Kitabı oku: «Anna Karénina», sayfa 62
Capítulo 23
Iba ya a meterse en la cama, cuando entró Ana, en camisón.
Durante el día, en varias ocasiones, había intentado hablar con Dolly de sus cosas íntimas, sobre las cuales quería su opinión, y cada vez, después de pocas palabras, se había interrumpido. «Luego, cuando nos quedemos solas, hablaremos… ¡Tenemos que decimos tantas cosas!»
Ahora se hallaban solas y Ana no sabía de qué hablar. Estaba sentada cerca de la ventana, mirando a Dolly, y repasaba mentalmente aquellas reservas de conversaciones cordiales, íntimas, que antes le habían parecido inagotables, y no encontraba nada. En este momento le parecía que todo lo que tenían que hablar se lo habían ya dicho.
–¿Y cómo está Kitty? –preguntó, por fin, tras un suspiro profundo y mirando a Dolly con aire culpable.
Y en seguida, precipitadamente, reflejando una gran ansiedad, añadió:
–Dime la verdad. ¿No está enfadada conmigo?
–¿Enfadada? No –contestó Daria Alejandrovna.
–No está enfadada, pero me desprecia.
–¡Oh, no! Pero ya sabes que en estos casos no se perdona.
–Sí, sí –suspiró Ana volviendo el rostro y mirando a la ventana–. Pero no es mía la culpa –siguió–. ¿Y quién tiene la culpa? ¿Qué significa tener la culpa? ¿Cómo podía pasar de otro modo?… Pues, ¿qué piensas? Por ejemplo, ¿acaso podía ocurrir que tú no hubieses sido la mujer de Stiva?
–De verdad, no lo sé… Pero dime…
–Sí, sí. No hemos acabado de hablar de Kitty. ¿Es feliz? Dicen que él es un hombre excelente.
–¡Oh! Es poco decir «es un hombre excelente»: no conozco un hombre mejor que él.
–¡Ah! ¡Cuánto me alegra lo que dices! No sabes lo que me satisface, Dolly. «Es poco decir que es un hombre excelente» –repitió.
Dolly sonrió.
–Pero hablemos de ti –dijo–. Has de tener como castigo una larga y quizá enojosa conversación conmigo. He hablado con… con…
Dolly no sabía cómo nombrar a Vronsky, porque tan desagradable le era llamarle Conde como Alexey Kirilovich llanamente.
–Con Alexey –le apuntó Ana–. Ya sé que habéis hablado. Pero yo quisiera preguntarte qué te parece mi vida.
–¿Cómo podré decirlo así, de una vez? No sé…
–No, dímelo, a pesar de todo… Ya ves mi vida. Pero no olvides que nos ves viviendo durante el verano y no estamos solos. Nosotros llegarnos aquí cuando apenas comenzaba la primavera y vivimos solos, y solos volveremos a vivir, luego, porque no aspiro a nada mejor que esto. Pero imagínate que vivo sola, sin él, lo cual sucederá. Veo, por todos los indicios, que se va a repetir a menudo, que la mitad del tiempo se lo va a pasar fuera de casa –dijo Ana, levantándose y sentándose más cerca de su cuñada–. Naturalmente –siguió, interrumpiendo a Dolly que quiso replicarle–, naturalmente, yo no le retendré por la fuerza. Y no le retengo. ¿Que hay carreras en las cuales toman parte sus caballos … ? Pues tendrá que asistir. Ello me satisface, pero pienso en mí… Pienso en mí, en mi situación… Pero, ¿por qué te hablo de todo esto? –y, sonriendo, le preguntó–: ¿De qué te habló, pues, Alexey?
–Me habló de lo mismo que yo quería hablarte y por esto me es fácil ser su abogado. De si hay alguna posibilidad, de si es posible… –Daria Alejandrovna se paró buscando las palabras– de si cabe arreglar mejor tu situación… Ya sabes cómo considero las cosas… Pero de todos modos, si es posible, hay que casarse…
–Es decir, ¿el divorcio? –dijo Ana–. ¿Sabes que la única mujer que vino a verme en San Petersburgo fue Betsy Tverskaya? ¿La conoces? Au fond c'est la femme la plus dépravée qui existe . Estaba en relaciones con Tuschkevich, más que nada por placer de engaitar a su marido. Y ella me dijo que no volvería a verme más hasta que mi situación estuviera regularizada. ¡Ella me dijo eso! No pienses que te comparo. Te conozco, querida Dolly. Pero, involuntariamente, he recordado… Entonces, ¿qué te ha dicho Alexey? –insistió.
