Kitabı oku: «Refuerza tu sistema inmunitario»
PATRICK HOLFORD
y Jennifer Meek
REFUERZA
TU SISTEMA
INMUNITARIO
Traducción de GLORIA BOHIGAS ARNAU

NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en «Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas, hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente sobre su propia salud, y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso, ser un sustituto de la consulta médica personal.
Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactos y ciertos en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error u omisión que se haya podido producir.
Título original inglés: Boost Your Immune System.
© Patrick Holford y Jennifer Meek; 1998, 2010.
Publicado por primera vez en Gran Bretaña en 1998 por Piatkus, un sello de Little, Brown Book Group, y revisado en 2010.
© de la traducción: Gloria Bohigas Arnau, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: junio de 2019.
REF.: ODBO550
ISBN: 9788491182061
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
CONTENIDO
1 Cómo usar este libro
2 Guía para usar las abreviaturas y medidas de este libro
3 PRIMERA PARTE ¿ES USTED INMUNE? 1. La inmunidad en crisis 2. Evalúe el estado de su sistema inmune
4 SEGUNDA PARTE ENTENDER EL SISTEMA INMUNITARIO 3. Cómo funciona el sistema inmunitario 4. El ejército inmune y el campo de batalla 5. Causas y consecuencias de la infección 6. Comprender la autoinmunidad 7. Entender y eliminar las alergias
5 TERCERA PARTE SEIS PASOS PARA ALCANZAR EL PODER INMUNE 8. Alimentos para reforzar el sistema inmunitario 9. Nutrientes para reforzar el sistema inmunitario 10. Plantas medicinales para reforzar el sistema inmunitario 11. Ejercicio y sistema inmunitario 12. La luz, el factor olvidado 13. Piense en positivo
6 CUARTA PARTE SOLUCIONES INMUNES 14. Luchar contra la infección de forma natural 15. Ganar la batalla contra el resfriado 16. Remedios naturales para la gripe 17. Cómo aliviar la fiebre del heno y la sinusitis 18. Antibióticos y probióticos 19. Cómo enfrentarse a la candidiasis 20. Cómo abordar las enfermedades autoinmunes 21. Actuar contra el sida
7 QUINTA PARTE PLAN DE ACCIÓN PARA FORTALECER EL SISTEMA INMUNE 22. Dieta de estimulación inmune 23. Suplementos para fortalecer el sistema inmune 24. Cómo evitar los inmunodepresores
8 Bibliografía
9 Notas
10 Agradecimientos
CÓMO USAR ESTE LIBRO
He aquí un esquema de este libro, que le guiará por el maravilloso mundo del sistema inmunitario.
La primera parte demuestra hasta qué punto la dieta, el estilo de vida y el entorno pueden afectar al sistema inmune, y le permitirá evaluar su propia capacidad inmune.
La segunda parte le ayudará a entender en qué consiste el sistema inmunitario. Es un mecanismo complejo, pero aquí se incluyen los datos necesarios para profundizar en el tema, aunque una lectura superficial también le permitirá entender cómo funciona.
La tercera parte explica los seis principales factores para mantener el sistema inmune fuerte y sano.
La cuarta parte ofrece la información más avanzada sobre cómo tratar trastornos relacionados con el sistema inmunitario.
La quinta parte incluye datos prácticos para llegar a la nutrición óptima como un medio para fortalecer el sistema inmune y la salud en general.
Le deseamos lo mejor para poner en práctica toda la información que hay en este libro. ¡Buen viaje!
GUÍA PARA USAR LAS ABREVIATURAS Y MEDIDAS DE ESTE LIBRO
La mayoría de vitaminas se miden en miligramos o microgramos. Las vitaminas A, D y E también se designan en unidades internacionales (UI), una medida diseñada para estandarizar las distintas formas de estas vitaminas, que poseen diferentes potencias. En este libro, calorías significa «kilocalorías» (kcal).
1 gramo (g) = 1.000 miligramos (mg) = 1.000.000 microgramos (mcg o μg)
1 mcg de retinol (1 mcg ER) = 3,3 UI de vitamina A (ER = equivalente de retinol)
1 mcg ER de betacaroteno = 6 mcg de betacaroteno
100 UI de vitamina D = 2,5 mcg
100 UI de vitamina E = 67 mg
PRIMERA PARTE ¿ES USTED INMUNE?
1 LA INMUNIDAD EN CRISIS
Cuando uno es joven, es fácil engañarse y pensar que las enfermedades degenerativas solo pondrán en peligro la vida de los demás. Pero ¿es usted realmente inmune a infecciones más o menos importantes? ¿O cree que el cáncer pasará de largo sin afectarle? ¿No tiene alergias y casi nunca se resfría? Si lo que quiere es responder afirmativamente a estas preguntas, entonces está leyendo el libro adecuado. Nuestro objetivo es proporcionarle los conocimientos necesarios para fortalecer su sistema inmunitario, evitar enfermedades, encontrarse mejor, obtener un mejor rendimiento, tener mejor aspecto y vivir más años.
Es un consejo de lo más oportuno, porque la humanidad podría estar al borde de una crisis inmunitaria mundial si se mantienen las tendencias actuales en las enfermedades inmunes. Consideremos los hechos:
Se estima que hacia el año 2017 la probabilidad de tener cáncer será superior al 50 %.1 En Estados Unidos, a casi uno de cada dos hombres y a una de cada tres mujeres se les diagnostica cáncer en algún momento de su vida. Una de cada ocho mujeres británicas desarrolla cáncer de mama, y las cifras no paran de crecer. Se presenta con mayor frecuencia y a edades más tempranas que hace una década. Según las predicciones, hacia el año 2017, el riesgo de contraer cáncer será del 50 % en las mujeres y del 65 % en los hombres, y uno de cada cuatro hombres tendrá cáncer de próstata. Estamos perdiendo la batalla contra el cáncer.
En una década se ha duplicado la mortalidad causada por enfermedades infecciosas.2 Tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, el número de infecciones está aumentando de forma exponencial. Un estudio sobre la mortalidad en Estados Unidos entre 1980 y 1992 ha revelado un alarmante aumento del 58 % de muertes por enfermedades infecciosas.
Las muertes por enfermedades infecciosas entre los 25 y los 44 años se han multiplicado por seis. Eso solo se debe en parte al mayor número de fallecimientos por VIH. La mortalidad por infecciones respiratorias ha experimentado un incremento del 20 %. Según Spence Galbraith, exdirector del Centro de Vigilancia de Enfermedades Transmisibles del Reino Unido: «La tasa de cambio de infección humana parece estar aumentando. Sabemos que no pasará mucho tiempo antes de que aparezca la próxima amenaza microbiana para nuestra especie».3
Cada año fallecen un millón de personas por intoxicación alimentaria.4 La creciente incidencia de enfermedades causadas por microbios en la comida, que en algunos países occidentales ya ocupa el segundo lugar después del resfriado común, podría ser un efecto multiplicador del uso de cerca de cincuenta mil toneladas de antibióticos al año.
Se usan cincuenta mil toneladas de antibióticos al año en todo el mundo en humanos, animales o plantas. Solo en el Reino Unido, los médicos extienden más de cincuenta millones de recetas de antibióticos cada año…, aproximadamente una por persona y año.5 Los antibióticos no solo causan irritación intestinal, al destruir las bacterias saludables que pueden tardar seis meses en restablecerse, sino que además su uso generalizado supone el desarrollo de peligrosas bacterias farmacorresistentes, desde el estafilococo al mycobacterium tuberculosis o el estreptococo (responsable de la mayoría de infecciones de garganta). El riesgo de otitis recurrente es cinco veces mayor en niños que han sido tratados con antibióticos.
Una de cada tres personas tiene alergia, lo que demuestra la creciente debilidad de nuestro sistema inmune.
Por término medio, tenemos tres resfriados o episodios de gripe al año, con una intensidad que depende de la fortaleza del sistema inmunitario de cada uno. Cada año, fallecen unas tres mil personas a causa de la gripe; en el curso de una epidemia gripal, el número puede llegar a treinta mil.
La idea de que los gérmenes causan infecciones (demostrada por Louis Pasteur en el siglo XIX) hizo suponer que las enfermedades podían vencerse y que la salud se restituía destruyendo al agente externo. Entramos así en la era de «un remedio para cada microbio», basada en la convicción de que la enfermedad es un obstáculo ocasionado por algo que debe destruirse, en general por medio de fármacos. Aunque este enfoque ha dado resultados muy positivos, el concepto de «medicina de ataque» no es capaz de proporcionar los nuevos avances que necesitan la mayoría de los problemas de salud a los que hoy nos enfrentamos. La alternativa es reforzar el sistema inmune.
