Kitabı oku: «Obras menores. La república de los Atenienses.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 75


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por AURELIO PÉREZ JIMÉNEZ y JUAN ANTONIO LÓPEZ FÉREZ.

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008.

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO195

ISBN 9788424930936.

JENOFONTE

HIERÓN, AGESILAO, LA REPÚBLICA DE LOS LACEDEMONIOS, LOS INGRESOS PÚBLICOS O LAS RENTAS, EL JEFE DE LA CABALLERÍA O EL HIPÁRQUICO, DE LA EQUITACIÓN, DE LA CAZA

HIERÓN


INTRODUCCIÓN

El Hierón da en sus comienzos la impresión de que va a plantear una cuestión meramente individual, como es la del mayor o menor placer que pueden disfrutar el tirano o el ciudadano de a pie. Mas, a medida que se avanza en su lectura, nos vemos obligados a rectificar, al constatar que los diversos aspectos de la vida pública se apoderan del diálogo y que, en realidad, si al tirano no le va bien, es porque está enfrentado con toda la ciudad, como dice en 6, 14.

Lógicamente, en la segunda parte, Simónides no ve otro medio para cambiar la triste situación del déspota, que fomentar el bien público antes que su bien particular; o, mejor dicho, que el medio de que el gobernante consiga la felicidad es lograr, a la vez, la felicidad de toda la comunidad, como viene a decirse en 11, 1.

En una palabra, estamos ante una obra más que nos confirma la estrecha vinculación, en la época clásica, del individuo y la pólis, de lo privado y lo público, y que destaca que no hay otra vía para conseguir el común bienestar, así como que cualquier obstáculo que se interponga entre ellos, como el del tirano, impedirá su consecución.

Fecha de composición

Hay autores que piensan1 que el Hierón fue escrito después del año 358 a. C., basándose en la afirmación de 3, 8 sobre las conspiraciones de los familiares del tirano. Efectivamente, ven en este pasaje una alusión a los sucesos de los tiranos de Tesalia (Helénicas VI 4, 33-37), cuando Polifrón asesinó a su hermano Polidoro —ambos, hermanos de Jasón y sucesores suyos— y Polifrón, a su vez, fue asesinado por Alejandro, que, más tarde, también se convirtió en víctima de su esposa y de los hermanos de su mujer.

Asimismo, Higgins2 dice que Jenofonte se decidió a escribir esta obra movido, quizás, por el fulgurante engrandecimiento y caída de Jasón en la década de los años 70 y por las actividades del amigo de Platón, Dionisio el Joven, en los años 360, en Siracusa.

Marchant-Bowersock3 enumeran diversos acontecimientos relacionados con los tiranos de la época: Dionisio el Viejo, Dionisio el Joven y los ya aludidos Jasón de Feras y sus sucesores, acontecimientos en los que han intentado justificar las diferentes fechas: ca. 383, 367 y 359 a. C. Por otro lado, advierten que no es necesdario suponer que Jenofonte tuviese en cuenta algún acontecimiento particular o persona determinada cuando escribió el Hierón. Simplemente sería, según ellos, un diálogo socrático sobre un tema que le atraía especialmente. Se inclinan estos autores por una fecha tardía, los últimos años del escritor, a juzgar por la lengua y las influencias retóricas de la obra.

Contenido

El contenido de este diálogo entre el tirano Hierón y el poeta Simónides se centra en la pregunta inicial que plantea el poeta: la distinta situación del tirano y del particular en lo que atañe a alegrías y tristezas.

La postura, invariable, de Hierón es que el tirano goza menos y sufre más que el ciudadano corriente; justamente la contraria del poeta, para quien el tirano disfruta mil veces más y sufre muchísimo menos.

A lo largo de los once capítulos, se pasa revista pormenorizada a los diversos aspectos de la vida privada y pública, y se intenta averiguar quién sale más favorecido en esas situaciones desde la perspectiva del placer.

Punto de partida son los sentidos del hombre (vista, oído, olfato, gusto y tacto), que son la primera fuente de placer o dolor para el individuo. La investigación se centra, en primer lugar, en las distracciones que nos llegan por la vista, esto es, los espectáculos. Hierón afirma que no puede asistir a los espectáculos públicos por la falta de seguridad en que se encuentra; y que los privados resultan muy caros para el tirano. Simónides le replica que no podrá decir lo mismo del segundo sentido, ya que sus oídos son constantemente halagados. A ello responde Hierón que los elogios realmente agradables son los que se hacen en libertad y no por adulación.

Respecto al gusto, Simónides cree, como todo el mundo, que el tirano come y bebe mejor, porque sus platos se salen de lo corriente. Mas, según Hierón, las fiestas agradan por lo que encierran de novedad o sorpresa y los manjares gustan solamente si hay apetito; condiciones éstas que no suelen darse en la mesa del poderoso. En consecuencia, dice él, los particulares disfrutan más de las fiestas y banquetes. Y asimismo, de los perfumes y olores agradables, gozan más los que acompañan al tirano que el propio tirano.

Simónides pasa, luego, a considerar los placeres del amor en el doble plano de la sexualidad griega, para concluir que en este terreno sale beneficiado el tirano, ya que puede estar con las personas de mayor belleza. Hierón, sin embargo, no está de acuerdo; pues, en cuanto al matrimonio, nos proporciona dinero, prestigio y placer el que se hace con personas más importantes, mientras que, en otro caso, es una deshonra; lo que le sucede al tirano, a menos que se case con una extranjera. Y respecto al amor con jovencitos, como Daíloco, por una parte, se desea lo que no puede conseguirse y, por otra, el amor debe ser voluntario, no forzado. Ahora bien, el tirano nunca puede estar seguro de si es correspondido con este amor o está ante un amor fingido por el miedo.

En el capítulo 2 se trata de la posesión de bienes externos o riquezas y, en particular, de la facilidad del tirano para realizar la conocida máxima que resume el código pagano de las relaciones con el prójimo: hacer bien a los amigos y mal a los enemigos. Hierón soslaya, de momento, en su respuesta la cuestión planteada por el poeta y enumera otros bienes de los que disfruta más el particular: paz, viajes, seguridad e, incluso, la guerra, cuyas ventajas se convierten en problemas para el tirano.

El capítulo 3 versa sobre la amistad y el amor de amigos y familiares, y poco puede gozar de ella quien, como el tirano, es víctima frecuente de sus conspiraciones.

La falta de confianza y seguridad en sus súbditos, que se hace patente en el miedo constante a ser envenenado, es la cuestión planteada en el capítulo 4. Aquí también responde Hierón con una paradoja a la pregunta sobre las riquezas que Simónides le había propuesto en el capítulo 2: los tiranos son, en realidad, pobres, ya que no pueden cubrir sus necesidades, o sea, aventajar a otros tiranos, poseer ciudades, puertos y territorios, pagar a sus ejércitos, etc.

Triste también es el destino del tirano que admira, como sus súbditos, a los hombres valientes, sabios y justos, y se ve obligado, por recelo, a servirse de personas injustas, corrompidas y serviles, según dice Hierón en el capítulo 5.

En el capítulo 6, Hierón añora los placeres perdidos de que disfrutaba cuando era un simple ciudadano: amistad y conversación con los amigos, banquetes, embriaguez, sueño. El temor destruye su felicidad y lo pone en una guerra perpetua. Simónides replica que no exagere, pues también en la guerra podemos comer tranquilos, confiados en la guardia, y el tirano tiene vigilantes a sueldo que le protegen; pero Hierón le rebate, al puntualizar que éstos se venden al mejor postor y, por tanto, no se puede confiar en ellos. En cuanto a las posibilidades del tirano para hacer bien a los amigos y mal a sus enemigos, él cree que en la práctica no es así, ya que sus favorecidos lo que desean es perderlo de vista, una vez recibido el favor, y a sus enemigos no puede encerrarlos a todos, pues entonces encerraría a la ciudad entera.

En el capítulo 7, Simónides espera salir más airoso en el terreno de los honores que es lo que verdaderamente distingue al ambicioso de los demás hombres y de los animales, y que por sí solos justifican la tiranía. Hierón rebate esa afirmación con el mismo argumento utilizado en el tema del amor: las muestras de respeto motivadas por el miedo, como levantarse, ceder el paso y hacer regalos, no son verdaderos honores. Simónides queda en una posición realmente embarazosa. Ha agotado todos los temas, y entonces, ante la actitud negativa y pesimista de Hierón, le hace abiertamente la pregunta que andaba flotando en el ambiente de este diálogo: ¿por qué, entonces, no dejas la tiranía? Él se defiende como puede, sin rendirse jamás, y responde, con una nota de humor negro, que ni siquiera eso le está permitido, pues jamás podrá resarcir de los graves males ocasionados. La horca es la única ventaja del tirano.

Tal vez haya que ver en este último párrafo un rasgo de ironía del poeta Simónides que expresa, por la propia boca de Hierón, la triste realidad del tirano, receloso de todos y de todo, aborrecido por todos, abocado a su propia destrucción.

Después de este clímax se podría haber dado por concluido el diálogo, pero Simónides vuelve del revés los propios argumentos del tirano y, en los capítulos finales: 8, 9, 10 y 11, le propone un proyecto ideal de gobierno que no está reñido con el amor, el cariño y el respeto de sus súbditos, sino que, al contrario, ofrece más posibilidades de acrecentarlo. Aunque Simónides no lo afirme explícitamente, es una forma sutil de decirle con ironía que no hay otro camino para dejar la tiranía que transformarla en un gobierno justo y normal que fomente el bienestar de todos.

Sin embargo, debe notarse que el poeta al comienzo de este plan, capítulo 8, no usa el término «tirano», sino árkhein (mandar, gobernar), que no tiene las connotaciones negativas del primero. Ya sea un modo irónico de condenar la tiranía, como dice Higgins4, ya sea otro motivo cualquiera, el hecho está ahí y hay que anotarlo.

Simónides empieza explicando que de actos que realizan por igual el tirano y el particular, como el saludo, la alabanza, gratificaciones, cuidado de enfermos, regalos, tolerancia de la vejez, el gobernante obtiene mayor agradecimiento que el particular y, por eso, es más amado. Pero Hierón no pasa por alto las pesadas cargas propias del tirano, como impuestos, vigilancia, castigos, mercenarios que le salen caros al ciudadano.

En el capítulo 9, Simónides objeta que hay ocupaciones enojosas y ocupaciones gratas, como castigos y premios. El gobernante debe ocuparse de las segundas y encargar las primeras a otros, de modo que en todos los asuntos públicos lo atractivo recaiga sobre él, como hace el arconte con los coros: él reparte los premios, mas los coregos y otros se encargan del trabajo y corrección. Deben establecerse premios para todas las actividades, incluso para la agricultura y el comercio, así todo marchará mejor y los ingresos mayores compensarán los gastos.

Después de estos alicientes económicos, el capítulo 10 plantea el espinoso problema de los mercenarios. El plan de Simónides es convertirlos en protectores de todos los ciudadanos y de sus bienes, tanto en la ciudad como en el campo, y no sólo de los bienes privados del tirano. De este modo, los súbditos se convencerán de su necesidad y contribuirán a su mantenimiento, a la vez que defenderán sus intereses.

El último capítulo es una exhortación al fomento de los gastos públicos cuyas ventajas son notorias para el país y para el propio tirano; ya que la ciudad será más fuerte, las rentas mayores y los enemigos la respetarán.

Por la misma razón de que lo beneficioso para la ciudad lo es también para el tirano, le aconseja, para evitar recelos, que prepare la ciudad entera para las competiciones contra otros gobiernos y no lo haga él personalmente con sus cuadrigas. Ésta es la única vía para atraerse el amor, la amistad y el respeto; en una palabra, para ser afortunado y no blanco de envidias.

Si contemplamos en su conjunto el diálogo, advertimos dos partes bien diferenciadas en su presentación: los siete capítulos primeros, dos tercios aproximadamente, y los cuatro últimos, el otro tercio. En la primera parte se describen por el mismo tirano con tintes muy negros los aspectos desagradables de la tiranía, para concluir con la propuesta de la horca como su única salida. En la segunda, Simónides pretende hacerle ver que hay otra solución más natural y, sobre todo, más favorable para el tirano y sus súbditos, que es convertir la tiranía en un gobierno justo mediante un programa ideal, pero realizable, en teoría al menos, que le facilitará a él la felicidad que ahora no posee y la prosperidad a todo el país.

Nótese también que, en la segunda parte, Hierón interviene sólo dos veces. En realidad, es casi un monólogo del poeta seguido de una exhortación final. ¿No se quiere significar con esto que el tirano no tiene nada que ver con esa forma de gobierno, que no es la suya, y que, por eso, su única actitud ante ella tiene que ser el silencio? Higgins5 se pregunta si es que no puede responder a Simónides, o es que ha abandonado la escena para volver impertérrito a su gobierno.

Higgins6 observa que la discusión se centra únicamente en la diferencia cuantitativa de placer entre idiótēs y tirano, una cuestión de pleonexía y meionexía, un tener más o menos y que peca de quimérica, ya que evita deliberadamente la cuestión central que es la naturaleza auto-engrandecedora de la tiranía, y no su parte más o menos grande de placer frente al individuo. Los rasgos de la tiranía, por otra parte, son los mismos que ve Jenofonte en los Treinta Tiranos: engaño, en lugar de fe o confianza, interés por lo personal y autodestrucción causada por la sospecha y confusión (Helénicas II 3, 1 y ss.).

Pero Higgins parece olvidar el contenido de la segunda parte, con la invitación de Simónides a un nuevo tipo de vida que no puede seguir Hierón, según dice él mismo, cuando compara el Hierón y la Ciropedia y cierra el comentario de este diálogo afirmando que la Ciropedia presenta un ideal de gobierno y el Hierón la vía negativa de ese ideal. Sin negar la validez de la afirmación sobre la Ciropedia, nosotros creemos que el Hierón considera ambos aspectos en la primera y segunda parte respectivamente.

Jenofonte no presenta a los dos personajes del diálogo bien caracterizados7. Así, Hierón no es el personaje histórico de las odas de Píndaro y Baquílides, no es el gran guerrero y legislador clarividente, es tan sólo un déspota de la peor calaña. Simónides tampoco es el poeta cortesano. Se alude, es cierto, en 9, 4, a los coros y, en 1, 14, al elogio del tirano por los poetas, pero sin mayor trascendencia; y la observación de 1, 22 sobre los sabores refinados no cuadra con un hombre a quien le gusta la buena mesa. En el capítulo 8 es Jenofonte, y no Simónides, quien habla; las recomendaciones finales son paralelas a las de El jefe de la caballería y Los ingresos públicos.

Influencia de la obra

El Hierón tiene sus fuentes remotas en las relaciones de Simónides con la corte del tirano, probablemente, en el año 476 a, C., cuando rondaba ya los 80 años. Dentro de las variadas historias que circulaban sobre esas relaciones debe incluirse la conversación que pone Jenofonte en boca del poeta y del tirano sobre un tema, la monarquía, que le es muy querido8.

Su maestro Sócrates pretende dar una definición del tirano en las Memorables (IV 6, 12) y, al final del Económico, vuelve sobre la misma cuestión.

