Kitabı oku: «La noche del dragón»

Yazı tipi:


Para Tashya, Nick y Misa-sensei,

Arigatou gozaimasu



1

LLAMADO A JIGOKU

Hace mil años

En sus largos años de existencia, la cantidad de veces que había sido invocado desde Jigoku1 se podía contar con una sola garra.

Otros señores demonio habían sido convocados antes. Yaburama. Akumu. Los señores oni eran demasiado poderosos para que un mago de sangre con iniciativa no hubiera intentado hacer un contrato con ellos, aunque tales rituales a menudo terminaban mal para el arrogante humano que pensaba que podría esclavizar a alguno de los señores oni. Los cuatro eran, sin duda, un grupo orgulloso, y no se mostraban amables con un insignificante mortal que intentara doblegarlos a su voluntad. Le seguían la corriente al mago de sangre el tiempo suficiente para escuchar lo que el humano estaba ofreciendo y, si no les interesaba, o si el mago intentaba estúpidamente dominarlos, lo destrozaban y hacían lo que querían en el reino mortal hasta que eran enviados de regreso a Jigoku.

Hakaimono se divertía cada vez que un mortal intentaba invocarlo. Sobre todo, en ese preciso momento en que lo veían por primera vez y entendían lo que habían hecho.

Con los ojos entrecerrados, observó a su alrededor a través del humo, sin prestar atención a esa breve sensación de vértigo que lo acompañaba cada vez que era arrastrado al reino de los mortales desde Jigoku. Un gruñido de fastidio asesino retumbó en su garganta. Ya antes, no estaba del mejor humor. Akumu había estado conspirando de nuevo, tratando de debilitar las fuerzas de Hakaimono a sus espaldas, y se encontraba en camino para enfrentar al artero tercer general cuando el fuego negro estalló sobre su piel y las palabras de magia de sangre resonaron en su cabeza. Y entonces se encontró, de manera abrupta, en el reino de los mortales. Ahora estaba parado en el centro de una construcción en ruinas, rodeado por paredes derruidas y pilares destrozados. El olor a muerte hacía que el aire se sintiera espeso. Contempló la posibilidad de apretar la cabeza del mago responsable hasta hacerla estallar entre sus garras como un huevo.

Las piedras bajo sus pies estaban pegajosas y tenían ese olor dulce y cobrizo que reconoció al instante. Las líneas de sangre estaban pintadas en el suelo, donde formaban un círculo familiar, con palabras y signos de poder entretejidos en un complejo patrón. Un círculo de invocación. Uno poderoso. Quienquiera que fuera el mago de sangre, había hecho un trabajo esmerado. Eso no lo salvaría al final, de cualquier manera.

—Hakaimono.

El Primer Oni miró hacia abajo. Una mujer estaba parada al borde del círculo de sangre. Vestía túnicas negras y su largo cabello parecía fundirse en las sombras. Sostenía un cuchillo en sus delgados dedos. Su pálido brazo estaba cubierto de rojo hasta el codo.

El demonio soltó una risita.

—Bueno, esto me hace sentir tan importante —dijo, agachándose para ver mejor a la mujer. Ella le devolvió la mirada con frialdad—. Invocado por la sombra inmortal en persona. Qué interesante —levantó una garra y observó a la humana por encima de sus zarpas negras y curvas, del largo del brazo de ella—. Si arrancas la cabeza de un inmortal, ¿crees que morirá?

—No me matarás, Primer Oni —la voz de la mujer no sonaba divertida, pero tampoco asustada, aunque la certeza en ella lo hizo sonreír—. No soy tan tonta para intentar atarte y no pediré mucho de ti. Sólo tengo una solicitud. Después de eso, eres libre de hacer lo que quieras.

—¿Ah? —Hakaimono rio entre dientes, pero sin duda sentía curiosidad. Sólo los muy desesperados, estúpidos o poderosos recurrían a uno de los cuatro generales oni, y sólo para las solicitudes más ambiciosas. Cosas como destruir un castillo o aniquilar a una estirpe completa. El riesgo era demasiado grande para peticiones someras—. Escuchémosla entonces, mortal —la animó a continuar—. ¿Cuál es esta tarea que me harías emprender?

