Kitabı oku: «Sin vuelta atrás», sayfa 2
Como si saber algo del soplapollas de Cervantes ayuda se a que los tomates crecieran antes o salieran mejores.
Cervantes y todos los que se empeñaban en dar la vara escribiendo.
La voz de la señorita Manuela flotaba por encima de sus cabezas.
–Nosotros estamos hechos de letras, de palabras, de historias. Somos lo que hemos leído, venimos de lo que otros han sido y han vivido y luego nos han dejado escrito. Por esta razón «El Quijote» es tan importante, porque nos ayuda…
Segis paseó una mirada por la clase. La silla vacía de Jacinto era un grito silencioso. Se fijó en Cafre, que en ese momento se estaba hurgando la nariz con mucho empeño. Consiguió su objetivo, hizo una pelotilla y la impulsó hacia arriba con los dedos pulgar y medio de su mano derecha. La porquería fue a caer sobre la cabeza de Lucas, que ni se dio cuenta de ello. Un poco más allá estaba Alan.
Segis siguió su mirada.
Fija en el perfil de Cecilia, la amiga de Jacinto.
10
¿Cuánto hacía que…?
Ni siquiera lo sabía. Era algo que había surgido de forma natural, imprevista. Quizás durante el verano. Tal vez al regresar a la escuela. La gente cambiaba.
Cecilia había cambiado.
Alan deslizó su mirada como un manto, cubriéndola, llenándose de ella, cabeza, cuerpo, manos… Pero luego fue como si sus ojos la siluetearan, recorriendo los detalles, el perfil, deteniéndose en cada pequeña inflexión física. Vio la frente abierta, la nariz pequeña, acabada en punta; los labios formando un sesgo rosa, elevado el superior, carnoso el inferior, bien dibujados y formando una armónica estructura sobre la barbilla y los pómulos tan marcados como redondos. Siguió por el pelo, largo, libre y sedoso. Continuó con las manos, tan cuidadas como suaves. Y regresó a los ojos.
Tristes.
Aquella mirada perdida que nunca se había posado en él.
¿Qué dirían los otros, Salva, Segis y Cafre, si supieran que le gustaba Cecilia Torralba? ¿Qué pensarían? Para ellos no era más que una niña. Él la veía como una mujer. Su cuerpo ya había cambiado, tenía todos los atributos y dones capaces de despertar sus instintos. La edad no importaba. Ya no. Ni tampoco que fuera buena estudiante, una listilla, una sabelotodo.
Y amiga del mierda. Alan se sintió inquieto.
¿Por qué alguien como Cecilia se fijaba en un infeliz como Jacinto Quesada?
¿Qué sentido tenía algo así?
Antes, para él, a pesar de la manía que le profesaban los otros tres, no era más que eso: un infeliz, del montón. Pero después del verano, en el nuevo curso…
Cecilia no era la misma. Y él tampoco.
Salva se reiría. Segis le diría que «las tías sólo sirven para complicar la vida antes y después de montártelo con ellas». Y Cafre… Bueno, Cafre no pensaba, sólo actuaba. Era la caballería y la infantería, todo junto.
La cosa siempre estaba entre ellos dos, Salva y Segis, y él.
Decían que era frío, cerebral. No tenían ni idea.
Sus amigos.
Continuó mirando a Cecilia, la manera en que respiraba, como subía y bajaba su pecho ahora vivo y turbadoramente femenino, las formas de sus piernas, prisioneras de los vaqueros, y de nuevo las manos.
Tanta ternura.
¿La misma ternura que mostraba por el hecho de que Jacinto fuese débil? ¿Era eso? ¿Detrás de toda chica latía una madre?
El murmullo de unas risas le hizo reaccionar y centrarse en lo que pasaba a su alrededor. La señorita Manuela había dejado de hablar. Todos miraban a Cafre.
–Freser… –suspiró la profesora–, ¿quieres dejar de hacer eso?
–¿El qué? –masculló él con aquella cara de pasmo tan eterna como la Luna.
–Ya lo sabes.
–No, no lo sé.
–Ya vale, ¿de acuerdo?
No respondió. Sus ojos y los de la señorita Manuela establecieron un combate sin vencedor ni vencido. En los de ella latía la tristeza mezclada con la rabia y la frustración. En los de él sólo la resignación.
