Kitabı oku: «Zombicienta»



Para todos los niños con los que he tenido
el placer de trabajar a lo largo de los años,
que estaban hambrientos de unos cuantos
cuentos horripilantes.
—J.C.
Para Sam, el novio zombi, y Katsu, el gato vampiro.
—F.H.



PRÓLOGO
El Bibliotecario

Hola, soy el Bibliotecario.
¡Yo solía creer en las cosas bonitas!
Cosas exquisitas.
Cuentos de hadas y mariposas
que no eran rabiosas.
Comencé a trabajar en la biblioteca entonces.
En la sección de referencia.
Donde sólo los adultos tienen presencia,
donde hay libros torcidos,
libros comprometidos,
libros prohibidos.

Pasaba mis días sellando libros,
archivando libros,
leyendo… libros.
En la parte posterior de la biblioteca,
encontré una sección secreta,
cubierta de fino polvo como nieve espesa.
Una sección llena de libros ajados,
libros no repasados,
libros no hojeados,
libros no amados.

¿Sabes que cuando dejas fruta en un frutero,
fruta no consumida, se echa a perder?
El moho en su piel comienza a florecer,
se vuelve su carne blanda y marrón,
las moscas ponen huevos, se retuercen los gusanos,
la atraviesan olores insanos…
¡Lo mismo sucede con los libros!
Lo mismo les había pasado a estos libros.
Estos libros, estos Cuentos de Hadas,
se habían estropeado.
Sus portadas estaban hinchadas, el cuero agrietado.
Sus lomos, doblados y arrugados.
Sus portadas, tensas contra las cadenas
que las contenían apenas.
Un candado, con el óxido anaranjado,
con el rostro abierto y gruñón de un demonio
atormentado,
cuya aterradora boca formaba su cerrojo,
mantenía los libros cerrados con arrojo.
Yo tenía la llave,
esta llave.

La deslicé en la boca del demonio candado. 
Masticó la llave.
Fue difícil girar la llave,
que gemía y crujía,
herrería contra herrería.
La giré con todas mis fuerzas
hasta que la cerradura se abrió de golpe.
Luché contra las cadenas para liberar los libros,
eché un vistazo a sus títulos, y esto es lo que encontré…
Ricitos de oro y los tres osos
había cambiado su título a…
Ricitos de la abuela.

El patito feo había cambiado su título a…
El patito monstruoso.

Jack y las habichuelas mágicas se había convertido en…
Jack y las habichuelas carnívoras.

Pedro y el lobo se había convertido en…
Pedro y el lobo que vomitó Pedro.

La bella durmiente se había convertido en…
La bella espeluznante.

Y Cenicienta se había convertido en…


Saqué a Zombicienta del estante.
Sus páginas olían a humedad.
Este libro no había sido leído
desde hacía mucho tiempo atrás…
¡estaba muy echado a perder!
¡Ya había pasado su fecha de caducidad!
En la historia encontré todo tipo de cambios
horribles, desagradables, repugnantes y malvados…
Comencé a leer y, mientras leía,
yo mismo comencé a cambiar.
Ya no era sólo un bibliotecario de libros normales,
era El Bibliotecario de las historias decrépitas,
las leyendas andrajosas,
las parábolas pútridas.
Yo era El Bibliotecario de los Cuentos de Hadas…



CAPÍTULO UNO
La excavación de una tumba
Era en los días más apagados,
con los cielos más encapotados,
cuando más extrañaba a su padre Cenicienta.
Lo habían enterrado en la parte trasera.
Bajo una lápida gris pedernal
en los campos donde Letargo corría,
donde las ortigas y los zarzales
a las amapolas daban paso.
Había visitado su sepultura
cada vez que oportunidad tenía.
Letargo, su fiel montura,
la acariciaba con el hocico
mientras caminaba a su costado.
Su único amigo.
Su única familia.
Montaba a Letargo sobre los grises campos,
de las tierras de su padre
los últimos saldos,
con vestidos de harapos heredados,
se sentía liberada.
Aferrada a la encanecida crin 
avanzaban sobre el rastrojo
de los cultivos desamparados.
Letargo no era tan raudo
como alguna vez había sido.
Era más su galope
un dolorido trote
que veloz recorrido,
¡más renguear
que acelerar!
Los huesos
de su alguna vez musculoso lomo
en Cenicienta se encajaban con dolo,
pero ella necesitaba montarlo
una
última
vez.
Desde los límites del campo
ella podía ver el sinuoso
y polvoso camino que conducía
a Villasombría.
Un encantador pueblo
mucho tiempo atrás
que ahora se asentaba enconado…
olvidado.

Mientras acariciaba de Letargo su gris pelaje,
notó cómo su aliento
salía en bocanadas largas y marchitas,
cómo se sacudían sus costillas,
cómo sus piernas antes fuertes se estremecían.
“¡Está bien, Letargo, descansaremos ahora!”
Letargo relinchó agradecido.
Aunque si hubiera podido
hasta la luna plateada por ella habría corrido.
Cuando emprendían el retorno
de Cenicienta la mirada
quedó enganchada,
conmocionada,
atraída
por la vieja mansión abandonada
en la cima
de la colina.
Una mansión con cinco torres,
extendidas como dedos
levantándose de una palma.
A un tiempo terrible
y hermosa.
A un tiempo agarre y puño.
¡Tocotoc tocotoc!
¡Tocotoc tocotoc!
¡Tocotoc tocotoc!
Los caballos
eran más grandes que cualquiera
que jamás hubiera visto Cenicienta.
Más negros que sus párpados
a la hora de las pesadillas.
Galopaban por el sinuoso camino
que a la mansión conducía
en lo alto de la colina.

Había tres
grupos de seis
cada caballo tirando
un carruaje diferente
a cualquier cosa que Cenicienta
hubiera antes visto.
Los carruajes
eran bajos
muy
bajos.
Le recordaban algo
que ella no podía precisar.
Y coloreaban un negro profundo
que se negaba a reflejar
del sol su ocaso.
Detrás del último carruaje
una voluta,
una nube
se fue elevando,
dirigiéndose hacia Cenicienta y Letargo
como un oscuro presagio.
Letargo intentó un relincho
que salió como un chirrido.

“Está bien, Lenti.”
La nube se acercó
como un enjambre
de murciélagos.
Cenicienta podía sentir
cómo su corazón comenzaba
a acelerarse.
Debajo de ella,
en los músculos de Letargo empezaba
una lenta contracción.
“Por favor, Lenti, sólo por mí, una vez más.
Mostrémosles el significado de la velocidad.”
Cenicienta hundió sus talones
en el huesudo costado de su caballo,
y de inmediato sintió una punzada de contrición.
Pero en él se agitó
un recuerdo,
una sombra
de su antiguo yo.
Y por el más breve de los instantes,
sintió de la juventud el pulso
zumbando en sus venas.
Al galope se alejaron,
y de murciélagos la nube
atrás dejaron.

“¡Epaaaaaaaa!”
exaltada gritó Cenicienta.
Pero en cuanto el grito dejó sus labios,
Letargo comenzó a bajar el paso,
a temblar
a tropezar
a parar.
