Kitabı oku: «Los Hijos de Mil Budas»
JORGE GARCÍA TANUS
Los Hijos de Mil Budas
El ocaso de una iluminación

García Tanus, Jorge
Los hijos de Mil Budas : El ocaso de una iluminación / Jorge García Tanus. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-2424-9
1. Ensayo. I. Título.
CDD A864
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Índice
1 Introducción
2 I PARTE Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27
3 II PARTE Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6
Landmarks
1 Table of Contents
Para mis amigos...
del pasado, del presente y del futuro.
Introducción
Hamilton Garciarena Temis es un abogado medianamente próspero de la ciudad de Buenos Aires, que en su juventud había conocido las enseñanzas budistas del Sutra del Loto e ingresado a una de las organizaciones que las promueve, la Bukkyo Kai, un hecho que significó una gran contienda espiritual y la vida secular en el ámbito de la abogacía, lo que derivó en un profundo y dramático cambio de perspectiva hacia los valores religiosos en general, luego de veinticinco años de práctica y pertenencia a aquella membresía religiosa.
A sus jóvenes veintiún años trabajaba como cadete haciendo tareas de trámites y fotocopias en una prestigiosa clínica cardiovascular y dudaba entre seguir la carrera de derecho, de la que ya había aprobado el curso básico para el ingreso; la de periodista, por su afición a la lectura y a los documentales biográficos y de investigación; o alguna otra ligada a la administración que le permita conservar el trabajo y tener con qué ayudar a sus padres que no gozaban de una buena situación económica.
En esa clínica, una compañera de la administración, a raíz del espíritu de búsqueda y curiosidad del joven, le transmitió las enseñanzas budistas de un monje del siglo XIII, llamado Nanjo “El Gran Sabio” y de la organización laica que las promovía a través de la práctica religiosa, reuniones y demás actividades, la Bukkyo Kai.
En un principio, Hamilton era reacio a participar de todo aquello que traiga consigo su intervención en algún “evento masivo”.
Al advertir esta limitación, esa compañera de trabajo comenzó a facilitarle diversas obras del presidente de la organización a nivel mundial y de su sede en el Japón, el maestro Takeru Yamamoto, con quien el joven experimentó una gran identificación intelectual y espiritual, que lo llevó naturalmente a querer interiorizarse más en sus obras.
Por esos días, el material al que accedía eran discursos y disertaciones del propio Yamamoto, ya que por esos tiempos llegaban traducciones de unos breves discursos en reuniones, notas, ensayos y diálogos con diversas personalidades, entre ellos Nelson Mandela (1918– 2013), a quien Hamilton admiraba profundamente y había leído de él diversas biografías, además de la de Mahatma Gandhi (1869–1948); la de Juan Domingo Perón (1894–1974), entre otras personalidades de la historia argentina y mundial.
Por su identificación con las obras de Yamamoto, al cabo de un año decide ingresar a la Bukkyo Kai de la Argentina, en mayo de 1993, luego de la única visita de este al país.
Transcurren sus primeros años de práctica y luego de graduarse de abogado –en 1998– viaja al Japón y tiene dos nuevos encuentros con quien ya en ese tiempo consideraba su mentor.
Allí comienza un derrotero en la vida espiritual y profesional del joven, que luego de un par de décadas tomaría ribetes dramáticos, al poner fin a una trama de contradicciones, intrigas, ocultamientos y actitudes subrepticias, que como miembro de la organización budista conocía, pero más que nada presenció como uno de los abogados de la institución y fiel colaborador durante varios años.
Así fue como gradualmente comenzó a tomar conciencia de que los valores religiosos que ciertas personas muy cercanas a él pregonaban no tenían nada que ver con la realidad.
Esos hechos se enmarcan en el período en el cual –como miembro de la entidad y ya ejerciendo su rol de abogado– asistió en diversas cuestiones que involucraban a la institución y a algunos de sus directivos.
Ello en paralelo con sus actividades religiosas habituales, las que –por diversos motivos– debieron sufrir interrupciones en medio de numerosos conflictos internos, generalmente vinculados a disputas por la conducción de la organización y en particular por las acciones para tomar con respecto a un grupo religioso opositor.
Tanto esas disputas como las suscitadas en relación con las actividades de miembros denominados “disidentes”, en verdad ocultaban otras motivaciones y ambiciones personales de los protagonistas que se embarcaban en tales luchas intestinas, generalmente vinculadas al propósito de tomar el control de una organización que reportaba algunos privilegios y –sobre todo– grandes dividendos.
Si bien Hamilton Garciarena se graduó como abogado en la Universidad de Buenos Aires en ese año, un breve tiempo antes comenzó a intervenir en diversas gestiones institucionales de la Bukkyo, aun sin ser un profesional recibido, todas bajo la conducción de directivos de la entidad y de responsables coordinadores de los grupos juveniles.
Ya con cierta experiencia en el ámbito profesional, desde 2008 y hasta 2018, ocupando las filas de los coordinadores de grupos de capacitación en la fe de la Bukkyo Kai de Argentina, se desempeñó como apoderado legal de la entidad.
Su arribo a tal función se debió a la apertura de diversos frentes judiciales que ameritaban una dedicación permanente o más bien la de un asesor interno, que por sus condiciones de miembro, creyente y abogado de confianza de diversos líderes de la organización, Hamilton Garciarena cubría perfectamente.
Pero lo más curioso es que su asesoramiento ya no estaba solamente dirigido con la cuestión relacionada con ese grupo opositor, sino con innumerables conflictos derivados de dimisiones internas generadas por los principales líderes de Bukkyo Kai de Argentina, que la dejaron al borde de un colapso institucional.
Luego de algunos años de enfrentamientos internos que se fueron desencadenando uno tras otro y que confluyeron en una total judicialización y –cuando él creía que esos conflictos se verían disipados o más bien habían llegado a su fin– se produjo un acontecimiento que generó en Hamilton una verdadera crisis existencial y de valores, principalmente experimentada durante el transcurso y luego de un proceso judicial en particular, que le reveló la existencia de una gran mentira sostenida durante casi tres décadas, con todo lo que ello conlleva.
Luego de varios años de desempeñarse con un éxito más que aceptable y creyendo que los embates legales contra la entidad, al menos los más urgentes y atendibles ya habían concluido, llega a él una causa que a primera vista era la más sencilla de afrontar y resolver favorablemente, la cual estaba dirigida contra uno de los más importantes directivos y referentes de esas disputas y al que Hamilton consideraba su amigo personal y todo un referente, y más bien su principal antecesor.
Pero, a la luz de las constancias del expediente y debido al vínculo que tenía el abogado con la persona involucrada, se aviene una gran crisis personal que lo lleva a cuestionarse respecto a los valores atesorados durante tantos años, pero que a la vez desencadenan una trama que echa luz sobre oscuros secretos y comportamientos cuasi patológicos que –de darlos a conocer– pondrían en crisis a la organización en el plano local e internacional, por lo cual decide guardar silencio, creándose un vínculo mucho más confuso, enigmático y de absurda desconfianza entre él y los principales directivos de la organización, lo que lentamente trasciende a la generalidad de la membresía de la comunidad, hasta tornarse hacia un punto sin retorno.
A la vez, en su condición de abogado, pero también como creyente, comienza a experimentar una total desconfianza hacia ese líder y hacia sus principales allegados, generando diversas reacciones de los involucrados que, directa o indirectamente ligados a la Bukkyo Kai y al propio protagonista, le suscitan las conversaciones más paradójicas y negacionistas.
Ello va generando las más diversas y complejas derivaciones y mucha confusión al pretender dilucidar la naturaleza real del conflicto, hasta que Hamilton toma conciencia de intereses inconfesables y de que un plan bastante subrepticio de su defendido y de directivos de la entidad había sido puesto en marcha, reeditando interminables luchas con el mecanismo de crear enemigos disidentes para encubrir la propia situación interna, como si ello fuera el fruto de un comportamiento compulsivo.
Todo lo vivenciado por Hamilton durante esos años le permite al lector indagar y sacar sus propias conclusiones sobre temas religiosos y acerca del funcionamiento de muchas entidades que pregonan dichos valores, tanto en los aspectos de las más profundas y trascendentes vivencias como en aquellos factores en donde se pone en evidencia lo más oscuro de lo que es mostrado como un camino espiritual.
La trama es narrada del modo más próximo a como el protagonista fue elaborando los sucesos desde su convulsionado mundo interior, sin seguir una cronología exacta de los sucesos, sino más bien en una confrontación entre los hechos de un presente ligados al pasado y hasta los inicios de su existencia y su ingreso al mundo de la fe.
Es decir, lejos de presentar un relato biográfico o una crónica lineal, los acontecimientos van reflejando en su propio estado el caos emocional, espiritual y psicológico en el que se vio inmerso al afrontar diversas contingencias, debiendo –a la vez– cumplir con sus obligaciones y mandatos profesionales con la mejor de las actitudes.
Hamilton cree profundamente en que la pertenencia a grupos religiosos puede ser sin duda una experiencia positiva en las ansias de encontrar un significado a la vida y la muerte, las preguntas existenciales y de vivir –en definitiva– una verdadera experiencia espiritual de plenitud en la propia existencia.
Pero, también, esa cosmovisión puede estar sesgada por cuestiones institucionales y comportamientos humanos de aquellos que integran esos grupos, que posiblemente distorsionen ese anhelado bienestar individual, hasta el punto de confrontarlos y verificar que la coherencia entre los valores pregonados y las realidades cotidianas empiezan a tornarse difusas, justamente por no coincidir en absoluto.
Desde la perspectiva del budismo del Buda Nanjo y del Sutra del Loto, cuyo basamento es el que la Bukkyo Kai Internacional pregona, no hay nada en la experiencia de un individuo que transite por fuera de su propio estado interior y ese es el punto de partida esencial para comprender las disquisiciones internas del abogado.
Haciendo carne en ese principio resuena esa analogía de la flor de loto, que emerge de los pantanos más inhóspitos para resplandecer de color o como bien se escuchó decir cierta vez a un artista y compositor argentino: “no existe ninguna flor que no provenga de sustancias podridas”1.
Por eso, tal vez nos toque afrontar la tarea de describir algunas podredumbres –incluso y principalmente las del propio protagonista– para florecer a una realidad que no sabríamos si calificar como nueva, pero sí al menos más visible o por qué no “más real”, valga la redundancia, más allá del fenómeno de las instituciones religiosas y su influencia en la vida de las personas, más allá de cualquier deseo de trascendencia, y con la absoluta certeza de conocerse a sí mismo.
Con este relato, no se quiere espantar a nadie que desee ingresar a un grupo religioso, pero sí me parece sano saber bien de qué se trata, al menos desde la perspectiva de lo vivenciado por Hamilton.
Por cierto que tampoco sirve cuestionar muchas experiencias positivas que se pueden extraer de diversas prácticas, aun de las involucradas en esta trama y que los maestros de estas pregonaron.
Pero también es seguro que eso podrá darse solamente si estamos ante una ciudadanía lo suficientemente esclarecida acerca del potencial y las debilidades propias del ser humano y que ello se plasma tanto en lo individual como en su actuar en el colectivo de los grupos humanos y las instituciones que –de manera indefectible– y para eso es vital comenzar por esclarecerse uno mismo acerca de la naturaleza de su propia existencia.
Eso que el propio Carl Gustav Jung (1875–1961) describía como un proceso en el que todo ser humano debe ser consciente de la propia oscuridad para dar luz a su propia vida; muy semejante –por cierto– a la concepción de la “iluminación” que pregona el budismo2.
Por eso, se describen una serie de vivencias que fueron afrontadas por el protagonista como un verdadero atentado a su propia escala de valores, los que paradójica y supuestamente estaban bien afianzados, pero veremos que, tan pronto como despierta a su realidad, toma conciencia de que en verdad no era así, sin que ello lo prive de ir rescatando un sinnúmero de experiencias valiosas que bien pudieron ser un tesoro para su existencia.
Por cierto que en el proceso de “toma de conciencia” Hamilton se da cuenta de que todas esas vivencias no se desencadenaron de un suceso o un hecho externo, sino que fueron constantes, permanentes y reiteradas. Solo que ahora había cambiado su percepción interior, plasmada en la decisión de poner a prueba esos valores como una propia necesidad de supervivencia, tanto dentro como fuera de la organización y aun en medio de una campaña de desprestigio en su contra e impulsada por quienes él mismo había defendido, respetado y valorado, además de haber sentido en el pasado un gran afecto por esas personas.
A medida que esa maniobra comienza a manifestarse, percibe que esos valores ni estaban tan afianzados, ni era su intención afianzarlos a cualquier costo, generándole ello una gran contradicción, que lo lleva hacia una especie de toma de conciencia mucho más profunda que con el devenir de diversos acontecimientos, que lo confrontan ante el valor de la coherencia y que en esa búsqueda ha sido expuesto a una prueba difícil de superar.
El autor
1 La frase pertenece al autor y compositor Gustavo Cordera, en uno de sus videos publicados en la plataforma YouTube al presentar una canción llamada “Agua de río” (https://www. youtube. com/watch?v=ojx–xSzIuPs).
2 Jung, Carl Gustav, Introducción a la psicología analítica. Cita textual: “Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”.
Basada en hechos reales, aunque los nombres de los protagonistas, instituciones y algunas referencias han sido modificados.
I PARTE
«Jamás aceptaría pertenecer a un club que aceptara como miembro a alguien como yo».
Groucho Marx
1
Noviembre de 2019. Es un mediodía más en la ciudad de Buenos Aires, un día de la semana común y corriente, en donde luego de hacer una recorrida por los tribunales del centro de la ciudad, Hamilton Garciarena duda entre almorzar en donde lo hace habitualmente cuando va por el centro de esa ciudad devenida en jungla o en picar algo al llegar a casa y luego cenar de forma más contundente.
En los últimos tiempos se sintió con algo de sobrepeso y escuchó a un nutricionista en YouTube que explicaba por qué eso de las múltiples ingestas no es tan aconsejable como parece.
No solo le pareció lógico y razonable lo que el galeno a modo de refutación aludía, sino que –además– el expositor médico daba el ejemplo con su propia delgadez, la que ilustraba la veracidad fáctica de sus postulados.
Además se sustentaba en un dato basado en la antropología y en la prehistoria, en la que el ser humano no necesariamente podía comer todos los días, debido a que antiguamente se esperaban las temporadas de caza. Lejos de eso, contrastaba la actualidad que pregona el consumo constante en las grandes ciudades y la total carencia y precariedad alimentaria en sus suburbios, sobre todo en Latinoamérica.
El doctor Hamilton –tal como lo llaman quienes lo conocen de manera más habitual– está satisfecho con su profesión y muy conforme con cierta prosperidad alcanzada a lo largo de los años que hace que se dedique a la abogacía y de la que se jacta de haber sido siempre totalmente independiente.
Si bien la mañana fue bastante tranquila, termina de anotar las actividades pendientes y se dispone a volver a su casa, que en estos tiempos se convirtió para él en un verdadero búnker.
A mediados de 2017 pudo reconstruir lo que era una vieja propiedad con poco mantenimiento en un condominio de Villa Urquiza, vulgarmente denominados “PH”3, por alusión a la “propiedad horizontal” y que, luego de casi un año de tareas de refacción, pudo dejar a punto para establecer allí su estudio jurídico en el barrio que eligió para vivir y en donde podría aprovechar los espacios también para su vivienda, luego de dejar de ser socio en un estudio en ese agobiante centro de la ciudad.
Al principio dudaba de los frutos que podría dar dicho cambio, ya que la avenida en la que se instaló es más bien un barrio de comercios y talleres mecánicos.
Pero ahora puede ver –luego de un par de años– que todo fue mejor de lo esperado, ya que –por un lado– ganó en mayor cantidad de trabajo, pero sobre todo, lo ganó en tranquilidad, la que tanto creía que necesitaba, sobre todo luego de vivir años convulsionados en todos los aspectos de su vida.
Reflexionaba acerca de cuándo comenzaron esas situaciones que lo llevaron a un estado de tanta conmoción interna.
Según Flavia, una querida astróloga amiga y con la que sostuvo un vínculo de muchos años, –a quien conoció de compartir parte de la etapa del colegio secundario y con quien se frecuenta luego de muchas idas y vueltas– le dijo que ello bien pudo haber comenzado para fines de 2008, ya que ahí fue cuando comenzaron los tránsitos de Plutón sobre su signo ascendente natal, Capricornio, que contrasta perfectamente con su Sol en Sagitario, para que el resultado sea la convivencia entre un ser totalmente estructurado que enmascara a un festejador interminable.
El doctor Hamilton Garciarena Temis estaba a punto de cumplir 51 años el próximo diciembre y se auto percibía como una especie de testimonio viviente. Al menos eso corroboraban y le incentivaban sus amigos más cercanos y su familia.
Un amigo arquitecto y viejo compañero de la organización budista a la que pertenece, la Bukkyo Kai, llamado Marcelo Messina o “el Correntino” llevó a cabo el proyecto de refacción del “PH” convertido en una nueva “vivienda–estudio”, que es más bien una mezcla búnker de hombre soltero, oficina y un hogar para los encuentros con alguna compañía ocasional, luego de haber intentado estar en lo que se denomina una relación estable sin ninguna clase de éxito, lo que lo llevó a autoproclamarse como “un especialista en fracasos” en ese sentido. Acuñando una frase de aquel “loco Bielsa”, al que tanto admira.
Nunca le gustó salir demasiado, menos ahora que vive en un lugar que adaptó totalmente a su gusto y que le resulta tan contenedor, y que aun sin ser de una categoría extraordinaria, es donde puede transcurrir con comodidad y tranquilidad sus días.
Sin saberlo, en pocos meses ese lugar se convertiría en su refugio solitario para transcurrir los aislamientos forzosos por el brote de corona virus4, que a ese momento era totalmente imprevisible y lejano, ya que nada hacía avistar una “pandemia”.
Apenas un caso se había detectado en una región de China por esos días y la información en nada llamó la atención de Hamilton, ni de nadie que lo rodeara, pero poco tiempo después descubriríamos que la ciudad china de Wuhan se convertiría en el epicentro y la nueva capital de un cambio de era para la humanidad.
Respecto a su vida sentimental, estuvo intentando alguna que otra vez hasta llegar a esas rupturas o las denominadas crisis como las que una vez le describió un gran amigo, es decir, aquellas que “por el momento son definitivas”, como si tanto la palabra “crisis” y como todo el mundo sentimental de un ermitaño cincuentón no fuera acaso un postulado auto-contradictorio.
Fue todo un esfuerzo hacer con escaso presupuesto de ese viejo y poco mantenido PH, el que Hamilton pudo comprar –luego de algunos juicios con buena paga y unos ahorros acumulados, numerosas privaciones durante toda su juventud– para armar ese coqueto estudio con vista a la avenida De los Constituyentes, una de las más ultra populares y transitadas de Villa Urquiza, sobre todo como acceso y salida de la Capital, de las pocas que conservan edificaciones bajas en donde pululan los locales comerciales debajo de los PH de ambientes grandes de mediados hacia principios del siglo pasado.
Allí había encontrado el lugar ideal en donde vivir y hacer reuniones de la Bukkyo, al menos esa era su intención de propósito al construir cada espacio del amplio PH en primer piso y con vista a la calle.
Aunque desde hacía varios meses no se hacía ya ninguna reunión de budismo allí.
