Kitabı oku: «Obras menores. La república de los Atenienses.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 75


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ y JUAN ANTONIO LÓPEZ FÉREZ.

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008.

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO195

ISBN 9788424930936.

JENOFONTE

HIERÓN, AGESILAO, LA REPÚBLICA DE LOS LACEDEMONIOS, LOS INGRESOS PÚBLICOS O LAS RENTAS, EL JEFE DE LA CABALLERÍA O EL HIPÁRQUICO, DE LA EQUITACIÓN, DE LA CAZA

HIERÓN


INTRODUCCIÓN

El Hierón da en sus comienzos la impresión de que va a plantear una cuestión meramente individual, como es la del mayor o menor placer que pueden disfrutar el tirano o el ciudadano de a pie. Mas, a medida que se avanza en su lectura, nos vemos obligados a rectificar, al constatar que los diversos aspectos de la vida pública se apoderan del diálogo y que, en realidad, si al tirano no le va bien, es porque está enfrentado con toda la ciudad, como dice en 6, 14.

Lógicamente, en la segunda parte, Simónides no ve otro medio para cambiar la triste situación del déspota, que fomentar el bien público antes que su bien particular; o, mejor dicho, que el medio de que el gobernante consiga la felicidad es lograr, a la vez, la felicidad de toda la comunidad, como viene a decirse en 11, 1.

En una palabra, estamos ante una obra más que nos confirma la estrecha vinculación, en la época clásica, del individuo y la pólis, de lo privado y lo público, y que destaca que no hay otra vía para conseguir el común bienestar, así como que cualquier obstáculo que se interponga entre ellos, como el del tirano, impedirá su consecución.

Fecha de composición

Hay autores que piensan1 que el Hierón fue escrito después del año 358 a. C., basándose en la afirmación de 3, 8 sobre las conspiraciones de los familiares del tirano. Efectivamente, ven en este pasaje una alusión a los sucesos de los tiranos de Tesalia (Helénicas VI 4, 33-37), cuando Polifrón asesinó a su hermano Polidoro —ambos, hermanos de Jasón y sucesores suyos— y Polifrón, a su vez, fue asesinado por Alejandro, que, más tarde, también se convirtió en víctima de su esposa y de los hermanos de su mujer.

Asimismo, Higgins2 dice que Jenofonte se decidió a escribir esta obra movido, quizás, por el fulgurante engrandecimiento y caída de Jasón en la década de los años 70 y por las actividades del amigo de Platón, Dionisio el Joven, en los años 360, en Siracusa.

Marchant-Bowersock3 enumeran diversos acontecimientos relacionados con los tiranos de la época: Dionisio el Viejo, Dionisio el Joven y los ya aludidos Jasón de Feras y sus sucesores, acontecimientos en los que han intentado justificar las diferentes fechas: ca. 383, 367 y 359 a. C. Por otro lado, advierten que no es necesdario suponer que Jenofonte tuviese en cuenta algún acontecimiento particular o persona determinada cuando escribió el Hierón. Simplemente sería, según ellos, un diálogo socrático sobre un tema que le atraía especialmente. Se inclinan estos autores por una fecha tardía, los últimos años del escritor, a juzgar por la lengua y las influencias retóricas de la obra.

Contenido

El contenido de este diálogo entre el tirano Hierón y el poeta Simónides se centra en la pregunta inicial que plantea el poeta: la distinta situación del tirano y del particular en lo que atañe a alegrías y tristezas.

La postura, invariable, de Hierón es que el tirano goza menos y sufre más que el ciudadano corriente; justamente la contraria del poeta, para quien el tirano disfruta mil veces más y sufre muchísimo menos.

A lo largo de los once capítulos, se pasa revista pormenorizada a los diversos aspectos de la vida privada y pública, y se intenta averiguar quién sale más favorecido en esas situaciones desde la perspectiva del placer.

