Kitabı oku: «Andy Warhol»

Yazı tipi:

ANDY WARHOL

Título original: Andy Warhol. Le renard blanc

© del texto: Allary Éditions, 2021

© de la traducción: Jordi Giménez Samanes, 2022

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Publicado mediante el especial acuerdo con Allary Éditions

y 2 Seas Literary Agency

Primera edición: marzo de 2022

ISBN: 978-84-18741-44-9

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: Andy Warhol, Ewa Rudling (Född, 1936), (c) Album Maquetación: Nèlia Creixell

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

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por ningún medio sin permiso del editor.

A la memoria de mi padre, Francis Liaut (1946-2019).

«El mundo me debe aquello de lo que siento necesidad. Lo que yo necesito es belleza, brillantez, luz».

(RICHARD WAGNER)

«Mi alma sufre un pinchazo».

(P. G. WODEHOUSE)

ÍNDICE


PRÓLOGO
I. Únicamente existen dos males reales: la enfermedad y la pobreza
II. Andy Morningstar
III. La oración, el dibujo y el cine
IV. El muchacho de los cabellos verdes
V. Andy Piltrafa
VI. Primera exposición
VII. Los gatos del tío Andy
VIII. Os amo, sufro y os espero
IX. Acuérdate de desconfiar
X. Mi voz Bouvier
XI. Marilyn Monroe se convirtió en su Gioconda
XII. De pronto el pop art estaba por todas partes
XIII. The Silver Factory
XIV. Él me propuso Poly Esther y yo elegí Ultra Violet
XV. Pobre niña rica
XVI. Cómo enfrentar a una leona teutona con un colibrí californiano
XVII. Superstars
XVIII. Los surrealistas habrían soñado con crear una atmósfera como aquella (Salvador Dalí)
XIX. Entre Drácula y Cenicienta
XX. Andy era una droga deliciosamente irresistible
XXI. Desde entonces, su cuerpo no dejó de hacerle sufrir
XXII. Un bálsamo para el magullado ego de Andy
XXIII. Uno de los artistas mayores del siglo XX
XXIV. Como todos los que trabajaban para él, se enamoró
XXV. En París
XXVI. Artista, homosexual, demócrata y católico practicante
XXVII. Mi pequeño zorro blanco
XXVIII. Le tenía tomado el pulso a la época
XXIX. Jimmy Carter, Willy Brandt o Golda Meir, warholizados para la posteridad
XXX. Hasta qué punto se sentía solo
XXXI. El Doctor Andy y Mister Warhol
XXXII. Un esclavo de la fama
EPÍLOGO. UNA CONVERSACIÓN CON JOHN RICHARSON
NOTAS
AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

El lunes 19 de enero de 1987 me crucé con Andy Warhol en el Beaubourg. Yo estaba en segundo año del preparatorio, había cumplido los veinte hacía dos meses, y ahora, en este preciso instante, pasados más de treinta años, me acuerdo de él como si aquel breve encuentro acabara de producirse. Mi manía olfativa-compulsiva me lleva incluso a recordar con precisión el aroma de Shalimar que lo envolvía. Yo ignoraba por entonces que se rociaba con este perfume para disimular un persistente olor a ajo, que consumía en gran cantidad como beneficioso para la salud. Lo cual no deja de antojarse irónico, teniendo en cuenta que moriría al cabo de un mes, el 22 de febrero, a la edad de 58 años. Su presencia me intrigaba de tal modo, que no podía apartar la mirada de él. Con su peluca platino acrílica, colocada de través, y su tez desleída, que me hacía pensar en esos animales translúcidos privados de la luz del día, aquel hombre parecía pertenecer a otro espacio-tiempo. De haberse practicado un corte geológico al espíritu de Andy, ¿qué habría revelado? Esta pregunta me la hice entonces. Celebridad del arte en el mundo entero, se mostraba afable, prudente, atento con quienes lo rodeaban, lejos de la reputación sulfurosa que lo precedía por todas partes. Pero tras aquel aire reservado, yo detectaba también en él cierta socarronería (esa risa impasible de la que habló Toulet). Aquel quincuagenario hermafrodita se expresaba con la voz de una vieja dama irónica. Por decirlo de algún modo, se me aparecía tan enigmático como el hombre de la máscara de hierro. Nadie era menos terrestre, en sentido clásico. Pero, ¿quién se ocultaba en realidad detrás del artificio warholiano?

Desde aquel instante comencé a interesarme por él, hasta el punto de consagrarle mi tesina de licenciatura, en 1990. Aquellas páginas sobre The Silver Factory (1964-1967) fueron para mí bastante más que un simple trabajo universitario. Después de la publicación de mi primer libro, en 1994, varios editores se interesaron por mi tesina y me propusieron convertirla en un ensayo o en una biografía. Pero resistí a la tentación, ya que, en conjunto, aquel estudio me parecía demasiado árido, demasiado deudor de mis lecturas de biblioteca. Le faltaba carne, y también un suplemento de alma, conversaciones con sus conocidos más próximos, una investigación de verdad. Esta la inicié a comienzos de los años noventa, para concluirla en 2020. Según ha ido pasando el tiempo, no he dejado de indagar acerca de Andy Warhol, y mi curiosidad ha sido más que recompensada. Entre otras muchas personas, me entrevisté con la actriz underground y artista plástica Ultra Violet. Habladora impenitente, me ayudó a desbrozar el ecosistema warholiano, del que ella fue una de sus figuras emblemáticas. Su nombre quedará indisociablemente unido al de Warhol, así como a la estética de la Nueva York de los años sesenta, que sigue siendo fuente de inspiración para los creadores del mundo entero. El historiador del arte John Richardson, quien pronunció el elogio fúnebre de su amigo Andy el 1 de abril de 1987, me ofreció una valiosa clave interpretativa al compararlo con el protagonista de El idiota, de Dostoyevski. Lee Radziwill, hermana de Jacqueline Kennedy, me describió su propiedad de Montauk y la atmósfera que reinaba en ella a comienzos de los años setenta. Me reveló igualmente el secreto que se ocultaba tras la famosa voz de Warhol. Pierre Bergé me aportó luz acerca de la relación entre Andy e Yves Saint Laurent, quienes llegaron a idear juntos dos comedias musicales. A lo largo de numerosas conversaciones, en su casa o en un restaurante, Stuart Preston, el antiguo crítico de arte del New York Times, insistió siempre en la originalidad y en la importancia de Warhol en la historia del arte. Él lo conoció en sus inicios, y Andy le dibujó un retrato en 1958. He esperado veinticinco años antes de escribir este libro, con el fin de disponer de la distancia necesaria para poder dirigir una mirada mesurada y, así lo espero, ajustada sobre este monstruo sagrado del arte del siglo XX. Y puedo afirmar que no pocas revelaciones presentes en estas páginas, obtenidas gracias a decenas de horas de entrevistas con sus íntimos, no aparecen en ninguna de las numerosas biografías que le han sido dedicadas.

Además de transformar para siempre con sus cuadros la mirada de sus contemporáneos, Andy Warhol había adivinado antes que nadie que cada cual podía alcanzar el éxito por los motivos más incongruentes. Toda telerrealidad al completo está contenida en su «cuarto de hora de fama». En términos generales, nuestra época ejemplifica hasta qué punto estaban fundadas las profecías warholianas. Y muestra con énfasis el alcance de su siembra: utilización del vídeo en el arte contemporáneo, clips musicales, diseño gráfico, dirección artística, diseño artístico y moda. Son ya incontables los hijos de Warhol (empezando por Jeff Koons), ya sean de mayor o menor vuelo, y su impacto sobre la producción de imágenes diversas y variadas da la medida de su posteridad. Su influencia no ha dejado nunca de aumentar, de evolucionar. Todo el mundo queda fascinado ante este hombre que hizo de los botes de sopa y de las sillas eléctricas iconos intemporales que se arrebatan de las manos, hoy más que nunca, museos y coleccionistas. En noviembre de 2013, uno de sus «accidentes de coche» de 1963, Silver Car Crash (Double Disaster), se vendió en Sotheby’s por ciento cinco millones de dólares.

La actriz Paulette Goddard, musa de Charles Chaplin, llamaba a Andy «el zorro blanco». Y así es ciertamente como lo veo yo también: como un zorro astuto y curioso por todo, un Maese Raposo de pelaje platino que no dejó nunca de explorar, un viejo zorro del desierto que olisqueaba en busca de la dirección del viento, que comprendió su época mejor que cualquier otro, pero que se mantuvo misterioso e inaprehensible, y al que muy pocos lograron en realidad acariciar. Este Fantastic Mister Fox fue para mí el último dandi. Un dandi que encerraba también en su interior a un campesino prudente y silogómano, un romántico frustrado, un hombre cuyo lote de adversidades y sufrimientos se convirtió en un tesoro de guerra para él, un mito hecho a sí mismo en perpetua reinvención, un ángel exterminador y un ser muy rodeado de gente pero profundamente solo, que me hacía pensar en aquello que escribiera Madame de La Fayette en su historia de La princesa de Montpensier: «Se marchó del baile fingiendo encontrarse mal y se fue a su casa a soñar con su desdicha».

He intentado captar a Warhol de frente, de espaldas, de perfil y en semiperfil; he procurado descubrir todos los matices característicos de su personalidad. En ocasiones ha sido como ponerse un manto de ortigas. Ha habido también momentos llenos de flores. Ante todo me he tomado el tiempo necesario para penetrar en la atmósfera warholiana, para evaluar sus méritos y sus flaquezas. Encuentros y lecturas han alimentado el retrato de este hombre orquesta, a un tiempo ilustrador, pintor, fotógrafo, cineasta, autor (a falta de ser auténticamente escritor), creador de revistas y descubridor de talentos. O de cómo el hijo de unos pobres inmigrantes rutenos se convirtió en un artista venerado o despreciado: una polémica que fue interesante de estudiar, por cuanto, aún hoy, cuenta con tantos adoradores como detractores, y no deja a nadie indiferente. He aquí, pues, mi versión de Las muy ricas horas de Andy Warhol.

CAPÍTULO I
ÚNICAMENTE EXISTEN DOS MALES REALES: LA ENFERMEDAD Y LA POBREZA

Tras la muerte de su madre, Julia, en 1972, Andy Warhol afirmaba que estaba como una rosa cuando alguien le preguntaba por la anciana. «Se encuentra muy bien, gracias, pero está un poco cansada y no sale de casa». Este comportamiento no puede por menos de hacernos pensar en el personaje de Norman Bates, de Psicosis, la película de Alfred Hitchcock. Bates, que padece de un trastorno disociativo de la personalidad, ama de tal forma a su madre, que finge que sigue viva y conserva preciadamente su cadáver momificado y vestido en el sótano de la casa junto a su motel. ¿Qué sucedía en el caso de Andy? ¿Se trataba de una inhibición de autodefensa? ¿De un modo patológico de llevar el duelo? ¿Padecía él también de un trastorno disociativo? ¿O era un subterfugio para desembarazarse de los inoportunos, para escabullirse con el pretexto de tener que volver a casa para ocuparse de ella…? Un rasgo de humor muy Warhol. Llegaba al extremo de comprarle vestidos en las tiendas elegantes de Nueva York, cuando llevaba años muerta y enterrada. «¡Supongo que debía ponérselos él en casa, en secreto!», sugiere Ultra Violet. «Encajaría con su personalidad, quién sabe».1 Caben todas las hipótesis. Pero, ¿no podría verse en su actitud simplemente una incapacidad para expresar en voz alta la muerte del ser que más contó para él en su vida? «No hay que olvidar que Julia había ocupado el centro de la existencia de Andy. Su papel era primordial y, con su desaparición, él debía de sentirse vulnerable, completamente desamparado. Muchos homosexuales adoran a su madre, pero ¿cuántos de ellos mienten acerca de su muerte? Hasta donde yo sé, él es el único», explica John Richardson.2

Julia Warhola y su hijo pequeño formaron un águila de dos cabezas desde la infancia de Andy. En él influyeron las historias que ella le contaba acerca de su país de origen y de su juventud, así como una sensibilidad incontrolable que incidía en lo patético y lo lacrimógeno. La amable e implacable Julia alternaba los registros, dulzura y crueldad, abismos y cimas; el ángel del hogar se sumergía gustoso en el caldo de los recuerdos. Nada era inconfesable para ella, incluso delante de un niño pequeño e impresionable. Ella remendaba una y otra vez el pasado, sin preocuparse jamás por asentar las bases de una paz salutífera para su progenitura. «Yo decía de Andy que era mi pequeño vampiro de los Cárpatos, pues su familia procedía de esa región del mundo», recordaba su amiga São Schlumberger.3 Y más exactamente del pueblo de Miková, situado en la actual República de Eslovaquia, no lejos de la frontera polaca, en Europa central. Sus padres formaban parte de la minoría rutena. Hablaban el rusino, que mezclaba varias lenguas y dialectos, eran cristianos pertenecientes a la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla y vivían en la más extrema pobreza. Esta comunidad de campesinos austeros y piadosos sobreviviría, más que vivir, al yugo de diferentes déspotas a lo largo del tiempo, desde el Imperio austrohúngaro hasta la dictadura soviética. Una existencia ligada al ritmo de las estaciones y a la agricultura, a la falta de comodidades y a la ausencia de higiene. «Únicamente existen dos males reales: la enfermedad y la pobreza», escribía el príncipe de Ligne en el siglo XVIII, y este pensamiento habría podido ser la divisa de aquellas poblaciones rutenas. Granjeros y pastores en su mayor parte, no sabían leer ni escribir, y sus únicos consuelos eran la oración y alguna fiesta campesina, de vez en cuando, para celebrar un casamiento o el fin de la cosecha.

Los padres de Andy nacieron en Miková: Andrej Warhola en 1889 y Julia Zavacky en 1892. A la edad de dieciséis o diecisiete años, Andrej emigró a Estados Unidos, para instalarse en Pittsburgh, en la cuenca hullera de Norteamérica, con la esperanza de ahorrar y volver a su tierra con el fin de formar una familia. Eran muchos los que intentaban la aventura, en unas condiciones espantosas. Después de llegar a pie hasta el puerto más cercano y cruzar el océano en barco, hacinados en dormitorios insalubres, debían hacer frente a los servicios de inmigración de Ellis Island. A la menor señal de indisposición, eran puestos en cuarentena. Algunos eran devueltos para siempre a su país de origen. El lugar tenía bien merecido su sobrenombre de «Isla de las Lágrimas». Andrej consiguió llegar hasta Pittsburgh, cuyas acerías trabajaban día y noche. La descripción de la vida cotidiana de aquellos hombres ofrece la medida de su fuerza de carácter: condiciones de trabajo inhumanas, salarios de miseria, promiscuidad, contacto con prostitutas portadoras de enfermedades venéreas. Con la única esperanza de pensar que cada centavo ahorrado pudiera servir para obtener la mano de una joven de su tierra.

Al cabo de dos años, Andrej regresó a Miková con la intención de casarse. Fue entonces cuando se reencontró con Julia, de dieciséis años de edad, una adolescente considerada guapa, llena de vida y «artista»: pintaba los objetos cotidianos para hacerlos más bonitos, esculpía estatuillas y cantaba de maravilla. Andrej había sido paje de boda de su hermano, las familias se conocían desde siempre. Rendido a sus encantos, hizo la petición. Él era bien parecido, agradable, estaba dispuesto a todos los sacrificios, lo animaba una fe profunda y no bebía, una rareza en aquellas regiones en que los alcohólicos pegaban a sus mujeres. Todas sus amigas soñaban con casarse con él, pero Julia lo rechazó de entrada, no tenía ningunas ganas de acabar como su madre: consumida por quince embarazos consecutivos y marcada por la muerte prematura de seis hijos de corta edad. Se ocupaba de sus hermanos y hermanas, del hogar, de las cabras, y con eso ya tenía bastante. Pero su padre, que tenía demasiadas almas a su cargo, le pegó hasta que ella aceptó. La boda, celebrada en 1909, duró tres días, y a Julia le encantaba contarle a Andy los festejos: orquesta cíngara, coronas de flores frescas en el cabello, trajes bordados y alegría general. Una imagen que chocó muy pronto con la realidad: la joven pareja vivió los tres primeros años de su unión bajo el techo de los padres Warhola. Andrej trabajaba en el campo de sol a sol, mientras Julia se sometía a las órdenes de una suegra poco amable, como mandaba la tradición. Cuando él decidió volver a marcharse con destino a Pittsburgh, Julia, que acababa de dar a luz a su primera hija, se quedó en Miková. Él prometió llamarla lo antes posible, en cuanto reuniera dinero suficiente con que vivir los tres. ¿Cómo habrían podido imaginar que su separación iba a durar nueve años?

