Kitabı oku: «Veinte mil leguas de viaje submarino»
Título original: Vingt mille lieues sous les mers.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Ref.: OEBO578
ISBN: 978-84-2720-695-3
Composición digital: Editec
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Índice
PARTE I
I. UN ESCOLLO FUGAZ
II. EL PRO Y EL CONTRA
III. COMO EL SEÑOR GUSTE
IV. NED LAND
V. A LA AVENTURA
VI. A TODO VAPOR
VII. UNA BALLENA DE ESPECIE DESCONOCIDA
VIII. MOBILIS IN MOBILE
IX. LAS IRAS DE NED LAND
X. EL HOMBRE DE LAS AGUAS
XI. EL NAUTILUS
XII. TODO POR LA ELECTRICIDAD
XIII. ALGUNAS CIFRAS
XIV. EL RÍO NEGRO
XV. UNA INVITACIÓN POR ESCRITO
XVI. PASEO EN LA LLANURA
XVII. UNA SELVA SUBMARINA
XVIII. CUATRO MIL LEGUAS BAJO EL PACÍFICO
XIX. VANIKORO
XX. EL ESTRECHO DE TORRES
XXI. ALGUNOS DÍAS EN TIERRA
XXII. LOS RAYOS DEL CAPITÁN NEMO
XXIII. ÆGRI SOMNIA
XXIV. EL REINO DEL CORAL
PARTE II
I. EL MAR EN LAS INDIAS
II. UNA NUEVA PROPOSICIÓN DEL CAPITÁN NEMO
III. UNA PERLA DE DIEZ MILLONES
IV. EL MAR ROJO
V. EL TÚNEL ARÁBIGO
VI. EL ARCHIPIÉLAGO GRIEGO
VII. EL MEDITERRÁNEO EN CUARENTA Y OCHO HORAS
VIII. LA BAHÍA DE VIGO
IX. UN CONTINENTE DESAPARECIDO
X. LOS CRIADEROS CARBONÍFEROS SUBMARINOS
XI. EL MAR DE LOS SARGAZOS
XII. CACHALOTES Y BALLENAS
XIII. LOS BANCOS DE HIELO
XIV. EL POLO SUR
XV. ¿ACCIDENTE O INCIDENTE?
XVI. CARENCIA DE AIRE
XVII. DEL CABO DE HORNOS AL RÍO AMAZONAS
XVIII. LOS PULPOS
XIX. LA CORRIENTE DEL GOLFO
XX. A LOS 47º 24’ DE LATITUD Y 17º 28’ DE LONGITUD
XXI. UNA HECATOMBE
XXII. ÚLTIMAS PALABRAS DEL CAPITÁN NEMO
XXIII. CONCLUSIÓN
Notas
Otros títulos
1 de Europa y América, oficiales de las marinas militares de todos los países, y después los gobiernos de los diferentes estados de ambos continentes se preocuparon en alto grado del hecho a que nos referimos.
En efecto, hacía algún tiempo que varios buques se habían encontrado en el mar con una cosa enorme, un objeto largo, fusiforme, a veces fosforescente, infinitamente más grande y más rápido que una ballena.
Los hechos relativos a esta aparición, consignados en los diferentes libros de a bordo, coincidían con bastante exactitud en lo referente a la estructura del objeto o del ser en cuestión, la velocidad incalculable de sus movimientos, la potencia sorprendente de su locomoción, y la vida particular de que parecía dotado. Si era un cetáceo, superaba en volumen a todos los que la ciencia había clasificado hasta entonces. Ni Cuvier, ni Lacépède, ni Duméril, ni Quatrefages hubieran admitido la existencia de semejante monstruo, sino viéndolo, lo que se dice haberlo visto con sus propios ojos de sabios.
Tomando el promedio de las observaciones hechas en diversas veces; desechando las evaluaciones tímidas que señalaban a dicho objeto una longitud de doscientos pies, y rechazando las opiniones exageradas que le suponían la anchura de una milla y la longitud de tres, podía asegurarse, sin embargo, que aquel ser fenomenal sobrepujaba mucho todas las dimensiones admitidas hasta el día por los ictiólogos; si es que existía.
