Kitabı oku: «Los Hijos de Mil Budas»
JORGE GARCÍA TANUS
Los Hijos de Mil Budas
El ocaso de una iluminación

García Tanus, Jorge
Los hijos de Mil Budas : El ocaso de una iluminación / Jorge García Tanus. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2424-9
1. Ensayo. I. Título.
CDD A864
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Índice
1 Introducción
2 I PARTE Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27
3 II PARTE Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6
Landmarks
1 Table of Contents
Para mis amigos...
del pasado, del presente y del futuro.
Introducción
Hamilton Garciarena Temis es un abogado medianamente próspero de la ciudad de Buenos Aires, que en su juventud había conocido las enseñanzas budistas del Sutra del Loto e ingresado a una de las organizaciones que las promueve, la Bukkyo Kai, un hecho que significó una gran contienda espiritual y la vida secular en el ámbito de la abogacía, lo que derivó en un profundo y dramático cambio de perspectiva hacia los valores religiosos en general, luego de veinticinco años de práctica y pertenencia a aquella membresía religiosa.
A sus jóvenes veintiún años trabajaba como cadete haciendo tareas de trámites y fotocopias en una prestigiosa clínica cardiovascular y dudaba entre seguir la carrera de derecho, de la que ya había aprobado el curso básico para el ingreso; la de periodista, por su afición a la lectura y a los documentales biográficos y de investigación; o alguna otra ligada a la administración que le permita conservar el trabajo y tener con qué ayudar a sus padres que no gozaban de una buena situación económica.
En esa clínica, una compañera de la administración, a raíz del espíritu de búsqueda y curiosidad del joven, le transmitió las enseñanzas budistas de un monje del siglo XIII, llamado Nanjo “El Gran Sabio” y de la organización laica que las promovía a través de la práctica religiosa, reuniones y demás actividades, la Bukkyo Kai.
En un principio, Hamilton era reacio a participar de todo aquello que traiga consigo su intervención en algún “evento masivo”.
Al advertir esta limitación, esa compañera de trabajo comenzó a facilitarle diversas obras del presidente de la organización a nivel mundial y de su sede en el Japón, el maestro Takeru Yamamoto, con quien el joven experimentó una gran identificación intelectual y espiritual, que lo llevó naturalmente a querer interiorizarse más en sus obras.
Por esos días, el material al que accedía eran discursos y disertaciones del propio Yamamoto, ya que por esos tiempos llegaban traducciones de unos breves discursos en reuniones, notas, ensayos y diálogos con diversas personalidades, entre ellos Nelson Mandela (1918– 2013), a quien Hamilton admiraba profundamente y había leído de él diversas biografías, además de la de Mahatma Gandhi (1869–1948); la de Juan Domingo Perón (1894–1974), entre otras personalidades de la historia argentina y mundial.
Por su identificación con las obras de Yamamoto, al cabo de un año decide ingresar a la Bukkyo Kai de la Argentina, en mayo de 1993, luego de la única visita de este al país.
Transcurren sus primeros años de práctica y luego de graduarse de abogado –en 1998– viaja al Japón y tiene dos nuevos encuentros con quien ya en ese tiempo consideraba su mentor.
Allí comienza un derrotero en la vida espiritual y profesional del joven, que luego de un par de décadas tomaría ribetes dramáticos, al poner fin a una trama de contradicciones, intrigas, ocultamientos y actitudes subrepticias, que como miembro de la organización budista conocía, pero más que nada presenció como uno de los abogados de la institución y fiel colaborador durante varios años.
Así fue como gradualmente comenzó a tomar conciencia de que los valores religiosos que ciertas personas muy cercanas a él pregonaban no tenían nada que ver con la realidad.
Esos hechos se enmarcan en el período en el cual –como miembro de la entidad y ya ejerciendo su rol de abogado– asistió en diversas cuestiones que involucraban a la institución y a algunos de sus directivos.
