Kitabı oku: «Orgullo y prejuicio»
Sobre este libro
Orgullo y prejuicio narra la vida amorosa las hermanas Bennet, por medio de las que la autora nos presenta con comicidad la sociedad de su tiempo y coloca a la mujer en un lugar más notorio que el que le correspondía en su época.
Índice
Sobre este libro
Orgullo y prejuicio
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Sobre la autora
| Austen, JaneOrgullo y prejuicio / Jane Austen.–1a ed–Gualeguaychú : Tolemia, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-3776-24-31. Novelas de la Vida. I. Título.CDD A823 |
Fecha de catalogación: Septiembre de 2021
© 2021 Ediciones Tolemia
Conversión a eBook: Daniel Maldonado
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Impreso en Argentina. Printed in Argentina
Reservados todos los derechos, incluso el de reproducción en todo o en parte, en cualquier forma.
Orgullo y prejuicio
Jane Austen
Título original: Pride and Prejudice
Traducción: Angela Stockdale
Capítulo 1
Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero y rico tiene que querer una esposa. Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre así sean poco conocidos a su llegada a cualquier localidad, esta creencia está tan arraigada en las familias que lo rodean, que pronto es considerado propiedad indiscutible de una u otra de sus hijas.
–Mi querido señor Bennet –le dijo un día su esposa–, ¿has oído que Netherfield Park por fin se ha alquilado?
El señor Bennet contestó que no lo había oído.
–Pues está alquilado –volvió a decir ella–. La señora Long acaba de estar aquí y me lo ha contado todo.
El señor Bennet no respondió.
–¿No deseas saber quién lo ha tomado en arriendo? –se impacientó su esposa.
–Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.
Esto fue suficiente.
–Pues has de saber, querido, que la señora de Long dice que el Netherfield Park ha sido arrendado por un joven muy rico del norte de Inglaterra, que vino el lunes en un landó con cuatro caballos para verlo, y quedó tan encantado con el lugar que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris. Antes de San Miguel vendrá a ocuparlo y algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene.
–¿Cómo se llama?
–Bingley.
–¿Es casado, o soltero?
–¡Oh! soltero, querido mío, por supuesto. Un soltero de gran fortuna: cuatro o cinco mil libras anuales. ¡Qué buen partido para nuestras hijas!
–¿Y qué? ¿En qué puede afectarles?
–Mi querido señor Bennet –replicó su esposa–, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que pienso casarlo con una de ellas.
–¿Es ese el motivo que lo ha traído?
–¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas. Por eso debes ir a visitarlo tan pronto llegue.
–No veo razón para hacerlo. Puedes ir tú con las muchachas, o las puedes enviar solas, lo que quizá sea lo mejor, pues siendo tú tan hermosa como cualquiera de ellas, podría resultar que el señor Bingley te prefiriera a ti.
–Me adulas, querido. Cierto que he tenido mi tinte de belleza, pero ahora no pretendo ser nada extraordinario. Cuando una mujer tiene cinco hijas adultas debe dejar de pensar en su propia hermosura.
–En esos casos, la mayoría de las mujeres no tienen mucha belleza en qué pensar.
–Pues bien, querido, has de ir a visitar al señor Bingley cuando se instale en el vecindario.
–No me comprometo a tanto, te lo aseguro.
–Piensa en tus hijas. Considera sólo el partido que sería para una de ellas. Sir Willam y lady Lucas están decididos a ir, y sólo con ese propósito. Ya sabes que normalmente no visitan a los nuevos vecinos. De veras, debes ir, porque para nosotras será imposible visitarlo si tú no lo haces.
–Eres demasiado escrupulosa. Me atrevo a asegurar que el señor Bingley se alegrará mucho de verte, y yo le pondré unas líneas dándole mi cordial consentimiento para que se case con la que elija de las muchachas, aunque tendré que deslizar alguna palabra en favor de mi pequeña Lizzy.
–Espero que no hagas semejante cosa. Lizzy no es en nada mejor que las otras, y estoy segura de que no es ni la mitad de guapa de Jane ni la mitad de alegre que Lydia, pero tú siempre la prefieres a ella.
–Ninguna tiene mucho de recomendable –replicó él–; Son tan tontas e ignorantes como
las demás muchachas; pero Lizzy tiene algo más de agudeza que sus hermanas.
–¡Señor Bennet!, no puedes rebajar de semejante modo a nuestras hijas. Te complaces en molestarme. No tienes compasión de mis pobres nervios.