Pero existía, efectivamente, no pudiendo ya negarse el hecho en sí mismo, y con esa tendencia que mueve al cerebro humano hacia lo maravilloso, se comprenderá la emoción producida en el mundo entero por tan sobrenatural aparición. En cuanto a relegarlo a la esfera de las fábulas, preciso era renunciar a ello.
Efectivamente, el 20 de julio de 1866, el vapor Governor Higginson, de la Compañía de navegación a vapor de Calcuta y Burnach, había encontrado aquella masa movediza a cinco millas al este de las costas de Australia. El capitán Baker se creyó al pronto en presencia de un escollo desconocido, y ya se disponía a determinar su posición exacta, cuando dos columnas de agua, proyectadas por el inexplicable objeto, se elevaron silbando a ciento cincuenta pies. Por consiguiente, a no estar sometido aquel escollo a las expansiones intermitentes de un géiser, el Governor Higginson tenía que habérselas con algún mamífero acuático, hasta entonces desconocido, que despedía por sus espiráculos columnas de agua mezcladas con aire y vapor.
Observóse también semejante hecho el 23 de julio del mismo año en aguas del Pacífico, por el Cristóbal Colón, de la Compañía de navegación a vapor de la India Occidental y del Pacífico; por consiguiente, aquel cetáceo extraordinario podía trasladarse de un paraje a otro con sorprendente velocidad, puesto que con tres días de diferencia el Governor Higginson y el Cristóbal Colón lo habían observado en dos puntos del mapa separados por una distancia de más de setecientas leguas marítimas.
Quince días más tarde, a dos mil leguas de allí, el Helvetia, de la Compagnie Nationale, y el Shannon, de la Royal Mail, navegando ambos en aquella zona del Atlántico comprendida entre los Estados Unidos y Europa, se señalaron mutuamente al monstruo a los 42° 15’ latitud Norte y 60° 25’ de longitud al oeste del meridiano de Greenwich. En esta observación simultánea se creyó posible evaluar la longitud mínima del mamífero en más de trescientos cincuenta pies ingleses2, puesto que el Shannon y el Helvetia eran de dimensión inferior, aunque medían cien metros desde la roda al codaste. Ahora bien, las ballenas mejores, las que frecuentan los parajes de las islas Aleutinas, la Kulammak y la Umgullick, jamás han excedido la longitud de cincuenta y seis metros, si es que la alcanzan.
Estas noticias, llegadas una tras otra; nuevas observaciones hechas a bordo del transatlántico Pereire; un abordaje entre el Etna, de la línea Iseman, y el monstruo; un acta levantada por los oficiales de la fragata francesa la Normandie; un informe muy serio, obtenido por el estado mayor del comodoro Fitz James, a bordo del Lord Clyde, excitaron profundamente la opinión pública. En los países de buen humor, el fenómeno se tomó a broma; pero las naciones graves y prácticas, Inglaterra, América, Alemania, se preocuparon vivamente por él.
En todos los grandes centros el monstruo se puso de moda. Fue tema de canciones en los cafés, de bromas en los periódicos, y de representación en los teatros. Las gacetillas pudieron variarse de mil diferentes modos. Aparecieron sin intermisión en los periódicos todos los seres imaginarios y gigantescos; desde la ballena blanca, la terrible Moby Dick de las regiones hiperbóreas, hasta el Kraken desmesurado, cuyos tentáculos pueden abarcar un buque de quinientas toneladas y arrastrarlo a los abismos del océano. Se reprodujeron las actas de los antiguos tiempos, las opiniones de Aristóteles y de Plinio, que admitían la existencia de estos monstruos, las narraciones noruegas del obispo Pontoppidan, las relaciones de Paul Heggede y los informes de Harrington, cuya buena fe no puede dudarse cuando asegura haber visto a bordo del Castellano, en 1857, a la enorme serpiente que no había frecuentado hasta entonces más que los mares del antiguo Constitucional.
Estalló entonces la interminable polémica de los crédulos y de los incrédulos en las sociedades eruditas y los periódicos científicos. La cuestión del monstruo enardeció los ánimos. Los periodistas imbuidos de espíritu científico, en lucha con los que hacen alarde de ingenio, vertieron oleadas de tinta durante aquella memorable campaña, y algunos llegaron a verter dos o tres gotas de sangre porque pasaron de la serpiente de mar a las más ofensivas personalizaciones.
