Kitabı oku: «Desconocida Buenos Aires. Escapadas soñadas»


www.editorialelateneo.com.ar

/editorialelateneo

@editorialelateneo


Al querido amigo Pietro Sorba, valioso explorador de los caminos de tierra. Guio mis recorridos hacia los pueblos y sus secretos.
Fue un viaje de ida y se lo agradezco.
“Y así fue como realmente se inició toda mi experiencia en la carretera, y las cosas que pasaron son demasiado fantásticas para no contarlas”.
Jack Kerouac, En el camino
Prólogo
Esta nueva edición de Desconocida Buenos Aires ofrece la oportunidad de disfrutar, una vez más, del trabajo de Leandro Vesco. Casi es un diario alimentado por crónicas de viaje, detalladas y entretenidas, que conectan al lector con historias de hombres y mujeres que eligieron vivir y ganarse la vida en lugares y contextos libres de corsés ciudadanos apretados y, en algunos casos, sofocantes.
Leandro es guiado por un impulso irresistible que lo empuja hacia la exploración permanente. Incansable y obstinado. Observador minucioso. Recorre miles de kilómetros persiguiendo un único objetivo: dar a conocer otra cara del país y de una de sus provincias en particular.
Con el pasar de los años, este periplo –larguísimo e íntimo– se ha transformado en un deber moral alimentado por un invisible fuego sagrado. Es una construcción paciente y articulada. Un mapa, real y metafórico a la vez, sobre el cual ya se plantaron una gran cantidad de banderitas. Un estímulo a reflexionar sobre algunas cuestiones vinculadas al “otro” país, el enorme espacio físico y cultural antitético y alternativo al hegemónico modelo del Buenos Aires céntrico.
La obra incluye, entre sus líneas amenas, un implícito llamado de atención sobre la prepotencia del modelo capitalino-centralizado. Un arquetipo profundamente injusto y muy radicado en una parte de la idiosincrasia argentina. Las crónicas de viaje del autor son un antídoto eficaz que se interpone al inaceptable lugar común de un “interior” subalterno. Una distorsión mezquina instalada en la cabeza de muchas personas que así pierden la posibilidad de conocer y disfrutar de la belleza más auténtica del país. Vesco abre una gran ventana que revela escenarios y vivencias fascinantes, ritmos de vida naturales y armónicos, comidas genuinas y la generosa cordialidad de sus habitantes. Una gran oportunidad.
Ese “interior” subestimado es el marco que Leandro adoptó, con amor incondicional, para manifestar de manera explícita cómo y dónde quiere desarrollar su vida profesional. Es una situación en la cual se siente cómodo y que coincide perfectamente con sus convicciones más íntimas. Su pulsión permanente hacia la libertad, los grandes espacios y las historias mínimas se transforman, por momentos, en una gratificación jugosa que, con gran generosidad, comparte con sus lectores.
Sus viajes demandan largos traslados sobre las rutas de asfalto y los caminos de tierra que lo llevan hasta el día a día de hombres y mujeres que siguen apostando a los almacenes de parajes antiguos y alejados, a los neoalmacenes de campo, a las pulperías históricas, a los productores de alimentos artesanales y a los nuevos emprendimientos de turismo rural. Disfruta de la cocina criolla y de sus productos típicos. Es la manera que encontró para conectarse, sin solución de continuidad, con la realidad del “otro” país. El país “interior”.
Un espacio donde se puede respirar hondo y renovar las energías, donde las escuelas rurales son respetadas e imprescindibles, donde la percepción del tiempo es distinta, donde si no hay wi-fi no pasa nada, donde la siesta es una etapa importante del día, donde no es importante cerrar con llave o tener puerta blindada, donde se producen los alimentos de los argentinos, donde las estaciones marcan el ritmo de vida, donde una empanada frita y un salame o un queso artesanal no son demonios, donde se acepta la idea de que después de una tormenta el camino de tierra es intransitable y hay que esperar a que se seque.
Comprendo muy bien el trabajo de Leandro. Analítico y enciclopédico. Comparto esa energía muy especial que alimenta su deseo de descubrir y mostrar las riquezas de la provincia de Buenos Aires. Entiendo su tristeza cuando recibe la noticia del cierre de una pulpería o de un antiguo almacén porque, en ese momento, desaparece un fragmento de historia del territorio, el trabajo de una familia y una pieza visible de la esencia criolla del país. También comparto su alegría cuando encuentra nuevos microemprendimientos productivos o un almacén de campo que actualizó su propuesta sin despojarse de los valores de su historia. Esta obra es una mirada sobre un país que cambia y que no quiere perder sus tesoros. Es una declaración de optimismo por las cosas que vendrán. Si no existiera esta perspectiva, Vesco se ocuparía de otra cosa. Él sabe muy bien que el camino es largo y dificultoso, pero esto no le impide reincidir en sus propósitos.
Gracias a Desconocida Buenos Aires. Escapadas soñadas, las historias y los secretos de esta provincia cuentan con una renovada oportunidad para encarar un futuro luminoso y presentarse a todos aquellos que tengan ganas de descubrirlos.
PIETRO SORBA
Ángeles Lynch, la artista que pinta el corazón rural de la argentina
San Antonio de Areco
Areco es sentir gaucho y es tierra de tradición. Pueblo que abraza un tiempo de recados, palenques, pulpería y caña. Su paisaje es el boliche, el mostrador y la charla entre amigos. La música, las esquinas comprometidas con la tierra y sus trabajos, y también el camino real, las aguadas y las cosechas. El pequeño detalle de un tero protegiendo sus crías entre el pastizal, la mirada de una vaca, el trote de un caballo, el encantador brillo de una gota de rocío.
Ángeles Lynch es quien pinta todo esto. En su pincel está el alma del campo, la vida y las costumbres rurales. Eso que nos hace soñar con la paz y la tranquilidad lo hallamos en sus lienzos. Inmensa artista. El puente entre lo que imagina, esa pintura que se crean los pintores en la cabeza y luego se traslada en la obra, es claro, sólido, tiene el encanto que flota en el aire con la suave brisa.
“Desde chica andaba con un cuaderno y lápices en mano. Siempre me gustó pintar y mi casa era una casa de artistas. Mi madre pinta y nunca faltaron pinceles ni bastidores para crear arte”, afirma.
Nacida en 1990, a los 8 años vino a vivir a San Antonio de Areco. Nada de todo lo bello que pasa en este pueblo iba a pasar desapercibido para ella. Cuando los niños se dedicaban a planear sus juegos clásicos, Ángeles retenía en su mirada la esquina del boliche. El gaucho entrando con decisión a buscar su caña, la tibieza de la primera ginebra del día. Retenía esas charlas, se fijaba en los detalles de las miradas, el resplandor del alma en el ladrillo de las paredes pulperas.
“Siempre me gustaron los paisajes de campo, las construcciones de ladrillo y barro, los almacenes de campo, las pulperías y ranchos”, afirma. “Un camino rural me transmite vida, sus colores, sus huellas; me llaman mucho la atención. Mis obras casi siempre van acompañadas de estos caminos de tierra”, refiere Ángeles. Esas venas de polvo y barro, el cielo desnudo de nubes, cubierto de colores, el manso y poderoso despertar del sol. La cigüeña, el jilguero, el cuis curioso a un costado del camino, ese mundo que habita en estas huellas solitarias, bajo la mirada de Lynch.
“Es importante pintar la ruralidad porque muchos de esos paisajes se están perdiendo. Por eso me gustan tanto los ranchos, las pulperías y los almacenes que el día de mañana pueden desaparecer”, comenta. Ahí la importancia de su arte, de aquello que puede no estar y que queda, inmortal, en sus telas. Lo que ya es difícil de hallar en las ciudades: una mirada, el ladrillo y el cielo puro, todo esto –que es pequeño y grande a la vez– se ve en su obra que rescata el silencio.
“Un mostrador de almacén me hace volar en el tiempo. Ese aire de campo, el olor a madera vieja que le da calidez al lugar. Me dan ganas de llevármelo a mi casa. Las esquinas pulperas son mi perdición, cada vez que me encuentro con alguna no puedo dejar de mirarla, retengo la imagen en mi cabeza para llevarla a mis telas”, describe sus obsesiones.
“Los silencios del campo, nada más lindo. Crecí allí y siempre me gustó ese silencio para escuchar la naturaleza, el viento, los animales, los grillos a la noche”, completa.
Ángeles pinta su aldea y el mundo quiere verla. Ese encanto de nuestros caminos y la soledad de una tranquera, el trigo dorado, el brillo de las botellas en una estantería. Nuestra magia atrae. En Areco hay un portal al corazón de Argentina. Las obras de esta artista increíble, con una mirada que vuelve la esperanza al arte más criollo, tuvo una invitación que marcó su vida: desde el Museo del Louvre (Francia) la convocaron para que llevara nuestro corazón en las pulperías, las esquinas de campo, las huellas de tierra y la belleza de nuestra naturaleza. Expuso allí, a la vista del mundo entero.
“Mi arte transmite calma, paz. Me hace feliz mirar mis cuadros y sentir que me genera eso a mí y también a los demás”, concluye la joven y talentosa artista de Areco. + info: para ver su obra y comprarla comunicarse con angeles_lynch@hotmail.com
Areco tiene la mejor oferta de estancias abiertas al turismo rural. La experiencia de vivir la dinámica del campo con sus tradiciones y costumbres es posible y recomendable. Es un lugar único en el país. Muchos turistas vienen a Argentina solo para visitar estas estancias. Dentro del pueblo se halla el alma del sentir criollo. Sus casas con fachadas antiguas, la plaza, la iglesia y las veredas angostas. El pueblo tiene movida y está bueno ser parte de ella. La mejor manera de vivir algunos días en Areco es cerca de sus bares y restaurantes. Un hotel clásico es el Dragui. Tiene 9 habitaciones amplias y cómodas, alojamiento práctico y elegante dentro del casco antiguo de San Antonio de Areco. Los detalles están cuidados. Son esos hoteles de pueblo donde la pulcritud es ley, el hecho de que la familia esté al frente del emprendimiento genera amabilidad y seguridad. Las habitaciones dan a un coqueto jardín que “invita al huésped al descanso en un ambiente de tranquilidad, disfrutando de su piscina y fuente de agua”. Un detalle curioso que alegra es una rutina temporal que deseamos que no termine: todas las mañanas se sirve un desayuno continental, verdadero. Se destacan las variedades de pan recién horneado, budines, fiambres, quesos de los pagos arequenses, mermeladas caseras y una lista interminable y deliciosa de pequeños logros pasteleros que provocan felicidad al comienzo del día. “Un hotel ideal para conocer e impregnarse de la cultura local”, aseguran los Dragui. + info: www.hoteldraghi.com / Instagram: hotel_draghi_
Bar de Bessonart, el boliche de don Segundo Sombra
San Antonio de Areco
“Para mí el bar significa todo. Mi padre trabajó aquí hasta el último día, él quería que esto siguiera”, con esta afirmación, Augusto Bessonart, argumenta su presencia en este bar tradicional donde los clientes son parte de una familia que se encuentra en el bicentenario mostrador que huele a amistad e historia. “Este bar es pueblo”, dirá un parroquiano. Hace doscientos años que esta esquina inclinada es sinónimo de tradición. Si Areco es un pueblo gaucho, el boliche de Bessonart es la postal ideal y única de ese sentir.
Asombra y conmueve entrar. Las estanterías están atiborradas de botellas sin abrir de aperitivos, licores y cañas de hace más de un siglo. A esto se le suman alpargatas, una colección de sifones, vasos y elementos propios de la vida del siglo pasado cuando todos vivíamos más felices. Todo está intacto. Las mesas y sillas de metal, con más de seis décadas. Una heladera Siam original que aún enfría con temperaturas polares. El salón es amplio. Enseguida se siente la comodidad. Augusto y su hijo Evaristo atienden. El segundo tiene 16 años, pero desde que tiene memoria ayuda a su padre, igual que el primero lo hacía con el suyo.
“Siento un gran orgullo al trabajar junto a él, el bar no tiene que morir nunca”, dirá Evaristo preparando tragos y hablando como si tuviera mil años. El muchacho tiene futuro.
Las mesas cercanas a la puerta de la ochava son ocupadas por los clientes más longevos o por aquellos que tienen muchas noches. Aquí la fama se mide así. Allí está la famosa “Mesa bomba”, porque nadie sabe cuál será el primero en reventar. Elementos nobles en un mundo donde la lealtad y la amistad son los pilares que lo sostienen todo. Al fondo del boliche suelen ir los turistas, todos son muy bien recibidos. Sorprende cómo los jóvenes y adultos, varones y mujeres, conviven en una emotiva concordia. “El mostrador es el que atrae, junto con el fernet. Acá lo servimos de una manera especial”, advierte Augusto.
San Antonio de Areco es conocido por sus boliches criollos. Alrededor de la plaza y en las calles cercanas (Bessonart está a una cuadra) están los más tradicionales. Es posible hacer un circuito para sacar la conclusión que adelantan los locales: ninguno es como Bessonart. “Acá la gente viene a encontrarse. Llegás solo y siempre hay un amigo, y si no, te lo hacés”, afirma Augusto. Este es el espíritu del bar. Afuera, queda el mundo y sus tiempos. Aquí adentro, las anchas paredes de 60 centímetros asentadas con barro son la armadura inquebrantable que solo deja pasar las sonrisas y el buen humor.
El boliche tiene 200 años y hace más de 100 que fue almacén de ramos generales. Desde aquí salían las carretas cargadas de mercadería para abastecer a las estancias. Los mayordomos venían a hacer el pedido y aprovechaban su armado para tomarse alguna copa. También venían para buscar gauchos para trabajar. “Mi abuelo Ricardo Bessonart y su familia vivían en el campo y vendían verduras, huevo, leche, de todo en un carro tirado por caballos, por las calles del pueblo. En 1951 alquilaron este viejo almacén y se vinieron a vivir al mismo lugar. Desde ese año, estamos acá”, reafirma Augusto, tercera generación.
En 1994 muere su padre, Coco Bessonart, personaje muy querido por el pueblo. Tenía una bicicleta con una canasta y ahí repartía los pedidos. “La gente le tenía tanta confianza que le daba las llaves de las casas. Él entraba y les dejaba la mercadería ordenada en las alacenas”, afirma Augusto. Otros tiempos, pero la misma sangre corre por sus venas. A los 18 años se hizo cargo del mostrador.
La mitad del salón era almacén y, una pequeña parte, boliche. En 2004 el paso del tiempo acusó recibo. La esquina, que se construyó inclinada, tenía daños estructurales. Desde la Municipalidad tenían una brillante idea: demolerla. Augusto tenía una mejor. Contrató a un estudio de arquitectos y ellos hicieron un proyecto de recuperación integral de todo el edificio de dos plantas. Cuatro años estuvo cerrado. En 2008, reabrió como bar o boliche, como le dicen en Areco. Una lenta y alegre procesión de amigos entra todos los días.
“Somos una parte esencial del pueblo”, confiesa. Tiene razón. La charla que comienza en el mostrador sigue en el salón y continúa en la vereda. Nadie detiene la felicidad. Le queda mucha vida a Augusto, pero su hijo Evaristo, desde temprano, agarró la posta. Hay Bessonart para rato. Mientras las puertas de este boliche inclinado estén abiertas, habrá esperanza en el mundo. + info: Zapiola y Segundo Sombra / Instagram: Boliche de Bessonart
Imposible no probar el fernet con Coca que sirven aquí con un método original de Coco Bessonart. Se abre una botella de vidrio de gaseosa, se vierte un poco en un vaso y se agrega la medida de fernet en la botella, que es batida muy suavemente para que el fernet se distribuya homogéneamente. Luego se vierte el contenido de la botella en el vaso. La oferta gastronómica es simple pero contundente: picada completa que incluye salame quintero, aceitunas, queso, bondiola y las empanadas de Augusto, patrimonio culinario de Areco. ¿Cuál es el secreto? “Las hago como para mi familia”. La clave: no bien se entra al boliche hay que pedirlas, porque enseguida se acaban. Son inigualables.
En el casco histórico, alrededor de la plaza, hay construcciones tradicionales. La municipalidad, la iglesia y claro: los “boliches”. Podemos comenzar en el Bar Mitre, clásico y señorial. Unos metros más, hacia la esquina opuesta, el Bar Tokio, aquí estuvo la primera fábrica de helados del pueblo. Todos los sábados se hacen peñas folclóricas. También es posible ver muestras de arte en el subsuelo y conocer la cava. A la luz de las velas se pueden degustar vinos. Por sobre todas las cosas, el lugar es elegido por aquellos que quieren tomar un helado clásico y muy bien hecho. Enfrente y en diagonal, ocupando toda la esquina está la Esquina de Balthazar (ex Esquina de Merti), uno de los grandes bares de Areco, que data de 1860. Fue pulpería, almacén de ramos generales y en los años 2000, un gran kiosko. Hay que sentarse en sus mesas en la vereda para ver el lento movimiento del pueblo, los árboles de la plaza y disfrutar de la brisa y la charla. Es muy pintoresco. A cien metros por Zapiola está el restaurante Almacén de Ramos Generales, reconocido como el mejor del pueblo. Se recomienda reservar. Aquí las carnes y las pastas son muy buenas. Hay empanadas de conejo, tabla de quesos y gran variedad de los mejores vinos del país. El bife de chorizo es acaso uno de los mejores de este lado del mundo. La Vieja Sodería está en Bolívar y General Paz, el bar está en la que fue una vieja sodería y en su interior se puede ver una completa colección de los mejores sifones. Tiene un patio muy bello.
El Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes es un complejo museológico que tiene diez salas dedicadas a la historia bonaerense y del país. El parque criollo tiene 100 hectáreas. Se pueden ver expresiones de nuestro pasado y elementos de la vida de Ricardo Güiraldes, el máximo escritor gauchesco y monumento literario de San Antonio de Areco. Dentro del complejo está la pulpería La Blanqueada. El museo y esta última fueron declarados monumentos históricos nacionales.
