Kitabı oku: «El Nuevo Testamento paso a paso», sayfa 3
Hemos dicho que el tema del Sermón de la Montaña es el reino de los cielos (o “de Dios”). Quiero mostrarte que este tema está claro al comienzo, a la mitad y al final del sermón.
El Sermón de la Montaña comienza con las famosas “Bienaventuranzas”, una palabra de origen latino que significa “bendiciones”. Hay ocho principales que numeramos aquí:
1 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.
2 Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
3 Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
4 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
5 Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
6 Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
7 Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
8 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.Conclusión: Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.
Cada una de estas bienaventuranzas tienen la forma “Bienaventurados son los x, porque ellos serán y”. La conclusión sigue y amplía la bendición por la persecución. Notemos que la primera y la última bienaventuranza prometen el mismo premio:
1 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos (Mt 5, 3, cursiva añadida).
1 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el reino de los cielos (Mt 5, 10, cursiva añadida).
Jesús comienza y termina sus bendiciones con el mismo tema: el reino de los cielos. Los antiguos maestros comenzaban y terminaban sus discursos o escritos con la misma idea. Los académicos llaman a este modelo una inclusio. Los antiguos maestros lo usaban para indicar el punto principal. Así que el punto principal de las Bienaventuranzas es el reino de los cielos, y podemos decir que las Bienaventuranzas son bendiciones para los ciudadanos del reino.
Sin embargo, los ciudadanos del reino de los cielos tienen cualidades que no esperaríamos. Son pobres, lloran, son mansos, hambrientos, sedientos, misericordiosos, puros, amantes de la paz y perseguidos. Son, en suma, la clase de gente de la que huye el resto del mundo y se burla. ¡Qué diferente es esto de lo que nosotros (y los antiguos judíos) esperaríamos! ¿No deberían los ciudadanos de un reino celestial ser ricos, felices, satisfechos, poderosos e invencibles? Toma nota: Jesús predica el reino de los cielos, pero su visión del reino es diferente de lo que todos esperan.
Veamos ahora el tema del reino en el centro del sermón. Esa sección trata sobre la piedad (las buenas obras religiosas), y el acto central de la piedad es la oración (Mt 6, 5-15). Aquí, Jesús nos enseña el Padre Nuestro:
Vosotros, en cambio, orad así:
Padre nuestro, que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre;
venga tu Reino;
hágase tu voluntad;
como en el cielo, también en la tierra;
danos hoy nuestro pan cotidiano;
y perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;
y no nos pongas en tentación,
sino líbranos del mal.
La segunda petición de la oración, después de bendecir el nombre de Dios, es “venga tu Reino”. La Oración del Señor es una oración del reino. ¿Qué significa esa venida del reino de Dios? Supone que su voluntad se haga en la tierra igual que se hace en el cielo.
El resto de la oración está en estrecha relación con las Bienaventuranzas. Pedimos nuestro pan de cada día porque somos pobres, hambrientos y sedientos. Pedimos perdón de las deudas porque somos misericordiosos y ya hemos perdonado a nuestros deudores. Pedimos evitar la tentación porque queremos ser puros, y pedimos que nos libre del mal porque somos perseguidos. La Oración del Señor no es una oración para el rico, poderoso, orgulloso, satisfecho y crítico. Es una oración para el oprimido que busca paz, misericordia y justicia, más que riqueza, poder, fama y gloria. Es una oración para los ciudadanos del reino descrito en las Bienaventuranzas.
Vayamos ahora al final del Sermón de la Montaña. Jesús concluye con una famosa parábola sobre dos hombres que construyeron sus casas sobre cimientos muy distintos:
Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos; irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.
Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina (Mt 7, 24-27).

La doctrina de Jesús es la “roca” sobre la que construir la “casa” de la propia vida. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, hay mucho más en esta parábola.
