Kitabı oku: «La Unión Patriótica y el Somatén Valencianos (1923-1930)»
LA UNIÓN PATRIÓTICA
Y EL SOMATÉN VALENCIANOS
(1923-1930)
JULIO LÓPEZ IÑÍGUEZ
LA UNIÓN PATRIÓTICA
Y EL SOMATÉN VALENCIANOS
(1923-1930)
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Julio López Iñíguez, 2017
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017
Publicacions de la Universitat de València
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Maquetación: Textual IM
Corrección: Communico-Letras y Píxeles S. L.
Fotografías de la cubierta: Biblioteca Valenciana,
colección José Huguet, F111-32
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-128-4
ÍNDICE
PRÓLOGO
HACIA UN PARTIDO ÚNICO: LOS ANTECEDENTES DE LA DERECHA ESPAÑOLA AUTORITARIA
1. LA UNIÓN PATRIÓTICA VALENCIANA Y SU FUNCIONAMIENTO
La formación de la Unión Patriótica
Los inicios de la Unión Patriótica valenciana
Funcionamiento y organización de la Unión Patriótica valenciana
Las Juventudes de la Unión Patriótica provincial
El marqués de Sotelo, líder de la Unión Patriótica valenciana
2. LA UNIÓN PATRIÓTICA EN LAS COMARCAS VALENCIANAS
La Unión Patriótica en los distritos de l’Horta, Sueca y Carlet
La Unión Patriótica en el distrito de Llíria
La Unión Patriótica en el distrito de Gandía
La Unión Patriótica en el interior de la provincia. Requena, Serranos y Villar del Arzobispo
La Unión Patriótica en los distritos de Xàtiva y Ontinyent
La Unión Patriótica en los distritos de Chiva y Enguera
La Unión Patriótica en el distrito de Alzira
La Unión Patriótica en el distrito de Sagunt
La Unión Patriótica en la ciudad de Valencia
La Unión Patriótica valenciana como instrumento regeneracionista
Un cambio final improvisado: la Unión Monárquica Nacional Valenciana
3. EL SOMATÉN VALENCIANO. FORMACIÓN Y CRECIMIENTO
El Somatén de la Tercera Región: sus inicios y su inclusión en el Somatén estatal
Entre católicos y hombres de orden: su simbología y su jerarquía
El final del Somatén en la provincia
CONCLUSIONES
ANEXOS
BIBLIOGRAFIA
SIGLAS UTILIZADAS
| AGA | Archivo General de la Administración |
| AGMAB | Archivo General de la Marina «Álvaro de Bazán» |
| AHMV | Archivo Histórico Municipal de Valencia |
| AHN | Archivo Histórico Nacional |
| AMAE | Archives du Ministère des Affaires Étrangères |
| ASDMAE | Archivio Storico Diplomatico Ministero degli Affari Esteri |
| BOSNTR | Boletín Oficial del Somatén Nacional de la Tercera Región |
| DC | Diario de Castellón |
| EHA | El Heraldo de Alcira |
| EL | El Liberal |
| EMV | El Mercantil Valenciano |
| EP | El Pueblo |
| GM | Gaceta de Madrid |
| INE | Instituto Nacional de Estadística (Demografía y población) |
| LCV | La Correspondencia de Valencia |
| LG | La Gaceta |
| LI | La Idea |
| LN | La Nación |
| LP | Las Provincias La Verdad |
| LV | La Voz de Requena La Voz de Valencia |
| RUP | Revista de Unión Patriótica |
| TNA | The National Archives, sección Foreign Office |
PRÓLOGO
La Unión Patriótica y el Somatén valencianos (1923-1930) es la parte sustancial de la tesis doctoral de Julio López Iñíguez que fue leída en la Universitat de València en diciembre de 2014. Es, a su vez, un trabajo que está en la línea de la nueva historia política, a la que le preocupa no solo la secuencia de acontecimientos, sino además, y esencialmente, la sociología del poder, sus redes, su simbología y representación, la cultura política, la comparación con otras experiencias políticas parecidas, o procesos específicos de largo recorrido, como la relación entre la política y la modernización social, la nacionalización o la democratización y sus dificultades. En el fondo, se trata de explicar la política desde nuevas preguntas.
Muchos aspectos historiográficamente novedosos a los que me acabo de referir se abordan en este libro, centrado en el estudio monográfico de dos objetos: el partido creado por la dictadura de Primo de Rivera, la Unión Patriótica, y una guardia cívica y de orden y disciplina social formada por la dictadura en 1923, a la que puso el nombre de Somatén. El campo de trabajo es la provincia de Valencia, hasta ahora sin explorar, pero la intención del autor es proyectar el núcleo de sus conclusiones y aportaciones a la dictadura de Primo de Rivera en España.
En un trabajo sobre historia política como este, no solo se desgrana –no puede ser de otro modo– el proceso de formación y organización de la Unión Patriótica o el Somatén en España, que ya cuenta con importantes estudios (como los de Shlomo Ben Ami, María Teresa González Calbet, Eduardo González Calleja o José Luis Gómez-Navarro), sino que además –y es lo más destacable– se estudian las especificidades valencianas de este proceso, donde se aprecia la acción de personajes que matizan y enriquecen la institucionalización de ambas entidades, como es el caso del marqués de Sotelo, que a partir de este trabajo empieza a ser conocido, en buena parte por la abundante documentación exhumada del Archivo Histórico Municipal de Valencia hasta ahora no explorada. También esta documentación, entre otra que se utiliza, desvela la labor del marqués de Sotelo, presidente provincial upetista: era enlace entre las directrices que recibía de Madrid y las presiones de sectores burgueses y cargos intermedios valencianos o, si se quiere, las redes de influencia que existían. Al marqués de Sotelo le acompañaron todo un conjunto de representantes de la nobleza valenciana y del mundo empresarial y de la alta Administración. Todo ello representó un entramado oligárquico en el que las prebendas y los cargos se repartieron en función del poder e influencia política de cada uno.
Así pues, el valor del libro es mostrar el funcionamiento político interno de la dictadura de Primo de Rivera en Valencia (y en España), pero también averiguar otros aspectos novedosos que entroncan directamente con las preguntas que sugiere la nueva historia política, como, por ejemplo, quién forma la Unión Patriótica y el Somatén en la provincia de Valencia. El estudio aborda su composición social (la procedencia de sus militantes) y lo que se hace en Valencia y los pueblos y comarcas de la provincia. Se aportan argumentos sobre por qué la Unión Patriótica y el Somatén tienen esa base social y cómo se capta a los militantes en una y otra institución, cómo intervienen en el proceso personas concretas y por qué, mostrándose las diferentes manifestaciones y actos populares y marciales que desde el partido se llevaron a cabo para conseguir adeptos y poder ampliar su base social. También se estudian las razones por las que hay diferencias de adscripción social en estas instituciones entre la capital y los pueblos de mayores dimensiones, dinámicos económica y socialmente (profesiones liberales y obreros), y las comarcas interiores, más apegadas al sector primario (pequeños propietarios y jornaleros), y las consecuencias de funcionamiento que todo ello tiene, o la importancia que tuvo el catolicismo social en la composición de la Unión Patriótica y el Somatén, pese al distanciamiento de Luis Lúcia. Captar católicos fue fundamental.
Al hilo de las preguntas que sugiere la nueva historiografía política, el autor se plantea analizar la organización de la Unión Patriótica y el Somatén. Se subraya el peso que tuvieron las relaciones jerárquicas y la obediencia al poder central. La Unión Patriótica actuó, en Valencia como en otras partes, siempre como una continuación del poder de Primo de Rivera en la provincia, y cualquier debate interno o intento de modificar el statu quo era eliminado por completo. Y lo mismo cabe decir del Somatén. Este aspecto de sumisión al poder central acabó por convertir a las principales instituciones políticas de la dictadura primorriverista en una cáscara hueca que no llegó a echar raíces sociales profundas. Cuanto más débil era el partido a la hora de definir y dar cumplimiento a sus propósitos iniciales (regeneracionismo, acabar con el caciquismo...), más aumentaba el desencanto y más le costaba mantener su filiación en amplios sectores que al principio llegó a cautivar. Como además se apoyó en la Iglesia, muy conservadora, la Unión Patriótica perdió impulso regeneracionista, al tiempo que el Somatén, domesticado, carecía de verdadera eficacia como entidad civil que interviniera en la disciplina social de las masas, con lo que se convirtió, según detecta López Iñíguez, en un medio de buscar oportunidades y promoción social a quienes eran somatenistas.
«Patria, religión, familia y propiedad», por otro lado, son los valores de la Unión Patriótica, a los que se añade, en el caso valenciano, un valencianismo folclorizante que encaja y fundamenta el nacionalismo español, cuyo proceso también se pergeña en el trabajo, mostrándose con los nuevos materiales que exhuma propuestas de explicación sobre el nacionalismo español que se forjó de una manera reactiva (frente a las identidades periféricas) más que integradora, como han aportado Borja de Riquer o Álvarez Junco. La lucha contra el caciquismo y el tono regeneracionista al que se aspiraba quedaron en un «intento vano», con lo que no logró «superar los vicios» que pretendía o su propaganda decía. Importante es, por el contrario, el reforzamiento de las ideas de religión y patria, lo que será un paso de gigante para fundamentar el nacionalcatolicismo, especificidad de la derecha española que veremos triunfante en otra dictadura posterior.
En fin, el libro compara, como cabe esperar en la historiografía política renovada, estas instituciones con otras similares en Europa, partidos únicos, milicias o regímenes políticos, especialmente con el caso italiano, y se muestra, por ejemplo, por qué el Somatén era muy distinto al Fascio di Combatimento italiano. El Somatén es una organización de vigilantes nacida por decreto, está encuadrada y subordinada a la estructura militar, carece de la fuerza transgresora del sistema político que tiene el fascio y nunca fue brazo armado de un partido que aspirase a quebrar el orden político, sino que nació desde el poder de la propia Dictadura para garantizar «la paz burguesa» y no para subvertir al propio Estado. Carecía, en suma, «di giovinezza e di energía che videro per le vie di Italia e di Roma le giornatte di Ottobre», y es que en España las organizaciones que creó la dictadura de Primo de Rivera no tenían detrás, en su génesis, en su seno, ninguna experiencia similar a la de la movilización y consecuencias que comportó la Primera Guerra Mundial.
El trabajo se nutre, por un lado, de un potente repertorio documental de base, archivístico (locales, españoles y extranjeros, como el Storico Diplomatico degli Affari Esteri, los archivos del Ministère des Affaires Étrangères y los del Foreign Office) y hemerográfico (desde los boletines del Somatén hasta prensa de difusión nacional y diarios de localidades de la provincia), sin descuidar la información que aportan las fotografías de la época, o hasta alguna entrevista a persona muy mayor cuando se hacía la tesis (hoy ya fallecida). Por otro lado, se nutre de los recursos teóricos propios de la historia política y la historia social, instrumentos conceptuales que para el historiador son tan importantes como las propias fuentes y que agudizan la capacidad de hacerse preguntas sobre la materia histórica objeto de estudio. A los recursos teóricos debe añadirse, acompañándolos, un conocimiento exhaustivo de cuanto sobre la dictadura de Primo de Rivera se ha escrito, desde la literatura laudatoria coetánea o la crítica de los republicanos hasta la reciente historiografía que resurgió a partir de los años ochenta del siglo pasado. (Un artículo sobre la cuestión, «Noventa años de historiografía sobre la dictadura de Primo de Rivera: un estado de la cuestión», ha sido publicado por el autor recientemente en Historiografías).
El volumen se completa con un detallado anexo donde el autor transcribe textos y escritos de gran relevancia para la comprensión del funcionamiento del régimen en la provincia. Además, los cuadros de afiliados a Unión Patriótica recogidos en este apartado nos muestran las diferencias existentes en los patrones de afiliación en poblaciones o comarcas muy cercanas. Toda la obra nos ofrece una detallada pincelada acerca del periodo y contribuye un poco más al conocimiento histórico de una etapa que, pese a su importancia en la historia del siglo XX español, no atrae a los investigadores demasiado.
No debo acabar, en fin, estas palabras sin señalar que Julio López Iñíguez es un joven historiador con empuje que creo que tendrá un largo recorrido.
MARC BALDÓ LACOMBA
Universitat de València
Valencia, junio de 2016
HACIA UN PARTIDO ÚNICO: LOS ANTECEDENTES DE LA DERECHA ESPAÑOLA AUTORITARIA
La dictadura del general Miguel Primo de Rivera debe situarse en la oleada de regímenes contrarrevolucionarios y conservadores que aparecieron en el continente europeo tras la Primera Guerra Mundial. Entre estos regímenes destacan los gobiernos de países como Grecia, Polonia, Rumanía, Yugoslavia, Hungría, Bulgaria o Portugal.1 Esta solución imponía en el Estado español un régimen pretoriano donde el autoritarismo y una estructura férreamente jerárquica y militarizada eran la norma común del funcionamiento político.2 Cargos públicos como los gobernadores civiles, presidentes de Diputación, alcaldes y concejales formaban parte de un conjunto perfectamente delimitado que, a principios de 1924, comenzaba a funcionar con gran precisión debido a la disciplina impuesta desde el Gobierno de Madrid.