Durante seis meses prosiguió la guerra con suerte diversa. A los artículos de fondo del Instituto Geográfico del Brasil, de la Academia Real de Ciencias de Berlín, de la Asociación Británica, de la Institución Smithsoniana de Washington, a las discusiones del The Indian Archipelago, del Cosmos del abate Moigno y del Mitteilungen de Petermann; a las crónicas científicas de los grandes periódicos de Francia y del extranjero, daba la prensa festiva respuesta de inagotable inspiración. Sus ingeniosos escritores, parodiando un dicho de Linneo, citado por los adversarios del monstruo, sostuvieron en efecto que la «Naturaleza no engendraba necios», y conjuraron a sus contemporáneos a no dar un mentís a la Naturaleza admitiendo la existencia de los Krakens, de las serpientes de mar, de los Moby Dick y otras lucubraciones de los delirantes marinos. Por último, en cierto artículo de un periódico satírico muy temido, el más simpático de sus redactores, atropellando por todo, arremetió contra el monstruo como Hipólito, le asestó el último golpe, y lo remató en medio de una carcajada universal. El ingenio había derrotado a la ciencia.
Durante los primeros meses del año 1867, la cuestión pareció olvidada, y no tenía visos de renacer cuando llegaron nuevos hechos a conocimiento del público. Ya no se trató entonces de un problema científico por resolver, sino de un peligro efectivo y serio que evitar. La cuestión adquirió, pues, otro aspecto muy diferente. El monstruo volvió a ser islote, peña, escollo, pero escollo fugaz, indeterminable, impalpable.
El 5 de marzo de 1867, el Moravian, de la Compañía Oceánica de Montreal, hallándose durante la noche a los 37º 30’ de latitud y 82° 15’ de longitud, tropezó por estribor con una roca no indicada por los mapas en aquellos parajes. Bajo el esfuerzo combinado del viento y de sus cuatrocientos caballos de vapor, caminaba a la velocidad de trece nudos. Es indudable que, sin las superiores condiciones de su casco, el Moravian, abierto por el choque, se habría ido a pique con los doscientos treinta y siete pasajeros que había embarcado en Canadá.
Había ocurrido el accidente hacia las cinco de la mañana, al despuntar el día. Los oficiales de guardia se precipitaron a la popa, y examinaron el océano con la atención más escrupulosa. Nada vieron, sino un remolino que rompía las aguas a unos tres cables, cual si las capas líquidas hubieran sido batidas con violencia. Se tomó con exactitud el señalamiento del paraje, y el Moravian continuó su rumbo sin averías aparentes. ¿Había tropezado con una roca submarina, o con algún enorme despojo de un naufragio? No pudo saberse; pero examinado el buque en los diques de carenaje, se reconoció que la quilla había quedado destrozada.
Este hecho, sumamente grave en sí mismo, hubiera quedado quizá olvidado, como tantos otros, si tres semanas después no se hubiese reproducido en condiciones idénticas. Gracias a la nacionalidad del buque que fue víctima del encuentro; gracias a la reputación de la Compañía a que pertenecía, el acontecimiento tuvo una publicidad inmensa.
Nadie ignora el nombre del célebre armador inglés Cunard.
Este inteligente industrial fundó en 1840 un servicio postal entre Liverpool y Halifax, con tres buques de madera y ruedas de cuatrocientos caballos de fuerza y mil ciento setenta y dos toneladas de arqueo. Ocho años después, el material de la Compañía se aumentaba con cuatro buques de seiscientos cincuenta caballos y mil ochocientas veinte toneladas, y dos años más tarde con otros dos buques superiores en potencia y tonelaje. En 1853, la Compañía Cunard, cuyo privilegio para la conducción de los despachos acababa de renovarse, añadió a su flota sucesivamente el Arabia, el Persia, el China, el Scotia, el Java y el Rusia; navíos todos ellos muy rápidos y los más grandes que después del Great Eastern hubiesen surcado jamás los mares. Así pues, la Compañía poseía doce buques, ocho de ruedas y cuatro de hélice.
