Kitabı oku: «Historias cortas, de atentados fracasados»

Yazı tipi:

Historias cortas, de atentados fracasados

Historias cortas, de atentados fracasados

Jorge Osvaldo Bazán


Bazán, Jorge OsvaldoHistorias cortas, de atentados fracasados / Jorge Osvaldo Bazán. - 1a ed - La Plata : Arte editorial Servicop, 2021.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-803-175-01. Historia. I. Título.CDD A863

© 2021, Jorge Osvaldo Bazán

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

ISBN edición digital (ePub): 978-987-803-175-0

Índice de contenido

Portadilla

Legales

1.-El atentado contra Juan Manuel de Rosas (1841)

El amigo del inglés

La “Máquina Infernal”

2.-Disparen contra Sarmiento(23 de Agosto de 1873)

La noche de los trabucos

La “vendetta” de los Urquiza

Los últimos días de Sarmiento

3.-Piedra (1886) y balazo (1891) para Julio A. Roca

El día de la piedra

El balazo del imberbe

4.-Un sicario para Lisandro de la Torre (23 de Julio de 1935)

Lisandro

El pacto Roca-Runciman

El día de los balazos

5.-El atentado contra Frondizi (1964)

La noche del atentado

Epílogo

6.-Los fracasados atentados contra Stroessner (1974)

El capitán “mareado

Matar al “alemán”

Los preparativos para su paso “a la mortalidad”

El antecedente del asesinato de Carrero Blanco

Copiando al ETA

El día esperado

La anécdota del yeso que no fue

7.- Los bombazos para Videla (1976-1977)

Las bombas

Atentado N°1

Atentado N°2

Atentado N°3

8.-Fidel y sus amores, las balas, los venenos y bombas (1959)

Marita, la espía enamorada.

La CIA junto a la mafia

9.-La emboscada contra Pinochet (1986)

Operación Siglo XX

Entre “chivos” y “chanchos”.

La emboscada final

La reacción y la venganza

10.-La conspiración contra Evo Morales (2009-2019) y Luis Arce (2020)

El puente aéreo salvador

La intentona con los mercenarios

A manera de introducción

Este libro es el tercero de la trilogía “Historias cortas...”, editados por la Editorial Servicop, a quienes agradezco la responsabilidad profesional, la preocupación y el constante asesoramiento para llegar a buen puerto con la edición de estas obras.

*El primero de ellos es: “Historias cortas, de poder, de amor y de tragedia”.

Allí aparecen como simples mortales, alejados del bronce, muchos “próceres” inmaculados, pero que como personas de carne y hueso, llevan sus virtudes y miserias a cuestas, conviven con sus amoríos, fugaces o eternos, sus desengaños, sus infidelidades, sus pasiones negadas, sus esplendorosas o pírricas victorias y sus estruendosos fracasos. Allí desfilan personajes de la talla de Marcelo T. de Alvear;de Hipólito Yrigoyen; de Fidel Castro; del campeón Juan Manuel Fangio; de Pepe Mujica; del General Artigas; de Jorge Luis Borges; del Mariscal López; de Agustín Tosco; de Héctor y Elsa Oesterheld. Y por supuesto Juan Domingo Perón.

*En el segundo: “Historias cortas, de magnicidios y de sangre”, nos sumergimos en el relato verídico de asesinatos o magnicidios que terminaron con la vida de distintos referentes de la historia de América del Sur, como en el caso de seis gobernadores de la provincia argentina de San Juan; otro gobernador de la provincia de Salta; un vicepresidente paraguayo emboscado por los sicarios de un general rebelde; un líder colombiano que cae a balazos y desata un levantamiento popular; un supuesto suicidio de un joven presidente boliviano progresista; otro mandatario de origen peruano que es muerto con una “pistola loca” como en el caso de Kennedy; un mandatario boliviano que es linchado como Mussolini; un ingeniero-presidente venezolano que muere en un secuestro; el martirio de sacerdotes y de un obispo argentino; la lucha de la hija de un ex-presidente chileno que descubre que su padre fue envenenado; otro ex- presidente brasileño que muere en el exilio por el mismo veneno; un ex-presidente argentino que de fusilador se convierte en fusilado y un mandatario nicaragüense asilado en Paraguay que es masacrado por motivos pasionales que involucran a lo más alto del gobierno y del poder.