En las últimas décadas del siglo XIX se venían perfilando tres tradiciones dentro de la derecha política europea. Estas tradiciones se podían ver con más claridad en Francia que en ninguna otra nación, pero era un modelo válido en líneas generales para la mayor parte del continente. Al modelo más antiguo, el partidario de una vuelta al Antiguo Régimen y a las tradiciones de raíz medieval, había que sumar el surgimiento de la derecha liberal de carácter orleanista y de la derecha nacionalista de tradición bonapartista.3 Esta última, que arranca desde los tiempos de Napoleón III «suministró ideas que no cesaron de ser repetidas después por los partidarios del poder personal o el militarismo».4
Estas corrientes nacionalistas de la derecha europea vieron surgir una nueva forma de entender el conservadurismo que se alejaba de los cánones tradicionales, incluidos los del siglo XIX. En cierta forma, esta nueva derecha suponía todo un ataque a la modernidad que el liberalismo estaba implantando en Occidente desde el siglo XVIII. Sin embargo, no se trataba tanto de conservar antiguas tradiciones como de desterrar los efectos de las democracias parlamentarias en numerosas naciones del viejo continente.5 La nueva derecha aprovechaba en su beneficio los desastres coloniales o los traumas nacionales de numerosos estados.6 Además, no dudó en recurrir a la violencia y a otras prácticas antidemocráticas para hacer valer su repudio al sistema democrático y parlamentario e intentar «perpetuar el vigente esquema de relaciones sociales».7
En España, el camino hacia esta forma de conservadurismo será bastante accidentado y presentará diversas formas. Por ello, es fundamental entender las características del conservadurismo restauracionista y su evolución hacia la dictadura de Primo de Rivera. El conservadurismo español había incidido desde finales del siglo XIX en la necesidad de reducir sus diferencias con el programa de los liberales para contrarrestar los efectos del sufragio universal implantado en 1890 por estos últimos.8 Ambos partidos gozaban de una cierta cohesión interna ante el convencimiento por parte de sus dirigentes de la necesidad de mantener el turno, y gracias a la corrupción caciquil que se había generalizado en el Estado español.9 La disidencia silvelista durante el liderazgo de Cánovas en el Partido Conservador no puso en peligro los fundamentos del turno español.10 Las diferencias en el plano económico también eran mínimas, sobre todo a comienzos del siglo XX, ya que aceptaron un consenso nacionalista que admitía las ideas del regeneracionismo más castizo.11
Al estudiar este periodo es necesario examinar el ideario y la obra de Antonio Cánovas. El líder del Partido Conservador sienta los principios de «la Monarquía de ancha base», donde el rey será «el principio político propio de una sociedad continua».12 El canovismo nacía, pues, con voluntad de aglutinar a la mayor cantidad posible de votantes conservadores, capaces de dar al sistema la estabilidad necesaria para perdurar en el tiempo tras unas décadas tumultuosas. Esta estabilidad vendría dada por ser el «justo medio» entre «los republicanos por la izquierda y los carlistas por la derecha».13 Cánovas inicia un camino de la derecha española en el que la voluntad de ganarse a elementos católicos, liberales conservadores o autoritarios es manifiesta.14 En su camino hacia ese orden social que continuamente reclamaba, manifestaba su apoyo a «un intervencionismo del Estado a favor de los más débiles». El hecho de que esta idea no fuera desarrollada no impedía que hiciera un llamamiento a la unión de patronos y obreros a la hora de solucionar sus diferencias laborales. Se trataba de una derecha corporativa y paternalista que pudiera dar respuesta a los numerosos problemas del Estado.15
Sin embargo, Cánovas no tendría fácil el camino que seguir. La figura de Alfonso XII, desconocida para la nación, era la más conveniente a la hora de restaurar la monarquía, institución que debía funcionar como una pseudoconstitución con un importante papel sociológico. Y este papel llevará a intentar una política conciliadora, que se repetirá en numerosas empresas conservadoras españolas hasta septiembre de 1923, incluyendo esta última. «Estoy resuelto a no excluir a quien quiera ponerse a nuestro lado [...]. No preguntaré al que venga lo que ha sido, me bastará saber lo que se propone ser», declaración de intenciones donde empezamos a vislumbrar en Cánovas la línea de actuación de Maura, en el sentido del alejamiento que esto suponía respecto a la política tradicional conservadora, donde un partido de notables reducía al máximo su número de afiliados y rechazaba hasta la participación en la vida pública del grueso de la sociedad. Es cierto que proseguía con una acentuada religiosidad; sin embargo, lo realmente novedoso en Cánovas es su aprecio por los derechos individuales.16 La creación de un gran movimiento de opinión, como lo denominó Ricardo de la Cierva, sería la gran aportación del político madrileño.
El año clave en la carrera política de Cánovas, 1874, vio cómo se gestaba un gran movimiento conservador-liberal que contaba con el apoyo de la prensa y del Ejército, ayudado además por los círculos financieros, que veían al malagueño como el gran líder necesario para garantizar el orden necesario para sus inversiones. En este sentido, tanto la burguesía de Cataluña como los grandes terratenientes de Cuba pronto se adhirieron al movimiento.17 Nunca el conjunto de la derecha española se había mostrado tan unido en torno a un político como lo estuvo tras los acontecimientos de 1874. Además, no dudaba en jugar todas las bazas a su favor, ya que era capaz de invocar el apoyo de los obreros o de publicitar una monarquía para todos. Este mensaje cohesionador sería tomado por la dictadura primorriverista; la derecha no volvería a recuperarlo hasta la llegada al poder del general Franco, aunque por otros cauces bien distintos. El canovismo se apuntaba así el mérito de haber integrado a la izquierda española en un sistema democrático que dio a España la posibilidad de tener una democracia.18
La capacidad integradora de Cánovas inicia una nueva etapa en el conservadurismo español. Es cierto que las circunstancias del momento, con el deseo de devolver la estabilidad a España tras el sexenio revolucionario, modificaron la estrategia clásica de la derecha. Incluso Cánovas había llegado a condenar el golpe de Estado como medio para llegar al poder. Con un gobierno de orden en Madrid, el carlismo también empezaba a perder su influencia social, pérdida que se escenificaría con la adhesión al canovismo del general Cabrera, conde de Morella. Lo realmente exitoso del movimiento fue el hecho de que Serrano, artífice de la I República, también se decantara por el régimen ideado por Cánovas del Castillo, junto a un ilustre republicano como Emilio Castelar. Aparte de las fuerzas al margen del sistema, como los socialistas o los demorrepublicanos, el azote de Cánovas vino por la extrema derecha: Cándido Nocedal, antiguo carlista convertido al integrismo tradicionalista católico, aprovechaba para criticar a la nueva derecha moderada con cualquier excusa. Sin embargo, este catolicismo ultramilitante será netamente inferior al moderado incorporado al Partido Conservador. Otra problemática notable para el Gobierno estaba en la guerra larga de Cuba iniciada en 1868, en la que se intentó de forma infructuosa atender a las demandas de los autonomistas cubanos.19
En adelante quedaría constatada la idea de que ninguna política de estado en España puede lograrse sin paz social. Esta máxima, adoptada por el conservadurismo, obligaba a una aceptación de las bases del sistema económico-social. La manipulación del sistema electoral ideado por Cánovas se explica, en gran parte, por el atraso rural. El intercambio de votos por favores ayudó al éxito del sistema durante mucho tiempo.20 En palabras del líder conservador Manuel Fraga, admirador del político malagueño, Cánovas pronto se dio cuenta «de las limitaciones que tales circunstancias imprimían a una España empobrecida, era puro realismo. Nadie puede saltar por encima de su propio hombro».21 Tal vez estas limitaciones provocaran que Cánovas sintiera aversión por la democracia.22 Las clases propietarias debían ser guiadas correctamente a la hora de ejercer su participación política, papel que le correspondía al Ministerio de Gobernación. Este papel, perfectamente desempeñado por Posada Herrera, permitió controlar los resultados electorales siempre que no se ampliara el número de votantes.23 El posicionamiento aperturista de la Iglesia en torno al socialismo católico, junto al reformismo conservador que se estaba practicando en Prusia y en la Inglaterra victoriana, conllevó un ligero cambio de opinión en Cánovas del Castillo. Sin embargo, este ligero paréntesis permisivo con, por ejemplo, el Partido Socialista Obrero Español o la reconstituida Internacional no significará un reconocimiento tácito de la organización autónoma de la clase obrera. Hay, pues, un cierto acoplamiento a las corrientes políticas del exterior, pero sin que esto signifique un desmoronamiento efectivo de los principios en los que se asentaba el sistema.
En lugar de interesarse verdaderamente por la cuestión social, Cánovas prefirió negar los derechos más elementales a la clase trabajadora y, en última instancia, emplear el uso de la fuerza para contener posibles manifestaciones y desórdenes. En una carta a la reina regente daba cuenta acerca de los resultados obtenidos por su política intolerante hacia el proletariado:
El orden público es perfecto. En cambio, continúan las huelgas; pero absolutamente pacíficas hasta aquí, [...] a punto que de terminarse las de Cataluña, la llegada del general [Martínez Campos] pondría el sello a su conclusión definitiva, tanto por su personal prestigio como porque una de las cosas que envalentonaban a los huelguistas era la falta de superior autoridad militar.24
Durante décadas, esta actitud de Cánovas hacia la clase obrera estará en la base de algunas políticas conservadoras hacia una mayor redistribución social. Algunos autores han llegado incluso a hablar de la «Dictadura de Cánovas», en la que las libertades públicas fueron reducidas.25 Junto a esto se integró a la Iglesia en el régimen, con la pretensión de deslegitimar al carlismo y poder aunar esfuerzos en torno a la derecha española alfonsina. Para completar el equilibrio de fuerzas del sistema, la mayor autonomía de la que dotó al Ejército conllevó un abandono por parte de este de cualquier tentación golpista.26 Este mecanismo funcionó durante más de dos décadas, hasta que en la primera década del siglo XX empezó a gestarse «una tímida cultura antiparlamentaria y antiliberal en el Ejército».27
Tras la obra de Cánovas hubo que esperar hasta la primera década del siglo XX para encontrarse con Antonio Maura, político conservador que nos permite entender la obra e ideología del régimen de Primo de Rivera tras 1923. En su pensamiento y acción política destaca el concepto de revolución desde arriba; esto es, mantener el orden social dentro del sistema, a la par que se democratiza la vida política preferentemente desde los municipios. Esta revolución desde arriba habría de proteger la integridad de la Corona a cambio de que Alfonso XIII renunciara a cualquier tentación intervencionista en la formación de gobiernos.28 No obstante, esto chocó con numerosos conservadores silvelistas y con los progresistas que veían a Maura como «el paladín del autoritarismo y del integrismo radical».29 Maura denunciaba constantemente este intervencionismo regio:
Hay Estados en que la organización es distinta y el Canciller o el primer Ministro tienen otra significación en la política; pero en España, con nuestra Constitución, la mayor desgracia que puede acontecer a la Monarquía es que lleguen a confundirse los uniformes con las casacas, muy honrosas, pero muy distintas, de la servidumbre palatina.30
Antonio Maura había asumido la dirección del grupo escindido del Partido Conservador tras la ascensión al poder de este de Eduardo Dato.31 El alboroto que armaron contra Dato radicalizó las posturas del grupo, según Villares y Moreno Luzón. La Primera Guerra Mundial acabaría por definir su ideario contrario a la democracia oligárquica y tradicional.32 Mayoritariamente germanófilos, los mauristas quisieron «renovar ideológicamente el conservadurismo español al socaire de las innovaciones que en Europa se estaban produciendo».33 De hecho, representaba un tipo de pensamiento conservador más evolucionado que las diferentes doctrinas católicas o tradicionalistas. En palabras de Gregorio Marañón:
La agitación que hizo posible la Dictadura se debía a una sorda descomposición, genuinamente nacional, que afectaba a toda la sociedad, desde sus cabezas más eminentes hasta los más profundos estratos del pueblo; y que un gran político de entonces, conservador de nombre, pero de espíritu renovador, don Antonio Maura, definió y se esforzó en combatir como «crisis de ciudadanía».34
En cuanto a la forma de hacer política, el maurismo ensayó fórmulas modernas de acercamiento a la gente, como mítines en escenarios abiertos o redes asociativas.35 Así, el deseo «de conquistar la calle a través de métodos de nuevo cuño se esgrimió como opción estratégica frente a la política de notables y el clientelismo de los partidos dinásticos».36 El maurismo, avanza Cabrera, cayó como consecuencia de «los vicios y corruptelas del sistema que tanto había criticado», al mismo tiempo que «careció de un auténtico liderazgo» para acabar escindiéndose en «dos ramas irreconciliables».37 Pero, una vez dividido, todas las corrientes derivadas del pensamiento de Maura convergían en unos puntos comunes invariables: la influencia del regeneracionismo noventayochista, una cierta influencia del positivismo crítico del krausismo y la influencia del catolicismo para atraer a los creyentes tanto liberales como integristas reaccionarios.38
El famoso «Maura, sí» era una reserva moral del grupo neoconservador, una suerte de salvación patriótica, anticipo de su revolución desde arriba, mientras los ministros de la gobernación dinásticos continuaban con el fraude electoral y la represión interna.39 En principio, Maura no podía considerarse un conservador radical. Las clases medias y altas, «identificadas genéricamente con el ideario de conservación del orden socioeconómico», eran su principal apoyo.40 Su grupo político había dado entrada a un grupo de jóvenes políticos de estas clases acomodadas destinados a tener un relevante papel en la vida política española.41 De todos ellos, era Antonio Goicoechea el que consiguió presentar al maurismo como la superación definitiva del canovismo. Intentaba ir más allá en el sentido de rechazar el liberalismo doctrinario a favor de la democracia conservadora. No creía en el individualismo posesivo, sino en el intervencionismo estatal y, sobre todo, no estaba resignado al pesimismo canovista, sino que mantenía la fe «en el espíritu creador y en las inagotables energías de la raza».42 El propio Goicoechea definía el maurismo como «un partido híbrido, ni sabio ni ignorante, ni blanco ni negro, ni masculino ni femenino. Más bien pudiera decirse que no tiene sexo».43 A su juicio, el canovismo había configurado un sistema caciquil, mientras que el maurismo aspiraba a eliminar esa democracia liberal corrompida.
Antonio Goicoechea y su relación con el conservadurismo maurista dejaron una gran impronta en esta necesidad de cambiar el sistema. Además, este sistema de gobierno conservador que quería implantar encomendaba al pueblo «la custodia de los grandes intereses sociales» a la vez que las masas se sentirían atraídas «por una constante labor de dignificación y de educación al ejercicio de la ciudadanía». El mensaje hacía ver la necesidad de poner fin a la abstención ciudadana en la vida política, que era precisamente lo que otorgaba tanto poder a los oligarcas.44 Esto no significaba necesariamente la aceptación pacífica de manifestaciones en contra del orden existente. Aquí radica una de las mayores contradicciones del maurismo, en especial del autoritario: el hecho de defender un cambio de sistema al mismo tiempo que se lucha contra los que fomentan el desorden social. En casos extremos, como los disturbios de 1917, incluso ofreciéndose «voluntariamente a hacer las funciones de policías honorarios».45
La compleja evolución política de las derechas españolas anterior a la Guerra Civil lleva a constatar la profundidad y rapidez de los cambios en las culturas políticas para atraer la atención del ciudadano en periodos de cambio acelerado. En palabras de González Calleja:
En esas circunstancias, el afán por demostrar que determinados movimientos son más atrevidos y eficaces que sus competidores intensifica y acelera la evolución de los repertorios hacia formas más radicales.
[...]