La orfebrería tiene grandes exponentes en San Antonio de Areco. Es un oficio que se desarrolla con maestría. Con reserva previa se puede ver el Museo Taller Draghi. Este apellido es uno de los más reconocidos en cuanto a la platería criolla. Juan José Draghi, en la década del 60, comenzó a trabajar la plata y fue autodidacta. Sus obras llegaron a todas partes del mundo. Su hijo Mariano, desde pequeña edad, siguió sus pasos. “Él no solo desarrolló habilidad en el oficio: creó su propio estilo, hizo de su taller una escuela donde trató de formar no solo artesanos, sino lo más importante: hombres de bien”, comenta Mariano. “Comencé a trabajar con él cuando tenía 9 años; no por amor al oficio sino porque disfrutaba estando a su lado. Él me legó sus saberes pero, por sobre todo, fue ejemplo de sacrificio y dignidad. Estudié en Florencia (Italia) y regresé en el año 2001 para seguir la tradición familiar con mucha responsabilidad, compromiso y dedicación tratando cada día de dar lo mejor y de generar un vínculo afectivo con el cliente, que trascienda la obra”, afirma. El museo taller guarda una colección increíble. Exhibe piezas únicas que muestran la evolución de la platería desde el siglo XIX hasta la actualidad. En el taller se puede ver el proceso de creación de obras siguiendo el método de don Draghi. + info: Lavalle 387 / www.marianodraghi.com
Las Argibay, el restaurante
de sabores familiares en Villa Lía
Villa Lía. San Antonio de Areco
Villa Lía es un pueblo que todos tienen dos palabras para definirlo: hermoso y tranquilo. Así es. Sus 1400 vecinos tienen el don de la amabilidad. No es una obviedad, el saludo característico de cada pequeña localidad aquí se potencia. El desprevenido visitante se hallará dentro de una cordial bienvenida a los pocos minutos de entrar al pueblo. El sano protocolo del saludo en Villa Lía es moneda corriente. Con este feliz recibimiento hallar el restaurante Las Argibay completa la idea de un día inolvidable.
“Intentamos que cuando el visitante llegue se sienta en el comedor de una casa de campo, con los platos y sabores que se hacían antes, con las costumbres: la panera, siempre algo casero para untar, la charla, un lugar muy amigable”, afirma Luz Argibay, una de sus dueñas.
“Proponemos un espíritu comunitario: todo lo que podemos adquirir en el pueblo lo compramos a productores locales: huevos, leche, acelga para las pastas, otras verduras, limones, cerdo. Es una experiencia simple y natural: aire libre, siempre con música de pajaritos, verán pasar gente a caballo y que con seguridad los saludarán como nos saludamos todos acá”, sostiene.
Luz sabe de lo que habla. Ama su pueblo y la vida le dio la perspectiva necesaria para valorizar ese amor. A los 18 años, como muchos en el pueblo, se fue a estudiar a la ciudad de Buenos Aires. Estudió Economía en la UBA. Finalizó y se abrió la posibilidad de hacer algún Máster de Negocios, pero el encanto de Villa Lía es fuerte en la distancia. Se robustece y dialoga en un lenguaje callado y sensible. “Tenía ganas de hacer algo que me gustara, así que hice un Máster en Turismo Sostenible en la Universidad de León, en España”, afirma.
Villa Lía la estaba llamando. Regresó al pueblo que siempre da la bienvenida. La idea de Luz fue simple: volcar todo lo aprendido en su pago chico. En 2012, sin tener experiencia en gastronomía pero con mucho coraje, abrió junto a amigos un restaurante en un local alquilado. Lo Pascual fue el primer restaurante que tuvo el pueblo. Los proyectos crecen con el tiempo, se asimilan, germinan con los días, y los años les dan peso hasta versionarlos en su mejor forma.
En 2016 llegó el momento. La idea creció. “Con mi hermana María Julia y Gerardo (su esposo), que compartían mi hermosa locura, pudimos comprar una antigua casa frente a la plaza, refaccionarla y en 2017 abrimos Las Argibay”. Villa Lía subió un escalón en términos de servicio. La legión de turistas que visita San Antonio de Areco tuvo una chance más solitaria y silenciosa para poder disfrutar los platos hechos con paciencia y amor. “Siempre tuvimos ganas de hacer algo en el pueblo, de darlo a conocer, de generar trabajo, de hacer algo comunitario y sostenible”, comenta.
La gastronomía de Las Argibay y la estética del salón comedor sobresalen. Impactan por la sencillez. Los delicados detalles hacen una mesa perfecta. La madera y el vidrio, esos elementos nobles, pueden acoger tanto y causar un éxtasis de lujo y comodidad. Palabras claves: simpleza y orden.
El alma está en la cocina y se apoda Ñata. Es la madre de Luz y tiene 81 años. Maestra rural de toda la vida y voz autorizada del pueblo. Conoce como nadie su historia y sus aromas. Detrás de cada plato está su mirada. “Ella está en cada detalle, da el verdadero sabor a lo que cocinamos, recibe y atiende como si quien nos visita viniera a nuestra casa”, describe Luz otro de los detalles que hacen tan exitosa la experiencia de venir a comer aquí. Nada puede salir mal si Ñata está cerca.
“Nuestros platos se hacen con los productos de estación. Compramos en el pueblo. Eso les transmite el verdadero sabor: siempre presentes nuestras empanadas de carne, canelones cocinados en vasijas de barro, el guiso de lentejas y el flan. En época de zapallos, zapallos en almíbar; en época de higos, higos en almíbar. Matambrito de cerdo a la pizza y algunos fines de semana, asado”, así, simple, el menú. Simplemente inolvidable. Los grandes ventanales tienen la mejor programación: la calma pueblerina, la familia, los niños, los gauchos a caballo.
“Para la gente del pueblo es importante tener un lugar donde salir, no hay otro”, sostiene Luz. La gastronomía atrae. La cocina de Ñata tranquiliza. En un mundo con sabores perdidos, encontrarlos todos acá, tranquiliza. “Nos permite interactuar, dar a conocer Villa Lía y la idiosincrasia del pueblo a quien no lo conocía. Y también conocer historias. Hemos logrado un hermoso equipo de trabajo con las chicas del pueblo, lo que hace que disfrutemos cada visita, cada historia y nos divirtamos cada día”, confiesa.
“Los villalienses somos gente simple, simple de verdad. Quien nos visite encontrará que las casas están cuidadas y nos encanta que nos conozcan”, manifiesta.
“A todos les gusta nuestro flan. Les contamos que está hecho con huevos de gallina de campo y leche de vaca, por eso el sabor es distinto. Algunas veces nos pasó que quieren que les venda huevos de campo y les explico que nosotras no vendemos. Les digo dónde vive la señora a quien le compramos, que la visiten, la conozcan, vean sus gallinas y le compren a ella. Para la señora, que la visiten y se interesen por algo que ella hace con mucho sacrificio tiene un valor indescriptible”, así es Luz Argibay. Así es Las Argibay. Las puertas están abiertas. Todos te van a saludar cuando llegues. + info: Mendoza 678, en la Plaza de Villa Lía / Teléfono: 11.4029.3191 / Facebook: Las Argibay / Instagram: lasargibayvillalia
Antes o después de disfrutar la comida de Las Argibay, sepan que la mejor manera de conocer Villa Lía es caminando. Caminatas por sus calles. Las casas, la mayoría, son muy bonitas. Un buen dato: la Delegación Municipal presta bicicletas para pasear. No se consigue mejor plan. Sábados y domingos se hacen visitas guiadas por el pueblo. Hay muchas historias interesantes.
Si la visita tiene gusto a poco y queremos seguir disfrutando del pueblo y sus sabores podemos quedarnos. Cabañas La Aguada es una opción (entre muchas que tiene Villa Lía) de turismo rural. Muy recomendable. Está a pocas cuadras del pueblo. El pasto, la tierra, las noches estrelladas y la sensación de estar cerca de nuestros más puros sentimientos. Es el lugar ideal para el sosiego, inspira. Una aguada natural concentra la atención. Abraza a las cabañas el reflejo del sol y la luna, y nuestros sueños. “Podrás estar en contacto con aves y animales de granja que viven aquí, disfrutar de paseos en bote, andar en bicicleta, nadar en la piscina y tomar sol en el solárium con vista al campo. Tendrás la opción de rentar caballos y disfrutar de las puestas de sol hermosas en el horizonte ancho desde el puente que adorna la laguna”, aseguran. Las posibilidades para hospedarse son en casa con dos dormitorios, habitaciones dobles y bungalós. Admiten mascotas. Juegos para niños. Todos los servicios que aseguran la felicidad. + info: www.laaguadacabañas.com / Teléfono: 54 9 2326 41-0033 / E-mail: laaguadavl@gmail.com / Instagram: laaguadahospedaje
Almacén CT & CÍA.,
sabores que revivieron a Azcuénaga
Azcuénaga. Partido de San Andrés de Giles
“Nuestra propuesta es simple, sencilla y abundante. Las pastas son bien caseras, elaboradas casi en el momento de cocinarlas, preparadas con la receta familiar. Las carnes son seleccionadas como si fueran para el asado del domingo. Fuimos armando la carta también con los platos que nos gustan, como pescados y mariscos. Algunos hitos en la carta son el pernil de cerdo con salsa de frutos secos, que es un plato que lleva más de 10 horas de cocción, y la salsa de tomate con carne con hueso y hongos de pino remojados en Malbec. Una receta netamente familiar que hacía nuestro padre y que llamamos con gran orgullo ‘salsa Coarasa’ en su honor”, de esta manera presenta Lucas Coarasa el restaurante Almacén CT & Cía.
No se puede separar esta vieja y campera esquina con la familia. Diez hermanos sostienen el sueño de don Enrique Coarasa. “El Almacén CT & Cía. funciona en el antiguo edificio de la Casa Terrén, un almacén de ramos generales que existió en Azcuénaga desde finales del siglo XIX hasta casi concluida la década del 60. Nuestro abuelo Rafael fue uno de los integrantes de la firma”, explica Lucas. Los procesos propios de las crisis argentinas alejaron la esquina de la familia. “El sueño de papá fue recuperar el lugar”, afirma. La epopeya de los Coarasa fue hacer esto realidad.
El sentimiento y el legado paterno explican el amor con el que se trabaja. La elección de las recetas, el ambiente, la cordialidad, el diseño de cada pequeño detalle. Cuando se prueban estos platos surge esta secuencia entre el mayorazgo de los Coarasa y su padre, mientras caminaban por el almacén: “Papá, que ya estaba enfermo y consciente de lo avanzado de su enfermedad, le dijo: ‘Cuidalo hijo, no permitas que se venda, conservalo siempre en la familia y mantenela unida’”. Mi hermano mayor –Enrique (H)– lo cuenta poco pero lo sintió como una despedida y, a pesar de que ya hace 24 años que papá falleció, cuando lo hace, se le inundan los ojos de lágrimas. Te puedo asegurar que mi hermano lo cumple a rajatabla y para él es su deber en la vida”.
“Mi viejo era muy estricto y tan explosivo como amigable y afectuoso. Le gustaban mucho los chicos, claro está, será por eso, tal vez, que todos lo extrañamos tanto aunque este lugar sea un verdadero y vivo homenaje a su memoria”, describe Lucas la relación que tienen estas paredes con ellos.
Volvamos a nuestros días. Azcuénaga dejó de ser lo que era. Fue un pueblo nodal importante para la historia. En la estancia cercana La Merced se juntaron por última vez los políticos Juan Manuel de Rosas y Facundo Quiroga. En su estación ferroviaria, que data de 1880, bajaba el presidente Julio Argentino Roca para viajar hacia su estancia La Argentina. En los años 30 del siglo pasado vivió su época de esplendor con el agro y la ganadería. El trabajo sobraba.
“Por muchos años la dinámica consistía en ver partir a familias enteras y a los jóvenes como nosotros hacia otros destinos. Hoy, participando como agentes del turismo rural y de la resignificación de la ruralidad, muchas personas no solo nos visitan sino que eligen nuestro pueblo como lugar para vivir”. Vueltas de la vida, círculos que lentamente vuelven a abrirse, relacionarse y cerrarse.
El almacén tuvo mucho que ver con la recuperación de Azcuénaga. El trabajo de los diez hermanos generó una energía que se derramó por las solariegas calles de tierra. Entre los ladrillos se ve en la mirada de los vecinos. Nunca fue fácil, pero la epopeya resultó. El coraje de recuperar una vieja esquina, tener una idea y llevarla a cabo, a pesar de nuestro país. Lo ganado tiene aroma a gesta. “El almacén es una gran familia. Es el concepto principal de nuestro proyecto que también refleja nuestra propia realidad. Toda nuestra historia familiar está puesta en cada ladrillo de este edificio. A mí me toca representar a la tercera generación de la familia Coarasa. Cuando nadie creía posible que este lugar volviera a latir, lo hicimos”, reflexiona, orgulloso, Lucas.
El salón comedor es amplio. Muy amplio, bien iluminado. Las mesas están adentro y afuera, en las galerías que dan a un patio, al aire libre. La decoración es cuidada. Se tiene la sensación de entrar a un museo de la historia de la esquina, de la familia y de los recuerdos e impresiones que los clientes dejan. “La experiencia que les proponemos a los visitantes se basa en tres conceptos sencillos y vitales: calidad, cantidad y calidez, a lo que se le suma nuestra historia, la que se cuenta sola cuando cruzás la puerta de entrada”, explica Lucas.
“Con el correr de los años podemos decir que muchas personas entraron como clientes anónimos y regresan como amigos de la familia. Hemos crecido junto a ellos”, resume Lucas. En las paredes se ven artefactos, elementos, fotos que los propios clientes llevan. Un dato curioso: a aquel que va se le ofrecen platos para ser firmados. Escribir una frase, desahogarse luego de ser testigo de una experiencia inolvidable.
Las palabras están de más. ¿Cómo explicar en palabras un locro servido dentro de un zapallo, un asado, la boloñesa de los domingos, el pan casero, la picada con productos locales? ¿Cómo explicar la felicidad? ¿Cómo describir el orgullo de un hijo que hizo realidad el sueño de un padre? Eso es el Almacén CT & Cía. + info: www.almacenct.com / Facebook: Almacen CT&cia / Instagram: elalmacenct
“Azcuénaga es nuestro lugar en el mundo, es el pueblo que nos vio crecer y que nos supo esperar cuando ya no le teníamos fe. Es la casa donde crecimos; la casa de la que nos fuimos casi escapándonos y que nunca nos reclamó ese abandono. Es ese lugar que no nos dijo nada cuando decidimos volver, simplemente puso la pava, preparó unos mates, nos miró y nos dio un abrazo cálido sin quejarse de nada. Azcuénaga es ese lugar en el que muchos quisieran vivir y, definitivamente, en el que yo quiero morir”, la descripción de Lucas sintetiza el sentir de la pequeña y pintoresca localidad.
Frente a la estación ferroviaria está el restaurante La Porteña, conocido por sus pastas. Inolvidables para una legión de sibaritas que recorren los 108 kilómetros que separan esas pastas de la ciudad de Buenos Aires. El lugar fue la sastrería del pueblo. El menú se limita a lo que mejor saben hacer, acaso la clave del éxito de la propuesta. Ocurre algo sorprendente: la magia del lugar se traduce en la luz al entrar por los grandes ventanales, la postal de la calle del pueblo, el campo de la estación. El tiempo quedó detenido en los buenos días de este pueblo. Hay que reservar, no hay muchas mesas y se llena con facilidad. Nadie quiere perderse estas pastas, absolutamente caseras. Canelones de carne y hongos, de calabaza, de verdura. Ñoquis de papa (de verdad) o espinacas. Tallarines (los cortan con cuchillo). Ravioles de seso, espinaca o calabaza. Las salsas son medicinales: de vegetales, boloñesa, tuco y carne, mixta y cuatro quesos. Un imperdible: sorrentinos de osobuco. Clásicos que no pueden faltar en la apertura de la mesa: empanadas con una picada. Nos muestran el camino al paraíso. + info: Av. Terrén y Los eucaliptus / E-mail: la.portena@gmail.com / Facebook: Restaurante La porteña / Instagram: laportenarestaurante
Los fines de semana Azcuénaga revive. Los emprendedores del pueblo salen a la calle principal, frente a la estación, para exhibir sus productos. Pastelería, panificación, conservas, quesos, fiambres, artesanías. Todo aquello con lo que se sueña llevar de un pueblo aquí se consigue. Soñada la feria. Por la misma calle, están el Club Recreativo Apolo y la panadería La Moderna, con su típico horno de leña. El pan y las facturas no tienen comparación.
Por la ruta 7, cerca del kilómetro 100, una YPF anuncia la llegada. Es un pueblo de pocos habitantes que tiene mucha actividad en sus hornos de ladrillo. Aquí un viejo almacén de ramos generales reciclado se convirtió en el punto de atracción del pueblo. Casa Gallo es hoy un típico boliche de campo. Muy bien mantenido, lo atiende un matrimonio joven que decidió dejar la ciudad para volver a darles vida a estas paredes por donde pasó toda la historia de esta pequeña localidad. Se hacen picadas y un horno de barro cocina carnes y empanadas únicas. Una de las estanterías está solo dedicada a ofrecer artículos orgánicos. + info: Instagram: casagallo1880
A pocos metros está la panadería Santa Teresita, centenaria, con horno a leña. Tres generaciones de panaderos le han forjado una fama importante. Panes, facturas, prepizzas, grisines. Muchas cosas ricas, saladas y dulces completan la oferta. Imposible irse sin visitarla. + info: Instagram: panaderiasantateresitacucullu
Almacén de Espora,
refugio para artistas
Espora. Partido de San Andrés de Giles
La ruta 7 y su tráfico quedan atrás, también la ciudad. Aquellos que llegan a Espora lo hacen por comentarios, por reseñas, por el boca a boca. Pequeñas y delicadas contraseñas que deparan, al final del camino, felicidad, silencio y abandono de las rutinas del mundo moderno. Son 8 kilómetros de tierra. Llegan los que necesitan encontrarse con uno de los rincones más bellos e íntimos del mapa. El Almacén de Espora es la iniciación a una nueva ceremonia: la del reencuentro con el arte y las señales camperas.
Por el momento en el que estemos aquí, debemos enfrentar la realidad: el hechizo del almacén es fuerte y es inútil ofrecer resistencia. No hay tiempo de regreso. Hay momentos de felicidad y de charlas que disfrutaremos. Un aperitivo, una picada, abandonar la mirada al antojo: una liebre que vemos pasar, los rayos del sol entre las hojas de los árboles. No es necesario plantearse nada más: tenemos una mesa dentro de un almacén hecho a la medida de los sueños.
