ello se entiende la sospechosa propensión a la hinchazón visual de los paisajes y de ciertos elementos de la naturaleza, como la lluvia o la nieve, así como las imágenes bien compuestas de besos de amantes furtivos, por más que la paleta provenga de Robert Richardson, un buen director de fotografía y habitual colaborador de Oliver Stone.

Queda para el final una cinta que, a tenor de la triunfadora El paciente inglés (1996) de Minghella, podía prejuzgarse cercana al tratamiento de esa película que protagonizaron Ralph Fiennes, Kristin Scott Thomas y Juliette Binoche. Pero no, El talentoso señor Ripley no tiene la suntuosidad visual más bien congelada de El paciente inglés, ni su fatigosa construcción temporal. Es verdad que la novela de Patricia Highsmith es un thriller psicológico que ya ha servido de base a una película del francés René Clement, de ritmo muy expeditivo, A pleno sol (1960), con Alan Delon, Maurice Ronet y Marie Laforet. Es decir, la intriga imponía, en este caso, una aproximación distinta a la de El paciente inglés y así lo ha hecho Minghella. De cualquier modo, Mongibello, Roma y San Remo no se libran de la mirada complacida de la cámara, que también se deja ganar por el refinamiento del universo mostrado. Hay, por tanto, un lado ornamental (sin duda, atractivo a la vista) así como una sobrecarga argumental que afectan el conjunto y que se asocian a un intento de investir a la intriga de un revestimiento artístico que la haga diferente a otros congéneres, empezando por el filme de Clement que es bastante llano y directo. Pero, al mismo tiempo, El talentoso señor Ripley exhibe un lado equívoco y perturbador en la personalidad de su protagonista y en la de Dickie Greenleaf, interpretados por Matt Damon y Jude Law, correcto el primero y magnífico el segundo, y una narración que en muchos de sus tramos sabe modular muy bien la tensión o la sorpresa, sin por ello perder de vista la capacidad manipuladora de Tom Ripley. En estos aciertos se sustenta el interés parcial del filme de Minghella que le permite desmarcarse, también parcialmente, de esos otros exponentes de la neoqualité que hemos comentado brevemente en este texto.

(N.o 12, 2000, pp. 18-19)

CAPÍTULO 2
Tierra en trance
El cine mexicano a comienzos de los 90

Desde hace nueve años se realiza en Guadalajara, gracias a la iniciativa del Centro de Investigación y Enseñanza Cinematográficas que dirige Emilio García Riera, una Muestra de Cine Mexicano en la que se ofrece el material más reciente de esa producción. Isaac León Frías ha estado presente en tres ediciones de la Muestra, incluyendo las de 1992 y 1993, las dos últimas. A partir de lo que ha visto en ellas, a lo que se agregan películas recientes vistas en otros festivales, elabora el breve panorama que se expone a continuación.

La gran maquinaria estatal que hasta hace pocos años controló en una alta proporción al cine mexicano, al menos en alguna de sus instancias —si no en la producción, en la distribución o exhibición— ha dado paso en los últimos años a un peso creciente del capital privado. Signo de los tiempos, en que las tendencias liberales se van imponiendo en uno y otro de nuestros países, México no es la excepción y los cambios en este país son particularmente significativos porque constituía uno de los aparatos estatales más firmes y arraigados, garantizado por la estabilidad que le daba la permanencia en el poder del Partido Revolucionario Institucional. Sin embargo, la expansión del capital privado está lejos de eliminar la presencia del Estado. Así, el Instituto Mexicano del Cine (IMCINE) participa activamente coproduciendo buena parte de los proyectos más novedosos e inquietos o, dicho de otro modo, menos convencionales del cine de ese país. Cine que, definitivamente, mantiene muy poco o nada de lo que tuvo en el pasado.

Ya ese nuevo cine mexicano que se inició a mediados de los 60 suponía una clara línea de ruptura con la tradición genérica que seguía sobreviviendo en cintas cada vez más bastas, signo de la estabilización de una penosa decadencia. Los realizadores de ese nuevo cine, especialmente quienes le aportan un perfil más claro —Arturo Ripstein, Felipe Cazals, Alberto Isaac, Paul Leduc, Jorge Fons, Jaime Humberto Hermosillo— toman distancia ante unos modelos que ya habían sucumbido y que, en todo caso, permanecían anclados a tiempos pretéritos.

