Kitabı oku: «Obras selectas de Iván Turguénev»
Iván Turguénev
Obras selectas de Iván Turguénev
e-artnow, 2021
EAN 4064066442316
Índice
Un sueño
Primer Amor
Nido de Hidalgos
Aguas Primaverales
Un sueño
Índice
Contenido
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
I
Índice
Tenía yo diez y siete años cumplidos y vivía en un pequeño pueblo de la costa con mi madre, que apenas tenía treinta y cinco; se casó muy joven.
Al cumplir siete años, murió mi padre y, no obstante, estaba grabado en mi memoria con suma claridad.
Mi madre era bajita y rubia, su hermoso rostro estaba siempre triste; hablaba lentamente, con voz débil, con ademanes tímidos. En su juventud tuvo reputación de hermosa, y continuó siendo encanta-dora hasta sus últimos días. No he conocido jamás un cabello más fino y suave, unas manos más deli-cadas. Yo la adoraba y ella me amaba entrañable-mente...
Sin embargo, no era alegre nuestra existencia; mi madre parecía padecer un dolor extraño, una desgracia irreparable, injusta, y que corroía sin cesar su existencia.
El dolor que le había provocado la muerte de mi padre no era bastante para explicar aquella tristeza abrumadora, aun cuando fuese grande su pesa-dumbre, porque lo había querido con pasión y reverenciaba su memoria. ¡No! En su congoja había un misterio que me era imposible penetrar, pero que intuía de una manera vigorosa e intensa al mismo tiempo, cada vez que fijaba mi mirada en los apacibles y quietos ojos de mi madre, en sus labios tan hermosos y también inmóviles, apretados sin amargura, pero que parecía que nunca se habían de mover.
Ya dije que mi madre me amaba. Sin embargo, había momentos en que me rechazaba o en que mi presencia le era penosa y hasta inaguantable. Parecía sentir de pronto una repulsión involuntaria hacia mí, sentimiento que la horrorizaba en seguida, y, con lágrimas de contrición me estrechaba contra su pecho.
Suponía yo que esos accesos de animadversión se debían al estado enfermizo de mi madre y a sus pesares... Verdad es que también pudieran ser cau-sados por los extravagantes arrebatos de mal humor y de deseos criminales que se apoderaban a veces de mí... Pero esas crisis no se producían nunca en las ocasiones en que me cobraba ojeriza.
Iba siempre vestida de negro, como si estuviese de luto. Vivíamos con cierto desahogo, aunque sin relaciones.
II
Índice
Mi madre había depositado en mí todos sus pensamientos y cuidados, enlazando su vida con la mía.
Una intimidad tan estrecha entre padres e hijos, no siempre es buena para éstos... Por el contrario, a menudo es nociva para ellos.
Pero yo era hijo único... y los muchachos que no tienen hermanos ni hermanas, generalmente cre-cen de una manera irregular. Al educarlos, sus padres piensan en sí mismos tanto como en su hijo...
No hay nada peor en cuanto a educación.
Con todo, no era yo mimoso ni terco: dos ex-tremos en que acostumbran incurrir los hijos únicos. Pero mi sistema nervioso se había conmovido desde muy temprano y era frágil mi salud, como la de mi madre, con quien tenía yo notable parecido.
Eludía la relación con los muchachos de mi edad, y, en general, me apartaba de los hombres; hablaba muy poco aun con mi madre.
Mi afición preferida era la lectura, pero me gustaba más aun pasearme a solas y soñar, soñar...
¿En qué soñaba? Es difícil decirlo: algunas veces imaginaba que me encontraba de repente ante una puerta entornada, detrás de la cual se escondían misterios insondables. Me quedaba esperando, es-tupefacto, sin poder decidirme a trasponer el umbral de aquella puerta y sin dejar de preguntarme qué ocurría allá, cerca de mí... y aguardaba siempre con una especie de desasosiego o acababa por dormirme.
De haber sido poeta, con seguridad hubiera ex-presado con versos tal estado de ánimo; si hubiese sido proclive a la devoción, hubiera entrado en una comunidad religiosa; pero no era poeta ni piadoso y pasaba el tiempo soñando y aguardando en vano.
III
Índice
Ya dije que a veces me dormía asaltado por ideas y cavilaciones indefinibles. Acostumbraba dormir mucho, y los ensueños jugaban un papel importante en mi vida; todas las noches los tenía.
No los desechaba, y les concedía gran importancia, tomándolos por advertencias, y esforzándome por alcanzar su sentido misterioso; algunos de esos ensueños se sucedieron en varias ocasiones, lo cual siempre me daba mucho que pensar y me parecía muy extraño.
He aquí el ensueño que más intensamente me impresionó.
Estoy en una calle angosta y mal empedrada de una ciudad antigua, entre altas casas de techos cónicos.
Voy deambulando al azar y mientras tanto busco a mi padre, el cual no ha muerto, sino que se es-conde de nosotros y vive en una de aquellas casas.
Paso por una puerta cochera, baja y oscura; atravieso un largo patio y al fin entro en un pequeño cuarto al cual llega la luz por dos ventanas redondas.
En medio de aquella estancia, veo a mi padre con ropas de entre casa; está fumando la pipa. No se parece a mi verdadero padre. Es de elevada estatura, delgado, moreno; su nariz es aguileña, los ojos sin brillo y penetrantes; representa unos cuarenta años.
Le disgusta que haya descubierto su retiro, a mí tampoco me satisface aquel encuentro y permanez-co perplejo, de pie frente a él. Se da media vuelta, murmura algo y anda por la habitación con paso breve... Luego se aleja de mí, sin dejar de mascullar frases que no comprendo, y me echa miradas por encima del hombro... El aposento se agranda y se pierde entre tinieblas.
Me da un miedo terrible al pensar que acabo de perder a mi padre otra vez; me lanzo en pos de él, pero ya no lo veo; sólo oigo su gruñido de oso.
Mi corazón desmaya... despierto, y demoro mucho tiempo en volver a dormirme.
Pasé todo el día siguiente recordando los detalles de ese ensueño, que no atinaba explicarme.
IV
Índice
Corría el mes de junio. La ciudad donde vivíamos, se animaba en aquella época del año. Gran cantidad de barcos anclaban en su puerto, y una muchedumbre de extranjeros recorrían sus calles.
Me agradaba pasear por los muelles y por delante de los cafés y de las fondas, pera presenciar las variadas fisonomías de los marineros reunidos en los establecimientos, en torno de mesitas blancas, sobre las cuales había jarros de estaño llenos de cer-veza.
Un día, al pasar por frente a uno de esos cafés, advertí un hombre que pronto concentró toda mi atención.
Vestía un largo levitón negro y un sombrero de paja encasquetado hasta los ojos. Estaba sentado, inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Los pocos rizos de su oscuro cabello le caían sobre la frente; sus labios finos apretaban la boquilla de una pipa corta.
¿A quién era parecido ese hombre? Cada rasgo de su semblante amarillo y quemado por el sol, toda su persona, se habían impreso de tal manera en mi mente, que, sin querer, me detuve delante de él, pensando: ¿Quién es ese hombre? ¿Dónde le he visto antes?”.
Evidentemente, sintió mi mirada clavada en él y levantó hacia mí sus ojos negros y penetrantes.
-¡Ah!- exclamé sin poder evitarlo.
Ese hombre era el padre que se me había aparecido en sueños. Mi primer reacción fue comprobar si aún estaba yo durmiendo.
Pero, no... Era de día, alrededor de mí iba y ve-nía la muchedumbre, brillaba el sol alegremente en lo alto del cielo y no era lo que había delante de mí un fantasma sino un hombre de carne y hueso.
Fui hacia una mesa vacía, pedí un bock de cer-veza y un periódico, y me senté muy cerca de aquel ser enigmático.
V
Índice
Abrí el periódico ante mis ojos, para observar a mi antojo al desconocido valido de aquel resguardo.
Continuaba quieto; de cuando en cuando levantaba la cabeza, que tenía inclinada sobre el pecho. Se advertía claramente que esperaba a alguien.
Le observé con obstinación.
Por momentos me parecía ser presa de un espe-jismo, que no existía aquel parecido, y que me dejaba arrastrar por un extravío de mí imaginación...
Pero, apenas se movía aquel hombre en el asiento o movía ligeramente la mano, me costaba trabajo re-primir una exclamación, y volvía a reconocer con certeza a mi padre; tal como se me había aparecido en sueños.
Por fin, el desconocido notó la insistencia con que lo miraba; al principio expresó extrañeza y lue-
go fastidio; y echando una mirada hacia donde yo estaba; pareció a punto de levantarse. Su movimiento hizo caer un bastoncillo que estaba apoyado en la mesa.
Salté de mi asiento, tomé el bastón y se lo en-tregue El corazón me palpitaba como si fuera a sal-tar del pecho.
Me dio las gracias; pero su sonrisa no era franca.
Aproximó su rostro al mío, enarcó las cejas y en-treabrió los labios, como si alguna cosa lo hubiera contrariado.
-Es usted muy gentil, joven- dijo de pronto con voz firme, aguda y gangosa-; lo que es muy raro en nuestros días... Le felicito por ello: le han dado a usted excelente educación.
No recuerdo lo que le respondí, pero nos pusi-mos a conversar.
Me enteré de que era compatriota mío; que acababa de regresar de América, donde había vivido algunos años y adonde estaba a punto de volver.
Dijo ser el barón de... (no entendí bien el título).
Igual que “el padre de mis ensueños”, termina-ba las frases mascullando entre dientes palabras ininteligibles.
Quiso saber cómo me llamaba, y cuando le dije mi nombre y apellido pareció pensar por un instante; después me preguntó desde cuándo vivía en aquella ciudad y si estaba solo.
Respondía que me acompañaba mi madre.
-¿Y su padre de usted?
-Mi padre falleció hace varios años.
Quiso saber entonces cuál era el nombre de pila de mi madre, y en cuanto lo supo lanzó una risotada que contuvo en seguida y se excusó diciéndome que era un apodo americano, y que por otra parte era muy original.
Volvió a interrogarme para saber dónde estaba nuestra casa, y se lo indiqué.
VI
Índice
La emoción que me embargó al principio de nuestra charla iba calmándose poca a poco; sólo me extrañaba aquel insólito encuentro.
Me disputaba la sonrisa con que el barón me hacía preguntas, y no me gustaba tampoco la expresión de sus ojos, que parecían querer atravesarme...
Sus miradas tenían algo feroz y protector, que es-trujaba el corazón. Nunca había visto esos ojos en mis sueños.
El rostro del barón era muy extraño, un rostro mustio, cansado, y que aún tenía un aire de juventud que causaba desagradable impresión.
“El padre de mis ensueños”, tampoco lucía la cicatriz que marcaba oblicuamente toda la frente de mi nuevo conocido; vi esa cicatriz sólo cuando me aproximé mucho al barón.
Acababa de decirle el nombre de la calle donde vivíamos y el número de nuestra casa, cuando un negro de gran estatura, con un poncho que casi le cubría la cara, se aproximó al barón y le tocó levemente el hombro.
Volvióse mí interlocutor y dijo:
-¡Ah! ¡Por fin!
Y saludándome con un ligero movimiento de cabeza, entró en el café, seguido por el negro.
Permanecí en mi puesto, con la intención de es-perar la salida del barón para hablar otra vez con él.
En realidad, ni siquiera sabía qué decirle; pero de-seaba comprobar de nuevo mi primera impresión.
Pero transcurrió media hora... una hora... y el barón no salía.
Entré en el café y lo recorrí todo sin ver por ninguna parte al barón ni al negro... Indudable-mente habían salido por la puerta de atrás.
Empecé a sentir un fuerte dolor de cabeza, y pa-ra aliviarme di un paseo por la orilla del mar, cos-teando la playa, hasta un vasto parque plantado doscientos años antes.
Volví a mi casa después de dos horas de andar a la sombra de robles y plátanos gigantescos.
VII
Índice
Al cruzar el vestíbulo, me salió al encuentro la doncella con las facciones descompuestas.
Por la expresión de su rostro supuse en seguida que había sucedido algo desagradable durante mi ausencia.
Y así era. Me refirió que una hora antes se había oído un grito desgarrador, que partió del cuarto de mi madre; acudió y encontró a su señora tendida en el suelo, desvanecida y que no volvía en sí sino al cabo de varios minutos. Cuando mi madre recuperó el conocimiento, tenía un aspecto raro, despavorido, y se vio impelida a meterse en cama. No dijo una palabra ni respondió a las preguntas que se le hicie-ron, pero no dejaba de echar, temblando, inquietas miradas alrededor.
La doncella hizo que el jardinero fuera buscar corriendo al médico. Vino el doctor y prescribió un calmante, pero no pudo sacar de mi madre ni una sola palabra.
Afirmaba el jardinero que inmediatamente después de haber proferido mi madre aquel grito, vio en el jardín un hombre desconocido que saltaba apresuradamente por sobre los arriates, encaminándose a la puerta que daba a la calle.
Vivíamos en una quinta cuyas ventanas daban a un gran jardín.
El jardinero no consiguió ver el rostro de aquel hombre; pero tuvo tiempo para ver que llevaba un largo levitón y sombrero de paja.
-¡Así vestía el barón!- dije para mí.
El jardinero no pudo alcanzar a aquel hombre, porque en ese mismo momento le enviaron a buscar al médico.
Corrí inmediatamente a la habitación de mi madre. La encontré en cama, con la cara más blanca que las almohadas donde apoyaba la cabeza.
Me reconoció, sonrióse débilmente y me tendió la mano. Me senté a la cabecera y le pregunté qué había sucedido.
Primero se negó a responder; pero acabó por confesarme que había visto una cosa terrible que la llenó de espanto.
-¿Entró alguien en tu cuarto?- pregunté.
-No, no, nadie- respondió vivamente-. Nadie ha venido... pero me creí... creí ver... un fantasma...
Enmudeció y se tapó la cara con las manos. A punto estuve de decirle lo que acababa de saber por el jardinero y de contarle mi encuentro con el ba-rón; pero, no sé por qué, desistí de mi intento, y me limité a asegurar a mi madre que los fantasmas no aparecían en pleno día.
-Hablemos de otra cosa, te lo ruego- murmuró-
Deja eso... Algún día lo sabrás todo.
Volvió a guardar silencio. Estaban frías sus manos; su pulso latía veloz e irregular. Le di una cucha-rada del calmante indicado por el médico y me alejé de la cama para no fatigarla.
No se levantó en todo el día. Permaneció inmó-
vil, en posición supina, exhalando con raros inter-valos profundos suspiros, abriendo con temor los ojos.
Todos los de nuestra casa estábamos perplejos.
VIII
Índice
Aquella noche, mi madre tuvo un leve acceso de fiebre y me hizo salir de su cuarto.
Pero no fui a mi habitación, sino que me tendí en un diván, en una pieza contigua a la suya. Cada cuarto de hora me levantaba, iba con sigilo a la puerta y escuchaba...
Todo seguía en calma; pero mi madre no pudo conciliar el sueño en toda la noche.
Cuando a la mañana siguiente fui a verla muy temprano, advertí que tenía las mejillas encendidas y los ojos con un fulgor que no era normal. Durante el día se sintió un poco mejor; al atardecer subió la temperatura de su cuerpo.
Hasta entonces había guardado un silencio te-naz; pero de pronto se puso a hablar con voz preci-
pitada y anhelante. No deliraba; sus palabras tenían sentido. Sólo les faltaba ilación.
No me alejé de su cabecera. Poco antes de media noche se incorporó de súbito en la cama con un movimiento convulsivo y comenzó a contar... con la misma voz afanosa, bebiendo sin pausa sorbitos de agua, agitando ligeramente las manos y sin mirarme ni siquiera una vez...
Deteníase con frecuencia, hacía un esfuerzo y continuaba su narración.
Era tan extraña aquella escena, que hubiérase dicho que hablaba entre sueños, como si le faltase conciencia de lo que hacía, y como si otro ser se expresase por boca de ella o dictase sus palabras...
IX
Índice
...”Atiende a lo que tengo que decirte- comenzó-. Ya no eres un niño, debes saberlo todo.
“Tenía yo una íntima amiga que se casó con un hombre a quien amaba con pasión y fue muy dicho-sa con su esposo.
“El primer año de matrimonio viajaron a la capital para pasar allí una temporada y divertirse. Se alojaron en una fonda principal y fueron a los salo-nes y los teatros.
Mi amiga era muy bella, y atraía las miradas de todos. Los jóvenes la cortejaban con empecina-miento. Pero había, sobre todo, un... oficial que la perseguía sin cesar... Por todas partes donde iba ella estaban sus malvados ojos negros. No le fue pre-sentado y nunca le dirigió la palabra sin mirarla con desenfado y con una expresión extraña.
“Aquella suerte de hostigamiento envenenó todos los placeres de mi amiga durante su estancia en la capital; rogó a su esposo que la llevase consigo a otra parte y comenzaron a prepararse para partir.
“Una noche, su marido fue a su círculo, donde había sido convidado a una partida de juego por los oficiales del regimiento al cual pertenecía el galan-teador de mi amiga. Ésta se quedó por vez primera sola en la fonda. Como su marido tardara en regresar despidió a su doncella y se acostó...
“De repente quedó yerta de espanto y comenzó a temblar. Acababa de oír un leve ruido detrás de la pared, como de un perro que arañase. Miró las paredes.
“En un rincón llameaba una lámpara ante las sagradas imágenes; todo el dormitorio estaba tapi-zado con telas.
“De improviso, en el lugar de donde venía el ruido, movióse un entrepaño, se levantó... y aquel hombre horrible, de ojos negros y malévolos, salió del muro sombrío y desmesuradamente alto.
“Quiso gritar ella, pero no pudo emitir ningún sonido; sentíase desmayar de terror.
“Se acercó el hombre con paso rápido, como una fiera; echó a la cabeza de mi amiga una cosa blanca y pesada que la sofocaba... ¿y luego?... No recuerdo lo que ocurrió después... ¡No, no lo recuerdo!...
“Fue la muerte... ¡peor que la muerte!... Cuando por fin se rasgó aquel terrible velo, cuando yo...
cuando mi amiga volvió en sí, ya no había nadie en la habitación.
“De nuevo quedó por largo tiempo sin fuerzas para articular un sonido; después de mucho rato pudo pedir auxilio... Luego, otra vez, quedó todo confuso...
“Más tarde, cuando recuperó el conocimiento, vio a su esposo, a quien habían retenido en el círculo hasta las dos de la madrugada... Tenía el rostro descompuesto; quiso interrogar a su mujer, pero no logró respuesta alguna. Como consecuencia de esos hechos cayó enferma de peligro.
“No obstante, si la memoria no me traiciona, en cuanto quedó a solas se puso a revisar las paredes de su habitación. Bajo las telas que las tapizaban halló una puerta secreta, y advirtió, de pronto, que ya no tenía en el dedo el anillo de boda.
“Aquel anillo era muy original. Estaba guarneci-do con siete estrellas de oro, que alternaban con otras siete de plata; era una joya de familia.
“El esposo de mi amiga preguntó qué había si-do de aquel anillo, y no supo qué responderle. Su-puso que se le habría extraviado y lo buscó él sin resultado. Sintió un vivísimo deseo, no exento de inquietud, de regresar a su casa; y en cuanto el mé-
dico autorizó a la enferma a levantarse, dejaron la capital.
“El mismo día de su partida, tropezaron con una camilla, en la cual iba acostado un hombre con el cráneo roto... Aquel... hombre era el visitante fu-nesto, el de los ojos perversos... ¡Le habían matado en riña, por cuestión de juego!
“Mi amiga se recluyó en el campo, y fue madre, por primera y última vez... Aun vivió algunos años con su esposo, quien nunca llegó a sospechar nada.
¿Y qué hubiera podido confesarle? ¡Ella misma nada sabía!
“Sin embargo, su ventura había quedado rota para siempre. La existencia de los dos ensombre-cióse, y la nube que se cernía sobre ellos se desvaneció. No tuvieron más hijos... Y ese hijo único.. .
Un movimiento convulsivo agitó el cuerpo de mi madre, que se cubrió la cara con las manos.
-¡Oh!, ahora dime- continuó con redoblada energía-, ¿es culpable de algo mi amiga? ¿Qué se le puede reprochar? Fue ultrajada, es cierto. Pero, no tiene derecho a proclamar, ante Dios mismo, que era inmerecido el castigo que la hirió? Si es así, ¿por qué tiene que ver nuevamente su pasado en aquella horrible visión, al cabo de tantos años, como una criminal a quien corroen los remordimientos?
Macbeth había matado a Banqueo; era natural que viese fantasmas... ¡Pero yo!...
En este punto, el relato de mi madre se hizo tan confuso, que ya no pude seguir su ilación. Era evi-dente que deliraba.
X
Índice
No costará trabajo comprender la hondísima impresión que me causó revelación tan inesperada.
En seguida deduje que se trataba de mi madre y no de una amiga; su desliz cuando habló en primera persona, no hizo más que confirmar mis suposicio-nes.
Así, pues, era mi padre a quien descubrí en sue-
ños, y a quien había visto en carne y hueso aquella mañana.
Estaba claro que no lo habían matado en aquella riña, sino sólo herido. Gracias a las noticias que yo le había dado, entró en casa de mi madre y esca-pó después asustado por el desvanecimiento de mi madre. Inmediatamente aclaróse para mi toda nuestra existencia; comprendí el sentimiento de involuntaria repulsión que a veces había notado en mi madre para conmigo, y su tristeza habitual y la soledad en que vivíamos...
Después de esas confesiones, no sabía lo que me pasaba; recuerdo que me tomé la cabeza con las dos manos, como para mantenerla en su sitio. Una sola idea se me había metido como un clavo: ¡encontrar a aquel hombre a toda costa! ¿Por qué?
¿Con qué fin? Yo mismo no lo sabía, pero quería encontrarlo... Había llegado a ser para mí cuestión de vida o muerte el descubrir dónde estaba.
Al día siguiente por la mañana, mi madre estuvo más tranquila, y ya sin fiebre pudo conciliar el sue-
ño.
Después de haberla recomendado al propietario de nuestra quinta, la dejé al cuidado de la servidum-bre, y comencé mis pesquisas.
XI
Índice
Primero fui al café donde el día anterior había encontrado al barón. Nadie lo conocía, ni siquiera habían reparado en él; no hizo más que estar de pa-so. Es cierto que no habían olvidado al negro, porque era un tipo que obligadamente había de llamar la atención; pero nadie sabía de dónde venía, ni dónde se alojaba.
Por lo que pudiera ocurrir, di las señas de mi ca-sa y me puse a recorrer las calles, las grandes vías, los mueIles, los alrededores del puerto; entré en todos los lugares públicos, sin descubrir el más pequeño rastro del barón y de su negro acompañante.
Después de vagar de esa suerte hasta la hora de comer, volví cansado y desalentado a casa. Mi madre estaba levantada; mezclábase con su tristeza habitual algo nuevo, una expresión de perplejidad dolorosa, cuya vista me partía el corazón como un cuchillo.
Pasé la noche al lado de ella; jugó un solitario, y yo la miraba sin chistar. No hizo ninguna alusión a su relato ni a lo acontecido la víspera. Hubiérase dicho que, por virtual acuerdo entre nosotros, nada debía avivar el recuerdo de aquellos extraordinarios y venosos acontecimientos; quizás no recordase tampoco con mucha precisión lo que había dicho en el delirio de la fiebre, y contaba con que yo lo disimularía.
Y así fue, me esforcé por disimular, y ella lo comprendió muy bien. Lo mismo que la víspera, rehuyó mis miradas.
En toda la noche no pude cerrar los ojos.
