Kitabı oku: «El camino de la crónica»

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Franco Altamar, Javier.

El camino de la crónica / Javier Franco Altamar; prólogo, Alberto Salcedo Ramos. – Segunda edición – Barranquilla, Colombia: Editorial Universidad del Norte, 2020.

227 páginas ; cuadros, diagramas ; 28 cm.

ISBN 978-958-789-204-8 (PDF)

(Textos guía UN)

1. Periodismo–Arte de escribir. I. Salcedo Ramos, Alberto, prólogo. II. Tit.

(Co070.44 F825 ed. 23) (CO-BrUNB)


Vigilada Mineducación

www.uninorte.edu.co

Km 5, vía a Puerto Colombia, A.A. 1569

Área metropolitana de Barranquilla (Colombia)

© Universidad del Norte, 2020

Javier Franco Altamar

Primera edición, abril de 2017

Segunda edición, septiembre de 2020

Coordinación editorial

María Margarita Mendoza

Asistencia editorial

Leonardo Carvajalino

Diseño de portada y diagramación de textos

Silvana Pacheco

Corrección de textos

Henry Stein

Revisión y arte final

Munir Kharfan de los Reyes

© Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio reprográfico, fónico o informático, así como su transmisión por cualquier medio mecánico o electrónico, fotocopias, microfilm, offset, mimeográfico u otros sin autorización previa y escrita de los titulares del copyright. La violación de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

El autor

Javier Franco Altamar

Comunicador social-periodista de la Universidad Autónoma del Caribe (1986), y magíster en Comunicación de la Universidad del Norte (2010) donde es docente de Periodismo Narrativo desde el año 2002. Estuvo vinculado por 24 años a la Casa Editorial El Tiempo como redactor en Barranquilla. Trabajó en La Libertad (1988-1989) y Diario del Caribe (1990) de Barranquilla; el Universal de Cartagena (1992). También ha sido docente (Periodismo Económico, Ética, Reportería, Medios Masivos y Conflictos, Expresión Oral, Expresión Escrita y otros) en la Universidad de la Costa, la Autónoma y la Universidad Libre (Barranquilla) y la Jorge Tadeo Lozano (Cartagena). Ha sido ganador de 11 premios de Periodismo tanto de nivel regional como nacional, y finalista en cuatro concursos nacionales de cuento. Es autor del libro En este mundo historial (2010) sobre Juancho Polo Valencia, ediciones La Cueva; y coautor del libro Estamos mamados de la guerra (2016), Intermedio Editores.

A mis padres y parientes, a mis maestros, a mis amigos y amigas, a mis conocidos, al resto de la humanidad, y a los que se hayan quedado por fuera... por si acaso.

Contenido

Prólogo

Presentación

Introducción

Capítulo 1El concepto de la crónica

Etimología, tiempo y narrativa

Los cronistas y sus miradas

Posibles clasificaciones

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 2La narración, primero

Una modalidad de pensamiento

El relato: del fondo a la forma

La clave de la temporalidad

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 3La crónica en la historia

Mesopotamia, la cuna

La aparición de la escritura

El relato en América

Las Crónicas de las Indias

El caso de Colombia

El camino a nuestros tiempos

La influencia norteamericana

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 4Del tema al trabajo de campo

La selección del tema

En busca de los datos

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 5A pintar con las palabras

Descripción, actitud y posibilidades

Más allá de la apariencia

Encuentros y recursos

El mundo de los tropos

Del fondo a la forma

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 6El registro de la acción

Recursos y posibilidades

Argumento y trazado general

Los dilemas del comienzo

Para el cuerpo del relato

Voces e inclusiones

Combinaciones de la acción

El cierre que no cierra

La escena, viaje al presente

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 7Edición y revisión

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Capítulo 8Crónica, educación y algo más

Escenarios de la estrategia

Crónica y competencias comunicativas

Conocimiento y lectura

Escenarios de la red

No olvidar el storytelling

La enseñanza de la crónica

Crónica y cambio social

En síntesis

Actividad de cierre y asignaciones

Referencias

Nota al pie


Prólogo

Por Alberto Salcedo Ramos

El camino de la crónica es un libro estupendo. Su autor, Javier Franco Altamar, hizo un esmerado rastreo de fuentes bibliográficas, y además ha arrojado una mirada perspicaz sobre el género: su definición, su función, su evolución histórica, sus alcances literarios, sus límites.

