Kitabı oku: «Transiciones»
Transiciones
Juan Pablo Pulcinelli
Pulcinelli, Juan Pablo
Transiciones / Juan Pablo Pulcinelli. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-4116-71-0
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.
ISBN 978-987-4116-71-0
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Impreso en Argentina.
Nota del autor
Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro.
No, no es el ciclo de la vida. No son objetivos.
Son sueños y estos son los míos.
Tengo una familia hermosa, esposa y cinco hijos, y de pequeño tuve mi propio árbol, regalo de mi abuelo querido.
No soy escritor ni me gano la vida vendiendo libros. Soy vigilador privado (parafraseando, trabajo en seguridad) desde hace ya una década y, sin embargo, siempre me gustó expresarme a través de la escritura. En pequeños trozos de papel o en mi celular, siempre estoy escribiendo mis ideas.
Honestamente, no escribo para recordar, lo hago para que me recuerden. Siendo vigilador, no puedo dejar como legado más que la felicidad que les hago sentir a mis hijos, los juegos, los consejos; todo quedará en sus recuerdos. Serán recuerdos eternos si fui una gran persona o serán pasajeros si solo fui uno más en el mundo. No conforme con eso, busqué una y otra vez de qué manera dejar una huella. Mi propia huella. No pretendo que sea grande y no me asusta que sea pequeña. Tendrá una marca, una firma y será mía. Una historia, un personaje, una enseñanza, algo que quede durante años grabado en la memoria de aquellos que estén del otro lado del mundo. ¿Cómo un vigilador podría escribir un libro? ¿Cómo compararme con los grandes escritores de la industria?
Un día, me dije a mí mismo: «¿Por qué no? ¿Por qué no puedo escribir? ¿Por qué no puedo cumplir mi sueño?». Entonces, comencé a escribir. Día y noche, en mis tiempos libres, en el tren, el colectivo o donde fuera que se me ocurriese una idea. Poco a poco, fui creando la historia en mi mente, como una película. Luego, solo escribía lo que ocurría en ella. Comenzar cada capítulo, cada párrafo, eso fue lo más difícil. Pero una vez que comenzaba a escribir, ya no podía parar. El entusiasmo se alimentaba solo con cada avance, con cada página nueva.
¿Miedo? Por supuesto que sí. Mucho miedo, incluso ahora que escribo con mi libro ya terminado. Miedo y vergüenza, también. Vergüenza de lo que pueda llegar a pasar, de lo que puedan decir de mí y el ejemplo que le estaría dando a mis hijos. Miedo de fracasar y no poder soportarlo. Pero… ¿qué sería de la vida sin miedo? No estaríamos preparados para los peligros y los fracasos. Y ¿qué sería de la vida sin fracasos? Viviríamos en la mediocridad sin perfeccionarnos. Después de todo, ¿cómo sabremos de lo que somos capaces si nunca damos el primer paso?
Sin más, con mucho esfuerzo y el apoyo de mi familia, les presento Transiciones, una novela corta de suspenso psicológico.
Esta es una novela corta, narrada en forma disruptiva a partir de relatos del propio protagonista. Conoceremos la fecha exacta en la que tuvo lugar cada hecho, pero no su sucesión lineal. Siempre bajo la perspectiva del narrador y a su favor, ordenando sus recuerdos de manera inteligente para crear su versión de la historia y jugar con la mente del interlocutor y lector/a.
Querido lector/a, me veo en la obligación moral de aclarar que los hechos y personajes son ficticios. Todo lo relatado es producto de mi imaginación: la historia y los personajes. Para nada simpatizo con las ideologías aquí reflejadas, ya que solo corresponden a las de un personaje ficticio creado con el mero fin de entretener. Por otro lado, deseo expresar la intención de mi novela. Mostrar cómo, a mi entender, acontecimientos del pasado traen consecuencias a futuro y cómo se puede jugar con los deseos y las necesidades afectivas de las personas. Deseo demostrar con mi libro en su totalidad, no solo con mi novela, el poder de la escritura.