Ello en paralelo con sus actividades religiosas habituales, las que –por diversos motivos– debieron sufrir interrupciones en medio de numerosos conflictos internos, generalmente vinculados a disputas por la conducción de la organización y en particular por las acciones para tomar con respecto a un grupo religioso opositor.
Tanto esas disputas como las suscitadas en relación con las actividades de miembros denominados “disidentes”, en verdad ocultaban otras motivaciones y ambiciones personales de los protagonistas que se embarcaban en tales luchas intestinas, generalmente vinculadas al propósito de tomar el control de una organización que reportaba algunos privilegios y –sobre todo– grandes dividendos.
Si bien Hamilton Garciarena se graduó como abogado en la Universidad de Buenos Aires en ese año, un breve tiempo antes comenzó a intervenir en diversas gestiones institucionales de la Bukkyo, aun sin ser un profesional recibido, todas bajo la conducción de directivos de la entidad y de responsables coordinadores de los grupos juveniles.
Ya con cierta experiencia en el ámbito profesional, desde 2008 y hasta 2018, ocupando las filas de los coordinadores de grupos de capacitación en la fe de la Bukkyo Kai de Argentina, se desempeñó como apoderado legal de la entidad.
Su arribo a tal función se debió a la apertura de diversos frentes judiciales que ameritaban una dedicación permanente o más bien la de un asesor interno, que por sus condiciones de miembro, creyente y abogado de confianza de diversos líderes de la organización, Hamilton Garciarena cubría perfectamente.
Pero lo más curioso es que su asesoramiento ya no estaba solamente dirigido con la cuestión relacionada con ese grupo opositor, sino con innumerables conflictos derivados de dimisiones internas generadas por los principales líderes de Bukkyo Kai de Argentina, que la dejaron al borde de un colapso institucional.
Luego de algunos años de enfrentamientos internos que se fueron desencadenando uno tras otro y que confluyeron en una total judicialización y –cuando él creía que esos conflictos se verían disipados o más bien habían llegado a su fin– se produjo un acontecimiento que generó en Hamilton una verdadera crisis existencial y de valores, principalmente experimentada durante el transcurso y luego de un proceso judicial en particular, que le reveló la existencia de una gran mentira sostenida durante casi tres décadas, con todo lo que ello conlleva.
Luego de varios años de desempeñarse con un éxito más que aceptable y creyendo que los embates legales contra la entidad, al menos los más urgentes y atendibles ya habían concluido, llega a él una causa que a primera vista era la más sencilla de afrontar y resolver favorablemente, la cual estaba dirigida contra uno de los más importantes directivos y referentes de esas disputas y al que Hamilton consideraba su amigo personal y todo un referente, y más bien su principal antecesor.
Pero, a la luz de las constancias del expediente y debido al vínculo que tenía el abogado con la persona involucrada, se aviene una gran crisis personal que lo lleva a cuestionarse respecto a los valores atesorados durante tantos años, pero que a la vez desencadenan una trama que echa luz sobre oscuros secretos y comportamientos cuasi patológicos que –de darlos a conocer– pondrían en crisis a la organización en el plano local e internacional, por lo cual decide guardar silencio, creándose un vínculo mucho más confuso, enigmático y de absurda desconfianza entre él y los principales directivos de la organización, lo que lentamente trasciende a la generalidad de la membresía de la comunidad, hasta tornarse hacia un punto sin retorno.
A la vez, en su condición de abogado, pero también como creyente, comienza a experimentar una total desconfianza hacia ese líder y hacia sus principales allegados, generando diversas reacciones de los involucrados que, directa o indirectamente ligados a la Bukkyo Kai y al propio protagonista, le suscitan las conversaciones más paradójicas y negacionistas.
Ello va generando las más diversas y complejas derivaciones y mucha confusión al pretender dilucidar la naturaleza real del conflicto, hasta que Hamilton toma conciencia de intereses inconfesables y de que un plan bastante subrepticio de su defendido y de directivos de la entidad había sido puesto en marcha, reeditando interminables luchas con el mecanismo de crear enemigos disidentes para encubrir la propia situación interna, como si ello fuera el fruto de un comportamiento compulsivo.