Franco nos presenta una exploración ambiciosa que va más allá del periodismo y extiende sus tentáculos hacia otras esferas, como la literatura y la historia. Expone sus hallazgos en forma lúcida y los complementa con una ilustración tan abundante como certera.

Acaso lo más significativo de este libro es que propicia un diálogo enriquecedor entre el lector y varios de los principales cronistas y teóricos de la escritura narrativa (incluida la de ficción). En tal diálogo se aclaran equívocos injustificables. Por ejemplo, el diccionario de la RAE circunscribe el oficio de narrar a la novela y el cuento. Es el mismo prejuicio que durante mucho tiempo llevó a ciertos autores de ficción a suponer que solo lo que escriben ellos puede considerarse “literatura”. A estas alturas ya no habría que estar aclarando que a través de la no ficción también se produce una literatura de gran belleza, que explora con hondura la condición humana.

Así que hay que decirlo de manera contundente: literatura no es sinónimo de ficción y narración no se reduce a novela y cuento. Es lo que hace Franco, a su manera, en este libro. Lo hace con una argumentación magnífica y con un arsenal de ejemplos muy útiles.

En este libro, decía, se leen (y podría jurar que se oyen) las voces de ciertos maestros imprescindibles. Ellos nos regalan luces sobre el oficio, palabras clarividentes que nos acompañarán siempre porque nos ayudan a entender. Alma Guillermoprieto, por ejemplo, dice que “en la noticia el periodista está contestándole preguntas al lector, mientras que en la crónica está generando información que jamás se le hubiera ocurrido a ese lector”. Erick Hackl señala que la crónica es “la mirada subjetiva de un hecho real”. Sergio Ramírez advierte que “la nueva historia no está siendo escrita por los historiadores, sino por los buenos cronistas de nuestros tiempos”. Martín Caparrós, por su parte, pone el dedo en la llaga con una frase muy pertinente para estos tiempos en que el uso de la primera persona ha dejado de ser un recurso narrativo útil para convertirse en una simple muletilla del exhibicionismo: “Cuando el cronista empieza a hablar más de sí que del mundo deja de ser cronista”.

Podemos oír estas voces gracias a que hemos sido guiados hacia sus predios por la mano diligente y generosa de Javier Franco. En su doble condición de docente y periodista, lleva años indagando sobre el tema. Eso le ha permitido encontrar referentes importantes. Pero, sobre todo, le ha dado el bagaje conceptual suficiente para explicar en qué consiste el periodismo narrativo.

En el libro La banda que escribía torcido, que a mi juicio es hasta ahora la reflexión más brillante sobre periodismo narrativo, Marc Weingarten expone con agudeza la siguiente tesis: la crónica, el perfil y el reportaje surgieron por una necesidad histórica. Los datos convencionales se quedaban cortos a la hora de cubrir ciertos cambios culturales y sociales, como las guerras, los asesinatos, el rock, las drogas, las luchas raciales y el hippismo. “¿Cómo podría un reportero tradicional, que se ajustaba tan solo a los hechos, proporcionar un orden claro y simétrico a semejante caos?”, se preguntaba. Al informar a través de relatos era posible traducir el significado profundo de la realidad y alcanzar eso que Weingarten llama “una mayor verdad filosófica dotada de contenido emotivo”.

Pues bien: la exploración de Franco también se mueve en esos terrenos. Su búsqueda está encaminada a ilustrarnos sobre la importancia del periodismo narrativo como herramienta de construcción de memoria y de forjamiento de una conciencia social en relación con la realidad.

