Kitabı oku: «Motoquero 1 - Donde todo comienza»


Índice de contenido
Motoquero 1. Donde todo comienza
Portada
Capítulo 0: La plata, la chica y el revólver
Capítulo 1: Volver al punto de partida
Capítulo 2: Dudosa reputación
Capítulo 3: Te propongo un juego
Capítulo 4: Sobrevivir a la adolescencia
Capítulo 5: Adivinar las intenciones
Capítulo 6: Tendré que correr el riesgo
Capítulo 7: Un año sabático
Capítulo 8: Llorar durante horas
Capítulo 9: No es asunto mío
Capítulo 10: A la cuenta de tres
Capítulo 11: Como en todos lados
Capítulo 12: Es corta la bocha
Capítulo 13: Garantía y depósito
Capítulo 14: Cometí un error
Capítulo 15: Una culpa tremenda
Capítulo 16: Había verdad en su mirada
Capítulo 17: En la jungla
Capítulo 18: La artista que hay en vos
Capítulo 19: Casi que lo disfruté
Capítulo 20: La hombría y la cilindrada
Capítulo 21: Estás recontra buena
Capítulo 22: Tres días de suspensión
Capítulo 23: Un ritual cotidiano
Capítulo 24: Veinte por ciento
Capítulo 25: El camino del infierno
Capítulo 26: Ningún capricho
Capítulo 27: Un objeto magnético
Capítulo 28: La vida es peligrosa
Capítulo 29: Capaz de cualquier cosa
Capítulo 30: Lo vamos a hacer
Capítulo 31: Sin dobles intenciones
Capítulo 32: No tiene mucha vuelta
Capítulo 33: Cosas terribles, hirientes y venenosas
Capítulo 34: Dedos cargados de tibieza
Capítulo 35: Noches mejores
Capítulo 36: Terapia intensiva
Capítulo 37: Motores que gritan al cielo
Capítulo 38: Un antes y un después
Capítulo 39: Sale con fritas
Capítulo 40: Un poco cruel
Capítulo 41: ¿Y este quién es?
Capítulo 42: Hoy no, mañana
Capítulo 43: No depende de mí
Capítulo 44: Guardate las palabras
Capítulo 45: Mensajes sin firma
Capítulo 46: Angustiantes silencios
Capítulo 47: La patota
Capítulo 48: Tocar el pianito
Capítulo 49: La gente te lelva por delante
Capítulo 50: El error más grande
Capítulo 51: Tener un plan B
Capítulo 52: Apenas un trámite
Capítulo 53: Estoy castigada
Capítulo 54: Como un perro
Capítulo 55: El frasco de veneno
Capítulo 56: Trabajo nocturno
Adelanto de Motoquero 2
Biografía
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
PUNTO DE PARTIDA

Tomás frenó violentamente la moto y, en la maniobra, levantó un montón de piedras que fueron a dar a los pies de Catriel.
—¿Qué hacés? –gritó– ¿A dónde te creés que la llevás? ¡Soltala!
Lourdes estaba desvanecida, cruzada sobre el tanque de nafta, como una cautiva que era raptada por un malón de indios del siglo XIX en las pampas. Sus piernas colgaban como peso muerto de un lado. Su cabeza apoyaba sobre la campera de cuero negro, encima del hombro de Catriel.
—¡Soltala! –repitió la orden Tomás.
Por toda respuesta, Catriel aceleró e hizo corcovear su moto, como anunciando que estaba dispuesto a pasarle por encima.
Tomás insistió con sus alaridos y con el ruido de su propia máquina.
El estruendo era terrible. Lastimaba los oídos. Retumbaba de manera demencial quince metros bajo tierra, en un túnel auxiliar de las obras para la continuación de la red de subtes de Buenos Aires. El pasadizo era tan estrecho que la moto de Toto, atravesada, resultaba un obstáculo insalvable.
Cuando el sonido de los escapes cedió, Catriel miró fijo a Toto con ojos diabólicos, enrojecidos y determinados a cualquier cosa, y aseguró:
—Tengo la plata, tengo la chica y tengo esto.
Y de inmediato sacó un revólver de adentro de la campera.
Tomás se paralizó. Miró alternativamente a la cara de Catriel y al arma. A la cara y al arma. Varias veces.
El gesto crispado y los dientes apretados, como de fiera enjaulada, le anticiparon el fogonazo. Por el contrario, no escuchó la detonación. O tal vez sí la oyó, pero sonó tan fuerte, tan tremenda, que enseguida lo dejó sordo y entonces sus oídos, y su cerebro, se llenaron de vacío, de un eco lejano, de zumbidos.
