Kitabı oku: «Gold Beach»

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GOLD BEACH

Isabel Montes

Primera edición: abril de 2015

© Copyright de la obra: Mª Isabel Montes Ramírez

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

ISBN: 978-84-943785-0-8

Dipòsit Legal: B-8045-2015

Corrección: puntoyaparte - info@puntoyaparte.net

Diseño e imagen de portada: Duodisseny

Maquetación: Celia Valero

Edición a cargo de Mª Isabel Montes Ramírez

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Printed in Spain - Impreso en España

Impreso por: Tecnoart, S.L.

A Gran Bretaña,

país al que adoro y que tanto me inspira.

A Elwyn y Peggy Elisabeth, mis segundos padres,

cuyas vidas han inspirado esta historia.

Y a Philip, el amor de mi vida.

Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo,

cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final

El 14 de noviembre de 1940 la Luftwaffe casi destruye Coventry. A partir de aquel día pocas fueron las ciudades que escaparon a los bombardeos alemanes, las más castigadas fueron las más industrializadas: Londres, Southampton, Liverpool, Glasgow, Birmingham… Parecía que la idea de Hitler era conquistar un país en cenizas. Quizá pensó que de esta forma le sería más fácil reconstruirlo a su imagen y semejanza, pero con lo que no contó fue con que este país ya estaba forjado por su historia. Una historia de la que el pueblo británico se sentía tremendamente orgulloso, y por la que lucharía hasta el final con el único objetivo de conservarla y engrandecerla.

En aquellos días de oscuridad, orgullo y esperanza fue cuando empezó esta historia.

Capítulo 1. Philip

Moffat, Escocia, 5 de julio de 1975

Mr. Young me dijo que tenía que estar más al tanto de las señales. Su tono de voz y las palmaditas que me dio en la espalda al despedirnos me hicieron recordar a mi primer padre. Desde que huí a Lichfield con una diminuta maleta, siempre me trató como si yo fuera alguien especial para él, y así era en realidad aunque en ese momento no tuviera conciencia de ello. Le dije que tenía razón y que lo haría, para seguirle la corriente, aunque en mi interior pensaba: “¿qué está diciendo este hombre?” Pero cuando entré en el pub con Isobel y escuché la nueva canción de Pink Floyd Wish you were here empecé a entender a qué se refería.

Mi reciente ruptura con Claire me había hecho replantearme mi vida. Tenía una familia con la que apenas mantenía contacto, a excepción de mi madre y mi hermana pequeña y a mis treinta años parecía que nunca conseguiría sentar la cabeza. Una vez que tomamos la decisión de romper, o mejor dicho una vez que ella la tomó, la convivencia se hizo tan insoportable que necesité alejarme de Lichfield hasta que ella abandonase mi casa definitivamente, pero ¿dónde podía ir para no tener que dar explicaciones a nadie? La solución se me presentó cuando llamé por teléfono a mi madre. Parecía que el destino se había empeñado en devolverme al punto de partida. Desde que mi madre abrió el Bed & Breakfast nunca había hecho vacaciones en verano hasta, casualmente, ese año. Durante todo el mes de julio veranearía con su marido y mis hermanas en Saundersfoot en el país de Gales, así que la casa de mi infancia estaría libre para recibir a un solo inquilino: yo. Aprovechando la oportunidad que se me presentó le hice creer que había decidido finalmente pasar unos días en Moffat. Cuando me escuchó, se quedó sin palabras durante unos segundos como si no diera crédito a lo que le acababa de decir. No me hizo falta verla para saber que estaba llorando. Cuando pudo recomponer su voz, me dijo que aquel era el regalo que llevaba años esperando. Mi escueta y brusca respuesta le dio a entender que no quería hablar sobre el pasado así que no tardó en cambiar de tema. Ni siquiera me preguntó por Claire. Supongo que como no la mencioné, ya se imaginó lo que habría ocurrido. Como mi madre siempre estuvo al corriente del ir y venir de las mujeres que pasaron por mi vida desde que mi relación con Isobel terminó, su discreción en estos temas era absoluta. Después de darme las gracias por querer pasar unos días en casa, me suplicó que la esperase hasta su regreso. Y fue entonces cuando, sin saber porqué, le pregunté por Isobel. Desde que tomó la decisión que me rompió el corazón trece años atrás, no la había vuelto a ver. Aquel día no solamente rompí con ella, también lo hice con mi familia porque los consideré culpables de nuestra ruptura. Al cabo de unos años de aquel fatídico día, retomé la relación con mi madre pero nunca más volví a saber nada de Isobel. Para mi sorpresa descubrí que seguía viviendo en Moffat, que era la profesora más querida del colegio y que inexplicablemente no tenía pareja. ¿Sería una señal?

