Kitabı oku: «Orden fálico»
Akal / Arte Contemporáneo / 23
Directora
Anna Maria Guasch
Juan Vicente Aliaga
Orden fálico
Androcentrismo y violencia de género en las prácticas artísticas del siglo XX

Diseño cubierta: Sergio Ramírez
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Nota a la edición digital:
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© Juan Vicente Aliaga, 2007
© Ediciones Akal, S. A., 2007
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
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ISBN: 978-84-460-3675-3
A Alberto, que cambió mi vida.
Agradecimientos
Este libro no habría sido posible sin el apoyo infatigable y el aliento de Anna Maria Guasch. A ella le debo la invitación a escribirlo, el entusiasmo puesto en el proyecto y el interés por mi trabajo.
Soy consciente de mis muchas deudas, que trataré de devolver de algún modo con esta publicación, y estoy seguro de que las reflexiones que pueda aportar se han nutrido del contacto intelectual con amigos y amigas. En Valencia, a José Miguel G. Cortés y a Jesús Martínez Oliva les agradezco que me hayan escuchado y me hayan ofrecido su consejo. A Carmen Navarrete su permanente puesta al día sobre cuestiones feministas. En Madrid me he beneficiado de las aportaciones de Javier Montes, y en París de las combativas proposiciones de Elisabeth Lebovici.
El título es un préstamo modificado a una sugerencia inicial de Vicente Molina Foix, a quien también doy las gracias.
Prefacio:
consideraciones previas sobre el feminismo y la dominación masculina
Una y otra vez voy notando en estos días cómo se transforma mi percepción de los hombres, la percepción que tenemos todas las mujeres en relación con los hombres. Nos dan pena, nos parecen tan pobres, tan débiles. El sexo debilucho. Una especie de decepción colectiva se está cuajando bajo la superficie entre las mujeres. El mundo nazi de glorificación del hombre fuerte, el mundo dominado por los hombres… se tambalea y con él se viene abajo también el mito «hombre». En las guerras de antaño, los hombres podían reclamar el privilegio exclusivo de matar y morir por la patria. En los tiempos actuales, las mujeres también participamos. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Cuando acabe esta guerra tendrá lugar, junto a muchas otras derrotas, también la derrota de los hombres en su masculinidad.
Anónima, Una mujer en Berlín
Todo el mundo es diferente.
Eve Kosofsky Sedgwick
Crecí con la violencia que ejercen las normas de género: un tío encarcelado a causa de un cuerpo anormal, privado de familia y de amigos/as, unos primos gays forzados a abandonar la casa de la familia a causa de su sexualidad real o fantasmada, mi aparatosa salida del armario a los 16 años.
Judith Butler
Comenzaré por el origen. Nace una criatura. El médico de turno y el equipo de enfermeras/os anuncia feliz: ¡es un niño! o ¡es una niña! A continuación retrocedo a unos meses antes: todavía no ha nacido el bebé pero, de conocer previamente los padres el sexo del niño, empezarían a generar distintas expectativas sobre la ropa que comprar y el color a elegir (¿azul, rosa, otro?), la decoración del cuarto y de la cuna, los juguetes a utilizar en el parque infantil. Y pronto comenzarían también a contestar preguntas de los familiares y vecinos cuyas respuestas serían diferentes en función del sexo del todavía nonato. Todo este conjunto de elementos referidos al espacio, a la indumentaria, al lenguaje constituye la trama preparatoria para la clasificación de la criatura en las reglas hegemónicas de género.
He iniciado este prefacio con una descripción de lo que podrían ser determinados comportamientos en el seno de la familia donde se producirá la primera socialización del niño o de la niña. Sin mencionarlo explícitamente he tomado ejemplos que hacen pensar en una familia occidental de clase media pero que con algunas significativas variantes, en función de los recursos económicos y de algunas creencias culturales y religiosas, son extrapolables a un buen número de situaciones semejantes. Además del marco familiar, que hoy en día ya no sólo está compuesto de la estructura tradicional, patriarcal y/o nuclear pues existe mayor diversidad de formaciones familiares (madres heterosexuales solteras, padres gays, madres lesbianas…), poco a poco van interviniendo otros agentes educativos o socializadores: uno de los principales es la escuela, y el contacto y roce que provoca entre niños y niñas y con el profesorado. Por supuesto, no puede orillarse en una sociedad ultramediática el impacto de los medios de comunicación (sobre todo la televisión) en la configuración de normas de género.