—Necesito que me traigas el pergamino del Dragón.

Hakaimono suspiró. Por supuesto. Había olvidado que ese tiempo había llegado otra vez en el mundo mortal. Cuando el gran escamoso se levantaría para conceder un deseo a un insignificante humano de tan corta vida.

—Me decepcionas, mortal —gruñó—. No soy un sabueso en busca de órdenes. Podrías haber conseguido que los amanjaku recuperaran el pergamino por ti, o alguna de tus miserables mascotas guerreras humanas. He sido llamado para masacrar ejércitos y reducir fortalezas hasta convertirlas en polvo. Buscar la plegaria del Dragón no vale mi tiempo.

—Esto es diferente —la voz de la mujer sonó tan inflexible como siempre. Si sabía que estaba en peligro de ser destrozada y devorada por un enfadado Primer Oni, no lo demostraba—. Ya envié al más fuerte de mis campeones para que recuperara el pergamino, pero me temo que me ha traicionado. Quiere el poder del Dragón para él, y no puedo dejar que el Deseo se me escape ahora. Debes encontrarlo y recuperar el pergamino.

—¿A un humano? —Hakaimono curvó un labio—. Eso no es un gran desafío.

—No conoces a Kage Hirotaka2 —dijo la mujer en voz baja—. Es el mejor guerrero que el Imperio de Iwagoto haya visto en mil años. Es un elegido de los kami, pero también fue entrenado en el camino del samurái. Sus talentos con la espada y la magia son tan grandes que incluso el emperador elogió sus logros. Ha matado hombres, yokai y demonios a raudales, y tal vez será el mayor oponente que hayas enfrentado jamás, Hakaimono.

—Dudo mucho eso —el Primer Oni sintió cómo una sonrisa cruzaba su rostro mientras respiraba el aire impregnado de sangre—. Pero ahora, me siento intrigado. Veamos si este campeón de la sombra es tan bueno como dices. ¿Dónde puedo encontrar a este mortal asesino de demonios?

—La finca de Hirotaka se encuentra a las afueras de un pueblo llamado Koyama, a un poco más de quince kilómetros de la frontera oriental del territorio de los Kage —respondió la mujer—. No es difícil de encontrar, pero está bastante aislado. Además de los hombres y sirvientes de Hirotaka, no encontrarás oposición. Busca a Hirotaka, mátalo y tráeme el pergamino. Ah, y una cosa más —levantó el cuchillo y observó su brillante filo ensangrentado—. Nadie debe sospechar que practico la magia de sangre. No ahora, cuando la noche del Deseo está tan cerca —sus ojos negros se clavaron en los del oni y se estrecharon con agudeza—. No puede haber testigos, Hakaimono. No deben quedar supervivientes. Mata a todos los que encuentres allí.

—Eso es algo que puedo hacer —una lenta sonrisa se extendió por el rostro del oni, y sus ojos relucieron rojos, sedientos de sangre—. Será divertido.

Hakaimono llegaría a lamentar esas palabras más que ninguna otra en su existencia.

01 Muchos nombres y términos usuales del japonés se encontrarán marcados en cursivas a lo largo del libro. No olvides consultar el glosario al final de este volumen.

02 En Japón, por norma de uso suele anteponerse el nombre de la familia, el apellido, al nombre de pila.

2

SOMBRAS CONOCIDAS

TATSUMI

Los tengu nos desterraron de la montaña.

Dejarnos vivir fue la gota que derramó el vaso, según parece. Su hogar había sido destruido, su daitengu asesinado y los fragmentos del pergamino del Dragón tomadas por el enemigo. Un demonio en su montaña sagrada era algo que no podían soportar, y cuando Yumeko se negó a que nos mataran, nos informaron en términos inequívocos que ya no éramos bienvenidos en el Templo de la Pluma de Acero. Que las puertas permanecerían ocultas por siempre para nosotros, y que si después del amanecer volvían a ver al portador de Kamigoroshi en la montaña, lo destruirían sin titubear.

