Kitabı oku: «Del silencio como porvenir»

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Ivonne Bordelois

Del silencio como porvenir



Bordelois, IvonneDel silencio como porvenir. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012.E-Book.ISBN 978-987-599-217-71. Teoría Literaria. I. TítuloCDD 801

© Libros del Zorzal, 2010

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 5

Del silencio como porvenir | 7

Ciencia y literatura: ¿un diálogo de sordos? | 17

Poesía en tiempos de crisis | 28

El fin de las incertidumbres | 39

Traducir, transportar, transmitir lenguas | 42

La canción en la infancia: un bosquejo de educación sentimental | 55

Cuentas y cuentos | 72

Amar las palabras | 85

El lenguaje entre la poesía y el poder | 88

Pido la palabra | 97

Prólogo

A partir de la publicación de La palabra amenazada (Bordelois, 2003), un diálogo pareció abrirse con quienes comparten conmigo la fascinación por la palabra y se afligen e indignan por las afrentas que sufre en nuestra sociedad y nuestro tiempo. En ese diálogo –que afortunadamente prosigue sin interrupciones–, intervienen docentes, escritores, músicos, traductores, médicos. En las muchas ocasiones en que se me invita a compartir reflexiones con estos diversos grupos, se establece algo así como un lenguaje común en el que la amistad y la lucidez predominan por sobre ideologías y prejuicios, y se instala una felicidad que parece desembocar en una cierta esperanza. El amor por la palabra es un puente de extraordinaria resistencia sobre las aguas turbulentas de una historia tan difícil como la nuestra. Comprobar esa resistencia, esa belleza con la que podemos identificarnos y fortalecernos, es una de las pocas puertas abiertas a la confianza en nosotros mismos y en nuestro destino como nación.

En este libro, que ha contado con el apoyo y las sugerencias de mi editor, Leopoldo Kulesz, he reunido diversas conferencias, ponencias, conversaciones o reflexiones que se dieron dentro de este encuadre. El hilo conductor es siempre la indagación por la palabra, la apuesta por su fuerza vital. No he querido despojar a estos textos de algunas de las referencias circunstanciales que respondían a las distintas audiencias que los evocaron, por gratitud a mis huéspedes y por lealtad a los ambientes que me brindaron su inspiración y acogida en esas ocasiones. No hay recompensa más alta para un escritor que la de sentirse parte de la conciencia profunda de su grupo y de su progreso, en un proceso de interpretación y encauzamiento que nos concierne y nos alimenta a todos. Vaya, por lo tanto, el agradecimiento a mis generosos huéspedes y a todos aquellos que, con su atención indeclinable, vuelven posible y manifiesto el resplandor de la palabra.

Del silencio como porvenir

Para comenzar, quisiera decir –y esto es un homenaje a Narcisa Hirsch, quien me ha convocado aquí1– que no deja de asombrarme, con un asombro feliz, que en esta Buenos Aires tan ensordecida, desmantelada y desfondada a la que asistimos actualmente, haya quien se anime a juntarnos para hablar, experimentar, disfrutar y celebrar al silencio, para meditarlo.

Max Picard, recopilador de un precioso libro llamado El mundo del silencio (1954), dice que cuando dos dialogan, si dialogan de verdad, hay siempre un tercero que escucha, y éste es el silencio. Y es verdad que de ciertos diálogos muy especiales que recordamos con particular ahínco, lo que más recordamos, a veces, es, justamente, la muy particular calidad de silencio que los subyacía, que los puntuaba. Así como “la luz es sólo luz en la memoria de la noche”, según decía con sabiduría Alejandra Pizarnik, la palabra sólo es palabra en el recuerdo del silencio. Mucho de la fatiga que a veces nos postra en los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir viene de esa contaminación permanente del palabrerío con que los medios desacralizan y degradan no sólo las palabras, sino también toda posibilidad del silencio y, por ende, toda posibilidad de verdadero diálogo.

