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Juan Carlos Pablo Ballesteros

EDUCACIÓN, FILOSOFÍA Y POLÍTICA EN LA ARGENTINA 1560-1960




Educación, filosofía y política en la Argentina 1560-1960

© Ballesteros, Juan Carlos Pablo, 2019

© Universidad Católica de Santa Fe, 2019

Ballesteros, Juan Carlos Pablo

Educación, filosofía y política en la Argentina / Juan Carlos Pablo Ballesteros. - 1a ed. - Santa Fe : Universidad Católica de Santa Fe, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-950-844-145-4

1. Educación. 2. Filosofía. 3. Política. I. Título.

CDD 306.0982

Echagüe 7151, Santa Fe (S3004JBS), República Argentina

Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin previa autorización por escrito.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Directora Editorial: María Graciela Mancini

Diseño y corrección: Mariel Mambretti


Índice

Introducción

Capítulo I

La filosofía, la política y los comienzos de la historia educacional argentina

La objetividad y la valoración de los hechos históricos

La periodización de Alberini de la historia del pensamiento argentino: precisiones y matices.

La herencia cultural: la situación de España en la filosofía y en las letras en los años del “poblamiento”.

La realidad americana

La situación jurídica de los nuevos territorios. El testamento de Isabel la Católica. La leyenda negra.

El trasplante de instituciones: el cabildo y el Derecho Indiano.

El siglo XVIII en España y América

Excursus: la masonería.

Capítulo II

La educación durante el período hispánico

La educación elemental: contenidos, agentes, el papel del cabildo.

Las misiones de guaraníes: educación elemental, enseñanza de las artes. Un intento de justificación filosófica: Peramás. La propiedad y el derecho natural.

Los estudios de Gramática

La Universidad de Córdoba en el período jesuítico: su origen, organización, orientación filosófica de sus estudios.

Expulsión de los jesuitas: las causas y sus consecuencias educacionales.

La Universidad de Córdoba en el período franciscano

Capítulo III

Los años del Iluminismo

El Real Colegio de San Carlos

El iluminismo pedagógico

Manuel Belgrano

Otros iluministas en el Río de la Plata: Fernández de Agüero. Lafinur. Rivadavia.

Juan Manuel Fernández de Agüero (1772-1840)

Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824)

Bernardino Rivadavia (1780-1845)

La Universidad de Buenos Aires

Una reacción contra el Iluminismo: Francisco de Paula Castañeda.

Capítulo IV

Los años decisivos: la educación y la nación

El Romanticismo. La generación de 1837.

Alberdi: educación y política.

La cultura durante los gobiernos de Rosas

El Colegio de Concepción del Uruguay

La Constitución de 1853-1860

Mitre, el hombre de Buenos Aires.

Sarmiento: sus ideas y acciones sobre educación.

Excursus: El liberalismo en la Argentina del siglo XIX.

Capítulo V

La educación y la concepción de un país moderno

El positivismo

La Escuela Normal de Paraná

La generación del 80

El Consejo Nacional de Educación y el Congreso Pedagógico de 1882.

Principales leyes educacionales

Modificaciones y proyectos de reforma de la enseñanza

Capítulo VI

La renovación pedagógica y el crecimiento del sistema educativo

La reacción antipositivista

Alejandro Korn

El pensamiento nacional de Saúl Taborda

Otras posturas no positivistas. Rodolfo Rivarola, Carlos Vergara, Ernesto Nelson, Alberto Rougès, Juan Mantovani.

La creación de universidades después de la Ley Nº 1.597

Universidad Nacional de La Plata

Universidad Nacional del Litoral

Universidad de Tucumán

Universidad Nacional de Cuyo

1900-1940: la preocupación por la identidad nacional.

Orientación patriótica de la enseñanza

La dependencia económica

Revisionismo y nacionalismo

Las nuevas tendencias pedagógicas

Una década de contrastes

Capítulo VII

Hegemonía y apertura de la educación

La Reforma Universitaria de 1918

Los Cursos de Cultura Católica

Educación y política en el período 1943-1955

El comienzo: la revolución de 1943

La primera presidencia justicialista

La segunda presidencia justicialista

El Decreto Nº 6.403 y el art. 28. La creación de las nuevas universidades privadas.

