Kitabı oku: «Lagunas y gitanos»

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LAGUNAS Y GITANOS

LUCIANA PALLERO


Índice

  Cubierta

  Portada

  Amarillo

  La historia de Sole

  La historia de Mario

  Está bien

  La génesis de un milagro y su historia

  La historia de Lucía sobre su gato

  No sé cómo nunca me lo contaste

  Mambo con la muerte

  Américo, de Eventos

  Mirá cómo estás

  Vivos

  Lo morboso

  Para qué

  Vanina

  Recuerdo de infancia

  La verdad de Susana

  Un olvido

  La comunidad

  Después del semáforo

  Envenenadas juntas

  La actriz

  La historia de Fanny

  Después de la tormenta

  El profesor de Moderna

  Backgammon

  Como si nada

  Libre deuda

  Jugo, cerveza o champagne

  Nadie sabe nada

  Viento

  Tres gatos y tres cosas que llamaron mi atención

  Vieja del agua

  Una mirada buena

  Escuela de sirenas

  Ella conoce a Julián

  En feriado, el afinador

  La espera

  Lagunas y gitanos

  Me muero de risa

  El mejor modo de comer cucurucho

  El día que la clienta conoció a Rosita

  Ganarse la vida

  Cumpleaños 43

  Rosas rococó

  Un gajo

  La comparación de los regalos

  Mariano Moreno, Hebe Uhart y los vendedores de medias

  Dulcísimas

  Sucia, feliz y sin trabajo

  Pícaro de cocina

  Qué era ella de mí

  Silogismo

  Lluvia

  El delantal blanco

  No tenía tiempo para ser su amiga

  Un Dios aparte

  El desorden del albañil

  No sé si es muy confiable esta rama

  La ansiedad es deseo

  Bella vos

  Sobre la autora

  Créditos

Amarillo

Cuando tenía dos años, vos y yo, mamá, pasábamos mucho tiempo juntas.

Aquella vez, estábamos solas, en la costa del río, y una mariposa se posó en mi campera. No recuerdo si era amarilla la campera o la mariposa. Yo abrí la palma de la mano para aplastarla contra mi brazo. Vos chistaste:

—¡No!

Dudé un segundo y, como advertida de algún peligro, la mariposa levantó vuelo. Sin embargo, inmediatamente, volvió a posarse en el mismo lugar que antes.

—Ahora confía en vos —dijiste.

La historia de Sole

Esta historia me la contó una chica llamada Sole hace quince años, cuando teníamos unos veintipico. Después, nunca más la volví a ver.

Yo había ido a bailar. Salí del boliche y vi que era una mañana soleada de verano. Estábamos sobre la costa del río. El sol no había llegado a calentar y todavía corría un viento fresco y hermoso.

Alguien me presentó a la Sole y a su novio y ellos me llevaron en su auto. El auto iba por la costanera. La Sole empezó a hablar, como si nos conociéramos, con el río resplandeciendo atrás. El brazo lo apoyaba en la ventanilla, al contacto con el sol cálido y el fresco que venía de la superficie del agua. Tenía el pelo lacio, negro y sano hasta la cintura, brillaba, sano.

El sueño de su padre, decía, había sido tener un chivato. Compró la casa por el árbol del patio, el chivato. Durante años, contaba la chica, su padre intentó todo para que floreciera; ese era su sueño. Lo podó en diferentes épocas según le iban diciendo algunos entendidos del barrio. Antes de cierto nudo, en junio, octubre, en el equinoccio de otoño, y así durante toda la infancia de la hija. Un día, el hombre se cansó de que no floreciera y abandonó al árbol. Aquel año, floreció.

La historia de Mario

Los dos hermanos no habían estado nunca tan unidos como desde que entraron al mundo de la música electrónica.

La noche que probaron, juntos, ketamina, Mario tomó sólo un poco. Como sentía que no le pegaba, se tomó una pastilla. Tampoco le pegaba y, pum, otro saque de keta. Después, se fueron a un boliche.

Ahí, Mario se empezó a sentir mal. Al principio no quiso decir nada. Aunque después dijo:

—Me siento mal. Pero muy mal.