De pronto estalló una tempestad horrible. Au-llaba el viento y soplaba con violencia. Los cristales de las ventanas temblaban y el aire estaba cargado de gemidos y gritos desesperados. Hubiérase dicho que la cavidad celeste estallaba hecha trizas, con quejidos desgarradores, por sobre las casas, que tre-pidaban.
Poco antes de amanecer me sumí en un entre-sueño... Me pareció ver entrar de repente alguien en mi cuarto, y que me llamaba con voz suave y segura.
Levanté la cabeza para mirar en derredor de mí, y no vi a nadie.
¡Cosa rara! No sólo no me asusté, sino que experimenté un sentimiento de satisfacción: me invadió de repente la certeza de que aquella vez iba a conseguir mi propósito.
Me vestí con premura y salí de casa.
XII
Índice
La tempestad había amainado ya, aun cuando se advertían todavía sus últimas convulsiones...
Era muy temprano aún. Las calles estaban soli-tarias. Aquí y allá veíanse por el suelo pedazos de chimeneas, tejas, tablas, vallas derribadas, ramas de árboles desgajados...
-¡Qué dramas han debido desarrollarse esta noche en el mar!- pensé al ver los vestigios que había dejado la tempestad.
Quería ir al puerto; pero, al parecer, obedientes mis piernas a impulso irresistible, me llevara en otra dirección.
En menos de un cuarto de hora me encontré en una parte de la ciudad que aún no había visitado.
Anduve con lentitud, paso a paso, sin detener-me, invadido por una sensación extraña, y como a la espera de algo extraordinario, sobrenatural, y convencido de que ello ocurriría muy pronto.
XIII
Índice
Y, en efecto, sobrevino algo extraordinario, sobrenatural.
De imprevisto vi a veinte pasos el negro que se había acercado al barón en el café cuando yo hablaba con aquel.
Cubierto por el poncho que ya le había visto, parecía haber surgido de la tierra; y dándome la espalda, seguía con paso rápido por la angosta acera de la callejuela tortuosa.
Me lancé tras él, pero el negro aceleró la marcha sin volverse, y desapareció detrás de la esquina de una casa que sobresalía.
Corrí hacia aquel lugar, rodeé la casa. ¡Oh mila-gro!
Ante mí se extendía una calle estrecha y total-mente desierta. La bruma de la mañana la envolvía con un velo agrisado, pero mi vista atravesó aquella espesa oscuridad y recorrió toda la calle. Hubiera podido contar las casas una por una... Pero no vi alma viviente.
El negrazo, envuelto en el poncho, se esfumó con tan asombrosa rapidez como había surgido.
Me quedé alelado; no obstante, mi estupefac-ción no duró más que un minuto.
Otro pensamiento me asaltó: yo conocía aquella calle que tenía ante mis ojos. ¡La había visto en sue-
ños!
Me estremecí... ¡era tan fresco el aire de la ma-
ñana!... y sin dudar, con una serenidad llena de terror, seguí adelante.
Hurgué con los ojos allí está, a la derecha, sa-liente de la acera: allí está la casa que vi en sueños; allí la vieja puerta cochera, con montículos de piedras a los lados...
Cierto es que las ventanas no son redondas, si-no cuadrangulares... Pero es un detalle sin importancia.
Llamé a la puerta: toqué dos, tres golpes, más fuerte, cada vez más fuerte...
La puerta se abrió al fin muy despacio. rechinando como si bostezase, y me encontré cara a cara con una criada joven, con los cabellos enmarañados y los ojos aun medio dormidos. Era fácil ver que acabara de despertarse
-¿Vive aquí el señor barón?...- pregunté mirando a hurtadillas al patio estrecho y largo.
Era tal y como lo había visto en mí sueño; no faltaba nada, ni las vigas, ni las tablas...
-Aquí no vive ningún barón- repuso la joven.
-¡Cómo! ¿qué no vive aquí ningún barón? ¡Eso es imposible!
-Ya no está aquí, se marchó ayer.
-¿A dónde fue?
-A América.
-¡A América!- repetí involuntariamente- ¿Y
cuándo regresará?
La criada me miró con recelo.
-No sabemos nada... Quizá no regrese.
-¿Estuvo mucho tiempo aquí?
-Una semana, poco más o menos... Acaba de partir...
-¿Cuál es el nombre del barón?
-La joven abrió desmesuradamente los ojos.
-¿No conoce usted su apellido? Nosotros le llamábamos simplemente barón. ¡Eh, Pedro!- gritó
al ver que yo trataba de entrar en el patio-. Aquí hay un extraño que hace muchas preguntas.
Un robusto mocetón, mal encarado, salió de la casa.
-¿Qué sucede? ¿Qué quiere usted?- preguntó con voz bronca.
Y luego de haberme escuchado con visible im-paciencia me repitió lo que me había dicho la joven.
-Pero, ¿quién vive en esta casa?
-Nuestro amo.
-¿Quién es vuestro amo?
-Un carpintero. Hay sólo carpinteros en nuestra calle.
-¿Y podré verle?
-Todavía no se ha levantado.
-¿Me permite que entre en la casa?
-No.
-¿Podré ver más tarde a su amo?
-Seguramente... Siempre se le puede ver... Es un industrial... Ahora; puede usted retirarse... Apenas amanece.
-¿Y el negro?- pregunté de repente.
El mocetón me miró alelado, y después la criada.
-¿Qué negro?- dijo por fin- Váyase usted, caba-llero... Vuelva otra vez y podrá hablar con el amo.
Bajé a la calle. La puerta cochera se cerró a mis espaldas con estrépito, pesadamente y de prisa, pero aquella vez sin rechinar.
Tomé nota de la calle y de la casa, y me fui, pero no para regresar a mi casa.
Me embargaba una especie de desencanto. ¡To-do lo que me había ocurrido parecíame tan raro, tan extraordinario... y había terminado todo de una manera tan prosaica!
Es cierto que estaba convencido de que debía de halIar en aquella casa el cuarto que ya conocía, y en aquel cuarto a mi padre, el barón vestido con ropas de dormir y con la pipa en la boca. Pero en lugar de eso, descubrí que el ocupante de aquella casa era un carpintero, a quien se puede ver todas las horas... del día y a quien se le pueden encomen-dar muebles.
¡Y mi padre había vuelto a partir para América!
¿Qué me queda entonces por hacer? ¿Referir toda esta aventura a mi madre, o enterrar para siempre hasta el recuerdo de aquel encuentro?
No podía resignarme a que esta aventura sobrenatural y misteriosa acabase de modo tan ordinario y vulgar.
Así, pues, no pude decidirme a volver a casa, y eché a andar sin saber a dónde. Así llegue fuera de la ciudad.
XIV
Índice
Caminaba con la cabeza gacha, sin pensar, casi sin experimentar sensación alguna, ensimismado.
Un ruido igual, sordo y furioso, me arrancó de mi abstracción. Levanté la cabeza: el mar rugía y mugía a cincuenta pasos de mí. Entonces advertí que iba andando por la arena de la playa.
El mar, revuelto por la tormenta de la noche, cubríase hasta el horizonte de crestas blancas. Las agudas puntas de las altas olas rompíanse unas tras otras en la playa. Me acerqué a la orilla y me puse a seguir la línea de relieve que el flujo y el reflujo ha-bían marcado en la arena amarilla y rayada, llena de plantas marinas, dúctiles, pedazos de mariscos y matas de esparganio.
Las gaviotas, de finas alas, acudían con el viento del gran desierto aéreo y se remontaban dando gritos lastimeros, blancas como la nieve, para dejarse caer a plomo en el agua; parecía que saltaban de una ola a otra, sobrenadando como objetos de plata, o desaparecían entre montañas de brillante espuma.
Noté que muchas de aquellas aves revoloteaban alrededor de un gran peñasco, que se destacaba con vigor sobre la playa monótona.
Una planta de esparganio desplegábase en matas irregulares por un lado de aquel peñasco; y en el lugar donde sus entrelazados tallos salían de la sali-trosa arena, vi una masa negra, de forma larga y abombada. Miré con atención. Era un objeto siniestro... No se movía... A medida que me acercaba, iba adivinando lo que era.
Y cuando estuve a unos treinta pasos del peñas-co, reconocí con claridad formas humanas, y me dije:
-Es un cadáver, un ahogado devuelto por las olas. Me aproximé al peñasco.
Aquel cuerpo era el del barón, el de mi padre.
Me quedé como petrificado en mi sitio.
Comprendí que desde la mañana me conducían potencias misteriosas y que estaba en poder de ellas.
No sé cuánto tiempo transcurrió así, sin oír más que el zumbido incesante del mar y con el alma embar- gada por el horror en presencia del fatum que me poseía.
XV
Índice
El cadáver yacía de espaldas, ligeramente ladea-do, con la cabeza recostada en la mano izquierda, y el brazo derecho doblado debajo del cuerpo. Las puntas de los pies, calzados con botas altas de marinero, estaban enterradas en el barro. Vestía cha-queta azul, empapada en sal marina, y abrochada hasta el cuello, al cual ceñía una bufanda roja. Su atezado rostro, vuelto hacia el cielo parecía sonreír; el labio superior contraído, dejaba ver sus dientes menudos y apretados; las vidriosas pupilas casi se confundían con el blanco mate de los ojos; los cabellos llenos de espuma y arena flotaban hacia atrás en el suelo y dejaban al descubierto su frente surca-da por una larga cicatriz violácea; la delgada nariz sobresalía blanquecina entre las mejillas deprimidas.
¡La tormenta de la noche había realizado su ta-rea!
El barón no volvería a América. Aquel hombre que había ultrajado a mi madre y arruinado su vida, mi padre- ¡sí!, mi padre, ya no podía dudar de ello-yacía inerte en el fango, a mis pies...
Encontrados sentimientos de venganza satisfe-cha de compasión, de odio y de terror embargaban mi ánimo. De terror sobre todo: el terror que me causaba aquella visión y el pensamiento de lo que acababa de ocurrir...
Esos sentimientos misteriosos de perversidad, esos deseos criminales de que hablé al comienzo despertábanse de repente en mí y me oprimían el pecho.
-¡Ah!- pensé-; ahora comprendo por qué soy así... es la sangre que manda...
Continuaba inmóvil junto al cadáver, contem-plábalo y aguardaba.
-¿Quién- me decía a mí mismo-, quién sabe si se reanimarán esas pupilas, extintas, si esos labios in-móviles se moverán?
¡No! Ya no podían moverse. En el lugar donde le arrojaron las olas, el mismo esparganio estaba marchito; habían desaparecido las gaviotas, y no veía flotar por ninguna parte despojos, ni maderos, ni aparejos desgarrados.
Por todas partes el desierto... y sólo él y yo a orillas del océano, donde sube la marea... Detrás de mí, otra vez el desierto; y en el horizonte una cade-na de tristes colinas...
No podía decidirme a dejar aquel pobre cuerpo en semejante soledad, semisepultado en fango, en-tregado como pasto a los peces y las aves de rapiña; una voz interior me ordenaba que buscara hombres para hacerles llevar aquel cadáver entre los vivos...
Pero, de improviso, apoderóse de mí un terror in-superable.
Me asaltó la idea de que aquel muerto sabía que estaba yo allí, y que era él quien había dispuesto aquel encuentro; hasta me pareció oírle mascullar frases ininteligibles, con aquella voz sorda que yo conocía...
Retrocedí para mirarlo de nuevo. Una cosa brillante atrajo mis miradas: era un anillo de oro que llevaba en la mano izquierda, y reconocí la sortija de boda de mi madre.
Jamás olvidaré cómo vencí mi repugnancia. Me acerqué de nuevo, me incliné sobre aquel cuerpo...
aun siento el contacto viscoso de sus dedos rígi- dos... recuerdo el furor con que, casi desorbitando los ojos, rechinando los dientes, arranqué el anillo que resistía... por fin cedió... y huí como un ladrón sin volver atrás la mirada, creyendo que alguien iba en pos de mí, me perseguía, me alcanzaba, me detenía...
XVI
Índice
Llevaba claramente escrito en el rostro todo lo que había sentido y padecido.
Cuando regresé a casa, corrí directamente al cuarto de mi madre, la cual, al verme, se incorporó de un salto, y me miró con tal insistencia, que, al cabo de un momento de vacilación, acabé por mostrarle el anillo sin decir una palabra.
Cubrióse su rostro de una palidez mortal y abrió desmesuradamente los ojos, que se le nublaron tanto como los del ahogado. Tomó la sortija, se tambaleó, cayó sobre mi pecho y así quedó rígida, con la cabeza echada atrás y fijando en mí sus grandes ojos espantados.
Rodeé su talle con ambos brazos, y sin mover-me del sitio le conté con voz lenta y dulce acento todo cuanto había sucedido, sin omitir pormenores: el ensueño, el encuentro... En fin, se lo dije todo.
Escuchó mi relato completo, sin interrumpirme con ninguna exclamación; pero su pecho se agitaba cada vez con más fuerza, se reanimó su mirada y entornó levemente los párpados. Luego se puso la sortija en el dedo anular, y, desprendiéndose de mis brazos, empezó a buscar la manteleta y el sombrero.
Le pregunté a dónde quería ir.
Me dirigió una mirada llena de asombro y quiso responder, pero le faltaba la voz.
Estremecióse varias veces, se restregó las manos como para calentárselas y exclamó:
-¡Vamos pronto!
-¿A dónde, madre?
-Allí, donde está él... Quiero verlo, quiero con-vencerme... lo reconoceré...
Traté de disuadirla, pero estuvo al borde de que la acometiera una crisis nerviosa. Comprendí que era inútil toda resistencia y salimos.
XVII
Índice
Estoy de nuevo en la playa; esta vez ya no voy solo, voy del brazo con mi madre.
El mar se ha retirado allá abajo, muy lejos; está en calma, pero produce el mismo zumbido siniestro y agorero.
Por fin, veo el peñasco solitario y la planta de esparganio. Miro con atención para encontrar aquella masa negra que estaba al lado... pero no veo na-da.
Nos acercamos a la roca, e involuntariamente acorté el paso. ¿Qué habrá sido del cuerpo siniestro y ya rígido? Sólo veo los tallos del esparganio, que forman una mancha oscura sobre la arena seca.
Llegamos, al fin, junto a la piedra. El cadáver ha desaparecido, y en el sitio donde estaba tendido no
queda sino un hueco donde se puede distinguir los rastros de los brazos y de las piernas...
El esparganio ha sido pisado y son muy claras las huellas de la planta de los pies de un hombre; los pasos están marcados en la arena y se van en dirección a las montañas silíceas.
Mi madre y yo cruzamos una mirada, y los dos nos asustamos de lo que acabábamos de leer mu-tuamente en nuestros ojos: “¿Se habría levando y habría partido?”
-¿Estás seguro de que estaba muerto?
Sólo tuve fuerzas para responder con movimiento de cabeza afirmativamente. No habían pasado tres horas desde que había visto yo el cadáver del barón... Alguien había venido y se lo había llevado...
Resolví verificar mi conjetura. Pero, ante todo, era necesario llevarme de allí a mi madre.
XVIII
Índice
Mientras nos íbamos al sitio siniestro, la fiebre la había sostenido; pero la desaparición del cadáver la impresionó de tal manera, que tuvo convulsiones y temí por su razón.
Me costó Dios y ayuda volverla a casa; hice que se acostara y llamé al médico. Cuando recobró los sentidos, su primera preocupación fue exigir que partiese en el acto en busca de “aquel hombre”.
Obedecí con presteza, pero todos mis esfuerzos resultaron vanos. Fui varias veces a la policía; recorrí todas las aldeas de los contornos, hice insertar anuncios en los periódicos, tomé infinidad de informes, pero todo fue inútil.
Un día me enteré de que habían llevado un ahogado a una de las aldeas de la costa. Me encaminé allí sin pérdida de tiempo, pero cuando llegué lo habían sepultado. Además, a juzgar por sus señas personales, no podía ser el barón.
Logré averiguar en qué nave se había embarca-do el barón para América. Suponíase que dicho barco había naufragado durante la tempestad; no obstante, parece que se supo algunos meses después que había fondeado en Nueva York.
No sabiendo ya a quién acudir para conseguir informes, me puse en busca del negro. Le ofrecí, por medio de anuncios en los periódicos, una suma importante si venía a verme. En efecto, un día, durante mi ausencia se presentó en casa un negro de gran estatura, envuelto en un poncho. Interrogó a nuestra doncella, se marchó en seguida y nadie volvió a verlo más.
Así se desvanecieron en sordas tinieblas todos los rastros de mi padre.
No hablábamos nunca de él. Una sola vez mi madre expresó su asombro de que no le hubiese referido más pronto mi terrible ensueño, y añadió:
-Era muy duro...
No concluyó su pensamiento.
Mi madre estuvo enferma largo tiempo; y cuando se hubo restablecido, no fueron ya nuestras relaciones lo que eran antes.
Sentía ella en mi presencia cierta contrariedad que subsistió hasta su muerte. Sí; una especie de desapego pesó en nosotros y aquella desgracia era irreparable.
Todo se olvida; el recuerdo de los hechos más trágicos se va disipando poco a poco; pero si entre dos personas que viven en gran intimidad se desliza un sentimiento de malestar, nada hay en el mundo que pueda desvanecerlo.
No he vuelto a ver más el fantasma que me vi-sitaba con frecuencia en otros tiempos; ya no busco a mi padre. No obstante, en sueños aún me parece, a veces, oír gemidos lejanos, quejas dolientes e incesantes; llegan desde atrás de una pared alta, tan alta que no puedo escalarla, siento su peso en el corazón y lloro con los ojos cerrados.
-No puedo comprender si es que gime un ser vivo, o si oigo el rugir loco y salvaje del mar embra-vecido. Ese rugir se transforma y oigo de nuevo un gruñido de oso, ese masculleo de palabras ininteligibles que conozco tan bien... Y me despierto embar-gado por el terror y la angustia.
Primer Amor
Índice
Contenido
PROEMIO
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
PROEMIO
Índice
Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y media. Sólo quedaban el anfitrión, Serguey Nicolayevich y VIadimir Petrovich.
El anfitrión tocó la campanilla y ordenó retirar lo que quedaba de la cena.
-Entonces, está decidido- dijo, sentándose có-
modamente en la butaca y encendiendo su cigarri-llo-. Cada uno tiene que contar la historia de su primer amor. Le toca a usted, Serguey Nicolayevich.
Serguey Nicolayevich, rechoncho, de pelo castaño, cara fofa y redonda, miró a su anfitrión y luego levantó la vista hacia el techo.
-No tuve un primer amor. Empecé directa-mente con el segundo.
-¿Y cómo fue eso?
-Muy fácil. Tenía dieciocho años cuando por primera vez empecé a cortejar a una señorita en-cantadora. Pero lo hacia como si no fuese una no-vedad para mí. Así cortejé después a todas las demás. A decir verdad, a los seis años me enamoré por primera y última vez, precisamente de mi niñe-ra. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Los detalles de nuestra relación se han borrado de mi memoria. Y aunque me acordase, ¿a quién podría interesarle?
-Entonces, ¿qué hacemos?- dijo el anfitrión-. En mi primer amor tampoco hay nada extraordinario.
Antes de conocer a Ana Ivanovna, mi mujer, no estuve enamorado. Todo marchó a mil maravillas.
Nuestros padres concertaron la boda, inmediatamente iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dila-ción. Mi historia se cuenta en dos palabras. Yo, señores, tengo que confesar que, cuando propuse el tema del primer amor, lo hice pensando en ustedes, hombres no diría viejos, pero tampoco jóvenes solteros. Bueno, usted, VIadimir Petrovich, ¿no podría amenizar un poco la velada?
-Mi primer amor, en efecto, fue poco corriente-contestó después de una pausa Vladimir Petrovich,
hombre de unos cuarenta años, de pelo negro, ya canoso.
-¡Ah!- exclamaron simultáneamente el anfitrión y Serguey Nicolayevich-. Mucho mejor. Cuénte-noslo.
-Bien... O mejor dicho, no voy a contarlo. No soy un buen narrador. Cuando narro, o soy lacónico y seco, o prolijo y amanerado. Si me permiten, voy a apuntar todos mis recuerdos en un cuaderno y luego se los leo.
Al principio los amigos no estuvieron de acuerdo, pero VIadimir Petrovich insistió. Dos semanas después se reunieron de nuevo y VIadimir Petrovich cumplió su promesa.
Esto es lo que había anotado en su cuaderno.
Capítulo I
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Tenía entonces dieciséis años. Era el verano de 1833.
Vivía con mis padres en Moscú; ellos tenían al-quilada una dacha en Kaluzhskaya Zastava frente al parque Nescuchnoye. Estaba preparándome para ingresar en la Universidad, pero estudiaba poco, sin hacer el menor esfuerzo.
Nadie ponía trabas a mi libertad. Hacía lo que me venía en gana, sobre todo cuando se fue mi tu-tor francés, que nunca pudo hacerse a la idea de que había caído «como una bomba» ( comme une bombe) en Rusia y se pasaba la vida tumbado en la cama con cara de mal humor. Mi padre me trataba con una mezcla de indiferencia y cariño. Mi madre apenas me hacía caso, a pesar de ser su único hijo, pues otras preocupaciones acaparaban su atención. Mi padre, joven y bien parecido, se había casado con ella por interés. Ella era diez años mayor que él. Mi madre llevaba una vida triste. Siempre nerviosa y comida por los celos, se ponía de mal humor, pero nunca en presencia de mi padre, a quien temía.
Él, en cambio, era seco y frío con ella y la mantenía a distancia... No he visto jamás a un hombre de una tranquilidad tan digna, tan seguro de sí y tan dominante.
Nunca olvidaré las primeras semanas que pasé en la dacha. Hacía un tiempo espléndido.
Nos instalamos el 9 de mayo, el mismo día de San Nicolás. A veces me iba a pasear por el jardín de nuestra dacha, o por Nescuchnoye o Kaluzhskaya Zastava. Me llevaba algún libro, por ejemplo el manual de Kaidanov, pero raramente lo abría. Y más que leer, recitaba en voz alta (me sabia muchos versos de memoria). La sangre me hervía, el corazón se me encogía ridícula y dulcemente. Esperaba y temía algo. Todo me sorprendía y estaba como a la expectativa. Mi imaginación jugaba y revoloteaba en torno a las mismas ideas, como los pájaros alrededor de un campanario. Me quedaba meditabundo, me entristecía y hasta llegaba a llorar. Pero detrás de las lágrimas y la tristeza, provocadas por un dulce verso o un bello atardecer, brotaba corno hierba de primavera la sensación de felicidad que produce una vida joven en plena ebullición.
Tenía un pequeño caballo. Yo mismo lo ensilla-ba y me iba solo, al galope, lo más lejos posible. Me imaginaba que era un caballero actuando en un tor-neo (¡qué alegre soplaba el aire en mis oídos!). Al mirar al cielo se me llenaba el alma de su azul y de su luz radiante.
Me acuerdo de que entonces la imagen de una mujer, el fantasma de un amor, casi nunca aparecía de manera clara y nítida en mi mente, pero en todo lo que pensaba, en todo lo que sentía se escondía el presentimiento de algo nuevo, inimaginablemente dulce, femenino, algo de lo que sólo a medias era consciente, pero que hería mi pudor.
Este presentimiento, esta espera inundaba mi ser, recorría mis venas y cada gota de mi sangre...Pronto quiso el destino que esto fuese realidad.
