Kitabı oku: «Un amor como pocos»

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© Herederos de Leónidas Lamborghini, 2013.

Primera edición eBook, Abril 2016

ISBN 9788869341496

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Diseño de cubierta: Editores Argentinos

Imagen de tapa: Carlos Gorriarena, Sobre la condición (detalle), acrílico sobre tela, 144 x 144 cm, 2004 (obra reproducida con la autorización de los herederos del autor).

Índice de contenido

Colofón

Frontispicio

el Autor

Dedicación

Proemio

Libro Primero

Libro Segundo

Libro Tercero

Libro Cuarto

LEÓNIDAS LAMBORGHINI
Un amor como pocos

Narrativa Argentina

Leónidas Lamborghini


(Buenos Aires 1927-2009)

Publicó Saboteador arrepentido (1955), Al público (1957), Las patas en las fuentes (1965), La estatua de la libertad (1967), La canción de Buenos Aires (1968), El solicitante descolocado (1971), Partitas (1972), El Riseñor (1975), Episodios (1980), Circus (1986), Verme y 11 reescrituras de Discépolo (1988), Odiseo confinado (Premio Boris Vian, 1992), Un amor como pocos (novela, 1993) Tragedias y parodias I (1994), Comedieta (1995), Las reescrituras (1996), La experiencia de la vida (novela, 1996), Perón en Caracas (poema dramático, 1999), El jardín de los poetas (1999), Personaje en penehouse y otros grotescos (1999), Carroña última forma (2001), Mirad hacia Domsaar (2003), Trento (novela, 2003), La risa canalla (2004), Encontrados en la basura

A María Angélica

Proemio

Ésta es la historia de un amor patagónico. El idilio entre Clotilde y el Ovejerito. Clotilde trabajaba en el quilombo de Agonia, pequeña ciudad lanar más o menos ignota de aquella más o menos no ignota región. El Ovejerito era un pastorcillo adolescente que cuidaba su hato de ovejas, las que gustaban mucho besarlo. Y él a ellas. Simétricamente. Ambos, Clotilde y el Ovejerito eran asaz competentes en sus respectivas actividades, en las que habían demostrado una capacidad profesional fuera del común pese a su joven edad. Los dos alboreaban los 17 años. Los dos eran atrozmente bellos. Clotilde vivía en el quilombo donde ocupaba un descascarado pero elegante cuartito. El Ovejerito, en una salvaje pero cómoda, confortable, cueva en las afueras del poblado. Pero existían también ciertas asimetrías que no deben dejar de tenerse en cuenta. Ella provenía de la capital del Reino; él, era oriundo del lugar. El era virgen; ella no. Había dejado de serlo hacía una década. El Ovejerito no había pasado más allá del beso; Clotilde, estaba mucho más allá. Este relato se inspira y tiene su fuente en unas cartas de Clotilde. Clotilde murió hace ya tiempo. En cuanto al Ovejerito sólo yo sé dónde se encuentra. Pero por ahora prefiero no revelarlo.

Las ovejas besaban al Ovejerito y él con igual y simétrica devoción, como queda señalado, devolvía sus besos. Así se había ido anudando entre el pastorcillo y las integrantes de su rebaño esa casta relación. En la Patagonia todo es un gran misterio. En realidad, se trata de tres misterios en uno: el misterio del viento, el misterio del vacío y el misterio de las ovejas. Viento que no deja de soplar. Vacío imposible de llenar. Ovejas que siempre quieren besar. De todas las sirvientas que pasaron por mi casa, Clotilde fue la más amada por mí. Clotilde me contaba estas cosas aunque sin relatarme del todo su historia con el Ovejerito. Años después leyendo y releyendo sus cartas pude completarla. Clotilde me contaba que en aquel establecimiento ella había obtenido un señalado suceso recurriendo al artificio de una atractiva piel ovina, negra, puro merino. Yo la escuchaba maravillado aunque, niño aún, debo confesarlo, no entendía muy bien de qué se trataba. Pero ya es sabido cómo el misterio atrae el interés de los niños acreciendo el encanto de los sortilegios que forman parte del mundo en que viven. Ahora, estoy en condiciones de adelantarles que aquella piel ovina fue una pieza clave en la relación amorosa que unió en un momento mágico estas dos vidas. Me atrevo a asegurarles también que por éste y otros detalles no menos singulares, el amor de Clotilde y el Ovejerito fue un amor como pocos. Respecto a este libro, que de esta historia se ocupa, ha sido concebido y realizado en partes, a la manera de otro libro del cual es su reencarnación (o canto paralelo) en el tiempo. En cuanto a lo que se narra en sus páginas, a las peripecias de ese amor, a la plenitud y felicidad alcanzados en ese ápice por sus protagonistas –dos hijos del destino–, no admitáis duda alguna: sería un ultraje a la memoria de Clotilde.