Los seres humanos diferimos en nuestros lenguajes y en nuestras estéticas, pero somos todos sensibles a ese acorde del silencio que nos reúne a todos en un significado que va más allá de los sentidos: el silencio es, en realidad, el único idioma verdaderamente universal.

Podemos empezar preguntándonos cuál es la estirpe, cuál es el prestigio del silencio entre nosotros, sobre cuál de sus aspectos cabe meditar en particular, para que pueda cumplirse esta suerte de curiosa ceremonia que consiste en reunirnos a su alrededor para hablar de él.

Se me ocurre como respuesta, para empezar, que lo que rodea al niño antes de nacer, y lo que la muerte teje alrededor de nosotros después de la partida, son regiones sustraídas a la palabra, a la palabra consciente. Es decir, aquello que precede y signa a nuestra vida (ese “no saber adónde vamos ni de dónde venimos” de Rubén Darío) es en realidad un blanco total, un silencio puro. Como me decía Miguel Mascialino mientras conversábamos sobre esto: es curioso que las experiencias que suelen narrar quienes han estado muy próximos a la muerte, pero que acaban por volver a la vida, coinciden en describir un túnel con una abertura luminosa al fondo, en donde se encuentra gente que nos espera. La identidad de esta imagen con la experiencia del recorrido del recién nacido en el parto a lo largo del útero, rumbo a la primera luz, es patente.

El silencio sería entonces, para nosotros, una manera de comunicarnos con lo previo a nuestro nacimiento y posterior a nuestra muerte, en la experiencia de cada uno de nosotros; la posibilidad de visitar ese lugar inexplicable que nos precede y nos continúa; el lugar prohibido donde nos prolongamos, misteriosamente, hacia el pasado y el futuro. Por eso, cuando el silencio aparece y detiene o cristaliza o exalta nuestra experiencia, o bien, despoja súbitamente de secuencia y coherencia a nuestra vida cotidiana o ciudadana, tan inmersa en la palabra, el sonido o el ruido, es como si ese antes y ese después misterioso se nos presentaran con toda su potencia, su magia y su ambivalencia, a veces como una canción de cuna en blanco o una mortaja apaciguadora; otras veces como puro, aterrador y amenazador no ser, una pregunta abierta, una apoteosis sorda del no-sentido.

Pienso, por ejemplo –para adentrarme en mi tema específico–, en aquello que caracteriza a la mejor poesía, en el sentido de aquella que se graba de forma indeleble en nosotros de modo que, la hayamos memorizado o no, la reconocemos siempre de inmediato; queda viva para siempre entre nosotros. Esa gran poesía se singulariza, precisamente, porque parece ir y venir de ese silencio prenatal y posmortal, retirando de él un agua inefable.

Aquella eterna fuente está escondida

que bien sé yo do tiene su manida

aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no lo tiene

mas sé que todo origen de ella viene

aunque es de noche.

San Juan de la Cruz

Al iluminar nuestra existencia desde esos manantiales de silencio que la rodean, que la subyacen, esos poemas nos devuelven o nos empujan a un más allá de nuestros límites, a esos recuerdos que son premoniciones y a esas premoniciones que son recuerdos de otra existencia. Esos poemas saben de nuestras dimensiones desconocidas, tanto en lo temporal como en lo espacial y lo emocional, y nos reconducen suave y fuertemente a tomar contacto con ellas. De manera que esta poesía, que es restauradora, reparadora y terapéutica entre todas, va y viene del silencio y crea una suerte de intangible silencio alrededor de nosotros, dentro de nosotros; algo así como un precioso espacio absoluto donde simultáneamente todo es y todo vuelve a renacer (y, en particular, es el lenguaje quien renace; y nosotros con él). Esta paz que encierra el silencio es invocada desde las lenguas y literatura más remotas:

¿Adónde se ha ido mi alma? Vuelve a casa, vuelve a casa. Ha partido lejos hacia el sur, al sur de los pueblos que están al sur de nosotros. Vuelve a casa, vuelve a casa.

¿Adónde se ha ido mi alma? Vuelve a casa, vuelve a casa. Ha partido lejos hacia el este, al este de los pueblos que están al este de nosotros. Vuelve a casa, vuelve a casa.