La bala le golpeó la cabeza. Le ardió. Manó la sangre. Mucha sangre. Chorreaba. Empapaba su ropa, la moto y el suelo.
Tomás sintió que la vida se le iba. De manera instintiva quiso preservar la máquina. Cuidarla. Evitar que cayera. Aunque pareciera estúpido ocuparse de la moto en una circunstancia tan extrema, buscó desplegar la pata lateral, para que quedase apoyada. Ladeada pero firme, sobre sus dos ruedas.
No pudo.
Se fue al piso con moto y todo. Quedó con una pierna aprisionada debajo del motor y del caño de escape. Se estaba quemando, pero ya no sentía el dolor.
“¿Voy a morir así?”, se preguntó mientras Catriel, con Lula cruzada entre el pecho y el manubrio, pasaba a su lado, por el hueco dejado en el túnel.
“¿Voy a morir acá?”, volvió a interrogarse.
Catriel le apuntaba otra vez con el revólver.
Los ojos de Toto se cerraron.
Esperó el tiro del final.
Pero el tiro no llegó y Tomás se despertó en cuestión de segundos. No podía haber pasado mucho tiempo, porque al fondo del túnel se veía la luz que se alejaba hacia la salida y se oía el rugido de la moto de Catriel, cada vez más apagado.
Se tocó la cabeza en el lugar que le ardía. El contacto de los dedos con la carne viva hizo que la herida le quemara
todavía más, mientras el escape y el motor le freían la pierna.
Como pudo, se quitó la moto de encima, separó la tela chamuscada de su pantalón para que no siguiera crepitando sobre su piel y volvió a palparse la cabeza. Sin ser médico, hizo su propio diagnóstico y dictaminó que el hueso estaba entero. No había fractura. No había agujero. Había sido un raspón. Dolía y sangraba como en una película de terror, pero estaba vivo y debía hacer lo posible –y lo imposible también– para rescatar a Lula.
Gritó. Insultó. Aulló para darse fuerza y buscó ponerse de pie. Pensó que iba a lograrlo, pero entonces el mundo se le dio vuelta y cayó otra vez.
Los mareos, los malditos mareos, regresaban del pasado y lo hundían en el pozo más negro y profundo.
De nuevo gritó. Insultó. Aulló para darse fuerza y buscó ponerse de pie. Sin embargo, lo único que consiguió fue que su mente se llenara de pantallazos con lo más angustiante de su vida.
Capítulo 1

Tomás tenía casi seis años cuando conoció el abandono. Ya lo llamaban por el simple y eficaz apodo que lo identificaría toda la vida: Toto.
La mamá siempre había sido distante con él. No lo abrazaba ni lo besaba como hacían otras madres. Por un lado estaba bueno. No lo avergonzaba cuando iba a buscarlo al jardín de infantes. Pero, por el otro, marcaba una diferencia y a veces Tomás quería sentirse mimado.
Cuando la madre se enojaba con él, y se enojaba a menudo, lo llamaba por el apellido con un agregado espantoso. “Señorito Rueda”, le decía.
¿De dónde lo había sacado? ¿De Roxana? ¿De esa amiga extraña que tenía? En su momento Toto no lo supo, no pudo verlo, no lo comprendió, pero la madre se había metido, a través de Roxana, en una religión misteriosa.
La mamá nunca dejaba que Toto invitara amigos a su casa. Ni siquiera le festejaba los cumpleaños con los chicos de su edad. Solo una torta con la familia. En cambio, sí lo llevaba a todos los cumpleaños de los compañeros y aceptaba las invitaciones a ir a jugar a las casas de otros chicos, porque eso le daba tiempo para ir a los encuentros de la religión.
Lo único que la mamá hacía con Toto de buen grado, con cierta alegría, era llevarlo a la plaza. Al Parque de los Patricios. Vivían cerca, sobre la calle Sánchez de Loria, en una zona de viejas fábricas y galpones que no era muy linda pero que Tomás reconocía como su barrio. Su hogar.
Ella tenía algún tipo de obsesión con las bicicletas. Decía que representaban la libertad. El equilibrio. La posibilidad de ir y venir sin dar explicaciones. Por más que la situación económica de la familia era precaria, se ocupó de ahorrar para comprarle a Tomás, cuando tenía cuatro años, una bicicleta con rueditas. Fue la madre quien le enseñó a Toto a andar en bicicleta. El papá estaba siempre ocupado con sus sueños. Sus ideas fabulosas que no conducían a nada. Sus cursos. Sus proyectos.