Los atentados “buenos” y los otros

Como comprobarán mis lectores, a lo largo de la historia existieron muchos traidores, y esos son los que Dante Alighieri ubica en el último círculo del infierno, por ser la traición el peor de todos los pecados. Son los matadores de Julio César (año 48 a.C) ejecutado por los senadores Cayo Casio Longino, Marco Junio Bruto y Décimo Junio, entre otros; o de Salvador Allende, que fuera traicionado vilmente por el general Augusto Pinochet (11/09/73).

Otros tuvieron éxito en sus conspiraciones aún sin haber tenido cercanía con sus víctimas. Son los casos del presidente de los EEUU Abraham Lincoln, que fue ejecutado por el actor sureño John Wilkes Booth (15/04/1865), o del primer ministro israelí Issac Rabín, que partió de este mundo en 1995, un año después de recibir el Premio Nóbel, por obra del ultraderechista Yigal Amir. En todos esos casos la trama sangrienta se cumplió según los deseos de los matarifes.

Cuando el coronel alemán Claus Von Stauffenberg hizo detonar la bomba en la “guarida del lobo”, a un metro de Adolf Hitler a las 12.42 hs. del 20 de julio de 1944, de haber tenido éxito se hubiera convertido en un héroe nacional, pero al fracasar fue fusilado y hoy apenas se lo recuerda. De igual modo, Jean-Marie Bastien-Thiry que roció de balazos al Citroën DS sin blindaje del general Charles De Gaulle, que salió indemne, el 22 de agosto de 1962, tampoco pudo terminar con la vida del presidente de Francia, y tuvo el mismo fin que el coronel alemán, acribillado contra un paredón. Y con estos dos ejemplos demostramos que si bien la vida es sagrada (Mand. V “No matarás”), para el común de los mortales hay atentados “buenos” y otros “malos”, como el “tiranicidio” en el pensamiento político de Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria.

Como veremos más adelante, el pensamiento de Tomás de Aquino (1225-1274), inspirado en Aristóteles y San Agustín, reconoce la legitimidad de la resistencia activa y admite incluso el “tiranicidio”. Esa postura de la máxima figura de la enseñanza escolástica y de la teología sistemática sintoniza con la de Francisco de Vitoria, (fraile dominico y catedrático de Salamanca y uno de los máximos maestros del derecho internacional (1483-1546) cuando afirmaba “...que era lícito rechazar la fuerza con la fuerza, por el derecho que le asiste a cualquier persona de resistir las injusticias (...) estando todos obligados a defenderse ejerciendo el mismo daño, en cuanto puedan, de quien ataca”.

*En este libro, “Historias cortas, de atentados fracasados”, el tercero de la trilogía, ponemos la lupa en aquellas conjuras, las buenas y las malas que por distintas razones, a veces casi milagrosas, notorios patriotas, conocidos mandatarios y execrables genocidas de esta América del Sur, pudieron “zafar” de la muerte, simplemente por el azar, por obra del Espíritu Santo, en el caso de los primeros, o del diablo, en el caso de los últimos. Además, para sazonar los relatos también abordamos aspectos de la vida y del destino de cada uno de los protagonistas, recordando, al estilo de Ortega y Gasset, “todo lo que los rodea, no sólo en lo inmediato, sino también en lo remoto; no sólo lo físico, sino también lo histórico, lo espiritual”.

Siempre apelo a fuentes confiables, a documentación, notas y artículos fehacientes, de autores y medios periodísticos conocidos y prestigiosos que aparecen en la bibliografía de cada uno de los capítulos. Ello, claro, no implica que el lector pudiera tener otra impresión o información contradictoria. Siempre en la consideración de eventos que ocurrieron hace tiempo pueden existir distintas interpretaciones. Yo prefiero respetar aquello de que “los hechos son sagrados y las interpretaciones libres”.

Para mi esposa y colaboradora, la profesora Dora Isabel Caíno;

Para la biblioteca de mis hijos

Fernando Raúl, Santiago Jesús y Maria Florencia;

Para mis nietos Guillermina y Jose Ignacio.