No obstante, recibía constantemente a su familia, clientes y amigos a los que solía homenajear con algún que otro asado en la enorme parrilla que “el correntino” le había construido como prioridad para el enorme patio “villaurquicense”.
Su amistad con el arquitecto había surgido allá por 1994, cuando –junto con otros budistas de la provincia de Corrientes– recibieron a una comitiva de jóvenes de todo el país, entre los que se encontraba uno nuevo, llamado Hamilton Garciarena.
El evento fue en la ciudad de Paso de la Patria y Hamilton asistió junto a un contingente de jóvenes, en lo que sería su primer viaje como miembro de la entidad religiosa.
Ese suceso era para él difícil de olvidar, no solo por ser el primero que realizó como miembro de la Bukkyo, sino porque fue en pleno Mundial de fútbol de 1994 en los Estados Unidos y –para él– no ver durante esas dos jornadas la totalidad de los partidos había significado un cambio llamativo en su vida, ya que hasta ese entonces jamás hubiera querido perderse ni un solo instante de lo ocurrido en un evento de esas características.
De todas maneras, el cambio sería algo más lento de lo esperado, ya que en más de una ocasión y en ese “viaje de capacitación” Hamilton se escapaba de algunas de las reuniones –que se sucedían una tras otra– para ir a ver aunque sea los tramos de algún partido.
Él sabía que no lo llamarían al orden por su condición de principiante, pero también más de una vez esa conducta generó el reproche de algunos de los líderes y responsables de la actividad ya más avezados, que remarcaban con respecto a “la actitud”.
Sin embargo, en su fuero interno el joven Hamilton pensaba: “perdió Colombia con Rumania, después de hacernos cinco goles en las eliminatorias en el Monumental”. O que seguramente era el último Mundial “del Diego” y sí que lo fue.
Luego vendría el dopaje positivo y la expresión “me cortaron las piernas” del “barrilete cósmico”5. Una conspiración o “la argentinidad al palo”6, o ambas cosas a la vez. Una proyección predictiva acaso. Ya que de una mezcla de conspiraciones y argentinidades vendría la cosa.
Carlos Saúl Menem (1930–2021) gobernaba el país. Un presidente elegido por mandato popular del partido más popular, pero que había aplicado una política de privatizaciones sin precedentes y que jamás había enunciado en su plataforma electoral.
Hamilton Garciarena no era muy conocedor del tema, pero se manifestaba en forma muy contraria y crítica de esa clase de políticas, no obstante reconocer que la llamada convertibilidad había frenado la inflación.
Pero de ahí a creer en el hecho de que un peso argentino equivalga a un dólar podría ser una ficción conspirativa producto de otra argentinidad, esta vez plagada de ingenuidades y de autopercibirnos poseedores de una superioridad que en verdad no tenemos, aunque sí otras tantísimas virtudes.
Antes de conocer el budismo Bukkyo (así se lo denominaba), el joven Hamilton había intentado cierta militancia –con varios intervalos– en la política de la Universidad de Buenos Aires y en algunos barrios de la Capital, aunque nunca asumió un protagonismo pleno, debido que su decepción llegaba muy pronto.
En 1989 había apoyado activamente la campaña electoral de Carlos Menem desde un grupo juvenil autodenominado “La Secretaría de la Juventud”, integrada por jóvenes peronistas y bajo la dirección de Cristian Ritondo, quien años después sería funcionario en la provincia de Buenos Aires de la agrupación política que llevó al empresario Mauricio Macri a la presidencia de la nación en 2015, año plagado de una sucesión de penurias personales para Hamilton para terminar coronándolo con semejante regalito.
Pero por aquellos “noventosos” tiempos y al asumir Menem, Hamilton había comenzado a notar que el riojano de peronista no tenía mucho y luego de plantearle a Ritondo que las designaciones de Menem eran un cocoliche liberal, abandonó la secretaría para seguir al denominado “grupo de los ocho”, integrado por ocho diputados peronistas disidentes de Menem y sus políticas.
En verdad buscaba esa excusa junto a uno de sus amigos para irse a tomar una cerveza por ahí y no tener el mínimo compromiso con ese ideal político.
Allí militó un corto tiempo en una oposición conducida por Germán Abdala (1955–1993) y Chacho Álvarez (1948- ), quien luego de formar lo que primero se denominó el “Acuerdo Popular”, pasó a denominarse “Encuentro Popular” y desembocó en el FREPASO7 para convertirse en vicepresidente de la nación al secundar a Fernando de la Rúa (1937–2019).
En la denominada Alianza, Chacho Álvarez renunció al año de su asunción, luego de conocer y exteriorizar un escándalo de sobornos que vinculaba a casi la totalidad del Senado de la Nación Argentina para aprobar una “flexibilización laboral”8.
Luego vendría la debacle de diciembre de 2001, que llamativamente tuvo coincidencias con una de las primeras situaciones paradójicas y dramáticas que vivió Hamilton como miembro de la Bukkyo y que fueron luego una constante, como si en ese momento el futuro ya hubiera llegado. No duró mucho el joven en el mundillo político, sobre todo porque su desencanto era tan grande que sentía que había que hacer una gran revolución y destituir a todos por “estafa electoral”.
Si bien el tipo penal no existía, Hamilton comenzaba a estudiar la carrera de Derecho y tenía una gran convicción en provocar que existiera al menos un mecanismo de revocatoria del poder en la Constitución. Aunque para demostrar la falsedad del abordaje objetivo de una profesora de Teoría del Estado, manipuló los argumentos acerca de la constitucionalidad de los indultos presidenciales del propio Menem, obteniendo la máxima nota, para reconocer luego que lo hizo por la nota misma y demostrarle a la docente su falta de objetividad en el análisis, ya que había puesto las mejores notas a los que se expresaban a favor de dicha medida, que a aquellos que lo hacían en contra, prescindiendo de objetivas valoraciones en torno a las fundamentaciones brindadas.
A sus cuarenta y pico largos ya era un abogado con cierta carrera y el tipo penal seguía sin existir. Asumió la presidencia Mauricio Macri, y tampoco existía ningún mecanismo constitucional que frenara a un presidente que hizo exactamente lo opuesto y contrario a lo que propuso en su plataforma que lo llevó al poder, no sin un despliegue mediático–judicial que no tenía precedentes, pero que desde el derrocamiento de Lugo en el Paraguay tenía el gustillo de plan sistemático en la región.
Volviendo a aquellos años noventa llenos de glamur y pesos convertibles, el joven Hamilton, solo para situarse bien lejos de la corriente, comenzaba a interiorizarse acerca de muchas disciplinas espirituales, hasta que se topó con el budismo, sobre todo gracias al material que le acercaba una compañera del trabajo que cumplía como cadete en una clínica exclusiva del coqueto barrio de Belgrano. Hamilton estaba a cargo de los trámites bancarios, cobranzas y fotocopias de historias clínicas, como auxiliar del área de facturación.
En simultáneo a esos tiempos, ese mismo presidente Menem, con un rejuvenecedor peinado posaba junto a The Rolling Stones, George Bush padre y al poco tiempo, lo haría con el presidente de la Bukkyo Kai Internacional, Takeru Yamamoto, en lo que sería su única visita a la Argentina.
Comenzaba 1993 y Hamilton era un aspirante al ingreso a la institución religiosa y a su nuevo camino espiritual.
El correntino Messina, junto a su hermano y otros compañeros –no menos correntinos– fueron los anfitriones de ese encuentro en Paso de la Patria y –a partir de ese viaje– Hamilton afianzó su vínculo con el campechano Marcelo, más que con su hermano Mario, un tanto más seco en el trato, pero no menos amable, educado y tremendamente respetuoso, tanto que a Hamilton lo incomodaba, o lo hacía sospechar. Es que él primero sospechaba, ya que ese era su patrón emocional aprendido y aprehendido.
En ese primer encuentro en el que participó de la denominada División Juvenil de la Bukkyo Kai de Argentina se despedía de dichas filas —para pasar a las de los miembros adultos– José Nakaki, al parecer luego de muchos años y aportes a esta a través de su “militancia” pero como budista.
El viaje hasta Corrientes había sido de casi veinte horas en micro y la estadía sería sábado y domingo, para regresar el mismo domingo a la noche a otras veinte horas de micro. Por suerte el lunes era feriado y Hamilton lo aprovecharía para descansar.
El ritmo de las actividades era frenético, una atrás de la otra y sin un espacio para descansar de tan largo viaje.
El sábado a la noche, luego de cenar, se harían algunos eventos artísticos y unos sketches protagonizados por diversos integrantes de la División Masculina que a Hamilton le causaban una gracia sarcástica por lo bizarro de las representaciones.
En el grupo había muchos artistas, bailarines y no faltaba alguna que otra ridiculización del ser femenino y de todo lo que tenga que ver con impulsos homosexuales, que en estos tiempos era tan vulgares como aceptados, a pesar de que varios de los asistentes lo eran.
Toda actuación terminaba en carcajadas que a Hamilton le daban la sensación de –o bien no había comprendido el remate, debido a que era nuevo– o –peor aún– le causaba gracia aquello que era la representación de algo muy serio y por lo que no era tan oportuno reírse.
Los números estaban plagados tanto de la vulgaridad como de humor sarcástico, pero pasaban repentinamente a la emotiva sacralidad de responder al ideal del Movimiento por la Paz y emular al mentor haciendo carne su juramento. Un verdadero menjunje.
Las representaciones de cambios dramáticos desde los estados de vida más deplorables de un individuo que, luego de invocar el mantra y leer una frase inspiradora del mentor, sucedía una transformación casi cuántica para ingresar al portal de la budeidad.
Hamilton sentía que evidentemente todavía no encajaba tanto o tal vez que era una organización religiosa por cierto poco tradicional, pero por fin pertenecía a alguna clase de grupo, ya que su padre lo ridiculizaba al llamarlo “el sociable”, justamente como sarcasmo ante la escasa sociabilidad de su hijo Hamilton.
En el contingente convivían todo tipo de muchachos de diversas condiciones sociales y provenientes de varias provincias argentinas y ese intercambio sí le parecía verdaderamente interesante, a pesar del escaso tiempo en que se sucedían una actividad y otra.
Muchos compañeros estaban muy emocionados. Hamilton no comprendía muy bien el motivo de tanta emoción, hasta sacramental, pero le sorprendía ver a tantas personas conmovidas y le hacía revivir aquel momento del año anterior en el que él mismo vio por primera vez al maestro Takeru Yamamoto en persona, luego de ser un asiduo lector de algunas de sus obras.
El encuentro culminó con la despedida de José Nakaki de las divisiones juveniles, las que dirigía desde hacía algunos años. Muchos lloraban y agradecían a un líder que los supo conducir en la vida y en la fe y en el encuentro con el “maestro de la vida” de un selecto número menor de los participantes.
Con algunos sucesos ocurridos luego, ya en su madurez, Hamilton comenzó a sospechar si esos sucesos no eran algo parecido a una especie de brote producido por algún revés emocional, ya que en su fuero interno –en verdad– mucho no sentía por aquel señor japonés que vivía en su Japón, al menos en sus comienzos no sentía lo mismo que todos esos numerosos jóvenes.
Aunque sí es cierto que al comenzar a leer sus obras tenía una gran identificación y empatía y lo adoptó como un verdadero mentor, al menos era para él algo más elevado en la tarea de comenzar a indagar en lo filosófico y espiritual y –por qué no admitir– que sus obras eran un paliativo para sus viejas decepciones en materia política, de las que las emocionales no se pueden divorciar, por supuesto.
Hamilton Garciarena seguía siendo un verdadero proyecto de militante, pero ahora lo sería en el budismo. Además, calzaba bien que el budismo de la Bukkyo sea conocido como el “budismo popular”, sobre todo a partir de la gran actividad de la organización en la reconstrucción del Japón de posguerra y en la asistencia al pueblo japonés, por parte de los tres sucesivos maestros de la Bukkyo.
Volviendo al episodio, Hamilton aun no sabía por qué la partida de la División de Jóvenes de Nakaki conmovía tanto a tantos compañeros.
Ya había conocido a Nakaki meses antes, en el servicio velatorio del padre de Magdalena, la compañera de trabajo que lo había acercado a la Bukkyo.
En medio de un clima distendido ante el fenómeno de la muerte, por cierto muy diferente al clima fúnebre que se experimenta en el cristianismo, ingresó a saludar a los deudos y a la propia Magdalena, un líder de la Bukkyo que le causó una primera impresión de lo más semejante a un diplomático japonés.
Lejos de prestar atención a los aconteceres relacionados con el evento de velar a su padre muerto, su amiga se preocupaba por presentarlos como si Hamilton fuera una apuesta a futuro y Nakaki una gran autoridad.
Su amiga le había hablado de que José era un contador público muy exitoso y que había hecho o estaba haciendo un posgrado que consistía en un máster en Ciencias Económicas.
—Uf… –pensaba Hamilton – y yo que apenas puedo encauzar mi carrera de Derecho mientras ayudo a mis viejos a mantenerse, qué interesante dialogar con alguien así, a la vez que se dedica a difundir ideales tan profundos como los que expresa el presidente Yamamoto en sus ensayos.
En ese nuevo mundo de la Bukkyo –que ya había comenzado a frecuentar– estaba ante un modelo por seguir, ya que hacer un máster y dedicarse tanto a las actividades por promover la “paz a través de la difusión del budismo”, denominado en forma abreviada Movimiento por la Paz, sin descuidar el progreso y desarrollo académico era algo que Hamilton envidiaba y sin dudas no sentía esa denominada “envidia sana”, porque era consciente de que eso de atribuirle sanidad a un sentimiento como la envida era una lisa y llana patraña.
Lo envidiaba porque todavía su estado de vida no estaba lo suficientemente pulido como para sentir admiración, sobre todo ante alguien que creía que vivía de un modo que para él –en ese entonces– era totalmente inalcanzable.
Por lo pronto se predispuso con una curiosidad –a veces un tanto cargosa– a indagar al respecto y buscar entablar alguna clase de diálogo.
Tiempo después, José Nakaki era un referente y hasta un hermano mayor para Hamilton, de hecho el propio Nakaki lo llamaba “hermano” y a muy pocos se lo escuchó denominarlos de ese modo.
En 1998 Hamilton se graduó de abogado y junto a otros jóvenes, y debido al impulso y aliento de Nakaki viajó al Japón en septiembre de ese mismo año.
“El correntino” Marcelo integraba ese contingente. Su amistad con el arquitecto se hizo más fuerte, aunque solo lo vería cada tanto en Buenos Aires, hasta que ya en 2012, Messina se instaló en el centro de la capital y venía a hacer la práctica y a tomar unos mates con Hamilton en el diminuto departamento que este alquilaba cerca.
Eso fue antes de comprar el PH a reciclar en su querido barrio de Villa Urquiza, lugar por el que sentía un entrañable afecto, y el lugar donde luego supo que nacieron y se casaron sus padres, antes que se mudaran a La Paternal.
Por Villa Urquiza Hamilton sentía algo muy especial, además era el lugar de la Sede Central de la Bukkyo Kai de la Argentina.
Las casualidades no existen, sino que todo encajaba en un meticuloso y exacto vínculo de causalidad.
Para él, Villa Urquiza no se terminó convirtiendo en su lugar en el mundo, sino que siempre lo fue, aun luego de vivir por más de catorce años en la zona del centro de Buenos Aires y mudarse allí recién a los 45 años de edad, tal vez persiguiendo a cierta estabilidad esquiva luego de años de un desarraigo crónico existencial.
También hizo una gran amistad en ese viaje a Japón con Leonardo Torreta, un referente y responsable titular de la denominada División Juvenil Masculina, con quien compartiría muchas actividades en Buenos Aires.
Fue el propio Torreta y otro joven de entonces, Walter Fassi, quienes lo convocaron a Hamilton a colaborar en la redacción del periódico de la institución, todo bajo la supervisión y aprobación de Nakaki, quien en verdad estaba en todo.
La organización dependía de él prácticamente o –mejor dicho– la mayoría de las decisiones pasaban por él. Era un profesional de ineludible consulta para los directivos.
Hamilton notaba –sin embargo– algunas rispideces de José con los antecesores más veteranos, pero en la generalidad de los casos, prevalecía la visión del Movimiento por la Paz que el joven y brillante Nakaki tenía.
A tal punto que comenzó a consultarle al antecesor sobre casi todos los ámbitos de su vida personal: parejas, trabajo, estudio, relación con los padres.
En particular le preocupaba mucho el vínculo con su padre, un comerciante gastronómico que había sufrido un ACV, afectándole en cierta medida su capacidad intelectual y cognitiva de manera prematura.
Su padre había quedado con el temperamento similar al de un niño, pero con la degradación física de un adulto en su ingreso a la tercera edad.
Antes de eso, su padre había tenido numerosos sucesos vinculados a la vida nocturna y había sido privado de la libertad en un par de ocasiones, ello por sendos procesos judiciales relacionados con estafas reiteradas, relacionadas con emprendimientos gastronómicos, fondos de comercio, venta de acciones, entre otros.
Llegó a estar prófugo de la justicia luego que se descubriera una maniobra de venta fraudulenta de un emprendimiento gastronómico.
No obstante, el padre de Hamilton decidió que el mejor lugar para evadirse de la justicia era en su propia casa. La que la familia cambiaba – junto a su madre y hermanas– ante la mínima sospecha que podría ser descubierto y detenido por un largo tiempo, en virtud de sus antecedentes y la evasión de un proceso judicial.
Eso hasta que falleció en 2003, a causa de un infarto masivo mientras dormía en un nuevo departamento en la localidad de Munro, el que alquilaba desde hacía unos meses junto a su esposa y madre de Hamilton.
Su padre nunca adquirió su propia casa, a pesar de haber amasado y desamasado grandes cantidades de dinero.
Don Garciarena, o Manolo, como lo llamaban, le había inculcado a su hijo que generar prosperidad y mucho dinero seguramente estaba relacionado con algo subrepticio o literalmente con la ilegalidad, ya que él mismo así lo había internalizado y había crecido con esa concepción.
Hamilton tardó unos cuarenta y cinco años en doblegar ese patrón y lograr una aceptable prosperidad como abogado independiente, siendo su principal fuente de ingresos la posibilidad que tuvo de representar a muchos integrantes de la comunidad coreana residente en Argentina, ello gracias a haber trabajado para una empresa inmobiliaria antes de recibirse de abogado.
Generó y conservó en el tiempo allí una buena amistad con un matrimonio de la comunidad que trabajaba en la misma empresa y que luego –montaron su propio emprendimiento inmobiliario– en el que le proveían a Hamilton bastantes clientes.
Respecto a cualquier contingencia jurídica vinculada a un inmueble —tanto civil y hasta en cuestiones penales– Hamilton supo ser una buena referencia en una zona de Buenos Aires muy comercial y que conocía muy bien del barrio de Flores.
En aquellos años noventa y con las políticas de Menem de establecer un paralelo forzado en el peso argentino y el dólar, había llevado a un contingente de la comunidad surcoreana a establecerse en ese lugar, junto a la comunidad hebrea y árabe, que habitaban la misma zona desde mucho tiempo antes.
En medio de ese contexto, vivenciar los ideales del budismo fue vital, aunque también a Hamilton le gustaba mucho psicoanalizarse, lo que comenzó a hacer a partir de 2011 en forma ininterrumpida, gracias a una novia que lo dejó luego de seis meses, porque no soportaba la neurosis que Hamilton padecía.
