Kitabı oku: «Modo flash»

Índice de contenido
Modo flash
Portada
Prólogo a la colección
Introito: Pesca de dinosaurios por Luisa Valenzuela
Dedicatoria
FILTRO #AMORYODIO
FILTRO #FANTASY
FILTRO #NOIR
FILTRO #SINFILTRO
FILTRO #HABÍAUNAVEZ
FILTRO #RETRO
FILTRO #OLIMPO
FILTRO #FUTURO
Biografía
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
comentarios sobre la colección
#Breves:
En la búsqueda de icebergs
Sabemos que el cuento debe ser como una esfera, es decir, que desde los más extensos hasta los hiperbreves, postulan un universo cerrado en el que cada elemento mantiene una relación con el resto del texto. En cambio, la materia narrativa del microrrelato no se encierra en sí misma, sino que se abre a las múltiples interpretaciones de los lectores. Por esta razón muchos estudiosos del género postulan que, además de la extrema brevedad, la característica más destacada del microrrelato es la de narrar con el silencio. Pero ¿Qué quiere decir narrar con el silencio?
En los microrrelatos no es tan importante lo que se narra, sino lo ausente, lo que está implícito. Imaginá un iceberg: en estos enormes témpanos de hielo hay una sección que sobresale de la superficie del océano y la otra parte, la más extensa, es la que se encuentra sumergida. Así, lo que está escrito es solo la punta del iceberg y nosotros como lectores, debemos sumergirnos en las profundidades de los silencios, para descubrir todo lo que el texto quiere decirnos.
microprólogo
Introito
Pesca de dinosaurios
¿Puede el pez chico comerse al grande? ¿Puede el más joven y más restringido de los géneros fagocitar –mejor aún encapsular– a los más altisonantes, clásicos y opulentos de ellos?
Puede. Siempre que la pluma la esgrima alguien llamado Juan Manuel Montes, pescador de aciertos y sutilezas.
Digo pluma y digo pescador y asocio con la idea de la pesca con mosca. Al voleo, puede decirse así si bien se necesita gran arte. En tal caso el anzuelo, ese elemento al final de la línea, no es insecto alguno sino un gancho emplumado. Y bello. Como los que Juan Manuel lanza con profundo conocimiento, sabiduría y la dosis absolutamente necesaria de precisión para pescar, en el caudalosísimo río del lenguaje, la trucha de un hallazgo.
¡Y cuántas variedades de truchas pesca Juan Manuel! De peces deslumbrantes, muchos más que los que abundan en los río torrentosos de su Mendoza querida.
Con paciencia y dedicación gira la manivela de su carrete y extrae ejemplares de exquisita brevedad, renovada frescura y ecos de las profundidades ancestrales.
Al contemplar su destreza, el lector también termina atrapado en sus redes. Se pierde en historias dulces, picantes, ácidas, agrias. Al recorrerlas, redescubre los modos narrativos porque las especies reunidas en este libro se presentan en variedad de ingeniosos cardúmenes, deslizándose con gracia y naturalidad a través de sus páginas. Su brillo permite vislumbrar también el carácter lúdico de toda pesca deportiva. En este nuevo hábitat, ciertamente, el pez no muere por la boca. Juan Manuel devuelve sus creaciones al río, enriqueciendo para siempre sus aguas.
Embarcarse junto a él en esta maravillosa aventura es realmente como pescar en río revuelto. ¡Sí que hay pique en su imaginación! Y a todos deja con ganas de volver a morder el anzuelo.
Luisa Valenzuela
Para Greta,
Natalia,
mi familia
y para los grandes amigos
del microrrelato.
A todos ellos les debo lo que soy.
“Del dinosaurio surgen las demás especies
del microrrelato.”

El beso
Hay un cuadro que se llama El beso, fue pintado por Gustav Klimt hace muchos años y la verdad no sabía muy bien qué me gustaba de ese cuadro, hasta hoy.
En el centro de la imagen hay un hombre, su cuerpo está formado por rectángulos negros y dorados. Con sus enormes manos sostiene delicadamente la cara encendida de una mujer. Ella está acurrucada en él como un canario florecido, mientras él le besa la mejilla, muy suave, como si soplara espuma.
Y la verdad es que nunca entendí por qué el cuadro tenía tanto dorado y tantos círculos y formas abstractas hasta hoy. Hoy me besaste, vos estabas arriba de un escalón y yo me sostuve de tu cuello. Te sentí cerca y lo entendí todo. Un aroma a primavera húmeda fueron tus labios. Abrí los ojos y tu cara estaba desenfocada, casi geométrica, y en tu contorno, el sol de la tarde iluminaba círculos de oro como luciérnagas radiantes con manchas de colores.
Y por un segundo el mundo se hizo un beso.