Todo lo vivenciado por Hamilton durante esos años le permite al lector indagar y sacar sus propias conclusiones sobre temas religiosos y acerca del funcionamiento de muchas entidades que pregonan dichos valores, tanto en los aspectos de las más profundas y trascendentes vivencias como en aquellos factores en donde se pone en evidencia lo más oscuro de lo que es mostrado como un camino espiritual.
La trama es narrada del modo más próximo a como el protagonista fue elaborando los sucesos desde su convulsionado mundo interior, sin seguir una cronología exacta de los sucesos, sino más bien en una confrontación entre los hechos de un presente ligados al pasado y hasta los inicios de su existencia y su ingreso al mundo de la fe.
Es decir, lejos de presentar un relato biográfico o una crónica lineal, los acontecimientos van reflejando en su propio estado el caos emocional, espiritual y psicológico en el que se vio inmerso al afrontar diversas contingencias, debiendo –a la vez– cumplir con sus obligaciones y mandatos profesionales con la mejor de las actitudes.
Hamilton cree profundamente en que la pertenencia a grupos religiosos puede ser sin duda una experiencia positiva en las ansias de encontrar un significado a la vida y la muerte, las preguntas existenciales y de vivir –en definitiva– una verdadera experiencia espiritual de plenitud en la propia existencia.
Pero, también, esa cosmovisión puede estar sesgada por cuestiones institucionales y comportamientos humanos de aquellos que integran esos grupos, que posiblemente distorsionen ese anhelado bienestar individual, hasta el punto de confrontarlos y verificar que la coherencia entre los valores pregonados y las realidades cotidianas empiezan a tornarse difusas, justamente por no coincidir en absoluto.
Desde la perspectiva del budismo del Buda Nanjo y del Sutra del Loto, cuyo basamento es el que la Bukkyo Kai Internacional pregona, no hay nada en la experiencia de un individuo que transite por fuera de su propio estado interior y ese es el punto de partida esencial para comprender las disquisiciones internas del abogado.
Haciendo carne en ese principio resuena esa analogía de la flor de loto, que emerge de los pantanos más inhóspitos para resplandecer de color o como bien se escuchó decir cierta vez a un artista y compositor argentino: “no existe ninguna flor que no provenga de sustancias podridas”1.
Por eso, tal vez nos toque afrontar la tarea de describir algunas podredumbres –incluso y principalmente las del propio protagonista– para florecer a una realidad que no sabríamos si calificar como nueva, pero sí al menos más visible o por qué no “más real”, valga la redundancia, más allá del fenómeno de las instituciones religiosas y su influencia en la vida de las personas, más allá de cualquier deseo de trascendencia, y con la absoluta certeza de conocerse a sí mismo.
Con este relato, no se quiere espantar a nadie que desee ingresar a un grupo religioso, pero sí me parece sano saber bien de qué se trata, al menos desde la perspectiva de lo vivenciado por Hamilton.
Por cierto que tampoco sirve cuestionar muchas experiencias positivas que se pueden extraer de diversas prácticas, aun de las involucradas en esta trama y que los maestros de estas pregonaron.
Pero también es seguro que eso podrá darse solamente si estamos ante una ciudadanía lo suficientemente esclarecida acerca del potencial y las debilidades propias del ser humano y que ello se plasma tanto en lo individual como en su actuar en el colectivo de los grupos humanos y las instituciones que –de manera indefectible– y para eso es vital comenzar por esclarecerse uno mismo acerca de la naturaleza de su propia existencia.
Eso que el propio Carl Gustav Jung (1875–1961) describía como un proceso en el que todo ser humano debe ser consciente de la propia oscuridad para dar luz a su propia vida; muy semejante –por cierto– a la concepción de la “iluminación” que pregona el budismo2.