La radicalización [...] fue el rasgo estratégico común que, en mayor o menor grado, asumieron los grupos políticos de la derecha.46
Las nuevas expectativas que se imponían tras la Gran Guerra exigían un auge del proteccionismo, un nuevo paternalismo estatal y el aumento del poder del Estado en la sociedad civil. El tránsito de la sociedad liberal hacia las formas corporativas de organización social y política acababa de empezar. La revolución desde arriba no solo debía respetar la espiritualidad típicamente española, sino que debía constituir un auténtico reglamento donde se pudiera encontrar la orientación de la acción política.47 Lo verdaderamente democratizable era lo de abajo, es decir, la participación de las masas en la política. Pero lo de arriba lo hacían los partidos y la democracia. El rey debía adoptar la fórmula de «mayor influencia y menor potencia».48 También es válida, si se prefiere, la fórmula «moderar al poder moderador».49
En el hecho de que lo de arriba lo hicieran los partidos está el escaso espíritu democrático de la ley electoral de 1907. Esta ley, aprobada por el gobierno largo de Maura, en teoría intentaba mejorar algunos aspectos del sistema democrático español. Sin embargo, al analizarla detenidamente, puede observarse cómo era contraproducente para el sufragio universal masculino.50 Para comenzar, el artículo 29 de esta ley establecía la posibilidad de que en una circunscripción donde coincidiera el número de escaños con el de aspirantes no se votara, aun en el caso de que los votantes desearan hacerlo. No obstante, hemos de citar los requisitos para ser aspirante a diputado, en los que se puede comprobar hasta qué punto se deseaba continuar con la oligarquía política tradicional.51 Se exigía el requisito de estar avalado por dos diputados o exdiputados de la misma circunscripción para poder ser aspirante, o por tres diputados a nivel nacional. Si no se cumplía alguno de estos requisitos, se podía presentar el apoyo de la vigésima parte del censo electoral del distrito. Con esta última medida «se violentaba el ejercicio del voto secreto, incluido en la ley».52 Además, esta vigésima parte del censo «compuesta por trabajadores perdería el salario del día» que hubiera utilizado para apoyar el nombre de su candidato.53
Los aspectos positivos de la ley de 1907, según Teresa Carnero, estarían en relación con la actualización del censo electoral, labor traspasada al Instituto Geográfico y Estadístico, y con la organización del proceso electoral por parte de la Junta Central del Censo en detrimento de las corporaciones locales y provinciales.54 La prohibición a la Iglesia católica de decantarse por cualquier candidato también constituye una novedad del texto legal. El votante podía no acreditar su identidad; no se le facilitaba un sobre para introducir la papeleta, con lo cual era sencillo comprobar su opción política.55
Con estos antecedentes, es lógico que los mauristas no tuvieran especial interés en el liberalismo político y sí abogaran por el corporativismo económico y social. Esta doctrina corporativista no era nueva en España: en sus raíces podemos encontrar a pensadores católicos franceses, como Lamennais, Bonald, De Maistre o Chateaubriand, y también a varios españoles, como Balmes, Donoso, Aparisi, Vázquez de Mella o Enrique Gil y Robles.56 Además, también ejercieron una indudable influencia las enseñanzas pontificias de León XIII y Pío XI. En esta visión tradicional la solución corporativa es contemplada como «el restablecimiento del orden natural de la sociedad».57 Se explica así que la doctrina corporativista posea una impronta reaccionaria, dando a este calificativo su valor etimológico. Esta impronta estará en la base de muchas actuaciones de la futura Unión Patriótica (UP) a la hora de justificar la política económica de la dictadura. Además, el tema de la resolución de los conflictos laborales en los comités paritarios será extremadamente publicitado por la prensa oficial, en especial por el diario La Nación.
Es una crítica teórica en la medida en que se opone a la tesis del contrato social como origen de la sociedad. Denuncia igualmente la relación mecánica entre individuo y Estado y censura la inhibición de este en la regulación de la vida social.58 De hecho, las juventudes mauristas de Goicoechea entraron a formar parte de la Guardia Cívica (organismo similar al Somatén catalán), admiraban el fascismo y deseaban la instauración de la dictadura militar que garantizara esta regulación de aspectos sociales de forma autoritaria.59
El político que mejor representó esta tendencia corporativa fue sin duda Eduardo Aunós. El político leridano, aunque proveniente del entorno de Cambó, tuvo clara desde un principio la necesidad de la «intervención del Estado en la vida del trabajo, de cuyo proceso manteníase extraño, fiel aún a los principios del liberalismo abstracto que inspiraron la revolución francesa y a los que obedeció la política económica durante la mayor parte del siglo XIX».60 A la hora de estudiar el intervencionismo estatal, hay que resaltar el hecho de que era excesivo afirmar que en los años veinte había una cruzada contra el Estado abstencionista en materia social.61
Lo que tratará de combatir el corporativismo de estos años no es el abstencionismo normativo del Estado, sino la tolerancia de la organización del Estado liberal hacia los medios de autodefensa de los trabajadores. El corporativismo restaurará la intervención del Estado en las relaciones laborales y pondrá fin a los conflictos entre patronos y obreros, al prescindir de aquellas organizaciones capaces de poner en peligro la capacidad de decisión del Gobierno. Los sindicatos revolucionarios no tendrán cabida dentro del sistema y deberán adaptarse a la negociación dentro del sistema político existente para poder sobrevivir. Este sistema idílico estará en la base de la política económica de buena parte de la derecha española durante la primera mitad del siglo XX y tendrá una enorme importancia durante la dictadura del general Primo de Rivera.
Esta doctrina corporativista parece encontrarse, en mayor o menor medida, en las principales familias políticas que se derivaron del pensamiento de Antonio Maura. La evolución posterior irá desde la posición izquierdista, ocupada por el catolicismo social de Ángel Ossorio, hasta el sector neoconservador, representado por Goicoechea, partidario del reaccionarismo social y de tintes autoritarios en el plano constitucional.62 En medio del campo maurista encontraríamos a los liberal-conservadores, con políticos como Manuel Allendesalazar, Joaquín Fernández Prida o Joaquín Montes Jovellar, todos ellos dirigidos por Gabriel Maura, primogénito de Antonio Maura.63
La solución a todos los problemas, en especial los sociales, se encontraría no en la revolución, sino en la reforma social, en la construcción de un Estado paternal donde se hiciera más tolerable la vida cotidiana de las clases trabajadoras con la creación de seguros y pensiones para la vejez. En resumen, era el Estado el que debía corregir las carencias del sistema capitalista, pero sin salirse del sistema de la economía de libre mercado. Tras esta táctica también se encontraba una ampliación de la base social del maurismo. Ampliación que también será importante entre los intelectuales de la derecha.64 Esta relación con los intelectuales conservadores lo hará fortalecerse en las críticas hacia el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (ILE), entidad que establecía un modelo de cultura que había de transmitirse por medio de la escuela. Para los mauristas, lo primero que debía transmitir la escuela era una historia de España que fuera capaz de crear un hondo sentimiento patriótico, que debía ir acompañado de la exaltación del glorioso pasado español.65
En suma, el maurismo sería fundamental para entender la voluntad de agregar a la mayor cantidad de ciudadanos en un movimiento que, sin renunciar a la derecha, fuese capaz de modernizar el país y dotarlo de un sistema democrático moderno y eficaz.66 Esta fijación de Maura le llevaría en diversas ocasiones a rechazar la posibilidad de formar gobierno, como en 1911, cuando advirtió al monarca Alfonso XIII de que solo formaría gobierno cuando pudiera «dar batalla a los facciosos, sin ninguno de los miramientos que hasta octubre de 1909 le maniataron».67 No es casualidad que uno de los principios básicos de la UP sea la custodia de los grandes intereses sociales del pueblo, algo que el maurismo venía pregonando insistentemente. Esta idea, citada por Goicoechea, dirigente de las juventudes mauristas, venía a establecer el fin de la abstención ciudadana en la vida política, que era la que permitía la monopolización de esta por parte de una oligarquía.
Sin embargo, estas ideas regeneracionistas aún estaban lejos de constituir un discurso político similar al del general Primo de Rivera y su formación política. Hay que esperar a la crisis de 1917 para que el maurismo adopte una postura claramente rupturista para el conservadurismo de la época. A partir de finales de 1918, Maura empieza a reivindicar «la propia especificidad derechista» de su formación.68 Lo más importante era encontrar una salida a la crisis en la que se hallaba el sistema de la Restauración, salida que debía encontrarse dentro del conservadurismo, pero con un discurso y unas vías completamente divergentes de las tradicionales. Maura intuyó perfectamente que, en un Estado donde la gran masa no se había movilizado detrás de ningún político civil, si la derecha no hacía el esfuerzo de aglutinar a las masas en el sistema, la izquierda española podría dejar a los conservadores en una peligrosa situación minoritaria.69 Esta idea era reclamada con más fuerza por el sector más derechista del maurismo, el representado por Goicoechea, para quien la Primera Guerra Mundial había demostrado la victoria de la democracia y la necesidad de impulsar un socialismo cristiano alejado del revolucionario.70 Todo ello dentro de un sistema capitalista y férreamente nacionalista español. Y es aquí donde debemos ubicar el ideario de la revista Acción Española.71
Todos estos principios serán adoptados por la UP, que, además, establecerá una propaganda claramente populista para aunar la mayor cantidad de masa posible. Además, este pensamiento del Maura de 1918 le servía de nexo con la Unión Monárquica Nacional, desde donde se ejercía una fuerte oposición hacia las reivindicaciones catalanas.72 Este anticatalanismo será recurrente en la derecha española durante la mayor parte del siglo XX, y sirvió para potenciar el fuerte españolismo maurista y, posteriormente, primorriverista. De hecho, el primer paso del maurismo hacia la derecha fue el anuncio de su nacionalismo españolista que, si siempre había sido claro y patente, ahora se radicalizó por contraposición. Incluso los medios de opinión católicos, como El Debate, abogaban claramente por una solución dictatorial durante 1918, cinco años antes del golpe del 13 de septiembre.
La creación de un nacionalismo español por contraposición a los nacionalismos periféricos ha sido estudiada por Borja de Riquer y José Álvarez Junco.73 Este nacionalismo era reactivo, no integrador, respetando únicamente algunas manifestaciones regionalistas. Además, estaba la vertiente militar, muy preocupada, tras el desastre de 1898, por la vida política. Pero esta preocupación conllevaba, en el fondo, un afán de revanchismo tras la derrota ante Estados Unidos. Comenzaron asaltando sedes de periódicos con los que chocaban ideológicamente para acabar exigiendo una ley de jurisdicciones que garantizara consejos de guerra para «las ofensas a la patria y al honor de las Fuerzas Armadas».74
Se trataba de influir en la opinión de los españoles y las personas de mayor transcendencia intelectual, social y económica. En 1922 se produce un hecho clave en el partido de Maura, ya que se divide en dos bandos: uno más democrático y populista, con un fuerte contenido social, y otro claramente autoritario, que bebe de las nuevas doctrinas derechistas que se están gestando en Europa durante los años veinte. Ambas doctrinas permanecerán separadas por poco tiempo. Con la creación de la Unión Patriótica las dos derechas tendrán un argumento más que suficiente para integrarse en una formación donde no se miraba el pasado político de nadie y se «acogía a todos los hombres de buena voluntad».
Para que la dictadura llegue a España, bastará con que los agentes políticos y sociales comprendan que es el rey Alfonso XIII el encargado de componer y descomponer la dinámica del juego. En un amargo recuerdo del paso de su padre por la dictadura, Miguel Maura Gamazo recordaba que su padre ya había previsto que «no hay juego posible si las reglas son intermitentes y encontradas según el jugador».75 Si el rey desea interponerse en la acción de gobierno para reforzar el peso de la Corona, debe desconectar a todos los partidos y políticos entre sí, de modo que toda la acción política desaparezca y quede una sensación de vacío que solo la acción de Alfonso XIII pueda llenar.
Esta situación se acelera tras el estallido de la Primera Guerra Mundial y, siempre analizando los partidos políticos, se llega a la conclusión de que toda acción política se volvió incoherente e inadecuada para recoger en núcleos organizados las aspiraciones de España. Según Adolfo Posada, este momento es difícil tanto para los partidos como para la nación, que carece de los condensadores imprescindibles de la opinión pública. Establece el autor varias tendencias o corrientes de opinión, como «la conservadora, descompuesta sobre todo a causa del temperamento diverso de sus hombres directores; la liberal, o del viejo liberalismo español de la Restauración», que se diferencia en grupos; estos se encuentran unas veces en franca disidencia, especialmente por motivos de incompatibilidad personal, y otras unidos para hacer posible su advenimiento al poder. Al lado surgen algunas manifestaciones que parecen responder a las aspiraciones de una política de contenido, y que «querrían provocar una aplicación nacional del nuevo liberalismo con la reforma constitucional, la secularización del Estado y una política cultural intensa y de reforma social y económica, según las exigencias del ideal democrático».76
Durante los años iniciales de la dictadura, Antonio Maura se había convertido apenas en un consejero de Alfonso XIII, a quien pedía que desistiera de encabezar el régimen de excepción valiéndose de la Junta de Defensa Nacional.77 El movimiento maurista se acabaría integrando en la Unión Patriótica en su práctica totalidad, al igual que hizo el movimiento afín a los demócrata-cristianos (con la excepción del grupo de Ángel Ossorio y Gallardo). Ossorio planteó sus reservas acerca de la suerte de la dictadura al propio Primo de Rivera en una carta en estos términos:
Conste, en fin, que entramos en un régimen militar: que van a gobernar los militares; que de ellos es la iniciativa y han de ser el desarrollo y las consecuencias. El manifiesto lo dice en la iniciativa y han de ser el desarrollo y las consecuencias. El manifiesto lo dice en su línea undécima, «ex abundantia cortis», antes de que la habilidad lograra el pulimento de las subsiguientes. «Ahora vamos a gobernar nosotros u hombres civiles que representen nuestra moral y doctrina». Así se habla.
Una Dictadura militarista tendrá sus ventajas y sus inconvenientes.
La ventaja más visible es que enfrenará la delincuencia desbocada que nos venía aniquilando y deshonrando. Sin necesidad de medios excepcionales de «ley de fugas», de barcos con rumbo desconocido ni de atrocidades semejantes con que sueñan «los que tienen que perder», le bastará al nuevo Gobierno su origen y su significación para tener a raya a los asesinos y ladrones que no representan opinión ni aspiración de nadie, más que las de sus conciencias depravadas. El orden público externo recibirá rápidamente visible beneficio.