Si culturalmente se ha buscado una explicación biológica o genética a las denominadas diferencias de sexo y se pueden encontrar adalides de esta visión del mundo como la antropóloga Françoise Héritier, autora de Masculin/Féminin. La pensée de la différence (1996), no puede extrañar que un gran número de personas atribuyan diferentes roles o expectativas de comportamiento a los sujetos de acuerdo a la idea que se hacen de su sexo. De alguna manera este discurso de base determinista avala la separación de conductas y comportamientos considerados masculinos o femeninos, de ahí que se espere de una persona que se comporte «como hombre» o «como mujer». Sin embargo, es fácil comprobar que muchos individuos no responden a esas posibilidades de ocupar una posición de género que nada tiene de natural y que en realidad está construida social y culturalmente. Además, la posición de género varía y difiere según los grupos sociales y los contextos históricos.
Los defensores de la irreconciliable diferencia entre el orbe masculino y el femenino han elaborado dos grandes bloques en el que acoplan a todo el conjunto de niños y niñas, en una demarcación que hace caso omiso en realidad de la diversidad de cada sujeto respecto de otro, más allá del sexo en que haya sido clasificado. El esencialismo y el binarismo subyacentes a esta forma de razonar dicen sustentarse en diferencias anatómicas, biológicas, reproductivas y en ciertas capacidades cognitivas y conductuales. Y lo que es más, tratan de comprender la evolución de cada niño sobre la base de divisorias generalizadoras de sexo y de argumentos como los que voy a citar a continuación, que a la postre no sirven ni son aplicables a todo el colectivo de los niños o de las niñas: por ejemplo, se plantea que durante los primeros tres años de vida los niños se muestran siempre más activos que las niñas, y que la estimulación física es mayor. Hasta la edad límite de los 8 años se aduce que la maduración neurológica de las niñas es más rápida y que adquieren éstas mayor autonomía. También se ha afirmado en estudios morfológicos y fisiológicos que el control de esfínteres suele alcanzarse más tempranamente en las niñas. Este rimero de casuísticas está basado en datos estadísticos a partir de una asunción previa: lo que define a un niño o una niña descansa sobre la base de la existencia de un pene o de una vagina. El resto de órganos corporales no son determinantes en esta lógica binaria, separadora sobre la que se edificará el andamiaje de género. Y es conocido que en el caso de que la configuración genital no case con la estructura anatómica prefijada por convención en función del tamaño, de la forma, del formato, del desarrollo, el médico puede corregir o enderezar la geografía genital a partir de sus propios criterios y de sus presupuestos normativos. Todavía hoy muchas personas intersexuales sufren las consecuencias irreversibles de la intervención médica[1]. Una vez cartografiado y trazado el cuerpo, clasificado en el proceso de socialización y de conformación a lo establecido, que empieza de hecho antes del nacimiento, las varas de medir son claramente distintas. Presumir que cada persona nacida con una anatomía considerada femenina adopta una identidad de género femenina es una falacia. Lo mismo sucede en el caso de la anatomía masculina y la identidad de género masculina.
Comprender el género como una categoría histórica es aceptar que el género, entendido como una forma cultural de configurar el cuerpo, está abierto a su continua reforma, y que la «anatomía» y el «sexo» no existen sin un marco cultural (como el movimiento intersex ha demostrado claramente)[2].
Es ese marco cultural el que hace entendible que sea habitual que a los niños se les toleren más conductas agresivas y violentas sobre la creencia de que estos actos fortalecen la masculinidad. Desde una perspectiva crítica con la divisoria de género no hay duda de que los niños aprenden a serlo y a identificarse con su género, entre otras, a través de los comportamientos violentos. Sin embargo, en su evolución posterior no todos los niños responden de la manera esperada. Es fácilmente constatable la existencia de niñas de actitudes violentas. Con esto se da claramente a entender que hay múltiples respuestas ante estímulos forzados u obligados en la educación.