«En 1985, la comedia musical Los miserables conoció un enorme éxito, desde su estreno, y un día en que hablábamos de este espectáculo y de la novela de Victor Hugo, Andy me dijo: “Cosette era mi madre…”. Su expresión era tan seria, tan triste, que no la he olvidado jamás», recordaba São Schlumberger.4 A decir verdad, los Warhola se comportaban enteramente como los Thénardier con su nuera, a la que trataban peor que a los animales. Ella trabajaba para ellos doce horas al día, y cuando en 1914 dio a luz, se enfurecieron porque era niña. Otra boca más a la que alimentar, otra presencia inútil. Los chicos al menos se marchaban a buscar fortuna. El invierno de 1914 fue particularmente riguroso. La pequeña cogió frío y cayó gravemente enferma. Los Warhola obligaban a Julia a trabajar todos los días en el campo, cuando ella lo que deseaba era permanecer junto a su hija. Sin la ayuda de un médico ni el cuidado de nadie, el bebé murió con seis semanas. ¿Cuántas veces describiría Julia aquella escena a Andy? Un atardecer, al volver a casa agotada y aterida, descubrió el cuerpecito sin vida en la cuna. Al cabo de veinte años, revivía la escena delante de su bebé, entre sollozos y gritando: «¡Mi niña está muerta!».

Julia no encontró ningún consuelo en el seno de su propia familia. Su padre había muerto, y a su hermano más querido lo mataron en la guerra, lo cual llevó a su madre a la tumba en el espacio de un mes. Julia tuvo que ocuparse de sus dos hermanas pequeñas, de seis y nueve años. Resultó que el joven hermano estaba vivo, se trataba de una noticia falsa, pero el mal estaba hecho. Maltratada por sus suegros, lejos de su marido, con la carga del cuidado de dos huérfanas y pasando por el duelo por su primera hija, Julia vivía además bajo el terror de los combates, de una gran violencia en la región. A menudo tenía que ir a esconderse con las niñas en los bosques vecinos, durante días enteros. Las mujeres solas eran víctimas de violaciones, era algo por todos sabido. ¿Qué sentiría al descubrir la casa de su familia completamente quemada? Andy escuchó decenas de veces a Julia contar las desgracias de su juventud, ella no se cansaba nunca. «Es peligroso dejarse llevar por la voluptuosidad de las lágrimas: te arrebata el ánimo e incluso la voluntad de sanar», apuntaba Henri-Frédéric Amiel en su Diario, el 10 de febrero de 1846.

Julia decidió trabajar para su párroco, lo cual le permitió sacar adelante a sus hermanas, de las que los Warhola se negaban a ocuparse. Esperaba en vano noticias de su marido, quien sin embargo le envió en varias ocasiones dinero para sufragar su viaje a Estados Unidos: un dinero que ella no recibió jamás. En 1921, terminó por pedirle prestada al párroco la suma necesaria y confió a las dos pequeñas a unos parientes, antes de ir a reunirse con Andrej en Pittsburgh. Tras un periplo largo y lleno de dificultades, se reencontraron por fin, pero la Norteamérica obrera, en aquellos comienzos de los años veinte, era apenas menos inhospitalaria que Miková y sus alrededores, que contaban al menos con el beneficio de ofrecer una naturaleza inmaculada, preservada de la suciedad del mundo industrial. En Pittsburgh, la contaminación era tal, que las farolas permanecían encendidas todo el día, por cuanto la luz del sol prácticamente no llegaba a la calle. Los obreros se hacinaban con sus familias en habitaciones sórdidas, cuyas condiciones sanitarias eran deplorables; vivían en verdaderos cuchitriles. Su experiencia recordaba la novela Norte y sur (1855), en que Elizabeth Gaskell evocaba el «Black Country» de las fábricas de Mánchester en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX en Inglaterra: un universo miserable y brutal en el que los patronos explotan a sus empleados, seres oprimidos y recambiables. En Norteamérica, por aquellas fechas, el rendimiento industrial se basaba más que nunca en una productividad vinculada con la racionalización de las tareas y en relaciones de trabajo fundamentadas en la autoridad, que sacrificaba a los obreros. A partir de 1920, el gobierno Harding había tomado oficialmente posición a favor de la patronal, hasta el punto de que el número de sindicados cayó de cinco millones en 1920 a tres millones y medio en 1929. No obstante, el discreto Andrej no sintió nunca que todas aquellas luchas fueran con él, pues no tenía sino un único deseo: hacerse invisible y fundirse en la masa.

En aquel mismo año de 1921, en el momento en que Julia descubría su nuevo país, la economía norteamericana sufrió una fuerte depresión, provocada por un descenso rápido de las exportaciones. La crisis golpeó de lleno a la industria del automóvil, indisociable de las grandes acerías de Pittsburgh. A partir de 1921, el aumento de la producción europea había liberado prácticamente a la vieja Europa de su dependencia con respecto al Nuevo Mundo. Se cernía la amenaza del paro, Andrej lo sabía, y el constante aflujo de recién llegados redundaba en la precariedad de su día a día. Había que apretar los dientes y no hacerse ver. No cabía esperar ningún tipo de ayuda de las sucesivas oleadas de inmigrantes, el «sálvese quien pueda» era la única regla en vigor, y los últimos en llegar eran los más marginados. Los Warhola inspiraban apenas menos compasión que los negros de los estados del sur y que los blancos más desfavorecidos de los Apalaches, sumidos en una terrible pobreza. Pero Andrej había progresado en la jerarquía, había dejado las minas de carbón para hacerse obrero de la construcción, una condición que lo llevó a viajar a través de Estados Unidos de una obra a otra.

La pareja de jóvenes casados, ya no tan jóvenes (tenían 32 y 29 años en el momento de su reencuentro), amplió la familia lo más rápidamente posible, por cuanto su primer hijo, Paul, nació en junio de 1922, seguido de un segundo, John, en mayo de 1925. En la habitación de sus padres en Pittsburgh, nació Andrew Warhola el 6 de agosto de 1928, bajo el signo de Leo. «Soy Pez-Gato»,5 respondió a un periodista que le había preguntado, unos meses antes de su muerte, cuál era su signo del zodíaco.

CAPÍTULO II
ANDY MORNINGSTAR

La infancia de Andrew, a quien sus allegados llamaban Andy, desarrolló en él una estrategia de supervivencia que condicionaría su vida adulta: anticiparse a todo, incluso a las más negras posibilidades. Una infancia constreñida, minada por la pobreza y la enfermedad. «Soy una flor incolora nacida en un cubo de basura, y a la que solo mi madre se acordó de regar», confió un día entre risas a su amiga São Schlumberger.1 «Una broma a mano armada», habría dicho Sainte-Beuve. El Pittsburgh de los años veinte y treinta era tanto un territorio geográfico como mental, un mundo de callejones sin salida y de ángulos muertos. Los Warhola vivían en cajas de cerillas, respiraban un aire viciado, y Julia se angustiaba de ver a su marido extenuado por la labor, exprimiéndose por ahorrar cada centavo, en un contexto más difícil que nunca. Un año después del nacimiento de su último hijo, el crac bursátil de Wall Street, en octubre de 1929, dio origen a una oleada de despidos sin precedentes por todo el país. Los parados se contaban por millones. En marzo de aquel mismo año, el presidente Herbert Hoover había prometido «un nuevo amanecer», que iba a permitir el acceso a la prosperidad, incluso a los más desposeídos. Y ahora resultaba que, siete meses más tarde, el 24 de octubre, la caída de las cotizaciones generaba un efecto dominó de quiebras y un paro generalizado. Durante los tres años que siguieron, uno de cada cuatro trabajadores norteamericanos perdió su empleo. Algunos recorrían desesperadamente el país entero en busca de un trabajo cualquiera, aunque fuera el más ingrato. La fotógrafa Dorothea Lange realizó una serie de retratos de aquellas familias quebrantadas por los avatares del capitalismo. Fue necesario esperar a la elección del presidente Roosevelt, en 1932, para empezar a recobrar la esperanza. En 1933, desplegó su política del New Deal, un amplio programa de reformas que estimuló el crecimiento económico.

En Pittsburgh, tampoco los Warhola se salvaron, y Andrej perdió también su empleo. Tuvieron que abandonar la casa en la que vivían y alquilar un minúsculo apartamento de dos habitaciones. Andrej se transformó en hombre para todo y Julia se puso a trabajar como mujer de la limpieza. Los tres hermanos dormían en la misma cama y se aseaban en un barreño, por cuanto los sanitarios eran inexistentes, pero sus padres se tomaban como una cuestión de honor que fueran bien alimentados, incluso en los peores momentos. Se criaron entre un padre exhausto y severo, pero siempre justo, y una madre benevolente y exaltada, que a la mínima volvía a sumirse en sus recuerdos. Revivía una y otra vez sus amarguras del pasado, lo cual la ayudaba a sobrellevar la tristeza y los problemas cotidianos, y les cantaba baladas tradicionales que partían el corazón. En cuanto disponía de un poco de tiempo, Julia ideaba composiciones florales con latas de conserva vacías, que guardaba como un tesoro. Luego intentaba venderlas, puerta a puerta, con el fin de llegar sin tantos apuros a fin de mes. Podía recorrer kilómetros a pie antes de vender una, ya que, en aquellos años de depresión económica, un gasto como aquel no era una prioridad para las amas de casa, que tenían que hacer malabarismos con el último centavo. Pero ella no se permitía el desánimo y continuaba su camino con la esperanza de hacer más llevadera la existencia. Unos cuantos años más tarde, Andy afirmó que aquellas creaciones le inspiraron sus famosas pinturas de latas de conserva, que le valdrían la gloria.

Sus hermanos mayores hacían cuanto podían para ayudar a sus padres, repartiendo periódicos, carbón y hielo a domicilio. Paul y John eran luchadores, tenían resistencia, raramente se dejaban vencer por el abatimiento, mientras que a Andy, tímido y reservado, todo le daba miedo. Los dos hermanos mayores eran los clásicos jóvenes viriles y no siempre comprendían las reacciones de su hermano pequeño, por lo que las peleas eran frecuentes. Con cuatro años de edad, en su primer día en la escuela infantil, una niña pequeña pegó a Andy, y este estuvo un año sin querer volver a la escuela. Prefería quedarse en casa con su madre, siempre dispuesta a ceder a sus deseos. El ambiente familiar de los Warhola era más bien triste y austero, pero el mundo exterior le parecía aún peor a Andy. ¿Acaso sus hermanos no sufrían en la calle la intimidación y extorsión de los hijos de inmigrantes irlandeses e italianos, durante el camino de vuelta del colegio? Pero ellos preferían pelear, antes que rendirse, la valentía era la única alternativa válida para Paul y John. Fue durante esta época cuando Andy, aquel niño angustiado y pesimista, se apegó con pasión a su madre, hasta el punto de encerrarse ambos en una prisión afectiva.

En 1934, Andrej, que había ahorrado pacientemente cada dólar desde su llegada a Norteamérica, pudo pagar al contado una pequeña casa de ladrillo en un barrio menos sórdido, South Oakland, en el número 3252 de Dawson Street. Los padres dormían en el comedor y los tres hermanos en la buhardilla, lo cual les permitía alquilar las dos habitaciones y el baño del primer piso. En 1932, Andrej pasaba de un empleo manual a otro, pero la vida se había vuelto menos áspera para toda la familia, puesto que se habían convertido en propietarios y percibían el alquiler de sus inquilinos. Disponían además de un pequeño huerto, del que Julia se ocupaba con el mayor esmero. Las verduras que cultivaba en él representaban un ahorro siempre bienvenido, y cocinaba buenos platos con ellas. Dos años más tarde, el pequeño Andy contrajo la escarlatina. De aquella «fiebre escarlata», le quedó para toda la vida la herencia de una nariz roja. Durante el resto de su infancia fue motivo de grandes burlas entre los demás niños y que se convirtió para él en una fuente de tortura interior, que le llevó a desarrollar un profundo sentimiento de inferioridad. Mientras tanto, no sin copiosos gritos y llantos, había vuelto a ir a la escuela, donde se mostró siempre como un alumno estudioso y aplicado. Andy destacaba en cuanto cogía un lápiz para dibujar, pero tenía más dificultades con el inglés, por cuanto en casa sus padres solo hablaban rusino. Le costó por este motivo progresar en la lengua de su país de adopción.

Si Andrej la hablaba más o menos correctamente por resultarle imprescindible para trabajar, no había peligro de que Julia mejorara mucho su inglés, pues se desenvolvía en un círculo cerrado formado por los miembros de su familia, exiliados ellos también en la región. Hermanos, hermanas, primos, tíos y tías se reunían con la mayor regularidad posible, en una atmósfera ruidosa y alegremente rutena que recordaba a la de Miková. Andy no guardaba solo buenos recuerdos de todo ello. En abril de 1983, con cincuenta y cuatro años, confiaba a su diario íntimo un episodio revelador.2 Cierto día en que habían ido a visitar a una hermana de su madre, que vivía en el barrio norte de la ciudad, la anfitriona había recibido también la visita de una anciana desdentada a la que había servido un cuenco de sopa. Como la señora no se lo terminó, la tía se lo dio a su joven sobrino, quien tuvo que apurarlo ante la mirada de los demás, pues tirar comida era algo impensable. Durante su edad adulta, Warhol detestaba el más mínimo contacto físico, prefería comer solo en casa, antes que encontrarse con amigos en un restaurante, ya que la mera idea de unos cubiertos sospechosos le repugnaba. Ello alcanzó mayores proporciones con la aparición del sida. Andy desplegó entonces un acervo de inventiva para no beber nunca de una taza de café que hubiera sido utilizada por otras personas, aunque la hubieran fregado.

La religión dirigía la vida de la familia Warhola. Ben-decían la mesa antes de cada comida y no se acostaban sin rezar. El domingo, antes de respetar un descanso absoluto, asistían todos juntos a misa en una pequeña iglesia con las paredes recubiertas de iconos. Aquellos bellos rostros bizantinos de santos y arcángeles, de apóstoles y mártires, alineados y colgados muy pegados unos a otros, inspirarían a Andy sus retratos en serigrafía. ¿No decían en China los pintores de estampas que el viento del pasado soplaba a través de sus pinceles? No tan solo en sus obras sopló este viento, ya que Andy Warhol, durante toda su vida, siguió asistiendo regularmente a la iglesia cada domingo. Cuando ya se había convertido en un artista famoso, se llevaba los domingos a misa un bote vacío de mantequilla de cacahuetes, que llenaba de agua bendita con el fin de purificar cada una de las habitaciones de su domicilio neoyorquino. De niño, Andy era tan piadoso, que su hermano Paul pensaba que quizás estuviera llamado al sacerdocio. En familia, o en compañía de los demás niños del vecindario, también era capaz de mostrarse como un chico alegre y bromista. Y le encantaba jugar con su perrita Lucy. Este último detalle no carece de importancia, y es que, hasta su muerte, siempre se sintió más cercano a sus gatos y perros que a los seres humanos.

Ahora que la vida de la familia había entrado en un período de mayor calma, un nuevo infortunio trastornó a Julia cuando Andy cayó gravemente enfermo, a la edad de ocho años, aquejado del mal de San Vito (denominación obsoleta, hoy en día sustituida por la de corea de Sydenham). Se trataba de una infección del sistema nervioso central, que podía afectar a niños de entre cinco y quince años, y se caracterizaba por accesos de fiebre, movimientos espasmódicos e incontrolables de las extremidades, y por un reumatismo articular agudo. En el colegio, las manos le temblaban de tal modo, que los demás alumnos se burlaban sin miramientos de él. Andy sufría por falta de atención, pero también por algo más serio como era una gran inestabilidad emocional. En junio de 1981, anotaba en su diario3 que en aquella época había sido también víctima de vacíos de memoria. Aquella patología tuvo repercusiones muy graves, ya que provocó en él despigmentación de la piel y caída precoz del cabello. La corea de Sydenham se cura merced a la penicilina, pero esta no entró en circulación hasta 1941, es decir, varios años más tarde. En 1935, había que esperar con paciencia hasta que la infección desapareciera tal y como había venido. Julia se volvía loca de preocupación con él, pues Andy era un niño frágil y enclenque, contrariamente a sus hermanos. No en balde, bastante antes de contraer la escarlatina y la corea de Sydenham, se había roto un brazo al caer entre los raíles de un tranvía, a la edad de cuatro años. El hueso se había soldado torcido, y había sido necesario volver a romperlo para recomponerlo en su posición original.