¿Adónde se ha ido mi alma? Vuelve a casa, vuelve a casa. Ha partido lejos hacia el norte, al norte de los pueblos que están al norte de nosotros. Vuelve a casa, vuelve a casa.

¿Adónde se ha ido mi alma? Vuelve a casa, vuelve a casa. Ha partido lejos hacia el oeste, al oeste de los pueblos que están al oeste de nosotros. Vuelve a casa, vuelve a casa.

Canto esquimal, según Rasmussen

Recopilado por Max Picard (1954)

Este es un poema que parece querer conjurar la tentación de una fuga centrífuga y reclama una interioridad, un regreso al sí mismo: “Vuelve a casa, vuelve a casa”. De algún modo, por su disposición cardinal, me hace recordar la poderosa figura de esta instalación donde también, al estar expuestos a una dispersión infinita a través del viento planetario de la Patagonia, nos retrotraemos a un deseo de intimidad y nos vemos impulsados, por necesidad, a un contacto profundo con nuestro silencio central.

Otras voces que me resultan particularmente silenciosas en la poesía son las de dos escritores muy diferentes, pero que sin embargo convergen en ciertas zonas muy especiales y nocturnas de lo sensible y lo espiritual: Rainer Maria Rilke, el gran poeta checo, y nuestra memorable Alejandra Pizarnik. Del primero quiero recordarles este poema:

Quien ahora está llorando en el mundo

Sin motivo está llorando en el mundo

Llora por mí.

Quien ahora está riendo en el mundo

Sin motivo está riendo en el mundo

Ríe por mí.

Quien ahora camina en el mundo

Sin motivo camina en el mundo

Camina hacia mí.

Quien ahora está muriendo en el mundo

Sin motivo muere en el mundo

Me está mirando.

Hora Grave

Y de la segunda:

No

Las palabras no hacen el amor

Hacen la ausencia

Si digo agua, ¿beberé?

Si digo pan, ¿comeré?

En esta noche en este mundo

Extraordinario silencio el de esta noche

Lo que pasa con el alma es que no se ve

Lo que pasa con la mente es que no se ve

Lo que pasa con el espíritu es que no se ve.

¿De dónde viene esta conspiración de invisibilidades?

En esta noche, en este mundo

En el primer poema sentimos la conexión poderosísima con el mundo de los vivos y los muertos, y sentimos que todo el poema está escrito desde el silencio cósmico que ese contacto implica; el segundo es un poema metafísico, donde Pizarnik retoma un tema de Hegel, en el sentido de que las palabras no designan las cosas, sino que las remplazan. La noche de las palabras crea ese extraordinario silencio, esa soledad despiadada donde el poeta avanza sin cosas ni certezas en una conspiración de invisibilidades, de ausencia total de sentido. Noche oscura del alma, según San Juan de la Cruz, y también del cuerpo.

En este sentido, es interesante encontrar ciertas correspondencias en todas las poéticas del universo con respecto a las imágenes más frecuentes para reflejar, para traducir el silencio. En todas las lenguas y las tradiciones que conozco, el silencio se relaciona con la noche –que es, en cierto modo, el momento en que los colores y las formas callan–, mientras que la palabra se asocia con la luz. Pero también hay que reconocer que todas las místicas del silencio señalan no tanto la amortiguación de la expresión o de los sonidos, sino el respeto por la verdad irreductible de lo indecible, la veneración por ese espacio anterior que preludia la libertad de todo lo posible, el amor de todo lo deseable e inefable:

Quedéme y olvidéme

el rostro recliné sobre el Amado

cesó todo y dejéme

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

Noche oscura del alma

San Juan de la Cruz

Este es un poema absolutamente silencioso. Un hermoso texto de Gelman dice que prefiere como poeta a San Juan de la Cruz porque “además de decir lo que dice, dice lo que calla”. Las palabras no se escuchan, sino que se beben de un solo trago y nos dejan azorados, calmos, iluminados por dentro.