“El hombre prudente que edificó su casa sobre roca” es una frase cargada de sentido para una audiencia de antiguos judíos. ¿Quién fue el famoso “hombre prudente” que construyó una enorme “casa” en la cima de una famosa “roca”? No fue otro que Salomón, el hombre más sabio que vivió jamás, quien construyó la Casa de Dios, el Santo Templo, sobre una gran formación rocosa en la cima del Monte Moria (2 Cro 3, 1), llamado ahora el “Monte del Templo”. El santuario musulmán llamado el “Domo de la Roca” se alza junto al sitio donde la tradición judía considera que Abrahán intentó el sacrificio de Isaac hace tanto tiempo.

Así pues, el “hombre prudente que construyó su casa sobre roca” es una alusión a Salomón, el más grande de los reyes de Israel. El mensaje de la parábola es: si sigues mi doctrina (de Jesús), serás como Salomón el gran rey. Esta promesa de una realeza para el fiel discípulo de Jesús concluye este sermón que comienza con la bienaventuranza del “reino de los cielos”. Así, de principio a fin, el Sermón de la Montaña es un “sermón del reino”, una descripción de cómo vivir y comportarse como parte del reino de los cielos.
Pero, como hemos visto, no hay indicios en el Sermón de la Montaña de que en el reino de los cielos haya un ejército y una marina, una capital geográfica, un sistema fiscal, un programa para la conquista del mundo, o cualquier otra cosa de las que tienen los reinos de este mundo. El reino de los cielos desafía nuestras expectativas. Requiere de nosotros una conversión respecto a como vemos el mundo.
LIBRO 2 DE MATEO: JESÚS ELIGE A LOS GOBERNADORES Reales (Mateo 8–10)

En el Sermón de la Montaña (Mt 5-7), Jesús anunció que el reino estaba aquí y enseñó a sus discípulos a vivir como parte de él. En los siguientes capítulos de Mateo (Mt 8-10), Jesús continúa haciendo cosas que muestran que él es el Rey. También elige a doce gobernadores reales para que le ayuden a dirigir su reino que crece.
Todos los milagros de Jesús en estos capítulos apuntan a su autoridad como rey. Un centurión acude a Jesús para pedirle que cure a su siervo enfermo. Jesús se ofrece a ir a la casa para tratar directamente al siervo. Pero eso no es necesario: «Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». El centurión mira a Jesús como una especie de César espiritual que solo tiene que hablar e inmediatamente todos los poderes ocultos del universo surgirán para hacer su voluntad.
Algunas de las poderosas palabras de Jesús le vinculan directamente con David y Salomón, los grandes reyes de la historia de Israel. Por ejemplo, en Mateo 8, Jesús primero calma una tempestad en el mar con una palabra (ver 23-27) y luego expulsa los demonios de dos enloquecidos endemoniados (ver 28-34). Los judíos recuerdan que Salomón tenía esa clase de poderes: en el Libro de la Sabiduría, Salomón afirma que la divina sabiduría le permite tener «un conocimiento sin error de los seres, para saber la disposición del universo y la acción de los elementos» […] y «el poder de los espíritus» (Sb 7, 17-20). En rápida sucesión, Jesús demuestra poder sobre “la disposición del universo” y “los elementos” en el Mar de Galilea y luego vence al “poder de los espíritus” con los endemoniados. Jesús tiene poder y sabiduría como los de Salomón.
Salomón, por supuesto, era recordado como el mayor esposo de Israel. Tuvo más esposas que ningún otro: setecientas, según 1 R 11, 3. El gran poema de amor de la Biblia, el Cantar de los Cantares, le caracteriza como el mayor amante. El Salmo 45, el salmo de las nupcias del rey, describe una de sus bodas. Salomón heredó el papel del novio de su padre David. Cuando David llegó a ser rey de Israel, los ancianos de Israel le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos» (2 S 5, 1), haciéndose eco de las famosas palabras de Adán a Eva en la primera boda de la historia humana (Gn 2, 23-24). Luego, David e Israel hicieron una alianza para que él fuera su rey (2 S 5, 3). El matrimonio es una clase de alianza. La relación de David con su pueblo era como un matrimonio. Como rey, él y sus hijos después de él fueron una especie de esposos para el pueblo (2 S 17, 3). Salomón, el mayor de los hijos de David, fue la figura de un gran esposo.