No podía faltar un estudio de la figura del tirano en la República de Platón, que está directamente relacionada con la cuestión que le obsesiona, el buen gobierno, y así lo hace en libro IX. Quizás tengan razón Marchant-Bowersock9 cuando afirman que, con este estudio brillante, sale perjudicado Jenofonte, pues, como en el Banquete, la comparación con el divino Platón empaña su obra.

Marchant-Bowersock10 nos recuerdan también lo que podríamos llamar la primera influencia del Hierón en otra obra griega, en el discurso Sobre la paz de Isócrates, así como en los cínicos, su obra preferida, uno de cuyos temas comunes era la desgracia del déspota. También fueron muy leídos el Hierón y el Agesilao por los aticistas y sofistas de los siglos I y II d. C., especialmente por Dión de Prusa y Arriano.

Con los humanistas del Renacimiento vuelve a interesar este tema y ello se refleja en las traducciones al latín de Erasmo de Rotterdam, en 1530, y de Theodorus Jansonius, con un expresivo segundo título Hiero sive de regno, que justifica la importancia del tema; sin que sea preciso recordar los estudios sobre el príncipe de Maquiavelo, Fray Antonio de Guevara, Diego de Saavedra Fajardo, Baltasar Gracián, y otros.

Traducciones

Las versiones españolas conocidas son relativamente recientes como la de M. Cabañero García, (Hierón. Trad. y comentario, San Sebastián, 1969), y la de nuestro maestro, el profesor D. Manuel Fernández-Galiano, en «Clásicos Políticos», de 1971. La nuestra le debe mucho y, por supuesto, no estaría justificada, si no existiera el compromiso de traducir el volumen completo de los opuscula.

La colección «Fundación Bernat Metge» cuenta con una versión en catalán desde 1967, de la que es autora Teresa Sempere.

En francés hay una, que sepamos, de 1711, publicada en Amsterdam, Hieron ou portrait de la condition des Rois, y otra reciente de J. Luccioni, con introducción y comentarios.

Citemos también la inglesa de Marchant-Bowersock, de 1968, en la colección «Loeb Classical Library». Esta traducción es, en realidad, del año 1925. En 1968 se le añadió La República de los atenienses, como suplemento, editada y traducida por G. W. Bowersock. Aquí se cita la obra por la última edición, es decir, como de Marchant-Bowersock, conjuntamente, tanto al referirse a las obras de Jenofonte como a La República de los atenienses.

Texto adoptado

Se ha adoptado el texto de E. C. Marchant, en la edición de los «Oxford Classical Texts» (1920), salvo en los pasajes siguientes, en los que hemos preferido las variantes de M. Fernández-Galiano:


BIBLIOGRAFÍA
EDICIONES:

F. GIUNTA, Xenophontis Opera Omnia, Florencia, 1516.

H. ESTIENNE, Xenophontis quae exstant opera, París, 15812.

G. PIERLEONI, Xenophontis opuscula, Roma, 1937.

E. C. MARCHANT, Xenophontis Opera Omnia, vol. V, Oxford, 1920.

M. FERNÁNDEZ-GALIANO, Jenofonte. Hierón, Madrid, 1971.

Para la comprensión del texto, nos ha sido muy útil la versión castellana y notas de M. FERNÁNDEZ-GALIANO, en su ya citado volumen de la Colección «Clásicos Políticos» (1971) del Instituto de Estudios Políticos. También hemos tenido en cuenta los estudios de J. K. ANDERSON, Xenophon, Londres, 1974, y de W. E. HIGGINS, Xenophon the Athenian. The Problem of the Individual and the Society of the Polis, Albany, 1977.


1 Cf. W. E. HIGGINS, Xenophon the Athenian. The problem of the Individual and the Society of the Polis, Albany, 1977, págs. 61 y 131.

2 Xenophon the Athenian…, pág. 60.

3 E. C. MARCHANT, G. W. BOWERSOCK, Xen. VII. Scripta minora (Loeb), Londres-Cambridge-Massachusetts, 1968, págs. XIV y XV.

4 Xenophon the Athenian…, págs. 64-65.

5 Ibid., pág. 63.

6 Ibidem.

7 Xen. Scripta minora, págs. XV y XVII.

8 A. LESKY, Geschichte der griechischen Literatur = Historia de la literatura griega [trad. J. M. DÍAZ REGAÑÓN y B. ROMERO], Madrid 1976, págs. 212 y 653.

9 Xen. Scripta minora, pág. XVI.

10 Ibid., págs. X y XII.


Un día el poeta Simónides visitó al tirano Hierón1. [1] En la conversación que mantuvieron ambos dijo Simónides:

—¿Querrías, oh Hierón, explicarme aquello que es natural que tú conozcas mejor que yo?

—Y ¿qué es eso, contestó Hierón, que realmente yo podría conocer mejor que tú, que eres tan sabio?

—Sé yo, replicó, que tú has sido un particular y que [2] ahora eres tirano; es, pues, natural que tú que has probado ambos estados conozcas mejor que yo en qué se distinguen la vida del tirano y la del particular, en lo que se refiere a alegrías y penas.

—Y ¿por qué, replicó Hierón, tú no me recuerdas, [3] asimismo, lo propio de la vida del particular, puesto que aún eres un particular? Pues creo que, en ese caso, yo te podría mostrar mucho mejor las diferencias que hay en una y en otra.

Entonces dijo Simónides: [4]

—Creo haber observado, oh Hierón, que los particulares disfrutan y se apenan con las imágenes por los ojos, con los sonidos por lo oídos, con los alimentos y bebidas por la boca, y en cuanto a los placeres amorosos, por los órganos que todos sabemos. Respecto a lo [5] frío y a lo cálido, a lo duro y a lo blando, a lo ligero y a lo pesado, a mi entender, también consideramos que disfrutamos y sufrimos por ellos con el cuerpo entero. De los bienes y males, unas veces creemos disfrutar por el alma sola, otras, al contrario, sufrir y otras, también, [6] por el alma y el cuerpo en común. Que disfrutamos del sueño pienso que nos damos cuenta, pero cómo, con qué y cuándo, eso creo que, más bien, lo ignoramos, dijo. Y quizás no tiene nada de extraño, ya que las sensaciones se nos presentan más nítidas cuando estamos despiertos que cuando estamos durmiendo.

[7] A esto respondió Hierón:

—Oh Simónides, efectivamente yo no podría afirmar que el tirano siente otra cosa fuera de lo que tú has dicho; de modo que hasta aquí no sé si se diferencia la vida del tirano de la vida del particular.

[8] —Mas se diferencia, dijo Simónides, en lo siguiente: disfruta, muchas veces, más por cada uno de esos sentidos y sufre mucho menos.

—Eso no es así, oh Simónides, replicó Hierón, sino que has de saber que los tiranos disfrutan mucho menos que los particulares que llevan una vida ordenada, y sufren mucho más y con más intensidad2.

[9] —Dices cosas increíbles, afirmó Simónides; pues si eso fuera así, ¿cómo iban a desear ser tiranos muchos que, precisamente, pasan por ser hombres muy capacitados? Y ¿cómo todos iban a evidiar a los tiranos?

[10] —Sí, ¡por Zeus!, dijo Hierón, porque, como son inexpertos en ambos asuntos, ponen sus ojos en ello. Por mi parte, intentaré mostrarte que es verdad lo que digo, empezando por la vista, pues creo recordar que tú [11] también empezaste hablando de ella. Efectivamente, si considero, en primer lugar, los espectáculos de la vista encuentro que los tiranos están en inferioridad, ya que cada país tiene cosas dignas de admiración, y los particulares acuden a verlas y a cualquier ciudad a causa de sus espectáculos y a las fiestas comunes3, donde se concentra lo que los hombres consideran más digno de admiración, mientras que los tiranos no pueden entretenerse mucho con los espectáculos, puesto que no les [12] resulta seguro4 ir a donde no son más fuertes que los asistentes, ni dominan los asuntos de su país con tanta seguridad como para ausentarse confiándolos a otro, temiendo ser privados del poder y, al mismo tiempo, ser incapaces de vengarse de quienes les han ofendido.

—Entonces, tal vez, tú dirías: «Pero es que tales espectáculos [13] se vienen a ellos incluso quedándose en su patria». Sí, por Zeus, ¡oh Simónides!, pero pocos entre muchos, y ésos que así son se venden tan caros a los tiranos, que los que exhiben cualquier cosa consideran justo despedirse del tirano recibiendo en poco tiempo mil veces más de lo que consiguen, en toda su vida, de todos los demás hombres.

—Pero si ❬en❭ los espectáculos, dijo Simónides, estáis [14] en inferioridad, en lo que atañe al oído estáis en mejores condiciones, ya que nunca escatimáis nada de la audición más agradable, la alabanza, pues todos los que os acompañan alaban todo cuanto decís y cuanto hacéis. Y, al contrario, estáis libres de oír lo más molesto, el insulto, pues nadie está dispuesto a vituperar al tirano en su presencia.

[15] —Y ¿por qué crees, afirmó Hierón, que quienes no hablan mal agradan, cuando se sabe perfectamente que todos aquellos que están callados traman algo contra el tirano? O ¿por qué piensas que quienes alaban agradan, cuando hay sospechas de que las alabanzas que prodigan se deben a la adulación?

[16] —Por Zeus, Hierón, replicó Simónides, evidentemente yo coincido completamente contigo en que las alabanzas más agradables son las que proceden de las personas que tienen más libertad. Pero ¿ves?, no podrías convencer a nadie de lo siguiente, de que no disfrutáis vosotros mucho más de aquellas cosas con que nos alimentamos los hombres.

[17] —Por supuesto, oh Simónides, sé, afirmó, que la mayor parte estiman que nosotros comemos y bebemos mejor que los particulares, porque ellos consideran más agradable comer los manjares que nos sirven a nosotros que los suyos. Efectivamente, lo que se sale de lo [18] corriente agrada. De ahí que todos los hombres acepten con gusto las fiestas menos los tiranos, porque sus mesas, siempre repletas, no les ofrecen ninguna sorpresa en los banquetes. Así pues, en primer lugar, en ese placer de la esperanza consiguen menos que los particulares. [19] Además, afirmó, sé bien que también tú eres consciente de que cuantos más manjares superfluos se tengan delante tanto más rápidamente nos invade la falta de apetito; de modo que también disfruta menos tiempo del placer el que tiene delante muchos manjares, que los que llevan un régimen normal.

[20] —Pero, por Zeus, replicó Simónides, mientras su ánimo lo apetece, durante ese tiempo gozan mucho más los que se alimentan con platos muy costosos, que los que tienen delante los más módicos.

—¿No es verdad, añadió Hierón, que crees, oh Simónides, [21] que quien goza más de cada situación es el que está más deseoso de ella?

—Sin duda así es, respondió.

—Acaso, entonces, ves que los tiranos se lancen con más gusto sobre sus platos, que los particulares sobre los suyos?

—No, por Zeus, replicó, no es así, sino hasta con menos gana, como muchos pensarían.

—¿Y qué?, añadió Hierón. ¿te has fijado en esos variados [22] condimentos que se ofrecen a los tiranos, picantes, agrios, fuertes o parecidos a ellos?

—Desde luego, respondió Simónides, y me parece que son perjudiciales para la naturaleza del hombre.

—¿Crees, dijo Hierón, que esas comidas son otra cosa [23] que caprichos de un espíritu blando y débil? Yo, al menos, sé bien que quienes comen con gusto, en modo alguno necesitan esos refinamientos; y tú también los sabes.

—Sí, por cierto, dijo Simónides, creo que los que están [24] al lado disfrutan más que vosotros mismos de esos perfumes con que os ungís, igual que de los olores desagradables no se da cuenta la persona misma que está comiendo, sino, más bien, los que están al lado.

—Así es realmente, añadió Hierón, y el que siempre [25] tiene alimentos de toda clase no toma ninguno de ellos con apetito; pero quien carece de alguno, ése es el que se llena de alegría cuando lo ve delante.

—Es probable, dijo Simónides, que sólo los placeres [26] amorosos os produzcan las ansias de ser tiranos, pues en este asunto tenéis la posibilidad de acostaros con la persona más hermosa que veáis.

—Ahora precisamente, dijo Hierón, has mencionado [27] aquello, entiéndelo bien, de lo que disfrutamos menos que los particulares. En efecto, se considera sin duda muy hermoso, ante todo, el matrimonio con personas más importantes en riqueza y poder y que ofrece al contrayente cierto prestigio además de placer, y también, el que se realiza entre iguales; mas se considera muy honroso y perjudicial el que se realiza con personas de [28] baja condición. Ahora bien, el tirano ha de casarse con una persona inferior, a menos que se case con una extranjera, de modo que no le acarrea mucha satisfacción; y las atenciones de las esposas que tienen grandes ambiciones gustan muchísimo, pero las ofrecidas por esclavas no son nada gratas y, si cometen alguna falta, [29] causan terribles enojos y molestias. A su vez, en los amores con muchachos5, mucho más que en los relativos a la procreación, carece el tirano de placer. Efectivamente, todos sabemos, sin duda, que se goza de un modo muy distinto de los placeres carnales si van acompañados [30] del amor. Y al amor, a su vez, jamás le apetece cobijarse en el tirano, pues el amor no goza deseando lo que está a su alcance, sino lo que se espera; por tanto, igual que uno sin experimentar la sed no podría disfrutar de la bebida, así también el que no experimenta amor tampoco disfruta de los placeres del amor más agradables.

[31] Así habló Hierón. Y Simónides, sonriéndose, dijo:

—¿Cómo dices, Hierón? ¿Niegas que se produzcan en el tirano los amores por los jóvenes? Y cómo tú, añadió, amas a Daíloco, apodado el guapísimo?

[32] —¡Por Zeus!, replicó, jamás deseo, oh Simónides, conseguir lo que se ve que está a mi alcance, sino lograr [33] lo menos allegado al tirano. Pues realmente, yo deseo de Daíloco, quizás, lo que la naturaleza del hombre se ve obligada a pedir de las personas bellas; pero deseo mucho más conseguir aquello que amo con amistad y voluntariamente, y poseerlo a la fuerza creo que lo deseo [34] menos que causarme a mí mismo algún mal. En efecto, considero que lo más agradable de todo es apresar al enemigo contra su voluntad, pero creo que los favores voluntarios de los muchachos son los más gratos. Naturalmente agradables son las miradas recíprocas [35] de un amor correspondido, agradables sus preguntas, agradables sus respuestas, agradabilísimas y excitantes sus peleas y rencillas, pero gozar de muchachos [36] contra su voluntad, dijo, me parece que se asemeja más a un acto de piratería que a los placeres del amor, aunque las ganancias y las molestias al enemigo ofrecen al pirata algunos placeres; además, gozar con aquel a quien se ama, si está molesto y el amante es aborrecido, tener contacto con quien te aborrece, ¿cómo no va a resultar una sensación molesta y desagradable? Asimismo, [37] el particular tiene una prueba directa, cuando el amado le concede sus favores, de que le complace porque le ama: saber que le sirve sin que tenga ninguna obligación; pero el tirano nunca puede estar seguro de que es amado, pues sabemos que los que sirven por miedo [38] imitan, lo mejor posible a los amantes al conceder sus favores. Además, los tiranos sufren más conspiraciones de aquellos que fingen amarlos que de ningún otro.