Punto de partida son los sentidos del hombre (vista, oído, olfato, gusto y tacto), que son la primera fuente de placer o dolor para el individuo. La investigación se centra, en primer lugar, en las distracciones que nos llegan por la vista, esto es, los espectáculos. Hierón afirma que no puede asistir a los espectáculos públicos por la falta de seguridad en que se encuentra; y que los privados resultan muy caros para el tirano. Simónides le replica que no podrá decir lo mismo del segundo sentido, ya que sus oídos son constantemente halagados. A ello responde Hierón que los elogios realmente agradables son los que se hacen en libertad y no por adulación.

Respecto al gusto, Simónides cree, como todo el mundo, que el tirano come y bebe mejor, porque sus platos se salen de lo corriente. Mas, según Hierón, las fiestas agradan por lo que encierran de novedad o sorpresa y los manjares gustan solamente si hay apetito; condiciones éstas que no suelen darse en la mesa del poderoso. En consecuencia, dice él, los particulares disfrutan más de las fiestas y banquetes. Y asimismo, de los perfumes y olores agradables, gozan más los que acompañan al tirano que el propio tirano.

Simónides pasa, luego, a considerar los placeres del amor en el doble plano de la sexualidad griega, para concluir que en este terreno sale beneficiado el tirano, ya que puede estar con las personas de mayor belleza. Hierón, sin embargo, no está de acuerdo; pues, en cuanto al matrimonio, nos proporciona dinero, prestigio y placer el que se hace con personas más importantes, mientras que, en otro caso, es una deshonra; lo que le sucede al tirano, a menos que se case con una extranjera. Y respecto al amor con jovencitos, como Daíloco, por una parte, se desea lo que no puede conseguirse y, por otra, el amor debe ser voluntario, no forzado. Ahora bien, el tirano nunca puede estar seguro de si es correspondido con este amor o está ante un amor fingido por el miedo.

En el capítulo 2 se trata de la posesión de bienes externos o riquezas y, en particular, de la facilidad del tirano para realizar la conocida máxima que resume el código pagano de las relaciones con el prójimo: hacer bien a los amigos y mal a los enemigos. Hierón soslaya, de momento, en su respuesta la cuestión planteada por el poeta y enumera otros bienes de los que disfruta más el particular: paz, viajes, seguridad e, incluso, la guerra, cuyas ventajas se convierten en problemas para el tirano.

El capítulo 3 versa sobre la amistad y el amor de amigos y familiares, y poco puede gozar de ella quien, como el tirano, es víctima frecuente de sus conspiraciones.

La falta de confianza y seguridad en sus súbditos, que se hace patente en el miedo constante a ser envenenado, es la cuestión planteada en el capítulo 4. Aquí también responde Hierón con una paradoja a la pregunta sobre las riquezas que Simónides le había propuesto en el capítulo 2: los tiranos son, en realidad, pobres, ya que no pueden cubrir sus necesidades, o sea, aventajar a otros tiranos, poseer ciudades, puertos y territorios, pagar a sus ejércitos, etc.

Triste también es el destino del tirano que admira, como sus súbditos, a los hombres valientes, sabios y justos, y se ve obligado, por recelo, a servirse de personas injustas, corrompidas y serviles, según dice Hierón en el capítulo 5.

En el capítulo 6, Hierón añora los placeres perdidos de que disfrutaba cuando era un simple ciudadano: amistad y conversación con los amigos, banquetes, embriaguez, sueño. El temor destruye su felicidad y lo pone en una guerra perpetua. Simónides replica que no exagere, pues también en la guerra podemos comer tranquilos, confiados en la guardia, y el tirano tiene vigilantes a sueldo que le protegen; pero Hierón le rebate, al puntualizar que éstos se venden al mejor postor y, por tanto, no se puede confiar en ellos. En cuanto a las posibilidades del tirano para hacer bien a los amigos y mal a sus enemigos, él cree que en la práctica no es así, ya que sus favorecidos lo que desean es perderlo de vista, una vez recibido el favor, y a sus enemigos no puede encerrarlos a todos, pues entonces encerraría a la ciudad entera.