Andy se había convertido en la víctima propiciatoria de su clase, y consiguió convencer a su madre para que le dejara quedarse con ella en casa. Él la llamaba «Matsuka» y ella a él «Andek». Matsuka y Andek eran más que nunca inseparables. Él la ayudaba en el huerto, la miraba cocinar, reían, nada les gustaba más que dibujar y pintar juntos, sobre todo gatos. La locuaz Julia le contaba historias del tiempo pasado, no dejaba nunca de evocarle a su pobre hermanita muerta, la Primera Guerra Mundial en Miková y otros tantos temas caros a aquella «Drama Queen» rutena. Andrej se exilió con los chicos mayores, a la habitación de estos, a fin de dejarle el campo libre a Andy, que dormía con su madre. Ella velaba por él día y noche, le aterraba la idea de que también él pudiera morir, como su hijita pequeña. Julia le compraba cuadernos y scrapbooks (álbumes de recortes), lápices y pinturas, tijeras y botes de cola. Andy dibujaba, montaba collages y, cuando pidió un proyector para ver dibujos animados, ella fue a limpiar a más casas para poder regalárselo, porque la regla era no tocar el dinero del hogar. Andy la recompensaba con dibujos de los personajes con los que acababa de disfrutar en la pantalla: sus primeros retratos. Aprendió a manejar también la máquina de fotos de la familia. La cama se convirtió en una maravillosa balsa salvavidas, en la que podía refugiarse a la menor alarma. Durante su edad adulta, Warhol fue famoso por sus cuatro estudios, todos ellos llamados «Factory», en los cuales, rodeado y asistido por sus ayudantes, se entregaba a sus diversas actividades artísticas: pintura, fotografía, rodaje de películas, creación de una revista. En 2016, la ensayista Olivia Laing propuso la siguiente tesis: el dormitorio de Dawson Street había sido su primer taller, su primera Factory. El pequeño Andek expresó en él toda su creatividad naciente, con su Matsuka a su lado como única y exclusiva ayudante.

Su pasión por el cine nació en su dormitorio-taller, donde leía las revistas especializadas que le traía su madre. Iba a ver una película todas las semanas, los sábados. Andy huía de una realidad insatisfactoria imbuyéndose de la vida de las estrellas cinematográficas, cuyas fotos recortaba y coleccionaba como un tesoro, y frecuentando las salas de cine. Hollywood se convirtió en su colegio y en el antídoto a las constricciones de su vida cotidiana; un refugio para olvidar Pittsburgh y su enfermedad. Se sentía vibrar, como si viviera una vida más intensa. Cada semana esperaba con impaciencia la hora de salir para ir al cine. En él se ofrecía todo un espectáculo recreativo que duraba dos horas y que constaba de un aperitivo musical, una representación escénica, un cortometraje cómico, un reportaje de actualidad y un largometraje, sin olvidar las fotos de promoción de los intérpretes principales, que pasaban a integrar su preciada colección. Andy no se perdía nada. Se evadía así de un mundo estrecho y cruel, para visitar palacios, regiones exóticas y épocas idealizadas. Concibió una pasión por la belleza física y la elegancia teatral de las mujeres, tal y como se las representaban los estudios californianos. Ello incluía pestañas postizas, satén, zorro blanco y diamantes por doquier. «Andy poseía un conocimiento enciclopédico del trabajo de los grandes modistos», recordaba su amiga Ultra Violet. «En plenos años sesenta era todavía capaz de recordar hasta el más mínimo detalle lo que llevaban Marlene Dietrich, Joan Crawford o Hedy Lamarr en películas de los años treinta y cuarenta. “Deberías quedarte con este modelo”, me decía, “Loretta Young o Jeanette MacDonald llevaban el mismo y a ti te sentaría estupendamente”. Sentía pasión por Adrian, que había vestido a Garbo, su icono. Andy me hizo una lista de todas las películas que había que ver solo por sus guardarropas, y si un cine de barrio las reponía, allí se iba de cabeza. Algunas eran mediocres, pero el diseñador de vestuario había hecho maravillas. “Es una birria de película, pero Merle Oberon está tan divina y tan chic... Ve, te dará ideas…».4

Sus sueños de celuloide no tenían fin: Andy se pasaba horas leyendo revistas que hablaban de rivalidades entre actrices, de intrigas novelescas y de chismes diversos y variados. La piadosa Julia, que no entendía inglés, no tenía ni idea de lo que contenían aquellas páginas. Salvo por raras excepciones, las revistas y las películas no solían abordar la realidad económica y social de aquellos tiempos de crisis, y cuando un director se arriesgaba a hacerlo, como en el caso de King Vidor con El pan nuestro de cada día (1934), que narraba la vida de una pareja de desempleados, el público desertaba de las salas. Al igual que Andy, los espectadores norteamericanos querían soñar. La amenaza de la pauperización no podía competir con Fred Astaire y Ginger Rogers, que afrontaban los problemas bailando de tiros largos, con frac y vestido de noche.

Toda su vida Warhol recordó que su película favorita había sido y seguía siendo Alicia en el país de las maravillas, en la versión de 1933, la de Norman McLeod, que había visto en su infancia, protagonizada por Gary Cooper como el Caballero Blanco y Cary Grant como la falsa tortuga. Andy se imaginaba entonces como la heroína, que podía pasar al otro lado del espejo, donde todo era puro exceso; The Silver Factory («La Fábrica Plateada»), su primer estudio, podía compararse con tomar el té con el Sombrerero Loco: Andy podía adoptar alternativamente el papel del Sombrerero, de Alicia o de la malvada Reina de Corazones, que ordenaba decapitaciones según su humor del momento. Por norma general, se identificaba sobre todo con niñas y adolescentes. Tenía también debilidad por El mago de Oz (1939) y por Su última diablura (Three Smart Girls Grow Up, 1939), con Deanna Durbin, vedette de comedias musicales. Pero su actriz favorita, aquella a la que rendía verdadero culto, fue sin duda Shirley Temple. A partir de 1934, esta niñita de cuatro años representó, en una sucesión de películas exitosas, el papel de huérfana encantadora y valerosa en busca de familia. Una niña necesitada de protección y afecto con la que Andy se identificaba profundamente. Él la imitaba, copiaba su entonación y sus gestos. Ya adulto, sorprendía a veces a su entorno reapropiándose de aquella gestualidad tan característica y representando de memoria escenas de La simpática huerfanita (Curly Top, 1935), Heidi (1937) o La pequeña princesita (1939). «Un día, Andy se puso a imitar para mí a Shirley Temple, cantando y bailando con Bill “Bojangles” Robinson, no me lo podía creer», recordaba Stuart Preston.5 «Era torpe, pero se puso tan alegre, como pocas veces lo había visto, hasta el punto de que ante mis ojos no tenía ya a un adulto con peluca, sino a un niño pequeño que creía ser Shirley Temple, como si se hubiera equivocado de cuerpo». La admiraba tanto, que le escribió pidiéndole su autógrafo, y cuando lo recibió por correo en su casa de Dawson Street, Andek se sintió tan feliz como nunca en toda su vida.

Lejos de ser una afición pasajera, su pasión por el cine no flaqueó jamás a lo largo de los años. Warhol dirigió y produjo numerosas películas, fundó una revista enteramente dedicada al séptimo arte y buscó la compañía de actrices y actores famosos. Si descendemos a un nivel más profundo, podría decirse que su enfermedad, vinculada con todas estas películas y lecturas, provocó en él lo que los psicoanalistas definen como «un caso de autoengendramiento». Se trata de un renacer por el mero poder de la imaginación, de una construcción de lo que Freud llamaba «la novela familiar de los neuróticos». Andy dejaba así de ser un Warhola, el hijo de Andrej, para poner en escena situaciones en las que reemplazaba a sus padres por seres carismáticos, admirados por todos, infinitamente más halagadores para él que los modelos originales. Había elegido además un apellido nuevo para sí, según anota en su diario, en octubre de 1984:6 Andy Morningstar (Andy «Estrella de la Mañana»). Nada le parecía tan bonito como aquel patronímico de ficción. En sus fantasías, podía prescindir de sus hermanos e imaginarse Shirley Temple en La pobre niña rica (1936), todo era posible. Y el pobre Andrej dejaba su plaza al ventrílocuo Edgar Bergen, al que admiraba mucho, mientras que su Matsuka, con delantal de flores y babuchas, adoptaba los rasgos de Greta Garbo o de Paulette Goddard, quien se convertiría decenios más tarde en amiga y en una desconcertante madre de sustitución, dos años después de la muerte de Julia. Para Andy, el glamur fue tanto un veneno, como un arma y una varita mágica.

CAPÍTULO III
LA ORACIÓN, EL DIBUJO Y EL CINE

A los diez años, Andy Warhol era un ratón en un mundo de gatos. En el colegio, al que le obligaron a regresar, era discreto hasta la invisibilidad, y no tenía más que un deseo, el de volver a casa con Julia. Ella lo sobreprotegía, porque era su hijito frágil, y él prefería el refugio de su habitación a las aventuras que pudiera ofrecerle el mundo exterior. Detestaba los deportes, y a los ojos de sus hermanos y de los demás chicos del barrio, que no vivían más que para el béisbol, era un gallina. Si Andy asistía al estadio, era solo por ayudar a Paul y John a vender cacahuetes las tardes de partido, y ganar algo para poder ir todos los sábados al cine. Aquel muchachito sin pigmento en la piel y con la nariz roja era demasiado afeminado y todo un engorro para la Norteamérica de los años treinta, y más aún para el Pittsburgh de la época. Pero sobresalía en una faceta: el dibujo.

Andek se hacía perdonar dibujando el retrato de sus allegados y de los vecinos de la calle Dawson. Cuando dibujaba era él de verdad, daba lo mejor de sí mismo y se ganaba a los demás, que se sentían halagados al reconocer sus rasgos en los ágiles trazos de su lápiz. En el tiempo que tardaba en hacer un boceto, obtenía el respeto de la gente. Aprovechaba además su habilidad para ganar unos centavos vendiendo los dibujos a sus ocasionales modelos. Un profesor de la escuela primaria, asombrado por su talento, lo recomendó para que asistiera a los cursos de arte de los sábados que ofrecía el Carnegie Museum of Art, considerado como el primer museo de arte moderno del país. Criado en un medio de una perfecta estrechez intelectual, Andy emergió por fin de los espinos al recibir una enseñanza de gran calidad y descubrir por vez primera las obras de arte. La diversidad social le abrió igualmente los ojos, pues algunos de los otros niños llegaban al centro en coche con chófer y acompañados por una madre que parecía salida de una revista.

En casa, ¿se daba cuenta Andy de que su padre no era ya más que una sombra de sí mismo, agotado por años de trabajo en unas condiciones durísimas? Paul y John pensaban que su hermano pequeño sobreactuaba a veces en su papel de niño enfermo, con el fin de salirse más fácilmente con la suya. A la menor contrariedad, sufría una nueva crisis nerviosa y no volvía a salir de casa durante días enteros, en ocasiones semanas. Tiranizaba entonces a toda la familia, que vivía al dictado de las vicisitudes de su salud. Prisionero de un mundo en el que únicamente su madre tenía un papel relevante, Andek dejaba que sus hermanos, mucho más maduros que él, se preocuparan por Andrej, como también hacía Julia, dividida entre un hijo enfermizo y un marido que languidecía a simple vista. Proporcionar a su familia una vida lo más digna posible había sido la única prioridad de aquel hombre responsable y serio, a quien parecía haber abandonado la alegría de vivir. Con dieciséis años, Paul había interrumpido sus estudios para trabajar en una acería y ayudar a su padre. Su salario supuso una gran ayuda para la familia. Sin embargo, Andrej no pensó ni por un momento en bajar el ritmo, siguió trabajando doce horas al día y seis días a la semana, ahorrando cada dólar para el día de mañana. El camino que había recorrido desde su marcha de Miková era admirable: había sido capaz de comprar la casa en la que vivían y de criar a tres hijos en tiempos de crisis. Pero sus fuerzas menguaban y ya solo era un recuerdo del que había sido.

El 6 de mayo de 1942, Andrej fue hospitalizado como consecuencia de intensos dolores abdominales. Julia quedó persuadida para el resto de su vida de que había bebido agua contaminada en su puesto de trabajo. Su estado empeoró rápidamente, y murió el 15 de mayo, con cincuenta y dos años, víctima de una peritonitis tuberculosa, según reveló la autopsia. Esta tragedia sobrevenía cinco meses después de la entrada de Estados Unidos en la guerra, y Julia, que conservaba un recuerdo aterrador del conflicto de 1914 a 1918, se horrorizó al ver partir a gran número de jóvenes soldados, por cuanto sus hijos mayores pronto cumplirían la edad para ser llamados a filas. Paul tendría que unirse a la marina a partir de 1943, el clima era de tristeza generalizada. Andrej estuvo de cuerpo presente en su ataúd en el centro del salón de Dawson Street durante tres días, tal como mandaba la tradición. Andy, que por entonces contaba trece años de edad, no quiso ver a su padre muerto ni asistir al funeral. Su madre lo aceptó, pues temía que un golpe emocional demasiado intenso pudiera provocar un nuevo ataque de mal de San Vito. En aquel estadio estaban ya presentes todos los elementos constitutivos de la personalidad de Andy Warhol: las composiciones florales de hojalata de su madre llevaban en su interior sus futuros cuadros de botes de conserva, y el alineamiento de los iconos en su pequeña iglesia de madera le inspiraría un día sus retratos en serigrafía. La hipocondría y la fobia incontrolable a los microbios, la fidelidad a la misa, la pasión por el cine, un físico diseñado por la enfermedad, una carrera de ilustrador y pintor, el rechazo a los hospitales y la negación categórica de la muerte. Durante su edad adulta, Warhol no asistiría jamás a unos funerales, ni siquiera a los de Julia en 1972.

Antes de morir, Andrej había reunido el dinero suficiente para garantizar la transición inmediata y pagar una parte de los estudios de Andy, pues había comprendido que, de sus tres hijos, él sería el único que podría ir a la universidad. Como padre y esposo prudente y sensato, había comprendido también que solo John, de dieciséis años de edad por entonces, podría velar por sus finanzas, ya que Julia no entendía nada de cuentas y Paul era aficionado a los juegos de azar. De modo que, poco antes del final de su vida, Andrej nombró jefe de familia a John, quien cumplió con esta responsabilidad con un discernimiento sin tacha. Julia, viuda a los cuarenta y nueve años, se sentía completamente desorientada. A la menor contrariedad, se ponía a rezar de rodillas con sus tres hijos. «Tras la muerte de su marido, Julia se aferró a Andy, al igual que él había hecho con ella durante toda su infancia. Contrajeron ambos una especie de pacto de asistencia mutua. A John le dirá que sin Andy nunca habría podido soportar aquellos tiempos difíciles», escribió Victor Bockris.1

En la calle Dawson, la situación era siempre tensa, como un hilo a punto de romperse: Julia y Andy se encerraban en su mundo, mientras que Paul sentía rencor hacia John por el hecho de que este hubiera sido el elegido por su padre. Claro que, ¿cómo reprochárselo? ¿Acaso él no había abandonado sus estudios con dieciséis años para ayudar a los suyos mediante su salario? ¿Cómo no comprender un sentimiento mezcla de ira e injusticia? En cuanto a John, tampoco era de extrañar que en ocasiones se sintiera abrumado por el peso de una carga como aquella. Las cosas no mejoraron en el seno del hogar cuando Paul se casó, en 1943. Como no tenía recursos para alquilar una vivienda, el matrimonio se instaló en casa de los Warhola, a cambio de una pequeña cuota que pagaban a Julia. La esposa no contribuyó al consenso, pues no ocultaba que no le gustaba Andy: un adolescente mimado por su madre cuyos gestos amanerados le molestaban. A sus ojos, no era un varón digno de tal nombre. Todo la exasperaba, incluido el hecho de que su marido llegara repetidamente tarde a casa. Los gritos eran frecuentes. Cuando Paul fue reclutado en la marina, John se puso a trabajar a tiempo completo para mantener a los suyos. Compraba fruta y verdura a los mayoristas y las revendía a particulares junto a su camioneta. Salía de casa al amanecer y volvía al final del día, agotado. Julia, por su parte, debía ocuparse de su nuera, que se había quedado embarazada. No dejaba de demostrarle hasta qué punto esta situación le suponía un esfuerzo extra, pues había tenido que volver a limpiar a domicilio, y el cansancio era hondo. Cuando el pequeño Paul nació en 1944, la joven mamá hubo de irse a vivir con sus propios padres, pues Julia cayó enferma de gravedad.

Se trataba de cáncer de colon. Le extirparon el intestino grueso, y tuvo que llevar una bolsa de colostomía de por vida. Soportó los peores sufrimientos y, más desvalida que nunca, ofreció a Andy el espectáculo de la desolación, él que tenía todavía en la cabeza la imagen de la agonía de su padre. Andy desarrolló una desconfianza incurable con respecto a los hospitales y los cirujanos, una aprensión que tendría repercusiones funestas en su propia salud. Rezaba mucho por su Matsuka, convencido de que también ella iba a morir. Su vínculo era tan profundo, para lo bueno y para lo malo, que era incapaz de imaginar la vida sin ella. Este pensamiento le era insoportable y buscaba refugio en la oración, a modo de amparo invisible y protector. Su madre sobrevivió y regresó a la casa de Dawson Street. Para entonces la oración se había convertido para él en una opción permanente, en un modo benefactor de confiarse, en un contraveneno infalible frente a la angustia y las dudas que jalonaron su vida.