A esa objeción replicó Simónides: [2]

—Lo que tú dices me parece que es muy poco significativo, afirmó, pues veo que muchos de los que se tienen por hombres se privan voluntariamente de ciertas comidas y bebidas o de espectáculos6 y se abstienen de los placeres del amor. Mas aventajáis mucho a los [2] particulares en que tenéis grandes ambiciones y rápidamente las realizáis, poseéis muchísimas cosas superfluas, adquirís caballos que sobresalen por sus cualidades; armas que se distinguen por su belleza, mujeres que descuellan por sus atavíos, casas muy suntuosas y amuebladas con objetos muy valiosos, disponéis de los mejores criados en número y preparación, y sois los más capaces de dañar a los enemigos y favorecer a los amigos.

[3] —Realmente, contestó Hierón, no me extraña nada, oh Simónides, que infinidad de personas estén equivocadas sobre lo que es la tiranía, pues me parece que el vulgo juzga, por las apariencias, felices a unos y a [4] otros desgraciados. La tiranía permite a todos contemplar, bien visibles y desplegados, los bienes que se tienen por muy valiosos, pero guarda los penosos ocultos en las almas de los tiranos, donde reside la felicidad [5] o desgracia de los hombres. No me extraña, como dije, que eso pase inadvertido a la multitud, pero que vosotros que parecéis contemplar la mayoría de los asuntos más con la mente que con los ojos, lo ignoréis, eso me [6] parece extraño. Yo sé bien por experiencia y te lo afirmo, oh Simónides, que los tiranos disfrutan muy poco de los bienes más importantes, en cambio, poseen en gran cantidad los males mayores.

[7] En primer lugar, por ejemplo, si los hombres consideran la paz un gran bien, los tiranos tienen muy poco de ella, y si consideran la guerra un gran mal, los tiranos [8] tienen la mayor parte de ella. En segundo lugar, los particulares, cuando su ciudad no está en guerra total, pueden ir a donde quieran sin temer jamás que alguien los asesine; pero todos los tiranos van por todas partes como por ciudades enemigas. Al menos, precisamente ellos piensan que deben ir armados y que otros [9] con armas los escolten siempre. Además, los particulares, aunque hacen expediciones militares contra territorios enemigos, piensan, sin embargo, que están seguros cuando vuelven a su patria; pero los tiranos cuando llegan a su propia ciudad, saben que entonces están entre [10] enemigos más numerosos. Evidentemente, si algunos enemigos más poderosos atacan su ciudad, los que son inferiores también creen que están en peligro, si se encuentran fuera de las murallas, pero todos se consideran a salvo cuando vuelven al interior de la fortificación; mientras que el tirano ni siquiera está libre de peligro cuando se encuentra dentro de su casa, antes bien piensa que entonces hay que tener más cuidado.

Por otra parte, los particulares logran el fin de las [11] guerras mediante treguas y tratados de paz, pero los tiranos nunca consiguen la paz frente a los tiranizados, ni puede animarse jamás el tirano confiando en treguas. Hay también guerras que emprenden las ciudades y los [12] tiranos contra otros que han sido forzados por ellos, pero todas las dificultades que tiene una ciudad por esas guerras las tiene también el tirano. Efectivamente, ambos [13] deben estar en armas, vigilar y correr peligro, y si son derrotados y sufren algún daño, los dos lo padecen. Hasta ahí son iguales las guerras, mas lo que hay [14] de agradable para los que defienden7 unas ciudades contra otras, eso ya no lo tienen los tiranos. Pues cuando [15] las ciudades vencen en la lucha a los contrarios, no es fácil describir cuánto placer experimentan con la huida de los enemigos, cuánto con su persecución y cuánto con su muerte, y cómo se enorgullecen con la hazaña, cómo se ganan espléndida fama, cómo se ufanan creyendo que han engrandecido la ciudad. Cada uno presume [16] de su participación en el encuentro8 y de la muerte de un gran número, y es difícil encontrar un lugar donde no se exagere cuando se afirma haber matado a muchos más de los que realmente han muerto.

¡Tan hermosa consideran una victoria completa! Pero [17] cuando, por sospechas o por hechos comprobados, el tirano condena a muerte a algunos que conspiran contra él, sabe que no engrandece a la ciudad entera sabe que va a mandar a muchos menos, y no puede estar alegre ni jactarse de la hazaña, sino que quita la importancia que puede al hecho y, a la vez que actúa, se defiende alegando que no obra injustamente, aunque de [18] ninguna manera le parece hermosa la acción. Incluso cuando han muerto aquellas personas que le infundían temor, esta situación no le da ánimos en absoluto, sino que se mantiene aún más vigilante que antes. En resumen, el tirano pasa la vida soportando una guerra semejante a la que yo acabo de exponer.

[3] Por otra parte, observa cómo los tiranos gozan de la amistad. Pero examinemos, antes, si la amistad es [2] un gran bien para los hombres. Efectivamente, a quien es amado por alguien, los amantes lo ven con gusto a su lado, con gusto lo tratan bien, lo añoran si se ausenta alguna vez, lo reciben con muchísimo cariño cuando vuelve, disfrutan con él de sus bienes y le socorren si [3] lo ven en alguna desgracia. Incluso no ha pasado inadvertido a las ciudades que la amistad es bien muy grande y grato para los hombres, ya que muchas admiten que sólo a los adúlteros se les puede matar impunemente; sin duda, porque los consideran destructores del amor [4] de las esposas para con sus maridos9. Pues, aun cuando una esposa se haya entregado por alguna circunstancia, no por ello los maridos las estiman menos, si [5] creen que su amor continúa incólume. Yo juzgo que el amor y la amistad son un bien tan grande, que a mi juicio, los bienes de los dioses y de los hombres se producen, en realidad, espontáneamente para el amado. [6] Y de esta posesión que es de tal naturaleza, los tiranos tienen menos que cualquiera.

Si quieres, oh Simónides, ver que digo la verdad, observa [7] lo siguiente: sin duda, parece que son muy sólidos los amores de los padres para con los hijos, de los hijos para con los padres, de los hermanos para con los hermanos, de las esposas para con los maridos y de los camaradas para con los camaradas. Pues bien, [8] si quieres fijarte, encontrarás que los particulares son amados por esas personas generalmente, mientras que, entre los tiranos, muchos han asesinado a sus propios hijos, muchos han sido muertos ellos mismos por sus hijos, muchos hermanos se han dado muerte mutuamente en las tiranías y muchos han sido víctimas de sus propias esposas y de compañeros que parecían ser sus mejores amigos. Ahora bien, quienes así son odiados por [9] quienes generalmente están dispuestos por naturaleza y obligados por ley a amar, ¿cómo van a creer que sean amados por otra persona?

Por otro lado, quien tiene la mínima parte de esa [4] confianza, ¿cómo no va a disfrutar menos de tan importante bien? Pues ¿qué sociedad es agradable sin confianza mutua?, ¿qué trato entre marido y mujer es afable sin confianza?, ¿qué criado es agradable si es desconfiado?

Y, realmente, el tirano participa muy poco de esta [2] confianza en los demás, pues ni siquiera confía, mientras vive, en las comidas y bebidas, ni aun a pesar de que, por desconfianza, para no comer entre ellas algo nocivo, ordene a los servidores probarlas primero, antes de ofrecer las primicias a los dioses.

Ciertamente, también la patria significa mucho para [3] los demás hombres, pues los ciudadnos se defienden mutuamente con sus lanzas de los esclavos10, sin cobrar nada, y se defienden mutamente con sus lanzas de los malhechores, para que ninguno muera de muerte violenta. [4] Tan lejos han llevado la vigilancia, que incluso muchos han convertido en ley el que quien esté relacionado con el manchado de homicidio no pueda purificarse, de modo que cada ciudadano viva seguro gracias a [5] su patria. También esto se ha vuelto al revés para los tiranos, puesto que, en lugar de vengarlos, las ciudades honran en gran manera al tiranicida y, en lugar de expulsarlos de los santuarios como a los asesinos de los ciudadanos particulares, en lugar de ello las ciudades levantan, incluso en los santuarios, estatuas a sus autores11.

[6] Y si tú crees que, porque tiene más bienes que los particulares, disfruta mucho más que ellos por eso, tampoco es así, oh Simónides, sino que, como los atletas que no se alegran cuando son mejores que los particulares, sino que se apenan cuando son peores que sus rivales, así también el tirano no se alegra, precisamente, cuando ve que tiene más que los particulares, sino que se duele cuando tiene menos que otros tiranos, ya que los considera rivales de su propia riqueza.

[7] Tampoco el tirano logra satisfacer ninguno de sus deseos antes que el particular, pues el particular desea casas, tierras o criados, pero el tirano, ciudades o territorios extensos o puertos o ciudades fortificadas que son mucho más peligrosos y difíciles de conseguir que [8] los deseos particulares. Realmente verás muy pocos pobres entre los particulares y muchos entre los tiranos, porque no se mide lo mucho ni lo poco por el número, sino por las necesidades, y es mucho lo que sobrepasa [9] lo suficiente, y poco lo que le falta. En verdad, muchísimas veces el tirano tiene menos que el particular de aquello que necesita para sus gastos imprescindibles, pues los particulares pueden reducir los gastos diarios a su gusto, pero los tiranos no pueden, debido a que los gastos más imprescindibles son los del velar por su vida, y cortar alguno de éstos, les parece su ruina. Además, a cuantos pueden conseguir por medios justos [10] todo lo que necesitan, ¿acaso se les puede compadecer como que son pobres?, y, en cambio, a quienes por necesidad se ven obligados a vivir tramando siempre algo malo y vergonzoso, ¿cómo no se les consideraría justamente desgraciados y pobres? Pues bien, los tiranos se [11] ven forzados muchísimas veces a saquear santuarios y a personas contra toda justicia, porque necesitan constantemente dinero para sus gastos imprescindibles, ya que, como si estuvieran en guerra, se ven siempre en la disyuntiva de mantener un ejército o ser destruidos.

Te contaré también otra penosa experiencia de los [5] tiranos. Efectivamente, no reconocen menos que los particulares a los hombres valerosos, sabios y justos; pero, en lugar de admirarlos, recelan de que los valientes se atrevan a emprender alguna acción por amor de la libertad, de que los sabios tramen alguna conjura y, en cuanto a los justos, de que el pueblo decida alinearse con ellos. Y cuando por recelo quitan de en medio a [2] tales personas, ¿quiénes quedan a su servicio, sino los injustos, viciosos o serviles? Los injustos son de fiar, porque temen, exactamente igual que los tiranos, que, si las ciudades consiguen la libertad, se hagan también dueñas de ellos; los viciosos, gracias a las facilidades presentes, y los serviles, porque ni ellos mismos aprecian la libertad. Realmente, considero desagradable reconocer la bondad de unas personas, pero verse obligados a servirse de otras.

Además, el tirano es, necesariamente, amante de la [3] ciudad, pues sin la ciudad no podría salvarse, ni ser feliz; pero la tiranía obliga a molestar, incluso, a la propia patria, dado que los tiranos no están contentos cuando disponen de ciudadanos valerosos y bien armados, sino que gozan, más bien, volviendo a los extranjeros más temibles que sus ciudadanos y los utiliza como sus [4] lanceros. Incluso cuando hay abundancia de bienes por venir años buenos, tampoco comparte entonces la alegría el tirano, pues creen que, cuanto más necesitados estén sus súbditos, más sumisos le serán.

[6] También, oh Simónides, quiero mostrarte, dijo, todos aquellos placeres de los que yo disfrutaba cuando era un simple particular y de los que ahora, desde que [2] me hice tirano, me veo privado. En efecto, yo me divertía cuando estaba con mis compañeros que, a su vez, se divertían conmigo, y me quedaba a solas cuando deseaba tranquilidad; muchas veces pasaba el tiempo en banquetes hasta olvidarme de todo si alguna dificultad había en mi vida de hombre, a veces, incluso, hasta zambullir mi alma en cantos, fiestas y coros, y otras veces, hasta satisfacer mi deseo de cama y el de los presentes. [3] Ahora, en cambio, estoy privado de los que se divertían conmigo, por tener a los camaradas como esclavos, en lugar de como amigos; estoy privado también de su agradable trato, por no ver de su parte buena voluntad para conmigo, y me guardo de la embriaguez y del sueño como [4] de una emboscada. Temer a la multitud, temer la soledad, temer la falta de vigilancia, temer a los mismos guardianes y no querer tenerlos desarmados a mi alrededor ni verlos con gusto armados, ¿cómo no va a [5] ser un asunto molesto12? Además, la confianza más en extranjeros que en ciudadanos, más en bárbaros que en griegos, el ansia de tener a los libres como esclavos y la obligación de hacer a los esclavos libres, ¿no crees que todo ello es prueba de un alma aterrorizada? Ciertamente, [6] el terror no sólo es penoso si se asienta en las almas, sino que, además, se convierte en destructor de todo lo agradable a lo que vaya unido. Si eres experto [7] en guerras, oh Simónides, y te alineaste ya alguna vez frente a una formación enemiga, recuerda qué alimento tomabas en aquel momento, qué sueño cogías. Realmente, semejante a como entonces eran para ti penosas [8] las cosas, son las de los tiranos y más terribles aún, por cuanto los tiranos creen ver enemigos en todas partes y no sólo en el frente.

Después de oír esto, Simónides respondió y dijo: [9]

—Me parece que exageras algo cuando hablas13, pues la guerra es terrible, pero, sin embargo, oh Hierón, cuando nosotros estamos en campaña ponemos al frente vigilancia y con decisión conseguimos comer y dormir.

—Sí, por Zeus, dijo Hierón, las leyes, oh Simónides, [10] velan efectivamente por ellos, puesto que temen por sí mismos y por vosotros, pero los tiranos tienen guardias a sueldo como tienen segadores. Sin duda es preciso, [11] antes que nada, conseguir guardias fieles, pero es mucho más difícil encontrar a un guardia fiel que a muchísimos obreros para cualquier obra, sobre todo cuando hacen guardia por dinero, pues es posible conseguir mucho más dinero en poco tiempo, matando al tirano, de cuanto reciben del tirano en mucho tiempo por hacer guardia.

Lo que, sobre todo, nos envidiabas, que podemos [12] hacer bien a los amigos y someter a los enemigos mejor que nadie, ni siquiera eso es así. Pues ¿cómo podrías [13] nunca considerar que haces bien a los amigos, cuando sabes bien que quien recibe muchísimo de ti estaría muy contento, si pudiera apartarse inmediatamente de tu vista? Naturalmente, lo que se recibe del tirano nadie lo considera como suyo hasta que esté fuera de su dominación. [14] A su vez, ¿cómo puedes afirmar que los tiranos pueden someter generalmente a los enemigos, cuando sabes bien que sus enemigos son todos los tiranizados, y que no puede matarlos ni encarcelarlos a todos? (¿a [15] quiénes mandaría luego?); mas, aun a sabiendas de que son enemigos, debe guardarse de ellos y, al mismo tiempo, se ve obligado a utilizarlos.