De gran valor formativo son los aspectos metodológicos de la escritura de crónicas: las entradas, el desarrollo de los conflictos, la planeación de las estructuras, el manejo del tiempo, los cierres. Hay muchos ejemplos que nos permiten ver cómo se utiliza en la práctica lo que se está analizando en la teoría. Franco disecciona de forma magistral varias crónicas sustanciales del pasado y de la actualidad. Este es un manual que rompe el molde porque es ameno. No se trata del típico libro didáctico acartonado que se lee por decreto en las aulas universitarias, y luego se abandona para siempre en un estante enmohecido de la biblioteca. Es un libro al que uno puede —y debe— volver en cualquier momento, un libro que cabe de manera expedita en el maletín de viaje y que debería estar siempre a la mano en la mesita de noche. El testimonio de un autor que ha sabido leer a los otros.

Borges solía citar una maravillosa frase de Schopenhauer: “Leer es pensar con el cerebro ajeno”. Como lector le agradezco a Javier Franco este regalo portentoso.


Presentación

En una clase de periodismo, el profesor preguntaba por la población de Armero. ¿Alguien sabe dónde quedaba? ¿Cuántos habitantes tenía? ¿Cuál es el nombre del volcán que la borró del mapa? Las respuestas eran azarosas e imprecisas. Pero vino un interrogante que puso a los estudiantes en la perspectiva del tema: ¿quién era Omaira Sánchez?

Hubo casi consenso. Aunque no vivieron la experiencia, pues la tragedia ocurrió hacía 32 años, cuando los padres de los estudiantes probablemente ni tenían planes de un vínculo conyugal, conocieron el drama de la niña de 13 años que se aferró infructuosamente a la vida en una trampa de lodo y agua que le llegaban hasta el cuello. Y eso fue lo que les quedó. En la memoria de aquellos educandos no yacía Armero, sino Omaira.

El docente recordó, entonces, al escritor Germán Santamaría cuando afirmaba que lo que hace perdurable los hechos es el rostro de las personas. En cualquier tiempo que se consulte. Y el rostro humano, con sus pesares, ilusiones, alegrías y tensiones es nada más y nada menos que el eje de la crónica. Esa vitalidad la recoge muy bien en este libro el periodista y profesor Javier Franco Altamar.

Después de varios años de escribir y enseñar a escribir crónicas periodísticas, Franco se arriesga a producir lo que no dudo en llamar el primer manual de redacción del género. Porque antes de este texto se produjeron innumerables reflexiones sobre la narrativa, muchas de ellas con voces autorizadas por el oficio, pero nunca hubo una investigación tan profusa sobre el arte de contar historias.

Aquí está la crónica con todos sus vestidos y también con sus harapos. Está el trajín de la reportería y la reflexión de la lectura reposada. Está la experiencia del contador de historias y la del periodista que las conversa con los maestros. Está la inquietud del investigador que husmea en los anales y el docente que refresca perspectivas cuando lleva sus hallazgos a la clase.

En el entendido de que estamos en presencia del único género periodístico no anglosajón, el libro hace un intento razonable por construir una teoría sobre lo que nos inventamos en el patio latinoamericano. Los fundamentos están no solo en las recomendaciones y consideraciones de narradores emblemáticos como Villoro, Caparrós, Tomás Eloy, Salcedo, Guerriero, Samperes, Villanuevas, Hoyos, Rotker, sino en los aportes de la lingüística, la filosofía del lenguaje, la sicología y la semiología, por mencionar los que saltan a la vista.

No sorprende encontrar referentes emblemáticos como Bastenier y Grijelmo, frente a los cuales Franco rescata el gran mérito de la crónica de haberse sobrepuesto a los paradigmas de un periodismo apenas especializado (en España se le conocía como crónica deportiva o crónica taurina) y puesto a hablar a los estudiosos europeos de una esencia narrativa que hace poco conocen; pero es grato toparse con nombres como Jerome Bruner, Kenneth Burke, Lluís Duch, Umberto Eco, Cassany, Solé, Iser, Bernardo Souvirón, Genette, en cuyas obras Franco halla, hábilmente, unas pistas robustas y profusas para resignificar los relatos.

