Kitabı oku: «Europa»
EUROPA
TIM FLANNERY
con Luigi Boitani
EUROPA
UNA HISTORIA NATURAL
BIBLIOTECA NUEVA
Título original: Europe. A Natural History. Publicado por primera vez por The Text Publishing Co. Australia, 2018.
Edición publicada con autorización de The Text Publishing Company, Australia
Cubierta: Malpaso Holdings, S. L. U.
© Tim Flannery, 2018
© Traducción: Luis Carlos Fuentes Ávila
© Corrección: Andrés Daniel Lévy Lazcano
Mapas de Simon Barnard
© Biblioteca Nueva, 2019
© Malpaso Holdings, S. L.
C/ Diputació, 327, principal 1.ª
08009 Barcelona
www.malpasoycia.com
ISBN: 978-84-18236-20-4
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sigs., Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Para Colin Groves y Ken Aplin,
colegas de toda la vida y héroes
de la zoología.
Índice
CUBIERTA
INTRODUCCIÓN
EL ARCHIPIÉLAGO TROPICAL
Hace 100-34 millones de años
1. DESTINO EUROPA
2. EL PRIMER EXPLORADOR DE HATEG
3. LA DECADENCIA DE LOS DINOSAURIOS
4. LAS ISLAS QUE UNEN EL MUNDO
5. EL ORIGEN DE LOS ANTIGUOS EUROPEOS
6. EL SAPO PARTERO
7. LA GRAN CATÁSTROFE
8. UN MUNDO POSTAPOCALÍPTICO
9. NUEVO AMANECER, NUEVAS INVASIONES
10. MESSEL, UNA VENTANA AL PASADO
11. EL GRAN ARRECIFE DE CORAL EUROPEO
12. HISTORIAS DE LAS CLOACAS DE PARÍS
CONVIRTIÉNDOSE EN CONTINENTE
Hace 34-2,6 millones de años
13. LA GRANDE COUPURE
14. GATOS, AVES Y OLMS
15. EL MARAVILLOSO MIOCENO
16. UN BESTIARIO DEL MIOCENO
17. LOS EXTRAORDINARIOS SIMIOS DE EUROPA
18. LOS PRIMEROS SIMIOS ERGUIDOS
19. LAGOS E ISLAS
20. LA CRISIS SALINA DEL MESSINIENSE
21. EL PLIOCENO: TIEMPO DE LAOCOONTE
LAS EDADES DE HIELO
Hace 2,6 millones-38 000 años
22. EL PLEISTOCENO: LA ENTRADA AL MUNDO MODERNO
23. HÍBRIDOS: EUROPA, LA MADRE DEL MÉTISSAGE
24. EL REGRESO DE LOS SIMIOS ERGUIDOS
25. LOS NEANDERTALES
26. BASTARDOS
27. LA REVOLUCIÓN CULTURAL
28. LOS ELEFANTES SE AGRUPAN
29. OTROS GIGANTES EUROPEOS
30. BESTIAS DE HIELO
31. LO QUE LOS ANCESTROS DIBUJARON
LA EUROPA HUMANA
Hace 38 000 años-El futuro
32. LA BALANZA SE INCLINA
33. LOS PRIMEROS ANIMALES DOMÉSTICOS
34. DEL CABALLO AL FRACASO DE LOS ROMANOS
35. VACIANDO LAS ISLAS
36. LAS ISLAS VACÍAS
37. SUPERVIVIENTES
38. LA EXPANSIÓN GLOBAL DE EUROPA
39. NUEVOS EUROPEOS
40. ANIMALES DEL IMPERIO
41. EL REPOBLAMIENTO DE LOBOS EN EUROPA
42. LA SILENCIOSA PRIMAVERA DE EUROPA
43. LA RESILVESTRACIÓN
44. RECREANDO GIGANTES
CONCLUSIÓN
AGRADECIMIENTOS
NOTAS FINALES
TABLA DE TIEMPO GEOLÓGICO
| ÉPOCA | DEPÓSITOS FÓSILES IMPORTANTES | ANTIGÜEDAD |
| Holoceno | 11 754 años | |
| Pleistoceno | 2,6 millones de años | |
| Plioceno | Dmanisi | 5,3 millones de años |
| Mioceno | Huellas de CretaMina de hierro de Hungría | 23 millones de años |
| Oligoceno | 34 millones de años | |
| Eoceno | MesselMonte Bolca | 56 millones de años |
| Paleoceno | Hainin | 66 millones de años |
| Período Cretácico | Hateg |
INTRODUCCIÓN
La historia natural abarca tanto el medio natural como el humano. Busca contestar tres grandes preguntas: ¿cómo se formó Europa?, ¿cómo se descubrió su extraordinaria historia? ¿y por qué llegó a ser tan importante en el mundo? Para aquellos que como yo buscan respuestas, es una suerte que Europa cuente con tal abundancia de huesos —enterrados, capa sobre capa, en rocas y sedimentos que se extienden hasta el origen de los animales vertebrados—. Los europeos han dejado asimismo un tesoro excepcionalmente rico de observaciones de la historia