Por eso, se describen una serie de vivencias que fueron afrontadas por el protagonista como un verdadero atentado a su propia escala de valores, los que paradójica y supuestamente estaban bien afianzados, pero veremos que, tan pronto como despierta a su realidad, toma conciencia de que en verdad no era así, sin que ello lo prive de ir rescatando un sinnúmero de experiencias valiosas que bien pudieron ser un tesoro para su existencia.
Por cierto que en el proceso de “toma de conciencia” Hamilton se da cuenta de que todas esas vivencias no se desencadenaron de un suceso o un hecho externo, sino que fueron constantes, permanentes y reiteradas. Solo que ahora había cambiado su percepción interior, plasmada en la decisión de poner a prueba esos valores como una propia necesidad de supervivencia, tanto dentro como fuera de la organización y aun en medio de una campaña de desprestigio en su contra e impulsada por quienes él mismo había defendido, respetado y valorado, además de haber sentido en el pasado un gran afecto por esas personas.
A medida que esa maniobra comienza a manifestarse, percibe que esos valores ni estaban tan afianzados, ni era su intención afianzarlos a cualquier costo, generándole ello una gran contradicción, que lo lleva hacia una especie de toma de conciencia mucho más profunda que con el devenir de diversos acontecimientos, que lo confrontan ante el valor de la coherencia y que en esa búsqueda ha sido expuesto a una prueba difícil de superar.
El autor
1 La frase pertenece al autor y compositor Gustavo Cordera, en uno de sus videos publicados en la plataforma YouTube al presentar una canción llamada “Agua de río” (https://www. youtube. com/watch?v=ojx–xSzIuPs).
2 Jung, Carl Gustav, Introducción a la psicología analítica. Cita textual: “Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”.
Basada en hechos reales, aunque los nombres de los protagonistas, instituciones y algunas referencias han sido modificados.
I PARTE
«Jamás aceptaría pertenecer a un club que aceptara como miembro a alguien como yo».
Groucho Marx
1
Noviembre de 2019. Es un mediodía más en la ciudad de Buenos Aires, un día de la semana común y corriente, en donde luego de hacer una recorrida por los tribunales del centro de la ciudad, Hamilton Garciarena duda entre almorzar en donde lo hace habitualmente cuando va por el centro de esa ciudad devenida en jungla o en picar algo al llegar a casa y luego cenar de forma más contundente.
En los últimos tiempos se sintió con algo de sobrepeso y escuchó a un nutricionista en YouTube que explicaba por qué eso de las múltiples ingestas no es tan aconsejable como parece.
No solo le pareció lógico y razonable lo que el galeno a modo de refutación aludía, sino que –además– el expositor médico daba el ejemplo con su propia delgadez, la que ilustraba la veracidad fáctica de sus postulados.
Además se sustentaba en un dato basado en la antropología y en la prehistoria, en la que el ser humano no necesariamente podía comer todos los días, debido a que antiguamente se esperaban las temporadas de caza. Lejos de eso, contrastaba la actualidad que pregona el consumo constante en las grandes ciudades y la total carencia y precariedad alimentaria en sus suburbios, sobre todo en Latinoamérica.
El doctor Hamilton –tal como lo llaman quienes lo conocen de manera más habitual– está satisfecho con su profesión y muy conforme con cierta prosperidad alcanzada a lo largo de los años que hace que se dedique a la abogacía y de la que se jacta de haber sido siempre totalmente independiente.
Si bien la mañana fue bastante tranquila, termina de anotar las actividades pendientes y se dispone a volver a su casa, que en estos tiempos se convirtió para él en un verdadero búnker.
A mediados de 2017 pudo reconstruir lo que era una vieja propiedad con poco mantenimiento en un condominio de Villa Urquiza, vulgarmente denominados “PH”3, por alusión a la “propiedad horizontal” y que, luego de casi un año de tareas de refacción, pudo dejar a punto para establecer allí su estudio jurídico en el barrio que eligió para vivir y en donde podría aprovechar los espacios también para su vivienda, luego de dejar de ser socio en un estudio en ese agobiante centro de la ciudad.