“En el año 1999 compré un terreno de dos hectáreas en Espora con la idea de construir una chacra para los fines de semana. Por ese entonces yo vivía en Belgrano (CABA) pero toda mi familia es de Mercedes, a 18 kilómetros de Espora. A medida que la granja crecía y se desarrollaba necesitábamos un espacio para caseros y salió a la venta el almacén. Entonces reconstruimos la vieja tapera que estaba pegada al almacén para Lucas y Margarita, que hasta el día de hoy están conmigo, y conservamos el almacén y sus cosas cerrados durante unos años”, cuenta Claudio Mateo.
La idea que tenía era poder darle a Espora la posibilidad de que ese lugar de encuentro, el almacén, tuviera el brillo de sus primeros días y que los propios habitantes y esos elegidos visitantes se refugiaran en el secreto baluarte de este arbolado paraje.
El almacén abrió en 1910, un año antes que la estación ferroviaria. Su presencia fue fundacional. Claudio pretendía que esa bandera volviera a levantarse. En el año 2014 nació la posibilidad de abrir esa puerta y hacer germinar el renacimiento.
“Se recuperó la estantería y el mostrador original junto a varios objetos encontrados en el sótano. En 2019 vendí mi chacra y transformé el almacén en mi nuevo lugar en el mundo, donde paso los fines de semana y recibo amigos para disfrutar y compartir la vida. Como varios de mis afectos se dedican al arte, el almacén cuenta con pinturas de muchos de ellos, y también hemos pasado largas noches de música y vino hasta el amanecer. De a poco decidimos abrir el círculo y llegaron amigos de amigos, y así se fue convirtiendo en algo que muchos llaman un refugio de artistas”, describe Claudio.
Un atelier con mostrador centenario, eso es lo que nos devuelve la mirada cuando vemos y sentimos el lugar. La restauración es perfecta, no hay detalles librados al azar. Como el primer día que abrió en 1910, de esta manera y con el brillo original, se ven aquellos elementos que durante más de cien años estuvieron al servicio de los pocos –y privilegiados– habitantes de Espora.
De las paredes cuelgan cuadros, muchos, todos bellos. Las mesas, algunas chicas, otras grandes, son la plataforma para disfrutar de la carne asada o de algo que Claudio recomienda: las empanadas de Margarita. Una copa de vino abona la idea de estar escondido y que jamás nadie nos hallará. Este anonimato se disfruta como una pócima dorada.
“Cuando recibo gente en el almacén siento que puedo compartir mi espacio para que el viajero pueda tener una experiencia inolvidable, en contacto con la naturaleza y con la historia de un lugar que tuvo su etapa de esplendor y se apagó con el fin del tren”, manifiesta el anfitrión.
Antes o después, y como todo es tan pequeño, Espora es el patio del almacén. Se lo conoce caminando. Es aconsejable hacerlo oyendo los silencios del campo. La música propia de cada pueblo. Una escuela rural, una ermita a la virgen Stella Maris y un puñado de casas dispersas. Así nace la postal simple y resulta la belleza. Ir en pareja, con amigos o en familia, no existe mejor plan.
Las vías del tren significan mucho aquí. Claudio es miembro de la Asociación Amigos del Belgrano que se encarga de tareas de mantenimiento. Es común, al visitar el lugar, ver la pintoresca zorrita en las vías. Cuando llueve mucho y los caminos están intransitables, las vías –y esa maravillosa zorra– son la salvación y la única forma de comunicación. A 18 kilómetros está Mercedes.
El pueblo y su situación actual lo vuelven agreste. Enhorabuena. “La vía inactiva lo convierte en un sitio ideal para ciclistas y amantes de la naturaleza que se pierden en sus túneles vegetales, ya que esta misma inactividad se trasformó en una isla de protección para la fauna y flora autóctona. Se pueden ver liebres, zorros, cuises y muchas especies de aves”, concluye, animado Claudio. + info: es necesario reservar lugar antes y ver disponibilidad de espacio y tiempo. Se recomienda enviar un WhatsApp al 1134331953 / Instagram: almacen.espora / Facebook: Almacén Espora
“Es muy linda la historia que cuentan los antiguos pobladores de Espora acerca de los carnavales que se festejaban en el paraje. Se llamaban los ‘Corsos a Farol’ y eran así: se disponían frente al almacén dos hileras de faroles a fuelle que un encargado recorría para mantener sus luces. Había comparsas y carrozas además de los típicos disfraces del toro y el ñandú. Muchas veces el toro arremetía contra el público y se armaba gran desparramo. Al ser el camino de tierra, el polvo quedaba suspendido en el aire, y a esto se le sumaba el papel picado. Algunos tiraban chorros de agua. El almacén estaba abierto de par en par en el centro de la escena. La caravana se iniciaba en las vías hasta la antigua carnicería de Persini. El final de fiesta era en el almacén con el gran baile de cierre de conjuntos en vivo de folclore y cumbia. Siempre estamos con ganas de retomar esta leyenda para los carnavales y poder revivirla. Ya se darán las condiciones necesarias”, sostiene Claudio. En Espora todo es posible, fundamentalmente, que los sueños sean realidad.
La Angelita, la pequeña Siria que enamora con sus aromas
La Angelita. Partido de General Arenales
La Angelita es un pueblo pintoresco y detenido en el tiempo, que se rige por ceremonias y leyes propias, a un costado de la solitaria ruta 45. En la entrada hay una plazoleta dedicada al Sheij Saleh Al Ali, que luchó contra la ocupación francesa en la República Árabe Siria. Ya se advierte que el bagaje cultural es profundo. La fe árabe se vive con mucha intensidad. “Traemos a nuestros hijos, nosotros tenemos el deber de defender a nuestra gente”, reconoce Muhammad Abdul Karim, Sheij (sacerdote), quien se formó en Madrasas (escuelas) islámicas en Argentina y profundizó sus estudios en ciencias y ley islámicas (la Shari´a), en Siria. La imagen del líder sirio es un símbolo de la resistencia y la preserverancia de la identidad musulmana.
La mitad de los 270 habitantes son musulmanes (descendientes de sirios). Completamente integrados, se rigen por los preceptos del Islam. Tienen un nombre criollo, pero se reconocen en la comunidad por su nombre árabe. Es el único pueblo, conocido como La Pequeña Siria, con tantos musulmanes practicantes del Islam en el país. Este es uno de los pueblos de visita obligada.
“Rezamos cinco veces al día, orientándonos hacia La Meca”, sostiene el Sheij, quien fuera de La Angelita es conocido como Alejandro Kerim Abbas. “Todos hablamos y escribimos árabe”, afirma Yamile Salomón (40 años), referente de la comunidad.
Hay pocos servicios en el pueblo, muy poca señal telefónica y el agua la tiene cada familia a través de pozo. Se trata de la típica localidad rural bonaerense con niños paseando en bicicletas, adolescentes hablando en grupos, despreocupados. Un puñado de casas bajas, calles de tierra y la bandera siria que convive con la argentina. El pueblo más cercano es Ascensión, a 15 kilómetros. El silencio en las calles de la Angelita es un estado de gracia que convoca a la contemplación. No se necesita mucho más.
Sus vecinos se saludan diciendo Marhaban (hola), Salamu ‘alaikum (que la paz sea con vosotros). Los jóvenes, además de ir a la escuela tradicional, tienen dos veces por semana clases de idioma y religión. “Para nosotros es muy importante porque es nuestra identidad y debemos trasladarla a través de las generaciones”, dice Laial Sahyra Abraham, de 15 años. “La mayor dificultad es que en árabe escribimos de derecha a izquierda”, agrega Laial. Los libros comienzan al revés que los occidentales. “Nuestro comienzo es el fin de los libros normales”, completa.
“Tenemos amigos por Instagram de Siria, chateamos en árabe”, cuenta Widad Mohamad, de 18. Para practicar y asimilar la cultura, el WhatsApp lo tienen configurado en aquel idioma. Oyen grupos de pop árabes y casi todos han ido a Siria. No son cerrados, tienen amigos de otras religiones, fuera de la colectividad. “Nos respetan y saben cómo son nuestras ceremonias y horarios”, afirma Karim Brahim, de 15 años. “No podemos comer cerdo ni ningún animal impuro para el Islam, como conejo, por ejemplo”, cuenta Yamile. Cordero, pollo, pescado (cualquiera con escamas) y vaca son las carnes aceptadas. Nada de alcohol. En las picadas, muy usuales en la vida rural, solo pueden comer matambre de pollo y vaca. Mortadela, salame y jamón crudo, están vedados.
No hay mezquita en el pueblo, pero sí un espacio consagrado a la práctica del Islam, que está ubicado en la Sociedad Árabe La Angelita. Punto de encuentro por excelencia de la comunidad musulmana, que desde el 20 de marzo está cerrado por la cuarentena. Aquí está Al Mihrab, que es un nicho semicircular de adoración que está orientado a La Kaaba en La Meca (ciudad sagrada del Islam). Aquí se hacen las Salawat (rezos) y todas las ceremonias que el Islam exige y que sus devotos cumplen con inquebrantable determinación. La fe mueve montañas en la Pequeña Siria.
Las ceremonias árabes están presentes en cada pequeña actividad en el pueblo. “Bismi llahi al Rahmani al Rahim (En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso)”, afirma cada vez que termina alguna oración o menciona a Mahoma (aquí, Muhammad). Las Salawat obligatorias son cinco, pero también se pueden hacer algunas más, llamadas meritorias. “La Salat del alba (faŷr), a las 6.30 a.m.; la Salat del mediodía, (zuhr) a las 13 h; la Salat de la tarde (‘asr), a las 15 h; la Salat del ocaso (magrib), a las 18.30 h y la Salat de la noche (‘ishá), a las 21.30 h”.
Los rezos se hacen a través de diferentes posturas. Las mujeres deben hacerlos con Hiyab (velo sobre la cabeza). “La postura inicial es la de Quiam (estar parado), Qunút (la imploración), Ruku´ (la inclinación) y Suyyud (la prosternación). Al Taslim es la salutación final”, explica Muhammad. “Los vecinos del pueblo ya saben nuestros horarios”, agrega Yamile.
“Uno de los momentos más importantes en el año, es el Ramadán. Es un mes de ayuno y se trata de uno de los momentos más esperados del mundo árabe. Durante un mes, desde que sale la luna creciente hasta el ocaso (desde el amanecer hasta el atardecer), no está permitido tomar ninguna bebida, ni comida, ni fumar ni tener relaciones sexuales. Las mujeres embarazadas, con menstruación y enfermos graves, están exceptuados. En La Angelita se sacrificó un novillo y cada familia tuvo su porción para la iftar, la cena nocturna.
Los musulmanes se rigen por el calendario islámico, que es lunar, no solar como el gregoriano, y se basa en ciclos lunares de 30 años. Existen años de 355 días y otros de 354. Cada año se divide en doce meses, y dependiendo de los años, tienen 29 o 30 días. La semana tiene siete días, el más importante es el viernes, llamado al-yuma‘a, cuando se realiza una oración colectiva dentro de la Sociedad.
En el mes de Ramadán (el noveno), en La Angelita, la natural tranquilidad del pueblo se ve interrumpida por el altoparlante de la Sociedad Árabe, para llamar a realizar los cinco rezos diarios. “Al Muazzin es la persona que hace el Azzan (el llamado a la oración), dentro del sagrado mes de Ramadán”, explica Muhammad. Para no alterar tanto a los vecinos, el primer llamado (6.30 a. m.) no se hace.
El Islam y su práctica se basan en ceremonias y obligaciones. El traslado de la tradición es uno de sus pilares. A pesar de que no esté prohibido hacerlo con practicantes de otras religiones, los casamientos se suelen hacer entre los miembros de la colectividad. “Somos una gran familia, a mi suegra la llamo tía”, afirma Yamile. La mujer cumple un rol protagónico. “El paraíso está en los pies de tu madre”, cita el Sheij un dicho del profeta Muhammad. Ellas, además, son las que cocinan y unen a la familia alrededor de una mesa.
“Si tocamos algo crudo, jamás lo mezclamos con otro elemento”, cuenta. “Tenemos la obligación de higienizarnos todos los días”, completa. Recuerda que durante la peste negra, en España, los musulmanes tuvieron menos muertos por la higiene que enseña El Corán. “No somos bélicos. El Islam es paz con uno mismo y con el medio ambiente”, explica para barrer con el prejuicio. “Alá nos dotó con algo que el resto de las criaturas no tienen, la libertad. Nosotros somos responsables de esa libertad”, sentencia Muhammad. + info: La Angelita está sobre la ruta 45.
La Angelita no siempre fue un pueblo de mayoría musulmana. Hacia comienzos del siglo XX la zona era habitada por colonias de catalanes e italianos. Los sirios estaban dominados por el Imperio turco y luego, por Francia. En diferentes oleadas llegaron a Argentina escapando de las sucesivas guerras. En 1920 ya había una importante comunidad siria en La Angelita, que se fundó en 1926. En el pueblo, en la actualidad, viven dos refugiados que llegaron días antes del inicio de la cuarentena. “Han aprendido español”, asegura Yamile. La hermanad se practica y es parte de la fe islámica.
La pulpería
más famosa del mundo
Mercedes. Partido de Mercedes
“Afuera de la pulpería, el mundo sigue su evolución. Aquí dentro, el tiempo se ha detenido y las paredes y el mostrador siguen tejiendo y mostrando nuestra historia”, así describe Fernanda Pozzi lo que siente al entrar aquí y pararse frente al mostrador y detrás de la bicentenarias estanterías, esperando que lleguen turistas de todas partes del mundo. También los propios mercedinos y la gauchada de una amplia región que busca refugio en este templo, donde se le rinde tributo a la amistad y a los verdaderos sabores criollos.
La Pulpería de Cacho es el símbolo de la tradición, una postal de Argentina. Todos los habitantes del país deberían, por lo menos una vez en la vida, experimentar la sensación de sentir el lenguaje silencioso y cordial de estas paredes en donde se ha forjado nuestra identidad. Comer una picada con salame mercedino, un aperitivo bien cargado y las inolvidables e inigualables “empanadas de Cacho, receta original”. También todos tendrían que comer una de estas, una vez en la vida. No tienen comparación con ninguna empanada. Tesoro gastronómico.
Fue abierta en 1830 y está en manos de la familia Di Catarina, desde 1910. Hasta 2009 la atendía quien fue reconocido como el “último gran pulpero bonaerense”, el recordado Cacho, presente en cada rincón de las paredes. Su partida física aún se siente, pero su espíritu está vivo. Se habla de él en presente. Sus amigos lo recuerdan, los solitarios gauchos que vieron en él a un ángel campero con un corazón más grande que el río Luján, a orillas de la pulpería. No habrá nadie como Cacho.
Ir a La Pulpería de Cacho es sentir el amor que la familia Di Catarina Pozzi ha depositado en estas paredes, porque ha elegido consagrarse al mantenimiento y la atención de la más querida de las pulperías. Su hermana Aída, que también nació como Cacho en el mismo establecimiento, pasó su infancia entre cañas y picadas, y se la puede ver siempre sentada, siempre atenta. Oscar Pozzi, su marido y también pieza fundamental en la conservación de este baluarte gaucho, ayuda. Las sobrinas de Cacho y un importante núcleo de amigos que componen una familia que es pura amabilidad hacen posible que el legado de Cacho se conserve y siga vivo.
“Mis primeros recuerdos en la pulpería, que para mí era la casa de mi abuela Figenia, son sus ravioles que amasaba los domingos sobre la gran mesa de madera de su cocina y su exquisito relleno. A veces, le robaba una cuchara para probarlo. Ella siempre estaba a mi lado”, recuerda Fernanda. “Jugaba en el patio de ladrillos junto a mi tío Cacho, siempre presente. Recuerdo los sulkys cargados de tarros lecheros que se juntaban en la puerta de la pulpería para hacer el traspaso al camión de la fábrica. Como si fuera hoy, todavía oigo el sonido que hacían los tarros golpeándose”, cuenta.
Mientras repasa con la mirada los infinitos elementos que adornan las paredes y estanterías, su mente se va a aquellos años. Las carneadas. Muy esperadas. “Cacho nos llevaba en Rastrojero a hacer las compras para las carneadas. Mamá nos dejaba faltar a la escuela. Era un momento muy esperado, estábamos en la pulpería con toda la familia. Cacho lo vivía como una celebración. Éramos felices. ¡Me acuerdo cuando yo logré estar en la etapa de poder hacer el cierre de los chorizos y salames, poder manejar el hilo!”, confiesa.
“La figura de Cacho es central. Un gran anfitrión, siempre estaba parado en la puerta con su vestimenta gaucha. La pulpería para él fue su querencia. Incansable, amigazo, fiel a su gente, apasionado por querer transmitir y hacer valorar lo nuestro. Fue un gran gaucho”, sostiene Fernanda.
La pulpería tiene hitos, como el pedido de captura del gaucho Juan Moreira, por ejemplo. Botellas que no se han tocado en un siglo. Frases camperas, elementos de la vida rural de antaño, salames quinteros, herramientas, íconos de nuestra tradición. Es un museo vivo. Lo recomendable es sentarse o apoyarse en el mostrador y entablar una conversación con los parroquianos. El “Zoco” Larralde y “Percha” Bustos son los músicos que suman melodías criollas. Alrededor de todo esto, la familia Di Catarina Pozzi está atenta a todo. Como suaves insinuaciones, desde la cocina las ollas acarician el ambiente con aromas a locros, guisos y estofados. Afuera, la parrilla atrae. Con paciencia y al rescoldo, la carne se asa en lenta ceremonia. La grasa, gota a gota, estalla en las brasas produciendo una música relajante.
Mercedes es esta pulpería, a pesar de que existen muchas esquinas criollas en el pueblo. Aquí germina un sentir especial que no se da en ningún otro lugar. Fernanda es la cuarta generación Di Catarina Pozzi, tal vez ella pueda desentrañar la magia: “Estar detrás de este mostrador produce un orgullo familiar. Ansiedad de querer transmitir la pasión por nuestro lugar, con todos los valores que lleva: amistad, cortesía, el ser anfitrión, amabilidad, relatar nuestra historia familiar y argentina, el placer de ver los rostros de asombro y emoción de la gente al entrar. Observar cómo la pulpería es como un libro abierto y escuchar las historias de los visitantes que hacen referencia a cosas que descubren y los transportan a un momento de sus vidas”, afirma.