Volviendo a Mateo, vemos que poco después de calmar el mar y sanar a los endemoniados, Jesús se llama a sí mismo “el esposo”: «Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les respondió: “¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces ya ayunarán”» (Mt 9, 14-15, cursiva añadida). Los profetas también describen a Dios como esposo de Israel (Cfr. Oseas 2, 14-23). Como Hijo de Dios e Hijo de David, Jesús es tanto el divino esposo de los profetas como el esposo real, como David y Salomón.
Incluso los ciegos pueden ver quién es realmente Jesús, como se muestra unos versículos después cuando dos ciegos siguen a Jesús gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Hijo de David es un título real; le están reconociendo como el rey prometido. Les cura a ellos y también a un mudo, cumpliendo lo que Isaías había dicho del día en que Dios vendría para salvar a Israel: «Entonces se abrirán los ojos de los ciegos […] y la lengua del mudo gritará de júbilo» (Is 35, 5-6).
Cuando Salomón gobernó sobre todo Israel, en la cima de su poder, «tenía para todo Israel doce gobernadores que proveían al rey y a su palacio» (1 R 4, 7).

Así que no es una sorpresa que, después de “predicar el evangelio del reino” en “todas las ciudades y aldeas”, Jesús llamase a sus doce discípulos y les diese autoridad para hacer las mismas cosas que él hacía. Ellos no debían ir a tierra de gentiles ni entrar en ciudad de samaritanos, sino ir primero «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Su mensaje es sencillo: «El reino de los cielos está al llegar» (Mt 10, 5-7). En su viaje de predicación, vivirán de acuerdo con las Bienaventuranzas: Serán pobres, no llevarán nada con ellos (8-10). Serán pacíficos, dando paz a los hogares que visiten (13). Serán limpios de corazón, tan «sencillos como las palomas» (16). Y serán perseguidos por causa de Jesús (17-23). Jesús les concede su propia autoridad, de modo que quien acepta a los apóstoles aceptará al mismo Jesús: «Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe» (40). Abrazar al enviado del Rey es abrazar al Rey.
Los apóstoles continuaron su ministerio como gobernadores del Rey durante toda su vida, pero antes de morir, eligieron a otros hombres para continuar su ministerio, a quienes llamaron obispos. Estos nombraron a otros antes de morir, y así hasta el día de hoy. El origen de nuestro término obispo es griego, la lengua de las primeras comunidades cristianas, y es episkopos, que equivale a guardián de la comunidad.
LIBRO 3 DE MATEO: JESÚS ANUNCIA EL REINO OCULTO (Mateo 11–13)

En la famosa película Charada (1963), la viuda (Audrey Hepburn) de un soldado americano busca durante semanas, con la ayuda de un agente de la CIA (Cary Grant), la fortuna que le ha dejado su difunto marido. Las únicas claves son algunas pocas pertenencias personales y una carta encontrada en el cadáver de su marido. Después de una larga búsqueda infructuosa, los dos se dan cuenta de que la fortuna del difunto consiste en los tres sellos, muy raros y valiosos, que están pegados en el sobre corriente que contiene su última carta. En otras palabras, la fortuna había estado todo el tiempo ante sus ojos, “oculta en lo corriente”.
Muchos de los milagros y enseñanzas de Jesús en los capítulos 11–12 muestran una falta de reconocimiento del reino. Por ejemplo, Mateo 11 se abre con los mensajeros que envía Juan Bautista para que Jesús confirme que él es realmente el Mesías, el Rey de Israel (Mt 11, 2). Encarcelado por el rey Herodes y sufriendo en una oscura mazmorra, incluso Juan parece estar preguntándose si Jesús había traído el reino. Jesús dice a los discípulos de Juan que regresen y le cuenten lo que están viendo y oyendo: la profetizada curación de los ciegos, débiles, leprosos y sordos (Cfr Is 35).
Jesús habla luego de Juan Bautista, subrayando la falta de reconocimiento de la gente. Juan es el mayor de los profetas. Tanto él como Jesús han estado predicando el reino de los cielos. Juan insiste ayunando y mortificándose. Jesús bendice la alegría y la fiesta. A pesar de eso, los líderes de los judíos no creen ni a Juan ni a Jesús. Sin que les importe cómo se presenta el mensaje, no reconocerán la llegada del reino. Aunque Jesús realice portentosos milagros en algunas de sus grandes ciudades, ellos no aceptarán su predicación.