Y así, con apenas el tiempo suficiente para curar nuestras heridas, dejamos el Templo de la Pluma de Acero y el hogar de los tengu. Huimos de la montaña y de los guardianes del pergamino, tan resentidos por su pérdida. De alguna manera, conseguimos llegar a la base de las montañas y, exhaustos, heridos y aún sangrando, encontramos la entrada a una cueva justo cuando una lluvia fría comenzaba a caer. En la cueva encontramos una multitud —había cinco personas y un perro dentro—, pero por lo demás estaba desocupada y seca, y no teníamos una mejor opción. Cuando el ronin encendió una fogata y la doncella del santuario comenzó la ardua tarea de limpiar y volver a cubrir nuestras heridas de batalla, me retiré a un rincón oscuro, fuera del camino de todos, para reflexionar sobre lo que había sucedido. Y para responder la pregunta que me había estado atormentando desde que salimos del templo.

¿Quiénes somos? ¿Quién soy?

¿Kage Tatsumi o Hakaimono? No se sentía como ninguno de ellos, pero sabía que había cambiado de manera irrevocable. Cuando este cuerpo había sido poseído por Hakaimono, el espíritu del oni había suprimido por completo el alma humana y la había mantenido atrapada e incapaz de hacer nada. Hasta que Yumeko llegó, usando su propia magia de zorro, para poseer al demonio y enfrentar al oni desde dentro. Ella encontró el alma de Tatsumi, la liberó y, juntos, intentaron llevar a Hakaimono de regreso a la espada. Pero el Primer Oni demostró ser mucho más fuerte de lo que ambos habían creído.

Y entonces, antes de que se pudiera determinar un vencedor, apareció Genno con un ejército de demonios y la intención de tomar el pergamino. Traicionó a Hakaimono, lo atravesó con Kamigoroshi y lo dejó morir en el campo de batalla. Para salvarnos a los dos, las almas de Kage Tatsumi y Hakaimono se fusionaron, lo que permitió a Hakaimono usar todo su poder para sanar el cuerpo humano y mantenerlo vivo. Increíblemente, funcionó, y entonces pudimos matar a la mayor parte del ejército de Genno antes de que ellos nos masacraran a todos. Pero debido a nuestra debilitada condición, el templo fue destruido y Genno escapó con los tres fragmentos del pergamino del Dragón en su poder.

El Maestro de los Demonios tenía lo que necesitaba para invocar al Gran Dragón y formular el deseo que anunciaría el fin del Imperio. Debíamos encontrar a Genno y evitar que usara el pergamino, pero sería un viaje largo y difícil, y tal vez algunos de nosotros no lograríamos sobrevivir. Incluso sin considerar la posibilidad de que Hakaimono pudiera emerger en cualquier momento y destrozar a mis compañeros.

—¿Tatsumi?

Levanté la mirada. Yumeko se había separado del grupo y ahora estaba en pie delante de mí, con la luz del fuego a sus espaldas, que proyectaba sobre ella un tenue resplandor naranja. Todavía vestía las elegantes túnicas de onmyoji rojas y blancas de la noche que había actuado para el emperador, aunque las onduladas mangas estaban hechas jirones ahora, su largo cabello estaba en desorden y la suciedad manchaba su rostro y sus manos. Ya no se veía como una venerada adivina mística del futuro. Lucía como una niña campesina vestida con un disfraz, a no ser por las altas orejas de zorro de punta negra que sobresalían de su cabello y la espesa cola de punta blanca detrás de ella. Sabía que sus rasgos de zorro eran invisibles para la mayoría de los humanos, pero desde la noche en que invadió mi alma, se habían vuelto siempre visibles para mí. Un recordatorio de que Yumeko era una kitsune, una yokai. Ella no era completamente humana.

Pero yo tampoco.

