Kitabı oku: «Globalización y Teología»
Copyright © 2010 by Joerg Rieger.
Globalización y Teología
de Joerg Rieger. 2020, JUANUNO1 Ediciones.
Título de la publicación original: “Globalization and theology”
This translation published by arrangement with the original Publisher, Abingdon Press, an imprint of The United Methodist Publishing House. Esta traducción es publicada por acuerdo con la casa editorial de origen Abingdon Press, un sello editorial de The United Methodist Publishing House.
Spanish Language Translation copyright © 2020 by JuanUno1 Publishing House, LLC.
All Rights Reserved. | Todos los Derechos Reservados.
Published in the United States by JUANUNO1 Ediciones,
an imprint of the JuanUno1 Publishing House, LLC.
Publicado en los Estados Unidos por JUANUNO1 Ediciones,
un sello editorial de JuanUno1 Publishing House, LLC.
www.juanuno1.com
Este libro fue publicado en acuerdo con GEMRIP
Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública
Santiago de Chile – www.gemrip.org
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Library of Congress Cataloging-in-Publication Data
Name: Rieger, Joerg, author
Globalización y teología / Joerg Rieger.
Published: Miami : JUANUNO1 Ediciones, 2020
Identifiers: LCCN 2020943320
LC record available at https://lccn.loc.gov/2020943320
REL067000 RELIGION / Christian Theology / General
REL084000 RELIGION / Religion, Politics & State
REL028000 RELIGION / Ethics
Paperback ISBN 978-1-951539-37-5
Ebook ISBN 978-1-951539-38-2
Traducción: Marisa Strizzi
Revisión General por GEMRIP: Nicolás Panotto
Diagramación interior: María Gabriela Centurión
Portada: ZONA21.net
Director de Publicaciones: Hernán Dalbes
First Edition | Primera Edición
Miami, FL. USA.
-Agosto 2020-
Contenido
Cover
Portada
Legales
Portada
Prólogo por Nicolás Panotto
Introducción
1. Globalización, teología y poder duro
2. Globalización y teologías que proveen alternativas al poder duro
3. Interludio: Poscolonialismo, binarismos y dualismos
4. Globalización, teología y poder blando
5. Globalización y teologías que proveen alternativas al poder blando
6. Teología y poder en un mundo globalizante: Las lecciones de la globalización y el imperio
Conclusión: En un mundo globalizante, la vía media conduce a la muerte
Prólogo
Es una muy buena noticia para el mundo teológico de habla castellana, contar con una nueva obra del reconocido pensador Joerg Rieger. El profesor Rieger, de origen alemán y actualmente residente en los Estados Unidos, es un teólogo en quien convergen un enriquecedor abanico de fuentes, especialmente en lo que refiere a su abundante producción académica cimentada y profundamente relacionada con el análisis social y el activismo político religioso progresista. Tal vez podríamos decir que uno de los grandes aportes de su trabajo se encuentra en el diálogo que entabla con un extenso conjunto de campos del saber -que va desde el psicoanálisis hasta la teoría política, la economía, los estudios culturales, el poscolonialismo, entre varios otros-, con una labor teológica en el pleno sentido de la disciplina; es decir, que no es simplemente -como solía polemizar José Míguez Bonino- una sociología de la religión en términos teológicos, sino una producción teológica que acentúa su especificidad y aportes singulares al análisis social, a partir de sus fuentes, sus metodologías históricas y sus diversas corrientes (desde la patrística hasta la teología posmoderna), en diálogo vis a vis las humanidades, las ciencias sociales y, principalmente, las contingencias históricas.
El libro Globalización y teología nos ofrece una concentrada pero intensa interpretación de las dinámicas de poder global, en una clave crítica y a su vez propositiva, desde una fuente religiosa y comprometida con la realidad. Uno de los grandes logros de este libro es dar un giro epistémico a las categorías analíticas presentadas, en términos teológicos. De esta forma, la teología cristiana se muestra como una fuente donde convergen las tensiones inherentes a lo que Rieger expone como la dinámica de arriba y de abajo en el presente mundo globalizado, y las tensiones de poder duro y blando en las que se fungen. De esta manera, dichos lentes nos permiten ir más allá de las, muchas veces, estereotipadas lecturas teológicas en torno a ciertos temas o campos clásicos, permitiéndonos ver la “reserva de sentido” crítico y político que poseen, desde las historias evangélicas sobre el ministerio de Jesús hasta las disputas teológicas en tiempos de la conquista, la Declaración de Barmen y el aporte de las teologías de la liberación.
