Kitabı oku: «Los chicos rubios»

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Urquiza, Lisandro N. C.

Los chicos rubios / Lisandro N. C. Urquiza. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2021.

(Biblioteca de autor)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8449-21-0

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas. I. Título.

CDD A863.9283

© 2021, Lisandro N. C. Urquiza

Ilustraciones de interior y cubierta: Natalia Cañás

Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.

Todos los derechos reservados


© 2021, Editorial Bärenhaus S.R.L.

Publicado bajo el sello Bärenhaus

Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.

www.editorialbarenhaus.com

ISBN 978-987-8449-21-0

1º edición: diciembre de 2021

1º edición digital: noviembre de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

SOBRE ESTE LIBRO

Esta es la historia de Sebastián, un padre que se muda a un pequeño y pintoresco pueblo llamado “Aldea del Norte, un barrio, NO un pueblo”, junto a su hijo adolescente Aurek.

Ambos comparten similitudes en cuanto a lo físico, siendo la más llamativa portar una cabellera de color rubio y ojos de color casi amarillos. Además de eso, ambos tienen una forma muy peculiar de comunicarse, logrando por momentos diálogos tan bizarros como interesantes.

Si bien la historia se centra en la relación padre-hijo de los protagonistas, crearán lazos con la gente del lugar que simpáticamente los bautizó como “Los chicos rubios”, y allí cada uno tendrá sus vivencias. Sebastián será quien lleve adelante el estandarte de ser el héroe de esta historia, al descubrir que Olegario, su mejor amigo en el pueblo, está enamorado de él.

Esto hará que el joven papá tenga que lidiar contra sus furibundos padres y con la mamá de Aurek, quien regresa después de muchos años. Pero, sin lugar a dudas, la batalla más difícil de todas será la que deberá afrontar contra sí mismo.

SOBRE LISANDRO N. C. URQUIZA

Lisandro N. C. Urquiza nació en Gualeguaychú, Entre Ríos. Siendo aún un niño, su familia se mudó a Buenos Aires por razones laborales.

Su educación secundaria fue comercial con orientación en Lengua y Literatura. Más tarde se graduó en la Universidad Nacional de Luján como Licenciado en Administración.

Con el paso de los años, y trabajando tiempo completo en una empresa financiera, comenzó a transitar en la literatura. Publicó en 2018 su primera novela Los chicos rubios. En 2019, la continuación, Oleg y Los chicos rubios y, en 2020, El viaje de Tomás y Mateo (Bärenhaus), una historia independiente de las anteriores pero con escenarios y personajes comunes. Actualmente se encuentra trabajando en Tomás y Mateo, una nueva vida, de próxima publicación en este Sello Editorial.

La saga continuará con: Nano, el tropillero; Dionisio y el Rey; Aurek y los aldeanos; Nano entre girasoles; Los diarios de Max; El pintor de la playa y Mi vida en un carnaval.

Para 2024 tiene proyectado publicar el policial romántico “Vicente Tömmey”, y en 2025 “Lando, el sanador”.

ÍNDICE

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Sobre este libro

  Sobre Lisandro N. C. Urquiza

  Introducción

  Capítulo 1. Un nuevo hogar

  Capítulo 2. Los chicos rubios

  Capítulo 3. La presentación en sociedad de Los chicos rubios

  Capítulo 4. Olegario - Un vals - Una apuesta

  Capítulo 5. Una taza de café Pecas en las mejillas Where is the love

  Capítulo 6. Conociendo la “Aldea”

  Capítulo 7. Croissants y café con leche Los matecitos de Sebastián Mi primer amigo

  Capítulo 8. Haciendo una rutina

  Capítulo 9. La laguna

  Capítulo 10. Un brindis por Los chicos rubios Algo se sintió diferente

  Capítulo 11. Primer día de trabajo

  Capítulo 12. Tomás y Mateo Sebastián y Olegario

  Capítulo 13. Salida con amigos Aurek viste a la moda

  Capítulo 14. Sebastián y el brillo de una supernova

  Capítulo 15. Las entradas al concierto Una charla inconclusa

  Capítulo 16. El recital

  Capítulo 17. Un beso Un pacto

  Capítulo 18. La cabaña de Olegario Una fotografía Rendición

  Capítulo 19. No puedo dejar de amarte. Lo que siempre soñé…

  Capítulo 20. Olegario y los dos mosqueteros

  Capítulo 21. Visitas inesperadas

  Capítulo 22. Mi vida en Aldea del Norte, un barrio no un pueblo

  Capítulo 23. Alana Wes y la guitarra de la discordia

  Capítulo 24. Decepciones

  Capítulo 25. Cuando te enamorás del alma de alguien

  Capítulo 26. Aurek se convierte en Cupido

  Capítulo 27. Una bici que me lleve a todos lados (o al menos hasta la laguna)

