Kitabı oku: «La Unión Patriótica y el Somatén Valencianos (1923-1930)»

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LA UNIÓN PATRIÓTICA

Y EL SOMATÉN VALENCIANOS

(1923-1930)

JULIO LÓPEZ IÑÍGUEZ

LA UNIÓN PATRIÓTICA

Y EL SOMATÉN VALENCIANOS

(1923-1930)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© Julio López Iñíguez, 2017

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017

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Publicacions@uv.es

Maquetación: Textual IM

Corrección: Communico-Letras y Píxeles S. L.

Fotografías de la cubierta: Biblioteca Valenciana,

colección José Huguet, F111-32

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-128-4

ÍNDICE

PRÓLOGO

HACIA UN PARTIDO ÚNICO: LOS ANTECEDENTES DE LA DERECHA ESPAÑOLA AUTORITARIA

1. LA UNIÓN PATRIÓTICA VALENCIANA Y SU FUNCIONAMIENTO

La formación de la Unión Patriótica

Los inicios de la Unión Patriótica valenciana

Funcionamiento y organización de la Unión Patriótica valenciana

Las Juventudes de la Unión Patriótica provincial

El marqués de Sotelo, líder de la Unión Patriótica valenciana

2. LA UNIÓN PATRIÓTICA EN LAS COMARCAS VALENCIANAS

La Unión Patriótica en los distritos de l’Horta, Sueca y Carlet

La Unión Patriótica en el distrito de Llíria

La Unión Patriótica en el distrito de Gandía

La Unión Patriótica en el interior de la provincia. Requena, Serranos y Villar del Arzobispo

La Unión Patriótica en los distritos de Xàtiva y Ontinyent

La Unión Patriótica en los distritos de Chiva y Enguera

La Unión Patriótica en el distrito de Alzira

La Unión Patriótica en el distrito de Sagunt

La Unión Patriótica en la ciudad de Valencia

La Unión Patriótica valenciana como instrumento regeneracionista

Un cambio final improvisado: la Unión Monárquica Nacional Valenciana

3. EL SOMATÉN VALENCIANO. FORMACIÓN Y CRECIMIENTO

El Somatén de la Tercera Región: sus inicios y su inclusión en el Somatén estatal

Entre católicos y hombres de orden: su simbología y su jerarquía

El final del Somatén en la provincia

CONCLUSIONES

ANEXOS

BIBLIOGRAFIA

SIGLAS UTILIZADAS


AGAArchivo General de la Administración
AGMABArchivo General de la Marina «Álvaro de Bazán»
AHMVArchivo Histórico Municipal de Valencia
AHNArchivo Histórico Nacional
AMAEArchives du Ministère des Affaires Étrangères
ASDMAEArchivio Storico Diplomatico Ministero degli Affari Esteri
BOSNTRBoletín Oficial del Somatén Nacional de la Tercera Región
DCDiario de Castellón
EHAEl Heraldo de Alcira
ELEl Liberal
EMVEl Mercantil Valenciano
EPEl Pueblo
GMGaceta de Madrid
INEInstituto Nacional de Estadística (Demografía y población)
LCVLa Correspondencia de Valencia
LGLa Gaceta
LILa Idea
LNLa Nación
LPLas Provincias La Verdad
LVLa Voz de Requena La Voz de Valencia
RUPRevista de Unión Patriótica
TNAThe National Archives, sección Foreign Office

PRÓLOGO

La Unión Patriótica y el Somatén valencianos (1923-1930) es la parte sustancial de la tesis doctoral de Julio López Iñíguez que fue leída en la Universitat de València en diciembre de 2014. Es, a su vez, un trabajo que está en la línea de la nueva historia política, a la que le preocupa no solo la secuencia de acontecimientos, sino además, y esencialmente, la sociología del poder, sus redes, su simbología y representación, la cultura política, la comparación con otras experiencias políticas parecidas, o procesos específicos de largo recorrido, como la relación entre la política y la modernización social, la nacionalización o la democratización y sus dificultades. En el fondo, se trata de explicar la política desde nuevas preguntas.

