Kitabı oku: «Desconocida Buenos Aires. Historias de frontera»


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“Un viaje es por sí mismo una persona: no hay dos iguales”.
John Steinbeck, Viajando con mi perro.
Prólogo
Apenas terminé de leer esta nueva joya de Leandro Vesco, le escribí para preguntarle si conocía la cantidad de kilómetros recorridos en Buenos Aires desde que empezó con esta aventura necesaria de visitar los pueblos más remotos de la provincia. Tardó unos instantes y me dijo que había perdido la cuenta: los caminos andados ya entraron en la dimensión de lo inconmensurable.
Pero aunque haya perdido la cuenta de las distancias y horas recorridas, no ha perdido la huella. Todo lo contrario. Su gran mérito es que se animó a volver a los lugares de donde nunca nos deberíamos haber ido y se encontró con un tesoro viviente que entrega generosamente en forma de libro con relatos entrañables, historias llenas de poesía, comidas caseras, vivencias únicas y emociones varias. Este tesoro está compuesto por las vidas que habitan los lugares donde no quedó casi nadie. Pero están allí. ¡Son almas que viven, sienten, rugen, sueñan, resisten!
Este nuevo viaje por la desconocida Buenos Aires requiere entusiasmo, creatividad, espíritu aventurero, hacerse amigo del silencio y paciencia infinita para sortear autopistas, rutas, calles y caminos que no siempre están en las mejores condiciones. Y hace falta además un instinto curioso, capacidad de asombro, escucha comprometida, buen paladar y ganas de que te esperen y te reciban en cada pago con los brazos abiertos. Leandro Vesco tiene todos esos dones y habilidades que se suman a la capacidad de un relato claro, llano, cálido, que hace de cada visita o de cada encuentro una historia única.
Este libro también es una guía imprescindible para desviarse de la ruta y entrar en la dimensión de lo desconocido, como un GPS a los pequeños destinos con vecinos gigantes que nos están esperando en el horizonte. Se puede leer en orden pasando por “La ruta de la mujer rural”, “La ruta de los bodegones y las pulperías”, “La ruta de los caminos sanos” y “La ruta de los pueblos entrañables”, o bien al azar: el maravilloso encanto de abrir el libro en cualquier página y encontrarse con la prosa viviente de Leandro, que se atreve a pintar con palabras otras aldeas que estoy seguro termina haciendo propias simplemente porque se enamora, y el amor no se explica: el amor sucede.
Si me dan a elegir empiezo por la sección de las mujeres que son, en la crónica del autor, una gota de miel sobre el paraíso bonaerense. Es una invitación a probar los alfajores cuadrados de las tres hermanas de Fulton; ser testigo indiscreto del encuentro entre doña Irma y un mito viviente llamado León Gieco, su huésped de honor en el hotel de Las Marianas; acompañar en Colonia El Balde a la maestra Mónica, “única habitante de un paraje que no figura en los mapas y que solo existe por la presencia de la escuela”; o amanecer entre los 4000 árboles frutales de Stella Maris en Pardo que en sus mañanas de arcoíris prepara las más ricas mermeladas del pueblo. Todas ellas y otras más gozan del prestigio que merecen por valientes, ingeniosas y “laburantas”. Ya no son la mitad invisible de la historia, sino las protagonistas de este tiempo porque están haciendo la “revolución silenciosa” y se levantan cada día resucitando sueños.
Hay detalles que nos devuelven a la vida, como el instante en que doña Ñata corta la conversación y señala el colibrí que la visita cada mañana en Villa Lía, un pueblo donde renace el turismo rural, en cuyo mismísimo museo los visitantes pueden dormir y ser por una noche, parte de la historia; una posibilidad fantástica que dudo que ocurra en algún otro punto del planeta.
Leandro Vesco también sale al rescate de los parajes y pueblos que piden a gritos no desaparecer. En estas páginas conviven el escritor diáfano y el periodista curioso, pero sobresale el hombre sensible, buenazo y comprometido que se involucra donde más se lo necesita para amplificar las voces ocupadas en salvar su lugar en el mundo, que no quieren vivir ni morir en el olvido. No lo merecen. Así lo demuestran la caminata con el “Negro” Collins por las calles de Ernestina, el pueblo que tiene un teatro de 1938 que se fue vaciando de artistas y de magia, o el encuentro con Nelly, que un día vio que los religiosos le dejaron las llaves de la capilla y la “bautizaron” guardiana del templo. Son crónicas donde el silencio, así en el teatro como en la iglesia, retumba tanto como las voces de sus vecinos. ¡El espacio del prólogo siempre es acotado para todas las personas y lugares que quisiera destacar!