Los embates dialécticos generados por las distintas ramas del feminismo, y sobre todo las aportaciones de la teoría queer desde 1990 han puesto en tela de juicio la adscripción de la masculinidad al varón y la feminidad a la mujer como categorías e identidades fijas, más allá de la orientación sexual. Esta contribución de trasfondo revolucionario ha suscitado recelos, incluso críticas acerbas en los sectores que, amparándose en un rechazo a un supuesto igualitarismo neutralizante de los sexos, insisten en reivindicar las diferencias absolutas entre niños y niñas. Diferencias[3] que consideran intrínsecas e inherentes entre los sexos[4] y que se sustentan en fórmulas espurias, en embustes indemostrables y en prejuicios como la existencia de disimilitudes en la estructura del cerebro según el sexo. Que supuestamente fomentaría una mayor capacitación de las mujeres para la lengua y la literatura mientras que los hombres la tendrían para las matemáticas. Este tipo de apreciaciones no son inocentes; delatan una concepción del mundo que pivota en torno al determinismo genético, al que se añaden algunas gotas, en el mejor de los casos, de influencia y contaminación social. Por ejemplo, al decir que en lo que respecta a los niños, a partir de una tierna edad, comienzan a imitar las conductas de los adultos, de las personas que tienen a su alrededor. Con este argumento se pretende dar a entender que existen unos valores de género (masculinos y femeninos) genuinos, auténticos, que se perfeccionan del todo en la adultez y que los niños mediante el remedo y el modelado de comportamientos, gestos y actitudes, que son los principales medios de socialización y de formación de la identidad sexual, los repiten y a base de reiterarlos, se hacen hombres o mujeres. El fondo de las teorías de Judith Butler es de mayor enjundia. La autora de Bodies That Matter. On the discursive limits of «sex» (1993), asegura que el cuerpo funciona como una superficie donde se inscribe el género y que tanto éste como el sexo son construcciones inventadas que por tanto nada tienen que ver con una supuesta verdad natural. Butler refuta la idea de una esencia prelingüística interna y reivindica que los actos de género no son performed (actuados, llevados a cabo) por el sujeto sino que constituyen performativamente al sujeto, que es un efecto o consecuencia del discurso más que su causa. No existe un original de género que se copie o imite, sino que todo son copias. No parece apropiado hablar de ser mujer o ser hombre sino de hacer de mujer o hacer de hombre y así toda esta retahíla de fabricaciones puede ser parodiada, imitada, repetida.
La noción de parodia de género […] no supone que exista un original imitado por tales identidades paródicas. De hecho, la parodia es de la noción misma de un original; así como la noción psicoanalítica de identificación de género se constituye por la fantasía de una fantasía –la transfiguración de otro que siempre es ya una «figura» en ese doble sentido–, así la parodia de género revela que la identidad original sobre la que se modela el género es una imitación sin un origen[5].
Hemos regresado así al origen del que partía al inicio en el que los hipotéticos progenitores realizaban preparativos en función de lo que creen inherente a lo que debe ser un niño o una niña, según los requisitos de la normalidad heterocentrada. De ahí la dificultad de escapar de las constricciones sociales. En ese sentido conviene ser consciente de que la fantasía de una libertad absoluta en la actividad del individuo, de la persona, no es sino eso: fantasía. El sujeto, y valga la redundancia, está sujeto, preso en el lenguaje, en las leyes y normas sociales, vehiculadas mediante estrategias de poder, que son de orden fálico. Pero el sujeto, mediante la resistencia a las imposiciones y al dominio, es capaz de generar poder, parafraseando a Foucault, y por tanto cambios, transformaciones, otras formas de ver la vida.
Sobre estos cimientos teóricos trataré de edificar una interpretación del impacto, ora obvio, ora sutil, del androcentrismo en el arte, en las imágenes, en la cultura visual. Es preciso puntualizar que no me mueve la cultura de la queja, aunque sin duda del análisis de la huella del sexismo en la historia del arte del siglo XX, sobre todo en las representaciones que se han convertido en canónicas, podría extraerse la idea de que otras imágenes podían haber sido posibles, sin caer en estereotipos ni en lugares comunes. No se trata, por consiguiente, de contraproponer imágenes positivas, angelicales, frente a un séquito de pinturas, esculturas, fotografías, etc. preñadas de machismo y misoginia. Tampoco de reconcomerse en el victimismo. Como ha señalado la profesora Marsha Meskimmon[6], en tiempos recientes, el foco de los planteamientos feministas en el arte ya no está puesto en lo doméstico, ni en los confines de la feminidad, ni siquiera en la indignación por la falta de presencia de las mujeres en los órganos de decisión, aunque todos estos factores pesan sin duda en muchos países. Todo ello no define ya la crítica y el cuestionamiento del orden fálico y este cambio de enfoque se puede achacar, al menos en parte, a que la posición geopolítica de la mujer se ha modificado a lo largo de la centuria pasada y sigue haciéndolo en el siglo XXI.