Bibliografía

Introducción

Este relato hace hincapié en la educación en la Argentina durante cuatro siglos, pero no se reduce solo a eso. El trabajo tiene la intención de seguir los acontecimientos y las ideas educativas en un contexto filosófico y político. Para ser comprendido, todo hecho histórico debe ser contextualizado, pero mi intención no es dar una explicación de la educación en nuestro país desde un contexto filosófico y político, sino más bien mostrar los acontecimientos, autores y obras que jalonaron la evolución del acontecer educativo en una encrucijada en la que intervienen estos tres aspectos de manera conjunta. Como demostraré en el transcurso del trabajo, la educación siguió siempre en nuestro país la influencia de las corrientes filosóficas del momento, aunque hay que destacar que esta influencia no fue uniforme y simultánea en todo el país. El Iluminismo, por ejemplo, tuvo preponderancia en su momento en Buenos Aires, mientras que en Salta o Entre Ríos no se tenía prácticamente noticia sobre su existencia. Desde luego, y para ser coherente con mi hipótesis, mientras que la educación en Buenos Aires modificaba su rumbo por influencia de las ideas iluministas, en Salta o Entre Ríos se continuaba educando de acuerdo con los principios tradicionales que el Iluminismo pretendía superar. Lo mismo cabe decir respecto a los acontecimientos políticos, ya que la educación ha sido siempre causa y resultado de los mismos. Pero, además, en nuestra historia la política partidista del momento influyó de un modo importante en las instituciones y organización de la educación para responder a esos proyectos políticos, con lo que muchas veces se desnaturalizó su finalidad, que no es primariamente servir a determinadas concepciones de organización política sino la perfección y el mejoramiento de la personalidad humana a través de las buenas costumbres que posibilitan una vida buena.

De modo que mi relato no es estructuralmente una historia de la educación argentina solamente, y mucho menos una historia de la Filosofía o de la política, sino la de los acontecimientos e ideas en los que los tres aspectos se manifiestan de manera interdependiente. No extrañe entonces que al tratar el período positivista, por ejemplo, ni se mencione a José Ingenieros, cuya formación filosófica era muy limitada, porque no tuvo incidencia en la educación de la época ni en la política, más allá de alguna cuestión anecdótica. Del mismo modo, apenas se menciona a José Manuel Estrada por su participación en el Congreso Pedagógico de 1882. Estrada no fue propiamente ni historiador ni filósofo, ni propuso teorías educativas que tuvieran alguna entidad. Fue un gran orador católico, que defendió los intereses de la Iglesia ante los acontecimientos de su momento. Y tampoco influyó a través de obras escritas relevantes, ya que lo poco que se publicó de su autoría no son obras concebidas con un propósito definido y unidad conceptual sino, simplemente, recopilaciones de apuntes y artículos menores.

El libro comienza con la época hispánica porque es parte inescindible de nuestra historia. Como escribió el pensador cordobés Saúl Taborda, para que 1810 fuera posible fueron necesarios los siglos anteriores. Esa época, con sus aspectos positivos y negativos, y por unos y otros, influyó de manera innegable en los acontecimientos posteriores, que no pueden ser comprendidos cabalmente sin su conocimiento.

Un trabajo de este tipo, que está concebido y dimensionado para una comprensión aceptable del lector actual, exige inevitablemente hacer una selección. Desde mi perspectiva, que prioriza una comprensión crítica de los acontecimientos antes que un mero recordatorio de nombres y fechas, es preferible que el lector deje para otro momento, si le interesa o considera necesario, informarse sobre Amadeo Jacques o Diego Thompson, pero que no quede sin los elementos necesarios para conocer y juzgar todo lo objetivamente posible sobre Sarmiento o Alberdi, sus ideas e influencias, así como el origen de la universidad de Córdoba, ya próxima a cumplir cuatro siglos de existencia, o la Reforma universitaria de 1918.