–¿De acuerdo? –repitió la profesora.
11
—De acuerdo –se vio obligado a decir.
Todavía tenía entre los dedos de la mano la última pelotilla que se había sacado de las fosas nasales. La dejó caer al suelo sin más, por si las moscas. Pero cuando la señorita Manuela reanudó lo que estaba diciendo le sacó la lengua, infantilmente.
Luego buscó la complicidad de Salva y Segis.
El primero le guiñó un ojo. El segundo subió la comisura izquierda de sus labios.
Cafre suspiró con fuerza.
La voz de la profesora continuó siendo un murmullo ahogado por su propia indiferencia. Ella hablaba y hablaba, y él, por más que escuchase, en el fondo se quedaba igual, en blanco. No entendía nada. Por lo tanto, ¿para que escuchar? El resultado era el mismo. Y tampoco es que le fuera fácil concentrarse. Los mayores se preocupaban mucho y muy en serio de fastidiarles la existencia. Y lo hacían justo en el peor momento, en la parte que más necesitaban para disfrutar.
La vida no era justa.
¿A quién le importaba lo que otros hubieran escrito? Cervantes no estaba allí, en el pueblo, en las tomateras. Cervantes sólo había escrito un libro y se había quedado descansado, el hijo puta. ¿Quién decidía que aquello era bueno? ¿Por qué tenían que seguir en la maldita escuela hasta una edad? ¿Qué clase de libertad era esa?
Volvía a reinar el silencio. Todos estaban abriendo sus libros.
Y la profesora demostrando que seguía teníendole manía.
–Freser, ¿has leído el capítulo que te dije?
Pensó que mentirle era una tontería. Y, además, una concesión.
–No.
–¿Por qué?
–Porque está lleno de palabras raras que no entiendo.
–Si leyeras más las entenderías –la frase no era nueva, la conocían de sobra.
–Si leyera más me volvería tonto.
–Freser, no seas bobo, por Dios –suspiró ella con más y más cansancio.
–Mi padre dice que a los que leen, de tanto estar sentados sin moverse, se les atrofia el pito.
La carcajada fue casi general. Cafre hinchó el pecho. La profesora era una, pero ellos eran todos. Las risas le hicieron fuerte.
–¿Queréis callaros? –tuvo que gritar la maestra para imponer el orden–. ¿Cómo podéis reír cuando alguien dice una tontería de este calibre?
Cafre buscó la complicidad que más le importaba, la de sus amigos.
Salva levantó el pulgar de su mano derecha. Segis asintió con la cabeza. Ambos gestos fueron apenas perceptibles. Al otro lado, Alan parecía ensimismado.
Ahora, las consecuencias.
–Freser, ponte en pie –le ordenó la señorita Manuela.
12
Patricio Quesada le echó un cable a su padre con la carga de la caja.
–Te ayudo.
–Gracias, hijo.
El muchacho la sostuvo con las dos manos, sin esfuerzo. Los músculos se le hincharon, poderosos, dibujando los ríos de las venas que bajaban por sus brazos hasta casi los dedos, grandes y recios. Era el único de los trabajadores que llevaba puesta tan sólo una camiseta, muy ceñida, pegada al pecho, a la espalda y a la cintura. Por la parte posterior del cuello se veía el tatuaje, un águila desplegando sus alas hasta los hombros. Luego, en cada antebrazo, dos coronas de espinas circundándolos. Con el cabello corto, casi rapado al cero, el pendiente de la oreja derecha destacaba con luz propia.
–¿Te encuentras bien? –le preguntó a su padre.
–Sí, claro.
–Pareces cansado.
–Bueno, no he dormido lo que tenía que dormir.
–Es que cuando pierde el equipo te pones…
–¡Anda ya, calla! –le empujó el hombre.
Patricio colocó la caja en el camión. El resto de los obreros mantenía el ritmo. Nadie hablaba, porque el tiempo apremiaba. Los rumores acerca de una huelga de los dichosos franceses en la frontera hacían que la dirección de la empresa se sintiera más presionada. La última vez había sido la carga. Ahora podían quemar incluso el camión.
Y eso no era bueno para nadie, y menos para ellos. Los últimos de la cadena.