1.-El atentado contra Juan Manuel de Rosas (1841)

El amigo del inglés

Analicemos brevemente el marco referencial histórico que rodeaba a Don Juan Manuel: Él había nacido en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793, siendo hijo de León Ortiz de Rosas y Agustina López Osornio, un matrimonio terrateniente, de sangre española. Como sobrada muestra de carácter, a los 13 años apenas, se presenta ante Santiago de Liniers, en plena invasión inglesa, se alista y lo designan auxiliar de cañón. Y allí seguramente tuvo el bautismo de fuego, y se inicia la parábola de su propia vida política, que también terminaría a fuerza de cañonazos.

La Argentina nació como un Estado independiente con la Revolución de Mayo de 1810, con la creación del primer gobierno patrio, y a partir de allí comienza a romper la vinculación que la ataba a España lo que se consolida con la declaración de la independencia el 9 de julio de 1816, cuando surge lo que se llamaron las Provincias Unidas del Río de la Plata.

En su juventud, Rosas se distinguió como un excelente administrador de estancias, hábil para la relación con humildes peones, y encumbrados estancieros, luego como un político sagaz, un militar sobresaliente, un gobernante comprometido, impiadoso con sus enemigos y un gran defensor de la soberanía nacional (1). En 1829 luego de derrotar al general Juan Lavalle, llega a ser gobernador de la Provincia de Buenos Aires, la más importante de Argentina. Y por esa razón, entre 1835 y 1852 pudo ser el principal caudillo de la llamada Confederación, que fue la unión política de provincias soberanas que delegaban la representación exterior, y hasta el manejo interno de los asuntos de Estado a una sóla de ellas que era justamente Buenos Aires, y ello le permitió ser empoderado con el título de “Restaurador de las leyes e Instituciones”. Tuvo que sortear bloqueos navales de potencias extranjeras, el acoso de países limítrofes y la traición de propios y extraños,

Y el ocaso de Rosas sobrevino luego de la batalla de Caseros, mediante la cual las tropas del caudillo entrerriano general Justo José de Urquiza, aliadas a las del Imperio del Brasil y del Uruguay, lograron una victoria resonante en desmedro de Restaurador que tuvo que marchar al exilio en Inglaterra.

El general Ignacio Hamilton Fotheringam, único general de división del Ejército Argentino que llegó a ese rango siendo ciudadano y militar inglés, había nacido en Southampton, Hampshire, Reino Unido, el 11 de septiembre de 1842, y falleció a los 83 años en Río Cuarto, Córdoba, en 1925. Además de su extensa carrera militar, durante la cual participó de la Guerra de la Triple Infamia, llegó a ser el 1° Gobernador del Territorio Nacional de Formosa, entre 1884 y 1891. El actual Museo Histórico de Formosa fue su residencia oficial, y durante muchos años, Casa de Gobierno de la Provincia.

En sus memorias “La vida de un soldado”, cuenta algunas anécdotas de Juan Manuel de Rosas, el protagonista de este capítulo, al cual conoció personalmente en Inglaterra.

A los 21 años, siendo guardiamarina de la armada británica, Ignacio Hamilton volvió por un tiempo a su tierra natal y conoció por casualidad a Manuelita Rosas de Terrero ( hija de J. M. de Rosas) y a su esposo Máximo Terrero, cuya casa estaba muy cerca de la residencia paterna de Ignacio. Y allí tuvo oportunidad de conocer también a Rosas.

En sus “Memorias” Fotheringham escribe: “Allá en mi tierra, lo creíamos un general español desterrado por asuntos de alta política. Un hermoso tipo, de aspecto varonil y enérgico. Vivía en The Crescent, frente a la casa de familia de Lawe, muy amiga nuestra. Una gran mansión de aspecto serio, silencioso y triste. Nada de ruidos.” (...) “Al venirme, Doña Manuelita me regaló una hermosa frazada, grande y abrigada, con un letrero central en bordado rojo: “Federación o Muerte. Independencia. Rosas. Viva Manuelita”. “La conservé por mucho tiempo, pero, resuelto a decir la verdad, aunque con vergüenza, confieso que la cambié en Paso de la Patria (durante la guerra contra el Paraguay) por tableta mendocina...Más pudo el hambre que el venerado recuerdo”.