Piense en su sistema inmune como si fuera su equipo médico particular, competente en el arte de curar, siempre disponible y preparado para tomar medidas preventivas y evitar una crisis. Tanto si intenta prevenir una enfermedad como curarla, el sistema inmunitario es su principal línea de defensa. Vale la pena protegerlo para que pueda confiar en sus servicios y le permita disfrutar de una vida saludable y feliz. Sin embargo, la vida moderna tiende a hacer precisamente lo contrario: estresar al ejército inmune en vez de reforzarlo.
En un periodo de tiempo relativamente corto, se han producido grandes cambios en lo que comemos, lo que respiramos, lo que bebemos y en cómo nos desplazamos, es decir, en toda nuestra forma de vida. Confiamos en que nuestro cuerpo se adaptará rápidamente y encontrará nuevas maneras de acumular o deshacerse sin riesgos de las siete mil nuevas sustancias químicas a las que está expuesto: pesticidas, aditivos alimentarios, fármacos, detergentes domésticos y otros productos. No obstante, si queremos que no sean dañinos para nuestra salud, tenemos que eliminar o reducir al máximo su toxicidad.
Los nutrientes contenidos de forma natural en la alimentación ya no bastan, por lo general, para que nuestro sistema inmune haga frente eficazmente a estos ataques continuos. Muchas personas, con sobrepeso o no, consumen más calorías de las que realmente necesitan. Al mismo tiempo, necesitamos mayor cantidad de nutrientes para enfrentarnos a la contaminación excesiva y al estrés. Sin embargo, estos nutrientes son eliminados de los alimentos en los procesos de fabricación y procesamiento industrial, lo que nos deja con productos repletos de calorías y con un bajo nivel nutritivo.
Como ya habrá deducido, un sistema inmunitario saludable y eficiente tiene muchos enemigos, y no todos pueden evitarse. Como en cualquier guerra, cuantos menos enemigos le ataquen a la vez, más posibilidades tendrá de mantenerse en cabeza. ¿Cuántos puede identificar y eliminar o reducir? ¿Hay otros que deba añadir a su lista, quizá como consecuencia de su trabajo o del lugar donde reside? Lo mejor es intentar reducir al mínimo estos enemigos y reforzar su sistema inmune para enfrentarse al resto.
Estos son los principales enemigos del sistema inmunitario:
Humo (del tabaco y otros, por ejemplo, chimeneas, incineradoras, etc.)
Estrés
Contaminación (tráfico rodado o aéreo, industria, etc.)
Pesticidas
Radiación
Sustancias carcinógenas (industriales o domésticas)
Drogas y fármacos (legales, ilegales, médicos); su reducción o eliminación requiere supervisión médica… no lo intente sin ayuda
Aditivos alimentarios (especialmente colorantes y aromatizantes)
Equilibrio incorrecto de alimentos (por ejemplo, demasiada sal, grasas o azúcar)
Accidentes
Obesidad o ayuno prolongado
Equilibrio deficiente de minerales
Equilibrio deficiente de vitaminas
Ejercicio inapropiado
Defectos genéticos
Infecciones (de bacterias, virus, hongos, protozoos, lombrices, etc.)
Actitud negativa ante la vida
Infelicidad
¿POR QUÉ NECESITAMOS FORTALECER NUESTRO SISTEMA INMUNE?
He aquí algunas razones para fortalecer nuestro sistema inmune:
1 Determina la rapidez con la que envejecemos.
2 Se enfrenta a los virus, bacterias y otros microorganismos que tratan de atacarnos y provocar enfermedades, desde los más comunes como resfriados y candidiasis oral, hasta los más raros pero mortíferos como meningitis, legionelosis o sida.
3 Tiene capacidad para destruir las células cancerosas a medida que se forman.
4 Se encarga de vaciar el cubo de la basura de nuestro cuerpo cada día, deshaciéndose de células muertas, invasores eliminados y productos tóxicos.
5 Ofrece protección frente a radiaciones y contaminantes químicos.
6 Si está deteriorado, puede perder el control y causar problemas de alergia o enfermedades autoinmunes como la artritis.
7 Con un sistema inmune debilitado, las enfermedades aparecen más a menudo, son más graves y persistentes.
8 Con un sistema inmune fuerte, nuestras defensas son casi invencibles y podremos llevar una vida larga, saludable y activa.
Esencialmente, la vida es para vivirla y para darnos a los demás, para aprender, amar, cumplir nuestros deseos y disfrutar, y no hay nadie que quiera perder tiempo enfermando.
2 EVALÚE EL ESTADO DE SU SISTEMA INMUNE
Es su cuerpo (ha estado ahí desde su nacimiento), pero ¿hasta qué punto lo conoce? ¿Hasta qué punto lo escucha? Del mismo modo que cada uno tiene sus propias huellas dactilares, también tenemos distintas necesidades físicas, nutricionales y emocionales, y emitimos diversas señales de alarma cuando algo no va bien. Su cuerpo le dirá si está ingiriendo demasiados minerales tóxicos o una cantidad insuficiente de productos nutritivos, si se encuentra en una situación de estrés, no duerme las horas suficientes, hace poco ejercicio o está siendo atacado por virus o bacterias. Pero ¿lo escucha y comprende lo que le dice?
Es importante conocernos y saber cómo nos encontramos cuando estamos sanos para poder percibir cualquier cambio, por muy leve que sea. ¿Cuánto tendrá que gritar su sistema inmune antes de que le haga caso? Cuanto antes reconozca los síntomas, más rápidamente podrá tomar las medidas correctivas pertinentes y más posibilidades tendrá de evitar la enfermedad. Use los signos de alarma de la página siguiente como lista de control. Si obtiene una puntuación elevada, ha llegado el momento de reforzar sus defensas.
Cada síntoma refleja cambios o problemas localizados que pueden o no ser importantes. Por ejemplo, el dolor de oído puede ser el síntoma de una infección que, si no se trata, acabará siendo grave, mientras que tener apetito después de un largo paseo por el campo es una demanda de combustible perfectamente normal y no un aviso de tenia o solitaria en el intestino. Por lo general, las combinaciones de síntomas son algo más significativas. Sea como sea, preste atención a los mensajes que le envía su cuerpo e intente abastecer sus necesidades.
Señales de alarma de un sistema inmunitario deficiente
¿Ha notado algún cambio en los siguientes aspectos?:
Pelo. ¿Caída, cambios de textura, seco o grasiento, color, crecimiento insuficiente?
Cabeza. ¿Dolor difuso, molestias al moverse, sofoco o quemazón, sensación de estar flotando, confusión, mareo?
Ojos. ¿Coloración amarillenta del blanco de los ojos, ojos sanguinolentos, picor, picazón, sin brillo, molestias al moverlos de lado a lado, ojos llorosos, cambio de visión, fatiga ocular?
Oídos. ¿Irritados, dolorosos, ruidos internos, los sonidos externos se oyen de lejos y la propia voz muy alta, piel escamada?
Nariz. ¿Secreciones, escozor, irritación, congestión, dificultad para respirar, pérdida de olfato, estornudos?
Boca. ¿Mal sabor de boca, mal aliento, lengua saburral, aftas, pérdida de gusto, encías sangrantes, problemas de dentadura, lengua irritada, dificultad para tragar, cambios en la cantidad de saliva?
Nuca. ¿Rigidez o dolor en movimiento?
Garganta. ¿Irritada, dolor al tragar, amígdalas inflamadas?
Aparato digestivo. ¿Indigestión, gases, ardor de estómago, hinchazón, dolor, estreñimiento, diarrea?
Músculos. ¿Debilitados, dolorosos, entumecidos, laxos, tensos, con hormigueo, frecuentes lesiones?
Articulaciones. ¿Rigidez, debilidad, temblor, inflamación, dolor?
Piel. ¿Pecas, erupciones, cambio de color, sequedad, escamas, manchas, aparición o alteraciones en los lunares o el vello corporal, sin brillo, tirante, flácida, hinchada, olor corporal?
Uñas. ¿Estriadas, quebradizas, manchas blancas, color azulado, rotas?
Nivel de energía. ¿Más alto o bajo de lo normal, intermitente, errático, hiperactivo, dependiente de la ingesta de alimentos, café u otros estimulantes?