Libro Primero

Al principio, Clotilde recibía al Ovejerito en el quilombo como a un cliente más. La naturaleza de su quehacer, y por qué no admitirlo, la rutina, no le permitían fijar su atención más de la cuenta en ningún cliente en particular fuera de lo acostumbrado y aceptado en el ejercicio de su profesión. Clotilde profesaba con cada cliente parejamente por igual. Pero Cupido reina en todas partes y a ningún amante amar perdona o libra de sus saetas. Y Clotilde fue asaeteada por la curiosidad primero y luego por la pasión amorosa. Clotilde cuenta en sus cartas que tras despertar su curiosidad, curiosidad jocosa, el Ovejerito se convirtió para ella en una morbosa obsesión erótica. Tanto, como para despertarle también y despertarla del sopor de su quizás, en demasía, profesionalizada libido. Diose cuenta, así, como toda criatura humana enamorada o en trance de estarlo, pendiente del menor de los caprichos del sujeto amado, que el Ovejerito gustaba muy especialmente de ella cuando, a su pedido, cubría parte de sus desnudeces –dejando bien al descubierto sus pechos y sus nalgas– con una piel de oveja negra puro merino de su variada colección. Había empezado por observar (ésa fue la precisa observación inicial) que al pastorcillo se le iban los ojos al verla colgada entre las demás, en su ropero. Y fue entonces cuando, adivinando esos deseos fetichinescos del muchachito (Clotilde poseía el don de la adivinación desde muy pequeña), tomó la iniciativa de cubrirse con ella en varios de sus encuentros profesionales con el Ovejerito. Tendida en la cama, pasifaesesca, lo atraía a sus brazos. El Ovejerito, hecho un torito, rápido, no se hacía esperar y sin sacarse las alpargatas de soga, ni las bombachas batarazas, ni la camisa de grueso tartán (no usaba calzoncillos) se le tiraba encima y la cubría de besos: a la piel de oveja y a ella misma. Clotilde, ya en el umbral del enamoramiento, se divertía. Las cosas ocurrían así: el pastorcillo caía sobre Clotilde, hundía su nariz en los negros y lustrosos bucles de la lana merino y como encendido o excitado por algún poderoso estimulante cubría enseguida con pasionales besos a Clotilde. Un beso y otros mil y otros quinientos en catulonesca calentura. Y otros quinientos y otros mil más: no sería exageración asegurar que no quedaba la más minúscula parcela de la epidermis de Clotilde sin recibirlos. El Ovejerito besaba en “trompa” o “piquito” como sus ovejas, cosa que hacía reír a Clotilde de una manera muy especial; su garganta emitía una suerte de gorjeo de felicidad. ¡Besos y sólo eso! El Ovejerito pagaba satisfecho y cuando todavía continuaba el gorjeo de Clotilde, presuroso, se retiraba. Los abismos entre el mundo imaginario y el mundo real no son tan profundos. La visión puede convertirse en una amable o una espantosa realidad. Las ideas son precursoras de los hechos. Hay más posibilidad de que algo que se piensa sea, que un acontecimiento lo esté siendo. El Ovejerito se retiraba muy contento del quilombo y regresaba a la cueva. Allí lo aguardaban sus ovejas. Lo recibían a besos. Pero en esas ocasiones, sabiendo de donde venía, sus besos eran en verdad un tanto menos vehementes. ¿Celaban al Ovejerito? ¿Tenían celos de Clotilde? Conocemos tan imperfectamente el psiquismo animal que no sería serio afirmarlo o negarlo. O tan siquiera esbozar alguna teoría u opinión.