–Deberías pedir que te cambiaran a selección de producto –insistió Patricio cuando volvió a coincidir con él.
–¿Con las mujeres? A que te doy una –se molestó su progenitor.
–Mula.
–Descastado.
Se rieron mecánicamente, sin perder el ritmo del trabajo, pero el muchacho no perdió de vista a su padre. Ya no era cosa de haber dormido mal una noche. Se trataba de las últimas semanas. El declive resultaba evidente, igual que si una mano invisible le hubiese arrebatado parte de su energía y, al mismo tiempo, acabase de arrojarle encima más años de los que tenía. Las arrugas en el rostro se habían hundido hasta formar simas. Los ojos estaban orlados de aquella tristeza que a veces se veía en los de los viejos. Gabriel Quesada no era tan mayor, pero llevaba la vida entera en los campos y en las tomateras, de una u otra forma, pasando por todos los puestos imaginables.
Desde los dieciséis años, tres menos de los que tenía él ahora.
Patricio cargó otra caja.
Fue con ella a cuestas cuando apareció Blas, el encargado.
Se detuvo ante el muchacho, pero a quien llamó fue a su padre.
–¡Gabriel!
No era normal que Blas interrumpiera el trabajo. Algunos de los hombres aminoraron el paso o intercambiaron miradas de curiosidad. Todos se conocían. Todos eran del pueblo. Lo que le sucedía a uno, por extensión, les sucedía a los demás.
Gabriel Quesada le pasó la caja a otro obrero.
–¿Qué hay? –quiso saber.
–Han llamado de vuestra casa –fue lacónico el encargado–. Dicen que vayáis cuanto antes.
–¿Por qué? –se envaró Patricio.
–No sé –los ojos de Blas le esquivaron para continuar centrándose en su padre–. Pero creo que algo le ha sucedido a tu chico, el Jacinto.
13
El cambio de clases duraba cinco minutos. Tiempo suficiente para, al menos, intercambiar algunas palabras. Fue Cecilia, con la ansiedad tintando sus facciones, quien se acercó a Miguel Ángel —¿Dónde está Jacinto?
–No lo sé.
–¿Cómo que no…?
–¡No lo sé! –repitió el chico–. Le he estado esperando y no se ha presentado. No tengo ni idea.
–¿Pero no le viste ayer?
–Sí, ayer sí.
–¿Y?
Miguel Ángel bajó los ojos al suelo, tan triste como acobardado. Los subió de nuevo, más para mirar a su alrededor que para centrarlos en su compañera.
–Estaba muy asustado –reconoció.
–¿Crees que se habrá hecho el enfermo para no venir a clase?
–Ni idea.
–¿No te dijo nada, en serio?
–¡No! –casi se echó a llorar–. Cuando he llegado casi me dan a mí. Si no hubiera sido por el Osvaldo…
Cecilia cruzó los brazos sobre el pecho. Fue un gesto de impotencia, no una protección. Los apretó sin lograr liberar toda la tensión que sentía.
–¡Mierda de boda! –lamentó–. Todo el día con esa bobada… Ni siquiera pude telefonearle.
–Lo sé.
–Miguel Ángel, hemos de hacer algo –la voz de la chica fluyó con amargura–. Esto no puede seguir así.
–¿Y qúe quieres que hagamos?
–¡Acabarán haciéndole daño!
–¿Más?
Cecilia se estremeció. Sus ojos comenzaron a humedecerse.
–Ellos son cuatro –le recordó Miguel Ángel–. Nos matarán. Y recuerda que Jacinto no quiere.
–Es lo que no entiendo. ¡Ese maldito orgullo! ¿Qué sentido tiene?
–Ayer por la tarde…
–¿Qué? –le alentó a seguir al ver que se detenía.
–Tenía tanto miedo…
–No es justo, no es justo –la chica apretó los puños y lo repitió por tercera vez–: No es justo.
–Ellos pasan de nosotros –Miguel Ángel pareció abarcar todo el centro escolar–. Somos parte de la masa. No existimos.
–¡No digas eso!, ¿quieres?
–Es lo que hay –mostró más y más su derrota.
–Pues yo no les tengo miedo –apretó las mandíbulas con firmeza.
–Tú eres una chica. A ti no te harán nada.
–Precisamente por ello.