Si me extiendo a tan sucintos pormenores, es para que sepan todos la importancia de esa Compañía de transportes marítimos, conocida del mundo entero por su gestión inteligente. Ninguna empresa de navegación transoceánica ha sido dirigida con más habilidad; ningún negocio ha sido coronado con mayor éxito. Durante veintiséis años, los buques Cunard han cruzado dos mil veces el Atlántico, y nunca se ha malogrado viaje alguno, ni ha ocurrido un solo retraso, ni se ha perdido una carta, ni un hombre, ni un vapor. Por eso, los pasajeros escogen todavía, a pesar de la poderosa competencia de Francia, la línea Cunard, con preferencia a cualquier otra, según se deduce de una memoria con los datos oficiales de los últimos años. Dicho esto, nadie extrañará la publicidad provocada por el accidente ocurrido a uno de los más hermosos buques de la citada compañía.
El 13 de abril de 1867, hallábase el Scotia a los 15° 12’ de longitud y 45° 57’ de latitud, navegando con brisa favorable, mar bonancible y una velocidad de trece nudos cuarenta y tres centésimas, impulsado por sus mil caballos de vapor. Batían las ruedas el mar con regularidad perfecta, siendo su calado de seis metros setenta centímetros, y su desplazamiento de seis mil seiscientos veinticuatro metros cúbicos.
A las cuatro y diecisiete minutos de la tarde, mientras los pasajeros se hallaban reunidos en el gran salón, se produjo un choque, aunque poco sensible, en el casco del Scotia, por su aleta de popa, y un poco detrás de la rueda de babor.
El choque no había sido dado, sino recibido, por el Scotia, y más bien por un instrumento cortante o perforante que contundente. Tan ligero había parecido el golpe, que nadie se hubiera preocupado de él a bordo sin el grito de los marineros que subieron al puente exclamando: ¡A pique! ¡Nos vamos a pique!
Amedrentáronse de pronto los pasajeros; pero los tranquilizó el capitán Anderson, recordando, en efecto, que no existía peligro inminente. El Scotia, dividido en siete compartimientos, por medio de tabiques herméticos, debía resistir impunemente una vía de agua.
Bajó el capitán Anderson inmediatamente a la bodega y reconoció que el quinto compartimiento había sido invadido por el mar, con tal rapidez, que no podía menos de suponerse la existencia de una considerable vía de agua. Por fortuna, no estaban las calderas en este compartimiento, porque de lo contrario se habrían apagado súbitamente.
El capitán Anderson hizo parar máquinas inmediatamente, y uno de los marineros buceó para reconocer la avería. Algunos instantes después se comprobó la existencia de un orificio de dos metros de ancho en el casco del buque. Semejante vía de agua no podía cegarse, y el Scotia, con las ruedas casi sumergidas, tuvo que continuar así su viaje. Hallábase entonces a trescientas millas del cabo Clear, y después de un retraso de tres días, que inquietó vivamente a la población de Liverpool, entró en las dársenas de la Compañía.
Procedieron entonces los ingenieros a visitar el Scotia en el dique seco, y no pudieron creer lo que sus ojos veían. A dos metros y medio por debajo de la línea de flotación existía una abertura regular en forma de triángulo isósceles. La fractura de la plancha era de perfecta limpieza: una taladradora no la habría hecho mejor. Por consiguiente, el instrumento que la había producido tenía que ser de un temple poco común, y después de haber sido despedido con prodigiosa fuerza, perforando una chapa de cuatro centímetros, debió de retirarse por sí mismo con movimiento retrógrado y verdaderamente inexplicable.

El Scotia en Liverpool.
Tan extraordinario fue este último suceso, que la opinión pública se excitó de nuevo. Desde ese momento los siniestros marítimos, sin causa conocida, fueron imputados al monstruo. Este fantástico animal cargó con la responsabilidad de todos esos naufragios, cuyo número es, por desgracia, considerable; pues por cada tres mil buques, cuyo naufragio se anota en el Bureau Veritas, la cifra de embarcaciones de vapor o vela que se suponen perdidas enteramente, por falta de noticias, no asciende a menos de doscientas.