Y refiere otra anécdota: “ En plena batalla de Caseros, el éxito era aún dudoso. Rosas hablando con un lugarteniente le dice: “Mire, mire, esa caballería que avanza allá por la izquierda nos vá a j…. En ese momento, pasa un bizarro soldado de caballería, gorra de manga, lanza, lazo y boleadoras. “Párese amigo...”, ordena Rosas. Bajó el centauro. “Traiga sus boleadoras (Las midió con los brazos abiertos). Un poco cortas-dijo- Y ordenó: “A caballo y dispare”. De un brinco en la silla y a todo escape. “Pero no hubo escape, pues con la habilidad suma sorprendente de que estaba dotado “el primer jinete”, “el primer gaucho argentino”, revoleando las boleadoras las lanzó con mano certera y boleando el caballo de las manos, lo hizo rodar; pero el paisano, sonriéndose, salió al pié, las riendas empuñadas…”.“Por lo menos-dijo Rosas-todavía tengo buen pulso”.

La “Máquina Infernal”

Era 1841, y el Restaurador de las Leyes estaba enfrascado en temas urgentes, como siempre. Debía lidiar con la guerra civil permanente, con la oposición de aquellos exiliados que desde Chile y Uruguay buscaban minar las bases de su gobierno, y contra los problemas causados por el bloqueo de Francia, que si bien había terminado un año antes, aún subsistían los efectos prácticos que habían afectado la recaudación de aduanas, al separar Buenos Aires de los puertos de la Confederación.

El 27 de marzo de 1841, Manuelita recibió la correspondencia diaria de su padre y también varios paquetes entre los que sobresalía una caja exquisitamente envuelta enviada por la Sociedad de Anticuarios del Norte, con sede en Copenhague, Dinamarca. Era muy común que distintos dignatarios extranjeros remitieran regalos que por lo general eran bandejas y cubiertos de plata, fuentes y copas de distinta procedencia, finos manteles y pañuelos bordados a mano, pomposos sombreros, algunas veces cuchillos con empuñaduras diversas y hasta objetos religiosos como rosarios y cruces. Así que otra caja de las muchas recibidas no llamaba la atención. Normalmente el propio Rosas abría los paquetes, pero en esa ocasión, Juan Manuel no prestó demasiada atención a ese bulto prolijamente embalado, y al día siguiente Manuelita vió que estaba intacto, sin abrir, por lo cual lo levantó y lo llevó a su habitación. Al romper el primer envoltorio, vió que la caja estaba forrada con un paño blanco y apareció una llave, la cual introdujo en la cerradura y la hizo girar. Al instante, la tapa se levantó bruscamente con un extraño ruido metálico y ante su asombro, apareció un manojo de caños metálicos que apuntaban en todas direcciones. Desconcertada, le llevó al caja a su padre quien al examinarla en compañía de algunos secretarios, determinó que se trataba de 16 pequeños cañones de bronce acomodados en forma circular, soldados entre sí como una especie de flor letal, con sus gatillos enhebrados entre alambres y resortes, que deberían haberse disparado al abrir el extraño mecanismo, hiriendo a cualquiera que estuviera en sus proximidades. Quiso el destino que el primero de los resortes que habilitaba al resto del ramillete se atascara e hiciera fracasar todo el operativo.

Luego se supo que el atentado había sido planeado con todo cuidado en el Uruguay por José Rivera Indarte. Este particular personaje, poeta y escritor, que en principio se dedicó al periodismo, se había hecho fanático de Rosas, al extremo de acuñar la idea de “mazorca” mediante carteles pegados en las esquinas de Buenos Aires, donde se leía la “Oda Al Restaurador”, con una vistosa espiga como símbolo. Aún así, y luego de varios hechos delictivos a los cuales se lo vinculó, partió a los Estados Unidos desde donde llegó transformado en un opositor acérrimo a Juan Manuel, se instaló en Montevideo y allí lanzó sus “Tablas de sangre”, un panfleto con forma de libro, donde en su tapa podía leerse “Es acción santa matar a Rosas”, y que pretendía adjudicar al Restaurador la autoría de la mayoría de los crímenes de la época, como el de Facundo Quiroga, entre otros.