Imposible pasar por alto la deliciosa experiencia gastronómica. Se estima que en la provincia quedan unas 50 pulperías y almacenes de ramos generales. Leandro tiene el privilegio de haberlos visitado a todos. ¿Cómo privarse del aperitivo con maní en Lo de Tarugo, el guiso de mondongo en el Bodegón Rutero de Chicote, el pastel de carne de cerdo de Puesto El 17 o las recetas que proponen “un viaje sensorial por platos que en sus aromas cuentan historias” en el Bar de Tato?
De norte a sur y de una punta a la otra este libro nos lleva hacia la frontera misma de esta provincia gigante, sorprendente y hasta misteriosa. Nuestro autor es un intermediario de lujo que ha visitado más de 300 pueblos con la noble misión de avisarnos que existen, que están vivos, que despiertan o resucitan echando mano al mejor de los recursos: el trabajo. Vecinos porfiados, resistentes, bien plantados y con el propósito claro de no dejarse arrasar hacia un destino de abandono.
Pasen y lean. En cada capítulo descubramos cosas simples que fuimos perdiendo, pero aún estamos a tiempo de recuperar. Hacerlo es tarea de todos, un compromiso colectivo donde cada uno hace su parte. Leandro Vesco lo resume en siete palabras: ¡la vida necesita tan poco para germinar!
MARIO MASSACCESI


Doña Irma
y sus ravioles perfectos
En los hoteles de pueblo siempre hay aroma a café con leche, pero hay uno que solo es posible sentir dentro de estas paredes acostumbradas a recibir viajantes que hojean cuentas que nunca cierran en libretas de espiral o novios que visitan a sus prometidas con las horas contadas, antes de regresar al cruce a esperar el colectivo. Doña Irma Angrigiani hace sesenta años que atiende este hotel que lleva su nombre, y que está en Las Marianas, Navarro. También, hace la misma cantidad de años que todos los domingos amasa ravioles que prepara en una cocina a leña. Nadie conoce su receta. Ni siquiera su hijo. “Cocino con alegría”, afirma.
“Le quise cambiar de cocina muchas veces, pero no quiere saber nada, ella cocina con leña”, asegura Andrés Camacci. Reciben peregrinos de todas partes para probar los ravioles de Irma. “Lo que más le importa es dar de comer”, cuenta Andrés sobre el compromiso de su madre con su receta perfecta. León Gieco fue uno de sus ilustres comensales. Una vieja radio emite unas canciones acorazadas en la melancolía. El tiempo, tal como se conoce, no entra en la posada.
Irma tiene 84 años, pero solo en su documento, el hotel y ella son lo mismo. El tiempo no entra en estos lugares. Sus pasos van de la cocina –su lugar en el mundo– al mostrador, donde cae una luz cenicienta; un libro de pasajeros, y botellas de marcas olvidadas, sostienen el espíritu del hospedaje. A un costado de la ventana hay un aparato telefónico que semeja el dispositivo de un submarino; “Anda cuando quiere”, advierte. Hay docenas de cuadros en el salón de entrada de este hotel que abrió sus puertas en 1950. Aquí se come y se sirve el desayuno, también se usa para ver pasar la tarde, apurando alguna caña. “En el pueblo había más de mil y pico de habitantes, y pasaba el tren”, confirma. La estación está enfrente, una calle de tierra y una arboleda le dan un marco nostálgico a este viejo hospedaje que ha resistido el paso de los almanaques y acompañado el crecimiento de un pueblo típico de la campiña bonaerense, de calles arboladas y niños en bicicleta paseando por ellas.