Muchos aspectos historiográficamente novedosos a los que me acabo de referir se abordan en este libro, centrado en el estudio monográfico de dos objetos: el partido creado por la dictadura de Primo de Rivera, la Unión Patriótica, y una guardia cívica y de orden y disciplina social formada por la dictadura en 1923, a la que puso el nombre de Somatén. El campo de trabajo es la provincia de Valencia, hasta ahora sin explorar, pero la intención del autor es proyectar el núcleo de sus conclusiones y aportaciones a la dictadura de Primo de Rivera en España.

En un trabajo sobre historia política como este, no solo se desgrana –no puede ser de otro modo– el proceso de formación y organización de la Unión Patriótica o el Somatén en España, que ya cuenta con importantes estudios (como los de Shlomo Ben Ami, María Teresa González Calbet, Eduardo González Calleja o José Luis Gómez-Navarro), sino que además –y es lo más destacable– se estudian las especificidades valencianas de este proceso, donde se aprecia la acción de personajes que matizan y enriquecen la institucionalización de ambas entidades, como es el caso del marqués de Sotelo, que a partir de este trabajo empieza a ser conocido, en buena parte por la abundante documentación exhumada del Archivo Histórico Municipal de Valencia hasta ahora no explorada. También esta documentación, entre otra que se utiliza, desvela la labor del marqués de Sotelo, presidente provincial upetista: era enlace entre las directrices que recibía de Madrid y las presiones de sectores burgueses y cargos intermedios valencianos o, si se quiere, las redes de influencia que existían. Al marqués de Sotelo le acompañaron todo un conjunto de representantes de la nobleza valenciana y del mundo empresarial y de la alta Administración. Todo ello representó un entramado oligárquico en el que las prebendas y los cargos se repartieron en función del poder e influencia política de cada uno.

Así pues, el valor del libro es mostrar el funcionamiento político interno de la dictadura de Primo de Rivera en Valencia (y en España), pero también averiguar otros aspectos novedosos que entroncan directamente con las preguntas que sugiere la nueva historia política, como, por ejemplo, quién forma la Unión Patriótica y el Somatén en la provincia de Valencia. El estudio aborda su composición social (la procedencia de sus militantes) y lo que se hace en Valencia y los pueblos y comarcas de la provincia. Se aportan argumentos sobre por qué la Unión Patriótica y el Somatén tienen esa base social y cómo se capta a los militantes en una y otra institución, cómo intervienen en el proceso personas concretas y por qué, mostrándose las diferentes manifestaciones y actos populares y marciales que desde el partido se llevaron a cabo para conseguir adeptos y poder ampliar su base social. También se estudian las razones por las que hay diferencias de adscripción social en estas instituciones entre la capital y los pueblos de mayores dimensiones, dinámicos económica y socialmente (profesiones liberales y obreros), y las comarcas interiores, más apegadas al sector primario (pequeños propietarios y jornaleros), y las consecuencias de funcionamiento que todo ello tiene, o la importancia que tuvo el catolicismo social en la composición de la Unión Patriótica y el Somatén, pese al distanciamiento de Luis Lúcia. Captar católicos fue fundamental.

Al hilo de las preguntas que sugiere la nueva historiografía política, el autor se plantea analizar la organización de la Unión Patriótica y el Somatén. Se subraya el peso que tuvieron las relaciones jerárquicas y la obediencia al poder central. La Unión Patriótica actuó, en Valencia como en otras partes, siempre como una continuación del poder de Primo de Rivera en la provincia, y cualquier debate interno o intento de modificar el statu quo era eliminado por completo. Y lo mismo cabe decir del Somatén. Este aspecto de sumisión al poder central acabó por convertir a las principales instituciones políticas de la dictadura primorriverista en una cáscara hueca que no llegó a echar raíces sociales profundas. Cuanto más débil era el partido a la hora de definir y dar cumplimiento a sus propósitos iniciales (regeneracionismo, acabar con el caciquismo...), más aumentaba el desencanto y más le costaba mantener su filiación en amplios sectores que al principio llegó a cautivar. Como además se apoyó en la Iglesia, muy conservadora, la Unión Patriótica perdió impulso regeneracionista, al tiempo que el Somatén, domesticado, carecía de verdadera eficacia como entidad civil que interviniera en la disciplina social de las masas, con lo que se convirtió, según detecta López Iñíguez, en un medio de buscar oportunidades y promoción social a quienes eran somatenistas.