Sobre las últimas veces
Hubo una última vez que me trepé a un árbol. Que jugué a las escondidas. Que abracé a mi abuela antes de su ACV. Ahora creo que nuestros recuerdos más importantes son un conjunto de últimas veces.
Quizás por eso te sigo con la mirada mientras tu espalda se aleja. Hasta hace unos segundos estabas acá, al lado mío, pero te dije esa estupidez. Te paraste y te fuiste.
—Bueno, chau. Me voy.
Yo me quedé mirándote, algo adentro mío me gritó que me levantara, que no te dejara ir, pero me quedé sentado.
Seguía, en el mismo lugar, como una estatua cobarde, y vos ya te habías alejado totalmente.
El problema de una última vez, es que no nos damos cuenta hasta que es demasiado tarde.
Y sin pensarlo me levanté, corrí, corrí. Hasta que tu espalda fue como un amanecer.
—Perdón, perdoname –te grité sin aire.
Vos reíste, debo haberte parecido un loco. En ese momento me juré que haría todo lo posible por verte así, sonriendo, feliz. Siempre.

El llamado
La última vez que sonó el teléfono a las tres de la mañana fue hace muchos años. Llamaron para avisar que Julia, mi esposa, había muerto.
Ahora el teléfono está sonando y la perezosa de la enfermera aún no se levanta a contestar. Me desengancho de a poco el clip que tengo en el dedo y la máquina emite su alarma, pero no me importa. La enfermera sigue dormida, como si nada. Despacio, me saco el suero y la sonda de la nariz. Aún, a lo lejos, suena el teléfono y yo me bajo de la cama. Doy unos pasos torpes. Abro la puerta, continúo por el pasillo que mi vejez ha alargado, y ya en la cocina descuelgo el teléfono que deja de sonar al instante.
Desde el otro lado la voz de Julia me sorprende:
—Por fin, gordo, ya te estaba extrañando.

Rutina
Ella despertó, se ajustó la bata y en pantuflas caminó silenciosa hasta la bacha de la cocina. Él apareció veinte minutos después, afeitado y con el nudo de la corbata a medio hacer. Ella se secó las manos con el repasador y le acomodó la corbata. Se dieron un pequeño beso. Él se sirvió un poco de leche en su té y ella trajo dos tostadas en un plato. Hablaron de cómo habían dormido y de lo que harían durante el día. Luego, en la puerta de la casa, se despidieron con otro beso y él se hundió en la oscuridad del mundo que aún no amanecía. Antes de perderlo de vista, ella lo extrañó un poco, pero se volverían a ver a las diecinueve cuando ella regresara de su trabajo y él preparara la cena.
Mediante esta misma rutina ya habían transcurrido dos años o quizás setenta. Con el paso del tiempo, cada vez diferenciaban menos los días y, sin darse cuenta, la vida se les había convertido en una jornada liviana y perfecta.
Muy tarde o muy temprano, comprendieron que el amor puede ser eterno.

Síndrome de Estocolmo
En los primeros tiempos, ellos estaban siempre acá dentro, conmigo, cuidándome, pero ahora se van y yo paso mucho tiempo sola. Cuando vuelven, ellos me hablan del exterior, de todas esas cosas que he dejado de ver, que han desaparecido para mí, como cuando hablan entre ellos de fútbol, de tal o cual jugador, de equipos y de torneos con nombres impronunciables. Por último, y este es el peor tema, siempre discuten por dinero. Nunca es suficiente, nunca.
Yo, después de tanto tiempo, me he convertido en esta casa, en cada lisura de las sábanas y en el brillo de la loza. Ya no espero a nadie más, solo a ellos para que vengan con hambre; para que tengan la ropa lista; para que vean, sin notarlo, sus habitaciones impecables.
A pesar de todo yo los amo. Amo a mi esposo y a mis tres hijos.

Cuando golpea la nostalgia
Con su lengua de bisturí rebanó cada uno de mis argumentos y por último me dijo:
—¿No te das cuenta? –sollozaba mientras revolvía la olla–. Yo quiero estar con vos, pero siento que te da lo mismo y la verdad es que estoy cansada. Cansada de luchar, cansada de ser yo la que siempre empuja... una y otra vez... una y otra vez...
Y yo me dejé vencer por sus palabras. A la mañana siguiente ella agarró sus pocas cosas y se fue de mi vida. Hoy, cincuenta años de nostalgias más tarde, no sé muy bien por qué no luché por su amor. ¿Por qué no corrí a abrazarla? ¿Por qué no le restañé las lágrimas con un beso? En lugar de ello me aferré con uñas y dientes a mi papel de duro, de hombre al que no le afectaban sus llantos. Tardé años en darme cuenta de lo que me dolió perderla.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.