La actividad en un hotel de pueblo es silenciosa, pero continua. Siempre hay alguien que necesita pasar una noche. “Tengo gente fija, por lo general viajantes que se quedan. O gente que no puede salir por la lluvia”, explica Irma mientras otea el humo que sale de una olla. La cocina está en el medio del edificio, entre el comedor y el salón del fondo, que es un espacio donde se distribuyen las cinco piezas que tiene el hotel; en un rincón hay un mueble de cocina con una colección de la revista Selecciones que termina en la década de los setenta. A un costado, con pulcritud, sobre una mesa, están ordenados tazas y vasos, que brillan. Una fuente, servilletas y el atrayente murmullo de un cuchillo picando –acaso perejil, morrón– en una tabla, que se oye como un mantra criollo. Un almanaque de mayo de 1984 todavía está vigente en la pared.
El hotel posee el ritmo del pueblo. Las Marianas tiene 600 habitantes, y el movimiento se acelera al mediodía y a la tardecita, cuando la gente sale a comprar provisiones; luego, las palomas bajan a las veredas a pellizcar algo que nunca se ve y el estridente ruido de los ciclomotores se oye cruzando por la plaza. “Somos muy unidos, nos conocemos todos”, afirma Irma, quien recuerda que al hotel lo compró su suegro, lo atendieron junto con su marido, pero, con la ausencia de él, solo están ella y su hijo. Toda su vida estuvo consagrada a la cocina. Los pasajeros reciben pensión completa, desayuno: café con leche, pan con manteca y dulce de leche. Mucho pan. Almuerzo y cena, lo que Irma decida. Ella es el menú. Su cocina está bien consagrada en recetas familiares. “Las milanesas de Irma son únicas”, agrega Andrés.
Los viajantes y devotos de los ravioles, son principales clientes del hotel, los primeros son una raza de hombres de la que se nutren los pueblos. Estos vendedores son el puente entre la comunidad y el mundo exterior, ellos traen los rumores que luego serán temas obligados en el almacén La Media Luna, a pocas cuadras de aquí, y en la panadería. El viajante es un comunicador social que transmite una certeza aunque no sea verdad. Muchas veces y durante décadas hacen las mismas rutas, entregando los mismos productos que cambian de etiqueta con los años. Irma tiene varios que se quedan para probar los ravioles. A pesar de que nadie conoce mucho de sus vidas, ellos conocen todas las de sus clientes. Su oficio los obliga a tener una libreta, una birome azul de trazo grueso y un sobre de cuero con alguna calcomanía publicitaria.
Cuando el sol baja, las luces del hotel se encienden; suaves, con poca intensidad, muestran lo necesario; a veces la soledad es ciega, no necesita iluminarse. En estos hospedajes el pasajero disfruta del techo y la cama, comodidades que en un pueblo saben a mucho. “Si el camino está bueno y no ha llovido, por ahí viene gente, comen algo y se van a caminar por la plaza. Pero a veces no anda nadie”. Irma tiene que dejarnos: el estofado es un lenguaje riguroso que solo ella entiende; la llama, el relleno de los ravioles es un misterio. Nadie sabe bien cómo lo hace. La olla tiene una prioridad aquí, la conversación puede esperar. Oímos que vendrán dos viajantes, afuera la noche es cerrada y estrellada.
Acaso ese almanaque que mostraba el mes de mayo de 1984 tenga razón. En estos viejos hoteles el tiempo es un pasajero perezoso, que gusta de servirse de la tranquilidad que florece en las esquinas del pueblo. Irma habla sola en la cocina, sus propios fantasmas le contestan. Una y otros, se ríen. Una buena señal.
Las Marianas tiene muchos atractivos, este almacén es uno de ellos. Esquina tradicional, típica bonaerense. Conocido también como “Lo de Masmud”, familia llegada del Líbano a principios del siglo XX que levantó este boliche. Fadila (conocida en el pueblo como Mimí) lo atiende. Es un gran personaje, que conoce todos los secretos de la bohemia rural. Punto de encuentro indudable de los vecinos que al mediodía y al caer la tarde lo frecuentan para tomar un aperitivo. Aquí está el alma del pueblo, diversión e historias aseguradas. + info: Las redes sociales no llegaron aún a la vida de Fadila. Todos en Las Marianas te pueden decir dónde queda.
León Gieco ha visitado el pueblo. Hizo un concierto solidario para construir una sala sanitaria. La foto de tapa y algunas imágenes de su álbum y canción Bandidos rurales usan a Las Marianas como escenario.