Ese hecho ocurrió de igual modo con otras tantas, pero a diferencia de todas, ya convertida en amiga lo había mandado a una buena psicoanalista.
Hamilton tiene un gran componente de neurosis en su estructura psíquica, con ciertos rasgos o trastornos obsesivos y compulsivos, conocidos como TOC9 en varias de sus diversas manifestaciones: verificador, ordenador, perfeccionista, dubitativo y en casi todas sus variables cognitivas: intolerancia a la incertidumbre, responsabilidad excesiva, creencia sobre la importancia y el control de los pensamientos y cierta sobreestimación de la amenaza en algunas ocasiones.
Con la práctica del budismo comenzó a autoafirmarse más en el aspecto espiritual y sentido de pertenencia, pero años más tarde, gracias a la terapia pudo vivenciar su padecimiento de manera muy positiva y hasta como un potencial, desarrollando un poderoso autocontrol, producto de que era meticuloso también para conocerse a sí mismo.
Descubrió que la clave era que con los trastornos propios uno no debía complicar la vida a los demás y menos a nuestro entorno inmediato. La práctica del budismo al principio era una especie de paliativo, pero no escapaba de la pérdida de ese valioso eje, y también en muchos casos podía ser un disparador de sus obsesiones compulsivas, como ser las conductas repetitivas y peor aún, las obsesiones filosóficas y religiosas en su preocupación por no acumular un mal karma, traicionar los preceptos y no cumplir con su misión asignada en esta existencia, sumada a su incertidumbre máxima: ¿qué habrá después de la propia muerte?
No obstante descubría en la práctica budista un torrente de “fuerza vital” y de “sabiduría”, que al diferenciarlo del concepto “inteligencia”, lo dotaba de mayor “autoconocimiento”, ya que según Hamilton ninguno de esos componentes pueden existir por sí mismos y junto a la fuerza vital, la sabiduría forman parte de los componentes de la individualidad en esa confrontación con el propio ego existencial.
En forma frecuente, por diversas cuestiones cotidianas, como ser cierta adicción a su trabajo, su práctica se convertía en algo mecánico y carente de la creación de algún valor positivo, pero pronto retomaba el eje.
Allí era cuando sentía que si solo servía para satisfacer su propio ego en forma excesiva y lo manifestaba en el mantenimiento del orden y en una planificación exhaustiva de toda tarea a realizar, era mejor echar mano a otras enseñanzas. Retomaba entonces su vínculo con la fe desde un lugar más espontáneo y cercano a su mundo interior.
Su carácter obsesivo, si bien le trajo numerosos éxitos, también lo colocó ante complejas situaciones, sobre todo al verificar que lo ocurrido en la realidad no respondía ni al plan A, ni al plan B, ni al plan C que había estructurado previamente, cayendo en el propio reproche ante la inexistencia de un plan D, que lo colocaba más de una vez al borde del agotamiento mental.
El aspecto positivo de su práctica budista es que fue comprendiendo —lenta pero progresivamente– que el buda es la vida en sí misma y que–en definitiva– “buda” y “vida” son sinónimos, tal como lo expresó un gran maestro de la Bukkyo, llamado Dorei Tore, y eso le significó también el principio o la llave de una vía de sanación o bien el encauce positivo de sus propias debilidades.
Para Hamilton, los cuatro años que había colaborado como redactor del periódico de la Bukkyo fueron de mucha satisfacción y los recuerda con suma gratitud, ya que gracias a esas tareas aprendió a redactar mejor y a interpretar diversos textos.
Hizo un curso de corrección de estilo literario y, como corolario, aprendió a usar una computadora, algo que para él hasta ese momento era inalcanzable desde todo punto de vista.
En 1996 tuvo su primera PC, que era de un amigo, Fernando Greco, que por supuesto era miembro de la Bukkyo y se la regaló porque solo tenía un procesador de textos y había comprado una mejor.
En materia de narrativa su referencia era Fassi, ya que gracias a él pudo expresarse algo mejor por escrito, con un orden metodológico y sin sucumbir a ninguna clase de caos interno, que lo llevaba a disociar su mundo interior de la realidad y que lo podía llevar por las sendas del divague más absoluto.
Tiempo después y ya convertido en doctor en Ciencias Jurídicas, el doctor Hamilton Garciarena le envió a Fassi su tesis como muestra de gratitud.
Nunca supo si la leyó o no, porque jamás le hizo ningún tipo de comentario. Tal vez por respeto, debido a que ya la había presentado y Fassi era un corrector literario compulsivo, Hamilton lo admiraba mucho en esa faceta.
O tal vez porque no le prestó ninguna atención, sumado ello a la falta de tiempo. Hasta hoy Hamilton está dividido en cincuenta y cincuenta por ciento entre ambas posibilidades.
A su vez, lo vivenciado por el joven Hamilton en el periódico le sirvió para forjar su vínculo de admiración para con José Nakaki.
Además, José era quien decidía quién iba y quién no en los viajes de capacitación al Japón y otras tantas cosas junto a Víctor Rodríguez, una especie de asistente de José, que además lo había forjado para ser el responsable de la fe de todos los jóvenes de la Bukkyo de Argentina.
Víctor era inseparable de José, tanto era así que difícilmente tomara una decisión sin antes consultarle.
Podríamos decir que José era el “número 1” y Víctor el “número 2” dentro de la organización.
La Bukkyo rechazaba toda estructura basada en jerarquías, pero en el funcionamiento real ese rechazo era solo formal, eso lo pudo asimilar Hamilton al poco tiempo de comenzar a frecuentar la organización, aunque jamás exteriorizaría una impresión semejante, ya que eso lo convertiría automáticamente en un cuestionador desleal.
Cuando quería Hamilton Garciarena se mostraba imperturbable. De hecho él creía que esa capacidad era parte de su entrenamiento como valor de la Bukkyo y una expresión de su forjamiento consistía en dejar de lado ciertas emociones.
Pero no, nada de eso era así, ya que todo se debía a su propia estructura emocional y su patrón aprendido desde pequeño. Nunca hubo tiempo para entrenar a semejante soldado, venía así de fábrica.
Por su parte, Hamilton y Víctor tenían un vínculo de cierto compañerismo y amistad pero no de tanta empatía. Chocaban por el temperamento y carácter de ambos. Lo que no le ocurría a ninguno de los dos con José.
El propio Nakaki decía que eso sucedía porque Víctor y Hamilton tenían un carácter y temperamento similares.
Para Víctor, Hamilton ponía énfasis en lo intelectual pero era algo timorato y para Hamilton Garciarena, Víctor tenía un carácter bastante exaltado y se le daba por gritar bastante seguido y enseguida echaba culpas a los demás.
Sin descartar que también era un intelectual destacado, pero se mostraba muy humilde, sobre todo en público.
Además Víctor manejaba perfectamente el inglés y frecuentemente traía material de Takeru Yamamoto, que se traducía primero del japonés al inglés para luego al español y lo leía a un grupo reducido de jóvenes para mantenerlos en vilo y actualizados con la guía del mentor. Por supuesto que entre ellos estaba Hamilton Garciarena.
Ellos nunca advirtieron esa similitud de caracteres a la que José aludía, salvo que ambos eran de Sagitario.
Con el tiempo a Hamilton, a pesar de que se interesó en la corriente denominada “astrología psicológica” (inconfesable dentro de las filas del budismo de la Bukkyo) se le empezó a venir a la mente la escena de una conocida película en la que una actriz decía algo así como: “somos todos de Sagitario, si hay otro más nos caemos todos de culo”10.
Y Víctor le representaba a Hamilton a un tipo muy cálido por momentos y un desencajado en otro. No sabemos si atribuir eso a Sagitario, o bien que Hamilton lo tenía en la casa XII y acaso era un sagitariano oculto, o que no parecía sagitariano.
Es que por momentos Víctor le resultaba un ser insoportable.
Era el tipo de líder que no admitía disidencias, ni la más mínima. Ello enfundado en el espíritu de proteger a la orden budista de la Bukkyo. Hamilton lo veía como un pastor evangélico enfurecido, a la vez que él mismo se sentía un tremendo pecador en los umbrales del infierno.
Fue después de mucho tiempo cuando Hamilton Garciarena descubrió que le molestaban mucho los gritos, a lo mejor era porque en su casa se hablaba a los gritos.
Eso le implicó un gran esfuerzo por no levantar la voz. A veces no lo lograba, ya que tenía también su temperamento y le daba por subir un poco el tono, como una especie de fidelidad a su hábitat natural, aunque ya con el correr del tiempo y la soledad se enamoró de los silencios.
Tiempo después de conocerlo –y con más profundidad– supo que antes de estudiar para contable, al igual que Nakaki, Víctor Rodríguez había estudiado psicología.
A Hamilton le llamaba la atención la escasa similitud entre las dos vocaciones, aunque Víctor ponía énfasis en la importancia de cumplir la misión de proteger a la Bukkyo como prioridad existencial.
Con el tiempo Hamilton comprendió que –más allá de si existían o no esas similitudes en el carácter de ambos– (sigue pensando que no) lo que le molestaba de Víctor no era otra cosa que aquello que algunos referentes de la psicología moderna denominan como “proyección”, ya que Hamilton es de una paciencia infinita, pero cuando la pierde también parece convertirse en un ser que se transforma.
Ese 2019 era particularmente especial. Había quedado atrás la participación activa de Hamilton en la Bukkyo, luego de años muy difíciles de duros combates judiciales.
Por esas cuestiones que algunos llaman azar, pero que los budistas denominan como “causa y condición”, ser el abogado de la institución y afrontar todas las causas que la involucraban no es posible que no deje una secuela emocional, si –a la vez– uno es miembro y creyente de los valores que esta misma entidad dice pregonar a través de sus líderes.
3 En el Área Metropolitana de Buenos Aires (Ciudad Autónoma y conurbano de la provincia de Buenos Aires) se denominan de esa manera a las propiedades afectadas en el condominio de un mismo lote o terreno, como abreviatura de “Propiedad Horizontal”.
4 El coronavirus o la COVID–19 (pronunciación; acrónimo del inglés coronavirus 2019), 5 o covid–19, conocida en español como enfermedad por coronavirus 2019 e incorrectamente como neumonía por coronavirus, es una enfermedad infecciosa causada por el virus SARS–CoV–2. Fuente: Wikipedia.
5 Forma en que fue llamado Diego Maradona (1960–2020) por un relator de fútbol luego de concretar el segundo gol a Inglaterra por los cuartos de final de la Copa del Mundo de México 1986; y ”me cortaron la piernas” es una frase expresada por el mismo Maradona en alusión al suceso de “dopaje positivo” que sufrió, luego del partido entre Argentina y Nigeria, por la primera ronda del Mundial de Estados Unidos 1994 y que implicó la sanción del jugador para continuar disputando la competencia.
6 Nombre de uno de los discos del grupo Bersuit Vergarabat.
7 El Frente País Solidario (FREPASO) fue una confederación de partidos políticos de centroizquierda de Argentina constituida en 1994 por el Frente Grande, el partido PAIS (Política Abierta para la Integridad Social), la Unidad Socialista integrada por los partidos Socialista Popular y Socialista Democrático, Justicialista (partido opositor) para que votaran a favor de su aprobación. La investigación en la justicia concluyó con la absolución de los imputados por falta de pruebas de materialidad del soborno, aunque se considera a este escándalo como uno de los principales motivos para la renuncia, el 6 de octubre de 2000 y menos de cuatro meses de su asunción, del vicepresidente lo que provocó un quiebre en la oficialista
8 Dicho suceso buscó la aprobación de la denominada “Ley de Reforma Laboral”, Ley t. o. 25250, que desató un escándalo de corrupción y pago de coimas en el Senado de la Nación Argentina, ocurrido en abril de 2004, medio de la sanción de dicha ley, a raíz del escándalo como Ley Banelco, en el que se investigó si el entonces gobierno radical de Fernando de la Rúa había hecho pagos a senadores del Partido y el Partido Demócrata Cristiano. Se disolvió de hecho luego de la crisis política de diciembre de 2001. (Fuente Wikipedia).
9 El trastorno obsesivo–compulsivo (TOC) es un trastorno de ansiedad, caracterizado por pensamientos intrusivos, recurrentes y persistentes, que producen inquietud, aprensión, temor o preocupación, y conductas repetitivas denominadas compulsiones, dirigidas a reducir la ansiedad asociada. La quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM–5) de la Asociación de Psiquiatría de los Estados Unidos, publicado en 2013, ubica al TOC y enfermedades relacionadas con él en un capítulo independiente, rompiendo así con la tradición de incluirlo en el capítulo de los trastornos de ansiedad, como lo hacían las ediciones previas del DSM.
10 Escena de la película argentina: Un novio para mi mujer.
“A veces la gente no quiere escuchar la verdad
porque teme que sus ilusiones se vean destruidas”.
Friedrich Nietzsche
2
El desgaste y resquebrajamiento de varias relaciones humanas, en especial con un directivo de la Bukkyo, habían llevado a Hamilton Garciarena a renunciar como apoderado de la entidad en marzo de 2018.
Esa renuncia se hizo efectiva días después de la visita de uno de los hijos del presidente Honorario de la Bukkyo Kai Internacional, Takeru Yamamoto, que envió a su hijo mayor, Hiromasa Yamamoto, debido a que el maestro ya no emprendería viajes por ultramar, debido a su avanzada edad.
En esa ocasión Hamilton pudo descubrir –o bien Hiromasa no sabía absolutamente nada de la realidad institucional de Argentina–, lo cual le había generado el total distanciamiento de ese directivo, o bien que lo sabía y aceptaba las consecuencias.
Igualmente prefirió inclinarse por la primera posibilidad, ya que la segunda le parecía francamente irracional o, al menos, sigue prefiriendo optar por ello como mecanismo de autopreservación de los ideales que algún día abrazó. De todas maneras nada de eso era de su real incumbencia.
Sus pensamientos se sustentaban en que este directivo se mostraba públicamente y sin ningún tipo de resguardo junto a la comitiva liderada por Hiromasa, y en muchos casos estaba a cargo de las tareas de las relaciones públicas de la institución, recibiendo invitados especiales del mundo de la política, el arte, la ciencia y la totalidad de las actividades del país.
De manera contemporánea, el directivo en cuestión estaba cumpliendo con una “suspensión de juicio a prueba”, vulgarmente conocida como probation, que es una medida que se le concede a un imputado en un proceso penal en el cual –con la defensa del propio Hamilton– esta persona había sido procesada y optado por el acogimiento a dicho beneficio.
Por cierto, que es lógico que la probation se aplique a los denominados “delitos menores”, o bien que no tienen pena de prisión efectiva (mayor de tres años) o bien esta puede ser de ejecución condicional (menor de tres años) y que eso no excluya a la persona de su vida social.
Así siempre lo entendió el doctor Hamilton Garciarena, quien no podía ocultar su faceta de garantista en lo que respecta a lo jurídico.
Entendía, además, que una persona que causaba un accidente de tránsito, si no había agravantes como la conducción temeraria, el uso de alcohol y a raíz de ello se generaban lesiones graves o gravísimas lesiones o bien la muerte, resulta más que razonable que el encausado afronte este tipo de medidas.
Otra clienta del doctor Garciarena afrontó una probation por violar una disposición referida a la clausura de un establecimiento, y la justificación de esa mujer fue que en dicho lugar funcionaba un geriátrico y cumplir a rajatabla con la clausura le implicaba dejar a los abuelos sin asistencia o a la suerte de lo que hagan sus familiares, que en muchos casos era nada.
Por supuesto que en ese caso el juez consideró el pedido de probation y se lo concedió a esa señora, aun admitiendo la comisión del hecho de violar la clausura, por la cual había sido procesada.
En cambio en Argentina, desde un precedente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, no se les concede la probation a los imputados en los casos de violencia de género.
La “suspensión del juicio a prueba” consta de cumplir determinadas cargas, como la de hacer tareas comunitarias, efectuar un ofrecimiento de resarcir a la víctima en la medida de ciertas posibilidades, independientemente del reclamo en materia civil y asistir a charlas de capacitación, en algunas ocasiones a grupos terapéuticos. Todo ello de acuerdo al delito por el cual fue una persona procesada.
Siempre las medidas las determina un juez o tribunal y son ellos quienes deciden o no conceder el beneficio, aun en el supuesto de que la víctima no acepte tal reparación o se oponga a la concesión del beneficio, ya que tiene también la posibilidad de solicitar un resarcimiento por la vía civil.
En definitiva, la probation es un beneficio para el imputado o procesado, ya que el propósito es el de evitar un juicio oral y poder así ser sobreseído luego de cumplir esas cargas, o bien “el período de prueba” por el que se suspendió el proceso en su contra.
Si cumple dichas cargas, ha afrontado el proceso y ha pasado la prueba de restablecer su falta ante la sociedad y realizar una especie de actos de reparación para con esta, pero en sí mismo es la resocialización propia del imputado lo que debería cumplirse al afrontar el sometimiento a prueba durante un proceso.
Por cierto que, durante el período que dure la probation, quien resulta beneficiario debe abstenerse del uso de drogas y alcohol, fijar un domicilio cierto y pedir autorización para alejarse de él y sobre todo para viajar al exterior.
Periódicamente debe someterse al control de un patronato de liberados, medida que no es del todo simpática para quien afronta esa carga, sobre todo en los delitos en que per se no es aplicable la pena privativa de la libertad en modo efectivo.
Si no se cumple alguno de esos requisitos, la probation puede ser revocada y el acusado irá a juicio oral y público, pudiendo ser condenado o absuelto de acuerdo a las pruebas colectadas, ya que haber accedido al beneficio de la probation no implica ningún reconocimiento en relación con el hecho.
La probation no implica el reconocimiento de la responsabilidad como sí ocurre en el “juicio abreviado”, en donde el acusado asume ser responsable del hecho a cambio de una pena que pacta con la fiscalía.
También limita o revoca la probation la comisión de otro hecho delictivo durante el período de prueba o bien impide la posibilidad de volver a otorgarla en un lapso de tiempo determinado en caso de cometerse un nuevo hecho tipificado como delito.
Al cumplir con todas las cargas impuestas, el beneficiario de una suspensión de juicio a prueba o probation es sobreseído, pero sin hacerse mención que se deja a salvo su buen nombre y honor, ya que si bien no se juzga la autoría y participación, el contrapunto es que no es posible expedirse sobre aspectos subjetivos de la conducta en ninguno de los dos sentidos.
Sería algo así como un sobreseimiento automático u objetivo sobre la base de las constancias de haber cumplido con las cargas que implicaron la suspensión del proceso. Al menos esa era la interpretación del doctor Hamilton Garciarena, dentro de algunas otras no menos admisibles.
Pero ese festival en Tecnópolis a fines de febrero de 2018 marcó un punto de quiebre en Hamilton y –debido a todo lo que había podido observar durante esos días y ante sucesos previos– y que lo llevaron a tomar la decisión de renunciar a su condición de apoderado legal, sabiendo que eso generaría aún más represalias de las que ya venía asimilando en sus actividades religiosas, que a ese momento se limitaban a las de un sector del barrio de Villa Urquiza. Aceptó el desafío y tal vez eso era lo que pretendía interiormente.
A todo esto, ese día y luego de una ausencia de unos meses a las actividades dentro de la Sede Central de Argentina, los miembros se asombraban de verlo y lo saludaban con la reiterada expresión: “tanto tiempo” o bien la que uno de ellos llegó a decirle: “me alegro de que hayas venido y podido reflexionar”.