Entre esa generación y la que ahora parece tomar el relevo hay una coincidencia en cuanto a la demarcación de derroteros expresivos muy lejanos de los modelos clásicos, pero hay otras claras divergencias que se pueden señalar, aun cuando todavía puede ser prematuro hablar de un cine mexicano de los 90 con una identidad propia como la que tuvo el cine que se hace en ese país a partir de mediados de los 60.

Hay que advertir que la generación que dominó el panorama del cine mexicano durante 15 años no se renovó y en la década del 80 hay un vacío. En ella, Ripstein, con la excepción de Mentiras piadosas (1987), y Cazals, son estrellas caídas. Alberto Isaac que, después de En este pueblo no hay ladrones (1964) no encontró la brújula de un cine de cierto vuelo creativo, quemaba sus últimas naves. Fons tampoco reeditó los méritos de Los albañiles (1976). Solo Leduc y Hermosillo, aunque de manera desigual y con altibajos, seguían haciendo películas de interés. Precisamente en estos primeros años 90, Leduc y Hermosillo son los únicos realizadores de su generación que todavía desempeñan un rol significativo en el cine de su país. Intimidades de un cuarto de baño (1991) y, en menor medida La tarea (1990), de Hermosillo y Latino Bar (1991), de Leduc, son propuestas originales, experimentales en el mejor sentido, aquel que concilia la innovación con la capacidad comunicativa y de un indudable interés. Pese a que luego Hermosillo pierde pie en La tarea prohibida (1992), reiterando lo que ya se veía como una reiteración en La tarea, sigue siendo un realizador que puede seguir aportando y que tiene el mérito de haber mantenido una cierta independencia frente a la industria mexicana y de estar dispuesto a reorientar su cine por caminos diferentes, aunque cercanos, a los que siguió antes. Leduc, por su parte, con caídas y todo, prosigue en la búsqueda de una expresión muy personal, de una iconografía mexicana muy distinta a cualquier otra, abigarrada y visualmente provocadora, como en Latino Bar y Barroco (1989).

Los nombres que despuntan ahora parecen dirigirse a las fuentes históricas o antropológicas de México. Tal el caso de Nicolás Echevarría, cuyo Cabeza de Vaca (1990) es su primer largo de ficción, después de una larga carrera en el documental de corte etnológico. Cabeza de Vaca, que se inspira en la crónica del extravío del conquistador español de ese nombre en tierras de la Florida, es un relato alucinado que pasa de la observación casi documental a la agitada movilidad de una cámara que registra movimientos y contorsiones dignos de las recreaciones operáticas de Francis Ford Coppola. Con menor altura creativa, Juan Mora indaga en realidades próximas con su primer largo Retorno a Aztlán (1991).

En otro terreno, Guillermo del Toro incorpora en Cronos (1992) una dimensión fantástica inusual en el cine mexicano: los poderes de una pequeña máquina de lejano origen que, incrustada al cuerpo, devuelve energías y salud. De sensibilidad muy especial, del Toro es una promesa a la que no cabía premiar aún con los Arieles que ha recibido, pero que habrá que seguir en sus próximas películas.

La personalidad femenina, tan escasamente representada en el cine mexicano de antes, se ha prodigado de un tiempo a esta parte. Dos nombres destacan en el conjunto: María Novaro y Dana Rotberg. De María Novaro son Lola (1989) y Danzón (1991), crónica intimista de desventuras cotidianas la primera, y deambulación sentimental a los acordes danzoneros la segunda. Mirada cómplice sobre los personajes femeninos, excesiva distensión dramática y rítmica, María Novaro hace un cine atractivo que aún requiere madurar para permitir una evaluación más segura. En Dana Rotberg, en cambio, se advierte un cambio favorable en el paso de Intimidad (1991), sobre las tentaciones extraconyugales, a Ángel de fuego (1992), un drama muy contenido en torno a una adolescente artista de circo y su amputado mundo familiar.