«Patria, religión, familia y propiedad», por otro lado, son los valores de la Unión Patriótica, a los que se añade, en el caso valenciano, un valencianismo folclorizante que encaja y fundamenta el nacionalismo español, cuyo proceso también se pergeña en el trabajo, mostrándose con los nuevos materiales que exhuma propuestas de explicación sobre el nacionalismo español que se forjó de una manera reactiva (frente a las identidades periféricas) más que integradora, como han aportado Borja de Riquer o Álvarez Junco. La lucha contra el caciquismo y el tono regeneracionista al que se aspiraba quedaron en un «intento vano», con lo que no logró «superar los vicios» que pretendía o su propaganda decía. Importante es, por el contrario, el reforzamiento de las ideas de religión y patria, lo que será un paso de gigante para fundamentar el nacionalcatolicismo, especificidad de la derecha española que veremos triunfante en otra dictadura posterior.

En fin, el libro compara, como cabe esperar en la historiografía política renovada, estas instituciones con otras similares en Europa, partidos únicos, milicias o regímenes políticos, especialmente con el caso italiano, y se muestra, por ejemplo, por qué el Somatén era muy distinto al Fascio di Combatimento italiano. El Somatén es una organización de vigilantes nacida por decreto, está encuadrada y subordinada a la estructura militar, carece de la fuerza transgresora del sistema político que tiene el fascio y nunca fue brazo armado de un partido que aspirase a quebrar el orden político, sino que nació desde el poder de la propia Dictadura para garantizar «la paz burguesa» y no para subvertir al propio Estado. Carecía, en suma, «di giovinezza e di energía che videro per le vie di Italia e di Roma le giornatte di Ottobre», y es que en España las organizaciones que creó la dictadura de Primo de Rivera no tenían detrás, en su génesis, en su seno, ninguna experiencia similar a la de la movilización y consecuencias que comportó la Primera Guerra Mundial.

El trabajo se nutre, por un lado, de un potente repertorio documental de base, archivístico (locales, españoles y extranjeros, como el Storico Diplomatico degli Affari Esteri, los archivos del Ministère des Affaires Étrangères y los del Foreign Office) y hemerográfico (desde los boletines del Somatén hasta prensa de difusión nacional y diarios de localidades de la provincia), sin descuidar la información que aportan las fotografías de la época, o hasta alguna entrevista a persona muy mayor cuando se hacía la tesis (hoy ya fallecida). Por otro lado, se nutre de los recursos teóricos propios de la historia política y la historia social, instrumentos conceptuales que para el historiador son tan importantes como las propias fuentes y que agudizan la capacidad de hacerse preguntas sobre la materia histórica objeto de estudio. A los recursos teóricos debe añadirse, acompañándolos, un conocimiento exhaustivo de cuanto sobre la dictadura de Primo de Rivera se ha escrito, desde la literatura laudatoria coetánea o la crítica de los republicanos hasta la reciente historiografía que resurgió a partir de los años ochenta del siglo pasado. (Un artículo sobre la cuestión, «Noventa años de historiografía sobre la dictadura de Primo de Rivera: un estado de la cuestión», ha sido publicado por el autor recientemente en Historiografías).

El volumen se completa con un detallado anexo donde el autor transcribe textos y escritos de gran relevancia para la comprensión del funcionamiento del régimen en la provincia. Además, los cuadros de afiliados a Unión Patriótica recogidos en este apartado nos muestran las diferencias existentes en los patrones de afiliación en poblaciones o comarcas muy cercanas. Toda la obra nos ofrece una detallada pincelada acerca del periodo y contribuye un poco más al conocimiento histórico de una etapa que, pese a su importancia en la historia del siglo XX español, no atrae a los investigadores demasiado.

No debo acabar, en fin, estas palabras sin señalar que Julio López Iñíguez es un joven historiador con empuje que creo que tendrá un largo recorrido.