—¿Puedo sentarme contigo, Tatsumi? —preguntó con voz suave. Sus grandes ojos brillaron con un sutil tono dorado en medio de las sombras vacilantes. Asentí, y Yumeko se abrió paso con cuidado a través de las piedras para sentarse a mi lado. Su espesa cola naranja rozó mi pierna mientras ella se acomodaba contra la pared de la cueva. Fue extraño que el contacto no me hiciera rehuir como solía hacerlo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Estoy vivo —respondí con una voz igual de tranquila—. Eso es lo único que puedo decir con certeza —me miró fijamente, sus ojos buscaban, inquisitivos, y sentí cómo mi labio se curvaba en una leve sonrisa amarga—. Sé lo que te estás preguntando, Yumeko. Y no puedo responder. Me siento… diferente. Extraño. Como si… —intenté encontrar las palabras para explicar lo imposible—. Como si hubiera una ira oculta dentro de mí, esta… ferocidad que sólo necesita el más ligero empujón para salir.

Yumeko parpadeó, mientras parecía reflexionar al respecto.

—¿Como cuando Hakaimono vivía en tu cabeza? —preguntó—. Siempre estabas luchando con él por el control, ¿esto es lo mismo?

—No —sacudí mi cabeza—. Siempre estuvimos separados, éramos dos almas individuales luchando entre sí por el control de un cuerpo. Si… si todavía soy Tatsumi, siento que Hakaimono es parte de mí ahora. Que su crueldad y su sed de sangre podrían salir en cualquier momento. Y si soy Hakaimono, siento que Tatsumi me ha infectado con sus pensamientos, miedos y emociones humanas —levanté una mano delante de mi cara. Parecía bastante humana, pero recordé las garras mortales que se habían enrollado en la punta de mis dedos la noche que luché contra el ejército de Genno—. Quizá lo mejor sea que me vaya —murmuré—. Si soy parte demonio, ninguno de ustedes estará a salvo.

Miré de reojo a Yumeko para ver si algo de eso la asustaba, pero sus ojos de zorro dorado parecían tan sólo comprensivos.

—No —dijo sin rodeos, lo que me hizo parpadear—. No te vayas, Tatsumi… Hakaimono… quienquiera que seas. Prometiste que nos ayudarías a encontrar al Maestro de los Demonios. Te necesitamos.

—¿Y si no soy Tatsumi? —pregunté, volviéndome para mirarla a los ojos—. ¿Qué pasa si soy Hakaimono? ¿Cómo sabes quién es el alma más fuerte, o si Kage Tatsumi sobrevivió siquiera a la fusión de humano y demonio? Ni siquiera yo sé la respuesta.

Siguió mirándome sin miedo. Mientras la observaba, sentí una sacudida de sorpresa cuando unos dedos ligeros se posaron en mi brazo y enviaron una oleada de calor que se acurrucó en mis entrañas. Yumeko sonrió débilmente, aunque había tristeza en sus ojos mientras me miraba, un destello de añoranza que no entendí hizo que mi corazón diera un ligero y extraño vuelco.

—Confío en ti —dijo Yumeko en voz muy baja—. Incluso si no eres el mismo, vi tu alma esa noche. Sé que no nos traicionarás.

—Yumeko —gritó una voz antes de que pudiera reprimir mis agitadas emociones el tiempo suficiente para hablar. Cerca del fuego, la doncella del santuario nos observaba con una expresión grave en el rostro, mientras su pequeño perro naranja me dirigía una mirada de piedra desde su lugar, a sus pies. Los ojos oscuros de la miko brillaron con desconfianza cuando se movieron hacia mí—. Kage-san.3 Si se unieran a nosotros… ya estamos fuera de la montaña y lejos de la ira de los tengu. Debemos decidir adónde ir ahora.

