Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 56
Capítulo 8
Al día siguiente, muy de mañana, antes de que los niños se levantasen, los vehículos en que iban a cazar el charabán y un carro– estaban ante la entrada.
«Laska», adivinando que había cacería, después de ladrar y saltar a su antojo, estaba ahora en el charabán al lado del cochero, mirando con inquietud y reproche la puerta, por la que tanto tardaban en aparecer los cazadores.
El primero en salir fue Veselovsky, con flamantes botas altas que le llegaban hasta la mitad de sus robustas piernas, con camisa verde de cazador, tocado con una gorra con cintas, ciñendo una canana nueva, que olía a cuero, y empuñando su escopeta inglesa nueva también, sin cordón ni correa.
«Laska» corrió a su encuentro, festejándole y preguntándole a su modo, con sus saltos, si los demás saldrían en breve, pero, no recibiendo contestación, volvió a su puesto de espera y allí aguardó de nuevo, con la cabeza de lado y una oreja aguzada.
Al fin, la puerta se abrió con estrépito y salió, dando saltos y cabriolas, «Krak» , el pointer de Oblonsky, y tras él el propio Oblonsky, con un cigarro en la boca y la escopeta en la mano.
–¡Calla, « Krak» , calla! –ordenó afectuosamente a su perro, que le ponía las patas sobre el vientre y el pecho, aferrándose a su morral.
Esteban Arkadievich llevaba botas viejas, bandas hechas de ropa usada, unos calzones rotos y una zamarra. En la cabeza ostentaba los restos de un sombrero. En cambio, su escopeta de nuevo sistema era un verdadero primor, y su morral y canana, aunque gastados, eran de cuero de primera calidad.
Veselovsky, hasta entonces, no había comprendido la verdadera elegancia del cazador, consistente en llevar ropa y zapatos viejos y en cambio efectos de caza inmejorables. Ahora, mirando a Oblonsky, esplendoroso entre aquellos andrajos, con su figura distinguida y jovial de verdadero señor, decidió que para la próxima cacería se vestiría del mismo modo.
–Veo que nuestro huésped se retrasa–dijo Vaseñka Veselovsky.
–Hombre, piense en su joven esposa… –repuso Oblonsky, sonriendo.
–Por cierto que es encantadora.
–Ya estaba vestido. Debe de ser que ha ido otra vez a verla.
Esteban Arkadievich acertaba. Levin había vuelto a despedirse de nuevo de su mujer y a preguntarle otra vez si le perdonaba la sandez de la noche anterior, así como para rogarle que hiciese el menor ejercicio posible. Sobre todo, debía apartarse de los niños, que podían empujarla y hacerle daño. Además, quería saber una vez más de labios de Kitty que no la disgustaba que él se fuera por un par de días; y finalmente le hizo prometer que al día siguiente, y por un hombre a caballo, le mandaría una nota, aunque fuesen sólo dos líneas, para informarle de cómo seguía.
Kitty, como siempre, sentía separarse por aquellos dos días de su marido, pero, al ver su figura corpulenta y vigorosa, con sus botas de cazador y su blusa blanca, irradiando esa animación peculiar de los cazadores que ella no podía comprender, olvidó su tristeza, compensada por la alegría de él, y le despidió con jovialidad.
–Perdonen, señores –dijo Levin, corriendo al encuentro de sus compañeros–. ¿Han puesto ahí el almuerzo? ¿Y cómo es que han enganchado al «Rojo» a la derecha? En fin, es igual. ¡Cállate, «Laska»! Anda, acuéstate.
–Llévalos al rebaño de becerros –agregó, dirigiéndose al vaquero, que le esperaba al pie de la escalera para preguntarle lo que debía hacer con los ternerillos.
–Perdonen –concluyó–. Allí viene otro a fastidiarme.
Saltó del charabán en que ya se había acomodado y saltó al encuentro del maestro carpintero, quien, con una vara de medir en la mano, se acercaba a él.
–Ayer no pasaste por el despacho y hoy vienes a entretenerme… ¿Qué quieres?…
–Permítanos añadir unos peldaños a la escalera. Con tres más habrá bastante. Así lo arreglaremos bien. Será mucho más descansado…
–¡Más valdría que me hubieses obedecido! –contestó Levin con enfado–. Te dije que pusieras los soportes y luego colocarás los peldaños. Ahora ya no hay arreglo. Haz lo que te he ordenado y construye una escalera nueva.
Ocurría que el maestro carpintero había estropeado una escalera, que construía para el pabellón, haciendo los soportes por separado sin calcular la pendiente. Los peldaños quedaron demasiado inclinados, y ahora el carpintero quería agregar tres más, dejando la misma armazón.
–Esto sería mejor –dijo.
–¿Cómo vas a arreglarte con tus tres escalones?
–No se preocupe –contestó el otro, con sonrisa desdeñosa–; ya cuidaré yo de que quede bien. La iremos
montando desde abajo, y llegará arriba –añadió con gesto persuasivo precisamente donde ha de llegar.
–Pero los tres peldaños la alargarán. ¿Hasta dónde va a llegar?
–La pondremos desde abajo, y ya verá cómo queda bien –repitió el carpintero con persuasión y terquedad.
–¡Llegará al techo!
–No llegará. La subiremos de modo que quede justa.
Levin, con la baqueta del arma, empezó a dibujar la escalera en el polvo del camino.
–¿Lo ves? –preguntó al carpintero.
–Como usted quiera –repuso el hombre, cambiando de expresión repentinamente y mostrando que había comprendido al fin–. Ya veo que hay que hacer una escalera nueva.
–Pues hazlo como te mando –exclamó Levin, sentándose en el charabán–. ¡Vamos! –ordenó al cochero–. Felipe: sujeta los perros.
Ahora que dejaba tras sí todas las preocupaciones familiares y domésticas, experimentaba tan viva alegría de vivir que no tenía ni deseos de hablar. Sentía la emoción concentrada que experimenta todo cazador acercándose al cazadero.
Lo único que le interesaba era pensar si hallarían piezas en las marismas de Volpino, si «Laska» se portaría bien o no en comparación con «Krak», y si él mismo tendría buena puntería. ¿Cómo arreglarse para quedar bien ante un invitado nuevo? ¿Se mostraría Oblonsky mejor cazador que él? Tales eran los pensamientos que le ocupaban en aquel momento.
Oblonsky, sintiendo lo mismo, iba taciturno también. Sólo Veselovsky hablaba alegremente sin cesar.
Escuchándole, Levin se avergonzaba de lo injusto que había sido el día antes con él. Vaseñka era un buen muchacho, sencillo, bondadoso y muy jovial. Si Levin le hubiera conocido de soltero, de seguro que los dos habrían sido buenos amigos.
Cierto que a Levin le contrariaba algo su modo despreocupado de considerar la vida y su elegancia un poco desenvuelta. Parecía concederse una especial importancia por el hecho de tener largas uñas y llevar una gorrita escocesa y por lo demás que le distinguía. Pero todo podía perdonársele por su simplicidad y honradez.
Levin admiraba además su buena educación, su excelente pronunciación francesa a inglesa y su elegancia mundana.
Vaseñka, entusiasmado con el caballo del Don que corría al lado izquierdo, lo elogiaba sin cesar.
–¡Qué hermoso sería montar un caballo de la estepa y galopar por ella! ¿Verdad? –decía.
Y, aunque de manera imprecisa, se veía ya cabalgando por la estepa sobre aquel caballo, en una carrera salvaje y poética.
Además de su buen porte, agradable presencia y de la gracia de sus ademanes, resultaba atractiva su ingenuidad. Bien porque su carácter fuera realmente simpático a Levin, o porque éste quisiera hoy encontrarlo todo bueno en Vaseñka para redimir su falta de anoche, el caso era que Levin esta mañana se sentía a gusto con él.
Cuando habían recorrido unas tres verstas, Vaseñka reparó en que no tenía sus cigarros ni su billetero; ignoraba si los había dejado sobre la mesa o los había perdido. El billetero contenía trescientos setenta rublos, y, dada la importancia de la suma, Vaseñka deseaba asegurarse de que no lo había perdido.
–Oiga, Levin. ¿Podría llegarme a casa en un momento montando en ese caballo de la izquierda? ¡Sería admirable! –dijo, preparándose ya a cabalgar.
–No. ¿Para qué? –repuso Levin, calculando que Vaseñka debía pesar lo menos seis puds–. Que vaya el cochero.
El cochero se fue montado a buscar el billetero y los cigarros y Levin tomó en sus manos las riendas.
Capítulo 9
–Dinos qué itinerario vamos a seguir –preguntó Oblonsky. –El plan es éste: ahora nos dirigiremos a las tierras pantanosas donde abundan las fúlicas. Después de Grozdevo empiezan magníficas marismas llenas de chochas y también de fúlicas. Ahora hace calor, pero como hay unas veinte verstas, llegaremos al oscurecer, y a esa hora podremos cazar… Pasaremos la noche allí y mañana seguiremos hacia los grandes pantanos.
–¿No hay nada por el camino?
–Sí; pero tendríamos que detenernos, y hace tanto calor… Hay dos lugares excelentes, pero dudo que hallemos algo en ellos.
Levin sentía deseos de pararse en aquellos lugares, pero como distaban poco de casa, podía ir a ellos siempre que quisiera. Además eran sitios reducidos, y había poco espacio para los tres. Por esta causa les mintió diciéndoles que allí había poca caza. Mas, al pasar ante una de las pequeñas marismas, ante las cuales Levin trataba de pasar de largo, el experto ojo de cazador de Oblonsky distinguió en seguida la hierba del pantano.
–¿Y si nos detuviéramos ahí? –exclamó señalando el lugar.
–¡Vayamos, Levin! ¡Es un lugar magnífico! –gritó Vaseñka. Y Levin tuvo que acceder.
Apenas se detuvieron, los perros, corriendo a porfía, se dirigieron hacia el pantano.
–¡«Krak», «Laska»!
Los perros regresaron.
–Para los tres habrá poco espacio. Me quedaré aquí dijo Levin, confiando en que sus amigos no hallarían más que las cercetas que se habían remontado asustadas por los perros, y volaban, con su vuelo balanceante, graznando lúgubremente sobre las marismas.
–No, Levin, vayamos juntos –insistió Veselovsky.
–Les aseguro que estaremos aprestados. ¡Ven, «Laska» ! ¿Necesitan el otro perro?
Levin permaneció junto al charabán, mirando con envidia a los cazadores. Uno y otro recorrieron todo el cazadero, pero excepto una fúlica y varias cercetas, una de las cuales mató Vaseñka, no había nada.
–Ya han visto que no trataba de ocultarles el lugar –dijo Levin–. Ya sabía yo que era perder el tiempo.
–De todos modos nos hemos divertido –repuso Vaseñka, subiendo torpemente al charabán, con el arma y la cerceta en la mano–. ¿La he alcanzado bien, verdad? ¿Falta todavía mucho para llegar al pantano?
De pronto los caballos se encabritaron, lanzándose a correr; Levin dio con la cabeza contra el cañón de una de las escopetas, y en aquel momento le pareció oír un disparo. Pero, en realidad, el disparo se había producido antes.
Lo sucedido fue que Vaseñka, había olvidado bajar uno de los gatillos, que se disparó. La carga fue, afortunadamente, a dar en tierra sin herir a nadie.
Oblonsky meneó la cabeza y miro con reproche a Veselovsky, aunque riendo, pero Levin no tuvo valor para decirle nada, especialmente porque cualquier reproche habría parecido motivado por el riesgo que había corrido y por el bulto que el choque con el arma le había producido en la frente.
Veselovsky se mostró al principio sinceramente disgustado, pero luego rió de la alarma de tan buena gana, y tan contagiosamente, que Levin no pudo tampoco contener la risa.
Al llegar a las marismas de más allá, que por ser bastante grandes debían entretenerles cierto tiempo, Levin trató de nuevo de persuadirles de que no, pero Veselovsky se empeñó en detenerse también aquí.
El lugar era angosto y Levin, como buen huésped, volvió a quedarse con los coches.
Apenas llegaron, « Krak» corrió hacia unos pequeños montículos de tierra. Veselovsky fue el primero en seguir al perro. Aún no había llegado Oblonsky, cuando salió volando una fúlica.
Oblonsky falló el tiro y el ave se ocultó en un prado no segado. Entonces se la dejó a su compañero. «Krak» volvió a encontrarla, la hizo levantar y Veselovsky la mató, regresando después a los coches.
–Ahora vaya usted y yo cuidaré de los caballos –dijo.
Levin empezaba a sentir la envidia natural en un cazador. Entregó las riendas a Veselovsky y se dirigió hacia las marismas.
«Laska» ladraba hacía tiempo, quejándose de su injusta preterición. Ahora corrió rectamente al sitio donde había caza, paraje ya conocido por Levin, entre los montículos, a los que aún no había llegado «Krak».
–¿Por qué no detienes a tu perro? –gritó Oblonsky.
–No espantará la caza –respondió Levin alegremente, mirando a su perra y siguiéndola.
«Laska», a medida que se aproximaba, buscaba con mayor interés. Un pajarillo de las marismas la distrajo por un momento. El perro describió un círculo ante los montículos, luego otro, y, de repente, se estremeció y se quedó parado.
–¡Ven Stiva! –llamó Levin, sintiendo que su corazón latía con más fuerza.
Dijérase que en su oído se había descorrido un cerrojo y que todos los sonidos comenzaban a impresionarlo desmesuradamente y en desorden, pero de un modo preciso. Oía los pasos de Esteban Arkadievich confundiéndolos con el lejano pisar de los caballos, sintió un crujido en el montículo de tierra que pisó y lo tomó por el vuelo de un pájaro, y, más lejos, percibió un chapoteo que no podía explicarse.
Eligiendo sitio donde apostarse, se acercó al perro.
–¡Listo! –ordenó a «Laska».
Se levantó una chocha. Levin apuntó, pero en aquel momento el sonido del chapoteo, que había oído antes, se hizo más fuerte, uniéndosela ahora la voz de Vaseñka, que gritaba de un modo extraño. Levin, aunque veía que apuntaba a la chocha un poco bajo, disparó. Una vez convencido de que había fallado el tiro, miró a sus espaldas y vio que los caballos del charabán, que estaban en el camino, se habían internado en el terreno pantanoso, donde se hallaban atascados. Veselovsky, para presenciar la caza, los había hecho entrar allí.
«¡Parece que le impulsa el mismísimo diablo!», gruñó Levin dirigiéndose al carruaje.
–¿Por qué diablos los ha hecho entrar? –le preguntó secamente. Y llamó al cochero para que le ayudase a sacar los caballos.
A Levin le disgustaba que le hubieran estorbado el disparo, que le empantanaran los animales y, sobre todo, que ni Veselovsky ni Oblonsky les ayudaran, al cochero y a él; aunque, a decir verdad, ni uno ni otro tenían la menor idea de cómo habían de desengancharse.
Sin contestar palabra a las afirmaciones de Vaseñka de que allí todo estaba seco, Levin trabajaba junto al cochero tratando de sacar los caballos. Pero, luego, enardecido ya por el esfuerzo y viendo que Veselovsky se esforzaba con tanto ardor en tirar del charabán que hasta rompió un guardabarros, Levin se reprochó su actitud, debida en gran parte a su resentimiento del día anterior, y procuró suavizar su trato con especial amabilidad.
Cuando todo estuvo arreglado y los coches volvieron a la carretera, Levin ordenó sacar el almuerzo.
–Bon appétit, bonne conscience! Ce poulet va tomber jusqu'aufond de mes bottes ! –dijo Vaseñka, ya alegre de nuevo, al concluir el segundo pollo–. Nuestras desventuras han terminado y todo marchará por buen camino. Pero, como debo ser castigado por mis culpas, me sentaré en el pescante. ¿Verdad? Aunque no soy Automedonte, verá qué bien les llevo –insistió, cuando Levin le pidió que dejara las riendas al cochero–. No, no. Debo pagar mi culpa. ¡Voy muy bien en el pescante!
Y lanzó los caballos al galope.
Levin temía que Vaseñka fatigase a los caballos, sobre todo al rojizo de la izquierda, al que el joven no sabía guiar, pero involuntariamente se plegó a su jovialidad escuchando las canciones que, en el pescante, fue cantando durante todo el camino, oyéndole contar cosas divertidas, escuchando sus explicaciones sobre la manera de guiar, a la inglesa four–in–hand.
Sintiéndose en la mejor disposición de ánimo deseable, llegaron los cuatro a las grandes marismas de Grozdevo.
Capítulo 10
Vaseñka apresuró tanto a los caballos que llegaron a las marismas demasiado pronto, con mucho calor aún.
Al acercarse a los grandes pantanos objetivo principal de los cazadores, Levin pensó, inconscientemente, en el modo de deshacerse de Vaseñka y cazar solo, sin estorbos. Oblonsky parecía desear lo mismo. En su rostro, Levin leyó la preocupación propia de todo verdadero cazador antes de empezar la caza, así como cierta expresión de bondad maliciosa peculiar en él.
–¿Cómo nos distribuimos? –preguntó Esteban Arkadievich–. El lugar es magnífico y veo que hasta hay buitres en él –añadió señalando varias grandes aves que volaban en círculo sobre las marismas–. Donde hay buitres, hay caza.
–Escuchen –dijo Levin con gravedad, arreglándose las altas botas y repasando los gatillos de su escopeta–. ¿Ven aquel islote?
Señalaba uno que destacaba por su oscuro verdor sobre el vasto prado húmedo, a medio segar, que se veía a la derecha del río.
–Las marismas empiezan ante nosotros, aquí mismo, ¿ven?, donde se ve ese verdor, y se extienden hacia la derecha, allí donde están los caballos. Allí, en aquellos montículos de tierra, hay fúlicas, y también en torno al islote, junto a aquellos álamos, y hasta en las cercanías del molino, ¿ven?, allí donde forma como una pequeña ensenada… Ese sitio es el mejor. Allí cacé una vez diecisiete fúlicas. Nos encontraremos junto al molino.
–¿Quién sigue la derecha y quién la izquierda? –preguntó Oblonsky–. Puesto que el lado derecho es más ancho, id los dos por él y yo seguiré el izquierdo –dijo con tono indiferente en apariencia.
–¡Muy bien! Vayamos por aquí y cazaremos a gusto. ¡Vamos, vamos! –exclamó Vaseñka.
Levin no tuvo más remedio que acceder y ambos se separaron de Oblonsky.
Apenas entraron en las marismas, los dos perros comenzaron a correr y buscar ahí donde los matorrales eran más espesos. Por el modo de husmear de «Laska» , lenta a indecisa, Levin comprendió que no tardarían en ver levantarse una bandada de aves.
–Veselovsky: vaya a mi lado –dijo en voz baja, al compañero que chapoteaba detrás, y cuya dirección del arma, después del disparo involuntario en el pantano de Kolpensoe, era natural que interesara a Levin.
–No tema que dispare sobre usted…
Pero Levin lo pensaba así sin poder evitarlo, y recordaba las palabras de Kitty al despedirse:
–No vayáis a mataros uno a otro sin querer…
Los perros se acercaban cada vez más, muy apartados entre sí y cada uno en una dirección.
La espera era tan intensa que Levin confundió con el graznar de un ave el chapoteo de su propio tacón al sacarlo del barro, y apretó el cañón del arma.
«¡Cua, cua!», sintió encima de su cabeza.
Vaseñka disparó contra un grupo de patos silvestres que revoloteaban sobre las marismas y que se acercaron de repente a los cazadores.
Apenas Levin tuvo tiempo de volver la cabeza cuando se levantó una chocha, luego otra, después una tercera y, en fin, hasta ocho piezas que se elevaron sucesivamente.
Oblonsky mató una al vuelo, cuando el animal iba a describir su zigzag, y el ave cayó como un bulto informe en el barrizal.
Sin precipitarse, Esteban Arkadievich apuntó a otra que volaba bajo hacia el islote. Sonó el tiro y el ave cayó. Se la veía saltar entre la hierba segada, agitando el ala, blanca por debajo, que no había sido alcanzada por el disparo.
Levin no fue tan afortunado. Disparó sobre la primera chocha demasiado cerca y erró el tiro. La encajonó cuando volaba más alta, pero en aquel momento otra chocha saltó a sus pies y Levin se distrajo y erró nuevamente el tiro.
Mientras cargaban las escopetas, surgió otra chocha, y Veselovsky, que ya había cargado, disparó, y la descarga fue a dar en el agua. Oblonsky recogió las aves que había matado y miró a Levin con los ojos brillantes de alegría.
–Separémonos ahora –dijo Oblonsky.
Silbó a su perro, preparó el arma y, cojeando ligeramente, se alejó en una dirección, mientras sus compañeros seguían la opuesta.
Con Levin pasaba siempre lo mismo: que cuando marraba los primeros tiros, se ponía nervioso, se irritaba y no acertaba ya ni uno en todo el día. Así sucedió también esta vez. Había gran números de chochas, que volaban a cada momento a los pies de los cazadores y a ambos lados del perro. Levin, pues, podía resarcirse, pero cuando más disparaba, más avergonzado se sentía ante Veselovsky, que tiraba como Dios le daba a entender, alegremente, sin hacer blanco casi nunca, pero sin desconcertarse por ello ni perder su calma.
Levin, impaciente, se precipitaba, estaba cada vez más nervioso y disparaba con la certeza de no matar ave alguna.
«Laska» parecía comprenderlo también. Buscaba con menos interés y se habría dicho que miraba a los cazadores con reproche y sorpresa. Los disparos se seguían unos a otros. Los cazadores estaban envueltos en humo de pólvora y, sin embargo, en el morral no había más que tres chochas.
Una de ellas había sido cazada por Veselovsky y las otras dos pertenecían a ambos.
Mientras tanto, al otro lado de las marismas sonaban disparos menos frecuentes, pero a juicio de Levin, más eficaces. Casi siempre, tras cada disparo de Oblonsky, se oía su voz, gritando:
–¡«Krak», «Krak»!
Y Levin, oyéndole, se sentía cada vez más excitado.
Las chochas volaban ahora en bandadas. Constantemente se percibían sus chapoteos en el cieno y en el aire se escuchaban sus graznidos. Se levantaban, giraban y luego volvían a posarse, a la vista de los cazadores. Los buitres no se veían ya por parejas, sino a docenas, que volaban sin cesar sobre las marismas.
Llegados hacia la mitad de los terrenos pantanosos, Levin y Veselovsky se encontraron en el límite de un prado perteneciente a unos campesinos. Largas franjas que arrancaban del lado mismo del carrizal dividían el prado, la mitad del cual estaba ya segado.
Aunque en la parte sin guadañar había menos probabilidades de hallar caza que en la segada, Levin, habiendo convenido con Oblonsky en encontrarse, siguió adelante con su compañero.
–¡Eh! ¡Cazadores! –gritó un campesino que se sentaba junto a un carro desenganchado–. ¡Vengan a comer con nosotros, que tenemos buen vino!
Levin volvió la cabeza.
–¡Vengan! ¡Vengan! –gritó alegremente otro labriego barbudo, de colorado rostro, mostrando al sonreír sus blancos dientes y alzando en el aire una verdosa botella que brillaba al sol.
–Qu'est–ce qu'ils disent ? –preguntó Veselovsky.
–Nos convidan a beber vodka. Seguramente han hecho hoy el reparto del heno… Yo bebería con gusto –dijo Levin no sin malicia, mirando a su compañero y esperando que éste se sintiera seducido por el vodka y quisiera ir.
–¿Y por qué nos convidan?
–Ya ve: son buena gente… Vaya, vaya. Le divertirá.
–Allons, c'est curieux …
–Vaya; encontrará allí el sendero que lleva al molino exclamó Levin.
Y al volverse vio con placer que Vaseñka, encorvándose y tropezando con sus cansados pies, y llevando el fusil a brazo, salía del carrizal para acercarse a los labriegos,
–¡Ven tú también! –llamó el campesino a Levin–. Te daremos empanada.
Levin dudó por un momento. Comenzó a andar hundiendo los pies en el fango, pues se sentía fatigado y apenas los podía levantar. Con gusto se habría comido, sin embargo, un pedazo de pan y se habría bebido detrás un vaso de vodka. Pero en aquel momento su perro se detuvo y Levin sintió que su cansancio desaparecía de repente, y a paso ligero se dirigió a su encuentro.
A sus pies se alzó una chocha. Disparó y la mató, pero el perro seguía inmóvil. Apenas tuvo tiempo de azuzarle, cuando de los mismos pies del animal voló otra chocha. Levin hizo fuego. Pero el día era poco afortunado. Erró el tiro, y al ir a buscar el ave muerta tampoco la halló.
Recorrió el carrizal de arriba abajo, pero sin fruto. «Laska» no creía que su amo hubiese matado al animal y, cuando le mandaba que lo buscase, fingía hacerlo, pero en realidad no buscaba nada.
De modo que tampoco sin Vaseñka, al que Levin achacaba su mala suerte, iba la cosa mejor. Aunque aquí había también muchas becadas, Levin erraba lastimosamente tiro tras tiro.
Los rayos oblicuos del sol poniente eran muy calurosos aún. El traje, chorreante de sudor, se le pegaba al cuerpo. La bota izquierda, llena de agua, le pesaba enormemente. Las gotas de sudor le corrían por el rostro manchado de pólvora; se notaba la boca amarga, sentía el olor de pólvora y de cieno, y a sus oídos llegaba el incesante chapoteo de las chochas.
Los cañones de la escopeta estaban tan recalentados que era imposible tocarlos; el corazón de Levin palpitaba en breves y rápidos latidos; sus manos temblaban de emoción, y sus pies cansados tropezaban y se enredaban en hoyos y montículos. Pero seguía andando y disparando.
Por fin, tras un tiro errado vergonzosamente, Levin arrojó al suelo la escopeta y el sombrero.
«Necesito serenarme», se dijo.
Cogió de nuevo el arma y el sombrero, llamó a « Laska» y salió del carrizal.
Ya en un sitio seco, se sentó en una prominencia del terreno, se descalzó, quitó el agua de la bota, se acercó al pantano, bebió de aquel agua que sabía a moho, humedeció los cañones calientes del arma y se lavó las manos y la cara.
Una vez fresco y animado con el firme propósito de no perder su sangre fría, volvió a un lugar donde había visto posarse un ave.
Mas, aunque se esforzaba en estar tranquilo, sucedía lo mismo de antes. Su dedo oprimía el gatillo antes de apuntar bien. Todo iba de peor en peor.
Sólo tenía cinco piezas en el morral cuando salió de las marismas para dirigirse al álamo donde debía encontrar a Esteban Arkadievich.
Antes de divisarle, Levin vio a su perro, «Krak», que salió corriendo de entre las raíces de un álamo, sucio del barro negro y pestilente de la ciénaga. Con aspecto triunfante, olfateó a «Laska».
Detrás de «Krak», surgió, a la sombra del álamo, la gallarda figura de Oblonsky. Avanzaba rojo, sudoroso, con el cuello desabrochado, cojeando como antes.
–¡Qué! ¿Habéis disparado mucho? –dijo, sonriendo alegremente.
–¿Y tú? –preguntó Levin.
La pregunta era superflua, porque su amigo llevaba el morral rebosante.
–No me ha ido mal.
Llevaba catorce piezas.
–Es un excelente cazador. A ti seguramente te ha estorbado Veselovsky. Es muy molesto cazar dos con un solo perro –dijo Esteban Arkadievich, para atenuar el efecto de su triunfo.