Cuando se escribe desde el silencio, las palabras desaparecen, y esto es lo que pasa aquí. Todo ocurre en el misterio; misteriosamente se sabe, desde el comienzo, que un reino de luz nos está aguardando, no se sabe desde quién o desde dónde; en todo caso, desde antes que empezara el poema mismo, en el silencio. El abrirse y cerrarse de este poema es absoluto; viene y va al silencio y produce silencio a su alrededor, un silencio de asombro maravillado.

Pero no sólo en el mundo de la poesía mística encontramos este acorde, esa música callada de la que nos hablan los poetas españoles. He recogido otros momentos que me parecen particularmente silenciosos en la gran poesía universal para compartirlos con ustedes. Un poeta japonés, Oshima Ryota, en un perfecto haiku, nos dice:

No hablan palabra

el anfitrión, el huésped

y el crisantemo.

Neruda, por su parte, canta:

Y su vestido suena, callado como un árbol.

Y el primer Borges, el tan mal leído Borges de Luna de enfrente, susurra:

Suave como un sauzal está la noche.

Y Baudelaire murmura:

Entend, ma chère, entend

la douce nuit qui marche.

(Oye, mi querida, oye

la dulce noche que camina.)

Estos versos, creo que para todos nosotros, evocan la magia de esa irrupción suave y solemne del silencio.

Un gran poeta se reconoce porque nunca ocupa con su voz el espacio total del poema, sino que deja siempre lugares silenciosos alrededor de él y dentro de él; grietas por las cuales el poema escapa y puede hablarnos con otra voz, acaso con nuestra propia voz. Así sucede con estos poemas orientales:

Blancas nubes viajan por el cielo.

Altas laderas de los montes

Nos separan, y todo debe yacer.

Hondos valles se abren entre nosotros.

El camino es áspero y lejano.

Yo te ruego que no mueras.

Poema chino

Fiesta de flores.

Acompañando a su madre

Un niño ciego.

Bashô

Y este hermoso poema de la gran poeta rusa Marina Tsvetaeva, que quisiera transcribir primero en francés, idioma en que lo leí, para después traducirlo:

La vie n’est pas bruit ni orage.

Elle est ainsi: il neige,

la maison est éclairée.

Quelqu’un s’approche.

Lentement, la sonnerie étincelle.

Il entre. Lève les yeux.

Pas un bruit.

Les icones flambent.

(La vida no es ruido, ni tormenta.

Ella es así: nieva,

la casa está iluminada.

Alguien se acerca.

Lentamente titila la llamada.

Entra. Levanta los ojos.

Ningún ruido.

Los iconos llamean.)

Este es un poema donde el silencio llega a una suerte de absoluto que vuelve invisible todo lo que ocurre, salvo una suerte de misteriosa luz que recorre la nieve. Pero hay que ser un gran poeta para lograr esta suerte de desapariciones mágicas.

El silencio que se evoca aquí no es ausencia de sonido, sino conciencia de lo indecible. El poema, al igual que el descubrimiento científico, es el contacto con esa frontera de lo nunca dicho hasta entonces, de lo insospechado. Al retroceder esa frontera, paradójicamente, el mundo de lo no dicho no se reduce, sino que va creciendo. Esto es así porque la sabiduría humana es una aventura de la perforación de las tinieblas que produce más y más luz y paralelamente, más y más tinieblas, más y más adivinación de la dimensión indetenible de las tinieblas. Tinieblas que se van ensanchando alrededor de ese haz de luz que avanza infatigable. Un poema que toque la frontera pura del silencio, el hilo mismísimo, frágil y delgado de lo indecible –los hay muy pocos de ese calibre– se reconoce porque se graba instantáneamente en la memoria, como la pequeña bandera que flamea en el polo para anunciar la presencia de los descubridores.