  Capítulo 28. ¿Querés ser mi novio? El tercer chico rubio

  Capítulo 29. La pareja del momento

  Capítulo 30. El reality show Las metáforas de Oleg

  Capítulo 31. La familia de Marisa

  Capítulo 32. La vida te da sorpresas… Olegario también

  Capítulo 33. Los inquisidores

  Capítulo 34. Confesiones en televisión Oleg y Los chicos rubios

  Capítulo 35. El viaje a Río

  Capítulo 36. Os meninos loiros

  Capítulo 37. Malentendido

  Capítulo 38. En algún lugar bajo el arcoíris

  Capítulo 39. Felicidad Elisa, la bicicleta y un pantalón

  Capítulo 40. La primera Navidad de Los chicos rubios y Olegario

  Capítulo 41. El viaje de Tomás, Mateo… y Luciano

  Capítulo 42. Familia

  Capítulo 43. Epílogo

  Bonus track. La canción de Los chicos rubios

  Playlist del libro

  Glosario de Argentinismos

INTRODUCCIÓN

Los chicos rubios es una novela donde sus personajes tienen como propósito moral de vida “Ser Felices”.

El amor, la diversidad y la razón, los estandartes.

El éxito productivo, como actividad.

El corazón, el motor que los moviliza y les da la fuerza que necesitan para salir adelante.

Sebastián, un hombre de treinta y siete años, es el protagonista principal de la obra, y quien a través de sus diálogos y de su forma de ser inmadura (en comparación a su hijo adolescente), mostrará a los lectores el derrotero de ambos al llegar a un pueblo de provincia y cómo su vida cambia, en particular la del joven papá, al conocer a Olegario: el hombre que se volverá su amigo y compañero de aventuras, aunque el destino probablemente lo convierta en algo más…

Esto supondrá para los protagonistas, animarse a aceptar un cambio en sus vidas, en especial a Sebastián quien deberá reinventarse y convertirse en un apoteótico héroe de su propia película.

La historia de este libro gravita en torno a la muy buena relación padre e hijo que se da entre “Sebas y Auri”, y como van construyendo lazos con el resto de la comunidad; el simpático barrio que les da el nombre Los chicos rubios y donde uno de los elementos que pondrá a prueba a Sebastián y a su hijo, será la aceptación (o no) de Olegario: el nuevo amigo quien se perfila como el futuro sentimental del “chico rubio” mayor.

Esta novela pretende ser una historia que muestra otras realidades con las cuales convivimos en el día a día y que afortunadamente se van haciendo más visibles, en la medida que cada vez son más las personas que se aceptan como son y se animan a salir a la luz.

Así como los girasoles no temen quemarse cuando el sol está en su punto más alto, sino por el contrario, es cuando más plenos se muestran.

Una de las primeras preguntas que me hizo la gente que supo de esta aventura que estaba retratando fue: ¿Estás escribiendo una historia gay o como le dicen ahora, lgbtq+?

Al reflexionar sobre lo que respondería, lo primero que me vino a la mente fue aclarar que era una historia como cualquiera de las que suceden a cada minuto, en cualquier rincón del mundo, con la particularidad que implica el saber que alguien de tu mismo sexo te ama y vos estás descubriendo que te pasa con esa persona.

Por otro lado, una vez que el libro se publicó, me encontré con las opiniones de escritores que ya tenían un recorrido en historias como las que les presento. Uno de ellos, un querido colega español me aconsejó:

Lisandro, hay que encargarse de que se sepa que es una historia lgbtq+, porque si no va a ser muy difícil visibilizar.

Y es en ese espíritu que opté porque cada uno la llame como quiera, lo más importante es mostrar de que se trata la visibilidad de la diversidad y el amor entre las personas.