¿Qué es la escritura para mí? Considero que la escritura es una extensión de nuestro cuerpo. Tan importante como nuestros pies para caminar, nuestras manos para sujetar utensilios o nuestra lengua para hablar. Vital al momento de expresarnos, tan importante o más que el lenguaje oral, a pesar de tener la posibilidad de comunicarnos con medios tecnológicos, utilizando WhatsApp, por ejemplo, enviando audios. Pues, hasta la actualidad, todos sabemos que hay documentos más valiosos que un audio; documentos de identidad, actas de nacimiento, contratos, etc. En mis años como vigilador privado, hubo infinidad de ocasiones en donde tuve que llamar a mi supervisor para transmitirle las novedades y, sin importar el tiempo que durara la charla y la manera en que esta se desarrollaba, él siempre terminaba la conversación con la misma frase: «Anotalo en el libro».
Siempre fue más valioso lo que escribía que aquello que comunicaba con mi propia voz. Gracias a la escritura, pude transmitir felicidad cuando sentía tristeza y amor cuando sentía odio. En momentos en que las lágrimas ahogaban mis palabras, la escritura me sirvió para engañar y transmitir seguridad, me ayudó a defenderme con inteligencia y valor cuando me sentía asustado. La escritura es un poder enorme que uno tiene y hay que saber usarlo. Varias veces preferí escribir para enamorar: solo, sentado en una silla, comiendo una fruta o un caramelo, escribiendo de manera tal que en su mente se escuchaba la voz de su príncipe soñado y yo imaginaba que ella más me deseaba cuanto más me leía.
Agradezco a la literatura por brindarme ahora la posibilidad de llegar a ustedes y les agradezco desde lo más profundo de mi ser por leerme y tomarse unos minutos para conocerme a través de estas páginas.
J. P. Pulcinelli
Agradecimientos
Solo puedo agradecer a unos pocos, porque todo lo hice en silencio. Hablo de ese envión que se necesita para alcanzar los sueños. Pues yo no lo tuve. Porque fueron grandes propulsores como si de un transbordador se tratara. Elegí solo algunos, y ninguno se detuvo.
Gracias por ayudarme a llegar a lo más alto: María Angélica, Eduardo Pulcinelli, Evangelina Pogonza, Favio Núñez, Maximiliano Barrionuevo, Matías Bisciones, Gabriel Ponce, Lucas Bisciones y Juanita Gómez.
1
—Sr. Acevedo, al fin tengo el gusto de poder hablar con usted. Relájese, póngase cómodo. Estoy para escuchar.
—Me cuesta empezar, doctora. Las pesadillas son cada vez más frecuentes. La tristeza que siento ya no la soporto. Necesito hablar con alguien.
—Bien, comencemos por las pesadillas. ¿Quiere contarme? ¿Quiere contarme la última vez que tuvo esa «pesadilla», como usted le llama? ¿Qué fue lo que soñó?
26/03/2033
Puedo ver la sonrisa en cada una las personas presentes. Todos quieren verme hundido. Tratan de intimidarme. Tengo que estar tranquilo. Tengo que ser mejor que ellos, ser más fuerte. El juez va a dar su sentencia, pero antes quiero decir unas palabras. No quiero que esto se termine sin antes dejar un mensaje.
«¡Dios, no! Mi cabeza». Mis pulsaciones aumentan, se nubla mi visión. «Creí que esto no volvería a suceder. Tengo que tranquilizarme». Si no logro controlar mi ritmo cardíaco y mi respiración, mi mente dejará de estar aquí. Nuevamente, me perderé en los recuerdos. Ya no quiero esto. Los ruidos, todos hablan al mismo tiempo, eso no me ayuda. Intentaré hablar antes de perderme. Ya no quiero revivir el pasado.