Más tarde, en Mateo 12, vemos que incluso los exorcismos no impresionan a los fariseos. Aunque Jesús expulsa a los demonios públicamente, ellos no aceptan que él haya venido de Dios ni creen en su mensaje del reino. Dicen que está al servicio de Satanás, que expulsa los demonios por el poder de Satanás. ¡Qué bajo han caído, el bien se ha convertido en mal para ellos, y el mal en bien! No pueden reconocer las señales del reino o el poder del Espíritu de Dios. Perciben al Espíritu como malo; por eso no pueden ser perdonados, pues el Espíritu Santo es quien nos trae el perdón de Dios.
Con hipocresía, los escribas y fariseos se acercan para pedir a Jesús una señal que pruebe que su predicación es de Dios (Mt 12, 38). Aparentemente, todas las curaciones y exorcismos no han sido suficientes. ¿Qué más quieren que haga Jesús? Notando su falta de sinceridad, Jesús rehúsa darles una señal más; la única señal que tendrán será la “señal de Jonás” —esto es, Jesús estará muerto durante tres días, así como Jonás lo estuvo en el vientre de la ballena (12, 40-42)—. Los contemporáneos de Jesús están mucho más ciegos que los gentiles en el Antiguo Testamento; aunque muchos gentiles reconocieron la acción de Dios en los reyes y profetas israelitas, los fariseos y otros líderes no pueden reconocer al Rey Dios que camina en medio de ellos.
Eso nos lleva a Mateo 13, una homilía de Jesús sobre el reino de los cielos en la que enseña siete parábolas del reino. El tema común en todas las parábolas es que el reino es inesperado y nada fácil de reconocer para cada uno.
La Parábola del sembrador (Mt 13, 1-9) describe la “palabra del reino” como una semilla que cae en suelo duro, rocoso, entre espinas o buena tierra, que representa cuatro diferentes clases de personas. Solo los que son “buena tierra” reconocen la “palabra del reino” como lo que es, la aceptan completamente y “dan fruto”.
La Parábola de la cizaña y el trigo (Mt 13, 24-43) describe el reino de los cielos como un campo sembrado de trigo, con cizaña sembrada en él por un enemigo. El dueño del campo no quiere dañar el trigo, deja la cizaña en su sitio hasta la cosecha.
Los Padres de la Iglesia vieron este campo sembrado con cizaña como una imagen de la Iglesia católica. Hay muchas personas hipócritas e insinceras mezcladas en la Iglesia visible en todas las épocas. De hecho, parece a menudo que los hipócritas son más visibles que los verdaderos creyentes, del mismo modo que la cizaña suele crecer más alta y derecha, mientras la espiga de trigo maduro se inclina por el peso del grano que lleva. Así que la cizaña en un campo de trigo es más prominente que el mismo trigo. Sería un error, sin embargo, pensar que la Iglesia no es el reino de los cielos simplemente porque los hipócritas se han mezclado en la cosecha. Muchos cristianos a lo largo de los siglos han roto con la Iglesia, ofendidos porque hubiese pecadores en ella. Varios de los que se llaman “reformadores” se han apartado intentando establecer iglesias “puras” o “cribadas”, pero esto no se puede hacer hasta el juicio final. Eso no quiere decir que no se excomulgue a alguno que públicamente haga gala de ir contra las enseñanzas de la Escritura y de la Iglesia (ver 1 Co 5, 9-13). Por desgracia, eso es a veces necesario. Pero solo Dios puede expulsar a los hipócritas e insinceros que no llaman públicamente la atención.
La Parábola del grano de mostaza (Mt 13, 31-32) enseña que el reino comienza como una pequeña semilla que muere en el suelo, pero esa semilla crece como un enorme arbusto para que los pájaros construyan un nido en sus ramas. Eso es como la Iglesia, comenzando con la muerte de un solo hombre, Jesús de Nazaret, y creciendo como la mayor institución del mundo (mil doscientos millones de personas), como la madre de hospitales, escuelas y universidades, y como maestra y conciencia del mundo.