Los inconvenientes son igualmente claros. Triunfante y galardonada la acometividad ilegal y razonada, ¿quién impedirá que con igual ilegalidad derriben al señor Primo de Rivera los que se juzguen asistidos de igual razón que la que él hoy cree poseer?78
El periódico maurista La Acción defendió con entusiasmo el golpe de Estado; su director, Delgado Barreto, se convertiría en un hombre de confianza para la dictadura. Delgado Barreto, periodista canario emigrado a Madrid para proyectar su carrera, se convertiría en el principal valedor de un colaborador de la dictadura como José María Albiñana, fundador del Partido Nacionalista Español, de raigambre monárquica y tradicional.79 Maura fue alejándose de la dictadura y el general Primo de Rivera incluso pensó en encarcelarle, debido a la polémica que ambos mantuvieron en algunos aspectos. Incluso Maura debió soportar críticas de aquellos sectores de su partido que se habían adherido a la dictadura por su actitud hacia esta.80
Tras su muerte, su hijo Gabriel Maura recordaba cómo durante los años de la Restauración la ausencia de una ciudadanía no partidista, junto al falseamiento electoral, había privado de asesoramiento a la Corona. El conformismo resignado del turno, junto al abandono «de la movilización activa y la defensa de sus principios, llevaban implícito un reconocimiento del carácter popular y mayoritario de las izquierdas, la dinástica y la republicana, y una abdicación del Partido Conservador de sus responsabilidades».81 Lo cierto es que la Restauración vivió sin los ciudadanos, y los dirigentes políticos jamás optaron por la democracia como solución efectiva a los males que afectaban al sistema.82 Cánovas había creado el sistema, pero el carácter indolente de la clase política junto a los cómodos atajos de la arbitrariedad provocarán que, en su parcial evolución hacia el autoritarismo y el pseudofascismo, la derecha española se valga de esta clase de líderes para dirigir las diferentes formaciones políticas existentes.83
El problema del orden, acuciante tras la Primera Guerra Mundial, y siempre bien presente en la ideología de Maura, se acrecentará gracias a la obra de pensadores europeos vanguardistas. La dicotomía entre la nueva derecha europea de origen maurrasiano y los valores tradicionalmente defendidos por los conservadores españoles ayudará a comprender el carácter ecléctico y pragmático de culturas políticas como la posterior dictadura de Primo de Rivera o el nacionalcatolicismo moderno durante el franquismo.84 Ciertamente, Charles Maurras representó el auge de un nuevo tradicionalismo, apoyado en el positivismo de Auguste Comte. Aunque su influencia no afectará por igual a todos los sectores de la derecha española, Maurras y Acción Francesa sirven como nexo entre dos corrientes interpretativas del conservadurismo.85
Para acabar de analizar los grupos conservadores previos a la dictadura de Primo de Rivera, debemos citar la derecha de intereses, entendida como aquella clase conservadora vinculada a los intereses económicos y financieros de la sociedad española y de los principales mercados internacionales. Esta élite económica busca en cada gobierno o corporación un tipo de protección o de ayuda que le permita cumplir sus objetivos económicos. La derecha de intereses, claramente implantada en el sistema de la Restauración, continúa con la dictadura de Primo de Rivera en forma de obtención de contratos de obras públicas o de diferentes tipos de prebendas económicas.86 Por tanto, aquella derecha populista que se estaba gestando en torno a figuras como Maura desde principios del siglo XX se superpone en el tiempo con aquella derecha oligárquica y financiera que estará presente en la dictadura del general Primo de Rivera, y que utilizará sus instituciones para encauzar a las masas en el sistema político, aunque siempre bajo un férreo control.
El largo proceso de gestación de la derecha autoritaria cristalizó en la Unión Patriótica, que representó el deseo del dictador de dotar a su régimen político de un mecanismo que le permitiera popularizar su ideario político. El origen de la formación, afirma Ben-Ami, fue natural ya que «la Unión Patriótica nació espontáneamente, con el advenimiento del Directorio, en tierras castellanas».87 Los medianos propietarios y cerealeros de Castilla la Vieja son claves para entender la fundación y el carácter de la Unión Patriótica.88 Para diciembre de 1925, cuando la formación ya tenga un organigrama claramente delimitado, con el dictador como jefe nacional y sus respectivos líderes provinciales, quedará en evidencia que este partido político único es un simple centro de colocación y la mayoría de sus afiliados lo son por puro interés personal, muy en consonancia con los antiguos partidos dinásticos.
1 Ramón Tamames: Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo, Barcelona, Planeta, 2008, pp. 124-125.
2 Para estudiar la dictadura de Primo de Rivera podemos consultar, aparte de la obra de Ben-Ami, obras ya clásicas, como las de María Teresa González Calbet: La Dictadura de Primo de Rivera: el directorio militar, Madrid, El Arquero, 1987; Eduardo González Calleja: La España de Primo de Rivera: la modernización autoritaria, 1923-1930, Madrid, Alianza Editorial, 2005; o José Luis Gómez Navarro: El régimen de Primo de Rivera: reyes, dictaduras y dictadores, Madrid, Ediciones Cátedra, 1991. Más reciente es la obra de Ramón Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura, Barcelona, Crítica-Marcial Pons, 2009, vol. 7.
3 Julio Gil Pecharromán: Conservadores subversivos. La derecha autoritaria alfonsina (1913-1936), Madrid, Eudema, 1994, pp. 1-2.
4 Mercedes Cabrera (dir.): Con luz y taquígrafos. El Parlamento en la Restauración (1913-1923), Madrid, Taurus, 1998, p. 279.
5 Véase René Rémond: Les droites en France, París, Aubier Montaigne, 1982, y Hans Rogger y Eugen Weber (eds.): La derecha europea, Barcelona, Luis de Caralt, 1971.
6 En España la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898, en Italia el desastre de Adua, el nacionalismo irlandés en el Reino Unido, el affaire Dreyfus en Francia o la revolución de 1905 en el Imperio ruso.
7 Ídem.
8 En el fondo, la implantación del sufragio universal de 1890 perpetuó el parlamentarismo fraudulento debido a un censo electoral desactualizado, a la falta de control a la hora de comprobar la identidad del votante y a las dificultades impuestas a la oposición no gobernante para la impugnación de los resultados (debido a la ausencia de interventores en las mesas). Teresa Carnero: «El lento avance de la democracia», en Mari Cruz Romeo e Ismael Saz (eds.): El siglo XX. Historiografía e historia, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2002, p. 178.
9 Es Andalucía la región donde mayores estragos había llevado a cabo el caciquismo en los momentos previos a 1923. Las provincias más castigadas en este sentido serían Almería y Granada, donde «el encasillamiento de los diputados y el cunerismo serán fenómenos absolutamente normales en el ámbito granadino. Ni que decir tiene que la estructura de la propiedad agraria favorecería este estado de cosas». Citado en José Luis Gómez-Navarro, María Teresa González Calbet y Ernesto Portuondo: «Aproximación al estudio de las élites políticas en la Dictadura de Primo de Rivera», Cuadernos Económicos de ICE, núm. 10, Madrid, pp. 192-193.
10 Manuel Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura, colección «Historia de España» (vol. 7), Barcelona, Crítica-Marcial Pons, 2009, pp. 247-249.
11 Manuel Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura..., 2009, pp. 347-349. Ambos autores han remarcado que la historiografía española marxista de los años ochenta hacía referencia a un sistema controlado por las élites oligárquicas. Sin embargo, en la actualidad se reconoce la independencia de la clase política española, libre de determinismos estructurales, y se presenta a las élites enfrentadas y heterogéneas.
12 Manuel Fraga Iribarne: El pensamiento conservador español, Barcelona, Editorial Planeta, 1981, pp. 121-122. Del mismo autor encontramos el volumen Cánovas, Maeztu y otros discursos de la segunda Restauración, Madrid, Organización Sala, 1976.
13 Eric Hobsbawm: La era del imperio, 1875-1914 (editado en el mismo volumen junto a La era de la revolución, 1789-1848 y La era del capital, 1848-1875), Barcelona, Planeta, 2014, pp. 771.
14 Un estudio clásico, de principios del siglo XX, es el realizado por Benito Pérez Galdós en los Episodios Nacionales, véase Cánovas, Madrid, Historia 16, 1996. Esta obra ha sido analizada por Sacramento Martí Vallbona: Cánovas visto por Galdós, Valencia, Universitat de València (tesis de licenciatura), 1966.
15 Carlos Seco Serrano: Historia del conservadurismo español. Una línea política integradora en el siglo XIX, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 2000, pp. 257-258.
16 Ibíd., pp. 126-127.
17 Ricardo De la Cierva: La derecha sin remedio (1801-1987). De la prisión de Jovellanos al martirio de Fraga, Barcelona, Plaza y Janés, 1987, pp. 113-115.
18 Ibíd., p. 117.
19 Elena Hernández Sandoica: «En torno a un centenario y su historiografía: la Restauración, la política colonial española y el desastre del 98», en Miguel Ángel Ruiz Carnicer y Carmen Frías Corredor (coords.): Nuevas tendencias historiográficas e historia local en España: actas del II Congreso de Historia Local de Aragón, Huesca, 1999, p. 530.
20 Carlos Dardé: Cánovas y el liberalismo conservador, Madrid, Gota a Gota, 2013, p. 93.
21 Manuel Fraga Iribarne: El pensamiento conservador..., op. cit., pp. 134-135.
22 José Antonio Piqueras: Cánovas y la derecha española. Del magnicidio a los neocon, Barcelona, Ediciones Península, 2008, p. 195.
23 Francisco Sosa Wagner: La construcción del Estado y del derecho administrativo: ideario jurídi-co-político de Posada Herrera, Madrid, Marcial Pons, 2001. Véase asimismo Francisco Sosa Wagner: Herrera Posada: actor y testigo del siglo XX, León, Universidad de León, 2000; Laureano López Rodó: Posada Herrera, político y jurista, Madrid, libro homenaje al profesor José Luis Villar Palasí, 1989; Beatriz Badorrey Martín: «Posada Herrera: Ministro de Gobernación», en Posada Herrera y los orígenes del derecho administrativo español: I Seminario de Historia de la Administración, Madrid, 2001, pp. 101-116.
24 Carta del 24 de julio de 1890, citada en Melchor Fernández Almagro: Cánovas: su vida y su política, Madrid, Tebas, 1972.
25 Pedro Carlos González Cuevas: Historia de las derechas españolas. De la Ilustración hasta nuestros días, Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 2000, p. 158.
26 Mercedes Cabrera (dir.): Con luz y..., op. cit., 1998, p. 319.
27 Ídem.
28 Esto ya había sido denunciado por el propio Azaña. Para el político alcalaíno, Alfonso XIII, «al llegar a la mayor edad, se vistió de uniforme, se calzó las espuelas, y se puso a gobernar sólo las cosas militares. El ejército fue, por su influjo cada día menos nacional, cada día más palatino». Manuel Azaña: Obras completas, Madrid, Ediciones Giner, 1990, p. 553.
29 Julio Gil Pecharromán: Conservadores subversivos..., 1994, p. 12.
30 Antonio Maura y José Ruiz-Castillo (comps.): Antonio Maura. Treinta y cinco años de vida pública, Madrid, Biblioteca Nueva, 1920, p. 49.
31 María Jesús González Hernández: Ciudadanía y acción: el conservadurismo maurista, 1907-1923, Madrid, Siglo XXI de España, 1990, pp. 22-23.
32 Manuel Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura..., op. cit., p. 420.
33 Mercedes Cabrera (dir.): Con luz y taquígrafos..., op. cit., pp. 303-304.
34 Gregorio Marañón: Obras completas, Madrid, Espasa-Calpe, 1966-1977, vol. IV, pp. 374-375.
35 Calificar el maurismo como partido o como facción es harto complicado. González Hernández le dedica un apartado en su trabajo y establece que, aunque era un grupo organizado con Maura como cabeza espiritual, tenía como objetivo ser «un movimiento o una corriente de opinión». María Jesús González Hernández: Ciudadanía y acción..., op. cit., 1990, pp. 137-138.
36 Mercedes Cabrera (dir.): Con luz y taquígrafos..., op. cit., p. 304.
37 Ídem.
38 María Jesús González Hernández: Ciudadanía y acción..., op. cit., 1990, pp. 128-131.
39 Manuel Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura..., op. cit., pp. 378-381.
40 Teresa Carnero: «El lento avance...», op. cit., 2002, p. 182.
41 Pedro Carlos González Cuevas: Historia de las..., op. cit., pp. 231-233. Entre estos jóvenes valores de la política conservadora González Cuevas destaca a Antonio Goicoechea, José Calvo Sotelo, José Félix de Lequerica, Félix de Llanos y Torriglia, Ángel Ossorio y Gallardo, el conde de Vallellano, César Silió, Luis de Galinsoga y Alfredo Serrano Jover.
42 Antonio Goicoechea: La Guerra Europea y las nuevas orientaciones del Derecho Público, Madrid, 1916, pp. 37-38.
43 Citado en Julio Gil Pecharromán: Conservadores subversivos..., op. cit., p. 15.
44 Antonio Goicoechea: La democracia conservadora, Madrid, Talleres tipográficos Stampa, pp. 173-183, recogido en Javier Tusell y Juan Avilés: La derecha española contemporánea. Sus orígenes: el maurismo, Madrid, Espasa Calpe, p. 57.
45 Francisco Romero Salvadó: España, 1914-1918. Entre la guerra y la revolución, Barcelona, Crítica, 2002, p. 153.
46 Eduardo González Calleja: Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República, 1931-1936, Madrid, Alianza Editorial, 2011, pp. 20-21.
47 Véase otra obra del propio Antonio Goicoechea: Política de derechas: orientaciones y juicios, Madrid, Blass, 1922, donde el autor establece un auténtico decálogo de medidas conservadoras para atajar los problemas del Estado. Resulta igualmente interesante Problemas del día: mosaico de conferencias, discursos y artículos, Madrid, Imprenta de El Mentidero, 1916.
48 María Jesús González: «El rey de los conservadores», en Javier Moreno Luzón (ed.): Alfonso XIII. Un político en el trono, Madrid, Marcial Pons, 2003, p. 128.
49 Ibíd., p. 131.
50 Teresa Carnero: «Democratización limitada y deterioro político en España, 1874-1930», en Salvador Forner (coord.): Democracia, elecciones y modernización en Europa. Siglos XIX y XX, Madrid, Cátedra, 1997, pp. 230-231.