Hamilton comprendía la preocupación de algunos de sus compañeros y en ningún momento tuvo ninguna reacción adversa, aunque ver al hijo de Takeru Yamamoto junto a este directivo le generaba una repulsión interna difícil de describir.
Ya no quería formar parte de tamaño ocultamiento que –por donde se lo mire– no le hacía nada bien a la entidad, pero –sobre todo– a él le causaba un inmenso dolor y rechazo.
Para Hamilton ese ocultamiento era una especie “frazada corta” ante diversas personalidades asistentes, que fácilmente acceden a todo tipo de información sobre una persona si lo desean.
Un riesgo innecesario que pone en jaque el prestigio de la organización, tantas veces promovido.
Los sentimientos de Hamilton tenían como contenido una mezcla de vergüenza y resignación. Más aun al saber que esa misma comitiva bajo el ala del directivo en cuestión se había encontrado nada menos que con el presidente de la nación, Mauricio Macri, hacía pocos días.
Además no es de sorprenderse que con tamaña carga emocional interna el festival le pareció un verdadero fiasco. Una reproducción lisa y llana de los Festivales de la Corea del Norte, según su particular visión.
Sin embargo, callaba tal apreciación porque a todos sus compañeros les pareció una muestra artística maravillosa.
Tal vez era su propia condición de hartazgo lo que le hacía distorsionar un intenso despliegue de jóvenes comprometidos con un ideal, para convertirlo en una expresión de autoritarismo despiadado en la promoción e imposición de un dogma.
La cuestión es que Hamilton –en su fuero interno– sentía algo de rechazo a esa clase de festivales. De hecho el único en el que participó en el escenario fue el de 1993, cuando aún no era miembro.
No le gustaban. Le parecían una muestra de un poder no declarado o subrepticio de aglutinar y disciplinar o una expresión “malabarística” de una falsa utopía de trabajo en grupo o comunitario, que en verdad ocultaba cierto autoritarismo fanático no revelado, pero latente.
No le generaban absolutamente ninguna clase de emoción.
Sin embargo, contradictoriamente valoraba que de aquellos grupos surgía siempre algún líder potable para la organización y podía en alguna ocasión mostrar algún tipo de emoción ante el esfuerzo de esos protagonistas.
Aunque también era cierto que la gran mayoría abandonaba la fe, ya que solían terminar extenuados luego de tantas reuniones, preparativos y ensayos.
Hamilton –además de tener una verdadera fobia a la exposición enfundada en la expresión “perfil bajo”– siempre buscaba un lugar entre bambalinas para combatir el agotamiento que le implicaban esos interminables festivales y sus preparativos.
Así que, más allá de cualquier valoración escénica le parecía “patológico” que unos días antes el directivo que estaba en medio de una probation era desde hace mucho tiempo el timón de la organización local. Hamilton sabía que el directivo a cargo estaba en plena etapa de emprender las tareas comunitarias que formaban parte de las medidas ordenadas en la probation, y que el delito por el cual accedió a dicho beneficio –luego de ser procesado– estaba ligado directamente a sus actividades ya que –si bien se habían cometido en seno de la vida social– comprometían de manera directa el fuero interno de la organización, al figurar –esa misma persona– en varios documentos internos de aquella.
El problema que suscitó el procesamiento por parte de la justicia era que figuraba como profesional, pero en verdad le faltaban unas quince materias para recibirse.
Había aprobado veintiuna de las asignaturas, en medio de otra cantidad no menor de “aplazados”. Pero –en definitiva– nunca había concluido sus estudios universitarios.
Un verdadero escándalo que tenía al abogado Hamilton Garciarena en una de las la filas de un nuevo festival y como miembro de la organización.
No basta decir que con Hamilton –como asesor legal– tuvo varias discrepancias con ese señor, pero lo llamativo es que, cuando apenas esbozó evidenciarlas, fue suficiente para quitarle todo respaldo y blindar a la organización de todo posible contacto con Hamilton, aun en el ámbito de la fe, para luego desprestigiar su imagen si era necesario.
¿Con qué finalidad? Tal vez para que su imagen quede impoluta y pueda caminar como si nada junto a Hiromasa Yamamoto como uno de sus principales anfitriones.
«Trato de resistir y al final no es un problema.
Qué placer esta pena».
Charly García
3
Hamilton todavía no había asimilado el golpe que en aquel agosto de 2017 –pocos días después de concretar la compra de su “PH” y encauzar la obra para inaugurar su estudio jurídico y vivienda, con un amplio lugar para llevar a cabo reuniones de la Bukkyo– le había generado que un “responsable”, llamado Ramón Luján, cuando le comunicara que por “orden directiva” que no sería más convocado al Grupo de Transporte, por cuanto debía retirarse de las actividades de la Sede Central de la Bukkyo. A ese grupo pertenecía desde 2009 y en ese feriado Luján le transmitió que, por “orden directiva” no sería convocado ni a ese ni a ningún grupo de capacitación y sin mostrarse hostil, aunque sí preventivo, le pidió a Hamilton que abandonara el Centro Cultural de la Bukkyo Kai de Argentina.
Con respecto a las motivaciones de esa “orden directiva” el mismo Luján, mostrando una especie de diligencia en el cumplimiento de una orden, pero a la vez una evidente saturación, le llegó a admitir a Hamilton que no tenía muy en claro en qué se sustentaban, ya que no había advertido jamás un comportamiento que amerite una medida tan extrema.
A la vez, dejaba entrever como sugerencia que le hacía una especie de favor al hacerle saber dicha orden directriz, para que pueda –en el mejor de los casos– tomar cartas en el asunto y resolverlo de la mejor manera. La orden era que simplemente Hamilton Garciarena no sea más convocado a las actividades.
Una semana antes se había previsto una reunión general del grupo, en la que Hamilton iba a relatar su experiencia en la fe con respecto a los esfuerzos para la compra de su “PH” y cómo relacionaba eso a los beneficios –que sinceramente sentía– a raíz de participar en las actividades, sobre todo en las del grupo, las que habían servido de un gran entrenamiento y aprendizaje para lograr un progreso en su contracción a su trabajo profesional y vivenciar ello a través de un crecimiento como persona.
Era imprescindible dar ese mensaje motivador, ya que muchos de los “compañeros” sentían que no tenían beneficios o bien pasaban momentos laborales complejos. Siempre la idea era alentar y transmitir con algún ejemplo de autosuperación.
Hamilton no tenía ninguna ínfula al respecto, pero sí sentía la convicción de ser una persona tenaz a la hora de transitar la vida puliendo el valor de la coherencia, valor fundamental para dar validez a su experiencia y poder brindar a través de ella el más genuino y sincero aliento en la fe a otros compañeros.
Luis Nocetti, a cargo del grupo junto a Ramón Luján, le había transmitido días antes que la reunión había sido suspendida y que su intervención quedaba para alguna otra ocasión.
En la misma semana, precisamente el domingo siguiente posterior a la fallida reunión del lunes pasado, Luján le comunicaba a Hamilton la “orden directiva”.
A todo esto, la reunión del lunes no había sido suspendida en lo más mínimo, sino que se había exteriorizado la orden al conocerse que Hamilton estaría a cargo de contar su experiencia personal.
Dicha vivencia iba más allá de una reunión, ya que se basaba en quebrar los patrones emocionales y ancestrales de la propia carencia, para vivir una vida de prosperidad, buscando que ello siempre tenga una base en los valores de la fe.
Finalmente había roto varios patrones existenciales, pero incluso los de su trascendencia y motivaciones dentro de la organización.
Claramente conmovido, Hamilton buscó, al regresar a su departamento que todavía alquilaba y estaba por dejar para mudarse a la obra nueva, el correo electrónico que le había enviado a Nocetti con el texto de la experiencia.
Quería buscar si se había expresado con ingratitud, arrogancia o bien con ambas o si había cometido alguna clase de error que derivara en alguna expresión desafortunada, ya que por cierto algunas rigideces derivadas de los festivales seguían sin agradarle.
Nada de eso notó. Lo que sí le resultó llamativamente verificado es que Nocetti ni siquiera le había contestado el correo electrónico.
Algo muy poco habitual en él, debido a que siempre era muy amable, correcto y cálido con sus compañeros. Pero no iba a ser esa la ocasión para mostrar tan nobles virtudes.
Además Hamilton le había advertido que el texto era algo largo y que por supuesto estaba listo para acotarlo y ver con él en qué aspecto quería que haga más énfasis o bien si quería agregar o sacar algo.
Meses después vendría su renuncia como apoderado legal, que indudablemente no había sido producto de una intempestiva reacción al ver que el directivo en cuestión se exhibía como si nada hubiera ocurrido y seguía al mando de todas las actividades de tan importante institución, orientando a los miembros en las más diversas y variadas cuestiones atinentes a la fe y dirigiendo el movimiento por la “paz a través de la difusión del budismo” o Movimiento por la Paz. Fue luego de tragarse varios sapos, que comenzaban con el cumplimiento de esa orden directiva de seis meses antes.
Pero la sensación confirmada de Hamilton con respecto a que algo se había resquebrajado fue exactamente un mes después de tal suceso, cuando tres de sus compañeros lo citaron en un bar de una estación de servicio de Villa Urquiza.
Era un domingo, luego de muchas actividades que ellos habían realizado como preparativos del “Festival de Tecnópolis” de febrero, en que obviamente alguien importante de la Sede Central de BKI de Japón vendría a la Argentina y que luego se supo que era Hiromasa Yamamoto, el hijo del maestro Yamamoto.
Los anfitriones en el café de Urquiza eran Roberto Gámez, Gustavo Loiácono y Sergio Borges, tres personas del aprecio de Hamilton por cierto. Con cada uno de ellos había tenido actividades en común en algún momento de sus veinticinco años dentro de la organización y sinceramente se había llevado aceptablemente bien con cada uno de ellos.
Sobre todo con Loiácono y Borges en sus años en la División de Jóvenes. De hecho Loiácono fue la primera persona a quien Hamilton tuvo como una especie de referente o responsable en la fe. Y Borges cumplió la misma función en su afianzamiento dentro de la organización en su época juvenil.
En cambio con Gámez había interactuado ya en el Grupo de Transporte, integrado por señores de las divisiones de adultos, ya superada la etapa juvenil.
Roberto Gámez era un miembro de los más veteranos, y como Hamilton estaba a cargo de los señores transportistas de la Capital, lo llamaba cuando era necesario y generalmente respondía colaborando en cualquier clase de necesidad por cubrir, desde la búsqueda de un compañero para realizar alguna tarea específica o de ir él mismo a realizarla.
Además, como había tenido una gran experiencia dentro del grupo le daba valiosos consejos a Hamilton en diversas situaciones referidas a las actividades.
Para él, Roberto Gámez tenía una postura digna de un antecesor y Hamilton era totalmente consciente de que no todos poseían esa actitud.
Un ejemplo para seguir en su postura en la fe realmente. Además hacía poco había enviudado y Hamilton admiraba esa actitud positiva a pesar de la penosa pérdida de su esposa.
Lo que sí notó también es que desde ese luctuoso hecho estaba mucho más activo que otros tiempos y hablaba un poco más en las reuniones de diálogo y, más aún, desde que era responsable coordinador de toda una región.
A lo mejor eso lo haría para cubrir un vacío tan grande por la muerte de su querida esposa y compañera en la fe, y seguramente era natural que después de un gran impacto pudiera exteriorizar otros rasgos de su personalidad, pensaba Hamilton en su fuero interno, pero le preocupaba que –a la vez– lo notó bastante excedido de peso y algo agitado al hablar.
Siendo ellos los convocantes tenía cierta tranquilidad, ya que esperaba alguna muestra de apoyo o bien un reencauce de sus actividades “suspendidas” luego de la tan secreta “orden directiva”, que lo había dejado solo con algunas de las actividades en el barrio que llegaron a hacerse en su búnker tiempo después y no más que por unos breves meses.
A Hamilton particularmente emprender las actividades del Grupo de Transporte en la Sede de Argentina le había traído grandes satisfacciones y beneficios personales. Sobre todo de progreso, ya que sentía que si no fuera por esas actividades no se hubiera movilizado para comprar un vehículo y mantenerlo, lo que requería una mayor autodisciplina en materia económica, la que no había podido aprender su padre.
Gracias a poder encauzar esa virtud, fue generando la condición para un progreso ascendente en su condición económica, ya que al adquirir una sólida base de disciplina en las finanzas derivada al logro de objetivos concretos, pudo superar y dejar atrás apegos y mandatos ancestrales relacionados con sus propios miedos, debilidades y carencias.
Al ingresar en ese Grupo (cerca de sus 39 años) no había potenciado ni tenía esas prioridades en absoluto y solo se dedicaba a subsistir.
Además fueron numerosos los vínculos con las personas, tanto del propio grupo como con invitados y amigos de la institución que lo motivaban a Hamilton a afrontar esa responsabilidad con total seriedad, ya que para él la coherencia era fundamental.
Por cierto, que las actividades eran voluntarias y los gastos de mantenimiento del vehículo y transporte son a cargo de quien realiza la actividad, ello como una ofrenda más al Movimiento por la Paz.
Lamentablemente para Hamilton Garciarena, la reunión con sus viejos compañeros no resultó ser nada de lo esperado.
El motivo era que habían tomado conocimiento de su alejamiento del Grupo del Transporte de la Bukkyo y querían saber acerca de los motivos.
Hamilton llegó –como siempre– con una puntualidad rigurosa a la cita, que sería en el bar de la estación de servicio ubicada en Álvarez Thomas y Olazábal.
Al llegar, ya estaban los tres anfitriones, se ve que más rigurosos con la puntualidad que él o bien ya habían llegado con antelación en algún espacio luego de las actividades dominicales. El saludo fue una mezcla de afectuosidad y necesidad de poner distancia.
Antes de comenzar a dialogar sobre el tema en cuestión, conversaron acerca de la novedad de la gran concreción de Hamilton con respecto a su casa.
Habían tomado conocimiento a través de Marcelo “el correntino” Messina, quien contó acerca de la refacción que Hamilton le había encomendado, haciendo referencia además a que jamás tuvo un cliente tan bueno como él, ya que encomendó el proyecto y tuvo que pedirle por favor que venga a la obra para ver los avances…
A Hamilton le pareció un poco desatinada la exteriorización que había tenido Marcelo, aunque comprendía que lo hizo con total buena intención o bien ignorando cualquier situación relacionada con los sucesos que estaban ocurriendo.
En cambio, le llamó la atención que Gustavo Loiácono estuviera tan intrigado más que nada en saber cómo hizo Hamilton para afrontar tal emprendimiento sin siquiera solicitar un crédito hipotecario, olvidando tal vez de considerarlo como un abogado suficientemente exitoso como para adquirir una modesta propiedad y reformarla.
Las acotaciones de Loiácono le llamaban ciertamente la atención, más que nada porque como abogado siempre lo había asistido en su empresa familiar cuando lo necesitaba y hacerle alguna consulta.
Hamilton los ayudó a él y a los miembros de su familia a recuperar sus ahorros limitados por el “corralito” bancario de la crisis de 2001, por eso decidió dar un viraje al asunto y abocarse al tema que los había reunido.
Comenzó Roberto Gámez:
—El motivo por el cual te convocamos, Hamilton, es porque –ante todo– valoramos tu trayectoria como miembro de Kai y discípulo de Yamamoto sensei y hemos tomado conocimiento de tu apartamiento del Grupo de Transporte. Nos llamó mucho la atención. Sobre todo de un compañero como vos con tantos años dentro de la organización, nos vimos totalmente sorprendidos por esta clase de sucesos dentro de un grupo de capacitación de la Bukkyo Kai de Argentina.
El que estaba sorprendido era Hamilton, a quien comenzó a transformársele el rostro y enseguida percibió que el encuentro con sus compañeros no tendría nada de amable.
Sin embargo, hizo un gran esfuerzo por mantener la compostura y dejar que el querido Gámez terminara de introducir su interrogante plagado de conjeturas de alguien que pregunta algo que tal vez no sepa con certeza lo ocurrido, pero que seguramente tenía alguna especie de versión de los hechos.
De un modo totalmente enfático y tajante Hamilton contestó:
—No soy yo quien tiene que responder a tu interrogante.
Gámez, asumiendo el rol de referente máximo de la reunión, le afirmó a “Hami””, ese era el apodo de Hamilton.
—Mirá, querido “Hami”, quien debe reflexionar sobre lo ocurrido sos vos, en función de que no es normal que con un ex responsable y miembro de tu trayectoria se tome una medida de tal naturaleza. Estamos acá para que revises tus propias actitudes y nos cuentes lo ocurrido para poder crear valor.
Percibiendo un panorama muy poco claro, Hamilton les contó lo que Ramón Luján le había hecho saber, tal vez con la imprudencia de que el propio Luján asumía que no conocía los motivos de la “orden directiva”.
Fue ahí cuando Hamilton aludió a que no conocía ningún rasgo de su conducta que amerite una medida de tal naturaleza, la que se equiparaba prácticamente a la expulsión del núcleo de las actividades de la organización.
Agregó que eso le haría presuponer que días antes de la “orden directiva” había vuelto de un viaje a Europa y que antes de eso había exteriorizado un desacuerdo con un directivo cumpliendo su actividad profesional y que lo atribuía a eso, ya que indudablemente esa persona tramaba ocultar ciertos aspectos de su conducta a la organización local y a la Sede Central del Japón y que él no iba a facilitar eso, por lo tanto no puede venir la orden directiva de otro lugar, justamente porque su asistido es un directivo.
Al pedirle los tres convocantes más precisiones, aludiendo a que su relato o explicación eran poco claros, Hamilton acudió a excusarse de seguir la conversación en virtud del secreto profesional, lo cual tornó más virulenta la conversación, sobre todo con Loiácono, que exigía una respuesta y daba nombres buscando su aseveración o su propio convencimiento tal vez o justificar acaso alguna o varias negaciones que deambulaban en la charla.
Al no llegar a un acuerdo, Loiácono comenzó a balbucear una serie de supuestos actos de mala conducta cometidos por Hamilton, sobre todo hacia una señorita que participaba en el mismo barrio que Hamilton en las actividades de la organización.
Para su sorpresa, Hamilton preguntó qué era lo que había ocurrido con esa mujer, a lo que Loiácono, con un asentimiento dudoso de Gámez mencionó que esta había expresado cierto malestar porque Hamilton le había consultado en qué sector del barrio rendía sus ofrendas que cuatrimestralmente los miembros de la Bukkyo Kai realizaban, ya que según dónde vivía debía rendirlo en el sector a cargo del propio Hamilton con respecto a dichas ofrendas.
Ella le respondió que, si bien vivía en el mismo sector, realizaba sus actividades en otro lugar, por lo que iba a consultar con su responsable, y al no tener una respuesta definitiva entonces Hamilton no le insistió más.
Infirió Loiácono que eso era una mala conducta de parte de un integrante de la División de Señores de la Bukkyo, ya que no debía dirigirse de ese modo a una mujer a la que no conocía o nueva en la zona y como que eso estaba mal visto.
Sorprendido y generando más sorpresa aun en los tres anfitriones, Hamilton aludió que no veía ningún tipo de mala conducta, añadiendo – además– que la conocía desde hacía varios años atrás, más precisamente desde 2009 y que si bien no eran amigos, habían dialogado en más de una oportunidad de diferentes cuestiones e incluso había invitado a una clienta suya a las reuniones que se hacían en el barrio donde ambas vivían, hecho por el cual el trato –si bien no era frecuente– tampoco se interpretaba como que un desconocido se dirigía a ella.
