Kitabı oku: «Sueños de sombras»
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© 2020, Israel Hernández
© 2020, de esta edición: Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Noelia Navarro
Corrección
Noelia Navarro
Diseño de portada
Erasmo Hernández
Maquetación
Vasco Lopes
Primera edición en formato electrónico: Abril de 2020
ISBN: 978-84-18013-44-7
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Israel Hernández
SUEÑOS
DE
SOMBRAS

ÍNDICE
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I DESENTERRANDO LAS MEMORIAS PERDIDAS
CAPÍTULO II NO ES MIEDO… ES UNA INCERTIDUMBRE VAGA E INDOLORA, APRIETA EL PECHO Y ENCOGE EL CORAZÓN
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I BAJO EL UMBRAL DE LA CATEDRAL
CAPÍTULO II LA CASA DE LOS EXTRAÑOS SUEÑOS
CAPÍTULO III UN SILENCIO SEPULCRAL
AGRADECIMIENTOS
Para mi madre.
Para Sonia, mi amada esposa.
Y para mis hijos Keyris y Yul.
Gracias, madre, por tus oraciones.
PRÓLOGO
Sueños de sombras está a la mitad de camino entre la literatura salvadoreña y española, como decenas de miles de personas que, en los tiempos que corren, viven entre dos mundos; como su autor, con los pies en un país y la cabeza muchas veces en el otro; con el corazón a dos banderas. La aldea global con sus sincretismos particulares.
Un análisis simple nos llevaría a decir que esta novela habla sobre dos viajes: uno físico desde Barcelona a San Miguel, y el otro interno al pasado, a los recuerdos, a la desconocida raíz de los tormentos, pero es mucho más que eso. Ese es solo el cuerpo de la novela, pero en su alma algunos encontrarán, sobre todo, la desbordante necesidad de conocerse a sí mismo, de explorar sin temores ni restricciones nuestro subconsciente, de las preguntas existenciales llevadas a irreductibles alaridos de la mente. ¿Cómo hace esto un migrante al que todo lo que recuerda de una etapa de su vida le resulta insoportablemente onírico? Si para cualquier persona es complicado responder a un «¿quién eres?», ¿cómo vive ese tipo de interrogantes alguien que sobre sí solo cuenta una historia auto fabricada de recuerdos inconexos que dejan grandes distancias entre algunos capítulos importantes? Y lo más importante: ¿cómo vives con los que simplemente se han ido de tu mente por alguna extraña razón? Al rompecabezas que eres no le faltan piezas, pero cuando tratas de analizarlo más de cerca algunas, desaparecen.
Entonces, yo diría que, en realidad, la novela al menos trata de cuatro viajes: uno de San Miguel a Barcelona que, según Heráclito, de ninguna forma podría simplemente ser la inversa del segundo de Barcelona a San Miguel, porque quien vuelve es el mismo viajero y no lo es; el otro viaje es, en efecto, a las entrañas de los demonios que todo ser humano posee. Y el último, es el de lo paranormal. La principal diferencia entre el tercero y el cuarto es que a nuestro interior viajamos todos, pero lo que vive el protagonista no es solo eso sino una serie de episodios que pocas personas viven, reales o no. Son un viaje también, uno muy poco deseado, por supuesto, uno que nadie realiza por voluntad propia, el viaje de los delirios, que es interno, pero que viene de un lugar completamente distinto al existencial.
¿Estamos hablando de la locura? Solo si se entiende como locura de una guerra en la que hubo desaparecidos por decenas de miles, en la que hasta la fecha hay gente que sigue buscando a sus seres queridos, gente que se despierta a mitad de la noche, presa de intensos cuadros de estrés postraumáticos, gente que no puede recordar con precisión por más que lo intente porque hay cosas que su mente bloqueó para autoprotegerse. Podríamos decir que cuánticamente es y no es locura. Que decida el lector.
¿Son los recuerdos, una especie de alacranes voladores que silenciosos se esconden cerca de nosotros esperando el momento para saltar en forma de tormentos?
Silvio Aquino
UN DÍA CON MIS RECUERDOS
Mi soberbia me ha arrastrado,
Por las negruras de mi inconsciencia.
La soledad se ha apiadado de mí,
Y me ha convertido en su amante.
Ahora estoy prisionero,
Bajo su atenta mirada,
De sus ojos hechos de segmentos de estrellas.