–Ha dicho que sufre por ti y por él… Puede ser que digas que esto es egoísmo, pero ¡es un egoísmo tan legítimo, tan noble! Antes que nada, quiere legalizar a su hija y ser tu marido, tener sus derechos sobre ti.
–¿Qué esposa puede ser esclava hasta el grado en que lo soy yo por mi situación? –le interrumpió Ana sombríamente.
–Y lo que quiere sobre todo es que tú dejes de sufrir.
–Esto es imposible… ¿Y qué más?
–Pues lo más legitimo: quiere que vuestros hijos lleven su nombre.
–¿Qué hijos? –dijo Ana, sin mirar a Dolly y frunciendo los ojos.
–Anny y los que vengan.
–Por lo que se refiere a lo último, puede estar tranquilo: no tendré más hijos.
–¿Cómo lo puedes decir?
–No tendré hijos porque no quiero.
A pesar de su agitación, Ana no pudo menos de sonreír al ver las expresiones ingenuas de sorpresa, interés y espanto que se dibujaron sucesivamente en el rostro de Dolly.
–El doctor me dijo, después de mi enfermedad…
–¡No puede ser! –exclamó Dolly con los ojos desmesuradamente abiertos.
Para ella, aquél era uno de esos descubrimientos cuyos efectos y consecuencias son tan enormes que en el primer momento nos dejan anonadados, sintiendo solamente que es imposible comprenderlos bien y que será preciso pensar en ellos detenidamente.
Este descubrimiento, que le explicaba de súbito lo que hasta entonces le había resultado incomprensible, cómo en muchas familias había sólo uno o dos niños, despertó en ella tantos pensamientos, ideas y sentimientos contrapuestos que, de momento, no pudo decir nada a Ana, y sí mirarla con sus grandes ojos abiertos enormemente, con una expresión de profunda extrañeza.
Era eso mismo lo que ella había deseado, pero ahora, al enterarse de cómo era posible, estaba horrorizada. Sentía que era una solución demasiado sencilla para una cuestión tan complicada.
–Nest–ce pas immoral ? –pudo decir, al fin, después de un largo silencio.
–¿Por qué? Piensa que tengo para escoger dos cosas: o estar embarazada, es decir, como enferma inútil, o ser la amiga, la compañera de mi marido –dijo Ana pronunciando las últimas palabras en tono intencionadamente superficial y ligero.
«Sí, está claro, está claro» , se decía Daria Alejandrovna.
Eran los mismos argumentos que ella se había hecho, pero ahora no encontraba en ellos ninguna persuasión.
–Para ti, para otras, puede haber dudas aún, pero para mí… –dijo Ana, adivinando los pensamientos de Dolly–. ¿No comprendes? No soy su esposa, me ama, sí, y me amará… mientras me ame. ¿Y cómo podré retener su amor? ¿Con esto? –y Ana adelantó sus blancos brazos ante su vientre.
Con la rapidez extraordinaria con que sucede en los momentos de emoción, los pensamientos y recuerdos pasaban en torbellino por la mente de Daria Alejandrovna.
«Yo» , pensaba, « no atraía a Stiva y, claro, se fue con otra, y asimismo, como aquella primera mujer con quien me traicionó no supo retenerle, y estar siempre hermosa y alegre, la dejó y tomó otra. ¿Y es posible que Ana pueda atraer y retener con esto al conde Vronsky? Desde luego, si él busca esto, encontrará maneras y vestidos más atractivos y alegres; y por blancos, por magníficos que sean sus brazos desnudos, por hermoso que sea su cuerpo, su rostro animado bajo la negra cabellera, él encontrará siempre algo mejor, como lo busca y encuentra mi marido, mi repugnante, miserable y querido marido».
Dolly no contestó y suspiró profundamente.
Ana advirtió que suspiraba, y se afirmó en su idea de que Dolly, aun estando conforme con sus argumentos, no aprobaría su decisión.
–Dices que esto no está bien –continuó, creyendo que lo que iba a exponer era tan firme que no admitía réplica alguna–. Hay que reflexionar, que pensar en mi situación. ¿Cómo puedo desear niños? No hablo de los sufrimientos, que no los temo. Pero pienso, «¿qué serán mis hijos?» . Unos desgraciados que llevarán un apellido ajeno. Por su estado ¡legal, serán puestos en trance de tener que avergonzarse de su madre, de su padre, y hasta de haber nacido…
–Pero precisamente por esto –insinuó Dolly– te es conveniente, necesario, el divorcio y vuestro casamiento.