—Sr. juez, antes de oír su sentencia, quiero hacer una declaración. Yo, aquí presente y ante todos ustedes, me declaro absolutamente culpable. Culpable ante la mirada y el criterio de la sociedad, inocente dentro de mi ética y mi lógica. Culpable por no seguir sus costumbres, su ideología, quizás. Inocente por haber escuchado mi corazón, por haber seguido mis instintos, por haber creído en el amor. Tranquilos, tranquilos.
«Por favor, hagan silencio». Suspiro y continúo.
—Déjenme terminar y no se alboroten. La palabra amor, que tanto revuelo ha de causar ahora, en mis tiempos (y también en el de muchos de ustedes) se solía decir frecuentemente. A veces con más intensidad que otras, pero el amor siempre existió y seguirá existiendo. Ante todos ustedes me considero un inadaptado, un hombre que se rehúsa a entender la convivencia social del siglo XXI. Amar en tiempos del patriarcado y el feminismo es difícil. Es incomprensible para ustedes. No puedo estar enamorado porque «los hombres no se enamoran, no sienten, son todos iguales, solo quieren sexo y apropiarse de los derechos de una joven; las mujeres jamás deberán enamorarse, no deben caer ante la mirada dulce y la presencia de un hombre». Todo se complica cuando para ustedes solo hay dos resultados para un hombre como yo. El primero y el más fácil es decirme «violento», «obsesionado», «loco». La segunda es callar y, si dijera lo que siento, pasaría a ser un hombre débil. Pues no voy a callar, pero tampoco me considero débil. Siempre con el respeto que le tengo y sin miedo, mi amor le confieso. Es verdad que hubo mensajes de texto, es verdad que hubo cartas. Sin daños ni ofensas, solo me declaro. No me arrepiento, aunque sea juzgado. Amar en estos tiempos es como tener una piedra en el zapato. Aquel hombre de traje en medio de una reunión sería incapaz de sacarse el zapato y quitar la piedra que tanto le molesta. Tiene miedo de ser señalado, de ser diferente a los demás. Sr. juez, yo soy aquel hombre de traje que, en medio de una reunión, sin miedo a los prejuicios, se quita el zapato o declara su amor.
»Me declaro culpable. Culpable de mensajes, llamadas y cartas, culpable también de lo sucedido la noche del sábado 15 de enero. Aún tengo en mi memoria sus ojos llenos de odio, de odio y miedo. Sus palabras hirientes y amenazantes. Todo estaba en juego. Ella dijo que mi vida cambiaría y yo sabía que así sería. Mi honor, mi hombría. Una mancha en mi vida que lo cambiaría todo. Sr. juez, yo no estoy loco. Mi vida era normal, como la de cualquier ciudadano. Jamás descuidé mis obligaciones, no sufrí depresión, tristeza ni odio por su rechazo, solo motivación por el amor que sentía. Palabras dulces, cartas de puño y letra llenas de pasión, de lágrimas y esperanza, esperanza que ahora se esfumó.
»Su mirada era intensa, tan intensa y penetrante como penetraba mi cuchillo en su garganta. No podía permitir que me dejara. No podía dejar que ella y todos me vieran como un loco obsesionado. ¿Por qué? Yo solo quería enamorarla. Tuve que tomar una decisión. En el fondo, ella quería (y creo que es lo que todas quieren) demostrar que todos los hombres somos iguales. Ustedes ganan. Quizás, al final, logré hacer algo por ella, algo para que ella sintiera. Quizás ahora esté agradecida, ella y todas. Quizás ahora me ame. Quizás ahora sí sea parte de esta sociedad.
Terminé de decir el discurso que quería. Todo fue en vano, nadie me escuchó, solo fingieron que lo hacían. Al instante de haber terminado de hablar, todos los presentes en la sala se levantaron de sus asientos y comenzaron a gritar. No puedo entender lo que dicen. Están poniéndome nervioso, es solo cuestión de tiempo. Siento un profundo dolor en mi cabeza, mi corazón quiere salir de mi pecho, no puedo respirar. El juez pide silencio y… uno, dos, tres.