Los niños son parte de esta postal. Una quinta generación de la familia juega entre las mesas y sus manitos pellizcan las tablas de quesos y salames. La gastronomía es capítulo aparte. El menú cambia según la estación: el invierno es el tiempo de las ollas, el locro en fechas patrias es un poema. Con calor, las carnes asadas; durante todo el año, las picadas con las famosísimas empanadas. Algo picantes; sencillamente geniales.
“La gente viene a buscar paz, aires de campo, el canto de las aves, a despojarse del reloj, activar las sobremesas, comer sin apuros. Quieren descubrir sabores que han perdido, que resaltan la simpleza de la comida tradicional. Aquí recuperan las charlas largas, la gente se conoce, entre las mesas hay un intercambio de diálogos mientras la música acompaña”, resume Fernanda. Son pocos los rincones donde se respira el verdadero sentir nacional.
“El último pulpero nos está guiando. Siempre presente, nos supo transmitir un legado que atesoramos y deseamos que sean muchas generaciones más las que lo continúen. La cocina de la pulpería es la cocina de la familia”, concluye. + info: Avenida 29 al fondo, antes de llegar al puente del Río Luján / Facebook: La Pulpería de Cacho / Instagram: lapulperiadecachodicatarina
Aquí sucede algo extraordinario. La pulpería es un punto de encuentro querido y pieza fundamental para entender y disfrutar de nuestra identidad. Pero las empanadas de Cacho generan devoción. Literal: se recorren cientos de kilómetros para poder probarlas. ¿Qué las hace especiales? Nunca se sabrá a ciencia cierta, el secreto es parte de la magia. Lo concreto es que nadie se resiste a ellas. Cuando estaba Cacho con vida, ya eran famosas. Él las hacía y había hallado una receta que fue su sello. Paola Pozzi, su sobrina, es quien recibió el legado. Intentamos desentrañar el secreto. “Siempre recuerdo cuando Cacho me decía: ‘Bueno hoy vas a hacer el picadillo de las empanadas ¡pero, ojo!, el condimento lo pongo yo’. Él siempre les daba ese toque”. Paola aprendió de los mejores: de su abuela Figenia y del propio Cacho. Grandes cocineros. “Recuerdo que mi mamá me hacía scones después de la escuela. Y mi abuela, la pasta de los domingos y ni hablar de los guisos de lenteja, carrero y de mondongo. Yo la miraba y aprendía”, afirma Paola. “Desde muy chica empecé a hacer sus empanadas. Lo primero fue ayudarlo a hacer el repulgue, que para mí era muy difícil. Mi abuela y Cacho me decían que tenía que tener forma criolla”, sostiene. De a poco, y con los años, fue sumando conocimiento. Figenia y Cacho no están más físicamente, pero viven en Paola. No solo en las empanadas, sino en toda la cocina que se ofrece en la pulpería. Ella está detrás de todo, junto a un equipo de colaboradores. Las empanadas son una cuestión de Estado. “Sé que generan devoción”, afirma. ¿El secreto? Nos da una pista: “Usamos solo productos de muy buena calidad”. No queda otra que probarlas, una y mil veces. ¿Cómo son? Fritas, grandes, jugosas, suculentas y adictivas.
Cacho Di Catarina era un visionario. Jugaba al futbol y él fue el primero en organizar, en 1979, un torneo de futbol femenino que fue un éxito. Dirigió los equipos de damas “El Yunque” y “Las Estrellas”. Muchas de las jugadoras de aquellos años lo recuerdan muy carismático. Así como en la pulpería, así con las muchachas en el futbol. Cacho fue muy querido.
En Mercedes la tradición de ir a tomar un vermut es una religión. Incontables son los boliches que existen, gran parte de ellos muy buenos. Plantean un verdadero circuito tradicional que bien vale extender la estadía en la localidad. Los hay viejos y otros más modernos, que se han reciclado. Algunos son muy recomendables: Bar El Trompezón (en calle 30, ruta 41), Bar y Restó Uh!Meda? (ex ruta 5 y calle N° 178), Almacén Bar Laurino (Calle 29 N° 753) y Lo de Curly, en Altamira, un pueblo que está a 20 minutos de Mercedes.
Lo hemos dicho, la pulpería es territorio de la guitarreada y el canto. Una pareja de notables personajes sobresale: El “Zoco” Larralde y el “Percha” Bustos. Viejos amigos de Cacho que continúan yendo todos los días. Músicos pulperos forjados en las noches eternas criollas. Forman parte de una estirpe de hombres que se sostienen por la amistad, la nobleza y la lealtad. Gauchos. Para completar la experiencia emotiva en la pulpería se recomienda sentarse cerca de ellos para oír sus historias y disfrutar mejor sus canciones.
La fama de la esquina mercedina ha trascendido las fronteras de nuestro país. Alcides Ribeiro Jr. vive en Curitiba, Brasil. Es amante de estos lugares y viaja especialmente, una vez al año, para visitar la pulpería. “En Brasil hay pulperías, más específicamente, en la región del estado de Rio Grande do Sul, que limita con Argentina y Uruguay. En esta región hay muchas fincas agrícolas, mucho campo. Mis padres son dueños de una finca ubicada en la ciudad de Santa María y todavía hay una pulpería típica llamada Boliche do Ronaldo. Por eso en mis vacaciones, cuando los visito, es obligatorio que vaya a Ronaldo a tomar algo y renovar mi energía en ese entorno rural. Se los llama bolichos beira de estrada. Hace unos años fui a Mercedes. Mi esposa Joseane y yo estábamos de vacaciones en Buenos Aires. Alquilamos un auto y pusimos Pulpería de Cacho en el destino de la App Waze. A medida que se estrechaba la distancia y se acercaba la ciudad de Mercedes, la sensación de alegría y curiosidad nos llenaba de expectativa. Marcelo –histórico en el mostrador de la pulpería– nos esperaba detrás de él. ¡El deseo era entrar, arrodillarnos y agradecer a Dios por brindarnos ese momento mágico! Disfrutamos de un clásico fernet, salame quintero y terminamos con una típica parrillada argentina. La pulpería significa el regreso a mi infancia, significa preservar la historia de los gauchos, Don Segundo Sombra, la gente del campo, la música y los sabores. Me gusta mucho ese ambiente bucólico que hay en el aire, cuando entras a la pulpería dejas todo el bullicio de las grandes ciudades afuera y empiezas a disfrutar de todos los detalles mínimos y simples que hay adentro. Hay tanto ahí, con tanta historia, que en un día de visita es muy poco. Por eso decidimos con mi esposa que todos los años visitaríamos la mítica y eterna Pulpería de Cacho”, con emoción resume Alcides la experiencia de conocer estos templos de la tradición.
Almacén Beladrich,
donde la soledad se acoda al mostrador
Paraje Beladrich. Partido de San Pedro
Se llega por intuición y por una hábil interpretación de las indicaciones de los baqueanos. Se acostumbra a decir que el diablo perdió el poncho en estos lugares, y seguramente todavía lo debe estar queriendo hallar. Dicen que por estos caminos cabalgó San Martín y que, cansado, halló refugio en la sempiterna esquina de campo, hoy conocida como Lo de Beladrich. Para muchos está desde siempre. Debe ser verdad.
Ubicada en una esquina solitaria es la única construcción que se ve en una amplia llanura apenas salpicada por islotes de eucaliptus, vacas, silos y molinos. Un puente, unos kilómetros antes, es un mojón necesario para saber que se está en el camino correcto, el asfalto (la ruta 9) queda a casi 50 kilómetros. La humanidad y sus aplicaciones desaparecen a mitad del camino. Es una aventura digna, la de llegar a Beladrich.
Un paisano, nacido aquí, de sangre irlandesa y gallega, espera pacientemente detrás del mostrador. Matías Fegan se llama y cuando lo vemos sabemos que está en su lugar en el mundo. Su figura, su modo de moverse y de mirar, sus pilchas, las estanterías detrás y la decoloración propia del paso del tiempo de las paredes lo convierten en un personaje de alguna obra plástica gauchesca. Hay misterio y magia en estas orillas del mapa. Simpático, da la bienvenida. Una sonrisa en medio del océano de polvo es lo que necesitamos para sentir el rostro más amable de la humanidad.
El boliche es perfecto. Un amplio mostrador, las mesas, una mesa de pool. Estanterías con botellas de siglos pasados, yerba, fideos, arroz, el sifón de soda y el mate. Matías nació aquí y desde chico venía al boliche. Comenzó a atenderlo los fines de semana y con los años se lo ofrecieron tiempo completo. Aceptó. Es lo que más le gusta hacer. “Yo me crie acá, para mí el almacén es lo más lindo que existe”, asegura Matías. Vive detrás del boliche. Lo siente así porque es su casa. Ese sentimiento se materializa en la manera de hablar, de destapar una cerveza, de cortar un chorizo seco.
“Es un bar, un lugar tranquilo para juntarse con amigos y familia, pasar un día de charlas y tomar alguna copa. El paraje es mi vida, es todo. Yo nací y me crie acá. Es muy tranquilo y tiene mucha paz”, resume sus sentires camperos. Una amplia galería es el lugar ideal para sentarse y disfrutar de una postal de impactante belleza. El campo argentino en su intimidad. Pasaron siglos, pero el paisaje es el mismo. Los aromas, los silencios habitados por la presencia de vacas, cerdos y caballos. Las hojas que acaricia el viento. Todo este show natural se abre para los que visitan Beladrich. No es cualquier boliche.
En una de las paredes está escrito en tinta negra que en 1813 estuvo sentado San Martín. Estos mitos criollos engrandecen el lugar.
“La gente de acá, de la zona, viene a buscar lo esencial al almacén. O a pasar un rato de charlas y risas, jugar al truco o pool, siempre compartiendo alguna copa”, delata Matías desde la rendija por donde se asoma la felicidad. Placeres simples. Ocupaciones para llenar el tiempo libre entre las arduas tareas del campo. Ser testigo de esto es un privilegio.
“Ofrezco algunas comidas si me avisan con tiempo y, si no, lo típico: picadas”. Comida escudera de los caminos de tierra. Por lo general, en horas de la noche alguna carne se está asando al rescoldo y siempre hay un plato de más. En el campo siempre hay un asado esperando. “Es importante que este boliche se mantenga abierto por la historia que transmite y porque es el único lugar que tienen los que viven en el campo para comprar comida”, resume Matías. Como si fuera un faro, El Beladrich es la única luz que se ve desde lejos en la noche. Las sonrisas también se oyen, al igual que las lechuzas que chistan cada vez que se acerca un gaucho. Sensores de movimiento de la naturaleza. + info: ir por ruta 9 hasta San Pedro, allí empalmar la ruta 191 hasta Pueblo Doyle. Se recomienda preguntar. Un camino de tierra lleva directamente a Beladrich. Está a 40 kilómetros de Ruta 9. A 20 kilómetros de Santa Lucía y a 10 kilómetros de Doyle.
A un costado del almacén existe una construcción a la que se accede a través de una arcada. Es el Club Universal. Su interior es una de las entradas al paraíso. Desde el techo cuelgan infinitas guirlandas. La luz dorada del atardecer es ideal para acariciar la magia y la historia del lugar. Aquí, cuando el campo tenía gente, se hacían bailes multitudinarios y hasta se presentaban obras de teatro. El sueño de Matías es que todo esto renazca.
La historia de esta esquina es interesante. Además de la visita sanmartiniana, recibió al pintor Florencio Molina Campos. Según dicen los que saben, se habría inspirado en los bohemios parroquianos del lugar para crear sus personajes criollos conocidos en el mundo entero. Otro de sus visitantes fue Vito Dumas, el navegante solitario. Por si algo le faltaba, un gaucho que llegaría a la inmortalidad, elegía estas sillas y este mostrador: don Segundo Ramírez, a quien Ricardo Güiraldes ficcionaría como don Segundo Sombra.
Lo de hasna, comida árabe en la pampa bonaerense
La Angelita. Partido de General Arenales
¿Qué sentís cuando preparás comida árabe?: “Que mi mamá me está mirando”, responde Jadiye Ahmad Selman (Marta Pepe), descendiente de sirios. Vive en La Angelita y durante 30 años fue la profesora de Idioma y Cultura Árabe Islámica en el pueblo. Desde hace tiempo cocina en su restaurante Lo de Hasna. Ofrece típica cocina árabe, “para mí es como rendirle tributo a mis padres, que me legaron una cultura tan rica y profunda”, afirma.
“Siento la presencia de mi mamá. Que ella está feliz viendo todo lo que cocino, que es lo mismo que ella preparó durante tantos años. Desde que comienzo a reunir todos los ingredientes, lo hago con el mismo entusiasmo que ella. Sé que estoy cocinando para gente que no conozco, pero lo hago como si cocinase para mi propia familia, con el mismo respeto y cuidado”. Con estas palabras define Jadiye lo que significa la cocina. Un lugar de culto, su comedor. Un templo donde los aromas de su niñez renacen, los mismos sabores que atraen a descendientes de árabes que recuperan su identidad. La cocina de Jadiye es un puente cultural. Una experiencia emotiva donde es posible ver la materialización del amor.
“Mi mamá, Hasna, siempre decía: todo lo que abandonas, te abandona. Por eso jamás abandoné sus recetas. La cocina es cultura y la cultura se traslada. Yo le enseñé a hacer el pan árabe a mi sobrina, y ella a su vez a su hija de 15 años. Esto lo vamos transmitiendo de generación en generación. Adultos y jóvenes ya saben hacer las recetas de nuestros mayores que llegaron de Siria”, cuenta Jadiye.
En la alquimia de su cocina, cada plato lo prepara como si fuera único. Los kebbi llevan una nuez. “Si tengo que hacer 70, uno por uno, le pongo la nuez, me levanto al alba, madrugo para que todos tengan su nuez”, con esa paciencia crea comida sana, una comida que además cuenta una historia, la de sirios que se fueron de su patria escapando del hambre y de la guerra, llegando a un país lejano, como el nuestro.
Nunca fue fácil. Sus abuelos paternos y maternos nacieron en Siria. Llegaron a Argentina cuando el país lo hacían los que bajaban de los barcos. Su madre vino muy pequeña y su padre era argentino, descendiente de sirios. Se casaron muy jóvenes. “Se socializaron con hermanos españoles, libaneses e italianos”, cuenta. La Angelita era el verdadero crisol de nacionalidades. El idioma español era una rareza. Un objetivo unía a todos: el trabajo. Y trabajando hicieron este pueblo, que hoy se rige con las mismas bases: la inclusión, el sentir comunitario y el respeto.
“La vida transcurrió entre las duras tareas del campo, y el aprendizaje de dos culturas y dos idiomas: el español y el árabe. Mis hermanos mayores solo hablaban árabe y se les complicó en la escuela. La maestra y los compañeros no les entendían, fue muy difícil esa época. Pero aquí estamos, gracias a Dios y a nuestros padres, que nos inculcaron una cultura tan rica, como es la árabe”, afirma.
La cocina siempre estuvo presente en su vida. Jadiye se emociona al nombrar las recetas que hacía su madre. Ese vínculo con la magia del proceso culinario la lleva a aquellos años. “Me levantaba muy temprano y oía el sonido de la Yarrah, ella la llenaba con 40 litros de yogur. Esa vasija la trajo mi abuelo de Siria y aún la tengo. En ella hacía la manteca, el yogur bebible y todos los derivados de la leche. Nada se compraba, mi mamá lo hacía todo”, recuerda. “Valoramos mucho que hiciera todos esos lácteos tan naturales”, confiesa con orgullo. La manteca, la crema, el queso: elementos que hicieron crecer a la familia.
“Yo desperté a esos ruidos, a esos olores, aromas de la cocina árabe. Muchas cosas ricas, muchas palabras profundas”, manifiesta. La observación atenta, el traslado de información que debía guardar en el corazón para que fueran eternas. Su madre, Hasna, era querida y apreciada por su arte, por su artesanal manera de expresar el amor a través de la comida. “¿Quién no ha comido una sfija o un kebbi en la Hasna?”, era común oír en la comunidad. Aquello quedó grabado.
Jadiye, muy conocida como Marta Pepe, tuvo el apoyo de una amiga pintora de Lincoln, Laura Khalloub (quien además realizó el busto del héroe del arabismo Sheij Saleh Al Ali, que está en la entrada al pueblo y decoró el Minbar, lugar de orientación hacia La Meca, para rezar, que está en la Sociedad Árabe en el pueblo). Ese empuje fue necesario para hacer realidad el restaurante. “Mis padres no nos dejaron una gran herencia material, pero sí una enorme herencia cultural. ¿Por qué no hacerles un tributo a ellos, que compartieron todo, la comida, la vida? ¿Y por qué no un lugar de comidas árabes? Como las que hacían mi mamá y mi abuela”, se preguntó.
Tardó seis meses en acondicionar el espacio. Con la misma paciencia con la que cocina, de la misma manera, diseñó el restaurante. Puro corazón. Abrió el 27 de enero de 2019, el día del cumpleaños de su padre, ofreciendo las recetas de su madre. “Lo de Hasna es un lugar de reencuentro porque se ha reencontrado gente de distintos lugares. Muchas emociones intensas, con la tradición árabe como protagonista. El aroma de las comidas, el idioma, la gente llora al ver los platos y yo lo hago con ellos. Comparto esas emociones. Hubo gente que había perdido su identidad árabe y la ha reencontrado acá”, concluye. La cocina así entendida es amor puro. + info: es necesario reservar antes. Se trata de un restaurante de culto. Llamar al 2364518719 / 02353499234
La propuesta gastronómica de Lo de Hasna es comunitaria y desafiante: Marta presenta una mesa con todos los bocados, como una declaración de principios, para que cada cual en la mesa haga su propia estrategia y no se quede con las ganas de probar todas las maravillas que nacen de esta cocina islámica. La hipótesis de nuestra felicidad es así: en diferentes fuentes se nos ha dado para probar y admirar: Hemsii (puré de garbanzos), Batenyen (puré de berenjenas), Lanbii (queso untable), Shanklish (queso árabe), pan árabe y tostadas de este pan, Sfihas (empanadas), Kebbi relleno al horno, Kebbi Nai (crudo), Cras (torta de trigo), Shawarma, Falafel, Fatair (pan árabe relleno), Malfuf Biuaraq del (niños envueltos en hojas de parra) y Sij Laham (brochetes árabes). Por si fuera poco, el postre: Baclawa, Knafis, Ma´mul, Hrist´Lauz (exquisito postre en base a almendras) y Asabi´l´Arus (“Dedos de novia”, masa filo rellena con pistachos y almíbar).