El objetivo de este ensayo radica en la exploración del apabullante androcentrismo y de las distintas y variadas formas y caras que adquiere la violencia de género, y por ende la multiplicidad de prismas que se pueden adoptar para la representación de la violencia machista. No es mi intención estudiar el llamado «arte de mujeres» ni tampoco el «arte de hombres», categoría ésta no acuñada pero que podría haberlo sido por un simple prurito nivelador. A nadie se le escapa que tras esta improbable denominación subyacería una orgullosa pretensión de universalidad, totalmente innecesaria pues todo arte canónico que merezca ser llamado de ese modo es de índole masculinista y avasallador en su hegemonía. O mejor dicho, y puntualizo, lo ha sido. En ese sentido el enfoque que plantearé ha de estar trabado con la historicidad y con la contingencia, que permitirá observar que la práctica artística en lo que se refiere a las cuestiones de género que me ocupan está claramente entreverada con asuntos relativos a la cultura, a la raza, a la nacionalidad, a la clase; y todos ellos sirven de factores de mediación y de intersección con el andamiaje del género.
Dicho esto conviene tratar de definir qué entender por violencia y, de modo más específico, qué por violencia de género. La pertinencia de la definición obedece a que la omnipresencia de la violencia en distintas sociedades y contextos puede emborronar la comprensión de fenómenos que pueden ser de orden heteróclito, lo que requiere de un esfuerzo de interpretación. En esa línea parece imprescindible afinar la agudeza para hurgar en los componentes de la violencia y sus razones, si las hubiere, porque una elasticidad excesiva en la significación de los fenómenos violentos puede resultar decepcionante, ya que se corre el riesgo de vaciar el contenido al incluir en la denominación de violencia cualquier cosa evitable que impida la autorrealización humana[7]. Desde una perspectiva occidental contemporánea el único consenso posible en torno a la violencia viene dado por la constatación de que resulta una noción rechazable, inaceptable, aberrante para la convivencia pacífica. Conviene recordar que el término violencia (del latín violentia) puede acarrear algunos usos concretos, por ejemplo el ejercicio de la fuerza física contra alguien que se ve interferido brutalmente, profanado, ultrajado, atacado. Este es el significado antiguo de la palabra.
La violencia se entiende mejor cuando se define como la interferencia de un grupo o un individuo en el cuerpo de otro sin su consentimiento, de lo que se derivan una serie de efectos que pueden ir de un susto, un moratón o unos arañazos, un bulto o mal de cabeza hasta un hueso roto, un ataque al corazón, la pérdida de un miembro o incluso la muerte. La violencia, claro está, puede tomar también la forma de una agresión contra uno mismo (como el suicidio o la eutanasia «voluntaria») y puede ser intencionada, contra individuos o grupos, pero es siempre un acto relacional en el que la víctima, aunque sea involuntariamente, es tratada no como un sujeto cuya «alteridad» es reconocida y respetada, sino más bien como un simple objeto potencialmente merecedor de daño físico e incluso de destrucción[8].