51 Ibíd., p. 232.
52 Ídem.
53 Ídem.
54 Ibíd., p. 235.
55 Ibíd., p. 236.
56 Julio López Iñíguez: El nacionalcatolicismo de José Pemartín en la Dictadura de Primo de Rivera, Almería, Círculo Rojo, 2010, p. 89.
57 Alfredo Montoya Melgar: Ideología y lenguaje en las leyes laborales de España: la Dictadura de Primo de Rivera. Discurso leído en la solemne apertura del curso académico 1980-1981, Murcia, Universidad de Murcia, 1980, pp. 13-14.
58 Emile Durkheim: De la división del trabajo social, Buenos Aires, Schapire, 1967, p. 173.
59 Manuel Villares y Javier Moreno Luzón: Restauración y Dictadura..., 2009, pp. 476-477.
60 Véase Eduardo Aunós: Las Corporaciones del trabajo en el estado moderno, Madrid, Juan Ortiz, 1928.
61 Alfredo Montoya Melgar: Ideología y lenguaje..., op. cit., pp. 19-20.
62 De hecho, Ángel Ossorio será el responsable inicial de la disidencia maurista respecto del Partido Conservador en noviembre de 1913. La formación de gobierno por parte de Eduardo Dato fue el motivo por el cual numerosos simpatizantes de Maura se decidieron por esta separación. Entre sus principios encontramos la defensa de la monarquía alfonsina, la descentralización administrativa o una política social de raíz católica.
63 Julio Gil Pecharromán: Conservadores subversivos..., op. cit., 1994, p. 16.
64 González Cuevas nos habla de Félix Llanos y Torriglia, Antonio Ballesteros y Beretta, Melchor Fernández Almagro o el primogénito de Antonio Maura, Gabriel Maura Gamazo. También encontramos a prestigiosos escritores como Jacinto Benavente o Ricardo León.
65 En este sentido, el libro de José Pemartín: Los valores históricos en la Dictadura española, Arte y Ciencia, 1928, es revelador de hasta qué punto el maurismo caló hondo entre los pensadores coetáneos de la dictadura del general Primo de Rivera.
66 Existe una gran cantidad de obras dedicadas a Antonio Maura, aparte de la de Tusell y Avilés. Destaco las de Marcos Sanz Agüero: Antonio Maura, Madrid, Círculo de Amigos de la Historia, 1976; Miguel Maura y José Romero: Así cayó Alfonso XIII: de una Dictadura a otra, Madrid, Marcial Pons Historia, 2007; María Jesús González Hernández: El universo conservador de Antonio Maura: biografía y proyecto de Estado, Madrid, Biblioteca Nueva, 2007; Javier Tusell: Antonio Maura: una biografía política, Madrid, Alianza Editorial, 1994.
67 Javier Tusell y Juan Avilés: La derecha española..., op. cit., pp. 38-39.
68 Ibíd., p. 161.
69 También Juan Pablo Fusi ha estudiado el ascenso de esta derecha nacionalista «como ideología y movimiento político de oposición radical al sistema liberal y parlamentario, en nombre del Estado, de la nación o del pueblo (o de todos ellos a la vez), y en defensa de principios tradicionales y orgánicos (la comunidad, la raza, la religión, la familia)». Juan Pablo Fusi: «Dictadura y democracia en el siglo XX», Ayer, 28, 1997, p. 19.
70 El propio movimiento maurista ha sido calificado como «la nueva derecha radical, con algunos tintes autoritarios» por Miguel Martorell. Miguel Martorell y Santos Juliá: Manual de historia política y social de España (1808-2011), Barcelona, RBA Libros, 2012, p. 227.
71 Véase Raúl Morodo: Acción Española. Orígenes ideológicos del franquismo, Madrid, Tucar Ediciones, 1980.
72 Para comprender el hecho de la Unión Monárquica Nacional, Josep Puig i Juanico: «Las intrigas de los monárquicos catalanes: la Unión Monárquica Nacional de Alfonso Sala», en Haciendo Historia: homenaje al profesor Carlos Seco, 1989, pp. 481-492.
73 Véase Borja Riquer i Permanyer: Escolta, Espanya: la cuestión catalana en la época liberal, Madrid, Marcial Pons, 2001, y José Álvarez Junco: Mater Dolorosa, Madrid, Taurus, 2001.
74 José Álvarez Junco: Mater Dolorosa..., op. cit., 2001, p. 601.
75 Miguel Maura: Así cayó Alfonso..., op. cit., pp. 98-99.
76 Adolfo Posada: Tratado de derecho político, Granada, Comares, 2003.
77 Carlos Seco Serrano: Militarismo y civilismo en la España contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1984, p. 306.
78 EL, 18-10-1923.
79 Julio Gil Pecharromán: José María Albiñana y el Partido Nacionalista Español (1930-1937), Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2000, p. 36. Precisamente el Partido Nacionalista Español ha sido situado ideológicamente, en uno de los estudios más recientes, «a mitad de camino entre el tradicionalismo histórico centrado en la confesionalidad católica del Estado y la recusación global del sistema liberal-parlamentario», Eduardo González Calleja: Contrarrevolucionarios..., op. cit., p. 132.
80 Ricardo De la Cierva: La derecha sin..., op. cit., p. 180.
81 José Antonio Piqueras: Cánovas y la..., op. cit., pp. 252-253.
82 En el caso de la ciudad de Valencia, en abril de 1923 las autoridades locales estaban preocupadas ante la posibilidad de un atentado contra Alfonso XIII en su visita a la ciudad en mayo con motivo de la festividad de la Virgen de los Desamparados. AMAE, vol. Europe (1918-1929), Espagne, 7. La fecha del informe es 27 de abril de 1923.
83 Gabriel Maura Gamazo: Historia crítica del reinado de don Alfonso XIII durante su menoridad bajo la regencia de su madre doña Maria Cristina de Austria, Barcelona, Montaner y Simón, 1919.
84 Sobre Charles Maurras existe una abundante investigación, desde los clásicos Joseph Vialatoux: La doctrine catholique et l’Ecole de Maurras: etude critique, Lyon, Chronique Sociale, 1927, y Pierre Hericourt: Charles Maurras, escritor político, Madrid, Ateneo de Madrid, 1953. Entre la bibliografía más reciente destacan Bruno Goyet: Charles Maurras, París, Presses de Sciencies Po, 2000, y Stéphane Giocanti: Charles Maurras: el caos y el orden, Barcelona, Acantilado, 2010.
85 Pedro Carlos González Cuevas: «Charles Maurras y España», Hispania: Revista española de Historia, Madrid, 1994, pp. 993-1040. El autor da cuenta de la condena impuesta por el Vaticano al pensador francés en 1926. Para comprobar este extremo, véanse Jacques Prévotat: Los Católicos y la Acción Francesa. Historia de una condena, París, Fayard, 2001; Eugen Weber: Action Française: Royalism and Reaction in Twentieth Century France, Stanford (California), Stanford University Press, 1962. Para estudiar el nacimiento de Acción Francesa, en 1898, por Henri Vaugeois y Maurice Pujo, véase Stéphane Giocanti: Charles Maurras. El..., op. cit., p. 231.
86 El Servicio de Estudios de Banco de España publicó la obra La Banca española en la Restauración, Madrid, 1974, tomo I, donde resaltaba la falta de estudios acerca de este fenómeno así como sus implicaciones políticas.
87 Shlomo Ben-Ami: La Dictadura de Primo de Rivera, 1923-1930, Barcelona, Planeta, 1983, p. 91.
88 El propio José María Gil Robles establecería posteriormente un paralelismo entre la clase social predominante en la UP y en la CEDA. Véase José María Gil Robles: No fue posible la paz, Barcelona, Ariel, 1968.
1. LA UNIÓN PATRIÓTICA VALENCIANA Y SU FUNCIONAMIENTO
LA FORMACIÓN DE LA UNIÓN PATRIÓTICA
Los orígenes sociológicos de Unión Patriótica se encuentran entre el modesto campesinado católico castellano. La desaparición del Partido Social Popular favoreció la creación de esta nueva formación política conservadora. Aunque el núcleo pionero se situaba en torno a Valladolid, pronto la UP dio el salto a ciudades próximas, como Ávila, Burgos o Palencia. Para abril de 1924, la organización estaba creada en Segovia, Logroño o Cádiz. La nueva formación fue diseñada por el dictador jerezano como algo diferente y opuesto a los antiguos partidos dinásticos que tanto detestaban una gran mayoría de ciudadanos. Afirma Ben-Ami que la formación nació con evidente deseo de los pequeños propietarios agrícolas de Castilla la Vieja de comprometerse con el régimen y evitar, en la medida de lo posible, el fracaso de este.1 Además, es algo propio de la derecha autoritaria contemporánea encontrar un apoyo más grande en las zonas agrarias, donde predominan relaciones socioeconómicas más atrasadas cuando no «de ascendencia feudal».2
Tampoco hay que pasar por alto el nombre de la organización, ya que Primo de Rivera pretendía, en palabras de Álvarez Junco, simbolizar la unidad de la Patria, algo contrapuesto a los caciques tradicionales y a los políticos que habían llevado a España al desastre del 98 y a la situación difícil en la que se encontraba. Primo explotó la idea de que la patria unía tanto como la política dividía, y el nombre de Unión Patriótica venía precisamente de la voluntad de unir. La «granulosidad de los intereses privados» quedaba anulada, así como la de «las ideologías políticas».3
Sin embargo, a pesar de situar su nacimiento en 1924, hay que remontarse a noviembre de 1923 para encontrar los dos movimientos que formarán el embrión del nuevo partido. Estos movimientos son La Traza y la Agrupación de Propagandistas Católicos, que se había organizado en torno al diario El Debate, dirigido por Ángel Herrera, y que discrepaban seriamente de la conveniencia de instaurar en España un partido de corte fascista como el que se había impuesto recientemente en Italia.4 La Traza cambiará posteriormente su denominación por la de Federación Cívico-Somatenista y, desde el golpe militar que llevó a Primo de Rivera al poder, no vacilará en intentar monopolizar la creación y el desarrollo del nuevo partido del régimen. A este deseo de influenciar había que añadir el carácter improvisador del dictador que tampoco ayudaba a una definición clara del partido. El proyecto de Unión Patriótica se presentaba, por lo tanto, dubitativo en cuanto a su contenido ideológico.5 En diciembre de 1923, tres meses después del golpe de Estado, Primo declaraba:
El fascismo no es precisamente nuestro Somatén, y yo creo a éste más adecuado órgano social, más concreto en su misión y más adaptable a nuestro carácter. El día que el Somatén armado haya terminado su organización en toda España y el Partido Cívico Somatenista actúe, España contará con una fuerza ciudadana de incontestable pujanza.6
Otros autores como Alba han reforzado estas reservas de Primo de Rivera sobre el fascismo al describir su mentalidad como «un producto típico del canovismo. Por su manera de ser, era decimonónico (y hasta lo fue en la técnica de su pronunciamiento)».7 Yanguas Messía, colaborador político del jerezano, afirmaba:
Ni por su ideología ni por temperamento era un dictador. Su formación era la de un moderado liberal, y siempre habló de la transitoriedad de su gobierno y de la vuelta a la normalidad [...] Por temperamento, no era dominador, absorbente ni ambicioso. Ni, menos aún, tenía mano dura un palmo más allá de la autoridad indispensable.8
Si hemos de hacer caso de estos testimonios, Primo de Rivera estaba muy lejos del fascismo, más allá de una cierta admiración de aspectos puramente formales como la simbología o la retórica.9 Teóricamente la nueva democracia que Primo de Rivera instauraría tras una breve transición se inscribiría en un contexto de monarquía parlamentaria dirigida, evidentemente, por Alfonso XIII. De una forma bastante errática e ingenua, Primo de Rivera intentó canalizar esta necesidad de incorporar a las masas a la política mediante la Unión Patriótica. Otra cosa es atribuir a esta voluntad del presidente del Directorio Militar el hecho de que la afiliación al partido en los primeros meses de existencia fuera tan elevada. Como demostraremos más adelante, el caciquismo aún existente en numerosos pueblos españoles y valencianos, junto a la necesidad de medrar en el nuevo sistema político, son causas fundamentales a la hora de valorar esta afiliación.