–¿Y cómo crees que va a sentirse Jacinto si una chica le defiende? Será peor, ¿no lo entiendes?
–¡Lo que no entiendo es por qué…!
Alguien corría por el patio exterior. La puerta del instituto estaba inusualmente abierta. Más allá de la verja se veía gente. Demasiada gente. Allí nunca pasaba nada, así que bastaban algunos pequeños detalles para darse cuenta de cuando sí sucedía algo.
El silencio de Cecilia hizo que Miguel Ángel también siguiera la dirección de sus ojos.
Escucharon los primeros gritos.
Vieron los primeros rostros atravesados por el estupor.
Y de alguna forma, sin saber exactamente por qué, de los labios de Cecilia fluyó tan sólo una palabra.
Un nombre.
–Jacinto…
14
Manuela Giner estaba sentada en una de las butacas de la sala de profesores. Como todavía estaba permitido fumar, las ventanas se encontraban abiertas para que el humo no saturase el ambiente y contaminase a los demás. Osvaldo Jiménez, a su lado, intentaba penetrar en su desconsuelo.
–Siempre hay años peores, y cursos difíciles. Supongo que este es uno.
–Osvaldo, no se trata de eso –exhaló ella mientras se pasaba una mano por la frente.
–No puedes hundirte. Tú no –la instó él.
–¿Por qué no puedo hacerlo? –lo miró con fijeza–. Por algún lado tiene que salir la tensión. Si pudiera hacer algo más…
–¿Por qué no planteamos el tema de una vez?
–¿Dónde, aquí? –abarcó el lugar en que se encontraban.
–¿Por qué no? Nos incumbe a todos.
–Esto es un pueblo –el tono era cansino–. No tan pequeño como para que resulte insignificante, pero tampoco tan grande como para adoptar medidas de fuerza mayor. ¿Crees que Helena o incluso don Sixto se pondrán en primera línea? Cada vez hay más gente de afuera, por el trabajo, pero la mayoría, los de siempre, se conocen demasiado aunque cada cuál esta en su casa. Somos cerrados, ¿no te has dado cuenta?
El rumor, primero lejano, se hizo más y más presente.
El profesor de Ciencias fue el primero en levantar la cabeza.
–¿Qué diablos está pasando ahí afuera?
Algunos maestros y maestras se dirigían ya a las ventanas. De forma nítida escucharon algo más que una voz.
Un grito.
Y después carreras, nuevas voces, la furia desatada de una tensión que se abría en espiral.
Manuela también se levantó.
No tuvo tiempo de dirigirse a las ventanas. Ni siquiera de poner palabras a sus pensamientos. La puerta de la sala de profesores se abrió con inusitada violencia. Se hubiera llevado por delante a cualquiera en el caso de que alguno de ellos se encontrase cerca de su batida en ese momento. Afortunadamente no fue el caso.
María Pina, la actual directora, se quedó en el quicio.
Pálida.
Más allá de las ventanas continuaba el fragor de aquella inesperada tormenta.
–Han encontrado el cuerpo de Jacinto Quesada sin vida –consiguió articular la aparecida–. Estaba al pie del acantilado…
Osvaldo Jiménez sintió el ramalazo de frío. Manuela Giner, el vacío mental, mientras se llevaba ambas manos a la cara con horror. El resto reaccionó de muy diversa forma, desde el estupor hasta el llanto. A todos los azotó un viento gélido, que nacía allí mismo, contaminándolos como un virus letal.
Por las ventanas de la sala de profesores empezaron a verse las primeras madres y abuelas corriendo hacia el centro escolar, dispuestas a rescatar a sus chicos y chicas, como si, de pronto, allí se hubiera desatado el infierno.
15
La conversación telefónica con su teniente era tranquila aunque grave. Pasada la sorpresa, y el impacto producido por la noticia, habían recuperado con rapidez el pulso profesional. Para Cipriano Galindo, sin embargo, despachar las primeras diligencias no le hacía más fáciles las cosas. El camino continuaba siendo tan o más espinoso.
Y lo seguiría siendo a lo largo de las horas siguientes. Quedaba un mundo por hacer.
Y allí, en un pueblo que, poco a poco, iba hacíendose eco de su dolor.
–¿Cuál es la situación? –quiso saber el teniente de la guardia civil.