Tardé cerca de cinco horas en recorrer con mi Mini las doscientas treinta y tres millas que separaban Lichfield de Moffat, pero en ningún momento el viaje se me eternizó. Aquellas horas me sirvieron para intentar poner un poco de orden en mi cabeza. El dolor y la tristeza, fieles compañeros de las rupturas sentimentales, no me acompañaban en esta ocasión. Ahora parecía que las señales de las que me habló Mr. Young las veía con claridad. Tenía que haber dejado a Claire mucho tiempo atrás. Pero lo que en realidad me sorprendió fue volver a sentir esa alegría casi adolescente al no poder sacar de mi mente a Isobel. ¿Por qué había preguntado por ella? Parecía que el orgullo que me impidió regresar entonces hubiese desaparecido por completo. ¿Acaso estaba haciendo ahora el viaje de regreso a mi hogar, que nunca llegué a hacer entonces? Únicamente el tiempo me lo diría.

Cuando las agujas del reloj rozaban las doce del mediodía llegué a Moffat. Nada más cruzar la puerta de entrada de la casa que me vio crecer, los recuerdos y sentimientos que había conseguido encerrar en el olvido los últimos años, se agolparon en mi mente como si me estuviesen exigiendo que les prestara atención. Hacía una semana que la casa estaba cerrada pero todavía seguía oliendo a flores frescas. Me detuve unos minutos para mirar a mi alrededor. Aunque la decoración había cambiado ligeramente, no me sentí en una casa ajena. Dejé la maleta en el suelo y empecé a abrir las cortinas para que entrara la luz de un sol radiante que lucía sorprendentemente en la ciudad. Lo primero que hice fue dirigirme a mi antiguo dormitorio para deshacer la maleta. Al abrir la puerta comprobé que seguía estando tal y como yo lo dejé. Con un movimiento de negación de mi cabeza, cerré los ojos y suspiré apenado. ¿Cómo había sido capaz de hacer sufrir tanto a mi madre? En ese instante hubiese deseado tenerla a mi lado para abrazarla, pero una vez más nos separaban unas cuantas millas. Al abrir los ojos, sacudí mi cabeza con energía como si me estuviese diciendo que había llegado el momento de rectificar, al menos con ella y mis hermanas. En un abrir y cerrar de puertas y cajones coloqué toda la ropa con pulcritud y orden. Después de muchos años de oír la misma frase en boca de todas las mujeres que habían pasado por mi vida, desde mi madre hasta Claire, habían conseguido finalmente pulir mi ordenado desorden. Antes de salir miré a mi alrededor. Sobre la almohada de mi cama me sorprendió encontrar una nota. Me acerqué para leerla con curiosidad. Estaba escrita del puño y letra de mi madre.

Isobel. 5, Warriston Rd.

Le hará mucha ilusión volver a verte.

Mamá xxx

Isobel, repetí en mi mente. ¿Realmente se alegraría de verme después de las cosas que nos dijimos aquel día en la estación de tren? Tenía mis dudas. Lo que estaba claro era que no había regresado a Moffat para reencontrarme con ella. Esa historia ya estaba zanjada y terminada. Quizá mi madre me malinterpretó al preguntar por ella. Lo único que buscaba en Moffat era estar solo y alejarme del mundo, al menos durante el próximo mes. Aquella pregunta no había sido más que pura cortesía. Arrugué la nota y la guardé en el bolsillo del pantalón para tirarla después a la basura.