En esta misma línea, el libro establece tres ejes que me parecen fundamentales para pensar en una teología confrontada con los desafíos del espacio público actual global: la democracia, la subjetividad y la trascendencia. En pocas palabras, estas líneas remiten al gran desafío que conlleva hoy para las dinámicas sociales, la presencia de una diversidad de procesos de identificación, que cuestionan las prácticas e imaginarios políticos tradicionales. Todo esto se da en el marco de un ambiente democrático que día a día se confronta a avances y retrocesos en sus configuraciones institucionales, a la vez de transformarse en un escenario de disputas de poder, tanto positivas como excluyentes. Todo esto se gesta en un escenario intrínsecamente teológico -como insiste reiteradamente Rieger en su obra: la teología es parte constitutiva de la globalización-, donde la dimensión de la trascendencia deja de ser un sentido metafísico descriptivo, para transformarse en un horizonte de imaginación teológica (Hinkelammert), que nos permite observar, caminar, cuestionar y desplegar nuestro activismo, desde un “más allá” que se abre desde las propias posibilidades que habitan nuestro mundo global, con sus bellezas, sus contradicciones y sus paradojas.
En conclusión, Globalización y teología nos marca una agenda abierta y un posible esquema, para repensar algunos necesarios reajustes que el quehacer teológico y el activismo religioso latinoamericanos necesitan hacer en vistas de su relevancia actual. Un replanteamiento que, como destaca Rieger, a pesar de confrontarse a una necesaria resignificación frente a ciertos reduccionismos históricos que acarrean nuestras teorías críticas, no implica que debamos caer en una falsa “neutralidad”, cuya mentira, al final, legitima los poderes de exclusión. Más bien, es aprender a proyectarnos en la potencia inscrita en la alteridad divina, para reimaginar posibles mundos a partir de las diferencias y comisuras que se abren como posibilidades salvadoras entre las tensiones y disputas inherentes a nuestro mundo.
Nicolás Panotto
Santiago de Chile, julio 2020
Introducción
“Globalización” es uno de los términos cliché de nuestro tiempo y se usa a menudo en referencia a fenómenos económicos, políticos y culturales que han llegado a afectar la totalidad del globo terráqueo. Como veremos, aunque existan distintos modelos de globalización, con frecuencia se habla sobre ésta en sus formas dominantes, como la propagación de corporaciones globales y el modo en que éstas dan forma a las economías de países enteros, y la proliferación de acuerdos de libre comercio que supuestamente facilitan el flujo de bienes y dinero de un país a otro. También se habla de globalización en términos de las alianzas y tensiones políticas entre países, algo que se torna muy visible en las guerras que tienen lugar permanentemente en un mundo globalizante. Asimismo, es tema de debate el impacto que la globalización ejerce sobre las culturas que cambian muchas veces en forma rápida, principalmente bajo la influencia de culturas que se benefician de una globalización económica y política.
Sin embargo, algo que se omite mayormente es que la teología cristiana ha desplegado su propia historia de globalización desde el mismo momento en que emergiera en el mundo globalizante del Imperio Romano. Por esta razón, la teología cristiana y la globalización no constituyen dos temas separados: están orgánicamente entrelazadas más que artificialmente conectadas. El hecho de que, generalmente, la teología no haya llegado a comprender sus conexiones inextricables con la globalización es uno de los problemas que abordará este libro.
A medida que investiguemos teología cristiana y globalización de manera conjunta, se verá claramente que la teología ya no puede entenderse sin la globalización. Desde su propio comienzo, la teología fue influenciada por procesos globalizantes; tengamos en cuenta, por ejemplo, que el Nuevo Testamento fue escrito en griego, la lengua de un proceso globalizante temprano, en lugar del arameo, la lengua que Jesús y sus primeros discípulos hablaban. Aun así, es igualmente importante para el tema que nos ocupa que la globalización no pueda, en última instancia, ser comprendida sin la teología.