Asimismo, no olvides esto, oh Simónides: que a los ciudadanos a los que temen los ven a su pesar vivos y, a su pesar, los matan. Lo mismo que el caballo, si es de buena raza, por miedo a que cometa algo irreparable, difícilmente lo mataría uno por sus cualidades [16] y difícilmente se serviría de él, vivo, por prevención a que, en situaciones peligrosas, hiciera algo irreparable, de igual forma, en cuanto a los demás bienes que son de difícil utilización, es molesto poseerlos y es molesto también carecer de ellos.

[7] Después de oír eso, Simónides dijo:

—Oh Hierón, parece que el honor es una gran cosa, ya que por alcanzarlo los hombres se someten a cualquier [2] trabajo y soportan cualquier peligro. Y vosotros, como se ve, aun teniendo la tiranía tantas dificultades como dices, vais, sin embargo, hacia ella con decisión, por tener honores, para que todos os ayuden en todo lo ordenado sin replicar, para que todos os miren en derredor, y todos los presentes se levanten de sus asientos y os cedan el paso y os veneren siempre con palabras y obras; pues, evidentemente, tales cosas hacen los súbditos a los tiranos y a otro cualquiera a quien le [3] toque recibir honores. Efectivamente, oh Hierón, me parece que en eso se distingue el varón de los demás seres vivos, en la ambición de honores. Por supuesto que es evidente que todos los seres vivos gozan por igual de comidas, bebidas, sueño y placeres sexuales, pero el deseo de honores no es innato ni en los animales irracionales ni en todos los hombres. Mas en los que es innato el amor por los honores y alabanza, ésos son los que se distinguen, sobre todo, de las bestias, y son considerados varones y no sólo hombres14. Así pues, me [4] parece natural que soportéis todo eso que os acarrea la tiranía, ya que precisamente sois honrados con preferencia a los demás hombres, y realmente, ningún placer humano parece estar más cerca de lo divino que el de gozar de honores.

—Pero considero, oh Simónides, respondió Hierón, [5] que los honores de los tiranos son exactamente iguales que los placeres, que te mostré, del amor. En efecto, [6] ni los servicios de los que no comparten el amor los considerábamos favores ni, naturalmente, los placeres forzados del amor eran agradables. En la misma medida, tampoco los servicios de las personas que nos tienen miedo constituyen honores. Pues ¿cómo vamos a [7] decir que los que se levantan a la fuerza de sus asientos se levantan por honrar a quienes los ofenden, o que los que ceden el paso a los más poderosos lo ceden por honrar a quienes los agravian? También dan regalos a los [8] que odian, y ello, cuanto más temor tienen de que les suceda algo por su causa, pero, naturalmente, esas obras las puedo considerar, creo, propias de la esclavitud. Me parece, sin embargo, que los honores proceden de acciones opuestas a ésas; porque, cuando los hombres piensan [9] que un varón es capaz de hacer bien, y aprecian poder disfrutar de sus bienes, y en consecuencia, lo tienen de boca en boca con sus elogios, y cada uno lo mira como a un bien familiar, le ceden el paso voluntariamente, se levantan de sus asientos por amor y no por temor, lo coronan por sus virtudes públicas y por el título de bienhechor, y quieren concederle distinciones, me parece que esos mismos que le sirven en tales cosas le honran de verdad y que es honrado, realmente, quien [10] es digno de ellas. Yo felicito al que es honrado de esta manera, pues me doy cuenta de que no es blanco de conspiraciones, sino que es atendido para que no sufra nada, y pasa feliz su vida sin temor, sin envidia y sin peligros. Mas el tirano, entérate bien, oh Simónides, pasa las noches y los días como un condenado a muerte por injusticia por todos los hombres.

[11] Después de oír todo esto, Simónides respondió:

—Oh Hierón, ¿cómo, si tan triste es ser tirano y tú lo sabes, no te apartaste de mal tan grande, y por el contrario, ni tú ni ningún otro se apartó jamás de la tiranía voluntariamente una vez conseguida?

[12] —Porque, oh Simónides, también la tiranía es muy desgraciada en eso, respondió, ya que no es posible apartarse de ella; pues ¿cómo un tirano podría ser capaz jamás de devolver cuantos bienes confiscó o de sufrir, a su vez, cuantos encarcelamientos realizó, o cómo podría ofrecer a cambio tantas vidas como muertes causó? [13] Y si cualquier otro, oh Simónides, halla ventaja precisamente en ahorcarse, has de saber que yo encuentro esa única ventaja para el tirano, pues solamente a él no le es ventajoso ni soportar los males ni dejarlos.

[8] Y Simónides dijo como respuesta:

—Oh Hierón, no me extraña ahora que estés desanimado con respecto a la tiranía, puesto que, deseando ser amado por los hombres, la consideras un impedimento para ello; sin embargo, creo poder enseñarte que el mandar no impide en absoluto el ser amado, sino que ofrece más posibilidades que la condición de particular. [2] Al examinar si ello es así, no examinemos sólo si el que manda puede complacer más por tener mayor poder, sino, en el supuesto de que hagan cosas parecidas el particular y el tirano, cuál de los dos consigue mayor agradecimiento de hechos iguales. Empezaré por los ejemplos de menos importancia.

En primer lugar, supongamos que el gobernante y [3] el particular al ver a uno lo saludan amistosamente; en esa situación, ¿de cuál de los dos crees que alegra más el saludo a quien lo escucha? ¡Ea!, supongamos ahora que ambos elogian a la misma persona, ¿de cuál de los dos crees que producirá su alabanza más alegría? Supongamos que uno y otro tienen una atención después de un sacrificio15, ¿de cuál de los dos crees que alcanzará su honor mayor agradecimiento? Supongamos que [4] cuidan de la misma manera a un enfermo, ¿verdad que esto es claro, que los cuidados recibidos de los más poderosos producen mayor alegría? Y supongamos, en fin, que hacen regalos iguales, ¿no es claro también que en ese caso, la mitad del regalo recibido de los más poderosos vale más que el regalo entero de un particular? Yo, al menos, creo que cierto honor y favor de los dioses [5] acompañan al gobernante. No es que, realmente hagan a la persona más bella, sino que vemos con más gusto a ese mismo cuando manda, que cuando es un simple particular, y nos gloriamos más de conversar con las personas que nos aventajan en honores, que con nuestros iguales.

Y en cuanto a los jovencitos, causa principal de tu [6] desprecio de la tiranía16, les desagrada muchísimo menos la vejez del gobernante y tienen menos en cuenta su fealdad cuando mantienen relaciones con él. Pues el hecho mismo de recibir honores le rodea de hermosura de tal modo que borra los rasgos más desagradables [7] y hace aparecer con más brillo los bellos. Y ya que vosotros conseguís mayor agradecimiento por servicios iguales, ¿cómo no va a ser lógico que vosotros seáis amados mucho más que los simples particulares, cuando podéis ser infinitamente más útiles con vuestra actuación y podéis hacer infinitamente más regalos?

[8] Hierón respondió inmediatamente:

—¡Por Zeus! También es necesario, oh Simónides, que nosotros nos ocupemos mucho más que los particulares de aquellas cosas por las que son aborrecidos los hombres; [9] pues se ha de recabar dinero, si pensamos gastarlo en lo que se necesita; se ha de obligar a vigilar lo que necesita vigilancia; se ha de castigar a los injustos; se ha de impedir a cualquier persona cometer excesos, y, cuando de pronto se presenta una ocasión por tierra [10] o por mar, no se ha de confiar en los indecisos. Además, el tirano necesita mercenarios. No hay carga más pesada que esa para los ciudadanos. Pues creen que se los mantiene no para una igualdad de derechos con los otros tiranos, sino para ventaja suya.

[9] A eso respondió de nuevo Simónides:

—Oh Hierón, si no digo que no tenga que ocuparse de todas esas cosas; lo que digo es que me parece que de sus ocupaciones, unas acarrean enemistad, pero que [2] hay otras que traen reconocimiento. El hecho de enseñar lo que es mejor y alabar y honrar a quien mejor lo realiza, esa ocupación viene acompañada de reconocimiento; si bien censurar, coaccionar, multar y castigar a quien actúa con negligencia, eso es necesario que [3] venga generalmente acompañado de aborrecimiento. Por tanto, yo afirmo que el gobernante debe ordenar a otros castigar al que lo precisa por exigencia legal y, en cambio, entregar por sí mismo los premios. Que esto ha de [4] ser así lo prueban los hechos; pues cuando decidimos que compitan coros, el arconte propone premios, pero manda a los coregos17 que los formen y a otras personas que los instruyan y les apliquen el rigor de la ley a los que obran con negligencia. Así en esos hechos lo atractivo procede del gobernante, y lo contrario de otros. Realmente, ¿qué impide gestionar también así los demás [5] asuntos políticos, si todas las ciudades están divididas en tribus, o en secciones18 o en compañías, y hay gobernantes al frente de cada una de ellas? Así pues, [6] si también para ellos, como para los coros, se fijan premios por el buen estado de las armas, por la disciplina, por la hípica, por el valor en el combate y la honradez en las relaciones comerciales, es lógico que por emulación se ejerciten intensamente en todo ello. Y, por Zeus, [7] se lanzarían más rápido donde fuera preciso, por aspirar a honores, y aportarían dinero con más prontitud cada vez que fuera el momento oportuno para ello y, lo que es más útil de todo, aunque es lo que menos suele hacerse por emulación, la misma agricultura producirá más, si se propusieran premios por fincas o aldeas para los que trabajen mejor la tierra19 y obtendrían muchos bienes los ciudadanos que se entreguen a ello con decisión. También los ingresos aumentarían [8] y la moderación vendría mucho mejor acompañando a la actividad, puesto que, sin duda, las malas acciones nacen menos en los ocupados. Y si el comercio beneficia [9] a la ciudad, cuanto más se honre a quien a él se dedica más comerciantes reunirá. Si se hiciera público que quien encuentre alguna fuente de ingresos que no perjudique a la ciudad será condecorado, no se descuidaría esa investigación.

[10] Resumiendo, si estuviera claro, en todo, que no quedará sin premio quien aporte algún beneficio, eso impulsaría a muchos a proponer como actividad la búsqueda de bienes y, cuando muchos se preocupan de las cosas útiles, necesariamente se encuentran y se realizan [11] más. Pero si temes, oh Hierón, que se originen muchos gastos proponiendo premios para muchas actividades, observa que no hay mercancías más baratas que las que compran los hombres por premios. En los concursos hípicos, gimnásticos y corales, ¿no ves cómo pequeños premios acarrean grandes gastos, muchos esfuerzos y muchas preocupaciones a las personas?

[10] —Creo, respondió Hierón, que has hablado bien en esa cuestión, pero sobre los mercenarios, ¿puedes hablar de que no soy odiado por su causa?, o ¿eres de la opinión de que si el gobernante se granjea amistades, ya no necesitará escolta?

[2] —Sí, por Zeus, dijo Simónides, la necesitará efectivamente, pues sé que a algunos hombres les ocurre también lo que a algunos caballos: que son tanto más desenfrenados cuanto con más abundancia tienen cubiertas [3] sus necesidades; generalmente el miedo a la escolta, vuelve prudentes a tales personas; y, al contrario, me parece que ninguna otra cosa puede ofrecer beneficios tan grandes a las personas que son como es debido como [4] les ofrecen los mercenarios. Efectivamente, tú los mantienes como guardianes de tu persona, mas muchos dueños murieron antes violentamente a manos de sus esclavos20. Por consiguiente, los mercenarios tendrán como primera y única esta orden: ayudar a todos los ciudadanos pensando que son guardianes de todos, siempre que vean algún hecho que los reclame. Y como todos sabemos, existen delincuentes en las ciudades. Por tanto, si recibieran órdenes de vigilarlos, también en esto se sentirían ayudados por ellos. Además de eso, [5] inspirarían confianza y seguridad principalmente a todos los trabajadores del campo y a sus rebaños, igual a los tuyos propios que a los que andan por el campo. También podrías dejar tiempo libre a los ciudadanos para que cuiden de sus asuntos particulares si vigilan convenientemente. Además, ¿quiénes están, asimismo, [6] más dispuestos que ellos ya a prevenir ya a impedir las incursiones secretas e imprevistas de los enemigos, puesto que están siempre armados y preparados? E incluso en el ejército, ¿quién es más útil a los ciudadanos que los mercenarios?, pues es natural que sean los más dispuestos a esforzarse, correr riesgos y velar por ellos. Y las ciudades vecinas, ¿no se ven obligadas a desear [7] la paz principalmente por causa de los que están siempre en armas, pues los preparados pueden generalmente salvar y proteger los bienes de los amigos y hacer fracasar a los enemigos? Y cuando se den cuenta los [8] ciudadanos de que ellos no causan ningún mal a quien no comete ningún agravio, de que impiden a cualquier persona obrar mal, de que socorren a los agraviados y de que se preocupan y corren riesgos por los ciudadanos, ¿cómo no va a ser muy grato necesariamente incluso pagarles, cuando también privadamente mantienen guardianes por cosas de menos importancia que esas?

Es preciso, oh Hierón, no dudar en hacer gastos por [11] el bien público, incluso con los bienes privados, pues me parece que lo que se gasta en la ciudad por el tirano se invierte más en lo que debe que lo que gasta en sus propios bienes. Examinemos cada cosa en detalle: primero, [2] ¿crees que una casa amueblada con suntuosidad te ofrecería mayor ostentación que la ciudad entera con sus murallas, sus templos, sus pórticos, sus plazas y sus puertos? ¿Acaso tú mismo parecerías más terrible [3] a los enemigos equipado con las armas más formidables [4] que si tienes una ciudad entera bien armada? ¿Crees que las rentas serían mayores si sólo mantienes productivos tus bienes privados, o si te las ingenias para [5] que sean productivos los de todos los ciudadanos? Y, en cuanto a mantener cuadrigas, ocupación que es considerada la más hermosa y lujosa de todas, ¿crees que harás más ostentación si tú mismo mantienes el mayor número de cuadrigas de los griegos y las envías a las fiestas comunes21, o si hay muchísimos más preparadores de caballos de tu ciudad y compiten muchísimos más? ¿Crees que es más hermoso vencer con el vigor de un tronco que con la felicidad y prosperidad de la [6] ciudad que presides? Al menos yo afirmo que a un tirano jamás le conviene competir con particulares, ya que si vences, no serás admirado sino envidiado, porque piensan que has gastado lo que muchas haciendas, y, si eres vencido, serás despreciado por todos más que nadie. [7] Pero yo te digo, oh Hierón, que la competición ha de ser con otras ciudades, y si tú ofreces la ciudad que presides con más prosperidad que la de aquéllos, serás proclamado vencedor del certamen más hermoso y más espléndido para los hombres.