Bajé las escaleras como si llegara tarde al colegio. Al cruzar el recibidor para dirigirme a la cocina, me detuve junto a la mesa de madera que había frente a la entrada de casa. Estaba tal y como yo la recordaba. En el centro había un ramito de flores secas, en esta ocasión de color lila, sujetas por un lazo rosa junto a una vela blanca aún por encender. A la izquierda una foto de John con su bata blanca y su corbata, a la derecha una foto de Elwyn con su uniforme militar. Los dos hombres a los que había amado mi madre compartían, en igualdad de condiciones, aquel diminuto santuario. Miré detenidamente a mis dos padres. Al primero lo recordé con cariño, al segundo seguía sin poder quererle.

Al abrir los armarios de la cocina mi estómago empezó a gruñir. Si hubiese llamado antes a mi madre, la despensa estaría llena, pero no era el caso. Afortunadamente encontré algo de comer. Literalmente engullí un plato de beans on toast acompañado de una taza de té como si fuese un simple aperitivo. Fregué los platos y recogí la cocina ante mi total asombro. Al recordar las recriminaciones diarias de Claire para que no dejara los platos por medio, sonreí al ver que finalmente lo había conseguido. Lástima que no estuviera conmigo para saborear su victoria. Me dirigí al recibidor, me puse la chaqueta, cogí las llaves del coche y salí de casa para ir al supermercado.

En los trece años que no había vuelto a aparecer por Moffat, la ciudad había cambiado bastante. Conduje por Old Carlisle Rd intentando recordar donde estaba el supermercado más cercano. Al llegar a la calle The Holm giré a la izquierda para dirigirme al centro del pueblo pero inexplicablemente en lugar de seguir recto, giré en Park Circle, cogí la gran rotonda y salí la segunda a la derecha. “¿A dónde iba?”, pensé. Frené y estacioné en cuanto pude para dar la vuelta porque literalmente estaba perdido. Había vivido durante diecisiete años en esa ciudad pero parecía como si fuese la primera vez que la visitaba. Miré alrededor para tratar de ubicarme. Me había detenido delante de cinco casas pareadas. Todas ellas tenían un pequeño jardín en la entrada, cercado por unas vallas perfectamente barnizadas que daban un toque de color a la monotonía del gris de la fachada. Busqué a derecha e izquierda el nombre de la calle, 5 Warriston Rd. Volví a leer el nombre con los ojos desorbitados, estiré las piernas, palpé el bolsillo del pantalón e introduje lentamente la mano para extraer la nota que había olvidado tirar a la basura. Cuando la leí cerré los ojos. “Me rindo Mr. Young, tiene usted toda la razón”, pensé.

Mi pulso se aceleró y supe exactamente porqué. Una falsa lógica que no hacía más que enmascarar mi propio orgullo me decía que lo que tenía que hacer era dirigirme al supermercado y olvidar historias pasadas, pero algo en mi interior, al que me negué a llamar corazón, me repetía constantemente su nombre. Miré el reloj. Era la una y media. Con un poco de suerte la podía invitar a comer, pensé. Hasta las seis de la tarde tenía tiempo para hacer las compras. Pero entonces la razón me devolvió a la realidad. ¿Me podía presentar ante ella al cabo de trece años para invitarla a comer como si nada hubiese pasado? La arrogancia de creer que aquella relación ya no me afectaría y el carisma que había cosechado con todas las mujeres que habían pasado por mi vida me hicieron creer que sí. De repente las nubes pusieron fin a la tregua que le habían concedido al sol. El cielo se había vuelto gris.

Durante unos minutos mi cabeza intentó encontrar las respuestas adecuadas para lo que pudiese surgir con este reencuentro, pero aunque seguía pensando que aquello no era una buena idea, no me amedrenté. Salí del coche, estiré mi ropa y cuando estaba a punto de cruzar la valla me acordé de Claire. Tan solo habían transcurrido unas horas desde que la dejé en Lichfield. Miré la puerta de entrada de la casa. Lo que iba a hacer no era una nueva conquista, simplemente iba a visitar a una amiga de la infancia.