Le costó aprender, porque la bici era un poco grande. Tuvo que pasar el tiempo y él tuvo que crecer para llegar bien a los pedales y accionarlos con fuerza. Hubo varios intentos fallidos de dejar las rueditas hasta que la madre dijo “basta” cuando Toto tenía cinco años, a punto de cumplir seis. Le puso un plazo. Tenía que aprender a andar solo en ese fin de semana, porque ella no tenía todo el tiempo del mundo, la espera se había acabado.
La mamá lo soltó y Toto se mantuvo firme sobre las dos ruedas. Entonces ella le dijo:
—Dale, vos podés. Hacete valer. Aunque te caigas, sé fuerte.
Tomás no le prestó atención. Apenas registró lo siguiente que le dijo la madre:
—Andá hasta donde está el monumento. Yo te espero acá. No mires atrás.
Toto obedeció. Pedaleó hasta la estatua del soldado de Patricios y recién en ese lugar apoyó un pie en el suelo, porque todavía no sabía doblar. Giró como pudo, ayudándose con las piernas, y regresó de un tirón al punto de partida.
La mamá ya no estaba.

En un primer momento, Tomás no se preocupó. Siguió sonriendo. Estaba feliz. Quería compartirlo, mostrarle a la mamá que lo había logrado.
Pensó que ella había ido hasta el puesto de garrapiñadas para comprarle un paquete y dárselo como premio. Sin embargo, no la vio en esa dirección.
Capaz que había cruzado a un kiosco de golosinas sobre la avenida, se dijo Tomás. Y esperó largamente, hasta que comenzaron a prenderse las luces del parque.
En ese lapso, la madre volvió a la casa, armó un bolso, juntó plata que había ahorrado y guardado en distintos escondites y garabateó en un papel: “Perdoná, hijo, no aguanto más, mi vida está en otra parte”. Salió a la calle y se encontró en la esquina con su amiga Roxana. Juntas tomaron un colectivo hasta Retiro y ahí abordaron un micro de larga distancia. ¿Hacia dónde? Nunca se supo.
A Tomás lo encontró una vecina. Le preguntó por qué lloraba, si estaba solo, dónde se había metido su madre.
La vecina lo condujo a la casa de la calle Sánchez de Loria. En la puerta había un patrullero.
Era sábado y Raúl, el papá, estaba vestido como siempre, con camisa, saco y corbata, aunque las prendas no combinaban bien y lucían viejas, gastadas. Hablaba con los policías usando su mejor apariencia profesional, mientras en la mano sostenía el papel con la nota garabateada.
Entonces, al ver llegar a su hijo junto a la vecina, se produjo algo inédito. Algo que Toto no vio nunca más. El papá perdió toda compostura y lloró.
Capítulo 2

Raúl, el padre, comenzó a estar más tiempo en casa. Se concentró en su trabajo como oficinista, aunque lo detestaba, y se olvidó por un tiempo de sus cursos de oratoria y liderazgo, control mental, técnicas de persuasión y ventas, lenguaje corporal y una larga lista de etcéteras. Estudios que le salían carísimos en institutos de dudosa reputación.
Toto aceptó la idea de que la madre no iba a volver. No hizo preguntas ni se sintió culpable. Se convenció de que el problema había sido Raúl.
Así empezó a llamarlo. Raúl. Nada de pa, papi o papá. Raúl. Como si fuera un desconocido. Aunque ahora lo llevaba al colegio y volvía a casa puntualmente a las cinco de la tarde, y estaba con él todos los feriados y los fines de semana, había una distancia. Un frío. Una falta de conexión. Toto lo llamaba Raúl, y Raúl en devolución lo llamaba Toto, nada de Tomás, nada de hijo.
Muy pronto Raúl volvió a sus estudios, pero en forma autodidacta, leyendo libros y escuchando grabaciones con mensajes motivacionales. Se calzaba los auriculares y se olvidaba del mundo. Se concentraba en aquello que, creía, lo iba a salvar. Entonces era como si no estuviese. Toto, por su lado, comenzó a manejarse con autonomía. Iba al parque solo.
La primera vez que llevó la bicicleta, e intentó volver a andar por sus medios, sufrió un mareo inexplicable. Cayó al piso y se golpeó la cabeza. Raúl lo llevó al médico y le hicieron estudios, pero no le encontraron nada. Sin embargo, Toto siguió mareándose cada vez que agarraba la bici. Era como si, de manera inconsciente, volviera al momento del abandono y entonces perdía estabilidad.
A pura insistencia, se curó solo. En forma dolorosa. Andando y cayendo, andando y cayendo, hasta que los mareos se le fueron. O se sanaba o se rompía el alma contra el asfalto.