Al principio dudaba de los frutos que podría dar dicho cambio, ya que la avenida en la que se instaló es más bien un barrio de comercios y talleres mecánicos.
Pero ahora puede ver –luego de un par de años– que todo fue mejor de lo esperado, ya que –por un lado– ganó en mayor cantidad de trabajo, pero sobre todo, lo ganó en tranquilidad, la que tanto creía que necesitaba, sobre todo luego de vivir años convulsionados en todos los aspectos de su vida.
Reflexionaba acerca de cuándo comenzaron esas situaciones que lo llevaron a un estado de tanta conmoción interna.
Según Flavia, una querida astróloga amiga y con la que sostuvo un vínculo de muchos años, –a quien conoció de compartir parte de la etapa del colegio secundario y con quien se frecuenta luego de muchas idas y vueltas– le dijo que ello bien pudo haber comenzado para fines de 2008, ya que ahí fue cuando comenzaron los tránsitos de Plutón sobre su signo ascendente natal, Capricornio, que contrasta perfectamente con su Sol en Sagitario, para que el resultado sea la convivencia entre un ser totalmente estructurado que enmascara a un festejador interminable.
El doctor Hamilton Garciarena Temis estaba a punto de cumplir 51 años el próximo diciembre y se auto percibía como una especie de testimonio viviente. Al menos eso corroboraban y le incentivaban sus amigos más cercanos y su familia.
Un amigo arquitecto y viejo compañero de la organización budista a la que pertenece, la Bukkyo Kai, llamado Marcelo Messina o “el Correntino” llevó a cabo el proyecto de refacción del “PH” convertido en una nueva “vivienda–estudio”, que es más bien una mezcla búnker de hombre soltero, oficina y un hogar para los encuentros con alguna compañía ocasional, luego de haber intentado estar en lo que se denomina una relación estable sin ninguna clase de éxito, lo que lo llevó a autoproclamarse como “un especialista en fracasos” en ese sentido. Acuñando una frase de aquel “loco Bielsa”, al que tanto admira.
Nunca le gustó salir demasiado, menos ahora que vive en un lugar que adaptó totalmente a su gusto y que le resulta tan contenedor, y que aun sin ser de una categoría extraordinaria, es donde puede transcurrir con comodidad y tranquilidad sus días.
Sin saberlo, en pocos meses ese lugar se convertiría en su refugio solitario para transcurrir los aislamientos forzosos por el brote de corona virus4, que a ese momento era totalmente imprevisible y lejano, ya que nada hacía avistar una “pandemia”.
Apenas un caso se había detectado en una región de China por esos días y la información en nada llamó la atención de Hamilton, ni de nadie que lo rodeara, pero poco tiempo después descubriríamos que la ciudad china de Wuhan se convertiría en el epicentro y la nueva capital de un cambio de era para la humanidad.
Respecto a su vida sentimental, estuvo intentando alguna que otra vez hasta llegar a esas rupturas o las denominadas crisis como las que una vez le describió un gran amigo, es decir, aquellas que “por el momento son definitivas”, como si tanto la palabra “crisis” y como todo el mundo sentimental de un ermitaño cincuentón no fuera acaso un postulado auto-contradictorio.
Fue todo un esfuerzo hacer con escaso presupuesto de ese viejo y poco mantenido PH, el que Hamilton pudo comprar –luego de algunos juicios con buena paga y unos ahorros acumulados, numerosas privaciones durante toda su juventud– para armar ese coqueto estudio con vista a la avenida De los Constituyentes, una de las más ultra populares y transitadas de Villa Urquiza, sobre todo como acceso y salida de la Capital, de las pocas que conservan edificaciones bajas en donde pululan los locales comerciales debajo de los PH de ambientes grandes de mediados hacia principios del siglo pasado.
Allí había encontrado el lugar ideal en donde vivir y hacer reuniones de la Bukkyo, al menos esa era su intención de propósito al construir cada espacio del amplio PH en primer piso y con vista a la calle.
Aunque desde hacía varios meses no se hacía ya ninguna reunión de budismo allí.