De estas desapariciones fue acusado el monstruo, justa o injustamente, y por su culpa, hacíanse cada día más peligrosas las comunicaciones entre los diversos continentes; la opinión pública se pronunció, y pidió categóricamente que los mares fuesen desembarazados, a cualquier precio, de tan formidable cetáceo.
II
EL PRO Y EL CONTRA
En la época en que ocurrieron tales sucesos, regresaba yo de una exploración científica emprendida por las malas tierras de Nebraska, en los Estados Unidos. En mi calidad de profesor suplente del Museo de Historia Natural de París, el gobierno francés me había agregado a esa expedición. Después de seis meses transcurridos en Nebraska, llegaba a Nueva York hacia fines de marzo, cargado de preciosas colecciones. Habíase fijado mi salida para principios de mayo, y me ocupaba entre tanto en clasificar mis riquezas mineralógicas, botánicas y zoológicas, cuando aconteció el incidente del Scotia.
Estaba yo perfectamente enterado de la cuestión tan de actualidad. ¿Cómo podría no estarlo? Había leído y releído todos los periódicos americanos y europeos sin haber adelantado un paso. Este misterio me intrigaba, y en la imposibilidad de formar mi opinión, vacilaba entre uno y otro extremo. No podía dudarse que algo había, cuando los incrédulos eran invitados a poner el dedo en la llaga del Scotia.
A mi llegada a Nueva York, la cuestión estaba candente. La hipótesis del islote flotante, del escollo intangible, sostenida por algunos entendimientos poco competentes, estaba absolutamente abandonada. Y, en efecto, a no tener el escollo una máquina en sus entrañas, ¿cómo podía moverse con tan prodigiosa velocidad?
Asimismo quedó desechada la existencia de un casco flotante, de algún enorme resto de naufragio, siempre por la inexplicable rapidez del movimiento.
Quedaban sólo dos soluciones posibles, con lo cual hubo dos bandos distintos de partidarios; por un lado los que estaban por un monstruo de fuerza colosal; por otro, los que suponían la existencia de una embarcación submarina con extraordinaria fuerza motriz.
Pero esta última hipótesis, muy admisible con todo, no pudo resistir a las investigaciones que en ambos mundos se hicieron. Era poco probable que un simple particular tuviera a su disposición semejante ingenio mecánico. ¿Cuándo y dónde lo había construido, y cómo mantener secreta la construcción?
Solamente un gobierno podía poseer semejante máquina destructiva, y no era imposible que en estos desastrosos tiempos en que el hombre se ingenia para multiplicar la potencia de las armas ensayase un Estado, sin saberlo los demás, aquel formidable mecanismo. Después de los fusiles «chassepots», los torpedos; después de los torpedos, los arietes submarinos, y después..., la reacción. Al menos así lo espero.
Mas la hipótesis de una máquina de guerra cayó también ante la declaración de los gobiernos. Como se trataba del interés público, puesto que se perjudicaban las comunicaciones transoceánicas, no podía dudarse de la franqueza de los gobiernos. Por otra parte, ¿cómo admitir que la construcción del buque submarino hubiese pasado desapercibida para el público? Guardar el secreto en tales circunstancias es dificilísimo para un particular, y ciertamente imposible para un Estado, donde todos los actos son obstinadamente vigilados por las potencias rivales.
Luego, después de todas las pesquisas hechas en Inglaterra, Francia, Rusia, Prusia, España, Italia, América y aun Turquía, quedó definitivamente desechada la hipótesis de un monitor submarino.
Volvió el monstruo a flote, a despecho de las incesantes bromas con que le alanceaba la prensa festiva, y una vez en esta vía, las imaginaciones se dejaron llevar a las más absurdas cavilaciones de una ictiología fantástica.
A mi llegada a Nueva York muchas personas me hicieron el honor de consultarme sobre el fenómeno en cuestión. Había yo publicado en Francia una obra en cuarto y en dos tomos, titulada Los misterios de los grandes fondos submarinos. Este libro, del gusto particular del mundo científico, hacía de mí un especialista en este ramo, bastante oscuro, de la Historia Natural. Pidiéronme parecer, y mientras pude rechazar la realidad del hecho, me ceñí a la negativa más absoluta. Pero pronto, rendido a la evidencia, debí explicarme categóricamente. Y así, «el honorable Pierre Aronnax, profesor del Museo de París», fue emplazado por el New York Herald para formular una opinión.
