Kitabı oku: «Carlos Slim»

INTRODUCCIÓN
Retrato del poder
Para unos Carlos Slim Helú es un enigma. Para otros es todo menos eso. Al magnate se le mira con lupa. Sobre él recaen los reflectores. Mucho antes de que fuera investido por la revista Forbes como el más rico del planeta, Slim era ya una de las voces más escuchadas y respetadas en los círculos del poder y del dinero. En muchas partes del mundo lo ven como un hombre de éxito, y en el futuro seguirá siendo un símbolo para las nuevas generaciones de emprendedores.
Pero Slim no es de los que alimentan el estereotipo que asocia el éxito con el dinero: él ha logrado un inusitado reconocimiento social no sólo por su liderazgo empresarial, sino por su sensibilidad humana. Para el ingeniero el éxito “no es sólo triunfar en los negocios”: la palabra éxito implica valores y principios, y no necesariamente significa obtener un resultado favorable en lo material.
Algunos expertos en desarrollo personal advierten que el éxito tiene sus secretos. Por ejemplo, los hombres de éxito tienen la cualidad de la persuasión y la seguridad al hablar en público; organizan sus pensamientos y los plasman con claridad al escribir un discurso; son organizados y productivos, innovadores y creativos; tienen pensamiento crítico para analizar y evaluar la información; saben escuchar y saben tomar decisiones, así como responder a preguntas con rapidez y eficacia; tienen la habilidad para hacer estimaciones precisas y trabajar con cifras en la cabeza; saben leer productivamente y utilizar esos conocimientos de manera eficaz; son relajados y enfrentan con agudeza e ingenio cualquier tipo de crisis; saben cómo abrazar a un hijo y cómo realizar un seguimiento y registro de sus gastos y de los ingresos que no son vitales para sobrevivir sino para prosperar.
Desde muy joven Carlos Slim hizo notar los rasgos de su personalidad, lo que le ha permitido un mayor conocimiento de sí mismo. Su intuición para los negocios puso de manifiesto que desde temprano contaba con mucha sensibilidad y capacidad de análisis, lo que le permitió ganar en madurez al asumir las responsabilidades propias. Esto lo llevó a adoptar una forma más libre y congruente de ejercer el liderazgo en sus negocios.
El escritor Héctor Aguilar Camín tiene su propia percepción sobre Carlos Slim Helú:
Lo que nos hace falta es cambiar el “chip” mental nacional. Modificar óptica. En lugar de combatir pobreza aspirar a crear riqueza. Propiciar el bienestar familiar.
Aquí necesitamos “Creadores de riqueza”. México hoy vive la segunda generación de “Combatidores de pobreza”. La primera desarrolló el Coplamar del presidente López Portillo. Felipe Calderón encabeza la que instrumenta Oportunidades.
Contamos con pocos “Creadores de riqueza”. Necesitamos cincuenta como Carlos Slim. Quizá mejor cien como Carlos Slim. ¿Te imaginas a México con doscientos hacedores de riqueza como Carlos Slim? ¡Sería un país fantástico!
¡Es hora —dijo Héctor Aguilar Camín en una memorable entrevista con el periodista Miguel Reyes Razo— de que México sea el país ballena que puede ser, y no el minúsculo ajolote que se cree! ¡Ya es tiempo de tener un país próspero!
Gran cosa sería que la demanda de prosperidad se instalara entre nosotros como la de democracia en los ochenta y noventa del siglo anterior.
Si así ocurriera, los gobiernos se verían obligados a responder a esa demanda. México debe verse a sí mismo como una nación desarrollada. País próspero. Y equitativo. Y democrático.
Con buenas decisiones una generación de mexicanos haría la transformación. Decisiones correctas. Dejar atrás discusiones empecinadas para hacer bien las cosas.
Y abrir la economía a la competencia. Ampliar, profundizar nuestras relaciones con Estados Unidos.
Crear el Sistema de Seguridad Social Universal. Cobrar impuestos serios, justos. Invertir bien en educación. Lo mismo que en seguridad. Se trata de resolver nuestros problemas. Aplicar justicia. Mejorar la rendición de cuentas. Combatir la corrupción…
Encuentros y desencuentros. Para tener una idea de la percepción que tiene la gente sobre Carlos Slim habría que sopesar lo que dicen las encuestas, pues en todos los círculos sociales Carlos Slim está en el debate. Unos y otros hablan de él con pasión. En ese sentido una encuesta de María de las Heras reveló la percepción que los mexicanos tienen del magnate. Los resultados de la encuesta revelaron que 60% considera que Carlos Slim debe ser un ejemplo a seguir.