–Tensa –buscó la palabra precisa–. Es un crío de 14 años. Ya sabe como son estas cosas, señor. He tomado fotos, y he llamado al juez para que proceda al levantamiento del cadáver.
–¿Su primera valoración?
–Es difícil decir…
–Vamos, Galindo, que no nació usted ayer. ¿Diría que es un crimen?
–No hay indicios.
–Alguien pudo empujarlo.
Cipriano Galindo recordó las huellas de aquellas lágrimas.
Aún así saba.
se resistió a decir en voz alta lo que pen—¿Accidente? –continuó el teniente ante su silencio.
–Es la segunda posibilidad.
–¿Y la primera?
Midió todas y cada una de sus palabras.
–Es el acantilado, mi teniente –lo expresó como si esto, por sí solo, ya bastase.
–¿Cuándo fue la última vez que alguien se tiró desde allí?
–A poco de llegar yo, pero ese lugar tiene un historial… Es como el viaducto que hay en Madrid. Cría fama…
No habían expresado la palabra en voz alta.
–Por Dios, Galindo. Hablamos de un chico de 14 años.
¿Importaba mucho la edad?
¿Acaso el dolor no se sentía igual a los 14 como a los 30, 40 o…?
–Estoy en ello, señor –empleó la mayor de las correcciones sin llegar a comprometerse–. Las primeras horas suelen ser decisivas.
–Yo estar aquí mañana por la mañana. Si necesita de más ayuda… No deje de informar, ¿de acuerdo?
–Sí, mi teniente.
–Hay algo más –la respiración de su superior atravesó la línea telefónica de forma huracanada–. Este es el típico caso que sirve de carnaza a los medios informativos –remarcó las dos últimas palabras con sorna–. En cuanto la noticia se difunda, puede que esto se convierta en un circo y se nos echen encima como lobos.
–¿Alguna recomendación?
–Ninguna declaración, aunque le pongan un micrófono en la boca.
–Entendido.
–Tampoco creo que se den tanta prisa, aunque todo es posible. De momento que el juez decrete secreto de sumario. Y usted ponga a todos a trabajar.
–A la orden, mi teniente.
No quedaba mucho más, salvo, quizás, las conjeturas finales, los comentarios abiertos, no como agentes de la ley, sino como simples personas.
–¿Y por qué iba a suicidarse un chico de 14 años?
–rezongó insatisfecho su superior.
–¿Llamar la atención, señor? –se oyó decir a sí mismo.
16
Osvaldo Giner les soltó el grito sin mediar ninguna otra palabra, nada más entrar y cerrar la puerta del aula.
–¡Callaos!
No era usual en él. Solía hablar de bichos con un amor rayano en la fascinación. Le encantaban. Amaba a los animales más que a las personas. Siempre les recordaba que era miembro de Greenpeace y que, años atrás, había tomado parte en dos campañas de las consideradas «duras», es decir, con riesgo.
Ese era su orgullo. Su currículum.
Se enfrentó a sus ojos desconcertados y a sus caras de pasmo. Se sentaron, uno a uno, mitad expectantes mitad curiosos. Se conocían lo suficiente como para saber que algo sucedía. Cada profesor era único.
Y el de Ciencias era demasiado buena persona como para ponerse a dar voces de buenas a primeras.
–Vais a recoger vuestras cosas, en orden, sin tu multos ni gritos, y saldréis del instituto para iros a vuestras casas, ¿de acuerdo? –les anunció–. Y cuando digo vuestras casas, digo vuestras casas. Al que vea por el pueblo nada más salir de aquí se las verá conmigo –y por si no lo habían entendido, agregó–: Las clases quedan suspendidas por hoy.
Una voz, al fondo, susurró demasiado ostensiblemente:
–¡Bien!
Osvaldo Jiménez miró en su dirección. Después de todo, siempre eran los mismos.
–Gómez.
El chico se puso en pie.
–¿Pasa algo… malo? –se aventuró a preguntar.
–De momento marchaos a casa, es todo lo que…
–La última vez que se suspendieron las clases fue porque se murió el señor Indalecio en el recreo –dijo Matilda Sancho.
Algunos empezaron a hacer cábalas mentales acerca de a quién le había tocado esta vez.