Me atrevo a decir que este libro busca ser una inspiración a la liberación de los prejuicios, de los convencionalismos y las ilusiones superfluas. Es una ficción que pretende ser un puente, para naturalizar cosas que a esta altura de la historia de la humanidad deberían ser naturales. Y no importa si solo unos pocos llegan a comprender la realidad completa de la “estatura humana” y que el resto la traicione.

Son esos pocos los que mueven al mundo y le dan su sentido a la vida, y a ellos dedico mis escritos.

Por último, y sin quitar relevancia al espíritu de la obra, para todos los curiosos que me preguntaron por qué el nombre del libro, les respondo diciéndoles que la melena amarilla, el amor por la música y los libros es una de las pocas semejanzas que compartimos… aunque también confieso que escribir esta novela me ha significado ganarme algunas canas, las cuales afortunadamente aún se confunden dentro de mi enmarañada cabellera.

Confío que nadie dirá que personajes y escenarios como los que he retratado aquí no existen, sin embargo que este libro se haya escrito y publicado es mi prueba de que existen.

Dedicado a todos aquellos que se animan a un acto de rebeldía tan valiente como lo es enamorarse.

Aquí vemos el mundo como podría ser.

Amor es amor.

Bienvenidos.

Lisandro N. C. Urquiza

Noviembre de 2021

CAPÍTULO 1
UN NUEVO HOGAR

El auto se detuvo en la salida de la autopista, justo donde un puente cruzaba en forma perpendicular a la misma. No había cartel o señal alguna que indicara si Sebastián estaba en la ruta correcta. El navegador del vehículo indicaba que se encontraban cerca de su destino y solo marcaba un camino “no asfaltado” como única alternativa viable, por lo que el hombre decidió adentrarse en la aventura.

—¿Estaremos bien? —preguntó su hijo Aurek. Viajaba sentado en el lugar del copiloto y llevaba un mapa desplegado en las manos.

—No lo sé, la gallega del gps se quedó callada y no hay otras indicaciones más que el camino en color gris que deberíamos tomar. ¿Qué dice tu mapa?

—A ver... —dijo el joven que estaba más concentrado en cantar el estribillo de una canción de los Smash Mouth que sonaba en la radio.

—¿Y bien? —preguntó Sebastián.

Mientras aguardaba la respuesta, se quedó con la mirada fija en un punto del paisaje. Pensó en esa nueva vida que estaba por empezar y la ansiedad junto a los nervios lo invadieron. Trató de restarle importancia.

Cuando volvió a la realidad y mientras su joven hijo continuaba dando vueltas el mapa para orientarse, Sebastián aprovechó el descuido para tocar el tablero de la radio y cambiar de estación. Sintonizó una radio de frecuencia modulada. El tema “Dos días en la vida” sonaba en su estribillo y el joven papá no dudó tararear la letra y golpetear con sus manos en el volante, generando que su hijo le dedicara una mirada de sorpresa.

—¿Qué te pasa que me mirás así? ¡Es un tema clásico! —Sebastián exclamó como si estuviera en un concierto—. ¡Y además, aplica perfectamente al momento, estamos en el medio de la nada, sin saber para dónde ir, igual que en la película de Thelma y Louise!

—Papá —dijo Aurek que en líneas generales terminaba siendo más maduro que su padre—, no estamos en el medio de la nada para empezar. Hicimos cuarenta kilómetros desde la Capital Federal por la autopista y ahora estamos en un desvío, no es tan grave.

—¡Ya lo sé, pero suena lindo pensar que estamos en medio del desierto, perdidos y que un sheriff con setenta alguaciles aparecerán para tratar de detenernos! —el papá movía las manos como si estuviera viviendo la película.

—Ahí vamos de nuevo —suspiró el joven—. Sacó un papel mal doblado del bolsillo posterior de su pantalón jean, y se puso a cotejarlo con lo que decía lo que intentaba ser una hoja con las indicaciones del lugar al que viajaban.

—¿Ese es el planito que hizo Elisa?

—El mismo —respondió Aurek.

Mientras discutían sobre los detalles cartográficos, Sebastián se quitó las gafas de sol que le daban la imagen de ser un piloto de un avión de guerra, más que un hombre de treinta y siete años que viajaba con su hijo de dieciséis, hacia el lugar que se convertiría en su hogar por los próximos años.