Ya no los veo, ahora estoy solo. No pude evitarlo. Me pierdo y, una vez más, comienzo a viajar, viajo a través de los recuerdos. Recuerdos tan vivos que parecen repetirse. Luego, no puedo recordar nada.
«¿Cómo llegué hasta aquí?».
2
—Mencionó una fecha. Es la fecha de su esposa. ¿Es ella la mujer a la que hace referencia en sus sueños?
—No lo sé, doctora. No sé si es por ella. Hubo otras mujeres en mi vida.
—De acuerdo, no se preocupe. Y dígame: las cartas que usted menciona en el sueño, los mensajes ¿a qué se refieren exactamente?
—Es real, doctora. Las cartas, los mensajes. Tengo todo, ya no me quiero guardar nada.
29/10/2032
Algo había cambiado, ya no la sentía parte de mí, ya no la recordaba. Sabía que lo que alguna vez fue se había terminado. Varios días sin saber de ella, sin escribirle, al fin mi mente podía descansar. Pero no... Yo no quería. Por más insignificante que fuera el recuerdo que rondase por mi cabeza, en solo unos segundos mi mente volvía a crear ese mundo en el que me refugiaba cuando la tenía cerca. No lo entendía, ignoraba la realidad. Era una película que veía de principio a fin en mi cabeza, en solo unos segundos. Al finalizar, rebobinaba la cinta y la volvía a admirar con el mismo brillo en mis ojos, una y otra vez hasta el cansancio. Tenía que plasmarlo en algún lugar para que mis recuerdos vivieran eternamente también fuera de mí, así que agarré un lápiz y un papel, y empecé a escribir lo que sería la carta más sincera que jamás se haya escrito.
Una vez finalizada la carta, la guardé en un sobre y, tomando mucho coraje, le envíe un mensaje. Sabía que esa carta tan maravillosa no podía terminar en la basura, sería un desperdicio. Tampoco podía guardarla, no correspondía, solo ella podía tenerla en su poder. Recordando aquel mensaje que ella me había enviado tan solo tres semanas antes, esas palabras tan dulces (como yo lo imaginaba, claro), diciéndome lo bien que me había visto. Resaltando con signos y mayúsculas: «¡Yo te veo bien, te vi bien! ¡Y eso es lo importante!».
Es verdad que con tan solo un fósforo o una simple chispa se puede incendiar un bosque. Pues, con una sola frase, ella mantenía con vida la llama que alguna vez encendimos juntos. Una simple palabra podía traerme miles de recuerdos y hacerme perder en ellos. Para ella lo importante era que yo estuviera bien, aún le importaba. Sin más, tomé el celular y le escribí.
Yo _ 18:31
Hola, Emi. Escribí algo para vos y quiero dártelo. Trabajamos en el mismo lugar, así que en algún momento te cruzaré.
Emi _ 18:50
Hola, Juan. Me lo podés enviar por acá, si querés.
Yo _ 18:51
Lo escribí en papel, prefiero dártelo.
Emi 19:02
Trabajamos en el mismo lugar y quiero que esté todo bien. No te quiero lastimar.
Yo _ 19:04
No me lastimás, aun sin responder mis mensajes, no lo hacés.
Yo _ 19:06
Son mensajes sin respuestas. También lo que te escribí.
Yo _ 19:10
Solo lo hago porque quiero, me hace bien.
Yo _ 19:20
¡Espero que estés bien!
Si una chispa puede encender un bosque, entonces también una simple gota de lluvia puede apagarlo. Nuevamente, mi mundo se derrumbaba. Con solo dos palabras me dijo todo. La tristeza se apoderaba de mí y también lo hacían las preguntas. ¿Por qué pensaba en no querer lastimarme? ¿Acaso estaba al límite de hacerlo? ¿Por qué prefería que estuviera todo bien?, ¿acaso le estaba dando otra opción? ¿Le estaba dando motivos para que estuviera todo mal? Pues bien, yo no quería eso. Lo tomé como una advertencia y jamás le volví a escribir. Después de todo, ya no era parte de mí, ya no sentía nada, mi corazón ya no latía por ella como antes.
