Kitabı oku: «Atrapa a un soltero - La ley de la pasión»
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Atrapa a un soltero
Título original: Capturing the Millionaire
© 2009 Kathleen Eagle
La ley de la pasión
Título original: In Care of Sam Beaudry
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-177-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Atrapa a un soltero
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
La ley de la pasión
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
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Atrapa a un soltero

Capítulo 1
Se suponía que no llovía en octubre. Al menos en California del Sur.
Alain Dulac estaba bastante seguro de que debía de ser una norma escrita, en algún sitio. Mientras intentaba controlar su coche deportivo, en absoluto ideado para esa clase de tiempo, comprobó que la visibilidad era equivalente a cero. Porque, como decía una vieja canción de los años sesenta, en California no llovía, sólo diluviaba.
Y eso estaba ocurriendo. Diluviaba. Como si todo el océano Pacífico hubiera sido absorbido por las nubes negras del cielo que estaban derramando su contenido sobre él. Veía tan poco que ni siquiera sabía dónde estaba. Hasta podría haber dado la vuelta y estar yendo de nuevo hacia Santa Bárbara.
El reloj decía que eran poco menos de las cuatro de la tarde, pero parecía el principio del Apocalipsis. Incluso se oían truenos, otra cosa inaudita en esa época del año.
Los limpiaparabrisas hacían lo que podían pero, indudablemente, estaban perdiendo la batalla. Sólo le daban segundos de visibilidad.
Alain se tragó una maldición cuando el coche rebotó en un charco. Pensó, con rabia, que habría estado bien que el hombre del tiempo hubiera avisado sobre la tormenta el día anterior, o incluso esa mañana. Agarró el volante con más fuerza, como si eso pudiera proporcionarle un mejor control del coche. Si hubiera sabido que el día amenazaba diluvio, habría pospuesto unos días el viaje a Santa Bárbara para conseguir el atestado.
El aspecto saludable de Archie Wallace indicaba que viviría sin problemas hasta el lunes. Con sus ochenta y cuatro años, el ex sirviente, estaba mejor que muchos hombres con la mitad de edad. Alain podría haber esperado para obtener la declaración sin arriesgar su vida y su BMW.
Los labios de Alain se curvaron por primera vez desde que había salido de la casa de Archie. Pensó que no tenía nada de malo aparecer ante las cámaras por un caso importante, le gustaba la idea de estar en el candelero. Hasta ese momento, su único derecho a la fama se debía a ser el hijo menor de Lily Moreau. Su madre, Dios la bendijera, era tan famosa por su estilo de vida como por sus coloridas obras de arte. A veces su vida social obtenía más atención que sus cuadros.
Alain no dudaba que los reporteros que habían asistido a su última exposición estaban tan interesados en el oscuro y guapo jovencito que la acompañaba como en los cuadros expuestos. Kyle Autumn era el protegido de su madre y, por lo que ella decía, el amor de su vida.
Al menos durante ese mes.
El hecho de que Alain y sus dos hermanastros, mayores que él, tuvieran tres padres distintos era testimonio de que Lily amaba con pasión, y de que no solían ser pasiones duraderas.
Era mejor madre que esposa y, por suerte para el mundo del arte, mejor pintora que cualquiera de las otras dos cosas.
Alain no tenía quejas en ese sentido. Había comprendido hacía muchos años que Lily era tan buena madre como podía ser, y Georges y él siempre habían tenido a Philippe. Era el mayor, siempre más padre que hermano, y Alain había aprendido la mayoría de sus valores de él.
En cierto modo, suponía que Philippe había sido el artífice de que se dedicara a la abogacía de familia. Philippe siempre había mantenido que la familia lo era todo.
Era una lástima que los Halliday no lo vieran de la misma manera. El caso al que se enfrentaba estaba a punto de convertirse en el drama familiar del año. Todos se lanzaban acusaciones a diestro y siniestro. Y la prensa amarilla hacía su agosto.
En realidad no era el tipo de caso que Dunstan, Jewison y McGuire solía aceptar. El venerable bufete de más de un siglo de antigüedad se enorgullecía de llevar todos sus asuntos con clase y decoro. Ése, sin embargo, tenía tanta clase como un reality show televisivo.
El problema era la obscena cantidad de dinero en lid. Sólo un santo podría haber rechazado la cantidad que recibiría la empresa si ganaba el caso para la voluptuosa y dolida viuda. El bufete llevaba años manteniéndose en pie por su reputación y poco más; por eso habían contratado a Alain. Era el abogado más joven. El siguiente, Morris Greenwood, tenía cincuenta y dos años. Habían buscado una inyección de sangre nueva, y de dinero, claro.
Alain había llevado el caso Halliday al bufete. Cuando lo ganaran, y lo ganarían, se generaría mucho negocio. Y eso no tenía nada de malo.
Igual que su madre, Alain estaba dispuesto a jugar si hacía falta. No tenía duda de que podía ganar. Ethan Halliday se había enamorado tanto de su joven esposa que, dos meses después de la boda, había roto el acuerdo prenupcial y cambiado su testamento. La joven y núbil modelo de lencería iba a heredar más del noventa y ocho por ciento de la cuantiosa fortuna de Halliday. Ese testamento había robado a los cuatro hijos de Halliday lo que consideraban suyo por derecho. Dos hombres y dos mujeres, todos mayores que la viuda de su padre, estuvieron de acuerdo por primera vez en años: se habían unido contra la malvada madrastra.
Era como un guión de película de serie B. En otros tiempos habría sido un triste cuento de los hermanos Grimm. Y, si estaba en su mano, sería su cliente, la viuda, quien tuviera el final feliz.
«Si vivo para entregar la declaración que he recibido», pensó Alain, cuando el coche volvió a patinar en la carretera.
El viento no ayudaba. Llegaban fuertes ráfagas de repente, que luchaban con él por el control de su vehículo. Volvió a aferrar el volante con todas sus fuerzas, para impedir que el coche saliera despedido de la carretera.
Tenía la sensación de que el viento se había partido en dos, y que cada lado lo empujaba primero en una dirección, luego en otra.
Alain pensó en cómo debería haber ido su día antes de que se iniciara el desastroso temporal. Había planeado ir a ver antigüedades con Rachel para después disfrutar de una cena íntima que llevaría a donde llevara.
Sonrió, a su pesar. Rachel Reed era una gata salvaje en la cama y agradablemente directa y sin complicaciones cuando estaba de pie. Justo como le gustaban las mujeres: diversión sin ataduras. En ese sentido, Alain se parecía mucho a su madre.
Volvió a forcejear con el volante para mantener el rumbo del coche. No tenía ni idea de dónde estaba.
Miró el GPS. Hacía lo que llevaba haciendo durante el último cuarto de hora: parpadear como un adolescente. Estaba fuera de control.
—¿Para qué sirves si no funcionas? —clamó, irritado. Como si respondiera, el GPS se oscureció—. Eh, no te pongas así, lo siento. Enciéndete, ¿vale?
Pero el GPS siguió a oscuras, como el resto del salpicadero. Tampoco la radio ofrecía más que un zumbido de estática.
Alain resopló. Se sentía como el último hombre sobre la faz de la tierra, luchando contra los elementos. Perdido y más que perdido.
Ni siquiera su teléfono móvil tenía cobertura, lo había probado varias veces. La madre naturaleza le había declarado la guerra, a él y a sus dispositivos electrónicos. Como si supiera que sin su ayuda era incapaz de orientarse e iría a la deriva, como una hoja en una galerna.
Llevaba un mapa en el bolsillo de la puerta del pasajero, pero no servía para nada porque sólo cubría Los Ángeles y Orange County. Él estaba por debajo de Santa Bárbara, de camino al país del mago de Oz, o al infierno, lo que llegara antes.
Circulaba a la velocidad mínima, buscando desesperadamente algún rastro de civilización. Había dejado la ciudad hacía un buen rato y sabía que había casas por allí, las había visto a la ida. Pero eran escasas y dispersas; no conseguía captar ni un destello de luz que lo guiara. Ni siquiera veía siluetas de edificios.
Frunciendo los ojos, Alain se inclinó sobre el volante, intentando ver algo, lo que fuera.
Estaba a punto de rendirse cuando algo se cruzó en su camino. Tal vez un animal. Con el corazón acelerado dio un volantazo hacia la izquierda para evitar a lo que quiera que fuese. Las ruedas rechinaron y oyó el chirrido de los frenos. Salió barro disparado por los aires.
De repente, de la nada, surgió un árbol a su izquierda. Alain sabía que no podía chocar contra él si quería salir de allí con vida.
Pero su coche, al que cuidaba como si fuera un bebé, parecía tener otros planes: unirse a ese árbol. Alain notó que el coche patinaba.
En el fondo de su mente recordó que en ciertos casos lo mejor era girar el volante hacia el lado del derrape, pero todo su cuerpo gritaba que se alejara del árbol para no chocar con él. Así que giró el volante tanto como pudo hacia la derecha.
El horrible ruido de las ruedas, el chirrido del metal y el aullido del viento se unieron en uno. Su compostura habitual lo abandonó y dio paso al pánico. Oyó un golpe.
Y después nada.
Tenía la impresión de que Winchester no había dejado de dar problemas desde el día en que lo encontró en el refugio de animales y decidió adoptarlo. Pero le tenía un cariño especial y le daba bastante manga ancha. De todos los perros que Kayla MacKenna había adoptado, era el que tenía una historia más triste.
Antes de que rescatara al pequeño pastor alemán, alguien lo había utilizado como diana, para práctica de tiro. Cuando llamó su atención, Winchester tenía una bala alojada en la pata delantera derecha y tenía fiebre porque la herida se había infectado. En vez de costear una operación para extraer la bala, el refugio de animales se había limitado a entablillarle la pata. Ella lo encontró cuando hacía su ronda bimensual, pocas horas antes de que lo sacrificaran.
En cuanto insistió en que abrieran su jaula, el perro había cojeado hacia ella y había apoyado la cabeza en su regazo. Kayla no pudo resistirse. Lo había llamado Winchester en honor al famoso rifle utilizado en la conquista del oeste.
Solía visitar los refugios de animales buscando a pastores alemanes que hubieran sido abandonados por alguna razón. Si hubiera podido, se los habría llevado a todos a casa para tratarlos, cuidarlos y prepararlos para que fueran adoptados en buenos hogares. Pero incluso ella, a pesar de su gran corazón, tenía que ponerse límites.
Así que elegía basándose en su infancia. Hailey había sido su primera mascota, una pastor alemán enorme, adorable y atípica. Como perra guardián era un fracaso, pero era tan cariñosa que a Kayla le había robado el corazón el primer día. Sus padres la habían esterilizado, así que nunca tuvo perritos. Pero en cierto modo Kayla consideraba a Hailey la madre de todos los perros que había rescatado desde que acabó la carrera.
Había perdido la cuenta de los perros que había llevado a casa y cuidado hasta encontrar a alguien que los adoptara. Era veterinaria, así que el coste de curar a los animales, con frecuencia maltratados, era nominal.
—Así nunca te harás rica —se había burlado Brett con condescendencia—. Y si esperas que me case contigo, tendrás que librarte de estos perros. Lo sabes, ¿verdad?
Ella, alzando el candil que había sacado para ver algo en la lluvia, pensó que sí lo había sabido, pero no había querido admitirlo. Había conocido a Brett en la facultad. Era guapísimo y se había enamorado locamente de él. Pero al final resultó que había cometido un error de juicio. Él no sería el hombre con quien pasaría el resto de su vida.
Así que se quedó con los perros y se libró de su prometido; sabía que había salido ganando.
El viento cambió de dirección, golpeándola de frente, en vez de desde atrás. Intentó sujetarse la capucha con la mano libre, pero el viento lo impidió. Segundos después tenía el cabello empapado.
—¡Winchester!
El viento le quitó el aire, impidiéndole volver a llamar al pastor alemán.
«Maldito perro, ¿por qué has tenido que escaparte hoy?», pensó. No era la primera vez que lo hacía. Winchester era muy nervioso, seguramente por haber sido maltratado, y cualquier ruido lo incitaba a esconderse.
—¡Winchester, vuelve, por favor! —el viento le devolvió la fútil súplica—. Taylor, tenemos que encontrarlo —le dijo al perro que iba a su izquierda.
Taylor era uno de los perros que había decidido quedarse. Tenía siete años y nadie quería un perro tan viejo. Implicaba un gasto mayor en cuidados sanitarios y más dolor de corazón porque le quedaban pocos años de vida. Pero Kayla pensaba que todas las criaturas de Dios merecían amor, con la posible excepción de Brett.
De repente, Taylor y Ariel, la perra que iba al otro lado, empezaron a ladrar.
—¿Qué? ¿Veis algo? —preguntó a los animales.
Se puso una mano haciendo de visera y alzó el candil con la otra. Entrecerró los ojos para intentar ver algo a través de la lluvia y comprendió la razón de los ladridos de Taylor y Ariel.
Los ladridos de tres perros, porque distinguió la silueta de Winchester. Estaba a un metro del coche color cereza que, desde donde estaba Kayla, parecía estar haciendo lo imposible: trepar a un roble. El morro y las ruedas delanteras estaban a casi medio metro del suelo, sobre el tronco del árbol centenario.
A pesar de la lluvia, Kayla habría jurado que captaba olor a humo. Tras un segundo de parálisis, corrió hacia el coche tan rápido como pudo. La lluvia golpeaba su piel como miles de agujas diminutas.
Casi resbaló cuando llegaba al vehículo. Iluminó el interior con el candil. Consiguió ver la parte posterior de la cabeza de un hombre. El rostro estaba enterrado en el airbag, que se había inflado, como debía, con el impacto.
Kayla oyó un gemido, pero se dio cuenta de que lo había emitido ella, no el hombre.
Winchester saltaba sobre las patas traseras como si quisiera dejar claro que él había encontrado al hombre antes que nadie. Debía de ser la interpretación canina de «Yo lo encontré, ¿puedo quedármelo?».
El hombre no se movía. Kayla se preguntó si estaría inconsciente o…
—Aquí es cuando yo os ordeno que vayáis a buscar ayuda —les murmuró a los perros, intentando pensar—. Si hubiera a quién pedírsela.
Pero no era el caso. Vivía sola y el vecino más próximo estaba a cuatro kilómetros de distancia. Incluso si pudiera enviar allí a los perros, nadie entendería por qué ladraban. Seguramente llamarían a la policía o los ignorarían.
Tenía que ocuparse ella. Dejó el candil en el suelo e intentó abrir la puerta del conductor. Al principio no se movió, pero tiró de ella con todas sus fuerzas hasta que, milagrosamente, se abrió. Kayla se tambaleó y habría caído sobre el barro si el árbol no lo hubiera impedido. Chocó contra él y la vibración del golpe reverberó por su columna.
Se quedó quieta un momento, intentando recuperar el aliento. Inspirando, miró dentro del coche. El conductor seguía tirado sobre el airbag, sujeto por el cinturón de seguridad. La lluvia empezaba a entrar en el coche, empapando al conductor.
Y él seguía sin moverse.
Capítulo 2
Se—or. Eh, señor —Kayla alzó la voz por encima del rugido del viento—. ¿Puede oírme?
Como no hubo respuesta, sacudió su hombro. No consiguió nada. El desconocido no alzó la cabeza ni intentó hablar. Estaba inmóvil como la muerte.
La inquietud de Kayla creció. Se preguntó si estaría gravemente herido, o…
—Ay, Dios —murmuró, entre dientes.
Dio un paso atrás y casi pisó a Winchester. El perro parecía tener la intención de saltar dentro del coche para reanimar al conductor.
—Apártate, amigo —ordenó Kayla, temiendo pisar una de sus patas sanas. El perro obedeció con desgana.
Kayla frunció el ceño. El airbag no se estaba desinflando. Tras, posiblemente, haberle salvado la vida, en ese momento podía estar asfixiándolo.
Empujó el airbag, pero no cedió. Lo golpeó con el lateral de la mano, esperando que la enorme almohada color crema se deshinchara.
No lo hizo.
Desesperada, rebuscó en los bolsillos. Por la mañana, cuando se vestía, siempre metía el teléfono móvil en el bolsillo, junto con la vieja navaja suiza que una vez había sido la posesión más preciada de su padre.
Sonrió con alivio cuando sus dedos rozaron el pequeño y familiar objeto. La sacó del bolsillo y con la hoja más grande pinchó la bolsa, que se desinfló rápida y ruidosamente.
En cuanto estuvo plana, la cabeza del desconocido cayó hacia delante, golpeando el volante. Era obvio que seguía inconsciente, o eso esperaba. La otra alternativa era horrible.
Kayla puso los dedos en su cuello y encontró pulso.
—Ha tenido suerte —masculló.
El siguiente paso era sacarlo del coche. Había visto accidentes en los que el vehículo quedaba tan destrozado que tenían que intervenir los bomberos. Por suerte, no era el caso. Dadas las circunstancias, el conductor había sido increíblemente afortunado. Se preguntó si habría estado bebiendo. Lo olisqueó y no captó el más mínimo olor a alcohol.
Debía de ser otro californiano que no sabía conducir en la lluvia. Se inclinó sobre él para intentar soltarle el cinturón. Tuvo la sensación de que se movía.
Hacía mucho tiempo que no estaba tan cerca de un hombre.
—¿Nos… conocemos?
Kayla tragó aire y se apartó, golpeándose la cabeza con el techo del coche.
—Está despierto —declaró con alivio.
—O… tú eres… un sueño —murmuró Alain con vez débil. Su voz le sonó aguda y distante. Le pesaban los párpados tanto como una tonelada de carbón. Insistían en cerrarse.
Se preguntó si estaba alucinando. Oía ladridos. Tal vez fueran perros demoníacos y él estuviera en el infierno.
Alain intentó concentrarse en la mujer que tenía ante él. Llegó a la conclusión de que deliraba. No había otra explicación para estar viendo a un ángel pelirrojo con impermeable.
Kayla miró al desconocido fijamente. Le salía sangre de un gran corte en la frente, justo encima de la ceja derecha, y los ojos se le iban hacia arriba. Daba la sensación de que volvería a perder el conocimiento de un momento a otro. Pasó un brazo por su cintura, aún intentando encontrar el botón que soltaba el cinturón de seguridad.
—Indudable… un sueño —jadeó Alain, al sentir sus dedos en el muslo. Si hubiera sabido que el infierno estaba poblado por criaturas como ella, se habría ofrecido voluntario mucho tiempo antes.
Ella encontró el botón, lo pulsó y apartó el cinturón. Miró su rostro. Tenía los ojos cerrados.
—No, no te desmayes —suplicó. Llevar al desconocido hasta su casa sería imposible si estaba inconsciente. Era fuerte, pero no tanto—. Sigue conmigo. Por favor —le urgió.
Para su alivio, él abrió los ojos de nuevo.
—Es… la mejor oferta… del día —consiguió decir, con una mueca dolorida.
—Fantástico —murmuró ella—. De todos los hombres que podrían estrellarse contra mi árbol, me ha tenido que tocar un donjuán.
Pasó las manos por sus costillas y consiguió más muecas de dolor. Pensó, con desmayo, que debía de tener alguna costilla rota o magullada.
—Bueno, aguanta un poco —le dijo, moviendo su torso y sus piernas de modo que estuviera mirando hacia fuera del vehículo. Con un esfuerzo, puso el brazo bajo su hombro y le agarró la muñeca.
—No deberías… poner tus árboles… donde la gente pueda… chocar con ellos —farfulló él contra su oreja, aún con los ojos cerrados.
Kayla intentó controlar el escalofrío que le provocó sentir su aliento. Apretó los dientes para prepararse para el esfuerzo que iba a hacer.
—Lo tendré en mente —dijo. Separó los pies e intentó alzarse tirando de él. Notó cómo él se hundía—. A ver si colaboras conmigo —farfulló. Le pareció oír una risita.
—¿Qué… colaboración… tenías en mente?
—Desde luego, no la que tienes tú —le aseguró. Inspiró profundamente y se enderezó. El hombre a quien intentaba rescatar era un peso muerto.
Rodeó su cintura con el brazo y se concentró en emprender el largo camino por el jardín hasta la puerta de su casa.
—Perdona… —la palabra se perdió en el viento. Un momento después su significado quedó claro: el hombre se había desmayado.
—No, no, espera —suplicó Kayla con frenesí.
Él se derrumbó como una tonelada de ladrillos. Casi la arrastró en su caída, pero en el último instante lo soltó. Frustrada, miró al rubio y guapo desconocido. Si estaba inconsciente, no podría con él. Miró hacia su casa. Tan cerca y, sin embargo, tan lejos.
Kayla se mordió el labio inferior y pensó un momento, mientras los perros rodeaban al desconocido. Entonces se le ocurrió una idea desesperada.
—Hay muchas formas de matar a un gato —dijo.
Taylor ladró con entusiasmo y Kayla no pudo evitar una sonrisa.
—Eso te gustaría, ¿eh? Bueno, chicos —les dijo a todos, como si fueran sus ayudantes—. Vigiladlo. Volveré enseguida.
Los perros parecieron entender cada palabra. Kayla creía que los animales entendían lo que se les decía, siempre y cuando uno tuviera la paciencia de adiestrarlos desde que llegaban a casa. Igual que a los bebés.
—Lona, lona, ¿qué hice con esa lona? —canturreó, corriendo hacia la casa. Recordaba haber comprado más de diez metros el año anterior, de color rojo. Le había sobrado un trozo bastante grande y tenía que estar por ahí.
Cruzó la cocina y fue al garaje, buscando. La lona estaba doblada y colocada en un rincón. Kayla la agarró y volvió sobre sus pasos.
Instantes después llegaba al vehículo. Winchester, oyendo su llegada, cojeó hacia ella y luego volvió hacia el coche.
—¿Crees que he olvidado el camino? —le dijo.
Mientras la lluvia seguía golpeándola, Kayla extendió la lona en el suelo embarrado. Trabajando tan rápido como podía, hizo rodar al hombre sobre la lona. Lo embarró de arriba abajo, pero era inevitable. Dejarlo allí fuera, sangrando y sólo Dios sabía en qué estado, no era una opción.
—Bueno —les dijo a los perros—, ahora viene lo difícil. En momentos como éste, un trineo sería muy útil.
Winchester ladró animoso y la miró con adoración. Al fin y al cabo, ella era su salvadora.
—Es fácil para ti darme ánimos. Allá vamos —rezongó. Agarró las esquinas de la lona y, tirando de ellas, emprendió el lento y pesado viaje. Rezó porque el hombre, boca arriba, no se ahogara por el camino.
Lo primero que notó Alain cuando abrió los ojos fue el peso de un yunque sobre la frente. Parecía pesar miles de kilos y una banda de diablillos bailaba encima de él, dando martillazos sin cesar.
Lo segundo que notó fue el roce de las sábanas en la piel. En casi toda su piel. Estaba desnudo bajo el edredón de plumas azul y blanco. O cerca de estarlo. Sin duda, sentía una sábana bajo la espalda.
Parpadeando, se esforzó por enfocar los ojos.
¿Dónde diablos estaba?
No tenía ni idea de cómo había llegado allí, ni por qué. Tampoco sabía quién era la mujer de las bonitas caderas.
Alain parpadeó otra vez. No eran imaginaciones suyas. Había una mujer de espaldas a él, una mujer con caderas suntuosas, inclinada sobre una chimenea. El resplandor del fuego y un puñado de velas repartidas por la gran habitación de aspecto rústico eran la única luz.
«¿Por qué no hay electricidad? ¿Estaré viajando en un túnel del tiempo?».
Nada tenía sentido. Alain intentó levantar la cabeza y se arrepintió de inmediato. El golpeteo que sentía se multiplicó por dos.
Automáticamente, se llevó la mano a la frente y tocó un montón de gasa. La recorrió con los dedos, preguntándose qué había ocurrido.
Curioso, alzó el edredón y la sábana y vio que aún llevaba puestos los calzoncillos. Había más vendajes rodeando su pecho. Empezaba a sentirse como un personaje de tebeo.
Abrió la boca para llamar la atención de la mujer, pero no pudo decir nada. Carraspeó antes de volver a intentarlo y la mujer oyó el sonido.
Se dio la vuelta, al igual que los perros que la rodeaban. Alain comprendió que había estado poniendo comida en varios cuencos.
Al menos no iban a comérselo a él. «Aún», se corrigió con ironía.
—Estás despierto —dijo la mujer complacida, yendo hacia él.
La luz del fuego iluminaba las ondas pelirrojas que enmarcaban su rostro. Se movía con fluidez y gracia. Como alguien que se sentía cómoda dentro de su piel. Y no tenía por qué no ser así. La mujer era una belleza.
Volvió a preguntarse si estaría soñando.
—Y desnudo —añadió él.
Los labios de ella se curvaron con una sonrisa traviesa. Él no supo si se había sonrojado o si el tono rosado de sus mejillas se debía al fuego. En cualquier caso, era cautivadora.
—Te pido disculpas por eso.
—¿Por qué? ¿Te has aprovechado de mí? —preguntó él, divertido, aunque aún confuso.
—No estás desnudo —señaló ella—. Y prefiero a los hombres conscientes —después se puso seria—. Tu ropa estaba húmeda y embarrada. Conseguí lavarla antes de que se fuera la luz —señaló las velas—. Ahora mismo está colgada en el garaje, pero no se secará hasta mañana. Si acaso.
Él estaba acostumbrado a los apagones eléctricos, solían durar unos minutos.
—A no ser que vuelva la electricidad.
La pelirroja movió la cabeza y su pelo flotó alrededor de su rostro como una nube al viento.
—Lo dudo mucho. Por aquí, cuando se va la luz no es a corto plazo. Con suerte, la electricidad volverá mañana a mediodía.
Alain miró el edredón que lo cubría. Incluso ese leve movimiento le causó dolor.
—Bueno, aunque sea una opción intrigante, no puedo estar desnudo tanto tiempo. ¿Podrías prestarme ropa de tu marido hasta que la mía se seque?
—Eso no va a ser nada fácil —contestó ella, con un brillo divertido en los ojos.
—¿Por qué?
—Porque no tengo marido.
Él tenía la sensación de haber visto a alguien con impermeable y capucha antes.
—¿Compañero? —sugirió. Al no recibir contestación, insistió—: ¿Hermano? ¿Padre?
—No, ninguna de esas cosas.
—¿Estás sola? —preguntó él, incrédulo.
—Ahora mismo tengo siete perros —le dijo, con una sonrisa traviesa—. Nunca, en ningún momento del día o de la noche, estoy sola.
Él no entendía. Si no había nadie más en la casa…
—Entonces, ¿cómo me has traído? No pareces lo bastante fuerte para haberlo hecho sola.
Ella señaló la lona que había extendido ante la chimenea para que se secara.
—Te tumbé en eso y te arrastré hasta aquí.
Él tuvo que admitir que estaba impresionado. Ninguna de las mujeres que conocía habría intentado siquiera hacer algo así. Lo habrían dejado bajo la lluvia hasta que pudiera moverse por sí solo. O hasta que se ahogara.
—Una mujer con recursos.
—Me gusta creer que lo soy.
Y como tenía recursos, su mente no paraba nunca. Se centró en el problema de tener a un hombre casi desnudo en el salón.
—Creo que hay un viejo peto vaquero de mi padre en el ático —dijo Kayla. Empezó a ir hacia la escalera, pero se detuvo. Miró al hombre que había en el sofá con una expresión escéptica en los ojos verdes.
Alain se preguntó qué estaría pensando. Y por qué lo miraba dubitativa.
—¿Qué?
—Bueno… —Kayla titubeó, buscando una forma delicada de decirlo, a pesar de que su padre había fallecido unos cinco años antes—. Mi padre era un hombre bastante grande.
—Yo mido un metro ochenta y cinco —apuntó Alain, que seguía sin ver el problema.
Ella sonrió y, a pesar de la situación, él sintió una atracción magnética, como si alguien le hubiera echado un lazo y tirara de él.