En el capítulo 7, Simónides espera salir más airoso en el terreno de los honores que es lo que verdaderamente distingue al ambicioso de los demás hombres y de los animales, y que por sí solos justifican la tiranía. Hierón rebate esa afirmación con el mismo argumento utilizado en el tema del amor: las muestras de respeto motivadas por el miedo, como levantarse, ceder el paso y hacer regalos, no son verdaderos honores. Simónides queda en una posición realmente embarazosa. Ha agotado todos los temas, y entonces, ante la actitud negativa y pesimista de Hierón, le hace abiertamente la pregunta que andaba flotando en el ambiente de este diálogo: ¿por qué, entonces, no dejas la tiranía? Él se defiende como puede, sin rendirse jamás, y responde, con una nota de humor negro, que ni siquiera eso le está permitido, pues jamás podrá resarcir de los graves males ocasionados. La horca es la única ventaja del tirano.

Tal vez haya que ver en este último párrafo un rasgo de ironía del poeta Simónides que expresa, por la propia boca de Hierón, la triste realidad del tirano, receloso de todos y de todo, aborrecido por todos, abocado a su propia destrucción.

Después de este clímax se podría haber dado por concluido el diálogo, pero Simónides vuelve del revés los propios argumentos del tirano y, en los capítulos finales: 8, 9, 10 y 11, le propone un proyecto ideal de gobierno que no está reñido con el amor, el cariño y el respeto de sus súbditos, sino que, al contrario, ofrece más posibilidades de acrecentarlo. Aunque Simónides no lo afirme explícitamente, es una forma sutil de decirle con ironía que no hay otro camino para dejar la tiranía que transformarla en un gobierno justo y normal que fomente el bienestar de todos.

Sin embargo, debe notarse que el poeta al comienzo de este plan, capítulo 8, no usa el término «tirano», sino árkhein (mandar, gobernar), que no tiene las connotaciones negativas del primero. Ya sea un modo irónico de condenar la tiranía, como dice Higgins4, ya sea otro motivo cualquiera, el hecho está ahí y hay que anotarlo.

Simónides empieza explicando que de actos que realizan por igual el tirano y el particular, como el saludo, la alabanza, gratificaciones, cuidado de enfermos, regalos, tolerancia de la vejez, el gobernante obtiene mayor agradecimiento que el particular y, por eso, es más amado. Pero Hierón no pasa por alto las pesadas cargas propias del tirano, como impuestos, vigilancia, castigos, mercenarios que le salen caros al ciudadano.

En el capítulo 9, Simónides objeta que hay ocupaciones enojosas y ocupaciones gratas, como castigos y premios. El gobernante debe ocuparse de las segundas y encargar las primeras a otros, de modo que en todos los asuntos públicos lo atractivo recaiga sobre él, como hace el arconte con los coros: él reparte los premios, mas los coregos y otros se encargan del trabajo y corrección. Deben establecerse premios para todas las actividades, incluso para la agricultura y el comercio, así todo marchará mejor y los ingresos mayores compensarán los gastos.

Después de estos alicientes económicos, el capítulo 10 plantea el espinoso problema de los mercenarios. El plan de Simónides es convertirlos en protectores de todos los ciudadanos y de sus bienes, tanto en la ciudad como en el campo, y no sólo de los bienes privados del tirano. De este modo, los súbditos se convencerán de su necesidad y contribuirán a su mantenimiento, a la vez que defenderán sus intereses.

El último capítulo es una exhortación al fomento de los gastos públicos cuyas ventajas son notorias para el país y para el propio tirano; ya que la ciudad será más fuerte, las rentas mayores y los enemigos la respetarán.