Ana no la escuchaba: pensaba exponerle los mismos argumentos con que tantas veces había querido persuadirse a sí misma.
–¿Para qué me servirá la razón, si no la empleo en no traer desgraciados al mundo?
Miró a Dolly y, sin esperar contestación, continuó:
–Me sentiría siempre culpable ante estas criaturas desdichadas. Si no vienen al mundo no hay desventura, pero si naciesen y fuesen desgraciados, solamente yo sería la culpable.
También estos argumentos se los había hecho Dolly a sí misma; y, no obstante, ahora no los entendía.
«¿Cómo se puede ser culpable ante seres que no existen?», pensaba.
De repente, le acudió este pensamiento:
«¿Podría haber sido mejor en algún sentido, para mi querido Gricha, que no hubiese venido al mundo?»
Esto le pareció tan extraño, tan terrible, que sacudió su cabeza para disipar la confusión de sus pensamientos.
–No sé… No lo sé… Esto no está bien –sólo pudo decir Dolly, con expresión de repugnancia en su rostro.
–Sí… Pero no olvides lo principal: que ahora no me encuentro en la misma situación que tú. Para ti la cuestión es «si quieres todavía tener hijos», para mí es « si me está permitido tenerlos». Hay, pues, entre ambos casos, una gran diferencia. Yo, comprenderás, que en mi situación, no puedo desearlos.
Daria Alejandrovna no replicó. Comprendió de repente, que se encontraba ya tan alejada de Ana, que entre ellas existían cuestiones sobre las cuales no se pondrían nunca de acuerdo, que era mejor no hablar más.
Capítulo 24
–Por esto es aún más necesario normalizar tu situación si es posible –insistió Dolly.
–Sí… Sí es posible… –dijo Ana en un tono completamente distinto, suave y tristemente.
–¿Es acaso imposible el divorcio? Me han dicho que tu marido consiente.
–Dolly, no quiero hablar de esto.
–Bien, no hablemos –se apresuró a decir Daria Alejandrovna, al ver la expresión de sufrimiento del rostro de Ana–. Veo –añadió– que tomas las cosas demasiado sombríamente.
–¿Yo? Nada de eso. Estoy muy alegre… muy contenta… Ya lo has visto. Je fais même des passions. Veselovsky.
–Sí. Y, si he de decirte la verdad, no me gusta el tono de ese hombre –dijo Daria Alejandrovna, queriendo cambiar de conversación.–¡ Bah! Nada. Esto hace cosquillas a Alexey y nada más… Él es un chiquillo y le tengo absolutamente en mis manos. ¿Sabes? Hago de él lo que quiero. Es igual que tu Gricha…
De repente, Ana volvió al tema del divorcio:
–¡Dolly! Dices que me tomo las cosas demasiado sombríamente… No puedes comprender.. Es demasiado terrible… Lo que hago es esforzarme en no ver nada.
–Pues a mí me parece que es preciso mirar. Hay que hacer todo lo que sea posible.
–Pero, ¿qué es posible?… Nada… Dices «debes casarte con Alexey» y que yo no pienso en esto. ¡Que yo no pienso en esto! –repitió Ana. La emoción coloreó sus mejillas. Se levantó, enderezó el busto, suspiró profundamente y se puso a pasear por la habitación, deteniéndose de cuando en cuando.
–¿Qué yo no pienso? No hay ni un día ni una hora que no piense en ello. Y me irrito contra mí misma al pensarlo, porque estos pensamientos pueden volverme loca. ¡Volverme local –repitió Ana exaltadamente–. Cuando lo pienso, ya no puedo dormir sin morfina… Pero está bien: hablemos de ello con la mayor tranquilidad posible. Me dicen «el divorcio». Primero, él no accederá. «El» está ahora bajo la influencia de la condesa Lidia Ivanovna.
Recostada sobre el respaldo de la silla, Daria Alejandrovna seguía, volviendo la cabeza y con la mirada, los movimientos de Ana con ojos llenos de comprensión.
–Hay que probar –dijo con voz débil.