Tuve que ceder, y hablé, por no serme ya posible callar. Discutí la cuestión por todas sus fases, política y científicamente, y reproduzco aquí la conclusión de un artículo muy denso que publiqué en el número del 30 de abril:
«Así pues —decía yo—, después de haber examinado una por una las diferentes hipótesis, quedando desechada toda otra suposición, es necesario admitir la existencia de un animal marino de extraordinaria potencia.
»Las grandes profundidades del océano son completamente desconocidas para nosotros. La sonda no ha podido alcanzarlas. ¿Qué pasa en esos abismos lejanos? ¿Qué seres habitan y pueden habitar a doce o quince millas debajo de la superficie de las aguas? ¿Cuál es el organismo de esos animales? Apenas es posible conjeturarlo.
»Sin embargo, la solución del problema que me han propuesto puede adoptar la forma de dilema.
»O conocemos todas las variedades de seres que pueblan nuestro planeta, o no las conocemos.
»Si no las conocemos todas; si la naturaleza tiene secretos todavía para nosotros en ictiología, nada más aceptable que la existencia de peces o cetáceos de especies y aun de géneros nuevos, de organización esencialmente dispuesta para habitar los fondos y las capas inaccesibles a la sonda, y que por un acontecimiento cualquiera, por un capricho, por un antojo, vienen muy de tarde en tarde al nivel superior del océano.
»Si, por el contrario, conocemos todas las especies vivientes, es preciso necesariamente buscar el animal de que se trata entre los seres marinos ya clasificados, y en este caso yo estaría dispuesto a admitir la existencia de un narval gigante.
»El narval vulgar, o unicornio de mar, alcanza a veces la longitud de sesenta pies. Quintuplicad, decuplicad esta dimensión, dad al cetáceo la fuerza proporcionada a su talla, acrecentad sus armas ofensivas, y obtendréis el animal deseado. Tendrá las proporciones determinadas por los oficiales del Shannon, el instrumento exigido por la perforación del Scotia, y la fuerza necesaria para abrir brecha en el casco de un vapor.
»En efecto, el narval se halla armado con una especie de espada de marfil o alabarda, según la expresión de ciertos naturalistas. Es un diente principal con la dureza del acero. Algunos de estos dientes se han hallado implantados en el cuerpo de las ballenas, a las cuales ataca siempre el narval con ventaja. Otros han sido sacados no sin trabajo de los fondos de embarcaciones, atravesadas de parte a parte como una barrena horada un tonel. El Museo de la Facultad de Medicina de París posee una de estas defensas que tiene dos metros veinticinco centímetros de longitud, por cuarenta y ocho centímetros de anchura en la base.
»Pues bien; supóngase un arma diez veces mayor, y el animal, diez veces más poderoso; láncesele con una velocidad de veinte millas por hora; multiplíquese su masa por su velocidad, y se obtendrá un choque capaz de producir la catástrofe ocurrida.
»Por consiguiente, y hasta más amplias noticias, yo me inclinaría por un unicornio de mar con dimensiones colosales, armado, no ya con alabarda, sino con un verdadero espolón, como las fragatas acorazadas o los «rams»3 de guerra, cuya masa tendría, a la vez que igual potencia motriz.
»Así podría explicarse el fenómeno inexplicable; a no ser que, a pesar de todo lo visto, sentido y experimentado, no hubiese nada, lo cual también sería posible».
Estas últimas palabras eran por mi parte una cobardía; pero quería cubrir hasta cierto punto mi dignidad de profesor, y no dar motivo de risa a los americanos, que cuando se ríen lo hacen con ganas. Me reservaba una escapatoria, y en el fondo admitía la existencia del monstruo.