Por la misma razón de que lo beneficioso para la ciudad lo es también para el tirano, le aconseja, para evitar recelos, que prepare la ciudad entera para las competiciones contra otros gobiernos y no lo haga él personalmente con sus cuadrigas. Ésta es la única vía para atraerse el amor, la amistad y el respeto; en una palabra, para ser afortunado y no blanco de envidias.

Si contemplamos en su conjunto el diálogo, advertimos dos partes bien diferenciadas en su presentación: los siete capítulos primeros, dos tercios aproximadamente, y los cuatro últimos, el otro tercio. En la primera parte se describen por el mismo tirano con tintes muy negros los aspectos desagradables de la tiranía, para concluir con la propuesta de la horca como su única salida. En la segunda, Simónides pretende hacerle ver que hay otra solución más natural y, sobre todo, más favorable para el tirano y sus súbditos, que es convertir la tiranía en un gobierno justo mediante un programa ideal, pero realizable, en teoría al menos, que le facilitará a él la felicidad que ahora no posee y la prosperidad a todo el país.

Nótese también que, en la segunda parte, Hierón interviene sólo dos veces. En realidad, es casi un monólogo del poeta seguido de una exhortación final. ¿No se quiere significar con esto que el tirano no tiene nada que ver con esa forma de gobierno, que no es la suya, y que, por eso, su única actitud ante ella tiene que ser el silencio? Higgins5 se pregunta si es que no puede responder a Simónides, o es que ha abandonado la escena para volver impertérrito a su gobierno.

Higgins6 observa que la discusión se centra únicamente en la diferencia cuantitativa de placer entre idiótēs y tirano, una cuestión de pleonexía y meionexía, un tener más o menos y que peca de quimérica, ya que evita deliberadamente la cuestión central que es la naturaleza auto-engrandecedora de la tiranía, y no su parte más o menos grande de placer frente al individuo. Los rasgos de la tiranía, por otra parte, son los mismos que ve Jenofonte en los Treinta Tiranos: engaño, en lugar de fe o confianza, interés por lo personal y autodestrucción causada por la sospecha y confusión (Helénicas II 3, 1 y ss.).

Pero Higgins parece olvidar el contenido de la segunda parte, con la invitación de Simónides a un nuevo tipo de vida que no puede seguir Hierón, según dice él mismo, cuando compara el Hierón y la Ciropedia y cierra el comentario de este diálogo afirmando que la Ciropedia presenta un ideal de gobierno y el Hierón la vía negativa de ese ideal. Sin negar la validez de la afirmación sobre la Ciropedia, nosotros creemos que el Hierón considera ambos aspectos en la primera y segunda parte respectivamente.

Jenofonte no presenta a los dos personajes del diálogo bien caracterizados7. Así, Hierón no es el personaje histórico de las odas de Píndaro y Baquílides, no es el gran guerrero y legislador clarividente, es tan sólo un déspota de la peor calaña. Simónides tampoco es el poeta cortesano. Se alude, es cierto, en 9, 4, a los coros y, en 1, 14, al elogio del tirano por los poetas, pero sin mayor trascendencia; y la observación de 1, 22 sobre los sabores refinados no cuadra con un hombre a quien le gusta la buena mesa. En el capítulo 8 es Jenofonte, y no Simónides, quien habla; las recomendaciones finales son paralelas a las de El jefe de la caballería y Los ingresos públicos.

Influencia de la obra

El Hierón tiene sus fuentes remotas en las relaciones de Simónides con la corte del tirano, probablemente, en el año 476 a, C., cuando rondaba ya los 80 años. Dentro de las variadas historias que circulaban sobre esas relaciones debe incluirse la conversación que pone Jenofonte en boca del poeta y del tirano sobre un tema, la monarquía, que le es muy querido8.

Su maestro Sócrates pretende dar una definición del tirano en las Memorables (IV 6, 12) y, al final del Económico, vuelve sobre la misma cuestión.