En las distintas explicaciones teóricas que se han ofrecido sobre el origen de la violencia existen respuestas de todo tipo: desde la ontología ahistórica de Maquiavelo, que presupone que el hombre es esencialmente malo en cualquier época, a Montesquieu, que veía en su época la génesis de la violencia en el despotismo, o Marx, que culpaba al capitalismo de su aparición. Todas estas respuestas no aclaran sin embargo la raison d’être de la violencia de género. Según la Conferencia Mundial de la ONU sobre Derechos Humanos en 1993 y la Conferencia Mundial sobre la Mujer, realizada en Pekín en 1995, se establece que la violencia de género es la que pone en peligro los derechos fundamentales, la libertad individual y la integridad física de las mujeres. Y lo que es más, se especifica que «violencia contra la mujer» significa cualquier acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino, que tenga o pueda tener como resultado un daño físico, sexual o psicológico para la mujer, que incluye las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la privada. Abarca un conjunto significativo de actos:
a) La violencia física, sexual o psicológica que tenga lugar en la familia, incluyendo los malos tratos, el abuso sexual de niñas en el ámbito familiar, la violencia relacionada con la dote, la violación marital, la mutilación genital femenina y otras prácticas tradicionales dañinas para la mujer, los actos de violencia perpetrados por otros miembros de la familia y la violencia referida a la explotación.
b) La violencia física, sexual o psicológica que suceda dentro de la comunidad, que incluye la violación, el abuso sexual, el acoso y la intimidación sexual en el trabajo, en instituciones educacionales o en otros lugares de la comunidad, el tráfico sexual de las mujeres y la prostitución forzada.
c) La violencia física, sexual o psicológica perpetrada o tolerada por el Estado donde quiera que ésta ocurra[9].
El alcance de estas definiciones y sus implicaciones de tipo legal, penal, social comprende contextos y parámetros sociales, políticos y nacionales de nivel planetario harto disímiles. Parece preciso hacer esta salvedad pues las manifestaciones de violencia sexista no se producen siguiendo los mismos métodos y procedimientos, de acuerdo con la cultura, la religión y el peso de las ataduras históricas que se pueden dar en un país como Bangladesh respecto de otro como Suecia. En ese sentido, centrándome por un momento en la especificidad política del Estado español, desde la que escribo este ensayo, y teniendo en cuenta el debate suscitado por algunas tendencias o ramas feministas a raíz de la aprobación de la ley contra la violencia de género (28 de diciembre de 2004), importa dejar constancia de la existencia de distintas posiciones críticas y de las aristas y conflictos ideológicos que ha generado a partir de distintas concepciones del género. Para ello reproduzco el punto de vista de Empar Pineda, portavoz de la corriente Las otras feministas cuyo manifiesto «Un feminismo que también existe», publicado el 8 de marzo de 2006, recoge las divergencias de este sector respecto del feminismo oficial, mayoritario.
Aplaudimos la preocupación del Gobierno por legislar unas materias que hasta ahora pertenecían al ámbito privado. Lo que nos preocupa es la filosofía de estas leyes; sobreprotectora, como si necesitásemos una tutela por parte del Estado y, en el caso de la ley contra la violencia de género, como si las mujeres fueran víctimas, y punitiva, con la aplicación del código penal para la resolución de los problemas interpersonales hombre-mujer. Tendría que haber, en la mayor parte de los casos, otras formas de resolución. No queremos decir con esto que no haya conductas de varones que merezcan efectivamente la aplicación del código penal, lo que ocurre es que no somos partidarias de que se aplique sistemáticamente en todos los casos. Estamos acostumbradas a pensar en el caso extremo de la violencia machista, en los homicidios. Pero antes hay todo un camino previo donde habría que plantear soluciones y dotadas con recursos públicos. No somos partidarias de ese otro feminismo que aparece en exclusiva en los medios últimamente, no creemos que los hombres y las mujeres tengamos una naturaleza distinta blindada, sino que somos producto de unas circunstancias históricas, culturales, sociales... y podemos cambiar. Las mujeres lo hemos hecho gracias al movimiento feminista. Y creemos que los hombres también pueden hacerlo. No entendemos por qué no hay terapias para los maltratadores que aún no han cometido actos graves de violencia, por qué la ley no ha puesto en práctica recursos en materia educativa o social que aliviarían esas situaciones. Tampoco hay un fondo de garantía de pensiones para que una mujer maltratada no tenga que depender de su ex marido hasta que esté en condiciones de ganarse la vida. En cualquier caso, para las leyes aprobadas el Gobierno contó con esa otra parte del movimiento feminista que luego, curiosamente, se volvió en contra de algunas de las medidas que plantean. Quizá no sea casualidad que ahora, para la ley de igualdad, no ha contado con ese sector del movimiento. Puede que la experiencia no le haya agradado del todo[10].