–Supongamos que hemos probado –siguió Ana–. ¿Qué significa esto? –dijo, repitiendo una idea sobre la cual había, evidentemente, meditado mil veces y que se sabía de memoria–. Esto significa que yo, aunque le odio, reconozco, no obstante, mi culpa, que le considero un hombre generoso y debo rebajarme para escribirle… Supongamos que, haciendo un esfuerzo, me decido a hacerlo. O bien recibiré una contestación humillante o su consentimiento… Pues bien, he recibido su consentimiento…
Ana estaba en este momento en el rincón más lejano de la habitación y se había detenido allí jugando distraídamente con la cortina.
–Hemos supuesto que recibo el consentimiento. ¿Y mi hijo? No me lo darán. Y crecerá, despreciándome, en la casa de su padre, al cual he abandonado. ¿Comprendes que quiero a dos seres, a Sergio y a Alexey igualmente, más que a mí misma?
Ana volvió al centro de la habitación y se paró ante Dolly, oprimiéndose el pecho con las manos. Dentro del blanco salto de cama su figura resaltaba particularmente alta y ancha. Bajó la cabeza y, con los ojos brillantes de lágrimas, miraba de arriba abajo la figura pequeña, delgadita, miserable de Dolly, que se encontraba ante ella con su blusita escocesa y su cofia de dormir, temblorosa toda de emoción.
–Amo sólo a estos dos seres –siguió– y uno de ellos excluye al otro. No puedo unirlos, y esto es lo único que necesito. Y si no lo tengo, todo me da igual. Todo, todo, me da igual… Se terminará de uno a otro modo, pero de esto no quiero ni hablar. Así que no me reproches nada, no me critiques. Con tu pureza no puedes comprender lo que sufro…
Ana se acercó a Dolly, se sentó a su lado, y, mirándola con ojos que expresaban un hondo sufrimiento, un inmenso pesar por su culpa, tomó la mano de su cuñada.
–¿Qué piensas? ¿Qué piensas de mí? No me desprecies… No merezco desprecio… Soy muy desgraciada.
Si hay en el mundo un ser desgraciado, ése soy yo –dijo, y, volviendo el rostro, lloró amargamente.
Cuando Dolly se quedó sola, rezó sus oraciones y se metió en la cama.
Mientras había oído hablar a Ana, la había compadecido con toda su alma; pero ahora le era imposible pensar en ella: los recuerdos de su casa, de sus hijos, se presentaron en su imaginación con un nuevo encanto, con una luz nueva y radiante.
Aquel mundo suyo le pareció ahora tan querido, que se propuso no pasar por nada fuera de él ni un día más, y decidió partir al siguiente, sin falta.
Mientras tanto, Ana había vuelto a su habitación, cogió una copita, vertió en ella algunas gotas de una medicina cuya parte principal era morfina y, habiéndola bebido, se sentó y permaneció así inmóvil algún tiempo, y se dirigió a la cama con el ánimo calmado y alegre.
Cuando entró en el dormitorio, Vronsky la miró atentamente, buscando en su rostro las huellas de la larga conversación que suponía había tenido con Dolly. Pero en la expresión del rostro de Ana, que ocultaba su emoción, no encontró nada fuera de su belleza que, aunque acostumbrada, ofrecía siempre un nuevo atractivo para él. Fuese simplemente por quedar admirado, absorto, ante la belleza de su amada o porque ésta despertara en él deseos que absorbieron sus pensamientos, Vronsky nada preguntó. Esperó a que ella misma le hablara.
Pero Ana se limitó a decir:
–Estoy muy contenta de que te haya agradado Dolly… ¿No es verdad?
–La conozco desde hace mucho tiempo. Parece que es muy buena, mais excessivement terre–à–terre . De todos modos, me place mucho que haya venido.
Tomó la mano de Ana y le miró interrogativamente a los ojos.
Ana, interpretando en otro sentido esta mirada, le sonrió.
A la mañana siguiente, no obstante los ruegos de los dueños de la casa, Daria Alejandrovna partió.
Con su caftán ya viejo, su gorra parecida a las de los cocheros de alquiler, sobre los desaparejados caballos enganchados al landolé de aletas remendadas, con aire sombrío, llegó Filip de mañana, a la entrada, cubierta de arena, de la casa de los Vronsky.
La despedida de la princesa Bárbara y los hombres resultó a Daria Alejandrovna desagradable.
Después de haber pasado juntos un día, tanto ella como ellos sentían claramente que no se comprendían, no congeniaban, y que lo mejor para unos y otros era mantenerse alejados.