Pero lo que constituía una certeza, lo que estaba fuera de duda, era que Clotilde habíase ido prendando del muchachito y que al sólo verlo bullía su sangre. Cupido había hecho centro en su corazón. Ahora, ella se daba perfecta cuenta de la belleza del Ovejerito, la razonaba hasta quedarse, por instantes, sin razón: cegada. En algunas de sus cartas escritas en algún paréntesis en que la química del amor dejaba en calma, aquietado, el lago de su corazón, decía con una dosis de locura poética aceptable que el Ovejerito “era bello como un sol”; que su tez le recordaba las aceitunas verdes de las que ella era golosa; que sus cabellos renegridos cayendo por sobre su frente en desordenados rulos o tirabuzones eran como resortes de su pasión; que el celeste purísimo de sus ojos le hacía creer en la dicha celestial y le recordaba el manto de la Virgen María tachonado de estrellas, de la que ella era devotísima. Ya en otro registro esbozaba la idea, en otras cartas, de que es precisamente esa belleza inadvertida que ella notó en el Ovejerito, esa belleza capaz de convivir y sobrevivir anónima en la mezcolanza más absurda o burda, esa clase de belleza es la que sostiene al mundo. ¿Quién era o fue, en realidad, Clotilde? Aún hoy me lo pregunto. Aún hoy no he podido meterme del todo en su personaje. ¿Quién sos o fuiste?