Las nubes habían oscurecido completamente el cielo. En breve empezaría a llover. Permanecí frente a la entrada de su nueva casa durante unos minutos sin atreverme a pulsar el timbre hasta que finalmente lo presioné. Cuando abrió la puerta me miró con aquellos maravillosos ojos azules que nunca había conseguido olvidar. Su mirada no pudo esconder la sorpresa que le supuso mi inesperada visita. Inmediatamente se subió el cuello alto de su jersey sin mangas hasta cubrir la mandíbula y se ajustó la chaqueta de punto que llevaba puesta para cubrir su hombro descubierto. Durante unos segundos nos miramos sin reparos como si quisiéramos admirar los cambios que el tiempo había generado en nosotros. Y fue entonces cuando entendí porqué no me había funcionado con nadie más.

Isobel se había convertido en una preciosidad. Su piel seguía tan fina y blanca como yo la recordaba. Su melena azabache había crecido hasta cubrir su espalda con unas ondulaciones que parecían suaves olas del mar. Literalmente tuve que morderme las ganas de besarla en ese mismo instante. Lo que menos me esperaba al verla era volver a sentir una pasión que ya creí olvidada. Durante unos segundos maldije mi maldito orgullo por no permitirme regresar por ella años atrás. Las palabras de Mr. Young cobraron vida una vez más: “Philip, aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final”. Hubiese dado lo que fuera necesario por saber qué estaba pensando ella. El silencio se hizo tan incómodo que no se me ocurrió nada mejor para romper el hielo, que utilizar la frase más moderada de mi repertorio de ligón de ciudad: “te invito a una cerveza en el pub”. Sin decir una palabra, dio media vuelta y desapareció en el interior de casa. Mi primera reacción fue pensar: “te lo mereces”, pero como la puerta siguió abierta me quedé esperando sin saber qué hacer. Aquellos diez minutos fueron los más largos de mi vida pero cuando volvió a aparecer, la espera había merecido la pena. Se había cambiado de ropa y retocado su melena en un tiempo récord. Lucía un vestido corto sin mangas, de cuello alto con grandes estampados florales en colores cítricos. El bolso y la chaqueta colgaban de su brazo. Ornamentó su melena con una ancha diadema de color blanco a juego con unos zapatos de grandes plataformas que casi la ponían a mi altura. Estaba impresionante. Cerró con llave y con su sonrisa infantil me dijo: “vamos antes de que empiece a llover”. La miré y sonreí porque tuve la sensación de que me estuviese esperando. Y como si todos esos años se hubiesen convertido simplemente en unas horas, retomamos nuestra amistad allí donde yo la abandoné.

Al entrar en el pub, Isobel empezó a tararear en voz alta la canción de Pink Floid que sonaba entre el bullicio de la gente. Después de pedir en la barra, nos sentamos en una mesa junto a la ventana. Brindamos con nuestras pintas sin apenas mirarnos a los ojos. Ninguno de los dos podíamos mantenernos la mirada. Ella cruzó las piernas con decisión y empezó a preguntarme por mi vida. Enseguida descubrí avergonzado de que estaba al corriente de todo lo que me había sucedido, incluso sabía que había roto con Claire. La discreción de mi madre tenía una excepción: Isobel.

—¿Cómo estás? —preguntó con una dulzura que denotaba preocupación.

—Bien, aunque suene extraño. Hay rupturas que duelen y otras que liberan. Afortunadamente esta es una de ellas.

—¿Has vuelto a Moffat a pasar el verano o solo para desconectar unos días en tu casa? —dijo mientras bebía un sorbo de su cerveza.

—La verdad es que aún no lo sé. En teoría tenía que impartir unas clases de recuperación las próximas dos semanas, pero Mr. Young me recomendó que empezara mis vacaciones, así que no tengo que regresar a Lichfield hasta finales de agosto.

—¿Quién es Mr. Young? —preguntó como si no lo supiese.

—El director de la escuela donde trabajo. Es una gran persona y un gran profesional al que no le gustan los escándalos, así que cuando Claire se presentó en el claustro de profesores contando a los cuatro vientos nuestra ruptura y su parte de verdad, me llamó a su despacho para que le informara de lo ocurrido. Evidentemente no era su intención inmiscuirse en mi vida privada, pero quería estar al corriente de los hechos para tomar las decisiones oportunas. Aún no sé porqué, pero me tiene en buena estima y creo que hasta se alegró de que terminara con ella. Claire nunca fue santo de su devoción. Me dijo que ya buscaría un suplente para las clases de recuperación y que lo mejor que podría hacer era regresar al punto de partida y volver a empezar. Y por eso estoy aquí.