En la entrada al pueblo está el legendario Almacén El Recreo, acaso uno de los más conocidos de la provincia. Allí, hasta hace algunos años, se lo podía ver a “Coco Corbeta”, un hombre venerable que pasó toda su vida detrás del mostrador. Querido y recordado por todos. El almacén está cerrado, pero a veces abre. Conocerlo es un viaje al pasado. Hermoso y emocionante.
Stella Maris
y las mermeladas de Las Flores
Cuando la ciudad ya no les daba felicidad, Stella Maris y Guillermo decidieron hacer lo que muchísimos sueñan, pero hacerlo de verdad: comprar un pedazo de tierra e irse a vivir al campo. Tardaron siete años en construirse su casa algunos kilómetros antes de llegar a Pardo, en el partido de Las Flores, bajo el reparo de los árboles y el canto de los jilgueros. Un buen día tuvieron que tomar la decisión: decirle adiós al cemento y darle la bienvenida al rocío. Este matrimonio que ya cumplió treinta y cinco años de casados hizo un cambio de vida. Hoy, viven de la venta de productos envasados; ella hace mermeladas y conservas con los frutos del campo, y han dado algunos otros pasos para conseguir su soberanía rural: restauraron una casa en el vecino pueblo de Pardo, que ofrecen a turistas que buscan el silencio, y abren sus tranqueras para ofrecer un típico día campestre, donde la actividad más importante es sentir el sol y el aire balsámico.
Los comienzos no fueron fáciles. Abandonar la ciudad con su comodidad, con las soluciones en cada esquina, lleva tiempo y alma. Es un proceso anímico, el alma debe mudarse primero, pero también es la que más tarda en anclar en el puerto de destino, aunque uno esté allí un tiempo. La mudanza física se hizo y lo que parecía imposible y lejano se transformó en real y cercano: la vida rural los abrazó. Esta etapa de transición pasó rápido, el rocío, el canto de las aves y las actividades propias de las nuevas mañanas ayudaron. Stella Maris es una mujer que habla pausado, pero con determinación: “Yo quería hacer algo, y se me ocurrió hacer mermeladas, no tenía ningún conocimiento, pero aprendí”, dice. El campo donde viven ella y Guillermo en Las Flores tiene 150 hectáreas y es un verdadero paraíso, han plantado allí 4000 árboles, muchos de ellos frutales. Caminar por el parque es hacerlo en una frutería a cielo abierto: durazneros, cítricos, nogales, ciruelos y toda clase de árboles frutales. Detrás hay dos cerdos y un gato: “Son amigos, están siempre juntos”. Los animales de granja espían los movimientos. Dicen que las rutinas y la forma de ser de los hombres se reflejan en los animales que tienen a cargo; pues aquí la teoría se confirma: nadie está apurado, todos entienden que el espacio que les ha tocado compartir es grande y que la comunitaria es la única forma de vida que se acepta.
Con la primera etapa lista, la siguiente fue hallar una casilla para poner en la entrada del campo, a un costado de la ruta nacional 3, para poder vender la producción. Son todo un mundo aparte los puestos en la ruta. “Hay fidelidad en los clientes, algunos te dicen que pasan en quince días y hasta te dan el número de teléfono y cuando están a unos kilómetros llaman y yo los espero con mis productos”, explica Stella. Los primeros años se hicieron conocidos así. La ecuación es simple: la naturaleza les da frutos y tranquilidad, y ellos retribuyen, cuidan sus árboles como si fueran familiares, hasta las liebres –animal huidizo– se acercan a la pulcra casa de Stella Maris y Guillermo: “Saben que nosotros cuidamos y protegemos la tierra. Ellas se dan cuenta”, asegura el segundo, quien tuvo en la ciudad un accidente cardiovascular y al que el campo le mejoró la salud.
“Tiene que ver mucho la calidad de vida que uno lleva acá. No se puede comparar con nada, manejar tus tiempos, estar en convivencia con la naturaleza te hace bien”, razona Guillermo, y Stella Maris completa con una mirada femenina acerca de la vida en el campo: “Vivís más descontracturada. No te importa si tenés una cana más o una menos. Acá estás tranquila, cómoda, con ropa que te permite estar ágil. Si una remera tiene una mancha o se te enganchó en una rama es lo normal, lo que importa es que esté limpia. Todos los días te llama la atención una cosa nueva. El amanecer cambia, y siempre hay un ruido diferente, los pájaros que llegan, otros que se van. Desde 2009 un cardenal copete amarillo viene al mismo árbol y nos canta al lado de la ventana”, manifiesta. Los misteriosos códigos naturales se manifiestan de graciosas formas.