Creaba castillos como un niño jugando en la arena. Solo yo los veía. Tan ignorado era que con agua los desvanecía. Solitario y aburrido, nuevamente los construía.
La carta
Viernes 29/10
Emi:
Sé que parece anticuado, infantil o quizás hasta exagerado y actuado. Pero siempre me mostré tal cual soy. Soy así, me arriesgo a recibir burlas o, peor, a la indiferencia. Pero nunca me quedé callado y ahora hablo a través de una carta. Quizás sea este un último recurso, quizás sea una manera de desahogarme. Me pediste distancia y tiempo. Lo interpreté como un «adiós», un olvido. Te juro que intenté olvidarte, pero, por alguna razón sin explicación (como la pequeña lágrima que ahora recorre mi rostro), no lo logré. No solo no logro olvidarte físicamente, sino que tampoco puedo olvidar las sensaciones, el amor y la paz que sentía al tenerte cerca de mí. Esa energía no se olvida.
De más está decir lo hermosa que te ven mis ojos, lo mucho que te aprecio y admiro. Sos una mujer poderosa, inteligente, segura, decidida y fuerte. Sos una gran persona. ¡Única!
Fuiste mi sol asomándose en el horizonte, me diste luz cuando sentía que me apagaba. Soñaba con un mundo en el que amanecía a las dos de la madrugada, sin darme cuenta de que ya me encontraba en ese mundo.
Me llenaste de fotos de paisajes cuando lo único que buscaba era abrazarte. ¿Y qué ganaba yo con ver tus fotos de lagos y glaciares? En los momentos en que te tuve cerca, cuando tus ojos me miraban, yo me sumergía en un universo distinto en donde ya nada importaba. Y la foto más hermosa que me enviaste fue esa imagen maravillosa donde se veía tu sonrisa, vos sentada en la cama de la habitación; era lo único que necesitaba ver. Y aunque me gustó mucho esa foto porque la sentí muy dedicada, sé que quizás solo sea una más del montón y, a lo mejor, tampoco haya sido yo el único en recibirla. Sin embargo, no quiero saberlo. Prefiero pensar que todo lo que viví y sentí fue real y sincero.
Duró poco tiempo, lo sé. Pero ¿qué es el tiempo? ¿Y cuándo es importante? Si tan solo en unas horas o minutos podemos sentir la magia y la intensidad de años.
Ahora vuelvo a sentirme un pesado, un denso, pero no me equivocaba cuando te decía que, de los dos, yo iba a ser el que más sufriría. No me equivocaba cuando te decía que todo era un sueño y que, al despertar, te ibas a arrepentir. No me equivocaba tampoco cuando te decía que me ibas a ignorar y que no ibas a poder creer cómo fuiste capaz de estar conmigo. Eso me duele un poco y también me da tristeza. No sé cómo pude pensar que una mujer como vos se iba a fijar en alguien como yo. Adiós a mis sueños de tener una familia, de poder tener un hijo. ¿En qué estaba pensando? No debí involucrarte en mi fantasía.
Soy así. Soy un tonto... ¿Sabés?, una vez a la semana se me rompe un poquito más el corazón cuando veo que te retirás de la fábrica antes de que llegue yo. Soy un tonto, pero soy, quizás, el único tonto que se anima a decir «¡te amo!». Y de eso no me arrepiento, aunque ahora te estés riendo y mañana todos lo hagan también.
No tengas miedo de mí y no sientas vergüenza tampoco.
Esta es una carta sin respuesta, así que nada... Es todo lo que tengo para decir. Como siempre, deseo que seas feliz de la forma que sea. Si guardás o rompés la carta no quiero saberlo.
¡Te amo! Y fue muy lindo lo que me hiciste sentir en ese pequeño pero poderoso ratito.
Tu muñequito de torta
P. D.: Algo que sí sé del tiempo es que es traicionero. Puede hacer que en un solo segundo uno pase el mejor momento de su vida, pero también puede hacer que la vida pase en un segundo.