Aurek apoyó el rudimentario mapa sobre el volante de madera del viejo Ford Mustang GT 390, que su padre había heredado de su abuelo. Usando como mesa el tablero del vehículo, ambos se pusieron a examinar el mapa, hecho por la mejor amiga de Sebastián y hermana del dueño de la propiedad, el día en que se reunieron para firmar el contrato de alquiler.

Luego de analizarlo como si se tratara del plan de ataque de un submarino nuclear, y de compararlo con lo que les indicaba el navegador del vehículo, los chicos concluyeron que lo mejor era tomar el camino sugerido por Elisa.

—¡Bueno Auri, tomemos ese camino! —Sebastián levantó su mano y señaló hacia el horizonte, como si fuera el capitán de un navío que divisaba tierra.

Puso primera marcha en la caja de cambios de su auto clásico, y el potente motor del vehículo verde oliva rugió como un león aprestándose a correr a su presa. Ajustó sus gafas aviadoras y subió el volumen de la radio donde ahora sonaba la canción “En la ciudad de la furia”.

Así, padre e hijo salieron rumbo a su destino.


Desde la bifurcación donde se habían detenido doblaron a la izquierda, cruzaron sobre un puente y allí comenzaron a transitar por un camino de una mano y otra opuesta como sentido de circulación.

En la medida que fueron avanzando, su derrotero se fue poblando de eucaliptos a ambos lados, que los acompañaron todo el trayecto hasta llegar al barrio donde se encontraba la casa que habían rentado por el plazo de tres años.

El ambiente poco a poco cambió por completo.

El aire fresco que entraba por la ventanilla del vehículo estaba aromatizado por las hojas de los árboles y otras especies los hicieron sentir como si estuvieran entrando a otro mundo. Ya no estaba la pesadez del aire de la ciudad ni la locura de los coches en la autopista; en cuestión de minutos todo se redujo a un silencio que solo era interrumpido por la música a alto volumen de los chicos y por el sonido de pájaros que sobrevolaban el lugar.

—¿Por qué me apagás la radio? —preguntó Sebastián.

—Escuchá —dijo su hijo.

—No escucho nada, salvo el motor del auto.

—Por eso te digo, sentí que profundo es el silencio, solamente se escuchan algunos que otros pájaros.

—Guau, parecés un maestro zen —ironizó el papá.

Un sonido de aves que pasaban a vuelo rasante sobre las partes más llanas del lugar dieron un toque acriollado al paisaje, que de por sí daba la sensación de ser algún bosque europeo.

—Ese sonido, ¿serán teros?

—Parecen —dijo Sebastián— ¡De todas formas, no me bajaría por nada del mundo para verificar si lo son!

—¡Ah! ¿Todavía te dura el miedo por los teros, viejo? Aurek lanzó una carcajada.

—¿Miedo a qué?

—¡Al tero de tu tío Eldo!

Sebastián ladeó su cara a ambos lados.

—¡Bicho de mierda! —graznó—, yo solo había salido a conocer el patio del tío, y ni me imaginé que un tero que tenía de mascota te picaba peor que un escorpión...

Así Sebastián recordó la visita a la casa del anciano hermano de su padre, donde tuvo la desgracia de cruzarse con un pájaro que el dueño de casa había domesticado como si fuera un perro, y como tal cumplía la función de ser el guardián del hogar y corría a picotazos a los que desconocía, honor que había tenido el papá de Aurek en su momento.

—A propósito, ¿de dónde sacó ese nombre tu tío?

—No era nombre, era un sobrenombre —dijo Sebastián.

—¿Sobrenombre? Y yo que pensé que estaba jodido con el mío.

—El pobre viejo se llamaba Eneo, pero se hacía llamar Eldo —respondió Sebastián conteniendo la risa.

—¿Me estás jodiendo, papá?

—No hijo —El hombre estalló en una carcajada que lo hizo apoyar su cabeza sobre el volante.

—¿Se llamaba así y se puso ese sobrenombre? ¡Es un crack! —exclamó Aurek contagiándose la carcajada de su padre.

—Como ves, no sos la oveja negra de la familia; hay nombres más jodidos que el tuyo, mi pequeño retoño de pelo amarillo —Sebastián con una risa le revolvió la enmarañada cabellera a su hijo, quien trataba de zafarse del molesto amor de su padre.