Osvaldo Jiménez se resignó. Nadie quedaba al margen. Nadie iba a salir indemne. La muerte caía siempre como una lluvia sobre los vivos. Fina o gruesa, siempre los empapaba.
Y a lo mejor era preferible que se lo dijese él. La escuela ya era un hervidero.
–Puede que esto sea duro para vosotros –se rindió–. Por eso os pedía y os pido que os vayáis a casa directamente y estéis con vuestras madres y padres. Hoy no es un buen día para estar en la calle. Y bastante se hablará… –tragó saliva una vez–. Quiero decir que es muy posible que afecte a todo el pueblo… –la segunda vez le costó más. Tenía la garganta seca. Le zumbaban los oídos y la presión sobre sus sienes era intensa. Ante sí tenía dos docenas de rostros que esperaban. Así que ya no aguardó más–: Ha sido encontrado sin vida el cuerpo de Jacinto Quesada…
De pronto, todos fueron niños. Una vez más.
SEGUNDO GRITO
Las reacciones
(Mediodía)
17
Los cuatro miembros de la familia Quesada formaban una piña solitaria en la antesala del dispensario del pueblo. Gabriel Quesada tenía sujeta por los hombros a su esposa Fernanda. Esta, a su vez, había depositado ambas manos sobre el cuerpo del pequeño Cosme, de diez años, tumbado en su regazo. Patricio, por detrás, inclinado sobre sus padres, desplegaba los brazos y mantenía una mano sobre cada uno de ellos. Las lágrimas parecían haberse terminado de momento. Lo que les dominaba ahora era el silencio, profundo, un peso enorme instalado en lo más profundo de sí mismos. Las miradas se perdían. La pesadilla imposible de ser asimilada.
Cuando de la nada pareció surgir el cuerpo del doctor Maura, materializándose al frente, las reacciones fueron opuestas.
Expectación en el hombre, miedo en la mujer, espera en el joven y curiosidad en el niño.
Gabriel se puso de pie. Patricio enderezó su figura.
–Lo siento –fue lo primero y al parecer lo único que se le ocurrió decir al médico.
–Queremos verle –pidió el padre de Jacinto.
–Me temo que…
–Es mi hijo –proclamó como si se lo recordara.
–El sargento Galindo ha dado órdenes terminantes de que no…
–¡A la mierda el sargento Galindo! –lo interrumpió Gabriel Quesada–. ¿Qué coño está pasando aquí?
–Por Dios, Gabriel… –sonó desmayada la voz de su mujer.
No le hizo caso.
–¿Por qué no podemos verle?
–Porque aún no sabemos qué ha sucedido y hay una investigación –dijo el doctor Maura–. Por eso.
–¿No saben qué ha sucedido? –frunció el ceño Patricio.
–No.
–Le han encontrado en la playa, al pie del acantilado.
El médico se enfrentó a sus ojos duros.
–No entiendo –se excusó.
–Ha salido de casa para ir al instituto –continuó Patricio–. El que haya hecho esto…
–¿Qué estás diciendo? –el médico se estremeció–. No hay indicios de que haya sido un asesinato, por Dios.
–No se pasa por el acantilado para ir a la escuela –volvió a hablar el cabeza de familia.
–No sé lo que ha sucedido –insistió el médico–. Ni lo sabremos hasta que se le haga la autopsia.
Fernanda lanzó un gemido de dolor.
–A mi hijo no van a cuartearle –Gabriel Quesada acompañó sus palabras con el gesto de su mano derecha, apuntando a su interlocutor con un dedo amenazador.
–Me temo que esto…
–¡Mierda, como le pongáis encima una sola mano…!
Lo sujetó Patricio, por detrás. El nuevo gemido de Fernanda se le ahogó en el pecho. El pequeño Cosme empezó a llorar y se apretó más contra ella. La única reacción del doctor Maura consistió en cerrar los ojos.
No se movió de donde estaba.
–Tendrán que saber qué pasó –quiso justificarlo–. Y es la única forma –lo repitió para dejarlo aún más claro–: La única. Por mucho que grites no voy a dejarte pasar, Gabriel. Ni ellos tampoco.
Volvieron la cabeza.
Eran dos, jóvenes, con el uniforme muy mal asentado en sus cuerpos, el tricornio calado hasta la frente, un aire de falsa marcialidad que contrastaba con la expresión de sus caras. Debían de llevar allí bastante rato.