No podía faltar un estudio de la figura del tirano en la República de Platón, que está directamente relacionada con la cuestión que le obsesiona, el buen gobierno, y así lo hace en libro IX. Quizás tengan razón Marchant-Bowersock9 cuando afirman que, con este estudio brillante, sale perjudicado Jenofonte, pues, como en el Banquete, la comparación con el divino Platón empaña su obra.

Marchant-Bowersock10 nos recuerdan también lo que podríamos llamar la primera influencia del Hierón en otra obra griega, en el discurso Sobre la paz de Isócrates, así como en los cínicos, su obra preferida, uno de cuyos temas comunes era la desgracia del déspota. También fueron muy leídos el Hierón y el Agesilao por los aticistas y sofistas de los siglos I y II d. C., especialmente por Dión de Prusa y Arriano.

Con los humanistas del Renacimiento vuelve a interesar este tema y ello se refleja en las traducciones al latín de Erasmo de Rotterdam, en 1530, y de Theodorus Jansonius, con un expresivo segundo título Hiero sive de regno, que justifica la importancia del tema; sin que sea preciso recordar los estudios sobre el príncipe de Maquiavelo, Fray Antonio de Guevara, Diego de Saavedra Fajardo, Baltasar Gracián, y otros.

Traducciones

Las versiones españolas conocidas son relativamente recientes como la de M. Cabañero García, (Hierón. Trad. y comentario, San Sebastián, 1969), y la de nuestro maestro, el profesor D. Manuel Fernández-Galiano, en «Clásicos Políticos», de 1971. La nuestra le debe mucho y, por supuesto, no estaría justificada, si no existiera el compromiso de traducir el volumen completo de los opuscula.

La colección «Fundación Bernat Metge» cuenta con una versión en catalán desde 1967, de la que es autora Teresa Sempere.

En francés hay una, que sepamos, de 1711, publicada en Amsterdam, Hieron ou portrait de la condition des Rois, y otra reciente de J. Luccioni, con introducción y comentarios.

Citemos también la inglesa de Marchant-Bowersock, de 1968, en la colección «Loeb Classical Library». Esta traducción es, en realidad, del año 1925. En 1968 se le añadió La República de los atenienses, como suplemento, editada y traducida por G. W. Bowersock. Aquí se cita la obra por la última edición, es decir, como de Marchant-Bowersock, conjuntamente, tanto al referirse a las obras de Jenofonte como a La República de los atenienses.

Texto adoptado

Se ha adoptado el texto de E. C. Marchant, en la edición de los «Oxford Classical Texts» (1920), salvo en los pasajes siguientes, en los que hemos preferido las variantes de M. Fernández-Galiano:


BIBLIOGRAFÍA
EDICIONES:

F. GIUNTA, Xenophontis Opera Omnia, Florencia, 1516.

H. ESTIENNE, Xenophontis quae exstant opera, París, 15812.

G. PIERLEONI, Xenophontis opuscula, Roma, 1937.

E. C. MARCHANT, Xenophontis Opera Omnia, vol. V, Oxford, 1920.

M. FERNÁNDEZ-GALIANO, Jenofonte. Hierón, Madrid, 1971.

Para la comprensión del texto, nos ha sido muy útil la versión castellana y notas de M. FERNÁNDEZ-GALIANO, en su ya citado volumen de la Colección «Clásicos Políticos» (1971) del Instituto de Estudios Políticos. También hemos tenido en cuenta los estudios de J. K. ANDERSON, Xenophon, Londres, 1974, y de W. E. HIGGINS, Xenophon the Athenian. The Problem of the Individual and the Society of the Polis, Albany, 1977.


1 Cf. W. E. HIGGINS, Xenophon the Athenian. The problem of the Individual and the Society of the Polis, Albany, 1977, págs. 61 y 131.

2 Xenophon the Athenian…, pág. 60.

3 E. C. MARCHANT, G. W. BOWERSOCK, Xen. VII. Scripta minora (Loeb), Londres-Cambridge-Massachusetts, 1968, págs. XIV y XV.