No puedo escapar.
No son mis pies,
Ni mis manos los que están atados
Es mi corazón, mi espíritu y mi alma.
Las lluvias de mayo caen.
Y los campos se preparan para los maizales.
En la gran piedra, el viento golpea mi cara.
Mece los pinos,
Que producen un silbido melancólico,
Y despierta el espíritu de los hombres,
Que ahí murieron.
Bajos mis pies se deslizan pinos y valles.
Pequeñas montañas,
Que se han quedado estancadas,
En el silencio del tiempo.
Y hasta ahí, donde mi vista se pierde.
Y el filo de la cordillera,
Es acariciado por las nubes,
Y es enverdecido por sus cafetales.
Extiendo mis brazos y quiero volar hasta ahí.
Por instantes suelo olvidar que soy prisionero,
De su embrujo, y de su indiferencia.
Y sueño con escapar algún día.
Y llegar hasta mis montañas,
Ver mis ríos, el mar y mis volcanes,
Y, sobre todo, la sonrisa de mi gente.
El cantar de los canarios,
Me despierta de mi sueño,
En esta mañana primaveral.
Y me pregunto ¿dónde estará y qué hará?
Porque mis recuerdos se ensanchan,
Y se graban como cicatrices imborrables.
Porque pretendemos muchos,
Buscarle a los recuerdos otro sentido.
¿Acaso no sería más fácil el olvido?
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
DESENTERRANDO LAS MEMORIAS PERDIDAS
El cielo empezó a nublarse ya bien entrada la tarde, y ese día llovió durante toda la noche. El cantar a lo lejos de unos gallos le daba la bienvenida al alba, mientras un nuevo día comenzaba entre nieblas, por las colinas del volcán.
Era uno de esos días grises, y en aquel ambiente hostil se podía sentir la humedad hasta en los huesos; era uno de esos días que es mejor no salir de casa, de esos días que a los poetas les inspiran sus poemas melancólicos.
Salí de casa a eso de las nueve de la mañana, aún se podía sentir el suave rocío rezagado que seguía cayendo como ave de mal agüero.
Crucé a grandes zancadas, bajo una ligera llovizna, el valle que nos separaba de la gran casa. —Así llamábamos todos los empleados a la finca del patrón—. Era una hermosa casa, tenía un espléndido jardín y una fuente dando la bienvenida en la entrada principal. La fachada parecía una de esas antiguas postales que alguna vez me mostró el patrón, de cuando aún vivía en Barcelona.
Parecía un día interminable, las horas pasaban lentas, y poco a poco la tormenta volvió a resurgir, esta vez con más fuerza. Se convirtió en una tormenta horrible, de esas que ponen los pelos de punta, de esas que una cree que es el fin del mundo. Se cerró hasta el punto de que me fue incapaz el regresar a mi casa aquella noche. Fue hasta el día siguiente que, con los primeros destellos de claridad, salí corriendo a ver a Carmen.
La casa en la que vivíamos era propiedad del patrón, como todo lo que se encontraba en varios kilómetros a la redonda de su finca. Yo vivía con Carmen, mi hermana menor. Ella era todo cuanto tenía, nunca nos separábamos, éramos como uña y carne. Nunca dejó de ser mi niña, no obstante, ya se había convertido en toda una mujercita, a pesar de que yo me negara a reconocerlo. Quizás nunca comprenderé los caprichos de la vida, esa vida que a veces la veo con apatía por lo injusta que ha llegado a ser con nosotras.
Carmen estaba esperando un hijo del patrón, por ello nos dejaba vivir en una de sus casas.
Desde que había quedado embarazada, muy pocas veces la fue a ver, y jamás lo escuche hablar de ella. Los días eran largos y angustiosos, vivíamos entre la angustia y la incertidumbre de no saber que nos deparaba el destino. Reinaba un ambiente de miedo, la consternación se apoderaba de todos. Estábamos en una etapa muy dura, mucha gente yacía muerta y otros tantos que desaparecían. La dictadura del general Martínez no hacía más que empezar. Desde que Carmen había quedado embarazada, la pobre sufría una decadencia como si la tristeza la devorara por dentro. Su alegría se fue apagando poco a poco. Hubo días, en los que llegaron a mí, pensamientos negros que se aposentaron en mi cabeza, aunque jamás me atreví.