A diferencia de Rotberg, Carlos Carrera compuso en La mujer de Benjamín (1991), un sólido relato de pasiones y violencia en una pequeña aldea, lo que luego no se repitió en La vida conyugal (1993), comedia sobre la descomposición de una pareja (casi una versión mexicana de La guerra de los Roses, de Danny DeVito, 1989), no obstante, hecha con muy buena mano profesional.

Lolo (1992), del debutante Francisco Athié, es con Cabeza de Vaca, lo mejor del más reciente cine mexicano. El universo de la criminalidad en el medio lumpen narrado con un estilo que favorece los espacios cerrados y las atmósferas agobiantes, a escala de las existencias sin destino que en ellos habitan. Buen manejo, como en el filme de Echevarría, de la banda sonora.

Queda Como agua para chocolate (1992), del veterano actor y director Alfonso Arau, sobrevalorada pero aceptable adaptación de la novela de Laura Esquivel, con aciertos de ambientación y escenas logradas, pero con notorios desniveles de actuación y una inocultable tendencia al cine de qualité. Como agua para chocolate ha sido, y ello se comprende por el atractivo de la historia y la ambientación, un notable éxito de público en México y otras partes, especialmente en Estados Unidos, reabriendo el mercado norteamericano al cine de México que desde hace tiempo solo se veía en funciones dobles de salas de menor categoría en ese país.

(N.o 1, segundo semestre de 1993, pp. 15-16)

Diccionario de realizadores de largometraje
Federico García

El más prolífico de los directores peruanos de los últimos 20 años. Ocho largometrajes en su haber. Pero, a diferencia de lo que ha ocurrido con la obra de Lombardi o de Durand, no se advierte en la carrera de Federico García (Cusco, 1937) una línea de evolución ni tampoco una progresión cualitativa ascendente. Procedente del periodismo, la actividad política y la función comunicadora en el SINAMOS, durante los primeros años del gobierno de Velasco, García le aporta a la primera parte de su obra un sesgo polémico. Sus tres primeras películas, Kuntur Wachana (Donde nacen los cóndores, 1977), Laulico (1979) y El caso Huayanay: testimonio de parte (1980) se presentan como exponentes de la épica reivindicativa del campesinado andino. Kuntur Wachana es el manifiesto, Laulico la alegoría y El caso Huayanay el reportaje periodístico dramatizado. García asume la posición del comunicador social que hace del medio fílmico un canal para contribuir a la difusión de las imágenes y las luchas de las comunidades andinas postergadas o explotadas.

Luego pasa a la épica histórica con lo que no es precisamente una trilogía: Melgar, el poeta insurgente (1982), Túpac Amaru (1984) y El socio de Dios (1987). Melgar, el poeta insurgente cuenta las andanzas poéticas, amorosas y patriotas del vate arequipeño, precursor de la Independencia. Túpac Amaru narra, a partir del juicio al cacique cusqueño, los principales episodios de su gesta rebelde. El socio de Dios se inspira en la historia del cauchero Julio César Arana, intentando una explicación del periodo del auge del caucho en la amazonía peruana. Después de estos filmes, hay un cambio de 180 grados. En efecto, García dirige una comedia que parece querer revivir la experiencia de El embajador y yo (Oscar Kantor, 1968) o Nemesio (Oscar Kantor, 1969) en los años 90, en color y con una nueva estrella, Tania Helfgott: La manzanita del diablo (1989). Finalmente, García dirige en 1992 La lengua de los zorros, que aún no se ha estrenado ni se ha visto en funciones públicas, y al parecer otro filme no concluido y que se conoce como Pachacutec, de carácter semidocumental.