Además, Hamilton sabía algunas cosas de la vida de esa activa integrante de la división femenina, que eran imposibles conocerlas sin que no hubiera un mínimo conocimiento previo entre ambos, pero no iba a entrar en tales detalles.
Aun asimilando la sorpresa por ese conocimiento previo, de todas formas, Loiácono y Gámez fueron llevando todo a un terreno en el que la mujer en cuestión no quería realizar actividades en el sector donde estaba Hamilton, supuestamente molesta por su actitud de requerirle su ofrenda, lo que tampoco había sido así.
El más incisivo era Loiácono, pero al ver que era un poco prematura la acusación, Gámez y Borges decidieron poner paños fríos.
Hamilton quedó muy inquieto porque esa supuesta acusación algo traía entre líneas o de algún modo le anticipaba posibles cuestionamientos a su conducta como líder del sector de Villa Urquiza y podría quedar hilada a la orden directiva de no ser más convocado a hacer actividades en la Sede Central de Argentina.
También hablaron de la compra de su casa y Loiácono volvió a mostrarse muy inquieto acerca de la procedencia de los recursos con los cuales la misma fue adquirida, tal como si fuera un inspector de Administración Federal de Ingresos Públicos y no un compañero en la fe.
Hamilton comenzó a sentir que la charla era una especie de pesquisa para indagar en una posible justificación de motivos para apartarlo de la organización.
Decidieron, luego de algunos consejos para que lo ocurrido –sea lo que sea– no nuble su fe, a lo que Hamilton respondió que no tenían de qué preocuparse, ya que él no había cometido ninguna falta y remató en que tampoco ellos quieren saber bien de qué se trata, por más que él se ampare en el secreto profesional, así que lo mejor era dar por terminado el encuentro.
Gámez decidió ser la voz final que termine la conversación aludiendo que tener una actitud disidente ante esa clase de antecesores era lo mismo que no responder al propio maestro, ya que el propio Yamamoto sensei confiaba en esas personas.
Hamilton admitió haber perdido totalmente la confianza en ese directivo y extendió ello a quien era la máxima autoridad de la institución local, ya que nunca le contestó los mensajes y llamados para que tome cartas en el asunto.
Ni habló de la probation y decidió irse a su casa, a sabiendas de que le esperaba una época dura y que tarde o temprano ello haría mella en el último bastión que le quedaba, el sector de Villa Urquiza en donde participaba de las reuniones.
Loiácono continuó hasta por mensajes de WhatsApp reprochándole la actitud a Hamilton y que todo era por un problema personal entre él y más que un directivo, un auténtico antecesor en la fe al que había que respetar. Decidió no contestar porque comprendió que estaba proyectando un suceso personal, vinculado a su pasado con el mismo antecesor que ahora se desvivía por defender y que lo alejó varios años de la fe, pero prefirió no escarbar en el asunto, ya que iba a parecer una venganza por pretender incomodarlo por el tema referido a esa mujer quejosa de la actitud de Hamilton.
Se acercaba el festival en Tecnópolis y estaba confirmada la visita de Hiromasa Yamamoto, hijo del presidente de la Bukkyo Kai Internacional, maestro de la vida y un verdadero conductor en la fe.
De todas formas notó cierta inquietud en Borges, que en casi todo el encuentro se mantuvo en silencio.
Tiempo atrás Hamilton había tenido largos diálogos con Borges, quien más de una vez le pidió un consejo legal por unos temas de herencia familiar en los que su hermana había contratado a otros abogados.
Como Borges no confiaba en ellos recurría al consejo de Hamilton. Sumado a ello, Sergio había tenido un serio problema de salud y en esas conversaciones dialogaban mucho al respecto. Sin dudas Sergio Borges estaba muy incómodo con lo ocurrido.
Hamilton lamentaba profundamente la situación por el impacto que generaba la exteriorización de una profunda desconfianza a los máximos representantes locales de la Bukkyo, pero prefería optar por ser totalmente sincero con ellos.
Por otro lado Loiácono tenía un fastidio exacerbado, atacaba una y otra vez a Hamilton con acusaciones direccionadas tendientes a socavar su conducta, como que en verdad el origen de la desconfianza que exteriorizaba Hamilton y la cuestión relacionada con un asunto legal e institucional no fuera el foco del problema.
A la vez quería mantenerse totalmente ajeno a indagar sobre la verdad de los acontecimientos que circunscribía Hamilton a la conducta personal del directivo. Es decir que quería dialogar pero sin escuchar. Indagar pero sin querer profundizar sobre la naturaleza de los acontecimientos.
En definitiva, lo que Hamilton exteriorizaba –sin dar precisiones por su mandato profesional de mantener el secreto– era una total pérdida de confianza en los dos directivos mencionados, del cual uno había sido su asistido y otro la máxima autoridad de la institución.
Gámez insistía que la pérdida de confianza tenía que ver con el propio estado de vida de Hamilton y tampoco quería saber en detalle lo ocurrido.
Sin embargo, aun así pretendía sostener argumentos que le permitían considerar que no había relación alguna entre las cuestiones institucionales derivadas hacia lo judicial y la propia gestión de Hamilton como abogado y su separación del Grupo de Transporte como grupo de capacitación en la fe de la Bukkyo. Lo que a Hamilton ya lo aproximaba a una especie de trama psiquiátrica derivada de una conversación sin ningún sentido.
Culminaba en el remate de Gámez que le sugería salir –de algún modo y por un momento– del rol de abogado y abordar el tema desde la fe y como miembro de la organización ya de larga data. Agregaba instándolo a que no desperdiciara tantos años, según llegó a expresar.
Hamilton se quedó perplejo con esos razonamientos tan acotados y absurdos. Pero comprendía las motivaciones internas de Gámez, las que en verdad estaban referidas a él mismo, ya que sin dudas no quería saber de qué se trataban los hechos judicializados, pero sí que era algo delicado y grave para la entidad. No obstante estaba dispuesto a ignorarlo todo para seguir adelante en su fe, sobre todo… después de tantos años de esfuerzos.
Hamilton intuía que se venían tiempos difíciles, probablemente de represalias tal vez no tan directas, pero sí exclusiones progresivas de todas las actividades zonales, además de la expulsión del Grupo de Transporte y de la Sede Central ya acontecida.
Si bien la actualidad lo apenaba, debido a que la dedicación a las actividades de la Bukkyo habían sido durante más de veinticinco años el eje central de su vida, también le hacían evidenciar cierto grado de saturación y estaba decidido a asumir las consecuencias y mantenerse coherente, aunque ello traiga aparejado un cambio total en su vida y en su dedicación a las actividades, que hasta ahora si bien no era de los que se mostraban más activos, es cierto que según sus propios compañeros era muy constante.
En su fuero interno, la organización estaba siendo dirigida por las dos personas a las cuales él les había perdido la confianza.
No sabe si fue por eso que comenzó a analizar las actividades de una manera más crítica, ya que en verdad muchas le parecían desde hace rato un verdadero hastío y que nada tenía que ver con practicar el budismo del Buda Nanjo del Sutra del Loto ni con el lineamiento de la Bukkyo Kai Internacional, ni con las guías del maestro Yamamoto.
Ese era su estado interno, aunque se esforzaba por no exteriorizar esas sensaciones a sus compañeros.
La circunstancia de no tener una certeza con respecto al conocimiento o no de directivos de la Sede Central de Tokio de todo lo ocurrido en Argentina verdaderamente lo perturbaba, pero era consciente de que en modo alguno era su función dar a conocer los hechos a las máximas jerarquías y al propio entorno de Sensei y por eso todo quedaría subsumido a una cuestión local.
Además Hamilton era muy poco proselitista, no le gustaba para nada y menos en cuestiones relacionadas con la Bukkyo y el mundo de la fe. Restaba saber si iba a seguir con la tarea de dedicar al Movimiento por la Paz, pero ese era su juramento y decidió no quebrantarlo, a pesar de que el terreno era cada vez más hostil que le exigía ser sincero consigo mismo y –del mismo modo y de manera simultánea– autopreservarse.
Antes de concluir la agitada conversación, el mismo Gámez frenó a Loiácono al intentar insistir con el supuesto incidente. Evidentemente había sido prematuro que se haya expuesto ese tema. Y siendo además que había un conocimiento previo, quedaba la sensación que los interrogadores no tenían ese detalle.
En un momento sintió que la actitud de pretender achacarle alguna mala conducta era un recurso tan burdo como torpe.
Evidentemente estaban cumpliendo algún tipo de directiva similar a la que le transmitió Luján, solo que esta fue algo más directa en torno a pretender construir fundamentos por los cuales una persona debe abandonar la organización o todo aquello que le dé cierto tono de transparencia a la interpelación.
Por ende, Loiácono acusó a Hamilton de no estar activo en la fe y de no honrar el cargo para el cual fue designado, como para rematar.
Además, apartar a Hamilton del sector no era una tarea tan sencilla, ya que desde hace unos años gozaba de una gran confianza por parte de todos los miembros de la zona.
Tanto es así que, a los pocos días, Hamilton asistió a la reunión de diálogo del grupo que quedaba a la vuelta de su nuevo hogar, ya terminado por el correntino Messina.
Para su sorpresa, la mujer en cuestión asistió a esa reunión, con la novedad que iba a comenzar a participar en su zona, por lo que ya no tenía vigencia la respuesta que le había dado a Hamilton unos meses atrás, cuando este le consultó sobre el lugar donde haría sus ofrendas.
Esta situación activó un estado de alerta en él, por no decir cierta paranoia. ¿Qué se estaba gestando? ¿Es la mujer parte de la trama o la estaban utilizando para desprestigiar a Hamilton en la comunidad de creyentes? ¿Qué manifestaba ella en su fuero interno?
Más sorpresivo aun fue que el trato de parte de miembro de la División Femenina hacia Hamilton era de lo más ameno y como viejos conocidos. Evidentemente esto lo confundió de un modo alarmante, más de lo que ya estaba.
En una nueva “visita” para conversar sobre la cuestión, ello a pedido de Gámez con otros compañeros que hicieron de interlocutores, Hamilton ofreció radicar una auto-denuncia y dejar su propio celular y herramientas informáticas sujetas a un análisis pericial para que se extraigan todos los mensajes, correos electrónicos, mensajes y llamados entre Hamilton y esa mujer -desde unos ocho o nueve años atrás a la fecha- para que una fiscalía evalúe si el abogado cometió algún tipo de conducta relacionada con los hechos que sus compañeros de algún modo insinuaban, aunque sin dar ningún tipo de precisión al respecto.
Jamás recibió una respuesta.
Nadie se ilumina fantaseando figuras de luz,
sino haciendo consciente su oscuridad».
Carl Gustav Jung
4
La finalidad principal de la Bukkyo Kai es la concreción en la sociedad de “la paz a través del logro de la felicidad individual”, de lo que no escapa y la difusión del budismo. Este término muchas veces era expresado en idioma japonés, pero podría tener diversas acepciones e interpretaciones, en el budismo del Sutra del Loto es conocido como “Movimiento por la Paz”.
En verdad, consiste en difundir el mensaje esencial del budismo de Nanjo “El Gran Sabio” y del Sutra del Loto, que fuera expuesto varios siglos antes por el buda Gautama de la India, líder del clan de los Shakyas, por eso también es denominado como Shakyamuni.
En esencia, el buda Nanjo, proclamó que el Sutra del Loto es la enseñanza esencial de todo el budismo, y su recitación es la práctica que contiene a todas las enseñanzas de Gautama.
En el Japón del siglo XIII, esa proclama le bastó al propio Nanjo numerosas persecuciones, exilios, prisión y hasta una ejecución de pena de muerte, que no llegó a concretarse porque al momento de llevarse a cabo, un fenómeno muy poco habitual surcó el cielo iluminándolo en plena noche, generando terror en los sicarios y las autoridades encargadas de lleva a cabo la ejecución, por lo que se dejó sin efecto.
Con el tiempo, varios estudios astronómicos harían presuponer que bien podría haberse tratado del paso de un cometa, un eclipse, o bien algún otro fenómeno muy particular para esa época, variando ello de acuerdo a los escritos que describieron el suceso, narrados por el propio Nanjo o alguno de sus seguidores.
Sin dudas, ese fenómeno simbolizaba de alguna manera que las funciones protectoras del universo acudían al llamado de Nanjo y que sin duda no debía ser ejecutado por difundir esas enseñanzas, ya que eran verdaderas, a la vez este se revelaba como el devoto del Sutra del Loto, descrito en la enseñanza del propio Gautama.
El Japón de ese entonces se basaba en el régimen feudal y estaba totalmente militarizado, dichas milicias estaban integradas por los conocidos samuráis.
Haciendo un paralelismo con la cultura occidental, podríamos decir que en el Japón de ese entonces no había separación entre las del culto oficial y el estado feudal, así como no lo hubo entre numerosos estados coloniales y la Iglesia católica.
Por eso, Nanjo era considerado un revolucionario de todos los valores religiosos y sociales de esa época, ya que ponía en jaque las enseñanzas tradicionales, que hasta ese momento eran incuestionables.
Las enseñanzas de Nanjo establecían la prevalencia del Sutra del Loto sobre el resto de las enseñanzas budistas, alguna de ellas denominadas provisorias, a contrario del Sutra del Loto que es la enseñanza esencial.
A tal punto que algunos estudiosos consideraron a Nanjo como un exacerbado nacionalista, habida cuenta de que algunos movimientos japoneses lo vinculaban con esa clase de historicismo nacionalista.
El mensaje esencial de la Enseñanza del Sutra del Loto es que el estado de vida de la budeidad existe en forma latente en todos los seres vivientes y que para manifestarlo no es necesario realizar otra práctica que su recitación.
En esa época, el estado de iluminación o budeidad estaba reservado a un pequeño núcleo o una elite de practicantes o sabios en diversos niveles de comprensión y sabiduría, por eso el mensaje de Nanjo consolidaba una especie de budismo popular.
En verdad enarbolaba una verdadera concientización acerca del empoderamiento humano totalmente avanzado para la época, el cual se difundió en el Japón de ese entonces.
Al fallecer Nanjo continuaron con la enseñanza sus discípulos más directos, pero en especial uno de ellos, llamado Nikkio, debido a que otros de sus discípulos más cercanos habían comenzado a distorsionar aspectos esenciales de la enseñanza del fundador.
Fue así como se fundaron diversas escuelas denominadas “Shu”, más próxima a la denominación japonesa.
Fue así como la Nanjo–Shu se consolidó en el Japón como la entidad sucesora de las enseñanzas de quien era considerado el Buda Original o Buda Verdadero, Nanjo “El Gran Sabio”.
Antes de morir, Nanjo nombró como sucesor a Nikkio y este –al no ser aceptado por los demás discípulos que distorsionaron severamente las enseñanzas– abandonó el Templo situado en Minobu, de donde surgiría luego otra escuela que también se proclamaba seguidora de Nanjo.
Por su parte, Nikkio se trasladó a un predio propiedad de uno de los viejos seguidores y discípulos de Nanjo, llamado Nanjo Tokitsu, el cual estaba ubicado en las cercanías del Monte Fuji, donde se erigió un templo que dio origen a la Nanjo Shu.
Con el paso del tiempo, la Nanjo Shu se consolidó como una de las escuelas más tradicionales del Japón.
Transcurridos siete siglos y a comienzos del siglo XX varias familias japonesas seguían las mismas enseñanzas de sus ancestros.
En esas primeras décadas de ese convulsionado siglo, dos maestros de escuela primaria se interesaron mucho en las enseñanzas del Buda Nanjo y tomaron contacto con la Nanjo Shu.
En particular uno de ellos, Saburo Maguchi (1871–1944), estaba principalmente identificado con los principios de las enseñanzas del Sutra del Loto, aplicables a su cosmovisión acerca de los valores de la educación en las escuelas públicas del Japón de ese entonces.
Así pues, junto a un joven maestro llamado Dorei Tore (1900-1958) comenzaron a participar en las actividades y reuniones de la Nanjo Shu.
Tal era la afición de Maguchi y Tore a las enseñanzas de la Nanjo Shu, que volcaron sus enseñanzas a la docencia, a través de generar valor en cada alumno en relación con su potencial humano, tal como lo expresaba el mensaje del Sutra del Loto respecto al potencial inherente de la iluminación que en forma latente habita en el interior de cada ser viviente. Más aún, si dicho potencial puede ser descubierto a temprana edad, tanto en la niñez como en la juventud.
Tan significativos fueron los resultados en la mejora de la calidad educativa y en la vida de esos niños que decidieron expandir ese mensaje a sus padres y a grupos de adultos, generándose así diversas reuniones de intercambio y de diálogo, que comenzaron a tener cierta frecuencia, en una época en donde no era habitual, debido al avance del militarismo imperial.
Así se estaba dando algo poco frecuente en el ámbito de la Nanjo Shu, originado en la difusión de sus enseñanzas y en la propagación del legado del propio Nanjo de difundir ampliamente las enseñanzas para consolidar la paz y prosperidad social, a través del afianzamiento del estado de vida y cualidades de cada persona lograr la paz a través del budismo.
Como un modo de proselitismo, comenzó a difundirse la Ley del Sutra del Loto a la mayor cantidad de personas posibles y alentar a que la practiquen.
La práctica del budismo de Nanjo consiste en la invocación recitada del mantra de la Ley del Sutra del Loto en la traducción y pronunciación con el mismo dialecto japonés antiguo recitado por el Buda Nanjo en el siglo XIII, que se denomina Ley Mística (traducido literalmente del jap.: devoción al Sutra del Loto) o Ley Mística.
Junto a la recitación de Ley Mística (en jap. “entonación del mantra) por la mañana y por la noche en forma reiterada por un determinado número de minutos, los creyentes leen unos párrafos de la enseñanza de Sutra del Loto en un extracto de sus capítulos principales y esenciales, en donde el buda Gautama de la India enseñó que la iluminación está en todos los seres vivos y donde describe las virtudes del estado de vida de la budeidad que el manifestó desde el infinito pasado.
A dicho estado de vida se accede por medio de un vehículo único que la recitación de la gran Ley, que luego Nanjo revela como la Ley del Sutra del Loto.
Esa Ley Mística está plasmada en un Mandala u (en jap. objeto de veneración) en donde figura inscripta y se le concede a cada prácticamente cuando desea comenzar a realizar la práctica diaria.
El primer Mandala denominado “Primer Gran Mandala” (Gran Objeto de Veneración) fue escrito por el propio Nanjo para dejarlo en el Templo en donde se conserve la enseñanza, custodiado originariamente por Nikkio, sucesor de Nanjo.
Además comenzó a otorgar Mandalas personales con asiduidad a ciertos creyentes, que junto a él habían atravesado diversas persecuciones por difundir sus enseñanzas y arribó a la necesidad de dejar plasmado en los mandalas individuales para todos los creyentes cuando tres hermanos fueron ejecutados luego de ser detenidos y negarse a abandonar la fe en las enseñanzas de Nanjo.
Luego, esa costumbre de otorgar el Mandala para practicar la Ley del Sutra del Loto y observar la propia vida se replicó por parte de Nikkio Shonin (en jap.: Nikkio “El Gran Sabio”) y los sucesivos Sumos Prelados y Sacerdotes de la Nanjo Shu.