Sin embargo, su hermano había consumido las mismas cantidades y Mario, al verlo bailar con la mirada perdida, se dio cuenta de lo lejos que estaba de poder brindarle ayuda.

Se sentó en un escalón al borde de la pista de baile y se agarró las sienes deseando vomitar. Cuando su hermano vio esto, le propuso que fueran al kiosco a comprar un agua.

En el kiosco Mario sacó el billete que habían quedado en no usar. El billete que tenía escrito Puto el que lee. Se lo dio a su hermano y le dijo:

—Me siento nada. Me siento alguien. Me siento un Poett —se puso la palma abierta sobre la cabeza y chistó dos veces como si fuera un aerosol, un Poett, y su palma estuviera apretándolo.

Después tomó agua. Se despejó un poco y, cuando su hermano le preguntó cómo estaba, contestó:

—Vamos a bailar.

Está bien

Ocho horas era la mesa de examen. Llegué primera. Me tocaba tomar junto con la profesora de Matemática. Los alumnos fueron llegando en horario. Unos doce eran para Matemática, sólo tres de Psicología. Los míos tenían quince años. La de Matemática tomó escrito, yo tomaba oral. El primero que pasó a dar examen había estudiado, no se puso nervioso pero hablaba mirando al piso, nunca a mí. Después le tomé a una chica, decía que había estudiado pero contestaba todas las preguntas al revés. Cuando pasó el tercero y último, creo que al ver que su compañera había desaprobado, me dijo que no había estudiado y ni siquiera llegué a hacerle una pregunta. Después, los tres estudiantes me dieron sus libretas y les completé la nota, siete, tres y tres. En la libreta vi que otros profesores los habían desaprobado con uno.

Saludé a mis alumnos, les entregué sus libretas y me puse a llenar el libro de actas. La profesora de Matemática, que seguía tomando escrito, se dirigió a un chico de unos trece años que estaba sentado justo enfrente mío en la primera fila. Comenzó a gritarle:

—¡Tenés que venir! ¡Parate! —el adolescente estaba inmóvil—. ¡¿No entendés?! —La profesora se le acercó, le dio un papel y desde muy cerca volvió a vociferar que tenía que levantarse. La imagen corporal del chico era la de alguien que quiere encogerse. Como no decía nada, la profesora le gritó:

—¡Contestá! ¡La próxima tenés que pararte para bus-car-lo! ¡¿Entendés?!

—Está bien —dijo él finalmente, sin modificar la posición del cuerpo.

Pensé que había contestado lo mismo que hubiera contestado yo.

Después, la profesora se acercó por atrás de mí, me puso la mano en el hombro y tomé consciencia de lo tenso que estaba todo mi cuerpo. Ella miró por la ventana hacia la calle.

Cuando me fui, los alumnos de Matemática todavía estaban haciendo el escrito. Miré por última vez al alumno de la primera fila, que estaba pensativo.

La génesis de un milagro y su historia

Todos los veranos vacaciono un mes en mi pueblo. Cuando llego, la casa está sucia, así que viene mi ahijada a ayudarme a limpiar. Ella tiene una hija de seis. Hace un año que no me ve, y no sé si acuerda de mí. Creo que va a ser de esas personas que son hermosas, porque tiene un color de ojos que atrapa enseguida. Son grises, oscuros en el iris con un círculo más claro alrededor.

Estamos ella y yo en el baño. Yo limpio la bañadera y la cuido, su mamá ahora está limpiando en el patio. La nena me habla:

—¿Tenés una hija?

—No.

—¿Tu perra es tu hija?

No me acuerdo de haberle dicho eso, es como si supiera algo secreto de mí.

—¿Cuándo te dije eso yo?

Sonríe.

—¿La tuviste en la panza?

—Sí, es mi hija —contesto. A la vez, me viene a la mente una imagen, sobre cuando le hice creer aquella historia, el verano anterior—. No tengo hijas humanas —digo—, pero sí tengo una hija perra.

—¿Cómo?