Por la ruta 31, pasando Salto, se llega a La Invencible. Un pueblo tranquilo, elegido por los silencios y las veredas con altos y señoriales árboles. Una vieja panadería, que también continúa siendo el almacén de ramos generales, donde todos los mediodías y al final del día, se juntan los gauchos a tomar algún aperitivo y relatar historias. Existe un comedor rural que se ha vuelto de culto. ¿Las razones? Pastas caseras y carnes cocidas en horno de barro. Algo peculiar: por las calles del pueblo se dejan ver pavos reales. Ideal para visitar con niños. Mucho espacio para jugar al aire libre. Dato no menor: hay hospedaje. + info: Facebook: don.pascual.16 / Instagram: pascual.don / Hospedaje: Facebook: cabana.laescondida.77
Santa Lucía,
el pueblo de los amigos
Santa Lucía. Partido de San Pedro
“Ir a Santa Lucía me cambió la vida”, confiesa Nora Mouriño, vecina del barrio porteño de La Boca y actriz comunitaria. El pueblo sampedrino la buscó hasta que la encontró y, junto a su esposo Martín, soñaron un refugio donde la amistad y el amor fueran los pilares para que el sueño de tener un pedazo de tierra en un pueblo tranquilo se hiciera real y posible. La vida la golpeó con la temprana muerte de su compañero. El pueblo la abrazó.
Nora y su historia resumen el espíritu de solidaridad de los pueblos. Los abrazos, las charlas, la gauchada, las familias que abren sus casas para brindar todo. Las puertas abiertas al que recién llega, los saludos, la bienvenida, la despedida. Los pequeños gestos de amor. Santa Lucía es todo esto. Para Nora, además, fue un renacimiento y una oportunidad para regresar a la vida luego de una pérdida tan dramática. Las calles de tierra escuchan y contienen. Poder ver un atardecer o una estrella fugaz es medicinal. Sana.
En diciembre de 2012 Nora y Martín deciden seguir el consejo de amigos y compran un terreno en Santa Lucía, sin haber ido al pueblo. Confiaron en el misterio de la intuición, que cuando se une con el amor, crea una fuerza difícil de derrotar. Compraron. Pero las cosas no salieron tal como lo planeado. Los hilos de la vida de Martín hallaron un obstáculo impensado: el cáncer. El día que Nora fue a firmar el boleto de compra y venta, fue el mismo que supieron de la enfermedad. “En medio de esa enfermedad tan oscura, la idea de hacer nuestra casa en el pueblo era algo muy lindo”, confiesa.
Lo que sigue es verdad revelada. Tristeza y mucho dolor. El sueño de hacer una casa entre ambos, con sus dos hijos, quedó trunco. Sin embargo, la amistad, ese resplandor de bondad, el bello rincón de cielo y su magia de alguaciles, teros y jilgueros operó para que ese sueño no se rompiera. Santa Lucía tiene gen reconstituyente.
Los amigos de Martín decidieron juntarse, con la ayuda de Juan, (poblador y constructor de Santa Lucía) para hacerle a Nora la casa. El diseño lo había elegido Martín antes de partir. La casa, una epopeya de amistad y amor, materializaría su sueño. Uno de sus amigos vivía en El Bolsón y durante un mes se fue a vivir al pueblo, donde estaba el resto del equipo. “Mientras tanto, todos en el pueblo me brindaban su ayuda. Me ofrecían casas para quedarme”, cuenta Nora, reflejando esa esencia de los pueblos. El dar, el tender la mano.
Corría el año 2015 y la casa, con la ayuda de todos, se hizo. Felicidad y nostalgia, alegría y tristeza. Ganó la vida. “La amistad mueve montañas y la unión hace la fuerza, de otra manera no hubiera sido posible construir esta casa. Tristeza y duelo, pero la fuerza de los amigos lo hizo posible. El que quiere la llave va y la disfruta, porque no es mi casa solamente. Es de todos los que fueron parte y de todos mis amigos”, afirma Nora.
Santa Lucía la enamoró. La vida en el pueblo. El comprar el pan caminando por las calles de tierra, entrar a la panadería, sentir el aroma a los nobles elementos. “Lo más lindo es que todos te saludan y enseguida te hacés amigos”, advierte. Hacer las compras, sentirse en casa, cocinar con tiempo, sentarse en una reposera a tomar mate y ver el atardecer hasta que aparecen las primeras estrellas. Redescubrir el misterio de la felicidad luego de perder el amor de la vida. Apostar por la tierra, por un pueblo. Por lo pequeño, por la caricia de una mirada de un vecino al decirle buenos días, que la respuesta sea franca y simple, y que esa respuesta modifique el día hacia los rincones de la amabilidad y el disfrute.
“La primera vez que pisé Santa Lucía, me encantó. Fue maravilloso, fui muy feliz. La gente nos recibió muy bien, la pulpería queda muy cerca de casa. Siempre nos trataron con mucho cariño. Nos dijeron quién podía hacer el pozo para el agua. La gente del corralón nos hizo enamorarnos de Santa Lucía. Fabián y Noelia de la pulpería nos recomendaron a Juan y, junto a su esposa Mirta, fueron pilares en la construcción de la casa. Hoy, cuando no estoy, me la cuidan”, afirma Nora. Vecinos que se convierten en una nueva familia.
Nora continuó en Santa Lucía el sueño que habían proyectado con su esposo. La vida y sus misterios se lo llevaron. Pero el corazón de los amigos germinó en el pueblo. En una pequeña comunidad, la vida crece con su brillo propio. Es inclusiva, se abona con muchas manos.
“Los cielos y la luna iluminando todo el campo. De día, hay microclima, siempre sol. Calles de tierra, acá aprendí a manejar en el barro. Me conecto con la tranquilidad, pero también con toda la gente del pueblo. Acá el sentimiento que domina es el compartir. Cada vez que me voy demoro dos horas porque paso a saludar a todo Santa Lucía”, confiesa Nora. + info: ruta 9 hasta 191, hasta acceso a Santa Lucía.
Santa Lucía tiene 2500 habitantes y vida social. Tiene un bar, Pueblo Chico, punto de encuentro de la juventud. El Club Central Córdoba es un lugar ideal para conocer la identidad del pueblo. Su cantina ofrece comidas y bebidas. También se puede visitar la Casa del Teatro de Santa Lucía, un espacio teatral donde se disfrutan obras y se realizan actividades culturales.
Los Ombúes, donde atiende la última pulpera de la provincia de Buenos Aires
Paraje Los Ombúes. Exaltación de la Cruz
“Yo nací acá, me crie en el mostrador”, se presenta Elsa Insaugarat de 64 años, eterna y legendaria. Es la única pulpera de la provincia a cargo de la que, según los cronistas de época, es la más antigua pulpería bonaerense. Existen documentos que la datan de finales del siglo XVIII, cuando por aquí pasaba el camino real. “La gente se sorprende porque en medio de la nada existe un lugar así”, asegura.
Dos grandes ombúes le dan nombre. Están ahí desde el principio de los tiempos. La pulpería aún conserva la reja original por donde se despachaban las bebidas. Quedan pocas así. Aún conserva, también, la mística y el espíritu de frontera. Finales del 1700 o primeras décadas del siglo XXI, el tiempo no puede contra estas paredes asentadas en barro e historias. Adentro, realmente, el tiempo no existe. En cambio se respira la camaradería, las gauchadas y ese sentir campero de saber que aquí siempre hay un amigo. No es poco en estas soledades.
“Nosotros acá escuchamos. Eso es lo que hacemos”, afirma Elsa. Sus tres hijos, Jorge Luis, Fernando y Carlos, la ayudan. También Carolina. Nombres que forman parte de la historia de un rincón querido por los caminantes solitarios, que se acercan a caballo, en moto, camioneta o catango. “Eso es lo que más gusta: el gaucho necesita que lo escuchen, siempre con sus problemas. Que las vacas, que los caminos, que la lluvia, los problemas con los encargados de las estancias... saben que cuentan con nosotros”, resume Elsa.
La pulpería está entre dos parajes, Puerto Chenaut y Andonaegui, en medio, un mar de pasto y silencios, el campo argentino, la pampa gringa, territorio aún del gaucho. Una curva hace que sea fácil entrar. El camino es parte de asfalto y parte de tierra. Conoció mejores épocas. Parece que nada pasa, pero siempre hay movimiento, intenso movimiento. Elsa jamás está sola. Tiene su familia y un séquito de guardianes que sostienen las mesas y las sillas, apurando una botella de cerveza que no se termina nunca.
La entrada a Los Ombúes presenta una antigua arcada, una pequeña puerta que lleva a un pequeño ambiente, frente al mostrador con las rejas. Cuando Elsa era pequeña no estaba esta puerta. “Era la ramada, donde se quedaban a dormir los caminantes que venían a trabajar el maíz”, afirma. La pulpería es un libro abierto de historia. “El mostrador se levantaba detrás de la reja y quedaba cerrada la pulpería. Pero esta gente pasaba la noche, eran muy tranquilos”, recuerda. No solo era despacho de bebida, sino que brindaba un servicio irremplazable y acaso lo que el gaucho más necesitaba: un techo. “También se quedaban a dormir bajo los ombúes”, rememora, llevando su mirada a los monumentales árboles.
El interior de la pulpería es un impacto al corazón. En las paredes se ven cuadros de tiempos felices. Caballos que hicieron historia, recortes de diarios, uno de La Nación muy cuidado. Fotos familiares, sonrisas detenidas en el tiempo por la cámara. A un costado de la antigua ramada, un salón iluminado por ventanales que muestra la infinita extensión de tierra. El pool y un racimo de mesas. Una diminuta puerta lleva al salón de ventas. “Acá tenemos desde carne hasta zapatillas, pilas y gaseosas, por supuesto, pan”, describe Elsa. En las estanterías se ven cientos de artículos. “Nos manejamos con libretas, que es el crédito del campo”, señala los pequeños cuadernos. Cada uno es una historia, una familia, el desvelo del trabajador rural. “A fin de mes pagan, porque saben que tienen todo el mes de crédito”, asegura Elsa. Aquí el movimiento es intenso. Se atiende a los que vienen a buscar provisiones, a los que toman sus tragos en el salón y a los que vienen por un clásico a disfrutarlo en las mesas al aire libre: el sándwich de jamón y queso.
“Si me avisan con tiempo, preparo comidas. Pero lo clásico son las empanadas, milanesas y la picada”, resume Elsa. “Me siento muy útil. Mi abuelo y mi padre fallecieron acá, para mí, la pulpería es todo”, sintetiza el sentimiento, puro amor por estas paredes. Llora Elsa, la pulpera, la madre de todos los “caminantes”, como a ella le gusta llamar a los que se acercan a esta querencia. Detrás, sus hijos son un escudo. “Seguimos el mismo ritmo que antes, atendemos a la gente”, es lo último que dirá.
Los hombres entran apurados, le entregan un pedazo de papel con una lista. Se alcanza a ver puré de tomates, papel higiénico, pan, detergente. Elsa entra en acción y les abre una cerveza. El gaucho la mira de reojo, el pecado está cerca y no hará nada para desviarse del camino hacia el vaso. Aquí se halla el sentido de venir a hacer las compras para la casa. La ceremonia comienza. + info: para llegar, tomar ruta 8 camino a San Antonio de Areco. En la unión con la ruta 193 tomar sentido a Puerto Chenaut. Seguir por el camino no más 10 minutos.


La Cercana de Paula,
descansar en tierras sagradas
Los Toldos. Partido de General Viamonte
Los Toldos es el territorio de los mejores quesos, la tierra mapuche y el lugar de nacimiento de Eva Duarte. Pero también es una propuesta de descanso que atrae por estar dentro de territorio indígena, muy cerca de lugares sagrados donde fluyen buenas y ancestrales energías. “La Cercana de Paula es una idea que se fue generando hace muchos años cuando le quisimos dar valor agregado al sitio donde se radicaron mis abuelos maternos. Ella, una aguerrida española. Él, italiano. Con sus dos hijitas se radicaron en este lugar”, de esta manera presenta Mónica Castellani el origen de su casa de descanso.
La Cercana de Paula es una amable casa de campo que está dentro del territorio que se conoce como La Tribu, una extensión de tierra que el presidente Mitre le cedió al cacique Coliqueo, en recompensa por los servicios prestados al Ejército Nacional. En la actualidad viven descendientes de aquellos mapuches, aún conservan sus ceremonias y estilos de vida propios y están totalmente incluidos en la sociedad criolla.
La historia familiar cruza el emprendimiento de Mónica. Sus abuelos están muy presentes. “Si bien eran productores agrícola-ganaderos, su actividad principal fue la de ser viveristas. En esa época era una actividad muy innovadora, producían por semillas, esquejes e injertos araucarias casuarinas, pinos, eucaliptos, robles, etc. Y algo que los distinguió: rosales y camelias, proveyendo al pueblo y a la zona”, manifiesta.
Siguiendo fiel la tradición toldense, su abuela Nicolasa hacía quesos con la leche que ordeñaba. Al igual que los holandeses que se afincaron aquí con la receta del queso gouda (aquí se produce el mejor del país), las mujeres eran las encargadas de hacerlo. Aquellos alimentos sanos, naturales y potentes alimentaron a los pioneros. Ese espíritu se siente en la posada de descanso. Aquí es donde se nos invita a pasar algunos días, rodeados de cielo y aire fresco. La libertad del campo, la intimidad de una tierra que nos convoca a disfrutar de las simples tareas.
“La casa de campo es linda y sencilla”, afirma Mónica. “Está rodeada de árboles”, ayuda a completar la postal. Los sueños de sus abuelos de proyectar aquí un gran vivero, aún perduran. Aquellas plantas hoy continúan dando sombra, aroma y flores. Las aves eligen esta isla de hojas y pétalos para anidar y cantar.
La propuesta es disfrutar de todo esto. Sin horarios ni tiempos que apremien. “En La Cercana encontrarás espacios que invitan a descansar, bosquecitos naturales, senderitos de fácil caminar, en el que los diferentes momentos del día tienen distintos encantos, como el avistaje de fauna nativa. Se ven liebres, vacas, caballos, diversidad de aves y colmenas de abejas que enriquecen los sabores de su miel con las flores silvestres. Y pegadito al corral está La Cercanita Producción Caprina, el proyecto de uno de nuestros hijos, quien produce riquísimos quesos de cabra. Todos los espacios nos invitan a participar de diferentes aventuras diarias”, resume Mónica.
“También hay rincones de juegos como cancha de tejo, de futbol, tirolesa, hamacas y casita entre los árboles para los más pequeños”, suma placenteras actividades. La casona está totalmente equipada. Una vez que se llega aquí, el auto es un elemento que pierde interés y utilidad. Los días comienzan y terminan caminando. Las noches son preludios de sueños reparadores. La acompasada sinfonía de la brisa acariciando las hojas de los árboles simula un mar cercano y amigo.
“A esto se le puede sumar andar a caballo. Rosaura, nuestra querida yegua, nunca se niega a darte un paseo; y por supuesto las bicis, para ayudar el recorrido dentro y fuera del predio, ya que el pueblo queda a solo 1000 metros”, afirma Mónica y completa la teoría de cómo seremos felices en el campo de Los Toldos. “Toda esta zona es muy bella de visitar por su paisaje natural, zona medanosa de muchos caminitos vecinales que invitan a recorrerlos. Es fácil perderse, pero también es fácil hallar algún lugareño que nos oriente. Y no se puede dejar de visitar el lugar sagrado conocido como La Olla”, cuenta.
“Es un lugar de mucho misticismo. Las leyendas y los relatos vivencian energías y percepciones muy interesantes. La Olla es una hondonada natural que, según cuentan, los indios usaban para ocultarse del ejército en tiempo de luchas. Es un lugar con mucha energía y una de las particularidades es que a pesar de ser una profunda y bastante extensa depresión nunca junta agua. Es un lugar con mucha acústica”, describe Mónica.
El misterio del pueblo mapuche y sus rincones energéticos, claves en esta estadía que obliga a abrir todos nuestros sentidos y dejarlos que sean ellos y sus delicados sentimientos quienes nos dirijan los días. + info: Facebook: La Cercana de Paula / Teléfono: 2364565602 / E-mail: lacercanadepaula@hotmail.com
En el propio predio está el tambo La Cercanita. Se producen quesos de cabra siguiendo una receta holandesa. Bruno Morán, el quesero, es un apasionado. Este es un emprendimiento familiar de pequeña escala en donde todo se hace manualmente. “Elaboramos quesos de cabra, cabras que criamos con mucho amor y respeto por la naturaleza. Eso nos reconforta y eso somos”, afirma Morán, cuarta generación de esta familia en tierra toldense. Producen queso semiduro, estacionamiento medio. “Lo hacemos natural y saborizado con pimienta en grano, orégano, ají molido”, detalla. “Tenemos 20 cabras en ordeñe, estamos sacando cuatro quesos por día”, explica para entender la perspectiva de producción de quesos absolutamente personalizados. Se pueden comprar en el propio tambo. + info: Instagram: La Cercanita Tambo de Cabras
La presencia del Cacique Ignacio Coliqueo, líder boroano muerto en 1871, aún se siente en Los Toldos, ciudad cabecera del Distrito de General Viamonte, Buenos Aires. Hace 157 años el entonces presidente Bartolomé Mitre, en recompensa por los servicios prestados al Ejército Nacional, le cedió una gran extensión de tierra que hoy continúa siendo ocupada por sus descendientes, configurando la comunidad mapuche más numerosa de la provincia. Para reafirmar esta identidad y celebrar la integración con el huinca (hombre blanco) se celebra en noviembre el Festival Mapuche, con el foco puesto en revalorizar la cultura, el lenguaje, la música, la cosmovisión, el telar, la gastronomía y el legado histórico de una comunidad que se aferra al pasado pero como único camino para construir el futuro. “El festival es la demostración de que estamos vivos”, resume Liliana Antimán, de la Comunidad Hermanos de Los Toldos. La Tribu tiene alrededor de 1000 hectáreas. Está a pocos minutos del centro de Los Toldos, lo que evidencia la total integridad. En la plaza del pueblo flamean tres banderas: la argentina, la bonaerense y la mapuche. Dentro de La Tribu existe un espacio de trabajo donde tienen lugar las clases de telar. Un grupo de 20 mujeres mapuches comenzaron a trabajar la lana con métodos ancestrales. “Fue un trabajo de recuperación de la historia familiar porque se estaba perdiendo la técnica”, argumenta Antimán. Este taller de hilado fue el puntapié para relanzar el festival y la marca “Kume Lalen”. La lana que usa es el resultado de la esquila de sus ovejas.