Sueño. ¿Deficiente, intermitente, pesado, intranquilo, sudoración excesiva, pesadillas?
Estado mental. ¿Mala concentración, mala memoria, falta de interés, olvidos frecuentes?
Apetito. ¿Hambre voraz, inapetencia, antojos?
Estado de ánimo. ¿Depresión, tristeza, altos y bajos, irritación, frustración, desesperación?
¿CÓMO AFECTA A LA SALUD EL SISTEMA INMUNE?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental, emocional y social, y no solo como la ausencia de enfermedades o dolencias. Según este estándar ideal, la mayoría de las personas pasan por distintas etapas de «mala salud» durante gran parte de su vida. Sin embargo, aunque nunca llegaremos a la perfección, podemos esforzarnos por lograr la excelencia y evitar así numerosas enfermedades.
Siempre hay multitud de bacterias, virus, hongos y otros organismos que están al acecho, ya sea en nuestro cuerpo o en el medioambiente, esperando la oportunidad de atacar a un individuo susceptible. Son una parte de la vida que no podemos evitar, pero disponemos de un sistema para hacerles frente: un ejército de células inmunes capaces de detectar al invasor, atacarlo y, si todo va bien, destruirlo antes de que nos destruya él a nosotros. Si su sistema inmunitario está sobreexplotado, mal nutrido o es ineficiente, no puede alimentar a un ejército capaz de reconocer al enemigo y aniquilarlo… Es entonces cuando aparece la enfermedad. La duración y la afectación de esta dependerá del tiempo que necesite el sistema inmune para hacerse cargo eficazmente del problema y contraatacar.
El hecho de mantener el sistema inmune en óptimas condiciones nos permite, en el mejor de los casos, evitar completamente los síntomas de una enfermedad; en el peor, organizar rápidamente una fuerza de combate para que el trastorno no sea tan grave. El sistema inmunitario también puede destruir las células cancerosas. Todos generamos estas células anormales, pero solemos mantenerlas bajo control. El cáncer se convierte en un problema cuando estas células se forman demasiado deprisa para que el sistema inmunitario pueda enfrentarse a ellas.
Asimismo, cuando el sistema inmunitario funciona correctamente, las enfermedades autoinmunes no representan un problema, ya que solo aparecen en el momento en que, por un mal funcionamiento, deja de reconocerse a sí mismo. Entonces el «ejército» empieza a atacar a la vez a las células de su propio cuerpo y a las de sus enemigos.
Compruebe la fortaleza de su sistema inmune
Los signos, síntomas y factores del estilo de vida que se exponen a continuación le indicarán la fortaleza de su sistema inmune.
Cuantas más preguntas conteste afirmativamente, más presión tendrá su sistema inmune. Puntúe con un 1 cada respuesta afirmativa:
Salud
¿Se resfría más de tres veces al año? SÍ / NO
¿Le cuesta curarse de una infección (resfriado u otras)? SÍ / NO
¿Es propenso/a a la candidiasis bucal o a la cistitis? SÍ / NO
¿Toma antibióticos dos veces al año o más? SÍ / NO
¿Ha tenido una importante pérdida personal en el último año? SÍ / NO
¿Hay antecedentes de cáncer en su familia? SÍ / NO
¿Toma alguna droga o medicina? SÍ / NO
¿Tiene alguna enfermedad inflamatoria como eccema, asma o artritis? SÍ / NO
¿Sufre de fiebre del heno o alergia al polen? SÍ / NO
¿Tiene problemas de alergia en general? SÍ / NO
Dieta
¿Bebe más de 1 unidad de alcohol al día? SÍ / NO
¿Bebe menos de 1 litro de agua al día (incluida la contenida en otras bebidas)? SÍ / NO
¿Toma más de 1 cucharada de azúcar al día? SÍ / NO
¿Solo come fruta y verdura en contadas ocasiones? SÍ / NO
¿Solo toma suplementos en contadas ocasiones? SÍ / NO
¿Consume muchos alimentos refinados, procesados o precocinados? SÍ / NO
¿Necesita tomar algo para ponerse en marcha por la mañana o a intervalos regulares durante el día, como té, café o cigarrillos? SÍ / NO
¿Se siente a menudo amodorrado/a o soñoliento/a durante el día o después de las comidas? SÍ / NO
¿Come carne más de cinco veces a la semana? SÍ / NO
¿Toma gran cantidad de alimentos procesados entre horas o como sustitución de las comidas? SÍ / NO
Estilo de vida
¿Pasa menos de una hora al día en lugares donde haya luz natural? SÍ / NO
¿Hace muy poco ejercicio? SÍ / NO
¿Tiene un trabajo sedentario? SÍ / NO
¿Fuma? SÍ / NO
¿Vive o trabaja en un entorno con humo? SÍ / NO
¿Duerme mal o se despierta con la mente acelerada por las mañanas? SÍ / NO
¿Se siente insatisfecho con algún aspecto importante de su vida? SÍ / NO
¿Se enfada, angustia o irrita fácilmente? SÍ / NO
¿Tiene sobrepeso? SÍ / NO
¿Suele comer a toda prisa y con estrés? SÍ / NO
Si su puntuación es…
20 o más. Tendrá que hacer cambios importantes en su alimentación y estilo de vida si quiere tener un sistema inmune que le ayude a mantener la salud. Este libro le dará las pautas necesarias. También debería plantearse la posibilidad de visitar a un especialista en nutrición que le ayudará a cambiar sus hábitos para conseguir la máxima potencia inmunitaria (véase el apartado de «Direcciones útiles» en la página 223).
10 o más. Su puntuación está dentro de lo normal, pero ¿realmente quiere ser del montón? Revise sus respuestas afirmativas y busque la manera de cambiar su alimentación y su estilo de vida para que se conviertan en negativas. Este libro le explicará cómo hacerlo.
Menos de 10. Lo está haciendo bien y es posible que tenga un sistema inmune razonablemente fuerte. Para poner a punto su salud, tome nota de sus respuestas afirmativas y busque la manera de cambiar su alimentación y estilo de vida para convertirlas en respuestas negativas.
SEGUNDA PARTE ENTENDER EL SISTEMA INMUNITARIO
3 CÓMO FUNCIONA EL SISTEMA INMUNITARIO
«Inmunidad» significa literalmente «resistirse al desarrollo de una enfermedad determinada». El sistema inmunitario es muy complejo y ha de estar bien ajustado para poder destruir cualquier cosa que amenace a nuestro cuerpo.
EL PAPEL DEL SISTEMA INMUNITARIO
Mantener el equilibrio
Cuando se disfruta de buena salud, todo está en equilibrio, todo funciona en armonía, dando lugar a un individuo sano. Con la enfermedad, el equilibrio se pierde y el sistema inmunitario lucha concienzudamente para recuperarlo. Si gana la batalla, volvemos a encontrarnos bien. Si no, otras influencias se aprovechan de los desarreglos del sistema y se unen al combate, provocando nuevos desequilibrios. Siempre que el sistema inmune esté bajo control, la batalla se ganará tarde o temprano y se restablecerá el orden.
Luchar contra las infecciones
Las bacterias, virus, hongos, parásitos y gusanos campan a sus anchas por el mundo. No hay forma de evitarlos por completo en la vida diaria; por lo tanto, el factor clave es vivir en un ambiente internamente equilibrado. Estar en contacto con una bacteria patógena no significa que vaya a infectarnos automáticamente. El medioambiente está repleto de hongos que causan candidiasis bucal, por ejemplo, o microbios que provocan neumonía. Pero la mayoría disponemos de un sistema inmune equilibrado que los mantiene bajo control. Sin embargo, tomar muchos antibióticos destruye las bacterias beneficiosas y facilita que el hongo irritante (no afectado por antibióticos) colonice espacios que normalmente estarían ocupados por estas bacterias, dando lugar a la aparición de candidiasis. Igualmente, si nuestro sistema inmune ha estado luchando contra una infección grave y tenemos las defensas bajas, los microbios de la neumonía pueden aprovechar la oportunidad para atacar.
Muchas patologías, como el resfriado común, son infecciones, y debemos intentar no propagarlas, especialmente entre niños de corta edad, ancianos y enfermos. No es de fiar quien tiene una infección y acude al hospital a visitar a alguien al que acaban de operar o ha tenido un bebé. ¡Procure mantener los microbios bajo control!