—No tiene padre. La tuve con otra perra. Es así: yo tenía una perra que cuando se murió de vieja, la extrañaba mucho. Entonces, aquella perrita mía vino en un sueño y me dijo que me iba a mandar otra perra para que no estuviera sola. Y así me mandó a esta.

Termino de limpiar el espejo con un bollo de papel de diario, la miro a través de su imagen y agrego:

—Fue un milagro.

—¿Cómo te habló?

—¡No sabés! Aquella perra primera que tuve no hablaba. No hablaba con la boca, pero cuando la mirabas le entendías lo que ella te estaba queriendo decir, porque era muy inteligente y te hablaba con la mirada. Ella me miraba y yo escuchaba adentro de mi cabeza: Tengo hambre. ¿Puedo subir a la cama? ¿Cuándo me vas a llevar a pasear?

—¿La perra que tenés ahora es inteligente?

—No, no —contesté—. Esta no.

La historia de Lucía sobre su gato

No me conocía, pero a través del chat me invitó a su casa a estudiar. Se llamaba Lucía.

Entré a su depto. Lleno de luz, desordenado. Un departamento de estudiante. Ni ella ni yo éramos hermosas, pero lo éramos a nuestra manera. Señaló el escritorio donde íbamos a estudiar, me pareció súper incómodo.

Entonces apareció un gato por la ventana, como marcando territorio. Era grande, grandísimo. Y sin cola.

—Tuvieron que cortársela porque se la enganchó en un alambre de púas —dijo Lucía—. ¡Y era lo que lo distinguía! Una cola inflada y peluda —hizo un gesto demasiado bello con las manos para que me figurara la cola. Parecía que no aceptaba la pérdida.

—Ahora también es lo que lo distingue —dije—. La cola que le falta —esa idea obvia la hizo sonreír como si a ella antes no se le hubiera ocurrido.

Mucho más tarde, a la madrugada, me contó más. El día que se enredó la cola nadie de los vecinos que estaban ahí podía acercarse, porque te arañaba, estaba sacado –dijo–, al final la ubicaron a ella. Lucía fue enseguida con el que era su novio de entonces. Se acercaron al gato, resultó que por ellos sí se dejó ayudar. De entrada, con ellos, se quedó tranquilo.

—Fue ahí que dije: Loco, el gato me reconoce —la chica hablaba mirando la ventana, de perfil a mí, con sus veintiséis, a medianoche.

También me acuerdo de que a la madrugada habló de manera llana sobre la violencia, se notaba que la conocía en que hablaba sin aclarar cosas. Además lo supe porque yo también la conocía. No es que me contaron cómo es el color azul, sino que vi el color azul. Ella no hablaba de cualquier violencia, era la violencia entre la que se es criada. Me pregunté si no sería que toda la gente sabía lo que era, como esta mina, Lucía, como yo. Si, en realidad, no había nadie puro en el mundo.

No sé cómo nunca me lo contaste

Úrsula fue mi mejor amiga desde los siete años. Fuimos compañeras de escuela desde primer grado. Ahora tenemos diecisiete. Ella es rubia y de ojos celestes. Tiene una mirada rara, por los ojos demasiado saltones. Siempre se sintió fea, pero no lo admite, tiene el orgullo de las rubias.

Estamos merendando. Estamos en el living de la casa de mis padres. Tal como cuando éramos chicas. Nos sentimos cómodas y a Úrsula se le soltó la lengua. Habla de Marcelo Vieytes, un chico que le gusta. De repente cambia el hilo de la conversación y hace un gesto con los labios que me sugiere que está de verdad triste. Menciona la historia de cuando conoció a su padre.

—Vos ya sabés cómo fue —afirma.

Somos mejores amigas desde hace diez años, pero nunca me habló de cuando conoció a su padre, como ella cree. Le digo que no me acuerdo de que me lo haya contado, y se dispone a hacerlo. Su mamá tenía dieciséis años y su papá dieciocho cuando Úrsula nació. Eso no hubiera sido nada si fueran de una villa, pero nosotras éramos de Capital, de clase media, y siempre se había hablado de eso entre las otras madres de la escuela. Por ejemplo, se hablaba de que la madre de Úrsula nunca iba a las reuniones de padres. Que siempre iban los abuelos.