La gastronomía mapuche es muy sabrosa, en algunas oportunidades se hace Pankuxa (se pronuncia Pancucha), que es una sopa guisada, “mezcla de puchero y guiso”, aclara Antimán. Es una preparación comunitaria y, una vez hecha, se comparte. “Estamos integrados a la comunidad, recuperando nuestras ceremonias”, afirma Julián Lincoqueo nacido y criado en la Tribu. “Mi madre enterró la placenta cuando nací, esta es mi tierra”, reafirma desde la Plazoleta Coliqueo, lugar de encuentro social de los mapuches. Entre ellos hablan lengua mapuche, el mapudungún. Con su autorización se permiten visitas a sus lugares sagrados, como la laguna La Azotea, donde se han hallado restos óseos de antepasados, vestigios de un cementerio que la comunidad tuvo en sus comienzos, y la mencionada “Olla”, donde según dicen mora el Nehuen, fuerza de la naturaleza que el mapuche venera. La Tribu de Coliqueo se entiende a partir de una traición. Este cacique era de la etnia boroana y tenía sus tolderías en Masallé, cerca de la laguna Epecuén, la puerta de entrada a las Salinas Grandes. La sal en el siglo XIX era el bien más preciado porque permitía mantener fresca la carne. Cerró acuerdos estratégicos con Juan Manuel de Rosas, a quien le dejaba sacar sal a cambio de provisiones. Esto se mantuvo así hasta que en 1834 el cacique Calfucurá, de la etnia moluche, les tendió una emboscada a los boroanos y los asesinó en la llamada “Masacre de Masallé”. A partir de allí Coliqueo deambuló por diferentes lugares de la provincia, hasta que en 1861 el presidente Bartolomé Mitre les cedió las tierras en donde hoy se asienta su tribu.
Los Toldos es un pueblo hermoso, típico de tierra adentro. Tiene muchos atractivos. Algunos son imperdibles. Muy cerca de la entrada a La Tribu (por calle Coliqueo) está la centenaria panadería La Blanqueada de la familia Adamini (abierta desde 1904). “Acá se venden las mejores medialunas del mundo”, anuncia un cartel. Clásica y tradicional, conserva la magia de los tiempos pasados. Abre un par de horas antes de la salida del sol. La gente que trabaja en el campo debe tener galletas antes que luz. Su interior conserva el mobiliario original. Atendida por sus dueños. Son patrimonio toldense sus galletas, budines, cremonas, pan trenzado y el pan dulce para las fiestas. El Club Alsina tiene un comedor muy recomendable. El salón es inmenso, mucho espacio entre mesas. Ya no quedan lugares tan grandes. Típico club de pueblo. Amplio, muy cómodo. Espacios pensados para que muchas familias puedan ir con sus hijos sin necesidad de pensar en lugares especiales para ellos. Grandes y chicos comparten un espacio de inabarcables dimensiones. La carta es clásica y se pueden probar quesos de los tambos locales.
Los Toldos tiene que ver con un goce gastronómico. Hay que ir con la idea de que en el pueblo se come bien. No dejen de probar las empanadas de carne y de jamón y queso de la peña Hamacando Recuerdos. Fritas, suculentas, jugosas, muy poderosas y un plato principal en sí. Cuidado con el jugo de estas delicias. Tengan a mano varias servilletas. No se consiguen más ricas. Se pueden comprar en calle 6 de agosto entre Liniers y Falucho.
Frente a la plaza, en una esquina muy pintoresca y –como todo en Los Toldos– muy grande, está el lugar que todos los niños y no tanto desean: la Heladería Mario. Tiene producción propia de productos de primera calidad. Helados servidos con generosidad, gustos clásicos y propios, sabores definidos y bien logrados. Cremosos y muy ricos. Imperdible el sándwich helado, un pecado al que no se puede resistir.
En Los Toldos se celebra el Festival del Queso. Los holandeses, a comienzos del siglo pasado, eligieron esta tierra para vivir. Los pioneros aún viven. Trajeron un tesoro en sus baúles: la receta del queso gouda. La comarca tiene tambos que hacen los mejores quesos del país. Calidad y materia prima excelentes. No hay manera de ceder a la tentación y durante toda nuestra estadía los quesos acompañan. Muchos tambos se pueden visitar y los quesos se compran allí. Es un paseo revelador conocer el proceso de elaboración. Las marcas recomendadas: Quesería Fassler, La Abadía, Santa María, Los Holandeses y La Sagrada.
A menos de 20 minutos de la plaza de Los Toldos se levanta el Monasterio Benedictino Santa María, rodeado de un entorno natural de insospechada belleza. Fundado por los monjes de la Abadía de Einsiedeln (Suiza) en 1948, el monasterio fue elevado al rango de abadía en 1980. Los productos de la agricultura y la ganadería sustentan a los monjes. El monasterio es conocido por producir su propio queso “La Abadía” a partir de una receta transmitida por sus fundadores. Se hacen retiros espirituales. Sus misas son muy convocantes. Aquí vive el monje Mamerto Menapace, muy reconocido. Se lo compara con el Cura Brochero, por su manifiesta inclinación por los temas populares. Hombre de gran sabiduría y humildad. De todas partes llegan para poder hablar con él y conocerlo. Tiene además una prolífica carrera como escritor con más de 50 libros publicados y ha grabado más de 20 discos, incluyendo uno con Luis Landriscina y René Favaloro (estuvieron juntos en el Luna Park en 1997).
Haciendo base en Los Toldos se pueden conocer los bonitos pueblos del Distrito. Baigorrita es uno de ellos, allí además hay un interesante polo gastronómico que es visitado por sibaritas de toda la región. Dos comedores se destacan: San Severo y Te Comento. San Emilio es una pequeña comunidad, aquí existe aún una panadería con horno de leña atendida por Federico y Carolina. Frente a ella vive Amanda Atadía, siempre se la ve caminando por las calles del pueblo. Ella sabe todas las historias de San Emilio. También la pequeña y bella población esconde un secreto: Martín Bonamino tiene menos de 40 años y es uno de los pocos artesanos de cuchillería del país que los forja con acero de damasco. Es una técnica del medio oriente muy requerida en el mundo. Autodidacta, él mismo fabricó un horno que alcanza una temperatura de 1300 °C y allí se funden las capas de acero damasquino. Envía sus piezas a clientes de todo el mundo.
A media hora de Los Toldos se encuentra el paraje La Delfina. Menos de 50 habitantes lo sostienen del olvido. Allí está la pulpería Isla Soledad, un baluarte de tradición en medio de la polvareda. Raúl y María la atienden, un matrimonio muy querido. Aquí se puede comprar abasto y también recrear la campera ceremonia de tomar un aperitivo con una picada con productos locales. Si uno avisa con tiempo, se preparan comidas. Es un lugar importante. Aquí se hace y se siente la patria. Su interior conserva el encanto original. El mostrador, estanterías, típica pulpería bonaerense. Raúl fue marino, por eso, hay elementos navales que decoran el ambiente.
Evita nació en Los Toldos el 7 de mayo de 1919. Aquí se puede visitar el Complejo Casa Museo Eva Perón. En la casona ella pasó gran parte de su infancia. Es un lugar de peregrinaje para el mundo peronista. El museo tiene un guion impecable. En sus salas se pueden ver elementos de la intimidad de Eva, objetos originales y documentos personales. + info: Eva Perón 1025.
En el paraje San Francisco, a media hora de Los Toldos, existe uno de los museos más particulares de la provincia, Cosas del Siglo Pasado, museo de usos y costumbres, funciona en la que fue la vieja escuela del paraje. Hace tres décadas que Raúl Severini materializó su sueño: exhibir su colección de objetos que dan cuenta del paso del hombre en esta tierra. Son cientos de piezas. Sorprende la réplica de una pulpería con elementos originales. Hay que ir con tiempo. Raúl cuenta las historias de un modo especial, la visita al museo se completa con sus palabras, él es vecino del paraje, uno de los pocos habitantes que quedaron. Para nostálgicos. Muy recomendable ir con niños y jóvenes para que conozcan el mundo antes de la era digital. + info: Facebook: museousosycostumbres
Por ruta 65 entre Baigorrita y Zavalía se encuentra El Huerto Interior, un campo donde se practica la agricultura regenerativa con métodos ancestrales. Allí se producen y comercializan alimentos sin el uso de agroquímicos. Cereales, harinas integrales con molienda artesanal, panes, diferentes mixes que son tratados con absoluta sustentabilidad. Una isla de alimentos naturales en el mapa bonaerense. + info: Instagram: elhuertointerior / Facebook: elhuertointerior
El misterio de la capilla abandonada de Montelén
Máximo Fernández. Partido de Bragado

Máximo Fernández es un pequeño pueblo tierra adentro en la pampa bonaerense, donde apenas viven menos de diez habitantes, alrededor de un bosque en donde los lugareños eligen no estar cuando cae la tarde y dicen perder muy fácilmente la orientación y ver siluetas extrañas en las inmediaciones de una capilla neogótica abandonada. El espectro de una niña que halló la muerte entre 1904 y 1910 por el zarpazo de una leona amenaza la natural tranquilidad de este olvidado rincón donde en los primeros años del siglo XX se asentó la esplendorosa Estancia La Matilde (luego se conocería como Montelén), uno de los establecimientos agrícola-ganaderos más importantes del país.
Se formó un pueblo alrededor de ella. “Tuvo todo tipo de excentricidades, incluso existió un zoológico privado con jaula para leones, que dieron origen a la tragedia”, sostiene Juan Luján Caputo, vecino e historiador local.
“Todos quieren ver el fantasma de la niña”, afirma Caputo. La historia de esta aparición está documentada. En el periodo de tiempo que se menciona, hubo una muerte trágica en la estancia. Juan Francisco Salaberry y su esposa Matilde Bercetche, entonces propietarios, crearon un pequeño feudo del que llegaron a depender directa o indirectamente más de 1000 personas y hasta formaron un pueblo que se bautizó con el apellido del primero, Salaberry, que es conocido como Máximo Fernández, el nombre de la estación de tren.
“La Matilde llegó a tener una pajarera de cien metros de largo por diez de alto con las aves más exóticas y un zoológico privado con bestias traídas de lejanos países”, atestigua Caputo. El paisajista francés Carlos Thays diseñó el parque que incluyó un lago artificial y una pérgola. Varias jaulas exhibían animales y se sabe que había dos leones. “Lo más raro fue que los Salaberry tenían una osa africana y una polar”, cuenta el historiador. Para la segunda, y con el fin de mantener el improvisado hábitat, tuvieron que montar una fábrica de hielo, que lo producía las 24 horas del día. “El problema surgió en la jaula de los leones”, afirma.
No se sabe con certeza la edad, sí que se trató de una niña. Algunos dicen que fue la hija o la nieta (y que acaso se llamaba Amalia) del cuidador de la jaula y responsable de darles de comer a los leones. Un día se acercó demasiado y de un zarpazo, el felino al parecer la decapitó. Esto no está documentado. “Pensamos que fue un brazo, que la desmembró al imitar a su padre cuando alimentaba”, sugieren desde la administración actual de la estancia. “Fue una tragedia y se vivió como tal”, confirma Caputo.
Los restos –según creencias de la zona– habrían sido enterrados en el propio predio donde en 1914 la familia Salaberry decidió construir una imponente iglesia neogótica con materiales traídos de Europa. Las apariciones comenzaron y la leyenda nació.
“Un peón de la estancia que llegó de Italia en 1926, llamado Ernesto Gasparini, me contó que los padres y abuelos de la niña comenzaron a ver el fantasma después de su muerte”, asegura Caputo quien recorrió el lugar donde ocurrió el hecho (hoy en ruinas) junto a este hombre cuando tenía cerca de 90 años. “En esa jaula murió la niña”, le señaló. “Todo el vecindario de la estancia y del pueblo la hacen una historia verídica”, sentencia. Los lugares elegidos por la presencia sobrenatural son la capilla y el bosque. “Es parte de la historia del lugar. El fantasma puede existir, la leyenda está basada en una historia real”, aseguran desde Montelén.
La leyenda de la estancia tiene hechos históricos que la vuelven muy atractiva. Las tierras en principio pertenecieron a Facundo Quiroga. En 1872 las compra Máximo Fernández, quien las bautiza La Matilde, en honor a su esposa que luego de viajar a Europa no quiso regresar jamás allí. En 1904 se hacen cargo los Salaberry, llegaron a tener una fábrica de tomates al natural que se comercializaron como Tomatoy, y hasta un molino con patente Eiffel. Matilde también se llamó la esposa del jefe de familia (quien murió en 1908). Esplendor y ocaso, sus hijos mal administraron los bienes y desde 1934 hasta 1942 la Compañía Argentina de Bienes Raíces la dirigió. En este último año, la compró un personaje que pasaría a la historia mundial: Francisco Suárez Zabala, el creador de Geniol y Uvasal. En 1974 un tornado destrozó la capilla, dejándola en ruinas.
En 2011 María Alejandra Fuentes, una fotógrafa aficionada, fue hasta las ruinas de la capilla y sacó fotos con una cámara digital. Cuando regresó a Mechita, el pueblo donde vive (también en Bragado) y las bajó a su computadora, vio que en una de ellas aparecía el rostro de una niña en una de las ventanas del templo. “Observamos que mi perra estaba atemorizada, que no se movía y se incrustaba entre mis pies. No le dimos importancia en el momento ni tampoco observamos nada raro”, expresó en aquel entonces por Canal 5 de Bragado, relatando la experiencia. El hecho resucitó una historia de un siglo atrás que inquieta a los pobladores de Salaberry.
“Cuando vivíamos allí, antes de que se hiciera de noche, ya no íbamos para el monte ni para la capilla”, asegura Benítez, hoy viviendo en el vecino pueblo de San Emilio. ¿Las causas? “Rápidamente se vuelve oscuro, aún de día, y te perdés”, afirma. La misma sensación la tiene Juan Luján Caputo, quien vive en La Limpia, a 20 km de la estancia. “Después de las cinco de la tarde no se te ocurra caminar por la capilla. Das un paso en falso y no sabes dónde estás”, asegura.
La muerte de la niña determinó el fin del zoológico de los Salaberry, la tragedia dispuso un antes y un después: la provincia prohibió los espacios privados para cautiverio de especies exóticas y los animales de la estancia fueron trasladados a varios zoológicos, entre ellos, al de la ciudad de Buenos Aires. “Quedó un león viejo que nadie quiso y los Salaberry hallaron la forma de ajusticiarlo: hicieron un duelo entre esta bestia y un burro”, cuentan desde la estancia. El acontecimiento concentró a más de mil personas, hubo invitados de los dueños de casa y se acercó gente de toda la región. ¿Quién ganó? “Cuando hacemos la visita guiada todos se sorprenden: ganó el burro”, aseguran fuentes de Montelén. “Hoy nos puede parecer atroz pero en los años 20 no había muchos entretenimientos en el campo”, afirman. + info: la visita guiada por las ruinas de la capilla se hacen a través de reservas. El lugar es propiedad privada y se evita que ingresen los buscadores de presencias del más allá. Instagram: montelenarg
La lechuza,
un boliche de campo de culto
Zona rural de Navarro
“En estos boliches era muy común y tradicional que en los juegos de naipes y bochas se realizaran apuestas por dinero. Pero a mi viejo, Héctor, eso no le gustaba porque entendía que traía problemas. Por lo tanto, nunca lo permitió. Sí que se apostara por la copa o la comida que preparaba mi mamá. Así nace la historia de las comidas en La Lechuza y de ahí las empanadas, los ravioles, los flanes, el pollo al horno. Así empezaron las cenas y almuerzos en tablones e improvisadas mesas con cajones de cerveza y demás. Se cobraba ‘por cabeza’ y hoy también”, de esta manera cuenta Oscar Rivas el principio de unos de los comedores de campo más reconocidos.
La Lechuza está a 8 kilómetros de Navarro. Las casas y la ciudad quedan atrás. La tranquilidad se siente y el centenario boliche atrae con luz propia. No en vano es un lugar que marca un antes y un después en la experiencia de comer en un entorno rural. Impone respeto su historia y la legión de fieles seguidores que los fines de semana recorren, en algunos casos, cientos de kilómetros para saborear la especialidad de la casa: el pollo al horno de barro. Las cosas como son: hay que llegar con tiempo y saber reconocer que asistiremos a un guion gastronómico importante. Es necesario abrir los sentidos y asimilar las emociones. Los aromas y los platos de La Lechuza, la amable atención de los Rivas, toda la familia involucrada y con verdadero compromiso con el trabajo auspician el camino a la felicidad.
“Sencillez, naturalidad, cordialidad y esfuerzo en hacer las cosas lo mejor que sabemos. Los domingos nos encontramos las 3 generaciones de Rivas en La Lechuza: Chola, mi esposa Eli y yo. Eli, desde hace 30 años, es la encargada de la cocina junto con alguno de mis tres hijos: Ornella, Franco y Gonzalo. Este es un factor por el que viene tanta gente. Y otro puede ser el hecho de que estamos haciendo lo que nos gusta y quizás se note”, explica Oscar.
“El boliche data de hace más de 100 años. Era el comercio intermedio entre pulpería y almacén de ramos generales, es decir, tenía algo de los dos. Una edificación muy pequeña en una de las tradicionales esquinas de campo, donde el vecindario adquiría las provisiones necesarias para la casa y donde se distraía en los momentos libres de los trabajos del campo, con los divertimentos de la época: naipes, bochas, carreras cuadreras y hasta desafíos de carreras ‘de a pie’ y, por supuesto, las infaltables rondas de copas. Cada boliche le daba nombre a la zona y tenía la impronta de su propietario”, cuenta Oscar.