—Hai, Reika ojou-san —Yumeko se levantó y se dirigió hacia el fuego, con la cola de zorro agitándose bajo el borde de su túnica. Me incorporé lentamente y la seguí. Percibí las miradas oscuras y recelosas del resto del grupo. La doncella del santuario y su perro me observaban fijamente, con hostilidad y desconfianza apenas contenidas, como si pudiera convertirme en un demonio en cualquier momento y saltar sobre ellos con los colmillos desnudos. Taiyo no Daisuke,4 del Clan del Sol, estaba sentado con las piernas cruzadas junto al fuego, las manos metidas en las mangas y su expresión oculta detrás de una capa de decoro. A su lado, el ronin estaba encorvado sobre su mochila y lucía tan descuidado y desaliñado como siempre, con el cabello castaño rojizo desprendiéndose de su cola de caballo. Percibí entonces que estaban sentados muy cerca uno del otro para tratarse de dos hombres de estatus tan diferentes. Había conocido a samuráis que no se habrían dignado a estar en la misma habitación que un ronin, mucho menos a compartir el fuego.

Al levantar la vista, el ronin me dedicó una sonrisa triste y un asentimiento mientras me agachaba junto a las llamas. Su oscura mirada se movió entonces hacia algo en mi frente.

—Tienes unos pequeños… hay algo en tu cara, Kage-san —dijo, llevando un dedo hacia su propia frente. Apreté la mandíbula, ignorando la referencia obvia a los cuernos pequeños pero descarados que se enroscaban por encima de mis cejas. Todo lo demás (las garras, los colmillos, los ojos brillantes) había desaparecido, al menos temporalmente, pero los cuernos se habían quedado. Un recordatorio permanente de que ahora era un demonio. Si algún humano normal me viera así, quizá intentaría matarme en el acto.

—Baka —la doncella del santuario caminó sigilosamente detrás del ronin y le dio un rápido golpe en la nuca. El ronin hizo una mueca—. Éste no es momento para bromas. Genno tiene los tres fragmentos del Pergamino de las Mil Oraciones y está a un suspiro de convocar al Dragón. Tenemos que detenerlo pero, para hacerlo, necesitamos un plan. Kage… san… —me miró mientras tropezaba con mi nombre—. ¿Dijiste que sabes adónde se dirige el Maestro de los Demonios?

Asentí.

—Al territorio de los Tsuki —dije—. Las islas del Clan de la Luna es donde el Dragón fue convocado por primera vez, hace cuatro mil años. Junto a los acantilados de Ryugake, en la isla de Ushima, es donde tendrá lugar el ritual.

—¿Cuándo? —preguntó el noble Taiyo—. ¿Cuánto tiempo tenemos hasta la noche del Deseo?

—Menos de lo que piensas —respondí con tono sombrío. Entonces una frase surgió a la luz, aunque no sabía de dónde provenía. La memoria de Hakaimono era extensa. Había visto el ascenso y la caída de muchas épocas—. En la noche del milésimo año —murmuré—, antes de que las estrellas del dragón se desvanezcan de los cielos y concedan los cielos al pájaro rojo del otoño, el Heraldo del Cambio puede ser invocado por alguien cuyo corazón sea puro —me detuve por un momento y luego bufé—. Como en el caso de la mayoría de las leyendas, no todo es cierto. Kage Hirotaka y la dama Hanshou no eran completamente “puros de corazón” cuando convocaron al Dragón. Eso tal vez se agregó a la tradición con la esperanza de evitar que los humanos codiciosos o malvados buscaran el favor del Gran Dragón.

A mi lado, Yumeko frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir eso de las “estrellas del dragón” y el “pájaro rojo del otoño”?

—Son constelaciones, Yumeko-san —explicó el noble, volviéndose hacia la chica—. Cada estación se representa con una de las cuatro grandes bestias santas. El Kirin representa la primavera y la vida nueva. El Dragón representa el verano, ya que trae las fuertes lluvias que son esenciales para los cultivos. El pájaro rojo del otoño es el Fénix, listo para morir y renacer en la primavera. Y el Tigre Blanco representa el invierno, paciente y mortal como una tierra cubierta de nieve.

—Entonces, si lo que dice Kage-san es cierto —interrumpió la doncella del santuario, con voz impaciente—, y la Noche de la Invocación se llevará a cabo el último día del verano… —se sobresaltó y abrió enormes los ojos—. ¡Eso es a fin de mes!