Andy, adolescente solitario y acneico, tenía tres únicos refugios: la oración, el dibujo y el cine. Los sábados por la mañana en el Carnegie Museum, era el mejor alumno de la clase, para admiración tanto de profesores como de compañeros, pero su comportamiento distante se percibía como una falta de amabilidad, y era incapaz de entretejer lazos con los demás. Se sentía torpe y desplazado cuando observaba a los alumnos más aventajados, a los que consideraba semidioses descendidos de su Olimpo. «Andy experimentaba fascinación por los niños privilegiados», recordaba Ultra Violet. «Me señalaba y les decía a los demás: “¡Se ha criado en un castillo!”, como si eso fuera sinónimo de suerte y felicidad. Por mucho que le dijera que yo había tenido una infancia espantosamente desgraciada, no servía de nada. No he olvidado nunca hasta qué punto lo cautivaban algunas jóvenes como Edie Sedgwick o Marisa Berenson. “Además de guapísima, el padre de Marisa era diplomático, y ella con cinco años hablaba ya tres idiomas como cosa normal”, constataba, deslumbrado. Lo mismo sucedía con Benedetta Barzini, otra joven espléndida, adornada a sus ojos con todas las gracias: hija de un famoso periodista y diputado italiano, había empezado a viajar muy joven, como Marisa. Él no veía la soledad y la tristeza de nuestra infancia, era desconcertante. Si tus padres tenían dinero, si habías gozado de protección material, tenías que ser feliz, la ecuación para él era así de simple. Comprendí el porqué al leer las primeras biografías que aparecieron sobre él, tras su muerte. Nuestros problemas existenciales debían antojársele irrisorios y fútiles, carentes de fundamento real, pues su familia había conocido el infierno de la pobreza, tanto en Miková como en Pittsburgh».2

En Schenley High School, un instituto de secundaria de reputación mediocre, lo consideraban una especie de monstruo: la piel de la cara llena de granos, la nariz roja, el cabello blanco y ralo, una miopía que le confería una mirada de topo y por culpa de la cual necesitaba llevar unas gafas de vidrios muy gruesos; la voz aguda, y una virilidad apagada en un mundo en que la distinción entre chicos y chicas era neta y precisa. El mero hecho de mostrarse en público era ya dar carnaza al enemigo. Tenía que soportar las afrentas sin pestañear, sin darles a sus detractores la alegría de verlo herido por sus sarcasmos. Los imbéciles se unían contra él y lo insultaban, y Andy encajaba las ofensas sin rechistar, pero sin cambiar tampoco su comportamiento, sin cobardía, sin fingir aquello que no era ni sería nunca, como otros habrían intentado hacer. Ni la infancia ni la adolescencia fueron para él épocas luminosas, sino inviernos sin fin. Una juventud de náufrago. Conservó de todo ello un hondo pesimismo. Ya no volvería a dar su confianza sino en raras ocasiones, tal como demuestra la lectura de su diario. En Norteamérica, los anuncios publicitarios y las películas rezumaban machos musculosos de rasgos perfectos, que encarnaban un ideal de fuerza entre los alumnos de su edad. El hombre era presentado siempre en situación de poder. Se exaltaba una virilidad desmesurada, y un chico que no practicara ningún deporte no era hombre. Andy, que no buscaba más que la compañía de las chicas y huía de todo tipo de actividad física, era descalificado de entrada, se encontraba en permanente situación de inferioridad a ojos de sus contemporáneos.

Julia, que había demostrado una abertura de espíritu asombrosa para la época, le había dejado jugar con muñecas de cartón, a las que él recortaba vestidos de las revistas. Se divertía reproduciendo anuncios en que aparecían actrices proclamando los beneficios de ciertos cosméticos, y le encantaba imitar a Shirley Temple… Digamos que Pittsburgh formaba una tela de araña de la que se sentía prisionero y que soñaba con escapar de aquella comunidad humana grosera y carente de imaginación. «De nada, nada se obtiene», escribía Shakespeare en El rey Lear. El mundo en que vivían le parecía desprovisto de valor y rácano de bondades, aun si el amor y el apoyo incondicionales de Julia dulcificaban su vida cotidiana. Al atardecer, madre e hijo se sentaban delante de la radio a escuchar las últimas noticias de la guerra. A Andy le gustaba hablar de los soldados caídos en el frente. La muerte alimentaba sus conversaciones, como más tarde alimentaría su obra. Este atractivo morboso no es raro en la adolescencia, pero en él tomó proporciones alarmantes. Julia, que evocaba con frecuencia a sus difuntos y cultivaba cierto gusto por la desdicha, había fomentado en cierto modo en él estas inclinaciones. ¿Alentando aquella melancolía compartida era como pensaban afrontar mejor las adversidades que les deparara el futuro?

Alumno estudioso, Andy obtuvo en 1945, a los diecisiete años, el equivalente en Estados Unidos del bachillerato. En septiembre del mismo año entró en el Carnegie Institute of Technologie de Pittsburgh, reputado por la calidad de su enseñanza artística. Con motivo de la matriculación en este centro, se enteró de que sus padres habían omitido registrarlo en 1928 en el ayuntamiento, por lo que la administración no pudo facilitarle su partida de nacimiento. Obtener un certificado para su expediente universitario resultó así una gestión complicada. Andy no existió legalmente hasta la edad de dieciocho años. Julia pudo pagar la matrícula y el primer año de estudios gracias al dinero que le había dejado su marido. Andy siguió los cursos de dibujo y pintura (aprendió la técnica de la serigrafía, que se convertiría en su marca de fábrica), de historia del arte y de diseño, pero tenía que asistir también a las obras de teatro montadas por los estudiantes, y comentarlas por escrito. Este ejercicio lo atormentaba, porque su inglés estaba lejos de ser académico, de modo que se procuraba la ayuda de algunas compañeras benévolas, que habían adoptado bajo sus alas a aquella rara avis desplumada, de una palidez enfermiza y actitud vacilante. Pero el subterfugio no funcionaba en las pruebas orales, y los profesores apreciaban entonces hasta qué punto eran profundas sus carencias y cuánto lo había penalizado su medio de origen. La inteligencia de Andy era por encima de todo visual.

Situado en Oakland, a varios kilómetros de los barrios obreros de Pittsburgh, el campus le ofrecía una inmersión en unas aguas puras y vivificantes: trabajo intenso e intercambios intelectuales estimulantes. Hasta entonces, las conversaciones que había escuchado habían tenido la consistencia de un hueso de sepia, en cambio ahora había alumnos que comentaban con pasión las propuestas de los nuevos pintores y las últimas exposiciones neoyorquinas. A gran distancia de la siniestra monotonía de su primera juventud, Andy descubría territorios insospechados. Él era poco hablador, se mostraba siempre tranquilo, escuchaba más que participaba. Docentes y condiscípulos lo encontraban original, con un punto de rareza; él los desconcertaba con su comportamiento. Hasta en los ejercicios obligatorios plasmaba su apellido Warhola, y era el único en aportar su toque de fantasía, como estampar pisadas de gato en los dibujos que se pedían como tarea, lo cual molestaba a los profesores más conservadores. Andy resistía a toda influencia, tenía una idea precisa de aquello que debía ser el resultado y no renunciaba a ello. El orgullo y la negativa a contemporizar constituían también características de su personalidad. En la calle Dawson, Julia le había conservado su habitación, la más luminosa y tranquila de la casa, a fin de que pudiera aislarse y aplicarse a sus tareas. Paul se había marchado definitivamente y John mantenía a la familia. Para ganar un poco de dinero, Andy trabajaba con regularidad en una cafetería. Preparaba y servía batidos y sándwiches, y fregaba los platos hasta la noche.

Al terminar el primer año, Andy se llevó una horrible sorpresa al enterarse de que no había sido aceptado en el curso superior y tenía que abandonar Carnegie. La razón era muy simple: su clase contaba con cuarenta y ocho alumnos, y solo podían continuar los quince primeros, los demás debían ceder su puesto a los soldados que volvían de la guerra. En virtud de la ley conocida como G.I. Bill, los veteranos tenían prioridad en los centros universitarios, a fin de que pudieran reciclarse mediante los estudios superiores. Fue un golpe terrible que lo dejó anonadado, sumido en la tristeza y la angustia. Julia organizó frecuentes sesiones de plegarias, pidiendo que terminara aquel castigo. «Aquel episodio lo traumatizó profundamente», recordaba São Schlumberger. «Un día en que le pregunté por sus estudios, ¡me dijo que él nunca había ido a la universidad! Más tarde, nuestro amigo Fred Hughes me explicó la situación: a Andy le había afectado de tal modo aquel rechazo, que había borrado sin más de su mente aquella época de su vida. A sus ojos había sido una injusticia tremenda, y el olvido voluntario, la negación de lo sucedido, fueron sus armas para restañar las heridas infligidas por el mundo exterior».3 Para Andy, este recuerdo suponía encontrarse de nuevo cara a cara con el enemigo, bajo todas sus manifestaciones.

Cuando sus profesores le propusieron seguir un curso de recuperación durante todo el verano, él vio en ello una nueva prueba de los efectos benéficos de la oración. Si aprobaba, podría pasar al segundo año. Mientras seguía con ahínco aquellas clases estivales, Andy trabajaba varias mañanas por semana con Paul, que se había hecho vendedor ambulante de productos hortícolas. Al volante de su camión, recorría la región para vender fruta y verdura, y contrató a su hermano pequeño para que le echara una mano. Andy tuvo la buena idea de llevar consigo su cuaderno de bocetos y sus lápices, de modo que, al tiempo que entregaba los pedidos, dibujaba los rostros y las siluetas de las personas con las que se cruzaba en los mercados o en la calle. Se le ocurrió presentar aquellos dibujos a los miembros de la comisión de Carnegie. Aquellos retratos entresacados de una población pobre y laboriosa, muchos de ellos de inmigrantes desembarcados de Europa persiguiendo el sueño americano, eran tan expresivos que recibió la invitación para reintegrarse a la universidad. Obtuvo por ellos una beca que le renovaron hasta la finalización de sus estudios. Sus dibujos, que fueron premiados y le valieron un artículo en la prensa local, fueron expuestos en el Carnegie Institute y le granjearon la admiración de los demás estudiantes. Fue su primera exposición, que vino acompañada de una suma de cuarenta dólares. Ni que decir tiene que, en la calle Dawson, Andek y Matsuka rezaron mucho dando gracias a Dios por su magnanimidad.

CAPÍTULO IV
EL MUCHACHO DE LOS CABELLOS VERDES

Durante el segundo año, Andy trabó estrecha amistad con otro alumno, Philip Pearlstein. Es fascinante pensar que ambos fueran a convertirse en pintores de renombre internacional, en dos celebridades del mundo del arte del siglo XX. Nacido en Pittsburgh en 1924, cuatro años antes que Andy, este excombatiente de la Segunda Guerra Mundial (acogido a la G.I. Bill) también procedía de un entorno pobre y había asistido a las clases de arte de los sábados ofrecidas por el Carnegie Museum. Pero ahí terminaban las similitudes, ya que Philip había participado en la guerra, había visitado los más importantes museos italianos, y dos de sus cuadros habían sido reproducidos en las páginas de la revista Life. Su espíritu positivo y activo, intelectual y brillante, fue beneficioso para el desarrollo humano y artístico de su joven condiscípulo. Al contrario que este último, no temía la adversidad, ni imaginaba siempre las peores desgracias. Quedarse con el pico vacío no era una opción para él, y animó a Andy por el mismo camino. «El ángel custodio que vela por nuestras relaciones con los demás», por retomar la fórmula de Cyril Connolly, hizo un regalo de primer orden al joven Warhola obsequiándolo con la amistad de Pearlstein. La complicidad entre ambos, dicho sea de paso, estaba desprovista de toda ambigüedad: por aquel entonces Andy había comprendido ya que era homosexual, mientras que Philip, heterosexual, se disponía a encontrar en el campus a su futura esposa, la pintora Dorothy Cantor. Además, no era lo bastante guapo como para turbar a Andy, quien durante toda su vida, para su desgracia, no se sintió atraído más que por hombres muy seductores.

Por vez primera, Andy formaba parte de un clan, el clan Pearlstein. En él se agrupaban los alumnos más dotados de su promoción, y Andy encontró su lugar en él de inmediato. Se dejaba mimar por las mujeres, como siempre, mientras provocaba a los chicos con divertidos dibujitos obscenos. Comprendió así el poder del humor y de la insolencia. Los integrantes de aquel grupo trabajaban mucho, pero también tenían una vida artística estimulante. Asistían a las conferencias del compositor John Cage o de la realizadora de películas experimentales Maya Deren, a los conciertos de la orquesta sinfónica de Pittsburgh, y se entusiasmaban al descubrir los ballets de la coreógrafa Martha Graham, que se haría amiga de Andy años más tarde en Nueva York. Sus relecturas de los mitos de Medea (1946), de Ariadna y el Minotauro (1947) y de Edipo y Yocasta (1947), con los magníficos decorados de Isamu Noguchi, no podían por menos de cautivarlos. La danza fascinaba de tal modo a Andy, que se apuntó a unos cursos. Era el único chico de todo el campus. Aunque muy torpe y desmañado, le enseñó a reconciliarse con un cuerpo al que detestaba. Adoptó una manera de caminar contoneante que le valió un torrente de insultos homófobos. Como siempre, las chicas se precipitaban en su auxilio y asumían su defensa. La postal de Navidad que creó en 1948 representaba a unas bailarinas como salidas de unos dibujos animados. La había firmado como «André», en francés, pues era así como deseaba que lo llamaran en adelante. Por la misma época había pintado un grupo de bailarinas de danza contemporánea en una tela titulada I Like Dance. La presentó a un concurso, pero no quiso venderla, a pesar de una oferta de setenta y cinco dólares, ya que en su opinión valía mucho más. Todo le apasionaba, desde seguir cursos de piano, hasta participar en el rodaje de una película realizada por estudiantes.

Andy había ganado en confianza y en madurez, manifestaba una curiosidad insaciable por las novedades artísticas en general y por las crónicas de la vida cultural neoyorquina en particular. Las revistas de vanguardia, disponibles en la biblioteca de la universidad, hablaban de los barrios de Greenwich Village y del Soho, recogían noticias de Jackson Pollock y de Mark Rothko, y de las galerías de Manhattan. Nueva York era también las colecciones del MoMA, la división uptown-downtown y el Metropolitan Opera House, The Four Temperaments (1946), ballet revolucionario en blanco y negro de Balanchine; las danzas afroamericanas de la singular Katherine Dunham y las obras de teatro de Tennessee Williams, como Un tranvía llamado deseo (1947), que permitió al joven Marlon Brando un papel protagonista antológico. Andy soñaba, aprendía, trabajaba. Nunca se había sentido tan estimulado, y la amistad de Philip, la complicidad que unía a los miembros de su grupo, lo arrastraban hacia un círculo dorado. Después de tanto tiempo arrastrando la vitalidad de una flor de invernadero, como prisionero voluntario de la calle Dawson, por fin gustaba de la vida. Cada día aportaba su ración de ideas, de emociones, de descubrimientos. Esta abundancia, esta energía, se encontraban en los dibujos a tinta que publicó en Cano, una revista estudiantil de la que fue director artístico. El número de noviembre de 1948 mostraba en portada a un numeroso grupo de violinistas de rostros lunares, como de estatua de isla de Pascua, que sobresalían de entre los arcos de sus violines.

En el transcurso del verano de 1948, Andy y cuatro amigos, entre ellos Philip y Dorothy, alquilaron un taller cerca del campus. Rebautizaron El Establo aquel almacén del siglo XIX, en el que celebraron una inauguración. Durante esta se presentó una orquesta de cámara para actuar delante de todos sus amigos. A partir del día siguiente, trabajaron desde la mañana hasta caer la noche, en un clima de sana emulación. Cinco cerebros creadores, bien engrasados, embriagados por el placer proporcionado por su propio arte. Cinco abejas rezumantes de polen que dibujaban y pintaban, antes de comentar la producción de los demás. Ni una sombra, ni la más pequeña nube en el seno de este Club de los Cinco solidario e inspirado. Andy realizó una serie de retratos de niños: las variantes sobre un mismo tema estaban ya en el centro de sus inquietudes. Después de llevar tanto tiempo mortificado por el mundo exterior, sinónimo para él de emboscadas y frustraciones, descubría los beneficios de aquella complicidad de artistas en ciernes. Dorothy Cantor, única mujer del grupo, sería famosa por la amabilidad y el apoyo que prestaría a los otros miembros durante toda su vida. Las conversaciones fluían libremente en el seno de este quinteto desprovisto de colmillos y garras, y los frutos caían del árbol en el momento oportuno. Pearlstein sacó una foto de aquel nuevo Andy: llama la atención su mirada dulcemente risueña y su aire distendido.