Hacer excepciones
Nuestro cuerpo no puede destruir a todos los agentes ajenos que vienen de fuera: la comida, por ejemplo, es esencial para la vida, aunque sea «externa» o exógena. En consecuencia, el sistema inmunitario del abdomen está adaptado para aceptar este tipo de material. Por ejemplo, podemos comer un huevo sin padecer efectos adversos, pero si nos lo inyectáramos directamente en vena el sistema inmune lo atacaría de inmediato.
Para que podamos reproducirnos, el esperma «ajeno» ha de introducirse en el cuerpo femenino. El esperma (que es exógeno) ha de contener inmunosupresores locales para evitar ser rechazado por el sistema inmune de la mujer. Y, por supuesto, el sistema inmunitario femenino ha de tener un gran poder de adaptación para permitir que un organismo completamente distinto viva en su interior durante nueve meses.
Hay muchas bacterias dañinas, pero no todas; algunas son necesarias para la existencia diaria y desempeñan importantes funciones, por lo que es sumamente importante que nuestro sistema inmune no las ataque. Cuando los microbios beneficiosos del intestino son destruidos por antibióticos, quedamos expuestos al ataque de hongos y otros agentes patógenos (microorganismos dañinos). Necesitamos microbios amigos en el intestino, la piel y las membranas mucosas para evitar que los invasores se instalen en ellos y modifiquen el entorno a su beneficio… y en nuestro perjuicio.
Mantener el orden
Más fundamentalmente, debe evitarse una «guerra civil» dentro del cuerpo: el sistema inmunitario no ha de atacar a su propio ejército (una tarea difícil cuando se trata de un ejército compuesto por millones y millones de efectivos de muy distinto signo). También es importante que las armas destinadas a combatir al invasor no destruyan accidentalmente nuestras propias defensas; estas armas han de reservarse y desactivarse cuidadosamente en «tiempos de paz».
TIPOS DE INMUNIDAD
Nuestro cuerpo nos proporciona dos tipos de inmunidad. Los anticuerpos, por ejemplo, dirigen sus ataques a determinados invasores, proporcionando una inmunidad específica. Otros factores, como las barreras físicas (por ejemplo, la piel o las membranas mucosas), actúan de forma más general, ofreciendo una inmunidad indiscriminada e inespecífica.
Inmunidad inespecífica
Barreras físicas
Nuestra primera línea de defensa son las barreras físicas que nos protegen de los ataques. La más obvia es la piel. Las secreciones de sus glándulas (como la sal del sudor) contienen sustancias antifúngicas y antibacterianas que protegen la capa externa. También en la capa más superficial de la piel tenemos una multitud de bacterias beneficiosas que evitan la invasión de las menos amistosas. Si nuestra piel está intacta, estamos relativamente seguros; sin embargo, cuando hay heridas, existe el riesgo de infección.
Obviamente, para poder respirar, comer, excretar y reproducirnos, disponemos de orificios de entrada, que están equipados con una superficie cutánea especial y secreciones que los protegen. Las membranas húmedas y mucosas de la nariz y del aparato respiratorio, por ejemplo, junto con el pelo y los cilios (pelo microscópico), atrapan a muchos invasores potenciales.
Algunos conocidos microbios respiratorios, como los que causan la gripe, interfieren en la acción de barrido de los cilios, lo que explicaría por qué son tan eficaces. En el intestino no hay cilios, pero el mucus y los movimientos peristálticos (contracciones intestinales para impulsar los materiales de la digestión) evitan gran parte del desarrollo bacteriano; la acción trituradora del estómago y su acidez inhiben asimismo la posibilidad de infección. La infección se produce cuando la membrana mucosa está dañada o la peristalsis se ralentiza, y también puede estar causada por intoxicación alimentaria.
La piel y las membranas mucosas, así como la barrera hematoencefálica y (antes de nacer) la placenta, evitan el intercambio libre de materiales; por lo tanto, hasta cierto punto, nos protegen de los agentes dañinos. Toser, estornudar y llorar también nos ayudan a deshacernos de sustancias potencialmente perjudiciales.
Temperatura
Muchos microbios patógenos son susceptibles a la temperatura. Por ejemplo, el bacilo que causa la tuberculosis en humanos no infecta a animales de sangre fría. Igualmente, los microbios causantes de la gonorrea se eliminan a más de 40 °C, por lo que, antes de disponer de antibióticos, un tratamiento común para esta enfermedad era elevar la temperatura corporal.
Muchas de las células autoinmunes son más eficaces a una temperatura superior a lo normal; de ahí que las infecciones cursen con fiebre. Intentar rebajar la temperatura corporal puede poner a nuestras células autoinmunes en una situación de desventaja, ya que la fiebre moderada favorece la respuesta inmune. Por lo tanto, es aconsejable dejar que la fiebre moderada siga su curso, tal como daba a entender la vieja costumbre de sudar para curarse. Sin embargo, debe intentar reducirse una temperatura muy alta, cuando el cuerpo parece perder el control. Lo contrario sería peligroso.
Barreras bioquímicas
También en nuestro organismo fabricamos sustancias químicas que destruyen microbios y otros agentes no deseados. (Su efecto es general, no específico para un tipo determinado de microbio). La sangre, las lágrimas y muchas de nuestras células contienen una enzima llamada lisozima, una sustancia capaz de destruir bacterias.
El interferón es un agente antivírico segregado por la mayoría de las células tisulares (siempre que tengan una cantidad significativa de vitamina C y manganeso) que actúa contra cualquier virus al acecho. Evita que los virus se multipliquen en el interior de las células, probablemente bloqueando su fuente de alimentación; también evita que las células vecinas se infecten.
La capacidad para producir interferón está codificada en nuestros genes, el material hereditario. Actualmente, se ha logrado sintetizar el gen del interferón humano, lo que, sin duda, será muy útil en medicina, aunque no es la única respuesta a la eliminación de virus dañinos.
También en la sangre hay un grupo de proteínas que se unen entre sí y que, al estimularse, aceleran la destrucción de material no deseado. A este sistema se le conoce como «sistema del complemento» y parece activar la inflamación. Para prevenir su ataque incontrolado, las proteínas del complemento suelen estar separadas en el torrente sanguíneo. Solo cuando se unen en el orden correcto, estimuladas por una situación amenazante, pueden causar destrucción. Sería como desmontar un arma para evitar que se dispare por accidente y solo volverla a montar cuando es necesario hacer fuego.
La sangre, el sudor, las lágrimas y otros fluidos corporales (como la bilis y los ácidos grasos esenciales de los intestinos) tienen otras sustancias antimicrobianas bioquímicamente activas.
Especies
No todos los organismos vivos son susceptibles a los mismos agentes patógenos. Por ejemplo, los perros no tienen sarampión porque los gérmenes que causan esta enfermedad no afectan a su especie. Sin embargo, el virus de la rabia ataca tanto a hombres como a perros una vez alojado bajo la dermis.
De igual modo, las ratas no son susceptibles a la difteria y pueden vivir sin problemas en una alcantarilla, mientras que los conejillos de indias son muy vulnerables a esta bacteria y no podrían sobrevivir demasiado tiempo en esta clase de hábitat. El virus de la mixomatosis tiene preferencia por los conejos; en cambio, las bacterias causantes de la lepra y la sífilis prefieren a la especie humana. Por nuestra condición de seres humanos, podemos decir sin temor a equivocarnos que nunca desarrollaremos viruela aviar o tizón de la patata, ya que somos inmunes a estas plagas.
Genética
Hay algunas enfermedades genéticamente predeterminadas. La mayoría de nosotros, por ejemplo, no sufriremos hemofilia. No es una infección; no se puede contagiar; no se puede evitar modificando las pautas dietéticas o el ejercicio. Si no está en nuestros genes, no la adquiriremos.
Inmunidad específica
Algunas partes del sistema inmunitario actúan frente a determinados microbios o enfermedades concretas. La inmunidad específica, como se sabe, suele dividirse en inmunidad activa y pasiva, y ambas se dividen a su vez en inmunidad natural y artificial.
Inmunidad pasiva
La inmunidad pasiva tiene lugar cuando los anticuerpos o antitoxinas se transfieren de una persona inmune a otra no inmune. Ocurre de forma natural cuando la inmunidad pasa de madre a hijo a través de la placenta o el calostro (en la leche materna). Artificialmente, la inmunidad pasiva puede utilizarse para tratar el tétanos, la mordedura de serpiente o las enfermedades autoinmunes. La inmunidad pasiva, ya sea natural o artificial, no dura mucho tiempo: una vez agotada la sustancia que se traspasa a la persona no inmune, los efectos beneficiosos desaparecen.