En ese mismo sentido se adentra también en la historia, en busca, primero, de las raíces etimológicas y luego de expresiones de las que habrían bebido los cronistas, verbigracia, la Epopeya del rey lujurioso Gilgamesh, que se salva de la condena a muerte al amistarse con el hombre salvaje que debía asesinarlo; las crónicas de Indias, encomendadas por los reyes de España a ladinos narradores para sentir suyos los mundos de su contabilidad particular que nunca conocerían, y la tradición oral de indígenas que asumían con ternura a los hombres grandes y blancos de barba y a caballo que desembarcaban en sus tierras fantásticas, como semidioses enviados por sus ancestros. Pero busca del mismo modo en la novela europea, en el movimiento modernista de Latinoamérica y en el “boom” latinoamericano, y establece nexos con el Nuevo Periodismo de Capote y Talese, ya en la frontera de lo que se ha dado en llamar el periodismo literario.

Ahí Franco nos pone ante un debate de siempre sobre las fronteras narrativas. Porque si bien acepta la sugerencia de Grijelmo en el sentido de que el principal criterio de distinción del género es la mayor o menor carga de subjetividad, nos hace ver que ninguna de sus formas puede apartarse del periodismo. Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez, está basada en hechos reales, pero en el relato gana ascendencia la literatura cuando el autor apela a su espléndida fantasía. Es eso: en periodismo la imaginación es un caballo desbocado al que hay que atesarle las riendas, si bien los narradores nos podemos valer de su carrera alocada para contar mejor las historias. Y una buena manera de tensar la montura es a través de la investigación, que en toda ocasión nos atempera con la útil y necesaria información.

Es entonces cuando, sin dejar de mirar el concepto, el libro se convierte en un vademécum, en tanto intuye la pregunta de la muchachada sobre cómo escribir las benditas crónicas. Y de su cuerpo emerge un capítulo específico para el registro de la acción en sus dos niveles básicos, el panorámico y el escénico, y otro para la descripción como mecanismo que da cuenta de la apariencia de la realidad a partir de los instrumentos de la observación.

Ahí encontramos la crónica como proceso, desde la selección del tema hasta llegar a la redacción del texto final, pasando por la selección de fuentes e instrumentos. Cada eslabón del proceso es detallado y expuesto con ejemplos y variados recursos: la ruta narrativa, el comienzo, la estructura, el final, los cambios de planos, las explicaciones y contextos e, incluso, la titulación. Aunque algunos han propuesto que el escritor nace, por una extraña confabulación genética en el momento de su concepción, en los consejos de Franco uno puede encontrar la inmensa posibilidad de volverse, si los asume, por supuesto, con rigor y disciplina.

Hay a lo largo de esta segunda edición, incorporados en estratégico momento, según se va desarrollando cada arista, elementos, figuras, llamados de atención, apuntes, gráficas, mapas de ideas, y varios otros recursos, orientados, específicamente, a la didáctica de la crónica. Están incluidos en términos de cómo se debe enseñar, las asignaciones y orientaciones de los docentes, y los desafíos y recomendaciones para estimular, en los estudiantes, el deseo de escribir buenas crónicas, con ejercicios y estrategias de utilidad en el proceso enseñanza-aprendizaje. Eso es lo bueno de un texto escrito por quien considera que el placer profesional más importante después de escribir es enseñar.

Al final el libro nos pone ante los escenarios actuales en que se debate la crónica, ahora con un vestido de combatiente medieval que se bate a espada con quienes quieren cercenar sus alcances. Parece un contrasentido: mientras es más notable su papel preponderante en el mantenimiento de la memoria, lo cual le da un carácter histórico a su misión social, la industria mediática la ve como una especie de acechanza en medio de dinámicas que se dejan ganar por la inmediatez.