Nuestra dacha era una casa señorial de madera, con columnas y dos alas muy bajas. En el ala izquierda había una minúscula fábrica de papel barato para empapelar. Muchas veces me acercaba a ver cómo una docena de niños escuálidos y desarregla-dos se subían sobre las palancas de madera, que presionaban sobre un cuadrilátero, también de madera, que servía de prensa, y así, haciendo peso con sus débiles cuerpos, imprimían dibujos de vivos colores. El ala derecha permanecía vacía y se alqui-laba. Un día, tres semanas después del 9 de mayo, las contraventanas, que permanecían cerradas, se abrieron y en las ventanas aparecieron unos rostros femeninos. Una familia desconocida acababa de instalarse allí. Recuerdo que ese mismo día, a la hora de comer, mi madre preguntó al mayordomo quiénes eran nuestros vecinos. Al oír el nombre de la princesa Zasequin, dijo, no sin cierto respeto:
-¡Ah, la princesa!...- Pero luego añadió- Debe de ser alguna venida a menos.
-Han llegado en tres carruajes de alquiler- dijo el mayordomo mientras servía uno de los platos-. No tienen carruaje propio. Y los muebles son de los más baratos.
-Sí- dijo mi madre-. Pero es mejor estar aquí.
Mi padre la miró fríamente. Ella se calló.
Desde luego, era imposible que la princesa Zasequin fuera una mujer rica. El ala pequeña de la casa que había alquilado era tan vieja, diminuta y baja de techo, que nadie, medianamente acomoda-do, accedería a habitarla. Pero creo que entonces no presté mucha atención a esto. Y el título principesco no me impresionaba gran cosa, pues acababa de leer Los bandidos de Schiller.
Capítulo II
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Tenía la costumbre de andar por el jardín con una escopeta esperando que un cuervo se pusiera a tiro. Siempre había odiado a estos pájaros precavi-dos, voraces y astutos. El día referido llegué al jardín después de haber merodeado sin éxito alguno por todos los caminos (los cuervos ya me conocían y se limitaban a graznar desabridamente desde lejos) y me acerqué por casualidad a una valla muy baja, que dividía nuestra propiedad de la franja estrecha de jardín que se extendía detrás del ala derecha, a la cual pertenecía. De repente oí unas voces. Miré a través de la valla y me quedé de piedra... Vi algo insólito.
A pocos pasos, en un claro, entre matorrales de frambuesa aún verde, estaba una mujer joven, alta y esbelta, vestida con un traje rosa a rayas y con un pañuelo blanco en la cabeza. A su alrededor había cuatro hombres jóvenes, en cuyas frentes hacía estallar por turno unas florecitas grises, cuyo nombre no conozco, pero que los niños conocen muy bien.
Estas flores tienen como unas bolsitas que estallan con un chasquido al chocar contra algo duro. Los jóvenes ponían la frente con tanto entusiasmo, y en los movimientos de la muchacha (la veía de perfil) había algo tan delicado, exigente, mimoso, burlón y tierno, que casi grité de admiración y placer, y sentí que estaba dispuesto a darlo todo para que esos de-ditos encantadores hiciesen estallar una flor sobre mi frente. Se me cayó la escopeta, deslizándose sobre la hierba y me olvidé de todo. Devoraba con la vista su talle tan esbelto, su cuello, sus bellas manos, sus cabellos rubios despeinados bajo el pañuelo blanco, los ojos entreabiertos de mirada inteligente, las pestañas, sus tiernas mejillas.
-¡Oiga, joven!- dijo alguien a mi lado-. ¿Cree usted que está permitido mirar a las damas de los otros?
Tuve como una sacudida y me quedé lívido...junto a mí, al otro lado de la valla, estaba un desconocido de pelo negro muy corto, que me miraba con ironía. En ese mismo instante la joven se volvió hacia mí... Vi unos inmensos ojos grises en un rostro que ahora expresaba excitación e hilaridad. De pronto la cara se estremeció, empezó a reír, sus dientes blancos brillaron, sus cejas se elevaron en un gesto cómico... Me puse colorado, levanté del suelo la escopeta y, perseguido de una carcajada sonora, aunque no maliciosa, me escapé a mi cuarto y me tiré sobre la cama cubriéndome la cara con las manos. El corazón no dejaba de darme brincos en el pecho. Me sentía muy nervioso y alegre. Una emoción nunca experimentada me inundaba.
Cuando hube descansado, me peiné, me lavé y bajé a tomar el té. La imagen de la joven seguía per-siguiéndome. El corazón dejó de darme vuelcos, pero se contraía dulcemente.
-¿Qué te pasa?- dijo mi padre-. ¿Es que has matado un cuervo?
Estuve a punto de contárselo todo, pero no lo hice y sólo sonreí, imperceptiblemente para los de-más. Antes de acostarme, sin saber por qué, di tres vueltas sobre un pie y me di crema. Luego me acosté y dormí toda la noche de un tirón. Antes de amanecer, me desperté durante unos segundos, levanté la cabeza, miré extasiado a mi alrededor y me volví a dormir.
Capítulo III
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«¿Cómo conocerlos?» Fue lo primero que pensé al despertarme por la mañana. Antes de tomar el té me fui al jardín, pero no me acerqué demasiado a la valla y no pude ver a nadie. Después del té di varios paseos por la calle delante de la dacha, lanzando desde lejos miradas a las ventanas. Creí ver su cabeza detrás de las cortinas y, atemorizado, me apresuré a escapar. «Pero hay que conocerlos», pensé, andando sin rumbo por el arenoso descampado que se extendía delante de Nescuchnoye. «Pero, ¿cómo?» Este era el problema. Recordé los más pequeños detalles de nuestro encuentro de la víspera. No sé por qué, pero con especial relieve surgía el recuerdo de cómo se había reído de mí... Pero mientras, ex-citado, andaba pensando distintos planes, el destino ya se había preocupado de mí.
Durante mi ausencia, mi madre había recibido una carta de nuestra vecina, escrita en papel gris y sellada con lacre de color marrón, de ese que se emplea en los avisos de correo o para lacrar botellas de vino barato. En la carta, escrita en un estilo poco elegante y descuidada caligrafía, la princesa pedía a mi madre protección. Mi madre, al decir de la princesa, conocía gente importante, de la cual dependía su suerte y la de sus hijos, ya que tenía pendientes unos asuntos graves. «Me dirijo a usted- escribíacomo una dama noble a otra dama noble. Es para mí un placer aprovechar esta ocasión.» Al terminar, pedía permiso a mi madre para visitarle. Cuando llegué, encontré a mi madre de mal humor. Mi padre no estaba en casa y no tenía a nadie que le acon-sejase. No contestar a una noble dama, y más aún a una princesa, no parecía correcto. Pero mi madre ignoraba cómo contestar. Le parecía inoportuno redactar la carta en francés, pero la ortografía rusa tampoco era su punto fuerte. Ella lo sabía y por eso no quería comprometerse. Se alegró con mi llegada y me mandó que fuese a ver a la princesa y le expli-case de palabra que ayudaría a su alteza en lo que estuviera s su alcance y que le rogaba que la visitase hacia la una. El hecho de que se cumplieran mis deseos de forma tan inesperada y rápida me alegró y me asustó. Pero procuré que nadie notase el azora-miento que se apoderó de mí y, antes de marchar-me, fui a mi habitación, a ponerme una corbata nueva y una chaqueta. En casa, aunque muy a mi pesar, andaba con blusón y cuello vuelto...
Capítulo IV
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En la antesala, estrecha y vetusta, adonde entrétembloroso y agitado mi cuerpo-, me recibió un criado viejo y de pelo canoso, con cara de cobre oscuro, ojos porcinos, de mirada tosca y en la cara y en las sienes las arrugas más profundas que jamás haya visto. En un plato llevaba la espina roída de un arenque. Abriendo con el pie la puerta que conducía a la habitación, dijo bruscamente:
-¿Qué desea?
-¿Puedo ver a la princesa Zasequin?
-¡Bonifacio!- gritó una estridente voz femenina.
El criado me dio la espalda sin decir palabra, viéndose entonces la gastada tela de su librea, que tan solo tenía un botón amarillento con un escudo estampado. Se retiró, dejando el plato en el suelo.
-¿Estuviste en la comisaría del barrio?- repitió la misma voz.
El criado dijo algo inaudible.
-¿Qué? ¿Que ha venido alguien? ¡Ah, el señorito de al lado! Dile que pase.
-Tenga la bondad de pasar a la sala- dijo el criado, apareciendo delante de mí y levantando el plato del suelo.
Me levanté y pasé a la sala.
Me encontré en una habitación pequeña, bastante desordenada, con muebles baratos que parecían haber sido colocados muy deprisa. Al lado de la ventana, sentada en un sillón que tenía uno de los brazos roto, estaba una mujer de unos cuarenta años, despeinada y fea, ataviada con un vestido viejo de color verde y con un pañuelo chillón, de estam-bre, alrededor del cuello. Sus pequeños ojos de color negro se clavaron en mí.
Me acerqué a ella y le hice una reverencia.
-¿Tengo el honor de hablar con la princesa Zasequin?
-Yo soy la princesa Zasequin. ¿Usted es el hijo del señor V.?
-Sí, vengo con un encargo de mi madre.
-Siéntese, por favor. Bonifacio, ¿has visto dónde están mis llaves?
Transmití a la señora Zasequin la respuesta de mi madre a su nota. Me escuchó golpeando con sus gruesos y rojos dedos sobre la ventana. Cuando terminé, volvió a mirarme fijamente.
-Muy bien, estaré sin falta- dijo al fin-. ¡Qué joven es usted todavía! ¿Cuántos años tiene? Permí-
tame que se lo pregunte.
-Dieciséis- dije, haciendo sin querer una pausa.
La princesa sacó del bolsillo unos papeles mu-grientos que tenían algo escrito, se los acercó casi hasta la nariz y se puso a inspeccionarlos.
-Buena edad- dijo dando una vuelta y remo-viéndose en la silla-. Por favor, considérese en su casa. Aquí no guardamos cumplidos.
«Demasiados pocos cumplidos», pensé, observándola detenidamente y sintiendo una repulsión involuntaria al presenciar su desgarbada figura.
En ese mismo instante la otra puerta se abrió y apareció una joven, la misma que había visto el día anterior en el jardín. Alzó la mano y una sonrisa cruzó por su cara.
-Esta es mi hija- dijo la princesa señalándola con el codo-. Zenaida, el hijo de nuestro vecino V. ¿Cómo se llama, por favor?
-VIadimir- contesté, levantándome y tartamu-deando de emoción.
-¿Su patronímico?
-Petrovich.
-Sí. Conocí a un jefe de policía que también se llamaba VIadimir Petrovich. Bonifacio, no busque las llaves. Las tengo en el bolsillo.
La joven seguía mirándome con la misma sonrisa, frunciendo un poco el ceño e inclinando la cabeza hacia un lado.
-Ya he visto a monsieur Voldemar- dijo ella. (Percibí como un dulce frescor el sonido plateado de su voz.)-. ¿Me permite que le llame así?
-¡Por Dios!- dije, balbuceando.
-¿Dónde fue eso?- preguntó la princesa.
La joven no contestó a su madre.
-¿Tiene algo que hacer ahora?- dijo al fin, sin dejar de mirarme.
-No.
-¿Quiere ayudarme a devanar una madeja? Venga conmigo.
Me hizo una señal con la cabeza y salió de la sala. Me fui detrás de ella.
En la habitación donde entramos los muebles eran algo mejores y estaban distribuidos con mucho gusto, aunque tengo que confesar que en esos momentos no me pude fijar en nada. Me movía como si estuviera soñando y sentía un bienestar estúpidamente tenso.
La princesa se sentó, sacó una madeja de lana roja y señalando una silla, que estaba enfrente de mí desató con cuidado la madeja y la puso en mis manos. Todo esto lo hacía sin decir palabra, con una lentitud burlona y con la misma sonrisa, amplia y maliciosa, de sus labios entreabiertos. Empezó a enrollar la lana en una carta de baraja doblada por la mitad y, de pronto, me sorprendió con una mirada clara y fugaz, que me hizo bajar la cabeza. Cuando abría del todo sus ojos, que tenía normalmente se-micerrados, su cara cambiaba por completo. Era como si apareciese la luz en ella.
-¿Qué pensó de mí ayer, monsieur Voldemar?-
preguntó después de una pausa-. ¿Le he causado mala impresión?
-Yo, princesa... yo no pensé nada... ¿Cómo po-dría...?- contesté muy azorado.
-Escúcheme- contestó ella-. No me conoce todavía. Soy muy rara y quiero que siempre me digan la verdad. Usted, según he oído, tiene dieciséis años y yo tengo veintiuno. Como ve, soy mucho mayor que usted y por eso tiene que decirme siempre la verdad... y obedecerme- añadió-. Míreme, ¿por qué no me mira?
Me azoré aún más, pero levanté la vista hacia ella. Ella sonrió, aunque no como antes, sino como si quisiera darme ánimo.
-Míreme- dijo, bajando cariñosamente la voz-.
No me desagrada que me miren. Me gusta su cara.
Presiento que seremos amigos. Y yo, ¿le gusto?- dijo con picardía.
-Princesa...- empecé yo.
-En primer lugar, llámeme Zenaida Alexandrovna. Y segundo, ¡vaya una costumbre la de los ni-
ños, la de la gente joven- rectificó ella- de no decir llanamente lo que sienten! Eso es bueno para los mayores, pero no para nosotros. Porque yo le gusto,
¿no es así?
-Naturalmente, me gusta usted mucho, Zenaida Alexandrovna. No quisiera ocultarlo.
Ella movió lentamente la cabeza.
-Tiene usted ayo, ¿no?- preguntó de repente.
-No, hace mucho que no tengo ayo.
Mentía. No hacía ni un mes que me había des-pedido de mi ayo francés.
-¡Oh, ya lo veo! Es usted ya mayor.
Me dio un ligero golpe en los dedos.
-Tenga derechas las manos- me advirtió. Y empezó a devanar con cuidado la lana.
Aprovechando que no levantaba la vista, empecé a mirarla, primero furtivamente, luego cada vez con más confianza. Su rostro me pareció aún más hermoso que el día anterior. ¡Era tan fino, inteligente y hermoso! Estaba sentada de espaldas a la ventana, que tenía echada una cortina blanca. La luz del sol, atravesando la cortina, bañada con una luz suave sus cabellos abundantes y dorados, su casto cuello, sus redondeados hombros y el pecho, suave y tranquilo. La miraba, y ¡qué entrañable y querida empezaba a ser para mí! Empecé a tener la sensación de que la conocía desde hacía mucho tiempo y que antes de conocerla no sabía nada y no había vivido. Llevaba un vestido oscuro, algo gastado, y un delantal. Pienso que hubiese acariciado con gusto cada pliegue de ese vestido y de ese delantal.
La punta de los zapatos asomaba debajo de su vestido. Me hubiera inclinado reverentemente ante esos zapatos... «Estoy sentado delante de ella- pensaba-.
La he conocido. ¡Qué dicha, Dios mío!» Poco faltó para que saltara de emoción de la silla, pero sólo moví un poco los pies, como un niño que tiene en sus manos una golosina.
Me sentía a gusto, tal como se siente el pez en el agua. Me hubiera gustado quedarme en la habitación y no salir de ella durante un siglo.
Sus pestañas se levantaban suavemente. Otra vez brillaron cariñosos sus ojos claros, volviendo ella a sonreír.
-¡Qué manera de mirar es esa!- dijo lentamente, haciéndome un gesto amenazante con el dedo.
Me puse colorado... «Todo lo comprende, todo lo ve- pensé-. ¡Y cómo no lo va a comprender y ver todo!»
De repente, en la habitación contigua se oyeron unos golpes y el tintineo de un sable.
-¡ Zenaida!- gritó la princesa desde la sala-. Belovsorov te ha traído un gatito.
-¡Un gatito!- exclamó Zenaida, que, levantándose bruscamente de la silla, tiró el ovillo de lana sobre mis rodillas y salió corriendo.
Yo también me levanté y, después de colocar la madeja y el ovillo sobre la ventana, entré en la sala y me detuve desconcertado: en medio de la habitación había un gatito a rayas, espatarrado. Zenaida estaba de rodillas delante de él y le acariciaba con cuidado el hocico. Al lado de la princesa, tapando casi el lienzo de la pared, entre ventana y ventana, vi un buen mozo, un húsar rubio, de pelo encrespado, cara sonrosada y ojos saltones.
-¡Qué gracioso!- repetía Zenaida-. Sus ojos no son grises, sino verdes, ¡y qué grandes! Muchas gracias, Víctor Egorovich. Es usted muy amable.
El húsar, a quien conocí como uno de los jóvenes que había visto el día anterior, sonrió e hizo una reverencia haciendo tintinear las espuelas y los anillos del sable.
-Como ayer se dignó usted expresar su deseo de tener un gatito a rayas y con grandes orejas... pues me he encargado de encontrarlo. Mi palabra es ley-manifestó, repitiendo la reverencia.
El gatito emitió un sonido débil y empezó a ol-fatear el suelo.
-Está hambriento. ¡Bonifacio!, ¡Sonia! Tráiganle leche.
La criada vestida con un traje amarillo, ya viejo, y un pañuelo desteñido al cuello, entró con un pla-tito de leche en la mano y lo puso delante del gatito.
Este se estremeció, cerró los ojos y empezó a sorber le leche.
-¡Qué lengüita tan rosada tiene!- dijo Zenaida bajando la cabeza casi al ras del suelo y mirándolo, ladeando la cabeza, casi por debajo de su nariz.
El gatito sació su hambre y empezó a ronro-near, moviendo con coquetería las patas. Zenaida se levantó y, volviéndose hacia la criada, le dijo sin el menor interés:
-Llévatelo.
-Zenaida, su mano por el gatito- pidió el húsar enseñando los dientes y cimbreando su enorme cuerpo ceñido por un ajustado uniforme nuevo.
-Las dos- replicó Zenaida y le dio las dos manos. Mientras las besaba el húsar, Zenaida me miraba por encima del hombro.
Permanecía inmóvil en el mismo sitio, y no sa-bía si reírme, decir algo, o simplemente seguir callado. De repente, vi por la puerta de la sala, que estaba abierta, la figura de nuestro lacayo Fiodor.
Me hacia señales con las manos. Salí automáticamente hacia él.
-¿Qué quieres?- le pregunté.
-Su mamá me ha mandado por usted- dijo en voz baja-. Está enfadada porque todavía no ha re-gresado con la respuesta.
-¿Llevo aquí mucho tiempo?
-Más de una hora.
-¡Más de una hora!- repetí sin poder contener-me. Y, volviendo a la sala, empecé a hacer la reverencia de despedida, moviendo los pies.
-¿A dónde va?- preguntó la princesa, asomando la cabeza por detrás del húsar.
-Tengo que ir a casa. Bueno- añadí dirigiéndome a la vieja- diré que vendrán ustedes dos.
-Dígalo así, hijo.
La princesa sacó precipitadamente la caja del rapé y lo aspiró emitiendo un sonido tan fuerte que hasta sentí una sacudida.
-Dígalo así- repitió, moviendo sus párpados llo-rosos y tosiendo.
Volví a hacer la reverencia, me di la vuelta y salí de la habitación con esa sensación incómoda que siente todo hombre demasiado joven cuando sabe que están mirándolo.
-Oiga, monsieur Voldemar, venga de nuevo a visitarnos- dijo la princesa y rió otra vez.
«¿Por qué se reirá siempre?, pensaba cuando volvía a casa acompañado de Fiodor, que no decía nada, pero iba detrás de mí mostrando su desapro-bación. Mi madre censuró mi tardanza. Estaba in-trigada con lo que podía haber estado haciendo durante tanto tiempo en casa de la princesa. No le dije nada y me marché a mi habitación. Me sentí muy triste de repente... Hacía esfuerzos para no llorar... Tenía celos del húsar.
Capítulo V
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La princesa, tal como había prometido, visitó a mi madre, pero no le cayó simpática. No estuve en la visita, pero mi madre le comentó a mi padre, cuando estábamos comiendo, que la princesa Zasequin le parecía « une femme très vulgaire», que la había cansado con sus peticiones de que intercediera por ella ante el príncipe Sergio sobre no sabía qué liti-gios y asuntos « des vilaines affaíres d'argent» y que debía ser muy chismosa. Pero mi madre también añadió que había invitado a ella y a su hija a que vinieran al día siguiente a comer (al oír «y a su hija» hundí la nariz en el plato), porque, a pesar de todo, era vecina y con título. A esto, mi padre dijo que recordaba quién era esa señora, ya que conoció de joven al príncipe Zasequin, ya fallecido, hombre de una educación esmerada, pero poco inteligente y capricho- so. Era conocido en sociedad por el apodo de « le Parisien», porque había vivido largo tiempo en París. Había sido muy rico, pero perdió toda su fortuna en el juego, y no se sabe por qué, probablemente por dinero, aunque podía haber elegido mejor- añadió mi padre y sonrió fríamente-, se casó con la hija de un oficinista y, después de casarse, se metió en ne-gocios y se arruinó definitivamente.
-Seguramente pedirá dinero prestado- dijo mi madre.
-Es muy posible- dijo fríamente mi padre-.
¿Habla francés?
-Muy mal.
-Hum... Es igual. Me parece que te he oído decir que has invitado también a la hija. Alguien me ha dicho que es una chica simpática y bien educada.
-¡Ah!, entonces no ha salido a su madre.
-Ni a su padre- contestó mi padre-. Era también una persona bien educada, pero poco inteligente.
Mi madre suspiró y se quedó pensativa. Mi padre calló. Yo me sentí muy azorado durante esta conversación.
Después de comer me fui al jardín, pero sin la escopeta. Me prometí no acercarme al «jardín de los Zasequin», pero algo más fuerte que mi voluntad me empujaba hacia aquel lugar y no sin causa. Apenas me había acercado a la valla, cuando vi a Zenaida. Esta vez estaba sola. Tenía en las manos un libro pequeño y andaba lentamente por el camino.
No advirtió mi presencia.
Casi me la dejé escapar, pero me di cuenta a tiempo y tosí, mas no se detuvo, sino que se echó hacia atrás con la mano una cinta ancha de color, azul que colgaba de su sombrero redondo de paja, me miró, sonrió apenas y otra vez volvió la vista hacia el libro.
Me quité la gorra y, demorándome un poco, me marché muy pesaroso. « Que suis-je pour elle», pensé (Dios sabe por qué) en francés.
Oí detrás de mí un sonido de pasos que conocía. Me volví, y vi que mi padre, con su rápida y li-gera manera de andar, se acercaba a mí.
-¿Es la princesa?- me preguntó.
-Sí, es ella.
-¿Es que la conoces?
-La he visto hoy en casa de su madre.
Mi padre se detuvo y girando súbitamente sobre sus talones se fue en la dirección que había venido.
Al alcanzar a Zenaida le hizo una reverencia cortés.
Ella también le contestó con una reverencia, no sin expresar cierto asombro. Vi cómo lo seguía con la vista. Mi padre siempre se vestía elegantemente, con originalidad y sencillez. Pero nunca su figura me pareció esbelta, nunca llevó con tanta distinción el sombrero sobre su cabello encrespado, que ya empezaba a caer.
Quise acercarme a ella, pero ni me miró. Levantó su libro a la altura de los ojos y se marchó.
Capítulo VI
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Pasé la tarde y la mañana del día siguiente en un estado de triste somnolencia. Recuerdo que quise trabajar y abrí el manual de Kaidanov, pero en vano miraba las líneas del libro y pasaba las páginas del famoso manual. Por lo menos diez veces leí que «Julio César se distinguió por su valor militar», pero no comprendía nada y cerré el libro. Antes de la comida otra vez me di crema y me puse la chaqueta y la corbata.