—Menos tiempo de lo que pensamos, en efecto —reflexionó el noble, con la mirada ensombrecida—. Y Genno tiene ventaja sobre nosotros.

—¿Cómo vamos a llegar a las islas del Clan de la Luna? —preguntó Yumeko.

—Bueno, con suerte no tendremos que nadar —dijo el ronin—. A menos que cualquiera de ustedes pueda invocar a una tortuga gigante desde el mar, supongo que necesitaremos algún tipo de bote.

—Hay barcos en Umi Sabishi Mura que hacen la travesía hasta las tierras de los Tsuki —nos informó el Taiyo—. Es una modesta aldea a lo largo de la costa, pero tiene un puerto bastante impresionante. La mayor parte del comercio de las islas del Clan de la Luna se lleva a cabo a través de Umi Sabishi. El problema no será encontrar un capitán dispuesto a llevar pasajeros a las tierras de los Tsuki, sino lo que haremos una vez que lleguemos allí.

Yumeko ladeó la cabeza.

—¿Por qué, Daisuke-san?

—Porque el Clan de la Luna es muy huraño, Yumeko-san —respondió el noble—, y no les gusta que extraños lleguen a sus costas. Los visitantes necesitan un permiso especial de la daimyo para moverse libremente por el territorio de los Tsuki, y no tenemos ni el tiempo ni los medios para adquirir los documentos de viaje necesarios. El Clan de la Luna es muy protector con su tierra y su gente, y los intrusos son tratados con dureza —levantó uno de sus delgados hombros—. O eso es lo que te dirán todos los capitanes.

—Tendremos que preocuparnos por eso cuando lleguemos allí —dijo la doncella del santuario—. Evitar que Genno invoque al Gran Dragón es nuestra primera y única preocupación, incluso si debemos desafiar a los líderes del clan para lograrlo.

El noble parecía un poco horrorizado ante la idea de desafiar a la daimyo, pero no se pronunció más al respecto. A su lado, el ronin suspiró y cambió de posición.

—Nos tomará un par de días llegar a la costa —murmuró—. Y no tenemos caballos, transporte, kago ni nada que haga que el viaje sea más rápido. Supongo que mañana comenzaremos a caminar, y esperemos no encontrarnos con demonios, magos de sangre o los shinobi de los Kage que todavía siguen tras el pergamino del Dragón. Un intento de asesinato fue suficiente, gracias.

Me incorporé y le eché un vistazo a Yumeko.

—¿Los Kage los persiguieron?

Ella parecía ligeramente avergonzada.

—Ano… La dama Hanshou nos pidió que te encontráramos —respondió ella, lo que hizo que mi estómago se revolviera—. Ella envió a Naganori-san a buscarnos, y caminamos por el Sendero de las Sombras para encontrarnos con Hanshou-sama5 en tierras de los Kage. Ella quería que te salváramos de Hakaimono y que a él lo lleváramos de regreso a la espada para que tú pudieras volver a ser el asesino de demonios —una de sus orejas se crispó cuando levanté una ceja—. Supongo que esto no es lo que ella esperaba.

Sentí cómo una sonrisa amarga cruzaba mi rostro. La relación de la dama Hanshou con los asesinos de demonios siempre había sido un punto de discusión entre los Kage. Había sido su idea entrenar a jóvenes guerreros para usar a Kamigoroshi en lugar de mantener la Espada Maldita sellada en la bóveda ancestral donde no significaría un peligro. La razón oficial que imperó fue que esto permitiría a los Kage manejar y controlar a Hakaimono en lugar de arriesgarse a que la espada cayera en las manos equivocadas. Pero todos sospechaban —aunque nadie se habría atrevido a sugerirlo—, que la dama Hanshou mantenía a los asesinos de demonios cerca por el miedo que éstos inspiraban. El asesino de demonios de los Kage era entrenado para ser eficiente, carente de emociones y obediente hasta el fanatismo. Un asesino perfecto que, además, compartía su alma con un demonio. Había rumores en el Clan de la Sombra de que la daimyo mantenía su posición principalmente porque nadie se atrevía a desafiarla, y a la mascota oni que podía azuzar en cualquier momento.