Resulta claro que los géneros no son un capricho ni de los periodistas ni de los medios. Los hechos escogen cómo deben ser contados. Si se presentan a la manera de suspenso, drama, emociones, ironías, al periodista le corresponde escuchar y reivindicar esas esencias. Simplemente. Negarse a la crónica por razones de espacio o lógicas productivas, implicar desoír la realidad.

Pero Franco no se deja seducir por la discusión sobre la pureza de los géneros, y hace bien. Aunque reconoce sus rasgos distintivos, lo cierto es que entre unos y otros hay un tráfico impúdico de herramientas de aproximación a la realidad y también de narrativas, que les van permitiendo fortalecerse en las ventajas del vecino, a veces sin que la audiencia se percate. Será mejor, entonces, que la crónica aparezca ante el público con los nutrientes de la indagación y el contraste, por ejemplo.

Estamos, pues, en presencia de un libro necesario que echábamos de menos las escuelas de formación en periodismo. En esta segunda edición, ampliada, además, con nuevos autores y teorías, actualizada como consecuencia de la investigación que avanza, y modernizada con recursos variados de interacción con el texto, el lector podrá acercarse a él de un tirón, página por página, o fijar el interés a la manera de los capítulos que el índice temático sugiere. Y está construido de tal forma que no solo es provechoso en grado sumo para el interesado en aprender sobre la crónica, sino para el docente que busca una guía en el diseño de sus escenarios de aprendizaje. En todos los casos encontrará coherencia, sintaxis y estética narrativa, pues a la sazón de lo que el texto se propone hacer con quienes tengan la posibilidad de leerlo, sin duda fue escrito con la virtud portentosa del buen cronista.

Si la crónica es el rostro de la realidad, el libro de Franco puede ser la mejor cara de su enseñanza.

Alberto Martínez Monterrosa Departamento de Comunicación Social Universidad del Norte


Introducción

El camino de la crónica comienza con la aparición de la escritura como apoyo a la memoria (Solé, 2012), a través de lo cual el pasado es traído al presente mediante una modelación de la realidad que es reconocida por la sicología (Bruner, 1986) como uno de los modelos de pensamiento.

La primera autora nos recuerda que la aparición de la escritura, hace más o menos 5.000 años en tierras de Mesopotamia, se debió a la necesidad de resolver los problemas originados por una nueva economía productora de unos bienes que había que almacenar, identificar, comprar y vender. Estos problemas requerían básicamente un tipo de lectura reproductiva, vinculada a la memoria literal de lo que había que leer.

En su famosa tesis doctoral de 1969, la primera en el ámbito del periodismo, el alemán Peucer asegura que no es posible señalar un año exacto para el comienzo de la costumbre de escribir relatos noticiosos (denominados por él relationes novellae). Asegura que en los tiempos griegos anteriores a la guerra de Troya no existió preocupación alguna por la historia; es más, antes de la era olímpica, todo permanecía en la ignorancia o envuelto en la leyenda.

Souvirón (2006) nos recuerda que la invención del alfabeto griego tuvo lugar en algún momento entre los años 800 y 700 a. C. Fue el instrumento que usó Homero, poco tiempo después, para fijar, por escrito, las leyendas de los guerreros del periodo micénico en dos obras que quedaron para la posteridad: la Ilíada y la Odisea.

En su tesis Peucer advierte que también en Roma, por los tiempos de su fundación, no solo era raro el uso de la escritura, sino que también escaseaban quienes pusieran por escrito la memoria de las cosas. La excepción eran las consignaciones en los registros de los pontífices y otros documentos públicos o privados. “Esta negligencia de los antiguos la compensaron luego insignes escritores tanto griegos como romanos con la iniciación de obras de historia propiamente dicha” (Peucer, 1996, p. 44).

Las investigaciones de este erudito alemán también lo llevaron a la certeza de que entre los germanos, en la época anterior a Carlo Magno, no hay documentos para considerar que cultivaran las historias. Eso más bien ocurrió después, cuando Carlo Magno asumió el poder en Alemania. Y fueron otra vez los monjes quienes, “en proporción a la rudeza de aquel tiempo, comenzaron por registrar en crónicas los hechos” (Peucer, 1996, p. 42).