[8] En primer lugar, lograrás al punto ese amor de tus súbditos que tú estás deseando, y en segundo, no será uno sólo quien proclame tu victoria, sino que todos los [9] hombres celebrarán con himnos tu valor. No sólo serás contemplado por particulares, sino amado también por muchas ciudades y admirado por todos, tanto en privado [10] como en público. Y podrás marchar a donde quieras con total seguridad para asistir a un espectáculo, y también podrás hacerlo permaneciendo aquí mismo; pues siempre habrá a tu lado grupos de personas que deseen mostrarte la sabiduría o bondad que cada uno posee y que quieran ayudarte. Cualquier persona presente será [11] tu aliada y la ausente ansiará verte, de modo que no sólo serás querido, sino también amado por los hombres, y no será preciso seducir a los bellos mancebos, sino más bien soportar sus seducciones. No serás presa del miedo; antes bien, inspirarás en los demás temor a que te ocurra algo, y tendrás a los súbditos contentos [12] y los verás velando por ti voluntariamente. Y si hubiera algún peligro, los verás a tu lado y, a la vez, combativos y animosos. Serás considerado digno de muchas recompensas, y no te faltará con quién compartirlas, congratulándose todos de tus bienes y luchando todos por los tuyos como si fueran de ellos. Y tendrás como tesoros [13] todas las riquezas de tus amigos.

En fin, oh Hierón, enriquece a tus amigos decididamente, pues te enriquecerás tú mismo. Engrandece la ciudad, pues te rodearás tú mismo de poder. Gana aliados para ella ***22. Considera tu patria como tu casa, [14] a los ciudadanos como camaradas, a los amigos como tus propios hijos y a los hijos como tu propia alma, e intenta ganarlos a todos ellos con un trato correcto. Efectivamente, si rindes a los amigos tratándolos bien, [15] no te podrán resistir tus enemigos. Y si haces todo eso, entiéndelo bien, habrás conseguido la adquisición más hermosa y preciada de cuantas poseen los hombres, pues siendo dichoso no serás objeto de envidias.


1 Hierón fue tirano de Siracusa en los años 478-467 a. C. Desde el 485, lo era de Gela, cuando pasó a Siracusa su hermano Gelón.

2 W. E. HIGGINS (Xenophon the Athenian. The Problem of the Individual and the Society of the Polis, Albany, 1977) nota lo retórico de este párrafo (1, 8) con el repetido «mucho menos, mucho más» (polý meíō, polý pleíō). Hay también un eco en la respuesta de Hierón de la afirmación de Simónides.

3 El término griego es hai koinaì panēgýreis o fiestas públicas para todos los griegos, como las que se celebraban en Olimpia, en Delfos, en Nemea y en el Istmo de Corinto, que comprendían varios espectáculos y concursos literarios, además de los juegos propiamente dichos o competiciones deportivas.

4 En la olimpíada del año 388 ó 385 a. C., el Discurso olímpico de Lisias atacó duramente a Dionisio I de Siracusa y, como consecuencia de ello, fue saqueada la tienda de su embajada. Cf. E. C. MARCHANT-BOWERSOCK, Xen. VII. Scripta minora (Loeb), Londres-Cambridge-Massachusetts, 1968, pág. XIV, y A. LESKY, Geschichte der griechischen Literatur = Historia de la literatura griega [trad. J. M. DÍAZ REGAÑÓN y B. ROMERO], Madrid, 1976, pág. 167.

5 Recuérdese que este amor era bien visto en la Grecia antigua.

6 Seguimos el texto de M. Fernández-Galiano, ópseōn, y no el ópsōn de Oxford.

7 Adoptamos la variante de M. Fernández-Galiano, amýnontes, y no el synóntes de Marchant.

8 Encuentro, symbolḗ, es la lectura de M. Fernández-Galiano; Boulé «decisión», la de Marchant.

9 Nótese que el término philía «amistad» lo aplica también al amor conyugal y familiar de padres e hijos, etc.

10 Se ve que la guerra civil latente, como dice M. Fernández-Galiano, entre dueños y esclavos no era exclusiva de Lacedemonia. Recuérdese el enfrentamiento casi constante de los hilotas contra los espartiatas. Cf., asimismo, el párrafo 10, 4.

11 Eran famosas, en Atenas, las de los tiranicidas Harmodio y Aristogitón. Véase, también, Helénicas VI 4, 32, en el caso de los siete jóvenes asesinos de Jasón.

12 Higgins señala que el miedo de Hierón es fingido, pues su afirmación está llena de artificios retóricos: equilibrio de opuestos, anáfora constante, ingeniosa variatio en el último miembro.

13 Debe verse, quizás, una gota de ironía en esta frase.

14 Sobre esta aseveración, que choca en una primera lectura, M. Fernández-Galiano, dice que «el honor, para un griego, es algo típico y exclusivo de la virilidad». Cf., también, Ciropedia I 6, 25.

15 Sin duda, se refiere a atenciones especiales en el momento de proceder al reparto de la víctima entre los participantes, despues del sacrificio propiamente dicho.

16 Cf. 1, 29 y ss.

17 Corego es el que corre con los gastos de las representaciones escénicas y el que, lógicamente, recibe los premios que pueda ganar el grupo que prepara. La coregía es una de las leitourgíai o prestaciones públicas.

18 El término usado es un laconismo, mórai.

19 Recogemos la nota de M. Fernández-Galiano sobre esta frase, que convierte a Jenofonte en un precursor de los concursos agrícolas que se organizan en nuestros días.

20 Cf. n. 10.

21 Píndaro y Baquílides, sobrino de Simónides, cantaron los triunfos de Hierón en los Juegos Olímpicos y Píticos.

22 Hay una laguna en los mss.

AGESILAO


INTRODUCCIÓN

La obra es un encomio (o elogio) con dos partes bien diferenciadas: la primera, capítulos 1 y 2, resume brevemente la vida del rey Agesilao y sus intervenciones más importantes; la segunda, capítulos 3 al 9, exalta sus virtudes principales. El capítulo 10 se puede considerar como un epílogo y el 11 es, en realidad, un compendio o sumario de los siete capítulos dedicados a las diferentes virtudes.

El orden seguido en su exposición es el que marca el género de la obra, es decir, el habitual en los encomios. Así, empieza alabando la nobleza de sangre de Agesilao, que desciende de una dinastía de reyes que reinan en la ciudad más importante de Grecia y cuyas raíces arrancan del mítico Heracles. De este modo, el elogio es doble en una conjunción perfecta entre individuo y pólis.

Aunque repasa la vida entera del rey, se extiende más en la campaña de Asia, cuya realización por sí sola es ya un elogio para Agesilao por ser el primero que combate al persa de un modo permanente en su propio suelo, en el continente asiático, replicando a la actuación inversa de los reyes persas en el siglo anterior. Termina con su intervención en Egipto, que tiene la misma justificación: la lucha contra el bárbaro.

Entre aquel principio y este fin, los hechos históricos tratados son sus combates con Tisafernes, Titraustes y Farnabazo en el capítulo 1; en el 2, el viaje de regreso, llamado por Esparta, con la batalla de Coronea, y las expediciones contra Argos, Corinto, Acarnania, Fliunte y Tebas. Se pasa por alto Leuctra, de cuya derrota queda al margen Agesilao, y se elogia su valor en la expedición contra Tegea que reanima a los abatidos espartanos, así como la defensa de la ciudad de Esparta atacada por los beocios y sus aliados. Asimismo, no olvida Jenofonte su actividad pacífica como embajador cuando los años ya no le permitían ir al frente de sus tropas, cargadas también de trofeos.

Luego se ocupa de las virtudes del rey por este orden: piedad, justicia, templanza, valor, sabiduría, patriotismo, amabilidad, dignidad y sencillez frente a la ostentación del rey persa (caps. 3-9); en fin, un modelo de virtud que justifica el encomio (cap. 10). Sigue una recapitulación que recoge las manifestaciones más importantes de su virtud.

Como broche final del encomio, resalta la célebre frase: «Pasó su vida sirviendo… perfectamente a su patria… incluso ya muerto», que, en este caso, no tiene nada de tópica ya que responde al hecho histórico referido al final de la primera parte. (Obsérvese, por cierto, la terminación idéntica de ambas.)

Vemos en esta exposición dos niveles1 bien diferenciados: el cronológico o temporal y el atemporal o emblemático.

Fuentes de la obra

Marchant-Bowersock2 nos recuerdan la influencia del Evágoras de Isócrates en el Agesilao o, mejor dicho, que la primera parte o hechos del rey se inspira en la obra isocratea que, al parecer, es el primer encomio en prosa. La segunda parte o enumeración de las virtudes de Agesilao, que no tiene correspondencia en el Evágoras, en la enumeración sigue el mismo orden que el Banquete de Platón (196a y ss.), orden que, a su vez, procede de Gorgias. La misma posición encontramos al final de los Memorables, aunque aquí se añaden otras virtudes que no están en la lista del Banquete y Memorables.

El capítulo 10 es un epílogo y el 11 un sumario o recapitulación de parte de lo anterior, como hemos dicho. El sumario es un recurso introducido por Córax y consolidado por el Palamedes de Gorgias. Algunos autores toman también por sumario los fragmentos conservados del Epitafio u oración fúnebre de este mismo sofista. Isócrates lo utilizó en la Antídosis. Asimismo, Marchant defiende la autenticidad de este sumario influido a su vez por el Evágoras.

La originalidad del Agesilao está en la separación entre los hechos o hazañas y las virtudes, es decir, en las dos partes distintas de que hemos hablado. En la primera parte, la influencia es de Isócrates; en la segunda, de Gorgias.

Si se cotejan las Helénicas y el Agesilao, se ve que coinciden, en gran parte, en lo que atañe a los hechos históricos. Se ha observado que Jenofonte omite en el encomio ciertos detalles que pueden perjudicar a Agesilao, como la cojera del rey, a la que alude en las Helénicas al relatar su elección, y es lógico, pues no podemos pedirle imparcialidad a un encomio. Además, Jenofonte era amigo de Agesilao, lo acompañó después de la expedición de Ciro el Joven y, con él, luchó en Coronea. La recompensa por esta colaboración fue la finca de Escilunte.

Mas la cuestión no es tan sencilla. También omite en el Agesilao la escena de la pradera con motivo de la entrevista con Farnabazo, que le venía como anillo al dedo para realzar su sencillez frente a la ostentación de los persas (cf. Helén. IV 1, 29 y ss.).

Si leemos la vida de Agesilao en las Vidas Paralelas de Plutarco, encontramos naturalmente una posición distinta, sin la omisión de los rasgos negativos, como que fue pequeño y de figura poco agradable, lo que compensó con su buen humor. Incluso cuenta la anécdota de que multaron a su padre por haberse casado con una mujer muy pequeña «porque, decían, no nos darás reyes sino reyezuelos» (cap. 2). Le critica, asimismo el nombramiento, como jefe de la flota, de su cuñado Pisandro, que no tenía capacidad para el cargo (cap. 10). Añade que era violento y terco, y aferrado a la guerra; que socavaba la paz general y molestaba a los amigos (cap. 35). Al hablar de su intervención en Egipto, dice que se desacreditó aún más sirviendo al rebelde Taco (cap. 36), al que luego traiciona pasándose al bando de Nectanabis (cap. 37). En la «comparación de Agesilao y Pompeyo I», censura las trampas que empleó para acceder al trono; el mal trato que dio a su amigo Lisandro, que le había ayudado a conseguir la corona y era su antiguo amante; y, para terminar, lo considera el principal culpable de la guerra de Beocia.

La resonancia de este encomio en los autores latinos (Cicerón, Pro lege Manilla, y Nepote) fue grande, igual que en la Segunda Sofística, precisamente por el buen uso que hace de los recursos retóricos3. Dionisio de Halicarnaso lo toma como modelo de encomio, y sus huellas se siguen en el Agrícola de Tácito, en el Panegírico de Plinio el Joven, en las Vidas Paralelas de Plutarco, en Amiano Marcelino, etc. F. Leo y A. Momigliano se han preocupado, especialmente, del estudio de esta influencia del Agesilao en los biógrafos posteriores, en Livio y en el retrato en general.

En el Renacimiento es una de las obras que suscitan más interés, como el Hierón, y por la misma razón que aducíamos en la Introducción.

Cronología

Por los últimos acontecimientos que refiere, como la expedición a Egipto y la muerte de Agesilao, el encomio no puede ser anterior al año 360 a. C. Precisamente, ésa es la fecha que da E. Schwartz4.

Para la cronología relativa entre el Agesilao y las Helénicas, sobre todo los capítulos III-V, que se corresponden con los hechos narrados en el encomio, véase lo que dijimos en la Introducción de las Helénicas de esta misma colección. De todos modos, recordemos que la opinión general es que la obra histórica es anterior al Agesilao.

Traducciones

En español podemos enorgullecernos de la traducción llevada a cabo por Diego Gracián de Alderete, editada en Salamanca en 1552, junto con las demás obras de Jenofonte (primera parte: Ciropedia; segunda parte: Anábasis, y, en la tercera parte, las obras menores siguientes: Del oficio y cargo del capitán general de los de a caballo y de lo que se requiere en el caudillo; Del arte militar de caballería, y de los caballos, y de las partes que ha de tener el buen caballero para la guerra; De los loores y proezas de Agesilao, rey de los lacedemonios; De la república y gobernación de los lacedemonios; De la caza y montería, cuyo ejercicio es necesario para la guerra). De las incluidas en nuestro volumen faltan, pues, las traducciones del Hierón, Los ingresos públicos o las rentas y La República de los atenienses. Menéndez Pelayo, en «Biblioteca de Traductores Españoles» (4 vols., Madrid, 1952-53), II, pág. 191, dice: «El Xenophonte de Gracián disfruta de merecida fama, y es, con el Heródoto del P. Pou, lo mejor que en punto a traducciones de prosistas griegos posee nuestra lengua. Su estilo es claro, sencillo, puro y exento de toda afectación…». Como ya se sabe, en el año 1781 fue revisada y reeditada con el texto griego esta obra de Gracián por Casimiro Flórez Canseco, en Madrid.

De nuestros días es la versión de F. P. Samaranch, en Biógrafos griegos, Madrid, 1964, muy influida por la traducción inglesa de Marchant-Bowersock, de la colección «Loeb Classical Library». Del año siguiente, 1965, es la de Juan B. Xuriguera, en la colección «Obras Maestras» de la Editorial Iberia, que comprende, además de la Vida de Agesilao y de la Anábasis, otras obras menores como La República de Esparta, La República de Atenas, en el volumen primero, y en el segundo, Las rentas del Ática, precedida de Las Helénicas.

Son traducciones que hay que leer con cierta reserva, pues su fidelidad al texto original falla a veces. Recuérdese también lo que dijimos en la traducción de Las Helénicas.

En catalán hay también una traducción relativamente reciente, de 1967, por Teresa Sempere, en la colección «Fundación Bernat Metge».

Texto adoptado

El texto adoptado es el de E. C. Marchant, en los «Oxford Classical Texts» (1920), con las variantes introducidas después para la edición, aquí citada como de marchant-Bowersock (1968 [= 1925]), de la «Loeb Classical Library».

Como en estos opuscula seguimos generalmente el texto de Oxford, nos parece conveniente indicar aquí los pasajes más importantes con lectura diferente:


BIBLIOGRAFÍA
EDICIONES PRINCIPALES:

J. REUCHLIN, Agesilao, Florencia, 1520. (Completa, con Las rentas, de 1525, la edición de F. GIUNTA, Xenophontis Opera Omnia, Florencia, 1516.)