Un repaso de la obra de Federico García permite advertir inmediatamente que ella está lejos de formar una unidad o algo que se le parezca. Ningún eufemismo del tipo “unidad en la diversidad” es aplicable. Sí hay puntos en común, dentro de una cierta laxitud de visión, entre algunas de sus películas. Las tres primeras, por ejemplo, tienen en común el ambiente y la inflexión denunciativa. Melgar y Túpac Amaru aluden a precursores de la Independencia. Túpac Amaru y El socio de Dios participan de una construcción narrativa que abunda en datos y referencias verbales a los respectivos contextos históricos. Pero, más allá de esas similitudes, que parecen tener un carácter coyuntural, las diferencias son notorias y lo son no solamente si se confrontan unas con otras. También hay disparidad al interior de las propias películas. Kuntur Wachana pasa de la exaltación colectiva medio documental a la dramatización de relaciones individuales. En Laulico la leyenda parece reñida con el acercamiento más bien realista. El caso Huayanay combina fragmentos documentales con reconstrucciones de ficción, actuaciones naturalistas con interpretaciones histriónicas. Melgar, el poeta insurgente hace de la biografía un desvaído paseo por estampas de época, que en el mejor de los casos pudo ser sentido y melancólico y no lo es. Túpac Amaru no es, propiamente, cine biográfico y delata una poderosa influencia del esquema que el cine cubano aplicó durante muchos años a los relatos que se proponían como indagaciones en el sentido de hechos prominentes o de significación histórica. Algo similar se intentó en El socio de Dios, pero a diferencia de Túpac Amaru, mejor armada en conjunto, aquí todo fue un enorme galimatías.

No hay en las películas de García un punto de vista de realizador, una mirada desde la cual se organiza el material expresivo. Todo parece estar dictado por una mezcla de ideas generales sobre lo que quiere hacer, más una alta cuota de improvisación y de resolución inmediata de los requerimientos que se le presentan aquí y allá. Su película más orgánica, Túpac Amaru, le debe mucho a la participación de Ambrosio Fornet en el guion y a la cuidada edición, decididamente inusual en una filmografía que no está caracterizada por el rigor en lo que al trabajo con el montaje se refiere. Puede haber aciertos parciales en Kuntur Wachana, espontaneidad documental en la escena final de El caso Huayanay, cierta fuerza, pese al tono mayestático, en algunos tramos de Túpac Amaru. Pero un balance de conjunto de las películas de Federico García deja muy poco en pie. Con el agravante de que, en vez de una superación expresiva, por discreta que ella sea, lo que hay es el recorrido inverso y, exceptuando Túpac Amaru, cada película es peor que la anterior y, además, nada hace vislumbrar que las cosas vayan a mejorar.

Nora de Izcue

Con abundante obra cortometrajista, docente y gremial, la realizadora Nora de Izcue (Lima, 1934) ha realizado hasta la fecha un solo largometraje, El viento del ayahuasca (1983). De Izcue se inició en el cine como asistente de Armando Robles Godoy, concretando con Así se hizo La muralla verde (1970), su primer corto. Más tarde realizó Runan Caycu (1973), un documental político en torno a la reforma agraria, censurado por el gobierno militar de Velasco. Ese mediometraje es uno de los mejores trabajos de la realizadora, quien más tarde se orientó hacia los cortos de vocación etnológica en la amazonía peruana y en los poblados negros del departamento de Ica. En ellos desarrolló una seria labor de investigación previa, muy superior al promedio de los que han trabajado motivos similares, y obtuvo resultados disparejos.

En esa búsqueda antropológica, Nora de Izcue se plantea la realización de El viento del ayahuasca, que tenía como antecedente un intento de documental sobre las prácticas del curanderismo o medicina tradicional en el Oriente del país. Sin embargo, y pese a la buena voluntad del proyecto, el filme resultó totalmente fallido. El intento de formular una visión del desencuentro de la cultura occidental limeña con el universo animista amazónico se diluye en un relato que oscila erráticamente entre el documental y la ficción y que no logra crear personajes convincentes ni potenciar el espacio visual y escenográfico de la selva

Óscar Kantor

Óscar Kantor llegó a Lima a mediados de los 60 precedido por el prestigio de un corto, Los junqueros (1965) y el enigma de un largo no estrenado comercialmente, Buenos Aires verano 1912 (1966), y de haber sido, desde las páginas de una revista, combativo crítico del cine de su país de origen, Argentina. Sin embargo, Kantor no concretó aquí sus proyectos personales y se vio embarcado en producciones al servicio, primero, del animador de televisión Kiko Ledgard y, luego, del cómico también televisivo Tulio Loza. Esas dos producciones fueron, respectivamente, El embajador y yo (1968) y Nemesio (1969). Típicos productos de encargo en los que la labor del director se encontraba limitada de antemano a servir las peripecias de relatos sustentados en el carisma del intérprete principal, estas películas no hicieron sino demostrar que era mejor para sus ocasionales estrellas quedarse en el espacio televisivo o alternar la televisión con el café-teatro, como hizo más tarde Loza. Simples pachotadas, que en su momento llegaron a tener un cierto volumen de público movilizado por el gancho de las figuras participantes, que incluían además a otros nombres populares de la televisión de entonces (Saby Kamalich, Patricia Aspíllaga, Orlando Sacha, Manny Rey, Gladys Arista, Enrique Victoria, Antonio Salim, etcétera), en ellas Oscar Kantor oficiaba como un simple conductor de la realización, a la manera del abogado de oficio que, muy a desgano, se hace de un par de casos incómodos.