A las primeras funciones instrumentales de la escritura se añadirá, a lo largo de toda la Edad Media, la función de ‘palabra revelada’. “La cultura, tras la caída del Imperio romano, se refugia en los monasterios; los lectores son escasos, y los textos quizá todavía más” (Solé, 2012, p. 46).

Pero cuando en los inicios de la Edad Moderna empezó a brillar la luz de la cultura literaria, hombres serios y doctos le imprimieron especial entusiasmo a la tarea de fundar la historia. Era el prestigio de una vida nueva, y muchos se aplicaron a cultivarla. Peucer asegura que, para emular a estas personas, hubo quienes, a pesar de su escasa formación, empezaron a producir escritos en una labor apresurada. Esos textos trataban tanto de gente del palacio como de mercaderes o personas reconocidas. Se escribían también misceláneas de sucesos recientemente acaecidos aquí o allá, que encontraban respuesta en la curiosidad del pueblo interesado en conocer lo nuevo.

A partir de ahí, italianos y franceses, y luego belgas y alemanes, con ocasión de las guerras de entonces y sus resultados cambiantes, fueron los primeros en aficionarse a este apresurado género de escritos; principalmente cuando aquí y allá se establecieron el correo oficial y las llamadas “postas”, por cuyo medio era fácil tener conocimiento de lo sucedido en lugares distantes.

Juan José Hoyos (2003) parafrasea al evangelista Juan y señala:

Podría decirse que en el principio era la crónica. Los relatos cronológicos usados en los primeros periódicos copiaban, casi siempre, la estructura narrativa de las crónicas antiguas. Por esto, la eficacia del relato se basaba en el poder de robar la atención que tenían los cuentos. En ellos, tanto en las versiones orales como en las escritas, la narración de los hechos era presentada en el mismo orden temporal en que habían ocurrido. (p. 303)

Y no era, como se piensa, algo alejado de las tradicionales respuestas a los cinco clásicos interrogantes del periodismo, sino al revés: las primeras narraciones cumplían, en sentido estricto, lo que Peucer llamó elementa narrationis en su ya nombrada tesis: las circunstancias del sujeto (quién), objeto (qué), causa (por qué), manera (cómo), lugar (dónde) y tiempo (cuándo).

En su tesis dice Peucer

Por lo que se refiere a la “economía” y disposición, ésta parece depender principalmente de la naturaleza del asunto de que se trata. En efecto, lo que se expone, o son varias cosas de diversa índole, o es un solo asunto individual. En la exposición de aquéllas, el orden es arbitrario, ya que no existe nexo alguno entre cosas ocurridas en lugares y tiempos y de modos distintos, y por tanto se mantiene el orden que dicta el azar. Tratándose, en cambio, de un solo y único asunto debe guardarse en cada caso el orden que le es connatural. Por ejemplo, si alguien quisiera relatar el asedio de Maguncia, iniciado el pasado año y su subsiguiente conquista, el conjunto debería disponerse en el orden en que cada cosa debe ser descrita: en primer lugar, los autores; luego, la ocasión; después, los preparativos e instrumentos; a continuación, el lugar y el modo de proceder; por último, la acción en sí y sus resultados y el rasgo de valor de los guerreros que más brilló en el asedio y ocupación de la ciudad.