Los años fueron pasando y Tomás no volvió a sentir mareos hasta que, a los 15, comenzó a salir con Cintia. La relación no podía llamarse noviazgo, era algo informal, pero él se la tomó en serio y, cuando ella lo dejó, volvieron las descomposturas, las pérdidas de conocimiento, las caídas. Toto no tardó en comprender que el malestar se disparaba ante cada situación de pérdida.
En consecuencia, nunca más dejó que lo abandonaran.
Cuando comenzaba una relación con una chica, estaba alerta. Ante el menor cortocircuito, era él quien abandonaba, antes de ser abandonado. Por eso ahora, con 21 años y tirado en un túnel a quince metros bajo tierra, mientras Catriel se llevaba secuestrada a Lourdes, comprendió que los mareos, en este caso, eran por el miedo espantoso a perderla para siempre.
Capítulo 3

Lourdes, a quien sus amigas llamaban Lula, tuvo una historia distinta a la de Toto. En la infancia no conoció el abandono ni las penurias económicas. Más bien, conoció la sobreprotección y la abundancia.
Aunque, pensándolo bien, el hecho de que los padres la colmaran de regalos, niñeras y profesores para cubrir culpas, ausencias y trabajo en exceso también era una forma de abandono. El hecho de que la controlaran todo el tiempo, hasta con un chofer que cumplía el rol de detective, era producto de la falta de confianza. Y la falta de confianza era, a su vez, producto del poco tiempo que compartían con su hija.
Lula nació y se crió en una burbuja: barrio cerrado en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, colegio privado, vida al aire libre en un entorno de calles seguras, bici, rollers, hockey, natación, gimnasia artística, Inglés, clases de pintura y canto, pero siempre entre muros. Entre alambrados y cercos electrificados. Entre custodios. Entre barreras que se levantaban amablemente para ella, pero se cerraban ante cualquier desconocido.
Así creció Lula, permitiendo el acceso a todo aquello que le resultara familiar y clausurándolo frente a todo lo extraño. Replicó el modo de vida que llevaba su familia.
Pero entonces se produjo el terremoto.
Cuando Lourdes cumplió doce años, los padres decidieron mudarse a Palermo por cuestiones de trabajo. Conservaron la casa de Zona Norte como refugio de fin de semana, aunque comenzaron a ir cada vez menos, porque quedaba a cincuenta kilómetros.
Cada uno por su lado, el padre y la madre se iban de la casa a las siete de la mañana y volvían a las nueve o diez de la noche. La jornada laboral o los compromisos sociales se convirtieron en su prioridad.
A Lula la gran ciudad la abrumaba. No la entendía. Sentía miedo. Sentía terror de algo tan simple como cruzar una calle. El ruido le molestaba, lo mismo que el malhumor, los gritos, los modales groseros. Pasó de vivir en contacto con el sol, el aire, la lluvia y los bellos jardines a estar encerrada. Iba de casa al colegio y del colegio a casa. A danza, a canto, a tela, a Francés y nada más. Siempre acompañada por una empleada y por el celular con los audios de la madre; ni siquiera tenía tiempo para escribirle, prefería lo más rápido, los mensajitos de voz. Con eso la controlaba. La teledirigía. La manejaba como si el teléfono fuera un joystick de la consola de juegos.
La mudanza, para peor, le quitó todas las amigas. Las promesas de seguir vinculadas con las chicas del barrio cerrado –pronunciadas entre lágrimas– no se cumplieron. La conexión se perdió con la alteración de rutinas y la pérdida de la charla cotidiana y de esa cercanía que facilitaba cruzarse de una casa a la otra sin necesidad de caminar más de cincuenta o cien metros.
En Buenos Aires, Lourdes tenía una única amiga. Se llamaba Corina. Cori. Era su compañera de banco desde el primer día en el colegio secundario, un privado religioso donde los cursos seguían divididos. Varones por un lado, mujeres por otro.
La vida de Lula transcurrió aburrida, temerosa y oscura hasta que una tarde Cori le propuso un juego.
Capítulo 4

Ocurrió cuando las dos tenían 15 años. Más preci-samente, al final de la temporada de cumpleaños de 15, que las había dejado agotadas y asqueadas de ver cómo se repetían aquellos rituales espantosos.
Con variantes, todos los cumpleaños parecían una copia del anterior, pero recargados, con más artistas, mejor comida, mayor despliegue de música, luces y efectos especiales, mesas dulces desbordantes y cotillón de calidad creciente. Porque las chicas del colegio privado Gregorian, y sus familias, competían por ver quién daba la fiesta más memorable.