La producción de conservas y mermeladas, más la actividad en la casa que alquilan en Pardo y las visitas al campo, le permiten al matrimonio vivir en calma y soñar nuevos proyectos. La energía solar les da electricidad y la posibilidad de tener independencia energética. “Acá bajás la velocidad, incluso vas más lento en la ruta, y esto te cambia a vos internamente. Vivís a la velocidad que la naturaleza te pide, que es lenta. No tiene sentido correr, el día es largo. Pelamos ciruelas, hacemos dulce entre los dos. A la noche nos sentamos a mirar las estrellas”, resume Guillermo un día en el campo.
En un mundo en donde tanta gente no sabe qué hacer en departamentos pequeños y amurallados, Stella Maris y Guillermo hicieron un trato con las semillas y la tierra, con las aves y las ovejas, las liebres y los cascarudos: todos se respetan y todos se ayudan para vivir. Mal no les va.
“Desarrollar un modelo turístico comprometido con el entorno que despierte conciencia social, ecológica y cultural. Visionamos un mundo distinto donde individuos, familias y comunidades participen en la construcción de un futuro sostenible”, es la misión que predican. Hospedaje en casa de adobe o yurta. Espacio para acampar. Huerta orgánica, construcción natural. Astroturismo. Comida natural. Se invita a dejarse llevar por los ritmos de la naturaleza. Desconexión del mundo, muy saludable la propuesta. Hace bien ir a Yamay. + info: Está a cinco minutos del centro de Pardo (km 221 de la ruta nacional 3) / www.yamay.com.ar / @yamayecoturismo
Pardo tiene un secreto abierto a todos, la familia Bioy Casares tuvo su campo aquí. Adolfo (“Adolfito” en el pueblo) Bioy Casares pasaba los veranos en la estancia y durante muchas temporadas invitó a su mejor amigo: Jorge Luis Borges. Ambos escritores se paseaban por el pueblo, el primero levantando suspiros y el segundo absorto en su propio mundo. En la estación de tren existe un museo con pertenencias de Adolfo, y enfrente el almacén “Lo de Lámaro”. Allí iba Borges a hablar por teléfono con su madre. Todavía es posible verlo a César, el almacenero que lo atendía.
Judith Caldiroli,
la bailarina que fundó una biblioteca en una cancha de bochas
Hay historias que merecen un libro, una novela, una película. Esta es una de ellas. La historia de esta mujer es el reflejo del pueblo. Judith Caldiroli llegó hace algunos años a Fortín Tiburcio buscando paz y tranquilidad; fue bailarina del Colón hasta que un día oyó una voz atemperada que le comunicaba que su momento en la ciudad ya había terminado. La vida entró en movimiento y la brújula de Judith viró hacia este pueblo de 300 habitantes del partido de Junín; sus hijos Alejandro y Victoria la acompañaron. Al llegar halló primero desinterés e indiferencia, pero con paciencia fue reconstruyendo su vida y la de todo el pueblo. Fortín Tiburcio es un lugar ideal para recomenzar. “No sé por qué llegué hasta aquí, pero ahora es mi mundo”, comenta. Estos cambios de la vida siempre producen un gran resplandor que ilumina todo aquello que está alrededor, en este caso, el pueblo que le abrió los brazos. Judith, que bailó ballet desde los diez años, hasta sus treinta y dos, que fue bailarina del Colón, del Teatro Argentino de La Plata y del Teresa Carreño de Venezuela, llegó un buen día con su vida a cuestas y dos niños al pueblo, encontró una casa que no estaba en su mejor versión. “Tenía piso de tierra, no tenía luz ni baño. Había que hacerle de todo”, recuerda. Pero era un techo y bastaba para recomenzar. La cultura siempre fue su guía, fue paciente, contra muchas voluntades, se empecinó en su idea de que los libros tuvieran un espacio, estuvo a cargo de la biblioteca en la estación de trenes. En el medio sufrió la muerte de su hijo, le quitaron ese espacio, pero le ofrecieron uno mejor y con más alma: una vieja cancha de bochas, con medio techo al aire. Estas paredes bastaron para recomenzar su cruzada evangelizadora de cultura y vida, y formó allí la Biblioteca Islas Malvinas, que hoy es el centro cultural de un pueblo que en el lugar en donde se jugaba a las bochas ahora tiene enciclopedias, novelas y la sonrisa de una mujer que les ganó varias veces a todos los destinos. Por una traición dejó de bailar, pero también renació.