La Parábola de la levadura (Mt 13, 33) describe el reino como la levadura que actúa, sin ser vista, sobre una gran masa. Ese es el efecto de la Iglesia en la sociedad. Incluso cuando la Iglesia es públicamente rechazada o perseguida, ideas como la dignidad humana, el cuidado por los pobres, el perdón de las ofensas y los derechos humanos provienen del Evangelio. Se expresan en una cultura, pero muchos ni se dan cuenta de que son un efecto de la Iglesia.
Jesús concluye su homilía con tres parábolas cortas sobre la naturaleza oculta del reino:
El reino es como un tesoro escondido en el campo (44). No se ve allí. No hay señales de neón apuntando hacia él. Uno tiene que buscarlo (cavando) para encontrarlo y reconocer su valor. De nuevo, la Iglesia es como este campo. Mucha gente nunca sospecharía su verdadero valor; solo quien se toma el tiempo de investigar pacientemente puede notarlo.
El reino es como una perla de gran valor (45-46). Supone el conocimiento de un joyero avezado para distinguir entre la verdadera y la falsa, una perla valiosa u otra sin valor. Del mismo modo, quienes no son cuidadosos o interesados pueden equivocarse al intentar valorar una perla, y pueden equivocarse sobre el valor de la Iglesia.
Finalmente, el reino es como una red de pesca que recoge todo género de peces (47-50), que no se seleccionan hasta que los pescadores llevan la red a tierra. Los Padres de la Iglesia entendieron el mar como el mundo, y la red como la Iglesia. Los pescadores son los apóstoles, y sus sucesores, los obispos. El buen y el mal pez son los santos y los pecadores en la Iglesia. Esta parábola es particularmente importante porque muestra que el reino de los cielos está presente en esta época. El reino es una red que recoge peces, y los peces no se seleccionan hasta que vienen los ángeles para el juicio final. Eso significa que el reino existe ahora, recogiendo peces ahora. No es una pura realidad futura, no es simplemente una perfecta edad que Jesús instaurará al fin de los tiempos.
No podría insistir más en lo importante que es para los católicos reflexionar sobre estas siete parábolas del reino en Mateo 13. Jesús vino y proclamó que el reino de los cielos había llegado. Algunos académicos liberales dicen que estaba equivocado y murió como un falso profeta.
Conservadores protestantes dicen que los judíos rechazaron el reino y por eso Jesús llevó a cabo un “plan B”, la Iglesia, hasta que llegara un momento oportuno para traer de vuelta el reino a los judíos. Lo que tienen en común estas dos visiones es creer que el reino es una realidad sobrenatural perfecta, con Jesús gobernando visiblemente desde un trono en Jerusalén, y cosas así. Es como si no hubiesen leído la descripción del reino en Mateo 13.
La Iglesia católica afirma que el reino ya ha llegado, y está presente en la Iglesia. Algunos se burlan de eso: ¿Cómo puede ser la Iglesia el mismo reino? Está llena de malos peces... Tiene mucha cizaña... En algunos lugares, es tan pequeña como un grano de mostaza, o tan oculta como la levadura en la masa. Es solo un campo vacío, corriente, como tantos otros. No nos parece diferente a esas falsas perlas. Pero Jesús nos dijo que sería de ese modo. La Iglesia visible siempre parecerá despreciable a la gente sin fe. Sin embargo, en su interior, el reino de Dios está ya presente porque Jesús, el Rey, vive en su Iglesia.
LIBRO 4 DE MATEO: EL REINO MISERICORDIOSO (Mateo 14–18)

La misericordia en el reino de Dios es el tema dominante en el siguiente “libro” o unidad de Mateo (capítulos 14–18). La misericordia y el perdón de las ofensas pueden ser raras cualidades en sociedades no influenciadas por el Evangelio. Algunas culturas incluso no consideran la misericordia y el perdón como algo virtuoso, y los consideran en cambio como una señal de debilidad o un fallo en el modo de hacer respetar la justicia.