Acaso la misión de la poesía sea encontrar y dar a luz sólo a aquellos raros poemas que, en vez de generar más palabras en nosotros, nuevas palabras, palabrerío de la crítica, diálogo interior incesante, conduzcan, en cambio, a ese espacio insospechado donde podamos estar quietos, encontrándonos con una nueva forma de silencio que posibilite esa escucha profunda, cada vez más urgentemente necesaria. Aquello que se hace en nombre del silencio tiene la infinita gracia de lo que no se rinde a ideologías, modas, propagandas o gestos convencionales, porque desistir de la palabra es dejar de lado todas estas servidumbres. Esa frescura, esa libertad son hoy más que nunca necesarias, porque en momentos de gran fatiga y confusión, como los que ahora atravesamos, un silencio de esta calidad es el gaje de nuestra esperanza. Como lo ha dicho Durrell: “Todo depende de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea”. Esta exposición, que ha ofrecido tan hermosas y nutricias imágenes del silencio, es una señal valiente y un testimonio de espléndida pureza en ese sentido.

Ciencia y literatura: ¿un diálogo de sordos?

Me atrevo aquí a ofrecerles, más que una ponencia, una suerte de testimonio personal de lo que significa, en mi propia experiencia, ese cruce de saberes que hoy nos convoca.

En el llamado a este encuentro2 se nos ha dicho que la división entre ciencia y cultura está en crisis.

Cualquier segmentación rígida del saber representa un considerable obstáculo epistemológico. [...] Las ciencias son un producto fundamental de la cultura contemporánea, y sus implicancias adquieren una envergadura tal –para la vida de los hombres y la supervivencia de la especie–, que se hace imprescindible el cruce de discursos que contribuyan a la construcción de sentido y al resguardo ético que el momento reclama. Sin que las especificidades de cada área del conocimiento se vean amenazadas, la circulación de ideas y un enriquecedor intercambio mutuo alimentarán la creación de la novedad cultural3.

Quisiera detenerme aquí en lo que se llaman “las especificidades de cada área de conocimiento” y la posible reacción de estos campos ante la amenaza de otras áreas de conocimiento circundantes. Es verdad que, una vez sustituida la metafísica por el horizonte del racionalismo científico que nos rodea, la especialización es la clave maestra que confiere respetabilidad y crédito a las investigaciones, ya sean estas humanísticas u otras. Pero también es cierto que con la especialización se fortifican las ciudadelas cada vez más aisladas del campo científico contemporáneo, orgullosas de sus jergas mutuamente impenetrables. En lugar de criticar, todas ellas celebran la Babel irrefrenable que van generando con sus fronteras cada vez más escarpadas e inaccesibles.

Sin embargo, es bueno recordar que la revolución más importante que todos estamos viviendo, la de la informática, con sus denunciados peligros y sus glorias venideras, procede de la convergencia de dos ciencias altamente especializadas, la electrónica y la lógica digital, unidas en un proyecto común: la emergencia del mundo computacional. Y de aquí parto para preguntarme si existen otros casos de convergencia tan lograda en el campo de las posibles coincidencias entre humanidades y ciencias duras.

Recuerdo, por ejemplo, los tiempos del estructuralismo; una metodología seductora con visos formales más rigurosos que los utilizados hasta entonces en las humanidades, que en los años sesenta atravesó los campos de la lingüística, la antropología y la teoría literaria, para ser desplazada luego por otras corrientes. Fue en verdad una suerte de explosión transversal que sugería simetrías y ordenaba con un rigor en cierto modo estético, y por eso doblemente persuasivo, muchas intuiciones que se encontraban dispersas en esas áreas. Un texto fascinante y paradigmático de esa época es el célebre análisis del soneto de Baudelaire, Les chats, hecho por Lévi-Strauss y Jakobson (1962). Allí aparecía una verdad nueva y arrebatadora para quienes habíamos estudiado lingüística sin enterrar nuestra pasión por la literatura y, en particular, por la poética. Bajo ese filtro potente y enriquecedor, la arquitectura del formidable poema nos deparaba no pocas sorpresas, gracias a los nuevos significados que se desprendían de sus ecos, simetrías y aliteraciones, como castillos con torres y ventanas de ordenamiento implacable y deslumbrante.