Inmunidad activa
La inmunidad activa se produce cuando las células autoinmunes reconocen un microbio o sustancia específica y reaccionan. Más adelante, en posteriores ocasiones, podrán recordar y enfrentarse al problema. La inmunidad natural activa tiene lugar durante el proceso de infección y se adquiere inmunidad artificial activa a través de la vacunación.
AYUDA NUTRICIONAL
Como ya habrá deducido, el funcionamiento del sistema inmune depende en gran parte del aporte de nutrientes específicos. La producción de antibióticos naturales y proteínas del complemento, así como la capacidad de las células para transportar, absorber y metabolizar al invasor, dependen de la vitamina C, por lo que el mayor consumo de esta vitamina en el momento en que se produce la infección (y no cuando empiezan a aparecer los síntomas) es esencial. Tomar vitamina C cuando surge la infección incrementa nuestro nivel de protección; tomarla uno o dos días después, es mucho menos efectivo.
La producción de proteínas del complemento depende del calcio y del magnesio, mientras que la producción de interferón depende del manganeso. El calcio también es necesario para tener fiebre, que, como hemos dicho, a un nivel moderado activa las defensas. Estos tres nutrientes suelen ser deficitarios en la dieta actual de productos refinados.
Por lo tanto, nuestro sistema inmune puede estar afectado por algo tan simple como el déficit de vitamina C. Los beneficios de la alimentación para el sistema inmune se explican con mayor detalle en los capítulos 8 y 9.
4 EL EJÉRCITO INMUNE Y EL CAMPO DE BATALLA
Las batallas inmunológicas pueden librarse en cualquier parte del cuerpo, contra organismos invasores, proteínas «ajenas» e incluso células cancerosas. Para rechazar cualquier enemigo, hemos organizado un marco de defensa, llamado sistema linfático (véase la figura 1), que funciona junto con otras partes del cuerpo como la médula ósea, el timo y el bazo. La compleja tarea del sistema inmune está en gran medida controlada por la pituitaria y las glándulas suprarrenales.
EL SISTEMA LINFÁTICO
El sistema linfático está compuesto por una red de vasos que se ramifican por todo el cuerpo y contienen un fluido claro llamado linfa. A diferencia del torrente sanguíneo, no existe ningún sistema de bombeo para impulsar la linfa, sino que se desplaza aprovechando la contracción muscular; de ahí la importancia del ejercicio para prevenir la lentitud del sistema inmunitario.
Los ganglios linfáticos están situados en los vasos linfáticos y en zonas con gran actividad inmunológica: activos campos de batalla cuando se desata la guerra. Como puede verse en la figura 1, con vistas a sus defensas, el cuerpo se divide en seis áreas. Cada una contiene sus propios nodos (donde se libra gran parte de la batalla); estos nodos se convierten en los «ganglios inflamados» que aparecen en muchas infecciones. Cada zona intenta mantener estas batallas inmunológicas en sus propios límites; sin embargo, si se tienen las defensas bajas, intervienen y se infectan otras zonas. La glándula pituitaria del cerebro coordina la actividad inmunitaria de la cabeza y el cuello, mientras que el núcleo central es el cuartel general del sistema de defensa.

Figura 1. El sistema inmunitario
La médula ósea
Todas las células que intervienen tanto en la inmunidad específica como en la inespecífica se originan en la médula ósea. Las llamadas células madre de la médula ósea tienen la capacidad de dividirse y diferenciarse en los distintos tipos de célula usados en el sistema inmunitario.
El timo
El timo, principal glándula del sistema inmunitario, está situado detrás del esternón. Su máxima actividad se produce durante el desarrollo del feto y en el momento del parto, pero empieza a disminuir de tamaño a partir de la pubertad. Es estimulado por la hormona del crecimiento, mientras que las hormonas sexuales lo inhiben. Resulta esencial para la actividad de las células T (véase la página 45) y es responsable de distinguir entre agentes amigos y enemigos.
El bazo
El bazo, situado junto al estómago, está compuesto por tejido linfático especialmente diseñado para filtrar la sangre. También destruye determinadas bacterias, así como glóbulos rojos desgastados, y desempeña un importante papel en la inmunidad específica en la que intervienen las células B (que crean anticuerpos, véase la página 47).
Otras zonas de actividad inmune
Hay otras áreas de especial importancia para el sistema inmune diseminadas por todo el cuerpo. En el hígado, las células de Kupffer desempeñan un importante papel en la inmunidad, mientras que las amígdalas, las vegetaciones, el apéndice, las placas de Peyer, situadas en el intestino, entre otros, poseen una función similar.
LA SANGRE Y LAS CÉLULAS SANGUÍNEAS
La sangre es una parte importante del sistema de defensa. Está compuesta por un líquido amarillento (llamado plasma) y por células sanguíneas que flotan en este fluido. El corazón es el órgano encargado de bombear la sangre por todo el cuerpo. Los principales vasos sanguíneos se ramifican en otros de menor tamaño, formando una red de finos capilares, de modo que la sangre pueda llegar a todos los tejidos. La sangre distribuye el oxígeno de los pulmones por todo el cuerpo y elimina el dióxido de carbono y los materiales de desecho. Transporta nutrientes a todos los tejidos corporales; luego se encarga de llevar los residuos a los riñones y al hígado para su eventual eliminación. También ayuda a mantener la temperatura adecuada.
Por último, la sangre nos proporciona una fuerza de combate en movimiento, compuesta por glóbulos blancos, que constituye nuestro principal ejército inmunitario. Cuando nuestros sistemas están en buen estado, somos capaces de sintetizar en torno a dos mil nuevas células inmunes cada segundo. ¡Menudo ejército! Sería una buena fuerza disuasoria si los gérmenes tuvieran cerebro. Los glóbulos blancos o leucocitos están presentes tanto en la linfa como en la sangre. Algunos incluso pueden penetrar en los tejidos cuando se les necesita para combatir una infección.
Plaquetas
Las plaquetas son pequeños fragmentos que circulan en el torrente sanguíneo y participan de forma importante en el sistema de defensa, al ser capaces de agregarse y formar coágulos cuando se produce una herida. Eso evita que nuestros cinco litros de sangre se cuelen por el orificio y nos desangremos. El plasma contiene una sustancia llamada fibrina, que forma una especie de malla en el lugar de la herida, a la que se adhieren las plaquetas. Tenemos entre ciento cincuenta mil y cuatrocientas mil plaquetas por milímetro cúbico de sangre.
Glóbulos rojos
Hay unos veinticinco billones de glóbulos rojos o eritrocitos en el cuerpo de un hombre adulto, o unos cinco millones por milímetro cúbico de sangre. Más que soldados, los glóbulos rojos son como robots, ya que, dos o tres días antes de llegar a la madurez y abandonar la médula ósea donde se forman, expulsan el núcleo; eso los incapacita para volverse a dividir y formar nuevas células, por lo que están destinados a destruirse al cabo de unos cuatro meses.
Tras abandonar la médula ósea, penetran en el torrente sanguíneo, donde su papel se limita a actuar como contenedores para transportar oxígeno. Sin embargo, en su superficie llevan unas almohadillas de succión o puntos de conexión. Si cualquiera de estos veinticinco billones de glóbulos rojos tropezara con un cuerpo extraño al efectuar su ronda de transporte de oxígeno, podría usar las almohadillas de succión para detenerlo y entregarlo a los glóbulos blancos.
Glóbulos blancos
Hay tres tipos de glóbulos blancos.
Granulocitos
Los granulocitos, por su parte, se dividen en neutrófilos polimorfonucleares (PMN, por sus siglas en inglés), eosinófilos y basófilos. Los eosinófilos y basófilos representan como máximo el 6 % del total de glóbulos blancos y tienen una presencia significativa en las alergias y las infecciones parasitarias. Los PMN son células muy pequeñas y representan del 50 al 70 % del total de glóbulos blancos. Son fagocíticos, lo que significa que son capaces de «devorar» a cualquier bacteria extraña con la que se tropiecen.
Las enzimas que liberan PMN exterminan a los agentes extraños, pero son lo suficientemente fuertes para digerir PMN de menor tamaño. El pus que aparece en la zona de la infección es, por lo tanto, una mezcla de bacterias muertas y de los PMN que han sucumbido en la lucha para conquistar al enemigo.