Cuenta Clotilde que en la Patagonia las piedras chocan con estruendo infernal contra las chapas del techo de las casas. Piedras como bochas o balas antiguas de cañón, empujadas por el gran viento que sopla incesante. Por las noches es imposible cerrar los ojos. Las piedras golpean. El viento no deja de soplar y ulular. El insomnio pone sitio a la mente. La agonia, enfermedad ya endémica que afecta a todos los habitantes de la región, pero en particular a Agonia, eleva sus índices peligrosamente. Pobladores hubo, cuenta Clotilde, que llegaron a arrancarse las orejas; otros, que optaron por hacerse matar a topetazos por los carneros salvajes. Estos padecimientos, cuenta Clotilde, son parte de la dura y sufrida vida en aquellos remotos parajes. La agonia, por ejemplo, es un padecimiento psíquico-espiritual. El enfermo, en correlato con la intemperie del paisaje y del clima, experimenta, paralelamente, la náusea existencial, esa otra intemperie: la del alma esteparia. Estados de euforia y estados depresivos o viceversa, alternándose en un vaivén sin solución de continuidad. Enfermedad gauchesca o martinfierritis animosa y a la vez llorosa o llorona que produce efectos bufonescos-trágicos en los afectados hasta que llega la muerte y los agarra a coscorrones. Angustia que, al parecer, nace, se alimenta y crece, por otro lado, de un poder que actúa de afuera hacia adentro y que, a lo largo de un proceso de desenvolvimiento acaba de generar actitudes irreversibles. Una necesidad de fuga de la realidad que cuando no llega directamente a la neurosis, al marginalismo o al suicidio, conduce al hombre, a la mujer, a los hijos adolescentes y aun a los niños a las más peligrosas formas de evasión o escape. Sintomatología que obedece a la incidencia de una serie de factores que repercuten fuertemente en lo físico y en el espíritu y en la mente de las personas, sin distinción de edades, de sexo o color. Cuenta Clotilde que había ido a la Patagonia siguiendo el impulso de su sed de aventuras, alimentada por las películas del Lejano Oeste. Había escuchado en su humilde radio una transmisión de la Fanciulla del West y a partir de los pocos fragmentos a los que prestó atención, muchas cosas imaginó mezclando imágenes de esas películas y algún o algunas arias de La Fanciulla (aunque no conocía el italiano lo entendía gracias a su práctica del champurreado). El caso es que Clotilde llegó a verse en sus sueños como una joven pionera y hasta con dos pistolas en la cintura, tocada su cabeza con el clásico sombrero de cowboy. Iría a esas remotas regiones, triunfaría y sería parte importante de ese triunfo su casamiento con un estanciero que tuviera “olor a bosta”. Un estanciero patagónico de mucho dinero y dueño de miles de ovejas y muchos miles de leguas de tierra. Éste era su sueño. O sueños. La realidad demostrole que la concreción de sus fantasías de poder y riqueza mediante una estrategia frontal, en ese difícil escenario, no era posible. Entonces, dio un paso al costado: ingresó al quilombo de Agonia. Allí, sí, conoció al estanciero de sus pensamientos. La Patagonia es una estepa especialmente apta para la crianza y el desarrollo y subsecuente explotación del ganado ovino. Clotilde lo sabía. Y sabía también que esas tierras no tenían ni las ventajas que las hacían ubérrimas ni el prestigio oligárquico del que gozaban las de la llamada “pampa húmeda”. Pero como ésta eran tierra de promisión. Tanto por su riqueza lanar cuanto por la de su petróleo. Pero Clotilde prefería un estanciero ovejero a un magnate petrolero. El olor a hidrocarburos le producía alergia. A Clotilde, vaya a saberse por qué jugada del destino, le falló el don adivinatorio con el que había venido al mundo. Porque su presunto estanciero resultó ser un peón del hermano que era el verdadero patrón de la estancia. Lo más doloroso es que se dio cuenta de todo demasiado tarde, cuando se había casado ya con el falso estanciero. Justo es reconocer sin embargo, y así lo consigna Clotilde en una de sus cartas, que la fiesta de casamiento fue espléndida. Matrimonio civil, matrimonio religioso, y gran festejo en el quilombo con un exquisito y lugareño servicio de lunch y la clásica torta (diez pisos de alto) toda adornada con florecillas y palomitas de azúcar; en el décimo piso, coronando, una reproducción en miniatura de la pareja de desposados, rodeados de ovejitas que les tiraban besitos, en “trompa”. Clotilde lucía como una princesa con su traje blanco; y el falso estanciero, galas de ovejero millonario que, luego se supo, le había prestado su hermano para la ocasión. El individuo no era habitante de Agonia. Provenía de otro poblado o ciudad ubicado a unos dos o tres kilómetros de distancia y visitaba circunstancialmente el quilombo. En la iglesia tocaron el Ave María de Schubert interpolándole fragmentos de La cumparsita y Qué vachaché. A la salida hubo lluvia de arroz sobre la cabeza de los flamantes consortes si bien, en el caso del esposo, los níveos granos resbalaban sobre su exuberante calva. Su cabeza podíase confundir con una monda rodilla o con algo mucho más procaz. Participaron del festejo en el quilombo la regenta y dueña del establecimiento, Madame Lobá las pupilas y los clientes más connotados. Todas estas personas dieron un digno marco a la fiesta que quedó en la mente de Clotilde como un recuerdo imborrable. Ese recuerdo fue un consuelo muy grande para todo el resto de su vida. Pero por el momento tuvo que pasar el trago amargo. Lo pasó, en cierta medida, considerando su situación desde lo cómico. Se rió de todo eso y se rió de sí misma. Hizo su catarsis de risa y regresó a la gran capital del Reino. Con dos o tres abortos en su cuenta, con su humilde tapado y su monedero marrón, sin un céntimo, Clotilde deambuló por numerosas calles hasta hacerse de algún dinerillo. Cansada, al fin, de esa modalidad callejera de trabajo y añorando, al cabo, el quilombo, pensó en regresar a la Patagonia. Otra vez a Agonia. Pero advierte también en sus cartas que ni el recuerdo de la buena de Madame Lobá y sus amables compañeras de tarea, ni del mismísimo Ovejerito, le hicieron olvidar el sufrimiento psíquico-espiritual de la agonia. Prefirió entonces consultar los avisos clasificados de los diarios con la intención de conchabarse de sirvienta en respetables casas de familia burguesas. Modificó convenientemente su apariencia, requisito fundamental para lograr el puesto deseado (prescindió del rimel y el colorete), dejó la equívoca pensión y dirigió sus pasos hacia mi casa, caminando las dos cuadras que las distanciaban. Mi madre salió a recibirla en persona cuando Clotilde golpeó la puerta de entrada de precioso roble, que la distinguía de las otras viviendas más pobres del barrio cuyas puertas eran de exquisito pino. Mi madre, luego de observar o estudiar detenidamente a Clotilde, después de conversar con ella y preguntarle su nombre (el nombre era muy importante para mi madre que abominaba de ciertos nombres del santoral) la aceptó encantada. Es que Clotilde era una personalidad del todo carismática, hay que decirlo. Yo acababa de cumplir 9 años. Pero enseguida quedé imantado por sus grandes y redondos pechos que abultaban detrás de su blusa. Después, con el transcurso de los días, a través del trato cotidiano, admiré por igual en ella su contagiosa alegría y profunda bondad. A veces me sentaba frente a ella en la cocina y me contaba sobre la Patagonia. Yo la amaba con mi amor puro de niño. Me contaba cosas que divirtiéndome me extasiaba. En los días de lluvia, Clotilde hacía tortas fritas. Esa fragancia u olor me ronda todavía la memoria haciéndome rememorar o evocar aquellos días tan felices de mi infancia. Jamás volví a saborear otras tan deliciosas. Las comíamos juntos, entre mate y mate, mirando a través de la ventana del living que daba a la calle. Tras los vidrios veíamos la inundación, el fabuloso paisaje de aguas móviles, fluyentes, que arrastraban toda clase de objetos. Y troncos, y ramas, y hojas. Y aquel paraguas zozobrante (que siempre parecía el mismo) luchando con la correntada (más bien se trataba del esqueleto de un paraguas, el armazón casi por completo a la vista con algunos restos o jirones de tela negra). Era lindo ver todo eso bajo techo, desde la seguridad a prueba de intemperie del hogar. Toda esa magia. Cuando cumplí mis 13 años, Clotilde me anticipó algo más de su historia con el Ovejerito. Yo la escuchaba maravillado. Ella me hablaba de su pastorcillo con infinita ternura. Y yo me lo imaginaba como uno de esos personajes infantiles, que tanto me emocionaban del libro Corazón de D’Amicis. Momentos rechercherescos, proustianescos. Clotilde me contaba todo aquello y mi imaginación de niño sensible y creativo se iluminaba de inmensidad, fulguraba con un resplandor de encendida fábula. Resplandor