“En el año 1967 mis padres, Héctor y Chola, al quedarse sin trabajo en la zona (venían de la industria láctea), recalan en La Lechuza para intentar suerte con el boliche”, afirma. Ese año nace la leyenda. El sinónimo de Navarro pasó a ser este viejo boliche de campo. Es una verdadera rosa de los vientos que irradia tradición y sabores criollos. Una de las claves: mantener las recetas y los puntos de cocción. Solo se usan productos de calidad. No hay errores cuando toda la familia interviene en el trabajo.
“No se trató de una gran visión comercial ni de marketing. Fue hacer lo que los clientes pedían. El boca a boca, nuestra propaganda. Hay que pensar que hablamos de hace 50 años. No había redes ni internet, solo el comentario de que se come bien, te atienden con sencillez, en un ambiente naturalmente cordial y agradable. En cuanto a por qué se ha hecho tan conocido, para nosotros también es un poco misterioso. Solo hemos continuado con lo hecho por mis padres y los mismos criterios”, reflexiona.
Por qué un lugar es elegido durante décadas para comer. Qué delicado y sensible misterio opera para que el hechizo permanezca. Oscar, quien está detrás del mostrador, delinea algunas explicaciones. “El entorno es de absoluta ruralidad, un lugar donde lo único que se ve es campo. De hecho, estamos a 4 kilómetros de camino de tierra desde la ruta 41, por lo que lo denominaría un restaurante de campo realmente en el campo. Y más que un restaurante es una casa de familia y de amigos donde se puede pasar un día al aire libre, disfrutando comida casera, con un menú de hace 50 años”, sostiene.
“Estar al frente de La Lechuza tiene el significado de trabajar en lo que nos gusta, hacerlo en familia, atendiendo gente que viene a pasar un momento de paz, tranquilidad y divertirse. Es seguir una tradición de 53 años de trabajo, de mis viejos primero y nuestra después. Tenemos muchísimas dificultades, a veces, por muchas complicaciones climáticas, problemas para transitar el camino por lluvias y demás. Pero nada mella la alegría de recibir amigos cosechados en tantos años de servicio y buena onda”, resume Oscar.
En tiempos de redes sociales, aquí continúan funcionando las claves de antes: el apretón de manos, el saludo, la magia de las ollas, la mirada y el placer de comer en un lugar donde se rinde culto a la libertad de los placeres argentinos. “Nosotros ofrecemos un día de campo con posibilidad de permanencia de 7 u 8 horas”, el programa es serio. El regreso a los días felices comienza en La Lechuza. + info: Facebook: La Lechuza de Navarro / Teléfonos: 0222715462697 – 0222715411397 / E-mail: lalechuzadenavarro@hotmail.com
El menú es el típico de los comedores de campo. Se mantiene inalterable, con las mismas recetas de hace medio siglo. El guion de la reconquista de la felicidad se plantea en estos actos:
11:00 h. Recepción (aperitivos, gaseosas, vinos y vermut libres, quesos saborizados, dips, escabeches, paté casero, galletas de campo, etc.).
13:00 h. Almuerzo (empanadas, pollo al horno de barro, ravioles caseros, flan casero con dulce de leche) tenedor y canilla libre.
15:00 h. Merienda (café, mate cocido, pasteles o buñuelos).
Show en vivo con la posibilidad de escuchar, participar, bailar. “Hay canchita de futbol, bochas, tejo, algunos juegos y mucho espacio”, asegura Rivas.
El almacén que fue escuela y cine en General Belgrano
General Belgrano
General Belgrano es un pueblo histórico, bello y tranquilo. De casas bajas, veredas acomodadas, ritmo descontracturado y dominado por un personaje ilustre de nuestra geografía: el río Salado. En tiempos de conquista por el territorio era la frontera natural entre tierras seguras y aquellas baldías. Hoy es una gran atracción turística y en su balneario y costanera se reúnen los vecinos para disfrutar de la frescura del agua. Dentro del pueblo y en uno de los barrios con más historias, una vieja esquina ofrece comida criolla y la posibilidad de hacer un viaje en el tiempo. Con los años ganó fama merecida y un lugar en el Partenón de los grandes comedores bonaerenses.
El Almacén, nunca mejor nombrado, es un restaurante que rinde tributo a los viejos boliches de ramos generales en donde los habitantes de los pueblos iban a buscar los elementos necesarios para vivir. Los hubo en General Belgrano, la elegante esquina es fiel reflejo de aquellos. Está ambientado como uno de ellos, impecable, esplendoroso. Ricardo Buiraz es su mentor y quien reunió esta colección de recuerdos de un tiempo que se resiste a irse.
“El restaurante está ubicado en uno de los barrios más viejos, Villa Iriarte. Desde el año 1907 funcionaba allí el café y bar El Buen Gusto, de don Luis Bernaschina. Además de su tradicional servicio, ofrecía la proyección de ‘vistas’; fue el primer cine del pueblo. Aclaraba que tenía ‘comodidad’ para caballos y hasta una calesita. En esta zona en las orillas del pueblo, que se había creado en 1891, también estaban instalados los prostíbulos o ‘casas de alegrías públicas’, como se los conocía”, describe Ricardo el entorno y el folclore del pueblo.
Además de cine y bar, en la esquina se forjó la educación del pueblo. “Paradójicamente, en los años 1928, 29 y 30 funcionó en esa esquina la escuela N.º 9. Más adelante abrió en ese lugar el Almacén de Ramos Generales La Porteña, de don Manuel González, que cerró definitivamente en el año 1958”, cuenta. A partir de este periodo, el lugar quedó cinco décadas cerrado. Parecía que la historia había acabado. Pero apareció Ricardo con su sueño de reabrir y devolverle a General Belgrano una de sus dilectas esquinas.
“En el año 2006, después de casi 50 años cerrado, abrimos el restaurante, homenajeando a los viejos almacenes, primeros comercios que hicieron grandes a estos pueblos. Boliches donde se vendía de todo, desde comestibles hasta herramientas. Cosechadoras y alpargatas, autos, botones, azúcar y fideos y, en muchos casos, también hacían de banco. Allí se compraba con libreta y se pagaba una vez al año, luego de las cosechas o la venta de animales. En la ciudad había varias parrillas en las rutas, por eso apostamos a un restaurante en el centro, que además de las comidas tradicionales ofreciera otros platos y la presencia de un chef”, describe el origen de este restaurante donde se respeta el recetario de la comida criolla.
La primera sorpresa es la decoración. Impactante. Cariñosa y apasionada. Se pierde la cuenta de la cantidad de elementos que evocan los tiempos pasados. Aquella felicidad de las marcas nobles regresa desde las paredes y provoca buenos recuerdos. Gran alegría de volver a ver botellas queridas, antiguos carteles publicitarios, sifones de soda, cajas de latas de galletitas y juguetes que nos acompañaron en nuestra infancia. Una larga lista de afectos que provocan nostalgia y seguridad. Las vitrinas y estanterías ayudan a sentarse para leer el menú con serenidad y ganas de comenzar la aventura de los sabores que nos harán crecer los mejores sentimientos.
“La propuesta gastronómica es la tradicional parrilla de carnes y achuras a las brasas, más una carta de platos elaborados con productos de la zona, como cazuela de cordero al disco, pescados, cerdo y muy buenas pastas. Además, hay tablas de fiambres y encurtidos caseros con galleta de campo y una buena variedad de postres, también elaborados en el lugar”, cuenta Ricardo.
Las críticas son muy buenas. Es indudable el amor que sienten al elaborar los platos y elegir los productos. Los puntos de cocción se respetan, aquello que fuimos a buscar se encuentra y esto alivia. No hay distracciones, solo buenos momentos. Se puede comer adentro o en el amplio patio. Ricardo es un enamorado de los autos y se pueden ver tres: dos Ford A 1929 y un Ford T 1925. General Belgrano es un destino seguro. No falla. Es de los lugares que se agendan. + info: Instagram: elalmacenresto / Facebook: elalmacenresto / Teléfono: 11-4194-4131
Museo Histórico Municipal Alfredo Enrique Múlgura. Es uno de los custodios del pasado belgranense. Esta vieja casona de gruesos muros revocados en barro es un fiel exponente de la arquitectura del siglo XIX. Fue inaugurado como Museo Municipal el 1 de agosto de 1997. Se restauró gran parte del frente, pisos y aberturas, para albergar en aquella vieja vivienda de la familia Bruzzo la colección de un vecino, belgranense por adopción, el Sr. Alfredo E. Múlgura. Él fue fundador de un museo de carácter privado, que se llamó La Casa de los Recuerdos, y que funcionaba en un local de la avenida San Martín. Con el correr del tiempo, junto a su esposa María Amelia Rodríguez, deciden donar a la Municipalidad de General Belgrano el acervo de aquel museo. La colección pasa a ser de carácter público y en la vieja panadería El Cañón se le da forma a una institución que ya lleva más de 20 años en el trabajo de rescate y revalorización de nuestras historias pueblerinas”, describe Clara María Rodríguez, directora del museo. + info: horarios de atención al público: viernes, sábados, domingos y feriados de 10 a 13 y de 17 a 20 h / E-mail: museohistoricomulgura@yahoo.com.ar / Teléfono: 02243455219
“Sobre la ruta provincial N.º 41 y a tan solo 13 kilómetros del casco urbano, se encuentra el paraje Colonia el Salado, un predio de 111 hectáreas que fue recuperado por el pueblo de General Belgrano luego de la gesta del 2 de septiembre de 1983, conocida como ‘El pueblazo’. Quien llega a este majestuoso lugar conocerá el viejo parque de la exestancia Santa Narcisa, que fue diseñado por Carlos Thays, denominado ‘Bosque Encantado’, compuesto de 24 hectáreas forestadas por pinos, cedros, magnolias, ginkgos bilobas y eucaliptos, entre otros, que le brindan a cada visitante un momento de encuentro con la naturaleza”.
Desde el año 2012 se emplaza un parque hidrotermal denominado Termas del Salado, que cuenta con aguas hidrotermales de alta mineralización salina, con alto porcentaje de sodio, calcio y sulfatos. Tiene una temperatura en boca de pozo de 41 ºC. Las termas están en un lugar de barrancas, donde además se pueden apreciar inolvidables atardeceres.
A un kilómetro de la ciudad se encuentra la zona costanera y balnearia sobre el río que ostenta ser el de mayor superficie sobre la provincia de Buenos Aires, el río Salado. Su margen brinda amplias posibilidades como la práctica de pesca deportiva, paseos en canoas o kayak. Debajo de una frondosa arboleda esperan bancos y mesas para aquellos turistas que deseen descanso y tranquilidad a orillas del río. Aquí se localizan dos balnearios: Viejo y Nuevo. El Viejo se extiende desde la pasarela hasta el arroyito. El Nuevo, de 5 hectáreas, tiene un natatorio olímpico y otro destinado a los niños, canchas de básquet, futbol, vóley, confiterías, consultorio médico y área de asadores. A mitad de ambos sectores está el Camping Municipal con forestación (sauce, palmera, eucalipto, álamo, pino), con áreas de estacionamiento, asadores, proveeduría, restaurante, dos baterías de vestuarios, administración, energía eléctrica, servicio de vigilancia, cuadrilla de limpieza. En tanto, el sector de pescadores, de características naturales y de singular belleza, es comunicado por el camino compactado que une la compuerta N.º 2 y el puente sobre la RP 29, llamado “Paso de la Baguala”. Cabe señalar las posibilidades de navegación del río, con pequeños botes y canoas.
“La principal casona de la vieja estancia Santa Narcisa, que data de fines de siglo XIX, fue restaurada y remodelada para ser convertida en el Museo de las Estancias, a partir de 1999. Esto permitió revalorizar la actividad productiva de los antiguos pobladores de la zona y exponer en sus salas las primeras herramientas que se utilizaron en la Granja Santa Narcisa para la elaboración de dulces, quesos y producción de frutas y verduras envasadas para su exportación”, describe Rodríguez. En General Belgrano el pasado se preserva con orgullo.
Puilquén, Reserva de lo Natural y ecoludoteca
General Belgrano
“La idea surgió por la necesidad en las personas de una reconexión con la naturaleza. La búsqueda de lo natural. Puilquén nació para sostener nuestro sueño y se transformó en un sueño en sí mismo. Es un canto al reciclado. En las instalaciones de un viejo ranario creamos espacios para que el turista pueda venir a reconectarse con la naturaleza y a conectarse con sí mismo. Con la tierra, con la lluvia, con el viento... todo fluye en armonía. Somos una parte de ese todo. Somos una Reserva de lo Natural, turismo rural sustentable”, define Roxana Paula de Menditte, una de las responsables de llevar adelante la primera ecoludoteca de la provincia de Buenos Aires y un hospedaje donde la propuesta es liberarse de las cargas de la ciudad y volver a caminar por el puente interior hacia la naturaleza y hacia nuestra esencia.
Reserva de lo Natural, nunca mejor elegido un nombre para sinterizar una propuesta que fusiona una posada, un bosque, la costa del río Salado, el pastizal nativo, una granja, una huerta orgánica y un espacio construido con métodos naturales por 250 voluntarios de todo el mundo, donde se invita a los niños a jugar y a reflexionar sobre energías renovables y el cuidado del medio ambiente. Todo esto, en pleno campo y a merced de las aves, de la contemplación del amanecer y de la caída del sol, con el ojo puesto en lo pequeño, en disfrutar de los silencios, de caminatas por senderos florecidos. Con alimentos sanos y rodeados de tierra, rocío, aromas campestres, Puilquén es un arca de Noé bonaerense con la mirada puesta en regresar a lo esencial.
La postal y esta soledad rural que se comparte se desarrollan dentro de la chacra de 12 hectáreas. Dos de ellas de bosque y a 500 metros está el río Salado, el Ecuador fluvial de la provincia. Se puede optar por tres tipos de alojamiento, cada uno con un estilo propio. “Todos de corte artesanal, reciclados, rústicos, pero con todos los servicios necesarios para descansar”, afirma Roxana.
“La Posada Pionera” es para dos personas, con aire acondicionado para el verano y una milagrosa salamandra para el invierno. “El Refugio para el Pescador”, para cuatro personas, pensado para aquellos amantes de la pesca. Y una de las propuestas más originales de la provincia: “Mundo Rodante”, la oportunidad de dormir en una casa rodante bajo la sombra de añosos árboles. En lugares así se producen recuerdos inolvidables.
El concepto de posada aquí se asocia a su versión original, cuando los viajeros en la época de los carruajes necesitaban refugio y contención para librarse de los achaques del viaje. “Como cuando los peregrinos llegaban de la ciudad para descansar, nuestros alojamientos están pensados como un lugar para recobrar fuerzas, alejados del centro de General Belgrano. Para salir de la cotidianeidad, salir de la rutina, seguir el viaje de la propia vida”, afirma Roxana.
Puilquén significa “lugar del alma” y sobra espacio para las almas que quieren encontrarse alrededor de un fogón a la noche. “Sentimos la necesidad de cuidar la naturaleza. Sostenerla. Contemplarla, ayudarla a la regeneración, plantar árboles. Es una experiencia turística integral. Volver a las fuentes, producir nuestros alimentos, disfrutar del amanecer, encontrarnos con otros alrededor de un fuego, sentarnos en círculos, hacer arte, mirarnos a los ojos, abrazarnos, volver a lo esencial”, describe Roxana.
Entre los árboles, y para aquellos que eligen la aventura, existe un amplio espacio de camping con todos los servicios. “El 90 % de la gente que vive en Argentina lo hace en las ciudades. Es algo que también es mundial. Hemos perdido el contacto con la naturaleza, ese contacto que tuvimos a lo largo de toda la historia como humanidad. En este lugar la intención es que te vuelvas a conectar con lo simple. Prender un fuego, disfrutar de la sombra de un árbol”, resume Pablo Bagatto, pareja de Roxana, el otro pilar del sueño.
No bien se entra, se reconoce la propuesta y se habla con Roxana y Pablo (ellos están atentos a todo y sus historias completan Puilquén), existe la seguridad de que hay algo más profundo que une los hilos del destino aquí. La propuesta nació como un sueño, el de poder unir un proyecto musical y cultural para los niños de las escuelas rurales y poder sostenerlo con un alojamiento sustentable. Las ideas fueron naciendo, el aporte de las visitas, las redes, la economía circular, las noches y el intercambio de saberes culminaron en fortalecer el proyecto que derivó en dos caminos que se complementan: la ONG Puilque Alma Solidaria y la Ecoludoteca.
Los niños son muy bienvenidos. La señal es esperanzadora. Ellos son los que más disfrutan de este rincón de libertad y juegos. “Desde la ONG realizamos, durante un tiempo, tarde de juegos para los niños y entendimos la necesidad de generar un espacio propio para esta actividad. Así nació la Ecoludoteca (la primera de la provincia de Buenos Aires). Una casa de juego construida con métodos de bioconstrucción, abastecida con energía renovable. Se hizo en forma comunitaria, vinieron 250 voluntarios de todas partes del mundo, se reciclaron alrededor de 10.000 botellas, latas, maderas. Acá unimos el juego con la ecología”, sostiene Roxana.
La Ecoludoteca es un paraíso para los más chicos. Allí tienen un universo de 200 juegos de mesa, 300 materiales lúdicos, 300 libros infantiles y 5 sectores de juego. Todo esto bajo un techo natural y fuera de él, la naturaleza que espera. “Los invitamos a nuestras posadas a pasar el día, hacerse una comida o comprar las que hacemos, sabiendo que con esto se ayuda a sostener la ONG”, concluye Roxana. + info: www.puilquen.com.ar / Facebook: Puilquén Posada de Campo / Instagram: puilquen / Para conocer actividades de la ONG y programas de voluntariado www.puilquealmasolidaria.com.ar
Puilquén propone actividades recreativas y educativas al aire libre. En las doce hectáreas se encuentran el bosque recreativo, paseo de plantas, huerta orgánica y granja educativa. Se dan talleres de calefacción alternativa, energía renovable y temas ecológicos. Es muy importante saber que nuestra permanencia allí financia todas estas propuestas. Es un turismo responsable. Una experiencia integral.