De acuerdo con dicho reporte, la opinión pública no termina por definirse: están los que consideran que la fortuna del ingeniero Carlos Slim es producto del esfuerzo y visión del empresario, y los que piensan que se ha colocado como el hombre más rico del mundo a costa de cosechar favores y protección del gobierno mexicano.
Para algunos, su fortuna es producto de las dos vertientes; sin duda es un empresario con visión que ha sabido aprovechar como pocos los “favores” (oportunidades) que ha recibido del gobierno mexicano.
Como quiera que sea, son más los que tienen una imagen positiva de él que los que confiesan tener una mala opinión del ingeniero.
Debería ser un ejemplo para los niños, opinan seis de cada diez personas entrevistadas, aunque paradójicamente una proporción similar dice que tener un mexicano encabezando la lista de Forbes no tendría por qué ser motivo de orgullo para México.
María de las Heras opina a ese respecto:
…claro que estas opiniones las hemos recogido a través de una encuesta telefónica y lo que piensan los más desfavorecidos no está debidamente representado en la muestra.
De todas formas es curioso cómo nos quejamos constantemente del abuso en las tarifas telefónicas, en lo costoso y malo que es el servicio de internet que tenemos y también protestamos por lo mucho que pagamos por un servicio de telefonía móvil que está lejos de ser de los mejores del mundo. Y, sin embargo, cuando pedimos a la gente que nos dé su opinión sobre la persona de Slim —por todos sabido prestador de tan mal valorados servicios—, entonces alrededor de seis de cada diez confiesan tener muy buena o buena opinión de él; es decir, que los servicios que presta y de los cuales proviene su fortuna pensamos que dejan mucho que desear, pero de Slim como persona… ¡ah! él es un encanto.
Estoy segura de que en México hay muchos hombres y mujeres que han demostrado que son talentosos y esforzados; pero a la cima sólo llegan los más vivos y no necesariamente los mejores.
Somos una sociedad que premia el gandallismo, la simulación y las complicidades antes que el esfuerzo, el talento, la lealtad y la constancia. Eso como sociedad es nuestra culpa, y en ello llevamos también nuestra penitencia.
En otra encuesta de María de las Heras sobre la televisión de paga, 53% opina que solamente con un competidor del tamaño del señor Slim se podrá romper el duopolio que tienen sobre la oferta televisiva Televisa y TV Azteca. El mismo porcentaje no encuentra ningún peligro en que, además de contar con Telmex y Telcel, el multimillonario incursionara en el mundo de la televisión de paga; por el contrario, la mayoría considera que tomando en cuenta cómo hace sus negocios el señor Slim, seguramente el servicio que proporcionaría sería mejor que aquel con el que hoy contamos.
Seis de cada diez mexicanos quieren a Slim en el mundo de la televisión, pero para el 55%, el presidente Felipe Calderón ya tomó partido en favor de Televisa y TV Azteca y, por ende, en contra de Slim. Mala señal envía el mandatario a un público en el que 67% asegura tener buena o muy buena opinión del empresario multimillonario.
Consciente del papel que entraña el ser considerado el hombre más rico del mundo, Carlos Slim define las tareas en las que está trabajando:
Mi prioridad es crear el capital físico y humano en los países de Latinoamérica. Ése es mi reto. Eso es lo que más me interesa en este momento. Busco que haya salud, nutrición, educación, trabajo e infraestructura. Esto último significa más y mejores obras: aeropuertos, puertos, caminos, carreteras, plantas de energía, telecomunicaciones, etcétera. Y en este rubro también incluyo casas para los que no tienen dónde vivir.
En lo social también se enfrenta al desafío de la pobreza:
Creo que la pobreza no se puede enfrentar a través de dádivas. No puedes luchar contra este flagelo mediante donaciones deducibles de impuestos o con programas sociales. La pobreza la enfrentas sólo con una buena educación y con puestos de trabajo. El empleo es la única forma de luchar contra la pobreza y, en el pasado, el tema de la pobreza era un asunto ético, moral, de justicia social. Hoy, en esta nueva civilización, la lucha contra este problema se ha convertido en una necesidad de desarrollo. Si no enfrentamos a la pobreza ningún país se va a desarrollar. En el pasado había esclavos, luchas por la tierra y, al final, la gente trabajaba para nada. Ahora no necesitamos tanto del esfuerzo físico; lo que se requiere, sobre todo, es esfuerzo mental y el desarrollo de nuestras habilidades. Para eso es necesario contar con una mejor educación y con capital humano. De eso estoy convencido y para eso estoy trabajando.