-¿Para qué te vistes así?- preguntó mi madre-. No eres todavía estudiante y sólo Dios sabe si aprobarás. ¿Es que hace tanto que te han hecho el blusón? ¿O quieres que lo tiremos ya?
-Es que tenemos invitados- dije en voz baja, casi al borde de la desesperación.
-¡Vaya tontería! ¿Qué invitados son ésos?
Había que obedecer. Me cambié la chaqueta por el blusón, pero no me quité la corbata. La princesa madre y su hija llegaron media hora antes de comer. La vieja se había puesto encima de su vestido verde, que ya conocía, un chal amarillo y se puso una cofia pasada de moda con cintas de color chillón. Enseguida empezó a hablar de sus letras de cambio. Sus-piraba, lamentaba su pobreza, «daba la murga», pero no se andaba con ceremonias, aspiraba el rapé con el ruido acostumbrado, se revolvía sobre la silla co-mo la vez anterior. Daba la sensación de que ni siquiera le pasaba por la cabeza que era princesa. En cambio, Zenaida adoptó un aire grave, casi de superioridad, como una verdadera princesa. Su cara ad-quirió una expresión de fría inmovilidad y dignidad. No la conocía, ni reconocía tampoco su manera de mirar y sonreírse, aunque esta nueva imagen suya me parecía bellísima. Llevaba un vestido ligero de gasa con dibujos de color azul claro. El pelo le caía en bucles por las mejillas, según la moda inglesa. Este peinado le iba muy bien a la expresión fría de su cara. Durante la comida mi padre estaba sentado a su lado y daba conversación a su vecina con esa cortesía elegante y reposada que le caracterizaba. De vez en cuando la miraba y ella también, pero de una manera muy extraña, casi con hostilidad. Hablaban en francés. Me acuerdo de que me sorprendió la pureza del acento de Zenaida. En el transcurso de la comida la princesa madre seguía sin arredrarse por nada, comiendo mucho y haciendo elogios de los platos. Mi madre, al parecer, estaba ya cansada de ella y le contestaba con aire de ligero y resignado desprecio. Mi padre, de vez en cuando, fruncía el ceño. Zenaida tampoco le gustó a mi madre.
-Es una soberbia- dijo al día siguiente- ¿Y por qué presume tanto? Avec sa mine de grisette!
-Me parece que no has visto nunca a las grisettes-dijo mi padre.
-¡Gracias a Dios!
-Desde luego... Pero, ¿cómo puedes opinar de ellas?
Zenaida no me hacía ningún caso. Al poco rato de terminar la comida, la princesa empezó a despedirse.
-Confío en su protección, Maria Nikolayevna y Piotr Vasilievich- dijo, como si entonase una melo-día, a mi padre y a mi madre-. ¿Qué puede uno hacer? Tuvimos buenos tiempos, pero ya se fueron. Heme aquí, con categoría de alteza- añadió riéndose desagradablemente-. Pero, ¿de qué sirve la nobleza si no da para comer?
Mi padre le hizo una reverencia cortés y la acompañó hasta la puerta de salida. Yo estaba de pie, vestido con mi blusón corto, y miraba al suelo, como si me hubieran condenado a muerte. La actitud de Zenaida hacia mí me aniquiló definitivamente. Cuál no sería mi sorpresa, cuando, al pasar a su lado, me dijo muy de prisa en voz baja, con esa expresión cariñosa en los ojos que ya conocía:
-Venga a visitarnos hoy a eso de las ocho, ¿me oye? Venga sin falta.
Yo sólo pude expresar mi sorpresa moviendo las manos, pero ella ya se había ido, echándose sobre la cabeza un chal blanco.
Capítulo VII
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A las ocho en punto, vestido con la chaqueta y peinado con esmero, entraba yo en la antesala del ala de la casa donde vivía la princesa. El criado viejo me miró hoscamente y se levantó de la silla con desgano. En la sala se oían voces alegres. Abrí la puerta y, a causa del asombro, di un paso hacia atrás. En medio de la habitación, subida sobre una silla, estaba la princesa sujetando con sus manos un sombrero de caballero. La rodeaban cinco hombres. Querían meter la mano en el sombrero, pero ella lo subía y lo agitaba. Cuando me vio, dijo en voz alta:
-Un momento, un momento. Tenemos un nuevo invitado. Hay que darle también un billete- y, saltando de la silla con agilidad, me cogió por la solapa de la chaqueta-. Vamos- dijo-, ¿por qué se queda parado? Messieurs, permítanme que les presente a monsieur Voldemar, el hijo de nuestro vecino. Aquí-dijo, dirigiéndose a mí y mostrándome por turno a los invitados- el conde Malevskiy, el doctor Lushin, el poeta Maidanov, el capitán Nirmatskiy, ya retirado, y Belovsorov, el húsar que usted ya conoce. Espero que sean buenos amigos.
Estaba tan aturdido que no saludé a nadie. El doctor Lushin resultó ser aquel señor moreno que tan despiadadamente me hizo avergonzarme en el jardín. A los otros no los conocía.
-¡ Conde!- siguió Zenaida-. Escríbale su billete a monsieur Voldemar.
-Eso no es justo- replicó el conde, con ligero acento polaco, hombre moreno, de bellas facciones, vestido con mucha elegancia, ojos castaños muy expresivos, nariz blanca y fina y un bigotito sobre una boca minúscula-. El señor no jugó con nosotros a las prendas.
-No es justo- repitieron Belovsorov y el que ha-bía sido presentado como capitán retirado, de unos cuarenta años, que tenía la cara feamente picada de viruelas, el pelo rizado como un moro, y era cargado de hombros, torcido de piernas, vestido con una chaqueta militar sin galones, que llevaba desabro-chada.
¡Escriba el billete, se lo ordeno!– repitió la princesa-. ¿Qué motín es este? Monsieur Voldemar está con nosotros por primera vez. Hoy no hay leyes para él. ¡Nada de protestar! ¡Escriba, pues así lo quiero yo!
El conde levantó los hombros, pero, inclinando sumisamente la cabeza, cogió la pluma con su mano blanca adornada con varias sortijas, cortó un trozo de papel y empezó a escribir en él.
-Por lo menos, permítame explicarle al señor Voldemar de qué se trata- empezó Lushin con voz socarrona-, porque está completamente desconcertado. Verá usted, joven, y estamos jugando a las prendas. A la princesa le toca pagar una sanción. El que saque el billete de la suerte tendrá derecho a besarle la mano. ¿Ha comprendido usted lo que le acabo de decir?
Sólo pude dirigirle una mirada. Seguía de pie, como enajenado. La princesa subió de nuevo a la silla de un salto y empezó otra vez a mover el sombrero. Todos alargaron sus manos y yo con ellos.
-Maidanov- dijo la princesa a un joven alto, en-juto de cara, de ojos pequeños miopes y pelo muy largo de color negro-. Usted, como poeta, debería ser generoso y ceder su billete a monsieur Voldemar, para que tenga dos oportunidades en vez de una.
Pero Maidanov hizo un gesto negativo con la cabeza y agitó su cabello. Yo metí último la mano en el sombrero y abrí mi billete... ¡Dios mío, lo que me pasó cuando vi escrita la palabra! «beso»!
-¡Beso!- grité sin querer.
-¡Bravo, ha ganado!- dijo la princesa-. ¡Qué contenta estoy!
Bajó de lasilla y me miró a los ojos con una mirada tan diáfana y dulce que mi corazón se estremeció.
-Y usted ¿está contento?- preguntó.
-¿Yo?- respondí apenas.
-Véndame su billete- rugió inesperadamente en mi oído Belovsorov-. Le daré cien rublos.
Contesté al húsar con una mirada que expresaba tal indignación, que Zenaida batió palmas y Lushin exclamó: ¡«Bravo»!
-Pero- siguió él-, como maestro de ceremonias, tengo la obligación de supervisar el cumplimiento de todas las reglas. Monsieur Voldemar, doble una rodilla. Esa es la costumbre.
Zenaida se plantó delante de mí, ladeó un poco la cabeza como para verme mejor y me tendió la mano con mucha dignidad. La vista se me nubló. Quise doblar una rodilla, pero caí sobre las dos. Acerqué los labios a la mano de Zenaida con tanta torpeza que me arañé un poco la punta de la nariz con una uña.
-¡Bien!- gritó Lushin y me ayudó a levantar.
El juego de las prendas seguía. Zenaida hizo que me sentara a su lado.
¡Qué castigos no inventaría! Tuvo que hacer, por cierto, de estatua y eligió como su propio pe-destal al feo Nirmatskiy. Le mandó que se y tirara al suelo y se escondiera su cara bajo el pecho. Las risas no cesaban ni un minuto. A mí, niño educado en la soledad y en el ambiente de una casa señorial seria, se me subió a la cabeza esta alegría sin convencio-nes, casi impetuosa, esta manera de relacionarme con gente desconocida. Simplemente me emborra-ché, como si hubiese bebido vino. Empecé a reírme y hablar subiendo la voz más que nadie, de manera que hasta la vieja princesa, que estaba en la habitación de al lado con un gestor de Iverskiye Vorota, a quien había llamado para pedirle consejo, salió de la habitación para verme. Pero me sentía tan feliz, que, como suele decirse, me importaba todo un bledo y no hacía ningún caso a las réplicas irónicas y mira- das de reprobación. Zenaida seguía mostrándome su predilección y no me dejaba marchar de su lado.
Durante una sanción pude estar junto a ella, cubierto con su mismo pañuelo de seda. Tenía que decirle mi secreto. Me acuerdo de cómo nuestras cabezas entraron en una penumbra sofocante, se-mitransparente y penetrada de un aroma que ma-reaba. ¡Con qué suavidad brillaban sus ojos en esta penumbra! íCómo respiraban con ansiedad sus labios semiabiertos! ¡Cómo se veían sus dientes mientras las puntas de su cabello me rozaban quemándome! Yo callaba. Ella sonreía con misterio y malicia y por fin me dijo:
-Bueno, ¿qué?
Las prendas nos cansaron y empezamos a jugar a la cuerda. ¡Dios mío! ¡Qué arrebato sentí, cuando, al distraerme, me gané un brusco y fuerte golpe en los dedos! Después intentaba adrede hacer como si me descuidaba, pero ella se burlaba de mí y no tocaba las manos que le tendía.
¡Qué no hicimos durante esa tarde! Tocamos el piano, cantamos, bailamos, representamos un cam-pamento gitano: vestimos a Nirmatskiy de oso y le dimos de beber agua con sal. El conde Malevskiy nos enseñó varios juegos malabares con las cartas y terminó barajándolas y quedándose con todos los ases en el juego del whist, por lo que Lushin «tuvo el honor de felicitarlo». Maidanov nos recitó frag-mentos de su poema El asesino (estábamos en pleno auge del romanticismo). Lo quería editar con pastas negras, con el título en letras de color de la sangre.
Robamos al tendero de Iverskiye Vorota el gorro que tenía sobre las rodillas y le obligamos, como rescate, a bailar la danza kazachoc. Al viejo Bonifacio le pusimos una cofia, y la princesa se puso un sombrero de caballero... No es posible contarlo todo.
Sólo Belovsorov no salía del rincón, donde permanecía ceñudo y enfadado... A veces sus ojos se lle-naban de sangre, enrojecía y parecía que en ese mismo momento iba a lanzarse sobre todos nosotros y que nos tiraría, como astillas, por todos los lados. Pero la princesa le lanzaba una mirada, le amenazaba con el dedo y él volvía a permanecer iracundo en su rincón.
Por fin, se nos agotaron las fuerzas. La princesa era, como ella misma decía, incansable. No le arre-draba ningún esfuerzo, pero también ella sintió cansancio y dijo que quería descansar. A las doce de la noche la cena, que consistía en un pedazo de queso ya rancio y unas empanadillas frías de jamón picado, que me parecieron más ricas que cualquier foie-gras.
Había sólo una botella de vino, cuya forma era algo rara: oscura, con el cuello dilatado, de tal manera que el vino en ella parecía tinta roja. Aunque la verdad es que nadie lo bebía. Cansado y feliz hasta la extenuación, me marché de la casa. Al despedirse Zenaida, me apretó la mano y sonrió de una manera misteriosa.
La noche lanzó su aliento pesado y húmedo sobre mi cara acalorada. Parecía que se estaba prepa-rando una tormenta. Nubes negras crecían y se extendían por el cielo, cambiando, a la vista de nuestros ojos, sus contornos de humo. El viento tiritaba impaciente en los árboles oscuros, y en al-gún lugar de la lejanía, detrás del horizonte, murmuraba en voz baja, enfadado, el trueno.
Entré en la habitación por la puerta de atrás. Mi criado dormía en el suelo y tuve que pasar por encima de él. Se despertó y me comunicó que mi madre otra vez se había enfadado conmigo y que quería enviar a alguien a buscarme, pero que mi padre la convenció para que no lo hiciera. (Yo nunca me acostaba sin despedirme de mi madre y sin pedirle la bendición). ¡No había nada que hacer!
Dije al criado que me quitaría la ropa solo y me metería en la cama y apagué la vela... Pero ni me desvestí, ni me acosté...
Me senté en la silla y estuve así sentado durante mucho tiempo como hechizado... ¡Lo que sentía era tan nuevo y tan dulce! Seguía sentado, mirando un poco hacia atrás, sin moverme, y sólo de vez en cuando me reía calladamente, recordando algo, o me estremecía al pensar que estaba enamorado, que lo que sentía era el amor. Delante de mí el rostro de Zenaida flotaba calladamente en la oscuridad. Flotaba y no acababa de pasar. Sus labios seguían son-riendo misteriosamente; sus ojos me miraban un poco ladeados, interrogantes, pensativos y cariñosos... como en el instante en queme despedí de ella.
Por fin me levanté, me acerqué de puntillas a mi cama y puse con cuidado mi cabeza sobre la almohada, sin desnudarme, como si tuviese miedo de ahuyentar con algún movimiento brusco el sentimiento que me embargaba...
Me acosté, pero ni siquiera cerré los ojos.
Pronto noté que empezaban a entrar en mi habitación unos débiles destellos. Me incorporé y miré a la ventana. El marco se distinguía ya claramente de los cristales, que emitían una tibia y misteriosa luz blan- ca. «Hay tormenta», pensé, y, en efecto, había tormenta, pero sonaba muy lejos. Apenas los truenos se oían: sólo se veían en el cielo unos rayos opacos, largos y ramificados. Mas que brillar se sacudían convulsivamente, como el ala de un pájaro mori-bundo. Me levanté, me acerqué a la ventana y estuve allí hasta la mañana del día siguiente. Los rayos no cesaban ni un solo momento. Era lo que en el pueblo llaman una noche de gorrión. Miraba ab-sorto el descampado de arena, la masa oscura del jardín Nescuchnoye, las fachadas amarillentas de los edificios lejanos, que también parecían estremecerse a cada destello... Miraba y no podía dejar de mirar: esos rayos mudos, esos destellos contenidos parecían armonizar con los estremecimientos mudos que destellaban en mi interior. Empezó a amanecer.
Manchas de color carmín anunciaban la aurora.
Conforme amanecía, los relámpagos palidecían y se hacían más cortos. Ya iban perdiendo intensidad y al fin desaparecieron ahogados por la luz del nuevo día.
También desaparecieron los destellos luminosos en mi interior. Sentí un gran cansancio y el peso del silencio... pero la imagen de Zenaida seguía volando triunfante sobre mi alma. Sólo que esta imagen pa- recía que estaba ya apaciguada. Como un cisne blanco se sacude las hierbas del pantano, así se separó ella de otras figuras prosaicas que la circunda-ban, y yo, durmiéndome ya, le rendí con mi recuerdo un culto confiado de despedida...
¡Oh, sentimientos humildes, sonidos blandos, bondad y tranquilidad de un alma conmovida, alegría diluida de las primeras devociones del amor!
¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis...?
Capítulo VIII
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Al día siguiente por la mañana, cuando bajé para tomar el té, mi madre me riñó, pero menos de lo que esperaba, y me obligó a contar cómo había pasado la tarde del día anterior. Le contesté en pocas palabras, omitiendo muchos detalles y tratando de presentarlo de la forma más inocente.
-A pesar de todo, no son gente comme il faut- dijo mi madre-. No tienes por qué meter la nariz en esa casa, en lugar de preparar tu examen y estudiar.
Como sabía que las preocupaciones de mi madre por mis estudios no iban más allá de estas palabras, no creí necesario contradecirle, pero, después de tomar el té, mi padre me cogió del brazo y, sa-liendo conmigo al jardín, me hizo contarle todo lo que había visto en casa de los Zasequin.
Era extraña la influencia que tenía mi padre sobre mí, y extrañas eran nuestras relaciones. No se ocupaba en absoluto de mi educación, pero jamás me insultaba. Respetaba mi libertad hasta tal punto, que era, si se puede decir así, cortés conmigo..., sólo que no accedía a que me acercase a él. Le quería, le admiraba, me parecía un modelo de hombre, y, ¡Dios mío, con qué pasión me hubiese acercado a él, si no hubiese sentido la mano que nos separaba! En cambio, cuando quería, sabía casi instantáneamente, con una sola palabra, con un solo movimiento, inspirar en mí una confianza sin límites. En esos momentos mi alma se abría, hablaba con él sin trabas, como si fuese un amigo comprensivo, un mentor benevolente... Después me dejaba de una manera igualmente inesperada y su indiferencia volvía a se-pararme de él de un modo suave y cariñoso, pero decidido.
A veces estaba de buen humor y entonces era capaz de jugar y hacer travesuras conmigo, como si fuese un niño (le gustaba cualquier movimiento corporal que exigiese esfuerzo.) Una vez (¡una sola vez!) me acarició con tanta ternura, que faltó poco para que llorase..., pero su buen humor, junto con su ternura, desaparecieron sin dejar rastro y lo que ocurrió entre nosotros no me dio esperanza alguna para el futuro, como si todo hubiera sido un sueño. Me ponía a veces a contemplar su rostro inteligente, diáfano, de bellas facciones... y mi corazón empezaba a temblar. Todo mi ser se dirigía hacia él... parecía que comprendía lo que estaba pasando en mí. Entonces me acariciaba la mejilla y luego se mar-chaba, o empezaba a ocuparse de otra cosa, o de repente adoptaba una actitud fría, como sólo él sa-bía hacerlo. En ese mismo instante yo me quedaba helado y me replegaba sobre mí mismo.
Estos momentos de ternura hacia mí, a los que pocas veces se entregaba, nunca estaban motivados por mis súplicas, silenciosas aunque evidentes. Siempre venían de una manera inesperada. Medi-tando más tarde sobre el carácter de mi padre llegué a la conclusión de que otras cosas le impedían pensar en mí y en la vida familiar. Amaba otra cosa y supo gozar de esa otra cosa plenamente. «Coge todo lo que puedas, pero no te dejes dominar. Ser dueño de uno mismo, ése es el truco de la vida», me dijo una vez. Otra vez, en calidad de joven demócrata, me puse en su presencia a razonar sobre la libertad (ese día tenía un momento «bueno», como yo lo llamaba. Entonces se podía hablar con él de lo que fuese).
-Libertad- repitió-. ¿Sabes tú lo que puede hacer libre a un hombre?
-¿Qué?
-Su voluntad, su propia voluntad, y le dará también poder, que es mejor que libertad. Aprende a querer y así serás libre y mandarás.
Mi padre, antes que nada y más que otra cosa, quería vivir... y vivía. Quizá presentía que no dis-frutaría durante mucho tiempo del «truco» de la vi-da: murió a los cuarenta y dos años.
Le conté a mi padre con todo detalle la visita a la casa de los Zasequin. Me escuchaba medio aten-to, medio distraído, sentado en un banco y dibujan-do algo con la punta de una vara. Se reía de vez en cuando, me miraba de una manera inocente y socarrona, y me incitaba con preguntitas y objeciones. Al principio no me atreví a pronunciar el nombre de Zenaida, pero no me pude contener y empecé luego a cantar sus alabanzas. Mi padre de vez en cuando se reía. Luego se quedó pensativo, se ende-rezó y se levantó.
Me acordé de que al salir de casa había mandado que le ensillaran un caballo. Era un buen jinete y sabía domar, mucho antes que el señor Reri, a los caballos díscolos.
-¿Voy contigo, padre?- le pregunté.
-No- contestó, y en su rostro adoptó la expresión indiferente y atenta de siempre-. Vete solo si quieres, y dile al caballerizo que esta vez no salgo.
Me dio la espalda y rápidamente se marchó. Le seguí con la vista, hasta que desapareció detrás de la puerta. Vi cómo su sombrero se movía por encima de la valla: entró en casa de los Zasequin.
No estuvo allí más de una hora, pero inmediatamente después se marchó a la ciudad y no volvió a casa hasta la tarde.
Después de la comida fui yo mismo a ver a los Zasequin. En la sala encontré a la vieja princesa so-la. Al verme, se rascó la cabeza por debajo de la cofia con el extremo de la aguja de hacer punto y, sin más, me preguntó si podría pasarle a limpio una instancia.
-Con mucho gusto- contesté y me senté en el borde de una silla.
-Sólo que cuide de poner las letras lo más grandes posible- dijo la princesa, tendiéndome una hoja llena de garabatos-. ¿Podría hacerlo hoy?
-Hoy lo hago.
La puerta de la habitación contigua se entrea-brió un poco y pude ver en el hueco de la puerta el rostro de Zenaida, pálido, pensativo, con el pelo descuidadamente echado hacia atrás. Me miró con sus ojos grandes y fríos y cerró con cuidado la puerta.
-¡ Zenaida, Zenaida!- dijo la vieja.
Zenaida no contestó. Me llevé la instancia de la vieja y la estuve copiando toda la tarde.
Capítulo IX
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Mi «pasión» empezó ese día. Recuerdo que sentí algo parecido a lo que debe sentir un hombre que ha encontrado un empleo: dejé de ser simplemente un joven adolescente para convertirme en un enamorado. He dicho anteriormente que desde aquel día empezó mi pasión. Podría añadir que mis sufrimientos también empezaron ese mismo día. Sufría en ausencia de Zenaida. Mi mente no podía fijarse en nada y todo se me caía de las manos. Durante días enteros pensaba obstinadamente en ella... Su-fría... pero en su presencia me sentía más aliviado. Tenía celos, comprendía que era poca cosa para ella, me enfadaba tontamente y tontamente me humilla-ba. A pesar de todo, una fuerza irresistible me llevaba hacia ella, y cada vez que traspasaba el umbral de su casa sentía una bocanada de felicidad. Zenaida comprendió en seguida que estaba enamorado, y yo no pensé nunca en ocultarlo. Ella se reía de mi pa-sión, jugaba conmigo, me mimaba y me hacía sufrir. Es dulce ser la única fuente, la causa tiránica e ina-pelable de las grandes dichas y de la desesperación más honda de otro ser, y yo era, en manos de Zenaida, como la blanda cera.
Hay que decir que no era el único que se había enamorado de ella. Todos los hombres que visita-ban su casa estaban locos por Zenaida y ella los te-nía a todos a sus pies. Le divertía inspirarles unas veces confianza y otras, dudas, y manipularlos según su capricho (a esto llamaba «hacer que los hombres choquen los unos contra los otros»), y ellos no pen-saban hacer resistencia y se sometían con gusto. En todo su ser, lleno de vitalidad y belleza, había una mezcla de astucia y despreocupación, de afectación y sencillez, de calma y vivacidad. Sobre todo lo que hacía o decía, sobre cada movimiento suyo lleno de fina y delicada gracia, sobre todo su ser se traslucía su fuerza original y juguetona. Su cara también cambiaba constantemente, como en un juego ince-sante: casi al mismo tiempo expresaba ironía, serie-dad y apasionamiento. Pasaban sin cesar por sus ojos y labios los más diversos, inestables y fugaces sentimientos, como sombra de nubes en un día de sol y viento.