Monocitos
Los monocitos tienen un tamaño mucho mayor que los glóbulos rojos y los PMN, y son esencialmente macrófagos. Aunque representan menos del 10 % del total de glóbulos blancos, desempeñan un papel esencial. Fagocitan cualquier elemento extraño o de desecho, y limpian la sangre, los tejidos y la linfa como una aspiradora eficiente y selectiva. Eso significa, en realidad, que hay guardias apostados por todo nuestro cuerpo cuyo único propósito es deshacerse de cualquier material no deseado.
Los macrófagos y otras células fagocíticas de la sangre y la linfa se alimentan de células muertas o descompuestas, y de cualquier material de desecho o agente invasor. Desayunan, almuerzan, cenan, meriendan e incluso disfrutan de un atracón a altas horas de la noche mientras nos protegen de cualquier ataque.
Los macrófagos también son grandes fábricas químicas, capaces de producir, por lo menos, cuarenta enzimas y proteínas inmunes para destruir al enemigo. En tiempos de paz, desempeñan otras actividades como fabricar las enzimas necesarias para la coagulación sanguínea y el transporte de grasa.
No mueren necesariamente en el curso de un ataque y sobreviven durante un tiempo. Pero, incluso después de su muerte, siguen siendo útiles, porque otros macrófagos los descomponen, al estilo caníbal, y los usan como alimento.
Linfocitos
Los linfocitos representan entre el 20 y el 30 % del recuento total de glóbulos blancos (según el nivel de infección de una persona en un momento determinado). Son el grupo de células más competentes y versátiles para deshacerse de «visitantes no deseados». En un cuerpo adulto normal, hay alrededor de un billón de linfocitos. Los principales centros de producción son los ganglios linfáticos, el bazo, el timo, las placas de Peyer, el apéndice y otros tejidos linfoides.
Algunos linfocitos tienen memoria, de modo que, cuando tiene lugar una segunda o tercera invasión por parte del mismo tipo de bacteria, el sistema inmunitario puede entrar en acción de inmediato en vez de perder el tiempo reaprendiendo viejas lecciones. Al abordar la infección en cuanto se produce, esta suele ser mucho más leve que el primer ataque. Los linfocitos tienen un método específico para dividirse rápidamente cuando están siendo atacados; eso significa que pueden generar refuerzos casi inmediatamente, incluso cuando la persona aún no sabe que ha sido atacada. Esta rápida división está muy condicionada por los nutrientes, por lo que un buen nivel de vitamina C, por ejemplo, es esencial. Todos los linfocitos son capaces de desplazarse por los tejidos, la linfa y el torrente sanguíneo, cosa que asegura su memoria y su distribución por todo el organismo. Los principales tipos de linfocitos son las células T y B.
Linfocitos T
No todos los linfocitos T desempeñan la misma función, pero todos pasan por el timo (el principal ordenador inmunitario) para ser programados antes de distribuirse por el organismo. Algunos van desarmados y patrullan realizando labores de vigilancia, mientras que otros transportan mortíferas cabezas nucleares. Proporcionan la respuesta inicial a los virus, las células tumorales y el rechazo ante trasplantes. Pero transcurren tres o cuatro días antes de que las células T los reconozcan y se decidan a atacar.
Las células T auxiliares (T4 o TH, por sus siglas en inglés) cooperan con otros integrantes del ejército inmune, pero no van armadas. Si hay un invasor de identidad dudosa, las células T son las que deciden si se trata o no de una amenaza. También se encargan de verificar una invasión y de poner en marcha el sistema inmunitario. El virus de la inmunodeficiencia humana causante del sida tiende a invadir estas células, cosa que deja al paciente con un bajo número de linfocitos T4 y engaña al cuerpo para que mantenga el sistema inmune desactivado, aunque tenga lugar una invasión importante.
Las células T supresoras (T8 o TS, por sus siglas en inglés) son las encargadas de desactivar el sistema inmunitario (tanto las células B como las T) cuando finaliza la infección y la recuperación es completa. Al igual que las células auxiliares, tampoco van armadas.
Las células T citotóxicas disponen de un gran poder destructivo. Su función específica es buscar virus y otros microorganismos ocultos en el interior de las células. La mayor parte de los miembros del ejército inmune cuando tropiezan con una célula «propia» la reconocen y la dejan en paz, pero la célula T citotóxica tiene la capacidad de buscar y destruir cualquier célula corporal que tenga un traidor en su interior. Van equipadas con unos potentes «misiles» enzimáticos que descomponen y destruyen la célula infectada. Aunque apuntan a un blanco específico, hay muchas posibilidades de que estas potentes armas generen daños en las células adyacentes.
Las células T productoras de linfocinas también van equipadas con misiles, pero estos apuntan a los invasores que se desplazan entre las células propias del organismo. Tanto estas como las células citotóxicas estimulan la actividad de los macrófagos, ya que las linfocinas y otras armas químicas causan mucha destrucción y dejan células muertas y residuos que han de ser retirados.
Linfocitos B
Los linfocitos B se enfrentan principalmente a bacterias y virus que ya antes habían invadido nuestro cuerpo. Por eso sus ataques son muy específicos; además, a menudo necesitan la ayuda de otras células inmunes. La tarea de una célula B es conducir al microorganismo invasor hacia el interior de los tejidos, donde averigua su tamaño y su forma exacta. Luego fabrica una camisa de fuerza a medida, llamada anticuerpo, que se ajusta única y exclusivamente a este agente patógeno. Por último, organiza una línea de producción para fabricar miles de anticuerpos de este tipo, que luego vuelven a circular por el organismo.
Estos anticuerpos, a su vez, buscan a sus objetivos como pequeños misiles teledirigidos y se adhieren a las bacterias. El invasor se vuelve inofensivo, y se le retiene hasta que llegan los macrófagos o los PMN para devorarlo.
ANTICUERPOS
Cada anticuerpo es una proteína en forma de Y con una abrazadera o camisa de fuerza en cada uno de los dos brazos superiores. Aunque se producen en masa y responden a uno de los cinco isotipos básicos, el producto final se ajusta muy específicamente a un microorganismo determinado. Los patrones de estos anticuerpos se guardan en bancos de memoria, por lo que pueden hacerse por encargo en caso de reinfección.
Este es el principio en el que se basa la vacunación, en la que pequeñas cantidades de un microbio o virus inactivo o alterado se inyectan en el torrente sanguíneo para que pueda generar anticuerpos para combatirlo. En la siguiente infección del mismo microorganismo, el cuerpo puede actuar de inmediato, eliminando al agente patógeno antes de que tenga la oportunidad de tomar el control y reproducirse.
Cuando se infecta por primera vez, el cuerpo puede tardar cinco días antes de producir una respuesta de anticuerpos. Los niveles máximos se registran al cabo de unos catorce días. Sin embargo, en el caso de reinfección, los anticuerpos suelen detectarse en cuarenta horas, y permanecen en el sistema durante un tiempo más prolongado.
A menudo, los anticuerpos reciben el nombre de inmunoglobulinas. Los linfocitos T son los encargados de presentar estos agentes infecciosos, o antígenos, a los linfocitos B, lo que obliga a las células B a madurar y a generar una de las cinco clases de anticuerpos: IgG, IgA, IgM, IgD o IgE.
IgG
Es la inmunoglobulina más abundante; hasta el 75 % de los anticuerpos presentes en el plasma sanguíneo corresponde a esta clase. Es especialmente activa en la sangre, la linfa y los intestinos. Los PMN y los macrófagos disponen de receptores para IgG, por lo que pueden adherirse al anticuerpo y devorarlo a él y a sus prisioneros cuando llega el momento. Es la base de la mayoría de las intolerancias alimentarias.
La IgG es indispensable para las células activas en la destrucción de las células cancerosas, aunque, lamentablemente, estas células también están involucradas en el rechace de trasplantes y en las enfermedades autoinmunes. Es capaz de atravesar la placenta y proteger al feto y al recién nacido durante unos tres meses, momento en que suelen iniciarse los programas de vacunación.
IgA
Este tipo de inmunoglobulina se encuentra en el suero sanguíneo y en las secreciones mucosas de los aparatos respiratorio, genitourinario e intestinal, en los que es frecuente la exposición a sustancias ajenas. Al ser proteínas, las inmunoglobulinas son propensas a ser digeridas por las enzimas intestinales, pero la IgA produce una secreción que ofrece cierta protección. En los jugos gástricos, el 80 % de las inmunoglobulinas son del tipo IgA. Las personas que sufren infecciones respiratorias y gastrointestinales suelen tener índices bajos.