Es difícil valorar si el carácter personal de Primo de Rivera pudo influir o no en el deseo de prolongar su estancia en el poder. Sus actuaciones políticas, según han demostrado numerosos historiadores, entre los que cabe citar a Ben-Ami o González Calbet, hablan de un carácter indeciso a la hora de tomar decisiones importantes. Algunos historiadores, como Pedro Voltes, han hablado de un excesivo paternalismo del dictador. En concreto, Voltes cita una advertencia de Primo de Rivera a la sociedad española para mejorar sus hábitos alimentarios mediante «unas consideraciones bienintencionadas, en aquel lenguaje chocante que le ganó tantos reproches».10
Su formación castrense no debe ser en absoluto dejada al margen. Como militar que había pasado buena parte de su vida en destinos como Filipinas o Marruecos, su opinión sobre la situación política anterior a 1923 no escapaba a los tópicos imperantes en el Ejército en aquella época. La nueva historia cultural obliga a tener en cuenta estos rasgos propios de la personalidad del dictador. Rasgos que Salvador de Madariaga describía en los siguientes términos:
Para coincidir con estados generales de opinión, no tenía que empeñarse mucho, porque evidentemente Primo de Rivera respondía a muchos tópicos de ver y enjuiciar los problemas nacionales. Tópicamente reaccionaba contra la situación de España, como otros españoles, de esta o aquella condición, que en trance de discurrir no darían otras conclusiones que las muy simples de café y tertulia. El mismo tipo de sus costumbres alegres, si no le ganaba la respetabilidad a Primo de Rivera, le hacía simpático entre las gentes que bullían. Primo de Rivera era mujeriego y jugador; generoso, franco, fatuo, antojadizo y resuelto. Hombre corrido, creía en sus propios recursos y en el suplemento que proporcionase a su incultura la experiencia del mundo.11
Hemos visto que La Traza deseaba traspasar su ideario fascista a la nueva formación, ideario que al principio se circunscribía solamente a la ciudad de Barcelona y alrededores, para después monopolizar el desarrollo del nuevo partido primorriverista. El partido debía frenar el desgaste que el Ejército podía sufrir de cara a la ciudadanía y dejar una parte importante del poder y, sobre todo, cargos intermedios en diputaciones y corporaciones municipales en manos de afiliados a la Unión Patriótica. Sin embargo, la Unión Patriótica distaría mucho de ser el partido que deseaban los trazistas barceloneses y, por el contrario, fueron los propagandistas católicos los primeros en organizarse de forma eficaz para servir de base al nacimiento del nuevo partido. Esto se debió, en buena medida, al hecho de que los propagandistas tenían una coherencia y desarrollo ideológico más elaborado que los trazistas, además:
... de unas innumerables ramificaciones organizativas por gran parte del territorio nacional (la Iglesia, la Confederación Nacional Agraria, la Acción Católica; órganos de prensa como El Debate, El Correo de Andalucía, La Verdad...); estrechos contactos con sectores económicos claves como la burguesía catalana y la vasca que movilizaron amplia y oportunamente para convertirse en la principal base de apoyo y orientación del Directorio Militar.12
Además de este hecho, cabe decir que la cultura política representada por los católicos de Ángel Herrera estaba muy en consonancia con los principios que Primo de Rivera quería para España, esto es, principios basados en la exaltación de la unidad española a la par que la defensa de tradiciones españolas tales como la religión católica y la institución monárquica.13 Sin embargo, Primo de Rivera nunca llegó a tener del todo claro el destino exacto al que quería conducir a la Unión Patriótica. En palabras de Stanley Payne, «Primo no era ni un progresista, ni siquiera un autoritario consistente, sino más bien un semiliberal confuso e impaciente, cuya fantasía no trascendía las categorías del constitucionalismo liberal».14 Para Pemán, Primo de Rivera estaba totalmente desorientado a la hora de calificar a la formación. El dictador jerezano, al hablar con un amigo acerca de la UP, no supo precisar con exactitud la naturaleza del partido, y se perdió:
... en una jungla de términos y de palabras, destacadas con un acento especial que venía a ser como prenderlas en comillas fonéticas, y aseguraba que no había venido a hacer «política», ni eran políticos sus amigos, pero sí servidores de la Política, con mayúscula, sin «politiquear». Nada de partido, sino movilización de ciudadanos honorables. Nada de Parlamento, sino asamblea consultiva y dócil. Nada de urnas y sufragios, sino manifestaciones exultantes y masivas [...] y en contraste paradójico con esta exterminación del vocabulario constitucional, nada de Estado Nuevo, sino «vuelta a la normalidad», lo cual parecía significar el regreso a todo lo que acababa de excomulgar.15
Tampoco debemos pasar por alto las palabras de Goicoechea acerca del maurismo previo a 1923 como el primer eslabón de la derecha autoritaria alfonsina:
Los jóvenes mauristas fueron, en cierto modo, los precursores de los camisas negras de Mussolini y de los nazis de Adolfo Hitler. Dieron por primera vez en España la sensación de la existencia de una masa civil de clase media que no quería ya ser un instrumento pasivo en manos de los políticos, ni un conglomerado inerte dispuesto resignadamente a ser triturado entre la soberbia de los de arriba y el odio de los de abajo.16
El libro de Víctor Alba sobre el conservadurismo español también aporta algunas características básicas del nuevo partido, como la influencia de Ángel Herrera en su ideología y su escaso rupturismo con los antiguos caciques. Además, sirvió como núcleo reagrupador de jóvenes mauristas «porque creían ver en ella un intento de realización de los ideales mauristas».17
Este carácter de reagrupación política será respaldado igualmente por Gómez-Navarro, quien defiende, en su volumen sobre el periodo, que desde el momento en el que el régimen asumió todos los núcleos políticos preexistentes, la Unión Patriótica irreversiblemente se convirtió en un partido único y gubernamental.18 El hecho de que la UP fuera un partido creado desde arriba, afirma Gómez-Navarro, no entra en contradicción con la existencia de otros partidos; ello se debe al hecho de que fuera del régimen se mantuvieron otras formaciones, entre las cuales destaca el PSOE, operando en un plano socioeconómico y no político. Sin embargo, el carácter de la UP sería original en el sentido de que constituye una ideología y unos objetivos predeterminados, como en el caso italiano o alemán, además de estar fabricado desde el gobierno para facilitar sus tareas políticas.19
Un nacionalcatolicismo dentro de una vertiente autoritaria y corporativa serían los puntos cardinales de la política española donde la nueva formación tendría que desenvolverse y conseguir los mayores apoyos del pueblo español en forma de afiliaciones.20 Según Mercedes Vázquez de Prada, la UP nunca llegó a ser un partido único de garantías debido a que careció de una función específica y de un contenido ideológico claro y definido. Esta historiadora considera la Unión Patriótica como «un movimiento difuso y abierto a todas las corrientes, sin apenas otro punto común que el regeneracionismo».21 Otros autores, como Alfonso Botti, han hablado acerca de la dictadura como un intento de integrar la ética capitalista dentro del catolicismo, algo que ya en los años veinte fue objeto de estudio de Ramiro de Maeztu. El modelo ideal para Primo de Rivera sería el autoritarismo «como vía católica a la modernización».22
También el dictador hacía, mediante un manifiesto, un llamamiento a los ciudadanos para que integraran este partido de forma masiva. Y la masa de españoles integrada en la UP fue enormemente heterogénea. Orientación patriótica, sentido de orden o espíritu tradicional eran, según Maeztu, los principales atractivos del manifiesto primorriverista.23 Como comprobaremos a la hora de estudiar la formación por comarcas y sectores sociales, la Unión Patriótica distó mucho de ser una formación homogénea. En este sentido, Gabriel Maura llegó a catalogar numerosas familias políticas incluidas en el partido primorriverista. Los nuevos miembros, aunque voluntariosos y numerosos, no tenían el espíritu cívico que caracterizaba a los que habían abrazado el credo maurista. Había desde mesiánicos y católicos integristas hasta antipolíticos, pasando por los seudoconservadores y por una multitud de ciudadanos españoles sin más convicción, pero deseosos de imponer un orden y frenar los abusos del régimen anterior.24
El hecho de que Primo de Rivera hubiera constituido el partido de forma organizada conllevó una estructura centralizada desde la que difundir el mensaje político y en la que se formaran los hombres del futuro régimen. A la hora de difundir ese mensaje político, la Unión Patriótica creó dos publicaciones para tal fin. El diario La Nación, que llegó a tener una tirada de 50.000 ejemplares en 1927, era con diferencia el medio más popular del partido. El Boletín de Unión Patriótica, que para la misma fecha apenas llegaba a 15.000 ejemplares, se convirtió en el verdadero órgano interno de la UP. Estas cifras nos dan una idea del escaso interés que para la militancia de la Unión Patriótica tenían las noticias y la actualidad de su propia formación, sobre todo teniendo en cuenta que para julio de 1927 la afiliación se cifraba en 1.319.428 miembros.
Sin embargo, a la hora de captar nuevos adeptos para el partido, los hombres del Directorio se mostraron notablemente más ambiguos. Ello le restó credibilidad. Incluso a nivel internacional parecieron entender las debilidades del nuevo partido:
Non si può dire altrettanto per ciò che riguarda l’eccessiva fiducia del Presidente circa l’avvenire dell’Unione Patriottica. Tale partito –come è stato fatto presente all’Eccellenza Vostra en precedenti rapporti di questa Regia Ambasciata– non sembra offrire nessuna seria garanzia, nè dal punto di vista della sua organizzazione, nè da quello della competenza política dei suoi principali esponenti.25
Como hemos visto, el carácter agrario habría sido fundamental para el desarrollo de las tesis de Pemartín, sobre todo en Castilla la Vieja, donde el pequeño campesinado castellano, profundamente conservador, habría apoyado entusiastamente la creación de la Unión Patriótica en 1924.26 Que la UP nacía con una clara vocación antipartidista, al entender la acción parlamentaria como profundamente negativa, lo dejó claro Pemartín al relacionar el partido con las influyentes tesis de la derecha nacionalista francesa:
... la ideología clara y definitiva ha de ser la fundamental española [...], simple, sencilla y esencial como lo es el alma popular. Sobre esta base ideológica, fundamental y sencilla, propia para ser sentida por las grandes masas, formada de esencia española y de sentido común [...] se ha de estructurar la masa de opinión ciudadana necesaria [...] esa unión de hombres, con voluntad, decididos ante todo a salvar España.27
La Unión Patriótica debía servir como columna vertebral de toda acción ciudadana, donde las ideas giraran en torno al partido único y se defendieran los «principios esenciales españoles intensamente desarrollados por la Dictadura».28 Esto era, según nuestro protagonista, un ideario que se debía implantar para instaurar el nuevo orden dentro de España: de ahí la constante referencia del pensador jerezano a la Unión Patriótica.
Esas ideas terminarían estando «llenas de realidad y de españolismo».29 Concepto, el de españolidad, que se resalta junto al de catolicismo, monarquía o tradición. No en vano, la ideología pemartiniana defenderá la necesidad de un nuevo orden mediante la aplicación de estas ideas en un claro ejercicio de pragmatismo político, y dudará en incorporar elementos tradicionales junto a ideas fascistas, que se acentuarán en su pensamiento durante los años de la II República y de la Guerra Civil.30
En 1924, en plena afiliación masiva de antiguos militantes de partidos dinásticos, el antiguo dirigente liberal Romanones y el reformista Melquíades Álvarez se dirigieron al general Primo de Rivera para que les diera permiso para organizar un encuentro con sus antiguos partidarios. Detrás estaba un desesperado intento para frenar las crecientes desafecciones hacia la UP.
Con la misma intención se creó a principios de 1925 la Liga de Intelectuales Monárquicos por parte de un grupo de intelectuales de derechas entre los que se encontraban Pedro Sáinz Rodríguez, Rafael Altamira y Gómez de Baquero.31 Era otra muestra del éxito de la Unión Patriótica a la hora de restar apoyos al monarquismo parlamentario, que provocaría en diversos pensadores el temor de que el antiguo conservadurismo parlamentario «llegara a ser una derecha extremista y ultraconservadora».32
Uno de los aspectos que cabe destacar de la Unión Patriótica es el hecho de que sea un partido diseñado desde el vértice del poder, en una clara voluntad de dotarlo de la fuerza necesaria como para acometer la labor propagandística y de proselitismo que el nuevo régimen deseaba para su labor política.33 Además, la organización futura presentaba un atractivo añadido, ya que la disolución de los cuadros dirigentes de ayuntamientos y diputaciones haría que la UP llenara con relativa facilidad ese vacío con dirigentes locales. Ello se debe en parte a la escasa tradición democrática que presentaba España, con partidos como los dinásticos con unas bases sociales muy reducidas y donde la mayoría de la población carecía de la cultura política necesaria como para interesarse por la afiliación política.