Cada uno de sus admiradores le era necesario. Belovsorov, a quien llamaba «mi animal», o simplemente «mío», se hubiera dejado gustoso prender fuego por ella. No esperando nada de sus capacidades mentales y demás virtudes, le propuso, sin embargo, casarse con él, insinuando que lo de los otros sólo eran palabras. Maidanov respondía a la vena poética de su alma. Hombre bastante frío, como casi todos los escritores, trataba obstinadamente de convencerla-probablemente también a sí mismo- de que la adoraba. La cantaba en versos interminables y se los declamaba con entusiasmo poco natural, pero sincero. Ella le compadecía, y a la vez se burlaba un poco de él. No le creía demasiado y, después de haber escuchado atentamente sus expansiones, le obligaba a leer algo de Pushkin, para despejar el aire, como decía. Lushin, hombre mordaz, aparentemente cínico y médico de profesión, la conocía mejor que todos y la amaba más que nin-guno, aunque a sus espaldas y en presencia de ella la injuriaba. Lo respetaba, pero no le hacía ninguna concesión y, algunas veces con un deleite especial y maligno, le hacía sentir que él también estaba en sus manos.
-Soy una coqueta, no tengo corazón, soy una actriz- le dijo una vez delante de mí-. Pues bien, deme su mano, que le voy a clavar un alfiler. Sentirá vergüenza ante este joven, sentirá dolor, pero sin duda tendrá la bondad de reírse.
Lushin se sonrojó, se dio la vuelta, se mordió el labio, pero todo terminó con que le dio la mano. Le pinchó, y él, efectivamente, empezó a reírse... y ella se reía también, introduciendo bastante profundamente el alfiler y mirándole a los ojos, que él en va-no procuraba mover de un sitio a otro.
Lo que peor comprendía eran las relaciones que existían entre Zenaida y el conde Malevskiy. Este era un hombre de buen ver, hábil y listo, pero, a pesar de ser un niño a mis dieciséis años, creía adivinar en él algo falso, algo sospechoso, y me sorprendía que Zenaida no notara nada de esto. Pudiera ser que ella percibiera esa falsedad, pero no le molestaba. Una educación equivocada, extrañas amistades y costumbres, la presencia continua de su madre, la pobreza y el desorden de su casa, todo ello, empezando por la libertad de que gozaba la joven y la conciencia de su superioridad sobre los que la rodeaban, desarrollaron en ella una actitud de abandono e indolencia semidesdeñosa. Ocurría que, pasase lo que pasase, ya viniese Bonifacio a anunciar que no había azúcar, ya saliese a relucir algún chis-me desagradable, o que se peleasen los invitados, ella sólo sacudía sus rizos y decía:
-Tonterías.
Y ya no había más problema.
En cambio, sentía hervir la sangre cuando Malevskiy se acercaba a ella balanceándose como un zorro, se apoyaba con elegancia en el respaldo de su silla y empezaba a decirle algo en voz baja al lado con una sonrisita servil y autosuficiente. Ella cruza-da las manos, le miraba atentamente, sonreía y mo-vía la cabeza.
-¿Qué necesidad tiene de escuchar al señor Malevskiy?- le pregunté una vez.
-Es porque tiene un bigotito muy bonito- contestó-. Pero eso a usted no le importa.
-¿Piensa usted que le quiero?- me dijo en otra ocasión-. No, no amo a los que tengo que mirar de arriba abajo. Necesito alguien me domine... No encontraré a nadie así, si Dios quiere. No me someto a nadie. ¡Ni hablar!
-Entonces, ¿no amará usted nunca?
-¿Y es que a usted no lo amo?- dijo y me dio un golpe en la nariz con la punta del guante.
Sí, Zenaida se reía mucho de mí. Durante tres semanas la vi a diario, y ¡qué cosas no haría conmigo! Rara vez nos visitaba, pero yo no lo lamentaba: en nuestra casa se transformaba en una señorita, una joven princesa, y eso me cohibía. Temía descu-brirme delante de mi madre- a quien Zenaida no caía en gracia-, que siempre nos observaba hostil-mente. A mi padre le tenía menos miedo: parecía que no advertía mi presencia, dedicándose a hablar en algunas ocasiones con ella, pero siempre de cosas que tenían mucho sentido. Dejé de estudiar, leer y hasta de dar paseos y montar. Como un escarabajo al que le han atado la pata con un hilo, siempre daba vueltas alrededor del ala tan querida de la casa. Me habría quedado allí siempre... Pero era imposible: mi madre se enfadaba y a veces la propia Zenaida era la que me echaba. Entonces me encerraba en mi habitación o me iba al otro extremo del jardín, me su-bía a las ruinas de un alto invernadero de piedra y, con los pies colgando sobre la carretera, permanecía sentado en el muro exterior durante horas y miraba, miraba sin ver nada. Cerca de mí, sobre las ortigas cubiertas de polvo, revoloteaban con parsimonia mariposas blancas, mientras un diestro gorrión se sentaba cerca sobre un rojo ladrillo roto y piaba enfadado, moviendo el cuerpo y desplegando la cola.
Los cuervos, todavía recelosos, graznaban de vez en cuando, sentados en lo alto de la copa abierta de un abedul. El sol y el viento jugueteaban tranquilos en su escaso ramaje, mientras el repicar tranquilo y triste de las campanas del monasterio Donskoy llegaba de vez en cuando. Yo seguía sentado mirando y escuchando, y mientras todo mi ser se impregnaba de un sentimiento inenarrable, en el que estaba con-centrado todo: la melancolía, la alegría, el presentimiento del futuro, el deseo y miedo de vivir. Pero entonces no comprendía absolutamente nada de eso y no sabía llamar por su propio nombre nada de lo que bullía en mi interior. Hoy lo llamaría con un solo nombre, el nombre de Zenaida.
Y Zenaida seguía jugando conmigo, como un gato con un ratón. Unas veces coqueteaba conmigo y yo entonces me excitaba y perdía la noción del tiempo; otras veces ella se alejaba de mí y yo entonces no tenía el valor de volver a acercarme a ella o de mirarla.
Recuerdo que durante unos días estuvo muy fría conmigo. Yo, completamente acobardado, entraba sigilosamente en su casa e intentaba sentarme junto a la vieja princesa, a pesar de que precisamente entonces refunfuñaba y gritaba continuamente: sus asuntos financieros iban mal y había tenido dos dis-cusiones con el policía del barrio.
Una vez pasaba por el jardín al lado de la valla y vi a Zenaida. Estaba inmóvil, sentada sobre la hierba, la cabeza apoyada en las manos. Quise mar-charme sigilosamente, pero quedé clavado en el sitio. No la comprendí al momento. Repitió su gesto. En un instante salté la valla y corrí contento hacia ella. Pero me detuvo con la vista y me mostró un camino a dos pasos de ella. Aturdido, sin saber lo que hacía, me puse de rodillas al borde del camino. Estaba tan pálida, se traslucían cada uno de los rasgos de su rostro una melancolía tan amarga, un cansancio tan grande, que mi corazón se encogió.
Sin poder contener balbuceé:
-¿Qué le pasa?
Zenaida alargó la mano, cortó la hierba, la mordió y la tiró lejos.
-¿Me quiere mucho?- me preguntó al fin-. ¿De verdad?
No dije nada: ¿para qué tenía que decirlo?
-Sí- dijo sin dejar de mirarme-. Así es. Sus ojos lo demuestran- añadió y, quedando pensativa, se tapó la cara con las manos-. Todo me produce náu-sea- dijo en voz baja-. Me iría al fin del mundo, ya no aguanto más, ya no puedo con esto... ¿Y qué me espera después...? ¡Qué martirio, Dios mío, qué martirio!
-¿Por qué?- pregunté tímidamente.
Zenaida no me contestó, sólo encogió los hombros. Yo seguía de rodillas mirándola, invadido de tristeza. Cada palabra suya se me clavaba en el corazón. En ese instante hubiese dado con gusto mi vi-da para que no sufriera. Seguía mirándola, aunque sin comprender por qué sufría tanto, cuando se levantó de repente, en un arrebato de tristeza, y se fue del jardín y se dejó caer al suelo como si la hubiesen segado. Todo era luz y verdor alrededor. El viento murmuraba en el follaje, moviendo de vez en cuando una rama larga de frambueso sobre la cabeza de Zenaida. En algún sitio se arrullaban las palomas, mientras las abejas zumbaban volando bajo sobre la hierba. Encima dulcemente se extendía el cielo azul.
Y yo estaba tan triste...
-Recíteme algunos versos- me dijo Zenaida a media voz, apoyándose sobre el codo-. Me gusta usted cuando recita, porque parece que canta. Usted es joven. Recíteme En los montes de Georgia. Pero siéntese antes.
Me senté y recité En los montes de Georgia.
Porque no puede dejar de amar- repitió Zenaida-. Por eso la poesía es buena. Porque nos habla de lo que no hay y de que no sólo es mejor que lo que hay, sino que es más verdadero... Porque no puede dejar de amar... Quisiera, ¡pero no puede!
Quisiera, ¡pero no puede!
Se calló y de repente volvió y se levantó.
-Vámonos. Maidonov está ahora con mamá. Me ha traído su poema y lo he dejado solo. También él está disgustado ahora... ¡Qué se le va a hacer! Alguna vez lo sabrá..., pero no quiero que se enfade conmigo.
Zenaida me estrechó rápidamente la mano y se marchó corriendo a casa. Yo la seguí. Maidanov nos empezó a leer su Asesino recién publicado, pero yo no lo escuchaba. Salmodiaba con voz alta sus yam-bos, las rimas se sucedían y sonaban como cascabe-les, vacías y resonantes, pero yo seguía mirando a Zenaida y trataba de comprender el sentido de sus últimas palabras.
¿O un rival oculto
Te ha sojuzgado con alevosía?
dijo con resonancia nasal Maidanov. Mis ojos y los de Zenaida se encontraron. Ella los bajó y se sonrojó levemente. Advertí que se sonrojaba y me quedé helado del susto. Ya antes tenía celos de ella, pero ahora por primera vez la idea de que estuviese enamorada pasó como un relámpago por mi cabeza.
«¡ Dios mío, está enamorada!»
Capítulo X
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Mi verdadero suplicio empezó entonces. Me cansaba de pensar en ella, de darle vueltas y, continuamente, en la medida de lo posible, espiaba sin cesar a Zenaida. Había cambiado y eso era obvio. Se iba sola a pasear y estaba paseando durante mucho tiempo. A veces no salía a ver a sus invitados. Se pasaba horas y horas en su habitación. Antes jamás lo hacía. De pronto, me hice muy perspicaz.
-¿No será éste el elegido? ¿O el otro?- me preguntaba, mientras mi imaginación volaba de un admirador a otro. El conde Malevskiy (aunque me avergonzaba, por causa de Zenaida, confesar esto ante mí mismo) me parecía más peligroso que otros.
Mi capacidad de observación no iba más allá de la punta de la nariz. Al parecer, mi actitud reservada no pudo engañar a nadie. Por lo menos el doctor Lushin muy pronto me comprendió. Pero él también había cambiado en los últimos días. Había pa-lidecido y se reía tan a menudo como antes, pero con una risa más baja, mordaz y corta. Su suave ironía anterior y su aparente cinismo habían dado paso a una irritabilidad incontrolada.
-¿Por qué se pasa aquí las horas muertas, joven?- me dijo un día cuando nos quedamos solos en la sala de los Zasequin. (La joven princesa no había vuelto todavía y la voz estridente de su madre se oía desde el ático de la casa. Estaba regañando a la criada.)-. Usted tiene que estudiar y trabajar mientras es joven. Pero, ¿qué está haciendo?
-¿Cómo puede usted saber si trabajo o no en ca-sa?- le contesté con cierta soberbia, pero también con confusión.
-¿De qué trabajo puede usted hablar? No es eso lo que tiene en la cabeza. Bueno, no discuto... a su edad es normal. Pero lo que pasa es que su elección ha sido poco afortunada. ¿Es que no ve qué casa es ésta?
-No le comprendo- dije.
-¿Que no comprende? Peor para usted. Me veo en el deber de reprenderle. Nuestra raza, la de los viejos solterones, puede pasarse por aquí. Porque, ¿qué nos puede pasar? Somos gente curtida, no se nos atraviesa nada. En cambio, usted tiene todavía la piel muy fina. El aire de aquí resulta viciado para usted, puede contraer una enfermedad.
-¿Qué quiere decir?
-Pues eso. ¿Es que está usted sano ahora?
¿Es que es usted normal? ¿Es que lo que siente es provechoso y bueno para usted?
-Pero ¿qué siento?- respondí, aunque comprendí que el doctor tenía razón.
-Joven, joven- siguió el doctor con un severo tono de voz, como si en estas dos palabras hubiera algo muy humillante para mí- no está usted todavía para poder engañar. Porque lo que lleva dentro lo dice la cara. Pero,¿para qué hablar? Tampoco yo vendría, si no (el doctor apretó los dientes)... si no fuese un loco como usted. Lo único que me sor-prende es cómo usted, con la inteligencia que tiene, no ve lo que está pasando a su alrededor.
-¿Qué es lo que pasa?- pregunté y me replegué a la espera de sus palabras.
El doctor me miró con un aire de ironía compa-siva.
-¡ Estoy bueno yo también!- dijo como si hablase para sí-. ¡Pues sí que hay necesidad de decírselo a él!
En una palabra-añadió, levantando la voz-, el aire que se respira aquí no te conviene. Le gusta estar aquí, bueno ¿y qué? En un invernadero también se está muy bien, pero no se puede vivir allí. Oiga, há-
game caso, empiece otra vez a estudiar el manual de Kaidanov.
Entró la princesa madre y empezó a quejarse al doctor de un dolor de muelas. Luego llegó Zenaida.
-Fíjese usted, doctor- dijo la princesa-, regáñela.
Todo el día está bebiendo agua con hielo. ¿Es que es bueno esto para el pecho tan débil que tiene?
-¿Por qué hace eso?- preguntó Lushin.
-¿Y qué puede pasar?
-Que puede constiparse y morirse.
-¿De veras? Bueno, pues que así sea.
-¡Vaya...!- murmuró el doctor. La vieja princesa se marchó.
-¡Vaya...!- repitió Zenaida-. ¿Es que el vivir es tan divertido? Mire alrededor. ¿Qué me puede decir? ¿Es bueno todo lo que ve? ¿O es que usted cree que yo no lo comprendo, que no lo siento? Me gusta beber agua con hielo y usted quiere conven-cerme seriamente de que una vida así vale tanto como para no arriesgarla por un instante de placer...
no hablo ni siquiera de felicidad.
-De acuerdo. Si, el capricho y la independencia-dijo Lushin-. Estas dos palabras la definen. Todo su ser está en estas dos palabras.
Zenaida rió nerviosamente.
-Sus cartas han llegado tarde, querido doctor.
Observa usted mal, está equivocado. Es en los caprichos en lo que menos pienso ahora. Distraerme con usted, distraerme conmigo misma... ¡vaya una suerte! Y en cuanto a la independencia... monsieur Voldemar, no ponga esa cara tan triste. No aguanto que nadie se compadezca de mí- dijo y se marchó.
-Muy viciado, muy viciado está aquí el aire para usted- me dijo otra vez Lushin.
Capítulo XI
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Por la tarde, en la casa de los Zasequin se reunieron los invitados de costumbre.
La conversación giró alrededor del poema de Maidanov. Zenaida lo elogió sinceramente.
-Pero, ¿sabe qué le digo?- le explicó a Maidanov-. Si yo fuese poeta escogería otros poemas. Puede ser que sean tonterías, pero a veces me vie-nen a la cabeza pensamientos extraños, sobre todo antes de que amanezca, cuando el cielo empieza a ponerse rosa y gris. Por ejemplo... Pero, ¿no se reirá de mí?
-¡No!, ¡no!- gritamos a una voz.
-Yo me imaginaria- dijo, cruzando las manos y mirando hacia un lado- un grupo de chicas jóvenes, de noche, en una gran barca, en un río tranquilo. La luna brillando y ellas vestidas de blanco y cantando un himno.
-Comprendo, comprendo, siga- dijo Maidanov con aplomo y como soñando.
-De repente, en la orilla se oye un alboroto: voces, risas, antorchas, panderos. Es una multitud de bacantes, que corre cantando y gritando. Ahora ya es de su incumbencia pintar el cuadro señor poeta...Sólo que yo quisiera que las antorchas fueran rojas, que echen mucho humo, y que los ojos de las bacantes brillen bajo las coronas de flores. Las coronas tienen que ser oscuras. No se olvide de las pieles de tigre y de las copas, y del oro, mucho oro.
-¿Dónde tiene que estar el oro?– preguntó Maidanov, echando hacia atrás su cabello terso y abriendo las ventanas de su nariz.
-¿Dónde? En los hombros, en las manos, en los pies, en todas partes. Dicen que en la antigüedad las mujeres llevaban anillos de oro en los tobillos. Las muchachas de la bacanal llaman a quienes están en la barca. Han dejado de cantar su himno y no pue-den seguir, pero no se mueven. El río las acerca a la orilla. De repente, una de ellas se levanta despacio... (Esto hay que contarlo bien: cómo se levanta despacio a la luz de la luna, cómo se asustan sus arru- gas...) Salta a la orilla y las bacanales la rodean y se la llevan impetuosamente, desapareciendo en la penumbra de la noche... Imagínese ahora el humo y cómo ya no puede distinguir nada. Sólo queda su corona en la orilla...
Zenaida calló. («¡Oh, está enamorada!» pensé otra vez.)
-¿Y nada más?- preguntó Maidanov.
-Nada más- contestó.
-Eso no puede ser un argumento para un poema- dijo él con aplomo-. Pero aprovecharé su idea para un verso lírico.
-¿En estilo romántico?- preguntó Malevskiy.
-Claro a la manera romántica, a imitación del poeta George Byron.
-Creo que Hugo es mejor que Byron- dijo el conde son suficiencia-. Es más interesante.
-Hugo es un escritor de primer orden- replicó Maidanov-. Mi amigo Toncosheyev en su novela española El Trovador...
-¡Ah!, ¿es ése el libro con los signos de interro-gación al revés?- preguntó Zenaida.
-Sí, así acostumbran a ponerlos los españoles.
Quiero decir que Toncosheyev...
-Bueno, otra vez van a discutir ustedes sobre el clasicismo y el romanticismo- le interrumpió por segunda vez Zenaida-. Mejor vamos a jugar.
-¿A las prendas?- intervino Lushin.
-No, a las prendas es muy aburrido. Vamos a jugar a las comparaciones.
(Este juego lo inventó Zenaida. Se menciona cualquier objeto y cada uno procura compararlo con algo, siendo premiado el que encuentre la mejor comparación.)
Se acercó a la ventana. El sol acababa de ponerse. En el cielo, a gran altura, se veían nubes rojas y alargadas.
-¿A qué se parecen estas nubes?- preguntó Zenaida. A continuación, sin esperar nuestra contesta-ción, prosiguió-: Encuentro que se parecen a las velas purpúreas del barco de oro de Cleopatra, cuando iba al encuentro de Marco Antonio. ¿Se acuerda, Maidanov, de que me lo ha contado hace unos días?
Todos nosotros, como Polonio en Hamlet, di-jimos que las nubes recordaban precisamente estas velas y que nadie podría encontrar una comparación mejor.
-¿Cuántos años tenía entonces Marco Antonio?-
preguntó Zenaida.
-Debería ser joven- dijo Malevskiy.
-Sí, joven- afirmó Maidanov muy seguro.
-Perdón- dijo Lushin-, pero ya había pasado de los cuarenta.
-Los cuarenta- repitió Zenaida, mirándole furtivamente.
Me marché pronto a casa. «Está enamorada, pe-ro ¿de quién?», decían involuntariamente mis labios.
Capítulo XII
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Pasaban los días. Zenaida se volvía cada vez más extraña, más incomprensible. Una vez entré a verla y la encontré sentada en una silla de paja con la cabeza apoyada en el borde afilado de la mesa. Se levantó... Toda su cara estaba bañada en lágrimas.
-¡Ah, es usted!- dijo con una sonrisa cruel-. Venga aquí.
Me acerqué. Me puso la mano en la cabeza y cogiéndome de repente del pelo empezó a tirar de él.
-Me hace daño- dije al fin.
-¡Ah, le hace daño! ¿Y es que a mí no me hace daño? ¿No me hace daño?- repitió.
-¡Ay!- exclamó de repente, al ver que me había arrancado un pequeño mechón de pelo- ¿Qué es lo que he hecho? ¡Pobre monsieur Voldemar!
Estiró con cuidado los pelos que me había arrancado, se los enrolló en el dedo e hizo un anillo con ellos.
-Los voy a meter en mi medallón y los llevaré conmigo- dijo, mientras las lágrimas brillaban todavía en sus ojos-. Esto probablemente le consolará un poco... Y ahora, adiós.
Volví a casa, donde me esperaba un contratiempo desagradable. Mi madre tenía una disputa con mi padre. Le reprochaba algo. Él, según su costumbre, callaba fría y cortésmente y enseguida se marchó.
No pude oír lo que dijo mi madre, ni estaba pa-ra eso, pero sólo recuerdo que, después de haber hablado con mi padre, me mandó llamar a su cuarto y muy disgustada habló de mis frecuentes visitas a la casa de la princesa, que, según sus palabras, era une femme capable de tout, me acerqué para besarle la mano (hacía esto siempre que quería acabar la conversación) y me fui a mi habitación.
Las lágrimas de Zenaida me habían dejado desconcertado. No sabía qué explicación darle al suce- so. Me encontraba a punto de comenzar a llorar, pues a pesar de mis dieciséis años era un niño.
Ya no pensaba en Malevskiy, aunque Belovsorov cada día se hacía más amenazante y miraba al mañoso conde como un lobo puede acechar a un cordero. Me perdía en mis pensamientos y buscaba lugares apartados. Sentía predilección por las ruinas del invernadero. Me subía al alto muro, me sentaba y permanecía sentado tan desconsolado, tan solo y tan triste en mi juventud, que me compadecía de mí mismo. ¡Cuánto me complacían estos sentimientos tristes! ¡Cuánto me deleitaba con ellos!
Una vez estaba sentado en el muro, mirando la lejanía y escuchando el repiqueteo de las campanas...
Sentí que algo se movía imperceptiblemente dentro de mí: no era el soplo del viento, ni el temblor del misterio, sino algo frágil como el aliento, delicado como la intuición de que alguien estaba cerca... Bajé los ojos. Abajo, por el sendero, vestida con un traje ligero de color gris y con una sombrilla rosa que se apoyaba en el hombro, caminaba Zenaida. Me vio, se detuvo y, levantando el borde de su sombrero de paja, alzó hacia mí sus ojos de terciopelo.
-¿Qué hace ahí en las alturas- me preguntó, son-riendo de manera extraña-. Usted- siguió-, que siempre me está diciendo que me quiere..., salte aquí a la vereda, si es verdad lo que me dice.
Aún no había acabado Zenaida de pronunciar estas palabras, cuando ya caía yo desde lo alto, co-mo si alguien me hubiese empujado en la espalda.
El muro tenía unos cuatro metros de altura.
Caí en tierra con los dos pies juntos, pero el golpe fue tan fuerte, que no me pude mantener de pie, me caí y por unos instantes perdí el conocimiento.
Antes de abrir los ojos, sentí a mi lado a Zenaida.
-Mi querido niño- decía inclinándose sobre mí, expresando su voz asustada ternura-. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Cómo pudiste obedecer...? Sí, te quiero... Levántate.