que nimbaba a la historia de Clotilde y su Ovejerito de un halo de leyenda cuyo misterio o sugestión me transportaba a otros mundos. Mundos en los que la realidad se hacía ficción y la ficción realidad como en un juego. Juego de piezas perfectamente intercambiables. ¡El Ovejerito de Clotilde besado por sus amantes y fieles ovejas! ¡Besándolo con sus labios en “trompa” y él correspondiéndolas de la misma manera o estilo! ¿No era aquello fabuloso? Me contaba Clotilde que los lanudos animalitos se le acercaban al pastorcillo, le hacían sentir el suave roce de sus vellones hasta adormecerle, lo acostaban, se acostaban largo a largo junto a él en la gruta-hogar donde con él vivían, y lo besaban tiernamente arrullándolo con sus meé, al rojo-dorado resplandor del fuego o llamas de la chimenea. Hasta mañana querido y muy amado niño nuestro. Hasta mañana. Meé. Meé. Un último beso y nada más que eso. Tengo que admitir, sin embargo, que estas dulces ensoñaciones de mi alma infantil se transformaban o metamorfoseaban algunas noches de cena pesada en pesadillas como ésta: veía cierto número de hombres viviendo en una cueva subterránea, con entrada abierta a la luz, extendidos a toda la longitud de la caverna, en la que estaban encerrados desde su infancia, con piernas y cuello encadenados de tal forma que se hallaban obligados a permanecer sentados inmóviles y mirar en línea recta hacia adelante, porque las cadenas les impiden volver las cabezas; veía también, yo, un fuego brillante que ardía un poco más allá, arriba y detrás de ellos, y un camino alto que pasaba entre el fuego y los prisioneros, con una pared baja construida paralelamente a él, como las cortinas que ponen los encantadores ante su audiencia, y sobre la cual exhiben sus maravillas. En mi intuitiva mente de niño pero encallada todavía en el Mar de los Sargazos del no-saber-del-todo el saber sexual, aquello de “beso y nada más que eso” era el límite tras el cual mi navecilla columbraba el abismo. ¿Qué había detrás de aquellas palabras? Mis amiguitos y yo algo habíamos visto o entrevisto. O escuchado. Pero todo “eso” permanecía rodeado, sin embargo, de espeso misterio. En el mejor de los casos se trataba de un asomarse y columbrar. Alrededor de mi navecilla, de su arboladura, de sus velas, rondaba ya la masturbación, fuente de toda imaginación creadora y todo arte. Arte en sí misma. Turbado en mi edad infantil más por la rima de beso con “eso” que por el hecho de no saber, me preguntaba qué había detrás de esa rima. Quizás en el desciframiento de dicho ciframiento rimado estuviera la clave de aquel saber: ¿dos sonidos consonantes en eso eran “eso”? ¿O “eso” era como dos sonidos consonantes? Hasta ese momento, dos palabras que rimaban habían sido para mí un bonito sonido que se agotaban en ese efecto. Soniditos. Rimas con ese tintineo perfecto llenaron, sin embargo, mi infancia. Hadas acústicas. Esto es para mí lo que habían sido hasta ese entonces; pero, ahora, en la consonancia eso/beso intuía yo un escondido, secreto sentido, cuya revelación, pensaba, me abriría de par en par las puertas de la vida. Ese mismo presentimiento había yo experimentado el día (hacia el crepúsculo) del nacimiento de mi hermana. Mamá embarazadita/hermanita. Pero podía ser hermanito. No, será hermanita porfiaba yo. Se reían. Pero hermanito no rimaba con embarazadita. La a del ta de hermanita consonaba perfecta con la a del ta de embarazadita lo que no ocurría con la o del to de hermanito. No podía haber duda: sería hermanita. Y fue. ¿Pero cómo? ¿Por dónde? ¿De adónde? Las puertas del dormitorio de papá y mamá permanecían cerradas. Mi navecilla seguía atrapada en el Mar de los Sargazos del no-saber-del-todo lo sexual. En aquella época no había educación sexual. ¿Podíamos algunos chorlitos como yo que creyeron en los Reyes Magos hasta los 11, descreer por completo de la cigüeña parisina? Yo rondaba el dormitorio de mis padres. Las puertas estaban cerradas. Los adultos, detrás, iban y venían hablando de Miguel Ángel. Escuchaba la voz de la partera, enérgica. Y, de pronto, se oyó aquel grito. Y después del grito, el llanto. En mi mente rimadora se formó este breve pareado: Ésta es la prueba/de que llegó la beba. Mi recién nacida hermanita. Consonante perfecta. Aunque Clotilde, mi amadísima Clotilde, fue pupila de quilombo –si bien es justo destacarlo–, pupila-star, yo pertenezco a una generación que