A los dos amigos les gustaba también ir a Nueva York, como hicieron hacia el final de aquel hermoso verano, ocasión en que se alojaron en casa de un compañero de la universidad. Corrieron a visitar el MoMA, donde podía admirarse Las señoritas de Aviñón de Picasso, Le Déjeuner en fourrure (Juego de desayuno de piel) de Meret Oppenheim —una taza con su plato y cucharilla forrados de piel de gacela—, o La persistencia de la memoria de Dalí. El museo acababa de organizar una gran exposición de Chagall, pintor muy admirado por Andy. En 1966, a la pregunta: «¿Quién ha ejercido una influencia profunda en su trabajo?», respondió al periodista: «Marc Chagall».1 Nueva York fue una revelación, se convirtió para él en la ciudad de las ciudades, la ciudad en la que todas sus cuerdas sonarían afinadas.

En 1948, Andy compaginó sus estudios en el Carnegie Institute of Technologie con un trabajo de escaparatista en los grandes almacenes más elegantes de Pittsburgh, Joseph Horne’s. Su beca no alcanzaba y deseaba ayudar cuanto pudiera a Julia, y sobre todo a su hermano John, que mantenía a la familia. Pintaba decorados para las vitrinas, pero también se pintaba las uñas y los zapatos, cuyos colores variaban según su estado de ánimo. Aquel mismo año de 1948 se tiñó el pelo después de ver El muchacho de los cabellos verdes, de Joseph Losey, película en que un pequeño huérfano sufre marginación cuando el pelo se le vuelve verde de pronto, de forma inexplicable. Losey ofrecía a los espectadores una parábola acerca del racismo y la intolerancia, que Andy acogió como un precioso regalo. Para los espíritus estrechos del campus, Warhola era un inframacho con un parterre de césped en la cabeza, pero a él eso le traía sin cuidado, lo cual dice mucho de su independencia intelectual y de su gusto por lo equívoco, alentado por los escaparatistas homosexuales que frecuentaba en Horne’s. Seguía los pasos de Baudelaire presentándose con una capa azul y guantes rosas, tal como lo describió el fotógrafo Nadar, y de Oscar Wilde paseándose mientras mantenía la conversación más animada con el lirio que sostenía en la mano. Reacción defensiva, provocación narcisista, manifestación de la alegría de vivir… toda una mezcla de razones que hacían que Andy Warhola no fuera ya un adefesio amanerado con la cara llena de acné, sino «una nube con pantalones» (Mayakovski). Su excentricidad era osada para la sociedad de finales de los años cuarenta en Estados Unidos, muy poco tolerante con este género de comportamiento, en especial en un chico. Warhol se liberaba de las normas que habían envenenado su pasado y reafirmaba su singularidad mientras ahorraba el dinero necesario para su siguiente escapada a Nueva York.

Philip, Andy y su amigo común Art Elias cogieron el autobús para Manhattan en septiembre de 1948. La intención era empezar a entretejer lazos profesionales, pues al año siguiente obtendrían ya su diploma, y al mismo tiempo gratificarse con una inmersión artística a base de museos y galerías. Pudieron alojarse en Greenwich Village, en casa de una antigua compañera de la universidad, y Andy se dirigió, con su portafolio bajo el brazo, a las oficinas de la revista Glamour, una de las editadas por el grupo Condé Nast, cuya publicación estrella era la revista Vogue. Tina S. Fredericks, la directora artística, lo recibió calurosamente y él le enseñó diversos dibujos: retratos, desnudos, flores… Ella apreció la originalidad del acabado y su técnica blotted line, perfeccionada durante sus estudios. Comenzaba realizando un dibujo a tinta, que transfería inmediatamente a un papel más poroso, lo que le ofrecía la posibilidad de reproducirlo varias veces y obtener así efectos variables, nunca idénticos. La joven directora le prometió trabajo si volvía para verla una vez obtenido el diploma universitario.

De regreso al campus, Andy, el de las uñas multicolores y el caminar contoneante, se convirtió en objeto de atención general. Comentaban sus actos y sus gestos, sus gustos y sus extravagancias, algunos lo imitaban, y «tuvo incluso un primer adulador, un estudiante de arte más joven que él, que intentó suicidarse y tuvo que abandonar el colegio».2 Pintó entonces a una mujer arrullando a un bebé con cabeza de perro, pero hubo que retirar el retrato de una exposición que agrupaba la obra de diversos estudiantes, pues las mentes biempensantes se habían sentido ofendidas. En 1945, Denis Dawnay, otro artista excéntrico de salud frágil, que también prefería su madre a cualquier otro ser humano, había realizado el retrato de Flor, un cachorro de perro salchicha en su cochecito, vestido como un bebé. Figuraba en un libro que Andy no podía conocer, pues solo se habían editado unos pocos ejemplares para los amigos y no se publicó oficialmente hasta 2005.

En el campus, Andy era todo seguridad y energía. El dúo que formaba con Pearlstein era fecundo: crearon un telón de fondo con papel de periódico para una obra de teatro montada por los estudiantes, ilustraron un libro para niños. Andy suministraba dibujos a la revista Cano y redondeaba sus ingresos mensuales realizando retratos. «No cobraba más que cinco dólares por cada uno, según me contó», recordaba John Richardson. «Hoy van buscadísimos, lo mismo que sus ilustraciones para Cano. Pero Andy no tenía ninguna indulgencia hacia su talento del pasado. Hay artistas que se vuelven nostálgicos y evocan sus principios con melancolía, pero para él aquello no correspondía ya a nada esencial, ni siquiera le gustaba volver a ver sus obras de juventud. “Tienen demasiadas arrugas, para mi gusto”, comentó una vez, y nunca he olvidado esta expresión. Me he enterado de que, años más tarde, él que no tiraba nada, sin embargo había quemado bolsas enteras de ilustraciones realizadas para diversas revistas a lo largo de los años cincuenta».3

En la calle Dawson, a medida que se acercaba la fecha de los exámenes, Andy dejaba de ser un estudiante seguro de sí mismo, para convertirse en un joven inquieto por su futuro. Julia y su hijo alternaban consejos de guerra con sesiones de plegaria. Andek se preparaba para ir a probar suerte a Nueva York en compañía de Philip. Él y su madre iban a separarse por primera vez desde su nacimiento, y esta perspectiva angustiaba tanto a uno como a otro. Más ofuscada que nunca, Julia le predecía lo peor. Ella habría preferido conservarlo en casa, pero las expectativas de una carrera artística en Pittsburgh no eran apasionantes. Él necesitaba imperativamente abandonar el territorio enemigo, aquella ciudad de la que no dejaría jamás de renegar, al extremo de mentir acerca de su lugar de nacimiento en cuanto fue entrevistado por un periodista. El pacto era claro y preciso: su madre se trasladaría a su lado en cuanto sus recursos financieros lo permitieran. ¿Sonreiría la rueda de la fortuna al último de los Warhola? Andy, que se identificaba con las jóvenes heroínas de las películas de Hollywood, albergaba las esperanzas de una princesa de dibujos animados. ¿Le cabría a él el zapato de cristal? El Andy pobre de hoy ¿sería el millonario de mañana? Cuando se juega al sueño americano, toda esperanza está permitida.

CAPÍTULO V
ANDY PILTRAFA

Andy obtuvo su diploma, una licenciatura en diseño gráfico, en junio de 1949, y partió poco después en autobús rumbo a Nueva York, junto con Philip. Los dos amigos se instalaron realquilados en un apartamento minúsculo, sin agua caliente ni ascensor, en el sexto piso de un inmueble de St. Mark’s Place. Aquel atracadero era siniestro, mal ventilado e infestado de cucarachas, que recubrían prácticamente la bañera. Habían previsto vivir de sus exiguos ahorros a la espera de poder trabajar como ilustradores para revistas y agencias de publicidad, por lo que cada céntimo contaba. Tina S. Fredericks, la directora artística de Glamour, mantuvo su palabra y en su primera entrevista encargó a Andy un diseño de calzado, que él debía entregarle al día siguiente. Le compró también, a título personal, el dibujo a tinta que representaba al conjunto de violinistas y que había servido de portada para la revista Cano en noviembre de 1948. Se convirtió de este modo en su primera coleccionista neoyorquina, pues a esta adquisición siguieron otras. «Había colgado sus pequeños Warhol de una pared de su apartamento de Manhattan, eran obras de juventud», recordaba Dorian Leigh, una de las principales modelos de su generación, en la que se inspiró Truman Capote para el personaje de Holly Golightly de Desayuno con diamantes.«Para ella era un motivo de gran alegría y de orgullo, había descubierto a Andy antes que nadie. Tina era inteligente, sofisticada, muy cosmopolita. Había nacido en Berlín, había vivido en Londres, y poseía un olfato infalible para el talento y la calidad. Una verdadera hada madrina para aquel debutante».1

Quedó tan seducida con los dibujos que él le trajo, que le encargó más de inmediato. Sus primeras ilustraciones se publicaron en Glamour en septiembre de 1949, es decir, al cabo de menos de tres meses de su llegada. Acompañaban a una serie de artículos que versaban sobre la felicidad y el éxito a que aspiraban las jóvenes mujeres de la posguerra: «El éxito sobre ruedas», «El éxito es una carrera en el hogar», «El éxito es una historia de familia» y «El éxito es un matrimonio feliz». Andy realizó varios retratos femeninos, pero el elemento principal era una escalera en cuyos peldaños había una serie de zapatos dispuestos de tal modo que parecían ascender hacia el tan deseado éxito. Los dibujos estaban firmados como «Warhol», lo cual no fue una elección por parte del autor, sino un error de tipografía. Circulan otras leyendas acerca del abandono de la «a», pero nosotros optamos por esta versión. El interesado se olvidó enseguida del Andrew o André Warhola, a favor de Andy Warhol, símbolo de su nueva existencia neoyorquina. Este nombre apareció por primera vez en las páginas de la revista Mademoiselle, en febrero de 1950.

Andy, tan conocido por su timidez y sus silencios, demostró a la hora de ganarse a sus futuros patronos un descaro y un ingenio dignos de los héroes de Mark Twain. Una carrera freelance está sembrada de escollos, no hay nada garantizado por anticipado y es necesario renovarse y seducir a diario. Su aspecto físico, poco atractivo, habría podido perjudicarle en un mundo obsesionado por las apariencias. Sus camaradas no habían tardado en apodarlo «Andy Piltrafa», porque iba poco menos que como un pordiosero. Pearlstein intentaba encauzarlo bien que mal, trataba de convencerlo de no ser tan descuidado, pero Andy se había dado cuenta de que su imagen de chico pobre y desaliñado, pero muy trabajador, despertaba un sentimiento de protección casi maternal entre no pocas mujeres, quienes solicitaban sus servicios en parte para socorrerlo. Existía un contraste conmovedor entre su apariencia y el gran refinamiento de sus dibujos.

En su diario, en la entrada del 20 de noviembre de 1986, Warhol explica cuál era su táctica para lograr determinados propósitos. Al contrario que sus competidores, que acudían a las oficinas en cuanto abrían, Andy se presentaba a las redacciones y las agencias más tarde, cuando los directores artísticos de ambos sexos comenzaban a mostrar señales de cansancio, después de toda una sucesión de entrevistas. Era entonces cuando se lanzaba al asalto, porque cedían más fácilmente tras una larga sesión matinal. Lo ideal según él era preguntar por ellos a la hora del almuerzo. El teléfono sonaba menos, estaban más disponibles y deseosos de terminar lo antes posible. A su debido tiempo, la estrategia dio sus frutos. Una vez terminadas todas sus gestiones, volvía al apartamento con Philip y se ponía a trabajar de inmediato, hasta altas horas de la noche, para, a la mañana siguiente, salir en busca de una nueva cosecha. Sentado en su cocina-cuarto de baño, dibujaba, dibujaba, dibujaba.

En enero de 1984, de nuevo según su diario, rememoraba hasta qué punto fue una época agotadora. Todo ello volvía a su memoria treinta y cinco años más tarde: el trayecto de regreso desde la estación de metro de Astor Place, la escalera interminable por la que subía con su portafolio bajo el brazo. ¿Y qué decir de todas aquellas noches en blanco que se pasaba trabajando? Pero tenía que conseguirlo al precio que fuera, no podía defraudar a su Matsuka, tenía que traerla consigo a Nueva York lo antes posible. Le escribía cada día una tarjeta postal y asistía cada mañana a la misa de las siete y media: ella podía sentirse orgullosa de él. Julia, por su parte, le enviaba algo de dinero en cuanto podía, a fin de animarlo en sus esfuerzos y facilitar su día a día. Perseverar, salvar los obstáculos, conquistar, recolectar y atesorar, ese era el tao de Andy.

A Pearlstein le costaba más abrirse camino. Despreciaba el mundo frívolo de las revistas de moda, los nervios de cristal de las redactoras con guantes blancos… Terminó contratado a tiempo completo para diseñar sanitarios, lo que le permitía pintar por la noche. Los dos amigos iban construyéndose poco a poco a sí mismos, a partir de elecciones opuestas e irreconciliables: Philip no pensaba sino en la calidad de su obra y se negaba a ser «un simple comedor de dinero» (Stendhal), por lo que huía de toda publicidad que no apuntara directamente a la calidad de sus cuadros; mientras que Andy, lejos de sentirse horrorizado por la noción de «arte comercial», habría de buscar la difusión mediática en todas sus formas, incluso las más mercantiles. Llegados a aquel punto, a Andy le gustaba de verdad verse publicado en revistas femeninas, no veía en ello nada censurable. «Pearlstein era más serio, más convencional, en el fondo más burgués y, si puedo decirlo, más heterosexual. Andy era más original, más inesperado, se sentía más atraído por el glamur y el estilo», constataba su amigo, el crítico de arte Stuart Preston. «Lo que para el primero era algo artificioso, no lo era para el segundo. Es evidente que su preciosismo homosexual desempeñaba un papel en las elecciones de Andy. Era “el matrimonio de la carpa y el conejo”, como dicen los franceses».2

Cuando terminó el período de subarrendamiento del piso, los dos colegas alquilaron una gran habitación a una bailarina y coreógrafa lesbiana, pionera en la terapia a través de la danza. A sus conocidos, para notificarles el cambio de dirección, Andy les envió breves cartas escritas a mano, introducidas en sobres que contenían polvo de brillo, como los «polvos mágicos» que deja el hada Campanilla a su paso. Cuando podían, iban al cine y al teatro, pero también a descubrir las nuevas exposiciones que proponían las galerías de Manhattan. Philip le hacía escuchar música clásica y ópera. A Andy le gustaba particularmente Façade, once poemas esotéricos recitados con un megáfono por su autora, Edith Sitwell, con música del compositor William Walton. Miss Sitwell, que tenía la edad de Julia y el aspecto de una patricia medieval, era una excéntrica muy de su gusto. No en balde su divisa era: «Un galgo no debe intentar caminar como un pequinés». Andy podría haberla adoptado y hacerla suya.

Aquel chiquillo enfermizo, niño prodigio del dibujo, empleado de cafetería y vendedor de frutas y verduras, escaparatista y estudiante de arte y diseño, asumía con pasión su nuevo rol, el de ilustrador publicitario. Pittsburgh y la calle Dawson parecían muy lejos cuando deambulaba por las calles de Manhattan, símbolo de la prosperidad americana y de un consumo fomentado por las revistas y las agencias de publicidad para las que trabajaba. En 1950, Diner’s Club introducía la tarjeta de crédito, y las mujeres a las que modelaba en sus dibujos hicieron buen uso de ella. Después de Glamour y Mademoiselle, otras revistas, como Seventeen, publicaron sus trabajos, y comenzó a establecerse su reputación. A partir de 1949, diseñó también carátulas para las fundas de los discos de Columbia.