Fue mi artículo calurosamente debatido, lo cual le dio mucha publicidad conquistando algunos partidarios. Por lo demás, la solución propuesta dejaba libre curso a la imaginación, y el espíritu humano se complace en estas grandiosas concepciones de seres sobrenaturales. Además, el mar es precisamente su mejor vehículo, el único medio en que puedan producirse y desarrollarse esos gigantes, junto a los cuales los animales terrestres, elefantes o rinocerontes, no son más que enanos. Las masas líquidas transportan las mayores especies conocidas de mamíferos, y tal vez ocultan moluscos de incomparable talla, crustáceos de espantosa vista, tales como langostas de cien metros o cangrejos de doscientas toneladas. ¿Y por qué no? Antiguamente, los animales terrestres, contemporáneos de las épocas geológicas, los cuadrúpedos, los cuadrumanos, los reptiles, las aves, estaban construidos sobre plantillas gigantescas. El Creador los había vaciado en un molde colosal que el tiempo ha ido reduciendo. ¿Por qué el mar en sus ignoradas profundidades no ha podido conservar muestras de una antigua vida, puesto que nunca se modifica, mientras que el núcleo terrestre se altera sin cesar? ¿Por qué no habría de ocultar en su seno las últimas variedades de esas especies titánicas, cuyos años son siglos y los siglos son milenios?
Pero me estoy dejando llevar a cavilaciones que no puedo sustentar. Dejemos esas quimeras, que el tiempo ha cambiado para mí en realidades terribles. Lo repito, la opinión se formó sobre la naturaleza del fenómeno, y el público admitió sin contestación la existencia de un ser prodigioso que nada tenía de común con las fabulosas serpientes de mar. Pero frente a los que vieron en ello un problema puramente científico por resolver, otros, más positivos, sobre todo en América e Inglaterra, fueron de parecer que el océano debía quedar purgado de tan temido monstruo, a fin de asegurar las comunicaciones transatlánticas. Las publicaciones especializadas en temas industriales y comerciales trataron la cuestión principalmente bajo este punto de vista. La Shipping and Mercantile Gazette, el Lloyd, el Paquebot, la Revue Maritime et Coloniale, todas las publicaciones afectas a las compañías de seguros que amenazaban elevar el tipo de las primas fueron unánimes en esta cuestión.
Habiéndose pronunciado la opinión pública en este sentido, los Estados Unidos fueron los primeros en declararse, haciéndose en Nueva York los preparativos para una expedición destinada a perseguir el narval. Una fragata muy rápida, la Abraham Lincoln, se dispuso para aparejar lo más pronto posible. Los arsenales se pusieron a disposición del comandante Farragut, que activó el armamento de su fragata.

La fragata Abraham Lincoln.
Precisamente, como sucede siempre, desde que se pensó en perseguir al monstruo, nadie durante dos meses volvió a hablar de él. Ningún buque lo encontró. Tanto se había hablado, hasta por el cable telegráfico transatlántico, que no parecía sino que el unicornio había llegado a saber las tramas que se urdían contra él. Por eso los bromistas pretendían que aquel astuto animal había interceptado algún telegrama del que ahora se estaba aprovechando.
Así es que por falta de noticias y estando ya la fragata armada para una larga campaña, y provista de formidables ingenios de pesca, no se sabía adónde dirigirla. La impaciencia crecía, cuando el 2 de julio se supo que el Tampico, vapor de la línea de San Francisco de California a Shangai, había visto al animal tres semanas antes en los mares septentrionales del Pacífico.
Fue extraordinaria la emoción producida por esta noticia. No se concedieron ni veinticuatro horas de respiro al comandante Farragut. Sus vituallas estaban embarcadas. Sus carboneras se hallaban atestadas. Ni un hombre de la tripulación faltaba. Ya no restaba más que encender las calderas y zarpar. No se les hubiera perdonado medio día de tardanza. Por otro lado, el comandante Farragut tampoco deseaba otra cosa que partir.
Tres horas antes de que el Abraham Lincoln abandonase el muelle de Brooklyn, recibí una carta escrita en estos términos:
«AL SE—OR ARONNAX,
»profesor del Museo de París...
»Fifth Avenue Hotel:
»Nueva York.
»Señor:
»Si quiere usted unirse a la expedición del Abraham Lincoln, el gobierno de la Unión verá con placer que Francia esté representada por usted en esta empresa. El comandante Farragut tiene una cámara a su disposición.
»Muy cordialmente vuestro,
»J. B. Hobson,
»secretario de la marina.»