El pueblo nació en 1911. Fue, según se cuenta, un fortín importante de la campaña cuando el mapa provincial se hacía a fuerza de lanza y escaramuzas; posiblemente protegía al Fuerte Federación, actual ciudad de Junín. La estación se inauguró unos años antes, allá por 1902, con la expansión civilizadora del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. Tiburcio al parecer era un indio importante de la zona, su presencia trascendió y de allí el nombre del fortín y posterior pueblo. Hoy la localidad se desarrolla frente a la estación ferroviaria, que ya no funciona más. Los pocos habitantes que han quedado viven protegidos por ese ritmo dilatado y esperanzador de los pueblos que aún conservan ese rasgo fronterizo. En el horizonte se siente un aire persuasivo, un precepto que nos conduce a pensar que más allá de las vías está el fin de la pampa. La laguna Mar Chiquita está cerca, y muchos son los que entran para conocer ese espejo de agua.
Judith llegó hace más de veinte años. “Yo quería vivir en el campo y lo más cerca a esa idea fue instalarme en Tiburcio; ahora bien, qué hacer fue la primera pregunta que me hice, sabía que quería hacer algo relacionado con la cultura, porque el pueblo estaba sin ningún espacio cultural. Habían cerrado la biblioteca y entonces decidí trabajar para devolverle al pueblo los libros”, comenta. El objetivo fue recuperar la estación de trenes. En 2005 pudo concretar su sueño y donde antes la gente iba a esperar el tren, ahora llegaba para formarse. Había cursos y talleres, recibió ayuda municipal. Pero la idea de Judith iba más allá de ofrecer un espacio bibliográfico y de contención educativa. “Quería alfabetizar, así que quise estudiar para ser alfabetizadora”, resume. Pero el destino le cerró esa puerta, por un tiempo. Ella era recibida de bachiller con orientación artística, y para estudiar aquello necesitaba orientación social. “No tuve otra opción e hice de nuevo la secundaria”, afirma. Lo hizo y se recibió de alfabetizadora, formación que llevó a Fortín Tiburcio, logrando alfabetizar a muchos vecinos y a algunos gitanos de Junín. El espíritu transformador de Judith la llevó a formarse en la carrera de dirigente social. “La biblioteca comenzó a generar un movimiento social y cultural muy grande en el pueblo”, recuerda.
Pero, nuevamente, la vida le quiso cerrar un destino. Alejandro, su hijo mayor, cayó enfermo. El golpe fue muy fuerte. Madre, por sobre todas las cosas, lo acompañó hasta los últimos momentos en los que tuvo vida. Falleció en 2011. En su nueva vida en Fortín Tiburcio, tuvo otra hija, Inés, pero también el amor le jugó una mala pasada y quedó sola. “Yo siempre estuve sola con mis hijos, con la partida de Alejandro sentí que me faltaba una pata de una mesa que tenía tres”. La muerte de Alejandro le movió el eje, en un momento pensó que definitivamente. Esto la obligó a alejarse de su biblioteca, y en el ínterin, la sombra de la mezquindad humana le produjo la pérdida del espacio físico: cuando regresó de La Plata encontró un candado en la puerta de la biblioteca. Aquello estuvo a punto de doblegarla, pero sus hijas le marcaron el camino de regreso a los libros.
Sin lugar físico, los hilos de la vida le presentaron a Pino, quien le ofreció la posibilidad de escribir un capítulo más a su vida en Fortín Tiburcio. “Me ofreció una cancha de bochas a la que le faltaba medio techo; sentí que volvía a vivir”, sostiene. El trabajo era inmenso, cercano a una cruzada. Debía limpiar un espacio que había estado abandonado durante muchos años. Para Judith, fue la mejor manera de apropiarse de un territorio en el que habitarían libros y saber. “Recibí ayuda, lo hicimos entre varios”. El pueblo de esta forma volvió a tener biblioteca.