A los veintiún años, Andy parecía salir adelante en el ámbito profesional, pero ¿qué era de su vida privada? ¿Dónde cabía ubicarlo en el espectro amoroso y sexual? Sus biógrafos norteamericanos han borrado definitivamente el cliché según el cual Warhol se había mantenido tan virgen como había nacido. Tuvo amantes desde sus primeros meses en Nueva York: se hablaba de un bailarín ladrón de joyas, de un jefe de obra, de un… Poco importan los nombres, ya que ninguna de aquellas relaciones estaba planteada para durar, pero tuvieron el mérito de existir. Como dijo Voltaire a propósito del rey Federico II de Prusia, sexualmente pasivo: «En el amor no desempeñó nunca más que papeles secundarios». Y el mismo diagnóstico podía aplicarse a Andy. Mortificado por un físico ingrato, no se encontraba precisamente en su salsa en un mundo que valoraba por encima de todo la belleza. Frecuentaba un gimnasio y había logrado un cuerpo delgado y musculoso, pero su nariz grande y roja, sus gafas de gruesos cristales, su cráneo cada vez más desguarnecido y su piel de acneico no favorecían las conquistas. «En Nueva York, en los años cuarenta y cincuenta, el ambiente gay era duro», recordaba John Richardson. «Sus asiduos se encontraban en los bares y en las saunas, y las miradas no eran muy tiernas que digamos, eran miradas de depredador. Me consta que Andy sufrió mucho por su aspecto físico, se sentía muy acomplejado y no se atrevía a dar el primer paso. Era un romántico, soñaba con el gran amor de su vida, con un amor sincero y compartido, pero nunca lo encontró. Veinticinco años más tarde, en la década de los setenta, recordando aquella época de su vida privada me confió hasta qué punto había sido dolorosa. Hay que añadir que la homosexualidad estaba severamente castigada en la época, condenada en todos los niveles de la sociedad norteamericana, y Andy era tan afeminado, que uno sabía de inmediato a qué atenerse con él. Pero él demostraba carácter, no trataba de disimular esto o lo otro, al contrario que tantos otros chicos a los que conocía y que se hacían los duros. El verdadero valor era el de Andy».3

En la primavera de 1950, los dos coinquilinos se vieron obligados una vez más a abandonar su alojamiento, pero esta vez sus caminos se bifurcaron. Pearlstein se casó con Dorothy en el transcurso del verano siguiente. Andy asistió a la boda, siguieron viéndose, pero aquella época de vida en común, de connivencia e intercambios constantes, durante la cual Philip hizo un retrato al óleo de Andy, tocó irremediablemente a su fin. ¿Warhol habría aterrizado tan pronto en Nueva York sin Pearlstein? Como en la canción Moon River, Philip había sido para él un «Huckleberry friend», un cómplice con quien partir a la aventura y descubrir nuevos territorios. Más decidido, más enérgico, más rígido también, Philip había sido la locomotora del dúo, pero a su vez se había sentido motivado y seducido por la originalidad de Andy, por su mirada tan poco convencional. Tan diferentes como complementarios, se habían estimulado y alentado mutuamente, habían hecho juntos las maletas para partir a la conquista de Nueva York, pero había llegado el momento de separarse. Un nuevo ciclo comenzaba para ambos.

Andy fue a parar a un entresuelo de la calle 103, no lejos de Central Park, donde vivían antiguos alumnos de su universidad, pero también aprendices de actor y bailarines. Una alegre anarquía de colchones y de risas. El ambiente de la danza le divertía particularmente, le gustaba su vitalidad, su gracia física, su fuerza atlética, unas cualidades de las que él carecía. Era la época de los primeros éxitos de Jerome Robbins, del Orfeo con coreografía de Balanchine y música encargada especialmente a Stravinsky, de la llegada de Margot Fonteyn a Nueva York. En 1950, cuando Andy hacía su aparición en aquel nuevo apartamento, los ballets de Roland Petit conquistaban Broadway y el público norteamericano era cautivado por Zizi Jeanmaire en Carmen y por Jean Babilée en Le Jeune Homme et la Mort, con libreto de Jean Cocteau, uno de los ídolos de Andy.

Este, que compartía habitación con otros dos jóvenes, se esforzaba por dibujar en medio de toda aquella juventud yendo y viniendo, tan vital y siempre amable con él. Además de sus bocetos para revistas de moda, ilustró por aquella época obras de teatro de Giraudoux y de William Inge, así como también un artículo sobre Lorca para la revista Theatre Arts. Retrató a sus nuevos camaradas y al gato de la casa. No obstante, terminó por invadirle cierta tristeza, pues sus coinquilinos, de ambos sexos, aunque benevolentes, no tenían tiempo ni ganas de entrelazar con él relaciones más profundas. Andy era para ellos como un viejo perro labrador bonachón, cuya cabeza uno acaricia maquinalmente junto a la chimenea. Nunca se había sentido tan solo como en medio de aquella multitud alegre y jovial. Fue entonces cuando pintó, a partir de una foto publicada en la revista Life, un cuadro que representaba a un niño chino llorando entre los escombros de Shanghái tras el bombardeo de la ciudad por parte de la aviación japonesa, el 28 de agosto de 1937. ¿Se trataba de un autorretrato alegórico? Hace pensar en lo que Oscar Wilde dijera acerca de George Bernard Shaw: «Un gran muchacho, no tiene un solo enemigo… y ninguno de sus amigos lo ama».

CAPÍTULO VI
PRIMERA EXPOSICIÓN

Aquella experiencia de vivir en comunidad artística no duró más que unos meses. A finales del año 1950, Andy se alojó en casa de un exalumno de su universidad, el pintor Joseph Groell. Poco después, a principios de 1951, alquiló un estudio con cocina y cuarto de baño en el 216 de East 75th Street. Pronto adoptó un gato siamés, el primero de una larga serie, para que le echara una mano con las ratas y también para jugar con él, entre encargo y encargo. Andy poseía tan pocos efectos personales y tan poca ropa, que cuando se mudaba lo llevaba todo en bolsas de papel marrón, de esas que los estadounidenses utilizan para cargar con las compras de la tienda de comestibles o del supermercado. Sus bienes más preciados eran su portafolio y el material de ilustrador y pintor. En cuanto se adueñaba de un nuevo espacio, alineaba cuidadosamente lápices, plumas, tinteros, pinceles, tubos de colores y rimeros de papel secante: sus antídotos contra la ansiedad de una vida errante y contra la soledad.

Andy trabajaba a toda máquina. Sus primeras ilustraciones para la revista Harper’s Bazaar, única verdadera rival de Vogue, aparecieron en septiembre de 1951. Representaban bolsos y zapatos. Había logrado poner un pie en el sancta sanctórum internacional de lo más chic del momento. Se ha contado cien veces su primer encuentro con Carmel Snow, la elegante redactora en jefe. Se dice que una cucaracha saltó de uno de sus dibujos, ante la mirada horrorizada de su interlocutora, la cual, compadecida, le dio trabajo al instante. A él le encantaba esta anécdota, aunque la escena no hubiera tenido lugar jamás. El percance le sucedió a Pearlstein, según parece, pero Andy no pudo resistirse a la tentación de incorporarlo a su leyenda. En aquel mes de septiembre de 1951, el New York Times publicó un anuncio a toda página que causó gran revuelo. Para una emisión radiofónica consagrada al mundo criminal y a los narcóticos, Andy imaginó a un seductor marinero en el momento de inyectarse una dosis de heroína. Se notaba la influencia de Cocteau, que tantos dibujos había dedicado a los marineros. A partir de entonces, el joven Warhol fue más solicitado que nunca, pues aquel olor a azufre sedujo al mundo de la moda y de los medios de comunicación en aquellos primeros años cincuenta, una época en que el macartismo (1950-1954) condenaba todo comportamiento tildado de subversivo, como el derivado del comunismo o de la homosexualidad. El senador McCarthy y sus esbirros eran agresivamente homófobos, y contratar a un ilustrador que se había atrevido a publicar el dibujo de un marinero drogado en el periódico más famoso del país, era tanto como luchar contra el sectarismo en el ambiente. La audacia de Warhol fue recompensada, ya que le valió su primer premio neoyorquino, otorgado por el Club de Directores Artísticos.

Su reputación le permitía ahora tanto ilustrar cubiertas de libros, como dibujar el mapa del tiempo para la televisión, para las noticias matinales de la cadena NBC. El ejército lo había declarado no apto para el servicio militar, de modo que podía concentrarse en su carrera con tranquilidad de espíritu. Su vista era por entonces tan mala, que tenía que llevar unas gafas con los cristales muy gruesos, lo cual, añadido a sus antecedentes médicos, no hacía de él el soldado ideal. A decir verdad, no tenía muy buen aspecto, y su higiene dejaba bastante que desear. Las malas lenguas decían que si no se lavaba, era porque su bañera servía para otros usos… En efecto, Andy presentaba sus dibujos en un papel que él mismo había retocado con el fin de darle el aspecto de los papeles franceses o italianos. Teñía las hojas de papel en la bañera, sobre la cual las ponía a secar colgadas de una cuerda de tender.

En aquella época de su vida, Warhol habría preferido ser invisible, tan desdichado se sentía por su físico. «Algunos amigos comunes me contaron que el pobre Andy parecía un provinciano retrasado y que la gente se burlaba de su aspecto», recordaba Ultra Violet. «No se fijaba más que en los guapos bailarines de Manhattan y en los jóvenes actores que esperaban introducirse en Broadway, y naturalmente no encontraba reciprocidad, es una ley cruel. También me habían dicho más de una vez que profesaba un culto muy particular por los zapatos y los pies de tales personas. Era fetichista, y a los jovencitos que conocía les pedía siempre que le dejaran dibujarles los pies. Está claro que la cosa funcionó, hoy en día el libro en el que reunió aquellos bocetos se paga a precio de oro. Es una afición muy extendida y muy compartida. Es verdad que lo primero que miraba Andy cuando conocía a alguien, fuera hombre o mujer, eran sus pies. La primera vez que lo vi, se quedó mirando mis zapatos de tacón y me preguntó, con su voz agónica: “¿Chanel?”. Se trataba, en efecto, del modelo bicolor de esta casa. Era la primera vez que oía el sonido de su voz, la primera palabra que pronunció delante de mí».1

Como consumado voyeur, Andy encontraba la manera de interrogar a aquellos jóvenes acerca de sus aventuras sexuales y de hacer que posaran desnudos. Aquellos narcisos, halagados, aceptaban, y él terminó reuniendo también aquellos dibujos en un volumen. El primer chico del que se prendó en Nueva York era efectivamente muy seductor. Se llamaba Ralph Thomas Ward, y le apodaban «Corkie». Este aspirante a poeta y artista, que vivía con el antiguo secretario de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan, lo tenía todo para fascinar a Andy: una silueta esbelta perfecta y unos rizos de pastor griego. Ambos asistieron a una fiesta, el 24 de diciembre de 1951, y desde entonces Andy le envió cartas ardientes y lo persiguió con sus atenciones. Los sentimientos de Corkie no eran recíprocos, pero ello no impidió que se hicieran amigos y colaboradores.

A principios de la primavera de 1952, Andy comenzó a trabajar con Corkie en el primero de los siete libritos ilustrados a mano que destinaba a sus mejores clientes y a personas susceptibles de ayudarle en su carrera: un perfecto regalo de Navidad, envuelto en papel de seda. Publicados por cuenta del autor, la tirada fue de unos cien ejemplares. Los originales son hoy en día objeto de auténtico culto. En el espacio de dos años, Andy y Corkie compartieron seis proyectos, que dieron lugar a dos libros terminados y cuatro manuscritos. El primero, concluido y distribuido en aquel mismo año de 1952, se titulaba Love Is a Pink Cake (El amor es un pastel rosa). Corkie, cuyo nombre figuraba al lado del de Warhol como coautor, había escrito diversos textos en verso, que evocaban relaciones famosas y funestas, en perfecta contradicción con el título elegido, un contraste que aportaba mayor sabor. Andy había dibujado en papel azul Wedgwood a once parejas legendarias, desde Marco Antonio y Cleopatra hasta Romeo y Julieta. Las palabras de Corkie acompañaban a los dibujos a modo de pequeños poemas irónicos y en ocasiones licenciosos. El segundo volumen publicado fue A Is an Alphabet (A es un alfabeto). Se trataba de un alfabeto que representaba animales, pero Andy había creado una serie de personajes humanos por cada una de las especies aludidas: perro dálmata, rana, arenque, nutria, grillo, albatros… «Era una mezcla muy conseguida de inocencia e insolencia, un maridaje absolutamente irresistible, hasta las faltas de ortografía y de impresión eran divertidas, porque uno se preguntaba si no lo habría hecho expresamente. Iba dirigido a un público saturado, que lo había visto todo del Nueva York de la moda y de las agencias de Madison Avenue, y sin embargo caían bajo el hechizo. La gente coleccionaba aquellos libritos. Era una idea muy Warhol, muy acertada. Uno veía hasta qué punto era un espíritu original e inspirado», resumía Stuart Preston.2

Andy había comprendido la necesidad de seducir y lisonjear a aquellas y aquellos que podían hablar de él y procurarle nuevos contratos. Primero les enviaba, por Semana Santa, dibujos de huevos multicolores. Con el paso del tiempo, recibían putti burlones, gatos de colores psicodélicos, zapatos de hada o pasteles hogareños. Había comprendido que aquellos pequeños regalos divertían y hacían que no se olvidaran de él. Los utilizó también para hacer la corte a algunas personalidades que encarnaban su ideal de glamur. Cierto Jerry Zipkin, heredero neoyorquino cuya fortuna procedía del sector inmobiliario, le fascinaba particularmente, pues asistía a todas las veladas y hacía de acompañante admirador —o «walker», como dicen los americanos— de las mujeres más prominentes. Zipkin era el joven más mundano de la ciudad, en su corazón no había espacio más que para el todo Manhattan, pero para Andy eso era lo contrario de un defecto. Lo revestía de las cualidades de las que él carecía cruelmente: una infancia y una juventud doradas, elegancia, ausencia total de preocupaciones económicas, una vida vivida entre las burbujas del champagne. Andy poseía un alma cinematográfica, y la existencia de Zipkin le parecía digna de las películas de Hollywood de las que se había alimentado en Pittsburgh, con el añadido de la sofisticación neoyorquina. Como fino sabueso, se había procurado su dirección y le había enviado dibujos encantadores con la alusión: «Feliz Lunes», «Feliz Martes», «Feliz Miércoles»… Uno por cada día de la semana. Finalmente se conocieron. Pero el hombre que más le obsesionaba de todos era sin duda Truman Capote.

Andy había descubierto su existencia desde su primera estancia en Nueva York, en 1948, cuando Capote, cuatro años mayor que él, acababa de obtener el éxito con su primera novela, Otras voces, otros ámbitos. No era tanto el texto lo que le había llamado de entrada la atención, cuanto la foto de su autor, publicada en la contraportada. «Truman, lánguidamente recostado en un sofá, fijaba en el objetivo unos ojos tan grandes, con una expresión tan provocadora, que parecía no pensar sino en seducir», escribió Gerald Clarke.3 A Andy le había atraído aquel retrato como un imán, y la fulminante notoriedad del joven novelista, requerido de pronto por todas las celebridades, no hizo sino exacerbar su fascinación. Asimismo, se había sentido turbado al descubrir que Joël, el joven protagonista del libro, de doce años, se asemejaba a él, tanto física como moralmente, como dos gotas de agua a su misma edad. Warhol le escribió ya desde la calle Dawson las primeras cartas, pero no recibió respuesta. Una vez instalado en Nueva York, volvió a enviarle cartas y dibujos, proponiéndole hacerle un retrato. Pero Capote no contestaba nunca a las cartas de sus admiradores. Andy perseveró, le mandó ilustraciones de los relatos del escritor, e incluso llegó a plantarse como un centinela delante de su inmueble, con el único objetivo de verlo unos instantes y de seguirlo eventualmente por la calle. Cruzó un nuevo límite al abordar a Nina Capote, madre del autor, mujer alcohólica y nebulosa, casi siempre en busca del siguiente vaso de vino, que le invitó al instante a una copa para tener compañía, tan sola se sentía. Cabe imaginar el susto y el desasosiego de Truman al encontrar a su madre achispada en la sala de estar, en plena conversación con aquel joven que lo acosaba y que tenía el aspecto físico de un pervertido de novela barata, el típico admirador psicópata con gafas de culo de botella. Dominó sus nervios y escuchó pacientemente a Andy mientras este le contaba su vida, pero sus confidencias lo dejaron frío como el mármol, pues aquello que tan bien funcionaba con las redactoras de moda, encontró poca resonancia en Truman. A partir de entonces, el novelista recibía cotidianamente llamadas de teléfono por parte de su adorador, hasta que la señora Capote, en un momento de sobriedad y de lucidez, le pidió que dejara de importunar a su hijo.