natural: desde los trabajos de Heródoto y Plinio hasta los de los naturalistas ingleses Robert Plot y Gilbert White. Europa es también el lugar donde se inició la investigación del pasado más lejano. El primer mapa geológico, los primeros estudios paleobiológicos y las primeras reconstrucciones de dinosaurios fueron hechas en Europa. A lo largo de los últimos años, una revolución en la investigación, conducida por nuevos y poderosos estudios de ADN, junto con asombrosos descubrimientos en paleontología, ha permitido una profunda reinterpretación del pasado del continente.
Esta historia comienza hace unos cien millones de años, en el momento de la concepción de Europa —el momento en que evolucionaron los primeros organismos característicamente europeos—. La corteza terrestre está compuesta de placas tectónicas que se mueven lenta e imperceptiblemente a lo largo del globo y sobre las cuales cabalgan los continentes. La mayoría de los continentes se originaron con la división de los antiguos supercontinentes. Pero Europa comenzó siendo un archipiélago de islas y su concepción involucró la interacción geológica de tres «padres» continentales: Asia, Norteamérica y África. Juntos, estos continentes comprenden alrededor de dos terceras partes de la masa de la Tierra, y puesto que Europa ha sido un puente entre esas masas terrestres, ha funcionado como el lugar de intercambio más significativo en la historia de nuestro planeta.1
Europa es un lugar donde la evolución se sucede rápidamente, un lugar a la vanguardia del cambio global. Ahora bien, incluso en plena era de los dinosaurios, Europa tenía características especiales que modelaban la evolución de sus habitantes. Algunas de esas características siguen ejerciendo su influencia en la actualidad. De hecho, algunos de los dilemas humanos contemporáneos de Europa son resultado de dichas características.
Definir Europa es una tarea arriesgada. Su diversidad, historia evolutiva y fronteras cambiantes la convierten en un lugar casi proteico. Aun así, paradójicamente, es reconocible de inmediato; con sus característicos paisajes humanos, sus bosques, que alguna vez fueron grandiosos, sus costas mediterráneas y sus panoramas alpinos —todos reconocemos Europa cuando la vemos—. Y los mismos europeos, con sus castillos, sus pueblos y su inconfundible música, son instantáneamente identificables. Más aún, es importante reconocer que los europeos comparten una época dorada de gran influencia: los antiguos mundos de Grecia y Roma. Incluso los europeos cuyos antepasados nunca fueron parte de ese mundo clásico lo reclaman como propio, buscando en él conocimiento e inspiración.
Entonces ¿qué es Europa y qué significa ser europeo? La Europa contemporánea no es un continente en un sentido puramente geográfico.2 Más bien, es un apéndice, una península rodeada de islas que se proyecta hacia el Atlántico desde la parte occidental de Eurasia. En una historia natural, la mejor manera de definir Europa la encontramos en la historia de sus rocas. Concebida de este modo, Europa se extiende desde Irlanda, en el oeste, hasta el Cáucaso, en el este, y desde Svalbard, en el norte, hasta Gibraltar y Siria, en el sur.3 Así definida, Turquía sería parte de Europa, mas no Israel: las rocas de Turquía comparten una historia común con el resto de Europa, mientras que las rocas de Israel se originaron en África.
Yo no soy europeo, al menos en un sentido político. Nací en las antípodas —el opuesto de Europa—, como los europeos llamaron alguna vez a Australia. Pero físicamente soy tan europeo como la reina de Inglaterra (quien, por cierto, es étnicamente alemana). La historia de las guerras y los monarcas europeos se me repitió hasta la saciedad cuando era niño. En cambio, no me enseñaron casi nada sobre los árboles y los paisajes australianos. Quizá esta contradicción disparó mi curiosidad. Sea como sea, mi búsqueda de Europa comenzó hace mucho, antes siquiera de haber pisado suelo europeo.
Cuando viajé por primera vez a Europa como estudiante en 1983 estaba emocionado y seguro de que me dirigía al centro del mundo. No obstante, conforme nos acercábamos a Heathrow, el piloto del jet de British Airways hizo un anuncio que jamás olvidaría: «Nos aproximamos a una isla más bien pequeña y neblinosa del mar del Norte». Nunca en mi vida había pensado en Gran Bretaña de ese modo. Cuando aterrizamos quedé sorprendido por la agradable calidad del aire. Incluso el aroma de la brisa parecía reconfortante, con ese fuerte olor a eucalipto, del cual ni siquiera fui consciente hasta que desapareció. Y el sol. ¿Dónde estaba el sol? Por su fuerza y penetración, se parecía más a una luna austral que a la ardiente esfera que abrasaba mi país de origen.
La naturaleza europea me tenía reservadas más sorpresas. Quedé maravillado ante el prodigioso tamaño de sus palomas y la abundancia de venados en las márgenes de la Inglaterra urbana. La vegetación era tan verde y agradable en aquel aire húmedo y suave que su tono brillante parecía irreal. Había muy pocas espinas y varas ásperas, a diferencia de los polvorientos y rasposos matorrales de mi tierra. Al cabo de unos días de mirar esos cielos neblinosos y esos horizontes de suaves bordes, comencé a sentir que estaba envuelto en algodón.
Realicé esa primera visita para estudiar la colección del Museo de Historia Natural de Londres. Poco tiempo después me volví curador de mamíferos en el Museo Australiano de Sídney, donde debía convertirme en experto en mastozoología mundial. Así que cuando Redmond O’Hanlon, el editor de historia natural del Times Literary Supplement, me pidió reseñar un libro sobre los mamíferos en el Reino Unido, acepté el reto de mala gana. El trabajo me dejó perplejo porque no encontré mención alguna a dos especies —vacas y humanos— que tenían un largo pedigrí en el Reino Unido.
Después de recibir mi reseña, Redmon me invitó a visitarlo en su casa en Oxfordshire. Temí que aquello fuera una manera amable de decirme que mi trabajo no estaba a la altura. En lugar de eso recibí una cálida bienvenida y conversamos animadamente sobre historia natural. Bien entrada la noche, después de una suntuosa cena acompañada por varias copas de Bordeaux, me pidió, misteriosamente, que lo acompañara al jardín, donde señaló hacia un estanque. Nos aproximamos al borde mientras Redmond me ordenaba silencio con una seña. Entonces me entregó una linterna, y entre las elodeas, descubrí una figura pálida.
¡Un tritón! Era la primera vez que veía uno. Como Redmond bien sabía, en Australia no hay anfibios con cola. Estaba tan impresionado como la maravillosa creación de P. G. Wodehouse de las novelas de Jeeves, el Cara de Pescado Gussie Fink-Nottle, quien «se sumergió en el campo y se entregó por completo al estudio de los tritones, manteniendo a esos pequeños amiguitos en un tanque de vidrio donde observaba sus hábitos con ojo diligente».[A] Los tritones son criaturas tan primitivas que observarlas es como asomarse en el tiempo.
Desde el momento en que vi mi primer tritón hasta el hallazgo del origen de los europeos, mi camino de treinta años de investigación sobre la historia natural de Europa ha estado lleno de descubrimientos. Quizá lo que más me asombró, como habitante de la tierra del ornitorrinco, es que en Europa hay criaturas igual de antiguas y primitivas que, a pesar de ser familiares, son poco apreciadas. Otro descubrimiento que me sorprendió fue la cantidad de ecosistemas y especies de importancia global que se crearon en Europa, pero que desaparecieron del continente hace mucho. ¿Quién habría pensado, por ejemplo, que los antiguos mares de Europa jugaron un papel tan importante en la evolución de los modernos arrecifes de coral? ¿O que nuestros primeros ancestros erguidos se desarrollaron en Europa, y no en África? ¿Y quién habría imaginado que mucha de la megafauna europea de la Edad de Hielo sobrevive escondida, como los duendes y las hadas del folclore, en remotos bosques y planicies encantadas, o como genes perpetuamente dormidos en el permafrost?