Con esta inmersión, aun parcial, en la realidad política concreta de los debates acerca de una cuestión primordial en la España contemporánea, paso a adentrarme en distintos aspectos constitutivos de la violencia que ejercen las normas de género, a veces invisibles e imperceptibles pero no por ello menos constrictivas. Desde ahí, y con ese bagaje, dispondré de las herramientas adecuadas para sopesar su aplicación en las prácticas artísticas surgidas a lo largo del siglo XX. Dicho esto, conviene puntualizar que los discursos y representaciones artísticas a estudiar lo serán sin fijar separaciones estancas y estabuladas sobre el sujeto de producción (mujer, hombre, trans o ajeno a estas categorías). Parto del principio de que la relacionalidad y la diversidad son ejes clave que afectan a la creación artística, promovida por un sujeto al margen de la posición sexuada que ocupe, a sabiendas de que probablemente tuvo que lidiar con la existencia de planteamientos hegemónicos de orden fálico.
El principio androcéntrico rige nuestras sociedades. Las movilizaciones y la inmensa agitación de conciencias que ha producido el feminismo, en sus distintas ramas y organizaciones en el siglo XX, ha sido capital para transformar las ideas recibidas, sin embargo no ha conseguido derribar completamente las estructuras de opresión[11] asentadas en la divisoria de géneros y en la praxis de la desigualdad. Más difícil todavía supone bregar por erosionar la violencia simbólica, inserta en los códigos de género aplicados sutilmente para imponer la hegemonía patriarcal a través de estrategias fálicas.
Este ensayo no aspira a la exhaustividad, ni pretende aquilatar todo el saber y el conocimiento sobre la materia analizada –sería absurdo e irrealizable, amén de pretencioso– ni por ende recoge de forma completa todas las representaciones de la violencia de género, sea ésta física, psicológica o simbólica en la cultura visual y artística del siglo XX. Trata más bien de ubicar en la continuidad de una centuria la presencia, a menudo invisibilizada por la historiografía del arte (tanto la formalista como la estructuralista y otras corrientes), de manifestaciones e imágenes del maltrato y de la opresión de la mujer, que son por consiguiente signos ineludibles de la hegemonía masculinista. Pero también se abordan las resistencias combativas, directas o sinuosas a dicha hegemonía en la política y en el arte. Por ello, parecía imprescindible dotarse de un marco histórico cuyo amplio contexto temporal, el del siglo pasado, con todas sus turbulencias sociales, políticas y culturales, ponga en evidencia la continuidad y constancia tozuda de prácticas artísticas sexistas. Es decir de pinturas, esculturas, fotografías, etc. (Dix, Grosz, Picasso…) que imbuidas, en el espacio privilegiado de la representación, de mecanismos dominantes proclamadores de las marcas diferenciadoras de los géneros, hayan ido en detrimento de la mujer y de las minorías sexuales.
Dado que este estudio comprende un largo periodo histórico en el que han emergido variadas teorías sobre la modernidad, la vanguardia, las neovanguardias y la posmodernidad, en sus distintas arterias y derivaciones, parece a todas luces oportuno tener en cuenta los rasgos y características centrales de estas nociones manejadas por historiadores y críticos remisos a considerar la importancia transversal y estructural del género, y que prefieren ante todo abrazar una weltanschauung del arte acrítica, despolitizada y de raigambre machista.
El feminismo me ha servido de instrumental para adentrarme en la disección del sentido de las distintas representaciones de la violencia de género, a sabiendas de que determinadas visiones historiográficas lo desdeñan o son contrarias a aceptar la utilidad de estos dispositivos críticos y conceptuales. El modernismo en la historia del arte se caracteriza por su formalismo, su ahistoricismo, y también, en su lenguaje visual extremo, por su reverencia sin tacha hacia la vanguardia, y también por su admiración sin límites por la figura del artista individualista fraguado como héroe. El modernismo (asentado en las teorías de Clement Greenberg y Michael Fried y en sus numerosos epígonos) ha desplegado una concepción del arte entendido como expresión individual, orillando la necesaria reflexión social y la inserción en la colectividad. En un polo intelectual opuesto, el feminismo[12] aporta, entre muchas otras cosas, una vía epistemológica que sirve de freno al arte contemplativo, cuyos objetivos ensimismados buscaban defender valores universales a la par que transcendentes (con el pretexto de no caer en las realidades sociales prosaicas). Esta visión modernista del arte como materia autónoma, con su propio credo, inherente a la argamasa estética, desgajada de las circunstancias sociales de su producción y circulación, ha sido enormemente influyente. Y se ha expandido por cátedras universitarias, facultades de bellas artes, revistas y publicaciones, galerías, centros y museos, medios de comunicación, Internet, el mercado.