El asunto de la misericordia se expresa en el relato de varios milagros importantes y enseñanzas de este libro. Dos veces en esta sección, Jesús tiene misericordia o “compasión” de las multitudes que acuden a él, y les da de comer multiplicando panes y peces (Mt 14, 13-21 y 15, 32-39). Después de la gran confesión de Pedro —Jesús como el Hijo de Dios—, Jesús le da el poder de “desatar en la tierra”, y la palabra griega que indica “desatar” se refiere a “librar de los pecados” (Cfr Ap 1, 5). Así que Pedro tendrá un cometido como “jefe perdonador de pecados”. Finalmente, al terminar la homilía de Jesús en Mateo 18, él habla bastante de misericordia y perdón. Da instrucciones sobre el perdón del hermano (21-22) y cuenta la Parábola del Siervo Despiadado (23-35).
No podemos examinar cada historia contenida en estos cinco capítulos; nos centraremos en dos de las más importantes, que muestran cómo el reinado de Jesús es misericordioso. Los dos milagros de multiplicación de panes, uno para cinco mil y otro para cuatro mil, son importantes en esta sección de Mateo. Algunos piensan que se trata de una confusión en los números de un mismo suceso, pero no es así. La multiplicación para cinco mil tiene lugar en territorio judío, y los doce cestos que sobran simbolizan la restauración de las doce tribus de Israel, el pueblo de Dios. La de cuatro mil ocurre en territorio gentil (Mt 15, 21), y los siete cestos sobrantes simbolizan la alianza con los gentiles que esperaban realizase el Mesías (Is 42, 6; Am 9, 11-12; Za 14, 16-19). Siete es el número de la alianza (Gn 21, 27-32). Jesús probablemente realizó otros milagros para dar de comer durante su ministerio de tres años, pero solo estos dos fueron recogidos por los autores de los evangelios.
Cuando Jesús, casi sin ayuda de nadie, alimenta a la multitud de cinco mil israelitas en Mateo 14, nos recuerda no solo el milagro de Eliseo (2 R 4, 42-44) sino también los gloriosos tiempos cuando David y sus hijos alimentaron a todo Israel a expensas del propio rey. David dio una fiesta con pan y vino a todo Israel cuando el ara volvió a Jerusalén (2 S 6). Salomón hizo lo mismo en la dedicación del Templo (1 R 8). Los buenos reyes Ezequías y Josías proporcionaron una comida de Pascua a toda la nación a su propia costa (2 Cro 30, 24 y 35, 7-8). Así Jesús, el Hijo de David, alimentando a Israel por sí mismo, es parte de una tradición real.
Por supuesto, esto milagros de alimentos apuntan a la Eucaristía, donde el Hijo de David, Jesús, nos alimenta a todos a su costa en el modo más profundo posible: nos da su cuerpo y sangre como comida. Mateo narra la comida de los cinco mil y de los cuatro mil de un modo que los lectores antiguos podrían conectar con la Eucaristía. Recuerda a Jesús diciendo que el pueblo se recline, y luego, tomando el pan, dando gracias o bendiciendo (las expresiones en griego para “dar gracias” y “bendecir” pueden ser sinónimas), lo partió y lo repartió a la gente. Los evangelistas usan esta secuencia de palabras: reclinarse, tomar, dar gracias, bendecir y repartir en el relato de la Última Cena cuando se instituye la Eucaristía. Los primeros cristianos oyeron estas palabras cada semana en la celebración de la Eucaristía, y los primeros lectores del evangelio de Mateo reconocerían la conexión con los milagros de Jesús.
Jesús mostró compasión y misericordia ante las multitudes alimentándolas, temiendo que desfallecieran por hambre en su regreso a casa. La Eucaristía sigue siendo una fiesta de compasión donde Jesús el Rey nos alimenta, a su costa, para que no desfallezcamos por agotamiento espiritual durante nuestro viaje terreno. Es la fiesta real de la misericordia.