MARC BALDÓ LACOMBA

Universitat de València

Valencia, junio de 2016

HACIA UN PARTIDO ÚNICO: LOS ANTECEDENTES DE LA DERECHA ESPAÑOLA AUTORITARIA

La dictadura del general Miguel Primo de Rivera debe situarse en la oleada de regímenes contrarrevolucionarios y conservadores que aparecieron en el continente europeo tras la Primera Guerra Mundial. Entre estos regímenes destacan los gobiernos de países como Grecia, Polonia, Rumanía, Yugoslavia, Hungría, Bulgaria o Portugal.1 Esta solución imponía en el Estado español un régimen pretoriano donde el autoritarismo y una estructura férreamente jerárquica y militarizada eran la norma común del funcionamiento político.2 Cargos públicos como los gobernadores civiles, presidentes de Diputación, alcaldes y concejales formaban parte de un conjunto perfectamente delimitado que, a principios de 1924, comenzaba a funcionar con gran precisión debido a la disciplina impuesta desde el Gobierno de Madrid.

En las últimas décadas del siglo XIX se venían perfilando tres tradiciones dentro de la derecha política europea. Estas tradiciones se podían ver con más claridad en Francia que en ninguna otra nación, pero era un modelo válido en líneas generales para la mayor parte del continente. Al modelo más antiguo, el partidario de una vuelta al Antiguo Régimen y a las tradiciones de raíz medieval, había que sumar el surgimiento de la derecha liberal de carácter orleanista y de la derecha nacionalista de tradición bonapartista.3 Esta última, que arranca desde los tiempos de Napoleón III «suministró ideas que no cesaron de ser repetidas después por los partidarios del poder personal o el militarismo».4

Estas corrientes nacionalistas de la derecha europea vieron surgir una nueva forma de entender el conservadurismo que se alejaba de los cánones tradicionales, incluidos los del siglo XIX. En cierta forma, esta nueva derecha suponía todo un ataque a la modernidad que el liberalismo estaba implantando en Occidente desde el siglo XVIII. Sin embargo, no se trataba tanto de conservar antiguas tradiciones como de desterrar los efectos de las democracias parlamentarias en numerosas naciones del viejo continente.5 La nueva derecha aprovechaba en su beneficio los desastres coloniales o los traumas nacionales de numerosos estados.6 Además, no dudó en recurrir a la violencia y a otras prácticas antidemocráticas para hacer valer su repudio al sistema democrático y parlamentario e intentar «perpetuar el vigente esquema de relaciones sociales».7

En España, el camino hacia esta forma de conservadurismo será bastante accidentado y presentará diversas formas. Por ello, es fundamental entender las características del conservadurismo restauracionista y su evolución hacia la dictadura de Primo de Rivera. El conservadurismo español había incidido desde finales del siglo XIX en la necesidad de reducir sus diferencias con el programa de los liberales para contrarrestar los efectos del sufragio universal implantado en 1890 por estos últimos.8 Ambos partidos gozaban de una cierta cohesión interna ante el convencimiento por parte de sus dirigentes de la necesidad de mantener el turno, y gracias a la corrupción caciquil que se había generalizado en el Estado español.9 La disidencia silvelista durante el liderazgo de Cánovas en el Partido Conservador no puso en peligro los fundamentos del turno español.10 Las diferencias en el plano económico también eran mínimas, sobre todo a comienzos del siglo XX, ya que aceptaron un consenso nacionalista que admitía las ideas del regeneracionismo más castizo.11

Al estudiar este periodo es necesario examinar el ideario y la obra de Antonio Cánovas. El líder del Partido Conservador sienta los principios de «la Monarquía de ancha base», donde el rey será «el principio político propio de una sociedad continua».12 El canovismo nacía, pues, con voluntad de aglutinar a la mayor cantidad posible de votantes conservadores, capaces de dar al sistema la estabilidad necesaria para perdurar en el tiempo tras unas décadas tumultuosas. Esta estabilidad vendría dada por ser el «justo medio» entre «los republicanos por la izquierda y los carlistas por la derecha».13 Cánovas inicia un camino de la derecha española en el que la voluntad de ganarse a elementos católicos, liberales conservadores o autoritarios es manifiesta.14 En su camino hacia ese orden social que continuamente reclamaba, manifestaba su apoyo a «un intervencionismo del Estado a favor de los más débiles». El hecho de que esta idea no fuera desarrollada no impedía que hiciera un llamamiento a la unión de patronos y obreros a la hora de solucionar sus diferencias laborales. Se trataba de una derecha corporativa y paternalista que pudiera dar respuesta a los numerosos problemas del Estado.15