–Mi hijo no pudo haberse caído por ese acantilado –les espetó Gabriel Quesada–. En lugar de estar aquí sin hacer nada y tocando los cojones tendrían que estar buscando al que lo hizo, ¿saben? Mi hijo…
Él también se deshizo, filtrándose como los granitos de un reloj de arena, hacia abajo, hacia el foso de su resistencia.
Cuando se derrumbó en la silla, junto a su esposa, Patricio fue el único que siguió en pie, desafiando al médico, con los puños apretados.
18
Miguel Ángel se detuvo al llegar a su calle. Descubrió que no quería meterse en su casa, ocultarse en su habitación, responder a las preguntas de su madre. Descubrió, de repente, que su cuerpo seguía allí, pero que su mente ya no. Su mente volaba.
Con Jacinto.
La idea de no verle nunca más era absoluta. Demasiado enorme como para ser comprendida.
En el último libro que había leído, subrayó una frase. Acababa de morir su abuela paterna, así que la asoció con ello. Decía: «Lo peor de la muerte es que la sufren los vivos».
Jacinto descansaba en paz, en verdadera paz después de semanas de infierno. Pero él…
–¿Ahora qué? –la preguntó a la distancia.
Seguía en mitad de la calle, a merced de cualquiera que le viera desde una ventana. Todos sabían que Jacinto y él eran amigos. Los amigos. No podía huir, pero sí esperar, esconderse, dejar que el tiempo fluyera, aunque no tuviera ni idea de hacia adónde.
Miguel Ángel reanudó su marcha.
Le pesaba la cabeza, el alma, y sentía las piernas como si fueran de cartón.
Rodeó su casa por la parte de atrás. El pequeño seto estaba seco, como la tierra sin lluvia. Se coló por él, despacio, para no engancharse la ropa con alguna rama traicionera, y, rezando para que su madre no le viera desde la casa, caminó hacia la parte derecha, donde se alzaba el pequeño cobertizo de las herramientas. No era más que una construcción rudimentaria, y apenas si se cabía en él, pero solía utilizarlo como refugio. De más niño había sido su nave espacial. Jacinto y él jugaban siempre a…
Jacinto y él.
Ahora ya sólo era él.
Dejó la mochila en el suelo y se sentó encima de un cajón de madera. Ya no era el asiento de la nave. Volvía a ser lo que siempre sería: un cajón de madera. Nada más.
Luego hundió los ojos en el suelo. Apretó los puños.
–Cabrones… –gimió–. Hijos de puta…
Fue como si el tapón de todos sus miedos y ansiedades saliera disparado.
Miguel Ángel empezó a llorar. Por fin.
19
Una de las profesoras la avisó:
–Está aquí su madre.
María Pina, la directora, suspiró con cierto alivio. Se levantó de inmediato y abandonó su despacho. El sonido de sus pasos, retumbando por el espacio ahora vacío del instituto, se le antojó extraño. Lamentó haberse puesto aquellos zapatos.
Luego pensó que eso era una estupidez.
En un día laborable, y más a aquella hora, en pleno curso, el instituto jamás había estado vacío.
Ni tan silencioso.
La madre de Cecilia Torralba esperaba en la sala de visitas. Todo muy formal. Era la primera con la que se enfrentaba y no tenía ni idea de cómo podía reaccionar. Abrió la puerta sin pensárselo dos veces, dispuesta a lo que fuera, y se encontró con ella de pie, agitada y nerviosa.
–Me han dicho que mi hija… Lo primero, tranquilizarla.
–Cecilia está bien, sólo ha tenido una crisis nerviosa. Pero hemos créıdo más lógico que viniera usted a por ella. En su estado no me parecía adecuado que se marchara sola a casa.
–Entonces lo de Jacinto…
–Sé lo que nos han dicho, que no es mucho.
–Cecilia y él eran muy amigos.
–Ya.
Las dos mujeres quemaron su primera energía. La visitante se mordió el labio inferior para no llorar. Sus manos se crispaban en torno a un pañuelo que aún no había utilizado. Sólo se aferraba a él. La directora del centro escolar mantuvo la calma que se suponía derivada de su cargo.
–La llevaré con Cecilia –prefirió aligerar la situación.