no tuvo quilombo. Nos criamos creyendo en la cigüeña y todas esas consejas. Asomábamonos al pecado, recreación mediante: juegos ya clásicos de la infancia en los que “eso” constituía, por decirlo así, la verdadera sal y pimienta del asunto. Simulacros que pretendían encubrir las verdaderas intenciones de pequeños diablillos dados a sus jugueteos eróticos. Sí, el pecado era un juego o se hacía como jugando sin dejar de ser inocentes. Las “escondidas”, obviamente. El “doctor”: un clásico de clásicos. Pero, claro, fue una época la nuestra en que no había educación sexual y todo “eso” estaba rodeado absurdamente de misterio. Recuerdo aquella niña conocida del barrio que a los 13 años quedó encinta. El farmacéutico de la esquina, que le tenía mucho cariño y simpatía, le preguntó, no sin rodeos: ¿Y cómo te ha pasado esto m’hijita? A lo que la encintadita, las dos manitas sobre su globalizado vientrecillo, respondió espontánea: Jugando, señor. O aquella otra jovencita venida del interior, que prestó servicios en mi casa justo antes de venir Clotilde, y que por la noche lo hacía en el zaguán de casa, subrepticia. Hasta que fue descubierta por mi madre que antes de despacharla le advirtió sobre el peligro de quedar embarazada, a lo que ella contestó: No se preocupe señora, yo de parada no quedo. En fin, brillaba por su ausencia la educación sexual. Y sus ventajas y beneficios: hoy por hoy, una infanta entre los 3 y los 4 años está en condiciones, por ejemplo, de saber que el hermanito o la hermanita que espera está en la pancita de su mamá. Y ya entre los 6 y los 10 años, conocer en términos científicos la fisiología del acto. Entre los 11 y los 13, todo puede pasar. La educación sexual, no se discute, es necesaria a esta altura de nuestra civilización y nuestra cultura. No puede taparse “eso” con un arnero. Imagino una situación paralela, en el presente, a la de aquella niña amiguita del farmacéutico. En un video-juego, respondería hoy, tal vez. ¿Se dio el caso ya? Yo veo la escena, palpitando entre dos épocas. La niña con educación sexual está sentada sobre las piernas de un joven o un adulto furunculosos frente a un video-juego en la casa de un vecino o en su propia casa. Queda embarazadita. Cuando otro farmacéutico de la esquina, pero de esta época, le hace la pregunta (con la variante de “boludita” en cambio de “m’hijita”), ella responde: ¡Nintendo! En fin, ustedes dirán para su coleto “parodia”. Pero ¿qué otra cosa es, primigenia y etimológicamente, la parodia que canto paralelo? ¿Y qué otra cosa son las distintas épocas históricas relacionándose entre sí por semejanzas y desemejanzas y aun contraste? ¡Oh cantos! no sé, sin embargo, qué pasa ahora con el sentimiento de culpa. ¡Todo está tan aceptado! La culpa para nosotros se circunscribía, principalmente, a los que denominábanse malos pensamientos y a la masturbación o paja en todas sus variantes. Si de la masturbación proviene todo arte, entonces la obra de un artista será en pago de esa deuda. La obra bien hecha, bien resuelta, equivaldría a un acto de contrición perfecta que le permitiría ganar el Cielo. Pero nuestra culpa de pajerillos, desproporcionadamente, nos ponía en los propios umbrales del Infierno. Es que no había educación sexual. No había la información que para grandes y chicos prolifera hoy en día gracias a los medios de comunicación de esta época, y que hacen de estas cosas y del acto mismo el hecho más natural del mundo. Pero nosotros, sin educación sexual y sin quilombo, estábamos a merced de todas las fantasías, detenidos en nuestro Mar de los Sargazos. Y esto ocurría, no obstante el sabio consejo agustiniano de mantenerlos abiertos, ¡oh Cartago, Cartago!, so peligro, en caso contrario, de que las cloacas estallaran inundando la Ciudad. Cloacas. La caca del pecado quería decir. Se ha cerrado un círculo: el de la inundación. Otra vez memoro la inundación y su paraguas. Clotilde conoció en mí a toda esa generación de “paragüeros” culposos y esperaba el momento, según lo revelan sus cartas, de hacerme debutar en ella. Quería demostrarme en la práctica por qué el beso era como un poema: nada. Aquí completamos otro círculo. Pero para mí el verdadero problema era el de la cuadratura del círculo: ver, como el Dante, la Cara de Dios. Y el momento llegó. O estuvo por llegar al conjuro de otra tarde de lluvia (otro completado círculo). Yo estaba en la ventana del living a través de la cual, abstraído, contemplaba la inundación cuando escuché el llamado de Clotilde que lo hacía desde su cuarto; una piecita que daba al descanso de la escalera, entre la planta baja y los dormitorios del piso de arriba. Escuché su amada voz y un presentimiento me dijo que algo extraordinario iba a pasarme. Nadie había en la casa más que Clotilde y yo. Mis padres habían salido desde la mañana y volverían muy por la noche. Mi hermana había faltado a la escuela por la lluvia y jugaba en lo de mi tía cuya casa lindaba con la nuestra. Ya estaba a la puerta del cuarto de Clotilde. Aquella pieza con cierto picante olor a orina (orina en la pelela, bajo la cama), a la que tantas veces me había asomado a hurtadillas cuando ella no la ocupaba momentáneamente. En alguno de esos momentos del día (de los días que estuvo Clotilde en nuestra casa) yo abría furtivo la puerta y asomando, tímido, mi cabeza veía allí alguno de sus grandes corpiños colgando del respaldar de su silla de mimbre. La misma en la que ahora, con la puerta abierta, estaba sentada Clotilde, esperándome. Vení, entrá, me dijo. Vení. Yo lo hice no sin alguna aprehensión. Ella me sonrió. Su voz era envolvente. Este año cumplís los 13, ¿no? ¿Sí, verdad? Ya sos un hombrecito. Y muy pronto te pondrás los largos... Vení pichón. No tengas miedo, chiquito. ¿No eres mi patroncito? Cerrá la puerta. O, mejor, dejala entreabierta, no la cerrés del todo. Patroncito. Y empezó a desnudarse y se desnudó a una velocidad sorprendente. Rió. Me llamaban bombacha veloz, díjome. La desnudez de sus pechos me cegaba. La veía, allí, en sinécdoque de dos enormes, turgentes ubres. Me temblaban las piernas y sentía un cosquilleo allá abajo. Vení, chiquito. Vení, mi patroncito. Yo estaba paralizado, mudo. Quería desaparecer, esfumarme. Estuve tentado de escapar, de salir volando escaleras abajo, cobarde. Pero la voz dulce, persuasiva, de Clotilde me envolvía atrapándome. Vení, no tengas miedo. Parecíame que eran sus dos pechos los que así me hablaban. Vení, decía el uno. Y el otro: No tengas miedo. Y luego los dos a dúo o dueto: Yo te enseñaré lo que puede haber detrás de una rima, mi pequeño Almafuerte. Ya estaba yendo derecho hacia sus brazos que ella me tendía maternal, cuando oímos que se abría la puerta de calle. Mi tía entraba con mi hermana, de regreso. Clotilde –bombacha veloz– volvió a vestirse con sorprendente rapidez como si no hubiera hecho más que eso en su vida. Vestirse y desvestirse. Desvestirse y vestirse. Yo sorprendime a mí mismo haciéndome el astuto, el distraído, al bajar sin el más mínimo aparente sobresalto la escalera. Eso fue algo que, después, a lo largo de la vida, se me fue convirtiendo en una segunda naturaleza. Me marcó. Naturaleza de disimular, de hacerme el boludo. Clotilde bajó también. Habló con mi tía y se despidieron. Le preparó y sirvió el café con leche a mi hermana. La lluvia había cesado hacía rato, pero ni Clotilde ni yo nos habíamos dado cuenta. Miré por la ventana. Las aguas descendían y con ello la inundación. Sentí, no sé por qué, cierto desencanto. En realidad, siempre me ocurría cuando la inundación bajaba. Todos se ponían contentos. Yo también, pero simulaba que estaba contento, para que no me descubrieran. Vi otra vez la vereda, el cordón de la vereda, la calzada. Después, me metí en el baño. Aquello estaba tieso, duro. Lo tanteé. Hice, enseguida, lo que el instinto y el deseo me dictaron. Cuando Clotilde murió, yo tenía 30 años; años que todavía podían llevarse aunque yo no sabía bien adónde. Desde entonces, desde aquel día del frustrado lance con Clotilde, le he rendido el tributo de mi líquido viscoso-blanquecino. A su querida memoria. Tantas veces, que su caudal podía ser el equivalente de una inundación como las que miraba correr desde la ventana del living. Aún hoy, en que no hay más inundaciones en el barrio, contemplo la calle desde esa misma ventana y me imagino ver la correntada del líquido viscoso-blanquecino, en torrente, a lo largo de la calle. Clotilde y sus pechos y las ovejas besuqueadoras besuqueándolo en “trompa” al Ovejerito, flotan en ese caudal. Y el esqueleto de aquel paraguas. Pero ahora sin un solo jirón de tela. Pelado.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
82 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9789872888367
Telif hakkı:
Bookwire
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