I. EN BUSCA DEL PARAÍSO
El regreso al origen
Cuando Carlos Slim ascendió a la cúspide de los hombres más ricos del mundo visitó el Líbano. Pasaron muchos años para que pisara la tierra de sus antepasados. En marzo de 2010, al llegar a Jezzine, el pueblo natal de sus padres, entre diversas emociones encontradas prevaleció la alegría y el orgullo.
Cuando era apenas un niño, Julián Slim Haddad, su padre, partió de ese lugar hace más de cien años. Solitario, desde la cubierta de un barco, el chiquillo se despidió de sus padres: Gantus Slim y Nour Haddad. En esos momentos lo invadía la tristeza; pronto dejaría para siempre a sus padres y a su tierra natal. El pequeño partía contra su voluntad, pero la guerra estaba diezmando a la patria que lo vio nacer. Esos recuerdos de los que le platicaba don Julián a Carlos Slim, regresaron a la mente del ingeniero Slim convertido ahora en el hombre más rico del mundo.
De esas tierras partió su padre antes de cumplir los quince años de edad. Emigró al igual que sus hermanos mayores José, Elías, Carlos y Pedro, quienes emigraron antes, todos huyendo de la guerra. Viajaron una distancia de 12,500 kilómetros equivalentes a 6,700 millas náuticas para llegar a México e ingresar por el puerto de Veracruz. Se encontrarían en un país lejano con una cultura y costumbres diferentes, pero con una historia parecida, marcada por la inestabilidad generada por conflictos políticos y sociales.
Para Slim fue como un viaje en el tiempo. Al frente de una numerosa comitiva, el hombre más rico del mundo, hijo de un inmigrante libanés, fue recibido por los notables de la ciudad, quienes aguardaban expectantes su llegada a la tierra de sus antepasados. El presidente Michel Sleiman reconoció su trayectoria empresarial y le agradeció “poner muy en alto el nombre de Líbano en todo el mundo”.
“El que no tenga un amigo libanés… ¡que lo busque!”, expresó en alguna ocasión el expresidente Adolfo López Mateos. En este sentido, Slim siempre ha estado dispuesto a hacer amigos en todas partes del mundo.
En Jezzine, orgulloso de su origen, visitó la casa de sus antepasados y el mausoleo de su familia donde rezó. Poco antes había sido recibido por el patriarca maronita Nasralá Sfeir. De hecho, acudió a la tierra de sus mayores por invitación de la Fundación maronita. Además, sería condecorado con la Orden de Oro del Mérito Libanés por el presidente de la república, y se entrevistaría con el primer ministro Saad Hariri y el presidente del Congreso libanés, Nabih Berri.
Durante esa visita analizó posibles inversiones en la región e instó a los libaneses a mejorar el horizonte de los jóvenes, en especial de Jezzine, lugar donde su padre, don Julián Slim Haddad, nació y vivió hasta que tuvo que abandonar el terruño en busca de nuevos horizontes.
De aquel éxodo emprendido por los primeros Slim han transcurrido casi ciento veinte años y, desde entonces, ya son cuatro las generaciones nacidas en México. El patriarca de esta familia, don Julián, llegó al país en 1902, con apenas catorce años de edad y tan pronto como lo hizo empezó a trabajar. Su nueva vida inició a lado de sus otros hermanos un poco mayores que él, Elías, Carlos y Pedro, quienes habían arribado en 1898, cinco años después que José, quien era trece años mayor que Julián Slim Haddad, fue el primero en pisar tierra mexicana en 1893.
El Líbano o República Libanesa, como oficialmente se le conoce, es un país de Oriente Próximo que limita al sur con Israel, al norte y al este con Siria, y está bañado por el mar Mediterráneo al oeste. Por su ubicación, sus riquezas naturales y su sistema financiero llegó a ser conocido como “la Suiza de Oriente”. No obstante, las guerras internas y externas terminaron por hundirlo en constantes crisis, aunque en los últimos años ha ido recuperando cierta estabilidad.
Jezzine, la tierra de los antepasados de Carlos Slim, es una ciudad situada a cuarenta kilómetros al sur de Beirut, la capital del país. Es el principal centro turístico de verano y es famosa por tener el mayor campo de pinos en el Oriente Medio. Sus habitantes son principalmente seguidores de la Iglesia católica maronita y melquita griega.
El nombre, Jezzine, deriva del arameo (siríaco), y significa “depósito” o “tienda”. Al respecto, muchos historiadores creen que Jezzine sirvió como un lugar de acopio comercial debido a su ubicación estratégica en la ruta de las caravanas que llegaba a la antigua ciudad portuaria de Sidón, en el Mediterráneo.