F. RÜHL, Xen. Scripta minora, 2.a ed., Leipzig, 1912.

TRADUCCIONES:

DIEGO GRACIÁN DE ALDERETE, Las obras de Xenophon, trasladadas de Griego en Castellano por el Secretario Diego Gracián, divididas en tres partes, dirigidas al Serenísimo Príncipe don Philippe nuestro señor. Lo que cada parte en particular contiene, se verá desta otra parte en esta mesma hoja. Con privilegio para los Reynos de Castilla y Aragón, Salamanca, 1552.

A. Ranz Romanillos y otros, Biógrafos griegos, Madrid, 1964 (Agesilao, trad. por F. DE P. SAMARANCH).

JUAN B. XURIGUERA, Jenofonte, Historia griega. Vida de Agesilao, Anábasis o La retirada de los diez mil, La República de Esparta, La República de Atenas, Las Helénicas, Las rentas del Ática, I-II (Obras Maestras), Barcelona, 1965.

ESTUDIOS GENERALES:

A. MOMIGLIANO, «L’egemonia tebana in Senof. e in Eforo», Atene e Roma 37 (1935), 101 y sigs.

Véase, además, la bibliografía citada en el Hierón relacionada también con el Agesilao.


1 Cf. W. E. HIGGINS, Xenophon the Athenian. The problem of the Individual and the Society of the Polis, Albany, 1977, pág. 80.

2 E. C. MARCHANT, G. W. BOWERSOCK, Xen. VII. Scripta minora (Loeb), Londres-Cambridge-Massachusetts, 1968, págs. XIX y sigs.

3 Ibid., págs. IX y sigs.

4 HIGGINS, Xen. the Athenian…, pág. 131.


Sé que no es fácil escribir el elogio que merece la [1] virtud y fama de Agesilao, pero sin embargo se ha de intentar, pues no estaría bien que por ser un varón cabal no tuviera, al menos, la suerte de conseguir elogios mucho más modestos.

Realmente, sobre su nobleza, ¿qué elogio mayor y [2] más bello se podría decir que el que aún hoy se recuerde que fue el número tal a partir de Heracles, uno de sus ilustres antepasados, y que éstos no fueron simples particulares sino reyes decendientes de reyes1? Y ni [3] siquiera se le puede reprochar a su nobleza el que realmente sean reyes, pero reyes de una ciudad cualquiera; al contrario, así como su familia es la más estimada de su patria, también su ciudad es la más famosa de la Hélade; de modo que no son primeros entre segundones sino guías de guías.

Por esta fama particular y por la común, su patria [4] y su linaje son dignos de elogio. Efectivamente, su ciudad nunca intentó abolir su poder por recelo de los honores presentes que recibían, y ellos, los reyes, nunca tuvieron mayores aspiraciones que aquellas que recibieron con la corona. En verdad, ningún otro régimen democrático ni oligárquico ni tiránico ni monárquico se ha visto perdurar sin división. Únicamente permanece [5] incólume esa corona2 Existen las siguientes pruebas de que Agesilao era digno del trono antes de acceder al poder. En efecto, tras la muerte del que era rey, Agis, se disputaron la corona Leotíquidas, por ser hijo de Agis, y Agesilao, por serlo de Arquidamo3, pero la ciudad consideró que Agesilao era preferible, por su linaje y virtud, y lo erigió rey. Y si fue considerado por los mejores digno del cargo más hermoso en la ciudad más poderosa, ¿qué clase de pruebas de su virtud, en el período anterior a la toma del mando, se necesitan aún?

[6] En consecuencia, voy a explicar ya lo que realizó durante su reinado, pues pienso que a partir de sus obras se hará evidente la nobleza de sus sentimientos. Realmente, Agesilao consiguió la corona cuando aún era joven4 y, apenas ascendido al cargo, se anunció que el rey de los persas estaba reuniendo una flota y un gran ejército de tierra, al parecer para luchar contra los [7] griegos. Cuando los lacedemonios y sus aliados deliberaban sobre estos hechos, Agesilao prometió que, si le daban treinta espartiatas, dos mil neodamodes5 y un contingente de seis mil aliados aproximadamente, pasaría a Asia (Menor)6 e intentaría hacer la paz; o bien, si el bárbaro7 prefería la guerra, le causaría problemas en su expedición contra los helenos. Como el persa [8] había invadido antes la Hélade, muchos le admiraron entonces porque deseaba hacer eso mismo, invadir a su vez su país, ya que era mejor combatirlo atacando, que resistiendo, y era preferible gastar en la guerra los recursos de aquella zona antes que los recursos de los griegos; y, especialmente, lo que se consideró más acertado de todo ello fue que se celebrara el combate en Asia (Menor), y no en la Hélade.

Después de hacerse a la mar con la expedición8, [9] ¿cómo se podría exponer de un modo más claro la forma en que dirigió la campaña, que contando precisamente lo que hizo? Pues bien, he aquí su primera gestión [10] en Asia: Tisafernes juró a Agesilao que, si se hacía una tregua hasta que llegasen los mensajeros que había enviado ante el rey, trataría de conseguirle que se dejaran autónomas las ciudades griegas de Asia; Agesilao juró, a cambio, mantener las treguas sin dolo, fijando para ello un plazo de tres meses. Pero Tisafernes quebrantó [11] pronto lo que juró; pues, en lugar de hacer la paz, logró que se le enviara un ejército numeroso de parte del rey, además del que tenía antes. Agesilao, en cambio, aunque se daba cuenta de ello, permaneció fiel a los pactos. En verdad, me parece que ese fue [12] el primer gesto noble que realizó, y consiguió que Tisafernes apareciera bien a las claras ante todos como perjuro e infiel, en tanto que él mismo se mostró, primero, como firme cumplidor de los juramentos y consiguió después, por no quebrantar los convenios, que todos, helenos y bárbaros, se pusieran con decisión de su lado cada vez que quería. Y cuando Tisafernes, envalentonado [13] con el ejército que había llegado del interior, amenazó a Agesilao con la guerra si no se retiraba de Asia (Menor), los aliados y los lacedemonios presentes manifestaron claramente su descontento, pues pensaban que la fuerza actual de Agesilao era inferior a la dotación del rey. Pero Agesilao, con la sonrisa en el rostro, ordenó a los embajadores que comunicaran a Tisafernes el gran favor que le debía porque con su perjurio, él acababa de ganarse a los dioses como enemigos y los había hecho aliados de los helenos.

[14] Después de esto, anunció inmediatamente a los soldados que se preparasen para una expedición, y ordenó a las ciudades por las que necesariamente iba a pasar en su marcha contra Caria que abasteciesen su mercado. Mandó también a jonios, eolios y helespuntios que le enviasen a Éfeso los soldados que iban a unirse a su expedición.

[15] Tisafernes, como Agesilao no tenía caballería, y Caria no era tierra de caballos, y creía, además que estaba enojado con él por haberle engañado, pensando que realmente se lanzaría sobre sus posesiones de Caria, mandó pasar allí a toda su infantería y llevó la caballería a la llanura del Meandro9, en la idea de que podría aplastar a los griegos con su caballería antes de que [16] llegaran a las zonas inaccesibles a ella. Pero Agesilao, en lugar de ir a Caria, dio la vuelta y marchó inmediatamente sobre Frigia. Avanzaba sumando todas las fuerzas que encontraba a su paso; sometía las ciudades y se apoderaba de muchísimas riquezas atacando de improviso. [17] Así pues, se consideró que había realizado esta campaña con mucha habilidad militar, porque, una vez que se declaró la guerra y, por ello, el engaño se tornó pío y justo, dejó a Tisafernes como un niño en las artes del engaño y se tuvo entonces como prudente que enriqueciera a los amigos con su astucia, pues como se vendían [18] todos los bienes casi regalados por ser muchas las riquezas capturadas, ordenó a los amigos que las compraran diciéndoles que muy pronto vendría con su ejército a la costa. Luego mandó entregar las riquezas a los vendedores del botín10 anotando el precio de compra. De modo que, sin adelantar nada ni perjudicar el interés público, todos sus amigos recibieron muchísimo dinero. Por otro lado, cada vez que los desertores decidían [19] pasar información sobre los tesoros que se enviaban al rey, cuidaba también de que sus amigos los capturaran para que se enriquecieran al mismo tiempo que se hacían famosos. Por eso, pronto logró que muchos desearan su amistad.

Como sabía que una región saqueada y desierta no [20] podía sustentar un ejército mucho tiempo, mientras que la habitada proporciona constantemente alimento si se cultiva, no sólo procuraba someter por la fuerza a los contrarios sino también captárselos con su mansedumbre. Muchas veces advertía a los soldados que no los [21] castigaran como si fueran malvados, sino que los vigilaran como hombres que eran; y frecuentemente, cuando cambiaba de campamento, si veía abandonados a niños muy pequeños de los mercaderes, que muchos vendían con el pretexto de que no podían llevarlos consigo y mantenerlos, cuidaba de que fueran recogidos en sitios determinados11. A su vez, ordenaba cuidar a los prisioneros [22] ancianos, que eran abandonados a causa de su vejez, para que no fueran presa de perros y lobos. De modo que no sólo los que conocían ese proceder, sino incluso los mismos prisioneros, lo miraban con simpatía. Excluía de todas las ciudades que ganaba para su bando los servicios que los esclavos deben a sus dueños, pero exigía la obediencia que los libres deben a sus gobernantes. También sometió con su humanidad murallas inexpugnables por la fuerza.

[23] Por otro lado, después de no conseguir acampar en la llanura por impedírselo la caballería de Farnabazo, decidió dotarse de una propia de modo que no tuviera que huir12 luchando. Así preparó un catálogo de los hombres más ricos de las ciudades de aquella zona en [24] la cría de caballos. Y dispuso que quien presentara caballo, armas y el jinete adecuado se le permitiría no participar en la campaña. De esta manera consiguió que cada uno lo pusiera en práctica con gusto, como si buscase con afán a la persona que fuese a morir en su lugar. También dio órdenes a las ciudades que debían preparar jinetes, con la intención de que con prontitud se formaran criadores de caballos, personas llenas de orgullo obsesionadas con la hípica. En la realidad vio que lo conseguía admirablemente, porque se prepararon contingentes de caballería y pronto se logró un cuerpo fuerte y activo.

[25] Después que empezó a despuntar la primavera13, concentró todo el ejército en Éfeso. Como quería ejercitarlo, propuso premios para los escuadrones de caballería que mejor montaran y los hoplitas que tuvieran mejor preparación física. También propuso premios para los peltastas y arqueros que se considerasen los mejores en las actividades correspondientes. Con este entrenamiento se podían ver los gimnasios abarrotados de hombres que se ejercitaban, el hipódromo lleno de jinetes a caballo montando y a los lanzadores de jabalina y a los arqueros, tirando al blanco. Convirtió la ciudad [26] entera, en la que estaba, en un espectáculo digno de verse. Efectivamente, la plaza estaba abarrotada de todo tipo de armas y de caballos en venta y todos los caldereros, carpinteros, herreros, zapateros y pintores preparaban armas, de modo que habrías creído que realmente la ciudad era un taller de guerra14. Se confortaba [27] uno al ver aquel espectáculo, primero a Agesilao, y luego, a los demás soldados coronados que iban, desde los gimnasios a sus lugares, ofrendando las coronas a Ártemis. Pues donde los hombres veneran sinceramente a los dioses, se ejercitan en la guerra y se preocupan de la disciplina ¿cómo no va a ser lógico que allí todo esté lleno de grandes esperanzas?

Como sabía también que el desprecio por los enemigos [28] infunde cierta confianza en el combate, ordenó a los heraldos que los bárbaros apresados por los piratas se pusieran en venta desnudos. Y así, los soldados, al verlos descoloridos, porque nunca se desvestían para ejercitarse, y gordos y flojos, porque siempre andaban en vehículos, pensaron que la guerra no era diferente en absoluto de un combate que hubiera que sostener contra mujeres. Asimismo, advirtió a los soldados que los conduciría inmediatamente por el camino más corto contra los lugares más próperos de la comarca, para que allí mismo preparasen su cuerpo y mente para la lucha. Tisafernes, en realidad, pensó que decía eso porque [29] quería engañarlo otra vez, pero que ahora atacaría de verdad Caria. En consecuencia, hizo pasar el ejército de tierra a Caria, como antes, y desplegó la caballería en la llanura del Meandro. Pero Agesilao no mintió y, según lo anunciado, avanzó inmediatamente hacia la zona de Sardes y, caminando durante tres días por zonas libres de enemigos, consiguió muchas provisiones para su ejército; pero al cuarto día llegaron los jinetes enemigos. [30] El jefe dijo al que mandaba la sección de bagajes que cruzase el río Pactolo y acampase, mas al ver a los acompañantes de los griegos dispersos en busca de saqueo, mataron a muchos de ellos. Al darse cuenta Agesilao, ordenó a su caballería acudir en su ayuda. Los persas, cuando vieron las tropas de socorro, se concentraron y formaron en frente con numerosísimos escuadrones [31] de caballería. Entonces, Agesilao, que sabía que la infantería enemiga aún no estaba allí y que, en cambio, a él no le faltaba ninguna de sus efectivos, consideró oportuno trabar combate si era posible.

Así, tras hacer el sacrificio, llevó inmediatamente su formación contra los jinetes que estaban formados en frente, ordenó a las diez clases más jóvenes de los hoplitas avanzar a la carrera contra ellos, mandó a los peltastas marchar delante corriendo, y anunció también a los jinetes que atacaran y que él con todo su ejército [32] los apoyaría. Los mejores de los persas resistieron a los jinetes; mas, cuando el conjunto de todas las fuerzas se presentó ante ellos, cedieron pronto y algunos cayeron al río y otros huyeron. Los griegos los persiguen y toman incluso su campamento. Los «peltastas», como es lógico, se entregaron al saqueo. Agesilao colocó todas las fuerzas, amigas y enemigas en círculo y acampó alrededor de ellas.

[33] Cuando oyó que los enemigos andaban revueltos por las acusaciones mutuas sobre lo sucedido, inmediatamente marchó a Sardes. Y allí, al mismo tiempo que incendiaba y saqueaba los alrededores de la ciudad, pregonaba por medio de sus heraldos que se presentasen ante él como aliados los que reclamaban la libertad; pero que se presentasen con las armas cuantos creían que [34] Asia era de su propiedad. Y como nadie salió a enfrentarse, prosiguió ya su campaña sin ningún temor; al contrario, viendo a los griegos, que antes eran obligados a arrodillarse15, honrados por aquellos por quienes se consideraban oprimidos, y en cuanto a los que se consideraban dignos de recibir honores hasta divinos, haciendo que éstos no pudiesen ni siquiera mirar de frente a los griegos; y dejando, en fin, la zona aliada libre de saqueos, y la de los enemigos, en cambio, tan esquilmada, que en dos años ofreció como diezmo al dios de Delfos más de cien talentos.