–Te equivocas, querida; los respeto grandemente. Son viejos conocidos míos. Te oigo hablar así de ellos lo menos hace veinte años.
–¡Ah!, no sabes lo que sufro.
– Pero te pondrás bien y vivirás para ver venir a este lugar a muchos jóvenes de esos de cuatro mil libras al año.
–No sacaremos nada aunque vengan veinte si no los visitas.
–Ten la seguridad, querida, de que cuando estén los veinte los visitaré a todos.
El señor Bennet era una mezcla tan rara entre ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso, que la experiencia de veintitrés años no habían sido suficientes para que su esposa entendiese su carácter. Sin embargo, el de ella era menos difícil, era una mujer de poca inteligencia, más bien inculta y de temperamento desigual. Su meta en la vida era casar a sus hijas; su consuelo, las visitas y el cotilleo.
Capítulo 2
El señor Bennet fue de los primeros en visitar al señor Bingley. Siempre había pensado hacerlo, aunque también siempre asegurara a su esposa que no lo haría, y hasta la tarde siguiente a la visita su mujer no se enteró de nada. La cosa se llegó a saber de la siguiente manera: observando el señor Bennet cómo su hija se colocaba un sombrero, dijo:
–Espero que al señor Bingley le guste, Lizzy.
–¿Cómo podemos saber qué le gusta al señor Bingley –dijo su esposa resentida– si todavía no hemos ido a visitarlo?
–Por lo visto olvidas, mamá –dijo Lizzy–, que lo encontraremos en las fiestas y que la señora Long ha prometido presentárnoslo.
–No creo que la señora Long haga tal cosa. Tiene dos sobrinas, es egoísta, hipócrita, y no merece mi confianza.
–Tampoco la mía –acotó el señor Bennet– y me alegro de saber que no dependes de sus servicios.
La señora Bennet no se dignó contestar; pero incapaz de contenerse empezó a reprender a una de sus hijas.
–¡Por el amor de Dios, Kitty no sigas tosiendo así! Ten compasión de mis nervios. Me los estás destrozando.
–Kitty no es nada discreta tosiendo –dijo su padre–. Siempre lo hace en momentos inoportunos.
–No toso por divertirme –replicó Kitty con mal humor–. ¿Cuándo es tu primer baile, Lizzy?
–De mañana en quince días.
–Así es –exclamó su madre–, y la señora Long no regresa hasta el día anterior; de modo que le será imposible presentárnoslo, porque ella misma no lo conocerá.
–Entonces, querida, puedes adelantarte a tu amiga presentándole tú al señor Bingley.
–Imposible, señor Bennet, imposible, porque yo tampoco lo conozco. ¿Por qué te burlas de mí?
–Celebro tu discreción. Una amistad de quince días es verdaderamente muy poco. En realidad, luego de sólo dos semanas no se puede saber muy bien qué clase de hombre es. Pero si no nos arriesgamos
nosotros, lo harán otros. Al fin y al cabo, la señora Long y sus sobrinas pueden esperar a que se les presente su oportunidad. Por consiguiente, como puede ella tomar por acto de delicadeza el que declines el ofrecimiento, yo lo tomo a mi cargo.
Las muchachas clavaron los ojos en su padre. En cuanto a la señora de Bennet, sólo exclamó:
–¡Qué necedad!
–¿Qué significa esa enfática exclamación? –preguntó el señor Bennet–. ¿Tienes por necias las fórmulas de presentación, con la importancia que revisten? No puedo convenir eso contigo. ¿Qué dices, Mary? Tú, que eres muchacha reflexiva y, según creo, lees librotes y los resumes.
Mary quiso decir algo sensato, pero no supo cómo.
–Mientras Mary aclara sus ideas –continuó él– volvamos al señor Bingley.
–Estoy harta del señor Bingley –exclamó la esposa.
–Siento oírte eso. ¿Por qué no me lo has dicho antes? Si lo hubiera sabido esta mañana, bien seguro que no habría ido a visitarlo. Es una verdadera desgracia, pero habiéndolo visitado, no puedo renunciar ahora a su amistad.
El asombro de las mujeres fue precisamente el que él deseaba; quizás el de la señora Bennet sobrepasara al resto, aunque una vez acabado el alboroto de júbilo, declaró que en el fondo era lo que ella siempre había imaginado.