Su pecho respiraba frente al mío, sus manos to-caban mi cabeza.
De pronto- ¡qué maravillosa sensación me invadió entonces!- sus labios suaves, frescos empezaron a cubrir mi rostro de besos... Pero pronto Zenaida debió de darse cuenta, por la expresión de mi rostro, que ya había recobrado el conocimiento, aunque permanecía con los ojos cerrados, pues, poniéndose bruscamente en pie, dijo: -¡Levántese, niño travieso, loco! ¿Qué es eso de estar tumbado sobre el polvo?
Yo me levanté.
-¡ Deme mi sombrilla!- dijo Zenaida-. ¿Sabe dónde la dejé? ¿Por qué me mira así? ¡Vaya tontería que ha cometido! ¿No se ha hecho daño? ¿Le han picado las ortigas? ¡No sé por qué le pregunto todo esto! ¿Por qué me mira?... ¡Pero si no se entera de nada! ¡No dice nada!- prosiguió , como diciéndoselo a sí misma-. ¡Váyase a casa, monsieur Voldemar, y límpiese! Y no venga detrás de mí porque me voy a enfadar y entonces nunca...
Se alejó deprisa sin terminar su discurso. Yo me senté en el camino... No me tenía en pie. Las ortigas me quemaban la cara, me dolía la espalda y sentía mareos, pero la dicha que sentí entonces no la volví a sentir en mi vida.
Era como un dolor dulce diluido por todo mi cuerpo, que acabó en saltos de júbilo y exclamacio-nes de alegría. Efectivamente, era todavía un niño.
Capítulo XIII
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Me sentí tan contento y orgulloso todo aquel día, conservaba tan vivo el recuerdo de los besos de Zenaida en mi cara, recordaba cada palabra suya con tal estremecimiento y éxtasis, celebraba tanto mi inesperada dicha, que hasta sentía pavor de la misma, y no quería ni siquiera ver a la causante de estas nuevas sensaciones. Me parecía que ya no de-bía pedir más al destino, que ahora había de «aspirar bien el aire por última vez y morir». En cambio, al día siguiente, al ir de visita, sentía gran nerviosismo, que en vano procuraba encubrir bajo la máscara de una fingida desenvoltura, muy en consonancia con la actitud de un hombre que quiere dar a entender que sabe guardar los secretos. Zenaida me recibió con naturalidad, sin ninguna emoción. Se limitó a amenazarme con el dedo y a preguntarme si tenía algún cardenal. Toda mi desenvoltura y aire de misterio desaparecieron en un instante y con ellos mi aturdimiento. Naturalmente, no esperaba nada extraordinario, pero la tranquilidad de Zenaida fue como un chorro de agua fría.
Comprendí que para ella era un niño y eso me afligió muchísimo. Zenaida recorría los lugares de la habitación, y me dedicaba una leve sonrisa cada vez que me miraba, pero su pensamiento estaba lejos. Esto lo veía con toda claridad... «¿Le hablaría yo mismo sobre lo de ayer?- pensé-. ¿Le preguntaría a dónde iba con tanta prisa para saberlo ya de una vez?» Pero desistí y me quedé sentado en un rincón.
Entró Belovsorov. Me alegré de su llegada.
-No le he encontrado un caballo manso de montar- dijo en tono severo dirigiéndose a Zenaida-. Freutag me habló de uno, pero no me fío. Tengo miedo.
-¿De qué tiene miedo?- preguntó Zenaida-.
Permítame que se lo pregunte.
-¿De qué? Pues de que no sabe montar. No quiera Dios que le pase algo. ¿Por qué se ha enca-prichado con esta idea?
-Eso ya es cosa mía, monsieur animal mío. Entonces se lo pediré a Piotr Vasilievich... (A mi padre lo llamaban Piotr Vasilievich. Me sorprendió que mencionase su nombre con tanta naturalidad, como si no dudara de que estuviese dispuesto a hacerle ese favor.)
-¡Ah!, entonces ¿es con él con quien quiere montar?- replicó Belovsorov.
-Con él, o con otro. Eso para usted no cuenta.
No es con usted y eso basta.
-Conmigo, no- repitió Belovsorov-. ¡Como usted quiera! ¡Qué le vamos a hacer! De todos modos, le traeré el caballo.
Tenga cuidado y no me traiga una vaca. Le digo de antemano que quiero ir de prisa.
-Vaya al trote si quiere. Con quién va a montar,
¿con Malevskiy?
-¿Y por qué no, guerrero? Bueno, tranquilícese-añadió- y no eche fuego por los ojos. Iré con usted también. Ya sabe lo que siento ahora hacia Malevskiy, ¡uf!- dijo, sacudiendo la cabeza.
-Lo dice para tranquilizarme- murmuró Belovsorov.
Zenaida entornó los ojos.
-¿Eso le consuela? ¡Oh, oh, oh, ¡guerrero- dijo, como si no hubiese podido encontrar otra palabra-.
Y usted, monsieur Voldemar, ¿vendría con nosotros?
-No me gusta ir con demasiada gente...- murmuré sin levantar la vista.
-¿Prefiere tête-à-tête? Bueno, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga- dijo-. Váyase, pues, Belovsorov, a buscar el caballo. Lo necesito para mañana.
-Bien, pero ¿de dónde saldrá el dinero?- dijo la vieja princesa.
Zenaida frunció el ceño.
-A usted no se lo pido. Belovsorov me lo fiará.
-Lo fiará, lo fiará...- gruñó la princesa y de repente gritó a pleno pulmón-: ¡Duniacha!
-Mamá, le he regalado una campanilla- objetó Zenaida.
-¡ Duniacha!- repitió la vieja.
Belovsorov se despidió y yo me fui con él. Zenaida no me pidió que me quedase.
Capítulo XIV
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Al día siguiente me levanté temprano, me hice un bastón y me marché al campo. «Voy a ver si ol-vido penas», me dije a mí mismo. El día era hermoso, despejado y no hacía bochorno: soplaba un aire fresco y juguetón, silbando entre los árboles, pero sin forzar la voz, moviéndolo todo, pero sin in-quietarlo. Paseé durante mucho tiempo por los montes y por los bosques. No me sentía feliz. Salí de casa con el propósito de abandonarme a la tristeza, pero mi juventud, el día espléndido, el aire fresco, el largo paseo, el deleite de tirarse al suelo sobre la tupida hierba influyeron en mi ánimo. Los recuerdos de aquellas palabras inolvidables, de aquellos besos invadieron mi alma. Me gustaba pensar que Zenaida no podría dejar de comprender justamente mi decisión, mi heroísmo... «Para ella otros son mejor que yo- pensaba-. No importa. Por el contrario: otros dicen que lo van hacer y el que lo hizo fui yo... ¡Y qué no sería capaz de hacer por ella...!» Mi imaginación empezó a avivarse. Empecé a pensar cómo la salvaría de las manos de los ene-migos, cómo, desangrado, la sacaría de una mazmo-rra, cómo moriría a sus pies. Me acordé de un cuadro que colgaba en la pared de la sala de estar de nuestra casa: Malec Adel raptando a Matilde... En ese mismo instante me fijé en un pájaro carpintero que cuidadosamente subía por el fino tronco de abedul y miraba con precaución a la izquierda, a la derecha y hacia atrás, como un músico su contra-bajo.
Luego empecé a cantar Nieves blancas, pero me pasé a una romanza, entonces muy popular: «Te espero, cuando el céfiro juguetón...» A continuación, comencé a declamar en voz alta la alocución de Yermak a las estrellas, de la tragedia de Jomia-cov. Intenté componer algo de tipo sentimental. Hasta redacté el estribillo con que debía terminar el poema «Oh, Zenaida, Zenaida», pero no me salió nada más. Mientras tanto, se acercaba la hora de la comida. Bajé del monte al llano. Una senda estrecha y arenosa serpenteaba y conducía a la ciudad. Me fui por la vereda... Oí un ruido sordo de herraduras detrás de mí. Miré hacia atrás, me paré sin querer y me quité la gorra. Vi a mi padre y a Zenaida. Iban juntos. Mi padre le decía algo, inclinándose hacia ella y apoyándose con la mano sobre el crin del caballo. Sonreía. Zenaida le escuchaba taciturna, bajando gravemente los ojos y apretando los labios. Cuando los vi, estaban solos, pero unos instantes después apareció por detrás de un recoveco Belovsorov, vestido con el uniforme de húsar y una cha-quetilla por encima, y montando un caballo negro cubierto de espuma. El animal, un pura sangre, mo-vía la cabeza, resoplaba y se balanceaba rítmica-mente. El jinete lo contenía y le aplicaba las espuelas al mismo tiempo. Me aparté. Mi padre co-gió las riendas con las manos y se erguió. Ella levantó lentamente la vista hacia él y los dos salieron al galope... Belovsrov pasó detrás de ellos haciendo ruido con el sable. «El está rojo como un cangrejo-pensé-. Y ella... ¿por qué está tan pálida? Ha estado montando a caballo toda la mañana, y sin embargo, ¿por qué está tan pálida?»
Me marché a toda prisa y llegué a casa justo antes de empezar la comida. Mi padre se había cambiado de ropa, y, lavado y fresco, estaba sentado al lado de la silla de mi madre y le leía con su voz alta y expresiva un folletón del «Journal des Débats», pero mi madre apenas le prestaba atención. Viéndome a mí, me preguntó dónde había estado todo el día y añadió que no le gustaba la gente que deambula no se sabe por dónde y no se sabe con quién. «Estuve solo», quise contestar, pero miré a mi padre y no sé por qué no abrí la boca.
Capítulo XV
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En los cinco o seis días que siguieron, apenas pude ver a Zenaida. Decía que estaba enferma. Esto no impedía a los visitantes venir a hacer guardia, como decían ellos, todos a excepción de Maidanov, que siempre se desanimaba mucho y empezaba a aburrirse cuando no tenía la oportunidad de entu-siasmarse. Belovsorov se sentaba huraño en un rincón, abrochado de arriba abajo. En el rostro delicado del conde Malevskiy siempre había una sonrisota maliciosa. Efectivamente, había caído en desgracia de Zenaida y con mucho esmero trataba de engatusar a la vieja princesa. Fue con ella en coche a ver al gobernador. Aunque hay que decir que este viaje no fue afortunado, ya que Malevskiy tuvo algunos contratiempos. Le recordaron no sé qué historia con no se sabe qué oficiales de camino y tuvo que decir, al dar explicaciones, que entonces era un inexperto. Lushin venía unas dos veces al día, pero no se quedaba mucho tiempo. Yo le tenía un poco de miedo después de nuestra última conversación, pero al mismo tiempo sentía una atracción sincera hacia él. Una vez nos fuimos a pasear por el jardín de Nescuchnoye. Estuvo muy amable y servi-cial, me decía los nombres y propiedades de las hierbas y flores. Sin más, como suele decirse, gritó, dándose una palmada en la frente:
-¡Y yo, imbécil de mí, que decía que era una coqueta! ¡Por lo visto es grato sacrificarse... para otros!
-¿Qué quiere usted decir?
-A usted no quiero decirle nada- replicó Lushin.
En cuanto a mí, Zenaida trataba de no verme. Mi presencia- no podía dejar de observarlo- le cau-saba una impresión desagradable. Me daba la espalda... sin que ella lo pudiera remediar... Eso era lo amargo del caso, eso era lo que me hacia sufrir. Pe-ro no había nada que hacer. Trataba de que no me viese y sólo intentaba espiarla de lejos, lo que no siempre conseguía. Le seguía pasando algo extraño. Su cara era otra, toda ella era otra. Fue en una tranquila y cálida tarde cuando me sorprendió el cambio operado en ella. Estaba sentado en un banco pe- queño que había debajo de un frondoso saúco. Me gustaba ese sitio. Desde allí se veía la ventana de la habitación de Zenaida. Yo estaba sentado. Sobre mi cabeza, en el sombrío follaje, un pájaro pequeño se movía solícito. Un gato gris, estirando su lomo, entraba furtivamente al jardín. Los primeros escarabajos zumbaban intensamente en el aire, que todavía permanecía transparente, aunque ya carecía de luz. Estaba sentado y miraba a la ventana esperando a que se abriese. Y, en efecto, se abrió y apareció Zenaida. Estaba vestida de blanco y tanto ella como su rostro, hombros y manos eran de una pali-dez de alabastro. Durante un rato permaneció in-móvil. Estuvo observando durante largo tiempo, con la mirada detenida bajo sus cejas fruncidas, ja-más la había visto con una mirada así. Después apretó fuertemente sus manos, se echó hacia atrás los mechones de pelo que le cubrían la oreja, sacudió la cabeza y, con un gesto enérgico, la agachó y cerró la ventana.
A los tres días me vio en el jardín. Quería es-conderme, pero ella misma me detuvo.
-Deme la mano- dijo con el afecto de antes-. Hace mucho que no charlamos.
La miré. Sus ojos brillaban tranquilos. Su rostro sonreía como a través de la niebla.
-¿Sigue enferma?- le pregunté.
-No, ya ha pasado todo- dijo y cortó una pequeña rosa de color rojo-. Me siento un poco cansada, pero pronto se me pasará.
-Y volverá a ser como antes?- le interrogué.
Zenaida acercó la rosa a su cara y me pareció ver el reflejo de los pétalos rojos en su rostro.
-¿Es que he cambiado?- me preguntó.
-Sí, ha cambiado- dije a media voz.
-Le he tratado fríamente, lo sé- empezó Zenaida-, pero no tenía que haber hecho caso de esto...
No podía comportarme de otra forma... Pero para qué hablar de ello.
-¡No quiere que la ame, ésa es la verdad!- grité desesperado en un arrebato incontenible.
-No, ámeme. Pero no como antes.
-¿Y cómo?
-Seamos amigos, si quiere- Zenaida me dio la rosa para que la oliese-. Escuche, soy mayor que usted. Podría ser su tía, de verdad. Bueno, su tía no, pero sí su hermana mayor. Y usted...
-Soy un niño para usted- la interrumpí.
-Bueno, sí, un niño, pero encantador, bueno, listo, a quien quiero mucho. ¿Sabe qué le digo?
Desde hoy le hago mi paje. No olvide que los pajes no deben apartarse nunca de sus señoras. He aquí el signo de su nueva dignidad- dijo ella metiendo la rosa en la solapa de mi chaqueta-. El signo de nuestra benevolencia hacia usted.
-Antes habla recibido de usted otros signos de benevolencia- dije.
-¡Ah!- dijo Zenaida y me miró de reojo- ¡Qué buena memoria tiene! Bien, ahora también estoy dispuesta...
E inclinándose hacia mí, me imprimió en la frente un beso tranquilo y puro.
Antes de que tuviera tiempo de levantar la vista, se dio la vuelta y, diciéndome: «¡Sígame, paje!», marchó en dirección a su casa. La seguí desconcertado.
«¿Será posible que esta joven humilde e inteligente sea la misma Zenaida que he conocido?» Hasta su manera de andar me parecía más pausada, su talle más majestuoso y mejor proporcionado...
Pero, Dios mío, ¡con qué fuerza empezaba a arder de nuevo en mí el amor!
Capítulo XVI
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Después de la comida otra vez se reunieron los invitados en el ala izquierda de la casa. La princesa salió a recibirles. Todos estaban presentes como en aquella primera tarde, inolvidable para mí. Estaba hasta Nirmatskiy. Maidanov había llegado antes que nadie, trayendo unos versos nuevos. Empezó el juego de las prendas, pero ya sin las ocurrencias extra-vagantes de otros tiempos, sin locuras ni ruido; había desaparecido de la velada el elemento gitano. Zenaida había dado un aire nuevo a la reunión. Yo, como su paje, estaba sentado a su lado por derecho propio. Por cierto, propuso que al que le tocara pagar prenda debía contar su sueño. Pero esto no dio resultado. Los sueños, o resultaban poco interesantes (Belovsorov vio en sueños que dio de comer al caballo un cubo de carpas y que el caballo tenía una cabeza de madera), o poco naturales, inventados...Maidanov nos obsequió con toda una novela llena de criptas y sepulcros, ángeles con arpas, flores parlantes y sonidos lejanos... Zenaida no le permitió que acabase.
-Bueno, ya que nos hemos desviado hacia las composiciones- dijo-, pues que cada uno cuente algo inventado.
El primero en hablar debía ser Belovsorov.
El joven húsar se azoró.
-¡No puedo inventar nada!- dijo.
-¡Qué tontería!- contestó Zenaida-. Imagínense que está casado y cuéntenos cómo pasaría el tiempo con su mujer. ¿La tendría encerrada?
-La encerraría.
-¿Y estaría con ella?
-Desde luego que estaría con ella.
-Muy bien. ¿Y si a ella eso le aburriera y lo en-gañase?
-La mataría.
-¿Y si se escapase?
-La alcanzaría y la mataría de todas formas.
-Bueno. Vamos a suponer que yo fuese su mujer, ¿qué haría entonces?
Durante algún tiempo Belovsorov permaneció callado.
-Me mataría a mí mismo.
-Veo que su canción se acaba enseguida.
A Zenaida le tocó pagar la segunda prenda. Levantó los ojos hacia el techo y quedó pensativa.
-Oigan lo que se me ha ocurrido- dijo al fin-.
Imagínense un aposento espléndido, una noche de verano y una fiesta maravillosa. La fiesta la da la joven reina. En todas partes hay oro, preciosos cristales, sedas, fuegos, diamantes, flores, aromas, todos los caprichos del lujo.
-¿Le gusta el lujo?- la interrumpió Lushin.
-El lujo es bonito- le contestó-. Me gusta todo lo bonito.
-¿Más que lo bello- preguntó él.
-Demasiado sutil, no lo comprendo. No me in-terrumpa. Entonces, la fiesta es espléndida. Hay muchos invitados, todos son jóvenes, bellos, va-lientes. Todos están enamorados locamente de la reina.
-¿No hay mujeres entre los invitados?- preguntó Malevskiy.
-No... o espere, sí las hay.
-¿Son todas feas?
-Encantadoras, pero todos los hombres están locos por la reina. Ella es alta, esbelta... y lleva una pequeña diadema de oro sobre su pelo negro.
Miré a Zenaida y en ese instante me pareció más alta que todos nosotros. De su frente de alabastro, de sus cejas inmóviles emanaba una inteligencia tan clara y un poder tal, que pensé: «Tú eres la reina».
-Todos se agrupan en torno a ella. Todos le di-rigen los discursos más halagadores.
-¿Es que a la reina le gusta la adulación?- preguntó Lushin.
-¡Qué hombre tan molesto! No me deja en paz...
¿A quién no le gusta la adulación?
-Una última pregunta. ¿La reina no tiene marido?- dijo Malevskiy.
-No lo he pensado. Un marido, ¿para qué?-
Pues claro- asintió Malevskiy-. ¿Para qué?
- Silence!- dijo Maidanov, que hablaba mal el francés.
- Mercí- le dijo Zenaida-. Entonces, la reina oye los discursos, escucha música, pero no mira a nin-guno de los invitados. Seis ventanas están abiertas de par en par, desde el techo hasta el suelo, a través de las cuales se ve un cielo oscuro cubierto de estrellas refulgentes y el jardín con árboles grandes. La reina mira al jardín. Allí, entre los árboles, hay una fuente blanca, que se deja oír en la oscuridad de la noche. La reina oye, a través del ruido de la conversación y la música, el murmullo del agua. Mira a la fuente y piensa: todos ustedes, caballeros, sois nobles, inteligentes, ricos, estáis a mi alrededor, captáis al vuelo cada palabra mía, estáis dispuestos a morir a mis pies, pues soy vuestra dueña... Pero ahí, al la-do de la fuente, está esperándome aquel a quien yo quiero, el que es mi dueño... No lleva trajes lujosos, ni diamantes. Ni nadie lo conoce, pero me espera y sabe que iré a su encuentro y no hay fuerza en el mundo que pueda impedir que, cuando yo quiera, vaya a verlo y me quede con él y me pierda con él en la oscuridad del jardín, bajo el murmullo de los árboles y el sonido de la fuente...
Zenaida se calló.
-¿Esto es inventado?- preguntó Malevskiy con malicia.
Zenaida ni lo miró siquiera.
-¿Qué hubiésemos hecho nosotros, señores-dijo de repente Lushin-, si hubiéramos estado entre los invitados y conociésemos la existencia de ese hombre feliz de la fuente?
-Un momento, un momento- lo interrumpió Zenaida-. Yo misma les diré lo que haría cada uno.
Usted, Belovsorov, lo desafiaría. Usted, Maidanov, compondría un epigrama... O no, porque usted no sabe hacer epigramas. Compondría un poema largo, al estilo de Barbier y publicaría la composición en
«El Telégrafo». Usted, Nirmatskiy, le pediría prestado... No, le prestaría dinero con interés. Usted, doctor...- ella hizo una pausa-. En lo que toca a usted, no sé lo que hubiese hecho.
-Haciendo uso de mis derechos de médico de la corte-contestó Lushin-, le aconsejaría a la reina que no organizara fiestas si no tiene ningún interés por sus invitados.
-A lo mejor tiene razón. Usted, conde...
-¿Y yo?- preguntó Malevskiy, con su sonrisita de mal agüero.
-Usted le daría un caramelo envenenado.
El rostro de Malevskiy se torció un poco, apareciendo por un instante en su cara una mueca judía.
Pero en seguida empezó a reírse.
-Y en lo que toca a usted, Voldemar...- siguió Zenaida-. Bueno, basta. Vamos a jugar a alguna otra cosa.
- Monsieur Voldemar, en calidad de paje de la reina, le llevaría la cola del vestido cuando saliese corriendo al jardín- dijo Malevskiy maliciosamente.
La sangre se me subió a la cabeza. Pero Zenaida, poniéndome los brazos sobre los hombros en ese mismo instante y levantándose un poco, dijo con voz temblorosa:
-Nunca le di a su alteza el derecho a ser descortés. Por eso le pido que haga el favor de mar-charse.- Hizo con la mano una señal hacia la puerta.
-Perdón, princesa- dijo Malevskiy en voz baja, poniéndose pálido.
-¡La princesa tiene razón!- dijo Belovsorov y también se levantó.
-Le juro que no lo esperaba- siguió Malevskiy-.
Creo que en mis palabras no había nada que... Ni se me pasó por el pensamiento ofenderla... Perdóne-me.
Zenaida le dirigió una mirada glacial y sonrió fríamente.
-Bueno, quédese- concedió, haciendo un gesto displicente con la mano-. Nos hemos enfadado inú-
tilmente con monsieur Voldemar. Si tanto le gusta zaherir... en esta ocasión lo ha conseguido.
-Perdóneme- repitió Malevskiy.
Recordando el gesto de Zenaida, pensé que una reina no podría mostrar con más dignidad el camino de la calle a un descomedido.
El juego de las prendas no duró mucho después de este pequeño incidente. Todos se sentían un po-co incómodos, no tanto por lo ocurrido, cuanto por un sentimiento no del todo determinado, pero que abrumaba a los presentes. Nadie hablaba de ello, pero todos lo advertían dentro de sí mismos y en el pensamiento del vecino. Maidanov nos recitó sus versos. Malevskiy, con afectado entusiasmo, los elogió. «Ahora quiere hacerse el bueno», me dijo Lushin al oído. Poco después nos fuimos. De pronto, Zenaida se puso meditativa. La vieja princesa mandó que nos dijesen que le dolía la cabeza.
Nirmatskiy empezó a quejarse de su reumatismo.
Muy pronto nos fuimos.