—Pero cuando regreses a Lichfield y te encuentres de nuevo con ella ¿no volverás a caer en sus brazos? —me preguntó apretando la mandíbula.

—Afortunadamente ha decidido regresar a Londres. Dice que echa de menos las ciudades de verdad.

—Pues en Moffat se hubiese muerto de asco, ¿no crees? —dijo con una carcajada.

—Seguramente. En un par de semanas, cuando termine su trabajo en la escuela, regresará a Londres. Le dijo a Mr. Young que no contase con ella el curso siguiente, así que asunto resuelto.

—Ahora que lo pienso ¿cómo te has atrevido a dejarla sola en tu casa? ¿Y si cuando regresas te la encuentras vacía o destrozada?

—Es una histérica con clase. Cogerá sus cosas y se marchará sin más.

La madurez de sus treinta años le había permitido conservar sus facciones juveniles y su comportamiento dicharachero y en ocasiones un poco infantil. La Isobel que yo recordaba se había convertido en una mujer hermosa que ocultaba las heridas de su infancia bajo telas de colores. Mi sonrisa, mi silencio y la forma en cómo la miré la ruborizaron tanto que no tardó en cambiar de tema

—¿Cómo has podido aguantar tanto tiempo con una mujer así? Dime al menos que en la cama era buena porque no lo entiendo. Inglesa, profesora de matemáticas, rubia, ¿pero qué viste en ella?

Por lo visto mi madre le había hecho una descripción exhaustiva de mi última pareja. En el fondo tenía razón. ¿Qué había visto en Claire? ¿Qué esperaba conseguir con esa relación? ¿Y con las anteriores? Sin darme cuenta había seguido los consejos de Mr. Young al pie de la letra. Me encontraba en el lugar donde todo empezó y ahora que la veía frente a mí supe que estaba donde tenía que estar. Sonreí y sin dejar de mirarla a los ojos levanté mi pinta de cerveza para brindar.

—Por los nuevos comienzos, Isobel.

Ella me miró durante unos segundos sin saber qué decir. Sus mejillas se enrojecieron sutilmente hasta que sus labios se empezaron a curvar en una leve sonrisa.

—Y para que sean definitivos, Philip.

A las seis y media salimos del pub. La tarde había transcurrido sin apenas darme cuenta, incluso me olvidé de que estaba hambriento. Una fina lluvia caía sobre nosotros como si fuese el rocío de la mañana. La temperatura había bajado considerablemente, así que subí la cremallera de mi chaqueta hasta el cuello. La acompañé a su casa como si volviéramos a ser los mismos adolescentes de años atrás. Durante el camino de regreso la Isobel de siempre volvió a aparecer con aquella alegría innata tan contagiosa que te hacía sentir feliz. Era lo que menos me esperaba pero lo agradecí. No sé qué habría hecho si se hubiese comportado como me merecía. Al llegar a casa nos cobijamos bajo el techo de la entrada para guarecernos de la lluvia. Si ninguna excusa de última hora lo impedía, la hora de la despedida había llegado pero yo no me quería marchar. Había añorado tanto su compañía que las horas que habíamos pasado juntos me supieron a poco. Isobel me daba paz. Cuando le vi sacar las llaves del bolso, improvisé lo primero que me vino a la cabeza para volverla a ver. Ella se giró y me miró con cara de interrogante al preguntarle si le apetecería acompañarme a pescar a la mañana siguiente. Qué poco tacto había tenido con aquella proposición, pero ya era demasiado tarde para rectificar. “Si esperas que acabemos como la primera vez que me invitaste, estás muy equivocado”, me dijo. Cuando pude reaccionar me separé de ella tímidamente y me limité a decirle con el semblante serio: “solo quería verte y pasar la mañana contigo, nada más”. Ella me sonrió, me guiñó un ojo y me dijo: “mañana a las diez en punto. El pícnic corre de mi cuenta”. Se despidió con la mano y una sonrisa que me llegó al alma, y sin más cerró la puerta con decisión. Yo permanecí unos minutos sin moverme porque me negué a creer que no me invitara a entrar, pero no volvió a abrir. Mi físico y mis dotes de seducción que para otras eran completamente irresistibles, parecían no afectarle ya lo más mínimo. Aquel verano prometía ser el curso de recuperación de una asignatura que tenía pendiente de aprobar desde hacía muchos años.