Al leer sobre estos acontecimientos el lector debe hacer un esfuerzo por adecuarse a los tiempos pasados, ya que no se los puede considerar con la perspectiva del presente. Algunos hechos que se justifican plenamente en su época, hoy pueden parecernos inaceptables. Es un error enorme mirar el pasado con ojos del presente. Así por ejemplo sucede cuando se habla de los llamados pueblos originarios cuando España realiza el poblamiento de estas tierras desde la perspectiva de los derechos humanos, que por entonces ni siquiera habían sido formulados como tales.

Los hechos históricos tienen una verdad metafísica que consiste, simplemente, en que ocurrieron como ocurrieron. Pero cuando son narrados por la historia, actividad que solamente es posible a partir de la escritura, no pueden separarse de la interpretación que hacemos de los mismos. Hannah Arendt tiene razón en Verdad y política cuando escribió que la historia es, ante todo, interpretación, hechos construidos de tal modo que se transforman en un relato desde una cierta perspectiva. Así, en nuestra historia no hay dudas sobre muchos hechos, hay solamente dudas sobre cuál es la interpretación más adecuada de los mismos.

Para que la historia sea “maestra de la vida”, como proponía Cicerón, los hechos pasados deben ser fecundos para comprender nuestro presente. Una buena síntesis de este concepto se reflejó en un cartel que mostraba un inmigrante africano en Londres hace unos años en medio de disturbios y protestas: “Nosotros estamos aquí porque ustedes estuvieron allá”. En nuestro caso los últimos doscientos años de nuestra realidad social y política están marcados por la mentalidad divisoria creada por los intelectuales de principios del siglo XIX. En la década de 1920 la Argentina era, en muchos aspectos, entre ellos el económico, uno de los países más importantes del mundo, con una prosperidad que parecía no tener límites. Realmente da pena ver la mediocridad y la poca significancia de nuestro país actual. ¿Qué pasó? ¿Cómo pudo degradarse un país que tenía riquezas naturales envidiables y una población medianamente culta, con un desarrollo científico en ciernes? Las causas son muchas, pero no fueron ajenas dos entre las más importantes: una clase alta irresponsable, que fruto de su instrucción anteponía el bienestar personal al bien común, y el enfrentamiento de parcialidades irreconciliables que se inició ya con el de Moreno con Saavedra, que representaban ideas que nunca buscaron la conciliación. Parafraseando a Lincoln, la Argentina es una casa dividida contra sí misma; una “sociedad de opositores”, según la expresión de Ernesto Sábato. Este trabajo intenta mostrar la evolución de las ideas e instituciones que tuvieron la responsabilidad de formar personas decentes y abiertas a la comprensión de ideas diferentes sin renunciar a las propias, salvo que reconocieran que aquellas eran más razonables. Lamentablemente, en general, fracasaron porque no hubo un diálogo filosófico verdadero sino seguimiento de modas que rechazaban a las anteriores y la influencia de posturas políticas que no siempre tuvieron por objeto el interés y la unidad nacional.

Capítulo I

La filosofía, la política y los comienzos de la historia educacional argentina

La objetividad y la valoración de los hechos históricos

La Historia es una ciencia y, como toda ciencia sus conocimientos, deben tener validez universal, para lo cual deben ser objetivos. Sin embargo, como suele ocurrir en las llamadas Ciencias Humanas (lo mismo suele ocurrir con las Ciencias Sociales), el que la enseña (e incluso el que la estudia) lo hace desde una perspectiva personal, interpretando los hechos desde sus propios principios o creencias. No obstante, es necesario hacer el mayor esfuerzo posible por lograr la objetividad, que se encuentra en la realidad misma del hecho histórico (que ocurrió como ocurrió, más allá de nuestras interpretaciones). En los hechos o acontecimientos, no en palabras o conceptos. La necesaria contextualización incluye el nuevo uso que, con el tiempo, tienen los términos que se refieren a hechos históricos, para comprenderlos en el significado que tenían para los usuarios de entonces, ya que las palabras cambian de sentido o significado según el uso que se les da a lo largo de la historia.