Duró varios siglos el derrotero de las enseñanzas de Gautama, hasta el advenimiento del Buda Nanjo en el siglo XIII, donde el budismo tuvo una propagación de sus enseñanzas.
No obstante, el budismo del Sutra del Loto ha seguido la denominada “ruta de seda” hacia el este. Es decir de la India a la China, para pasar por el resto del sur de Asia y arribar finalmente al Japón, el país del Sol naciente.
Y ya en el siglo XX, esos dos maestros de escuela, comenzaban a darle vida a las enseñanzas, difundiéndolas en la ciudadanía común, dándole vida también a la Nanjo Shu, que no había experimentado ninguna clase de propagación fuera de los legados ancestrales.
Así pues se transmitían las enseñanzas solo de generación en generación de practicantes y no ampliamente al resto de los ciudadanos.
Así pues que en 1928 dio origen a las primeras publicaciones de la teoría pedagógica generadora de los valores basada en los principios del budismo de Nanjo del Sutra del Loto.
Ya entrado 1930, había sido tal el crecimiento de las reuniones de diálogo promovidas por Maguchi y Tore que surgió, dentro del seno la Nanjo Shu, la imposibilidad de que un sacerdote asista a cada uno de los encuentros promovidos por los maestros.
La Nanjo Shu hacía principal énfasis en que la transmisión de las enseñanzas del Buda Nanjo, que consistían desde cartas enviadas a creyentes, hasta tratados y disertaciones sobre las enseñanzas budistas y del Sutra del Loto, las que debían ser transmitidas por sacerdotes o clérigos iniciados y no por laicos.
Era una entidad netamente basada en el linaje sacerdotal y en establecer una tajante distinción entre cleros y laicos.
Si bien los clérigos tenían ciertas normas de conducta, se les permitía contraer matrimonio y tener hijos y era muy frecuente que el aspecto ancestral sea también una especie de condicionante a la hora de un laico pretender ingresar al clero.
Eso para Maguchi y Tore no era concebible, máxime a la luz del espíritu esencial de las enseñanzas del propio Nanjo, que en ningún pasaje mencionaba tal precepto.
No obstante ello, el liderazgo de los maestros Maguchi y Tore era cada vez más notorio y acercaban una a otra a las personas a las enseñanzas de la Nanjo Shu, que comenzó como entidad literalmente a revivir, experimentando un crecimiento exponencial y haciendo realidad el anhelo de la propagación y la difusión amplia de los valores de la paz basados en el mensaje del Sutra del Loto: la amplia propagación del Movimiento por la Paz.
Cada vez más personas recibían el Mandala transcripto y otorgado por el Sumo Sacerdote de la Nanjo Shu, gracias a los maestros Maguchi y Tore.
Eso dio origen a la fundación oficial de la Bukkyo Kai, que quedó establecida en noviembre de 1930 como la organización laica de la Nanjo Shu y cuyo primer presidente sería Saburo Maguchi, respaldado por su incondicional discípulo, Dorei Tore.
El crecimiento de nuevos creyentes en las filas de la Nanjo–Shu era constante y las clásicas reuniones de diálogo lideradas por los maestros de la Bukkyo eran cada vez más concurridas y dinámicas.
En pocos años había dejado simplemente de ser una tesis educativa para la enseñanza escolar, basada en los principios filosóficos del budismo Nanjo y se expandiría en numerosas familias del Japón de la década de los años treinta.
La actividad esencial de la Bukkyo eran las denominadas “reuniones de diálogo”, en donde se invocaba la Ley del Sutra del Loto al Mandala durante unos minutos, se recitaban los extractos de la enseñanza esencial antes descrito, denominada recitación y luego los miembros profundizaban sobre algún texto de Nanjo, compartían experiencias en la fe y se alentaban mutuamente, a la vez que invitaban a familiares y amigos para compartir la enseñanza.
Pero el 1 de septiembre de 1939 un hecho que marcaría a fuego a la historia de la humanidad no podía dejar de hacer mella en la sociedad del entonces Japón Imperial: la Alemania nazi invadía Polonia y dos días después quedaba declarada la Segunda Guerra Mundial.
El Imperio nipón meses más tarde firmaría el Pacto del Eje Tripartito con Hitler y el Reino de Italia, para pasar a ser una nación aliada y envuelta en una escalada belicista sin precedentes y que dejaría entre cincuenta y cinco y sesenta millones de víctimas fatales.
Declarado el estado de sitio por parte del gobierno imperial japonés, se limitó el derecho de reunión y asociación.
Los maestros Maguchi y Tore consideraron que las reuniones de dialogo de la Bukkyo eran lo suficientemente importantes y vitales para los miembros y por ello decidieron continuar con ellas, pero concentrándolas en núcleos más pequeños y en los hogares de aquellas personas que tengan suficiente espacio para realizarlas y ya no en lugares o establecimientos públicos.
No obstante ello, comienzan las primeras rispideces con integrantes de la Nanjo Shu, que preferían acatar los mandatos imperiales, y sin poder restringir del todo las reuniones de diálogo promovidas por los maestros de la Bukkyo se dio una especie de escisión no deseada, plasmada en el desacuerdo entre acatar o no las restricciones individuales.
El avance del autoritarismo imperial de esa época llegó pronto al ámbito religioso, cuando el emperador Hiroito ordena a todos los ciudadanos japoneses venerar el talismán sintoísta, conforme a los ritos tradicionales desde la era Meiji y tomando más auge en la confrontación de la guerra.
La cúpula clerical del Templo de la Nanjo Shu citó a Maguchi y Tore para solicitarles que en todas las reuniones de la Bukkyo se adhiera el talismán sintoísta dentro de los muebles en donde están introducidos los Mandalas y que los miembros invoquen la Ley del Sutra del Loto a dicho talismán.
La negativa de ambos fue rotunda, ya que se estaban tergiversando de una manera burda los principios esenciales de la práctica del budismo de Nanjo de la enseñanza del Sutra del Loto y dicha situación iba a confundir a los numerosos creyentes nuevos.
Así pues, Maguchi continuó realizando las reuniones de diálogo, algunas custodiadas por la policía y las milicias japonesas, creándose un verdadero efecto disuasivo entre la membresía.
Avanzada la contienda bélica, el autoritarismo y el extremo nacionalismo del estado imperial sintoísta se extiende a todos los ámbitos de la sociedad, hasta que en 1943 los maestros Maguchi, Tore y diecinueve integrantes de la Bukkyo son arrestados y acusados de haber violado el estado de sitio y desacato contra la orden del emperador, equiparable a una sedición o traición al Imperio japonés.
La exigencia de las autoridades militares era la inmediata renuncia a la Bukkyo Kai y el estricto acatamiento del mandato imperial como condición a la recuperación de la libertad, que por temor es acatado por los diecinueve dirigentes, a excepción de Maguchi y Tore, que son encarcelados con prisión efectiva luego de un proceso rápido bajo normas militaristas.
Tiempo después y por su deterioro en la salud a causa de su avanzada edad, el maestro Maguchi fallece en la cárcel.
Tore tomó conocimiento meses después de tan lamentable pérdida y fue liberado luego de dos años de prisión efectiva, sufriendo también un agravamiento notorio en su estado de salud.
No obstante, al recuperar su libertad, Tore se dedica con la fuerza que le quedaba a reconstruir la Bukkyo Kai desde sus cimientos y a retomar las actividades dentro de la Nanjo Shu, profundizando el vínculo con un nuevo representante clerical, a quien le solicita volver a constituir la Bukkyo Kai como entidad formalmente estatuida y como la principal organización laica de la Nanjo Shu.
El escenario del Japón de la posguerra es devastador. Las hambrunas y las enfermedades son la única escena en las calles.
Las reuniones de la Bukkyo toman un nuevo impulso con el espíritu del lazo de maestro y discípulo entre Maguchi y Tore.
Dorei Tore leyó en más de una ocasión los expedientes de las imputaciones que se le realizaron al maestro Maguchi, fallecido en la cárcel, y jura ante el Mandala la total reivindicación de su mentor.
Estremecido en una mezcla de indignación y gratitud a su mentor, narró en una ocasión –con copias de los expedientes a la vista de todos– que al “acusado” se le imputó haber violado en más de setecientas ocasiones el mandato imperial con las denominadas “reuniones de diálogo”, haciendo énfasis en que esa absurda acusación sería el punto de partida eterno para el espíritu de las actividades de la Bukkyo.
Bajo el liderazgo de Tore, se inicia en el Japón una campaña de propagación nunca antes promovida y a lo largo de algo más de una década unas setecientas cincuenta mil nuevas familias ingresan a la Bukkyo Kai y a practicar el budismo en las filas de la Nanjo Shu.
Algunos sectores de la prensa comienzan a seguir el crecimiento de la Bukkyo y la denominan despectivamente como una “organización que nuclea a pobres y enfermos”.
Nada de eso hizo mella en Tore, que lejos de tomar esas observaciones como un desprecio, fueron el motivo de su principal orgullo. Tal como lo había anticipado Maguchi antes de ser detenido, las reuniones de diálogo de la Bukkyo no podían ser suprimidas debido a que en un futuro numerosos jóvenes seguirían sus pasos.
Es decir que estaba en juego el bienestar de las futuras generaciones y hacer realidad el movimiento de lograr la paz a través de la difusión de los ideales del budismo.
Aludía a que esa tarea solo puede ser promovida por los miembros, que a través de su crecimiento personal como integrantes de la sociedad en la que viven podrían contribuir a ella.
Así pues, ya a fines de los años cuarenta fue invitado a una de las muy concurridas disertaciones del maestro Tore un joven de apenas diecinueve años que quedaría impactado con sus enseñanzas, para tornarse inseparable.
Ese joven era Takeru Yamamoto, quien luego del fallecimiento de Tore, ocurrido once años después, en 1958, tomaría las riendas de la Bukkyo para luego convertirse en su presidente con apenas treinta y dos años de edad.
Hasta ese entonces, la Bukkyo solo tenía creyentes, sedes y templos de la Nanjo Shu, solo en el Japón, pero con el joven Yamamoto comenzaría a cobrar realidad el deseo de Tore de expandir las semillas del budismo de Nanjo del Sutra del Loto a nivel global.
Describir la totalidad de las actividades de propagación del presidente Yamamoto excedería cualquier crónica y están plasmadas en una novela de treinta y tres volúmenes escritos por él mismo, donde cuenta en detalle cada tramo de las actividades en pos de concretar el gran anhelo de promover la paz basado en los ideales del budismo.
Una verdadera crónica magistral que desemboca en cada rincón del planeta en donde el budismo de la Bukkyo dio sus primeros pasos, hasta su consolidación en cada lugar.
Así pues, a medidos de la década de los setenta, la Bukkyo tenía miembros y representaciones en cientos de países de todos los continentes y lo que daría lugar a la fundación de la Bukkyo Kai Internacional.
Años antes, asumiría como sumo prelado de la Nanjo Shu, el prior Ryokan Abe, dando comienzo –aun sin una exactitud temporal– a una trama que derivaría en una disputa entre dos entidades religiosas que difícilmente tenga precedentes, ello por su duración temporal, extensión y réplica en diversos lugares del mundo.
«La vida real comienza cuando estamos solos;
cara a cara con nuestro ser desconocido».
Henry Miller
5
Hamilton comenzó a invocar la Ley Mística en el verano de 1991 y en medio del final de la absurda guerra del golfo Pérsico, que para hacerla aún más absurda y ridícula era transmitida por TV en horario central como si se tratara de un partido de fútbol.
Una guerra iniciada por un padre para que –tiempo después su hijo con el mismo nombre– fuera a buscar las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
El joven estudiante recién ingresado a la carrera de abogacía, a la que no podía asistir debido a la gran cantidad de horas que le deparaba su trabajo en la clínica, comenzaba a leer con asiduidad materiales que le obsequiaba su compañera de trabajo.
Casi todo el material era de autoría de Takeru Yamamoto o del “Departamento de Estudio” de la Sede Central de la Bukkyo Kai en el Japón, que traducidos al inglés y al español, ingresaban con prontitud al ámbito de los miembros de la organización, para que accedan a las guías actualizadas del maestro, a cuyo elenco de lectores se sumaba Hamilton, quien fotocopiaba los Newsletters en la fotocopiadora de la clínica, que estaba bajo su responsabilidad en cuanto al mantenimiento, el que realizaba antes de su horario de trabajo y de puro obsesivo nomás.
Lo que brotó de su ser interno al invocar por primera vez la Gran Ley a las orillas del Río de la Plata fue una fuerte sensación de bienestar y paz interior, a pesar de que su realidad cotidiana actual y su historia de vida familiar –sobre todo desde la muerte de su abuela– no le había permitido gozar de nada de eso.
Al repetir una y otra vez Ley Mística, el fluir de la corriente del río le significaba –como si fuera una representación o el transcurrir de una película– que nada en la vida es estático.
Sintió por primera vez una real conciencia de sus propios signos vitales, principalmente de su respiración que, al igual que el fluir del río, tampoco era estática aunque ambas eran proverbiales.
Tal vez algo así como aquello que los cristianos identifican como un fenómeno plagado de lo que denominan “milagro”.
Sin embargo, fue por primera vez consciente que ese río dejaría algún día de fluir y ese corazón –no después y sí probablemente mucho antes– se detendría.
Dentro de la dificultad de describir esos sucesos adjudicándoles palabras, sentía una enorme gratitud y satisfacción por lo denominado “vida” y pretendía que esta sea algo por lo cual no haya que arrepentirse cuando esa respiración se detenga, ya que esa corriente del río que se mostraba ante él seguiría fluyendo hasta convertirse en océano. Esos principios acerca de la eternidad de la vida y del Universo expresados por el budismo de Nanjo, le daban tal vez esa sensación de bienestar, debido a que cada instante vital representaba un nuevo comienzo.
Por supuesto que su compañera de trabajo le decía que esas experiencias eran maravillosas, pero que lo más importante para nutrir la fe, era proponerse objetivos de vida en el plano concreto o cotidiano.
Ahí fue cuando se sintió atormentado, sencillamente porque no sabía por cual aspecto de su vida comenzar.
Con mucha paciencia, su compañera lo alentó a que no tenía por qué tener una lista de asuntos y que naturalmente elija entre lo que más le preocupaba. Así que optó primero por desarrollar su paciencia.
Una de las cosas que más lo hacía sufrir era tener que mudarse seguido debido a la inestabilidad comercial y los problemas judiciales de su padre, ya que a la vez estaba separado de la madre de Hamilton.
Al poco tiempo de practicar su padre le pidió a su madre regresar, ya que no se sentía bien de salud.
Si bien la salud del padre era una nueva preocupación, ese suceso generó que vivan unos catorce años en un mismo departamento alquilado por el propio Hamilton con apenas veintidós años y comenzó a notar que su padre ya no estaba tan preocupado por la trama judicial que lo perseguía, debido a que debía prestar plena más atención a su salud.
Ya por 1992, Hamilton deseaba recibir su propio Mandala, pero se había dado otra circunstancia: había perdido contacto con su compañera de trabajo, debido a que ambos habían dejado de trabajar en la clínica.
El obstáculo que su amiga Magdalena había notado para que eso se concrete era que Hamilton no quería participar de ninguna reunión y menos si las mismas eran numerosas, lo que le contradecía cuando contaba que había ido a ver a Argentinos Juniors el pasado domingo. Esos argumentos Hamilton los retrucaba en que “el bicho” no tenía tanto público que digamos y además cuando había mucha gente él se las rebuscaba para ver el partido desde un lugar apartado.
No obstante y ya pasado un tiempo, una noche conoció a una chica muy joven, se quedaron hablando toda la noche, en un bar donde principalmente se bailaba salsa y otra especie de ritmos caribeños, que para Hamilton eran un suplicio, ya que el baile no era su fuerte.
Creía que era una especie de automerecimiento salir un poco luego de una semana de tanto trabajo y donde también comenzaba a cursar con más dedicación la carrera de abogacía.
Fue en esos tiempos que asistió al dictado de una materia muy importante de la carrera y la profesora había practicado el budismo dentro de la Bukkyo, pero había desistido de continuar porque no compartía una supuesta disputa que describía entre los dos grupos, y que a ella le parecía una absurda lucha de egos.
Hamilton consideraba a la profesora como una excelente docente y jurista y le inspiró mucho a continuar con su carrera, pero no llegaba a comprender ni la disputa en sí a la que se refería su profesora, ni por qué eso era motivo para abandonar una práctica tan positiva para la vida de la personas. En definitiva, no tenía mucha idea a qué disputa la profesora se refería.
Por nada del mundo iba a abandonar algo que por primera vez le daba cierto sentido a su vida, que por primera vez le brindaba la seguridad y protección de un sentido de pertenencia y que por primera vez le permitía mantener vínculos con numerosas personas, algo así como una mega familia.
Había mucho en juego en su propia existencia como para detenerse ahora entre una disputa entre dos grupos tan lejanos.
Casi sin darse cuenta, con los años terminó envuelto en medio de tal disputa, y rememoraba una y otra vez aquello que su profesora le había expresado a modo de advertencia aquel diligente alumno llamado Hamilton, que había conocido a la Bukkyo.
Por ese entonces, la obra de Takeru Yamamoto a la que él accedía cubría sus expectativas de vida y así fue como comenzó de modo natural a compartir la filosofía con los demás: amigos, compañeros de la facultad, familiares y allegados ya sabían que Hamilton practicaba el budismo y por eso sentía una especie de autorrealización.
Además, con el tiempo comenzó a notar que su fuerza vital se había incrementado. En su juventud antes de eso era preocupante que llegara tanto del colegio secundario como luego de sus primeros trabajos para recluirse en su habitación, para leer, escuchar música y dormir hasta la cena. Pasó de ser un joven sin expectativas ni incentivos a no parar de sumar proyectos.
De hecho, luego de vacilar entre la carrera a seguir, volvió a cursar materias de la carrera de abogacía, a la que había ingresado luego del curso básico y aprobar unas pocas materias, para concluirla desde 1993 hasta 1998 con un promedio y rendimiento más que aceptable como estudiante y siempre de menor a mayor.
Recibió un par de bochazos por exceso de confianza una vez y por querer dar en un examen libre (sin cursar la materia) para poder “sacársela de encima”, obstinado en un par de ocasiones e intentos.
Pero cursando sus notas eran en un principio aceptables y luego –al avanzar en su profesión y descubrir su pasión– eran más que buenas, llevándose la mejor nota (diez puntos) en cuatro ocasiones, luego de otros tantos nueves y ochos que pudieron ser otros dieces si hubiera tenido algo más de tiempo para leer. Ya que estaba convencido que en una carrera como la de Derecho eso lo más importante, si no lo único.
Aprendió eso de su buena profesora budista ex miembro de la Bukkyo, que decía en varias de sus clases:
—Para ser un gran abogado lo más importante es tener un gran manejo de las reglas de la lógica que nos brinda el “sentido común”... y si se domina el “sentido común” saber de derecho es mucho mejor, pero la lógica del sentido común es indispensable.
Hamilton se aburría con mucha facilidad, pero gracias a la práctica del budismo y la lectura de las guías del presidente Yamamoto comprendió que el aburrimiento se manifestaba cuando perdía el propósito de lo que estaba haciendo y no hay nada más aburrido que perder el propósito.
Así fue como comprendió que la fuerza del propósito y la pasión estaban absolutamente ligadas.