—Lo que no llego a sacar es ese olorcito —dijo Aurek—. ¡Es como el olor que tenés vos después que te bañas!

—¡Yo sé, yo sé! ¡Son flores de azahar de limoneros y de naranjos! Debe haber algunos frutales o cítricos por la zona, y ese otro olor creo que es como de glicinas, si no me falla el olfato.

—¿Cómo las que hay en la casa del abuelo?

—Algo así —dijo Sebastián.

El paisaje, la tranquilidad y los olores fueron sorprendiendo a los visitantes, tal como se lo había advertido Mateo que les sucedería cuando visitaran el lugar por primera vez.

El encanto fue aumentando hasta que luego de transitar un par de kilómetros por el camino bordeado de naturaleza llegaron al cartel de bienvenida del barrio. Se apreciaba que era de madera tallada, similar al quebracho colorado, y recibía a los visitantes con la leyenda:

Aldea del Norte, esto es un barrio y NO un pueblo.

Se detuvieron al costado del camino para tomarle una fotografía al simpático letrero que a la vez contrastaba con el paisaje, salido de una postal de algún lugar de los Alpes suizos.

—¿Qué estás mirando, pá? —preguntó Aurek

—Estoy mirando a ver si aparece La novicia rebelde —su padre sonreía mirando el paisaje que los rodeaba.

—¡Qué boludo! Vení, acércate que quiero que nos saquemos una selfie con el cartel de fondo.

—¡Dale! —su padre se acomodó la abultada y casi rastafari cabellera.

Al verla a simple vista parecía como si un panal de abejas le hubiera caído en la cabeza, volcándole litros de miel que resplandecían con el sol que le daba de lleno.

—¿Así estoy bien? —preguntó mientras se peinaba con los dedos.

—¡Sí, pá! Esta foto va a ser tendencia en mis redes —dijo Aurek haciendo varias tomas, una de las cuales terminó posteada en una de las redes sociales del joven, mostrando a todos sus contactos el lugar que se convertiría en su hogar.

Una pareja de personas mayores, vestidos con ropa deportiva, se acercaron caminando por un sendero al costado de camino. Los chicos los habían cruzado un rato antes.

“Buenas tardes, ¿Están perdidos o de visita?”, preguntaron.

—¡Lo primero! —Se apresuró a responder Sebastián—. En realidad estamos mudándonos y nos detuvimos a sacarle una foto al cartel de bienvenida. Es una obra de arte y la frase es muy simpática.

—¿Ah, vio que lindo? —respondió la mujer, que siempre tenía el mismo repertorio para todos aquellos que llegaban al barrio—. Lo talló un artesano del barrio, Don Eustaquio.

—Me causó gracia la leyenda del cartel —mencionó Sebastián.

—¿Cuál leyenda?

—Que es un barrio y no un pueblo.

—Ah, eso es porque vienen muchos porteños o turistas que llegan perdidos y creen que esto un pueblo y empiezan a quejarse de que no hay asfalto, policía, supermercados grandes, etcétera.

—Entiendo —aceptó Sebastián—. Pero es un lugar muy bonito por lo poco que pude apreciar.

—Y muy seguro ¿A quién vienen a visitar joven? —preguntó la señora.

—En realidad nos estamos mudando, alquilamos la casa de Tomás Prado. Somos amigos de la familia de su esposo, Mateo.

—¡Ah sí! —dijo el hombre que caminaba junto a la mujer—, vas a lo de Tommy. Nos avisó que vendrían nuevos inquilinos a la casa.

—¿Sabrían indicarme cómo llegar? —pidió Sebastián.

—Sí claro, la casa está a unas cinco cuadras derecho por esta principal y después doblás a la izquierda dos cuadras. Te vas a dar cuenta porque tiene un cartel con el nombre.

—¿Con qué nombre?

—Con el nombre de él, ¡hombre! ¿Cuál más? —exclamó el anciano como si fuera un tenor de la ópera—. Acá cada casa tiene el nombre de sus dueños, es una forma más fácil de identificarnos, además somos un barrio de pocas casas y todos nos conocemos. Lo que sí ahora habrá que cambiarle el cartel, digo, para poner el nombre de sus nuevos moradores —concluyó mirando a su esposa, quien asintió con la cabeza.

Sebastián y Aurek se miraron y sonrieron pícaramente, algo que el matrimonio mayor no tomó muy bien. Al notar la actitud de los ancianos, Sebastián se disculpó.

—Perdónennos, pasa que siempre vivimos en departamento y nunca imaginamos que en un pueblo las casas tenían el nombre de sus propietarios.

—Lo imaginé —dijo el señor—. Ustedes tienen pinta de gente de ciudad. Lo mismo le pasó a Mateo la primera vez que visitó el lugar. Y a propósito, esto no es un pueblo, es un barrio... —agregó en tono solemne.

Lo cierto era que si bien los pobladores le decían barrio, era un pequeño pueblo que hacía unas décadas había sido refundado por personas que se querían alejar del ruido de las urbes sin tampoco dejar de tener un rápido acceso a las comodidades y servicios que brindaban las ciudades que se encontraban a su alrededor.

Para el caso, la más cercana estaba a unos cinco kilómetros de “Aldea” —como la llamaban los moradores— donde se encontraba toda la concentración del movimiento de la zona, y lugar al que los vecinos del barrio llamaban “la ciudad”. Era habitual escucharles decir: “vamos a la ciudad a hacer trámites”, cuando en realidad significaba viajar unos pocos kilómetros por la autopista.

Aldea del Norte era también un punto turístico.

Una serie de bosques se habían formado años atrás, cuando uno de los primeros habitantes de la zona se encargó de plantar cientos de especies arbóreas. Esto lo convirtió en una suerte de “pulmón verde” que atraía turistas y visitantes de fin de semana a relajarse y disfrutar del aire puro, además del ojo de agua que se encontraba casi donde se terminaba el barrio y que los habitantes llamaban “La laguna”.

—A propósito, me llamo Sebastián y él es mi hijo Aurek. “¡Mucho gusto!”, dijo el matrimonio al unísono.

—Yo soy Elsa y él es mi marido Cacho —la atenta mujer señaló al señor que estaba a su lado.

—Yo pensé que sería Steve Mac Queen el que bajaba de ese auto, parece el de la película Bullit —exclamó Cacho mirando azorado el vehículo verde oscuro que parecía una joyita de colección.

—¡Ah, esta es la saeta verde! —Sebastián se pasó una mano por la nuca y la otra la llevó al bolsillo trasero de su jean roído—. Es un autito que tenía guardado mi abuelo en su garaje, y poco antes de morir me lo regaló así que lo cuido como si fuera mi segundo hijo.

—Se nota, porque lo tenés impecable. ¿Motor V8? —preguntó Cacho.

—Sí, con 320 caballos de velocidad.

—¡Un caño! —exclamó el hombre, metiendo su calva cabeza por la ventanilla del vehículo.

—¡Cacho, por favor controlate! —bramó su esposa.

—Sí, sí. Pasa que no se ven autos como este por acá...

—¡Qué pelo hermoso que tienen chicos! —dijo Elsa cambiando de tema—. En mi peluquería raramente veo un color tan rubio y con un color así como ese —La mujer tocaba con su mano derecha un mechón del pelo de Sebastián y con la izquierda otro de la blonda cabellera de Aurek.

—Es un gusto conocerlos, ya se los había dicho antes, pero creo que el auto y nuestro cabello acapararon su atención —repuso Sebastián mientras intentaba zafar de los dedos de la mujer que a manera de peine jugaban con el pelo color miel de los recién llegados.

—¡Qué nombre raro tenés! —exclamó de golpe Cacho mirando al hijo de Sebastián.

—¡Y que jovencitos que son! ¡Cuando los vi pensé que eran hermanos, me hizo acordar a Tommy y su hermano Juanse cuando vivían en el pueblo!

Y si bien parecía una obviedad, no cabía duda de que eran padre e hijo, pues Aurek era una copia de su padre, y a pesar de ser de dos generaciones distintas, al verlos juntos uno podía fácilmente confundirse y pensar que eran hermanos.

Sebastián, con sus treinta y siete años encima, era un hombre promedio de un metro ochenta, de contextura delgada y algo musculada.

Su piel, era de un color entre blanco y rosado muy pálido y sus ojos de un color verde muy, muy claros —casi llegando al color amarillo en el círculo cromático—, lo que daba la impresión de que si uno lo llegaba a cruzar de noche, pensaría que era un vampiro o el demonio de algún programa de televisión. El pelo, tal como lo había observado Elsa, era rubio, casi como el color de la jalea real, el cual al contacto con el sol desparramaba destellos dorados en todos los sentidos. La llamativa cabellera era una mata espesa que definía la personalidad de este hombre, vestido con pantalones blue jean rasgados y algo ajustados, una remera blanca y zapatillas de la misma tonalidad.

Aurek por su parte vestía ropa más bien holgada: una remera en color oscuro de su grupo musical favorito sobre la que llevaba una camperita con capucha, un jean algo gastado y zapatillas converse de color negro.

Salvo por la diferencia edad, y por el hecho de que “Auri” era un poco más bajo y que llevaba el pelo tan largo como podía manejar, eran dos clones con gustos musicales diferentes.

—Nos suele pasar lo de confundirnos y lo que la gente dice al saber mi nombre.

—¿Qué origen tiene tu nombre, querido? —preguntó Cacho rascándose la cabeza.

—Tiene origen polaco —respondió el joven.

—¿Saben hablar en polaco? —Cacho se veía curioso.

Dzien dobry —dijo Sebastián.

—¿Qué significa? —preguntó Elsa.

—Buenos días —respondió Sebastián—. Y también está Do widzenia, que significa “Hasta luego”.

—¿Y no entiendo? —preguntó Cacho.

—¡Nie rozumiem! —exclamó orgullosamente Aurek.

—¿Pero se puede poner un nombre así? —preguntó con curiosidad la mujer.

—En realidad, nací por causa del destino en Polonia —dijo el muchacho.

“¿Y cómo terminaron en Buenos Aires?”, preguntó el matrimonio mirándolos como si fueran una rareza.

Sebastián tomó aire como si fuera a examinarlo un médico, y con un tono que era mezcla de reflexión y alegría les contó acerca del natalicio de su “pichón”.

—Por aquel entonces, su mamá, quien es cantante de una banda; se encontraba de gira dando un recital cerca de Varsovia. Aún le faltaba casi un mes y monedas para nacer, pero el pequeño decidió venir al mundo en Europa, justo un día antes de nuestro regreso a Argentina.

—Y vos también sos cantante, ¿querido? —Elsa frunció el entrecejo y se cruzó de brazos esperando la respuesta.

—¡Oh, no! En ese tiempo yo estudiaba y tenía el tiempo y el dinero para acompañar a Alana en sus giras. Pero luego del nacimiento de Auri, y de haberme recibido me dediqué a trabajar en mi profesión como kinesiólogo, o como algunas personas llaman también, como fisioterapeuta.

—¡Ah! ¡Ya entendí! ¿Vas a trabajar en el hospital que está en la ciudad cerca de acá?

—Sí Elsa, empiezo el lunes que viene.

—Volvamos al tema del nombre de tu nene que no me quedó muy en claro —preguntó con curiosidad Cacho, rascándose la cabeza con una vara de eucalipto que portaba como arma de defensa para alejar a los perros que se les arrimaban con intenciones poco amigables.

—Les cuento la historia: cuando este pichón de mamut nació —comenzó diciendo Sebastián, abrazando a su hijo tan querido quien se reía—, tenía el pelo bien amarillo y las enfermeras lo llamaban Aurek, que es una variante de Aurel, nombre que significa “niño de pelo rubio”. Si bien era raro, nos gustó por lo que significaba y por el amor con que esas mujeres que ayudaron a su mamá a traerlo al mundo lo “bautizaron”. Así, que luego de hablarlo con su madre decidimos ponerle ese nombre.

—¡Qué lindo! —dijo la mujer agarrándole uno de los cachetes de la mejilla a Aurek—. ¿Y tenés un segundo nombre?

—Sí, pero prefiero manejarme con el primero.

—¿Cuál será? Igual tenés un nombre lindo, cortito y al pie.

—Sí, será lindo, pero no es fácil llevarlo —dijo el muchacho.

—Peor estoy yo pibe —dijo Cacho.

—¿Por?

—¡Porque me pusieron de nombre Fulgencio Toribio, por eso me puse de sobrenombre “Cacho”! —El hombre soltó una risotada.

—Bueno, no me siento entonces tan solo en esa batalla. A mí suelen decirme “Auri”, pero no sé si es peor el nombre o el sobrenombre.