Muchos lectores interesados en la teología esperarán que este libro sea una respuesta teológica a la globalización, mas una respuesta tal no podrá contemplarse hasta que hayamos comprendido el modo en que la teología es –para bien o para mal– parte del proceso de la globalización. Del mismo modo, los lectores interesados en aspectos de la globalización podrán esperar que este libro plantee algún argumento teológico a favor o en contra de la globalización, pero ese argumento no podrá ser avanzado a menos que se entienda cómo los procesos de la globalización están inextricablemente relacionados a algunos desarrollos teológicos. Este libro comienza, por lo tanto, ocupándose de las muchas intersecciones de la globalización económica, política, cultural y teológica; intersecciones que pasan, en su mayoría, desapercibidas.
Complejidad
Uno de los peligros de ocuparse de la globalización y la teología está relacionado al reduccionismo. Los autores del The Global Transformations Reader [Libro de lecturas sobre transformaciones globales] nos advierten sobre esto: “Reducir la globalización a una lógica puramente económica o tecnológica es … profundamente engañoso dado que esto ignora la complejidad inherente a las fuerzas que moldean a las sociedades modernas y al orden mundial.”1 Ésta es, sin duda, una percepción importante que seguiremos en este libro. Sin embargo, para los estudiosos de la teología y la religión, el problema tiene que ver con el otro extremo ya que, en ese campo, el mundo de las ideas, de los símbolos y de las prácticas religiosas es tratado generalmente abstrayéndose de los fenómenos económicos y tecnológicos. Por tal razón, en este libro tendremos que superar otro tipo de reduccionismo, uno que limita a la reflexión teológica en sus propios rumbos; involucrar el debate sobre la globalización es un modo de lograrlo.
Mientras que invocar la complejidad puede convertirse en un escape para no enfrentar temas acuciantes –que en el contexto de la globalización están muy ligados a presiones económicas y políticas–, una conciencia de la complejidad, tanto de la globalización como de la teología, también puede contribuir a la identificación de alternativas. La buena nueva para tener en mente en este contexto es que la globalización no constituye un fenómeno unificado; si así fuera, este libro trataría sobre cosas que se vuelven constante e invariablemente más idénticas. Por un lado, la teología estaría en camino de convertirse en un fenómeno uniforme, en el cual se esperaría que todo el mundo pensara exactamente lo mismo. Por otro lado, si la globalización fuera un fenómeno unificado, se esperaría que los movimientos económicos, políticos y culturales estuviesen en total armonía con los desarrollos teológicos y viceversa.
Aunque se dé con frecuencia que economías, políticas, culturas y teologías dominantes vayan de la mano, en este libro también examinaré formas alternativas de globalización. Las formas dominantes de globalización tienden a desplazarse de arriba hacia abajo, produciendo concentraciones de poder en manos de cada vez menos gente, y grandes sectores de la teología han hecho rápidamente lo mismo sin ser conscientes de que sus enfoques imitan el modelo de desplazamiento de una globalización dominante. Las formas alternativas de globalización tienden a moverse en la dirección opuesta –de abajo hacia arriba e incluyendo grupos de gente más amplios– y lo más estimulante es que algunas teologías han estado al frente de tales movimientos. En estos casos el nivel de conocimiento acerca de los desafíos de la globalización (y, por lo tanto, del horizonte epistemológico) es mayor, por el hecho mismo de que las alternativas dentro de un contexto dominante necesitan ser adoptadas conscientemente; “ir con la corriente” no constituye aquí una opción.
Como veremos, las formas dominantes de globalización avanzan borrando y eliminando alternativas. Las formas alternativas de globalización no solo resisten esa tendencia alentando la diversidad, sino también promoviendo visiones frescas de la diversidad en la unidad. Parafraseando al biblista alemán Ernst Käsemann, el canon del Nuevo Testamento es, en sí, la base de la diversidad de la iglesia, más que su unidad monocromática. Lo mismo podría decirse acerca de los muy diversos cuerpos de escritura contenidos en lo que los cristianos llaman el Antiguo Testamento. No en vano algunos teólogos y teólogas cristianos, muy preocupados por el desafío de esta diversidad, han sugerido que el mismo canon bíblico podría ser parte del problema.
En lo que sigue, nos aproximaremos al tema de la globalización y la teología en términos de su historia. Aunque esta historia sea en sí misma compleja, con muchas idas y venidas, emergen ciertos patrones que nos ayudarán a entender el cuadro más amplio de los desafíos que nos acosan en nuestra situación contemporánea.