No obstante, más tarde vino Estación de amor (1974) un relato de amores juveniles en la costa norte, que debía significar la película personal que Kantor no había realizado en el Perú. Nada de eso, pues Estación de amor resultó aún más impersonal y anodina que las anteriores, lo que ya es decir bastante. Siete años más tarde, Kantor cerró hasta la fecha su labor directriz en el medio local. El episodio “Casa pensión”, del largometraje Una raya más al tigre (1981), era una sucesión poco inteligible de escenas ambientadas en un hospital psiquiátrico.

José Luis Rouillon

Sacerdote jesuita, profesor de literatura y cine, abordó el corto haciendo una amplia obra en la que alterna motivos religiosos con una serie dedicada al escritor José María Arguedas, sin conseguir más que un registro técnicamente prolijo y estéticamente plano. Esa misma seriedad de propósitos, limpieza técnica y falta de talento se repitieron en el largo Un clarín en la noche (1983), una nueva incursión en la temática campesina que se diferencia, por ejemplo, de los trabajos de Federico García en esa vertiente porque carece de las propensiones enfáticas, poéticas o documentales que aparecen en filmes como Kuntur Wachana, Laulico y El caso Huayanay: testimonio de parte. En cambio, Un clarín en la noche es una versión lavada y anémica del universo campesino, carente de la fuerza que su material exigía, como si se hubiera querido ejercer el mayor control posible sobre las resonancias dramáticas del filme.

Después de esta experiencia, José Luis Rouillon tomó distancia de la actividad fílmica, sin que haya dado ninguna señal de volver a ella.

Jorge Volkert

Fue uno de los pioneros que forjaron el desarrollo fílmico activado a partir de la ley de cine. Realizador de algún corto y animador de la cultura cinematográfica en los años 60, Volkert fue forjando un oficio técnico impecable. Este se puso de manifiesto en los cortos que más tarde ejecutó, aunque sin lograr en ellos el trabajo creativo que de él se pudo esperar (Bosque de rocas [1974], Día de muertos [1974], Motocross de las Américas [1977]).

Ese trabajo creativo debió haberse redondeado en La nave de los brujos (1977), una suerte de documental ficcionado en torno a resonancias esotéricas hallables en diversos restos arqueológicos del país. Pero lo que constituía un material potencialmente sugestivo se convierte en un largo y aburridísimo recorrido por cerros, cuevas y otras formaciones naturales, acompañado por una narración monocorde que contribuye al efecto adormecedor o irritante que produce la cinta. Volkert se quejó de los cortes y supresiones que, según él, afectaron sustancialmente el sentido del filme. Es posible que haya sido así, pero lo que ha quedado en la cinta, que no es escaso, no deja entrever que una versión más larga y completa hubiera mejorado significativamente el conjunto porque no hay allí nada rescatable.

Después del fracaso que supuso La nave de los brujos, Volkert se volcó en exclusividad al cine publicitario, con el que había estado ya vinculado por mucho tiempo, formando una compañía con Orlando Aguilar, diplomado en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, un excelente técnico que nunca dio el paso a la creación fílmica ajena a los encargos publicitarios. Lamentablemente, y sin que pudiera reivindicarse de la frustrada experiencia de su único largometraje. Jorge Volkert falleció a comienzos de 1991 a los 52 años.