—No existen personas que tengan un propósito claro en la vida y carezcan de pasión por lo que hacen, precisamente en función de ese propósito. Ya que la pasión alimentaba al propósito y a la vez este nutriría a la pasión al emprenderlo.
Le gustaba repetirse eso a sí mismo y se lo comentaba con frecuencia a sus compañeros. Algunos lo miraban como un ser muy extraño, especialmente en el ámbito de la Facultad de Derecho, en donde muchos jóvenes estudiaban por mandato social o por tradición familiar. Hamilton no tenía nada que ver con esos orígenes.
La abogacía le apasionaba, principalmente porque era muy analítico y eso lo llevaba a estudiar la manera de resolver los conflictos de las personas y su propósito era ser el mejor abogado en ese aspecto.
Por eso también comenzó a gustarle mucho leer acerca de psicología y otras derivaciones como la astrología, cuestión que mantenía oculta, sobre todo en el ámbito de la Bukkyo y mucho más en el ámbito de la Facultad, ya que sería visto como un místico que se olvidó la túnica en la casa.
Algunos de sus compañeros de facultad elogiaban la contracción de Hamilton a resolver algunos planteos de difícil resolución de los profesores y no paraba hasta encontrar la solución.
Una de ellas era una rubia que simbolizaba como nadie las bondades de la década de los noventa de rostros soleados permanentes y ropa cara, sin saber que eso llamado destino la convertiría en su socia unos diez años más tarde.
Hamilton se aburría y perdía totalmente el interés con la misma facilidad con la que podía brillar. Y esa actitud lo retrasaba en sus estudios, después de expresar con un aviso de bostezo contenido si la clase no tenía el mínimo embate de atracción y adrenalina, para luego terminar en el hastío y dejar la materia en ascuas.
Describe esa característica un ejercicio que cierta vez propuso un profesor para destacar las virtudes del trabajo en equipo y que –de modo providencial para no incurrir en una tendencia que lo lleve al abandono de la cerrera– le hizo afrontar las materias desde otra perspectiva… sumado a que su práctica budista del mantra lo llevaría a buen puerto.
El catedrático colocó una serie de letras en el pizarrón y los alumnos debían –utilizando la misma cantidad de letras existentes– formar la mayor cantidad de palabras posibles, sin importar la cantidad de letras utilizadas, pero siempre sin exceder la cantidad y su denominación.
Es decir que si las letras eran la “I” y la “N” entre no muchas tantas posibles una palabra sería “NI”, aunque se excluyan otras letras como la “A”, la “O” u otra “N”. Debían ser en español, por cuanto IN quedaba invalidada como palabra formada.
Las letras eran: E–O–I–A–N–N–G–R–T y el tiempo era de tres minutos contados por reloj.
Al concluir el profesor preguntó quién había formado unas diez palabras y para sorpresa de Hamilton varios levantaron la mano tanto a diez, como a nueve, a ocho y a siete. Unos pocos a cinco, cuatro, tres y dos.
Hamilton estaba ya con la frente transpirada, porque no podía creer que sus compañeros hayan podido formar tantas palabras tan poco tiempo, cuando él apenas pudo formar solamente una.
En verdad pudo formar dos, pero no le gustaba enunciarlas juntas y se quedó con una de ellas.
Al consultar el profesor quien formó una sola palabra, Hamilton fue el único en levantar la mano y expresó.
—A R G E N T I N O.
En verdad la otra era IGNORANTE, pero no estaba de acuerdo en mencionarlas a las dos juntas y lo expresó a viva voz.
El profesor le recalcó al grupo que la consigna no tenía nada que ver con el ejercicio con respecto a lo que había expresado Hamilton entre la identidad del significado de las palabras, y mucho menos la identidad de ese significado entre sí, sino a la cantidad de palabras que en determinado tiempo todos podrían formar.
Destacó que había personas muy productivas y eficientes que habían formado muchísimas palabras. Había otras muy equilibradas que habían formado menos palabras, pero ya no buscando las fáciles como “NI”, “NO”, “TE” y con algo más de significancia como “ERA”; “ANTE”; “RIO”… y por último los que iban al límite de la consigna buscando combinar la mayor cantidad de letras, aun a riesgo de no llegar con el tiempo e involucrar a todas y cada una de ellas, buscando hasta una palabra con un sentido profundo de la expresión como ser: “ARGENTINO” destacando que en el equipo de trabajo puede ser aquel que encuentre la inspiración dada por la creatividad y las ansias de buscar un sentido a la tarea por desarrollar.
El experimento social quería destacar que trabajando en equipo los alumnos habían descubierto muchísimas palabras más que trabajando individualmente en el mismo lapso temporal.
Y atrás de cada uno de ellos había una característica indispensable para el conjunto.
Además, cada integrante del grupo posee diversas características y puntos a pulir, ya que se puede verificar que los expeditivos que formaron muchas palabras deben buscar algo más de profundidad y no cumplir simplemente con la consigna para solo ganar.
En cambio otros, cuyo extremo representaba Hamilton, podían tener la creatividad y osadía de combinar todas las letras, aun formando una sola palabra, pero tal vez como contrapartida debían acatar mejor la consigna y necesitaban no perder el tiempo en detalles y en buscar cierto grado de eficiencia y competitividad.
A Hamilton no le había interesado para nada la consigna y menos ganar un juego de esas características y la experiencia le sirvió de lección para todo el resto de su carrera e incluso ya en el ejercicio de su profesión. Es que ese profesor le remarcó que, si bien era una virtud la constante búsqueda de la perfección y de la excelencia, arriesgar tantas letras en tan poco tiempo para formar una palabra con consistencia y significado también implicaba un gran riesgo al no atender las palabras que nos hacen más expeditivos y cumplir con la consigna, que era la de formar la mayor cantidad posible y no las de mayor significado.
Es decir que a veces hay que ser más práctico y a veces más creativo y la clave pasaba por no aferrarse a un solo estilo y saber cuándo aplicar una u otra característica.
Mientras volvía en el tren, Hamilton había hecho un descubrimiento al que le faltaba gritar “eureka”. Tan vital era para el autoconocerse y aun sabiendo que la consigna no le había interesado lo más mínimo, se sentía capaz de formar palabras significativas y hacer una carrera significativa, transitando la materias que eran un embole como si fueran “NI”, “TAN” y “RÍO” de caudal y “RIO”... del verbo reír, aunque no había dicho nada el profesor sobre los acentos y lo que no está expresamente prohibido entonces está permitido, una de las primeras máximas que descubre el estudiante de abogacía.
Contemporáneamente y ya como integrante de la División de Jóvenes de la Bukkyo Kai de Argentina, el conflicto entre el clero y la organización a la que pertenecía lo tomó sin brindarle demasiada atención.
Nada de eso lo afectaba en su cotidiano.
Sin embargo, al poco tiempo estaba estudiando el tema con total profundidad y comenzaría a ocupar una parte importante de su vida como miembro de la Bukkyo, estudiante de abogacía y luego como profesional durante varios años.
«Importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que otros opinan de ti».
Séneca
6
Los primeros años de Hamilton como miembro de la Bukkyo Kai fueron muy intensos.
Ingresó a las filas de la organización en 1993, luego de comenzar un noviazgo con aquella joven de la Bukkyo, a la que conoció en un bar donde se bailaba la salsa y ritmos caribeños, con la que terminó contándole que invocaba Ley Mística desde hacía un tiempo y no ingresaba a la organización porque sus padres no eran miembros y aún no había cumplido la mayoría de edad.
Hamilton había conocido a Micaela un par de meses antes de los dieciocho de aquella dueña de una melena negra bamboleante en un boliche de salsa.
Era un pésimo bailarín, pero se flecharon de inmediato, sobre todo cuando ella descubrió que aquel mal danzante era un aceptable bien parecido muchacho, sabía de la existencia de la Ley Mística desde ya hacía más de un año y tenía una cultura general poco común para los jóvenes que frecuentaba por entonces.
Micaela conocía a Magdalena, su compañera de trabajo de la clínica que le había transmitido la Ley, pero a la que había dejado de ver justamente porque se fue a trabajar a la administración de la Bukkyo Kai de Argentina.
Hamilton había renunciado días después porque tenía un trabajo por la noche como mozo de un bar tipo pub, donde se divertía más y ganaba el doble con las propinas a lo que ganaba como cadete en la clínica.
Luego de soportar varios abusos laborales de los dueños del pub, Hamilton comenzó a buscar nuevamente trabajo formal aprovechando el día, hasta que consiguió ingresar a una petrolera y optó por el empleo estable y sobre todo diurno.
Así también, tenía más tiempo para estar con Micaela, quien cada vez estaba más involucrada con las actividades de la Bukkyo Kai, así que el 2 de abril de 1992, le pidió a Hamilton que pase por la Sede Central, ya que –como estaba próxima a cumplir los dieciocho años– podría ingresar y recibir el Mandala en la próxima fecha de entrega.
Era un día que Hamilton recuerda muy bien porque tenía la inquietud y ansiedad que le generaba entrar a un lugar que sabía –casi de manera inconsciente– que iba a marcar gran parte de su vida.
Sin saberlo hasta entonces, era un día algo luctuoso para la entidad a nivel mundial, ya que se cumplía un nuevo aniversario del fallecimiento del mentor Dorei Tore, según le anticipado Micaela, pero significaba –en definitiva– un acontecimiento conmemorativo.
Ese 2 de abril de 1992 para Hamilton también era un día significativo porque era un nuevo aniversario del casamiento de sus padres, que luego de varios vaivenes estaban nuevamente juntos y él lo atribuía a su práctica budista, ya que había sido uno de los objetivos que Magdalena le había sugerido al comenzar con la invocación de manera asidua.
Al llegar se sintió impactado por un lugar que no conocía, a pesar de estar cerca de la sede en donde había cursado el ingreso a la facultad.
Era un clásico centro cultural japonés con un puente peatonal y una pileta llena de peces muy brillantes. Un jardín frondoso, un lugar muy grande pero modesto aun en ese entonces.
Un predio en el que se notaba una expansión en la manzana en donde se entremezclaba una nueva edificación con salas que eran viejas propiedades horizontales (PH) y otras propiedades algo recicladas o acondicionadas como salones para la práctica y las reuniones de diálogo.
Allí lo esperaba muy contenta y –a la vez– sorprendida su excompañera de trabajo, Magdalena Olmos, con quien conversó sobre su nuevo vínculo con Micaela y a la que esta le respondió –muy conmovida– que era debido a su profunda relación con la Ley Mística y con la Bukkyo Kai.
En el mundo del budismo no existen las casualidades ni mucho menos el azar.
Las cosas que suceden en la vida tienen una causa, debido a que se creó previamente una condición para que la misma se manifieste y eso siempre está ligado a nuestro interior más profundo, por más que esas condiciones se manifiesten como factores externos.
A su vez esa condición puede ser de una naturaleza ligada a un pasado que trasciende la existencia actual, lo que detenta el nombre de “místico”.
Según el mensaje que surge de la Gran Enseñanza del Sutra del Loto, la causa y el efecto no implican un concepto estático o indefectible como lo es “el destino” para las culturas occidentales.
Para el budismo de la Gran Ley del Sutra del Loto, la causa y el efecto son simultáneas, por eso habla de causa–efecto o una interrelación dinámica entre el presente, el pasado y futuro contenidos en un solo instante de la vida y que generan que el destino no sea otra cosa que una ilusión, ya que el ser humano –en su paso por esta existencia– puede modificar cualquier situación para crear valor en un instante básico de vida. Lo que para la Gestalt11 sería el “aquí y ahora”, solo que Hamilton de la existencia de la Gestalt supo apenas veinte años después.
Invocando Ley Mística o la Gran Ley del Sutra del Loto, ese proceso se acrecienta y la transformación de las propias causas en circunstancias positivas podría ser hasta voluntario.
Para el budismo de la Gran Ley del Sutra del Loto no existe nada que el individuo no pueda transformar y crear valor.
Si eso no sucede y no se manifiesta en nuestro medio ambiente externo e inmediato, es que no existe un deseo genuino o profundo para que así sea y en definitiva esa es nuestra condición que seguramente es algo mucho más trascendental y mayor para crear valor en nuestra existencia.
Por otro lado esas causas–efectos hacen a la idea de karma, que para el budismo no es otra cosa que esa descripción dinámica antedicha.
Ocurre que practicando la Gran Ley del Sutra del Loto, los procesos en la manifestación de causas, condiciones y efectos se aceleran de un modo vertiginoso y allí el individuo puede o bien asustarse y abandonar la fe, o bien forjar una sólida personalidad y ampliar su estado de vida.
El primer proceso es el común de todo mortal y el segundo el presidente Yamamoto le dio la denominación de “revolución humana”. Lo que a Hamilton le pareció no solo atinado sino brillante. No abandonaría por nada del mundo la experimentación vital de ese proceso.
Tal era la profundidad de esos principios, que de algunos extractos del presidente Yamamoto y comentarios de los compañeros en las reuniones, se describía el gran estado de vida de la budeidad, que Hamilton reparaba principalmente en el de la “libertad absoluta” o de “ilimitada felicidad”, dicha que no es adquirida en virtud de una práctica acumulada, sino que es inherente, solo hay que emprender el camino de manifestarla.
Y se le complicaba un poco más en la descripción de un estado de vida tal en la que uno elegía voluntariamente sus propias causas, condiciones y efectos, en el proceso descrito como “elección deliberada del propio karma” o “convertir el karma o destino en nuestra propia misión”, tal como ensañaba el maestro Yamamoto.
Si bien a Hamilton le gustaba mucho estudiar cada cosa con profundidad, también sentía que si no las bajaba al plano cotidiano podría convertirse en un teórico crónico y eso le aterraba.
Para eso eran esenciales los estudios y los días miércoles, de hecho ese 2 de abril era jueves, y entonces para el próximo miércoles, con la invitación de Magdalena a Micaela de por medio, se estudiaban las guías que esa misma semana o la anterior había publicado el propio presidente Yamamoto en un “Boletín oficial de la Bukkyo Kai Internacional” o Newsletter.
En una de esas reuniones escuchó que un líder mencionó –en alusión a una orientación del maestro Yamamoto– que mientras que para las creencias occidentales clásicas, la idea de destino generaba en los creyentes el interrogante de “¿por qué a mí?” pero para el creyente budista que practicaba seria, habitual y normalmente invocando Ley Mística, la pregunta pasaba a ser “¿para qué?”.
Esa simple ejemplificación le dio a Hamilton la visión práctica que necesitaba de conceptos tan profundos, ya que estaba practicando a conciencia por la mañana y por la tarde y no se iba a permitir no extraer lo máximo de esa nueva experiencia y mucho menos quedarse en teorías abstractas.
El interés de Magdalena era que el joven Hamilton comience a interrelacionarse con sus pares de la División Juvenil, ya que notaba que Micaela era algo posesiva.
Sumado ello a la tendencia de Hamilton a no ser tan sociable y aislarse se daba una combinación que podría retrasar el desarrollo de la fe en ambos.
Para eso, fue vital que ambos comiencen a relacionarse con su pares y así empezaron a acercarse –principalmente– numerosas compañeras a Micaela.
Hamilton aun parecía un tanto aislado, tal vez con la excusa que quería comenzar de a poco este nuevo modo de vivir a través de la fe y que todavía no era miembro.
Aunque en verdad quería diversificarse más con las actividades de la facultad y su afición por el fútbol junto a alguno de sus primos y amigos. La realidad final era que en la Bukkyo de Argentina el setenta por ciento o más de los miembros estables son mujeres.
Además, íntimamente a Hamilton le preocupaba que la gran mayoría de integrantes de los integrantes de la División de Jóvenes que había conocido o bien eran homosexuales o no tenían todos los jugadores en línea, tal como se dice en Buenos Aires, al que no está bien estabilizado emocionalmente.
Si bien era muy respetuoso y abierto con la elección propia de cualquier ser humano respecto a su condición y elección sexual, no había podido entablar un vínculo con algún par en las reuniones a las que asistía en el barrio donde Micaela Goyén vivía con sus padres, en el Bajo Belgrano, cerca de la cancha de Excursionistas, donde tiempo atrás había habido una villa y aun se entremezclaban las casonas, los mega edificios y las mansiones de diplomáticos, con los conventillos derruidos. Obviamente que Micaela, sus padres y dos hermanos, habitaban este último tipo de propiedad.
Se realizaban reuniones en la que se invocaba la Ley Mística al Mandala y se dialogaba sobre algún tema, o bien algún miembro contaba su experiencia en la fe.
Micaela ya había ingresado a la Bukkyo y sus actividades crecían exponencialmente. Hamilton lo había notado y terminaba ayudando siempre en el armado de alguna actividad, máxime si la misma era en la Sede Central.
En una de ellas, solo por ser dotado muscularmente, Hamilton terminó calzándose unos títeres gigantes que solo podían ser soportados por hombres con cierta fuerza física, ya que eran muy difíciles de manipular. En una de esas actividades conoció a un señor japonés llamado Tadeo Kisamura y al final de cada reunión preparativa y de la actividad en misma, daba las palabras finales a modo de conclusión.
Si bien le pareció un personaje algo simpático, le llamaba la atención que todos escucharan lo que decía como si fuera una verdad revelada. Kisamura acotaba con mucho convencimiento e histrionismo acerca de diversos principios budistas, de los que tenía muchísimo conocimiento, el cual se ocupaba de demostrar.
A Hamilton esa actitud también le había parecido algo autoritaria y un poco ególatra, sobre todo a la hora de expresar su propio punto de vista en un español algo bien aprendido con los modismos de Buenos Aires, en una mezcla de ritualismo japonés con expresiones lunfardas simpáticamente pronunciadas como ser: “no samos boluro”, claramente en alusión a “no seamos boludos”.
Sin embargo, a veces Tadeo o se extendía un poco de más en sus alocuciones, de las que estaba vedado retirarse, lo que a Hamilton le comenzaba a inquietar hasta el punto de buscar una excusa para anticipar su partida antes del comienzo de la conclusión, lo que con Micaela era solo posible aludiendo una ganas irresistibles de ir al baño y tardar más de la cuenta.
No obstante que esa era una de sus primeras molestias inconfesables. Sobre todo ante Micaela y otros miembros a los que les encantaba escuchar las alocuciones del japonés.
Justamente Tadeo se había despedido hace poco de su cargo como máximo responsable de las Divisiones Juveniles, para pasar a un cargo directivo como directivo en la entidad.
El nuevo responsable de los jóvenes de la Argentina sería José Nakaki, ello ante la emoción principalmente de Magdalena, quien ya en numerosas ocasiones le había dicho a Hamilton que tenía que conocerlo y dialogar con él.
—Sí, cuando quiera –respondía Hamilton naturalmente. Magdalena sonreía, y le respondía:
—Sí, lo que pasa es que está muy ocupado. Ya se dará la oportunidad.
Magdalena y otros tantos designaban la función de Nakaki en japonés, lo que a Hamilton le provocaba una especie de fastidio, si decirlo en japonés le diera más jerarquía o relevancia, aunque debía comprender que la Bukkyo era una entidad japonesa y sin duda se estaban refiriendo a un cargo importante.
No obstante quería conocer a esa persona y a Víctor Rodríguez, el vice juvenil, que había tenido una alocución más que interesante al cierre de esa reunión y era probablemente esos pares que Hamilton tanto buscaba.