—Nada. Cuando yo nací, mi papá se fue a Europa con su hermano. Se separaron enseguida mis viejos. Con mi tío, recorrieron Europa en una camioneta por cinco años. Después, cuando yo tenía cinco, me dijeron que mi papá iba a volver. Mi abuela me puso un vestido nuevo, no me puedo olvidar, tenía las mangas de tul, abuchonadas, y me llevaron al aeropuerto para recibirlo. Esperamos atrás de una baranda. Los pasajeros aparecían por unas puertas de vidrio llevando las valijas en un carro. A veces aparecía un pasajero y otros chicos, que también esperaban ahí, iban a recibirlo corriendo con gritos y abrazos. Cuando apareció mi papá, mi abuelo me dijo: Es ese, Úrsula, tu papá; para que yo vaya corriendo como los otros chicos. Yo corrí, con mis mangas de tul extendidas, pero abracé a mi tío.

Mambo con la muerte

Después del herpes simple en el lado derecho del cuerpo le apareció migraña crónica. También del lado derecho de la cabeza. Pasaron unos años y apareció la periodontitis, que es la retracción de las encías. Lo curioso fue que era sólo del lado derecho de la boca, tanto en las encías de arriba como en las de abajo. Prácticamente a la vez, la uña del dedo gordo del pie derecho se le empezó a poner marrón, desde los costados hacia el centro. Todas estas cosas, fundamentalmente la migraña, eran el tema central de su terapia, terapia psicoanalítica.

La psicóloga es jovencita, rubia y amable. La atiende en un consultorio sin luz natural en el hospital público. Preguntó si ella hacía alguna asociación con respecto a las enfermedades. Ella empezó a contar:

—El neurólogo dice que el herpes puede ser el disparador de la migraña, no la causa. Es decir, puede ser que la migraña haya empezado por el herpes, pero que ahora tenga migraña no significa que tenga herpes. La migraña se dispara y sigue funcionando sola. La migraña empezó con el herpes, eso seguro. Me acuerdo de que estaba mirándome al espejo, veía el herpes en mi frente y sentía que me iba a morir.

—¿Porque estabas enferma?

—No importaba si me moría en dos meses o después de toda una vida. Lo que sentía era que algún día me iba a morir. Tenía presente a la muerte. Sentía lo efímero. Ese segundo que estaba pasando era efímero. No es lo mismo que yo lo diga ahora que sentirlo. En ese momento lo sentía.

—Sí…

—En realidad ese pensamiento empezó mucho antes, a los catorce más o menos, después de que se murió mi papá. Era como si yo tuviera que pensar en que me iba a morir para estar preparada cuando llegara el momento. Eso me sigue pasando ahora. A veces. Me aterra no tener presente que me voy a morir. Me aterra. Tiene que estar presente. Como si, si no, la vida no fuera verdad. Como si andar por la vida sin tener presente la muerte fuera vivir en la mentira.

—¿Pero eso te ayuda a estar preparada?

—No. Además me voy a morir igual. Aunque piense o no piense en la muerte —se rio y, después de un instante, la psicóloga también.

Luego se quedaron calladas y, al segundo, ella continuó:

—No es tan simple como decir para qué tanto mambo con la muerte. Dejar de pensar. Decir, sí, mejor la paso bien mientras estoy viva, no preocuparme por la muerte. No, no es tan simple.

—¿Por qué es tan importante pensar en la muerte?

—Para mí, lo peor que te puede pasar es estar inconsciente y morirte. Qué sé yo —hizo una breve pausa—. Como le pasó a mi papá —dijo.

—¿Estaba en coma?

—No. Inconsciente. Viste cuando están internados y se van deteriorando de a poco. Y en un momento quedan inconscientes y al final se mueren.

—Eso es coma.

—¿Ah sí? —preguntó—. Nunca me dijeron coma.