Viví, amá y nunca dejes de soñar.
3
07/10/2032
¿Qué es lo que tiene que pasar para que se dé por terminada una relación? Nada, supongo.
Cuando no sentís absolutamente nada, cuando la indiferencia te invade (obvio que no lo vas a notar en ese momento) es ahí cuando decís «se terminó».
Por un momento sentí un gran alivio al saber que ya se había terminado el sufrimiento. No hablo de un dolor físico, producto de un golpe, créame que de eso sí entiendo, esos dolores sanan fácilmente. Le voy a hablar de un profundo dolor en el pecho que con nada se compara y que solo una mujer le puede causar a un hombre. Habían pasado dos meses de la última vez que la había visto. La extrañaba. Era imposible no pensar en ella todos los días, a cada segundo. Mi corazón se desangraba por ella. El vacío en mí crecía cada vez más y más. Me dormía pensando en ella, soñaba y despertaba susurrando su nombre. Tenía su marca. Creía que jamás la podría olvidar.
Mi vida continuaba normalmente, así se veía, así lo demostraba, pero mi mente no. No podía ver mi futuro, no podía seguir adelante sin que sus recuerdos me invadieran. Ella siempre estaba presente, aunque yo no la viera. Y tenía la posibilidad de verla, propiamente dicho, una vez a la semana. Maldita diferencia horaria que me impedía cruzármela. Maldita diferencia. Yo trabajaba de tarde, ella de mañana. Yo, vigilador; ella, secretaria del presidente de la fábrica. Ella iba solo una vez a la semana, se había tomado dos meses de licencia por una fatiga crónica, cansancio acumulado y estrés laboral. Cuando se reincorporó, comenzó yendo solo los martes, pero se retiraba antes de que yo llegara. Pensé que lo hacía para evitarme y, de hecho, lo sigo sosteniendo.
En el amor, lo que más duele es lo que no te dicen, lo que no te demuestran, lo que no hacen. Algo que me tenía muy pendiente de Emi era no saber nada de ella. Es muy curioso, pero la mente de un hombre enamorado puede volar tan alto como las estrellas. Todos los días imaginaba una escena distinta de nuestro encuentro. El error que uno comete siempre es que no solo planea qué va a decir y cómo va a actuar, sino que también imagina lo que va a decir o hacer la otra persona y lo da todo por hecho. Un abrazo, un beso en la mejilla, esperaba demasiado.
Como todos los días, llegué al trabajo, me cambié y tomé la guardia. Las novedades eran siempre las mismas: dejaron un sobre para que pasen a retirar, faltan dos o tres llaves, entregaron una autorización para que ingrese tal persona y cosas así, nada emocionante. Esa misma mañana, al despertar, no imaginé que el día sería totalmente distinto, pero lo descubrí al tomar servicio. Algo había cambiado. Con solo mirar el libro de ingreso, supe que la jornada no iba a ser igual a las demás. Pues no figuraba su hora de salida y su firma en el renglón de ingresos aún estaba fresca. No hacía ni quince minutos que había ingresado.
Este era el día, nos íbamos a cruzar y era inevitable mi sonrisa de alegría. Pasaban los minutos y las horas, y aún no se retiraba. Sin embargo, yo no dejaba de mirar las cámaras para ver si se aproximaba. Imaginé doscientas formas diferentes de saludarla y otras tantas maneras distintas en que ella me abrazaría. Era el momento, se asomaba por los pasillos y bajaba las escaleras, estaba a solo unos segundos del encuentro. Desafortunadamente, no todo es como uno se lo imagina. Pues no pasó nada. Solo se escuchó un «hola» muy tímido de mi parte y otro muy fuerte y claro saliendo de su boca. Ella, muy segura de sí misma, me intimidaba. Sinceramente, no recuerdo si la miré a los ojos. Habían pasado dos meses desde la última vez que la había visto y cuando volví a tener la oportunidad de verla no supe aprovecharla. Quizás sí, no lo recuerdo. No puedo recordar si ella me miró, todo pasó en segundos. Solo entregó la llave de su sector y se retiró. Puedo recordar que me entregó las llaves en mano... es que ella actuó como si nunca nada hubiera ocurrido. El tonto fui yo. Lo bueno de todo esto es que ya no tenía que pasar día y noche pensando qué decirle y había entendido también que todo había terminado. En ese momento no sentí nada por ella, solo era una empleada más. Sin embargo, a los pocos minutos de su partida, tomé mi celular y le envíe un mensaje, solo para mostrarle que aún la recordaba.