“¡Puaj!”, decían Lula y Corina mientras criticaban a los presentes, sin reparar en que ellas no desentonaban dentro del conjunto. No se vestían con harapos. Tenían vestidos, calzado y accesorios tanto o más caros que los de sus compañeras.
Sus personalidades eran complementarias y eso resultaba bueno para sobrevivir a la adolescencia. Cada una, sola, sentía que valía poco. En cambio, cuando se apoyaban como si la otra fuese una muleta, las dos explotaban. Se transformaban. Por momentos parecían chicas avasallantes.
Usaban ese poder para defenderse, para marcar territorio, para decir “hasta acá llegaste”, cuando alguna compañera se pasaba de la raya buscando pelea.
Lo que más anhelaban era pasar inadvertidas. Que nadie se fijara en ellas. Por eso su deporte favorito durante aquel año fue sentarse en un rincón en las celebraciones de 15 y criticar.
Coincidieron en que no querían fiestas para ellas. Se morían de miedo y vergüenza ante la idea de enfrentar, como protagonistas, la entrada triunfal en el salón, el baile, los discursos, el hecho de que las revolearan por el aire durante el carnaval carioca. Aborrecían ser el centro de atención.
El asunto fue que la temporada de cumples estaba terminando y las amigas tenían, como recuerdo, una cantidad de máscaras y antifaces sofisticados, con brillos dorados, plumas y piedras. Era el cotillón que se repartía entre las tandas de baile y ellas, por alguna razón, lo habían guardado. Los antifaces les permitían jugar a ser otras. Se los ponían para bailar, cantar, sacarse fotos, filmarse.
En determinado momento, Lourdes –amparada por la protección que le daba la máscara– comenzó a cantar de una manera inusitada, proyectando su voz, alcanzando graves y agudos que nunca, en las clases, había conseguido.
Cori quedó maravillada con la íntima, secreta y deslumbrante actuación que estaba entregando Lula. La emoción no la petrificó. Agarró el teléfono y empezó a grabar.
Cuando Lourdes terminó, Cori se le tiró encima, casi llorando. La aplaudió, la abrazó, la besó y le dijo:
—Tenemos que subir esto a Internet.
—¡Pará! ¡Mis viejos me matan si me ven cantando en YouTube! –reaccionó Lourdes.
—No tienen por qué enterarse –se justificó Cori y le mostró la filmación–. Fijate, nadie te reconoce.
—¡Yo me reconozco! Y ellos, con lo paranoicos que son, también se van a dar cuenta. Alguien les va a avisar. No quiero.
—Pero…
—¡Pero no, Cori, entendelo! Mis viejos me rompen con que no suba información personal, ni fotos que muestren dónde estoy, a dónde voy, dónde queda mi casa, cuál es mi colegio, nada. No me dejan hacer nada.
—Ese es el problema, amiga.
—Bueno, ya sabés cómo son las cosas. Además, ¿por qué subiría un video?
—Porque cantaste como los dioses, Lula.
—¿En serio? ¿Para tanto?
—¿No te diste cuenta? Estás a la altura de Ariana Grande. ¿Sos sorda?
—A ver…
Recién entonces, Lourdes accedió a ver y escuchar el video y quedó impactada. Igual, trató de justificarse:
—En el celular cualquier cosa suena bien. Zafa. Habría que ver en un buen equipo.
Corina hizo las conexiones y en cuestión de segundos la voz de Lula salió por unos parlantes de excelente calidad que tenía en su cuarto. Estaban en la casa de Cori.
—¡Uau! –exclamó Lula frente a la evidencia; unos segundos después, prosiguió–. Igual, ¿para qué lo subiría? No quiero hacerme famosa. Tengo pánico cuando doy un examen oral. Imaginate si canto frente a un público. Imposible. No podría cantar ni en un cantobar, un karaoke, nada.
—El antifaz te cubre y te da coraje. Esta no es tu voz normal. Es distinta, es superior. Nadie va a asociarla con vos. ¡Hacelo para divertirte!
—No me gusta hacer cosas porque sí.
—Okey –admitió Corina–. Hacelo para tener un secreto. Algo tuyo. Algo que nadie pueda quitarte. Vas a darle al mundo algo único, maravilloso. Tu arte. Y el mundo va a devolverte la mejor onda.
—No sé…
—Con el antifaz sos otra. Te convertís en una Lula mejor. Sin límites. Sin inhibiciones. Es la fantasía de todos. Tener otra personalidad. Un doble. Un otro yo. Vos podés concretarla y ¿no querés?
—Dejámelo pensar.