A los pocos meses y concurriendo Hamilton a las reuniones en el barrio de Micaela, ocurrió un suceso inesperado: la muerte –cuya noticia había sido algo repentina– del padre de Magdalena.
Las reuniones en las que había participado hasta ese entonces Hamilton no habían sido muy numerosas en participación. Solo alguna que otra reunión preparatoria para el ingreso de nuevos miembros de la que participaba Micaela y en la que él la acompañaba.
Allí había tenido la oportunidad de escuchar a Tadeo y a Rodríguez al cierre y unos días después había llegado justo para manejar el títere gigante en la reunión en sí, que si bien era más numerosa era solo para los aspirante al ingreso y algunos de sus familiares.
Pero ese día, al enterarse de la noticia del fallecimiento del padre de Magdalena fue al salón del barrio de Belgrano en donde era velado y para su sorpresa, el lugar estaba atestado de gente invocando la entonación del mantra (del jap. “título”), es decir la Gran Ley del Sutra del Loto al Mandala instalado al lado del féretro.
Nunca había visto tanta gente en un velorio, según sus cálculos más de cien, que sumado a la limitación de espacios del lugar provocaba que la entonación del mantra del conjunto de asistentes genere una vibración que nunca había presenciado en ninguna de las pocas reuniones a las que había concurrido.
Él llegó con su congoja occidental y cristiana típica a cuestas, que produce esa clase de sucesos vinculados al fin de la existencia de una persona, al menos en este plano. Pero inmediatamente notó un clima totalmente diferente a los velorios tradicionales o conocidos hasta entonces. Una total distensión.
El clima era respetuoso pero alegre y hasta podríamos decir festivo y el acompañamiento a la hija y esposa del muerto era el de contención anímica muy positiva, al punto tal que hasta circularon algunos “chistes” que generaron la carcajada de Magdalena y su madre, que no practicaba ni era miembro de la organización.
Allí Hamilton conoció a muchos quienes en el futuro serían sus compañeros directos y principales referentes de la División de Jóvenes de la Bukkyo, como Gustavo Loiácono, Leonardo Torreta, entre otros tantos.
Ese mismo día la propia Magdalena le presentó personalmente a Tadeo Kisamura, que recordaba el rostro de Hamilton y ató cabos en que era el novio de Micaela, con quien conversó brevemente y le dio algunas sugerencias para practicar seriamente.
Si bien entendió la buena voluntad, no entendió mucho a qué se refería, ya que notó que era muy tajante y visceral sobre las personas que practican y las que no practican, y aún más con los que practican y su práctica es “floja”, según sus propias palabras.
Ya le había explicado Micaela, que los tres pilares eran la fe, la práctica y el estudio de las cartas del Buda Nanjo y las orientaciones del Yamamoto sensei, como así notó Hamilton que muchos llamaban al presidente de la organización.
Siguió la explicación en que esos pilares son como las tres patas de una mesa. Si uno de esos lo sacamos, las otras dos patas no pueden sostener la mesa y se cae. No es mesa y no es una práctica seria del budismo Bukkyo.
Esa analogía se aplica a un prácticamente del budismo dentro de la Bukkyo. Sin la práctica y el estudio no se puede nutrir la fe. La práctica sin la fe no produce resultados y sin el estudio no puede mejorar la práctica. El estudio sin fe y sin práctica es solo teoría abstracta.
Algo de eso explicó Tadeo, pero de un modo más terminante, sobre todo al saber que si bien Hamilton invocaba y había leído mucho, aun no sabía leer los párrafos de la enseñanza que los miembros enunciaban en japonés, conocidos como recitación.
En verdad era una parte de la práctica que ya tenía aprendida pero aún le daba algo de vergüenza o pudor decir en voz alta, porque le generaba extrañeza, sobre todo cuando lo hacía en su habitación y pronunciaba esos pasajes en silencio para que no lo escuchen sus padres, que ya estaban sorprendidos de la ceremonia que Hamilton había comenzado a hacer a diario al costado de la cama y con un altar improvisado en su mesita de luz y en la que entonaba una frase algo extraña, pero que se ve que le hacía bien.
Siempre había sido un poco raro para su padre y brillante para su madre, aunque los dos coincidían que era mejor que ese chico haga algo que lo haga sentirse bien.
En ese velorio por fin Hamilton había encontrado a alguno de los pares con los que podría dialogar. Y si bien no era muy dado o sociable al principio, ya que le costaba iniciar un diálogo por su timidez, una vez que entraba en confianza allí comenzaba a conversar de algunos temas, generalmente de fútbol, alguna cuestión de actualidad o su interpretación de las guías del presidente Yamamoto que había tenido ocasión de leer. Notó que todos eran muy cálidos y amables.
Conoció a prácticamente toda la cúpula de la organización, al propio director general de ese entonces, vicedirector, responsables e integrantes de divisiones de damas, etc.
Allí mismo Leonardo Torreta y la propia Magdalena le presentaron a Víctor Rodríguez y a José Nakaki, con quienes Hamilton quedó particularmente impactado.
Víctor le pareció un tipo muy humilde y campechano, a la vez muy respetado por todos sus pares, que lo mencionaban como “nuestro” y luego un nombre en japonés que representaba como el líder de todos los integrantes de la División Juvenil Masculina.
Ahí tomó conocimiento que las divisiones estaban integradas por género y por edad. Las más jóvenes, División Juvenil Femenina y los muchachos División Juvenil Masculina y los adultos, División de Señores y la División de Señoras, que era con holgura la más numerosa.
Los jóvenes pasaban a señores al cumplir los 36 años de edad aproximadamente y las integrantes juveniles femeninas pasaban a la División de Damas si estaban casadas o convivían en pareja. Lo que encendió la primera alarma en Hamilton, aunque se lo justificaron con el hecho que había muchas más integrantes femeninas y que los muchachos eran necesarios dentro de las divisiones juveniles hasta adquirir cierta edad.
Con los años esa rigidez se fue dispersando, pero no luego de traer aparejadas algunas complicaciones a numerosas parejas, ya que el estado civil o la situación de convivencia generaba cambios en el modo de hacer actividades de ambos, por supuesto en una clásica pareja vincular entre dos heterosexuales.
En cambio, a José Nakaki le decían que era “nuestro” pero otro nombre en japonés, que simbolizaba que era el responsable juvenil de ambas divisiones: femenina y masculina a la vez.
—Raro por cierto, pero en fin, los japoneses son diferentes, pensaba Hamilton para auto-convencerse que lo formal no altere lo esencial, que era una práctica que le había comenzado a mostrar resultados concretos.
José, de rasgos orientales, parecía un diplomático imperial por su presencia impoluta.
De saco y corbata y con zapatos con un brillo especial, saludó muy cálida y respetuosamente a Hamilton aduciendo que Magdalena le había comentado mucho de él cuando trabajaban en la clínica y que mucho de los materiales me los había hecho llegar él mismo.
Conmovido por semejante gesto, Hamilton le agradeció profundamente, mientras José lo alentaba de un modo muy paternal a comenzar con la práctica, ya que la Bukkyo no era otra cosa que su propia familia, al menos ese era su deseo.
Era más fraternal que el teórico y vehemente Tadeo, aunque comenzó a ver claramente que ambos cumplían un rol, como en el trabajo práctico que le había dado el profesor, descubriendo que eso se emparentaba con otro término de las enseñanzas budistas.
Para Hamilton experimentar la posibilidad de tener la contención de una familia y un sentido de pertenencia –más allá de su equipo de fútbol– era algo que no iba a dejar pasar, ya que era demasiado valioso y tal vez nunca había experimentado por su propia historia familiar.
José le había ido al aspecto medular de la realidad actual y pasada del joven. Enseguida Hamilton lo vio como un buen consejero, un padre y por qué no un hermano mayor. Él era el menor de dos hermanas bastante mayores que él y con un padre semi ausente hasta la reconciliación con la madre de Hamilton, José cubría un hueco grande en su realidad existencial. Indudablemente se fue del velorio con la sensación en que algo nuevo comenzaba en su vida y que ya tendría numerosas personas en las cuales poder comenzar a identificarse y a confiar.
Al regresar le comunicó a Micaela que había decidido comenzar a participar de las actividades de la Bukkyo Kai activamente e ingresar a la organización como practicante.
Su boca roja le llenó a Hamilton sus ya colorados cachetes por tanta muestra de cariño de la joven y bella morena del bien adentrado Bajo Belgrano, que había comenzado a transitar un camino esencial en su vida al igual que él.
11 La psicología de la Gestalt (también psicología de la forma o psicología de la configuración) es una corriente de la psicología moderna, surgida en Alemania a principios del siglo XX, cuyos exponentes más reconocidos fueron los teóricos Max WerTheimer, y
El término Gestalt proviene del alemán, fue introducido por primera vez por Christian von Ehrenfels y puede traducirse, aquí, como “forma”, “figura”, “configuración” o “estructura”.
Fuente Wikipedia: https://es. wikipedia. org/wiki/Psicolog%C3%ADa–de–la–Gestalt
«Todo lo que tienes es tu propia persona».
Emerson
7
Esa tarde de febrero de 2019 parecía una más. El año judicial –luego de la feria de enero– todavía no tenía el impulso de cualquier comienzo, tal vez porque ese febrero era aún más caluroso que enero en Buenos Aires. Hamilton no se había ido de vacaciones, su último viaje había sido a mediados de 2017, cuando viajó a Europa a visitar a un amigo y compañero de la Bukkyo, Daniele Pignatelli, un italiano residente en París y a quien había conocido a fines de 2009, en medio de los preparativos de otro de los grandes eventos de la Bukkyo a realizarse en febrero de 2010.
Hamilton cubría la misma como un integrante más del grupo de Transporte y Pignatelli en el de Seguridad.
Ese viaje a Europa significó un antes y un después en una relación ya desgastada con un directivo de la Bukkyo Kai de Argentina, que debía cumplir con una “suspensión de juicio a prueba” o también denominada “probation” luego de ser procesado.
Pignatelli, cuando estuvo en Argentina había escuchado algo, pero no prestó ni la más mínima atención, además no imaginaba que Hamilton era abogado de la organización.
Se enteró por uno de los testigos un par de días antes de volver a París, donde desde hace varios años residía.
Al regresar a Buenos Aires y habiéndose dispuesto la medida en ausencia de Hamilton, pero con un monitoreo y permanente diálogo con su asistido, notó que este había optado por la defensa del defensor oficial, que era una de las sugerencias posibles antes de partir, debido a que la audiencia se fijó –luego de varias postergaciones– cuando Hamilton estaría en el vuelo de regreso.
Pignatelli estuvo atento a escuchar discretamente los llamados que hacía Hamilton y su necesidad de acceder a internet, ya que estuvo hospedado en una de las habitaciones del pequeño departamento que el italiano posee en un altillo de un antiguo castillo cerca del parque Monceau, en la bella y lujosa París.
A Hamilton le costaba disimular ese desgaste el cual generó que poco tiempo después renuncie, primero a la defensa técnica de su asistido y luego al mandato que se le había conferido como representante legal.
A Pignatelli le confesó un cierto quiebre y numerosos embates que habían ocasionado su distanciamiento de las actividades de la Bukkyo Kai. A su regreso a Buenos Aires, por “orden directiva” lo apartarían del Grupo de Transporte y de las convocatorias de la Sede Central de Argentina y cada vez que pisaba los diversos centros culturales por actividades barriales, al poco tiempo había alguna restricción de actividades en su casa.
A todo esto, nadie sabía absolutamente nada de boca de Hamilton sobre lo ocurrido, menos sobre las contingencias judiciales, ya que era muy estricto con la obligación de mantener el secreto profesional, no obstante poco tiempo después comenzaría a exteriorizar que había perdido la confianza de dos directivos.
Sin embargo, Hamilton mantenía su práctica diaria, y aun a regañadientes, asistía de vez en cuando a alguna reunión cerca de su casa, aunque sentía que no era tan bien recibido como en otros tiempos.
La presencia de Hamilton era para muchos líderes la ilustración acabada de que algo grave había ocurrido, pero a la vez preferían derivarlo en una cuestión personal y no conocer los pormenores, ya que les implicaría tomar cartas en un asunto que no era nada grato.
El único que sabía algo de lo ocurrido era Pignatelli, que en 2015 y en una de sus estadías en Buenos Aires, se encontró con un ex miembro de la Bukkyo que era chofer de las empresas turísticas para las que trabajaba y le había contado todo acerca del proceso al directivo, la intervención del doctor Hamilton Garciarena Temis en el proceso como defensor y como apoderado de la institución.
En ese 2015, Pignatelli llamaba insistentemente a su amigo Hamilton para chequear los datos que le había aportado este conductor, que había sido testigo por parte de la acusación en la etapa de investigación por parte de la fiscalía interviniente.
Hamilton decidió recluirse y no atender los llamados y en cambio decidió buscar insistentemente comunicarse con su amigo Víctor Rodríguez, que desde hacía un par de años era el nuevo director general de la Bukkyo Kai de Argentina.
Hamilton no sabía si responder o no a Pignatelli, sumado a que Víctor jamás le respondió los mensajes y llamados.
Hasta que un empleado asistente le dijo que el celular ya no era de él personal del director, que era de la institución y que le transmitiría... a lo que Hamilton interrumpía acotando la urgencia del requerimiento.
Víctor apenas le envió un correo electrónico a una casilla que desde hace años Hamilton no utilizaba unos tres meses después de sus llamados y para saber para qué lo buscaba.
Rodríguez sabía muy bien que esa no era la casilla de Hamilton porque la misma había tenido intentos de hackeos y la había usado muchos años antes para comunicar cuestiones institucionales de la Secta Ryokan, ya que así era denominada la Nanjo Shu.
Además, el propio Víctor le había encomendado numerosas gestiones a su nueva casilla un par de años antes y hasta con habitualidad durante el seguimiento de alguna de las causas.
Así pues, Pignatelli habló con otro líder que le desmintió totalmente lo informado por el testigo y que todo era una campaña de personajes decididos a obstruir el avance de la Bukkyo en la sociedad y manchar a sus líderes, por quienes el “se tiraba del balcón” si se lo pedían como necesario, porque confiaba en ellos totalmente.
Tiempo después y ante los reproches de Daniele Pignatelli por la actitud de Hamilton para con él se encontraron, limaron las asperezas y reanudaron la amistad.
Pignatelli notó que Hamilton estaba muy solo en una contienda bastante complicada y que ponía en jaque a la institución en Argentina.
Decidió hablar con representantes europeos para que lo orienten en la situación.
A todo esto Hamilton le sugirió a Pignatelli que el líder que se tiraría del balcón se asegure de ponerle un colchón para atenuar el impacto.
Ese líder era Gustavo Velázquez, una persona a la cual Pignatelli le tenía especial cariño, al igual que Hamilton.
Sin embargo este se había distanciado un tanto de Velázquez porque desde hace un tiempo notaba una actitud algo esquiva como compañero, sumado a su actitud un tanto mesiánica en su comportamiento cuando se trataba de respaldar a ciertos antecesores en los que Hamilton iba perdiendo lentamente su confianza.
Algo así como un proceso de encantamiento y desazón vivido en simultáneo por cada uno respecto a las mismas personas.
Solo le quedaba a Hamilton ese afianzamiento en la amistad con Daniele Pignatelli, que derivó –un par de años más tarde– en la invitación de este último para que Hamilton se tome vacaciones y emprenda ese viaje.
A su regreso se encontró a los pocos meses con su expulsión por “orden directiva” del Grupo de Transporte y de las actividades de la Sede Central.
Indagando en si su estadía en Europa durante la audiencia en la que se decidió la probation había sido el motivo vio todas las comunicaciones que había tenido con su asistido y ninguna disconformidad el mismo evidenciaba, al menos en las comunicaciones existentes entre ambos. Más allá del lógico desgaste provocado por la situación.
Antes de partir, Hamilton Garciarena Temis le ofreció la representación con un colaborador suyo del estudio y si optaba por la defensa oficial no sería inconveniente porque tenía el acuerdo del fiscal y sabía que el juez le concedería el beneficio.
Solamente había una discordancia entre lo informado por Hamilton previo al viaje a su asistido, y era con respecto a que el juez a cargo había entrado en licencia por enfermedad y su criterio consistía en que el imputado probablemente debería iniciar algún espacio terapéutico por el tipo de delito en cuestión.
Su reemplazante a cargo del juzgado no tenía el mismo criterio y esa falta de necesidad de un abordaje terapéutico también lo sostenía la fiscalía.
Hamilton estaba de acuerdo con el anterior magistrado y se lo había hecho saber a su cliente, más que como su defensor, como apoderado legal de la institución.
Finalmente ese espacio terapéutico no fue ordenado, pero más allá de eso pudo advertir que el doble estándar entre defensor y apoderado legal de la entidad lo podría colocar en una delicada situación, ya que podían darse intereses controvertidos entre la defensa de su asistido y la asociación.
Aun así y ya pasado algo de tiempo no tenía para nada claro que la falta de diálogo y comunicación hayan generado semejantes represalias organizativas hacia quien por años había sido el abogado de confianza de la entidad.
Hamilton había solicitado una explicación a los directivos, en particular a su asistido al que lo trataba de “hermano” en correos electrónicos anteriores, pero jamás recibió una sola respuesta.
Pero ya en ese calurosísimo febrero y con las actividades barriales restringidas no era el momento de buscar más explicaciones y solo se trataba de mejorar en su vida personal, ya sin las presencia de las actividades de la organización.
En esa tarde calurosa, al regresar de tribunales vio que en su contestador había un mensaje.
Era la voz de una joven mujer claramente angustiada que quería saber si era el estudio del doctor Garciarena, que había encontrado su teléfono en las páginas del Colegio de Abogados y no obstante algunas personas le habían sugerido su nombre.
Al terminar el mensaje vio que había otro y luego otro más en el que decía que dejaba un número de celular para que Hamilton pudiera comunicarse a la mayor brevedad posible.
Hamilton decidió no contestar de inmediato y prefirió indagar un poco más sobre la procedencia del llamado.
Si bien era común que muchos vecinos de la zona y transeúntes llamen a los teléfonos que estaban colocados en un cartel de su balcón y que le generaban algún buen consultante con un caso interesante o bien llamados de gente algo molesta que quería algún asesoramiento gratuito o sacarse la duda de algo que le había sugerido otro abogado y para esta última circunstancias Hamilton no era el indicado y lo hacía saber rápidamente.
Tomó nota del nombre completo: –Celeste Corigliano. Y decidió “googlearlo” en su ordenador.
Para su sorpresa, había encontrado reportajes de un año o algo más atrás en donde esta mujer relataba, siempre junto a su madre, que habían sido miembros de una comunidad religiosa japonesa y en un viaje de peregrinación al Templo Principal, un sacerdote de la Nanjo Shu, había abusado de ella mediante tocamientos en su zonas íntimas sin su consentimiento, situación que con resistencia logró detener evitando la consumación de un abuso sexual más grave o violación. Hecho que habría ocurrido en Tokio a mediados de 2017 y contaba al medio de prensa que debía volver al Japón a hacer la denuncia.
Con todas las reminiscencias internas que al propio Hamilton le causaba escuchar ese relato de parte de una creyente de la Nanjo Shu decidió no contestar el llamado, máxime en la situación actual en la que se encontraba como miembro y ex apoderado de la ultra rival Bukkyo Kai de Argentina y ya alejado de una disputa feroz desde décadas pasadas.
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