No obstante, recibía constantemente a su familia, clientes y amigos a los que solía homenajear con algún que otro asado en la enorme parrilla que “el correntino” le había construido como prioridad para el enorme patio “villaurquicense”.
Su amistad con el arquitecto había surgido allá por 1994, cuando –junto con otros budistas de la provincia de Corrientes– recibieron a una comitiva de jóvenes de todo el país, entre los que se encontraba uno nuevo, llamado Hamilton Garciarena.
El evento fue en la ciudad de Paso de la Patria y Hamilton asistió junto a un contingente de jóvenes, en lo que sería su primer viaje como miembro de la entidad religiosa.
Ese suceso era para él difícil de olvidar, no solo por ser el primero que realizó como miembro de la Bukkyo, sino porque fue en pleno Mundial de fútbol de 1994 en los Estados Unidos y –para él– no ver durante esas dos jornadas la totalidad de los partidos había significado un cambio llamativo en su vida, ya que hasta ese entonces jamás hubiera querido perderse ni un solo instante de lo ocurrido en un evento de esas características.
De todas maneras, el cambio sería algo más lento de lo esperado, ya que en más de una ocasión y en ese “viaje de capacitación” Hamilton se escapaba de algunas de las reuniones –que se sucedían una tras otra– para ir a ver aunque sea los tramos de algún partido.
Él sabía que no lo llamarían al orden por su condición de principiante, pero también más de una vez esa conducta generó el reproche de algunos de los líderes y responsables de la actividad ya más avezados, que remarcaban con respecto a “la actitud”.
Sin embargo, en su fuero interno el joven Hamilton pensaba: “perdió Colombia con Rumania, después de hacernos cinco goles en las eliminatorias en el Monumental”. O que seguramente era el último Mundial “del Diego” y sí que lo fue.
Luego vendría el dopaje positivo y la expresión “me cortaron las piernas” del “barrilete cósmico”5. Una conspiración o “la argentinidad al palo”6, o ambas cosas a la vez. Una proyección predictiva acaso. Ya que de una mezcla de conspiraciones y argentinidades vendría la cosa.
Carlos Saúl Menem (1930–2021) gobernaba el país. Un presidente elegido por mandato popular del partido más popular, pero que había aplicado una política de privatizaciones sin precedentes y que jamás había enunciado en su plataforma electoral.
Hamilton Garciarena no era muy conocedor del tema, pero se manifestaba en forma muy contraria y crítica de esa clase de políticas, no obstante reconocer que la llamada convertibilidad había frenado la inflación.
Pero de ahí a creer en el hecho de que un peso argentino equivalga a un dólar podría ser una ficción conspirativa producto de otra argentinidad, esta vez plagada de ingenuidades y de autopercibirnos poseedores de una superioridad que en verdad no tenemos, aunque sí otras tantísimas virtudes.
Antes de conocer el budismo Bukkyo (así se lo denominaba), el joven Hamilton había intentado cierta militancia –con varios intervalos– en la política de la Universidad de Buenos Aires y en algunos barrios de la Capital, aunque nunca asumió un protagonismo pleno, debido que su decepción llegaba muy pronto.
En 1989 había apoyado activamente la campaña electoral de Carlos Menem desde un grupo juvenil autodenominado “La Secretaría de la Juventud”, integrada por jóvenes peronistas y bajo la dirección de Cristian Ritondo, quien años después sería funcionario en la provincia de Buenos Aires de la agrupación política que llevó al empresario Mauricio Macri a la presidencia de la nación en 2015, año plagado de una sucesión de penurias personales para Hamilton para terminar coronándolo con semejante regalito.
Pero por aquellos “noventosos” tiempos y al asumir Menem, Hamilton había comenzado a notar que el riojano de peronista no tenía mucho y luego de plantearle a Ritondo que las designaciones de Menem eran un cocoliche liberal, abandonó la secretaría para seguir al denominado “grupo de los ocho”, integrado por ocho diputados peronistas disidentes de Menem y sus políticas.