Otros hilos de la vida le iban a tener preparada una sorpresa; mejor dicho, el engranaje de sus días iría a tener mejor movimiento, un mayor sentido. En esos tiempos de incertidumbre y mucha tristeza, estaba sentada en la vereda de la biblioteca cuando bajaron de un auto dos hombres con sobretodo; uno de ellos llevaba un maletín. “Es el lugar ideal”, dijo, casi en una actitud de misterio. Le preguntaron si ella tenía algo que ver con la biblioteca. Les dijo que sí, y la respuesta aún hoy la recuerda como una caricia del Dios pampa. “Somos del Cóndor La Estrella, queremos poner una agencia de venta de pasajes en el pueblo, nos parece ideal este lugar, ¿acepta?”. Judith, que andaba buscando dónde aferrarse para hallar un nuevo sentido a su vida en Fortín Tiburcio, de pronto tenía su biblioteca en la cancha de bochas, pero también sería la que le daría al pueblo la posibilidad de tomar un micro. “Esa misma tarde, el 24 de mayo de 2014, firmamos el contrato en la misma biblioteca; firmé sin leer. No podía creer lo que me sucedía”. Un mes después, el 14 de junio, entraba el primer micro al pueblo, parando en la biblioteca, una estación cultural.
Dentro de esta cancha de bochas, en donde se practica el deporte de la lectura y la charla y se promueve el saber, conviven 1438 libros. Todo es calidez, sentido de lucha y amor por una idea. “Los que viven en un pueblo tienen un saber espiritual –reconoce esta mujer de mirada sensible e invencible–. Quedaron muchas casas abandonadas, pero ahora están volviendo algunos nietos de esos abuelos que hicieron el pueblo y hoy ya no están, poco a poco se está recuperando el pueblo, pero estos procesos son lentos”, afirma.
El proceso y el tiempo de recomenzar su vida fueron en un sentido los mismos que le tomó al pueblo volver a tener un espacio y una vida culturales. En ese espíritu recuperador editó un libro reconstruyendo la historia de Fortín Tiburcio. En esta apuesta, los objetivos parecen alejarse y el horizonte ensancharse.
Alberto Mataloni hace cincuenta y tres años que atiende el boliche del pueblo en una esquina fundacional. Su almacén, como no podía ser de otra manera, es el eje rector del pueblo. “Yo acá tengo que estar, en otro lugar no podría”. El viejo mostrador está gastado por los codos del tiempo, y la madera en las paredes deja ver cuadros de ídolos idos, almanaques viejos, la foto de un perro notable y una escena gauchesca alrededor de fotocopias de fotos de domas y caballos legendarios. Alberto fue delegado del pueblo durante catorce años. En pocas palabras nos pinta la realidad: “Antes, la gente trabajaba todos los días y el boliche estaba lleno. Ahora es solo importante para aquellos a los que les gusta tomar una copa”. Al lado está el ramos generales de Patricia, su hija, completo, organizado y repleto de artículos necesarios para vivir sin tener que salir para Junín.
Formalmente la tarde se cierra sobre el cielo y el atardecer nos envuelve con tonos anaranjados; posiblemente llueva, vaya uno a saber, es lo que cuentan los que saben. La cancha de bochas ungida como biblioteca y estación de ómnibus nos despide con unos mates. La mujer que se rehízo en Fortín Tiburcio es la luz que vemos para que el pueblo no se vaya por las márgenes del olvido. Hay vida y hay futuro en esta población que invita al renacimiento: que los colectivos paren en una biblioteca es la mejor señal.
La Angelita (General Arenales) es un pueblo cuya mayoría de habitantes (menos de 300) son musulmanes, descendientes de sirios. Se rigen por el islam, todos hablan y escriben en árabe. Los jóvenes chatean con amigos sirios y escuchan música árabe. Se saludan diciendo Marhaban (hola) y Salamu´alaikum (que la paz sea con vosotros). Tienen un mihrab que está orientado a La Kaaba (La Meca) donde realizan sus salawat (rezos) que se hacen en diferentes posturas. El mundo árabe es fascinante, de profunda conexión con los sentimientos más puros del ser humano. La gastronomía está muy presente y es pilar de esta cultura. Lo de Hasna es un restaurante que solo ofrece recetas árabes, hechas por Jadiye Ahmad Selman, una de las mejores cocineras del país. + info: La Angelita está sobre ruta 45.