Pero incluso esto era sólo parcialmente cierto. La verdadera historia entre Kage Hanshou y Hakaimono era más larga y mucho más siniestra de lo que nadie podría imaginar.

—No —dije a Yumeko—. Esto no es exactamente lo que la dama Hanshou esperaba. Y ahora que ustedes fallaron en contener a Hakaimono y no encontraron el pergamino para ella, tal vez enviará a alguien para matarlos a todos.

—Perdóname, Kage-san, pero me temo que debo hacer una pregunta —el noble Taiyo me dirigió una mirada solemne—. Técnicamente, todavía eres parte de los Kage. Tu daimyo te envió a buscar el pergamino para ella, ¿cierto? ¿Qué harás si esa orden sigue en pie o si ella te ordena que no dejes testigos? ¿Nos matarás a todos para recuperar el pergamino del Dragón?

Sentí que Yumeko se ponía rígida a mi lado.

—Yo… dejé de ser parte del Clan de la Sombra en el momento en que Hakaimono tomó el control —respondí.

Era un argumento realista. Yo había sido parte de los Kage toda mi vida. Desde el comienzo del Imperio, la expectativa había sido servir al clan y a la familia de manera resuelta, sin dudar, durante el tiempo que durara la vida. Les debía a los Kage mi lealtad, mi obediencia, mi existencia incluso. Si ellos me hubieran dado la orden de enfrentar solo a mil demonios yo habría obedecido —y muerto— sin dudarlo, como lo haría todo samurái. Pero ahora, yo era un huérfano. No tenía clan, familia o señor. Como ese ronin que vagaba por el Imperio, deshonrado y perdido, excepto que yo era algo aún peor.

—Mi lealtad a los Kage no entrará en duda —le aseguré al noble, que todavía parecía preocupado—. La dama Hanshou no correría el riesgo de tener tratos con un oni, al menos no públicamente. Y no tengo intención de volver con los Kage. No hasta que encuentre al Maestro de los Demonios y lo haga pagar su traición.

Las últimas palabras surgieron como un rugido áspero, y una rabia hosca cobró vida desde el interior. Yo era algo antinatural y demoniaco, expulsado de mi clan, y mi existencia terminaría bajo el filo de los Kage o ante mi propia espada, pero mataría a Genno antes de abandonar este mundo. El Maestro de los Demonios no escaparía de mi venganza. Lo rastrearía y lo destrozaría, y él moriría suplicando por misericordia cuando yo enviara su alma de regreso a Jigoku, al lugar donde pertenece.

—Tatsumi —dijo Yumeko en voz baja mientras el resto del círculo se quedaba en silencio—. Tus ojos están brillando.

Parpadeé y me sacudí, luego eché un vistazo alrededor, a los demás, que se veían sombríos. El noble Taiyo había llevado la mano a la empuñadura de su espada y el ronin se había acomodado en una posición que le permitiría aprestar su arco. La doncella del santuario había estirado una mano hacia la manga de su haori, y su perro se erizaba y me mostraba los dientes. Respiré lentamente y sentí cómo la rabia en mí retrocedía. La tensión alrededor del fuego disminuyó un poco, aunque todavía flotaba en el aire, frágil e incómoda.

—Bueno, no dormiré esta noche —anunció el ronin con forzada voz alegre. Buscó en su saco, extrajo un cuenco simple y vació un par de dados en su palma abierta—. ¿Jugamos cho-han? No es complicado y ayudará a pasar el tiempo.

La doncella del santuario frunció el ceño.

—¿El cho-han no es un juego de apuestas?

—Sólo si hay apuestas de por medio.

Me puse en pie y todos levantaron bruscamente la mirada hacia mí.