No lo olvidaré nunca, fue una noche a mediados del mes de noviembre. Sentí un vacío en mi estómago y un leve dolor en mi pecho. A pesar del frio, las manos me sudaban y un ligero temblor hacia bambolear mi cuerpo. Sabía que Carmen ya estaba a punto de dar a luz y no podía dejarla sola; pero aquella noche entre la oscuridad, que solo se interrumpía con los relámpagos, no hubiese avanzado nada y también tenía un riachuelo que cruzar, y con la tromba que estaba cayendo, me iba a ser imposible regresar. Así que me resguardé a esperar que amaneciera.
Yo sabía que algo no estaba bien, lo podía sentir. Era un presentimiento que no me dejó pegar ojo en toda la noche y, efectivamente, a eso de las diez de la noche le empezaron las contracciones leves, que se fueron intensificando más y más, y que apenas le dejaban caminar con dificultad. Con mucho esfuerzo logró llegar hasta la cocina, calentó un poco de agua y se preparó un té de linaza, cogió las sábanas de mi habitación y todo lo que pudo, como ya antes le había explicado yo.
Era la noche cruda y tenebrosa, solo los relámpagos y el rugir de los truenos dejaban ver que aquella noche no era un espacio vacío del universo o del mismísimo infierno. El viento soplaba con fuerza golpeando las ventanas, muy pocas veces en mi vida he sentido el miedo que sentí aquella noche.
Mientras las horas pasaban, las cosas para Carmen empeoraban aún más. Las contracciones no cesaron y tras rezar tres padrenuestros y tres aves marías, se dejó a la voluntad de Dios. Sintió que moría, el aliento se le escapaba y su vida se deslizaba como las gotas de agua por el ventanal, sus gritos se confundían con el rugir del viento, eran gritos de agonía. Había entrado en un estado de inconsciencia; hasta el punto de desvariar. Con el resplandor de los relámpagos, creía ver la silueta de una sombra que la observaba atento detrás de la ventana.
Por fin, después de casi seis intensas horas de agonía, ocurrió el milagro de la vida. Entre la tormenta infernal y los gritos de Carmen llegó al mundo una diminuta criaturita que después parecería un ángel. Era un hermoso niño, nació a las tres de la madrugada de aquel húmedo mes de noviembre. Cogió las sábanas y el cuchillo que teníamos en la cocina, ella misma lo limpió y procedió a cortar el cordón umbilical.
Para cuando yo llegué a casa; como a las seis de la mañana, los llantos de un bebé me erizaron la piel, corrí aturdida hacia la habitación de donde provenían los llantos. Me quedé atónita, no daba crédito a lo que veía. Sábanas ensangrentadas por doquier. Cuanto más avanzaba más me imaginaba lo peor; como sucede en estos casos.
Solo después de asesorarme que Carmen y el bebé descansaban. Bajé en busca de la comadrona, para asegurarme de que los dos habían salido ilesos de tan angustiosa odisea. Su llegada fue para darle la enhorabuena por lo valiente que había sido Carmen, dijo que en su vida había visto persona tan valiente como ella.
Cuando la comadrona se alejó, después de ayudarme a enterrar la placenta en un descampado que quedaba detrás de la casa, yo entré y me fui a recostar en una hamaca, donde tardé un santiamén en quedarme dormida. Estaba tan cansada, que solo tenía fuerza para recordar cuando había irrumpido en la habitación y me había quedado boquiabierta.
Entre las sábanas, aún ensangrentadas, vi el largo cuchillo que guardábamos en la cocina. Lo había reconocido enseguida, un segundo más tarde me di cuenta de que algo se movía entre las sábanas, lo observé de hito en hito no sé por cuánto tiempo, hasta que me armé de valor y di unos pasos más, lo acogí entres mis brazos, lo limpié y lo acomodé en la cama. Enseguida me di cuenta de que Carmen no estaba en aquella habitación, corrí desesperada por toda la casa en su busca.
Por fin la encontré inconsciente al frente de una ventana entreabierta, que permitía que entrara la poca luz que se colaba por entre las nubes. La cogí como pude y la llevé a su habitación, junto a su hijo. Temblaba de frío y por ello me di cuenta de que aún seguía con vida. Una vez en su cama vi como su rostro se iluminaba con una sonrisa entre dientes y una mirada de felicidad, mezclada con el horror por la pesadilla que acababa de pasar. Entre el cansancio y el recuerdo de aquellas imágenes, hicieron que pasaran mil cosas por mi cabeza.
Cuando me desperté bajé a la cocina y le preparé un caldo para que recuperara fuerzas.
«Tranquila», le dije, «ya ha pasado todo, ahora descansa». Hubo que esperar a que pasaran tres días para que empezara a recuperar su semblante de fuerza y valentía que la caracterizaban, aunque jamás volvió a ser la misma. Tanto el bebé como ella evolucionaron milagrosamente, tanto que se encontraba con valor para contarme como había ocurrido todo, y de cómo no podía olvidar aquellas sombras que creyó ver que la observaban por las ventanas. Habló de las sombras, de las cuales yo no le presté mucha importancia, puesto que creí que fueron alucinaciones suyas, producto del impacto nervioso al que había estado sometida. Sin embargo, el bebé crecía cada día más y se volvía más fuerte.
Era tarde y la noche se abría paso. La luna empezaba a cobrar su derecho de interrumpir la oscuridad, con su luz azulada o más bien grisácea. Podía ver aquella señora bastante cansada, quizás por sus años, o por el dolor que le ocasionaban el traer a su mente viejos recuerdos, que le abrían dolorosas heridas. La interrumpió dándole una palmadita en el hombro y un beso en la mejilla, quizás porque de alguna manera se sentía culpable de verla así. Él la había obligado a que desenterrara sus memorias perdidas al preguntarle el por qué siempre estaba tan sola y si aún le quedaba algún pariente.
—Gracias por contarme esta historia. Pero es mejor que sigamos mañana, ya es tarde y usted necesita descansar.
Ella asintió con un ligero movimiento de su cabeza, y una mueca de sonrisa, disimulando la tristeza que le ocasionaba el recuerdo de los días de su juventud.
Él la acompañó hasta su habitación y, una vez más, dándole un beso en cada mejilla, se despidió.
—Buenas noches —le dijo.
—Igualmente, hijo —contestó doña Marta—. Hasta mañana, que descanses bien.
Doña Marta era una señora bastante extraña, pero a la vez adorablemente amable. En su rostro se dibujaban un montón de arrugas; su hermoso pelo blanco, que parecía de plata, le llegaba hasta la cintura. Había algo en su mirada aguileña que el pasar de los años la habían convertido en una persona capaz de ocultar un pasado lleno de desdichas por el capricho de la vida.
Con el rostro cansado y la mirada con semblante aristócrata, parecía leer a las personas como un libro abierto. Eso y sus gestos irónicos, lograban que cualquier persona se sintiera incomoda antes su presencia. Ello le hacía ganar muchos puntos a su favor al tratar de entablar cualquier tipo de conversación. Él quiso imaginarse todo cuanto le acababa de contar y de cómo sería el desenlace de tan interesante historia; pero Las mil y una noches le nublaron de espesa niebla su mente. Aún se sentía aturdido, se encontraba en un país totalmente diferente al suyo, se había adentrado en una ciudad donde no conocía casi a nadie. Pero dentro de él, resurgía un frenesí incontrolable, una necesidad insaciable por saber los vestigios de su pasado. Ello le había hecho cruzar todo el océano y embarcarse en su mayor aventura.
Era su misión personal, para ello contaba con muy pocas pistas. Solo tenía en sus manos una vieja dirección de una casa que nadie parecía recordar que hubiese existido y el nombre de un sacerdote que habría ejercido hacía más de treinta años en la catedral de la Virgen de la Paz, la patrona de la ciudad.
Hacía mucho calor, unos treinta y siete grados, más o menos. Aún no lograba acostumbrarse a su nuevo ambiente. Por momentos extrañaba todo lo que había dejado en Barcelona. Pero el encuentro con aquella misteriosa señora le era placentero, había algo que no lograba llegar a descifrar, parecía conocerla desde siempre.
—Qué extraño —pensó en voz alta, pero hizo caso omiso a sus pensamientos.
Vio su reloj, no era muy tarde. Solo marcaba las ocho treinta. Así pues, decidió indagar un poco adentrándose por una de las callejuelas de la ciudad que solo por coincidencia llevaba su mismo nombre: Miguel.