La inquina de Rivera Indarte contra Rosas fue hasta patológica. Acusando al restaurador de todos los crímenes posibles, dejó volar su imaginación para adjudicarle un compendio de inmoralidades, como haber denunciado a su madre por adulterio, de tener relaciones incestuosas con su hija Manuelita, a quién acusó también de transformarse “de virgen cándida a marimacho sanguinario”. Esa prédica enfermiza, de la cual se tomó nota en algunas cortes europeas, fue utilizada para la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata.

La cuestión es que a comienzos de marzo había llegado a Montevideo esa caja que contenía medallas y obsequios similares, que fue inicialmente recibida por el embajador de Portugal en Uruguay, Leonardo de Souza Acevedo, que a su vez fue remitida al ministerio de relaciones exteriores del vecino país para ser embarcada a Buenos Aires para la entrega en propias manos de Juan Manuel de Rosas. Advertido Rivera Indarte de la existencia de esa encomienda por funcionarios menores uruguayos, retiró el paquete sobornando a un empleado consular y lo llevó al taller de un armero contrabandista de apellido Aubriot, donde cambiaron el contenido y alojaron el dispositivo que debía generar múltiples disparos en todas direcciones al levantarse la tapa. Con balas de salva, ese engendro mecánico fue probado una y otra vez por los cobardes complotados, vomitando chorros de pólvora quemada y fuego cuando su tapa era abierta. Al realizar la última prueba con balas de plomo en una habitación cerrada, activando el dispositivo con una larga cuerda el armero pudo comprobar que la efectividad de los pequeños cañones era tal que toda persona cercana a la caja sería herida mortalmente. Rivera Indarte se reunió luego con notorios conspiradores exiliados en Uruguay a los que les prometió eliminar a Rosas, obteniendo a cambio importantes sumas de dinero.

Pero quiso la providencia que las suaves manos de la angelical Manuelita no abrieran otra “caja de Pandora”, que los resortes se atascaran milagrosamente y que el mecanismo de relojería se trabara en el momento preciso.

Cuando Rivera Indarte se enteró del fracaso de la operación, se dice que buscó ofuscado al armero sin encontrarlo y juró matarlo si no le devolvía el dinero pagado. Durante un tiempo el señor Aubriot desapareció de Montevideo. Y lo mismo hizo Rivera Indarte, que se exilió en Brasil y terminó sus días en Santa Catarina, en 1845. Rosas moriría, sí, pero de viejo.

En su obra “Juan Manuel de Rosas, sombras y verdades”, el eminente historiador e ingeniero Leonardo Castagnino cuenta cómo fueron los últimos años del anciano caudillo en el exilio, donde hace gala de una frugalidad llamativa. Instalado en la granja Burguess Farm de Southampton, pudo adquirir esa propiedad que estaba abandonada y casi hecha una tapera. Había arrancado unos dos mil árboles y troncos grandísimos. “(...) todo el ambiente se impregnó de su personalidad criolla. Un viajero argentino que visitó el lugar cincuenta años más tarde creyó encontrarse frente a un puesto de una estancia bonaerense, con el monte de perales, manzanos, duraznos, y añosos árboles de sombra plantados por Rosas cerca de la casa.”(...) El viajero pudo conocer a Henry Coward, único sobreviviente de los peones, que lo recordaba montado en su caballo oscuro, que él mismo enlazaba y ensillaba con apero, y que, a los 80 años lo saltaba sin usar el estribo, llevando lazo, espuelas y boleadoras. (...) En verano dormía con frecuencia a campo raso. Era silencioso, solitario y retraído.”. En una carta a su amiga Josefa Gómez, Rosas le dice: “No fumo, no tomo rapé ni vino, ni licor alguno, no hago visitas, no asisto a comidas ni a diversiones de ninguna clase. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara están quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante. Mi comida es un pedazo de carne asada y mi mate, nada más.”

En el Museo Histórico Nacional se encuentra bien conservada la famosa Máquina Infernal, la que falló, de la cual no salieron los 16 proyectiles que seguramente hubieran terminado con la vida de Manuelita, y tal vez también con su padre. Pero este último fallecería 36 años después, a los 83 años, a la misma edad que su amigo el general Fotheringham, en su casa campestre el 14 de marzo de 1877, afectado de neumonía, rodeado de perales, manzanos y duraznos.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
119 s. 16 illüstrasyon
ISBN:
9789878031750
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: