Kitabı oku: «Desconocida Buenos Aires. Historias de frontera»


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“Un viaje es por sí mismo una persona: no hay dos iguales”.
John Steinbeck, Viajando con mi perro.
Prólogo
Apenas terminé de leer esta nueva joya de Leandro Vesco, le escribí para preguntarle si conocía la cantidad de kilómetros recorridos en Buenos Aires desde que empezó con esta aventura necesaria de visitar los pueblos más remotos de la provincia. Tardó unos instantes y me dijo que había perdido la cuenta: los caminos andados ya entraron en la dimensión de lo inconmensurable.
Pero aunque haya perdido la cuenta de las distancias y horas recorridas, no ha perdido la huella. Todo lo contrario. Su gran mérito es que se animó a volver a los lugares de donde nunca nos deberíamos haber ido y se encontró con un tesoro viviente que entrega generosamente en forma de libro con relatos entrañables, historias llenas de poesía, comidas caseras, vivencias únicas y emociones varias. Este tesoro está compuesto por las vidas que habitan los lugares donde no quedó casi nadie. Pero están allí. ¡Son almas que viven, sienten, rugen, sueñan, resisten!
Este nuevo viaje por la desconocida Buenos Aires requiere entusiasmo, creatividad, espíritu aventurero, hacerse amigo del silencio y paciencia infinita para sortear autopistas, rutas, calles y caminos que no siempre están en las mejores condiciones. Y hace falta además un instinto curioso, capacidad de asombro, escucha comprometida, buen paladar y ganas de que te esperen y te reciban en cada pago con los brazos abiertos. Leandro Vesco tiene todos esos dones y habilidades que se suman a la capacidad de un relato claro, llano, cálido, que hace de cada visita o de cada encuentro una historia única.
Este libro también es una guía imprescindible para desviarse de la ruta y entrar en la dimensión de lo desconocido, como un GPS a los pequeños destinos con vecinos gigantes que nos están esperando en el horizonte. Se puede leer en orden pasando por “La ruta de la mujer rural”, “La ruta de los bodegones y las pulperías”, “La ruta de los caminos sanos” y “La ruta de los pueblos entrañables”, o bien al azar: el maravilloso encanto de abrir el libro en cualquier página y encontrarse con la prosa viviente de Leandro, que se atreve a pintar con palabras otras aldeas que estoy seguro termina haciendo propias simplemente porque se enamora, y el amor no se explica: el amor sucede.
Si me dan a elegir empiezo por la sección de las mujeres que son, en la crónica del autor, una gota de miel sobre el paraíso bonaerense. Es una invitación a probar los alfajores cuadrados de las tres hermanas de Fulton; ser testigo indiscreto del encuentro entre doña Irma y un mito viviente llamado León Gieco, su huésped de honor en el hotel de Las Marianas; acompañar en Colonia El Balde a la maestra Mónica, “única habitante de un paraje que no figura en los mapas y que solo existe por la presencia de la escuela”; o amanecer entre los 4000 árboles frutales de Stella Maris en Pardo que en sus mañanas de arcoíris prepara las más ricas mermeladas del pueblo. Todas ellas y otras más gozan del prestigio que merecen por valientes, ingeniosas y “laburantas”. Ya no son la mitad invisible de la historia, sino las protagonistas de este tiempo porque están haciendo la “revolución silenciosa” y se levantan cada día resucitando sueños.
Hay detalles que nos devuelven a la vida, como el instante en que doña Ñata corta la conversación y señala el colibrí que la visita cada mañana en Villa Lía, un pueblo donde renace el turismo rural, en cuyo mismísimo museo los visitantes pueden dormir y ser por una noche, parte de la historia; una posibilidad fantástica que dudo que ocurra en algún otro punto del planeta.
Leandro Vesco también sale al rescate de los parajes y pueblos que piden a gritos no desaparecer. En estas páginas conviven el escritor diáfano y el periodista curioso, pero sobresale el hombre sensible, buenazo y comprometido que se involucra donde más se lo necesita para amplificar las voces ocupadas en salvar su lugar en el mundo, que no quieren vivir ni morir en el olvido. No lo merecen. Así lo demuestran la caminata con el “Negro” Collins por las calles de Ernestina, el pueblo que tiene un teatro de 1938 que se fue vaciando de artistas y de magia, o el encuentro con Nelly, que un día vio que los religiosos le dejaron las llaves de la capilla y la “bautizaron” guardiana del templo. Son crónicas donde el silencio, así en el teatro como en la iglesia, retumba tanto como las voces de sus vecinos. ¡El espacio del prólogo siempre es acotado para todas las personas y lugares que quisiera destacar!
Imposible pasar por alto la deliciosa experiencia gastronómica. Se estima que en la provincia quedan unas 50 pulperías y almacenes de ramos generales. Leandro tiene el privilegio de haberlos visitado a todos. ¿Cómo privarse del aperitivo con maní en Lo de Tarugo, el guiso de mondongo en el Bodegón Rutero de Chicote, el pastel de carne de cerdo de Puesto El 17 o las recetas que proponen “un viaje sensorial por platos que en sus aromas cuentan historias” en el Bar de Tato?
De norte a sur y de una punta a la otra este libro nos lleva hacia la frontera misma de esta provincia gigante, sorprendente y hasta misteriosa. Nuestro autor es un intermediario de lujo que ha visitado más de 300 pueblos con la noble misión de avisarnos que existen, que están vivos, que despiertan o resucitan echando mano al mejor de los recursos: el trabajo. Vecinos porfiados, resistentes, bien plantados y con el propósito claro de no dejarse arrasar hacia un destino de abandono.
Pasen y lean. En cada capítulo descubramos cosas simples que fuimos perdiendo, pero aún estamos a tiempo de recuperar. Hacerlo es tarea de todos, un compromiso colectivo donde cada uno hace su parte. Leandro Vesco lo resume en siete palabras: ¡la vida necesita tan poco para germinar!
MARIO MASSACCESI


Doña Irma
y sus ravioles perfectos
En los hoteles de pueblo siempre hay aroma a café con leche, pero hay uno que solo es posible sentir dentro de estas paredes acostumbradas a recibir viajantes que hojean cuentas que nunca cierran en libretas de espiral o novios que visitan a sus prometidas con las horas contadas, antes de regresar al cruce a esperar el colectivo. Doña Irma Angrigiani hace sesenta años que atiende este hotel que lleva su nombre, y que está en Las Marianas, Navarro. También, hace la misma cantidad de años que todos los domingos amasa ravioles que prepara en una cocina a leña. Nadie conoce su receta. Ni siquiera su hijo. “Cocino con alegría”, afirma.
“Le quise cambiar de cocina muchas veces, pero no quiere saber nada, ella cocina con leña”, asegura Andrés Camacci. Reciben peregrinos de todas partes para probar los ravioles de Irma. “Lo que más le importa es dar de comer”, cuenta Andrés sobre el compromiso de su madre con su receta perfecta. León Gieco fue uno de sus ilustres comensales. Una vieja radio emite unas canciones acorazadas en la melancolía. El tiempo, tal como se conoce, no entra en la posada.
Irma tiene 84 años, pero solo en su documento, el hotel y ella son lo mismo. El tiempo no entra en estos lugares. Sus pasos van de la cocina –su lugar en el mundo– al mostrador, donde cae una luz cenicienta; un libro de pasajeros, y botellas de marcas olvidadas, sostienen el espíritu del hospedaje. A un costado de la ventana hay un aparato telefónico que semeja el dispositivo de un submarino; “Anda cuando quiere”, advierte. Hay docenas de cuadros en el salón de entrada de este hotel que abrió sus puertas en 1950. Aquí se come y se sirve el desayuno, también se usa para ver pasar la tarde, apurando alguna caña. “En el pueblo había más de mil y pico de habitantes, y pasaba el tren”, confirma. La estación está enfrente, una calle de tierra y una arboleda le dan un marco nostálgico a este viejo hospedaje que ha resistido el paso de los almanaques y acompañado el crecimiento de un pueblo típico de la campiña bonaerense, de calles arboladas y niños en bicicleta paseando por ellas.
La actividad en un hotel de pueblo es silenciosa, pero continua. Siempre hay alguien que necesita pasar una noche. “Tengo gente fija, por lo general viajantes que se quedan. O gente que no puede salir por la lluvia”, explica Irma mientras otea el humo que sale de una olla. La cocina está en el medio del edificio, entre el comedor y el salón del fondo, que es un espacio donde se distribuyen las cinco piezas que tiene el hotel; en un rincón hay un mueble de cocina con una colección de la revista Selecciones que termina en la década de los setenta. A un costado, con pulcritud, sobre una mesa, están ordenados tazas y vasos, que brillan. Una fuente, servilletas y el atrayente murmullo de un cuchillo picando –acaso perejil, morrón– en una tabla, que se oye como un mantra criollo. Un almanaque de mayo de 1984 todavía está vigente en la pared.
El hotel posee el ritmo del pueblo. Las Marianas tiene 600 habitantes, y el movimiento se acelera al mediodía y a la tardecita, cuando la gente sale a comprar provisiones; luego, las palomas bajan a las veredas a pellizcar algo que nunca se ve y el estridente ruido de los ciclomotores se oye cruzando por la plaza. “Somos muy unidos, nos conocemos todos”, afirma Irma, quien recuerda que al hotel lo compró su suegro, lo atendieron junto con su marido, pero, con la ausencia de él, solo están ella y su hijo. Toda su vida estuvo consagrada a la cocina. Los pasajeros reciben pensión completa, desayuno: café con leche, pan con manteca y dulce de leche. Mucho pan. Almuerzo y cena, lo que Irma decida. Ella es el menú. Su cocina está bien consagrada en recetas familiares. “Las milanesas de Irma son únicas”, agrega Andrés.
Los viajantes y devotos de los ravioles, son principales clientes del hotel, los primeros son una raza de hombres de la que se nutren los pueblos. Estos vendedores son el puente entre la comunidad y el mundo exterior, ellos traen los rumores que luego serán temas obligados en el almacén La Media Luna, a pocas cuadras de aquí, y en la panadería. El viajante es un comunicador social que transmite una certeza aunque no sea verdad. Muchas veces y durante décadas hacen las mismas rutas, entregando los mismos productos que cambian de etiqueta con los años. Irma tiene varios que se quedan para probar los ravioles. A pesar de que nadie conoce mucho de sus vidas, ellos conocen todas las de sus clientes. Su oficio los obliga a tener una libreta, una birome azul de trazo grueso y un sobre de cuero con alguna calcomanía publicitaria.
Cuando el sol baja, las luces del hotel se encienden; suaves, con poca intensidad, muestran lo necesario; a veces la soledad es ciega, no necesita iluminarse. En estos hospedajes el pasajero disfruta del techo y la cama, comodidades que en un pueblo saben a mucho. “Si el camino está bueno y no ha llovido, por ahí viene gente, comen algo y se van a caminar por la plaza. Pero a veces no anda nadie”. Irma tiene que dejarnos: el estofado es un lenguaje riguroso que solo ella entiende; la llama, el relleno de los ravioles es un misterio. Nadie sabe bien cómo lo hace. La olla tiene una prioridad aquí, la conversación puede esperar. Oímos que vendrán dos viajantes, afuera la noche es cerrada y estrellada.
Acaso ese almanaque que mostraba el mes de mayo de 1984 tenga razón. En estos viejos hoteles el tiempo es un pasajero perezoso, que gusta de servirse de la tranquilidad que florece en las esquinas del pueblo. Irma habla sola en la cocina, sus propios fantasmas le contestan. Una y otros, se ríen. Una buena señal.
Las Marianas tiene muchos atractivos, este almacén es uno de ellos. Esquina tradicional, típica bonaerense. Conocido también como “Lo de Masmud”, familia llegada del Líbano a principios del siglo XX que levantó este boliche. Fadila (conocida en el pueblo como Mimí) lo atiende. Es un gran personaje, que conoce todos los secretos de la bohemia rural. Punto de encuentro indudable de los vecinos que al mediodía y al caer la tarde lo frecuentan para tomar un aperitivo. Aquí está el alma del pueblo, diversión e historias aseguradas. + info: Las redes sociales no llegaron aún a la vida de Fadila. Todos en Las Marianas te pueden decir dónde queda.
León Gieco ha visitado el pueblo. Hizo un concierto solidario para construir una sala sanitaria. La foto de tapa y algunas imágenes de su álbum y canción Bandidos rurales usan a Las Marianas como escenario.
En la entrada al pueblo está el legendario Almacén El Recreo, acaso uno de los más conocidos de la provincia. Allí, hasta hace algunos años, se lo podía ver a “Coco Corbeta”, un hombre venerable que pasó toda su vida detrás del mostrador. Querido y recordado por todos. El almacén está cerrado, pero a veces abre. Conocerlo es un viaje al pasado. Hermoso y emocionante.
Stella Maris
y las mermeladas de Las Flores
Cuando la ciudad ya no les daba felicidad, Stella Maris y Guillermo decidieron hacer lo que muchísimos sueñan, pero hacerlo de verdad: comprar un pedazo de tierra e irse a vivir al campo. Tardaron siete años en construirse su casa algunos kilómetros antes de llegar a Pardo, en el partido de Las Flores, bajo el reparo de los árboles y el canto de los jilgueros. Un buen día tuvieron que tomar la decisión: decirle adiós al cemento y darle la bienvenida al rocío. Este matrimonio que ya cumplió treinta y cinco años de casados hizo un cambio de vida. Hoy, viven de la venta de productos envasados; ella hace mermeladas y conservas con los frutos del campo, y han dado algunos otros pasos para conseguir su soberanía rural: restauraron una casa en el vecino pueblo de Pardo, que ofrecen a turistas que buscan el silencio, y abren sus tranqueras para ofrecer un típico día campestre, donde la actividad más importante es sentir el sol y el aire balsámico.
Los comienzos no fueron fáciles. Abandonar la ciudad con su comodidad, con las soluciones en cada esquina, lleva tiempo y alma. Es un proceso anímico, el alma debe mudarse primero, pero también es la que más tarda en anclar en el puerto de destino, aunque uno esté allí un tiempo. La mudanza física se hizo y lo que parecía imposible y lejano se transformó en real y cercano: la vida rural los abrazó. Esta etapa de transición pasó rápido, el rocío, el canto de las aves y las actividades propias de las nuevas mañanas ayudaron. Stella Maris es una mujer que habla pausado, pero con determinación: “Yo quería hacer algo, y se me ocurrió hacer mermeladas, no tenía ningún conocimiento, pero aprendí”, dice. El campo donde viven ella y Guillermo en Las Flores tiene 150 hectáreas y es un verdadero paraíso, han plantado allí 4000 árboles, muchos de ellos frutales. Caminar por el parque es hacerlo en una frutería a cielo abierto: durazneros, cítricos, nogales, ciruelos y toda clase de árboles frutales. Detrás hay dos cerdos y un gato: “Son amigos, están siempre juntos”. Los animales de granja espían los movimientos. Dicen que las rutinas y la forma de ser de los hombres se reflejan en los animales que tienen a cargo; pues aquí la teoría se confirma: nadie está apurado, todos entienden que el espacio que les ha tocado compartir es grande y que la comunitaria es la única forma de vida que se acepta.
Con la primera etapa lista, la siguiente fue hallar una casilla para poner en la entrada del campo, a un costado de la ruta nacional 3, para poder vender la producción. Son todo un mundo aparte los puestos en la ruta. “Hay fidelidad en los clientes, algunos te dicen que pasan en quince días y hasta te dan el número de teléfono y cuando están a unos kilómetros llaman y yo los espero con mis productos”, explica Stella. Los primeros años se hicieron conocidos así. La ecuación es simple: la naturaleza les da frutos y tranquilidad, y ellos retribuyen, cuidan sus árboles como si fueran familiares, hasta las liebres –animal huidizo– se acercan a la pulcra casa de Stella Maris y Guillermo: “Saben que nosotros cuidamos y protegemos la tierra. Ellas se dan cuenta”, asegura el segundo, quien tuvo en la ciudad un accidente cardiovascular y al que el campo le mejoró la salud.
“Tiene que ver mucho la calidad de vida que uno lleva acá. No se puede comparar con nada, manejar tus tiempos, estar en convivencia con la naturaleza te hace bien”, razona Guillermo, y Stella Maris completa con una mirada femenina acerca de la vida en el campo: “Vivís más descontracturada. No te importa si tenés una cana más o una menos. Acá estás tranquila, cómoda, con ropa que te permite estar ágil. Si una remera tiene una mancha o se te enganchó en una rama es lo normal, lo que importa es que esté limpia. Todos los días te llama la atención una cosa nueva. El amanecer cambia, y siempre hay un ruido diferente, los pájaros que llegan, otros que se van. Desde 2009 un cardenal copete amarillo viene al mismo árbol y nos canta al lado de la ventana”, manifiesta. Los misteriosos códigos naturales se manifiestan de graciosas formas.
La producción de conservas y mermeladas, más la actividad en la casa que alquilan en Pardo y las visitas al campo, le permiten al matrimonio vivir en calma y soñar nuevos proyectos. La energía solar les da electricidad y la posibilidad de tener independencia energética. “Acá bajás la velocidad, incluso vas más lento en la ruta, y esto te cambia a vos internamente. Vivís a la velocidad que la naturaleza te pide, que es lenta. No tiene sentido correr, el día es largo. Pelamos ciruelas, hacemos dulce entre los dos. A la noche nos sentamos a mirar las estrellas”, resume Guillermo un día en el campo.
En un mundo en donde tanta gente no sabe qué hacer en departamentos pequeños y amurallados, Stella Maris y Guillermo hicieron un trato con las semillas y la tierra, con las aves y las ovejas, las liebres y los cascarudos: todos se respetan y todos se ayudan para vivir. Mal no les va.
“Desarrollar un modelo turístico comprometido con el entorno que despierte conciencia social, ecológica y cultural. Visionamos un mundo distinto donde individuos, familias y comunidades participen en la construcción de un futuro sostenible”, es la misión que predican. Hospedaje en casa de adobe o yurta. Espacio para acampar. Huerta orgánica, construcción natural. Astroturismo. Comida natural. Se invita a dejarse llevar por los ritmos de la naturaleza. Desconexión del mundo, muy saludable la propuesta. Hace bien ir a Yamay. + info: Está a cinco minutos del centro de Pardo (km 221 de la ruta nacional 3) / www.yamay.com.ar / @yamayecoturismo
Pardo tiene un secreto abierto a todos, la familia Bioy Casares tuvo su campo aquí. Adolfo (“Adolfito” en el pueblo) Bioy Casares pasaba los veranos en la estancia y durante muchas temporadas invitó a su mejor amigo: Jorge Luis Borges. Ambos escritores se paseaban por el pueblo, el primero levantando suspiros y el segundo absorto en su propio mundo. En la estación de tren existe un museo con pertenencias de Adolfo, y enfrente el almacén “Lo de Lámaro”. Allí iba Borges a hablar por teléfono con su madre. Todavía es posible verlo a César, el almacenero que lo atendía.
Judith Caldiroli,
la bailarina que fundó una biblioteca en una cancha de bochas
Hay historias que merecen un libro, una novela, una película. Esta es una de ellas. La historia de esta mujer es el reflejo del pueblo. Judith Caldiroli llegó hace algunos años a Fortín Tiburcio buscando paz y tranquilidad; fue bailarina del Colón hasta que un día oyó una voz atemperada que le comunicaba que su momento en la ciudad ya había terminado. La vida entró en movimiento y la brújula de Judith viró hacia este pueblo de 300 habitantes del partido de Junín; sus hijos Alejandro y Victoria la acompañaron. Al llegar halló primero desinterés e indiferencia, pero con paciencia fue reconstruyendo su vida y la de todo el pueblo. Fortín Tiburcio es un lugar ideal para recomenzar. “No sé por qué llegué hasta aquí, pero ahora es mi mundo”, comenta. Estos cambios de la vida siempre producen un gran resplandor que ilumina todo aquello que está alrededor, en este caso, el pueblo que le abrió los brazos. Judith, que bailó ballet desde los diez años, hasta sus treinta y dos, que fue bailarina del Colón, del Teatro Argentino de La Plata y del Teresa Carreño de Venezuela, llegó un buen día con su vida a cuestas y dos niños al pueblo, encontró una casa que no estaba en su mejor versión. “Tenía piso de tierra, no tenía luz ni baño. Había que hacerle de todo”, recuerda. Pero era un techo y bastaba para recomenzar. La cultura siempre fue su guía, fue paciente, contra muchas voluntades, se empecinó en su idea de que los libros tuvieran un espacio, estuvo a cargo de la biblioteca en la estación de trenes. En el medio sufrió la muerte de su hijo, le quitaron ese espacio, pero le ofrecieron uno mejor y con más alma: una vieja cancha de bochas, con medio techo al aire. Estas paredes bastaron para recomenzar su cruzada evangelizadora de cultura y vida, y formó allí la Biblioteca Islas Malvinas, que hoy es el centro cultural de un pueblo que en el lugar en donde se jugaba a las bochas ahora tiene enciclopedias, novelas y la sonrisa de una mujer que les ganó varias veces a todos los destinos. Por una traición dejó de bailar, pero también renació.
El pueblo nació en 1911. Fue, según se cuenta, un fortín importante de la campaña cuando el mapa provincial se hacía a fuerza de lanza y escaramuzas; posiblemente protegía al Fuerte Federación, actual ciudad de Junín. La estación se inauguró unos años antes, allá por 1902, con la expansión civilizadora del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico. Tiburcio al parecer era un indio importante de la zona, su presencia trascendió y de allí el nombre del fortín y posterior pueblo. Hoy la localidad se desarrolla frente a la estación ferroviaria, que ya no funciona más. Los pocos habitantes que han quedado viven protegidos por ese ritmo dilatado y esperanzador de los pueblos que aún conservan ese rasgo fronterizo. En el horizonte se siente un aire persuasivo, un precepto que nos conduce a pensar que más allá de las vías está el fin de la pampa. La laguna Mar Chiquita está cerca, y muchos son los que entran para conocer ese espejo de agua.
Judith llegó hace más de veinte años. “Yo quería vivir en el campo y lo más cerca a esa idea fue instalarme en Tiburcio; ahora bien, qué hacer fue la primera pregunta que me hice, sabía que quería hacer algo relacionado con la cultura, porque el pueblo estaba sin ningún espacio cultural. Habían cerrado la biblioteca y entonces decidí trabajar para devolverle al pueblo los libros”, comenta. El objetivo fue recuperar la estación de trenes. En 2005 pudo concretar su sueño y donde antes la gente iba a esperar el tren, ahora llegaba para formarse. Había cursos y talleres, recibió ayuda municipal. Pero la idea de Judith iba más allá de ofrecer un espacio bibliográfico y de contención educativa. “Quería alfabetizar, así que quise estudiar para ser alfabetizadora”, resume. Pero el destino le cerró esa puerta, por un tiempo. Ella era recibida de bachiller con orientación artística, y para estudiar aquello necesitaba orientación social. “No tuve otra opción e hice de nuevo la secundaria”, afirma. Lo hizo y se recibió de alfabetizadora, formación que llevó a Fortín Tiburcio, logrando alfabetizar a muchos vecinos y a algunos gitanos de Junín. El espíritu transformador de Judith la llevó a formarse en la carrera de dirigente social. “La biblioteca comenzó a generar un movimiento social y cultural muy grande en el pueblo”, recuerda.
Pero, nuevamente, la vida le quiso cerrar un destino. Alejandro, su hijo mayor, cayó enfermo. El golpe fue muy fuerte. Madre, por sobre todas las cosas, lo acompañó hasta los últimos momentos en los que tuvo vida. Falleció en 2011. En su nueva vida en Fortín Tiburcio, tuvo otra hija, Inés, pero también el amor le jugó una mala pasada y quedó sola. “Yo siempre estuve sola con mis hijos, con la partida de Alejandro sentí que me faltaba una pata de una mesa que tenía tres”. La muerte de Alejandro le movió el eje, en un momento pensó que definitivamente. Esto la obligó a alejarse de su biblioteca, y en el ínterin, la sombra de la mezquindad humana le produjo la pérdida del espacio físico: cuando regresó de La Plata encontró un candado en la puerta de la biblioteca. Aquello estuvo a punto de doblegarla, pero sus hijas le marcaron el camino de regreso a los libros.
Sin lugar físico, los hilos de la vida le presentaron a Pino, quien le ofreció la posibilidad de escribir un capítulo más a su vida en Fortín Tiburcio. “Me ofreció una cancha de bochas a la que le faltaba medio techo; sentí que volvía a vivir”, sostiene. El trabajo era inmenso, cercano a una cruzada. Debía limpiar un espacio que había estado abandonado durante muchos años. Para Judith, fue la mejor manera de apropiarse de un territorio en el que habitarían libros y saber. “Recibí ayuda, lo hicimos entre varios”. El pueblo de esta forma volvió a tener biblioteca.
Otros hilos de la vida le iban a tener preparada una sorpresa; mejor dicho, el engranaje de sus días iría a tener mejor movimiento, un mayor sentido. En esos tiempos de incertidumbre y mucha tristeza, estaba sentada en la vereda de la biblioteca cuando bajaron de un auto dos hombres con sobretodo; uno de ellos llevaba un maletín. “Es el lugar ideal”, dijo, casi en una actitud de misterio. Le preguntaron si ella tenía algo que ver con la biblioteca. Les dijo que sí, y la respuesta aún hoy la recuerda como una caricia del Dios pampa. “Somos del Cóndor La Estrella, queremos poner una agencia de venta de pasajes en el pueblo, nos parece ideal este lugar, ¿acepta?”. Judith, que andaba buscando dónde aferrarse para hallar un nuevo sentido a su vida en Fortín Tiburcio, de pronto tenía su biblioteca en la cancha de bochas, pero también sería la que le daría al pueblo la posibilidad de tomar un micro. “Esa misma tarde, el 24 de mayo de 2014, firmamos el contrato en la misma biblioteca; firmé sin leer. No podía creer lo que me sucedía”. Un mes después, el 14 de junio, entraba el primer micro al pueblo, parando en la biblioteca, una estación cultural.
Dentro de esta cancha de bochas, en donde se practica el deporte de la lectura y la charla y se promueve el saber, conviven 1438 libros. Todo es calidez, sentido de lucha y amor por una idea. “Los que viven en un pueblo tienen un saber espiritual –reconoce esta mujer de mirada sensible e invencible–. Quedaron muchas casas abandonadas, pero ahora están volviendo algunos nietos de esos abuelos que hicieron el pueblo y hoy ya no están, poco a poco se está recuperando el pueblo, pero estos procesos son lentos”, afirma.
El proceso y el tiempo de recomenzar su vida fueron en un sentido los mismos que le tomó al pueblo volver a tener un espacio y una vida culturales. En ese espíritu recuperador editó un libro reconstruyendo la historia de Fortín Tiburcio. En esta apuesta, los objetivos parecen alejarse y el horizonte ensancharse.
Alberto Mataloni hace cincuenta y tres años que atiende el boliche del pueblo en una esquina fundacional. Su almacén, como no podía ser de otra manera, es el eje rector del pueblo. “Yo acá tengo que estar, en otro lugar no podría”. El viejo mostrador está gastado por los codos del tiempo, y la madera en las paredes deja ver cuadros de ídolos idos, almanaques viejos, la foto de un perro notable y una escena gauchesca alrededor de fotocopias de fotos de domas y caballos legendarios. Alberto fue delegado del pueblo durante catorce años. En pocas palabras nos pinta la realidad: “Antes, la gente trabajaba todos los días y el boliche estaba lleno. Ahora es solo importante para aquellos a los que les gusta tomar una copa”. Al lado está el ramos generales de Patricia, su hija, completo, organizado y repleto de artículos necesarios para vivir sin tener que salir para Junín.
Formalmente la tarde se cierra sobre el cielo y el atardecer nos envuelve con tonos anaranjados; posiblemente llueva, vaya uno a saber, es lo que cuentan los que saben. La cancha de bochas ungida como biblioteca y estación de ómnibus nos despide con unos mates. La mujer que se rehízo en Fortín Tiburcio es la luz que vemos para que el pueblo no se vaya por las márgenes del olvido. Hay vida y hay futuro en esta población que invita al renacimiento: que los colectivos paren en una biblioteca es la mejor señal.
La Angelita (General Arenales) es un pueblo cuya mayoría de habitantes (menos de 300) son musulmanes, descendientes de sirios. Se rigen por el islam, todos hablan y escriben en árabe. Los jóvenes chatean con amigos sirios y escuchan música árabe. Se saludan diciendo Marhaban (hola) y Salamu´alaikum (que la paz sea con vosotros). Tienen un mihrab que está orientado a La Kaaba (La Meca) donde realizan sus salawat (rezos) que se hacen en diferentes posturas. El mundo árabe es fascinante, de profunda conexión con los sentimientos más puros del ser humano. La gastronomía está muy presente y es pilar de esta cultura. Lo de Hasna es un restaurante que solo ofrece recetas árabes, hechas por Jadiye Ahmad Selman, una de las mejores cocineras del país. + info: La Angelita está sobre ruta 45.
Las fabricantes de alfajores de Estaful que endulzan a un pueblo
Las mujeres están cambiando la realidad de los pequeños pueblos. Son ellas las que motorizan la recuperación. Fulton es una pequeña localidad de Tandil, de poco más de 80 habitantes, y un ejemplo de cómo la revolución silenciosa que se está gestando en pequeños puntos del mapa se produce en soledad y amparada por un inclaudicable amor por el lugar en el mundo donde ha tocado vivir. Es un progreso lento que se comunica con el lenguaje del arraigo. En el cándido pueblo de Fulton pasan cosas buenas. Tres amigas y vecinas decidieron superar el miedo y hacer realidad su sueño: recuperar la sala de encomiendas de la estación de trenes para montar allí su fábrica de alfajores. Lo lograron: hoy Estaful es un emprendimiento exitoso. Todo comienza dando el primer paso; superado ese movimiento, las decisiones se presentan más claras dentro del ritmo de vida en una pequeña localidad. Son pocas las trabas cuando el sol en su nacimiento y su caída diaria acompaña una idea.
El proceso de recuperación de un pueblo tiene un momento exacto en el que sucede algo (es el resplandor del nacimiento de una idea) que provoca una reacción positiva en la comunidad. Yanina Loustaunau, Peri Santamaría y Marta Ojeda supieron que era el momento. Las tres viven en Fulton, sus maridos pasan la mayor parte del día en el campo y sus niños van a la escuela del pueblo; allí estaba la estación de trenes sin uso y tenían tiempo. Un vecino habló con el intendente y este contacto les posibilitó la cesión de la antigua sala de encomiendas. No hubo vuelta atrás. Modificaron su agenda, privilegiando su desarrollo personal. “Dejamos a nuestros maridos en casa y nos vinimos a trabajar”, resume Yanina, acaso mejor que nadie, el proceso de cambio que la mujer rural ha tenido en los pueblos. De ser testigos o acompañantes en el trabajo y dedicar su tiempo casi exclusivamente a las labores hogareñas, a convertirse en emprendedoras y protagonistas. Estaful resulta un arquetipo de este cambio silencioso, pero acometido por sólidas estructuras de voluntad.
Fulton es un pueblo hermoso. No hay otra forma de definirlo. Pegado a la ruta provincial 74, está a 40 kilómetros de Tandil, y su buen acceso lo vuelve un destino posible para cualquier vehículo. La estación de trenes se halla a un costado del pueblo, que tiene casas muy bien mantenidas, pintadas y cada una con su jardín florecido. El almacén Adela es un punto de encuentro para aquellos que vienen en busca de la comida típica de pueblo, con sabores puros y aromas olvidados en las ciudades. Acá también se produce miel orgánica y se la defiende como si fuera un tesoro. Amasan su pasta y cosechan sus tomates para hacer salsa.
Estaful nació como nace un sueño: de forma natural. Las tres amigas entendieron que debían hacer algo, y esa fuerza las impulsó. “Nos anotamos en un curso de confitero y luego de alfajores regionales. Queríamos hacer el alfajor de Fulton. Nos pusimos a estudiar el tema y supimos que los primeros alfajores eran cuadrados, de tamaño grande, y luego se compartían”. La semilla creció y el primer brote fue cuando el municipio les cedió la vieja sala de encomiendas de la estación de trenes, un edificio señorial, grande y dominante, que nos recuerda la importancia que tuvo en su momento el pueblo, cuando el modelo de país era más justo y las venas ferroviarias palpitaban con vida. Trabajaron cinco meses en ponerla en valor, y una vez que lo lograron, comenzaron a hornear las tapas y a hacer los alfajores. Los hicieron cuadrados, respetando su origen.
El emprendimiento le dio a Fulton mayor presencia en la región y, fundamentalmente, movimiento al pueblo. “Vendemos mucho en el invierno. Ayuda a lo que es la economía de la casa. Trabajar acá es muy lindo. Nos organizamos, venimos a la hora que queremos, nadie nos manda”. Cuando la escuela, que está cruzando las vías, entrega los alumnos, las madres buscan a sus hijos y al otro día siguen con sus tareas. Esto se llama independencia económica y laboral. En los pueblos como Fulton es posible tenerla y por eso cada vez son más las familias que quieren dejar su vida en la ciudad para formar parte de una comunidad rural, donde la vida camina con el ritmo de los aleteos de las mariposas.
Estos alfajores, además de emancipadores, son deliciosos. Se hacen con amor, tienen un gusto diferente y en cada uno de ellos se nota la elaboración manual, la fina trascendencia de lo que está hecho con tiempo y ganas. Fabrican de varios gustos, pero sobresale el de chocolate relleno con dulce de leche y pasas embebidas en licor. No hace falta mucho para alcanzar la felicidad en el ámbito rural. Las tres amigas se reparten el trabajo, una hace los alfajores de limón, otra los que llevan nuez, y el viernes es el día de repartir los pedidos.
En la soledad de la recuperada habitación de las encomiendas, el tren ya no pasa para dejar paquetes, pero hay un horno que emana calor y aroma a esencia, el chocolate aporta su sugerente perfume. De esta pieza ahora salen paquetes con alfajores que se han convertido en la esperanza de un pueblo y en el trabajo de un grupo de amigas que en el valle tandilense decidió cambiar la historia.
Como todo en Tandil, los tiempos son los del disfrute. Fulton no escapa a esto. El almacén Adela es otro de los pilares del pueblo. Los vecinos van a caballo o en sulky a buscar provisiones, pero también ofrecen comidas. Recetas caseras, familiares. Tucos que no se olvidan, locros pulsudos y picadas contundentes. Todo lo hacen con productos locales o de su huerta. La experiencia alimenta además al corazón. + info: @almacenadela
Karina Graff, la directora de la escuela que mantiene vivo a un pueblo
¿Cómo poner en imágenes el silencio, la soledad y la belleza, y a la vez magnificar la alegría y el bienestar? La respuesta está en darse una vuelta por D’Orbigny, un pequeño, típico y colorido pueblo de la pampa gringa bonaerense, situado en el partido de Coronel Suárez, allí donde el sol baña con una luz dorada las cortaderas y los pastizales. En esta pequeñísima comunidad viven apenas 10 habitantes que negocian con este horizonte extraviado. Queda poco y nada de lo que alguna vez fue un pueblo con algo más de 100 habitantes, dos almacenes, el tren y todo el horizonte por delante. Los 8 kilómetros que lo separan de la ruta provincial 85 son de tierra, el último tramo complicado cuando llueve. “Son caminos difíciles, con barro, tierra, espinas, pero siempre hay un gaucho amigo que te ofrece un mate amargo en el trayecto”, comenta Karina Graff, directora del jardín de infantes de la escuela del pueblo, adonde asiste un puñado de niños. La verdad es esta: son los niños quienes sostienen una comunidad, haciendo la matrícula de una escuela que constituye el pilar de un pueblo olvidado como D’Orbigny. “Quiero tener esperanzas, que mi pueblo vuelva a vivir”, sostiene la mujer nacida en este solar.
Hasta hace algunos años había un pequeño boliche, pero, como todo, desapareció. El nombre del pueblo es un homenaje al naturalista francés Alcide Dessalines d’Orbigny, quien anduvo por nuestro país haciendo trabajos antropológicos y de geología. Incluso en su mejor época, no tuvo más de un centenar de habitantes, pero los viejos recuerdan y atestiguan el pasado del pueblo: carnicerías, ferretería, ramos generales y hasta un hotel con restaurante, todo eso tenía. Hoy solo queda el recuerdo. Viven pocos, y dos instituciones sostienen el esqueleto de la localidad, el Club Social y Deportivo D’Orbigny y la escuela Dr. Ángel Gallardo. Esta última genera el poco y vital movimiento que queda.
La escuela parece estar dentro de un cuadro; en el fondo, el horizonte se recorta onduloso con el cordón serrano de la Ventania; más acá, el edificio con tejas anaranjadas, rodeado de cortaderas y juegos infantiles. No es difícil creer que aquí los niños no solo aprenden, sino que tienen una infancia plena y completa. Sus risas se pierden en el viento. Subir a los árboles, jugar a la pelota, a la payana, o abrir el silencio con charlas sobre chanchos que quieren entrar a comer a la escuela. Ocurre una vida sencilla en D’Orbigny.
Karina y Mariana Rovai son las maestras que atienden el jardín y la primaria, respectivamente. “Acá trabajamos de un modo especial, en forma individual con los chicos”, aclara la primera, que se encarga de describir la vida en el pueblo y los proyectos en la escuela. “Tenemos 10. Estamos bien este año”. Los hubo con dos o tres alumnos. La realidad del campo es cambiante, el trabajo escasea y los servicios son pocos; las familias deben irse, pero de a poco las cosas parecen cambiar. “No ha quedado nada de lo que fue el pueblo, pero tenemos para ofrecer paz y tranquilidad”, bienes que escasean en el mundo. El oro y el petróleo no son tan valiosos como aquellas dos. Los sentimientos son esenciales y puros en pueblos así. Lo que es evidente, lo que abunda, es el tesoro de todos. El viento acompaña, al igual que las mariposas, que tratan de sostenerse entre las ramas de los altos eucaliptos.
El pueblo a la tarde tiene mucha actividad, porque la escuela da clases en este horario. En las comunidades pequeñas la escuela es el eje de todo el movimiento. La familia rural va y viene, se acercan los padres o hermanos de los alumnos, siempre hay algo que hacer en un lugar en donde todo está por hacerse. El campo ofrece actividades en forma permanente. A pesar de que la realidad de D’Orbigny hoy es desoladora, alrededor del edificio escolar la vida se agita y late. Pueblos enteros como este han desaparecido, como el vecino Quiñihual, que fue más grande que D’Orbigny y del que solo han quedado el almacén de ramos generales de Pedro Meier, las ruinas de una escuela y la estación. Parajes como El Triunfo y El Relincho aún están habitados, quién sabe hasta cuándo, pero las casas allí todavía despiden humo de sus salamandras. Queda muy poca gente en el campo; el asfalto de la ruta 85 prometió progreso, pero nadie avisó que iría a matar a estas pequeñas poblaciones. El viejo camino de Coronel Suárez a Coronel Pringles pasa por D’Orbigny, como pasaba por otros pueblitos que han quedado alejados del asfalto y de la vida. “Antes, con el tren llegaban hasta los diarios de Buenos Aires”, se oye decir a un viejo poblador.
Las maestras rurales, responsables de todo lo bueno que sucede en el pueblo, madres, tías, cocineras, consejeras y amigas de tiempo completo, tuvieron la idea de hacer un parque de plantas nativas a un costado de la escuela. “Es una manera de valorizar lo que tenemos, salimos con los chicos y es una forma diferente de ver las plantas que ellos miran todos los días. Caminamos por el pueblo e individualizamos especies, con la ayuda del licenciado Braian Estévez, un especialista de Casbas [partido de Guaminí]. Una vez que tenemos la planta, investigamos y ahora sabemos que tenemos especies con muchas propiedades medicinales”, detalla con alegría Karina. La respuesta de los niños fue inmediata. Enseñar en una escuela rural es un trabajo muy grato para una maestra, los niños siempre tienen ganas de progresar. Para hacer el parque, como no podía ser de otra manera, recibieron la ayuda de las familias de los alumnos. Lo llamaron Karriwe, que significa espacio verde en lengua mapuche, y tuvieron la bendición de los miembros de la comunidad Milla Cura de Sierra de la Ventana.
“Tenemos tunas”, anticipa Karina, acaso resumiendo el sabor local. Fruto que hermana a todos los pueblos de esta pampa. Al prejuicio que se tiene de que nada pasa aquí, en los pueblos la agenda es intensa, siempre existe alguna actividad. En estos días, Soledad y Vera, dos artistas de la Ciudad de Buenos Aires, harán un espectáculo de kamishibai en la escuela. “A nosotros que nos visiten nos hace felices, el pueblo vuelve a latir”. Mientras tanto, D’Orbigny, que nació en 1910 con la llegada del tren, conserva su estación en pie con una escultura que homenajea a “el bolsero”, trabajador arquetípico rural. Antes de las máquinas, las manos y el hombro de los bolseros cargaban todo el cereal. Hicieron el país, esos cuerpos curtidos. Una capilla es contenida por la soledad y una esquina que fue un almacén es hoy la sede de la Cooperativa Agrícola Ganadera. En la entrada al pueblo está el club, y un puñado de casas halaga el paisaje único, atractivo y simple. El mayor problema son los chanchos, que a veces se escapan y hacen lío.
El sol ya quiere darle la posta a la luna, es tiempo de ir cerrando el día, cargar la salamandra y abrazar el poncho. El invierno está del otro lado de las sierras, las horas del día se achican y se asoman las heladas. Karina Graff y Mariana Rovai nos despiden con una sonrisa. Hacen 45 kilómetros todos los días con sus autos para llegar hasta este generoso rincón del mapa, donde abundan la paz y la tranquilidad, como aseguran y confirmamos. El viento fresco arrulla las cortaderas; cuando les pregunto qué necesita el pueblo, Karina responde: “¡Que nos vengan a visitar! D’Orbigny es el pueblo más lindo de la provincia, serán bienvenidos”.
Alcide Charles d’Orbigny (1802-1857) fue un naturalista y explorador francés que llegó a nuestro país seis años antes que Darwin. Viajó por Buenos Aires, la Patagonia y Entre Ríos. Descubrió muchas especies y su trabajo fue determinante para entender la biología Argentina. La historia le jugó una mala pasada. Después de estar años viajando, al regresar a París rechazaron su ingreso a la Academia de Ciencias de Francia.
En la estación de tren se ve una estatua hecha con material reciclado. Se llama El bolsero y es un homenaje a quien fuera el trabajador más destacado y numeroso cuando el país se pensaba con sentido federal. Los bolseros iban de estación en estación levantando pesadas bolsas de cereal, fueron la pieza fundamental de esa Argentina potencia que nació desde el campo. La obra es del artista Facundo Huidobro.
Betina Álvarez y su panadería de horno a leña que perfuma a Pellegrini
En un principio fue el pan. En Pellegrini, al final de la ruta nacional 5, por lo menos es así. En invierno todavía es de noche. Muy cerrada. En verano, los gallos comienzan a cantar. En una o en otra estación, la panadería de Álvarez perfuma todo Pellegrini. No hay nadie en las calles, ni los perros, acurrucados vaya uno a saber dónde, pero la vidriera se ve empañada. Una hilera de autos está estacionada en doble fila. Los madrugadores saben que la recompensa no es tanto tener el pan caliente como poder entrar y oler el aroma indescriptible de la leña quemándose en el horno, cocinando los primeros panes del nuevo día. La panadería de Álvarez es uno de esos rincones que solo pueden encontrarse en los pueblos alejados, como Pellegrini. Está bien que esté aquí. Lo más rico, lo más dulce y lo más crocante no puede estar al alance de muchos. La magia siempre es solitaria. Los vecinos de este pueblo de la frontera tienen el privilegio. “Es lo que nos gusta hacer”, resume Betina Álvarez, de prosapia en este oficio, a quien ayuda su marido, Santiago, que hasta 2013 trabajó en el campo.
La familia de Betina se crio entre la leña y la harina. Llegado de España, su bisabuelo, don Ángel, tuvo en 1912 su primera panadería en un pueblo de Pellegrini que aún olía a polvareda de malón, iniciando un camino que Betina y Santiago protegen más de un siglo después.
La panadería con horno de leña es una especie en extinción. Quedan pocas. Se cuentan con los dedos. El pan horneado así no solo tiene otro sabor, sino que hace feliz a quien lo consume. La historia de esta panadería se remonta a 2003. Erika, hermana de Betina, estuvo a cargo hasta que en 2006 debió dejarla. Betina trabajó como empleada unos años, pero la solución estaba a la vista: se puso de acuerdo con Santiago y en 2013, arrancaron. “Yo no sabía hacer nada de pan, nunca supe, pero con ganas aprendés”, afirma él. Sirvió mucho la experiencia de Betina. En apenas cuatro meses, el hombre se dio maña y la magia de la harina y la leña nacieron. El pan comenzó a salir muy bien. “El secreto está en controlar el tiraje, ahí tenés el mando del horno”, explica Santiago.
La actividad comienza a las cuatro de la mañana. También los magos trabajan de noche. Llega primero Santiago, quien calienta un poco el horno, tirando algunos troncos gruesos. Lo limpia; la limpieza es esencial: esta manera de hacer pan es muy buena, pero genera suciedad, y antes de poner el pan, el horno, de cuatro metros de profundidad, debe estar impecable. Las piezas de pan, que se han estado leudando desde la tarde anterior, esperan pacientes. A las 5.15 la busca a Betina. Ambos hacen todo. Cuando sienten que la temperatura del horno está lista, en quince minutos introducen los panes crudos, suaves, homogéneos; antes de entrar al calor, Santiago les hace unos cortes que los identificarán luego en la canasta. Será el pan francés. Es la imagen que todos tenemos del pan. Se llena todo el horno en un trabajo que solo el amor puede hacer tan bien y con tanta coordinación. Santiago y Betina se conocen de toda la vida. Acaso las palabras sean mínimas, los gestos y las miradas son suficientes para acompañar el hechizo de la harina. El pan en veinte minutos sale. Humeante. Ese humo es el que luego se traslada por todo el pueblo y es el que atrae, como autómatas, a los vecinos.
Betina atiende a los clientes, algunos de toda la vida. El olor queda durante todo el día, pero es a la primera mañana cuando abraza y se vuelve irresistible. “Te tiene que gustar, acá tenemos actividad de lunes a lunes, pero nos gusta”, dice Santiago, en sintonía con Betina. Ambos han nacido para esto. ¿Cuál es la diferencia con los panes horneados a gas o en hornos eléctricos? “El piso, el pan de horno a leña es un pan que tiene piso. Es más crocante, y el sabor, claro, que no se puede comparar, el propio que da la leña”, resume Santiago. Por día hacen 150 kilos de pan y 40 docenas de facturas. La leña viene de la misma pampa, se trata de caldén. “Es la única leña que sirve para esta clase de hornos”, agrega. El trigo se muele a pocos kilómetros. Todos los sabores de la tierra se unen en una pieza de pan.
¿Cómo se hace el pan? Lo explica Betina. “Se ponen 50 kilos en la amasadora, la sal, 900 gramos, un aditivo para que salga más esponjoso, levadura y agua. Se amasa por cuarenta minutos. La masa luego se soba en la sobadora para que gane elasticidad. Se dan de siete a ocho vueltas, se corta en tiras y se lo deja descansar tapándolo con un nailon durante toda la noche”, resume. La factura está a cargo de ella. “Yo las condimento”, explica Betina. El proceso difiere algo del pan: “Ponemos 40 kilos de harina en la amasadora, huevos, leche, manteca, levadura y las esencias. Cuarenta minutos después, separo bollos de 10 kilos que dejo en el freezer. Esto es el empaste”; por semana, hace cinco veces esta masa. Las facturas que crea, en silencio, son medialunas, vigilantes, sacramentos, cintitas, lechucitas y “las de dulce de leche”. Todas se hacen en el horno, veinte minutos de calor de caldén son suficientes. Estas facturas, hechas a mano, de una manera tan artesanal, podrían ser el bocado que cualquier dios elegiría.
Un tema recurrente son los horneros, esos raros hombres que se visten con antiparras y muchas mantas, y que se meten en los hornos para mantenerlos. “Siempre son rosarinos”, aclara Betina. La meseta de calor del horno es de 150 grados, y con esa temperatura trabajan.
Dos o tres minutos aguantan y salen exhaustos. Datos que hacen al oficio: por día se usan 150 kilos de leña; por mes, 100 bolsas de harina. “Lo importante, siempre, es levantarte con ganas, porque, si no tenés ganas, el pan sale mal”, concluye Santiago, antes de salir a repartir el pan por todo el pueblo.
Pellegrini tiene su perfume: es el que nace en esta panadería.
En la entrada a Pellegrini se puede ver un vagón donde se ofrecen los productos estrellas de esta tierra: pastelitos (dicen que son los mejores del oeste), salames, chorizos, licores, quesos, dulce de leche, alfajores, artículos de lana y madera y cuchillos.
“Ha reconvertido a veganos”, dice Joaquín Gastañaga, un vecino del pueblo para graficar la importancia de este plato. “No falla, siempre parejo, es nuestro clásico: el bife de chorizo del Club Huracán”.
Catriló está a apenas 30 kilómetros de Pellegrini. Entramos de esta manera a la provincia de La Pampa, con señas particulares y una belleza propia. Es una buena escapada desde Pellegrini.
Mónica Tortone,
la maestra que vive sola en la frontera
Mónica Tortone todos los lunes deja su casa en General Pico, La Pampa, para hacer 120 kilómetros por caminos de tierra, olvidados y muchas veces inundados, que cruzan por el mítico Meridiano V (límite entre esta provincia y Buenos Aires), hasta llegar a la escuela N.° 13 de la Colonia El Balde, en el partido de Rivadavia, en las márgenes del mapa. Allí se queda una semana viviendo sola en una pequeña casa dentro del establecimiento. Durante todo este tiempo será la única habitante de un paraje que no figura en los mapas y que solo existe por la presencia de la escuela y del Club Agrario El Balde, hoy sin actividad. “Me acostumbré a estar sola y nunca tengo miedo, para mí es un cable a tierra quedarme”, asegura esta maestra rural de cuarenta y siete años que hace dieciocho que está a cargo del jardín de infantes de este rincón indómito en la llanura. Vive al borde de un mapa que le devuelve las estrellas, por la noche, cuando bajan hasta la ventana de su pequeña casa, a un costado de la escuela.
La Escuela N.° 13 Remedios de Escalada de San Martín se ve desde lejos. El pastizal, algunos pocos árboles y la inmensidad del desierto pampeano la destacan. Fue inaugurada en 1936; en cambio, el jardín de infantes es más reciente, de 1995. Mónica tiene seis alumnos, a la primaria van diez, la matrícula es alta para el paraje. “Algunos llegan a caballo, otros a pie y en auto”, comenta Mónica. Nadie se quiere perder la escuela. Los padres llevan a sus hijos muy puntuales. El alumno más lejano vive a diez kilómetros. La zona es un área que padece las inclemencias de la naturaleza; en 2011 debió sufrir el paso de un tornado que hizo destrozos en la escuela. “Sentía cómo el viento quería llevarse el techo, se rompían los vidrios y las ramas de los árboles caían”, recuerda. En 2017 todo el distrito padeció una de las más grandes inundaciones; por muchos días la escuela quedó incomunicada. El Balde está en la frontera misma. Los mapas se olvidan de estos parajes. Llegar hasta ellos solo es posible de la mano de un baqueano. En aquellos días en los que el agua brotó de la tierra, aquella llanura era un inmenso mar de agua dulce, cenagoso. Los caminos se habían convertido en canales y arroyos.
La Colonia El Balde no tiene fecha de fundación, la escuela y el club han unido a los pocos chacareros y sus familias, que trabajan estas tierras dedicadas a la agricultura y la ganadería. Está a 60 kilómetros de América, cabecera del distrito, y a 550 de la Ciudad de Buenos Aires; el mundo conocido queda lejos, inalcanzable. El Meridiano V está a menos de 20 kilómetros. La frontera con La Pampa se siente, las distancias en las que no se ve a nadie son moneda corriente. El despoblamiento del campo se materializa en los puestos que se han convertido en taperas; a cada paso se ven las ruinas de una realidad que albergó a tantas familias que crecieron con un horizonte que las incluía. “La escuela es la única posibilidad de los chicos de encontrarse, son muy aplicados y no existen problemas de aprendizaje”, asegura Mónica. La escuela tiene calefacción a gas y luz por red, televisión e internet. “Pero las señales son mínimas, cuando hay grandes vientos se corta la luz”, asegura. Sin embargo, la Cooperativa Eléctrica que le suministra el servicio la llama constantemente para ver si lo tiene. “Todos los vecinos saben que me quedo sola y cuando necesito algo, están presentes –cuenta–. Cuesta que se entienda, pero no me siento sola, termino los días cansada. A veces me olvido algo en el auto, que queda afuera, y salgo en la plena oscuridad de la noche. Más que el ruido de los animales no siento otra cosa. Nunca vi nada extraño, estar acá me hace bien; lo que sí, extraño a mi hijo”, reflexiona Mónica.
La travesía hasta su puesto de trabajo arranca a las seis de la mañana todos los lunes; aún de noche sale de General Pico, pasa por Dorila (La Pampa) y luego conduce por una recta desértica de 30 kilómetros, cruza el Meridiano V, y ya en tierra bonaerense, con las primeras luces del día, pasa por Agustoni y sigue bajando al sur por el mismo Meridiano V, que es un camino de tierra hasta Roosevelt (ya en el partido de Rivadavia); allí da clases en la escuela de este pueblo, al mediodía termina su turno y sigue viaje hasta la Colonia El Balde, 17 kilómetros más allá. A las 13 llegan sus alumnos y a las 17 termina su día, pero comienza otro: el de su estadía en la soledad.
“Me he tenido que acostumbrar a los ruidos naturales. Hay una paz muy grande. Ordeno la casa y tengo que hacer las tareas administrativas de la escuela”, afirma Mónica. La televisión es una compañía. “Miro a veces noticieros, pero es muy agresivo lo que veo. Me inclino por los documentales”, sugiere. Los primeros años vivió con su hijo, Gianfranco, pero luego este debió irse a General Pico para continuar con sus estudios. “Fue un golpe duro –confiesa–, a veces, cuando llovía mucho, nos quedábamos los fines de semana”. Acostumbrada a compartir la soledad con su hijo, debió renegociar el contrato con los largos días. Su actividad en la escuela y los rigores propios de la vida en la frontera le drenan la energía. Para no tener que cocinar, se prepara viandas el fin de semana cuando está en General Pico. “Me quedo pensando, se me pasa rápido la semana”, sostiene. Las tormentas son fuertes, muchas veces debe quedarse más días en el paraje, por los caminos inundados. “Estar sola me ayuda a valorar todo lo que tengo –reconoce–. Los hombres siempre preguntan si me da miedo quedarme, pero la verdad es que jamás lo sentí”. Hasta el cielo debe de conmoverse de verla pasar por la ventana, única luz que se ve a lo largo de varios kilómetros. Un silencio infinito abraza esta pequeña escuela en la oscuridad.
Las once escuelas rurales del partido de Rivadavia están todas conectadas a internet a través del Programa RED (Rivadavia Educación Digital), que funciona desde hace nueve años y se financia con presupuesto propio. Es un novedoso sistema que integra a los niños que están en parajes como El Balde. Está coordinado por una comisión integrada por docentes jubilados, nadie más que ellos sabe cómo poder solucionar los problemas en las aulas, ni cómo hacer para que los alumnos tengan una experiencia educativa plena. El programa, además, entrega lentes de realidad virtual y cámaras 360°; con estas herramientas un alumno de El Balde puede conocer el mundo, pero también los demás parajes de su distrito. En la gran inundación de 2017, muchos recibían sus tareas a través de Classroom, una aplicación de Google gratuita que permitió a las maestras rurales continuar dando clases en forma virtual.
“Algunos niños no suelen viajar; poder estar conectados es una gran herramienta”, afirma Mónica para graficar la importancia de la tecnología en una escuela dentro de un ambiente en donde la soledad es inmensa. “Cuando tenemos la posibilidad de una salida, la aprovechamos, a veces es la única manera de que algunos niños conozcan otros lugares aparte del campo”, sostiene. Le cuesta ver algo negativo de su trabajo, pero reconoce que sus alumnos necesitan juegos de patio para los recreos. Su semana culmina los viernes por la tarde. Si no ha llovido, puede regresar: existen varias huellas, pero elige la que supone que está mejor; la intuición es su copiloto. Si hubo viento, entonces los caminos se orean. La vuelta a la ciudad no es fácil. “Siento que todos están muy acelerados, para poder hablar tengo que cerrar las ventanas, los ruidos de los autos y las motos son muy fuertes”, concluye. General Pico es la posibilidad de estar con su madre y su hijo, pero la dinámica urbana la aleja de esa realidad. “A veces siento que me cuesta seguir las charlas cuando voy a reuniones en la ciudad, la vida en el campo es muy diferente”, confiesa.
El lunes, por suerte, regresará a su paraíso en la frontera, lejos de los sonidos del mundo, más cerca de los de la tierra.
La antigua Casa Mongiardo es un almacén de ramos generales que tiene más de un siglo. Está en Mira Pampa, se trata del último del oeste. Está casi sobre el Meridiano V, el límite entre Buenos Aires y La Pampa. Sobrevuela en el pequeño pueblo, de menos de 50 habitantes, el aroma a Finisterre. Tiene encanto. Sus calles son muy arboladas, la vegetación decora y ofrece una postal íntima y acogedora. Frente a la estación está el almacén. Se puede tomar algo, pedir una picada y comprar provisiones. Muy recomendable.
Roosevelt está antes de llegar a El Balde. Existen tres almacenes en el pueblo donde poder abastecerse de alimentos y productos locales para seguir viaje. Sundblad es otro de estos pueblos preciosos, recostados sobre el Meridiano V. Es llamado el pueblo de los escritores, muchos han nacido aquí. La paz, la tranquilidad y la sensación de estar alejado del mundo, seguramente haya ayudado a elegir las letras. Existe un almacén muy bien equipado, donde también se puede comer y tomar alguna bebida fresca.


Mira-Mar, la pulpería
de cuatro generaciones
Por suerte, don Mariano Urrutia tuvo un bisnieto que pensó en continuar su sueño. Tuvo suerte y todos festejamos la pasión con la que Juan Carlos vive el hecho de continuar con el legado familiar: abrir la pulpería Mira-Mar, una de las más importantes de la provincia. Es cosa seria lo que pasa aquí, los almanaques no pueden con estos ladrillos que se empecinan en continuar de pie. Estos mismos ladrillos estuvieron allí en el siglo XIX, en el XX y siguen aquí en el XXI. Pocos son los lugares en nuestro país que se hermanan en esta situación. Perdida en el Camino Real que une la ruta provincial 65 con Carlos Casares, llegar hasta aquí no es para cualquiera. Son más los que se pierden que los que se arriman al premio: conocer el mostrador de un solar que recibe a los solitarios desde 1890.
La pulpería Mira-Mar, que ve salir la luna desde que el país estaba armándose, siempre ha sido atendida por la familia Urrutia. Es, en la noche, la única luz que se ve en la soledad pampeana por los pagos de Bolívar. En el centro de la provincia de Buenos Aires, también aquí existe una rosa de los vientos que alimenta de historias estos caminos rurales perdidos, que no figuran en ningún mapa.
El esfuerzo por conocerla vale la pena. Si uno viene por Buenos Aires hasta Bolívar, en la rotonda en donde la ruta nacional 205 pasa a ser 65, hay que seguir unos cuatro kilómetros, y en la primera huella de tierra, hacia la derecha hay que mandarse. De ahí son 24 kilómetros de tierra. No hay carteles ni señales, pero algo es positivo: una vez que se llega, ya no se olvida el camino. Es un escalón que uno sube en los viajes rurales, el hecho de poder alcanzar el nivel de llegar hasta Mira-Mar. Este viaje tiene niveles. Todos acuerdan que cuando la esperanza por llegar a destino se desdibuja, pues entonces es cuando aparece la mítica pulpería, rodeada de árboles, como un espejismo criollo; una fachada de ladrillos ocres y una puerta siempre abierta dan la bienvenida. Por suerte acá todavía se vive en los buenos tiempos en los que la tranquilidad y la calma dominaban las agujas del reloj.
La familia Urrutia está en este paraje desde 1870, cuando Mariano, el bisabuelo de Juan Carlos, actual pulpero, llegó de España. Amanecía todos los días de su vida viendo el mar Cantábrico en un pueblo costero llamado Miramar. Europa, en esos años, solo ofrecía eso, y América, el vértigo del trabajo seguro. La vida le cambió a don Mariano. De golpe, y luego de cruzar el gran mar, se halló en medio de la llanura pampeana, aún poblada por la caballada de la indiada. La frontera se estaba haciendo y este español estuvo ahí, dibujando un mapa que hoy se llama Buenos Aires y haciendo historia. Se le ocurrió hacer una fonda, una posada, una posta. Lo que en nuestro país se llamó “pulpería”. En aquel entonces, donde hoy está este templo criollo, había una laguna. No era el mar, pero era el único espejo de agua que tenía cerca. El reflejo de las nubes, el color del cielo sobre el agua, nadie lo sabe, lo cierto es que la tradición familiar dice que mirando aquello, exclamó: “Este lugar se tiene que llamar Mira-Mar”, y así fue y así continúa llamándose.
Don Mariano levantó la pulpería en 1890, y desde ese año está atendida por la generación siguiente, siempre Urrutia; hoy Juan Carlos se dedica a trabajar en el campo y a hacer realidad el legado familiar: mantener la pulpería abierta. “Mira-Mar, con guion –me dice al referirse al nombre–. Tenemos clientes que hace décadas vienen a la misma hora. La pulpería mantiene vivo al paraje, yo nací acá”. Las estanterías, el mostrador, las sillas y ese silencio habitado por mil historias están en la sangre de Juan Carlos. No podría estar en otro lugar. Antes, esta huella era más transitada, pero a fines de los noventa, cuando la gente comenzó a irse del campo, el movimiento fue mermando. Hoy, por suerte, la leyenda de la pulpería a la que pocos llegan ha creado un culto que sirve para que siempre existan motos, bicicletas y algunos autos que están a un costado del camino, disfrutando de la experiencia.
Juan Carlos ha sabido darle nueva vida, pero sin modificar en nada lo original. Acá, la cosa es simple: los días patrios hay buseca, el aroma de la olla nacional se siente desde lejos, porque el salón se llena. Comerla bajo este techo no tiene precio. Es invaluable también tomar un vaso de vino, un aperitivo, comer una picada. La madera del mostrador y de sus mesas protege la mirada para que esta vivencia no se olvide jamás.
La pulpería se mantiene muy bien. Su interior está tal cual el primer día. Botellas, vasos y frascos de tiempos idos mantienen su alcurnia y se exhiben como si el aperitivo Pineral o la Hierro Quina fueran las bebidas más tomadas en estos días; orgullosas, las botellas no han perdido brillo, ni estilo. El mostrador está liso por el paso de miles de gauchos que se han acodado en noches interminables. Están las rejas originales, que fueron necesarias en tiempos en los que los facones relucían para ponerle fin a un problema de naipes o de polleras. “Hubo peleas, hay una marca en uno de los barrotes”, Juan Carlos me muestra esa cicatriz que ha quedado en el hierro. Aquel paisano no escatimó fuerzas para dar el cuchillazo. Además de pulpero –pocos como él merecen este título nobiliario gauchesco– es coleccionista y aprovecha esa virtud atemporal de Mira-Mar: es una pulpería museo. Hay viejos teléfonos de principios del siglo XX que todavía funcionan, muebles antiguos. Tesoros.
Atrás de la pulpería hay un establo. “Las galeras tenían seis caballos, acá funcionaba la posta de recambio”, entonces estos caminos reales eran muy transitados. Hoy, cuando llueve, se hace imposible llegar; imagino en aquellos años. Siempre fue dura la vida en el campo.
A pocos kilómetros de Bolívar (está a 30 kilómetros), la familia de Juan Carlos lo ayuda a mantener la pulpería. Su esposa, Silvia, y sus hijos Victoria y Juan Martín, han entendido que esto es una cuestión familiar. La pulpería los une y les marca un camino. La gastronomía ha sido una salida perfecta para atraer gente. Además de la afamada buseca, aquí se asan carnes perfectas, las empanadas son deliciosas; el lechón relleno, la tabla de chorizo seco y queso, impresionantes.
Conocer Mira-Mar debería ser obligatorio para todos los argentinos. A 130 años de su puesta en marcha sigue abierta y perdura como la única luz que se ve al fondo del Camino Real. Los que pasan por acá no están solos. Esto no es poco, en el mar de soledad rural.
Todos los días, llueva o truene, o la calle del paraje esté inundada, Ricardo “El Flaco” Errazquín va a tomar su “mezcladita”, un trago que se compone de caña quemada y fernet al mediodía, con un poco de agua por la noche. Es de su creación. Hace 50 años que hace esta ceremonia. Una silla a un costado del mostrador es suya. Nadie la toca. Vale la pena conocerlo.
Juan es un coleccionista meticuloso. Detrás de la pulpería tiene un salón donde ofrece comidas y se expone gran parte de su colección. Las marcas que nos acompañaron en nuestra infancia, toda clase de objetos de la vida cotidiana de antaño y no tanto están allí, vivas y cada una con su espacio.
Almacén Vulcano,
la esquina que fundó a un pueblo
Cuando Gardey, que hoy es un pueblo con 600 habitantes, no existía, la esquina del almacén Vulcano ya estaba abierta. Entonces había hombres que veían lo que pocos: Juan Gardey era un hábil comerciante que había puesto un almacén de ramos generales en una de las esquinas del Fuerte de Tandil y cuando llegó a esta zona, donde hoy se asienta este tranquilo pueblo, visualizó el almacén antes de que fuera. Supo que toda esa gente que vendría a vivir alrededor de esta fortaleza de avanzada, que estaba haciendo el mapa provincial a diario, necesitaría un lugar donde aprovisionarse, y fue así como en 1890 construyó la esquina que hoy continúa abierta. Así nació el pueblo, en torno a las estanterías de un almacén que lo tuvo todo. Buenos Aires se hizo gracias a comercios como estos, que, al igual que las pulperías, fueron el abono sobre el cual se asentarían luego los sueños de los inmigrantes.
La historia del almacén Vulcano es la historia del pueblo. Juan Gardey llegó de Francia en las últimas décadas del siglo XIX; la zona era un vergel. La fertilidad de la tierra atrajo a los inmigrantes. Las fincas y estancias se reproducían por todo el valle tandilense. Había mucha gente trabajando en el campo, pero eran esfuerzos individuales. Lo comunitario aún no tenía sentido. No existía ningún pueblo. Hombre de visión, había fundado el almacén de ramos generales más importante del entonces Fuerte de Tandil y quería ampliar sus horizontes; sabía que el tren acompañaría su proyecto. Todas las familias que estaban en las sierras y el valle se irían uniendo. “Vio que esta tierra tenía potencial y mandó a construir el almacén en 1890. Arrancó como posta. Daba hospedaje y comida, le hizo una reforma y lo convirtió en almacén de ramos generales”, cuenta Germán Christensen, responsable de mantener vivo el almacén y toda su historia.
La idea de Gardey resultó. La esquina, solitaria pero señorial, atrajo a los habitantes y en 1913 se creó el pueblo; veintitrés años antes, este inmigrante vasco francés había tenido la visión. Así se hizo el país, sin estudios de mercadeo; con solo observar el horizonte, el hombre capaz se daba cuenta. A partir de entonces, el almacén fue y es la esquina más importante del pueblo. “Ya en el 1893 funcionaba a pleno, solo estaban la estación ferroviaria y esta esquina, y nada más. Era una zona de mucho movimiento agrícola. En el libro contable figuran el estanciero y el peón, los dos tenían cuentas en el almacén. Era el lugar de reunión, se juntaban el dueño del campo, el peón y el indio. Esto nunca se volvió a producir; acá no hubo rejas, no había enfrentamientos”, remarca Germán, y acaso nos traza mejor que nadie la trascendencia que tuvieron estas esquinas para nuestra historia: bajo un mismo techo se encontraban todos los actores sociales que estaban construyendo la nación. “Gardey logró incluso una punta de riel que llegaba hasta el almacén mismo, para descargar las bordelesas de vino, las vasijas de frutas secas de Cuyo, el chocolate inglés, la ginebra holandesa. Acá se vendió de todo; alpargatas y bombachas de campo, nunca faltaron”, afirma Germán.
El almacén sorprende por su buen estado de conservación y por su gran superficie. Es inmenso. Las estanterías llegan hasta el techo, muy alto. Todo fue hecho a medida, cada cajón fue pensado para albergar un producto de los miles que se vendían acá. “Hay cajones para cada medida de clavos, por ejemplo; después todo se vendía a granel, el azúcar, la yerba, los fideos y las lentejas”, sostiene Germán, descendiente de daneses que custodia la historia del pueblo. También fue un visionario, desarrolló un hospedaje rural dentro de un bosque, al fondo del pueblo, donde se permite al viajero recuperar fuerzas y descansar en cabañas muy cómodas.
Jorge Miglione, historiador de Gardey, hace una reseña sobre el movimiento del almacén en los años en los que abastecía al pueblo en formación. “Tenía una gran variedad de rubros: tienda, mercería, calzado, talabartería, perfumería, artículos de limpieza, de bazar, losa, cigarrería. Todo se vendía suelto y al menudeo, cuando los cajones de los fideos eran limpiados se solía destinar un recipiente para recoger los sobrantes, que luego se regalaban a los mendigos todos los sábados”. “Las Horquetas” fue el primer nombre que tuvo, pero siempre fue “el almacén de Gardey” y desde 1922 la familia Vulcano se hizo cargo de él hasta 1973 y de ahí derivó la denominación que la posteridad ha elegido para recordarlo. Adentro, el peso de los años se siente. El aroma de la madera y del tiempo flota como pequeñas volutas, apenas imperceptibles, pero visibles cuando la luz solar entra por los grandes ventanales. Los pasos perdidos, el sonido de los cucharones buscando un kilo de fideos, las voces de los vecinos pidiendo una galleta, un apero o un litro de vino tinto de mesa, todo esto forma parte del inventario inmaterial de este almacén. Sentarse hoy implica, además, hacer el ejercicio mental de pensarlo colmado de gente. Las horas del día no alcanzaban para atender a tantos gallegos, italianos, españoles y turcos que se venían en busca de su América.
Germán Christensen quiere recuperar algo de aquello y tiene abierto el almacén. Hoy las cosas no se venden a granel, pero los peregrinos de los caminos rurales vienen en busca de la generosa picada, del sándwich de jamón crudo y queso, y de la tapa de asado, aquello por lo que Tandil es tan conocido. El almacén Vulcano se ha volcado a la gastronomía criolla, esa atracción que genera el movimiento de las familias que buscan un plato abundante y sabroso, amparado por las estanterías y su silencio nutritivo.
La propuesta aquí es disfrutar de un almuerzo en calma, probando productos locales, mientras los niños recorren el parque que está frente a la fundacional esquina, donde hace más de un siglo un francés pionero soñó con el pueblo que provoca el regreso de las familias que quieren vivir en paz y tranquilidad. Con las bicicletas en la vereda y las puertas abiertas.
Pablo Acosta (Azul) es un paraje muy pequeño de un puñado de casas. Una esquina en lo alto de una loma, lo domina, es el almacén y comedor de campo Viejo Almacén. El pueblo tiene un secreto: está asentado sobre un río subterráneo de agua mineral. “El agua de la canilla, o para bañarte, es mineral, y de las mejores”, afirma Fabián, es un buen indicador. Histórico y señorial, el almacén es amplio, bello y categórico. Así era hace cien años, el paso del tiempo le ha sentado bien. El menú es apreciado por los conocedores de los aromas de campo que peregrinan los fines de semana: empanadas de vizcacha, de mulita, guisos, locros, corderos y asado. Para salir del paso: sándwich de crudo y queso, con pan francés tostado y una caricia de manteca. Emocionante. + info: Desde Gardey se puede ir por camino rural o por la ruta 226 hasta el cruce con la 80.
Posta Pampa, la familia
de los salames perfectos
Esta es una historia de amor que permitió que Tandil tenga los mejores salames artesanales. En 2011 Victoria Joosten y Carlos van Olphen se conocieron, ella tiene treinta y un años y él, treinta y tres. Tuvieron una idea, que todos celebramos: ser soberanos en los caminos de su destino. Crear una senda nueva, apostar por lo genuino. Alejarse un poco de la ciudad, pero para poder verla desde otra perspectiva. Levantar una casa en lo alto de una loma, en el paraje La Porteña, en el kilómetro 119,4 de la solitaria ruta provincial 30, donde la comarca serrana tandilense se funde con la belleza absoluta. Allí donde el sol todos los días se recuesta en los cerros, creando una pintura interminable de paz y melancolía. Los dos hicieron su casa, pero también la fábrica donde comenzaron a producir salames como los que hacían sus abuelos, con la vieja tradición. Sin apuro, sin la prisa de abastecer un mercado que está ávido de estos productos. Eso lo pueden hacer las grandes empresas, y lo hacen muy bien en Tandil. Ellos se plantaron en un concepto: ser pequeños y crecer siendo así. Controlando de manera manual la producción. De esta manera nació Posta Pampa, chacinados artesanales, delicias del campo argentino.
Victoria tiene las ideas muy claras, es contadora, pero fundamentalista de la vida rural y de ser dueña de su tiempo. Tiene la vida que quiere. Esto no es poco. “Buscamos un nombre que nos identificara con las costumbres argentinas. La mayoría de los emprendimientos que hacen chacinados están identificados con lo italiano, vasco o español, y para nosotros la elaboración de chacinados es una costumbre argentina. Posta Pampa tiene que ver con el gaucho y con la buena calidad de la carne de la región pampeana”, explica. En 2012 se oficializó la idea, pero el sistema no ve con buenos ojos a aquellos que apoyan la independencia de su vida. Las trabas fueron muchas. Mientras buscaban habilitaciones y superaban problemas, no se desviaban del rumbo, seguían construyendo su vivienda y la fábrica, al lado. El sueño llevó tiempo en hacerse realidad. Recién en 2015 pudieron hacer sus primeros 120 kilos de salames caseros. “Aquella puerta la compré en un remate. La ventana es de un familiar. La mesa la encontramos”, señala Victoria sus victorias. Todo fue hecho a pulmón. Hoy, muchas cosas faltan, pero Posta Pampa es una realidad feliz para el mundo del sabor de las costumbres de nuestro campo.
La fábrica está a un costado de la casa. El trabajo lo tienen a mano, también el cielo y la tierra. Los salames son conocidos por un secreto. Existe algo en lo que hacen que los diferencia. En un territorio donde hay más embutidos que aire, ser diferente es un gran valor. “Nosotros nos planteamos hacer salames como los hacían nuestros abuelos, con esas recetas. Es el sabor de antes. No apuramos la maduración. Los salames industriales se largan al mercado entre tres a ocho días. Nosotros los tenemos en el secadero hasta veinte días. Nuestro ideal es lograr tenerlos un mes. El paladar de la zona los prefiere blandos, pero el que sabe comer salames entiende que deben estar más duros”, afirma Victoria.
La otra parte de la historia de Posta Pampa está en las manos y el conocimiento de Carlos. Su familia, inmigrantes holandeses, ha hecho quesos desde el principio de los tiempos. Por esta tradición, por lo esencial que corre en sus venas y por haber ido a una escuela agrotécnica desde la cuna, Carlos estuvo familiarizado con quesos y embutidos. En su mirada se reconoce la maravillosa sabiduría de saber hacer productos del territorio. Habla poco, pero hace mucho. Es el maestro especiero, dirá su esposa. Es quien tiene el secreto, reconocen todos. “Lo más importante es mirar el producto. Un artesano hace algo para estar orgulloso de lo que está haciendo. Lo que hago debe ser de lo mejor. Nosotros no buscamos mejorar nuestros costos, ganar más. Tenemos que sentirnos orgullosos. Los pasos para hacer buenos salames son, primero, elegir la mejor carne. Llegan a la fábrica la media res de cerdo y carne de vaca, puede ser pulpa, por ejemplo. Se desposta la media res, seleccionamos y separamos el solomillo, la bondiola, el jamón. Desgrasamos y charqueamos ambas carnes. Cortamos trozos pequeños para que puedan entrar en la picadora. Mezclamos el 90 % de carne de cerdo, con el 10 % de vaca. Amasamos. Le agregamos vino blanco y tinto, y luego condimentamos”, Carlos frena su relato. Ese es el secreto, su mix de condimentos. No dirá nunca cómo es ese blend, es mejor que el mago no revele sus trucos. “Amasamos bien y ponemos esa masa en la embutidora, y allí, dentro de una tripa, va saliendo el chorizo embutido. Los atamos a mano, y los colgamos en cañas para que maduren en el secadero. También hacemos jamones crudos, panceta; todo lleva su tiempo y nosotros lo respetamos”, agrega.
La pareja tiene dos hijos, Franco y Justo, que van a dos escuelas, la oficial y la que Victoria y Carlos les están mostrando todos los días: la del trabajo familiar en un entorno rural, donde las agujas del reloj y la velocidad con la que corren son elegidas entre todos. Sus salames se venden en Tandil, tienen clientes fieles. Son de culto. Recién empiezan, mejor horizonte no pueden tener y lo quieren compartir. Flota en la casa la idea de hacer, en lo alto de una loma que tienen a unos metros de la casa, un quincho de madera y piedra, vidriado, donde puedan ofrecer sus productos. Allí se abrirá una ventana al paraíso, se tendrá una visión de 360° de las sierras. “Vos elegís de qué trabajás y esto pasa a ser tu vida. Estamos orgullosos de vivir así”, finaliza Victoria, mostrando acaso la mayor de las hazañas logradas.
Al pie del Cerro Redondo, en el corazón de la campiña tandilense, se presenta la mejor opción para hospedarse, sobre ruta 74. Cabañas Cerro Redondo. Muchos puntos a favor: pet friendly y adaptadas para personas con movilidad reducida. Espaciosas y sofisticadas, abonan la idea de caer en la tentación serrana: dejar que la felicidad se apodere de la estadía. Aire acondicionado y estufa a leña ecológica, no importa la época del año en la pradera siempre están las puertas abiertas. No hay ni un solo obstáculo para la mirada: 360° de pura naturaleza. Granja con animales. Decks, parrilla. Piscina. “Una combinación perfecta, damos un servicio de primer nivel para que se sientan como en casa”, asegura. Hay que creerles. + info: @cabanascerroredondo
A muy pocos minutos y sobre la misma ruta 74 está el almacén y tambo ovino 4 Esquinas, en la entrada a Azucena, un pequeño pueblo que vale la pena conocer. Coqueto y criollo, es acogedor y encantador. Todo lo que se busca de un viejo boliche de campo, está acá, pero muy bien ordenado, limpio y prolijo. Muy Tandil. Ofrecen tabla de quesos de elaboración propia. Sublimes. Hacen menú a la carta donde no faltan carnes y guisos. También, lo clásico: empanadas y una estrella de la ruta 74, el sándwich de crudo y queso. Los productos, como no podría ser de otra manera, son todos hechos a mano y a pocos metros del almacén. No hay margen de error: el 4 Esquinas consagra la idea de pasar un momento único, te van a atender Julieta y sus padres: Fabián y Romina. + info: @tamboovino4esquinas
La pulpería bicentenaria de Mar Chiquita
La vieja y mítica pulpería bicentenaria se presume desde lejos, como un espejismo. Rodeada por un mar de pampa, un grupo de árboles la protege del viento y del vendaval del olvido. La Esquina de Argúas abrió sus puertas en 1817, cuando el país recién germinaba. Más de dos siglos después, continúa abierta. Ubicada en el partido de Mar Chiquita, es atendida por Generoso Villarino, quien a sus ochenta años vive solo en este perdido rincón, en donde la soledad se pasea oronda. Es el pulpero más viejo de la provincia, en la pulpería activa más antigua.
“El día no me alcanza, el campo siempre te mantiene activo”, advierte desde el fondo de la pulpería. Está alambrando un potrero para ordenar mejor “el pedazo de tierra” donde pastorean unas vacas, mientras una pareja de caballos mira desinteresada la escena.
La pulpería está aferrada a la tierra. Declarada Patrimonio Histórico Cultural del partido de Mar Chiquita, es de las pocas que se conserva tal cual fue levantada. Sus ladrillos unidos con barro, techo de madera y el enrejado protegiendo el mostrador, que separa al pulpero de los problemas y entuertos del gauchaje, configuran una escena propia de otro tiempo. Dicen que por aquí pasaba Juan Manuel de Rosas, se sentó Dardo Rocha y acostumbraba a apurar un vino carlón José Hernández. “Te acostumbrás a la soledad, por suerte tengo los perros”, asegura don Generoso. Ninguno tiene nombre. “Me encariño si les pongo uno”, resume.
Generoso Villarino siempre anduvo por esta zona probándose en las estancias, el campo es su hábitat. Parajes como Nahuel Rucá y Calfucurá, establecimientos como Tierra Fiel y el Tehuelche lo emplearon para tractorear y finalmente para hacer lo que mejor sabe: domar. Su voz serena lo dice como al pasar: “Once tropillas domé una vez”. El secreto está en hablarle despacio y darle el cinchazo cuando corcovea; en once meses un caballo tiene que estar domado. Luego de las largas jornadas de doma, solía visitar la pulpería, la misma que hoy lo tiene detrás del mostrador. “Siempre me gustó y la miraba con ganas de atenderla algún día”, asegura don Generoso, hombre de otro tiempo. La horma en la que hicieron a estos personajes la pampa la ha perdido.
Generoso, que se llama igual que su padre, se casó y tuvo dos hijos, pero los caminos de la vida lo dejaron fondeado en esta pampa desventurada. El deseo de poder atender la pulpería fue creciendo, hasta que una tarde el antiguo pulpero lo llamó para limpiarla. “Había mugre y de la buena. Se fue y me dejó la llave, jamás vino a reclamarla”. Después de esperar toda la vida, se encontró del otro lado del mostrador. El estanciero Gregorio Saubidet, dueño de estas tierras y de esta esquina, le ofreció un contrato de palabra, como los de antes. Se dieron la mano y prometieron actuar con buena voluntad. El 3 de noviembre de 2012, cumpliendo el sueño de su vida, comenzó a atender La Esquina de Argúas.
La pulpería es una parada obligada de quienes frecuentan estas soledades. A 20 kilómetros de Coronel Vidal, el ruido y la realidad actuales no llegan hasta esta esquina; el camino de tierra que une el siglo XXI con el XIX, al que todavía parece pertenecer esta precaria construcción, es arenoso y cuando llueve la esquina campera queda aislada. Hombres en viejas camionetas, que aquí en el campo llaman “catango”, caballos y algunas 4x4 paran para recrear la ceremonia de hablar con don Generoso y tomar un aperitivo. Un mástil sin bandera se ve a la entrada. Allí no hace falta izar nada, La Esquina de Argúas es un símbolo argentino.
La historia cuenta que en 1817 don Juan de Argúas fue su primer propietario, aunque la posta ya estaba. En aquellos años, había alrededor de 500 pulperías en toda la provincia, separadas por quince kilómetros cada una. Fueron la primera red civilizatoria que acompañó el crecimiento del mapa bonaerense.
Como suele suceder, el apellido del pulpero se trasladó a la pulpería y al paraje, que están ubicados en un lugar de privilegio, en el camino que une Coronel Vidal con la estancia El Durazno, la primera del distrito, hoy propiedad de la familia Saubidet. “Don Gregorio no entra, pero es una buena persona”, afirma Generoso. En tiempos en los que no había rutas, el camino que pasa por la pulpería terminaba en un balneario que se conocería después como Mar del Plata.
La Esquina de Argúas ofrecía comida, refresco, caballos, y era posta de galeras. Una estación de ómnibus actual. Para mediados del siglo XIX se contabilizaban 1000 pulperías. De todas ellas hoy solo quedan menos de 50 en toda la provincia, y en este distrito, solo La Esquina de Argúas. En las pulperías se podía comprar a granel yerba, harina, fideos, pero también tabaco, municiones y bebida, dejar o buscar el correo y depositar los ahorros en la caja fuerte que todo pulpero tenía.
Tantos años después, así como entonces, la pequeña puerta de la pulpería está abierta. Don Generoso vive atrás, y siempre tiene un grupo de amigos que lo protege con un asado y la asistencia cuando La Esquina se llena de gente. En horas cuando cae el sol, la magia cobra un sentido que trasciende las emociones, se materializa un sentimiento de fraternidad. En la completa soledad de un mapa que huele a tierra y olvido, la única luz que se ve desde lejos es la que emiten los flojos faroles de la querida pulpería. Es un verdadero faro que ilumina a este mundo con sonrisas y luces de amistad, charla y contención. La ONG Amartya, que trabaja para un mundo más sustentable, tiene su sede en un campo vecino; ellos también forman parte del escudo que protege a la vieja Esquina de Argúas.
Don Generoso pasa sus días atendiendo y resistiendo, pero también trabajando en el campo. A sus ochenta años no reniega ni acusa dolores. Sus perros sin nombre lo siguen a sol y sombra. “Las vacas a veces me dan problemas”, reconoce. Su soledad es adquirida y aceptada, aunque pocas veces es tal. Una guardia de fieles gauchos lo acompaña. Por lo noche, en su comedor, detrás de la pulpería, se calienta a baño maría algún guiso carrero que ha quedado del mediodía. “La mulita es rica, pero como soy solo termino comiendo algún chorizo seco con queso. Vino, solo el justo y necesario”, reflexiona sobre su dieta. No mira televisión ni oye radio. “Tengo un teléfono celular, pero no le presto importancia. A veces lo siento sonar, pero ¿para qué voy a atender?”, se pregunta. Su mundo pasa entre las rejas, el mostrador y las estanterías, donde conviven una estampita de Jesús, un almanaque de 1989, un rollo de papel higiénico, un tarro de Puloil oxidado y un paquete de fideos de dudoso vencimiento.
Como hace dos siglos, la pulpería continúa siendo un punto de encuentro de una amplia llanura de pampa y silencio. Abre todos los días, y si la puerta está cerrada hay que aplaudir hasta que don Generoso escuche. Una de las rejas en el mostrador se sale de su base. “Es por donde paso las botellas”, afirma. El salón es pequeño, pero acogedor. “Cumplí mi sueño de grande, pero me gustaría organizar jineteadas”, se ilusiona.
Un cartel en una de las ventanas avisa que Roberto y Gladys se ofrecen para cuidar un campo. Una camioneta frena, bajan dos parroquianos, el protocolo es simple: primero y ante todo, el saludo. Don Generoso Villarino les sirve una picada y una cerveza fresca.
Su historia se refleja en la poesía que sostiene desde el mostrador: “Que no hay más pulperías, ¿quién le ha contado? Arrímese a mi pueblo, venga, paisano, porque la vieja esquina sigue durando”.
A dos kilómetros de la pulpería está el campo de la ONG Amartya, se ve a simple vista. “Promovemos una cultura de sustentabilidad a través de la educación ambiental, articulando con el sector público, social y privado. Soñamos con una Argentina sustentable en la que la dimensión ambiental, social, económica, cultural y espiritual estén comprometidas con el cuidado de la vida”. Este es su objetivo. Proponen un cambio radical: hacer ganadería regenerativa. Desde este campo con espíritu pulpero, quieren cambiar el mundo. Hacen un gran trabajo. Conocerlos es inspirador. + info: @amartya.culturaregenerativa
En Mar Chiquita está la única escuela autosustentable pública de nuestro país. Fue fabricada con unas 25 toneladas de materiales reciclados como cubiertas de autos, latas, botellas y cartón. Para llevarlo a cabo convocaron al arquitecto Michael Reynolds, máximo especialista en estas construcciones. Dos ONG intervinieron: la propia Amartya y Tagma de Uruguay. La escuela se autoabastece de agua, energía y calefacción, produce alimentos y maximiza el uso de los recursos. Alumnos y docentes se nutren de alimentos que ellos mismos producen. La educación tiene una fuerte visión ecológica.
Sol de Mayo, una pulpería con alma nacional
A un costado de la ruta provincial 63, en el kilómetro 9, por los pagos de Dolores, detrás de los costillares que se asan con grandes troncos, escondida y atrapada en una burbuja de tiempo, está la vieja pulpería Sol de Mayo. Patriótico es su nombre; nacional, su alma, y toda la Argentina está concentrada en sus rejas, que protegen los quesos, las pecheras de chorizos secos y las sempiternas botellas de aperitivos con su justa capa de polvo, que esperan al paisanaje pasar por estos caminos que ya tienen la esperanza del mar.
¿Qué aroma y qué figura tiene la tradición? En Sol de Mayo está la respuesta. Es sencillo. No bien uno entra, se apersona por detrás del añejo mostrador que acusa más de un siglo, don Santos Aníbal Quinteros, propietario de este templo. De riguroso pañuelo en el cuello, bombacha y boina, este gaucho de pura cepa es un personaje que podría estar en una obra de Güiraldes. Con mirada profunda y palabras justas, da los buenos días. Su sonrisa es una de las mejores bienvenidas. Si un habitante de otro país quisiera conocer la madera con la que está hecha nuestra patria, debería conocer la mirada de Santos.
En paz, sin sobresaltos, se sienta en una silla que tiene más años que él, que ya anda por los 80. Mira las paredes del boliche, decoradas con elementos rurales, cuadros evocativos, carteles de viejas marcas. El óxido aquí es la actualidad. “Por nada en el mundo cambiaría esta vida”, dice por lo bajo. Se lamenta por el estado de una estantería. “El peso de los sifones de soda…”, y eso es lo único malo que puede decir de su amada pulpería. Hace alrededor de cuarenta años que atiende, pero frecuentaba el lugar con su padre cuando era niño. “Me traía acá, conozco todo esto desde cuando había más de veinte hombres trabajando en el lugar. Con decirte que hasta había matadero. Sol de Mayo era otra cosa”. Sus ojos se pierden en aquel tiempo en el que este paraje era centro de múltiples actividades; hoy sobreviven un club, una escuela, algunas chacras y un puesto caminero policial. “Venían muchos a cazar ciervos y chanchos costeros”. Santos nació a pocos kilómetros de aquí, campo adentro. Dolores en este rincón es una gran pampa que muchas veces se ha anegado con el desborde de los arroyos. El mar y sus playas se presienten. El cielo ya tiene otro color.
Sol de Mayo fue una posta frecuentada por reseros y carretas, que se detenían para aprovisionarse y, de paso, bajar a estirar las piernas mientras se apuraba algún vaso o se comía algún guiso carrero. “Acá abajo hay un sótano, lo usaban para enfriar las bebidas”, señala Santos debajo del mostrador. “Enfría mejor que una heladera”, reconoce al sentir el recuerdo de las bebidas enfriadas con este método natural.
Por una puerta con cortina de tiras de plástico, bajo las estanterías con centenarias botellas pobladas de telarañas, se presenta su esposa y encargada junto a él de continuar con el legado de mantener con vida esta pulpería solitaria. Su nombre es Olinda Haydée Moreni, tiene setenta y seis años. “Me estaba cambiando”. Para ella atender es algo serio y, como tal, debe tener un uniforme que consta de una impecable camisa blanca y un académico delantal oscuro. Se sienta al lado de su eterno compañero. Santos quiere contar una historia. “Nos casamos y a ella siempre le gustó el campo, pero venir acá ya era otra cosa. Allá en el campo estaba tranquila, haciendo sus tareas. No quería venir a trabajar en una pulpería donde había que atender a tanta gente. Y la convencí, y ahora ella es la que no quiere irse de acá por nada del mundo”. Las estanterías y la nostalgia que da el olvido que sobrevuela a este lugar convencieron a esta mujer nacida para caminar entre retamos y gladiolos.
Olinda mira con admiración su obra: el almacén está perfectamente mantenido y tiene solo la costra de polvo que debe conservar. “Una vez vino un fotógrafo de Buenos Aires a sacar una foto y no tuve mejor idea que pedirle a un muchacho que venía a ayudarme que limpiara un poco; cuando vuelvo, ¡les había sacado todo el polvo a las botellas! Vino el fotógrafo, quedó paralizado y dijo: ‘¡Falta la mugre acá!’”, recuerda.
La pulpería fue la sede familiar y la cuna donde crecieron sus hijos, quienes los acompañan en la comprometida tarea de atender el salón comedor que tienen a un costado. Un quincho, muy grande, con enormes ventanales, se corona con un fogón donde se asan sagrados costillares, sublimes vacíos y sabrosos lechones. Es un lugar amplio, generoso en espacio. Uno puede comer mirando el infinito horizonte, viendo en lontananza los autos pasar. La ruta 63 conecta la autovía 2 con la clásica ruta nacional 11, la interbalnearia. El tráfico en verano es constante, pero esto ayuda a valorar aún más la experiencia de frenar y disfrutar de la pulpería, tomar un aperitivo allí y pasar al quincho para sentir el sabor de la verdadera carne asada campera. Se paralizan las miradas cuando llega el costillar en el plato.
Mientras Santos cuenta la historia del boliche, Olinda invita una picada como solo en un lugar único y privilegiado como este se puede probar. “Todo lo hago yo”, se enorgullece; el matambre arrollado tiene la misma textura que una manteca tibia, así de tierna es la carne. A un costado de las mesas existe un pequeño museo. “Son cosas que hemos encontrado acá y muchas las van trayendo los clientes”. Botellas, herramientas rurales, radios e incluso un calefón a alcohol que funcionaba hasta hace unos años, entre otras cosas. Lo normal es disfrutar del silencio. El secreto de Sol de Mayo se concentra en detenerse en los detalles, en las piezas de bondiola que cuelgan de la reja en el mostrador, los frascos con dulces caseros, las viejas botellas de vinos inclasificables, pero soberanos allí.
La pulpería está en este mismo lugar desde 1888, cuando en el paraje la actividad campera era abundante y los gauchos desensillaban para tomar unas copas y comentar las novedades de este rincón criollo del mapa bonaerense. Abierta desde aquel año, se conserva en excelente estado y es un lugar en donde se siente aún esa sensación de estar en los años de las carretas y los facones. Bajo su techo –original– de pino brasileño, podemos comprobar que ciertamente el tiempo es relativo. Sentarse allí y cerrar los ojos es dejarse llevar por las emociones; el aire de ruralidad se adueña de nosotros, y es posible recrear un poco la frondosa historia de este almacén que ha acompañado los procesos históricos y sociales del primer partido patrio, Dolores.
El almacén fue construido por Máximo Tony en 1888, siendo su propietario don Francisco Gallastegui, un gallego que vino escapándose de alguna guerra que Santos no recuerda: “De esas que siempre hay en Europa”, redunda. Sol de Mayo era un paraje con mucha vida, el tren pasaba y aquí mismo trabajaba mucha gente; el campo argentino tenía una vitalidad que se fue desvaneciendo con el cierre de los ramales ferroviarios y el progreso en las tecnologías agropecuarias, los motivos que se repiten en el mapa. “Acá paraba el crotaje –nos cuenta Santos–. El antiguo dueño los dejaba estar acá, les daba comida y techo, y muchas veces no les cobraba nada. Siempre se la trató muy bien a la gente”.
Dos cosas que no hay que perderse: hacer unos kilómetros más, con sentido a la ruta nacional 11, y visitar la Esquina de Crotto, que fuera una de las más legendarias pulperías de la provincia y que, desde hace varios años, está cerrada y abandonada. Es fiel testigo de lo que fue una pulpería original y la importancia que tuvo; la rotonda y todo el paraje llevan su nombre. La otra que es imposible perderse es el postre que sirven en el quincho, clásico de Dolores y marca registrada de Sol de Mayo: la “torta argentina”, que se compone de una torre de 25 panqueques untados con dulce de leche casero y salpicados de merengue. Simple y contundente.
En Sol de Mayo, a un costado de la ruta 63, todavía –gracias a los dioses pampeanos– es posible disfrutar del sosiego, sintiendo cómo la prisa y el apuro se quedan detrás de la puerta, en la carretera. Acá todo es gozo y bienestar criollos. La actualidad es el pasado.
En Dolores vive el capitán Alfredo Barragán, conocido por conducir la balsa que cruzó el océano Atlántico. “Que el hombre sepa que el hombre puede”, declaró el 12 de julio de 1984 al arribar al puerto de la Guaira (Venezuela), luego de haber estado 52 días en alta mar. Acababa de cruzar, junto a un equipo de cuatro expertos marinos, el océano Atlántico en una balsa de madera de trece metros de largo por seis de ancho, sin timón ni gobierno (sin ancla), ayudado por una vela y una corriente marina que nace en África y que se desplaza hasta la costa americana. Barragán, con 72 años, tiene un récord difícil de igualar: durante cincuenta años hizo treinta expediciones en cinco continentes. En la rotonda de entrada a Dolores, un monumento recuerda la hazaña. Él suele verse en el bar La Ley. Siguiendo por la ruta 63 con sentido a la costa, puede verse La Esquina de Crotto. Fue una parada obligada de todos los que entraban a la región atlántica. Hoy, rodeada de olvido y vegetación, está en ruinas. Urge recuperarla. Mientras tanto, suma acercarse y verla para poder conocer cómo era una auténtica pulpería. + info: Rotonda ruta 63 y ruta 11.
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