En un claro intento de desligar la Unión Patriótica de los anteriores partidos, el régimen intentó por todos los medios evitar referirse a la formación con el término partido, como puso de manifiesto José María Pemán, uno de los principales ideólogos de la formación junto a José Pemartín.34 Para Pemán, la Unión Patriótica no era un partido «y, en consecuencia, no se inclina a la derecha ni a la izquierda», por lo que se intuye una clara voluntad de aglutinar a la mayor cantidad posible de ciudadanos que dieran al Directorio Militar una gran cobertura ideológica y, sobre todo, legitimidad para su acción de gobierno.35
Este carácter artificial se puede comprobar en otros hechos, como los que Javier Tusell cita en el volumen referido a la dictadura de la colección Historia de España publicada por Espasa-Calpe. En un análisis detallado y pormenorizado de la formación, Tusell afirmaba que:
... cuando el general Milans del Bosch se hizo cargo del gobierno civil de Barcelona, informó que allí no había nada organizado; en Bilbao empezó a existir la UP merced a la incorporación a ella de los tradicionalistas. No se crea que esta adhesión a la política del Directorio de grupos políticos preexistentes fue algo excepcional: al margen de las adhesiones que existieron a nivel local, que más adelante serán examinadas, algunos personajes bien caracterizados de la vieja política, como Goicoechea y Bergamín, parecen haber estado dispuestos a participar en actos de propaganda de la UP.36
Sin embargo, y a pesar de la celeridad con la que los propagandistas católicos empezaron a actuar, no sería hasta abril de 1924 cuando nacería oficialmente la Unión Patriótica a escala nacional. Para ello, desde el Gobierno central, se instó a los gobiernos civiles a que pusieran su empeño para «organizar a todos los hombres de buena voluntad, a fin de prepararles para cuando el Directorio haya realizado su misión».37 Esta misiva, fechada el 5 de abril de 1924, sería el principio de una serie de instrucciones y órdenes a los gobernadores civiles para que, a través de los delegados gubernativos, se pudiera llevar a cabo este proceso fundacional en los diferentes municipios. La estructura de gobernadores civiles con unos delegados gubernativos a su cargo es bastante simple, y típica de la mentalidad militar, donde el orden jerárquico es fundamental. Esta estructura presentaba la ventaja de poder llegar a todas las provincias españolas.38
No fue casualidad la fecha elegida para hacer llegar esta circular a los gobernadores civiles, debido a que el Estatuto municipal se había aprobado el 8 de marzo de 1924. Esa nueva correlación de fuerzas entre municipios y Gobierno central supuso una serie de críticas y polémicas que una amplia base social como la Unión Patriótica debía neutralizar para frenar el desgaste de la dictadura. La joven dictadura partía, pues, con tres grandes pilares sobre los que sustentar su poder: el Ejército, la Unión Patriótica y la reforma de los ayuntamientos, que ayudaría a lograr ciudadanos afectos a la causa del general Primo de Rivera mediante la labor proselitista que el nuevo Estatuto municipal imponía a los responsables de los ayuntamientos.39 Una nueva circular, del 25 de abril, dirigida a los delegados gubernativos y a los gobernadores civiles decía que:
La promulgación del Real Decreto de 10 del actual, que ordena la formación del Censo Electoral preparatorio del resto y garantizado ejercicio de esta función, marca el momento de organizarse a las agrupaciones políticas que se dispongan, en su día, a solicitar los sufragios de los ciudadanos [...]. Así pues, deben tener bien entendido las autoridades gubernativas que nadie que pertenezca al Directorio ni sea funcionario suyo, ha de imprimir personalidad a la política nueva y sana, que debe representar la Unión Patriótica, y que el bello ideal sería que en las primeras cortes que un país elija, las fuerzas del nuevo partido obtuvieran una fuerte mayoría [...]. Corresponde, por lo tanto, que los gobernadores civiles y los delegados gubernativos amparen por igual la actuación de los ciudadanos que se dispongan a ser factores de la política futura, prescindiendo en absoluto de las antiguas organizaciones, estimulando a salir del retraimiento a los apolíticos y admitiendo el concurso de los que son o fueron políticos, pero no bajo las etiquetas de sus partidos...40
Tras Primo de Rivera, que sería elegido jefe nacional en mayo de 1925, se situaba un Consejo Directivo Nacional bajo la vicepresidencia de José Gavilán.41 Su labor parece que contó con el beneplácito del presidente del Directorio Civil; de hecho, cinco años después del golpe militar participó gustosamente en el homenaje que se tributó a Gavilán. Poco después de las celebraciones del 13 de septiembre de 1928, el Gobierno decidió reconocer los méritos de Gavilán concediéndole la Gran Cruz del Mérito Civil.42 La UP, mediante suscripción popular, costearía las insignias de dicha cruz, teniendo como primera donación la de Primo de Rivera. La revista de Unión Patriótica, de aparición quincenal, describía en los siguientes términos al dirigente uniopatriotista:
Por eso, el honor de que ha sido investido el Sr. Gabilán [sic] por parte del Gobierno, concediéndole la gran cruz que premia y exalta sus méritos, encontró en todos los labios palabras de justo encomio para hombre de tanta modestia, de tantas virtudes y de tan elevadas condiciones como el Sr. Gabilán, que siempre ha demostrado su patriotismo con una tan grande elevación de espíritu como corresponde a un caballero de rancia estirpe española y cristiana.43
Tras Gavilán se situaban dos secretarios generales, Luis Benjumea y Gabriel Aristizábal, además de ocho vocales, cuatro elegidos por la Junta Directiva Nacional y otros cuatro por el jefe nacional. Este Comité fue ampliado a finales de 1928 con otros cuatro vocales: dos de elección de la Junta Directiva Nacional y otros dos nombrados por el jefe nacional, con lo que Primo de Rivera controlaba todo el aparato directivo de la Unión Patriótica Nacional. A nivel provincial se establecieron cincuenta asambleas y juntas directivas provinciales, cuyos dirigentes eran el jefe provincial y una junta asesora de ocho personas. El funcionamiento del partido a nivel provincial o local se realizaba mediante un gran control por parte de Madrid. Además, para acabar de complicar las cosas, los gobernadores civiles «suponían un factor suplementario de distorsión de las actividades del partido, al intentar en no pocas ocasiones hacerse con su control, aunque a partir de octubre de 1925 debieron abstenerse oficialmente de intervenir».44
LOS INICIOS DE LA UNIÓN PATRIÓTICA VALENCIANA
Como hemos visto, la dictadura intentó resolver la crisis planteada desde finales de la Primera Guerra Mundial mediante la incorporación de las masas a la política, fenómeno que desde este momento se revelaría imparable en España y que acrecentaría la velocidad de los cambios políticos. Para ello, Primo de Rivera intentó atraer hacia su sistema a aquellos grupos que planteaban una reforma sin salirse del sistema. Muchos de ellos estaban relacionados con el catolicismo social y acabaron convergiendo en las diferentes organizaciones provinciales de la Unión Patriótica. No obstante, en Valencia el fenómeno de la Unión Patriótica va a estar dirigido por hombres nuevos llegados a la política, ante la indiferencia de los sectores más cercanos a dicho catolicismo, que, en los años finales de la dictadura, adoptaron una postura contraria a esta. Inicialmente la postura de los católicos valencianos consistía en aceptar la nueva formación, dado el carácter provisional con el que la dictadura se presentaba a sí misma. Además, la Unión Patriótica de Valencia hizo gala de una valencianidad localizada en la capital, provocada por el provincialismo del régimen y por su posición contraria al regionalismo.45
Pero si algo original tuvo la Unión Patriótica de Valencia fue su defensa de la figura del rey. Defensa que supondrá un paralelismo entre la UP y la posterior Unión Monárquica Nacional. Esta defensa cada vez fue haciéndose más firme, lo que demuestra que la crisis de hegemonía había llegado a su cima una vez fracasado el intento de la dictadura.46
El 3 de abril de 1924 ya se llevó a cabo en Valencia una reunión convocada por Carlos Sousa Álvarez de Toledo, marqués de Sotelo, donde se creó la Unión Patriótica provincial.47 En dicha reunión, que tuvo lugar en el salón de sesiones de la Diputación provincial, el marqués de Sotelo pronunció unas palabras explicando el objeto de tal acto, consistente en dar apoyo a la labor emprendida por el Directorio Militar y en poder construir un gran núcleo de la Unión Patriótica. Acto seguido, el marqués de Sotelo procedió a la lectura de un manifiesto elaborado por todos los asistentes, donde daba cuenta de la necesidad de organizar a todos los valencianos con sentimientos patrióticos.
El manifiesto prosiguió con la publicidad de la obra del 13 de septiembre y su consolidación por parte de todos los españoles unidos. El genio español, junto con su carácter inventivo y creativo, es exaltado por el marqués de Sotelo. Este genio creativo pasó por un momento realmente complicado durante los años de la Restauración debido a la incapacidad política, pero será corregido por el general Primo de Rivera:
Los españoles hemos sabido ser, desde hace mucho tiempo, y singularmente sabemos serlo ahora, maestros en un arte que un preclaro ingenio de nuestra literatura clásica, Baltasar Gracián, llamaba donosamente el arte de dejar estar.
[...]
Todos los partidos de gobierno anteriores al 13 de Septiembre, han dejado de existir, por muchas ilusiones que se hagan sus afiliados. Se salvarán de la general destrucción, algunos hombres: los bienintencionados y capaces, los no salpicados por el lodo de la orgía política y que, verdadera y públicamente arrepentidos, laven hasta la última diminuta mancha de sus errores. Pero las organizaciones, sus clientelas, los compadrazgos, los osados cacicates [sic], todo esto ha concluido.48
El marqués de Sotelo coincidía con Primo de Rivera en que las fuentes principales eran «los elementos apolíticos del país, por descorazonamiento o desconfianza de la política, tal como se venía ejerciendo, o los que eran políticos y no estaban conformes con los procedimientos y programas de los partidos que existían».49 Este grupo de políticos descontentos será clave a la hora de explicar los numerosos problemas con que tuvo que luchar la UP de la provincia de Valencia a lo largo de su existencia. En el distrito de Gandía, en una fecha tan avanzada como 1928, se denunciaba ante el propio Primo de Rivera la presencia «de significativos romanonistas, ciervistas y albistas» en la Unión Patriótica de varias localidades de la zona.50 El hecho de medrar políticamente hizo posible estas afiliaciones. La afirmación del general Primo de Rivera de que la afiliación de estos antiguos políticos se debía a una supuesta buena voluntad no se sostiene de ninguna manera en la mayoría de las comarcas valencianas, o por lo menos no se tiene constancia de ningún caso así.
Tras 1928, la imagen idílica de Primo de Rivera y del partido que iba a acabar con la vieja política había sido destruida por completo. El mal del caciquismo estaba demasiado arraigado en la sociedad española como para ser extirpado por una organización carente de la solidez necesaria para llevar a cabo tal tarea. La organización incluso llevaba a cabo gestos de clemencia con los opositores al régimen, como el puesto en práctica en septiembre de 1928. El gobernador civil de la provincia, Cristino Bermúdez de Castro, había utilizado el nombre de la organización para solicitar a Primo de Rivera la «libertad de unos detenidos que aún teniendo ideas republicanas son incapaces de promover algaradas en ningún sentido».51
El propio dictador defendió, hasta los últimos momentos de su gobierno, el hecho de que los afiliados no estuvieran sujetos a ningún credo político, y que tampoco se mirara su pasado político:
Por fortuna, y como era de prever y desear, de nuestras filas van saliendo alegatos y defensas de la obra realizada por la Dictadura, difíciles de combatir; obra generada siempre por el patriótico mandato de las circunstancias, recogido y ejecutado éste siempre con el vehemente deseo de servir el interés general de España como Nación y como Estado. Esto nos ha sido fácil, porque los que integran las Uniones Patrióticas no están sujetos por sectarismos ni partidismos, en los que nunca se enrolaron o de los que supieron apartarse a tiempo, ante la visión clarísima de que con tales lazos y compromisos les era difícil servir a la Patria. Por eso sólo ella, la Unión Patriótica, está hoy capacitada para recoger, en primer grado de sucesión, la herencia de la Dictadura, y, además, por su gran obra positiva y beneficiosa en la administración municipal y provincial, que no puede truncarse ni interrumpirse y en la que ha probado cualidades y revelado virtudes de que el país se ha beneficiado palmariamente.52
Este llamamiento en general, y sin más preocupación que un simple aumento de la base de militantes, hace pensar en una afiliación sin demasiado criterio que en numerosas ocasiones se llevaría a cabo ante presiones por parte de patronos o propietarios. Desde los inicios de la UP provincial esto era algo común:
Y, para que todos nuestros propósitos sean fecundos y para que cristalicen inmediatamente en una incesante propaganda, dirigimos un llamamiento a todos los ciudadanos conscientes de sus deberes, invitándoles a formar con nosotros una estrecha unión patriótica.53
Tras la lectura del manifiesto por el marqués de Sotelo, se procedió a su firma, con la recogida de 52 apoyos de catedráticos, propietarios e industriales. Sin duda, estos seguidores de la obra del Directorio Militar debían aportar un buen número de capitales a la formación, además de, en el caso de los catedráticos, un prestigio universitario y académico nada desdeñable. Poco después, el 4 de abril, era el gobernador civil de la provincia de Valencia el que remitía al Directorio Militar un telegrama «dándole cuenta de la constitución de la misma y de su adhesión al trono».54
El domingo 6 de abril tuvo lugar la primera reunión del Comité Ejecutivo Provincial, donde se trataron asuntos como las adhesiones recibidas hasta ese momento y la creación de tres comisiones.55 En sus orígenes, la Unión Patriótica valenciana contó con la ayuda de Enrique de Benito, miembro del antiguo Partido Social Popular, encargado de impartir numerosas conferencias en los locales que la formación tenía en la capital y en diferentes municipios.56 De Benito sería miembro de la Comisión de Propaganda y uno de los hombres fuertes del marqués de Sotelo a la hora de dirigir la organización. Además, se formó una Junta Directiva, presidida por el marqués de Sotelo, encargada de coordinar la labor de las comisiones de censos, hacienda y propaganda, con el marqués de Cáceres como secretario y con don Francisco Prefaci como tesorero.57
La Comisión de Censos estaba formada por los siguientes dirigentes uniopatriotistas: Juan Busutil, el marqués de Cáceres, Juan Fortís, Nicolás Martínez, Vicente Gómez Novella, Rosario Martínez y Eduardo Martínez Sabater.
La Comisión de Hacienda, formada por: Juan José Sister, Francisco Prefaci, Carlos Prades, Vicente Moreno, Francisco Mestre y el marqués de Sotelo.
Por último, la Comisión de Propaganda la integraban Joaquín Ros, Enrique de Benito, Carlos Rivas, Eduardo Martínez Sabater, Rosario Martínez, el conde de Trigona, Ricardo Vecina, Enrique Castells y Victoriano Poyater.58
El estamento nobiliar, si bien reducido en comparación con los miembros que no poseían títulos, no deja de ser interesante. Si al propio marqués de Sotelo, jefe provincial de Unión Patriótica, añadimos que el conde de Trigona era el jefe local en la ciudad de Valencia, comprobaremos que, a pesar de su reducido número, acumulaban un gran poder.59 El conde de Trigona, que había iniciado su carrera política como presidente de la Juventud Católica, era miembro del Comité Provincial y concejal del Ayuntamiento de Valencia desde 1926.60 Como comparativa, sirva como ejemplo que el marqués de Benicarló, diputado conservador por Vinaròs desde 1901, era el jefe provincial de la Unión Patriótica en Castellón.61 El equipo que dirigía la UP local de Valencia se completaba con Juan Fabiani como secretario, Santiago Miralles Hurtado como tesorero y el marqués de Villagracia como vicepresidente. Además, el Comité Local estaba compuesto por Enrique Mariner, Juan Aleixandre, José Illueca y Vicente Pallarés Iranzo.62
Toda esta participación de los nobles en el partido no debe llevarnos a pensar que los nobles de la UP valenciana fueran grandes terratenientes. La mayor parte de estos aristócratas eran nobles de segunda categoría, la mayoría de carrera castrense, que vieron en el partido único de Primo de Rivera una forma de ejercer influencia y de presionar para poder conseguir prebendas y privilegios. El modo de ejercer el poder por la alta aristocracia terrateniente, no solo valenciana sino también española, se llevaba a la práctica a través de canales muy alejados de la Unión Patriótica, como el monarca o el propio presidente del Gobierno. Los nobles de mayor rango apoyaron la dictadura mientras el rey estuvo del lado de Primo de Rivera. Algunos historiadores han diferenciado a la aristocracia madrileña y palatina de la de provincias. En la primera encontró el régimen mayores reticencias a su causa, mientras que en la segunda la obra del Directorio encontró mayores apoyos.63
El local social de la Unión Patriótica valenciana estaba situado en el número 10 de la plaza de Castelar, domicilio que antes había sido sede del Centro Romanonista Valenciano. Tal y como constata Las Provincias, tras esta reunión inicial se convocó otra con la finalidad de establecer una cuantía para las cuotas de afiliación. Los datos económicos del partido en la ciudad son muy variados, y presentan a menudo un detalle minucioso de los pagos y los ingresos. Lo que hemos podido constatar es que la organización tuvo buena salud económica hasta los años finales de su existencia. Un apunte de la reunión del Comité Local de abril de 1928 establece un saldo en caja de 20.599,40 pesetas. Sin embargo, el mismo libro de actas apunta que para marzo de 1931, durante el gobierno del almirante Aznar, el partido arrastraba déficit.64
Tras la lectura de los nombres que componían el Comité Ejecutivo de la UP valenciana, el acto antes mencionado terminó con una defensa de la labor destructora que ha tenido que realizarse para seguir por el camino trazado por el Directorio Militar. Además, se hizo una alabanza del núcleo de personas que componían la nueva organización. Cabe observar el afán rupturista que el manifiesto dejaba patente respecto al régimen restauracionista anterior, y ello estaba en clara contradicción con el movimiento del 13 de septiembre, que debía incorporar a los militantes nobles de los antiguos partidos políticos. Es curioso el hecho de que el manifiesto no hiciera mención a la palabra partido y sí lo defina como movimiento, con clara voluntad de agrupar a la mayor cantidad de valencianos que, desengañados de la antigua política, pudieran hacer cada vez más grande la nueva formación primorriverista.65
El Comité Ejecutivo pronto demostró su deseo de dar a conocer la organización y aumentar su prestigio entre la sociedad valenciana. Así, en una reunión celebrada el 19 de abril de 1924, se informaba en una nota de prensa de la intención del propio Comité de pedir al general Primo de Rivera que, en su inminente visita a Valencia, tuviera la bondad de dedicar unos minutos a la visita del domicilio social de la Unión Patriótica en la capital del Turia.66 La llegada del jefe del Directorio Militar a la ciudad de Valencia se produjo la noche del 20 de abril, después de sendas paradas en La Vall d’Uixó y Sagunto. La visita, de menos de veinticuatro horas de duración, apenas consistió en una multitudinaria recepción popular y una visita al Palacio de Comunicaciones en compañía del alcalde, Juan Avilés, para acabar la estancia la tarde del domingo con una visita al Palacio Municipal en compañía del alcalde y del marqués de Sotelo, presidente provincial de la Unión Patriótica.67
En esta primera etapa de la Unión Patriótica, en la que podemos constatar una reestructuración del Directorio Militar, encontramos un cierto continuismo dentro de la labor regeneradora con la que partió la dictadura primorriverista, labor con la que el general Primo de Rivera intentaría a largo plazo justificar sus actos y decisiones políticas. Como ha señalado Gómez-Navarro, los cuatro problemas más acuciantes para el régimen no eran otros que el que planteaba la cuestión marroquí, los disturbios públicos derivados de la crisis económica posterior a 1917, los nacionalismos, en especial el vasco y el catalán, y el caciquismo.68
Más datos sobre la formación los hemos conseguido a raíz de una nueva reunión de la Unión Patriótica valenciana el 30 de abril en su local de la plaza Emilio Castelar. El marqués de Sotelo leyó los telegramas recibidos del rey y del presidente del Directorio en respuesta a los que la UP valenciana les dirigió al constituirse. Igualmente, esta reunión marca un aspecto fundamental en la formación valenciana, y es que en esta fecha fue aprobado y expuesto el Reglamento de la Unión Patriótica provincial, fijando una cuota de una peseta para los obreros y de tres a cinco pesetas para el resto de los afiliados, según la voluntad de contribuir de cada cual.69 Este comité reunido en Valencia era de carácter provincial, aunque ello no fue inconveniente para que el Comité Nacional de la UP de Madrid le otorgara rango de comité local hasta el mes de diciembre de 1924, con la esperanza de que hasta entonces todos los distritos de la ciudad pudieran organizar su propia organización upetista con su correspondiente comité ejecutivo de distrito y poder elegir a un líder la organización en la ciudad.