Durante mucho tiempo no pude cerrar los ojos ni conciliar el sueño. La historia de Zenaida excitó fuertemente mi imaginación. «¿No habrá en ella una alusión?- me preguntaba-. ¿A quién aludiría? ¿A qué? Y si verdaderamente aludía a alguien, ¿cómo pudo tener el valor de...? No, no, no puede ser»- me decía a mí mismo, cambiando de postura y con las mejillas ardiendo... Pero evocaba la expresión del rostro de Zenaida cuando contaba su historia... Recordaba la exclamación que se le escapó a Lushin en el parque Nescuchnoye y los súbitos cambios de actitud hacía mí, y me perdía en conjeturas. «¿Quién es?- Parecía que estas dos palabras las tenía ante mis ojos, escritas en la oscuridad, y que sobre mí colga-ban como una nube baja y de mal agüero. Sentía su peso y esperaba que de un momento a otro iba a estallar la tormenta. A muchas cosas me había acostumbrado durante la última temporada, muchas cosas había visto en casa de los Zasequin: desorden, restos de velas, cuchillos y tenedores rotos, el tétrico aspecto de Bonifacio, los trajes gastados de las criadas, los ademanes de la vieja princesa... Esa vida extraña ya no me sorprendía... Pero no me podía acostumbrar a lo que intuía oscuramente en Zenaida. «Aventurera» la llamó mi madre al referirse a ella en una ocasión. Mi ídolo, mi deidad, ¡una aventure-ra! Este nombre me quemaba. Quería alejarme de él, escondiéndome bajo la almohada. Me enfurecía...
y al mismo tiempo ¡qué no daría por ser el hombre feliz de la fuente!
La sangre me empezó a arder. «El jardín... la fuente...- Pensé-. Me voy al jardín» Me vestí deprisa y salí fuera. La noche era oscura, los árboles apenas susurraban. Un frío ligero bajaba del cielo, y de la huerta venía un olor a hinojo. Me paseé por todos los caminos. El sonido leve de mis pasos me atemo-rizaba y me daba fuerzas al mismo tiempo. Me detenía, esperaba y oía cómo latía mi corazón con latidos rápidos y fuertes. Al fin me acerqué a la valla y me apoyé en ella. De repente, a varios pasos de mí apareció y desapareció rápidamente la figura de una mujer... ¿Fue una ilusión?... Fijé mi vista en la oscuridad, corté la respiración... ¿Qué es esto? ¿Son pasos que oigo, o son los latidos de mi corazón?
«¿Quién está ahí?»- dije yo con voz apenas perceptible. Y esto ¿qué es? ¿Una risa reprimida?... ¿el murmullo de las hojas?... ¿o el suspiro casi al lado de mi oído? El miedo empezó a apoderarse de mí...
«¿Quién está ahí?»- repetí con una voz aún más baja.
El aire vibró por un instante. Un punto encen-dido trazó una línea de luz: era una estrella que caía.
«¿Zenaida?», quise preguntar, pero la palabra murió en mis labios. Y de repente un profundo silencio se hizo a mi alrededor, tal y como sucede a medianoche... Hasta los grillos cesaron de cantar en los árboles. Sólo se oyó el ruido de una ventana entornada. Estuve quieto durante un rato y luego volví a mi habitación, a mi cama ya fría. Sentía una extraña emoción: como si hubiese ido a una cita y hubiera quedado solo viendo pasar la dicha de otro.
Capítulo XVII
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Al día siguiente pude ver a Zenaida sólo durante unos instantes. Se fue a no sé dónde con la vieja princesa. Pero vi a Lushin, que por cierto apenas se dignó saludarme, y también a Malevskiy. El joven conde movió los labios en una sonrisa y empezó a hablar conmigo amistosamente. De los visitantes de Zenaida era el único que había podido introducirse en nuestra casa y conquistar la confianza de mi madre. Mi padre no lo soportaba y le hablaba con una cortesía insultante.
-¡Ah!, Monsieur le page empezó Malevskiy-. Encantado de verle. ¿Qué hace su bella reina?
Su rostro de color lozano y de bellas facciones me era tan antipático y me miraba con un aire tan despectivo, que no le contesté.
-¿Todavía está usted enfadado?- prosiguió-. No tiene usted razón. No he sido yo el que os ha nom-brado paje, y son las reinas las que tienen pajes por lo general. Pero permítame que le diga que cumple mal con su obligación.
-¿Por qué?
-Los pajes no tienen que dejar a sus señoras ni a sol ni a sombra. Los pajes tienen que saber todo lo que hacen. Hasta tienen que observarlas- dijo él, bajando la voz- de día y de noche.
-¿Qué quiere usted decir?
-¿Qué quiero decir? Pues creo que hablo claro.
De día y de noche. De día todavía puede pasar. De día hay luz y pasa mucha gente. Pero de noche es cuando nos acecha el peligro. Le aconsejo no dormir por las noches y observar, observar sin descan-so. Acuérdese: en el parque, de noche, al lado de la fuente..., ahí es donde hay que estar al acecho. Me dará las gracias.
Malevskiy rió y se volvió de espaldas. Al principio no di mucha importancia a lo que me dijo. Te-nía la reputación de un buen mistificador y era conocido por su habilidad en hacer juegos de misti-ficación en los bailes de máscaras, a lo que ayudaba mucho esa falsedad, casi inconsciente, que impreg- naba todo su ser... Quiso burlarse un poco de mí, pero cada palabra suya se infiltraba como veneno en todos mis poros. La sangre se me subió a la cabeza.
«¡Ah, de modo que esas tenemos!- me dije a mí mismo-. Maravilloso, Esto quiere decir que no en balde sentía la necesidad de ir al jardín. ¡No lo permitiré!- dije, dándome un golpe en el pecho con el puño, aunque a decir verdad no sabía qué era lo que no iba a permitir- Ya sea Malevskiy el que venga de visita (puede haberse ido de la lengua, pues es lo suficientemente descarado) o cualquier otra persona (la valla de nuestro jardín es baja y no hay dificultad en saltarla), se acordará muy bien de mí el que lo haga. No le aconsejo a nadie verse conmigo cara a cara... Demostraré a todo el mundo y a ella la traidora (al fin la llamé traidora) que sé tomarme la venganza por mi mano.»
Me fui a mi habitación, saqué del cajón de mi escritorio una pequeña navaja de fabricación inglesa, que acababa de comprar, y frunciendo el ceño me la metí en el bolsillo con cara de fría y concentrada decisión, como si no se tratase de nada nuevo ni extraño para mí.
Un impulso malicioso me levantó el corazón y me lo petrificó en el pecho. Hasta que cayó la tarde no desapareció el fruncimiento de ceño, ni tampoco despegué los labios. Iba de una lado para otro, con la navaja oculta en el bolsillo, apretándola en la ma-no y preparándome de antemano para algo terrible.
Estos desconocidos sentimientos llamaron tanto mi atención, que puede decirse que casi no pensaba en Zenaida. Me venía a la imaginación Aleco, el joven gitano. «¿A dónde vas, bello joven? Yace ... » y luego: «Estás cubierto de sangre... ¿Qué has hecho?...
Nada...» ¡Con qué cruel sonrisa repetía este «nada»!
Mi padre no estaba en casa, pero mi madre, que desde hacía algún tiempo estaba en un estado per-manente de sorda irritabilidad, que no la dejaba casi ni un momento, se fijó en mi semblante fatal y me dijo a la hora de la cena:
-¿Por qué refunfuñas como un ratón ante un montón de grano?
Yo me limité a sonreír condescendientemente y pensé: «¡Si lo supieran!» Dieron las once. Me marché a mi habitación, pero no me desvestí. Esperaba la llegada de la medianoche. Por fin dieron las doce.
«¡Ya es hora!», dije. Casi sin abrir la boca, abrochándome todos los botones y hasta arremangándome, salí al jardín.
Escogí de antemano el sitio donde me pondría al acecho: era al final del jardín, donde la valla que dividía nuestra propiedad de la de los Zasequin ter-minaba en un muro común y había un abeto solita-rio. Oculto por su ramaje bajo y espeso podía observar cómodamente en la medida en que lo permitiera la oscuridad de la noche todo lo que pa-sara a mi alrededor. Allí mismo serpenteaba un camino, que siempre me pareció misterioso. Como una culebra, se metía por debajo de la valla, que en ese sitio conservaba las huellas de pies que habían saltado por encima de ella, y conducía a una glorieta rodeada de un tupido ramaje de acacias. Llegué a donde estaba el abeto, me apoyé en el tronco y me puse al acecho.
La noche era tan tranquila como el día anterior.
Pero en el cielo había bastante menos nubes y las siluetas de los arbustos, hasta de las flores altas, se distinguían mejor. Los primeros momentos de la espera fueron agobiantes, casi aterradores. ¡Estaba dispuesto a todo! Sólo pensaba qué haría cuando llegara el momento. Gritaría: «¿A dónde vas?
¡Quieto! ¡O lo confiesas o te mato!» ¿O asestaría el golpe sin más? Cada sonido, cada susurro, cada murmullo, me parecía lleno de sentido profundo, fuera de lo común... Estaba preparado... Me incliné hacia adelante... Pero pasó media hora, pasó una hora... Mi sangre se calmaba y se entibiaba. La idea de que todo esto era en vano, que era hasta ridículo, que Malevskiy me había gastado una broma empezó a adueñarse de mí. Dejé mi lugar de vigilancia y di una vuelta por el jardín. Como si todo en la natura-leza se hubiese puesto de acuerdo, no se oía ningún ruido. Todo estaba tranquilo. Hasta el perro dormía hecho un ovillo a la entrada. Me subí a las ruinas del invernadero. Vi ante mí el campo lejano, recordé mi encuentro con Zenaida y quedé pensativo.
De pronto, me estremecí... Me pareció oír cómo chirriaba una puerta que se abría. Luego, un ligero crujido de una ramita rompiéndose. En dos saltos bajé de las ruinas y me quedé quieto en el sitio. En el jardín se oían claramente unos pasos ligeros y rá-
pidos, pero cautelosos... Se acercaban hacia mí.
«¡Aquí está..., aquí está al fin!», cruzó como un rayo por mi corazón. Saqué precipitadamente la navaja del bolsillo y convulsivamente la abrí. Unas chispas rojas empezaron a aparecer en mis ojos. De miedo y rabia empezó a erizárseme el cabello. Los pasos se orientaban derechos hacia mí. Yo estuve quieto, esperando... Apareció un hombre... ¡Dios mío! ¡Era mi padre!
Lo conocí en el acto, aunque iba embozado en una capa oscura y con el sombrero encasquetado hasta los ojos. Pasó de puntillas delante de mí. No me vio, aunque nada me ocultaba, pero me contraje y encogí tanto, que hasta creo que me igualé con la tierra. El celoso Otelo, dispuesto a asesinar, se con-virtió de repente en un escolar. La aparición de mi padre me asustó tanto, que ni siquiera me di cuenta en los primeros instantes de dónde venía ni hacia dónde desapareció. Sólo entonces, después de la sorpresa, me levanté y pensé: «¿Por qué estará mi padre de noche en el jardín?» Pero ya estaba todo tranquilo alrededor. A causa del miedo se me había caído la navaja en la hierba, pero ni siquiera intenté buscarla. Estaba muy avergonzado. Poco a poco volví en mí. Pero al regresar a casa me acerqué a mi pequeño banco, situado bajo un arbusto de saúco, y miré a la ventana de la habitación de Zenaida. Los diminutos cristales de la pequeña ventana despedían una tenue luz azul bajo el débil reflejo que caía del cielo. De repente su color empezó a cambiar... De-trás de los cristales (lo veía, lo veía claramente) co- menzó a descender una cortina blanca, hasta que bajó totalmente y quedó inmóvil.
-¿Qué ha sucedido?- dije en voz alta, casi involuntariamente, cuando me vi otra vez en mi habitación-. Un sueño, una casualidad, o...
Las conjeturas que empezaron a surgir en mi fantasía eran tan nuevas y tan extrañas, que hasta carecía de valor para meditarlas.
Capítulo XVIII
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Me levanté por la mañana con dolor de cabeza. Las emociones de la víspera estaban lejanas. En su lugar vino una perplejidad penosa y una tristeza que antes no había conocido. Era como si algo muriese en mí.
-¿Por qué parece un conejo al que le han extraí-do la mitad del cerebro?- me dijo al verme Lushin.
Durante el desayuno miraba furtivamente unas veces a mi padre y otras a mi madre. Como siempre, él estaba tranquilo, y ella, según costumbre, en estado de secreta irritación. Esperaba que mi padre me hablase amistosamente como lo hacía de vez en cuando... Pero ni siquiera me hizo su fría caricia de todos los días. «¿Se lo cuento todo a Zenaida?- pensé-. ¡Qué más da ya! Todo ha terminado entre nosotros.» Me fui a verla, pero no sólo no le conté nada, sino que ni siquiera la pude ver como yo hubiese deseado. El hijo de la princesa, un cadete de unos doce años, había llegado de San Petersburgo para pasar las vacaciones. Enseguida Zenaida me encomendó el cuidado de su hermano.
-Aquí os presento- dijo, dirigiéndose a su hermano- a mi querido Volodia (me llamaba así por primera vez), gran amigo mío. También él se llama Volodia. Quiéralo, por favor. Todavía es un salvaje, pero tiene buen corazón. Llévelo a Nescuchnoye, pasee con él, tómelo bajo su protección. ¿Verdad que lo hará? ¡También usted es tan bueno!
Puso cariñosamente sus manos sobre mis hombros y yo me quedé desconcertado. La llegada de este niño me convertía en niño a mí también. Miraba sin decir palabra al cadete, que tan silencioso como yo me miraba a mí. Zenaida rió y nos empujó al uno hacia el otro.
-¡Dense un abrazo, niños!-. Nos dimos un abrazo.
-¿Quiere ir conmigo al jardín?- le pregunté al cadete.
-Como usted quiera- dijo él con voz silbante, enteramente de cadete.
Zenaida volvió a reír. Tuve tiempo de fijarme que nunca su rostro había tenido un color tan ma-ravilloso. El cadete y yo nos marchamos. En el jardín había un columpio viejo. Le hice sentar en una tabla estrecha y empecé a columpiarlo. Estaba sentado inmóvil, con su uniforme de paño grueso con anchas cintas doradas, agarrando fuertemente las cuerdas del columpio.
-Pero desabróchese el cuello- le dije.
-No importa, estamos acostumbrados- dijo y to-sió un poco.
Se parecía a su hermana, sobre todo en los ojos.
Me resultaba agradable ocuparme de él, pero al mismo tiempo aquel dolor sordo seguía royendo mi corazón. «Ahora, efectivamente, soy un niño- pensaba-, pero ayer...» Me acordé del sitio donde el día anterior perdí la navaja y la encontré. El cadete me la pidió, cortó un tallo grueso, se hizo un silbato y empezó a silbar. Otelo también tocó un poco el instrumento.
¡Pero cómo lloraba por la tarde ese mismo Otelo en los brazos de Zenaida, cuando encontrándolo en un rincón del jardín le preguntó por qué estaba tan triste? Las lágrimas irrumpieron con tal fuerza, que Zenaida se asustó. «¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa, Volodia?»- repetía y, viendo que no contestaba y seguía llorando, intentó, intentó darme un beso en la mejilla mojada. Pero volví la cara y dije, tratando de sofocar los sollozos:
-Lo sé todo. ¿Por qué jugó conmigo como con un juguete? ¿Qué falta le hacía mi amor
-Soy culpable ante usted, Volodia- dijo Zenaida-
. ¡Ah, soy muy culpable...!- dijo y apretó las manos-.
¡Cuánto de malo, oscuro, pecaminoso, hay en mí...!
Pero ahora no juego con usted, lo quiero. Usted mismo no puede suponer por qué y cómo... Pero...
¿qué es lo que sabe?
¿Qué podía decirle? Estaba delante de mí y me miraba. Y yo le pertenecía todo entero, desde la cabeza hasta los pies, cuando me miraba... Un cuarto de hora después ya estaba corriendo y jugando con el cadete y Zenaida. No lloraba. Reía, aunque de los párpados, un poco hinchados, caía al reírme una lágrima. En el cuello, en vez de la corbata, llevaba una cinta de Zenaida. Grité de alegría cuando pude alcanzarla. Hacía conmigo lo que quería.
Capítulo XIX
Índice
Me vería en una situación muy difícil si me pi-dieran que contase lo que me sucedió la semana que siguió a mi expedición frustrada. Fue una temporada extraña, llena de nerviosismo, un verdadero caos en el que sentimientos opuestos, pensamientos, sospechas, esperanzas, alegrías y sufrimientos se arremolinaban en un torbellino. Me daba miedo verme por dentro, si es que un niño de dieciséis años puede mirar en su interior. Me daba miedo tomar conciencia de cualquier cosa. Simplemente procuraba vivir el día desde la mañana hasta la tarde. Pero de noche dormía, ya que la irresponsabili-dad infantil me ayudaba a ello. No quería saber si yo era amado, y no quería confesarme a mí mismo que no me querían. Trataba de no ver a mi padre, pero a Zenaida no podía dejar de verla... En su presencia sentía como si un fuego me quemase. Pero, ¿para qué necesitaba saber qué fuego era ese que me hacía arder y derretirme, si era tan dulce arder y derretir-se? Me dejaba llevar por todas las emociones y me engañaba a mí mismo. No permitía que los recuerdos me invadiesen y cerraba los ojos a lo que presentía habría de suceder en el futuro... Esta languidez no podía durar mucho... Un suceso ines-perado hizo que todo cesase y que las cosas toma-sen otro rumbo.
Cuando un día volví para comer después de un paseo bastante largo, me enteré con asombro de que comería solo, que mi padre se había marchado y que mi madre estaba indispuesta. No quería comer y se había encerrado en su dormitorio. Por la cara de la servidumbre intuí que algo extraordinario ha-bía sucedido. No me atrevía a preguntar, pero tenía un amigo, el joven cocinero Felipe- muy aficionado a los versos y que tocaba muy bien la guitarra-, a quien me dirigí. Por él supe que se había producido una disputa terrible entre mis padres (en la habitación de la servidumbre femenina se oía todo, hasta la última palabra; gran parte de la conversación fue en francés, pero Masha, la doncella de mi madre, había vivido cinco años con una modista en París y lo comprendía todo); que mi madre había acusado a mi padre de infidelidad, de relacionarse con la señorita vecina, y que mi padre intentó primero justifi-carse y luego no se pudo contener y a su vez pronunció no sé qué palabras muy crueles (parece que sobre su edad), por lo que mi madre se puso a llorar. Supe que mi madre habló de una letra de cambio extendida a favor de la vieja princesa, según decía, y que habló muy mal de ella y también de la joven señorita, y que entonces mi padre hasta la amenazó.
-Y toda esta situación- seguía Felipe- ha sido ocasionada por una carta anónima. No se sabe quién la ha escrito. Si no es así, ¿cómo hubiesen podido salir a la luz del sol cosas como éstas, si no hay razón para ello?
- Pero, ¿es que ha habido algo?- dije con dificultad, sintiendo que las manos y los pies se me he-laban y que algo en mi pecho empezaba a temblar.
Felipe hizo un guiño significativo.
Sí. Eso no hay manera de ocultarlo. ¡Cuidado que ha sido su padre cauteloso esta vez, pero siempre hay que encargar un coche o lo que sea...! No se puede prescindir en estos casos de la gente.
Dije a Felipe que se marchara y me tiré en la cama. No prorrumpí en sollozos, no me dejé llevar por la desesperación, no me pregunté cómo y cuán-do pudo ocurrir eso, no me sorprendí, como lo hubiese hecho antes, de no haber sido capaz de adivinarlo hace tiempo... Ni siquiera murmuré de mi padre. Lo que supe era superior a mis fuerzas. Esta súbita revelación me aplastó... Todo había terminado. Todas mis flores habían sido arrancadas de un tirón y yacían a mi alrededor, tiradas por el suelo y pisoteadas.
Capítulo XX
Índice
Al día siguiente mi madre anunció que volvía a la ciudad. Por la mañana mi padre entró en su dormitorio y estuvo mucho tiempo encerrado con ella. Nadie pudo oír lo que le dijo, pero después de la entrevista mi madre ya no seguía llorando. Se tranquilizó y pidió que le trajesen de comer, pero no apareció en la sala y no revocó la orden. Me acuerdo de que estuve vagando toda la tarde, pero no entré en el jardín y no miré ni una sola vez hacia el ala de los Zasequin. Por la tarde fui testigo de un aconte-cimiento extraordinario. Mi padre llevó a Malevskiy, cogiéndolo del brazo, hasta la puerta de salida, atravesando la sala. En presencia del lacayo le dijo fríamente:
-Hace unos días que a su alteza, en una casa, le enseñaron la puerta de salida. Ahora no voy a entrar en explicaciones con usted, pero tengo el honor de comunicarle que, si me honra con su visita otra vez, lo tiraré por la ventana. No me gusta su letra. El conde se inclinó, hizo crujir los dientes, y agaza-pado desapareció.
Empezaron los preparativos del viaje a Moscú, a Arbat, donde teníamos la casa. Mi padre, por lo visto, tampoco quería permanecer más tiempo en la dacha. Pero, al parecer, supo convencer a mi madre para que no armase un escándalo. Todo se hacía con sigilo, sin prisas incluso mi madre envió a un criado para que saludase a la princesa y le comuni-case que por su estado de salud no podía verla antes de marchar. Yo vagaba como un enajenado y sólo quería una cosa: que terminase todo cuanto antes. Una cosa no lograba comprender. ¿Cómo ella, una chica joven, buena y princesa después de todo, ha-bía podido decidirse a eso, sabiendo que mi padre no era un hombre libre, y pudiendo casarse, si hubiese querido, con Belovsorov? ¿Qué era lo que ella esperaba? ¿Cómo no temió sacrificar su futuro? Sí, pensaba, eso sí que es amor, eso sí que es pasión, eso sí que es fidelidad. Y recordaba las palabras de Lushin: «¡Qué dulce es sacrificarse! ¡Dulce... para otros!» Una vez pude ver en la ventana del ala de la casa una mancha pálida. «¿Será posible que eso sea el rostro de Zenaida?», pensé... Efectivamente, era su rostro... No pude resistir más. No podía dejarla sin decirle el último adiós. Busqué una oportunidad y me fui a verla.
En la sala me recibió la vieja princesa con su saludo de siempre, indiferente y descortés.
-¿Por qué se marchan tan, precipitadamente?-dijo metiéndose rape en ambos agujeros de la nariz.
La miré y me tranquilicé. La palabra «letra de cambio» que dijo Felipe me martirizaba. No sospe-chaba nada, por lo menos así me parecía. Zenaida apareció por la habitación de al lado, vestida de negro, pálida, con el cabello suelto. Me cogió de la mano y me invitó a seguirla.
-Oí su voz- empezó- y salí inmediatamente.
¿Tan fácil era para usted abandonarnos niño malo?
-Vine a despedirme de usted, princesa- contesté-. Probablemente, para siempre. Ya habrá oído que nos vamos.
Zenaida me miró fijamente.
-Sí, lo sé. Gracias por haber venido. Pensaba que ya no lo vería jamás. No me guarde rencor. A veces lo he hecho sufrir, pero no soy como usted se imagina.
Se dio la vuelta y se apoyó en la ventana.
-De verdad que no soy así. Sé que no tiene buen concepto de mí.
-¿Yo?
-Sí, sí, usted.
-¿Yo?- repetí tristemente y mi corazón empezó a vibrar otra vez bajo la acción de su encanto irresistible e inexpresable-¿Yo? Créame, Zenaida Alexandrovna, que haga usted lo que haga, me martirice como me martirice, la querré y la adoraré hasta el fin de mis días.