Me dirigí hacia el coche porque de repente recordé que seguía hambriento y sin pensármelo dos veces puse rumbo a Marias Fish & Chips shop en High Street para darme un merecido banquete. Ya encontraría un momento al día siguiente para llenar la despensa.

La casa de mi infancia estaba situada a las afueras del pueblo. Una vez que pasabas el campo de rugby, girabas la primera a la derecha para adentrarte en una carretera estrecha y oscura que atravesaba un bosque frondoso. La luz del sol apenas podía entrar a través de aquellos árboles altos y espesos. Al cabo de una escasa milla, se abría un claro en el bosque y aparecía mi hogar. Aquella casa había sufrido varios cambios a lo largo de los años. Inicialmente se construyó como una granja con área de cultivo y ganado. Al adquirirla mi padre, la transformó en su consulta médica y en su hogar. Las tierras pasaron a manos del ayuntamiento y las cuadras se transformaron en un porche para el coche y en habitaciones para ampliar la casa. Antes de morir la convirtió en el Bed & Breakfast que era hoy en día. Literalmente estábamos en medio del bosque.

Al entrar agradecí que la calefacción llevase tiempo funcionando porque la verdad es que hacía frío. Había olvidado que los veranos en Escocia se convertían en inviernos cálidos al anochecer. Me quité los zapatos nada más entrar para no manchar la mullida y pulcra moqueta del recibidor, colgué la chaqueta en el perchero y me dirigí al dormitorio para calzarme mis slippers. Antes de salir de la habitación me dirigí a la ventana. Si algo me gustaba de aquella estancia era las vistas que tenía. Abrí la cortina para admirar las frondosas montañas siempre húmedas y verdes que parecían estar allí para resguardar la parte de atrás de la casa. Las ovejas pastaban plácidamente desperdigadas por las laderas como si estuviesen en su paraíso particular. Durante el mes de julio en los picos de las montañas se podía ver una franja de luz que no desaparecía en toda la noche, como si fuese un continuo amanecer. Dejé la cortina abierta y me dirigí a la cocina para prepararme una taza de té que me ayudase a entrar en calor. No eran ni las ocho de la tarde y no tenía más planes que ver la televisión y dormir así que me lo tomé todo con calma. Afortunadamente Claire no tenía el teléfono de casa así que no me molestaría con sus insultos, recriminaciones y las insistentes sugerencias para que visitara a un psiquiatra. La soledad de la casa fue lo que más agradecí en ese momento.

Al entrar en el salón noté un ligero cambio de temperatura. Hacía frío. Mi cuerpo tembló de arriba abajo. Miré a un lado y al otro como si estuviese buscando algo pero evidentemente solo vi muebles, cortinas y decoración de porcelana. La lámpara que estaba en la mesita junto al sofá estaba encendida. Me sorprendió mucho ya que traté de recordar sin éxito cuándo la había encendido. Mientras caminaba hacia el sofá, me negué a aceptar que el calor que brotó desde el interior de mi cuerpo lo hubiese provocado el miedo. “¿Miedo de qué?”, pensé. Suspiré enérgicamente y negué con la cabeza para alejar aquellas tonterías de mi mente. Me dirigí al televisor, lo encendí, me dejé caer sobre el sofá y cuando iba a dejar la taza de té sobre la mesita fue cuando lo vi.

El diario de mi madre descansaba junto a la lámpara como si me estuviese esperando. No me podía creer que lo hubiese dejado allí olvidado con lo cuidadosa que era para proteger las palabras de su vida. En esta ocasión lo cogí y lo abrí sin remordimientos. Con la ayuda de mi pulgar pasé las páginas rápidamente hasta llegar al final.

23 de junio de 1975

Sé que perdí a Philip hace años. Y lo peor de todo es que ya no sé cómo recuperarlo. A él le debo que mi vida volviera a brillar y sin embargo yo permití que la suya se oscureciera. Lo que creímos hacer por su bien acabó alejándolo de mi lado. ¿Cómo pude mantenerle al margen de mí? Me avergüenzo cada día de mi actitud y solo espero que el destino me lo devuelva pronto para poder enmendar mis errores y ayudarle a encontrar su camino. Sé quién le puede hacer feliz. ¿Soy una mala madre por no decirle lo que tiene que hacer? Seguramente no aceptaría mis consejos. Necesito que vuelva. Quiero que regrese junto a mí. Por favor Philip, vuelve”.