Por otra parte, el rey persa, como creyó que Tisafernes [35] era el culpable de la mala situación de su territorio, envió a Titraustes y le cortó la cabeza. Después de este hecho, las fuerzas de los bárbaros quedaron más postradas aún y mucho más reforzadas las de Agesilao. Efectivamente, le enviaban embajadas de todos los pueblos buscando alianzas; muchos, incluso, se pasaron a él porque ansiaban la libertad. De modo que Agesilao era ya el jefe no sólo de los griegos sino también de muchos bárbaros.

Asimismo, es digno de admiración sobrehumana desde [36] entonces; pues, aunque mandaba en multitud de ciudades del continente, aunque mandaba en algunas islas, desde que su ciudad le añadió la flota, aunque crecía en fama y poder y le era posible emplear muchos y valientes soldados como quisiera, y lo que es más importante que eso: aunque planeaba y esperaba destruir el imperio que había luchado antes contra la Hélade16, sin embargo, no se dejó dominar por nada de esto, sino que cuando le llegó de las autoridades de su patria la orden de acudir en su ayuda, obedeció a la ciudad no de otra forma a como si estuviera casualmente él sólo ante los cinco éforos en el local de reuniones17; dejando muy claro que no aceptaría ni toda la tierra en lugar de su patria, ni los nuevos amigos en lugar de los antiguos, ni ganancias indignas y sin riesgo antes que las honestas y justas aunque vayan acompañadas de peligros.

[37] Durante todo el tiempo que permaneció en el poder, ¿cómo no iba a demostrar que su conducta era propia de un rey digno de alabanza, quien, cuando se encargó de las ciudades sobre las que iba a mandar —que estaban todas revueltas por cambios en los regímenes políticos después que los atenienses dejaron su imperio—, se embarcó y actuó de modo que sin destierros y muertes, mientras él estuvo presente, permanecieron las ciudades [38] gobernadas con harmonía y prosperidad? Por ello, los griegos de Asia (Menor) se apenaron cuando marchó porque lo consideraban no sólo su jefe sino también su padre y compañero. Y, al final, probaron que no ofrecían una amistad fingida, pues algunos vinieron voluntariamente con él en ayuda de Lacedemonia, y eso, sabiendo que sería preciso combatir contra hombres no inferiores a ellos mismos. Ése fue, pues, el fin de sus actividades en Asia.

[2] Después de atravesar el Helesponto, pasó por los mismos pueblos por los que había pasado el persa con multitud de tropas, y el trayecto que recorrió el bárbaro en un año, ese mismo lo realizó Agesilao en menos de un mes18, pues estaba totalmente decidido a no llegar [2] tarde en socorro de su patria. Cuando dejó Macedonia, llegó a Tesalia, y los lariseos, crannonios, escotuseos y farsalios, que eran aliados de los beocios, y todos los tesalios, en general, salvo aquellos que se encontraban entonces en el destierro, le perseguían y molestaban. Hasta entonces, él llevaba el ejército en cuadro19 con la mitad de los jinetes a vanguardia y la otra mitad a retaguardia; pero cuando los tesalios le impidieron la marcha acosando a su retaguardia, manda a la cola al cuerpo de caballería que iba en cabeza, excepto los de su guardia personal. Cuando formaron en frente unos [3] de otros, los tesalios, pensando que no era un buen lugar para luchar la caballería contra los hoplitas, se volvieron lentamente y los demás los siguieron con cautela. Agesilao se dio cuenta de los fallos de ambos y manda a los valerosos jinetes de su escolta y ordena también comunicar a los demás que los persigan con brío y no les dejen ya dar la vuelta. Los tesalios, cuando los vieron avanzar sin esperarlo, algunos de ellos ni siquiera se volvieron y otros que intentaron dar la vuelta, como tenían la caballería de costado, fueron cogidos prisioneros. Sin embargo, el jefe de la caballería, el farsalio [4] Policarmo, se volvió y murió luchando con los de su escolta. Al ocurrir esta muerte, se produjo una fuga precipitada, y, en consecuencia, algunos fueron muertos y otros apresados vivos, pues no se detuvieron hasta que llegaron al monte Nartacio. Y, por fin, entonces [5] Agesilao erigió un trofeo entre el Prante y el Nartacio y se quedó allí muy contento con la hazaña, ya que había vencido a enemigos que se jactaban de su caballería con la suya improvisada.

Al día siguiente, después de pasar los montes aqueos de Ftía20, empleó todo el resto del día en la marcha hasta la frontera de Beocia por tierras amigas. Allí se [6] encontró de frente con las formaciones de tebanos, atenienses, argivos, corintios, enianes, eubeos y locros21 de ambos lados; mas no dudó, sino que formó también en frente, en un lugar bien visible, con una sección y media de lacedemonios, de los aliados de aquella zona con solamente focenses y orcomenios, y con el resto del [7] ejército que había traído consigo. Y no voy a decir que, teniendo muchos menos y muy inferiores, a pesar de eso, atacó, pues si lo dijera, presentaría a Agesilao como un insensato y a mí mismo como un tonto por elogiar al que se expone con ligereza a los mayores peligros, sino que admiro mucho más en él lo siguiente: que se preparó un número en nada inferior al de los enemigos y lo equipó de tal manera que parecía todo [8] bronce y todo púrpura. Se preocupó de que los soldados estuvieran en disposición de soportar las fatigas; llenó también sus almas de valor para que fueran capaces de luchar contra quienes hiciera falta; infundió, además, emulación en los que le acompañaban para que cada uno se mostrara como el mejor; los llenó también a todos con la esperanza de que obtendrían muchos bienes, si eran valientes, pues pensaba que hombres de tales sentimientos combaten decididamente contra los enemigos. [9] Y, en verdad, no se equivocó.

Pero voy a describir la batalla22. Realmente fue cual ninguna otra de nuestra época. Se reunieron en la llanura de Coronea, los de Agesilao, del lado del Cefiso, y los de los tebanos, del lado del Helicón. Se veían muy iguales ambas formaciones; la caballería era también casi igual en número. Agesilao ocupaba el ala derecha de su ejército; los orcomenios eran los últimos de su ala izquierda. A su vez, los tebanos estaban a la [10] derecha y los argivos ocupaban su ala izquierda. Ambos venían al encuentro en medio de un silencio total. Y cuando distaban entre sí casi un estadio, dando los tebanos el alalá23, se lanzaron juntos a la carrera. Cuando aún quedaban por medio unos tres pletros24, salieron a su encuentro, de la formación de Agesilao, los soldados que mandaba Herípidas (eran éstos unos poeos [11] de su patria que hicieron la campaña con él y, además, algunos de la expedición de Ciro25), y a continuación los jonios, eolios y helespuntios. Todos éstos fueron los que atacaron juntos a la carrera y, al llegar a tiro de lanza, hicieron retroceder a los de su lado. Mas los argivos no resistieron a los de Agesilao, sino que huyeron al Helicón. Entonces, algunos extranjeros iban ya a coronar a Agesilao, cuando uno le anunció que hay tebanos entre los del bagaje y que han dividio en dos grupos a los orcomenios. Inmediatamente, él desplegó la formación y los llevó contra ellos. A su vez, los tebanos, cuando vieron a los aliados que habían huido al Helicón, avanzaron con decisión, pues querían abrirse paso por medio hacia los suyos. Entonces se puede calificar [12] sin ambigüedades a Agesilao de valiente, pero, en cambio, no tomó la decisión más segura. En efecto, aunque podía dejarles que se abriesen paso, seguirlos después y someter a la retaguardia, no lo hizo, sino que irrumpió de frente contra los tebanos y, una vez entrechocados los escudos, se acosaban, luchaban, mataban y morían. No había estruendo ni silencio realmente, sino el propio de la saña del combate. Por fin, algunos tebanos escaparon hacia el Helicón, y muchos murieron en la retirada.

[13] Después que la victoria se inclinó a favor de Agesilao y éste fue llevado herido junto a su formación, se le acercaron algunos jinetes para decirle que había dentro del templo ochenta soldados enemigos armados y le preguntaron qué se debía hacer. Aunque tenía muchas heridas por todo el cuerpo y de toda clase de armas, sin embargo no se olvidó del precepto divino, y ordenó que les dejaran marchar a donde quisieran y no permitió que los molestaran e, incluso, mandó a los jinetes de su escolta que los acompañaran hasta que estuvieran a salvo26.

[14] Al término del combate, se podía ver la tierra donde se enfrentaron empapada en sangre, cadáveres de amigos y enemigos que yacían unos junto a otros, escudos destrozados, lanzas rotas, puñales sin sus vainas: unos en el suelo, otros en los cadáveres, otros aún en [15] las manos. Entonces (pues ya era muy tarde), tras arrastrar los cadáveres del enemigo al interior de la formación, cenaron y se acostaron. Muy temprano ordenó al polemarco27 Gilis formar el ejército y erigir un trofeo28 y a todos los soldados ofrecer coronas al dios29 y a los [16] flautistas tocar la flauta. Ellos hacían esto. Los tebanos, en cambio, enviaron un heraldo para pedir una tregua y enterrar los cadáveres; entonces se pactaron las treguas y Agesilao se retiró a su patria, ya que prefería mandar y ser mandado en ella cumpliendo las leyes de su patria a ser el más importante en Asia (Menor).

Después de este hecho, hizo una expedición contra [17] los argivos cuando estaban recogiendo sus frutos porque se habían anexionado Corinto y habían iniciado la guerra muy alegremente; y, saqueada toda la región, al punto pasó desde allí, por un desfiladero, hacia Corinto, derriba la muralla que se extiende sobre el Lequeo y, una vez abiertas las puertas del Peloponeso, regresó a su patria para asistir a las Jacintias30. Allí participó en la composición de un peán31 en honor del dios, que le había encargado el director de un coro.

Más tarde se enteró de que los corintios guardaban [18] todo el ganado en el Pireo y que cultivaban y recolectaban toda la zona del puerto y, lo que consideraba más importante, que los beocios, partiendo de Creusis, por esa zona, ayudaban fácilmente a los corintios.

Emprendió, pues, una expedición contra el Pireo; pero, al ver que estaba defendido por muchos y que la ciudad cedería antes trasladó el campamento a la villa después del almuerzo. Informado de que por la noche [19] habían acudido en socorro de la ciudad con todas las fuerzas del Pireo, volvió por sorpresa al amanecer y tomó el Pireo que se hallaba sin vigilancia, se apoderó de todo lo que había dentro y, además, de la muralla que se había levantado. Una vez hecho esto, se retiró a su patria.

[20] Mas como los aqueos estaban ansiosos por concluir una alianza común y exigían que hicieran con ellos una campaña a Acarnania***32 y atacando los acarnanios en unos desfiladeros, [con las tropas ligeras] tomando previamente las alturas que estaban sobre ellos trabó combate y, después de dar muerte a muchos de ellos, erigió un trofeo y no paró hasta hacer a los acarnanios, [21] atolios y argivos amigos y aliados de los aqueos. Cuando los enemigos enviaron embajadores porque deseaban la paz33, Agesilao se opuso a ella hasta forzar a las ciudades a que acogieran en sus patrias a los corintios y tebanos desterrados por ser partidarios de los lacedemonios. Más tarde consiguió, a su vez, que regresasen los fliasios desterrados por la misma causa, emprendiendo una campaña contra Fliunte. Sin duda habrá razones para criticar estos hechos, pero es evidente que fueron realizados por simpatía con sus partidarios.

[22] Cuando los contrarios condenaron a muerte a los lacedemonios que se hallaban en Tebas, también emprendió una campaña contra ella para socorrerlos34. Encontrando toda la zona protegida con fosos y empalizadas, pasó Cinoscéfalas y saqueó la comarca hasta la capital, dispuesto a luchar contra los tebanos donde quisieran, tanto en la llanura como en el monte. Al año siguiente salió de nuevo con otra expedición contra Tebas y, después de pasar las empalizadas y fosos de Escolo, saqueó el resto de Beocia.

[23] Tanto él como la ciudad fueron afortunados en los hechos ocurridos hasta este momento. Mas cuantos fracasos sobrevinieron después, nadie puede asegurar que se debieran a que Agesilao detentaba el liderazgo. En cambio, tras el desastre de Leuctra35, cuando sus rivales junto con los mantineos, unidos ya todos los beodos, arcadios y eleos, dieron muerte a sus amigos de Tegea y a los extranjeros, emprendió una expedición con sólo las fuerzas lacedemonias, precisamente en un momento en que muchos pensaban que los lacedemonios no podrían salir ni siquiera de su país por mucho tiempo. Después de saquear la comarca de los asesinos de sus amigos, entonces se retiró de nuevo a su patria.

Más tarde emprendieron una expedición conjunta36 [24] contra Lacedemón los arcadios, argivos, eleos y beocios, y con ellos, los focenses, los locros, de ambos lados, tesalios, enianes, acarnanios y eubeos; además, habían desertado los esclavos y muchas ciudades vecinas de los alrededores; de los propios espartiatas no eran menos los que habían perecido en Leuctra, que los que quedaban y, sin embargo, defendió la ciudad a pesar de que estaba sin murallas, no llevando a los enemigos a donde tenían mayores ventajas en todo, sino a donde las iban a tener sus ciudadanos: apostándolos con decisión y pensando que serían rodeados por todas partes si salían a zona abierta, pero que dominarían completamente en zonas estrechas y elevadas. Después de la retirada de la expedición, ¿cómo [25] no se va a decir que se comportó con gran discreción?; pues, cuando la vejez le impedía servir a pie o a caballo, pero veía que la ciudad necesitaba dinero si pensaba atraerse algún aliado, se impuso a sí mismo la obligación de conseguirlo; y lo que podía, lo realizaba quedándose en su patria, pero lo que era oportuno, no dudaba en buscarlo, ni se avergonzaba de salir como embajador en lugar de estratego, siempre que lo consideraba útil para su ciudad.

No obstante, en sus funciones de embajador realizó [26] hazañas propias de un estratego, pues Autofrádates, que sitiaba en Aso a Ariobárzanes, su aliado, emprendió la huida por temor a Agesilao. A su vez, Cotis, que sitiaba Sesto, entonces aún de Ariobárzanes, también dejó el asedio y se alejó. De modo que no le habrían faltado razones para erigir un trofeo sobre sus enemigos por su actuación como embajador. Asimismo, Mausolo37 que con cien naves sitió por mar esas dos zonas, no ya por temor sino por [27] persuasión, se retiró a su patria***. Allí realizó cosas dignas de admiración. En efecto, tanto los que se consideraban bien tratados por él como los que le rehuían le dieron dinero. Y, por cierto, Taco y Mausolo, que también dio dinero a Lacedemón movido por su anterior condición de huésped de Agesilao, le enviaron a su patria con una magnífica escolta.