–Gracias.
Salieron de la sala de visitas y caminaron una al lado de la otra por el pasillo. Ahora el eco devolvió el sonido de sus pasos por duplicado, con un ritmo armónico. María Pina aprovechó el momento para darle toda la información necesaria.
–Se ha puesto a llorar, de manera imparable, y de ahí, a tener un ataque de histeria… –buscó las palabras más adecuadas para no alarmarla–. Cuando hemos conseguido tranquilizarla un poco se ha quedado como ida, obnubilada.
–¿Pero qué le ha sucedido a Jacinto Quesada?
–Le digo que no sé mucho más. Sólo que han encontrado su cuerpo en la playa, al pie del acantilado. Cuando la noticia ha empezado a correr, muchas madres han venido a por sus hijos, sobre todo los pequeños. Hemos tenido que suspender las clases.
–Dios mío… Esto es demasiado pequeño para una tragedia de estas dimensiones –se estremeció la madre de Cecilia.
La directora se detuvo delante de una puerta.
–Puede que necesiten asistencia psicológica –anunció con voz quebradiza–. Y no hablo únicamente de ellos –bajó la cabeza y de pronto se dio cuenta de que el pañuelo tal vez lo habría necesitado ella–. Perder a un compañero a su edad, y más si ha sido de forma violenta…
Abrió la puerta para no dejarse arrastrar por la emoción. Se le suponía una mujer fuerte, de carácter. Y se avecinaban días duros, para ponerla a prueba. Al otro lado vieron a dos de las maestras con Cecilia.
La chica tenía la mirada perdida, el cuerpo de un autómata.
Ni siquiera reaccionó al ver a su madre.
20
Manuela Giner y Osvaldo Jiménez vieron cómo Cecilia y su madre abandonaban el instituto. Caminaban despacio, la muchacha con los ojos hundidos en el suelo, la madre sujetándola por los hombros, aunque más parecía apoyarse en ella. La sensación de hallarse inmersos en un gigantesco funeral se les hizo más notoria.
No reaccionaron hasta que madre e hija salieron por la puerta metálica abierta en el muro que circundaba el colegio.
Entonces la profesora de Lengua y Literatura expresó su primera emoción compartida.
–Tengo miedo.
–¿De qué?
–De todo –su voz era un hilo muy delgado–. De lo que vaya a suceder, de cómo nos va a cambiar esto…
–Ha sucedido en otras partes –reflexionó él para darle ánimos–. Hay que dejar pasar el tiempo, nada más.
–¿Estás seguro?
Osvaldo Jiménez se encontró con sus ojos fríos.
–Mueren chicos y chicas en muchos lugares, y de muchas formas. Y todos estudiaban, tenían amigos… No importa que el sitio sea pequeño, como este. Puede ser un tópico pero es cierto: la vida sigue.
–La vida no puede seguir igual –manifestó ella.
–¿Por qué?
–Osvaldo, por Dios… –la profesora se llevó una mano a la boca y volvió a mirar por la ventana–. ¿Hasta cuando vamos a fingir? Hemos cerrado los ojos, nos hemos dicho lo de siempre, que son cosas de chicos, que han de acostumbrarse a la vida… Sabemos perfectamente…
–No, yo no –la interrumpió él demasiado abruptamente.
–¡Lo hemos tenido delante todo este tiempo!
–Escucha, Manuela –consiguió que su compañera volviera a mirarle–. Cada vez que sucede una tragedia se buscan culpables, y lo único que se consigue con esto es que todos se vean arrastrados, sin remisión, porque la culpa suele extenderse igual que un aceite contaminante.
–¡Es que hay culpables! –gritó ella–. ¡Lo somos todos! ¡Ellos! ¡Nosotros!
–No digas eso.
Quiso cogerla, quizás abrazarla, pero Manuela Jiménez no le dejó. Se echó para atrás y apretó tanto las mandíbulas que los ángulos de sus facciones se vieron repentinamente endurecidos por el gesto. La dulzura de su feminidad dejó paso a una visceral furia que la desarboló por completo.
–Ahora es demasiado tarde –musitó entre dientes. Osvaldo Jiménez se sintió muy muy lejos de ella. Tanto que, de pronto, fue como si dejara de conocerla.
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