Rafael Zalvidea

Peruano residente en Francia por muchos años, Rafael Zalvidea (1948) ha realizado algunos cortos y publicado una novela, Pichones de millonario. Su único largometraje, Lima 451 (1987) es en rigor un mediometraje alargado, una suerte de docudrama o, más bien, docucomedia en torno a lo que ocurre un 18 de enero, día del aniversario de la fundación de Lima. Relato caleidoscópico de la vida y los problemas de la ciudad que tiene como eje central a un programa televisivo en el que se resumen varios problemas urbanos, Lima 451 sigue levemente las incidencias de diversos personajes que, episódicamente, van ofreciendo un pequeño haz de conductas, a la manera de una encuesta o un pequeño muestrario de comportamientos sociales.

La mirada irónica del realizador no potencia suficientemente los episodios mostrados y el retrato de conjunto, así como las partes que lo constituyen, queda bastante desdibujado, sin que se cree el perfil necesario para hacer de Lima 451 un cuadro agudo y sugestivo de los problemas y contrastes de una gran ciudad y sus habitantes.

(N.o 2, primer semestre de 1994, pp. 107-121)

Nota

Los apuntes sobre los directores peruanos corresponden a un amplio diccionario que se publicó en el número 2 de La Gran Ilusión, con la participación de varios críticos.

El cine peruano: a paso de cojo

Se llevó a cabo el primer concurso organizado por el Consejo Nacional de Cinematografía (Conacine) para premiar largos y cortometrajes. Como estaba estipulado en la ley, podían ser premiados tres proyectos de largo y doce cortos realizados. Se conformaron para ese efecto dos jurados, el de largos presidido por el poeta y profesor universitario Washington Delgado y el de cortos por el actual decano de la Escuela de Postgrado de la Universidad de Lima, Desiderio Blanco. Los proyectos de largos premiados fueron Guaman Poma, de José Carlos Huayhuaca, en primer lugar; Coraje, de Alberto Durant, en segundo, y Ciudad de M., de Giovanna Pollarolo, en tercer lugar. Por su parte, los cortos premiados fueron siete: 98 Thompson, de Álvaro Velarde; La consulta, de Augusto Cabada; Tu amor, mi amor, de Luis Barrios; Crocante de chocolate, de Emilio Salomón; Ritornello, de Bárbara Woll; El pescador de los siete mares, de Aldo Salvini, y Cotidiano, de Marité Ugás. Con la excepción de 98 Thompson, filmada por Velarde en Estados Unidos durante sus estudios de cine en Nueva York entre 1995 y 1996, los cortos habían sido realizados en 1992 y pertenecían a ese conjunto de producciones que se quedaron bloqueadas a efectos de su exhibición en salas públicas a fines de ese año.

Con la realización del concurso, el Conacine, presidido por José Perla Anaya, dio el paso decisivo para legitimarse como ente central de la actividad fílmica en el Perú. De haberse limitado a las rutinas burocráticas es muy posible que el concurso no hubiera sido aún convocado. La ventaja de contar no solo con gente de cine, sino además calificada como es el caso de Perla y el de Emilio Moscoso, secretario ejecutivo del Conacine, por señalar a los más prominentes, permitió que un organismo creado por la presión de los cineastas se activara aun sin tener un presupuesto claramente establecido. Esto se ha puesto en evidencia muy pronto, pues el dinero del que dispone Conacine no le permite cubrir el integro de los premios otorgados y no se ha asignado el presupuesto previsto para este año. En eso está ahora la administración de Conacine pero, más allá del éxito que obtenga en sus gestiones, el principal talón de Aquiles de la nueva ley salta ya a la vista: no funcionan los estímulos a la producción si la caja fiscal, por las razones que fueren, no lo permite. Y si esto está ocurriendo a poco de concluido el primer concurso, ¿qué puede pasar en los tres siguientes que debían realizarse este mismo año y no digamos los que vengan en los próximos? Muy pronto, pues la principal debilidad de la ley viene a amenazar el relanzamiento de la producción, pues, si se sigue dentro de las actuales reglas, no se harán cortos si no hay un mínimo de seguridad en la concreción económica de los premios y los largos seguirán librados a los azares de financiamientos externos y la posible renuencia de un mercado que ha sido más bien reacio a las últimas películas peruanas.