Temas como la realeza y la compasión están también presentes en uno de los más importantes relatos de esta parte de Mateo. En Mateo 16, 13-20, Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es él. Después de una serie de respuestas, les plantea la cuestión a los discípulos: «Y vosotros: ¿quién decís que soy yo?». Probablemente se produjo un momento de silencio embarazoso mientras los discípulos pensaban qué decir, hasta que Pedro se adelantó intrépido: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
Lo que Jesús dice a continuación es de gran importancia, y tenemos que verlo con calma. «Jesús le respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro [petros], y sobre esta piedra [petra] edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos”» (Mt 16, 17-19).
Ahora debemos entender que el nombre de “Pedro” viene del griego petra, piedra, roca, solo que con una terminación masculina: petros. Esta palabra nunca se había usado antes para nombrar a un hombre. Así que, en este pasaje, Jesús identifica a san Pedro como la “roca” sobre la que construirá su “Iglesia” que vencerá al infierno. Es una imagen de construcción de templo. Los judíos sabían que el Templo de Jerusalén se había construido sobre una gran losa llamada “la piedra fundamental” (hebreo, eben shettiyyah), que ellos creían que bloqueaba el pozo que bajaba hasta el mundo de los muertos: el Hades, en griego, o el Sheol, en hebreo. Así que Jesús está comparando su Iglesia con un nuevo templo construido sobre Pedro.
Algunos intérpretes argumentan que Pedro no es la roca sobre la que Jesús construye la Iglesia. Dicen que se usan dos diferentes palabras griegas en el versículo: petros y petra. Pedro (petros) no es la roca (petra) sino que lo es otra cosa: su confesión de fe en Jesús.
Este problema de dos diferentes palabras para roca solo surge porque los evangelios traducen al griego las palabras de Jesús, al lenguaje internacional de aquel tiempo (como el inglés de hoy). En griego, la palabra usada para significar roca, petra, es femenina terminada en a, como en tantos nombres de mujer en inglés. No puede usarse como nombre para un varón cambiando la a por os, que es el masculino en griego: petros.
Pero Jesús habla la lengua de los judíos de su tiempo (arameo), y en ese idioma solo hay una palabra para “roca”: kepha. Lo que Jesús dice a Pedro es: «Tú eres kepha, y sobre esta kepha edificaré mi Iglesia». Esta palabra aramea, kepha, da lugar al nombre de Cephas, utilizado para Pedro en varios pasajes, como Jn 1, 42; 1 Cor 1 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 9; 11, 14.
Lo esencial de todo esto es, en el lenguaje hablado de Jesús, que está absolutamente claro que Pedro (kepha) es la roca (kepha) sobre la que él edificará su Iglesia, pero una pequeña confusión se produce cuando Mateo traduce las palabras de Jesús al griego.
Ahora veamos las “llaves del reino” y el “atar y desatar”. En el antiguo reino de David, el oficial al cargo del palacio era el consejero del rey, y su mano derecha, el segundo con más poder en el reino. Se le suele llamar “mayordomo real”, y lleva las llaves del palacio atadas al hombro como una señal de su oficio (Is 22, 22). Solo él tiene la autoridad para abrir o cerrar el palacio, para controlar el acceso al rey. Si alguien quiere ver al rey, tiene que pasar antes por el mayordomo real. Nadie salvo el mismo rey puede contradecirle; de ahí que se diga del mayordomo real: «Abrirá y no habrá quien cierre, cerrará y no habrá quien abra» (Is 22, 22). Jesús hace eco a esa línea cuando dice: «Todo lo que ates sobre la tierra, quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra, quedará desatado en los cielos». Así Jesús esta haciendo a Pedro su mayordomo real, su “número dos”.

Pero “atar” y “desatar” tiene otro significado en los días de Jesús. Los judíos usan la frase para referirse a la autoridad de interpretar la ley religiosa.
La ley religiosa necesita siempre ser interpretada. Dios dijo sobre el Sabbath: «No harás en él trabajo alguno» (Ex 20. 10), pero ¿qué es “trabajo”? ¿Lo es encender el fuego? Los maestros judíos (ras) dicen que sí, así que “atan”, prohíben, encender fuegos en el día del Sabbath. ¿Es “trabajo” caminar media milla”? Los rabíes dicen que no, así que “desatan”, permiten, pequeños desplazamientos en el Sabbath.
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