El lugar fue un antiguo criadero de ranas que quedó inundado en la década del 90.
Son muy recomendables las comidas que preparan Roxana y Pablo con alimentos producidos en el propio campo.
En el año 2019, la Ecoludoteca fue reconocida como uno de los 500 mejores proyectos sociales y ambientales de América Latina.
San Gervasio, la pulpería que ayudó a levantar una ciudad
Paraje Campodónico. Partido de Tapalqué
Se mantiene igual que su primer día, hace un siglo y medio. Categórica y emotiva, esencial y absolutamente argentina. El piso de tierra, las rejas originales, el techo a dos aguas con tejas asentadas en barro, las tejas traídas de Europa, el mostrador de estaño. Nobles elementos que la hacen un templo pesado, leal y confiable. Amable. Desde aquí se vendieron las herramientas y materiales para hacer las primeras casas de Tapalqué, a 24 kilómetros. Su importancia es central, el desarrollo de la región emanó de estas paredes. San Gervasio es una de las pulperías más importantes de nuestro mapa.
El origen se pierde en la noche de los tiempos. Se sabe que es posterior a 1830 y anterior a 1860. “Podemos creer que data de 1850, fijamos esa fecha”, afirma Pedro Toso, tercera generación de esta familia aquí. Su abuelo, de igual nombre que él, llegó de Génova en 1930 y, desde ese año, los Toso están al frente de esta historia que permanece de pie. No hay motivos para alarmarse, su nieto lleva con orgullo el título hereditario de pulpero. A partir de 1955 (cuando fallece don Pedro) y hasta el 2015, su padre Aníbal y su tío Edgar (murió aquel año), estuvieron detrás de las rejas de la pulpería. Los Toso fundaron una fama que se desparramó por las polvorientas huellas de tierra del campo. Pedro creció aquí y tomó el legado.
Estas eran tierras de la familia Campodónico. La pulpería se sabe que se fundó después de 1830 y se hizo una proveeduría para una gran estancia de la zona. Fue luego posta de carretas y, más tarde, almacén de ramos generales. Su diseño es fiel testigo de cómo eran las pulperías en los siglos pasados. Una casa larga, amplia, pero un salón de despacho muy pequeño, con un mostrador y rejas para prevenirse de los ataques y de la ira gaucha. “Hay algunas marcas de hachazos en las rejas”, afirma Pedro. Tierras baldías del mapa bonaerense, si la soledad actual es inmensa, la antigua debió hacer sido por lo menos brava.
La mayor parte del siglo XX la pulpería fue el centro de encuentro de una amplia pampa solitaria. “Recuerdo siempre mucha gente que circulaba. Se brindaba un servicio para todas las familias que vivían en el campo. Venían a hacer sus compras aquí porque en aquellos años no era común que se tuviera acceso a los comercios de la ciudad. Se iba muy poco y la pulpería era el centro de reunión. Acá venían los que vivían alejados de todo. En carro, sulkys y caballos llegaban para realizar compras para todo el mes. Era un lugar donde podías encontrar desde una aguja e hilo para coser hasta alimentos para animales”, rememora Pedro.
Los fines de semana se acercaba la peonada a distraerse. Era momento de empilcharse, sacar a relucir las facas y los brillos, el mejor apero, la bombacha y la bota. Truco y bochas eran los juegos elegidos. Lo infaltable: lo folclórico, el vermut, la cerveza fresca y alguna copa de vino. “Se quedaban hasta altas horas de la noche”, recuerda Pedro. Tiempos de gloria, épocas felices. Hasta el sol brillaba mejor.
De todo aquello, a partir de 2015, Pedro logró rescatar lo mejor. Queda el espíritu de estar en un lugar donde la gente acude a hablar, disfrutar una copa o comprar lo necesario para vivir. El alma de esa alegría y la despreocupación de vivir sin apuros se sienten en las paredes y se cuelan por las rejas. Es un lugar verdaderamente feliz. Sorprende, de entrada, el grado de meticulosidad con la que se presenta la naturaleza. El césped está siempre bien mantenido. El color de las paredes, que solo se puede lograr por el paso de los años, es otro fundamento que tenemos para explicar por qué la pulpería es especial. El piso de tierra quizás sea un recuerdo familiar para todos. 1840, 1900, 1980, 2030: el tiempo no pasará, la pulpería es imbatible.
El paraje Campodónico incluye un establecimiento educativo que está a cargo de los salesianos. Pulpería y escuela, unidas. Ambos educan y los dos son centros de desarrollo cultural y social. Viven 20 habitantes en este pedazo de tierra que atrae la tranquilidad. El horizonte pampeano se muestra puro. El siglo XXI no ha llegado, por suerte, a este solar.
“La alegría de estar, la tranquilidad de poder seguir manteniendo el lugar y la historia. Ha estado en mi familia desde hace tantos años. Tener el lugar abierto da tranquilidad”, sostiene Pedro y nacen los sentimientos que le produce trabajar detrás del mostrador que conoció tres siglos. En estos días, este lugar mítico atrae a motoqueros, ciclistas y aventureros de los caminos rurales. Para los pocos habitantes del paraje es el centro del mundo. Un mundo calmo, silente y criollo. Lo vital aquí es llegar sin la necesidad de volver a ese otro mundo ruidoso que dejamos atrás. En San Gervasio el ritmo es lento, nada nos apura. La máquina del tiempo aparece sola. + info: se puede acceder a la pulpería por la ruta provincial 50 (de tierra), ya sea desde Tapalqué por la ruta 51 o por Cacharí, por ruta 3. En ambos casos son 25 kilómetros de tierra. Los días lluviosos se aconseja consultar para conocer el estado del camino que se informa por las redes sociales de la pulpería. Facebook: pulpería san gervasio / Instagram: pulperiasangervasio
La pulpería vende aquellos artículos de almacén imprescindibles para la vida rural, pero es recomendable aceptar la tentación y pedir la picada completa que ofrecen. Es sencillamente sublime: diferentes clases de quesos, salames y chorizos secos, jamón crudo, bondiola y la clásica galleta de campo. Fiambres de la zona, productos de alta calidad. Alta en cielo, la tabla concentra la atención. Para completar, solo basta dirigir la mirada a la esquina del mostrador donde están las botellas de los clásicos aperitivos.
El naturalista estuvo en Tapalqué y, cuando llegó al arroyo homónimo, halló muchos fósiles de gliptodontes (mamíferos acorazados extintos). Estos hallazgos dieron fundamento para escribir su obra máxima sobre la evolución de las especies. También en su libro Viaje de un naturalista alrededor del mundo cita la avanzada de los malones sobre los fortines de la zona.
Tapalqué es una ciudad cabecera con espíritu de pueblo. Muy pintoresca. Vale la pena visitarla. Es uno de esos lugares en los que se puede pensar en un cambio de vida. El Balneario Municipal es precioso. Muchos árboles en ambas orillas del arroyo que dan abundante sombra y son ideales para proyectar comidas al aire libre y paseos. Muy familiar. Aquí también hay un camping. Tapalqué tiene oferta de hoteles y restaurantes.
Posada Udaquiola,
una casa y un pueblo reciben al viajero
Udaquiola. Partido de Ayacucho
Trinidad Mujica es una mujer incansable y creativa cocinera que le cambió la vida a un pequeño pueblo de menos de 100 habitantes. Ella y sus dos hijos abren las puertas de su preciosa casa, reciben visitas en espacios especialmente decorados de su patio y, mientras se disfrutan platos sabrosos, cada uno va contando su historia. La acción continúa en una caminata íntima por el pueblo y sus senderos, monte nativo, silencios y amabilidades, para culminar contemplando uno de los cielos más diáfanos y sin contaminación lumínica de la provincia. Ella cuenta su historia. Cuando vayamos hasta su encantador hogar, le contaremos la nuestra.
“Tengo 43 años, soy gastronómica, nacida y criada en Ayacucho. Egresé de la secundaria y partí a Capital Federal a estudiar Chef y Administración Gastronómica. Viví, estudié y trabajé allá unos 9 años y tuve la oportunidad de pasar como practicante por el Caesar Park y el hotel La Cascada de Bariloche. Mis dos últimos lugares de trabajo en Buenos Aires fueron el restaurante de comida italiana La Suburra y el hotel Meliá, maravillosos años...”.
“Entre idas y venidas, volví a mi pueblo, Ayacucho. Siempre gustosa de emprender empecé a hacer eventos y catering y, con los años, tuve mucho trabajo. Me casé y tuve mi primer hijo, Victorio, hoy de 15 años. Tuvimos un pequeño y hermoso restaurante en el pueblo durante 5 años. Mi esposo enfermó, me hice un bypass gástrico, me divorcié, vendí todo y casi no sé cómo me vine a vivir al campo, a Udaquiola, a 75 kilómetros de Ayacucho”, la voz de Trinidad contagia la emoción. El campo y la pequeña escala le dieron la bienvenida. Había que volver a empezar de cero.
“De chica, mis tíos abuelos más queridos tuvieron panadería en Udaquiola y pasé aquí las mejores vacaciones de invierno y verano. Volví a un lugar que quise mucho, pero casi sin nada. Apenas unas horas de Formación Profesional en la escuela secundaria donde les enseñaba a cocinar a mamás de la zona. Y ahí nació mi amor por la docencia gastronómica y, fundamentalmente, mi amor por la vida en el campo. De esto último es difícil volver”.
Udaquiola, a un costado de la solitaria ruta 29 que cruza de norte a sur el corazón de una provincia olvidada. Pero también donde se presentan los pequeños pueblos más tranquilos, la vida más natural y criolla que la abrazó. No existe otra manera de reinventarse que la de oír a la intuición, esa voz delicada y suave, pero decidida, que nace desde lo profundo del corazón. Siempre le va bien a las personas que la siguen. Los pueblos son los lugares ideales para abonar estas pequeñas y soberanas gestas.
“A los pocos meses de venir empecé a vender comida, a realizar pequeños eventos, siempre acompañada de Victorio, hijo de padres cocineros, que sabe de la hospitalidad como si fuera un adulto. En este proceso conocí a mi actual marido, peón rural y gomero de campo, y empecé a completar la familia. Nos casamos y estamos juntos desde hace 10 años. Hace 7 llegó Florencia, mi segunda hija. Los viajes siempre están presentes en nuestras vidas, la ruta 29 para adelante y para atrás”.
Su historia cambió. Aquella voz delicada y suave se manifestó. “Hace unos tres años conocí la historia de un señor en Salta, en las cuevas de Acsibi. Mi mamá las visitó y cuando volvió me contó fascinada cómo había pasado la noche con amigas en la casa de este señor, Fido, que las atendió con su familia con toda la sencillez y a la vez con un servicio hermoso, cercano, cálido. Me contó además que se sintieron muy cómodas e inmediatamente pensó en mí. Me aseguró que tenía ese don para recibir, desde la sencillez de mi casa pequeñísima”, nos cuenta.
“Empecé a investigar y, muy de a poco, armé una propuesta que se pudiera adaptar al espacio que nosotros teníamos, que era poco. Busqué los puntos fuertes y encontré más de lo que había imaginado: ofrecer nuestra casa como lugar de encuentro para pasar un momento especial en nuestro patio y, desde aquí, conocer historias y mostrar lo maravilloso que es nuestro pueblo”.
Así nació Fina Estampa, visitas rurales a Udaquiola. Una casa de campo se abre. Un patio florecido espera. La mesa con delicias. Caminatas por el pueblo. Pasar un día diferente. Un paréntesis entre la rutina. “Combiné mi amor por la cocina, mi experiencia, mi vajilla (¡que no es poco decir!) con mi jardín, con las plantas de mi hijo que cultiva y vende desde chico. Le agregué las caminatas por el paraje y por los caminos rurales, diurnas y nocturnas, para observar las estrellas o al atardecer, según la época y el gusto del interesado. También la huerta familiar, los dulces y conservas que preparo desde hace años, los panes caseros con mis charlas y las de mi hija que tiene un papel importante a la hora del servicio de mesa. Los visitantes, de boca en boca, fueron dando una vuelta y nació esto que a veces no sé cómo definir, pero es un poco compartir un pedacito de nuestra forma de vivir el campo”, afirma. Es un montón.
“Hay visitantes que deciden venir a festejar su cumpleaños, otros buscan la picada bajo los árboles en una parada en su viaje a la costa, ¡algunos nos piden que los acompañemos a sacar fotos en el monte nativo que tenemos a pocos metros y, por supuesto que sí! Tenemos un sendero muy estudiado, ideal para las mejores fotos”, describe, apasionada, Trinidad. “Cada visita se arma de acuerdo a los deseos y expectativas de los visitantes y siempre hay alguna sorpresa. Recibimos de 2 a 12 personas, siempre, o casi siempre con reserva previa y chequeo del clima, porque la propuesta es al aire libre, aunque hemos tenido algunas visitas que nos han sorprendido y estando en casa no hay ningún problema. Se prepara el lugar y se arranca, la pasamos siempre bien”, asegura.
“Nos gusta armar rinconcitos bien decorados y eso se logra con una producción familiar previa. Somos un gran equipo. Tenemos una galería con un toldo que hicimos nosotros, todo lleno de plantas y macetas de colores, mueblecitos pintados, mesitas recicladas y hasta una camita sillón que armamos en cada visita y que los viajeros agradecen para la siesta bajo los árboles. Tenemos mucha sombra. El exterior de nuestra casa tiene las pilas de leña que nos calientan en invierno, la pileta de lona familiar en verano, una casilla reciclada, y la huerta que cada año nos sale mejor y de donde sacamos cositas ricas para las picadas y ensaladas. Hay mucha variedad de tomates, de todos colores, todo es hecho por nosotros, todo es ensayo y error... como la vida”, confirma con decisión Trinidad. No existen estrellas en el mundo de la hotelería que puedan cubrir todos estos servicios que nacen de la intimidad del corazón familiar.
“Al recibir a las visitas pasa algo que siempre comentamos cuando termina la propuesta, cuando los viajeros se van y nosotros juntamos la mesa y volvemos la casa a su lugar. Sucede algo especial, se van muy alegres, movilizados, nos abrazan y nos dicen que volverán, que van a traer a tal o cual amigo o familiar, y nos despiden desde el auto. Les vemos sus manos. Nosotros nos quedamos igual que ellos, con la sensación de que tenemos otra historia para contar, de que aprendimos algo de un oficio o del lugar de residencia de los turistas, ellos conocen y nosotros también. Sinceramente, el hecho de hacer esto con mis hijos me ha traído grandes experiencias, ¡tanto por aprender, tanto por ir a conocer, tanto de todo!... esa es la sensación y nos dura varios días. Seguimos en contacto con todos y muchos han vuelto”, confiesa Trinidad. Ese pedazo de vida de campo, los rincones de su casa que decoran entre todos. Flores, colores, aromas. En los detalles se ve la firma del autor. En este caso, la familia crea pequeñas e inolvidables puestas en escena, personales, entrañables, amables. Finos sentimientos en una casa de pueblo.
“Una historia quiero destacar. Hace poco nos visitaron tres jubilados italianos, un matrimonio y un familiar. Vinieron a nuestro país a visitar a sus sobrinos y sobrinos nietos. Estuvieron en Cataratas y Calafate. Encantados con nuestro país. Llegaron a Fina Estampa por sus sobrinos, vecinos de Ayacucho. Pasaron seis horas de una tarde hermosa, caminamos, charlamos en un italiano bien criollo. Me pidieron que los lleve a la escuela, la visitaron, seguimos caminando muy tranquilos, charlando. Y, cuando se fueron, al abrazarme me dijeron que era el último día que veían a sus sobrinos, que ellos ya no tenían planeado volver a la Argentina y estaban muy emocionados por pasar esas últimas horas aquí, realmente fue muy fuerte. En nuestro patio se separaron. La sobrina, una profesora de arte y pintora de Ayacucho, les dio el último abrazo y su hermano los llevó a Buenos Aires. Ellos lloraban y nosotros también. Todavía nos cuesta contar la historia sin lagrimear”, dice emocionada. Esto es Fina Estampa. Corazones que se abren, vínculos que nacen mientras los gallos cantan y el viento pampero acaricia las plantas. + info: Ruta 29, km 172 / Instagram: Fina Estampa by Trini Mujica / Facebook: Fina Estampa by Trini Mujica / Teléfono: 2494 346852 / E-mail: trinimujica@hotmail.com
Udaquiola está en un lugar de la provincia de muy poca contaminación lumínica. No tiene poblaciones cerca. Por estudios, se ha llegado a la conclusión de que presenta uno de los cielos más limpios de la provincia. Se hace astroturismo.
A media hora de Udaquiola está Solanet, un pequeño pueblo donde sucedió una de las más grandes epopeyas del siglo XX. El legendario viaje de los caballos Gato y Mancha, desde Buenos Aires a Nueva York. Tierras de la familia Solanet, donde está la tradicional estancia El Cardal, una de las más bellas de la provincia. Aquí el suizo Aimé Félix Tschiffely tuvo la idea de cruzar todo el continente americano con caballos criollos. Estaba convencido de que nuestra raza equina era la mejor del mundo. Lo conoció a Emilio Solanet, propietario de El Cardal y criador de los mejores caballos. Se vieron en el pueblo, hablaron y pronto entablaron amistad. El suizo necesitaba dos caballos, le explicó su plan: salir de la Sociedad Rural, en la ciudad de Buenos Aires y cruzar el ancho y largo continente hasta Nueva York. Corría el año 1925. Solanet tenía lo que Aimé estaba buscando. Le obsequió dos caballos criollos que los había traído en 1911 de Chubut, los había obtenido luego de negociar con el cacique tehuelche Liempichún. “Gato” y “Mancha” se llamaban los caballos que pasaron a la historia. La epopeya se realizó con éxito, fue una de las aventuras humanas más sorprendentes de nuestra historia reciente. Partió el 24 de abril de 1925 y llegó al City Hall de Nueva York el 20 de septiembre de 1928, luego de recorrer 21.500 kilómetros. Gato y Mancha luego volvieron a la estancia El Cardal. El pueblo recuerda a los caballos, al suizo, y todos los habitantes saben de memoria la historia. Es un punto importante para detener la marcha. Hay almacenes y boliches para comer alguna picada y tomar algo fresco.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.