El primer concurso ha provocado polémica. La conformación de los miembros de los jurados y los criterios de premiación son los puntos en cuestión. El gremio de cineastas se ha mostrado bastante insatisfecho con las decisiones del jurado y lo hizo saber durante la entrega de los premios. Christian Wiener explica en el otro texto sobre este tema cómo se llegó a conformar ese tipo de jurado. Frente a los jurados (o las comisiones) burocráticos del pasado, o a la opción de un jurado constituido por gente de cine en su mayoría, se decidió echar mano de los “notables de la cultura”. Ocurre, claro, que los notables de la cultura no tienen por qué ser necesariamente los más calificados a la hora de evaluar cortos o proyectos de largos como, igualmente, no tendrían por qué estar calificados para opinar en un concurso de música, puntura o teatro. Ha trascendido al respecto la utilización de criterios moralistas o prescriptivos, cuando no de dudosas raíces estéticas, esgrimidos por algunos representantes de la cultura.

Pero el de los representantes de la cultura era en, todo caso, el menor de los males y que las diferencias de criterio se pusieran en evidencia era un riesgo prácticamente inevitable. El ideal de un jurado en principio más riguroso hubiera pasado por excluir a esos representantes aunque tampoco eso evitaba posiciones encontradas. No hay, necesariamente, unanimidad de puntos de vista y más bien sí sensibles diferencias cuando los críticos y los especialistas juzgan méritos. La situación del cine nacional es muy delicada, ya lo sabemos, pero si se convoca a un jurado para que seleccione los mejores cortos hasta un tope de doce no se le puede obligar a que premie forzosamente doce. Esa es la potestad del jurado. Dicho lo anterior, uno puede expresar su punto de vista y decir, con el conocimiento previo de los cortos, que se pudo incluir algunos otros como Luna de almendra (Rosa María Álvarez-Gil, 1991), El enigma de Santos (Edgardo Guerra, 1992) y El aniversario (Augusto Cabada, 1992). Pero esta es una opción de cada jurado y las exclusiones no son una señal de inclinaciones censoras. Son aplicaciones de criterios con los que podemos estar en desacuerdo pero ese es el riesgo calculado cuando se trata de jurados y se pone de manifiesto en los festivales de cine y en todas las selecciones que se hacen en el mundo.

Mal que bien, Conacine está caminando, aunque no sabemos hasta cuándo. No podemos decir lo mismo del cine peruano que sigue moviéndose, en el mejor de los casos, a paso de cojo. Para no seguir así es imperioso pensar en otras fórmulas que no estén exclusivamente supeditadas a los beneficios de los premios. Eso, desde luego, no es fácil y menos en estos tiempos en que las leyes del mercado se imponen de manera inexorable. La misma recuperación del espectáculo cinematográfico es un asunto que se desenvuelve a un ritmo lento y tanto la televisión como el cable se muestran resistentes a incorporar en su programación materiales peruanos que no sean telenovelas o miniseries, por hacer referencia a las propuestas de ficción. Poco espacio hay allí para el corto fílmico o para el largo, a no ser que se haya exhibido en salas públicas. Pero el paso del tiempo y eso que se llama experiencia acumulada indican que es necesario buscar vías diferentes a las que pasan por el apoyo, en cualquiera de sus formas, del Estado. Hemos vivido varias décadas, esperando primero y confiando de manera exclusiva, una vez que se promulgó, de los beneficios de la ley, es decir, de la sombrilla protectora del Estado peruano. Es hora de plantearse alternativas, seguramente difíciles e inciertas, pero no por ello menos realistas que las que derivan de un estímulo estatal también difícil e incierto. Por eso, sin dejar de seguir bregando porque ese estímulo continúe y se intensifique en la medida de lo posible, es bueno terminar con la ilusión de que solo el Estado salvará al cine peruano. Aún cuando lo otro pueda ser, también, finalmente ilusorio no se ha explorado lo suficiente como para ser descartado.

* * *

Después de la redacción de este artículo se realizó el primer concurso de cortos de 1997 con doce filmes premiados y el gobierno ha dispuesto un millón de soles para el presupuesto anual de Conacine. Ese dinero, que en su mayor parte se destina a los premios de cortos y proyectos de largo, está siendo entregado a cuentagotas por el Ministerio de Economía.

La incertidumbre continúa y la reactivación de la actividad fílmica sigue siendo un buen deseo.

(N.o 7, primer semestre de 1997, pp. 98-99)

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