Hay varias formas de explicar qué es la Historia. A mí me parece mejor la hecha no por un historiador sino por un sobresaliente escritor clásico: don Miguel de Cervantes Saavedra: “Historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir.” Quijote, I, IX. Esta descripción brinda muchos elementos para comprender también “para qué sirve” la historia de la Educación Argentina. Ya Cicerón había escrito que la historia es “maestra de la vida”, no solamente porque nos explica cómo sucedieron las cosas sino, sobre todo, porque nos dice qué puede pasar en el futuro. Quienes tienen una interpretación determinista de la historia sostienen que a iguales causas iguales consecuencias. La historia tendría un sentido que los hombres no pueden modificar, por lo que una correcta lectura del presente nos indicaría inexorablemente qué pasará en el futuro. No acepto esta interpretación determinista. Pero la historia sí nos muestra que, cuando algo sucede muchas veces de la misma forma, es al menos probable que vuelva a suceder de modo parecido. Así, si en un país o lugar determinado se han realizado dos o tres reformas educativas con similar contenido y finalidad, y éstas han fracasado, la historia nos indica que es probable que, si volvemos a hacer lo mismo, obtendremos el mismo resultado.

Johan Huizinga escribió que la historia es la forma espiritual en que una cultura se rinde cuentas de su pasado. Pero esto debe hacerse sin ideologismos de facción, sin partidismos interesados y sin resentimientos que puedan perturbar el juicio libre del historiador. Solamente así se puede comprender el pasado y entender el presente, para prevenir el futuro.

Los juicios de valor son perfectamente lícitos en el juicio histórico (un personaje o un hecho determinado a uno le parece bien y a otro puede parecerle lo contrario). España pobló y gobernó América desde el sur de los actuales Estados Unidos hasta el extremo sur de la actual Argentina; a algunos esto le resultará bueno y a otros malo, pero la realidad (lo objetivo) es que este hecho efectivamente ocurrió. La conferencia de Juan C. Probst La instrucción primaria entre nosotros durante la época hispánica es muy ilustrativa sobre esto: se pueden valorar de distinta forma los hechos históricos, pero nunca deben ser tergiversados o negados.1 Escribe allí Probst: “La historia es investigación y reconstrucción del pasado. El historiador debe poner los datos sueltos que la investigación le ha proporcionado, en relación causal con la totalidad, para llegar así a un concepto claro y objetivo del conjunto. ¡Tarea difícil y hasta imposible de realizar en términos absolutos! Pues es evidente que la objetividad absoluta es, dada nuestra constitución orgánica, un postulado irrealizable, tanto en el terreno de la historia como en el de las demás ciencias. La objetividad tiene que ser siempre relativa, pero esto sí, nuestro saber debe corresponder a la realidad de los fenómenos hasta donde sea posible al espíritu humano con la ayuda de todos los recursos a su disposición.”2

La ciencia histórica, continúa Probst, ofrece dificultades particulares en este sentido. No nos hallamos desinteresados e insensibles frente a las actividades humanas que impulsan la historia. Subjetivamente otorgamos nuestra simpatía a las ideas y a los fines que consideramos más dignos de nuestro esfuerzo, damos nuestra preferencia a las tendencias y a las personas que los sostienen, a las épocas donde dominan y prosperan. “Contra este influjo de nuestra parcialidad subjetiva tenemos que ponernos constantemente en guardia, del mismo modo que el juez, por más simpatía que tenga por el acusado, no debe desechar o pasar por alto los indicios que lo condenan. Un historiador que no es capaz de superar esta unilateralidad, no merece el nombre de tal; no es un hombre de ciencia, sino un polemista”.3

Cuando formulamos juicios de valor que se basan en nuestras convicciones éticas, políticas, religiosas o sociales, y que arraigan hondamente en nuestra concepción del mundo, sostiene Probst, la objetividad es no sólo imposible, sino hasta inconveniente, pues quitaría a nuestra labor de reconstrucción del pasado la espontaneidad, el entusiasmo y la pasión que debe animar toda obra humana.