Evaluación
Una advertencia final: Así como la globalización es en sí misma un fenómeno complejo, lo es también su evaluación. Los relatos moralizantes focalizados sobre las intenciones son aquí de poca ayuda, ya que tienden a atribuirle al otro lado intenciones poco límpidas. Sin embargo, aún los más duros globalizadores fueron generalmente bienintencionados y sintieron que estaban haciendo lo correcto. Los romanos afirmaban que su imperio traería la paz (la pax romana) y una vida mejor, los cruzados medievales lucharon por la salvación y la liberación, y el capitalismo neoliberal promete felicidad futura para todos. El hecho de que los procesos de globalización estén comúnmente respaldados por las mejores intenciones es más que una estratagema de mercado.
En este contexto, teólogas y teólogos cristianos necesitan hacerse diferentes preguntas: ¿Cómo se dimensionan estas diversas materializaciones de la globalización frente a lo que entendemos como lo divino representado en el núcleo de las tradiciones judeocristianas y en la persona y obra de Jesucristo? Más precisamente, ¿qué tipo de poder opera aquí y cómo se relaciona con la manera en que las diferentes teologías conciben el poder divino? Estas cuestiones se ubican en el centro de los desacuerdos entre las diferentes formas teológicas de ocuparse de la globalización que se presentan a continuación.
Hay un asunto más para tener en cuenta. Si nos preguntamos qué contribuciones podrían hacer estas varias materializaciones de la globalización al verdadero bienestar humano y del mundo al cual Dios ama (Jn 3:16), Jesús mismo presentó este criterio a sus seguidores: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7:16).2*
1 David Held y Anthony McGrew, eds., The Global Transformations Reader: An Introduction to the Globlalization Debate. Cambridge: Polity Press, 2000, p. 6.
2 * NT: Todas las citas textuales de la Biblia están extraídas de la versión Reina-Valera 1995.
Capítulo uno
Globalización, teología y poder duro
En la actualidad, se olvida frecuentemente que la globalización no existe sin precedentes. Una mirada a la historia nos dice que la globalización es un fenómeno viejo, estrechamente conectado a la emergencia de una variedad de imperios en la historia humana. Si bien los imperios se dan en diferentes formas y maneras, tienen en común el esfuerzo por expandir su alcance lo más lejos posible, geográficamente y en otros aspectos, a la vez de poner toda vida bajo su control.1 Como veremos, el control puede ser ejercido de diferentes modos, pero una de sus formas más comunes es a través del poder duro.
En este contexto, globalización significa la expansión del control –principalmente a través del uso del poder duro– sobre un área geográfica siempre creciente, y en conjunción, sobre cada vez más aspectos de la vida no solo económicos y políticos, sino también culturales, religiosos, personales, emocionales, etc. Este tipo de globalización puede ser definida en términos de una expansión del poder de arriba hacia abajo en todas las escalas de la vida, de poderes diferenciales crecientes, de supresión de alternativas a todos los niveles, y en términos de una borradura concomitante de la diferencia local. Esta borradura de la diferencia, como se nota con frecuencia, se da al nivel cultural; por ejemplo, a medida que los modos tradicionales de vida y pensamiento son abandonados. Sin embargo, esta borradura de la diferencia se manifiesta incluso en la supresión de la diversidad biológica, tanto pasada como presente. Por ejemplo, los romanos influenciaron profundamente los circuitos ecológicos al deforestar grandes regiones costeras para construir las flotas y el paisaje de las costas mediterráneas acusa todavía las marcas de aquellas acciones. El objetivo de este modo de globalización es el mayor control posible tanto del mundo como de la realidad, y uno de sus resultados es la brecha creciente entre los de arriba y los de abajo, entre los ricos y los pobres. La globalización de arriba hacia abajo crea, en sus diferentes manifestaciones, concentraciones de poder y de riqueza en manos de unos pocos, en detrimento de una mayoría de personas.
El Imperio romano servirá como nuestro primer caso porque provee el contexto en el cual el cristianismo nació –contexto que influenció profundamente a las tradiciones judeocristianas. La transición romana entre la República y el Imperio se oficializó con el surgimiento del primer emperador, Gayo Julio César, y en ese proceso, el poder y la riqueza se concentraron arriba aún más. El nacimiento de Jesús sucedió sólo unas décadas más tarde, durante el reinado del segundo emperador romano, Augusto. Este escenario es importante porque la influencia del Imperio se extiende a todos los aspectos de la vida, por lo tanto, no es sorprendente que el movimiento de Jesús se encontrara en todo tipo de conflictos con el statu quo y con todos aquellos que no vieran más alternativa que adaptarse a él. En el corazón de esos conflictos estaba la cuestión del poder y su justificación teológica: El poder divino, ¿se ubicaba arriba, con las diferentes élites? ¿o se movía abajo con el pueblo, allí donde se construía el movimiento de Jesús?