Corría el inseguro año 1971, cuando Miguel llegó a El Salvador.
Aún a sabiendas que las situaciones políticas en el país siempre fueron precarias, se adentró corriendo todos los riesgos. Sabía que era peligroso, pero el día que decidió averiguar de dónde venía, aceptó todos los riesgos, e incluso hasta fracasar en el intento. Empezó a caminar bajo la noche, solo con la luz de la luna azulada y el calor asfixiante. Se fue alejando con sus pensamientos. Dejando atrás la posada de doña Marta. Los rayos de la luna exhibían casi en total plenitud las torres puntiagudas de los campanarios de la catedral, por ello supo orientarse y dirigirse hasta la iglesia.
La posada de doña Marta se encontraba justo al costado de la catedral, solo era necesario recorrer unas callejuelas, y poderse parar frente a su fachada principal. Se dirigió por un callejón que creía sería el más eficaz en su trayecto, caminó varios minutos sin encontrarse tan siquiera con un alma viviente, le era extraño no encontrar a nadie a esa hora; él que estaba acostumbrado al bullicio y a las alegres y coloridas calles de Barcelona. Ahora era tan diferente, la ciudad en la que se encontraba le parecía fantasmal e incluso empezó a pensar en voz alta.
De pronto tuvo una extraña sensación, creía percibir que alguien lo observaba. Y aquella sensación se fue apoderando de sus miedos. Se detuvo delante de un lugar, que parecía un mercado, creyó escuchar voces que comentaban las ventas del día. Pero no prestó mucha atención y siguió su camino sin detenerse. Mientras se alejaba a pasos aligerados, descubrió a unos niños que recogían las verduras que aquel día no habían logrado vender. Después de aquellas escenas, empezó a parecerle una ciudad con vida.
Desde que había llegado de Barcelona no había tenido la oportunidad de conocer casi a nadie, a excepción de los que se encontraban en la posada de doña Marta, donde él alquilaba una pequeña habitación, que no eran muchos.
Sus pequeñas casas de tejados rojizos y angostas callejuelas se abrían como viejas heridas, era como una escena sacada de una novela que aún no se había logrado escribir, viviendo solo en las imaginaciones que aún no existían. Poco a poco se fue alejando de aquellos niños que parecían contentos terminando un día más de faena. Llegó hasta el parque Guzmán, ya no podía ver la catedral, ya que al levantar su vista solo divisaba las copas de los almendros que se alzaban frente a su fachada.
Se dirigió hasta el centro del parque donde descubrió a un ángel. Era una imagen bastante pequeña, parecía que era el guardián del parque, se quedó un momento absorto observando la diminuta estatua. Cuando otra vez sintió la misma sensación de que alguien lo observaba, esta vez escuchó unos pasos. Sí, efectivamente, eran unos pasos.
Seguido de los pasos, escuchó unas voces, corrió evitando hacer ruido. Se escabulló entre unas plantas, logrando llegar hasta unos árboles que le brindaban protección. Desde ahí podía ver a dos siluetas que se aproximaban. Era una pareja de jóvenes cuyos rostros no podía ver por la oscuridad. Se sentaron en uno de los asientos, parecían discutir algo pero no podía oír lo que discutían, hablaban como si ambos trataran de contarse secretos. Por su posición privilegiada a los jóvenes casi les era imposible que se pudieran dar cuenta de que allí había alguien. Con cautela se aproximó un poco más, hasta poderlos escuchar perfectamente.
—La verdad es que estos hijos de puta nos seguirán jodiendo siempre. Y seguirán haciéndose más ricos a costa nuestra, yo digo que ya es hora de ponerlos en su lugar. Ya basta de tantas barbaridades, ahora es el momento de actuar. Es la hora del golpe. Que ya empiecen a pagar un tanto de sus incontables crímenes.
Cuando escuchó lo que hablaban los jóvenes se dio cuenta de que era un asunto muy delicado, quiso retractarse. Pero ya era tarde. Aquellas palabras seguirían retumbando en su cabeza.
—No —contestó el otro—. Aún no. Tenemos que prepararnos más, de lo contrario nos pasará lo mismo que les pasó a los del treinta y dos. Y nuestro esfuerzo se esfumará quedando en vano. Tenemos que seguir los planes de Ismael, todo se hará a su debido tiempo.