[28] Después de esto, cuando ya tenía unos ochenta años, se enteró de que el rey de Egipto deseaba combatir contra el persa con muchos infantes, muchos jinetes y mucho dinero; escuchó muy contento la noticia de que venía [29] a buscarle y aceptó la dirección de esa campaña, pues con esa incursión pensaba devolver al egipcio el favor que había hecho a Lacedemón, dejar libres de nuevo a los griegos de Asia Menor e imponer un castigo al persa por los agravios anteriores y por haber ordenado, hacía poco, independizar [30] Mesenia cuando se proclamaba aliado. Sin embargo, dado que el que le había mandado llamar no le confiaba el mando, Agesilao, sintiéndose víctima de un gran engaño, meditaba qué debería hacer. A continuación, primero, una parte de los egipcios que se habían alineado en dos bandos se separaron del rey, y luego, lo abandonaron también todos los demás; el rey, aterrorizado, huyó a Sidón de Fenicia, y los egipcios en luchas internas eligieron [31] a dos reyes. Agesilao se dio cuenta entonces de que nadie le libraría el sueldo de los griegos, si no tomaba partido por ninguno de los dos bandos; se dio cuenta, asimismo, de que ninguno le aprovisionaría, y de que el que venciera de los dos ése sería su enemigo, si se unía al otro, y si éste tenía éxito, naturalmente sería su amigo. En consecuencia, después de examinar cuál de los dos parecía simpatizar más con los griegos, luchó de parte de éste, sometió el bando hostil a los helenos, derrotándolo en una batalla, y aseguró el poder del primero. Una vez que lo convirtió en aliado de Lacedemón y que consiguió, además, mucho dinero, entonces zarpó para su patria aunque era pleno invierno38, dándose prisa para que la ciudad no quedara inactiva en el verano siguiente frente a sus enemigos.

Se han relatado ya todos esos hechos realizados por [3] él en presencia de muchísimos testigos, por lo que no se necesitan pruebas, sino que sólo basta mencionarlos y al punto se creen. Ahora, en cambio, voy a intentar mostrar la virtud de su alma, gracias a la cual realizó estos hechos, ansiaba todo lo hermoso y se apartaba de todo lo vulgar.

Verdaderamente, Agesilao respetaba tanto lo divino, [2] que los enemigos consideraban sus juramentos y sus pactos más fieles, incluso, que la amistad entre ellos mismos*** vacilaban en unirse y, en cambio, se ponían en manos de Agesilao.

Para que nadie tenga dudas, quiero dar los nombres de las personas más conocidas. Así, el persa Espitrídates, [3] que sabía que Farnabazo trataba de casarse con la hija del rey y pretendía conseguir a su hija sin matrimonio, se sintió ultrajado y se puso bajo la protección de Agesilao [4] con su esposa e hijos y todos sus bienes. El jefe de los paflagonios, Cotis, no obedeció al rey cuando le ofrecía su amistad39 y, temiendo que, una vez apresado, tuviera que pagar una gran suma de dinero o que fuese muerto, confiado también en los pactos de Agesilao, vino a su campamento, concluyó una alianza y prefirió luchar del lado de Agesilao con sus mil jinetes y sus dos mil peltoforos [5]40. Asimismo, Farnabazo llegó a tratar con Agesilao y convino que se separaría del rey, si no le nombraba general de todo el ejército, «mas si yo llego a ser general, afirmó, lucharé contra ti, Agesilao, con todas las fuerzas que pueda»; y, al decir eso, estaba seguro de que no le ocurriría nada que fuese contra la tregua. ¡Tan grande y hermoso bien es para todos los hombres, e incluso para un general, ser piadoso y fiel y saber que uno lo es! Baste esto sobre su piedad.

[4] Y acerca de su justicia en cuestiones de dinero, ¿puede haber pruebas meyores que las siguientes? En efecto, nunca jamás confesó nadie haber sido privado de algo por Agesilao; en cambio, muchos reconocieron haber sido favorecidos con muchas cosas. Y a quien le era agradable dar de lo suyo en beneficio de la Humanidad, ¿cómo ése mismo iba a quitar lo ajeno y ser criticado por ello? Realmente, si hubieses ambicionado riquezas, le hubiera resultado mucho más fácil guardar las suyas, que tomar las [2] que ocasionan inconvenientes. Y, evidentemente, quien no quiere defraudar en los favores, que no conllevan penas para quien no los devuelve, ¿cómo iba a querer quitar lo que la ley prohíbe? Y Agesilao consideraba injusto no sólo no devolver los favores, sino incluso el no hacerlo en mayor proporción que quien tiene mayores posibilidades. ¿Cómo se le iba a acusar con razón de sustraer los bienes [3] públicos a él que entregaba a su patria, incluso, los obsequios que debía guardar para sí? ¿No es también una prueba contundente de su falta de ambición, cuando podía, si quería favorecer a la ciudad o a los amigos, ayudarlos con dinero tomado de otros? Realmente, si hubiera [4] vendido los favores o hecho beneficios a sueldo, nadie habría pensado que le debía nada. Mas los que son tratados con gran generosidad siempre sirven con gusto a su bienhechor, tanto por ser tratados con generosidad como por creer que vale la pena que los consideren como un depósito de agradecimiento41. A su vez, quien eligió tener [5] menos con nobleza, que más con injusticia, ¿cómo no iba éste a huir abiertamente de ganancias reprobables? Por cierto, cuando la ciudad dictó sentencia de que le pertenecían todos los bienes de Agis42, él repartió la mitad entre sus familiares por línea materna, porque veía que lo necesitaban. De esta verdad es testigo toda la ciudad lacedemonia. Y, cuando Titraustes le ofreció muchísimos [6] regalos si se retiraba del país, Agesilao respondió: «Oh Titraustes, entre nosotros se considera que es más hermoso para el que manda enriquecer a su ejército, que a sí mismo, e intentar apoderarse del botín enemigo más que recibir obsequios.»

Por otra parte, ¿se sabe que Agesilao haya sido dominado [5] por algún placer de cuantos dominan a la mayoría de los hombres? Él creía una obligación apartarse de la embriaguez, igual que de la glotonería, y del exceso de alimentos superfluos, igual que de una falta.

Aunque recibía doble ración en las comidas, no consumía ambas, sino que las distribuía y no dejaba para sí ninguna, porque pensaba que se le daba doble al rey, no para saciarse, sino para poder distinguir, incluso con ello, [2] a quien quisiera. En verdad, no se entregaba al sueño como a un déspota, sino obligado por la necesidad, y si no tenía el lecho más humilde de los presentes, no eran secretos sus reparos, pues reconocía que al jefe no le convenía ser superior a los particulares en molicie, sino en [3] entereza. Sin embargo, no se avergonzaba de tener más de las cosas siguientes: sol en verano y frío en invierno. Y verdaderamente, si alguna vez el ejército debía aguantar fatigas, él voluntariamente las soportaba con los demás, pues pensaba que todo esto era un consuelo para los soldados. En una palabra, Agesilao presumía de las fatigas y nunca se entregaba a la molicie.

[4] Por otro lado, sobre su continencia en los placeres amorosos, ¿no es digno de ser recordado con asombro, aunque no fuese más que por ella? Realmente, se puede decir que es muy humano el no querer privarse de ellos. Por cierto, él se enamoró de Megabates, hijo de Espitrídates, como un temperamento muy impulsivo podía amar al joven más bello. Ahora bien, cuando, según costumbre persa de dar un beso a las personas que estiman, Megabates intentó besar a Agesilao, abiertamente luchó con todas sus fuerzas para impedir que le besara. ¿No es éste [5] un noble rasgo de máxima moderación? Como Megabates se consideraba ofendido y en adelante no intentó jamás besarle, él habló con uno de los camaradas para que persuadiera a Megabates a seguir estimándolo. Al preguntarle si, en el caso de que Megabates fuese convencido, le daría el beso, entonces Agesilao se quedó un momento callado y después dijo: «¡Por los dos dioses43, no, aunque ahora mismo yo me convirtiese en la persona más hermosa, fuerte y veloz! ¡Juro solemnemente por todos los dioses que prefiero entablar otra vez la misma lucha a que se me convierta en oro todo cuanto veo!»

No ignoro, por supuesto, ciertas sospechas de algunos, [6] pero creo saber que la mayoría puede vencer a sus enemigos mejor que a tales personas; mas si pocos lo saben, puede ser que desconfíen muchos. Lo que todos sabemos es que los actos de los hombres más ilustres pasan menos inadvertidos, pero que Agesilao hubiera hecho tal cosa nadie le notificó por haberlo visto, ni, al parecer, lo habría afirmado basándose en conjeturas dignas de crédito, ya que, en sus viajes, no se hospedó en ninguna casa [7] particular, sino siempre en un santuario, donde era imposible que ocurriera algo semejante, o al aire libre, de modo que los ojos de todos los hombres se convertían en testigos de su moderación. Por ello, si yo falseara los hechos contra lo que sabe la Grecia entera, no contribuiría en absoluto a su elogio y, al mismo tiempo, labraría mi propio desprestigio.

A su vez, me parece que dio pruebas nada confusas [6] de su valor, ya que siempre se ofreció a su ciudad y a la Grecia entera para la lucha contra los enemigos más poderosos y, en sus enfrentamientos con ellos, formó siempre en primera fila. Realmente, consiguió la victoria donde [2] los enemigos quisieron trabar batalla con él no haciéndoles huir por miedo, sino que, imponiéndose en duras batallas, erigió trofeos, después de dejar recuerdos imperecederos de su virtud personal y ofrecer señales claras de su valentía en la lucha; de modo que se podía garantizar la disposición de su ánimo al verlo y no de oídas.

Es justo considerar como trofeos de Agesilao cuantas [3] campañas realizó y no sólo cuantos erigió realmente, pues de ningún modo su victoria era menor cuando los enemigos no querían combatir con él, sino que era menos arriesgada y más conveniente para la ciudad y sus aliados. También en los certámenes coronan a los que vencen sin combate, no menos que a los que triunfan luchando.

[4] Y, en cuanto a su sabiduría, ¿qué actuación suya no la corrobora? Él servía a su patria de tal forma que había adquirido amigos serviciales sobre todo con la obediencia*** y el entusiamo con los camaradas, y consiguió que los soldados le fueran al mismo tiempo sumisos y afectos. ¿Es que puede existir realmente una formación más sólida que la bien disciplinada por la obediencia y fiel en su amor al jefe?

[5] Tenía enemigos que no podían despreciarlo, pero que se veían obligados a odiarlo. En efecto, siempre se preocupaba de que sus aliados fuesen más fuertes que ellos, engañándolos cuando convenía, anticipándose cuando era preciso, pasando inadvertido cuando era oportuno y haciendo a sus enemigos todo lo contrario de lo que hacía [6] a sus amigos. En verdad empleaba la noche como día y el día como noche44; no se sabía muchas veces dónde estaba, adónde iba ni qué hacía; de modo que hasta los lugares seguros para sus enemigos se los volvía inseguros dándoles de lado unas veces, asaltándolos otras y, otras, [7] cogiéndolos por sorpresa. A su vez, cuando hacía una marcha, a sabiendas de que era posible que se luchase con los enemigos si querían, llevaba el ejército en orden cerrado, para que pudiera defenderse, y avanzaba tranquilo, como la más sensata doncella, pensando que, en tal proceder, se hallaba la calma y el medio más eficaz contra el pánico, la confusión, el error y el ataque por sorpresa. [8] Actuando, pues, así, era terrible para sus enemigos e infundía fuerza y audacia a sus amigos. En consecuencia, pasó su vida sin sufrir el desprecio de sus enemigos, la condena de sus conciudadanos, la crítica de sus amigos, y fue muy querido y alabado por todos los hombres.

A su vez, sería largo de escribir en detalle cada testimonio [7] de su amor por la patria. Verdaderamente creo que no hay ningún hecho de los realizados por él que no esté empapado de ese amor.

En una palabra, todos sabemos que, cuando creía que iba a reportarle alguna utilidad a su patria, Agesilao no rehuía esfuerzos ni se apartaba de los peligros ni escatimaba dinero ni alegaba como pretexto su debilidad o su vejez, sino que consideraba obra propia de un buen rey hacer el mayor bien posible a sus súbditos. Entre los mejores [2] servicios a su patria, yo cuento el siguiente: por encima de todo se mostraba esclavo de las leyes a pesar de ser el más poderoso de la ciudad. Y así, ¿quién iba a desobedecer viendo al rey obedeciendo? ¿Quién, que reconociese tener menos de lo que debía, iba a intentar cualquier revolución, si sabía que el rey también soportaba la tiranía de la ley? En la ciudad trataba también a sus [3] adversarios como un padre trata a sus hijos, pues aunque los reprendía por sus errores, los premiaba si realizaban algún acto bueno y les ayudaba si les ocurría alguna desgracia; no considerando a ningún ciudadano como enemigo, sino afanándose por alabarlos a todos, juzgando una ventaja el salvarlos a todos y teniendo por una pérdida incluso la muerte del más insignificante. Estaba claro que, en su opinión, la patria siempre sería próspera y dichosa, si permanecían firmes en las leyes, y fuerte, siempre que los griegos fueran moderados.

Por otra parte, si es hermoso que un griego sea amante [4] de lo griego, ¿se sabe de algún otro estratego que no quisiera tomar una ciudad si creía que iba a ser saqueada, o que considerase una desgracia la victoria en una guerra contra griegos? Así, cuando le llegó la noticia de que [5] en la batalla de Corinto habían muerto ocho lacedemonios y cerca de diez mil enemigos, claramente se vio que él no se alegraba; al contrario, dijo con toda razón: «¡Ay de ti, oh Grecia, porque los que ahora están muertos, si estuviesen vivos, serían suficientes para vencer en combate [6] a todos los bárbaros.» A su vez, cuando le dijeron los desterrados corintios que la ciudad se rendiría y le enseñaron las máquinas con las que pensaban derribar la muralla entera, no quiso atacar alegando que no se debía esclavizar a las ciudades griegas, sino volverlas sensatas, y añadió: «Si aniquilamos a aquellos de nosotros mismos que cometen algún error, es evidente que no contaremos con hombres suficientes para someter a los bárbaros.»

[7] Por otro lado, si es noble también odiar al persa, porque en otro tiempo emprendió una campaña para esclavizar la Hélade y ahora se aliaba con éstos siempre que creía que iba a causarles más daño, obsequiaba a aquellos con los que pensaba que acarrearía mayores perjuicios a los griegos y negociaba la paz si estaba convencido de que así nos pelearíamos aún más entre nosotros, entonces, eso todos lo saben. Pero ¿quién se preocupó jamás, salvo Agesilao, de que se separara algún pueblo del persa, o de salvar al que se había separado, o de dañar al rey todo lo posible para impedirle causar dificultades a los griegos? Incluso cuando su patria luchaba contra otros griegos, él no abandonó el bien general de Grecia y zarpó para infligir al bárbaro el mayor daño posible.

[8] Por otra parte, es justo no silenciar su amabilidad. Por lo menos, aunque gozaba de honores, y tenía poder y, además, la corona —una corona no cuestionada, sino mirada con simpatía45—, nadie hubiera visto su arrogancia, sino que habría reconocido su amor entrañable y servicial [2] para con los amigos, aun sin buscarlo. Por cierto, tomaba parte con gran placer en las conversaciones sobre temas amorosos, aunque ayudaba con prontitud a los amigos en todo lo que necesitaban. Por su carácter optimista, bondadoso y siempre bromista conseguía que muchos se acercasen a él, no sólo para gestionar sus asuntos, sino también para pasar un rato muy agradable; y aunque era incapaz de hablar con jactancia, sin embargo escuchaba sin molestarse a los que hablaban bien de sí mismos, pues reconocía que no causaban ningún daño y que, en el fondo, tenían la idea de ser buenos.

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