Aunque en entrelíneas y en lenguaje cifrado, las tensiones entre el Imperio romano, sus partidarios y el cristianismo emergente pueden verse en muchos de los escritos del Nuevo Testamento. Los autores necesitaron ser cautelosos porque la influencia del Imperio lo penetraba todo no solo en los tiempos de Jesús, sino en el suyo propio, a finales del primer siglo. Quienes escribieron los Evangelios narran, por ejemplo, la participación de las autoridades romanas en la crucifixión de Jesús de maneras ligeramente diferentes, algunas más prudentes que otras. No obstante, todas preservan una “memoria peligrosa” del hecho que Jesús habría sido una amenaza para las aspiraciones del Imperio.
En ese contexto, política y religión, así como los diferentes actores, están inextricablemente conectados: el Imperio romano no está representado solamente por Poncio Pilatos, el gobernador romano, sino también por los sumo sacerdotes judíos nombrados por los gobernadores romanos y por los vasallos del poder romano tales como Herodes y su gente. 2 El poder duro del Imperio romano, que ejercía especial fuerza sobre las provincias lejanas y rebeldes, funcionaba a través de todos esos canales. Los ejercicios militares directos, la brutal devastación de comunidades enteras y las masacres en masa no eran nada fuera de lo común; algunas de estas manifestaciones del Imperio aparecen reflejadas en la vida de Jesús. Inmediatamente después del nacimiento de Jesús, el Evangelio de Mateo informa que Herodes ordenó la matanza de todos los niños en el área de Belén para deshacerse de aquello que podría llegar a convertirse en una amenaza para su poder. Esta manera de aterrorizar y traumatizar a la población tuvo consecuencias; una de ellas aún prevalece en el mundo contemporáneo entre las comunidades de migrantes y refugiados: la familia de Jesús también fue forzada a emigrar como refugiada a Egipto (Mt 2:13-16).
Con esta inextricable relación entre religión y política en mente, la respuesta proverbial de Jesús acerca de pagar los impuestos debe considerarse bajo una nueva luz. Con frecuencia se hace referencia a la admonición “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” como si Jesús estuviera argumentando a favor de una convivencia pacífica de imperio y religión, como si el emperador fuese el dirigente de lo político y Dios el de lo religioso. Pero Jesús puede ser difícilmente acusado de olvidar lo que todo judío conocía, a saber: que Dios nunca podía ser relegado al dominio de lo religioso (idea que es, en esencia, un invento moderno) dejándole al emperador el domino político. Los tres evangelios que refieren esta historia mencionan que el contexto de la advertencia de Jesús era una trampa tendida tanto por sus adversarios religiosos como políticos (así como lo notan Marcos y Mateo). Lucas enfatiza el hecho de que ellos estaban asombrados de no poder atrapar a Jesús “delante del pueblo.” El pueblo, por lo tanto, debe haber poseído lo que James Scott ha llamado los “discursos ocultos” que son parte importante de las “artes de la resistencia” (ver Lc 20:20-26).3 La estrategia globalizadora imperial de borrar la diferencia local parece no haber funcionado en esta situación.
Estas tensiones con el poder duro del Imperio romano se sucedieron e intensificaron después de la ejecución de Jesús, respaldando la impresión de que la crucifixión no puede haber sido un error de ocurrencia única del Imperio. El cristianismo primitivo se mantuvo en nítido contraste con el culto del emperador; este último dirigía la adoración religiosa hacia el emperador y constituía una parte mucho más significante de la estructura total del Imperio romano de lo que las investigaciones teológicas hayan percibido. La temprana confesión cristiana “Jesús es Señor” era un desafío directo al poder del Imperio que sostenía que el emperador era señor. Otras declaraciones de la fe cristiana equivalían a lo mismo y no podían pasar desapercibidas: confesar a Jesús como salvador, cuando el emperador era considerado salvador; proclamar la fe –y, por lo tanto, la lealtad– en Jesús, cuando el objeto de fe era el emperador; afirmar que Jesús era el Hijo de Dios, cuando el emperador era considerado el hijo mismo de la divinidad. Debe haber habido otro lenguaje disponible para referirse a Jesús, pero parece que Pablo no estuvo interesado en usarlo.