Si se formula, por ejemplo, un juicio de valor sobre una época de la historia, la divergencia de criterios es perfectamente aceptable y legítima. Un historiador puede sostener que el reinado de Carlos III fue funesto para España, porque las tendencias afrancesadas y masónicas que predominaron durante el mismo significaron una traición a la tradición hispánica. Otro, por el contrario, puede sostener que al absolutismo ilustrado de Carlos III y de sus ministros se debieron muchas iniciativas que abrieron a su postrado reino una nueva era de progreso. Ambos puntos de vista, concluye Probst, son perfectamente legítimos.

“Pero no merece el nombre de historiador quien generalizando algún dato suelto que favorece su tesis y pasando por alto, adrede, toda la documentación que la contradice, afirme ‘que durante la oscura noche de la época colonial, la instrucción estaba tan atrasada que puede decirse que era nula, que había miedo de saber, que nadie se acordaba de la escuela, que no había maestros’, y otros infundios por el estilo”.4 Esto había sido repetido por los que negaron la acción cultural de España en América. Tampoco lo merece el que sostenga que, con la expulsión de los jesuitas, “se extinguió toda luz cultural en la Colonia”. Esto lo había afirmado el padre Furlong en su conferencia. Las dos afirmaciones responden a concepciones contrarias sobre el mismo asunto, pero Probst tiene razón en restarles valor histórico, porque no son ciertas. No son solamente valoraciones.

Hay veces en que no es posible afirmar con certeza cómo aconteció un hecho histórico, pero existe la verdad del hecho mismo: que sucedió como sucedió, más allá de la posibilidad del historiador de demostrarlo. Los asesinatos en Katyn, durante la Segunda Guerra Mundial, son un buen ejemplo de esto. Allí fueron asesinados (ejecutados con un disparo en la nuca) miles de oficiales del ejército polaco, sacerdotes e intelectuales. Se presumía que el hecho había ocurrido antes de 1941, cuando la zona estaba en manos de la Unión Soviética. Cuando llegaron los alemanes al lugar, encontraron las fosas comunes con los cadáveres. Acusaron del genocidio a los soviéticos. Éstos lo negaron y dijeron que habían sido los alemanes. Concluida la Segunda Guerra Mundial los norteamericanos sostuvieron que los genocidas habían sido los soviéticos. Pocos les creyeron, ya que estaban en plena Guerra Fría con la Unión Soviética. Y no aportaron pruebas concluyentes. ¿Quiénes fueron los genocidas de Katyn? Durante décadas no se pudo saber. Pero el hecho existió y tenía la objetividad del hecho mismo: miles de oficiales e intelectuales polacos (veintidós mil) habían sido ejecutados de la misma manera, etc. Después de la caída de la Unión Soviética en 1991, Moscú abrió sus archivos y allí finalmente se encontraron las pruebas: habían sido los soviéticos, por orden de Stalin. Lo que todos los polacos sabían y callaron durante los largos años de dominio comunista finalmente pudo ser mostrado como una verdad histórica.5

La periodización de Alberini de la historia del pensamiento argentino: precisiones y matices.

Si, como es generalmente aceptado, la Historia comienza con la escritura, la historia del actual territorio de la República Argentina comienza con la llegada de los españoles, porque ninguno de los pueblos indígenas que lo habitaban antes de esta llegada tenía escritura. En ese sentido nuestra realidad es distinta a la del Perú o México.