Una vez más aquel diario volvía a cambiar el rumbo de mi vida. Las palabras de mi madre me partieron el corazón. Me moría de ganas por volverla a ver. Lo cerré despacio y lo devolví a la mesita. En esos momentos lo que menos quería era recordar todo aquello. Dirigí los ojos hacia la televisión para olvidarme de lo que había leído, pero ya estaba en manos de un destino que no dejaba de enviarme señales, tal y como me profetizó Mr. Young. El programa Top of the Pops anunciaba una nueva actuación. Sobre el escenario 10cc empezaba a entonar I’m not in love. La letra de esa canción resumía mi propia realidad. Yo también conservaba una foto de Isobel. La luz de la lamparita empezó a parpadear como si de un momento a otro la bombilla se fuese a fundir hasta que se apagó. La sala de estar se quedó iluminada solo con la luz del televisor. Yo me acurruqué en el sofá como si tuviese frío pero en realidad, aunque me avergonzaba la idea, sentí miedo. Mientras la canción repetía big boys don’t cry miré el diario y recordé la primera vez que lo vi. Yo solo tenía catorce años y a partir de ese momento, toda mi vida cambió.

El baúl que guardaba mi madre en la buhardilla de casa fue mi juego preferido hasta que se convirtió en mi gran obsesión y en el mayor descubrimiento de mi vida. ¿Qué hubiese sido de nosotros si no hubiese descubierto lo que escondía en su interior? Aunque a día de hoy me sigo arrepintiendo de la aventura que emprendí, siempre pensé que mi madre se merecía ser feliz.

Cuando era un niño siempre me decía que debía protegerlo porque dentro guardaba un gran tesoro, y en cierta forma así era. Los días que el frío del invierno impedía jugar en el jardín de casa, pasaba las horas en la buhardilla luchando con la espada de madera que me había hecho mi padre, frente a un ejército imaginario para defenderlo. Durante los años de mi infancia nunca le pregunté a mi madre qué guardaba dentro del baúl, porque mi propia fantasía me hacía creer que estaba lleno de joyas, pero cuando crecí y le pedí que me enseñara la fortuna que había estado protegiendo en mis juegos, ella se limitó a decirme que solo guardaba ropa antigua y nunca encontró el momento adecuado para abrir el misterioso baúl en mi presencia. Si sus palabras eran ciertas ¿por qué lo tenía cerrado con llave? Unos años más tarde pasé de ser su ferviente defensor a convertirme en el más obsesivo saqueador. Intenté abrirlo de mil formas diferentes sin ningún resultado. Si mi madre hubiese estado al tanto de mis fallidos intentos, seguramente se habría alegrado de tener su secreto a salvo, pero sobre todo de ver mis nefastas dotes de ladrón. Tampoco pude descubrir donde guardaba la llave para abrirlo. La única opción que me quedaba era romper el candado, pero si no quería ganarme una buena reprimenda debía fingir que algo había caído sobre el baúl para romperlo. Aunque no me hizo falta llevar a cabo mi ingeniosa idea. Creo que el destino me había elegido para cambiar el curso de nuestras vidas.

La mirada siempre melancólica de mi madre, su inseparable cuaderno negro de tapas gruesas donde decía que escribía recetas de cocina que nunca puso en práctica, sus visitas de madrugada a la buhardilla cuando pensaba que yo dormía y aquel baúl que parecía tener vida propia, se habían convertido en un gran interrogante al que necesitaba encontrar respuestas. Algo en mi interior me instaba a abrirlo.

Al principio pensé que su tristeza se debía a la muerte de mi padre, pero entonces empecé a recordar cómo era ella cuando él aún vivía, y si había un rasgo que la caracterizaba era los momentos en los que parecía estar ausente con la mirada perdida y muy lejos de nuestro lado.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
390 s.
ISBN:
9788494378508
Telif hakkı:
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