4 Xenophon the Athenian…, págs. 64-65.

5 Ibid., pág. 63.

6 Ibidem.

7 Xen. Scripta minora, págs. XV y XVII.

8 A. LESKY, Geschichte der griechischen Literatur = Historia de la literatura griega [trad. J. M. DÍAZ REGAÑÓN y B. ROMERO], Madrid 1976, págs. 212 y 653.

9 Xen. Scripta minora, pág. XVI.

10 Ibid., págs. X y XII.


Un día el poeta Simónides visitó al tirano Hierón1. [1] En la conversación que mantuvieron ambos dijo Simónides:

—¿Querrías, oh Hierón, explicarme aquello que es natural que tú conozcas mejor que yo?

—Y ¿qué es eso, contestó Hierón, que realmente yo podría conocer mejor que tú, que eres tan sabio?

—Sé yo, replicó, que tú has sido un particular y que [2] ahora eres tirano; es, pues, natural que tú que has probado ambos estados conozcas mejor que yo en qué se distinguen la vida del tirano y la del particular, en lo que se refiere a alegrías y penas.

—Y ¿por qué, replicó Hierón, tú no me recuerdas, [3] asimismo, lo propio de la vida del particular, puesto que aún eres un particular? Pues creo que, en ese caso, yo te podría mostrar mucho mejor las diferencias que hay en una y en otra.

Entonces dijo Simónides: [4]

—Creo haber observado, oh Hierón, que los particulares disfrutan y se apenan con las imágenes por los ojos, con los sonidos por lo oídos, con los alimentos y bebidas por la boca, y en cuanto a los placeres amorosos, por los órganos que todos sabemos. Respecto a lo [5] frío y a lo cálido, a lo duro y a lo blando, a lo ligero y a lo pesado, a mi entender, también consideramos que disfrutamos y sufrimos por ellos con el cuerpo entero. De los bienes y males, unas veces creemos disfrutar por el alma sola, otras, al contrario, sufrir y otras, también, [6] por el alma y el cuerpo en común. Que disfrutamos del sueño pienso que nos damos cuenta, pero cómo, con qué y cuándo, eso creo que, más bien, lo ignoramos, dijo. Y quizás no tiene nada de extraño, ya que las sensaciones se nos presentan más nítidas cuando estamos despiertos que cuando estamos durmiendo.

[7] A esto respondió Hierón:

—Oh Simónides, efectivamente yo no podría afirmar que el tirano siente otra cosa fuera de lo que tú has dicho; de modo que hasta aquí no sé si se diferencia la vida del tirano de la vida del particular.

[8] —Mas se diferencia, dijo Simónides, en lo siguiente: disfruta, muchas veces, más por cada uno de esos sentidos y sufre mucho menos.

—Eso no es así, oh Simónides, replicó Hierón, sino que has de saber que los tiranos disfrutan mucho menos que los particulares que llevan una vida ordenada, y sufren mucho más y con más intensidad2.

[9] —Dices cosas increíbles, afirmó Simónides; pues si eso fuera así, ¿cómo iban a desear ser tiranos muchos que, precisamente, pasan por ser hombres muy capacitados? Y ¿cómo todos iban a evidiar a los tiranos?

[10] —Sí, ¡por Zeus!, dijo Hierón, porque, como son inexpertos en ambos asuntos, ponen sus ojos en ello. Por mi parte, intentaré mostrarte que es verdad lo que digo, empezando por la vista, pues creo recordar que tú [11] también empezaste hablando de ella. Efectivamente, si considero, en primer lugar, los espectáculos de la vista encuentro que los tiranos están en inferioridad, ya que cada país tiene cosas dignas de admiración, y los particulares acuden a verlas y a cualquier ciudad a causa de sus espectáculos y a las fiestas comunes3, donde se concentra lo que los hombres consideran más digno de admiración, mientras que los tiranos no pueden entretenerse mucho con los espectáculos, puesto que no les [12] resulta seguro4 ir a donde no son más fuertes que los asistentes, ni dominan los asuntos de su país con tanta seguridad como para ausentarse confiándolos a otro, temiendo ser privados del poder y, al mismo tiempo, ser incapaces de vengarse de quienes les han ofendido.