Si bien el rechazo hubo de enfriarle los ánimos, Andy decidió presentar sus ilustraciones para las obras de Capote a un marchante, aunque solo fuera por no sentir que había trabajado para nada. Probó con Alexandre Iolas, personaje pintoresco y controvertido, que dirigía la Hugo Gallery. «Lo conocí muy bien, los dos representamos a artistas como Tinguely», recordaba su colega franco-húngara Denise René, cuyo nombre ha quedado indisociablemente unido al de Victor Vasarely. «La gente lo admiraba o lo detestaba, no había término medio. Iolas era de origen griego, un personaje muy llamativo, con sus abrigos de piel, sus joyas, su maquillaje, sus excesos… Se bastaba él solo para formar su orquesta. De sus tiempos de bailarín conservaba una gestualidad muy teatral y hacía gala de su homosexualidad, lo cual era raro en la época y estaba muy mal visto. Pero detrás de aquel histrionismo, de todo aquel plumaje de pavo real, se escondía una pasión por los artistas, a los que defendía de verdad. Yo respetaba mucho su ojo clínico y sus capacidades».4 Iolas quedó convencido por el talento de Andy y decidió organizarle enseguida su primera exposición, del 16 de junio al 3 de julio de 1952. Había seleccionado quince dibujos concebidos para ilustrar los relatos de Truman Capote. No se vendió ninguna de las obras presentadas, pero Andy mereció una crítica positiva en Art Digest. El periodista comparaba su universo con el de Cocteau, al que él admiraba tanto. Pero, por encima de todo, le habían expuesto por primera vez en su vida en Nueva York. La calle Dawson parecía en aquellos momentos a años luz.

Andy vivía en medio de un desorden indescriptible, por lo que cuando Julia fue a visitarlo, acompañada de Paul, se quedó horrorizada al ver la suciedad del apartamento y al descubrir que su hijo pequeño no se alimentaba más que de galletas y refrescos, descuidando así tanto su alimentación como su higiene. ¡Encontró noventa y siete camisas sucias en un armario! Prefería comprar camisas nuevas antes que lavarlas. Ella se puso inmediatamente manos a la obra e hizo limpieza a fondo hasta el último rincón, al tiempo que le preparaba comidas dignas de tal nombre. Pero intuyó que él volvería a sus costumbres desastrosas en cuanto ella se marchara. Por este motivo, muy pronto regresó para quedarse a vivir con él, abandonando Pittsburgh y a su familia. Sus hijos mayores eran independientes, ya no la necesitaban y comprendieron su decisión. En adelante, Andy podría consagrarse a su trabajo, solo que bien alimentado y llevando ropa limpia. Desde entonces ella no vivió más que para apoyarlo y animarlo, a pesar de que, como buena madre rutena, se sintiera preocupada de verle llevar una existencia tan solitaria. Soñaba con encontrarle una esposa perfecta y le hablaba a menudo de ello, pues lo ignoraba todo acerca de su sexualidad. Por otra parte, ella le hacía reír, ambos se entendían a las mil maravillas y habían reencontrado en un instante su complicidad de antaño. Sin embargo, por mucho que Julia fuera una presencia saludable para él, Andy se dio cuenta de que su aspecto físico y su comportamiento de campesina eran incompatibles con el mundo neoyorquino que quería conquistar. Cuando ella asistió con unas babuchas a la inauguración de su exposición en la Hugo Gallery, él calibró hasta qué punto era profunda la discrepancia. A partir de aquel momento, trazó una especie de círculo invisible alrededor de su madre, y el dúo vivió en solitario con sus gatos, pues Andy había adoptado un segundo gatito para que le hiciera compañía al primero. Les seguirían unos cuantos más. El caso de Julia demuestra hasta qué punto la extrema sensibilidad de Andy iba a la par de una inflexibilidad igual de grande. Moralmente, podía ser un ogro intratable.

CAPÍTULO VII
LOS GATOS DEL TÍO ANDY

Si hay que creer a Ernest Hemingway, el celibato aumenta y mejora la productividad de un creador. Tal fórmula podría haberse inventado para Andy en aquella época de su vida. Con Julia a su lado, trabajó más que nunca, multiplicándose las alternativas y los encargos. Después de Tina S. Fredericks, apareció una nueva aliada en la persona de Fritzie Miller, que era agente de artistas publicitarios y gracias a la cual sus ilustraciones se publicaron también en McCall’s, Ladies’ Home Journal o Vogue. Figurar en las páginas de Vogue o de Harper’s Bazaar suponía una consagración, Andy compartía espacio con los más grandes fotógrafos —Cecil Beaton, Richard Avedon, Irving Penn— y con ilustradores tan reputados como René Bouché, Eric, René Gruau o Marcel Vertès. «Era el canto del cisne de los ilustradores», recordaba Edmonde Charles-Roux, quien dirigía la edición francesa de Vogue. «Las revistas iban a sacrificar cada vez más a los ilustradores en beneficio de los fotógrafos, y los años cincuenta les ofrecieron una última vuelta de honor. A partir de la década siguiente, muchos se encontrarían en el paro, obligados a reciclarse».1 Andy lo aprovechó al máximo y comenzó a ganar más, lo cual le permitió mudarse, en la primavera de 1953, para instalarse con su madre en un apartamento de Lexington Avenue, en el número 242. Primero lo subarrendó a un antiguo alumno de la universidad, antes de firmar un contrato de alquiler a su nombre con el propietario, al cabo de un año. Los Warhol disponían de cuatro habitaciones, cocina y cuarto de baño, todo ello en perfecto estado.

El apartamento se convirtió en feudo de gatos, ya que la pareja originaria, Hester y Sam, se reprodujo muy deprisa, y su descendencia hizo lo mismo. Ni que decir tiene que Andy no pensó nunca en esterilizarlos. A todos los nuevos gatitos les puso Sam, y nacieron muchos. La cifra varía según las fuentes, pero los Warhol podrían haber llegado a albergar tranquilamente quince gatos bajo su techo. Circulaban con total libertad en medio de los elegantes accesorios que Andy tenía que dibujar para las revistas. La higiene dejaba que desear, por cuanto nadie ejercía ningún tipo de acción represiva sobre aquella manada. Madre e hijo extendían hojas de papel de periódico por todas partes para que los gatitos pudieran hacer sus necesidades, por lo que el olor era a veces muy intenso, a pesar de los bienintencionados esfuerzos de Julia con el cubo y la fregona. Solo las camas estaban protegidas con fundas de plástico. Andy regalaba con regularidad gatitos a este o aquel conocido, cuando su número se incrementaba demasiado, pero les dejaba hacer todo, a pesar de que uno de ellos mordiera a Julia tan profundamente, que tuvieron que coserle la herida en el hospital. Sus maullidos, que podían ser feroces cuando se peleaban, quedaban más o menos atenuados por los discos que Andy escuchaba de la mañana a la noche mientras trabajaba, en su mayor parte grabaciones de comedias musicales de Broadway. Él nunca se enfadaba, no los reñía jamás por nada, le encantaba verlos evolucionar con toda libertad. Nada cambiaba en este modus operandi cuando venían a visitarle sus hermanos con sus hijos. En 2009, su sobrino, el artista James Warhola, publicó una delicia de libro en el que se rememoran aquellas visitas: Los gatos del tío Andy. Julia, feliz de volver a reunirse con su tribu, cocinaba para todos, y ellos dormían en colchones, en medio de los felinos. A pesar de que ahora tenía recursos para comprarse zapatos de calidad, a Andy no le gustaba llevarlos nuevos. Dejaba que los mininos se orinaran encima y secaba en ellos los pinceles, hasta que su aspecto le satisfacía por completo. Mientras dibujaba, Hester se instalaba apaciblemente sobre sus hombros.

Esta atmósfera le encantaba, y a comienzos de los años setenta se sintió particularmente fascinado por una historia que dio mucho que hablar en Estados Unidos. Big Edie Bouvier y su hija Little Edie Bouvier, tía y prima respectivamente de Jacqueline Kennedy, vivían solas y completamente aisladas en Grey Gardens, una gran casa campestre de veintiocho habitaciones de los Hamptons, en Long Island. Convivían con una manada de gatos, mapaches y zarigüeyas, y llevaban collares antipulgas, una estrategia que Andy adoptaría años más tarde con sus perros. La prensa explotó la historia, hasta que Jacqueline Kennedy y su hermana, Lee Radziwill, se hicieron cargo del saneamiento de la propiedad. Más tarde, Lee obtuvo la autorización de ambas para dedicarles un reportaje, que apareció en 1975 y causó gran revuelo. Estas dos excéntricas, que dormían en la misma habitación y cantaban tonadas de comedias musicales, habían preferido la compañía de los gatos a la de sus semejantes. «“¡Mi madre y yo éramos como Big y Little Edie!”, me dijo Andy con expresión alborozada», recordaba Lee Radziwill, que se había hecho amiga de Andy. «Quería saberlo todo acerca del rodaje, me hacía muchas preguntas sobre su manera de vivir, de hablar, sobre la casa, sobre su ropa, sobre los animales. Pocas veces lo había visto tan animado. “Adoro a esas mujeres, son mis heroínas. Es aún mejor que una historia de Tennessee Williams, ¡qué suerte tienes con unas parientes así!”».2

Con toda lógica, los felinos de Lexington Avenue se convirtieron en los protagonistas de su tercer pequeño libro publicado a cuenta del autor, en 1954, titulado 25 Cats Name Sam and One Blue Pussy (Veinticinco gatos llamados Sam y uno Blue Pussy). Fue el primero en encuadernarse con tapa dura y también en publicarse en color. Aquellos gatos rojos, azules, amarillos, malvas o rosas eran verdaderamente irresistibles, todos ellos captados en actitudes diferentes. Cada ilustración contaba con una leyenda escrita por Julia. Su caligrafía burda e infantil acompañaría con regularidad los trabajos de su hijo a partir de entonces. Andy firmó y numeró a mano cada ejemplar, de los cuales tan solo uno contenía un gato sin colorear, con la mención: «Píntelo usted mismo». Estos retratos felinos son vivaces y lúdicos, se aprecia hasta qué punto los quería, y llevan a pensar en las palabras de Montaigne: «Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si es ella la que pasa el tiempo conmigo, más que yo con ella? Nos divertimos el uno al otro con nuestras carantoñas recíprocas. Si yo a veces estoy de humor para juegos y otras veces no lo estoy, lo mismo le sucede a ella».3 Si su gata se dormía encima de las páginas que había escrito durante el día, la pluma del autor de los Ensayos la rodeaba, antes que despertarla. Andy, por su parte, dejaba que sus gatos imprimieran la huella de sus patas sobre sus obras.

Más creativo que nunca, dibujaba de la mañana a la noche: ilustraciones para revistas de moda, tarjetas de felicitación para el joyero Tiffany, anuncios para los perfumes Bourjois, portadas de libros y revistas, papel de regalo impreso a mano —en que mezclaba flores con frutas, mariposas con el sol, la luna y las estrellas—, mantelerías para el restaurante The Bird Cage e incluso un folleto para una funeraria. Tenía tantos encargos, que tuvo que recurrir a los servicios de un ayudante. Los dos jóvenes que se sucedieron a su lado, Vito Giallo y Nathan Gluck, no escatimaron esfuerzos. Andy aportaba la idea general y ejecutaba el primer modelo a lápiz sobre papel hidrófugo. A continuación aplicaba la técnica blotted line, que le había valido su reputación en Nueva York, y ellos tenían que repasar el contorno de los dibujos con tinta china e imprimirlos, cuando todavía estaban húmedos, sobre un papel más poroso. Las líneas, que a veces conservaban el trazo entero y otras veces quedaban fragmentadas, conferían un gran encanto al conjunto. Ya solo faltaba que el ayudante de turno coloreara los huecos en función de la inspiración warholiana. Era un proceso largo que consumía mucho tiempo, por lo que Andy estaba muy contento de poder delegar algunos de estos pasos. Para las leyendas, recurría a Julia, cuya letra completaba el toque «Warhol». Su hijo hacía que fueran sus patronos los que la remuneraran. Andy realizaba sus dibujos a partir de imágenes y fotos obtenidas de libros, revistas y de la colección de arte gráfico de la biblioteca pública de Nueva York, de la que era asiduo. Compaginaba diversos elementos, mezclaba los originales y los reinterpretaba al capricho de su fantasía. Para desconectar, pasaba la velada en el teatro o en algún restaurante chic de Manhattan, donde dejaba generosas propinas a los guapos camareros. ¿Se sorprenderían estos al verle sacar los billetes, no de los bolsillos, sino de los zapatos? A Andy le gustaban aquellos oasis de frivolidad neoyorquina, en que se buscaba el amor y se soñaba con la gloria, pero donde cada gesto estaba calculado. El mundillo del espectáculo y de los medios de comunicación se cruzaba con miembros de la élite de Park Avenue, en una feria de las vanidades que lo distraía, a la par que alimentaba su visión del mundo.

En 1953, cuando estaba realizando búsquedas iconográficas en la biblioteca pública de Nueva York, Andy trabó conocimiento con Alfred Carlton Willers, un joven de veinte años que había abandonado Iowa por la metrópoli neoyorquina desde hacía un año. Trabajaba en la administración de la biblioteca y seguía estudios de historia del arte en la universidad de Columbia. Warhol se enamoró de aquel muchacho de largo pelo rubio, delgado y tímido, tan discreto como leal. Cortejó con él invitándolo a merendar a Central Park, y tuvieron una breve relación. «Al parecer, Andy contó que había perdido su virginidad a los veinticinco años con Willers y que había cesado toda actividad sexual a los veintiséis», recordaba Stuart Preston. «He oído esta historia muchas veces, desde luego suena muy típica de Warhol. Se le atribuyeron diversos amantes, antes y después, pero todos sus conocidos más próximos decían que se avergonzaba demasiado de su físico como para disfrutar verdaderamente de la sexualidad».4 Lo más importante no es eso, sino que fueron amigos durante más de diez años. Iban juntos al teatro y a la ópera, y a menudo pasaban la velada en el apartamento de Lexington Avenue. Después de cenar con Julia, Andy ponía a Carlton a trabajar, pidiéndole que coloreara sus dibujos, una manera de aunar lo útil con lo agradable, otro rasgo eminentemente warholiano. Andy realizó varios retratos de él, incluidos desnudos, al tiempo que reinventaba su pasado —hacía de Hawái su lugar de nacimiento— y le confiaba sus sueños de gloria. Julia lo trataba como a un miembro de la familia, ignorante por completo de la verdadera naturaleza de su relación. Andy se mostraba feliz, distendido, y ella sentía gratitud hacia su joven compañero. No podía imaginarse nada más alejado de lo que había conocido en Iowa: una mamá rutena que había comenzado a ahogar su soledad en la bebida, una multitud de gatos por doquier y aquel extraño artista que le pedía que se descalzara para poder dibujarle los pies. A Willers le conmovió lo mucho que a Andy le perturbaba la calvicie, y fue él el primero en aconsejarle que se pusiera pelucas y cabelleras postizas. Primero fueron rubias o de color castaño, antes de convertirse en plateadas, a partir de 1964.

Aunque muy ocupado por su carrera de ilustrador, Warhol encontró tiempo para colaborar con antiguos alumnos de su universidad, que habían formado una compañía de teatro amateur. Querían montar una obra y habían elegido The Way of the World (1699), una comedia satírica del dramaturgo inglés William Congreve, que ponía en escena las decepciones de una joven pareja de enamorados. Andy se entusiasmó tanto por el proyecto, que asistió durante meses a todos los ensayos y creó los decorados y el diseño del programa. «En contra de la imagen oficial, la de un hombre que no leía y que tenía poco vocabulario, Andy era una persona muy cultivada y sentía gran curiosidad intelectual. Era un lector inteligente y le gustaba mucho asistir a representaciones teatrales, tanto de clásicos como de autores de vanguardia, así como a sesiones de lectura de poesía», precisaba Stuart Preston. «Andy recompensaba a los actores cuya actuación le había gustado con alguno de sus dibujos, era muy emotivo».5 Intervino también como intérprete, a él a quien tan mal se le daba la expresión oral, pero esta disciplina le resultó beneficiosa, aunque no tuviera técnica ni carisma sobre el escenario. No obstante, representó para El jardín de los cerezos el personaje de Firs, un viejo lacayo excéntrico, que murmura mientras asiste a la decadencia de la familia a la que sirve desde toda la vida, y que al final se lamenta: «La vida ha pasado como si no hubiéramos vivido…». Pero no perdía de vista sus prioridades, ni se retrasó nunca para cumplir con los encargos de las revistas, ni dejó de trabajar para nuevas exposiciones. Gracias a Nathan Gluck, uno de sus ayudantes, también él artista en ciernes, expuso tres veces en 1954 en la Loft Gallery: en abril y en mayo participó en exposiciones colectivas, y expuso en solitario a partir del 10 de octubre de 1954. Sus nuevas obras, compuestas por dibujos sobre cartón recortado y doblado, que recordaban origamis, y por retratos de un bailarín, pasaron desapercibidas, o casi.