Sin embargo, Cánovas no tendría fácil el camino que seguir. La figura de Alfonso XII, desconocida para la nación, era la más conveniente a la hora de restaurar la monarquía, institución que debía funcionar como una pseudoconstitución con un importante papel sociológico. Y este papel llevará a intentar una política conciliadora, que se repetirá en numerosas empresas conservadoras españolas hasta septiembre de 1923, incluyendo esta última. «Estoy resuelto a no excluir a quien quiera ponerse a nuestro lado [...]. No preguntaré al que venga lo que ha sido, me bastará saber lo que se propone ser», declaración de intenciones donde empezamos a vislumbrar en Cánovas la línea de actuación de Maura, en el sentido del alejamiento que esto suponía respecto a la política tradicional conservadora, donde un partido de notables reducía al máximo su número de afiliados y rechazaba hasta la participación en la vida pública del grueso de la sociedad. Es cierto que proseguía con una acentuada religiosidad; sin embargo, lo realmente novedoso en Cánovas es su aprecio por los derechos individuales.16 La creación de un gran movimiento de opinión, como lo denominó Ricardo de la Cierva, sería la gran aportación del político madrileño.

El año clave en la carrera política de Cánovas, 1874, vio cómo se gestaba un gran movimiento conservador-liberal que contaba con el apoyo de la prensa y del Ejército, ayudado además por los círculos financieros, que veían al malagueño como el gran líder necesario para garantizar el orden necesario para sus inversiones. En este sentido, tanto la burguesía de Cataluña como los grandes terratenientes de Cuba pronto se adhirieron al movimiento.17 Nunca el conjunto de la derecha española se había mostrado tan unido en torno a un político como lo estuvo tras los acontecimientos de 1874. Además, no dudaba en jugar todas las bazas a su favor, ya que era capaz de invocar el apoyo de los obreros o de publicitar una monarquía para todos. Este mensaje cohesionador sería tomado por la dictadura primorriverista; la derecha no volvería a recuperarlo hasta la llegada al poder del general Franco, aunque por otros cauces bien distintos. El canovismo se apuntaba así el mérito de haber integrado a la izquierda española en un sistema democrático que dio a España la posibilidad de tener una democracia.18

La capacidad integradora de Cánovas inicia una nueva etapa en el conservadurismo español. Es cierto que las circunstancias del momento, con el deseo de devolver la estabilidad a España tras el sexenio revolucionario, modificaron la estrategia clásica de la derecha. Incluso Cánovas había llegado a condenar el golpe de Estado como medio para llegar al poder. Con un gobierno de orden en Madrid, el carlismo también empezaba a perder su influencia social, pérdida que se escenificaría con la adhesión al canovismo del general Cabrera, conde de Morella. Lo realmente exitoso del movimiento fue el hecho de que Serrano, artífice de la I República, también se decantara por el régimen ideado por Cánovas del Castillo, junto a un ilustre republicano como Emilio Castelar. Aparte de las fuerzas al margen del sistema, como los socialistas o los demorrepublicanos, el azote de Cánovas vino por la extrema derecha: Cándido Nocedal, antiguo carlista convertido al integrismo tradicionalista católico, aprovechaba para criticar a la nueva derecha moderada con cualquier excusa. Sin embargo, este catolicismo ultramilitante será netamente inferior al moderado incorporado al Partido Conservador. Otra problemática notable para el Gobierno estaba en la guerra larga de Cuba iniciada en 1868, en la que se intentó de forma infructuosa atender a las demandas de los autonomistas cubanos.19