Y aquí voy a la relación entre literatura y lingüística, que para mí fue, por cierto, conflictiva y que más que un cruce alguna vez amenazó con volverse una suerte de descuartizamiento. Si se me permite aquí un bosquejo existencial autobiográfico para ubicar con más claridad mi relato, puedo decir que tuve la suerte de no haber dudado nunca de mi orientación vocacional: desde muy niña supe que me interesaban, ante todo y más allá de todo, las palabras. Pero en mí batallaban dos instintos: por una parte, el que busca en la palabra la radiografía íntima, la osatura estructural, el porqué de su tejido sintáctico y fonético, el entramado misterioso de la infinita posibilidad de sus combinaciones; y por otra parte, el instinto que ve en el lenguaje una manifestación de lo absoluto, ese aleteo indefinible que es la poesía, la magia de evocaciones sonoras que van aproximando lo indecible y haciendo retroceder las fronteras de lo expresable: ese lugar donde todo es posible, en el decir de Alejandra Pizarnik.

Por eso, cuando llegaba a los últimos años de mi carrera de Filosofía y Letras, puesta en la encrucijada de orientarme hacia la literatura –historia y crítica literaria– o bien hacia la lingüística, la elección se fue haciendo cada vez más difícil y tortuosa. La literatura brillaba a mi alrededor con indudables prestigios: Borges enseñaba en la Facultad, los escarceos entre Sur y Contorno anunciaban tiempos de polémicas vivientes y prometedoras, una variedad de revistas de primer nivel nos acercaban a escritores marxistas, al cristianismo revolucionario del hombre nuevo, a la nouvelle vague; despuntaba el boom latinoamericano, la poesía estallaba en las primeras mesas de las librerías, y leíamos a Kafka, a e. e. cummings junto con Lukács y Simone Weil. Pero la lingüística no era menos promisoria: el estructuralismo europeo y el americano –muy distintos entre sí– iban haciendo progresos cruciales, y se anunciaba ya en el horizonte la estrella naciente de Chomsky y su teoría transformacional, que revolucionaría el paradigma lingüístico del siglo xx.

La juventud puede ser amiga del rigor hasta lograr cierto fanatismo: si bien la literatura que circulaba por Buenos Aires en ese entonces me deslumbraba –y con razón–, los estudios que ofrecía la Facultad en materia de teoría literaria me entusiasmaban mucho menos. En el momento de recibirme, el camino que se me ofrecía más despejado y riguroso era el de la lingüística; era también el más desafiante y exigente para mis ganas de lenguaje, de nuevas visiones de lenguaje. Y ese fue el camino que elegí, naturalmente.

El primer choque que me advirtió de que mi corazón literario podía encontrarse en peligro en las garras de la lingüística lo recibí en París, adonde fui con una beca que destinaba a estudios salomónicamente distribuidos entre literatura y lingüística. El choque se llamó nada menos que Alejandra Pizarnik, alguien que había soslayado desdeñosamente la Facultad porque creía –con sobrada razón– en sus propias facultades. Y estas eran, en efecto, facultades de lectura que yo llamaría mediúmnicas: una manera de instalarse centralmente en un texto sin dejarse engañar por aparatajes hermenéuticos de ningún tipo, un modo de apuntar al corazón de la palabra central de un Mallarmé, de un Rimbaud, de un simple romance español, para después desplegarla en toda su desnudez y riqueza primordial.

Con Alejandra –que era algo menor que yo– fue mucho lo que aprendí, pero acaso más importante lo que desaprendí, la distancia que tomé con respecto a la vanidad del falso conocimiento que con tanto peso nos abruma y nos aleja de lo cierto, es decir, de nuestra propia sed y hambre de verdad y belleza. Fue una imborrable lección, una lección providencial que actuó como una suerte de brújula en los años por venir, cuando la vocación lingüística me llevaría a un doctorado y luego a una cátedra europea, una trayectoria que exigió prácticamente todas mis energías y que fue postergando esa otra relación feliz con la palabra, no ya como un objeto, sino como una forma del Ser, como lo señala Merleau-Ponty.