Igualmente, si alguien quisiera escribir el relato de la expedición británica emprendida por el príncipe Guillermo de Orange, hoy Rey de Inglaterra, debería tejer su narración siguiendo el mismo orden y manera. En otras narraciones se deben atender de semejante modo las seis conocidas circunstancias que son siempre de esperar en una acción: autor, hechos, causa, modo, lugar y tiempo [...]. En otros temas que no son de carácter político, la disposición es en cierto modo distinta, ya que no todas las circunstancias se pueden siempre disponer del mismo modo, si no existe suficiente constancia sobre el porqué, el cuándo, el dónde, el cómo de los hechos. Para los casos en que por las noticias solo es posible anunciar un resumen de los hechos, donde el orden no interviene. (p. 48)

Refiriéndose a esto, Hoyos llama la atención sobre cómo en el siglo XIX, en respuesta a los primeros despachos telegráficos de la agencia Associated Press, se pasó a un canon retórico definido por la despersonalización, la eficiencia, la rapidez, la concisión y la brevedad, y que a partir de las respuestas concretas a esos interrogantes se devino en la hoy reconocida personalidad del género noticia (Figura 1).


Figura 1. Línea de tiempo desde la aparición de la escritura hasta las primeras manifestaciones periodísticas

Fueron las narraciones las que en un principio le dieron sentido a la historia; fue su principal modelo de estructuración, quizás el único (Ricoeur, 1995; Hoyos, 2003), y luego, con la ampliación del abanico de expresiones del arte y la aparición de los medios de comunicación apoyados en la imprenta, aterrizó en el periodismo, donde tiene su acogida natural por su soporte en la verdad desde la perspectiva ontológica (Searle, 1995).

Mientras en la literatura la narración se convierte en testimonio de un pasado ficticio, en el periodismo sigue siendo el testimonio de un pasado cierto, descubierto e interpretado, lo cual le permite a la crónica mantener su condición original. En ambos escenarios la narración conserva sus elementos básicos: personajes, ambientes, meta, acción, instrumentos, el problema configurado por el desequilibrio entre algunos de los anteriores (Bruner, 1990) y el complemento de los contextos, es decir, los marcos referenciales que le dan sentido al relato.

Cuando llegaron al periodismo, las narraciones lo hicieron en su sentido más puro. De hecho, se convirtieron en parte de la naturaleza de la actividad periodística, con el acompañamiento de los textos argumentativos cargados de política. No se concebía otra manera de registrar la realidad distinta de la del relato, y eso estaba asociado a la naturaleza humana, de por sí narradora. Por eso, los primeros medios periodísticos estuvieron colmados de relatos. Es la crónica en su expresión como discurso: uso del lenguaje, comunicación de las creencias y la interacción a través de la lectura (Van Dijk, 1990). Eso hasta que circunstancias como la invención del telégrafo y las guerras hicieron aparecer los esquemas sintéticos y eficientes que dieron paso al género base del periodismo: la noticia (Hoyos, 2003; Jaramillo, 2012), que respondía a los mismos interrogantes de la crónica, pero no con escenas y ambientes, sino con datos concretos y despersonalizados.

Ya dentro del periodismo, la crónica toma un nuevo camino de crecimiento alimentada por la literatura (Hoyos, 2003; Rotker, 2005) y empieza a combinar los métodos de elaboración: del periodismo conserva los procesos de reportería (consecución de los datos), y de la literatura toma sus procedimientos expresivos, así como tomará otro tanto de otras manifestaciones (Figura 2).


Figura 2. Relaciones y diferencias entre la narración, la noticia y la crónica

Dice Hoyos (2003), a manera de resumen:

Narrar en el periodismo es el arte de construir versiones de los sucesos del mundo exterior a partir de un juego de equilibrio entre la memoria y la voz de los testigos, los datos dormidos en los documentos, los significados alojados en los contextos, y la mirada contemplativa, creativa, reflexiva y comprometida del autor. (p. 17)

Más adelante desglosaremos las aristas de este concepto que, por cierto, es muy certero. No obstante, es necesario resaltar que la narrativa propia de la crónica ha superado las fronteras del periodismo, porque en su condición de relato de hechos reales, este formato expresivo ha resultado muy valioso. En el mercadeo y en la publicidad cobra forma de storytelling y en la oferta de la comunicación estratégica se incorpora como testimonio validador de una marca para fortalecer su reputación. Esto también lo retomaremos y ampliaremos a su debido momento.

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9789587892673
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