Américo, de Eventos

Sabe que tuvo mucha suerte. Tiene veintidós años, todavía estaba en entrenamiento y la ascendieron de Commis a Ayudante de cocina. No habían pasado seis meses desde que entró a trabajar a uno de los dos hoteles más importantes de Buenos Aires. Ahora está a cargo de la plaza de las ensaladas. El Sous, su jefe, es un chaqueño que cada vez que le enseña algo empieza la frase diciendo: Escuchá bien, una sola vez te lo voy a decir. Ella intenta aprender, pero cada día se da cuenta de que es un desastre. Sin embargo, sabe que en Recursos Humanos rechazaron el pedido del Chef para sumar un cocinero con experiencia que reemplazara al que renunció. Ahora sólo está ella, y subió de puesto. Lo que otros esperan por años.

A la noche sale con el cuerpo dolorido por tanto trabajo. Doce treinta ficha, camina una cuadra larga, cruza la plaza de los ingleses y toma el tren de las doce cincuenta. A veces, sólo a veces, se lo encuentra a Américo, y se van juntos en el mismo tren. Américo es el Chef de otro sector, Eventos. Ella lo cruza en la cocina general cuando va a buscar mercadería a las cámaras. Es un hombre grandote, moreno, buen mozo. Tiene el gorro alto de Chef y, en el cuello de la chaqueta, la cinta celeste y blanca de Chef.

En el tren se sientan uno adelante del otro hasta Colegiales, donde la chica se baja. Américo tiene unos cincuenta. Como ella sólo tiene veintidós, lo ve grande, casi viejo, pero no del todo viejo. Siempre el que habla es él. No porque sea de hablar mucho, más bien porque ella habla poco. A ella no le da miedo, como la mayoría de los que trabajan ahí.

Le contó sobre 1972, cuando inauguraron el hotel y entraron él, los mozos paraguayos como el tío Kein (es un sobrenombre) y Hugo, que son los que todavía quedan de aquella época. Toda esa camada no estudió en ninguna escuela de hotelería ni en ninguna escuela de cocineros. Se formaron en el hotel. Eran gente humilde que venían de la provincia. Otra vez le contó sobre los cocineros rebeldes. A todos los rebeldes se los mandan a él, a Eventos. Él los logra domar. Ahora ella se acuerda de los cocineros que vio trabajando junto a Américo y sabe que esos son o fueron rebeldes. Américo los sabe amansar. En ningún sector podían trabajar, no se adaptaban, pero con él sí. Américo conoce algo del humano, un secreto que a ella siempre se le escapa. Otra noche habló de un hijo que tiene. Cuando nació, se lo mostraron y con su señora vieron que era bizco. Al principio él no lo podía mirar, pobrecito. Pero después se fue acostumbrando, dice. Ahora lo mira y no piensa en que es bizco. Igual, por un gesto que hace Américo, tambaleándose en el asiento del tren, pareciera que del todo no se acostumbró.

Mirá cómo estás

Estamos acostados en mi cama. La luz está apagada y él habla. No lo veo. Siento su voz y también siento cómo me agarra las manos para que lo sostenga abrazado. Es suave.

—Una vez se encerró en el baño a llorar —habla sobre su exmujer—. Yo la escuchaba y pensaba: ¿Cómo alguien puede llorar tan desgarradamente? —Hace una pausa corta y afirma—: Nunca me dijo por qué lloraba.

—¿Cómo puede ser? Quince años estuvieron juntos.

—Nunca lo supe —repite—. Y no sabés cómo lloraba.

Mientras me lo dice, yo pienso en una vez que se me dio por hacer terapia. Fue tan movilizante la primera sesión, que llegué a la casa que alquilábamos y me fui a llorar al patio, desgarradamente. Mi novio de aquella época me vio y dijo, lo recuerdo perfecto: ¿Por qué llorás así? Y señalándome con la palma hacia arriba agregó: Mirá cómo estás.

Yo no podía contarle, era demasiado largo, o también pudo haber sido porque no quería compartir esas cosas con aquel chico, que no iba a entender. Me acuerdo de esa escena extrañamente análoga a la que ahora escucho y, entonces, pienso, por primera vez, en lo raro que debió haber sido para aquel chico que yo no le haya contado. Pienso en esas cosas, pero no quiero hablar de eso. No lo hago. Sigo el hilo de la conversación.

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151 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789878473345
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