Para empezar, mi sorpresa fue grande cuando, al entrar al MIT, donde me graduaría, descubrí que ninguno de mis compañeros sabía ninguna poesía de memoria. Mayor aún fue mi sorpresa cuando descubrí que, en cambio, eran capaces de retener números telefónicos en tal cantidad que casi ninguno de ellos llevaba una agenda. Me encontraba, en cierto modo, en un grupo de gentes que me parecían algo así como mutantes, ante los cuales toda una zona esencial de mi vida debía permanecer clausurada por falta de comunicación o contacto, salvo en la muy avanzada y sofisticada especialización científica a la que éramos invitados y urgidos. Chomsky, mi asesor, no leía novelas; aun cuando, afortunadamente, confesaba amar a Stevenson.

Sin darme cuenta, había entrado en una orden monástica que, salvo en contadas excepciones, prohibía o impedía de forma implícita a sus miembros ese vuelo, ese juego de la palabra con su propio placer, su misterio, su propia fuente. De ese modo, mi viejo amor por la etimología, donde se anuda el poder poético originario de la palabra junto con su historia lingüística, fue un amor contrariado, en el sentido de que toda mi carrera lingüística, tan cientificista y erizada de formalismos, se desarrolló bajo un signo muy hostil a ese tipo de estudios.

Ahora, dichosamente jubilosa y jubilada, pude volver a ese primer amor. Por supuesto, mi entrenamiento lingüístico me dejó, como herencia positiva, el rigor y la exigencia casi microscópica por el detalle, que cuentan de modo decisivo en la calidad del trabajo científico. Pero la etimología que me he propuesto es en realidad un repertorio de saberes escondidos, latentes, que muchas veces cuestionan o contradicen los saberes científicos o tenidos como tales. Del choque entre el conocimiento establecido y el que aporta la sabiduría original de las lenguas proviene una chispa, a mi modo de ver, inextinguible. Este relámpago ilumina, a su vez, el tortuoso camino de las represiones, los olvidos y las recuperaciones que sufre el sentido primitivo de las palabras primordiales a lo largo del tiempo.

A muchos de mis colegas lingüistas les parecerá –y les parece– ingenuo y herético el salto desde una semántica desprovista de formalismos lógicos más o menos herméticos hacia una interpretación cultural de la historia de las palabras referidas al cuerpo y a las pasiones. Un intento de este tipo resulta excesivamente vago y misceláneo a los ojos cientificistas que buscan verdades en superficies acotadas microscópicamente, encuadradas, sin embargo, por teorías que cambian de formalismos con notable frecuencia, impropia de las ciencias duras. La etimología que procuro establecer sería vista, en esta perspectiva, como un mero avatar literario. Recíprocamente, a mi modo de ver, el tipo de conocimiento que campea ahora en la lingüística ortodoxa representa más bien una variante un tanto escolástica de la revolución chomskyana que tanto me deslumbró, y con razón, a fines de los años sesenta. En mi opinión, se dio allí un pasaje muy brusco y muy rápido –y vaya si los estadounidenses pueden ser rápidos– entre el estallido de un nuevo y fecundo paradigma y la etapa siguiente, más rutinaria, la de la resolución de los acertijos, en el decir de Kuhn (1970) en su célebre libro La estructura de las revoluciones científicas.

Debo decir que, en cierto momento, la exclusividad y el reduccionismo abstracto con que se diseñaba el proyecto lingüístico del paradigma oficial contemporáneo empezó a resultarme enajenante. En particular, me asfixiaba la falta de consecuencia, de resonancia fundamental de nuestras acrobacias formales. Como lo dice Steiner (2007) en Los logócratas: “Los enanos que nos rodean hacen mala ciencia sobre problemas cada vez más ínfimos, lo cual no tiene nada que ver con las virtudes de la especialización”. Y muchos enanos, en verdad, empezaron a invadir el territorio lingüístico al que yo había ingresado con tanto entusiasmo.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
24 mart 2025
Hacim:
101 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875992177
Telif hakkı:
Bookwire
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