En adelante quedaría constatada la idea de que ninguna política de estado en España puede lograrse sin paz social. Esta máxima, adoptada por el conservadurismo, obligaba a una aceptación de las bases del sistema económico-social. La manipulación del sistema electoral ideado por Cánovas se explica, en gran parte, por el atraso rural. El intercambio de votos por favores ayudó al éxito del sistema durante mucho tiempo.20 En palabras del líder conservador Manuel Fraga, admirador del político malagueño, Cánovas pronto se dio cuenta «de las limitaciones que tales circunstancias imprimían a una España empobrecida, era puro realismo. Nadie puede saltar por encima de su propio hombro».21 Tal vez estas limitaciones provocaran que Cánovas sintiera aversión por la democracia.22 Las clases propietarias debían ser guiadas correctamente a la hora de ejercer su participación política, papel que le correspondía al Ministerio de Gobernación. Este papel, perfectamente desempeñado por Posada Herrera, permitió controlar los resultados electorales siempre que no se ampliara el número de votantes.23 El posicionamiento aperturista de la Iglesia en torno al socialismo católico, junto al reformismo conservador que se estaba practicando en Prusia y en la Inglaterra victoriana, conllevó un ligero cambio de opinión en Cánovas del Castillo. Sin embargo, este ligero paréntesis permisivo con, por ejemplo, el Partido Socialista Obrero Español o la reconstituida Internacional no significará un reconocimiento tácito de la organización autónoma de la clase obrera. Hay, pues, un cierto acoplamiento a las corrientes políticas del exterior, pero sin que esto signifique un desmoronamiento efectivo de los principios en los que se asentaba el sistema.

En lugar de interesarse verdaderamente por la cuestión social, Cánovas prefirió negar los derechos más elementales a la clase trabajadora y, en última instancia, emplear el uso de la fuerza para contener posibles manifestaciones y desórdenes. En una carta a la reina regente daba cuenta acerca de los resultados obtenidos por su política intolerante hacia el proletariado:

El orden público es perfecto. En cambio, continúan las huelgas; pero absolutamente pacíficas hasta aquí, [...] a punto que de terminarse las de Cataluña, la llegada del general [Martínez Campos] pondría el sello a su conclusión definitiva, tanto por su personal prestigio como porque una de las cosas que envalentonaban a los huelguistas era la falta de superior autoridad militar.24

Durante décadas, esta actitud de Cánovas hacia la clase obrera estará en la base de algunas políticas conservadoras hacia una mayor redistribución social. Algunos autores han llegado incluso a hablar de la «Dictadura de Cánovas», en la que las libertades públicas fueron reducidas.25 Junto a esto se integró a la Iglesia en el régimen, con la pretensión de deslegitimar al carlismo y poder aunar esfuerzos en torno a la derecha española alfonsina. Para completar el equilibrio de fuerzas del sistema, la mayor autonomía de la que dotó al Ejército conllevó un abandono por parte de este de cualquier tentación golpista.26 Este mecanismo funcionó durante más de dos décadas, hasta que en la primera década del siglo XX empezó a gestarse «una tímida cultura antiparlamentaria y antiliberal en el Ejército».27

Tras la obra de Cánovas hubo que esperar hasta la primera década del siglo XX para encontrarse con Antonio Maura, político conservador que nos permite entender la obra e ideología del régimen de Primo de Rivera tras 1923. En su pensamiento y acción política destaca el concepto de revolución desde arriba; esto es, mantener el orden social dentro del sistema, a la par que se democratiza la vida política preferentemente desde los municipios. Esta revolución desde arriba habría de proteger la integridad de la Corona a cambio de que Alfonso XIII renunciara a cualquier tentación intervencionista en la formación de gobiernos.28 No obstante, esto chocó con numerosos conservadores silvelistas y con los progresistas que veían a Maura como «el paladín del autoritarismo y del integrismo radical».29 Maura denunciaba constantemente este intervencionismo regio:

Hay Estados en que la organización es distinta y el Canciller o el primer Ministro tienen otra significación en la política; pero en España, con nuestra Constitución, la mayor desgracia que puede acontecer a la Monarquía es que lleguen a confundirse los uniformes con las casacas, muy honrosas, pero muy distintas, de la servidumbre palatina.30