Yo _ 19:30
¿Hola, cómo estás? ¡Te vi muy hermosa, Emi!
Yo _ 19:45
¿Te puedo preguntar algo?
Emi _ 19:48
¿Qué pasa? Todo bien, pero prefiero que quede acá. Me siento un poco incómoda.
Yo _ 19:50
Fua, solo te vi, me acordé de muchas cosas lindas y quise saber cómo estabas. Sigo siendo la misma persona que conociste. No me convertí en asesino serial. ¿Por qué te sentís incómoda?
Emi _ 19:55
Bueno, empezás diciendo así y no sé por dónde va a ir la conversación. Yo estoy bien, ¿y vos?
Yo _ 19:56
Bien, pero ahora me siento un pelotudo. Solo quería hablar un rato, te vi y me acordé de cosas lindas. Espero que estés bien. Chau.
Emi _ 20:00
Yo espero que vos estés bien. Te vi bien y eso es lo que importa. ¡Nos vemos!
Bueno, reconozco que no fueron los mejores mensajes que podría haberle enviado. O. K., también reconozco que tenía todos los motivos para sentirme un pelotudo.
Tal vez lo mejor habría sido que ese día hubiera sido el último. Tristemente, no lo fue.
4
13/08/2032
Faltando solo dos días para mis vacaciones, pensaba en una estrategia para una despedida digna de lo que se estaba convirtiendo en una historia llena de amor y locuras. No podía irme sin despedirme. Eran las seis de la tarde y ella aún se encontraba en la fábrica, así que esperaba ansioso en la puerta a que ella se retirara. Sabía muy bien lo que tenía que hacer, simplemente despedirme de ella con un simple «adiós». Pero, por supuesto, no lo hice. ¿Qué clase de hombre haría eso? No podía ignorar así, sin más, a una de las mujeres más hermosas del mundo. Sí, ¡del mundo! Todavía estaba encandilado por su encanto, enamorado, ciego. No podía dar por terminada una relación tan bonita. Corta, pero muy bonita. Si alguna vez ella sintió lo mismo que yo (y sé que así fue), no le iba a resultar tan fácil olvidarme. Sabía que también esperaba algo de mí. Aunque me había pedido distancia y tiempo, yo no podía aceptarlo. No podía dejar que otro llenara el espacio que estaba ocupando en ese momento. Tenía que mantener encendida la llama. Después de todo, aún veía ese brillo en sus ojos. Ella aún se sentía atraída por mí, así lo demostró en nuestro último encuentro.
Hay personas que le temen al cambio, a los finales y soy una de ellas. Si tuvimos en algún momento una relación tan apasionada y magnífica, ¿por qué darla por terminada? Quizás, por diferentes motivos, no podíamos llevar adelante el tipo de relación con el que alguna vez soñé, pero olvidarla y dejar de hablarle de un día a otro, jamás. Podíamos ser amigos, buenos compañeros; preguntarle cómo está, tomar un café y charlar.