Mucho de lo que dio forma a nuestro mundo moderno se originó en Europa: los griegos y los romanos, la Ilustración, la Revolución Industrial y los imperios, que para el siglo XIX, se habían repartido el planeta. Y Europa sigue liderando el mundo en tantos aspectos: desde la transición demográfica y la creación de nuevas formas políticas hasta la revigorización de la naturaleza. ¿Quién sabía que Europa, con su población de casi 750 millones de personas, alberga más lobos de los que existen en Estados Unidos, Alaska incluida?
Y quizá, más sorprendente aún, es que algunas de las especies más características del continente, incluyendo los grandes mamíferos salvajes, son híbridas. Para aquellos acostumbrados a pensar en términos de «pura sangre» o «mestizo», los híbridos suelen ser vistos como errores de la naturaleza, como amenazas para la pureza genética. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que la hibridación es vital para el éxito evolutivo. Desde los elefantes hasta las cebollas, la hibridación ha permitido el intercambio de genes beneficiosos que habilitan a los organismos para sobrevivir en nuevos y desafiantes entornos.
Algunos híbridos poseen fuerzas y capacidades nunca vistas en sus padres. Incluso, algunas especies bastardas (como a veces se denomina a los híbridos), han sobrevivido por mucho tiempo después de que se extinguieran las especies que los engendraron. Los europeos mismos son híbridos. Se crearon hace aproximadamente 38 000 años, cuando los humanos de piel oscura de África, comenzaron a mezclarse con los neandertales de piel blanca y ojos azules. Casi al instante en que esos primeros híbridos aparecen, surge en Europa una cultura dinámica cuyos logros incluyen la creación del primer arte pictórico y las primeras figurillas humanas, los primeros instrumentos musicales y la primera domesticación de animales. Los primeros europeos, al parecer, eran unos bastardos muy especiales. Pero, mucho antes de eso, la biodiversidad europea habría sido destruida y reconstruida tres veces, mientras las fuerzas celeste y tectónica daban forma a la tierra.
Embarquémonos en un viaje para descubrir la naturaleza de este lugar que tanta influencia ha tenido en el mundo. Para ello necesitaremos de varios inventos europeos: el descubrimiento de James Hutton del tiempo profundo, los principios fundacionales de la geología de Charles Lyell, la elucidación de Charles Darwin del proceso evolutivo y la gran innovación imaginativa de H. G. Wells, la máquina del tiempo. Prepárese para retroceder en el tiempo a ese momento en que Europa desarrolló su primer destello de distinción.
Notas
1 El tamaño, la forma y la localización de estas masas de tierra han cambiado a lo largo del tiempo. África tenía conexiones con Gondwana hace unos cien millones de años. Norteamérica se ha alejado de Europa a lo largo de los últimos treinta millones de años. Los tres millones de kilómetros cuadrados de la India no fueron parte del continente asiático hasta hace unos cincuenta millones de años. En algunas épocas, la subida del nivel del mar ha reducido el área de todas las masas de tierra del planeta, mientras que en otras el agrietamiento ha expandido y fragmentado los distintos territorios (como cuando la península arábica se separó de África).
2 En un sentido geológico es parte de la placa euroasiática.
3 Incluso esta definición no es del todo precisa, pues grandes partes de Europa al sur de los Alpes incluyen fragmentos de África y de la placa oceánica que se han incorporado a la masa de tierra de Europa.
EL ARCHIPIÉLAGO TROPICAL
(Hace 100-34 millones de años)

I
DESTINO EUROPA
Al pilotar una máquina del tiempo debemos programar dos coordenadas: tiempo y espacio. Algunas partes de Europa son inimaginablemente antiguas, así que hay muchas opciones. Las rocas que yacen debajo de los países bálticos son unas de las más antiguas de la Tierra, pues datan de hace más de 3000 millones de años. En aquel entonces, la vida consistía en organismos unicelulares simples y la atmósfera no contenía oxígeno libre. Si nos adelantamos 2500 millones de años, ya estamos en un mundo con vida compleja, aunque la superficie de la Tierra sigue siendo estéril. Hace aproximadamente 300 millones de años, la Tierra ya había sido colonizada por plantas y animales, pero ninguno de los continentes se había separado de la gran masa terrestre conocida como Pangea. Incluso después de que la Pangea se partiera en dos para formar Gondwana, el supercontinente del sur, y Eurasia, su contraparte del norte, Europa no se había convertido aún en una entidad definida. De hecho, no es sino hasta hace unos cien millones de años, durante la última fase de la era de los dinosaurios (el período Cretácico), cuando una región zoogeográfica europea comienza a surgir.