Antonio Maura había asumido la dirección del grupo escindido del Partido Conservador tras la ascensión al poder de este de Eduardo Dato.31 El alboroto que armaron contra Dato radicalizó las posturas del grupo, según Villares y Moreno Luzón. La Primera Guerra Mundial acabaría por definir su ideario contrario a la democracia oligárquica y tradicional.32 Mayoritariamente germanófilos, los mauristas quisieron «renovar ideológicamente el conservadurismo español al socaire de las innovaciones que en Europa se estaban produciendo».33 De hecho, representaba un tipo de pensamiento conservador más evolucionado que las diferentes doctrinas católicas o tradicionalistas. En palabras de Gregorio Marañón:

La agitación que hizo posible la Dictadura se debía a una sorda descomposición, genuinamente nacional, que afectaba a toda la sociedad, desde sus cabezas más eminentes hasta los más profundos estratos del pueblo; y que un gran político de entonces, conservador de nombre, pero de espíritu renovador, don Antonio Maura, definió y se esforzó en combatir como «crisis de ciudadanía».34

En cuanto a la forma de hacer política, el maurismo ensayó fórmulas modernas de acercamiento a la gente, como mítines en escenarios abiertos o redes asociativas.35 Así, el deseo «de conquistar la calle a través de métodos de nuevo cuño se esgrimió como opción estratégica frente a la política de notables y el clientelismo de los partidos dinásticos».36 El maurismo, avanza Cabrera, cayó como consecuencia de «los vicios y corruptelas del sistema que tanto había criticado», al mismo tiempo que «careció de un auténtico liderazgo» para acabar escindiéndose en «dos ramas irreconciliables».37 Pero, una vez dividido, todas las corrientes derivadas del pensamiento de Maura convergían en unos puntos comunes invariables: la influencia del regeneracionismo noventayochista, una cierta influencia del positivismo crítico del krausismo y la influencia del catolicismo para atraer a los creyentes tanto liberales como integristas reaccionarios.38

El famoso «Maura, sí» era una reserva moral del grupo neoconservador, una suerte de salvación patriótica, anticipo de su revolución desde arriba, mientras los ministros de la gobernación dinásticos continuaban con el fraude electoral y la represión interna.39 En principio, Maura no podía considerarse un conservador radical. Las clases medias y altas, «identificadas genéricamente con el ideario de conservación del orden socioeconómico», eran su principal apoyo.40 Su grupo político había dado entrada a un grupo de jóvenes políticos de estas clases acomodadas destinados a tener un relevante papel en la vida política española.41 De todos ellos, era Antonio Goicoechea el que consiguió presentar al maurismo como la superación definitiva del canovismo. Intentaba ir más allá en el sentido de rechazar el liberalismo doctrinario a favor de la democracia conservadora. No creía en el individualismo posesivo, sino en el intervencionismo estatal y, sobre todo, no estaba resignado al pesimismo canovista, sino que mantenía la fe «en el espíritu creador y en las inagotables energías de la raza».42 El propio Goicoechea definía el maurismo como «un partido híbrido, ni sabio ni ignorante, ni blanco ni negro, ni masculino ni femenino. Más bien pudiera decirse que no tiene sexo».43 A su juicio, el canovismo había configurado un sistema caciquil, mientras que el maurismo aspiraba a eliminar esa democracia liberal corrompida.

Antonio Goicoechea y su relación con el conservadurismo maurista dejaron una gran impronta en esta necesidad de cambiar el sistema. Además, este sistema de gobierno conservador que quería implantar encomendaba al pueblo «la custodia de los grandes intereses sociales» a la vez que las masas se sentirían atraídas «por una constante labor de dignificación y de educación al ejercicio de la ciudadanía». El mensaje hacía ver la necesidad de poner fin a la abstención ciudadana en la vida política, que era precisamente lo que otorgaba tanto poder a los oligarcas.44 Esto no significaba necesariamente la aceptación pacífica de manifestaciones en contra del orden existente. Aquí radica una de las mayores contradicciones del maurismo, en especial del autoritario: el hecho de defender un cambio de sistema al mismo tiempo que se lucha contra los que fomentan el desorden social. En casos extremos, como los disturbios de 1917, incluso ofreciéndose «voluntariamente a hacer las funciones de policías honorarios».45

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292 s. 5 illüstrasyon
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9788491341284
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