Solís llega al Río de la Plata en 1516. Pedro de Mendoza en 1536. Ninguno de los dos fundó nada estable. En 1541 se funda Asunción y comienza, sin interrupciones, la ocupación de España de nuestro territorio. De modo que este trabajo abarca, en números redondos, desde 1550 a 1960. Un período tan extenso, para ser analizado, debe necesariamente dividirse en períodos menores. Al respecto escribió Jacques Le Goff: “Cortar el tiempo en períodos es necesario para la historia, ya sea que en un sentido general se entienda como estudio de la evolución de las sociedades o de un tipo particular de saber y enseñanza, o incluso como el simple paso del tiempo. Sin embargo, ese corte no es un simple hecho cronológico, sino que expresa también la idea de transición, de viraje e incluso de contradicción con respecto a la sociedad y a los valores del período precedente.”6 A la historia de la educación argentina, como a todo amplio período histórico, para su estudio hay que dividirla en períodos. Y como la educación y la cultura vigentes en un determinado lugar y en un determinado período dependen mayormente de las ideas predominantes en esa época, tomo como criterio de periodización la evolución de las ideas filosóficas en la Argentina.

Dos autores (entre otros) escribieron con bastante justeza sobre esta periodización: Alejandro Korn y Coriolano Alberini. Tomo la de este último porque me parece mejor. (Alberini distingue el período iluminista del romántico, distinción que en Korn no está clara). La periodización de Alberini se extiende hasta la reacción contra el positivismo, ya que el autor en 1943 sufrió un ataque cerebral que lo dejó hemipléjico a los cincuenta y siete años, de modo que su periodización no llega hasta el final de este relato. Murió en 1960. Coriolano Alberini (1886-1960) se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires en 1911, universidad de la que llegó a ser rector. En Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina,7 escribiendo sobre Alberdi, sostuvo que para determinar el ambiente intelectual en que se formó el pensador y escritor tucumano convenía dividir la historia del pensamiento argentino en los siguientes períodos: el primero, que denomina el de la escolástica colonial y cuya figura más interesante es para él el argentino Chorroarín; la segunda, el Aufklärung o Iluminismo, esto es, la “filosofía de las luces”, es la que preparó la Revolución Francesa y fue el pensamiento que profesaron, sin negaciones excesivas, algunos de los hombres de la emancipación nacional: Belgrano, Moreno, Rivadavia, etc. La última forma teórica del Iluminismo argentino fue la “ideología” de Fernández de Agüero, Lafinur y Alcorta. Cabría mencionar también a no pocos sacerdotes tocados por el espíritu del siglo XVIII, como Gregorio Funes. El tercer período señalado por Alberini es el Romanticismo, que comprende sobre todo a Echeverría, Alberdi, Juan María Gutiérrez, Mitre, Sarmiento, etc.; o sea, en su mayoría, hombres que preparan y realizan la organización institucional nacional. Luego, en cuarto lugar, analiza el positivismo, que surge alrededor de 1880 y, por último, la reacción contra el positivismo y la fundación de una cultura filosófica pura.

Los períodos mencionados por Alberini permiten hacer el siguiente esquema temporal: el primero, que denominaré período hispánico, comienza en 1541, año en que se funda Asunción, “madre de ciudades” y de la cual dependió por mucho tiempo el gobierno del actual territorio argentino y termina más o menos en 1790. Algunos autores establecen en el desarrollo filosófico años o momentos precisos, tomando obras o autores de indudable importancia para distinguir las nuevas ideas de las hasta entonces imperantes. Así hace por ejemplo Fernando Bahr, quien escribe con respecto a la Ilustración que “tras los pasos de Jean Deprun, estipulamos como fecha de inicio de “las Luces” el año 1682, año en el que Pierre Bayle publicó la primera edición de sus Pensamientos diversos sobre el cometa, y como fecha de cierre, el año 1784, cuando Kant publica su Respuesta a la pregunta ¿qué es la Ilustración?”8 Yo considero que los períodos históricos no tienen, por lo general, fechas exactas que los limiten, ya que la mayor parte de las veces se superponen durante un tiempo, mientras “mueren” las ideas viejas y “nacen” las nuevas. En nuestro país el Iluminismo se desarrolló entre 1790 y 1830; el Romanticismo entre 1830 y 1880; el positivismo entre 1870 y 1920 (aunque algunas de sus manifestaciones llegaron hasta 1970); el antipositivismo o espiritualismo, que Alberini sostiene que da lugar a la “fundación de una cultura filosófica pura” (Alberini era antipositivista) desde 1900 hasta 1950.