Ella se volvió hacia mí rápidamente y, extendiendo las manos, abrazó mi cabeza y me dio un beso fuerte y apasionado. Sólo Dios sabe a quién buscaba ese beso largo de despedida, pero participé ávido de su dulzura, porque sabía que no se volvería a repetir: «¡Adiós, adiós!», repetía.
Me apartó y salió de la habitación. También yo me fui. No soy capaz de expresar el sentimiento con que me marché. No quisiera que se repitiese, pero me consideraría infeliz, si no lo hubiese experimen-tado nunca.
Nos fuimos a vivir a la ciudad. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que pude olvidarme del pasado y ponerme a trabajar. Lentamente mi herida se iba curando. Pero contra mi padre no tenía ningún resentimiento. Al contrario, había crecido mi estima-ción hacia él. Que los psicólogos expliquen esta contradicción como mejor puedan. Una vez iba por uno de los bulevares y topé, para gran satisfacción mía, con Lushin. Lo quería por su carácter abierto y sin doblez; además, me era caro por lo que evocaba en mí. Me fui corriendo hacia él.
-Ah- dijo frunciendo el ceño-. ¿Es usted, joven?
Déjeme que lo vea. Está todavía un poco mal de cara, pero ya no hay tristeza en los ojos. Ya parece usted un hombre y no un perro faldero. Eso está bien. ¿Trabaja?
Suspiré, No quería mentirle, pero me daba vergüenza decirle la verdad.
-Bueno, no importa- siguió Lushin-. No se de-sanime. Lo principal es vivir como Dios manda y no dejarse llevar por las pasiones. ¿Para qué? Te lleve donde te lleve la ola, siempre irás de mal en peor. El hombre tiene que estar firme sobre sus pies, aunque sólo sea encima de una piedra. Yo parece que estoy un poco enfermo. En cambio, Belovsorov... ¿pero sabe lo que le ocurrió?
-No ¿Qué ha pasado?
-Desapareció. Dicen que se fue al Cáucaso. Una lección para usted, joven. Y todo es por no saber despedirse a tiempo. Usted parece que no ha salido mal parado esta vez. Tenga cuidado, no se deje atrapar otra vez. ¡Adiós!
«No me atraparán- pensé-. No la veré jamás»
Pero quiso el destino que viese a Zenaida una vez más.
Capítulo XXI
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Mi padre salía diariamente a darse un paseo a caballo. Tenía un magnífico ejemplar de pura sangre, de raza inglesa, de cuello fino y patas largas, desbordante de energía y de muy mal carácter. Se llamaba Eléctrico. Sólo mi padre sabía dominarlo. Una vez entró a verme de muy buen humor, cosa que hacía tiempo no sucedía con él. Quería salir de paseo y ya se había puesto las espuelas. Empecé a pedirle que me llevase con él.
-Mejor es que juguemos al juego de saltacabri-llas- me contestó mi padre-. Porque con tu caballo alemán no creo que puedas alcanzarme.
-Claro que puedo. Me pondré también espuelas.
-De acuerdo, entonces.
Nos pusimos en camino. Tenía un caballo mo-ro, muy peludo, muy fuerte de pies y bastante veloz. Es verdad que tenía que esforzarme mucho cuando Eléctrico iba al trote, pero no me quedaba rezagado a pesar de todo. Jamás vi un jinete como mi padre. Montaba con tanta gracia y con agilidad desdeñosa tal, que parecía que el caballo que tenía debajo apre-ciaba estas cualidades y hacía alarde de su jinete. Pasamos los bulevares, visitamos el Devichye Pole, saltamos varias veces alguna valla (al principio, me daba miedo saltar, pero mi padre despreciaba a los pusilánimes, por lo cual dejé de temer), pasamos dos veces el río Moscova y ya pensaba que volveríamos pronto a casa, puesto que mi padre había observado que mi caballo estaba cansado. De repente, se desvió a un lado cuando estábamos en el vado Krimsquiy Brod y siguió por la orilla del río. Lo seguí. Cuando llegamos a un montón apilado de troncos viejos, saltó ágilmente de Eléctrico, me mandó que bajase y, dándome las riendas de su caballo, me pidió que lo esperase allí mismo, al lado de los troncos. Habiéndome dicho esto, torció por una callejuela lateral y desapareció. Empecé a andar arriba y abajo llevando detrás de mí los caballos y riñendo con Eléctrico, que en plena marcha de vez en cuando sacudía la cabeza, se quitaba el polvo, resoplaba, relinchaba y, cuando paraba, escarbaba la tierra con la pezuña y mordía relinchando a mi caballo alemán en el cuello. En una palabra, se com-portaba como un pursang mimado. Mi padre no volvía. Del río llegaba un vaho húmedo y desagradable. Comenzó a caer una lluvia menuda que pintó de puntitos minúsculos los troncos en cuya proxi-midad deambulaba. Ya me había aburrido más de lo que hubiese querido. No podía más y mi padre no acababa de venir. Un guardia urbano finlandés, también gris de arriba abajo como los troncos, con un enorme chacó en forma de tiesto sobre su cabeza y con un alabarda en la mano (¡qué falta hacía un guardia urbano en la orilla del río Moscova!) se me acercó y torciendo hacia mí su cara de anciano llena de arrugas, dijo:
-¿Qué hace aquí con los caballos, señorito? Déjeme que les eche una ojeada.
No le contesté. Mi pidió tabaco. Para que me dejara tranquilo (también la impaciencia me acucia-ba) di unos cuantos pasos en la dirección que se había ido mi padre. Luego recorrí la pequeña boca-calle hasta el final, doblé la esquina y me paré. En la calle, a unos cuarenta pasos de mí, al lado de la ventana de una casita de madera, vuelto de espaldas, estaba mi padre. Se apoyaba con el pecho en el marco de la ventana. En la casita, medio oculta por la cortina, había una mujer sentada, vestida de negro, que hablaba con mi padre. Esa mujer era Zenaida. Me quedé de una pieza. Esto sí que no lo esperaba. Mi primer impulso fue el de salir corriendo. «Mi padre se dará la vuelta y entonces estoy perdido», pensé, pero un sentimiento extraño, más fuerte que la curiosidad, más fuerte inclusive que los celos, más fuerte que el temor, me hizo permanecer donde estaba. Empecé a observar, haciendo esfuerzos por oír alguna palabra. Parecía que mi padre insistía en algo. Zenaida se negaba. Como si fuese ahora, veo su rostro triste, serio, bello y con un sello de lealtad, melancolía y amor, imposible de ser descrito... Y también de desesperación. No puedo encontrar otra palabra. Pronunciaba palabras monosilábicas, sin levantar la vista y sólo sonreía, sumisa y obstinada. Sólo por esa sonrisa reconocí a mi Zenaida de otros tiempos. Mi padre movió los hombros y se puso bien el sombrero, lo cual era en él una señal de que empezaba a perder la paciencia... Luego pude oír unas palabras. « Vous devez vous séparer de cette…» Zenaida se levantó y tendió la mano... De repente, algo insólito ocurrió ante mis ojos: mi padre levantó el látigo con el que estaba sacudiéndose el polvo de los faldones de su chaqueta y se oyó un golpe seco que cayó sobre la mano descubierta hasta el codo. Me costó trabajo contener el grito. Zenaida se estremeció, miró silenciosa a mi padre y, levantando lentamente su mano hacia sus labios, besó la cicatriz roja. Mi padre tiró el látigo, subió veloz las gradas del pequeño porche y entró en la casa... Zenaida dio la vuelta y, extendiendo las manos, inclinó la cabeza hacia atrás y también se apartó de la ventana.
Encogido por el susto, con el horror de lo incomprensible en el corazón, corrí hacia atrás y, después de haber retrocedido por la callejuela y de haber dejado a Eléctrico detrás de mí, me volví a la orilla del río. No podía comprender nada. Sabía que mi padre, aunque frío y dueño de sí mismo, a veces se dejaba llevar por arrebatos de furor. A pesar de esto no podía entender qué es lo que había visto...Pero en ese mismo instante comprendí que viviese lo que viviese me sería imposible olvidar, durante toda la eternidad, el movimiento, la mirada y la sonrisa de Zenaida. Comprendí que su imagen, esa imagen nueva que súbitamente se me había aparecido, quedaría grabada para siempre en mi memoria. Miraba estúpidamente al río y no me daba cuenta de que las lágrimas se me estaban cayendo. «La están pegando- pensaba-, pegando... pegando...»
-¿Qué te pasa? ¡Dame el caballo!- oí detrás de mí la voz de mi padre.
Le di automáticamente las riendas. Montó sobre Eléctrico... El caballo, un poco resfriado, se enca-britó y dio un salto de unos tres metros... pero mi padre lo dominó muy pronto. Le metió las espuelas y le dio un golpe con el puño en el cuello...
-¡Demonio, no tengo látigo!- murmuró.
Recordé el silbido y el golpe del látigo que había oído hace unos instantes y me estremecí.
-¿Dónde lo has perdido?- le pregunté a mi padre un poco después.
Mi padre no me contestó y lanzó el caballo al galope. Lo alcancé. Quería ver su cara.
-Te habrás aburrido solo- dijo abriendo apenas la boca.
-Un poco. Pero, ¿dónde has perdido el látigo?-
le pregunté otra vez.
Me lanzó una mirada rápida.
-No lo he perdido- dijo-. Lo he tirado.
Se puso meditabundo y bajó tristemente la cabeza. Y sólo entonces, por primera y última vez, pude ver cuánta ternura y compasión podían expresar sus rasgos severos.
Otra vez lanzó el caballo al galope, pero yo no pude alcanzarlo. Llegué a casa un cuarto de hora después.
«Esto sí que es amor- me decía una y otra vez, cuando de noche estaba sentado al lado de mi mesa de trabajo, en la que empezaron a aparecer los cuadernos y los libros-. ¿Cómo no indignarse, cómo soportar un golpe, de cualquier mano, aunque sea la más querida? Pero parece que sí puede ser, si amas...» Y yo... ¿yo qué pensaba...?
El último mes me hizo envejecer, y mi amor, con sus emociones y sufrimientos, me pareció a mí mismo algo pequeño, pueril, insignificante ante la dimensión desconocida del otro amor, sobre el cual apenas podía hacer conjeturas. Me asustaba como un rostro desconocido, bello pero amenazante, al que en vano te esfuerzas por ver en la penumbra.
Un sueño extraño y espantoso tuve esa misma noche. Me pareció entrar en una habitación oscura de techo bajo... Mi padre está con un látigo en la mano dando patadas en el suelo. En el rincón, acu-rrucada, está Zenaida con una cicatriz roja no en la mano, sino en la frente... Detrás de ellos, todo cu- bierto de sangre, se yergue Belovsorov, que abre sus labios pálidos y amenaza furioso a mi padre.
Dos meses después ingresé en la Universidad, y medio año después mi padre murió (de un ataque) en Petersburgo, donde acababa de llegar con mi madre y conmigo. Días antes de morir recibió una carta de Moscú, que le emocionó profundamente...
Entró a pedir no sé qué a mi madre y, según me dijeron, él, ¡mi padre!, hasta lloró. El mismo día que tuvo el ataque por la mañana empezó una carta diri-gida a mí, redactada en francés. «Hijo mío- me escribía-, teme al amor de una mujer, teme esa dicha, ese veneno... Mi madre, después de su muerte, en-vió una importante cantidad de dinero a Moscú.
Capítulo XXII
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Pasaron unos cuatro años. Acababa de terminar la carrera y no sabía todavía a ciencia cierta qué iba a ser de mí, a qué puerta iba a llamar. Mientras tanto, paseaba sin hacer nada. Un día por la tarde vi en el teatro a Maidanov. Ya se había casado y conseguido un empleo, pero él no había cambiado. Se emocionaba lo mismo que antes, cuando no venía a cuento se deprimía con la misma rapidez.
-¿Sabe- dijo, como quien no quiere la cosa- que la señora Dolskiy está aquí?
-¿Qué señora Dolskiy?
-¿Es que no se acuerda? La que fue la princesa Zasequin, de la que estábamos enamorados todos, incluso usted. ¿Se acuerda? En la dacha, en frente de Nescuchnoye...
-¿Está casada con Dolskiy?
-Sí.
-Y ¿está aquí, en el teatro?
-No, está en Petersburgo ha venido aquí hace unos días. Luego viajará al extranjero.
-¿Quién es su marido?- pregunté.
-Un chico estupendo. Y rico. Estamos emplea-dos en el mismo departamento en Moscú. Comprenderá que después de lo que pasó... Usted debe saberlo todo muy bien (Maidanov sonrió misteriosamente). No le fue fácil casarse. La cosa tuvo sus consecuencias... Pero con su inteligencia todo es posible. Vaya a verla. Se alegrará mucho de verlo. Está aún más hermosa.
Maidanov me dio las señas de Zenaida. Estaba alojada en el hotel Demut. Recuerdos de otros años empezaron a revivir en mí. Me prometí visitar a mi pasión pretérita al día siguiente. Pero tuve que hacer algo urgente y pasó una semana, luego otra y, cuando al fin me acerqué al hotel Demut y pregunté por la señora de Dolskiy, supe que había muerto inesperadamente cuatro días antes, al dar a luz.
Algo me golpeó el corazón. La idea de que po-día haberla visto y no la vi y el pensamiento amargo de que no la vería nunca más me fustigaban con toda la fuerza de un justo reproche. «¡Ha muerto!», repetía mirando estúpidamente al portero.
Me puse a caminar sin rumbo fijo. Todo lo que había significado para mí salió otra vez a la superfi-cie y se puso ante mis ojos. La muerte había sido la solución, la meta hacia la que había ido acelerando el paso una vida joven apasionada, brillante y llena de emoción. Esto iba pensando. Me imaginaba sus rasgos tan queridos, sus ojos, su pelo, encerrados en una caja angosta, en la húmeda oscuridad de la tierra, aquí mismo, cerca de mí, que todavía vivo, y probablemente a varios pasos de mi padre. Pensaba todo esto, esforzando la imaginación, mientras que los versos
« De labios indiferentes escuchaba la nueva de la muerte Y la oía con indiferencia...»
resonaban en mi alma. ¡Oh juventud, juventud!, nada te importa. Te parece poseer todos los tesoros del universo y hasta la tristeza te es agradable. Eres engreída y soberbia. Dices: «ved, soy la única que vivo», y, sin embargo, tus días también pasan y de-saparecen sin dejar rastro apenas. Todo lo que hay de ti desaparece, como la cera al sol, como la nie-ve... Y quién sabe si el misterio de tu encanto está no en la posibilidad de hacerlo todo, sino en la po- sibilidad de pensar que todo lo harás; está en que derrochas inútilmente las fuerzas que de todos modos no hubieses sabido emplear en otra cosa; está en que cada uno de nosotros piensa completamente en serio que ha sido un derrochador, que completamente en serio se imagina que tiene derecho a decir: ¡Lo que hubiera hecho si no hubiese desperdiciado el tiempo!
Y heme aquí, preguntándome qué esperaba, en qué confiaba, qué porvenir tan brillante se me pre-sentaba, después de acompañar con un suspiro, con un sentimiento triste el fantasma de mi primer amor, que apareció por un instante.
¿Qué se ha cumplido de todo aquello que esperaba? En este momento, cuando sobre mi vida em-piezan a cernirse las sombras de la tarde, ¿qué otra cosa me queda más lozana y más querida que los recuerdos de esa tormenta matinal de primavera que tan deprisa pasó?
Pero creo que me calumnio injustamente. Tampoco entonces, en aquel tiempo irresponsable de la juventud, fui sordo a esa voz triste que clamó por mí, esa voz solemne que me llegó desde la tumba. Me acuerdo de que unos días después de enterarme de la muerte de Zenaida, yo mismo, dominado por una irresistible fuerza de atracción, asistí a la muerte de una pobre viejecita que vivía en la misma casa que nosotros. Cubierta de harapos, acostada sobre duras tablas, con un saco por almohada moría, tras sufrir una penosa agonía. Pasó toda su vida en una lucha constante con la miseria de cada día. No vio nunca días alegres y no probó la miel de la felicidad. ¡Cómo no iba a alegrarse de que haya llegado la muerte, la libertad, el reposo! Y no obstante, mientras su decrépito cuerpo resistía, mientras su pecho se levantaba bajo la mano de hielo que la oprimía, mientras no la abandonaron sus últimas fuerzas, la viejecita se persignaba y decía con voz apenas perceptible: «¡Dios mío, perdóname los pecados...!» Sólo con la última chispa de conciencia desapareció de sus ojos la expresión de miedo y horror ante la muerte. Y recuerdo que aquí, ante el lecho de esta pobre viejecita, sentí miedo por Zenaida y quise re-zar por ella, por mi padre y por mí.
1860
Nido de Hidalgos
Índice
Contenido
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
XXXVI
XXXVII
XXXVIII
XXXIX
XL
XLI
XLII
XLIII
XLIV
EPILOGO
I
Índice
Era al declinar de un hermoso día de primavera; acá y allá flotaban en las altas regiones del cielo nubecillas de color de rosa, que parecían perderse en las azules profundidades, más bien que cernerse por encima de la tierra.
Delante de la ventana abierta de una linda casa situada en una de las calles exteriores de la capital del gobierno de O... (la historia pasa en 1842), estaban sentadas dos mujeres, una de las cuales podía tener cincuenta años, y la otra setenta. La primera se llamaba María Dmítrievna Kalitine. Su marido, ex-procurador del Gobierno, conocido, en su tiempo, como hombre muy listo para los negocios, carácter decidido y em-prendedor, de un natural bilioso y obstinado, había muerto hacía diez años. Recibió una buena educación e hizo sus estudios en la Universidad; pero, nacido en una condición muy precaria, comprendió desde muy pronto la necesidad de hacerse una carrera y conquistarse una modesta fortuna. Ma-ría Dmitrievna se casó con él por amor; no era feo, tenía talento y sabía, cuando quería, mostrarse muy amable. María Dmitrievna (Pestoff por su nombre de soltera) perdió a sus padres en temprana edad. Pasó muchos años en un colegio de Moscú; y, a su vuelta, fijó su residencia en su aldea hereditaria de Pokrosfsk, a 50 verstas de O... con su tía y su hermano mayor. Este no tardó en ser llamado a Petersburgo para entrar en el servicio, y hasta el día en que murió repentinamente, tuvo a su tía y a su hermana en un estado de humi-llante dependencia. María Dmitrievna heredó Pokrosfsk, pero no vivió allí mucho tiempo, Al segundo año de su matrimonio con Kalitine, que había logrado conquistar su corazón en algunos días, Pokrosfsk fue cambiado por otra posesión de rentas más considerables, pero sin nada que la hiciera agradable, y desprovista de habitación. Al mismo tiempo compró Kalitine una casa en O... donde se fijó definitivamente con su mujer. Junto a la casa extendíase un gran jardín, contiguo por un lado a los campos que rodean la población. «De este modo había dicho Kalitine, poco aficionado a disfrutar el tranquilo encanto de la vida campestre,- es inútil ir al campo.» María Dmitrievna echó mucho de menos, en el fondo de su corazón, su lindo Pokrosfsk, con su alegre torrente, sus vastos prados, sus frescas sombras; pero jamás contradecía a su marido, y profesaba un profundo respeto a su talento y al conocimiento que tenía del mundo. En fin, cuando él murió, después de quince años de matrimonio, dejando un hijo y dos hijas, María Dmitrievna estaba ya acostumbrada de tal modo a su casa y a la vida de la ciudad, que ni siquiera pensó en salir de O...
María Dmtrievna había pasado, en su juventud, por una linda rubia; a los cincuenta todavía tenían encanto sus rasgos, aunque hubiese engruesado algo. Era menos buena que sensible, y conservaba en edad madura los defectos de una colegiala; tenía el carácter de un niño mimado, era irascible, y hasta lloraba cuando se trastornaban sus costumbres; por el contrario, era amable y graciosa cuando se satisfacian sus deseos y no se le contradecía. Su casa era una de las más agradables de la población. Poseía una bonita fortuna, en la que entraba por menos la herencia paterna que las economías del marido. Sus dos hijas vivían con ella; su hijo estaba educándose en uno de los mejores establecimientos de la corona, en Petersburgo.
La anciana señora, sentada a la ventana al lado de María Dmitrievna, era aquella misma tía, hermana de su padre, con la cual había pasado antes algunos años solitarios en Pokrosfsk. Llamábase Marpha Timofeevna Pestoff. Pasaba por una mujer singular, tenía un espíritu independiente, decía a todo el mundo la verdad cara a cara, y, con los recursos más exiguos, organizaba su vida de tal modo, que hacia creer que podía gastar millares de pesos. Había detestado cordialmente al difunto Kalitine, y así que su sobrina se casó con él, se retiró a su aldea, donde vivió diez años en la casa de un campesino, en una choza ahumada. Su sobrina le temía. Pequeña, de aguda nariz, cabellos negros y ojos vivos, que aún conser-vaban su brillo en la vejez, Marpha Timofeevna andaba de prisa, se mantenía erguida, y hablaba clara y rápida-mente, con voz vibrante y aguda. Llevaba constantemente un gorro blanco y un casaquín blanco también.
-¿Qué tienes, hija mía?- preguntó de pronto a María Dmitrievna.- ¿Por qué suspiras así?
-No es nada- respondió la sobrina.- ¡Qué hermosas nubes¡
-¿Te gustan, eh?
María Dmitrievna no contestó.
-¿Por qué no viene Guedeonofski?- murmuró Marpha Timofeevna, moviendo rápidamente las largas agujas.
-(Trabajaba en una gran banda de lana hecha a punto de media.) Suspiraría contigo o diría alguna tontería.
-¡Qué severa es usted con él! Serguei Petrowitch es un hombre respetable.
-¡Respetable! -repitió con acento de reproche Marpha Timofeevna.
-¡Cuánto quería a mi difunto marido!- dije ¡María Dmí-
trievna- ¡No puedo pensar en ello sin enternecimiento!
-¡Hubiera estado bueno que obrara de otro modo! Tu marido lo sacó del fango por las orejas -refunfuñó la anciana.
Y las agujas aceleraron su movimiento.
-¡Tiene un aire tan humilde! -continuó Marpha Timofeevna.
-Su cabeza está completamente blanca; y, sin embargo, no abre la boca más que para decir una mentira o un chisme.
¡Y siendo así, es consejero de Estado! Por lo demás, ¿qué se puede esperar del hijo de un sacerdote?
-¿Quién está sin pecado, tía mía? Convengo en que tiene ese lado débil. Serguei Petrowitch no ha recibido educación; no habla el francés, pero, dispénseme usted que se lo diga, es un hombre encantador.
-¡Sí, te lame las manos! Que no hable el francés, no es gran desgracia... Yo misma no estoy muy fuerte en ese dia-lecto. Valdría más que no hablase ninguna lengua, pero que dijera la verdad. Bueno, por ahí viene; tan pronto como se habla de él, asoma -añadió Marpha Timofeevna, echando una mirada a la calle.- ¡Míralo como viene a grandes zancadas tu hombre encantador! ¡Qué largo es! ¡Una verdadera cigüe-
ña!
María Dmitrievna se arregló los bucles. Marpha Timofeevna la miró con ironía.
-¿Qué te pasa, querida? ¿Acaso un cabello blanco? Hay que reñir a tu Pelagia, para que vea mejor.
-Siempre será usted la misma, tía- murmuró María Dmitrievna con despecho.
Y comenzó a repiquetear con los dedos en el brazo del sillón.
-¡Serguei Petrowitch Guedeonofski!- anunció con voz aguda un lacayito cosaco de coloradas mejillas, apareciendo en la puerta.
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