Por un momento se arrepintió de haber tomado la decisión de escuchar aquella conversación. A su entender, planeaban un golpe de estado. O al menos eso fue lo que logró comprender. Decidió alejarse lo más silenciosamente que pudo, caminando en sentido contrario de dónde estaba su posible salida del parque, no le quedaba más opción si quería pasar desapercibido.
Al salir del parque fue a dar justo en la entrada principal de la catedral. Pero en ese preciso momento unas nubes empezaron a esconder la luna y la oscuridad se fue adueñando del lugar, era un poco supersticioso y la oscuridad le fue portadora de malos presagios. Se detuvo un momento tratando de orientarse, pero la oscuridad pertinaz, le bloqueaba toda visibilidad. Unos segundos después sus ojos se fueron familiarizándose con la tenebrosidad. Y enseguida empezó a planear cómo podía regresar a la posada, en aquella tenaz penumbra.
No podía apartarse de su mente tan desafortunada conversación que hacía tan solo un momento acababa de escuchar. Para cuando logró llegar a la posada, la noche estaba en todo su apogeo, entró sigilosamente y se fue directamente a su habitación. Empezó a desprenderse de toda su ropa y completamente desnudo se metió en la cama. Ya hacía tiempo que había aprendido un ejercicio de relajación que practicaban los adeptos del arte del fuego.
Extendió sus brazos en forma de cruz, cerró sus ojos y empezó a respirar profundamente para que el aire abriera paso entre su cuerpo, llenara los pulmones y despertara su alma. Pronto empezó a sentir cada parte de su cuerpo. Empezando por los pies y así sucesivamente cada parte de él, luego agudizó sus sentidos en los cuatro elementos, durante un largo rato, hasta que de pronto empezó a sentirse extraño, creyó levantarse y abandonar su cuerpo. Empezó a observarse a sí mismo. Solo era un cuerpo inerte tendido en la cama. Una corriente de aire y una sensación extraña, le invadieron. El cuerpo que observaba tendido en la cama permanecía inmóvil y totalmente ajeno a él.
De repente, se despertó y de un salto logró ponerse de pie. Su corazón estaba exaltado y se encontraba sudando. Tenía pánico de volver a la cama. Aquello para él era una experiencia nueva, nunca antes lo había experimentado. Pero su cuerpo estaba hecho trizas. Era como si viniera de un largo viaje, aun así tenía que dormir; aunque su consciente se negara rotundamente. Después de un largo rato por fin el cansancio venció la batalla y poco a poco se fue sumiendo en un pesado y profundo sueño.
Cuatro frondosos árboles de amate, entrelazándose como si trataran de fundirse en un profundo y eterno abrazo, lo arropaban con sus sombras. Y una sensación espeluznante, que hizo erizar su piel, se deslizó desde su interior. Esos árboles misteriosos, que pareciera que muestran las vísceras del mundo cuando salen al exterior, y dan esa sensación de repugnancia y escalofríos al observarlos, desde sus raíces que empiezan a arquearse.
Y cuanto más lo observaba; sus curvas trataban de forjar formas que su subconsciente trataba de descifrar. A veces lograba sonrisas, a veces caras de espanto. ¡En una rama de uno de ellos algo colgaba! Quería ir a investigar qué era, pero cuando intentó dar un paso, sus pies no respondían. No era capaz ni de mover una sola parte de su cuerpo que se había quedado aletargado, no era capaz de mover un solo dedo de sus manos. Su cuerpo pesaba como si fuera de plomo.
Quería averiguar qué demonios era lo que colgaba de la rama del amate, pero su cuerpo se negaba. Hasta los mismos árboles parecían tener vida y verlo con sarcasmo. Al ver que le era imposible moverse, después de hacer tanto esfuerzo, no le quedó más opción que tumbarse exhausto en el suelo. Su consciente se debatía con sus músculos y cuando por fin logró moverse, vio a doña Marta sentada en una de las grandes raíces que sobresalían de los amates. Estaba llorando desconsoladamente bajo la sombra que colgaba. Le empezó a gritar desesperadamente, pero no fue capaz de verlo, parecía que no era parte de su realidad. Luego, la silueta de un hombre se acercaba a grandes zancadas; no se lograba definir su rostro y su vestimenta era una sotana negra y larga que le cubría desde los pies hasta la cabeza. Él gritaba, pero era inútil, nadie lo escuchaba. Aquella sombra pasó a centímetros de él. Pudo sentir la brisa que agitaba su vestimenta negra. Cuando volvió a observar a doña Marta, ya no lloraba. Esta vez se reía a carcajadas; pero lo que más le extrañaba era que siguiera ignorando su presencia. Luego, doña Marta se alejaba sin escuchar sus gritos. Solo se quedó con la sombra que colgaba del árbol.