Sobre esta periodización de Alberini haré algunas precisiones. Con respecto a la denominación del primer período, hay que hacer una observación importante. Alberini lo denomina el de la “Escolástica colonial”. La palabra escolástica puede llevar a confusiones. Es bastante común sostener que el escolasticismo fue un período de la Edad Media en el que predominó el pensamiento de Aristóteles. Esto, filosóficamente, no es totalmente correcto. La escolástica (del latín schola: lugar donde se enseña) toma su nombre del nacimiento de los centros de enseñanza de la cultura superior, que luego originaron las primeras Universidades. En este período, que en Europa se desarrolló entre el siglo IX y el siglo XIV, si bien en el mismo comenzó a predominar la filosofía aristotélica (desde el siglo X), no excluyó otras escuelas filosóficas, como el platonismo, el agustinismo, el estoicismo, etc. La figura máxima de este período europeo es santo Tomás de Aquino, a quien erróneamente se considera sin más como un aristotélico, como si fuese un mero repetidor del pensamiento del filósofo macedonio, ya que entre sus fuentes, además de Aristóteles es muy fuerte la influencia de san Agustín, Cicerón, etc. En nuestro caso, en el primer período de Alberini, en la Universidad de Córdoba, si bien se enseñó el aristotelismo del filósofo jesuita español Francisco Suárez, también se enseñó la filosofía de otras corrientes, como la de Descartes y la de Newton.

Pero el otro término que denomina al primer período de Alberini es más importante aclararlo: es el de “colonial”. Existe una costumbre muy extendida en llamar así a este período en diversos ámbitos, como cuando hablamos (en nuestro territorio) de una “arquitectura” o “estilo” colonial. Esto es un error, porque, a diferencia de las posesiones inglesas de ultramar, que fueron efectivamente colonias, según la concepción estricta del término, los territorios americanos jurídicamente no fueron “colonias” de España, al punto de que quienes nacían en él gozaban de los mismos derechos que quienes lo hacían en Madrid o Salamanca. El historiador Ricardo Levene, en su obra Las Indias no eran colonias, escribe al respecto: “Se llama comúnmente el período colonial de la Historia Argentina a la época de la dominación española (dominación que es señorío o imperio que tiene sobre un territorio el que ejerce la soberanía), aceptándose y transmitiéndose por hábito aquella calificación de colonial, forma de caracterizar una etapa de nuestra historia, durante la cual estos dominios no fueron colonias o factorías, propiamente dichas.”9

Las leyes de la Recopilación de Indias nunca hablaban de colonias, sostiene Levene, y en diversas prescripciones se establece expresamente que son provincias, reinos, señoríos, repúblicas o territorios de islas y tierra firme incorporados a la Corona de Castilla y León. La primera de esas leyes es de 1519, dictada para la Isla Española, antes de cumplirse treinta años del descubrimiento, y la de 1520, de carácter general, es para todas las Islas e Indias descubiertas y por descubrir (Recopilación de Leyes de Indias, Libro III, Título I, Ley 1).

El principio de la incorporación de estas provincias implicaba el de la igualdad legal entre Castilla e Indias, amplio concepto que abarcaba la jerarquía y dignidad de sus instituciones. “Puesto que las Indias no eran colonias o factorías, sino Provincias, los Reyes se obligaron a mantenerlas unidas para su mayor perpetuidad y firmeza prohibiendo su enajenación y en virtud de los trabajos de descubridores y pobladores y sus descendientes, llamados ‘los beneméritos de Indias’, prometían y daban fe y palabra real de que para siempre jamás no serían enajenadas.”10 Poco más adelante explica Levene que la Academia Nacional de la Historia, en octubre de 1948, se expidió al respecto con estos términos: “respetando la libertad de opinión y de ideas históricas, sugiere a los autores de obras, de investigación, de síntesis o de textos de Historia de América y de la Argentina, quieran excusar la expresión ‘período colonial’ y sustituirla entre otras por la de ‘Período de dominación y civilización española’”.11

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
612 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9789508441454
Telif hakkı:
Bookwire
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