Sobre sus orígenes Carlos Slim Helú recuerda:
Mis antepasados paternos y maternos llegaron a México hace más de cien años huyendo del yugo del imperio otomano. En aquel entonces los jóvenes eran forzados por medio de la leva a incorporarse al ejército, por lo cual las madres exiliaban a sus hijos antes de que cumplieran quince años.
Así llegaron los Slim a territorio mexicano, como miles de libaneses que arribaron al país por tres puertos: Tampico, Progreso, y Veracruz. Salieron en busca de fortuna y mediante trabajo y empeño alcanzarían su meta muchos años después.
Los primeros ricos
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX en México había cuarenta y cuatro fortunas que superaban el millón de pesos, y entre los más ricos había nueve españoles, dos estadunidenses y detrás de éstos un alemán y un francés. En esos tiempos los tres hombres más ricos del país eran los españoles Avelino Montes Molina e Íñigo Noriega Laso y el estadunidense Thomas Braniff.
Justo en esa época los libaneses se establecieron a lo largo y ancho del territorio mexicano. En todas partes abrieron sus primeros tendajones para expender las más variadas mercancías y establecer la compra en pequeños abonos o líneas de crédito para sus clientes.
México era el paraíso, lo mismo para personas emprendedoras que para aventureros. Y así como los libaneses tenían reputación de emprendedores, algunos españoles tenían muy mala fama, como el asturiano Íñigo Noriega Lazo, quien se había ganado a pulso esa reputación, no obstante, tenía a su favor la amistad y el apoyo de Porfirio Díaz.
La historia de ese personaje sui generis tiene mucho de leyenda. Se dice que comenzó como cantinero en un negocio de su suegro y terminó por convertirse en uno de los más grandes hacendados del país que, incluso, llegó a poseer la mitad del territorio mexicano y más de una veintena de hijos. Son muchas las historias sobre este hombre que llegó a ser considerado el más rico de México durante el porfiriato.
De acuerdo a sus datos biográficos, en 1880 don Íñigo creó la sociedad Remigio Noriega y Hermano, en la que el segundo aparecía al frente de los negocios y don Iñigo como apoderado. La sociedad inició con un capital de cien mil pesos con los cuales compraron la herencia de Manuel Mendoza Cortina, la cual incluía la mina de plata de Tlalchichilpa, las haciendas “Maplastán” y “Coahuixtla”, crédito del ferrocarril de Morelos, existencias de azúcar y aguardiente, y diversas casas en las ciudades de México y Toluca. Posteriormente adquirieron grandes fincas en Chihuahua y Tamaulipas; la finca “La Sauteña”, la mayor de los estados de Morelos y Tlaxcala, tenía una extensión de 394, 875 hectáreas y 225 mil cabezas de ganado mayor.
A estas explotaciones agrícolas y ganaderas se añadieron compañías mineras y textiles, entre las que se encontraba la Compañía Industrial de Hilados, Tejidos y Estampados San Antonio Abad y otras empresas anexas. Casi veinte años después, en 1898, se disolvió la sociedad, debido a que Remigio optó por retirarse de los negocios. Por su parte, Iñigo continuó con los negocios hasta convertirse en el más rico y poderoso hacendado de México. Tiempo después, con el movimiento revolucionario le fueron confiscadas sus propiedades y partió hacia Texas cargando con la tristeza de haber perdido a dos de sus hijos que, años antes, se habían suicidado.
El caso de Avelino Montes Molina fue muy parecido. Su familia pertenecía a la “casta divina” de Yucatán. Eran productores de henequén y su presencia económica trascendía el ámbito estatal. Gozaba de los privilegios del poder, pues era un personaje muy cercano a Porfirio Díaz y gozaba de una influencia política nacional. Toda la familia Montes Molina ocupaba cargos políticos. En general, los hacendados de Yucatán dedicados al cultivo del henequén eran los amos y señores del sureste desde finales del siglo XIX hasta principios del XX, pues controlaban el 80% del mercado mundial de esa fibra.
Una treintena de familias, entre ellas la de los Montes Molina, poseía enormes riquezas, grandes extensiones de tierra, un poder opresivo sobre miles de indígenas a su servicio y el respaldo del clero. Ejercían su poder económico y político como en la época feudal, y eran conocidos como la “casta divina”.