Quería salir corriendo detrás de doña Marta, pero todo esfuerzo se desvanecía en la nada. La luna lo bañaba con su grisácea luz y los grillos hacían su concierto en la oscuridad de los matorrales, y como soneto de fondo las rimas del riachuelo, que se afanaba en su interminable recorrer.
La noche parecía ser infinita e inacabable hasta que…
—Dios. Solo ha sido un sueño.
Si, solo una pesadilla más. Recordaba haber soñado sombras. Eran sueños de sombras.
—Miguel —dijo una dulce y tierna voz.
Alguien llamaba a su puerta.
—Un momento, por favor —respondió.
Aún estaba aturdido por tan extraño sueño, aún su corazón palpitaba como si hubiese visto al mismísimo Satán.
—Su desayuno lo espera. La mesa ya está servida. Y dese prisa que a doña Marta no le gusta esperar.
La chica que lo había ido a despertar era Isabel, la ayudante de doña Marta, que también se encargaba de la limpieza en la posada. Siempre andaba atareada y de mal humor, a excepción de los domingos que era su día libre y se escapaba con un joven, quien sabe para dónde, pero siempre aparecía los lunes por la mañana puntual a su trabajo.
Él se vistió deprisa y salió corriendo para el comedor, sin prestarle atención a lo que había soñado. De todas maneras, solo era un sueño más.
Doña Marta estaba sentada en el extremo inferior de la mesa, con una taza de café en sus manos.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —le contestó doña Marta—. Espero que descansara bien, lo veo un poco pálido, debió haber tenido una mala noche —dijo, e hizo uno de sus gestos irónicos, como riéndose de él.
Su rostro parecía más cansado de lo normal, sus ojeras delataban su desvelo.
—He pasado una noche placentera —contestó, tratando de no mirarla directamente a la cara, ocultando la cara de trasnochado que tenía.
—Tome asiento que su café se enfriará —señaló doña Marta, bajando la mirada decepcionada por su arrogancia.
Mientras Miguel se sentaba, en su rostro un destello de luz le iluminó, y tuvo un buen presentimiento intuyendo que aquel sería un buen día.
Desayunaron casi sin decir palabra y evitando mirarse directamente a la cara.
—Me gustaría hacerle unas preguntas —dijo Miguel un tanto inseguro, tratando de encontrar un tema de conversación.
—Tú dirás —respondió doña Marta fríamente—. ¿Sobre qué quiere saber...?
—La verdad es una historia que no logro entender muy bien y no sé por dónde empezar.
—No te preocupes. Las cosas no hay que complicarlas, debes ir directo al punto, di lo que piensas y no lo compliques nunca. La simplicidad es lo más ingenioso que puedes hacer cuando trates de comprender algo que se te presente difícil.
—Me gustaría saber un poco de este país —contestó.
Le molestaba a Miguel no poder controlar la conversación. La última respuesta no era lo que pensaba. La verdad él quería preguntarle por las personas que buscaba, y quería hablarle sobre los motivos, de su viaje. Pero tuvo una corazonada e intentó enseguida cambiar el tema.
—Mejor sígame contando la historia que dejamos a medias anoche. La dejamos donde Carmen le contaba cómo había acontecido el parto y de cómo parecía recordar que alguien la observaba detrás de la ventana.
Fue lo más sensato que se le ocurrió para tratar de cambiar la conversación. Enseguida se dio cuenta de que se encontraba entre la espada y la pared.
Doña Marta dirigió su mirada a la mesa, y enmudeció… Se quedó callada, como ausente. Su mirada se perdió escudriñando su alma, revolcándose en el infinito de sus recuerdos. Volver a sentir como se le erizaba la piel al revivir cada detalle de lo vivido, volver a sentir la brisa en su cara mientras caminaba por aquellos valles. El viaje a su interior fue breve para la percepción de Miguel. Aunque para ella había durado una eternidad.