–¡Mi querido señor Bennet, que bueno eres! Sabía que al final te convencería. Estaba segura de que quieres lo bastante a tus hijas como para no descuidar este asunto. ¡Qué contenta estoy! ¡Y qué broma tan graciosa, que hayas ido esta mañana y no nos hayas dicho nada hasta ahora!
–Ahora, Kitty, puedes toser a tu antojo –dijo el señor Bennet, y salió de la habitación, cansado de los entusiasmos de su esposa.
–¡Qué padre tan excelente tienen, hijas mías! –exclamó ella cuando se cerró la puerta–. No podrán reprocharle falta de cariño, ni a mí tampoco. Puedo asegurar que a nuestra edad no es grato entablar cada día nuevas relaciones, pero algo hemos de hacer por nuestras hijas. Lydia, amor mío, aunque seas la menor, me atrevo a asegurar que el señor Bingley bailará contigo en el próximo baile.
–Estoy tranquila –dijo resueltamente Lydia–, porque aunque soy la más joven, soy la más alta.
El resto de la velada transcurrió en conjeturas sobre cuán do devolvería el señor Bingley la visita del señor Bennet y en determinar qué día lo invitarían a comer.
Capítulo 3
Por más que la señora Bennet, con la ayuda de sus cinco hijas, preguntase sobre el tema, no conseguía sacarle a su marido ninguna descripción satisfactoria del señor Bingley. Lo atacaron de diversos modos: con preguntas descaradas, suposiciones ingeniosas, sospechas remotas, pero él superó a la habilidad de todas las damas, que se vieron obligadas a aceptar los informes de segunda mano de su vecina lady Lucas. Su impresión era muy favorable, sir William había quedado encantado con él. Era joven, guapísimo, extremadamente agradable y para colmo pensaba asistir al próximo baile con un grupo de amigos. No podía haber nada mejor. El que fuese aficionado al baile era verdaderamente una ventaja a la hora de enamorarse; y así se despertaron vivas esperanzas para conseguir el corazón del señor Bingley.
–Si pudiera ver a una de mis hijas dichosamente establecida en Netherfield –decía la señora de Bennet a su marido– y a las demás igualmente bien casadas no tendría ya nada que desear.
Pocos días después Bingley devolvió la visita al señor Bennet y permaneció unos diez minutos con él en su biblioteca. El joven había abrigado esperanzas de que le fuera permitida una mirada a las muchachas, de cuya belleza había oído hablar mucho, pero sólo vio al padre. Las señoras fueron algo más afortunadas, porque tuvieron la suerte de cerciorarse, desde una ventana alta, de que vestía traje azul y montaba un caballo negro.
Poco después se le envió una invitación para comer; y la señora de Bennet pensaba ya en los platos que habían de acreditar sus cuidados domésticos, cuando se recibió una contestación que difirió todo: el señor Bingley se veía obligado a marchar al día siguiente a la capital, y en consecuencia no podía aceptar el honor de su invitación, etcétera.
La señora de Bennet quedó por completo desconcertada. No podía imaginar qué asuntos podría tener en la capital tan poco después de su llegada al condado de Hertford, y comenzó a temer que habría de estar siempre de un lado para otro y jamás fijar residencia en Netherfield, como era debido. Lady Lucas aquietó sus temores exponiendo la conjetura de que fuera a Londres sólo para traer numeroso acompañamiento al baile; y se corrió la noticia de que Bingley iba a llevar consigo a la reunión a doce señoras y siete caballeros. Las muchachas se afligieron con semejante número de señoras; pero el día anterior al baile se tranquilizaron al oír que en vez de doce sólo había traído de Londres seis: sus cinco hermanas y una prima; y cuando la partida penetró en la sala de la reunión constaba no más de cinco personas en conjunto: Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven.
El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad. Era un hombre alto, de agradables facciones y de porte aristocrático.
Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que lo rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían salvarlo ya de parecer odioso y desagradable y de que se considerase que no valía nada comparado con su amigo.
El señor Bingley, por su parte, enseguida trabó amistad con las principales personas del salón; era franco y vivaz, no se perdió ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una él en Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué diferencia entre él y su amigo! El señor Darcy bailó sólo una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, se negó a que le fuese presentada alguna de las damas y se pasó el resto de la noche deambulando por el salón y hablando de vez en cuando con alguno de sus acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más orgulloso y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por allí. Entre los más ofendidos con Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en una ofensa personal por haber despreciado a una de sus hijas.
Debido a la escasez de caballeros, Lizzy Bennet se había visto obligada a permanecer sentada durante dos números del baile, y parte de ese tiempo había estado tan cerca de Darcy que pudo escuchar la conversación cuando Bingley llegó allí desde donde bailaba para invitar a su amigo a unírsele.
–Ven, Darcy –le dijo–; tienes que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida actitud. Es mejor que bailes.
–No pienso hacerlo. Sabes cómo detesto bailar, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En una fiesta como ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con cualquier otra de las mujeres que hay en este salón sería como un castigo para mí.
–No deberías ser tan exigente y quisquilloso –se quejó Bingley–. ¡Por lo que más quieras! Nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay algunas que son especialmente bonitas.
–Tú estás bailando con la única chica guapa del salón –dijo el señor Darcy mirando a la mayor de las Bennet.
–¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está sentada una de sus hermanas, que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi pareja que te la presente.
–¿Qué dices? –y, volviéndose, miró por un momento a Lizzy, hasta que sus miradas se cruzaron. Él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente:
–No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.
El señor Bingley siguió su consejo. El señor Darcy se alejó; y Lizzy permaneció en el lugar con sus no muy cordiales sentimientos hacia él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque era graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas.
En conjunto, la velada transcurrió gratamente para toda la familia. La señora de Bennet había visto a su hija mayor muy admirada por la gente de Netherfield; Bingley había bailado con ella dos veces, y sus hermanas la habían distinguido. Jane estaba tan satisfecha por todo eso como pudiera estarlo su madre pero con más tranquilidad; Lizzy notó la satisfacción de Jane. Mary misma se había oído llamar por la señorita Bingley la muchacha más completa de la vecindad, y Kitty y Lydia habían sido suficientemente afortunadas para no estar nunca sin pareja, que era cuanto ellas habían aprendido a ambicionar en un baile. Por eso volvieron contentas a Longbourn, lugar donde vivían y en que eran los principales habitantes. Encontraron aún levantado al señor Bennet, quien, con libro delante, no se cuidaba del tiempo, y en ese momento sentía bastante curiosidad por conocer el resultado de una velada que había despertado tan óptimas esperanzas. Acaso creyera que la opinión de su esposa sobre el forastero sería desagradable, pero pronto se dio cuenta de que lo que iba a oír era todo lo contrario
–¡Oh, mi querido señor Bennet! –dijo ella no bien entró al cuarto–. Hemos pasado una velada agradabilísima; ha resultado un baile admirable. Quisiera que te hubieses hallado allí. Jane ha sido tan admirada que no se ha visto cosa igual. Todo el mundo ha confesado lo bien que parecía, y el señor Bingley la ha encontrado bellísima y ¡ha bailado con ella dos veces! Piensa en eso, querido: ¡ya ha bailado con ella dos veces!, siendo la única del salón a quien ha pedido el segundo baile. El primero lo pidió a la señorita Lucas. ¡Estaba yo tan contrariada de verlo a su lado!, pero no le gustó nada, y es natural que no le gustase, tú lo sabes; al paso que pareció por completo entusiasmado con Jane cuando ésta salió a bailar. Por eso se informó de quién era; le fue presentado, y la comprometió para el número próximo de baile. Después bailó el tercero con la señorita Long, y el cuarto con Mary Lucas, y el quinto otra vez con Jane, y el sexto con Lizzy...
–Si hubiera tenido alguna compasión de mí –exclamó impaciente el marido– no habría bailado ni la mitad. ¡Por Dios, no me hables más de sus parejas! ¡Ojalá se hubiese torcido un tobillo en el primer baile!
–¡Oh, querido mío –continuó la señora Bennet–, me tiene fascinada, es increíblemente guapo, y sus hermanas son encantadoras. Llevaban los vestidos más elegantes que he visto en mi vida. El encaje del de la señora Hurst...
Aquí fue nuevamente interrumpida. El señor Bennet protestó contra toda descripción de atuendos. Por lo tanto ella se vio obligada a pasar a otro capítulo del relato, y contó, con gran amargura y algo de exageración, la ofensiva rudeza del señor Darcy.
–Pero te aseguro –añadió– que Lizzy no pierde gran cosa por no ser su tipo, porque es el hombre más desagradable y horrible que existe, y no merece las simpatías de nadie. Es tan estirado y tan engreído que no hay forma de soportarlo. No hacía más que pasearse de un lado para otro como un pavo. ¡Que no es bastante guapa para bailar con él! Querría que hubieses estado allí, querido mío, para haberle dado una buena lección. Lo detesto por completo.