La memoria y especificidad de la inmunoglobulina A es escasa en comparación con otros anticuerpos, pero muy necesaria, especialmente en el intestino, ya que si no seríamos alérgicos a casi todos los alimentos; los huevos duros, por ejemplo. Es probable que las personas que presentan alergias alimentarias tengan también algún problema en el funcionamiento de la IgA; se vuelven extremadamente sensibles a determinados alimentos que, a los demás, no les producen efectos adversos. A las personas que tienen alergia al polen (fiebre del heno) les ocurre algo parecido; el polen no es perjudicial en sí mismo, pero hay quien sufre una violenta reacción ante estas partículas generalmente inofensivas (véase el capítulo 7, sobre las alergias).
IgM
La IgM es la inmunoglobulina de mayor tamaño y también la más primitiva. Sus dimensiones la ayudan a captar una gran cantidad de pequeños antígenos, ya que es capaz de manejar diez al mismo tiempo. Es especialmente importante en la fase inicial de cualquier respuesta inmune.
IgD
No se sabe demasiado de la IgD, pero se han detectado niveles especialmente elevados en las personas que padecen kwashiorkor (una enfermedad derivada de la desnutrición).
IgE
La IgE se ve atraída por las células involucradas en la respuesta alérgica y los basófilos (un tipo de granulocito). Se asocia a cualquier tipo de alergia, como la fiebre del heno, el asma, la urticaria, el picor, la rinitis, etc. Las personas alérgicas suelen fabricar una cantidad excesiva de IgE. Sus hijos suelen heredar tal predisposición a la alergia, aunque puede adoptar otra forma o presentar distintos síntomas.
RESUMEN DE LAS ARMAS DEL SISTEMA INMUNITARIO
Los glóbulos rojos se encargan simplemente de arrestar al invasor y dejar a los «prisioneros» en manos de los glóbulos blancos.
Hay varios tipos de glóbulos blancos:
Los macrófagos y los PMN devoran al enemigo.
Los eosinófilos y los basófilos causan inflamación y advierten de que existe una infección.
Los linfocitos B solo atacan objetivos específicos. Necesitan una o dos semanas para producir un buen acopio de anticuerpos y recordar sus objetivos, de modo que para suministrar rápidamente un anticuerpo debe haber un segundo ataque.
Los linfocitos T regulan el sistema inmune y deciden si debe entrar en combate o retirarse. Algunos linfocitos T también atacan.
Por último, examinemos dos términos que suelen causar bastante confusión.
Los antígenos son cualquier agente o sustancia que provoca una respuesta de los anticuerpos. Se dice que los agentes patógenos son antigénicos porque su presencia obliga a las células B a fabricar anticuerpos que rodean a los agentes invasores y ayudan a destruirlos. Un alimento que provoca alergia es también un antígeno.
Los antibióticos son una especie de ejército mercenario artificial que envían los médicos para ayudar a combatir una infección bacteriana. No los fabrica el organismo y no deben confundirse con los anticuerpos. ¡No tienen nada que ver!
5 CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LA INFECCIÓN
Hay un propósito subyacente para cualquier cosa, incluida la enfermedad. El objetivo habitual del dolor físico o mental es llamar la atención sobre un desequilibrio corporal que ha de corregirse. La enfermedad es la manera que tiene el cuerpo de advertirnos de un ataque, en general por parte de fuerzas externas, como los gérmenes. Pero algunas veces nos avisa de que hay algo que no hacemos bien y que nos está causando un mal funcionamiento.
Al enfermar, nuestra energía disminuye porque la necesitamos para mantener el calor corporal, incrementando la actividad de las células inmunes a medida que aumenta la temperatura. Nos duelen o pesan las extremidades porque nuestras reservas disponibles de calcio y magnesio acuden en auxilio de nuestras defensas, privando a las articulaciones de estos minerales esenciales. También pueden experimentarse pérdida de apetito y problemas digestivos, ya que no tenemos energía de sobra para hacer la digestión. Perdemos peso porque usamos las reservas de energía en las etapas iniciales, en vez de dedicarlas a digerir inmediatamente los alimentos (que, de todos modos, no suelen digerirse correctamente en esos casos). La lengua queda recubierta por una fina capa y la piel se deteriora, al ser estas las principales zonas de eliminación de toxinas.
CAUSAS DE LA INFECCIÓN
Hay varios tipos de «gérmenes» (en el aire, la comida, el agua o cualquier otro lugar) que están a la espera de atacar a seres humanos susceptibles: bacterias, virus, parásitos, protozoos y hongos. Estos microbios vivirán o convivirán con nosotros durante un tiempo, se replicarán o reproducirán, y luego pasarán a colonizar otros huéspedes humanos.
Infección bacteriana
Las bacterias son la causa más conocida de enfermedades infecciosas. Algunas intentan eludir al sistema inmunitario rodeándose de una cápsula protectora, por ejemplo, los estreptococos que causan dolor de garganta y las bacterias que causan la gripe, la neumonía y la meningitis. (Hay virus que también pueden provocar estas enfermedades). Otras bacterias poseen paredes celulares resistentes a la digestión gracias a las enzimas intestinales, por ejemplo, la salmonela y las bacterias causantes de la tuberculosis (Mycobacterium tuberculosis) y la lepra (Mycobacterium leprae).
Otras bacterias producen sustancias químicas que intentan inmovilizar al ejército inmune. Entre ellas están el tétanos (Clostridium tetani), la difteria (Corynebacterium diphtheriae) y el cólera (Vibrio cholerae). Sus toxinas siguen siendo dañinas incluso después de la erradicación del microorganismo. Algunas bacterias muy resistentes como las pseudomonas, la listeria y E. coli solo dan problemas cuando el sistema inmunitario está en baja forma por alguna razón, como inmadurez, embarazo, enfermedad o edad avanzada. A menudo se utilizan antibióticos para combatir las infecciones bacterianas. Sin embargo, no todas las bacterias tienen propiedades específicas y muchas pueden abordarse muy eficazmente con un sistema inmune capacitado.
Infección vírica
Los virus son otra causa común de enfermedades infecciosas. Son muy pequeños y, por lo tanto, más difíciles de estudiar. Sin embargo, no existen «proyectiles mágicos» (como los antibióticos) para destruirlos, por lo que todo depende del sistema inmune. La primera línea de defensa contra los virus es el interferón, una forma de acción no específica que permanece inactiva en el cuerpo hasta que tropieza con un virus. Cuando se activa mediante la presencia de partículas víricas, genera una proteína que, de hecho, evita que el virus se replique: lo inactiva. El interferón también evita que la célula huésped (infectada) se reproduzca, por lo que a la larga muere. Es una sustancia muy potente, que depende en gran medida de la cantidad suficiente de vitamina C y manganeso.
Puesto que los virus que causan enfermedades como paperas, sarampión, viruela, herpes, polio, tifus y fiebre amarilla están en la sangre, los anticuerpos pueden atacarlos. El éxito de un virus depende de su capacidad para introducirse en una célula huésped, donde puede utilizar su ADN para replicarse. En efecto, practican uno de los trucos más antiguos del mundo: el caballo de Troya. Llegados a este punto, la única célula inmune capaz de reconocerlos y destruirlos es la célula T citotóxica.
Algunos virus permanecen en el cuerpo incluso después de una infección ostensible y pueden reactivarse en una fecha posterior, causando síntomas idénticos y a veces distintos. El virus del herpes, que causa úlceras bucales, es un buen ejemplo de ello. Y el virus de la varicela puede presentarse en una etapa posterior en forma de herpes zóster, cuando se tienen las defensas bajas.
Los rinovirus (que causan resfriados y gripe) son sumamente resistentes porque cambian constantemente el código de reconocimiento en su superficie. Tan pronto como la ciencia médica encuentra una cura para un tipo de gripe, el virus muta y los investigadores tienen que volver a empezar basándose en una nueva cepa.
Otros agentes infecciosos
Hay menos de veinte protozoos que causan enfermedades en el hombre. En nuestra latitud, no constituyen un problema importante. Cuando atacan, cuesta combatirlos porque sus células son parecidas a las nuestras. Así, lo que los elimina también atacará y destruirá a nuestras propias células. Los más temibles son los protozoos transmitidos por insectos que causan malaria (Plasmodium), fiebre del flebótomo (Leishmania) y enfermedad del sueño (Trypanosoma).