—Entonces, tal vez, tú dirías: «Pero es que tales espectáculos [13] se vienen a ellos incluso quedándose en su patria». Sí, por Zeus, ¡oh Simónides!, pero pocos entre muchos, y ésos que así son se venden tan caros a los tiranos, que los que exhiben cualquier cosa consideran justo despedirse del tirano recibiendo en poco tiempo mil veces más de lo que consiguen, en toda su vida, de todos los demás hombres.

—Pero si ❬en❭ los espectáculos, dijo Simónides, estáis [14] en inferioridad, en lo que atañe al oído estáis en mejores condiciones, ya que nunca escatimáis nada de la audición más agradable, la alabanza, pues todos los que os acompañan alaban todo cuanto decís y cuanto hacéis. Y, al contrario, estáis libres de oír lo más molesto, el insulto, pues nadie está dispuesto a vituperar al tirano en su presencia.

[15] —Y ¿por qué crees, afirmó Hierón, que quienes no hablan mal agradan, cuando se sabe perfectamente que todos aquellos que están callados traman algo contra el tirano? O ¿por qué piensas que quienes alaban agradan, cuando hay sospechas de que las alabanzas que prodigan se deben a la adulación?

[16] —Por Zeus, Hierón, replicó Simónides, evidentemente yo coincido completamente contigo en que las alabanzas más agradables son las que proceden de las personas que tienen más libertad. Pero ¿ves?, no podrías convencer a nadie de lo siguiente, de que no disfrutáis vosotros mucho más de aquellas cosas con que nos alimentamos los hombres.

[17] —Por supuesto, oh Simónides, sé, afirmó, que la mayor parte estiman que nosotros comemos y bebemos mejor que los particulares, porque ellos consideran más agradable comer los manjares que nos sirven a nosotros que los suyos. Efectivamente, lo que se sale de lo [18] corriente agrada. De ahí que todos los hombres acepten con gusto las fiestas menos los tiranos, porque sus mesas, siempre repletas, no les ofrecen ninguna sorpresa en los banquetes. Así pues, en primer lugar, en ese placer de la esperanza consiguen menos que los particulares. [19] Además, afirmó, sé bien que también tú eres consciente de que cuantos más manjares superfluos se tengan delante tanto más rápidamente nos invade la falta de apetito; de modo que también disfruta menos tiempo del placer el que tiene delante muchos manjares, que los que llevan un régimen normal.

[20] —Pero, por Zeus, replicó Simónides, mientras su ánimo lo apetece, durante ese tiempo gozan mucho más los que se alimentan con platos muy costosos, que los que tienen delante los más módicos.

—¿No es verdad, añadió Hierón, que crees, oh Simónides, [21] que quien goza más de cada situación es el que está más deseoso de ella?

—Sin duda así es, respondió.

—Acaso, entonces, ves que los tiranos se lancen con más gusto sobre sus platos, que los particulares sobre los suyos?

—No, por Zeus, replicó, no es así, sino hasta con menos gana, como muchos pensarían.

—¿Y qué?, añadió Hierón. ¿te has fijado en esos variados [22] condimentos que se ofrecen a los tiranos, picantes, agrios, fuertes o parecidos a ellos?

—Desde luego, respondió Simónides, y me parece que son perjudiciales para la naturaleza del hombre.

—¿Crees, dijo Hierón, que esas comidas son otra cosa [23] que caprichos de un espíritu blando y débil? Yo, al menos, sé bien que quienes comen con gusto, en modo alguno necesitan esos refinamientos; y tú también los sabes.