La historia de Thomas Braniff es la del típico aventurero que a mitad del siglo XIX vagabundeaba de un lado a otro buscando hacer fortuna. Hijo de inmigrantes irlandeses, fue atraído por la fiebre del oro y a la edad de veinte años partió de Nueva York a California para trabajar en las minas. En ese ambiente conoció al ingeniero Meiggs, famoso constructor de los primeros ferrocarriles de América del Sur, quien lo contrató para su empresa, misma que desarrollaba actividades en Perú y Chile. Con el tiempo, Braniff fue el encargado de la construcción de varios ferrocarriles, uno de ellos fue el de México-Veracruz, bajo las órdenes de la empresa Smith Knight and Company. De ahí en adelante se quedó a vivir en México y amasó una inconmensurable fortuna.
Los Braniff eran fieles partidarios del régimen porfirista y formaban parte de la burguesía dominante. Durante los últimos años de su vida Thomas Braniff fue presidente del Banco de Londres y México y se unió a los empresarios, banqueros y comerciantes que respaldaron a Porfirio Díaz para su quinta reelección, como lo hicieron otros conspicuos aliados del dictador, entre ellos Rafael Ortiz de la Huerta, presidente del Banco Nacional, José de Teresa Miranda, presidente del Banco Internacional Hipotecario y Joaquín D. Casasús, director del Banco Central. Todos ellos crearon, en 1900, una comisión encargada de organizar manifestaciones públicas de apoyo al general Porfirio Díaz.
Los pioneros
Uno de los primeros libaneses en llegar al continente fue Antonio Freiha El-Bechehlani, un joven estudiante de teología que, en 1854, desembarcó en Boston, una de las más importantes ciudades de Estados Unidos fundada por inmigrantes ingleses en 1630. Algunos otros libaneses se establecieron en Nueva York en 1870; sus comercios se multiplicaron y con el paso del tiempo integraron el primer barrio “oriental” al que llamarían la “Pequeña Siria”.
En el caso de México se sabe que años antes del porfiriato el precursor de la emigración libanesa fue el sacerdote Boutros Raffoul, quien arribó al país en 1878 por el puerto de Veracruz. Otras fuentes señalan que uno de los iniciadores de la primera colonia libanesa establecida en Yucatán hacia 1880 fue un comerciante llamado Santiago Sauma.
Otro emigrante destacado fue José María Abad, el primer libanés que se dedicó al comercio ambulante en México en 1878. Actividad nada desdeñable, pues por aquel entonces el ingreso de un buhonero como Abad era alrededor de un 50% más elevado que el de un asalariado promedio.
Ya en pleno porfiriato, el primero de los Slim que pisó territorio mexicano fue José Slim Haddad, a los veintisiete años de edad, en 1893. Pocos años después lo secundaron sus hermanos Pedro, Carlos y Elías. El último en arribar fue Julián, quien tenía diecisiete años cuando llegó a México en 1902. Después llegaron Jorge y María, los más pequeños.
Es necesario hacer notar que en los documentos oficiales de la Secretaría de Relaciones Exteriores no aparecen registrados los nombres de los primeros inmigrantes libaneses que llegaron al país a finales del siglo XIX. Sin embargo, según el censo de 1900 en el país había 391 libaneses. Una década después eran ya 2,907, los cuales representaban el 2.5% de la población extranjera en el ocaso del gobierno de Porfirio Díaz. Ante la creciente oleada de libaneses el gobierno comenzó a poner trabas aplicando una regulación restrictiva a los inmigrantes de Medio Oriente.
En la actualidad se estima que el total de emigrantes que partieron del Líbano entre 1860 y 1914 fue un poco más de un millón de personas, de las cuales más del 40% se dirigió a Estados Unidos, otro 31% a Brasil y 15% a Argentina. En ese lapso apenas habría emigrado a México 2% del total, es decir aproximadamente 20 mil libaneses. De esta forma, antes que estallara la primera guerra mundial casi una cuarta parte de la población de Líbano había abandonado su país.
Como ya señalamos fue a principios del siglo XX cuando llegó a territorio mexicano Khalil Slim Haddad, quien después cambiaría su nombre por el de Julián. (Khalil es un nombre común entre los árabes que significa “amigo fiel” o “amigo leal”.) Entró por Veracruz, donde estuvo unos meses trabajando, luego partió hacia el puerto de Tampico siguiendo a sus cuatro hermanos mayores. Ya juntos, los hermanos decidieron trasladarse a la ciudad de México en 1904, donde fundaron sus propias mercerías en el centro de la ciudad y fue José, el mayor de ellos, uno de los primeros comerciantes libaneses que abrieron una importante tienda en la capital del país.