La toxocariasis (que se transmite a los humanos a través de los perros) es la infección parasitaria que más preocupa en el Reino Unido. (Los parásitos necesitan un huésped no humano para reproducirse). Los animales domésticos deben ser desparasitados periódicamente porque las larvas de toxicara se esconden en los vasos sanguíneos del intestino, luego migran al hígado y algunas veces se introducen en los pulmones, los ojos o el cerebro, donde pueden causar daños irreparables.
El pie de atleta, la tiña y la candidiasis bucal son probablemente las infecciones por hongos más conocidas. Las infecciones por cándida (el hongo que causa la candidiasis bucal), en particular, están experimentando un rápido crecimiento. Posiblemente se deba en parte al uso de antibióticos, que eliminan tanto las bacterias buenas como las no deseadas, y que no afectan a los hongos. A menos que se actúe inmediatamente, los hongos son capaces de reproducirse y ocupar todo el espacio colonizado por las bacterias beneficiosas. Tras un tratamiento con antibióticos, es sumamente importante tomar una gran cantidad de yogur, así como un suplemento de vitaminas del grupo B para recuperar el nivel de bacterias y evitar que los hongos ocupen su lugar. Si no se tratan, las infecciones fúngicas persistentes activan la producción de complejos de anticuerpos, que pueden formar granulomas, los cuales, a la larga, se calcificarán y causarán dolores de tipo reumático en las articulaciones.
AVANCES PARA COMBATIR LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS
En el siglo XVIII, los científicos Robert Hooke y Antony van Leeuwenhoek fueron los primeros que abrieron la puerta al misterioso mundo de los microbios, pero sus «nuevos bichitos» solo podían ser reconocidos y observados con microscopios muy sencillos. Se creía que estas bacterias eran las criaturas vivas de menor tamaño hasta que Martinus Beijerinck describió un «líquido vivo contagioso» que causaba la enfermedad del mosaico del tabaco en las plantas. No fue hasta mediados del siglo XX cuando se descubrió que este fluido contenía partículas víricas infecciosas.
Los avances médicos en la lucha contra las enfermedades infecciosas han sido excepcionales desde los albores de la microbiología. Con anterioridad, las epidemias exterminaban a poblaciones enteras. Durante la era de Justiniano, la peste mató a dos tercios de los habitantes de las principales ciudades romanas. En la Europa del siglo xiv, la lepra era un temido asesino. Lo mismo sucedía con la peste, entonces conocida como la «peste negra», que acabó con la vida de veinticinco millones de personas durante la Edad Media. La escarlatina, el sarampión y la tuberculosis fueron los grandes temores del siglo XIX, pero hoy podemos prevenir, tratar o curar todas esas enfermedades. El sida pasará a la historia como la enfermedad del siglo XX, aunque el cáncer y las enfermedades cardiacas, sin ser contagiosos, se cobran un mayor número de vidas.
Sin embargo, la batalla contra las enfermedades infecciosas se ha ido librando por etapas. A finales del siglo XIX, Robert Kock, que estaba estudiando la tuberculosis, concibió la «teoría de los gérmenes» como origen de estas enfermedades. A principios del siglo XX, Joseph Lister descubrió los antisépticos; antes de tal hallazgo, las infecciones se cobraron la vida de muchas personas. Su descubrimiento supuso un avance crucial para la higiene y la salud pública, aspectos que han seguido mejorando hasta nuestros días.
Paul Erlich sentó las bases de la quimioterapia. El descubrimiento de la penicilina por parte de Alexander Fleming señaló el comienzo de los antibióticos modernos, que, desde entonces, se administran con tanta eficacia para eliminar las infecciones bacterianas. Y Edward Jenner introdujo las vacunas, que proporcionan resistencia frente a determinadas enfermedades y hoy se usan ampliamente como medida preventiva.
Sin embargo, a pesar de estos grandes avances, los microbios atacan de nuevo: cambian y se vuelven resistentes a nuestras armas. Se han empezado a buscar alternativas y otras formas de tratamiento y prevención para combatir estas enfermedades nuevas o alteradas. Hay varios caminos que seguir: principalmente, se trata de encontrar otros métodos para eliminar o desarmar a los agentes causales y estimular los propios mecanismos de defensa. Los investigadores no solo miran hacia el futuro, sino también a los tratamientos que usaban los antiguos griegos, egipcios y romanos, así como a los actuales métodos de otras culturas. En la tercera parte de este libro, se describen algunas de estas líneas de investigación.
6 COMPRENDER LA AUTOINMUNIDAD
La autoinmunidad se produce cuando el sistema inmunitario se ataca a sí mismo, posiblemente porque ya no reconoce a su propio «ejército». Para entenderlo, es necesario estar familiarizado con la teoría que describe cómo el sistema inmune distingue entre las células propias y las ajenas (invasoras).
SABER DISTINGUIR A LOS AMIGOS DE LOS ENEMIGOS
¿Cómo saben los glóbulos blancos qué deben atacar y qué proteger? La respuesta está en el ordenador central: el timo. Desde antes de que naciéramos, le ha facilitado a cada una de nuestras células una «cédula de identificación» y un código que queda registrado en su «banco de memoria».
Pensemos en nuestro cuerpo como en un país en el que a cada célula se le enseña a hablar el mismo idioma; en este caso, el español. Podemos reconocer de inmediato a alguien de otro país porque habla otra lengua. Cuando nuestro ejército inmune detecta un cuerpo extraño, asume enseguida que está allí para atacar, por lo que detiene al invasor y lo destruye.
Aquí se plantean básicamente tres problemas:
1 Puede que el extranjero no sea hostil; incluso es posible que esté tratando de ser útil, por ejemplo en el caso de un corazón recién trasplantado. Para evitar que un órgano sea reconocido como un cuerpo ajeno, los médicos han de tratar al paciente con fármacos inmunosupresores.
2 Un francés podría visitar este país y hablar un español tan perfecto que no lo reconociéramos como extranjero. Una situación parecida se produce cuando un virus entra en el organismo y se las arregla para introducirse en una de sus células antes de ser capturado. El ejército inmune reconoce nuestra célula, pero no necesariamente al invasor que lleva dentro, por lo que decide no atacar. Mientras tanto, el virus toma el control del ADN de la célula y consigue fabricar el suyo propio, de modo que nuestra célula genera centenares de nuevos extranjeros. Una de nuestras células, la célula T citotóxica, está programada para reconocer este truco. Cuando capta «dos lenguas», destruye el virus y la célula huésped, por lo que depende de la suerte o de la eficacia del sistema inmunitario que el virus sea o no descubierto a tiempo.
3 El tercer problema tiene lugar cuando se presenta un latinoamericano cuya lengua materna también es el español. Todas las células inmunes reconocen a esta célula como propia y la dejan en paz. El microorganismo que causa la sífilis (Treponema) es de este tipo. El antígeno o «cédula de identificación» de su superficie es la misma que la de ciertas células musculares del corazón, como la cardiolipina. El Treponema puede, por tanto, hacer estragos en el cuerpo antes de que lo detecten. Cuando finalmente el sistema inmunitario se da cuenta de que ese traidor está provocando daños, lo ataca. Pero, al hacerlo, también ataca al músculo cardiaco que lleva el mismo código. Actualmente, es posible destruir el Treponema, pero es importante hacerlo antes de que el organismo lo haya reconocido como ajeno. De lo contrario, el sistema inmune seguirá atacando el músculo cardiaco incluso después de que la bacteria haya sido destruida.
¿CÓMO SE ESCRIBEN LAS CÉDULAS DE IDENTIFICACIÓN?
Es obvio que nuestras células no saben ni hablar ni escribir… Por lo tanto, las cédulas de identificación se escriben con aminoácidos. Las células que lleven una placa con las palabras «barco» o «estrella» serán reconocidas como piel, hígado o como cualquier célula propia. Y se las dejará en paz. Mientras que las células que lleven inscripciones del tipo «foyq» o «qdbg» serán destruidas. Es un sistema muy claro, pero, como ocurre en todos los sistemas, plantea ciertos problemas.
En primer lugar, si el cuerpo comete un simple error tipográfico y en vez de «estrella» escribe «estella», entonces el sistema inmunitario destruirá la célula mal etiquetada. Esto no importaría si fuera un fallo aislado. Sin embargo, si el cuerpo sigue escribiendo «estella», entonces podría causar una enfermedad autoinmune, en la que las células inmunes destruyen a las células propias porque la inscripción es errónea.
En segundo lugar, cuando las células inmunes están sobreexplotadas o desatendidas, pueden equivocarse y no reconocer una palabra en «español». En este caso, volverán a atacar a sus propias células en una respuesta autoinmune.
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