Sólo Ana estaba triste.
Sabía que ahora, tras la marcha de Dolly, nunca más iban a despertar en su alma, la emoción, la alegría que había despertado en ella la llegada de aquella amiga. Había sido doloroso, remover ciertos sentimientos, pero, de todos modos, Ana sabía que éstos eran la mejor parte de su alma y que rápidamente se cubriría con los sufrimientos, el pesar, la tristeza, de aquella vida de lucha que llevaba.
Al salir al campo, Daria Alejandrovna experimentó en su alma una agradable sensación de alivio. Sentía deseos de preguntar si les había gustado la estancia en la casa de Vronsky, cuando, de repente, el cochero Filip, dijo, hablando el primero:
–Son ricos, pero sólo nos dieron tres medidas de avena… Los caballos se la habían comido ya antes de que despertaran los gallos. ¡Claro! Con tres medidas no hay para nada… Hoy día, la avena la venden los guardas por cuarenta y cinco copecks solamente. En nuestra casa, a los que vienen de fuera les damos tanta avena cuanta quieren comer los caballos…
–Es un señor muy avaro –comentó el encargado.
–¿Y sus caballos, te gustaron? –preguntó Dolly.
–Los caballos, a decir verdad, son buenos… Y la comida no es mala… Pero, no sé por qué, me pareció todo muy triste, Daria Alejandrovna… No sé cómo le habrá parecido a usted… –dijo, volviendo a aquélla su rostro bonachón.
–A mí también… ¿Qué, llegaremos para la noche?… Tenemos que llegar.
Al entrar en casa y habiendo encontrado a todos completamente bien y particularmente afectuosos y alegres, Daria Alejandrovna, con gran animación, contó todo su viaje: lo bien que la habían recibido; el lujo y buen gusto de la vida de los Vronsky; sus diversiones… Y no dejó que hiciera nadie la menor observación contra ellos.
–Hay que conocer a Ana y a Vronsky. Ahora les he conocido bien y sé cuán amables y buenos son –decía Dolly, sinceramente, olvidando aquel sentimiento indefinido de disgusto y malestar que había experimentado cuando estaba allí.
Capítulo 25
Siempre en las mismas condiciones, sin tomar medidas para el divorcio, Vronsky y Ana pasaron el verano y parte del otoño en el campo.
Habían decidido no ir a ningún otro lugar; pero cuanto más tiempo se quedaban solos y sobre todo en el otoño, sin invitados, tanto más veían los dos que tendrían que cambiar de vida, que no podrían resistir la que llevaban.
Aparentemente, era tan buena que no cabía otra mejor: había abundancia de todo, salud, tenían una hija en quien mirarse y ocupaciones en qué emplearse y distraerse.
Aunque no había invitados a quienes deslumbrar, Ana se ocupaba igualmente de arreglarse y adornarse.
Leía mucho, tanto novelas como otros libros que estaban de moda. Se hacía enviar todas las obras de las cuales se hablaba en la prensa y en las revistas extranjeras y las leía con aquella atención profunda que se tiene solamente en la soledad. Además, todas las cuestiones en que se ocupaba Vronsky, ella las estudiaba en los libros y revistas de la especialidad; así que sucedía a menudo que aquél se dirigía a ella con preguntas sobre agricultura, arquitectura o asuntos deportivos, e incluso acerca de cuestiones de las yeguadas.
Vronsky se maravillaba de su memoria, de sus conocimientos, que había comprobado más de una vez, pues, incluso, al principio, dudando de ello, le pedía confirmación de sus explicaciones y ella se la daba con gran seguridad, buscándola en los libros correspondientes.
Había tomado también gran interés en la instalación del hospital. No sólo ayudaba, sino que ella misma había concebido y organizado muchas cosas.
Pero, de todos modos, su preocupación principal era ella misma, su persona, el deseo de aparecer siempre hermosa a los ojos de su amado, para que no echara de menos todo lo que él había dejado por ella. El deseo, no sólo de agradarle, sino de servirle, se había convertido en el fin primordial de su vida.
Vronsky se sentía conmovido ante tanta abnegación; pero, al mismo tiempo, le pesaban las redes amorosas con las cuales Ana quería retenerle. Cuanto más tiempo pasaba, más cogido se sentía en ellas y tanto más deseaba librarse o, al menos, probar si estaban estorbando su libertad.