—Montaré vigilancia esta noche —dije. Era un largo camino hasta la costa, y Genno estaba muy por delante de nosotros. Si eliminar mi presencia les permitía dormir, incluso durante un par de horas, tanto mejor—. Prosigan con normalidad. Estaré afuera.

—Espera, Tatsumi —Yumeko también comenzó a levantarse—. Te acompaño.

—No —gruñí, y ella parpadeó y echó sus orejas atrás—. Quédate aquí —le dije—. No me sigas, Yumeko. Yo no…

No quiero que estés sola con un demonio. No sé si puedo confiar en que no te lastimaré.

—No necesito tu ayuda —terminé con voz fría cuando un destello de confusión cruzó su rostro. Ella había hecho tanto y había llegado tan lejos… pero sería mejor que aprendiera a odiarme. Podía sentir la oscuridad dentro de mí, una masa turbulenta de rabia y ferocidad, esperando ser desatada. Lo último que quería era poner en peligro a la chica que había rescatado mi alma.

Cuando salí de la cueva hacia la cálida noche de verano, percibí la más leve ondulación en la oscuridad y los cabellos de mi nuca se erizaron. Por puro instinto, me doblé hacia un lado. Sentí un cambio en el aire cuando algo pasó rozando mi cara y golpeó con un ruido sordo el árbol a mis espaldas. No necesitaba verlo para saber de qué se trataba: kunai, una daga arrojadiza de metal negro como la tinta y lo suficientemente afilada para cortar las alas de una libélula en pleno vuelo. Sentí la sangre gotear desde una delgada herida en mi mejilla, y la molestia estalló en llamas, convertida en ira inmediata.

Eché un vistazo a las copas de los árboles y vislumbré un destello de movimiento, un manchón sin rasgos que retrocedía hacia la oscuridad. Entrecerré los ojos. Un shinobi de los Kage, pensando que podría asesinarme desde las sombras. O tal vez con la intención de llevarme a una emboscada. Conocía a mi clan. Si no me ocupaba de esto ahora, vendrían más shinobi, como hormigas pululando sobre una cigarra muerta, y nuestras noches serían siempre acosadas por las sombras.

Curvé mi labio en un gruñido y salté a la oscuridad detrás del que había sido un compañero de clan.

Lo perseguí durante más tiempo del que pensé que necesitaría. Seguí su olor, el susurro de las ramas que se sacudían delante de mí. Se movía rápido, saltaba a través de las ramas de los árboles con la gracia de un mono y apenas hacía ruido mientras brincaba de rama en rama. En el suelo, me costaba mucho mantener el ritmo, así que después de unos minutos de esquivar arbustos y abrirme paso a través de la maleza, salté de un tronco caído y me precipité hacia las ramas detrás de él.

Un trío de kunai llegó hasta mi cara, con sus breves destellos de metal oscuro en la noche. Me agaché, pero uno rozó mi hombro al pasar y luego se perdió con un susurro entre las hojas. Gruñí, levanté la mirada y distinguí una figura vestida de negro que esperaba en otra rama, y una kusarigama —una pesada cadena con una hoz kama unida al final— girando en una mano.

Desenvainé a Kamigoroshi en una llamarada de luz púrpura y me acomodé frente al shinobi. Por el más breve de los instantes, sentí una punzada de renuencia, de arrepentimiento, por tener que matar a quien había sido un compañero. Pero los Kage no cederían, y había jurado evitar que el Maestro de los Demonios convocara al Dragón. No podía permitir que ellos me mataran ahora.

El shinobi me esperaba y su kusarigama relampagueaba mientras la hacía girar en un círculo experto. Era un arma mortal, más peligrosa a larga distancia; la cadena se usaba para enredar y desarmar al enemigo, mientras la hoz kama asestaba el golpe final. Las había visto en acción, pero nunca me había enfrentado a una. Tenían el estigma de ser armas campesinas, algo que los granjeros, monjes y asesinos usarían, pero no los samuráis. Por supuesto, el shinobi de los Kage no compartía ese noble prejuicio.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
02 mart 2026
Hacim:
436 s. 11 illüstrasyon
ISBN:
9786075572376
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi: