Kitabı oku: «Lunes de ceniza»

Yazı tipi:

Título original: Monday Mourning

© Temperance Brennan, L. P, 2004.

© de la traducción: Claudio Molinari, 2008.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO458

ISBN: 9788491873808

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Agradecimientos

Kathy Reichs en RBA

A DEBORAH MINER. A MI HERMANITA.

A MI HARRY.

GRACIAS POR ESTAR SIEMPRE.

«No me advertiste de lo que ocurriría el lunes por la mañana...»

JOHN PHILLIPS,

The Mamas and the Papas

1

Lunes, lunes…

No se puede confiar en ese día...

Mientras en mi mente sonaba esa melodía, el estruendo del disparo sonó en el confinado espacio bajo tierra en el que me encontraba.

Levanté la vista y vi tejidos, huesos y tripas salpicar contra la pared de piedra a tan solo tres metros de mí.

Primero el cuerpo destrozado quedó como adherido y finalmente se deslizó hacia abajo dejando una mancha de sangre y pelos.

Sentí unas gotas calientes sobre la mejilla y me las quité con el dorso de la mano enguantada.

Todavía acuclillada, me volví:

Assez! ¡Basta!

El entrecejo del sargento de detectives Luc Claudel se elevó por los extremos formando una V. No enfundó su pistola de nueve milímetros, pero la bajó.

—Estas ratas... son las hijas del demonio. —Su francés era cortado y nasal, lo cual delataba que había nacido río arriba.

—Pues tíreles piedras —respondí bruscamente.

—Esa cabrona era tan grande que las piedras me las hubiera lanzado de vuelta.

Las horas que había pasado acuclillada en el frío y la humedad aquel lunes de diciembre en Montreal estaban haciéndose sentir. Me puse en pie y se me quejaron las rodillas.

—¿Dónde esta Charbonneau? —pregunté desentumeciendo un tobillo y luego el otro.

—Está interrogando al dueño. Le deseo suerte, porque ese subnormal tiene el coeficiente intelectual de una sopa de guisantes.

—¿Fue el dueño quien descubrió esto? —Barrí con un gesto el trozo de tierra que había detrás de mí.

Non. Le plombier.

—¿Qué hacía un fontanero en el sótano?

—El genio descubrió una trampilla junto al fregadero y decidió hacer una exploración subterránea para familiarizarse con las tuberías de la cloaca.

Al recordar mi descenso por la endeble escalerilla, me pregunté por qué alguien correría semejante riesgo.

—¿Los huesos estaban desparramados en la superficie, sin más?

—El fontanero dijo que tropezó con algo que sobresalía del suelo. Ahí mismo —y con su barbilla Claudel apuntó a un hoyo poco profundo donde el suelo de tierra daba con la pared sur—, lo arrancó del suelo, se lo mostró al dueño y juntos fueron a revisar la colección de anatomía de la biblioteca local para averiguar si el hueso era humano. Escogieron un libro con ilustraciones bonitas y a todo color, porque seguramente no saben leer.

Estaba a punto de hacerle la siguiente pregunta cuando por encima de nosotros se oyó un clic. Claudel y yo alzamos la vista creyendo que se trataba de su compañero.

Pero en vez de Charbonneau, vimos a un tipo flaco como un espantapájaros. Llevaba un jersey largo hasta las rodillas, vaqueros anchos y sueltos, y unas deportivas Nike azules. Del borde inferior de la cinta que le envolvía la cabeza asomaban varias coletas delgadas.

Acuclillado en la entrada, el hombre apuntaba su cámara Kodak desechable en mi dirección. La V de Claudel se hizo más pronunciada y su nariz de loro se le puso más colorada aún.

Tabarnac!

Sonaron dos clics más y, a tientas, el hombre se escabulló por un lateral.

Claudel enfundó su pistola y se aferró a la barandilla de madera:

—Hasta que venga la SIJ, puede tirar todas las piedras que quiera.

La SIJ era la Section d’Identité Judiciaire, equivalente en Quebec a la Policía Científica.

Las nalgas de Claudel, enfundado en un pantalón cortado a medida, desaparecieron a través de la estrecha abertura rectangular. Y aunque sentí la tentación de hacerlo, no le lancé ni una sola piedra.

Desde la planta de arriba llegaban voces apagadas y pisadas de botas. En el sótano solo se oía el zumbido del generador que alimentaba los focos portátiles.

Aguanté la respiración y agucé el oído.

En la oscuridad que me rodeaba no oí chillidos, ni rasguños, ni correteos.

Velozmente, paseé la vista en derredor.

No vi ojitos centelleantes, ni largos rabos rosados con escamas. Las cabronas se estarían reagrupando para la siguiente ofensiva.

No estaba de acuerdo con la manera en que Claudel resolvía el problema de los roedores, pero en algo coincidíamos: podría vivir perfectamente sin ellos.

Contenta por poder estar unos instantes sola, volví mi atención al mohoso cajón de envases que tenía a mis pies: «Tónico Dr. Energy. ¿Se siente muerto de cansancio? Dr. Energy hará que sus huesos quieran ponerse a bailar».

Pues estos no, doctor.

Contemplé el truculento contenido del cajón de envases.

Aunque la mayor parte del esqueleto seguía cubierto de barro endurecido, algunos huesos habían sido desempolvados. Bajo la luz dura de los focos portátiles, las superficies óseas mostraban un color castaño. Había una clavícula, costillas, una pelvis.

Un cráneo humano.

Maldición.

Lo había dicho media docena de veces ya, pero reiterarlo no le haría daño a nadie. Yo había llegado desde Charlotte a Montreal un día antes para preparar mi declaración el martes ante el tribunal. El hombre en cuestión había sido acusado de matar y descuartizar a su esposa y yo debía testificar sobre el análisis de las marcas de aserrado del esqueleto de la víctima. Había sido un peritaje complicado y quería repasar mi expediente del caso. Pero no, tuve que venir a helarme el culo excavando el sótano de una pizzería.

Pierre LaManche había acudido a mi despacho a primera hora de la mañana. Reconocí esa mirada y apenas la vi, adiviné lo que venía a continuación.

Mi jefe me explicó que habían hallado varios huesos en un local que vendía pizza por porciones. El dueño llamó a la policía, la policía llamó al juez de instrucción, y el juez de instrucción al laboratorio médico-legal.

LaManche quiso que me acercara a echar un vistazo.

—¿Hoy? —dije.

S’il vous plaît.

—Mañana subo al estrado.

—¿En el juicio a Pétit?

Asentí.

—Pues lo de la pizzería no le llevará nada de tiempo —dijo LaManche en su preciso francés parisino—. Lo más probable es que solo sean restos de animales.

—¿Dónde es? —dije cogiendo un sujetapapeles.

De un papel que tenía en la mano, LaManche leyó la dirección en voz alta: rue Ste-Catherine, a unas pocas calles al este de Centre-ville, el centro de la ciudad de Montreal.

Territorio de la CUM.

Territorio de Claudel. La sola idea de tener que trabajar con él suscitó mi primera maldición de la mañana.

En las pequeñas poblaciones que rodean la isla de Montreal funcionan varias fuerzas policiales, pero las dos principales encargadas de hacer cumplir la ley son la SQ y la CUM. La Sûreté de Québec, la SQ, es la policía provincial y manda en los suburbios más virulentos y en aquellas poblaciones carentes de fuerzas policiales propias. La Police de la Communauté Urbaine de Montreal, la CUM, es la policía de la ciudad. La isla pertenece a la CUM.

Luc Claudel y Michel Charbonneau son detectives de la Brigada Criminal de la CUM. Como antropóloga forense de la provincia de Quebec, he trabajado con ambos muchas veces. Con Charbonneau, la experiencia siempre resulta un placer. Con su compañero, la experiencia siempre resulta una experiencia. Luc Claudel es buen poli, pero tiene la paciencia de un petardo, la sensibilidad de Vlad el Empalador y un escepticismo perenne en cuanto a la utilidad de la antropología forense. Aunque sabe vestir con elegancia.

Cuando yo llegué al sótano dos horas antes, el cajón de envases de Dr. Energy estaba lleno de huesos sueltos. Claudel todavía debía suministrarme muchos detalles, pero supuse que los huesos habían sido recolectados por el dueño, probablemente con ayuda del desventurado fontanero. Mi trabajo consistía en determinar si los huesos eran humanos.

Lo eran.

Ese hecho generó mi segunda maldición de la mañana.

Mi siguiente tarea fue determinar si bajo el suelo del sótano reposaba alguien más. Comencé con tres técnicas exploratorias.

La iluminación a ras del suelo con el haz de la linterna me hizo notar algunas depresiones del terreno. Mi sondeo en cada una de ellas dio con resistencia, lo que sugería la presencia de objetos bajo la superficie. Al excavar zanjas de prueba encontramos huesos humanos.

Mala suerte, ya no iba a poder repasar tranquilamente el expediente de Pétit.

Cuando Claudel y Charbonneau oyeron mi opinión, contribuyeron con las maldiciones número tres, cuatro y cinco. Y para enfatizar añadieron varios improperios en quebecois.

Llamaron a la SIJ y dio comienzo la rutina de la policía científica: colocaron los focos y tomaron fotografías. Y mientras Claudel y Charbonneau interrogaban al dueño y a su asistente, los peritos arrastraron un radar de detección subterránea por toda la superficie del sótano. El RDS mostró perturbaciones a unos diez centímetros debajo de cada depresión. Quitando eso, el sótano no ocultaba nada más.

Mientras los peritos de la SIJ se tomaban un descanso y Claudel hacía «guardia antirrata» con su semiautomática, yo demarqué dos sencillas cuadrículas con hilo, y cada una de ellas en otros cuatro cuadrados más pequeños. Cuando me disponía a atar el último hilo a su estaca, Claudel se dio el gusto de hacerse el Rambo con las ratas.

¿Qué iba a hacer? ¿Esperar a que los peritos de la SIJ decidieran regresar?

Ni loca.

Así que cogí sus equipos, tomé fotografías y grabé un vídeo. Me froté las manos para recuperar la circulación y me cambié los guantes. Me acuclillé y con una paleta empecé a extraer tierra del cuadrado 1-A.

Mientras cavaba, sentí el subidón que suele darme en la escena de un crimen: los sentidos alerta, la curiosidad intensa, la posibilidad de que no sea nada o de que realmente sea algo.

Y la preocupación.

¿Y si destrozo una sección de hueso clave?

Rememoré otras excavaciones, otras muertes. La del aprendiz de santo en una iglesia quemada hasta los cimientos. La del adolescente decapitado en el picadero de unos moteros. La de unos yonquis acribillados en una tumba, junto a un arroyo.

No sé cuánto tiempo llevaba cavando cuando regresaron los dos peritos de la SIJ. El más alto de ellos llegó sujetando un vaso de porexpán. Busqué su nombre en mi memoria.

Era alto y delgado como una raíz. Raíz... Racine. Mi regla nemotécnica funcionó.

René Racine era novato, juntos habíamos estudiado un puñado de escenas. Su compañero, el bajito, era Pierre Gilbert. Hacía una década que nos conocíamos.

Dando sorbos al café tibio, les expliqué lo que había hecho en su ausencia. Después pedí a Gilbert que grabara y acarreara tierra, y a Racine que la cribara.

Volví a mi cuadrícula.

Cuando hube extraído unos siete centímetros de tierra del cuadrado 1-A, pasé al 1-B. Después al 1-C y al 1-D.

Solo extraje tierra.

Era de esperarse, el RDS había mostrado discrepancias a partir de los diez centímetros de profundidad.

Continué excavando.

Perdí la sensibilidad en los dedos de las manos y de los pies y se me congeló hasta la médula. Perdí la noción del tiempo.

Gilbert trasladaba los cubos de tierra desde mi cuadrícula hasta la criba. Racine tamizaba. De vez en cuando Gilbert tomaba una fotografía. Cuando hube excavado todo el sector de la cuadrícula hasta los siete centímetros de profundidad, volví a empezar por el cuadrado 1-A. Y cuando llegué a los catorce centímetros, pasé al siguiente cuadrado, tal como lo había hecho antes.

Tras sacar dos paletadas del cuadrado 1-B, noté un cambio en el color de la tierra, así que pedí a Gilbert que dirigiera un foco.

Bastó un atisbo para que mi tensión diastólica subiera varios puntos.

—Bingo.

Gilbert se acuclilló a mi lado. Racine se le unió.

Quoi? —preguntó Gilbert. ¿Qué?

Pasé la punta de mi paleta por el borde externo de la mancha que asomaba del fondo del cuadrado 1-B.

—La tierra está más oscura —observó Racine.

—Las manchas indican descomposición —expliqué.

Ambos peritos me miraron.

Señalé los cuadrados 1-C y 1-D:

—Aquí debajo alguien está pasando a mejor vida.

—¿Llamo a Claudel? —preguntó Gilbert.

—Ve, alégrale el día.

Cuatro horas más tarde, mis dedos se habían convertido en estalactitas. Y aunque llevara la cabeza cubierta con un gorro y una bufanda al cuello y mi parka marca Kanuk —garantizada para soportar temperaturas inferiores a los 40 ºC bajo cero por su forro de nailon polimerizado de poliuretano microporoso al 100%—, seguía congelándome.

Gilbert se paseaba por el sótano tomando fotografías y grabando desde varios ángulos. Racine observaba, con las manos hundidas en las axilas para mantenerlas calientes. Ambos parecían muy cómodos dentro de sus monos especiales para frío ártico.

La pareja de policías de homicidios, Claudel y Charbonneau, se encontraban de pie, uno al lado del otro, con las piernas abiertas y las manos cruzadas sobre los genitales. No estaban contentos.

Junto a la base de las paredes yacían ocho ratas muertas.

El hoyo del fontanero y las depresiones habían sido excavadas hasta convertirse en zanjas de medio metro de profundidad. En el hoyo aquel encontramos varios huesos sueltos que el fontanero y el dueño del local pasaron por alto. Lo que encontramos en las zanjas era algo muy distinto.

El esqueleto exhumado de la primera cuadrícula descansaba en posición fetal y no llevaba ropas. La pantalla del RDS no indicó que hubiese ni un solo artefacto.

El individuo hallado en la segunda cuadrícula había sido atado como un bulto y enterrado después. Las partes que pudimos ver eran huesos limpios.

Tras quitar las últimas partículas de tierra del segundo enterramiento, dejé a un lado mi pincel, me incorporé y pateé el suelo para calentarme los pies.

—¿Eso que lo cubre es una manta? —la voz de Charbonneau sonaba ronca a causa del frío.

—Más bien parece cuero —respondí yo.

Charbonneau apuntó un pulgar hacia la caja de envases de Dr. Energy.

—¿Y el resto del menda está ahí?

El sargento detective Michel Charbonneau había nacido en Chicoutimi, en una región llamada Saguenay, a seis horas de barco de Montreal, río San Lorenzo arriba. Antes de entrar en la CUM, había pasado varios años trabajando en los campos petrolíferos del oeste de Tejas. Orgulloso de su juventud vaquera, Charbonneau solía dirigirse a mí en mi lengua materna. La hablaba bien, aunque pronunciase «de» en vez de «the», acentuara las palabras en la sílaba equivocada y sus frases contuviesen suficiente argot para llenar un sombrero de diez galones.

—Eso espero —respondió.

—¿Eso espera? —Claudel exhaló una pequeña nube de vapor.

—Así es, monsieur Claudel. Eso espero.

Claudel se mordió los labios pero no dijo nada.

Una vez que Gilbert terminó de fotografiar el bulto enterrado, me arrodillé y tiré de un extremo del cuero. Se rasgó.

Cambié mis abrigados guantes de lana por unos quirúrgicos, me agaché sobre el cadáver y empecé a despegar un borde del cuero, separándolo cuidadosamente, levantándolo y finalmente enrollándolo sobre sí mismo.

Con el colgajo externo totalmente despegado y tendido a la izquierda, proseguí hacia la capa interior. En ciertos lugares, las fibras se adherían al esqueleto. Las manos me temblaban a causa del frío y los nervios, pero con un escalpelo separé el cuero podrido de los huesos que había debajo.

—¿Qué es esa cosa blanca? —preguntó Racine.

—Adipocira.

—¿Adipocira...? —repitió él.

—Grasa cadavérica —le dije, pues estaba con pocas ganas de dar una clase de química—. Después de pasar largo tiempo enterrados o sumergidos en agua, los cadáveres se descomponen en una sustancia jabonosa de calcio proveniente de los músculos y la grasa suelen cambiar su composición química.

—¿Y por qué no tiene adipocira el otro esqueleto?

—No lo sé.

Oí a Claudel resoplar irónicamente, pero lo ignoré.

Quince minutos más tarde había conseguido despegar y quitar completamente la capa interior de la mortaja, dejando el esqueleto totalmente expuesto.

A pesar de estar dañado, el cráneo era perfectamente identificable.

—Tres cabezas significan tres personas —aclaró innecesariamente Charbonneau.

Tabarnouche —masculló Claudel.

—Maldición —dije yo.

Gilbert y Racine permanecieron en silencio.

—¿Tiene alguna idea de lo que tenemos aquí, doctora? —preguntó Charbonneau.

Me puse de pie, entre los crujidos de mis rodillas y los cuatro pares de ojos que me siguieron hasta el cajón de Dr. Energy.

Saqué y estudié por separado una de las dos mitades de pelvis y después el cráneo.

Pasé a la primera zanja y me arrodillé, extraje las mismas piezas y las inspeccioné.

«Dios bendito.»

Retorné aquellos huesos a su sitio y a cuatro patas pasé a la segunda zanja. Me incliné sobre ella y estudié los fragmentos de cráneo.

«No, otra vez no. Las víctimas universales.»

Extraje de la tierra la mitad derecha de la pelvis.

De nuestras cinco caras surgían nubes de aliento.

Me senté sobre los talones y limpié la tierra que cubría las sínfisis púbicas.

Me quedé helada por dentro.

Las muertas eran tres mujeres que apenas habían pasado la pu­ bertad.

2

La mañana siguiente me desperté con el pronóstico del tiempo, sabía que me aguardaba un frío asesino. No esos siete grados con humedad de los que ocasionalmente nos quejamos en Carolina del Norte al llegar enero. Este era un frío de más de 17 ºC bajo cero. Un frío ártico, la clase de frío que te congela para que te coman los lobos. Así de frío.

Yo adoro Montreal. Me encantan su montaña de menos de ciento veinte metros, su puerto antiguo, la Pequeña Italia, el barrio chino, el barrio gay, los rascacielos de acero y cristal de Centre-ville. Me encantan los barrios enmarañados con sus callejones de piedra gris y sus escaleras imposibles.

Montreal es una luchadora esquizofrénica que continuamente se enfrenta a sí misma. Es anglófona y francófona, separatista y federalista, católica y protestante, vieja y nueva. Me resulta fascinante. Me seduce su multiculturalismo, donde conviven empanada, falafel, poutine y Kong Pao; el pub irlandés de Hurley, Katsura, L’Express, los bagels de la panadería de Fairmont y la Trattoria Trastevere.

Participo de la interminable ronda de festivales que me ofrece la ciudad: Le Festival International de Jazz, Les Fêtes Gourmandes Internationales, Le Festival des Filmes du Monde y el festival de cata de bichos del Insectarium. Frecuento las tiendas de Ste-Catherine, los mercados al aire libre de Jean-Talon y Atwater, y las tiendas de antigüedades que bordean Notre-Dame. Visito los museos, hago mis picnics en los parques y recorro en bicicleta las sendas a lo largo del canal Lachine. Todo eso me seduce.

Lo que no me seduce es el clima entre noviembre y mayo.

Lo admito, he vivido en el sur demasiado tiempo y odio vivir congelada. No le tengo paciencia ni a la nieve ni al frío. Quédense sus botas, lápices de manteca de cacao y hoteles tallados en el hielo, prefiero los shorts, las sandalias y el protector solar del treinta.

Mi gato Birdie comparte mi punto de vista. Cuando me incorporé, él se puso en pie, arqueó la espalda y volvió a perderse en el túnel que habían formado las mantas. Con una sonrisa, lo observé apretujarse hasta formar un bultito compacto y redondo. Birdie: mi único y leal compañero de cuarto.

—Pienso igual que tú, Bird —le dije, mientras apagaba el ra­ diorreloj.

El bultito se encogió aún más.

Me fijé en los dígitos, eran las cinco y media.

Fuera estaba oscuro como boca de lobo.

Salí hacia el baño como una bala.

Veinte minutos después, me encontraba sentada en la cocina, con una jarra de café y el expediente de Pétit sobre la mesa.

Marie­Reine Pétit, cuarenta y dos, madre de tres hijos, vendedora de pan en una boulangerie, había desaparecido dos años atrás. Cuatro meses después de su desaparición, su torso putrefacto apareció dentro de un bolso de hockey en el cobertizo que hacía las veces de trastero familiar.

El registro del sótano del hogar de los Pétit reveló la existencia de varios tipos de sierra, de marquetería, de arco y de carpintero. Yo había analizado el aserrado de los huesos de Marie-Reine para determinar si había sido realizado con una herramienta similar a las del maridito. Bingo. Comprobé que había sido hecho con la sierra de arco. Ahora, Réjean Pétit estaba acusado de haber asesinado a su mujer.

Dos horas y tres cafés más tarde, guardé fotografías y papeles y volví a comprobar la citación.

De comparaître personnellement devant la Cour du Québec, chambre criminelle et penal, au Palais de Justice de Montréal, á 09.00 heures, le 3 décembre…

Huy, qué divertido. Me habían citado a declarar «personalmente», un trámite tan personal como una auditoría de hacienda. Nada de RSVP.

Apunté el nombre de la sala.

Me calcé las botas y me puse la parka, cogí guantes, sombrero y bufanda, encendí la alarma y me dirigí al garaje. Birdie seguía hecho un ovillo. Al parecer mi gato había disfrutado de su desayuno antes del amanecer.

Mi viejo Mazda arrancó a la primera. Buena señal.

Al llegar a la cima de la rampa, frené demasiado abruptamente y, como un chaval en un tobogán de piscina, crucé resbalando de costado hasta la otra acera. Mala señal.

Hora punta. Los atascos taponaban las calles y todos los vehículos salpicaban nieve fangosa. El sol matinal no me permitía ver a través de la sal que cubría mi parabrisas. Y aunque encendía una y otra vez limpiaparabrisas y aspersores, había trechos en los que conducía a ciegas. A las pocas calles, me arrepentí de no haber cogido un taxi.

A finales del siglo XVI, un grupo de iroqueses laurentinos vivía en un poblado que ellos llamaban Hochelaga, situado entre una pequeña montaña y un río de gran caudal, justo después del último tramo de rápidos peligrosos. En 1642, unos misioneros y aventureros franceses llegaron sin invitación y se quedaron. Los franceses bautizaron su asentamiento Ville-Marie.

Con el correr de los años, los residentes de Ville-Marie prosperaron, crecieron y trazaron calles. El pueblo tomó por nombre la montaña que se elevaba a sus espaldas, Mont Real. Al río lo bautizaron con el nombre de San Lorenzo.

Y en cuanto llegaron los europeos, desaparecieron las primeras naciones indígenas.

En la actualidad, la zona de la antigua Hochelaga/Ville-Marie lleva el nombre de Vieux-Montréal. A los turistas les encanta.

Colina arriba desde el río, la vieja Montreal es pintoresca a rabiar: hay faroles de gas, calesas tiradas por caballos, vendedores callejeros y cafés con terrazas. Los edificios de piedra maciza que alguna vez albergaron a colonos, establos, talleres y almacenes, ahora alojan mu­ seos, boutiques, galerías de arte y restaurantes. Las calles son estrechas y adoquinadas.

Y no hay el más mínimo espacio para aparcar.

Deseando una vez más haber cogido un taxi, dejé el coche en un estacionamiento de pago y me dirigí a toda prisa por el bulevar St-Laurent hacia el Palais de Justice, ubicado en el número 1 de la rue Notre-Dame Este, en el extremo norte del distrito histórico. La sal crujía bajo mis pies y el aliento se me congelaba al salir de la bufanda. Al verme acercarme, las palomas permanecían acurrucadas; preferían el calor animal del grupo a la seguridad de salir volando.

Mientras caminaba, pensaba en los esqueletos del sótano de la pizzería. ¿Pertenecían realmente a unas jovencitas asesinadas? Esperaba que no, pero en el fondo sabía que era la única realidad.

También pensé en Marie-Reine Pétit y sentí pena por su vida cercenada a causa de una maldad indescriptible. Me pregunté qué pasaría con los niños del matrimonio cuando a papá lo encerraran por asesinar a mamá. ¿Llegarían a reponerse alguna vez? ¿O quedarían marcados irreparablemente por el horror que les había caído encima?

De pasada, eché un vistazo al McDonald’s del bulevar St-Laurent, situado en la acera opuesta al Palais de Justice. Sus dueños habían intentado ceñirse al estilo colonial, habían hecho desaparecer los arcos amarillos y puesto toldos azules en su lugar. Estos tampoco quedaban demasiado bien, pero al menos lo habían intentado.

A los diseñadores del tribunal más importante de Montreal les importó un pimiento la armonía arquitectónica. Las primeras plantas forman una caja oblonga flanqueada por columnas verticales negras en saliente, sobre la que se apoya otra caja más pequeña con frente acristalado. Las plantas superiores se elevan al cielo como un monolito sin ninguna característica en particular. El edificio armoniza con el resto del barrio como un Hummer en una colonia amish.

Entré al Palais y estaba lleno hasta los topes: había viejecitas con abrigos de piel hasta los tobillos, adolescentes con pinta de raperos gangsteriles y prendas lo bastante grandes para abrigar a ejércitos en­ teros, hombres trajeados, abogados y jueces con togas negras. Algunos esperaban, otros se daban prisa. No había término medio.

Serpenteando entre grandes maceteros y soportes con luces Starburst, crucé el hall hasta llegar a una hilera de ascensores situados al fondo. Del Café Vienne llegaba el aroma a esa bebida. Iba a detenerme a tomar una cuarta taza, pero opté por no hacerlo. Ya estaba bastante estimulada.

En la planta superior vi más o menos lo mismo, pero allí la mayoría de la gente se limitaba a esperar. Aguardaba sentada en bancos de metal perforado, se apoyaba contra las paredes o conversaba en susurros. Unos pocos consultaban con sus abogados en las pequeñas salas de interrogatorio del pasillo. Ninguno de ellos parecía contento.

Tomé asiento en la puerta de la sala 4. 01 y de mi maletín extraje el expediente de Pétit. Diez minutos más tarde, Louise Cloutier surgió de la sala del tribunal. Con su larga melena rubia y sus gafas inmensas, la fiscal de la Corona aparentaba diecisiete años a lo sumo.

—Usted será mi primera testigo. —La cara de Cloutier traslucía tensión.

—Estoy preparada —respondí.

—Su testimonio será clave.

Cloutier retorcía y volvía a enderezar un clip. Había querido reunirse conmigo el día anterior pero el caso de la pizzería había dado al traste con el encuentro. La conversación que tuviéramos la noche anterior no le había asegurado a la fiscal la preparación que deseaba. Procuré tranquilizarla:

—No puedo relacionar el aserrado de los huesos con la mismísima sierra de arco de Pétit, pero puedo afirmar con toda seguridad que fueron hechas con una herramienta idéntica.

—Diga «que concuerda con» —corrigió Cloutier.

—«Que concuerdan con» —repetí.

—Su testimonio será clave. En su primera declaración, Pétite aseguró que nunca había visto ese serrucho, pero un analista de su laboratorio va a testificar que, al quitar el mango, encontró restos mi­ núsculos de sangre en la ranura de uno de los tornillos.

Todo eso yo ya lo sabía por nuestra conversación de última hora. Cloutier estaba repasando la acusación contra Pétit tanto para ella como para mí.

—Un experto en ADN declarará que la sangre pertenece a Pétit, eso lo relacionará con la sierra.

—Y yo relacionaré la sierra con la víctima —dije.

Cloutier asintió:

—Cuando se trata de establecer la idoneidad de lo expertos, este juez es un verdadero cabrón.

—Todos lo son.

Cloutier esbozó una sonrisa nerviosa y fugaz:

—El alguacil la llamará en unos cinco minutos.

Fueron más bien veinte.

La sala del tribunal era típica, moderna y anodina. Paredes texturadas grises y moquetas texturadas grises. Un acolchado texturado gris tapizaba los largos bancos atornillados al suelo. El poco color que había se encontraba en medio de la sala, más allá de las puertas que separaban a los espectadores de los litigantes y funcionarios: las sillas de los abogados estaban tapizadas en rojo, amarillo y marrón; también podía verse el azul, rojo y blanco de las banderas de Quebec y Canadá.

Una docena de personas ocupaba los bancos destinados al público. En mi trayecto por el pasillo central hasta el estrado, ese mismo público me siguió con la mirada. El juez se encontraba delante y a mi izquierda, el jurado delante de mí. El señor Pétit, a mi derecha.

He testificado muchas veces y me he enfrentado a hombres y mujeres acusados de crímenes monstruosos: asesinatos, violaciones, descuartizamientos. Pero al ver a los acusados siempre siento alivio.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 şubat 2026
Hacim:
350 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788491873808
Yayıncı:
Tercüman:
Telif hakkı:
Bookwire
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