Hace cien millones de años, los niveles del mar eran mucho más altos que los de la actualidad, y un gran canal marítimo llamado Tetis (que se formó cuando los supercontinentes de Eurasia y Gondwana se separaron) se extendía desde Europa hasta Australia. Un brazo del Tetis, conocido como el estrecho de Turgai, constituyó una importante barrera zoogeográfica entre Asia y Europa. El océano Atlántico, donde se encontraba, era muy angosto. Delimitando al norte había un puente de tierra que conectaba Norteamérica y Groenlandia con Europa. Conocido como el corredor De Geer, este puente terrestre pasaba cerca del Polo Norte, por lo que la oscuridad estacional y el frío limitaban las especies que podían cruzar. África delimitaba el Tetis al sur, y un mar poco profundo se extendía sobre gran parte de lo que hoy es el Sahara central. Las fuerzas geológicas que con el tiempo separarían a Arabia de la costa este de África y abrirían el Gran Valle del Rift (ensanchando de este modo el continente africano), aún no habían comenzado a trabajar.
El archipiélago europeo de hace cien millones de años estaba ubicado donde se encuentra Europa actualmente: al este de Groenlandia, oeste de Asia y centrado en una región entre los 30 y los 50 grados de latitud al norte del ecuador. El lugar obvio para aterrizar nuestra máquina del tiempo sería la isla de Bal (que en la actualidad forma parte de la región báltica). Por mucho, la isla más grande y más vieja del archipiélago europeo, Bal debe haber jugado un papel vital en el modelado de la fauna y la flora primigenias de Europa. Sin embargo, para nuestra frustración, ni un solo fósil de la última etapa de la era de los dinosaurios ha sido encontrado en toda la masa terrestre, así que todo lo que conocemos sobre la vida en Bal viene de unos pocos fragmentos de plantas y animales que fueron arrastrados hacia el mar y preservados en los sedimentos marinos que hoy afloran en Suecia y en el sur de Rusia. Sería inútil aterrizar nuestra máquina del tiempo en tan terrible vacío.[A]
Es importante saber, sin embargo, que los terribles vacíos son la norma en paleontología. Para explicar su profunda influencia debo presentarles a Signor-Lipps; no se trata de ningún italiano parlanchín,1 sino de un par de doctos profesores. Philip Signor y Jere Lipps unieron esfuerzos en 1982 para postular un importante principio en paleontología: «Puesto que el registro fósil de organismos nunca está completo, ni el primero ni el último organismo de un taxón dado serán registrados como fósiles».[B] Así como los antiguos cubrieron con un velo de recato el momento crítico en la historia de Europa y el toro, así, según nos informa Signor-Lipps, la geología ha velado el momento de la concepción zoogeográfica de Europa, no dejándonos otra opción que programar nuestra máquina del tiempo entre 86 y 65 millones de años atrás, cuando un despliegue excepcionalmente diverso de depósitos fósiles preserva la evidencia de una vigorosa niña Europa. Los depósitos formaron el archipiélago de Modac, al sur de Bal. Modac fue incorporado hace mucho tiempo a una región que abarca partes de casi una docena de países de Europa oriental; desde Macedonia en el oeste hasta Ucrania en el este. En tiempos de los romanos, este gran pedazo de tierra se encontraba entre las dos extensas provincias de Moesia y Dacia, de las cuales se deriva su nombre.
En el momento de nuestra llegada, grandes partes de Modac están siendo empujadas por encima de las olas del océano por los primeros movimientos de las fuerzas tectónicas y con el tiempo formarán los Alpes europeos, mientras que otras están resbalando hacia el mar. En medio de esta vorágine de actividad tectónica yace la isla de Hateg, un lugar rodeado de volcanes submarinos que intermitentemente rompen la superficie para regar cenizas sobre la tierra. Esto ha acontecido durante millones de años cuando tiene lugar nuestra visita y ha permitido que se desarrollen unas fauna y flora únicas. De unos 80 000 kilómetros cuadrados de área, más o menos el tamaño de la isla caribeña La Española, Hateg está aislada, a 27 grados al norte del ecuador y a 200 o 300 kilómetros de puro océano de su vecino más cercano, Bomas (el macizo de Bohemia). Hoy, Hateg es parte de Transilvania, en Rumanía, y los fósiles que se encuentran ahí son de los más abundantes y diversos de la última parte de la era de los dinosaurios en toda Europa.
Abramos la puerta de nuestra máquina del tiempo y descendamos a Hateg, tierra de dragones. Hemos llegado al final de un glorioso otoño. El sol brilla reconfortante, pero a esta latitud el cielo está bastante bajo. El aire es tibio como en el trópico y la blanca y fina arena de una brillante playa cruje bajo nuestros pies. La vegetación más próxima es una mezcla de pequeños arbustos en flor, pero más allá se yerguen arboledas de palmas y helechos, y sobre ellos, grandes ginkgos de dorado follaje, maduro y listo para caer con las primeras borrascas del apacible invierno que se aproxima.[C] También vemos señales, en forma de largos y erosionados valles originados en las cumbres lejanas, de que la lluvia es altamente estacional.
Sobre la seca cresta de una montaña, espiamos a gigantes del bosque que se asemejan a cedros del Líbano. Pertenecientes al hoy extinto género Cunninghamites, son en realidad un tipo de ciprés desaparecido hace tiempo. Mucho más cerca, una poza rodeada de helechos resplandece con nenúfares y árboles que guardan un sorprendente parecido con el célebre plátano de sombra (género Platanus). Nenúfares y plátanos son antiguos supervivientes, y Europa ha conservado una asombrosa cantidad de estos «dinosaurios vegetales».[D]
Nuestros ojos dejan la tierra y se mueven al cerúleo mar, cuya orilla está sembrada de lo que a primera vista parecen opalescentes llantas de camión, con sus neumáticos corrugados y todo. Brillan con una extraña belleza bajo el sol tropical. En el mar, en algún lugar lejano, una tormenta habrá matado un banco de amonites —criaturas parecidas a nautilos cuyas conchas pueden exceder un metro de diámetro—, y las olas, el viento y las corrientes han traído los caparazones a las playas de Hateg.
Mientras caminamos sobre la reluciente arena detectamos un hedor. Delante se ve un gran bulto cubierto de bálanos, encallado por la marea que ahora desciende. Es una bestia que no se parece a nada que esté vivo hoy en día: un plesiosaurio. Las cuatro poderosas aletas que alguna vez lo impulsaron yacen ahora planas e inmóviles sobre la arena. De su cuerpo parecido a un barril surge un cuello desmesuradamente largo, al final del cual una diminuta cabeza aún se mece entre las olas.
Tres gigantes con forma de vampiro y envueltos en mantos de cuero, altos como jirafas, surgen del bosque. De mirada maligna e inmensamente musculosos, los tres rodean el cadáver, que es decapitado sin ningún esfuerzo por el más grande de ellos con su pico de tres metros de largo. Los carroñeros forman un círculo, y a base de salvajes mordidas, terminan de consumir el cuerpo. Intimidados por el espectáculo, retrocedemos hasta la seguridad de nuestra máquina del tiempo.
Lo que hemos visto nos da una pista del extraño lugar que es Hateg. Las bestias que parecen vampiros son un tipo de pterosaurio gigante conocido como Hatzegopteryx. Ellos, y no algún dinosaurio lleno de dientes, fueron los depredadores más grandes de la isla. Si nos hubiéramos aventurado tierra adentro, podríamos haber encontrado a su presa habitual: una variedad de dinosaurios pigmeos. Hateg es un lugar doblemente extraño: extraño para nosotros porque data de una época en la que los dinosaurios reinaban sobre la Tierra; y extraño incluso para la era de los dinosaurios porque, al igual que el resto del archipiélago europeo, es una tierra aislada, con una ecología y una fauna totalmente inusuales.
Notas
1 Lipps en inglés se pronuncia como lips, que significa «labios». (N. del T.)