En verdad buscaba esa excusa junto a uno de sus amigos para irse a tomar una cerveza por ahí y no tener el mínimo compromiso con ese ideal político.
Allí militó un corto tiempo en una oposición conducida por Germán Abdala (1955–1993) y Chacho Álvarez (1948- ), quien luego de formar lo que primero se denominó el “Acuerdo Popular”, pasó a denominarse “Encuentro Popular” y desembocó en el FREPASO7 para convertirse en vicepresidente de la nación al secundar a Fernando de la Rúa (1937–2019).
En la denominada Alianza, Chacho Álvarez renunció al año de su asunción, luego de conocer y exteriorizar un escándalo de sobornos que vinculaba a casi la totalidad del Senado de la Nación Argentina para aprobar una “flexibilización laboral”8.
Luego vendría la debacle de diciembre de 2001, que llamativamente tuvo coincidencias con una de las primeras situaciones paradójicas y dramáticas que vivió Hamilton como miembro de la Bukkyo y que fueron luego una constante, como si en ese momento el futuro ya hubiera llegado. No duró mucho el joven en el mundillo político, sobre todo porque su desencanto era tan grande que sentía que había que hacer una gran revolución y destituir a todos por “estafa electoral”.
Si bien el tipo penal no existía, Hamilton comenzaba a estudiar la carrera de Derecho y tenía una gran convicción en provocar que existiera al menos un mecanismo de revocatoria del poder en la Constitución. Aunque para demostrar la falsedad del abordaje objetivo de una profesora de Teoría del Estado, manipuló los argumentos acerca de la constitucionalidad de los indultos presidenciales del propio Menem, obteniendo la máxima nota, para reconocer luego que lo hizo por la nota misma y demostrarle a la docente su falta de objetividad en el análisis, ya que había puesto las mejores notas a los que se expresaban a favor de dicha medida, que a aquellos que lo hacían en contra, prescindiendo de objetivas valoraciones en torno a las fundamentaciones brindadas.
A sus cuarenta y pico largos ya era un abogado con cierta carrera y el tipo penal seguía sin existir. Asumió la presidencia Mauricio Macri, y tampoco existía ningún mecanismo constitucional que frenara a un presidente que hizo exactamente lo opuesto y contrario a lo que propuso en su plataforma que lo llevó al poder, no sin un despliegue mediático–judicial que no tenía precedentes, pero que desde el derrocamiento de Lugo en el Paraguay tenía el gustillo de plan sistemático en la región.
Volviendo a aquellos años noventa llenos de glamur y pesos convertibles, el joven Hamilton, solo para situarse bien lejos de la corriente, comenzaba a interiorizarse acerca de muchas disciplinas espirituales, hasta que se topó con el budismo, sobre todo gracias al material que le acercaba una compañera del trabajo que cumplía como cadete en una clínica exclusiva del coqueto barrio de Belgrano. Hamilton estaba a cargo de los trámites bancarios, cobranzas y fotocopias de historias clínicas, como auxiliar del área de facturación.
En simultáneo a esos tiempos, ese mismo presidente Menem, con un rejuvenecedor peinado posaba junto a The Rolling Stones, George Bush padre y al poco tiempo, lo haría con el presidente de la Bukkyo Kai Internacional, Takeru Yamamoto, en lo que sería su única visita a la Argentina.
Comenzaba 1993 y Hamilton era un aspirante al ingreso a la institución religiosa y a su nuevo camino espiritual.
El correntino Messina, junto a su hermano y otros compañeros –no menos correntinos– fueron los anfitriones de ese encuentro en Paso de la Patria y –a partir de ese viaje– Hamilton afianzó su vínculo con el campechano Marcelo, más que con su hermano Mario, un tanto más seco en el trato, pero no menos amable, educado y tremendamente respetuoso, tanto que a Hamilton lo incomodaba, o lo hacía sospechar. Es que él primero sospechaba, ya que ese era su patrón emocional aprendido y aprehendido.