Antes de clavar el bisturí para hacer un corte en ese cuerpo inmenso de discursos, interpretaciones y miradas sobre las artes visuales en el siglo XX, parece perentorio dotarse de conocimientos y teorías que posibiliten desentrañar el funcionamiento del orden fálico. Recurriré para ello sobre todo a Pierre Bourdieu y a la citada ut supra Judith Butler, pero antes, por razones de cronología, quisiera exponer que no ha resultado tarea fácil concluir que la naturalización de las relaciones de género como esencias inamovibles impide el avance social y la igualdad de derechos. Las ideas de Gayle Rubin vierten luz al respecto. En 1975 publicó The Traffic in Women. En este texto la autora norteamericana detecta e identifica la existencia del sistema sexo/género, percibido como un factor estructural y universal. Huelga decir que Rubin no indaga en todas las culturas que en el mundo han sido y siguen siendo – habría supuesto un trabajo ímprobo e inabarcable– y que sus observaciones se centran particularmente en el ámbito occidental. Rubin expuso que los razonamientos que aportó la teoría marxista para explicar la opresión de la mujer no son convincentes, pues se focalizan en torno a la materia económica, a la explotación de clase. Sin duda esta explicación está revestida de valor, pero no ayuda a comprender por qué las mujeres de familias pudientes, incluso de recursos astronómicos, también pueden estar discriminadas. Asimismo, Rubin no descuida a Freud, al que disecciona en pos de una teorización plausible sobre la construcción del sujeto; y llega a la conclusión de que las normas de género que separan a hombres y mujeres en dos polos antitéticos se han naturalizado de tal modo que resultan de ardua identificación. Una de sus aportaciones más valiosas, teniendo en cuenta la temprana fecha, consiste en señalar que en cada sociedad se pone en marcha un sistema, un mecanismo específico que convierte el sexo en género. Rubin no utiliza la denominación de estrategia en el sentido foucaultiano ni echa toda la responsabilidad de la estructura de género en el pozo sin fondo del patriarcado, aunque por descontado este régimen opresivo ha contribuido sobremanera al mantenimiento de las normas de género. Por otro lado, y pionera también en este aspecto, Rubin sostuvo que el sistema que fija la dualidad sexo/género por la cual a un sexo anatómico le corresponde un género marcado y etiquetado, no hace sino alimentar y producir la supremacía de la heterosexualidad. La autora no llega sin embargo a desarrollar y teorizar el concepto de heterosexismo que propondría después Adrienne Rich en Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existence (1980), es decir, el sinfín de discursos que excluyen cualquier orientación sexual que no sea la heterosexual, devaluando entre otros el lesbianismo. Unos años más tarde, en 1984, Rubin publica su Thinking Sex[13], un texto que da fe de que su evolución es notable y en el que sale al paso de las tentativas censoras de un sector del feminismo norteamericano, capitaneado por Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, que pretendieron prohibir la pornografía en aras de que ésta perpetuaba la subordinación de las mujeres. Tras el periodo transcurrido desde The Traffic in Women, Rubin asume las formulaciones de Michel Foucault manifestadas en su Historia de la sexualidad, donde estudia la relación entre el deseo y las específicas prácticas sociales de acuerdo al contexto histórico de que se trate. Gayle Rubin no llega en su reflexión tan lejos como lo hará Judith Butler en 1990 al proponer que no sólo el género es un constructo social sino que también lo es el sexo, un concepto igualmente inventado. Rubin enfatizaba que, sin negar la relación entre género y sexualidad, estas categorías se configuran normativamente como esferas diferenciadas, sin embargo, pensaba que a un género determinado no tiene por que aplicársele una sexualidad prefijada, como la realidad demuestra y se puede comprobar en la praxis si se carece de anteojeras.