Esperé a que saliera y fue ella quien, mirándome fijamente a los ojos, me dijo: —¿Estás bien? —En ese momento tuvimos una conversación demasiado corta. Yo estaba bien. El hecho de que ella me preguntara cómo estaba era algo que me llenaba de energía. Le expliqué que ese día sería el último, que después ya no la vería por dos semanas. A ella pareció no importarle y, simplemente, me respondió que me tomara ese tiempo para acomodar mis ideas. Me dijo que pensara en mí. Pero yo ya venía pensando en mí, en mi felicidad, estar con ella era lo que yo quería. Recuerdo también que me pidió, por favor, que no le escribiera, que no la llamara. Ella ya no quería tener más contacto conmigo. Eso me destrozaba, me dejaba confundido, por primera vez empezaba a entender que las cosas no eran como yo creía. Dejé que me ganara la rabia y actué de la peor manera. Muy enojado, la miré y le dije:
—¿Cómo podés ser tan fría? ¿De verdad no sentís nada? ¿A eso te dedicás, a cogerte al primer boludo que se te cruce y después fingir que no pasó nada? Ahora te cagás de risa de mí con tus compañeras y yo quedo como un tarado. Siempre fui muy sincero con vos.
Si se pudiera competir en cagar situaciones, pues creo que me llevaría el primer puesto. Ella solo hizo una pequeñísima mueca y se retiró. Así que no me quedó más remedio que escribirle un mensaje.
Yo _ 19:00
Emi, perdoname. No soy tan inteligente como vos. Hay cosas que todavía no entiendo. Cosas que no sé cómo manejar.
Emi _ 19:05
Está bien, no te preocupes. Por eso te digo que te tomes un tiempo vos también para pensar. Ahora estás muy confundido, pero está todo bien.
Yo _ 19:06
Pienso en mí. Me hace bien escribirte, por eso lo hago. Espero que estés bien y que sepas que, por cualquier cosa que necesites, siempre podés contar conmigo. Siempre es bueno hablar con alguien.
Emi _ 19:10
Gracias, ¡vos también!
Los últimos mensajes «decentes», patético. Si estuve bien o mal no lo sé. Solo puedo decir que después de eso pasé los días más raros de mi vida. ¿Cómo podría disfrutar de mis vacaciones? ¿Cómo podría distraerme o acomodar mis ideas? Ya no contaba con el apoyo de mi madre y mi esposa ya no era la misma. Todo lo que había soñado e imaginado con ella parecía no haber sido más que una absurda ilusión. Aun así, no podía sacarla de mi mente.
5
—Usted me dice que reconoce que la relación había llegado a su fin. Sin embargo, se rehusaba a olvidarla. ¿Qué lo motivaba a seguir tras ella?
—Jugaba conmigo, doctora. Me confundía. Lo que decían sus palabras no coincidía con lo que comunicaba su cuerpo. Puedo probarlo.
24/7/2032
Era mi oportunidad de arreglar lo que se rompió. Después de haberle insistido tanto, finalmente ella aceptó que nos podíamos volver a ver. Solo para charlar, sin besos ni caricias. Explicar todo, sacarnos las dudas, pedir perdón y continuar, ella como una dama y yo como un caballero. Sabía que le había hecho daño, la había decepcionado.
La esperaba con ansias. La soledad y los nervios me estaban matando. No pude aguantar y, con la impaciencia e intensidad que me caracterizan, le envié un mensaje a escondidas de mi esposa.
Yo _ 10:00
¡Hola, Emi! ¿Vas a ir a la fábrica?
Emi _ 10:15
Hola, Juan. Son las diez de la mañana, recién me despierto. ¿Vas a estar solo todo el día?
Yo _ 10:16
¡Sí! Los sábados no va nadie.
Emi _ 10:20
A las tres estoy ahí.
Yo _ 10:20
¡Buenísimo!
Tomo servicio en la fábrica a las dos de la tarde, no me quedó más remedio que esperar. Nunca creí que una hora podía resultar tan eterna. Recorrí la fábrica una y otra vez, caminé tanto que hasta conocí lugares en los que nunca había estado. Mi corazón latía al ritmo de los segundos y cada segundo era un estallido: pum... pum... pum... Me temblaban las manos, no dejaba de sudar y mi respiración era cada vez más dificultosa, inhalaba y exhalaba como si hubiese estado sumergido durante minutos bajo el agua. La ansiedad era algo que ya conocía, no fue la primera vez y solo ella la provocaba.
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