A esta altura debería estar claro que una mera explicación religiosa de estas tensiones no es suficiente. Los romanos eran bastante tolerantes en cuanto a lo religioso y se las arreglaban para incluir dioses de otras religiones en su culto, como las deidades egipcias Isis y Osiris. Tanto entonces como ahora, a quienes detentan el poder en un mundo globalizante no les preocupa algún que otro desvío cuando sus intereses no son desafiados. Sin embargo, lo que no puede ser tolerado son las alternativas concretas, tales como aquellas provistas por el cristianismo primitivo. Mientras que en las mentes romanas podía haber un espacio bien definido para otros señores, salvadores e hijos divinos que estuviesen dispuestos a seguirle la corriente al poder del emperador, poner a Jesús en ese lugar de poder era inaceptable. Un jornalero de la construcción de Galilea que liderase un movimiento de gente común y terminase en una de las cruces del Imperio –y Pablo continuaba recordándoles esa cruz a sus integrantes– no podía ser fácilmente asimilado por el Imperio y su concentración de poder en manos de unos pocos.
La tolerancia de quienes buscan regir al mundo de arriba hacia abajo, a través del poder duro, sólo puede llegar hasta allí. Ellos no pueden aceptar la existencia de verdaderas alternativas y son incapaces de incorporar a sus esquemas globalizadores tipos de poder alternativos, especialmente aquellos que funcionen desde abajo contraponiéndose a los desplazamientos típicos de las aspiraciones de dominio global de los imperios. Para que el control del Imperio romano se mantuviese, el control del emperador también necesitaba mantenerse. El aparato teológico total del Imperio romano estaba designado para mantener ese tipo de control, e imaginar el poder de Dios en términos del poder del emperador era crucial.
A diferencia de la confesión del señorío de Jesús, los principios del teísmo clásico se correspondían con los requerimientos del Imperio y proveían un valioso apoyo a sus fines. El teísmo clásico concebía a Dios no solo como todopoderoso, sino también como inmutable e impasible, cualidades diseñadas para afirmar el poder unilateral y de arriba hacia abajo. Lo divino se tornaría menos que todopoderoso y su poder de arriba abajo se vería comprometido, si algo estuviera en condiciones de afectarlo, tocarlo o cambiarlo. El credo niceno producido en el cuarto siglo a instancias y bajo la supervisión de Constantino, el primer emperador cristiano, ha sido con frecuencia leído bajo esa luz. Si Jesús es de la misma sustancia de Dios, como Constantino propusiera al Concilio de Nicea y como el Concilio afirmase en el credo niceno, el asunto es cómo Dios es visualizado. Si Dios se visualiza en términos del teísmo clásico y, así, en los términos del poder de arriba hacia abajo de las élites, Jesús puede entonces ser visualizado en esos términos y, por lo tanto, como un defensor del poder desde arriba del Imperio.
Incluso la forma del credo niceno –el primero llamado credo ecuménico– lleva la impronta de los esfuerzos globalizadores del Imperio romano. Es ésta la primera vez que la teología cristiana encuentra su expresión en el formato de los decretos imperiales universales. Mientras que el canon del Nuevo Testamento da testimonio de la diversidad de la iglesia primitiva y de lo que podría llamarse “la unidad en la diversidad,” el credo niceno presenta un modelo diferente.
En el Concilio de Nicea la iglesia adoptó los procedimientos por medio de los cuales el Imperio forjaba sus decretos: las decisiones fueron tomadas por un concilio unificado convocado, fundado y conducido por el emperador. Constantino, presidiendo el Concilio de Nicea, propuso el término teológico central del credo niceno: la homousia (igualdad esencial) de Dios y Jesús, primera y segunda personas de la Trinidad. Con el Concilio de Nicea la iglesia ingresó a un proceso de globalización cualitativamente distinto del que había atravesado anteriormente. Sin embargo, esos esfuerzos globalizantes no fueron completamente exitosos y, como veremos en el próximo capítulo, existen maneras alternativas de interpretar el credo niceno.
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