Sin este deseo, que aumentaba constantemente, de ser fibre, de no tener escenas desagradables cada vez que había de salir a la ciudad, para las juntas o las cameras, Vronsky habría estado completamente satisfecho de su vida. El papel que había escogido, de rico propietario de tiemas, clase social que debía componer el núcleo esencial de la aristocracia rusa, no solamente lo había encontrado de su gusto, sino que al cabo de medio año de estar viviéndolo, le procuraba cada vez mayor placer. Sus asuntos, que le atraían más y más, ocupándole continuamente, llevaban una marcha próspera. No obstante las enormes sumas que le costaban el hospital, las máquinas, las vacas que había hecho traer de Suiza y muchas otras cosas, Vronsky estaba seguro de que no disminuiría su fortuna, sino que la vería aumentada.
Cuando se trataba de la venta de las maderas, trigo, lanas, arriendo de tierras, Vronsky sabía mantenerse firme como el pedernal y obtener precios altos, remuneradores. En los asuntos de administración, tanto en aquella finca como en las demás propiedades, empleaba siempre los procedimientos más sencillos, menos peligrosos, y se mostraba económico y calculador hasta en las cosas más insignificantes. No obstante toda la astucia y habilidad del alemán, que le llevaba a hacer compras y le presentaba unas cuentas según las cuales al principio en un negocio había más gastos que ingresos, pero que, obrando con cautela, podía hacerse con menos dinero, en la forma que él indicaba, y obtener mayores y más seguros beneficios, Vronsky no cedía si consideraba que los gastos eran exagerados. Solamente daba su conformidad a tales dispendios cuando lo que iban a traer o tenían que arreglar era nuevo o desconocido en Rusia y destinado a despertar admiración. Por otra parte, no se decidía a grandes gastos más que cuando tenía las sumas necesarias disponibles sin quebranto de otras atenciones, y para decidirse a estos gastos entraba en todos los pormenores, buscando y rebuscando el mejor empleo de su dinero.
Era evidente que con este modo de llevar la propiedad no derrochaba sus bienes, sino que, por el contrario, los hacía crecer.
En el mes de octubre tenían que celebrarse las elecciones de la Nobleza en la provincia de Kachin, donde estaban las propiedades de Vronsky, Sviajsky, Kosnichev, Oblonsky y una pequeña parte de las de Levin.
Por las personas que tomaban parte en ellas y otras circunstancias, estas elecciones atraían la atención general. De ellas se hablaba mucho, y se hacían grandes preparativos, y habitantes de Moscú, San Petersburgo y aun del extranjero, se trasladaron allí para tomar parte en ellas.
Hacía mucho tiempo que Vronsky había prometido a Sviajsky asistir, y diez días antes de las elecciones, éste, que le visitaba con mucha frecuencia, fue a buscarle a sus tierras.
La víspera, entre Vronsky y Ana se había producido una discusión con motivo de este viaje.
Era el de otoño, el tiempo más triste y aburrido para la vida en el campo. Por esto calculaba Vronsky que su ausencia había de ser desagradable a Ana y, preparado ya para la marcha, se la anunció con una expresión fría y decidida, como nunca empleara hasta entonces con ella.
Pero, con gran sorpresa suya, Ana recibió la noticia con gran tranquilidad; sólo le preguntó cuándo pensaba volver y se limitó a sonreír cuando él la miró con atención y sin comprenderla.
Vronsky sabía que cuando ella se encerraba en sí misma de aquel modo, era señal de que había tomado alguna importante resolución y no quería que le descubriesen lo que meditaba. Temía, pues, que ahora se encontrase en este caso; pero deseaba de tal modo evitar una escena de enojosas explicaciones, que fingió creer, y en parte lo creía sinceramente, que ella le había comprendido.
–Espero que no te aburras– le dijo.
–Eso espero yo –dijo Ana–. Ayer recibí una caja de libros de Gottier. No me aburriré.
–«¿Quiere adoptar ese tono? Tanto mejor», pensó Vronsky. «Si no, siempre estaríamos con las mismas historias.»
Vronsky, se marchó, pues, a Kachin sin hablar con Ana. Era la primera vez, desde que habían comenzado sus relaciones, que esto sucedía, pero, aunque le inquietaba y le dolía, en el fondo Vronsky se dijo que, a pesar de todo, era lo mejor.
«Al principio será como ahora» , pensaba. «Algo indefinido, vago; luego, ella se acostumbrará. De todos modos, puedo dárselo todo, pero no mi independencia de hombre.»