—Sí, por cierto, dijo Simónides, creo que los que están [24] al lado disfrutan más que vosotros mismos de esos perfumes con que os ungís, igual que de los olores desagradables no se da cuenta la persona misma que está comiendo, sino, más bien, los que están al lado.

—Así es realmente, añadió Hierón, y el que siempre [25] tiene alimentos de toda clase no toma ninguno de ellos con apetito; pero quien carece de alguno, ése es el que se llena de alegría cuando lo ve delante.

—Es probable, dijo Simónides, que sólo los placeres [26] amorosos os produzcan las ansias de ser tiranos, pues en este asunto tenéis la posibilidad de acostaros con la persona más hermosa que veáis.

—Ahora precisamente, dijo Hierón, has mencionado [27] aquello, entiéndelo bien, de lo que disfrutamos menos que los particulares. En efecto, se considera sin duda muy hermoso, ante todo, el matrimonio con personas más importantes en riqueza y poder y que ofrece al contrayente cierto prestigio además de placer, y también, el que se realiza entre iguales; mas se considera muy honroso y perjudicial el que se realiza con personas de [28] baja condición. Ahora bien, el tirano ha de casarse con una persona inferior, a menos que se case con una extranjera, de modo que no le acarrea mucha satisfacción; y las atenciones de las esposas que tienen grandes ambiciones gustan muchísimo, pero las ofrecidas por esclavas no son nada gratas y, si cometen alguna falta, [29] causan terribles enojos y molestias. A su vez, en los amores con muchachos5, mucho más que en los relativos a la procreación, carece el tirano de placer. Efectivamente, todos sabemos, sin duda, que se goza de un modo muy distinto de los placeres carnales si van acompañados [30] del amor. Y al amor, a su vez, jamás le apetece cobijarse en el tirano, pues el amor no goza deseando lo que está a su alcance, sino lo que se espera; por tanto, igual que uno sin experimentar la sed no podría disfrutar de la bebida, así también el que no experimenta amor tampoco disfruta de los placeres del amor más agradables.

[31] Así habló Hierón. Y Simónides, sonriéndose, dijo:

—¿Cómo dices, Hierón? ¿Niegas que se produzcan en el tirano los amores por los jóvenes? Y cómo tú, añadió, amas a Daíloco, apodado el guapísimo?

[32] —¡Por Zeus!, replicó, jamás deseo, oh Simónides, conseguir lo que se ve que está a mi alcance, sino lograr [33] lo menos allegado al tirano. Pues realmente, yo deseo de Daíloco, quizás, lo que la naturaleza del hombre se ve obligada a pedir de las personas bellas; pero deseo mucho más conseguir aquello que amo con amistad y voluntariamente, y poseerlo a la fuerza creo que lo deseo [34] menos que causarme a mí mismo algún mal. En efecto, considero que lo más agradable de todo es apresar al enemigo contra su voluntad, pero creo que los favores voluntarios de los muchachos son los más gratos. Naturalmente agradables son las miradas recíprocas [35] de un amor correspondido, agradables sus preguntas, agradables sus respuestas, agradabilísimas y excitantes sus peleas y rencillas, pero gozar de muchachos [36] contra su voluntad, dijo, me parece que se asemeja más a un acto de piratería que a los placeres del amor, aunque las ganancias y las molestias al enemigo ofrecen al pirata algunos placeres; además, gozar con aquel a quien se ama, si está molesto y el amante es aborrecido, tener contacto con quien te aborrece, ¿cómo no va a resultar una sensación molesta y desagradable? Asimismo, [37] el particular tiene una prueba directa, cuando el amado le concede sus favores, de que le complace porque le ama: saber que le sirve sin que tenga ninguna obligación; pero el tirano nunca puede estar seguro de que es amado, pues sabemos que los que sirven por miedo [38] imitan, lo mejor posible a los amantes al conceder sus favores. Además, los tiranos sufren más conspiraciones de aquellos que fingen amarlos que de ningún otro.