La organización provincial upetista iniciaba su andadura al tiempo que en la Unión Patriótica nacional se convocaba, pocos días después, una gran asamblea nacional que pondría en común los diferentes puntos del ideario. Así, en la ciudad de Medina del Campo, el 8 de mayo de 1924, se reunieron los jefes provinciales y diferentes asambleístas nombrados para tal ocasión bajo la presidencia del general Primo de Rivera. Ciertamente, un partido que pretendía ser de masas no podía dejar pasar la ocasión de demostrar una perfecta centralización de sus órganos burocráticos, además de su carácter castellano. No obstante, durante la asamblea nacional, los principales asambleístas dejaron patente la clara voluntad regeneracionista con la que nacía la formación primorriverista.70
Esta asamblea nacional debe ser encuadrada en lo que González Calbet y Gómez-Navarro han calificado como el desarrollo inicial de la formación y que llegará hasta el mes de julio de 1926. En este periodo inicial «no se creará ninguna estructura organizada del partido de rango superior al provincial. Esta falta de contactos interprovinciales dentro de la propia UP y de una estructura supraprovincial, incrementaba la dependencia del poder central e impedía toda posibilidad de autonomía del partido».71
La Unión Patriótica basaba su estrategia, a medio y largo plazo, en que tras ser desmantelado el antiguo régimen restauracionista los nuevos políticos, ya formados en el nuevo partido, regenerarían las instituciones políticas y se integrarían, además, a la perfección en el nuevo partido. Esta obediencia al régimen será aprovechada por algunos militantes a la hora de denunciar comportamientos irregulares. Así, en 1927, en la localidad de Sollana, el recién elegido jefe local y sus asesores en la Junta Local elevaron una queja a la Comisión Provincial defendiendo la limpieza y validez de la elección de sus cargos. Después de argumentar la transparencia de este proceso, afirmaban que:
No pueden ser nunca amigos ni partidarios de la política honrada iniciada por el ilustre caudillo el Exmo. Sr. Dn. Miguel Primo de Ribera [sic], los que tales procedimientos utilizan para provocar divisiones y disidencias, dentro de esa agrupación llamada Unión Patriótica, causa de admiración por su disciplina, y porque los móviles que inducen a los que en su seno militan son el acendrado amor a la Patria y el deseo de regeneración por tanto tiempo sentido por los que se precian de buenos españoles.72
El partido podía contar con un orden y una estabilidad importantes pero, a largo plazo, estaba acabando con el debate interno que toda formación política necesita. Esta línea de actuación propia de una política de masas contaba con un diario estatal como era La Nación. Este periódico, creado en 1925, simbolizaba en sus inicios su línea de pensamiento en estos términos:
La Nación será un periódico dispuesto a defender las causas justas, preocupándose más de las características del litigio que de la condición de los litigantes, procurando aunar los esfuerzos distintos para que los más se produzcan en dirección conveniente al bien público y huyendo siempre de enaltecimientos personales fuera de medida, pues aún a trueque de defraudar a meritísimos actuantes, preferimos evitar radicalmente en política el antiguo proselitismo, atomizador y enervante, contrario siempre al interés general.73
Es importante señalar que en el Consejo de Administración del periódico figuraba el marqués de Sotelo, lo cual constituye una prueba inmejorable de su ascenso político y de la buena reputación que estaba adquiriendo en el régimen de Primo de Rivera.74
Además, el dictador contaba con la posibilidad de desgastar a movimientos ajenos al sistema como el anarquismo, el republicanismo y, sobre todo, el socialismo, a base de sumar a posibles simpatizantes de estos a su causa. La Unión Patriótica representaría de esta manera una dicotomía entre lo civil y lo militar, es decir, los militares ocupando los puestos de responsabilidad y los civiles legitimando ese movimiento militarista mediante el cauce que ofrecía el gran partido de masas. Esta legitimidad encontró un filón en las obras públicas que la dictadura llevó a cabo en toda la provincia de Valencia, como la que tuvo lugar en el municipio de Carlet, donde el presidente local de Unión Patriótica, Salvador Clariana Navarro, realizó un acto de propaganda y defensa de la labor de la dictadura durante la visita del dictador en la que aprovechó para inaugurar un parque escolar. El residente upetista hacía además un llamamiento a los vecinos de Carlet para «que con esta ocasión se reavive el sentimiento patrio, por el mutuo acercamiento entre gobernantes y gobernados».75
Al ser parte de un entramado nacional, la UP valenciana debía designar una serie de cuatro representantes en la asamblea nacional que tendría lugar en Madrid el 1 de diciembre de 1924. En una circular enviada por la Secretaría del Directorio Militar el 28 de agosto de 1924 a los gobernadores civiles de cada provincia se daban instrucciones para que «el 1 de Noviembre se reúnan los Comités de cabeza de partido judicial de Unión Patriótica para designar tres delegados que el día 15 irán a la capital de provincia, que a su vez designarán a cuatro personas que la representarán en la Asamblea de Madrid».76 Esta asamblea, prosigue la circular, debía ser la que formulara el programa de la formación, por lo que:
... procede que con antelación las organizaciones de pueblos, cabezas de partido y capitales de provincia completen ficheros personales firmados por sus afiliados y nombren sus Comités en la inteligencia que sin este requisito no se tendrá derecho a la designación de las Comisiones que han de acudir primero a la Capital de la provincia y luego a Madrid en las fechas indicadas [...]. Le encarezco la mayor atención a este servicio de que pende la constitución [del] órgano habilitado para [el] Gobierno. Le saludo.77
Evidentemente, el carácter centralista de la formación se trasladaba a la designación de representantes en el órgano central de Madrid. Llama la atención la relación sin tapujos que desde esta circular se establece entre el Gobierno del Directorio Militar y la formación upetista. Este partido creado de arriba hacia abajo respondía a una determinada concepción del poder y de la acción de gobierno. Esta división de funciones estaba en consonancia con el sistema de provincias español, lo que conllevaba no solo una delimitación clara de las competencias de cada comité provincial, sino también una total identificación de los miembros y simpatizantes de la formación con la idea y organización misma de España. En resumen, podemos decir que la Unión Patriótica nacional era un trasfondo de la mentalidad centralista y unificadora del general Primo de Rivera con un elevado nivel de propaganda y exigencia, como constata la circular que se envía desde el Directorio Militar a los gobernadores civiles para intensificar las suscripciones a La Nación, el periódico oficial y propagandístico de la Unión Patriótica, «hasta obtener cuanto antes [el] máximo resultado».78
La instauración del Directorio Civil en el mes de diciembre de 1925 supuso un cambio fundamental en el devenir del régimen a la hora de afrontar los retos desarrollistas que se había marcado el dictador un par de años antes. Aunque los principios básicos para desarrollar España se mantuvieron idénticos a los que existían en el Directorio Militar, esta nueva fase civil significaba que los militares pasarían a un segundo plano a la hora de ejercer el poder o, por lo menos, lo ejercerían entre bastidores en unas determinadas áreas repartidas entre ministros.
En la provincia de Valencia se estipuló que el gobernador militar únicamente debería centrarse en asuntos militares; para los temas civiles, el Directorio nombraría a un gobernador civil.79 La mayoría de los miembros del nuevo Gobierno provenían del partido dictatorial, con lo que se acentuaba ese carácter oportunista con el que numerosos afiliados upetistas acudían a la formación. A largo plazo, cuando los logros de la dictadura empiecen a declinar y el apoyo con el que inicialmente contó el general Primo de Rivera se deteriore, el declive de la formación será incluso más rápido debido al carácter oportunista de buena parte de sus adhesiones. La UP jugaría un papel crucial a la hora de aportar nuevos funcionarios de libre designación al Directorio Civil. Este fenómeno ha sido estudiado en el caso barcelonés y vizcaíno por Antonio Canales Serrano, quien afirma que:
En 1926 la Dictadura había renunciado a su provisionalidad y avanzaba tentativamente hacia la instauración de un nuevo sistema político. Esta evolución implicaba un salto cualitativo en el tipo de consenso que hasta el momento había demandado la Dictadura. Ya no bastaba con aceptar pasivamente la política de excepcionalidad del Directorio Militar; se reclamaba un apoyo activo al proyecto instaurador. Este apoyo activo venía encauzándose desde 1924 a través de la Unión Patriótica, que en consonancia con la evolución de la Dictadura iría adquiriendo progresivamente una mayor presencia política.80
Sin embargo, después de analizar los inicios de la Unión Patriótica valenciana, y de haber comparado esta experiencia con otras en diferentes lugares del Estado español, debemos hacernos una serie de preguntas a la hora de profundizar en el estudio de esta. Entre ellas, por ejemplo, estarían las siguientes: ¿qué sectores componen principalmente la afiliación a la Unión Patriótica en la provincia de Valencia?, o ¿es cierta la ruptura total de la UP con las prácticas políticas de los antiguos partidos dinásticos en Valencia? Incluso cabría añadir, ¿los hombres de los antiguos partidos quedan completamente marginados del poder y sus prácticas caciquiles invalidadas tras la instauración del partido primorriverista? La necesidad de acometer este estudio pormenorizado acerca del partido en el País Valenciano y, más concretamente, en la provincia de Valencia ya fue advertida por Joan del Alcázar en 1984.81
FUNCIONAMIENTO Y ORGANIZACIÓN DE LA UNIÓN PATRIÓTICA VALENCIANA
La organización de la UP se basaba en una estructura piramidal donde las órdenes que se enviaban desde la sede central en Madrid iban destinadas a cada provincia o municipio a través de los intermediarios correspondientes, esto es, jefes provinciales, delegados gubernativos y jefes locales o de distrito.82 El acatamiento de todo afiliado de los principios de la Unión Patriótica significaba en la práctica la sumisión al orden y autoridad del Directorio Militar, el respeto a la monarquía de Alfonso XIII y el ralliement a las instituciones armadas, desde el Ejército hasta el Somatén, con el fin de salvaguardar el orden público. En los estatutos del partido, la UP estaba claramente destinada a acabar con el «viciado mecanismo de los viejos partidos políticos; la aspiración a purificar la vida pública y hacer honorable la privada; el sacrificio de todo personalismo y de los intereses particulares». No es casualidad que el único reglamento publicado sobre el partido se hiciese desde Madrid.
La autonomía y capacidad de decisión de cada jefe local o provincial era prácticamente inexistente y se limitaba al arreglo de conflictos menores en el funcionamiento del partido en pueblos o municipios de poca población. Estos líderes de provincias, como el marqués de Sotelo, conocían el sistema de funcionamiento perfectamente, se amoldaban a él y no se enemistaban con Primo.
En 1926, el marqués de Sotelo proponía junto a doscientos sesenta y cuatro afiliados de la UP valenciana la concesión al dictador jerezano del tercer entorchado por sus servicios en la guerra de Marruecos.83 Primo respondió a la invitación en una carta en la que remarcaba sus propios méritos en la pacificación de Marruecos, en un gesto de cara a la galería, ya que sin duda sabía que la carta sería publicada en prensa:
Excelentísimo señor marqués de Sotelo. Querido Carlos: Conservaré con mucho gusto para momento oportuno la documentación de que eres portador y que tanto me honra, en la que solicitáis para mí mercedes y gracias superiores a mis merecimientos, y digo para momento oportuno, porque aunque nadie puede negar la mejora de situación de España, principalmente en lo que a Marruecos se refiere, es preciso esperar a que la obra tenga su lógico remate, y mientras tanto, yo debo dar ejemplo de desinterés, que muchos son los que contribuyen a la obra grande, sin haber aún recompensados sus desvelos y servicios. Esto no quita para que yo te ruegue seas portador para con los amigos de Valencia de la más sincera gratitud, que unida al recuerdo de los días que allí pasé, constituyen firme lazo de indestructible afecto. Lo tiene para ti muy singular y e.t.m., Miguel Primo de Rivera.84
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