Cuando quedó libre un apartamento en el primer piso de su edificio, Andy lo alquiló para instalarse en él y recibir a sus visitas, sin miedo a que Julia, rara vez totalmente sobria, lo incomodara. Conservó el primero de los apartamentos para su madre y los gatos, y él iba de uno a otro, varias veces al día. Julia estaba tan sola, que él le regaló uno de los primeros magnetófonos que salieron al mercado, con el fin de que su madre pudiera enviar mensajes a su familia, que permanecía en Pittsburgh, pero ella prefirió grabar viejas baladas rutenas y cantar a dúo con su propia voz. Al conocer tales anécdotas, uno comprende la fascinación de su hijo por las dos habitantes de Grey Gardens, cuya extravagancia no tenía nada que envidiar a la suya. Por la misma época, el personaje de Andy se volvía cada vez más excéntrico. Y es que ¿acaso no se ponía zapatillas de ballet para salir a la calle? ¿Y qué decir de sus corbatas? Se hacía el nudo con toda la falta de gracia posible, la corbata le quedaba entonces demasiado larga y él se limitaba a cortarla con unas tijeras. Algunos decían que guardaba todas las puntas de sus corbatas en una caja. A veces se permitía comprarse elegantes trajes a medida, pero sus corbatas mutiladas y sus primeras pelucas conferían al conjunto una rareza que no pasaba desapercibida. Se sumaba el hecho de que Andy lo intentaba todo por atenuar la rojez de la nariz y las manchas y granos del rostro. Se maquillaba la cara de blanco, de un modo que le daba la impresión de habérsela empolvado con azúcar glas.

En 1954, Andy se había convertido en uno de los ilustradores más reconocidos y más requeridos de su generación. Lo invitaban a numerosas fiestas en el mundo de la moda y la publicidad, y su aspecto fuera de lugar llamaba la atención de aquellos que se cruzaban en su camino. «El Nueva York de la época era muy convencional, a excepción de los artistas más marginales de la bohemia de Greenwich Village, como la cineasta y escritora Maya Deren, una mujer fascinada por la brujería y los rituales vudús», comentaba Stuart Preston. «Pero el ambiente que él frecuentaba era menos extremo, menos radical, al menos por aquellas fechas, y ni que decir tiene que su personaje y todas las historias que circulaban sobre él alimentaban una verdadera fascinación. Se contaba que vivía con decenas de gatos, que tenía a su madre prisionera, que era un fetichista de los pies… Era como un retrato del caricaturista Max Beerbohm».6

Fue en el otoño de 1954 cuando se enamoró de Charles Lisanby, decorador de televisión que trabajaba para la cadena CBS. «Charles, a quien conocí gracias a Cecil Beaton, era un moreno apuesto y elegante, muy refinado», recordaba Dorian Leigh. «Tenía unos modales perfectos, casi anticuados, y era cultivado, divertido e indulgente, infinitamente menos feroz que los homosexuales a los que yo conocía, como Truman Capote o Beaton. Era como un príncipe azul de los dibujos animados de Walt Disney, solo que un príncipe gay».7 Los dos hombres se conocieron en una velada. Lisanby, al ver a Andy solo en un rincón, se acercó para hablar con él, por pura amabilidad. Warhol quedó prendado al instante y al terminar la fiesta lo acompañó a la parada de taxis, bajo la lluvia. Mientras esperaban la llegada de un vehículo, bajo el toldo de un taxidermista, vieron en el escaparate un pavo real disecado que a Charles le gustó mucho, porque le recordó a los que había visto de niño. Al día siguiente, al volver a casa por la tarde, el portero le entregó un gran paquete que contenía el pavo real que había admirado unas horas antes. Era un regalo de Andy, y ambos se hicieron inseparables, aunque Lisanby no respondiera jamás a sus sentimientos amorosos, y mucho menos al deseo físico que suscitaba en Warhol. Pero su complicidad fue estimulante y fecunda de inmediato, puesto que fue Charles Lisanby quien le sugirió el título Veinticinco gatos llamados Sam y uno Blue Pussy para el libro que publicó aquel mismo año de 1954.

CAPÍTULO VIII
OS AMO, SUFRO Y OS ESPERO

El dibujo que Andy había publicado en septiembre de 1949 en la revista Glamour, cuando acababa de llegar a Nueva York, resultó premonitorio: una escalera sobre cuyos peldaños había colocado unos zapatos en ascenso hacia el éxito. En abril de 1955, I. Miller & Sons, elegantes zapateros de Manhattan, le ofrecieron una suma anual de doce mil dólares por diseñar su publicidad para la edición dominical del New York Times y otros periódicos. Ello le aseguró unos ingresos sustanciosos y multiplicó su visibilidad: aquellos finos zapatos en punta, de líneas fragmentadas —una imperfección buscada a través de su técnica blotted line— se hicieron populares de inmediato. Los zapatos parecían vivos, estaban llenos de gracia y de fantasía, como dispuestos a partir a la aventura. Creó trescientas ilustraciones para I. Miller entre 1955 y 1960, las cuales fueron todo un éxito, como se deduce por el aumento en las ventas. En 1956 y 1957 Warhol volvió a recibir el premio del Club de Directores Artísticos. «¿Acaso no era un sueño para un fetichista de los pies y de los zapatos, recibir tan cuantiosas remuneraciones y recompensas por entregarse a su pasión?», se preguntaba Stuart Preston, divertido. «¿No decía Mark Twain que el secreto del éxito es hacer de tu vocación unas vacaciones? Aquel contrato le aportó notoriedad y dinero, pero no careció de un efecto ambivalente: el alto precio que pagó fue lo mucho que le costó abrirse paso en el mundo considerado “serio” del arte, pues se había ganado una reputación de frivolidad. Necesitó años de tenaces esfuerzos para conseguir que se olvidara aquella etapa de su carrera».1

Como no podía ser de otro modo, este tema le inspiró su cuarto librito promocional publicado a cuenta del autor, À la Recherche du Shoe Perdu.2 Siempre tan práctico, Warhol incluyó los proyectos rechazados por I. Miller. El título, mezcla de inglés y francés, con el guiño a Marcel Proust, se lo había sugerido un amigo, el poeta Ralph Pomeroy, quien redactó asimismo todas las leyendas, aderezadas con referencias a Shakespeare —«calzar o no calzar»— o a Gertrude Stein —«The Autobiography of Alice B. Shoe»—.3 Las leyendas estaban escritas a mano por Julia, cuya caligrafía se había vuelto indisociable de las ilustraciones de su hijo. Fue entonces cuando los responsables de Serendipity 3, que había abierto sus puertas en el Upper East Side en 1954, le propusieron exponer los dibujos del libro, enmarcados a cuenta de ellos, en las paredes del establecimiento. El precio variaba entre veinticinco y cincuenta dólares, y se vendieron todas las obras, repartiéndose las ganancias al cincuenta por ciento entre ambas partes. «Serendipity era un salón de té, una galería de arte y una especie de tienda de antigüedades al mismo tiempo. Se podían comprar todos los elementos de la decoración, incluidos los manteles de las mesas», recordaba Dorian Leigh. «Era un local de un encanto único en Nueva York, a las modelos les gustaba dejarse ver en él entre sesión y sesión de fotos. Podías comer unos pastelillos deliciosos, y los mejores helados de la ciudad. Por lo que a mí respecta, me encantaba ir allí y observar a la gente más divertida y más creativa de Manhattan. Y siempre podías encontrar cosas que eran un regalo precioso: los dibujos que se exponían, los objetos de la era victoriana o del art nouveau, como las lámparas de Tiffany’s, cuyas pantallas parecían pequeñas vidrieras multicolores. El lugar merecía su nombre».4 La palabra serendipity, creada en 1754 por el escritor inglés Horace Walpole, alude a la gracia de realizar un descubrimiento afortunado merced a un oportuno azar.

Andy se hizo amigo de uno de los tres propietarios, Stephen Bruce, a quien le hizo una treintena de retratos, cada uno en una postura diferente. Se los regaló, porque el generoso Bruce no le cobraba. En uno de ellos, una tinta sobre papel, el guapo Stephen sostenía de perfil un pajarillo sobre el dedo, que llevaba en el pico un corazón minúsculo, como si estuviera a punto de ponerlo en los labios del joven. Él fue de los primeros en defender el trabajo de Warhol con verdadero entusiasmo. Stephen Bruce tenía el físico con el que tanto soñaba Andy, uno de esos rostros de rasgos regulares, que encandilan tanto a la mente como a los sentidos.

Serendipity 3 se convirtió en el cuartel general de Andy Warhol. Invitaba a sus amigos a sesiones de «merienda y colorea», durante las cuales tenían que dar color a los dibujos destinados a sus libritos, siguiendo sus indicaciones, antes de poder degustar las especialidades de la casa. Tenía un don para hacer trabajar gratis a las personas de su entorno, a cambio de un pedazo de tarta y un cappuccino, y ni siquiera tenía que pagar la cuenta, ya que Bruce los acogía como invitados. Andy era el ilustrador de moda, y su troupe atraía todas las miradas. Se trataba de una pequeña corte, de un clan exclusivamente masculino, cuyos miembros trabajaban para revistas, en el teatro, la televisión, o para agencias de publicidad; eran unos Mad Men gais. Tales reuniones se llevaban a cabo en ocasiones en casa de los Warhol, donde Julia les preparaba algo de comer. La madre de Andy apreciaba a aquellos jóvenes amigos de su hijo, pero no tenía ni idea de su orientación sexual, tal descubrimiento habría trastornado a la católica practicante que era. Andy, quien seguía siendo para ella un joven casadero en busca de novia, invitó a casa incluso a su nuevo ídolo, el elegante y carismático Lisanby, quien se entendió a las mil maravillas con ella.

Charles estaba en el centro de todos sus pensamientos, encarnaba a sus ojos el arquetipo del hombre ideal, el hombre providencial. Su encuentro era fruto del destino, no podía ser de otro modo. ¿No era como una variante de la historia del príncipe y la pastora? El pastor, en este caso. Dos seres de diferente condición a los que el amor ha unido, como una de aquellas películas de Hollywood que él tanto había adorado en su primera juventud. Andy, que se consideraba muy vulgar, se sentía deslumbrado ante la sola idea de pasar tanto tiempo en su compañía. Pero, si Charles declaró siempre que Andy había sido la persona más original que había conocido, y que se sentía seducido y estimulado por la manera única que tenía de abordar toda situación, no estaba en modo alguno enamorado de él, ni podía ofrecerle otra cosa que no fuera su amistad. Hacía lo que fuera por complacerlo, por eso le presentó a Cecil Beaton, a quien Warhol soñaba con conocer, pues formaba parte para él de una troika mágica cuyos otros dos miembros eran Jean Cocteau y Truman Capote. El encuentro se desarrolló en los términos de la buena educación, pero poco más por parte de Beaton, ya que este, hombre obsesionado por el ingenio brillante y la belleza física, no concedió apenas atención a aquel muchacho tímido y sin gracia. Con el tiempo se acercaron más, y Warhol, que fue fotografiado por Cecil, aparece en su diario en diversas ocasiones.

Andy y Charles iban a exposiciones y asistían al teatro, hablaban de sus respectivos trabajos y de sus expectativas, dibujaban juntos y colaboraron en el libro Veinticinco gatos llamados Sam y uno Blue Pussy, pero esto no bastaba a Warhol, que se negaba a perder la esperanza. Realizó gimnasia ocular para intentar dejar de llevar gafas, pero sin éxito. Su apariencia física le perturbaba tanto, que se sometió a una costosa operación estética para cambiar el aspecto de su nariz, roja y protuberante. Se la rebajaron, pero el resultado fue casi peor y las cicatrices quedaron visibles. Finalmente, se ocupó con el mayor esmero de su guardarropa, compró camisas Brooks Brothers y se hizo trajes a medida. Algunas fotos de la época lo muestran elegante y de punta en blanco. A Lisanby lo conmovía aquel joven con peluca y tan acomplejado, pero los esfuerzos realizados no modificaron en nada sus sentimientos. Andy siguió haciéndole la corte de diversas maneras. Así, Charles tuvo un día la sorpresa de descubrir en el New York Times un dibujo de su pretendiente, para los zapatos de I. Miller, tachonado de pequeñas cl, sus iniciales.

«Andy era demasiado raro, demasiado desconcertante para la mayor parte de la gente, y no solo por su aspecto físico», analizaba Stuart Preston. «Hacía falta mucha fuerza de carácter, mucha singularidad, para apreciarlo de verdad. Solo un hombre con una mirada muy inédita, muy inconformista, muy diferente y muy poco apegada a las apariencias habría podido enamorarse de aquella rara avis, de aquel espécimen extraño e insólito».5 Este rechazo había de tener por fuerza repercusiones en el sentimiento acerca de su propio valor, de por sí resquebrajado, y alimentar su pesimismo innato. Pero Andy había expresado sus deseos, había salido a la conquista del ser amado, sin una actitud de replegarse sobre sí mismo, sin temor al ridículo, sin esperar pasivamente a que la vida decidiera por él, sin conformarse con soñar su amor y sin ser prisionero de los fracasos anteriores en este terreno. El de Charles Lisanby estaba lejos, por desgracia, de ser un caso aislado, y uno piensa en Julie de Lespinasse cuando escribiera estas palabras: «En todos los instantes de mi vida, estimado, os amo, sufro y os espero…».6

Si la armonía interior le fallaba, su vida profesional era más intensa que nunca. En 1956, su reputación de ilustrador le valió una entrevista para la revista Mademoiselle. Llegados a aquel punto, sus ayudantes se habían vuelto indispensables, debido a la magnitud de la carga de trabajo. Pero Andy los exprimía como limones y exigía de ellos una disponibilidad total, incluso para que lo acompañaran a las habituales veladas. No soportaba la más mínima discrepancia, ni el menor decaimiento de ritmo, y el primero de los que tuvo, Vito Giallo, pronto dejó su plaza libre a Nathan Gluck, quien permanecería con él casi diez años. Warhol no podía conformarse con colaborar para I. Miller, o para las revistas y agencias de publicidad, él siempre había deseado ser considerado un artista de verdad, cuyo trabajo fuera presentado en galerías reconocidas por el rigor de sus selecciones. En 1956 apeló a su amigo Pearlstein, que exponía en la Tanager Gallery, un lugar apreciado por intelectuales y críticos de arte, pues en ella se revelaban las obras de jóvenes artistas innovadores y audaces. Le pidió que mediara en su favor para poder exponer en la galería un nudo masculino, pero Philip no accedió, ya que sabía que el carácter abiertamente homosexual del dibujo sería mal visto y lo rechazarían. Andy no se lo permitió jamás, aquello significó el final de su amistad.

Se le ocurrió entonces dirigirse a David Mann, el propietario de Bodley Gallery, vecina de su cuartel general de Serendipity 3. A Mann lo convencieron sus retratos, entre ellos varios de Lisanby, y sus desnudos masculinos —unos desnudos de buen gusto—. Le propuso exponerlos del 14 de febrero al 3 de marzo de 1956. El fiel Charles ayudó a colgarlos y, la noche de la inauguración, se dio cita una multitud de personas. A pesar de ello, no se obtuvieron más que dos o tres ventas. El precio de las obras oscilaba entre cincuenta y sesenta dólares, poco menos que un regalo, pero eso no animó a los potenciales coleccionistas, pues aquellos adonis acompañados de guirnaldas de corazones y de labios flotantes, al estilo de algunas telas surrealistas, no eran lo suficientemente serios: parecían demasiado una caricatura de Cocteau, eran demasiado amanerados, de una sensibilidad demasiado camp, como dicen los norteamericanos para calificar el gusto de las «locas». Como en el caso de Stephen Bruce, David Mann fue uno de los primerísimos en defender el trabajo de Warhol. Poco después, y gracias a él, tuvo la oportunidad de exponer por primera vez en su vida una de sus obras en un museo, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), el más importante del país. Del 25 de abril al 5 de agosto de 1956, el público descubrió uno de sus zapatos en el marco de la exposición Recent Drawings U.S.A. Andy hacía realidad aquel sueño gracias al apoyo y a la intervención de Mann. Esta nueva etapa era un bálsamo para su ego, herido por la respuesta de Pearlstein y por todos aquellos que no veían en él nada más que un ilustrador de moda y un imitador de Cocteau. Sin embargo, cuando Andy propuso al museo hacer donación del dibujo, entusiasmado ante la idea de formar parte de sus colecciones permanentes, recibió una carta en que se le informaba de que la institución no podía aceptarlo… por falta de espacio.

Cabe preguntarse cuál sería la reacción de Lisanby al ver sus retratos colgados en medio de aquellos desnudos, más teniendo en cuenta que la inauguración de la Bodley Gallery tuvo lugar un 14 de febrero, día de San Valentín, y que él aparecía en el cartel de la exposición. «Charles era tan decente, tan “como hay que ser”», recordaba su amiga Dorian Leigh. «Era la distinción misma, el bon genre en persona, como dicen los franceses».7 Ello no le impidió proponerle a Andy que lo acompañara en un viaje en el transcurso del cual tenía intención de estudiar el arte asiático, viaje que no tardó en convertirse en un periplo en avión alrededor del mundo.

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